El Reloj
Reloj, detén tu camino
Porque mi vida se apaga
Ella es la estrella que alumbra mi ser
Yo sin su amor no soy nada.
Detén el tiempo en tus manos
Haz esta noche perpetua
Para que nunca se vaya de mí
Para que nunca amanezca.
"El Reloj" de Roberto Cantoral García.
Probablemente la habrán escuchado interpretada por Luis Miguel. Pero las personas de cultura saben que la versión de Los Panchos o IL Volo son mucho mejores.
Tanjiro no podía comprender cómo fue que llegó a la situación que se encontraba ahora. Era demasiado irreal. Apenas esa mañana Shinobu lo había abordado para revelarle que sabía de su enamoramiento por ella, solo para dejar muy claro que nunca podrían estar juntos. Algo que Tanjiro había decidido aceptar.
Y sin embargo, ahora estaban juntos. Tan físicamente juntos el uno del otro como podían estar. Haciendo aquel acto ritual que une a dos amantes cuando deciden entregarse el uno al otro.
Estoy unido a Shinobu. Estoy dentro de ella… en verdad… en verdad… ¡Estoy haciendo el amor con Shinobu! gritaba el muchacho en su mente, lleno de alegría y sin poder creer la suerte que había surgido de su torpeza con el equipo del laboratorio.
Lo único malo para Tanjiro era saber que no lo estaba haciendo bien. En el momento que se hundió dentro de la feminidad de Shinobu, Tanjiro fue azotado por una inexplicable sensación mejor descrita como "Descubrimiento". Como si hubiera entrado a un mundo completamente nuevo donde su auto control no pudo acompañarlo. Y en su lugar se apoderó de él un deseo, un hambre primitiva y salvaje que ahora lo alentaba a embestir sus caderas con todas sus fuerzas y clavar su miembro masculino dentro de Shinobu una y otra vez. Acto que en sí mismo producía una lluvia de sensaciones que provocaba en Tanjiro una indescriptible mezcla de placer y dolor por todo el cuerpo.
Por su parte, Shinobu se dejaba sacudir por la fuerza de las arremetidas de Tanjiro. La inexperiencia del muchacho era igual de palpable que en todo lo demás que había hecho esa noche. Bajo otras circunstancias Shinobu lo habría corregido al instante. Le explicaría que debe empezar con embestidas suaves, establecer un ritmo e ir subiendo la velocidad y la fuerza. Le habría explicado que un buen amante es aquel que se asegura que ambas partes de la pareja disfruten el acto y puedan llegar juntos al climax.
Más ahora que evidentemente el afrodisiaco había terminado de apoderarse por completo de Tanjiro, era obvio que ya no podría razonar con él. Y pedirle que controlara sus impulsos solo serviría para hacerlo sentir culpable de su inexperiencia y falta de control.
Así que en lugar de hacerlo sentir mal por detalles fuera de su control, Shinobu decidió guardar silencio y dejar al muchacho descargar su lujuria. Sin importar que de momento la fuerza de las embestidas del joven fueran algo incómodas.
Afortunadamente eso no era lo único que Shinobu podía sentir.
Se dice que durante el sexo las personas experimentan mucho más que los estímulos del tacto… o el intercambio de fluidos. También es un ritual que permite la transferencia de energías. La proyección de sentimientos e intenciones. Y quizás esa era la razón de que Shinobu se sintiera de alguna manera envuelta en un sentimiento de confort. Un sentimiento cálido que la hacía sentir segura en manos del inexperto cazador.
Shinobu no entendía como era posible que el muchacho la deseara tanto.
Tanjiro jadeaba casi con tanta desesperación como agitaba sus caderas. Podía sentir su cuerpo calentarse más y más.
Siento que me quemo. Siento que ardo, pero... no quiero parar. Quiero sentirlo más.
En busca de experimentar distintas y nuevas experiencias, Tanjiro acomodaba sus piernas y el ángulo de sus clavadas una y otra vez. Explorando, buscando nuevas sensaciones. Constantemente cerraba los ojos, como si el placer no le permitiera tenerlos abiertos.
