INTRODUCCIÓN

El tren resoplaba con su habitual ritmo monótono mientras avanzaba por la ciudad. La primavera había llegado, y con ella, el nuevo curso escolar. Yo, Yamato Ishida, observaba por la ventana, viendo cómo los cerezos en flor teñían de rosa el paisaje. El tren estaba lleno de estudiantes con caras nuevas y otras más familiares. Al parecer, el ciclo interminable de la vida escolar volvía a empezar.

—Otro año más —pensé, ajustando mis auriculares mientras una canción de mi grupo favorito retumbaba en mis oídos. La emoción que alguna vez sentí al comenzar un nuevo curso había menguado con el tiempo. Ahora, lo único que me interesaba era la música y, bueno, sobrevivir a la secundaria sin muchos problemas.

El tren se detuvo en la estación y, entre el bullicio de estudiantes bajando y subiendo, divisé a Tai. Siempre con esa sonrisa despreocupada, como si la vida fuera una serie interminable de partidos de fútbol. Al lado de él, como siempre, estaba Takenouchi, su inseparable amiga, vestida con el uniforme masculino del instituto, el cabello corto y desordenado, y esa mirada resuelta que me hacía preguntarme si realmente alguna vez se relajaba.

—¡Yamato, espera! —gritó Tai, corriendo hacia mí con su mochila a medio colgar de un hombro. Takenouchi lo siguió de cerca, con su típica actitud de "no me importa nada".

—Hola, Tai. Takenouchi —asentí en su dirección, recibiendo un breve —hey— de ella.

—¿Listo para el nuevo curso? —Tai sonreía, sin una pizca de nerviosismo.

—Sí, supongo —respondí, tratando de no parecer demasiado desinteresado—. ¿Vamos a buscar las listas de las clases?


El instituto estaba en pleno bullicio, como un enjambre de abejas alborotadas. Los pasillos resonaban con el murmullo constante de las conversaciones entusiastas y las risas contagiosas, mientras los estudiantes se apresuraban a encontrar sus nuevas aulas. Era el inicio del curso, ese momento del año en el que la expectación flotaba en el aire y cada pasillo estaba impregnado de promesas y posibilidades.

Nos dirigimos al tablero de anuncios, donde ya se había congregado una pequeña multitud de alumnos ávidos por conocer sus destinos académicos. Tai y yo nos abrimos paso entre la maraña de compañeros de clase hasta llegar al frente, donde la lista recién colocada brillaba con la promesa de revelar nuestros próximos desafíos.

—¡Ahí están! —exclamó Tai, señalando con entusiasmo la lista. Juntos, escudriñamos los nombres grabados en el papel, buscando nuestros destinos académicos.

—Veamos... Clase 1-A... Taichi Yagami... Yamato Ishida... —leí en voz alta, dejando que la emoción se filtrara en mis palabras. Tai saltó de alegría al escuchar que estábamos en la misma clase, sus ojos brillando con una chispa de emoción juvenil. Y, Sora Takenouchi, dije para mis adentros. La mención de su nombre en la lista despertó una mezcla de emociones en mí, una sensación de anticipación y curiosidad por ver cómo sería tenerla como compañera de clase.

—¡Genial, estamos juntos! —gritó, su voz resonando en el pasillo con la intensidad de un rugido de león. Miré a Takenouchi, que simplemente asintió con una sonrisa tranquila, como si estar en la misma clase con Tai fuera algo tan natural como la salida del sol cada mañana. Para ella, la energía inagotable de Tai parecía ser una parte intrínseca de su vida escolar, algo que había aprendido a aceptar con resignación. Para mí, en cambio, significaba tener que lidiar con la tormenta de energía de Tai todos los días, una hazaña que requería una paciencia de santo y una buena dosis de humor para sobrevivir. Pero bueno, podría ser peor.


