Capítulo 188. Encarando al destino

La presencia de un astral bastaba para estremecer el alma de un hombre, no importaba si este poseía un cosmos de bronce, de plata o de oro. Incluso uno que hubiese alcanzado el límite que los dioses establecieron para la humanidad, sabría que aquellos seres estaban más allá, que eran un peligro lo mirasen como lo mirasen. Seiya lo había comprendido cuando luchó con Caronte y lo comprendía ahora que tenía a Narciso cerca; ni siquiera podía imaginar qué sería estar frente a dos Astra Planeta a la vez.

Pronto lo sabría. La luz rosada, tras alcanzar el máximo brillo, se contraía a gran velocidad mientras iba adoptando una forma semejante a la de un ser humano.

—Saori, ¿tú no hiciste todo eso solo por el futuro de la humanidad, verdad?

Tenía la vista al frente, donde se manifestaría una nueva amenaza. Aliados o enemigos, los Astra Planeta eran amenazantes de todas formas, y Seiya, como todos los santos de Atenea, era por encima de todo un defensor. Aun así, el corazón lo mantenía atrás, donde permanecía Saori. Desde allí venía la respuesta que había esperado:

—Todo este tiempo he querido compensar el costo de mi capricho. Tomé sobre mis hombros los pecados de la humanidad para que los dioses me arrojaran a las tinieblas cuando todos se dirigían a la luz. Como te dije antes, solo reinando sobre el Hades podía lograr mi propósito… —Se interrumpió por la risa de Seiya—. ¿Qué ocurre?

—Es que… ¡Me imagino que a Hades no le hará ninguna gracia que hayas ocupado su lugar! Estoy seguro de que estás haciendo un mejor trabajo que él. ¿Cómo…?

—¿Quieres preguntar cómo pensaba pasar de ser la favorita de Zeus y defensora de la Tierra a la reina del inframundo? Es simple, por todas las normas que trasgredí, sería convertida en mortal. Como mortal, moriría con el tiempo y acabaría en el Hades, donde reclamaría mis derechos como esposa del dios del inframundo.

Semejante revelación hizo que Seiya se envarara, aturdido. Al demonio con la amenaza de enfrente, tuvo que girar la cabeza hacia quien se había proclamado esposa de Hades.

—¿Atenea y Hades…? —cuestionó Seiya, sin tartamudear de milagro.

—Perséfone y Hades. Una larga historia —dijo Saori.

Confundido, Seiya empezó a decir tonterías, como por ejemplo:

—Hades era Shun.

—Tal vez por eso me gustaba tanto.

—¿Te gustaba? —repitió Seiya, sintiendo ganas de que alguien lo bajara de las nubes. Sin embargo, Narciso estaba ocupado contemplando el nacimiento de la astral.

—Desde siempre me han gustado los humanos. Lo heredé de mi padre. A vosotros cinco os quise mucho. Fue distinto a mis otras reencarnaciones, en más de un sentido. Sí, os quise. La gentileza de Shun, que la guerra no supo quebrantar; la sabiduría de Shiryu, que alguna vez yo misma creí envidiar; la fortaleza de Hyoga y el coraje de Ikki, quienes supieron vencer a sus propios demonios. Y tu tenacidad, Seiya, que a todos nos servía de ejemplo. Tú hacías que todo pareciera posible, incluso aquí y ahora, que veo las cosas con una nueva perspectiva, hablar contigo hace que sienta que puedo hacer realidad mi sueño. Puede que te haya favorecido más que a nadie por eso… —Acercó la mano hacia Seiya, quien estaba por corresponderla cuando una onda expansiva lo obligó a devolver la atención al frente. Las siguientes palabras, por tanto, no fueron escuchadas por nadie—. Mas no puedo permitirme amar a nadie.

—¡Cuidado, Saori! —exclamó Seiya, interponiéndose entre ella y el ser que estaba por nacer. La luz rosada ya había adquirido la forma y tamaño de una niña pequeña. Tanta energía condensada generaba una presión descomunal que bien podría hacerlo pedazos si se acercaba un poco más—. ¿Qué estás haciendo? ¡Tranquilízala!

En lugar de hacer algo por el estilo, Narciso miraba con admiración a la criatura rosada hacia la que todo ese mundo, la superficie de la Esfera de Mercurio, era atraído y repelido con ondas expansivas cada vez más intensas. Seiya empezó a avanzar, paso a paso, siendo el primero el más difícil. Además de la pura presión que suponía acercarse a aquel ser, la mente del santo de Pegaso era agujereada por el recuerdo a partir del cual fue creado. Cada segundo se estiraba hasta abarcar la eternidad, sometiéndole a experimentar con todo detalle la vida de Ethel, hija de Hipólita y Jaki.

A grandes rasgos, conocía esa tragedia, o creía conocerla. Siempre había asumido la versión oficial: al igual que le ocurriera a la madre, la hija vio rota su máscara en combate con un compañero, quien le vio el rostro; incluso si Tiresias no era como Jaki, tal vez llegó a pensar en las consecuencias de ese hecho y quedó horrorizada. Parecía una tontería, pero, ¿qué podría pensar una niña al ver en la mente de un hombre adulto una historia como la de Hipólita y Jaki? Sin duda pensaría en rebelarse para cambiar las cosas. Esa línea de pensamiento mantuvo la cohesión en el Santuario fracturado que sucedió al Cisma Negro. En realidad, lo salvó de la guerra civil.