El calor ahora parecía concentrarse en su zona pélvica. Y el dolor entre mezclado con placer se volvía más intenso, especialmente sobre su miembro. De pronto algo cambió. Sintió como si algo en su interior estuviera a punto de reventar. Como si dentro de él existiera algún tipo de represa a punto de desvordar. Tomó a Shinobu por la cadera con ambas manos y la jaló contra su entre pierna. Tanjiro no supo por qué, solo sabía que en ese momento deseaba, necesitaba clavarse dentro de la cazadora tan profundamente como le fuera posible.
Breves segundos se sintieron como una eternidad, en que la temperatura de su cuerpo se elevó fuera de control y los estímulos en su miembro se volvieron tan sobrecogedores que no dejaron a Tanjiro sentir nada más. Hasta que finalmente aquella concentración fue demasiado para el cuerpo del joven. Tanjiro sintió como si fuese golpeado por un rayo. Arqueó la espalda. Se enterró al fondo del sexo de la doctora. Todos y cada uno de los músculos en su cuerpo se tensaron tanto que bien podrían haberse convertido en cables de acero reforzado. Sintió sus intestinos compactarse contra la boca de su estómago. Y finalmente, quedando tieso en esa posición, se preparó para llenar de fuego a Shinobu.
―¡Shinobu!― gritó Tanjiro, al sentirse expulsar dentro de de la cazadora una sustancia que bien podría haber sido magma.
Se dejó caer sobre la cazadora para rodearla con ambos brazos. Shinobu no tardó en responder el abrazo y se deleitó sintiendo como Tanjiro descargaba el fruto de su placer dentro de ella.
Shinobu desafortunadamente y por supuesto, no había llegado a su propio clímax. Pero eso no le causaba molestia alguna.
Era de esperarse. Es su primera vez, no tiene ninguna experiencia y el pobre está dopado.
―Shinobu…― volvió a repetir el joven.
Tanjiro no podía respirar. Su diafragma parecía haberse endurecido en la base de sus pulmones, impidiéndole inhalar. Pero lejos de sentir pánico por la falta de aire el muchacho deseaba seguir montando esa ola de placer. Y de seguir vertiendo aquel ardiente líquido dentro de Shinobu por toda la vida. O más tiempo de ser posible.
Shinobu se mantuvo abrazada de él, sintiendo los espasmos de placer del jóven. Cuando por fin comenzó a bajar de la cúspide de su éxtasis, Tanjiro exhaló una gran bocanada de aire como quien ha estado a punto de ahogarse bajo el agua.
―¿Estás bien, Tanjiro?― preguntó ella con picardía.
―S-s-sí―
―Me da gusto― respondió, besándolo en el cuello.
―¿Q-ué… qué fue eso?― inquirió, mirándola a la cara.
―Tuviste un orgasmo. Es la respuesta del cuerpo cuando alcanza el límite de estímulos de placer―
En otra situación Tanjiro habría escuchado a Shinbou con toda la paciencia del mundo y habría hecho un millón de preguntas. Pero ahora, solo tenía dos preguntas.
―¿Tú tuviste un orgasmo?―
―Todavía no―
―¿Qué debe― Shinobu lo interrumpió con un beso, rodeándole el cuello con ambos brazos.
―Sigue―
Tanjiro no dudo un instante. Posó sus manos en el suelo, clavó sus pies en el suelo para tener tracción y reanudó sus salvajes arremetidas contra la cazadora. Misma que ahora lo besaba apasionadamente, como si estuviera recompensándolo por su esfuerzo. O quizás por ser tan obediente.
Shinobu también comenzó a poner más de su parte en el acto. Moviendo su cuerpo en sincronía con el de Tanjiro. Guiado solo por su instinto, Tanjiro entendió rápidamente lo que la cazadora trataba de mejorar la experiencia para ambos. Mientras que los movimientos de Tanjiro eran violentos y erráticos, los de Shinobu eran rítmicos y relajados.
El muchacho habría preguntado si estaba haciendo algo mal, si no fuera porque su boca estaba ocupada besando a la cazadora. Pero pronto comenzó a entender. No se trataba solo de la fuerza y la velocidad de los movimientos. Aquello era toda una ciencia.
Un equilibrio entre una fuerza que empuja y un contra peso que jala.
Un intercambio de energía entre jovial regocijo y agonizante dolor.
Un amante que da y otro que recibe.
Y de como todos esos roles cambian y se mezclan.
Los gemidos de Shinobu eran ahora más intensos que antes. Su primer clímax de la noche se estaba acercando. Shinobu sabía que posiblemente era una mala idea entregarse al placer. Que el afrodisiaco seguramente le daría a Tanjiro más vitalidad de la que ella sería capaz de replicar, aún con sus técnicas de respiración.
Pero Shinobu ya no quería seguir pensando. Quería sentir. Quería disfrutar. Quería dejarse envolver y quemar por el fuego de pasión de ese pequeño sol llamado Tanjiro.
Tanjiro se percató de que había algo diferente ocurriendo en el interior de Shinobu. El interior de su vagina de pronto parecía haberse convertido en las fauces de una hambrienta bestia masticando su pene. Por suerte, la bestia no tenía dientes, solo un millón de suaves encías. De modo que lo que habría resultado en una experiencia inenarrablemente dolorosa, era en realidad una que le producía placer fuera de este mundo.
―¡Shinobu, Shinobu! ¡¿Qué estás haciendo?!―
―¿Te gusta?― inquirió ella sabiendo la respuesta, pues de Tanjiro comenzó a arquear más la espalda y a dar embestidas más profundas.
―¡Me voy a volver loco!―
―¡Aún no! ¡Espérame! Espérame para acabar juntos―
Shinobu se despojó de su broche de mariposa. La única prenda que aún cargaba sobre su cuerpo. Ya estaba muy cerca, igual que Tanjiro. Sus arremetidas alcanzaron una velocidad salvaje, obligando a Shinobu a rodearlo con las piernas para darse estabilidad. Lo rodeó con ambas manos y clavó sus uñas en la espalda del chico.
Se miraron fijamente a los ojos sin decir nada y entendiendo todo. En el momento que el segundo relámpago lo golpeó, Tanjiro reclamó los labios de Shinobu quien dio un grito ahogado y arqueó la espalda al alcanzar su propio clímax.
Se abrazó del joven cazador, clavándole las uñas en la espalda. Lo que solo agregó aún más al placer de Tanjiro quien tuvo que romper el beso para liberar un gemido de éxtasis. Al cual le siguieron muchos más.
Shinobu sintió como si de repente se hubiera vuelto una mariposa de verdad. Una criatura frágil y ligera que era tomada por un viento cálido, delicado y salvaje al mismo tiempo que la llevaba hasta el cielo.
Tanjiro podía sentir el interior de la vagina de Shinobi contrayéndose y aplastando su miembro. Exprimiendo, demandando que el joven vertiera semen suficiente como para llenar un poso sin fondo. También sintió como un líquido caliente, que no era producido por él, le salpicó la entrepierna, para después escurrir bajo su pelvis.
¿Acaso Shinobu… se orinó? Atinó cuestionar el muchacho, sin tener idea de la existencia de la eyaculación femenina.
Dirigió la mirada a inspeccionar el rostro de la cazadora, a quien había perdido de vista al cerrar los ojos durante su orgasmo.
La sonrisa que Shinobu mostraba ahora era una que Tanjiro nunca había viso. Lucía los labios abiertos y temblorosos con un par de hilillos de saliva escurriendo de cada comisura de sus labios. Su mirada estaba perdida en ningún punto en específico. Y su cabello suelto se le había pegado en la frente y el cuello a causa de sudor. Era la imagen misma del placer.
Y qué placer había sido. Shinobu no podía recordar cuando fue la última vez que se vio incapacitada de usar la respiración de concentración total. Entre jadeos y suspiros, bajó de la cúspide de su orgasmo. Sintiendo como ambos sexos continuaban palpitando deleitándose en la compañía del otro.