Un nuevo descubrimiento perturbó el alma del santo de Pegaso. El cuerpo, como consecuencia, dejó de resistirse por un momento. E incluso si clavando los pies en el suelo pudo mantener el equilibrio, Seiya estuvo convencido de que se habría convertido en una nube de protones y electrones de no ser por la sangre divina presente en el manto sagrado. Estaba cerca, muy cerca. De la entidad y de la verdad.

Ethel no se había rebelado contra el Santuario por las consecuencias que tenía para ella la Ley de las Máscaras, sino por el modo en que esta había aislado a su amiga. La mente de Seiya estaba sincronizada con los últimos pensamientos de Ethel, los cuáles contenían a su vez el sueño de Akasha de Virgo leído en la mente de un tercero. Un nuevo mundo se abrió a los pies de Seiya, donde el mal solo era un recuerdo y todas las personas sabían qué era correcto. Unido por la empatía de los individuos, el mundo dejaría atrás todos los males mundanos, incluida la guerra, transformándose en un perfecto reflejo de los Campos Elíseos. Un paraíso que ningún dios querría destruir.

—El Ocaso de los Dioses —dijo Seiya, a un metro de distancia de la criatura. Resistiéndose al mundo entero, extendió la mano con todas sus fuerzas. Ethel quería salvar a Akasha, no imaginaba que por ese deseo estuvo a punto de condenarla y se acabó condenando a sí misma. ¿Quién era Adremmelech, el verdadero ejecutor de la aspirante al manto de Hércules? Ethel lo conocía, intuyó quién era, aunque debía estar confundida al respecto, porque la identidad del Caballero sin Rostro permaneció oculta. Debía ser parte importante del plan de Akasha, en todo caso, si actuó de ese modo

Sintió ganas de gritar. Toda esa tragedia originada de una ley que no habría existido si Atenea hubiese actuado de otro modo. Los pensamientos de Seiya y Ethel se entremezclaron, lo que ambos sabían les llevó a una conclusión que ninguno habría alcanzado por sí solo: los crímenes de Pirra habían estallado en su cara, tres mil años después de ser perpetrados. ¡Cuán crueles eran los dioses, cuán caprichosos…!

—¡Ay! —gritó una niña pequeña, golpeada por el puño de un adulto.

Seiya tardó en comprender que él era quien la había golpeado. En realidad, solo lo supo porque la niña le plantó una bofetada que por poco lo hizo caer.

Entonces, Narciso, todavía admirado, se apresuró a acercarse a la niña. Moviendo las manos a toda velocidad, tejió con luz un vestido que le cubriera el cuerpecito, sobre el cual cayeron unos cabellos largos del mismo color de aquel mundo, esmeralda. Una corona de laurel que evocaba la superficie de Mercurio los ceñía, un poco ladeada.

—Tú no eres Ethel —dijo Seiya, tras cerciorarse de que Saori estaba bien, de pie y con las manos sobre el vientre en gesto respetuoso.

—Pues claro que no soy Ethel —respondió la niña, parpadeando con aquellos ojos de gato. Hizo amago de sonreír, aunque luego le dio vergüenza y, sacudiendo la cabeza, se presentó—. ¡Soy Galatea de Mercurio! ¡Buenos…! ¿Días? ¿Tardes? ¿Noches?

La astral miró hacia arriba. A Narciso, diseñador de su sencillo vestido de una pieza, parecía importarle poco qué era ella. La abrazaba como un padre protector.

—Por fin estás de nuevo conmigo. Mi señora Galatea.

—Siento haberte picado el ojo —aprovechó para disculparse Seiya, si bien era consciente de que golpear el ojo de una niña con un puñetazo era mucho más que picárselo. Se había pasado de bruto—. Es que se supone que debía hablar contigo y estabas atacándonos. —Eso era una verdad a medias. El mero hecho de nacer había puesto la Esfera de Mercurio patas arriba, eso era todo. No un ataque per sé, sino el efecto colateral de un evento cotidiano en un ser sobrenatural—. ¿Eres aliado o enemigo? —Tan pronto hizo la pregunta, la mejilla empezó a arderle.

—Ya te lo he dicho —respondió Galatea, todavía viendo a Narciso con gesto confuso; el astral no la soltaba—. Soy Galatea de Mercurio. Y si quieres hablar, habla.

—Primera astral —saludó Saori. No se inclinó, por supuesto, ella era una diosa; los Astra Planeta trabajaban para los dioses. Aun así, sonó más respetuosa de lo que Seiya podría ser nunca—. Es deseo de Seiya de Pegaso comunicar su decisión a los dioses.

—¿Y no te lo pudo decir a ti? —Galatea parpadeó—. ¡Tú eres una diosa!

—Lo soy —respondió Atenea—. Y he dejado de serlo.

Galatea asintió como si lo comprendiera. Con suavidad, apartó los brazos con los que Narciso la mantenía quieta y caminó hacia Seiya. Con cada paso, más vasto se volvía el poder que desprendía. En ambos ojos, el iris se volvió de un uniforme color esmeralda antes de que empezara a hablar con una voz que no era la suya.

—Habla, mortal.

Incluso si Seiya no hubiese venido hasta allí con ese fin, habría obedecido a aquel sonido que no era solo sonido. Obstinarse en desobedecer las normas de cualquier sociedad, incluidos el Santuario y el resto de órdenes sagradas, no se comparaba a la sensación que recorrió hasta el último de sus átomos; desafiar las leyes de la naturaleza con el poder infinito del cosmos, era un gesto insignificante, como los primeros pasos de un bebé, frente a aquella agitación en el alma del santo de Pegaso.

Impelido por la orden divina, Seiya al menos pudo formular la pregunta con firmeza. No era ningún niño, incluso si actuaba a veces como un mequetrefe. Tampoco era un muchacho, incluso si reencontrarse con Saori lo descolocó. Era un hombre.

Él, por encima de todo, era un santo de Atenea y se haría valer.

—¿Enfrentarme a Caronte de Plutón supone seguir los planes del Hijo?

—¿Por qué querría un santo de Atenea enfrentar a uno de los Astra Planeta? —cuestionó la voz divina, imprimiendo solemnidad en cada palabra. No era que el mundo empezara a temblar ni nada por el estilo, la divinidad no radicaba en muestras gratuitas de fuerza, aunque sí que se intuía que había poder tras el ser que empleaba a Galatea de Mercurio como receptáculo—. Yo, Hermes, te estoy haciendo una pregunta, mortal.

—¿Hermes? —repitió Seiya, salvándose poco de tartamudear. ¡Pues claro que era Hermes! Le acababan de decir que la Esfera de Mercurio y el dios de los mensajeros estaban relacionados—. Creía que iba a hablar con los dioses en general.

Si estos se iban a manifestar allí, en la Esfera de Mercurio, o si lo transportarían a donde fuera que estuviesen, ni él mismo lo sabía.

El dios de los mensajeros no respondió, tampoco puso mala cara a través de Galatea de Mercurio, si es que esto era posible. Con todo, el silencio ya era bastante opresivo de por sí. Saori le había dicho que los dioses eran caprichosos, así que para Seiya era normal pensar que incluso en situaciones como aquella, en las que el universo estaba en riesgo, cometer una blasfemia sería el fin de las negociaciones.

«¿Estoy negociando con el portero del Olimpo? —pensó Seiya, frunciendo el ceño—. ¡En menuda me he metido! Shiryu habría sido mejor para esto...»

Pero Shiryu estaba arriesgando la vida contra un ángel robótico con más de mil trucos bajo la manga, por no hablar de que Ikki y Hyoga tenían que mantener un cierto equilibrio con los rivales que les tocaron para no agravar la lucha del otro. Si debía hacer caso a Narciso, sus amigos tenían un minuto antes de que los cosmos de los tres acabaran en el vientre de Astrea, y aunque nueve minutos fuera le habían bastado para recorrer toda la Esfera de Mercurio hasta allí, no era bueno tentar a la suerte.

Decidido a ir al grano, soltó:

—Eso no importa, mi pregunta…

—Seiya —lo interrumpió Saori—. Hablar con Hermes es hablar con los dioses. Es el mensajero del Olimpo, el único nexo entre el universo y los dioses, que ahora se hallan ausentes. Ten mucho cuidado con lo que dices.

La última advertencia llegó justo a tiempo para impedirle decir que Hermes parecía una antena parabólica, o alguna de esas cosas modernas de Internet sin cable.

—Narciso de Venus, expulsa a este mortal… —empezó a decir Hermes.

—Caronte de Plutón ha cometido crímenes imperdonables —dijo Seiya—. Asesinó a muchos de los nuestros por el pecado que podríamos cometer, después habló de paz y le sorprendió que quisiéramos defendernos. De él y las huestes del Hades que dirigía. Merecía la muerte y aun así Akasha…, nuestra Suma Sacerdotisa —se corrigió—, lo selló como el espíritu del mal que había demostrado ser. —Tampoco había mucho remedio contra un enemigo inmortal, aunque se guardó de aclarar eso. Al fin y al cabo, que Akasha hubiera matado a Caronte de haberle sido posible era solo una conjetura suya, por probable que fuese—. Para comprobar si de verdad Caronte actuaba en nombre del Olimpo, viajamos a los cielos. Impedimos una rebelión.

—¿Es así? —preguntó Hermes, mirando a la diestra de Galatea de Mercurio.

Narciso de Venus asintió y al parecer eso fue suficiente.

—La rebelión fue detenida antes de la guerra contra Caronte —recordaba Seiya, pensando que quizás, de no haber revuelto Fobos tanto las cosas, habrían podido llegar a entrevistarse con los dioses mucho antes de que esta sucediera. La idea de que el dios del miedo y Caronte fueran cómplices empezó a parecerle probable, aunque solo era él buscando una explicación conveniente a todo—. Impedimos la guerra en el cielo y tuvimos que dejar la guerra en la tierra en manos de los jóvenes a los que preparamos para ella, mientras seguíamos mirando al horizonte. El plan no cambiaba: buscar respuestas. Vencido Caronte, ¿el resto de Astra Planeta se nos echaría encima? ¿Buscaban los dioses del Olimpo la destrucción del Santuario? Para encontrar respuestas seguimos viajando. Yo, Shiryu, Hyoga, Ikki… Y Shun.