―S-shinobu―
―Bien hecho… querido Tanjiro―
―¿Te encuentras bien?―
―De maravilla. Solo…― le acarició la mejilla con su mano derecha ―Se bueno y dame un momento para recuperar el aliento. ¿Está bien?―
Tanjiro asintió y volvió a enterrar su rostro en el cuello de la cazadora. Shinobu giró la cabeza para darle más acceso. Sin demora, Tanjiro despejó los cabellos adheridos por el sudor al cuello de Shinobu, para luego lamer el abundante sudor y a mordisquear la suave piel de la que en ese momento se había convertido en su mujer.
Al cabo de unos pocos minutos, Shinobu lo interrumpió.
―Tanjiro, ¿Puedo estar yo arriba para la siguiente ronda?―
El aludido se alejó del cuello de la cazadora, para poder verla a la cara.
―¿Cómo?―
―Quiero estar yo arriba―
―Um… de acuerdo―
Sin avisar, Tanjiro tomó a Shinobu por la cintura e hizo que ambos rodaran sobre el suelo igual a un barril, hasta que él quedó con la espalda sobre el suelo y Shinobu montada en él.
La doctora le sonrió con lujuria. Relamió sus labios y llevó su mano derecha cerca del rostro del chico hasta poder acariciarle la nariz con su dedo índice.
―Ahora, pórtate bien y déjamelo todo a mi―
Tanjiro solo pudo tragar saliva y asentir con la cabeza.
Shinobu acomodó sus piernas y enderezó la espalda. Usó sus rodillas para elevar su cuerpo, disfrutando la cara de angustia de Tanjiro al sentir como se alejaba de él. Y como tuvo que endurecer los puños al costado de su cuerpo, resistiendo el deseo de tomarla por la cintura y clavarla de vuelta sobre su pene.
Cuando la punta del miembro de Tanjiro amenazaba con salir del interior de Shinobu, la cazadora se dejó caer sobre la pelvis del muchacho. El jadeo, casi grito que ambos dieron encubrió el viscoso sonido de sus entrepiernas chocando.
Shinobu inhaló aire, posó su mano derecha sobre el abdomen de Tanjiro para darse estabilidad y acto seguido puso a trabajar sus músculos de sus poderosas piernas para elevar y bajar su cuerpo.
Inmediatamente Tanjiro comenzó a gemir y jadear, no solo de placer, sino también pidiendo piedad a la cazadora. Shinobu se deleitó de placer agregado que le producía ser la dominante del acto. De ver al dulce joven a su completa merced.
Shinobu nunca pensó que alguno de sus entrenamientos como cazadora le terminaría ayudando a la hora de hacer el amor. Pero vaya que estaba agradecida de que así fuera. Sus musculosas piernas, aquellas que había cosechado en instrumentos de guerra contra los demonios, ahora eran usadas para ayudarle a dar sentones como si de un rotomartillo se tratara. cada vez que subía estrujaba con fuerza el miembro de Tanjiro, saboreando la electrizante fricción de sus cuerpos que parecían no querer separarse nunca. Solo para luego dejarse caer sobre él y sentir a Tanjiro penetrarla hasta su cérvix.
Cada vez que esto pasaba, Shinobu sentía como si una columna de fuego le trepara por la columna, lo que la obligaba a gemir de placer incontrolablemente.
Tanjiro clavaba sus uñas en la madera del piso. Lo que Shinobu le hacía ahora se sentía muy diferente a como lo habían estado haciendo. ¿Esta era la diferencia entre ser el que da y el que recibe? Cada vez que Shinobu se elevaba se sentía como si fuese a arrancarle el pene en el proceso. Y cada vez en que se dejaba caer de vuelta sobre él, sentía como si lo sumergiera en agua hirviendo y todo su cuerpo se estremecía.
Tanjiro miró a su amada cazadora. Y se percató en verdad que era la primera vez que la veía con el cabello suelto. Sus hebras negras de puntas moradas danzaban al compás de los movimientos de la mujer. Sus grandes senos se agitaban en un hipnótico baile de giros elípticos. Hipnosis a la que Tanjiro no se pudo resistir. Así que llevó sus manos hacia aquellos hermosos orbes para poder apretarlos entre sus dedos.