—Shun de Andrómeda murió en combate singular contra Ío de Júpiter —explicó Narciso de Venus—. La razón de ese combate era definir quién se adueñaría de la Esfera de Júpiter. Me temo que nuestro comandante acabó muriendo también.

—Eso significa que no solo Caronte es nuestro enemigo —dijo Seiya—, sino…

—Te precipitas, mortal —aseveró Hermes—. El objetivo de los Astra Planeta es salvaguardar el orden universal en nombre de los dioses del Olimpo. Los santos de Atenea, los marinos de Poseidón, los espectros de Hades, los makhai de Ares y las guerreras satélite de Artemisa, así como los caballeros negros, los guerreros azules y los gigantes, no les importan lo más mínimo.

—Eso no cambia lo que han hecho —insistió Seiya.

—Los mortales solo siguen el guion que los dioses escriben para ellos, eso incluye a Shun de Andrómeda y Hashmal de Leo. También Caronte… —Mantuvo el silencio, como si se planteara decir algo más. Al final, prosiguió con una pregunta—: Entonces, ¿deseas enfrentarte a Caronte de Plutón por venganza?

Adelantándose a Seiya, Saori intervino una sola vez, con sencillez:

—Ha habido excesos que deben ser reparados. Que la venganza sea el único medio posible se debe a la naturaleza imperfecta del mundo, no culpéis a este hombre.

—Hablas con audacia, hija de Zeus —acusó Hermes.

—Deseo que haya paz, ya que Caronte de Plutón fue liberado, entonces los Astra Planeta… —El santo de Pegaso calló a media frase. Podía tratar de mentir a un dios, incluso si sabía que era inútil esconder algo a quienes veían todo el universo desde arriba. Lo que no podía hacer era engañarse a sí mismo. Shun quería la paz, una par perdurable; Shiryu, menos idealista y sabio como pocos hombres había conocido Seiya, quería una tregua que permitiera a los humanos crecer, que tuvieran la oportunidad de redimirse de tantísimos pecados. Ikki deseaba acabar con todo de una buena vez, en el fondo, aclararse con quién era el enemigo, mientras que Hyoga necesitaba reafirmar esa nueva realidad, vieja en el fondo, a la que había despertado trece años atrás. Cada uno tenía sus propios motivos, y Seiya no iba a ser menos, él no quería luchar con Caronte por venganza, ni evitaba hacerlo porque hubiera paz—. Solo soy un hombre, nada sé de los grandes planes que los dioses tienen para nosotros, si es que tienen alguno más allá de matarnos… —Hizo una pausa breve, como esperando que Saori lo recriminara, o que Narciso lo mirara con espanto, o que aquella niña que hacía de micrófono para Hermes empezara a tirarle rayos. Nada de eso pasó—. Si lo que haga o no haga es un riesgo para el universo, no es la cuestión, lo que yo quiero es dejar de huir del destino. Sí, estoy cansado de escapar de los planes del Hijo, deseo encararlos y luchar en mis propios términos —concluyó, sintiendo el alivio de quien se quita un peso de encima.

—¿Eres consciente, mortal, de que Shun de Andrómeda pudo morir para que sintieras odio no solo hacia Caronte de Plutón, sino contra todos los Astra Planeta?

—Lo soy.

—Entonces, ¿tu forma encarar el destino que has querido evitar, es entregarte a él?

—De eso se ha tratado siempre. Yo nunca he rehuido mi destino.

—Todos los hombres lo hacen alguna vez, hasta que aprenden a obedecer.

Antes de responder, Seiya reflexionó sobre cierto niño, huérfano japonés, que solo quería reencontrarse con su hermana. No tenía ningún otro motivo para hacer lo que aquel viejo misterioso y su hija repelente querían. Aun así, entrenó, creció donde otros murieron, sabiendo de algún modo que era así como debía ser. Y no con resignación. Si lo pensaba, antes de sentir arder el cosmos en su pecho, jamás se había sentido pleno. En aquel mundo pasado que soñó, sin duda siempre se sintió incompleto. De esos recuerdos manchados por el olvido, vinieron unas palabras que pronunció sin dudar.

—Nosotros, los santos de Atenea, no somos como el resto de los hombres. Como seres vivos únicos en el universo, nuestro cosmos arde siempre con intensidad. —Y así lo hacía, ahora. Al igual que el Big Bang que creó el universo, la energía cósmica de Seiya se expandió hasta el infinito, cuando hacía tan solo un momento estaba condensada en un solo punto imperceptible a los sentidos convencionales—. Por eso llevamos una vida plena, que no depende de los patrones creados por la sociedad. Vivimos regidos por el destino que marcaron las estrellas en nuestro nacimiento. —Un aura mística lo rodeó. No era de oro, de plata o de bronce, sino algo que estaba más allá del simple color, como una luz tenue que venía desde el territorio de los dioses. Los cabellos de Seiya se alzaron a la vez que los ojos de aquel destellaban con resolución—. Algunos nacen con una buena estrella, otros bajo una mala y los hay quienes la buscan hasta el final de sus vidas. ¡Pero yo decidí vivir con valentía —exclamó, dando un paso al frente—, sean cuales sean las estrellas que me guíen!

—Te contradices, mortal —advirtió Hermes—. Los humanos no pueden vivir ajenos al destino que se les ha impuesto. Ni siquiera los dioses pretendemos cambiarlo.

Seiya sonrió. Golpeándose el pecho con el puño, dijo:

—Yo tampoco pretendo hacerlo. Los santos de Atenea forjamos nuestro propio destino, ¡y eso también está escrito en las estrellas! No huiré más. ¡Confrontaré mi destino!

—Quienes sirven al Hijo, son enemigos de los dioses —declaró Hermes.

La Esfera de Mercurio empezó a girar sobre sí misma, manteniéndose solo la plataforma de nubes en la que se hallaban, como si el fenómeno no pudiera afectar el centro. Por lo demás, aquel esmeralda omnipresente se tornó en infinidad de remolinos con toda clase de tonos de verde, retorciéndose cada uno por su cuenta y avanzando a la vez hacia donde se hallaba Galatea de Mercurio, que flotaba. Hilos de poder surgían desde cada espiral, concentrándose en la mano de la pequeña astral, movida por Hermes.

Con un solo vistazo, Seiya comprendió que aquello no era nada que hubiese visto antes. No era un fuego que todo lo quemase, ni un hielo capaz de congelar a los dioses. No era una ilusión prodigiosa, ni el poder de las estrellas, las galaxias y el universo. No era viento, tierra o agua, ni rayo, luz u oscuridad, tampoco algún veneno pomposo. Y era, aunque sonara paradójico, a la vez todo eso y más. Era todo. Toda la realidad condensada en un solo punto. La forma en que Hermes describió la técnica fue:

Apeiron. Desaparece, mortal, junto a tu destino nefasto.

La propia fuerza de la Esfera de Mercurio, uno de los nueve aspectos del viejo universo, se descargó sobre Seiya. Todo un macrocosmos se le venía encima y él solo tenía sus pequeñas manos para detener semejante cataclismo.

—Adelante —dijo Saori, detrás de él—, hazlo. Tal y como ocurrió entonces.

Hubo una vez cinco jóvenes que hicieron arder sus cosmos más allá de lo que ningún hombre logró desde la fundación del Santuario. A través del sexto sentido, empezaron a comprender la mente; a través del Séptimo Sentido, empezaron a percibir el cosmos; a través de la Octava Consciencia, contemplaron por primera vez su alma. Mente, cuerpo y espíritu unidos, eso era el cosmos, y aquello que estaba más allá, el llamado Noveno Sentido, no era más que el máximo grado de comprensión. El momento en que un hombre conoce la verdad sobre sí mismo. Aquellos cinco jóvenes lo lograron; por la comunión entre los esfuerzos de los héroes y las bendiciones de los dioses, entendieron la realidad de esa antigua alianza. Los hombres eran las criaturas de los dioses.

—Todas las almas son inmortales —recitó Narciso de Venus, en cuyos ojos abiertos se revelaba, en medio de una inmensidad blanqueada por el efecto colateral de Apeiron, la transformación del manto de Pegaso—, pero las almas de los justos son inmortales y…

El grito de guerra de Seiya, junto al posterior estallido provocado por su cosmos magnificado y Apeiron, imposibilitó que escuchara la última palabra.

No lo necesitaba, pues él, como en los Campos Elíseos, lo comprendió todo.

Había un rastro de divinidad en los seres humanos.

—Así que esto es —anunció Hermes, cuando todo hubo acabado—, el milagro de Elíseos que detuvo a la misma Muerte por nueve días con sus noches.

—La Muerte de toda la humanidad —aclaró Narciso—. Aun así, es impresionante.

Apeiron seguía allí, como una mancha sin color, la suma de todas las cosas, detenida por el cosmos que Seiya expulsaba de la mano extendida a modo de barrera. El manto de Pegaso había sufrido una transformación, cubriendo al portador por completo con una vestidura que unía de forma prodigiosa el azul de un cielo infinito y el oro de la Edad Prometida en que hombres y dioses caminarían juntos. Dos alas le nacían de la espalda, extendidas y magníficas. Eran las alas del caballo inmortal hijo de Poseidón y Medusa. Era el poder de una de las constelaciones materializado por fin. Lo que ni el mismo Hefesto pudo lograr, lo lograba Atenea caminando junto a los mortales.

—Solo necesito un esfuerzo más —dijo Hermes, a la vez que alzaba un dedo de Galatea—, para destruirte por completo.

—Lo sé. —Seiya estaba tenso. Pulsando contra el poder condensado de la Esfera de Mercurio, sabía que si un dios ejercía un poco de presión sería borrado de la faz de la existencia. De hecho, en el choque sintió que así había sido, que todos los colores del mundo eran consumidos por Apeiron. Entonces su cosmos, expandido hacia el infinito, redibujó la realidad misma. La Esfera de Mercurio ya no estaba en caos, los extraños remolinos se habían detenido, regresando a la habitual calma; el universo interior de Seiya chocaba con el de Galatea de Mercurio, invitándolo a la paz. Y ese era un precario equilibrio si se tenía en cuenta que el de aquella niña contaba con el dunamis de un olímpico y un titán. Sí, tan solo un poco de presión más y estaría acabado—. Aun así, he tomado mi decisión. Enfrentaré a los Astra Planeta y lo que pase después.