Shinobu gritó de placer y arqueó la espalda. Por un momento Tanjiro se preocupó de que ella fuese a molestarse, ya que le había pedido que le dejara todo a ella. Pero cuando Shinobu posó sus manos sobre las de Tanjiro, al mismo tiempo que le dedicó una sonrisa, supo que contaba con la aprobación de la cazadora.
El calor estaba subiendo nuevamente. Sus cuerpos se estremecían en anticipación para el próximo clímax. Si Shinobu no estuviera tan abrumada por el placer se habría percatado de que Tanjiro se estaba aclimatando al sexo. Y tras cada orgasmo parecía ganar un poco más de resistencia.
Pero en aquel momento, Shinobu no podía indagar en tales deliberaciones. Ya que la poca capacidad intelectual que se escapaba al placer, estaba enteramente concentrada en mantener a sus piernas trabajando.
Para Tanjiro, solo tocar los pechos de Shinobu dejó de ser suficiente. Se incorporó en un solo movimiento que por poco arroja a Shinobu de espaldas. Pero Tanjiro logró detenerla sujetándola de sus caderas. Lo siguiente que hizo fue volver a enterrar su rostro entre los senos de la cazadora, para después deleitarse lamiendo y chupando todo lo que su boca pudiera alcanzar. Saboreando la piel de la cazadora, ahora sazonada con el abundante sudor de la misma.
Shinobu no tardó en volver a su rol de jinete.
Siguieron así por lo que pudo haber sido cientos de años. Ocasionalmente Shinobu tomaría a Tanjiro por las mejillas para poder besarlo. Después lo dejaría volver a devorar sus pechos mientras ella arrojaría la cabeza hacia atrás, ya sin importarle quién de ellos tenía el control. Solo que ambos pudieran arder y gozar.
―Shinobu―
―Lo sé… ¡Lo sé!― gimió ella, abrazándole la cabeza en contra de su pecho.
Él le correspondió pasando sus brazos bajo las axilas de ella para poder sujetarla por los hombros. De esta manera, pudo clavar a Shinobu contra suya. Haciendo las penetraciones más profundas e intensas.
―¡Tanjiro!― gritó con deleite la doctora.
Tanjiro se sacudió violentamente con Shinobu abrazada de él como si temiera por su vida.
Y cuando por fin alcanzaron el clímax, ambos gritaron sus pasiones al cielo.
Tanjiro se desplomó sobre su espalda atrayendo a Shinobu con él. Ambos temblaban incontrolablemente, aunque eran incapaces de moverse por si mismos. Estaban tiesos más allá de los espasmos provocados por la euforia del orgasmo.
Tanjiro fue el primero en hablar.
―¿Sh-shinobu?―
―Da… dame un… dame un minuto por favor― suplicó Shinobu, sin importar que se escuchara tan patética.
―Es solo una pregunta―
Shinobu se rio.
―¿Y cuál es?―
―¿Es posible morir de placer?―
Shinobu se echó a carcajearse de risa. Reunió un poco de fuerza para alejas del muchacho hasta que finalmente lo hizo salir de ella. Varios hilillos de semen escurrían fuera de la vulva de Shinobu. Se movió a su lado y se dejó caer de espaldas mirando el techo con los ojos cerrados.
Tanjiro la dejó alejarse. Incluso con el afrodisiaco aún activo, él también necesitaba un respiro luego de tanta acción. Cerró los ojos y se concentró en recuperar el aliento. Fue entonces que se dio cuenta que tenía muchas, muchas ganas de orinar.
―Shinobu, ¿Hay un baño aquí?―
―Detrás de la puerta junto al lavabo― le respondió sin voltearlo a ver.
Tanjiro intentó ponerse de pie y se sorprendió al ver lo difícil que era. Sus piernas parecían no querer seguir sus órdenes. Toda su zona pélvica hormigueaba. No tenía equilibrio.
Aún así, se las ingenió para llegar hasta la puerta del baño.
Shinobu abrió los ojos y miró los alrededores. No había reloj en el laboratorio. No había necesidad. Generalmente cuando venía a trabajar aquí abajo era capaz de hacer todo ella sola. Y si era requerida arriba, Aoi o una de las niñas vendrían a buscarla.