Al mirar atrás de reojo, vio la sonrisa de Saori, y algo más.

—¿Y qué pensáis vosotros? —preguntó Hermes.

Para Seiya había sido un borrón, por lo que un segundo antes de aparecer frente a él debía estar muy, muy lejos. Y a pesar de eso y de que la cólera de Hermes y el contraataque de Seiya habían destruido cualquier camino posible hasta allí, ahí estaba. Un ángel con cara de efebo, sonriente, con unas botas doradas que resaltaban con su sencilla armadura platinada. Llevaba sobre los hombros a otro ángel.

—Ryuthos, ángel consagrado a Hermes. Un placer —saludó el recién llegado, tendiéndole la mano. Seiya sintió ganas de patearle entre las piernas. ¡Estaba un poco impedido para esos saludos ahora mismo!—. Este es Aquiles. ¡Ahora vuelvo!

—¡Odiseo! —corrigió a gritos Aquiles, después de ser arrojado como un saco de papas. Ryuhos pudo ir al borde de la Esfera de Mercurio y volver allí tres veces en ese tiempo.

Ícaro, Teseo y Asclepio se sumaron al sorprendido Aquiles. Ryuthos los estaba recogiendo a todos en plena caída, porque, según explicó Asclepio, el despertar del universo interior de Seiya había interrumpido la Hipnoterapia de Astrea. Pronto hubo en la plataforma cien guerreros celestiales.

—Uf, menudo viaje —dijo Ryuthos, limpiándose el sudor de la frente con la mano—. Ah, señor Hermes, ¿me preguntaba qué pensamos nosotros de todo esto?

Por las caras que mostraban los ángeles, era claro que algo sabían.

—Es evidente —dijo Ícaro—. Queremos cumplir con nuestro destino. Fuimos escogidos a través de las eras por los dioses para defender toda la Creación. El dios sin nombre, la mayor amenaza al orden universal de los olímpicos, es nuestro enemigo jurado. Deseamos enfrentarnos a él, así seamos destruidos en el proceso.

Sin importar el rango de aquellos capitanes celestes, todos los ángeles asintieron, prestando conformidad. Ryuthos, después de ver todo eso, abrió la boca para hablar.

—Si buscáis destrucción —dijo Hermes—, veréis cumplido vuestro deseo.

Y con un movimiento de dedo, Galatea de Mercurio, siguiendo instrucciones del mensajero de los dioses, empujó Apeiron contra Seiya.

El santo de Pegaso apretó los dientes, clavó los pies en la plataforma de nubes y tensó todo el cuerpo, ofreciendo a aquella realidad condensada toda la resistencia que le era posible. Y aun así empezó a retroceder, poco a poco, porque lo contrario sería ser consumido. Entonces, cuando se planteaba contraatacar, sintió que un centenar de manos se posaba sobre su espalda. No de forma literal, no tenía espalda para tantas manos, era solo la sensación que le daba ser respaldado por cien cosmos.

—Cien cosmos —dijo Seiya, sonriendo—. Más uno.

El poder combinado de los ángeles había frenado el avance de Apeiron. Cuando Saori se colocó a la diestra de Seiya, fue aquella técnica destructora la que empezó a retroceder.

—Tu camino solo conduce a la muerte, Seiya.

—Sí.

Lleno de determinación, el santo de Pegaso pudo al fin atacar. Usando ambas manos, delimitó la fuerza destructora de Apeiron. Enfrentaría el poder del viejo universo con el suyo propio; uno pequeño, tal vez, que crecía a través de las batallas y desafíos.

—Todos vais a morir —lamentó Saori, cerrando los húmedos ojos.

—Puede ser —aceptó Seiya, aplastando Apeiron con las manos llenas de divinizado cosmos. Hubo de hacer un esfuerzo titánico, y cuando aquella energía ultra-condensada se extinguió entre sus dedos, por poco cayó de rodillas, siendo Saori la que lo ayudó a mantenerse en pie. Con todo, lo había logrado—. Puede que muramos, como Shun. Si ese es el caso, créeme que iremos a donde sea que tú estés, para luchar a tu lado.

Había sentido el temblor en el cuerpo de Saori. Ella lloraba por ellos, como lloraba por Shun. Había abandonado el mundo de los hombres sabiendo que sus queridos amigos estaban condenados. O dormían por la eternidad, o morían en una guerra injusta.

—Seiya —dijo Saori, mirándolo a los ojos—. Habéis luchado a mi lado. Todo este tiempo lo habéis hecho, estoy segura de ello.

—¿Otra vez…? —Pero algo impidió a Seiya insistir en el poco consuelo que le daba la cercanía espiritual de la diosa y los santos de Atenea. Por primera vez desde que se encontraron se atrevió a verla sin que la culpa lo aguijoneara. Estaban tan cerca que sus respiraciones se entrecruzaban. Por encima de aquella mujer capaz de agitar su corazón hasta destrozarle el pecho, creyó ver algo más; otro cosmos, otra forma de peinarse, otra forma de moverse, muchas diferencias que impedían imaginar lo similares que eran ambas personas—. ¿Akasha…? ¡Todo este tiempo, tú estabas con nosotros! —exclamó Seiya, asombrado. Ya no podía verla sin acordarse de su pupila. Tal vez, sin la máscara, se habría dado cuenta antes. Resultaba irónico que aquella ley hubiese mantenido a Atenea en el anonimato. Parecía incluso conveniente—. ¿Entonces…?

—Así que has completado tu Gran Plan, hija de Zeus —intervino Hermes. No parecía en absoluto preocupado de que Apeiron hubiese sido detenido. Los grandes ojos de Galatea lo miraban todo con suma tranquilidad—. Por tus crímenes, nuestro padre te convirtió en humana. Como humana naciste, creciste y moriste. Ahora te hallas en el Hades que has querido gobernar desde hace diez mil años. ¿Todo para salvar a un puñado de almas? Desperdicias tu inteligencia, hermana.

—Es tal como dices —respondió Saori.

Nada añadió Seiya. Apartándose del apoyo que la diosa le confería, se adelantó. Una onda de choque lo golpeó tras el quinto paso, el puro poder de Galatea de Mercurio liberado de forma omnidireccional. Lo hizo estremecer, pero no le detuvo.

—Pensar que Atenea escogería unir la última de sus vidas con Pirra de Virgo —murmuraba Narciso—. Aun así, nada de esto importa.

—Sí —dijo Hermes, al tiempo que Seiya seguía avanzando, detenido por lapsos de tiempo cada vez más largos por los impactos que recibía—. Sin la ayuda de mi padre es imposible salir victoriosos de una nueva Guerra del Hijo.

—Mi padre no habría querido que dependiéramos siempre de él —dijo Saori—. Él está más allá de nosotros los dioses. Es la Gran Voluntad que trasciende todos los universos.

—Y el Hijo desea usurpar ese lugar.

—Así es.

La conversación entre los dioses se detuvo. Seiya estaba cara a cara con Galatea y Narciso. Cada una de aquellas ondas de choque le había remecido hasta el último hueso, pero el manto de Pegaso no lucía ninguna grieta. Era la defensa definitiva, un legado de la diosa portadora de la Égida, el escudo que repelerá todo el mal del mundo. La cristalización de la voluntad de quienes nacieron por Atenea, ¡un manto celestial!

—Es como el nacimiento de un nuevo universo —observó Narciso, cuyos ojos leían con nitidez la fuerza infinita tras esa aura en reposo.

—Eres un bebé que ha aprendido a gatear —explicó Hermes, mientras el caos volvía a la Esfera de Mercurio. Los remolinos, los hilos de poder… Apeiron estaba por ser invocado y era imposible asegurar la supervivencia frente a algo así a tan poca distancia—. Los Astra Planeta son hombres. Ya lo has comprobado, mortal, sin Atenea y los ángeles respaldándote, no tendrías ninguna oportunidad contra una sola de ellos.

—¿Y qué con eso? —preguntó Seiya—. ¡Hay otros tres más como yo!

—Puede que ese sea el objetivo del Hijo —aventuró Hermes, pensativo—. Que no haya Astra Planeta ni santos de Atenea que puedan arruinar sus planes.

Apeiron ya estaba formado. El puño de Seiya se llenó del divino cosmos.

—Defenderé la Tierra y la humanidad, así eso me ponga en contra de los dioses —aseguró el santo de Pegaso—. ¿Es así? ¿Seréis mis enemigos?

—Todos los que sirven al Hijo son enemigos de los que servimos a Zeus —respondió Hermes—. Desaparece, mortal.

A esa distancia, ni los ángeles ni Saori podían ayudarle. En un lapso de tiempo que se aproximaba infinitamente a cero, Seiya descargó sobre aquel vasto poder cuatrocientos mil millones de golpes, deteniendo el avance el tiempo suficiente como para sumar el poder de todos los Meteoros en un Cometa capaz de perforar el mismo cielo y alcanzar a los dioses. Tal era el impulso de aquel hijo de hombres y dioses, y frente a tamaña voluntad, incluso la suma de todas las cosas cedió. Apeiron, aquella mancha de color que era todos los colores unidos en un solo punto, fue atravesada por el puño de Pegaso.

—Si mi fuerza no es suficiente, seguirá creciendo —dijo Seiya, deteniendo el Cometa a centímetros de la astral empleada por el dios—. ¡Si caigo, puedo levantarme!

—Ya veo —dijo Hermes, indiferente a aquella proeza. Con un gesto, reformó Apeiron a partir de los restos, a la vez que se alejaba de Seiya y los demás con suma tranquilidad—. Los humanos sois incorregibles, sobre todo vosotros, los santos.

—Por supuesto. No somos de los que desaparecemos sin lucha.

—Eso es lo que os convierte en perfectos peones del Hijo. Aun así, el equilibrio roto debe recomponerse. —Por un momento, Hermes no dijo nada. Quizá meditaba lo que iba a decir, quizá lo debatía con los dioses. Fuera como fuese, terminó diciendo—: Caronte de Plutón se halla en el Jardín de las Hespérides. Obra según tu voluntad, mortal. Los Astra Planeta y los ángeles existirán para arreglar vuestros desastres.

Entonces, aquel dios abandonó la Esfera de Mercurio. O quizá era más apropiado decir que el dunamis de Hermes regresó a cumplir su función de sello en el corazón de ese mundo. Fuera como fuese, Galatea cayó, siendo recogida por Narciso. Parecía que no habría más batallas y el santo de Pegaso se giró hacia Saori.