Pero ahora, Shinobu deseaba saber cuánto tiempo había pasado y cuanto tiempo les quedaba. Tiempo. Hacía mucho que Shinobu no contemplaba la importancia del tiempo.
Tiempo como el que pasó con Tanjiro. Tiempo como el de esa noche, en que por culpa de un extraño giro del destino, terminó convertida en su mujer y él su hombre.
¿Pero y mañana? ¿Y después de eso? ¿Qué pasará con nosotros? ¿Qué pensará de mi?
Y Shinobu se percató que no quería que la noche terminara. No, más bien, no quería que la conexión que ahora tenía con el chico acabara.
No digas tonterías Shinobu. Es solo tu cerebro ebrio con dopamina por tantos orgasmos y la falta de oxígeno. Mañana… mañana…
¿El se irá de mi vida? ¿Y si lo hace, qué será de mí? ¿De nosotros? Eran las preguntas que Shinobu no se atrevía a hacer. Intentó concentrarse en otra cosa. Como el sonido del agua cayendo.
¿Agua?
―¡Tanjiro, no estés tomando agua de la llave!― gritó la cazadora en dirección al baño.
Tanjiro se apresuró a abrir la puerta, limpiándose la cara.
―Perdón. Pero es que me dio mucha sed―
Shinobu se río de la expresión del chico, quien parecía apenado de haber cometido una travesura. Pero ella lo entendía. También tenía mucha sed.
―Les he dicho que no tomen agua de la llave. Aquí tengo agua purificada―
Al igual que Tanjiro, a Shinobu le costó ponerse de pie. Sus piernas se sentían como fideos recocidos.
Caminó hasta una de las vitrinas y sacó dos botellas de plástico blancas, una de las cuales le entregó a Tanjiro.
―Esto…―
―Es agua destilada. Es segura, no se te va a caer el cabello, ni nada― bromeó, aunque no podía culparlo por su cautela.
Tanjiro abrió la botella y se la empinó para poder beber todo su contenido. Shinobu hizo lo mismo. Cuando terminaron sus bebidas, Shinobu notó que Tanjiro tenía otra erección.
―¿Listo para continuar?―
Tanjiro asintió acerándose a ella, rodeándola con sus brazos. Se agachó para poder besarla.
―Shinobu―
―¿Sí?―
―A mi… me gusta que seas pequeña― confesó.
Shinobu se conmovió. Y para demostrar su agradecimiento, saltó rodeando al joven por el cuello con sus brazos y su cintura con sus piernas. Devorando sus labios con un apasionado beso.
No había tiempo para pensar en el mañana ni lo que vendría después. Por ahora disfrutaría el tiempo del que disponía para vivir la experiencia de aquella noche. La noche en que montó un pequeño sol y viajó al paraíso.
Un millón de besos y caricias más tarde, Tanjiro por fin agotó sus últimas reservas de energía y de desplomó sobre su igualmente exhausta compañera. Se posicionaron lateralmente y la abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban, usando sus pechos como almohadas.
―Shinobu―
―¿Hm?―
Hubo una pequeña pausa y Shinobu pensó que Tanjiro se había dormido. Se dispuso a cerrar los ojos y dormir también.
―Te amo―
Shinobu se congeló.
―No tienes que responder ni decir nada. Solo… quería que lo supieras. Te amo―
Tanjiro suspiró y se quedó dormido al fin. Lo cual fue una suerte para Shinobu, porque de otro modo la habría oído llorar.
―Lo sé. Lo sé… sé que sí, mi querido Tanjiro― lo abrazó con angustia, acariciándole la cabeza con su mano derecha ―Te prometo, que nunca voy a olvidar esta noche. Y si alguna vez nos vemos en otra vida y en otro lugar… seré toda tuya. Y sé que tú me harás la mujer más feliz del mundo―
Shinobu estiró la mano para alcanzar su bata de laboratorio. Se limpió las lágrimas con ella y luego la extendió sobre ambos como si fuera una sábana. Beso la frente del muchacho en sus brazos. Suspiró y se quedó dormida.