Una cosa más —le dijo Hermes—. Nosotros no enviamos a Caronte de Plutón en vuestra contra. No hemos interferido en este universo desde hace mucho tiempo.

Aquella revelación heló la sangre de Seiya. Presuroso, quiso decirlo, pero Saori corrió hacia él y más allá, con la mano extendida de un modo que no recordaba haberle visto nunca. Aquella mujer tan bondadosa, aquella diosa de la guerra, destruyó Apeiron con el canto de la mano. ¡Ni siquiera tuvo que ejecutar una técnica!

—Fuera de mi casa —gruñó Galatea, zafándose una vez más del abrazo sobreprotector de Narciso. Tenía los ojos entornados y los pelos flotando sin orden ni concierto. La Esfera de Mercurio empezó a cubrirla, fundiéndose con ese cuerpo.

—Señora Atenea, incluso si sois vos, sin un manto divino y con vuestra divinidad negada por el… —Narciso calló a media frase, paralizado por la mirada de Saori.

Entretanto, los ángeles corrían para formar un muro defensivo entre Saori y Seiya. Eran muchos los cosmos allí reunidos, y hasta el menor de todos ellos eclipsaba a la pasada generación de santos de oro. Aquello, empero, solo hacía más terrible que el grito de una niña convertido en una onda de choque los hiciera retroceder a todos un metro.

—¡Largaos! —gritaba Galatea—. ¡Fuera de mi casa! ¡Molestáis! ¡No sois de los dioses, los que no sois de los dioses no sois de Galatea! ¡No lo sois!

Y empezó a negar, una y otra vez. Ahora que no era solo una marioneta siguiendo las instrucciones de Hermes, formar Apeiron le tomaba una fracción de segundo, y si bien Saori lograba bloquear esa técnica sin importar cuántas veces la repitiera, aquello le exigía toda su concentración, de modo que los ángeles debían bastarse solos para aguantar las ondas de choques mientras que el cielo se llenaba de universos comprimidos colapsando por las ráfagas de cosmos de una diosa negada por el mismo cielo. Presa de semejante debacle cósmica, la Esfera de Mercurio empezó a temblar.

Era una situación desesperada. Por tanto, los ángeles, antaño héroes, dieron un paso al frente. Al son del grito de guerra de dos hombres de aspecto regio, los cien guerreros celestiales desplegaron alas destellantes, manifestando así su auténtica fuerza. Ante la siguiente onda de choque, no solo no retrocedieron, sino que avanzaron.

—¡Ve, Seiya! —exclamó Saori, formando un sinfín de orbes de puro cosmos, para confrontar igual número de ataques de Galatea—. ¡Tu gran batalla te espera!

—Saori, esto… —Seiya apenas lo comprendía. Esos ángeles acababan de salir de un sueño mágico y luchaban para protegerlo sin pensárselo dos veces. Ni hablar de que un mensaje establecido tantos años atrás presentara batalla a una recién nacida astral, nada tenía el menor sentido—. ¿Es necesario que luchéis?

—¡Dale las gracias de mi parte! —exclamó Saori, a punto de arrojar sus proyectiles. Cada uno de ellos era aterrador, y no eran diez, ni cien, sino miles—. ¡Cuando la veas, dile que le estoy muy agradecida, Seiya!

El choque se dio, generando tal destrucción que el santo de Pegaso no habría salido ileso si no hubiese escapado antes. Creyó oír, durante el salto que dio, cómo Aquiles, Odiseo o como fuera que quisiese ser llamado, celebraba junto a un tal Héctor el poder luchar a la derecha de nadie menos que la diosa de la guerra. Pero debía ser un delirio que tuvo, el sonido no iba tan rápido como él se movía ahora. Ni el sonido, ni la luz. A la velocidad de los santos de oro no habría podido evadir la conflagración de poder que alumbró toda la Esfera de Mercurio desde su centro.

Henchido de poder, y sobre todo, comprensión, Seiya atravesó aquella distancia infinita en un momento. Ya no temía perderse al emplear aquella velocidad superior a la de la luz en grandes distancias, tenía completo control sobre sí ahora mismo.

«Me siento como si fuera Triela —pensó Seiya, esquivando el pobre intento de los dos autómatas clase Machina por interceptarlo. Ni Luceid ni Heldalf pudieron rozarlo siquiera—. Lo siento muchachos, ya está bien de batallas inútiles.»

Le bastó un impulso más para salir de la Esfera de Mercurio.

Notas del autor:

Shadir. Mientras en un inicio todo lo que quería era lo que otros muchos, contar la tan esperada Saga del Cielo, el tiempo y las circunstancias me hicieron a apuntar a otro rumbo. ¿Cuál es el origen de las Guerras Santas? ¿Cuál será su conclusión? ¿Qué pueden hacer los que viven en medio de todo eso, nada más que hombres luchando en un mundo controlado por los designios de los dioses? En esta etapa, pude expresarlo a través de estos últimos, rescatando un poco el espíritu más místico y abstracto que vendió Tenkai Hen Overture y que no convenció a todo el mundo. Empezando por Kurumada. ¡O al menos esa ha sido mi intención!