La ceremonia de ingreso era tan aburrida como siempre. Los discursos de los directivos, las presentaciones de los profesores... Todo era un déjà vu. Me senté junto a Tai y Takenouchi, tratando de no dormirme mientras el director hablaba sobre la importancia del estudio y la dedicación.

—Espero que este año no sea tan aburrido —murmuró Tai, mientras el director seguía con su monólogo.

—Conociéndote, seguro encontrarás la manera de hacer que sea interesante —respondí irónicamente.

Takenouchi, a mi lado, mantenía su mirada fija en el escenario. A veces me preguntaba qué pasaba por su mente. Era difícil de leer, a diferencia de Tai, que siempre llevaba sus emociones a flor de piel.

Mientras Tai volvía a bostezar discretamente, yo luchaba por mantenerme despierto, dejando que mis pensamientos divagaran por otros horizontes más emocionantes. ¿Cómo lograr que este año fuese diferente?

Durante una pausa en el discurso del director, Tai se inclinó hacia Sora con una sonrisa.

—Oye, Sora, ¿a qué club te vas a apuntar este año? —preguntó en voz baja.

Sora se encogió de hombros ligeramente, sin apartar la vista del escenario.

—Estaba pensando en volver al club de fútbol.

Tai asintió, claramente satisfecho con la respuesta.

—¡Genial! Yo también me apunto al club de fútbol. Va a ser divertido tenerte en el equipo. Aunque, claro, sería bueno que también te apuntaras a algo más... no sé, algo más de chicas.

Sora lo miró, levantando una ceja.

—¿Algo más de chicas? ¿Qué quieres decir con eso, Tai?

Tai se rascó la cabeza, intentando aclarar su punto sin darse cuenta del comentario que había hecho.

—Ya sabes, algo como... ¿el club de cocina? O, no sé, el de manualidades... algo más femenino.

Sora parpadeó, y una sombra de tristeza cruzó su rostro. Su voz se volvió tensa, aunque intentó mantener la calma.

—¿Así que crees que no soy lo suficientemente femenina, Tai?

Tai la miró de arriba abajo, analizando su apariencia física sin siquiera darse cuenta: llevaba el uniforme masculino en lugar del femenino, sin maquillaje, su pelo estaba alborotado y sus facciones eran más duras que las de otras chicas.

—No, no quise decir eso... —dijo Tai, pero se notaba la confusión en su voz mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas—. Solo... ya sabes... tal vez podrías probar algo diferente.

—Claro, Tai. Supongo que ser buena en fútbol no es suficientemente femenino para algunos —respondió Sora, volviendo la mirada al escenario, su expresión más distante que antes.

Desesperado por arreglar la situación, Tai intentó ser gracioso.

—Bueno, si te apuntas al club de cocina, al menos tendré a alguien que me prepare el almuerzo, ¿no? —susurró con una sonrisa nerviosa.

Sora se volvió hacia él, sus ojos brillando con enfado.

—¿Así que ahora soy tu cocinera? ¿En serio, Tai? —su tono era cortante, y su enfado palpable.

Tai levantó las manos en señal de rendición.

—¡No, Sora! Era solo una broma... Lo siento, de verdad...

Pero el daño estaba hecho. Sora volvió a centrarse en el escenario, sin prestar atención a las disculpas de Tai.


Entrar en el aula de la Clase 1-A fue como cruzar el umbral a otro universo. Mientras Tai y yo nos adentrábamos en la habitación, noté que varias chicas se sonrojaban y empezaban a cuchichear entre ellas, lanzándome miradas furtivas. No era algo nuevo para mí, pero siempre me resultaba un poco incómodo.

—¡Mira, es Yamato Ishida! —escuché a una chica decir en un susurro apenas audible—. Es tan guapo en persona...

—¡Sí, además es tan misterioso! —añadió otra, con un brillo en los ojos.

Suspiré internamente y traté de ignorar los murmullos. No me gustaba toda esa atención no solicitada. Solo quería pasar desapercibido y centrarme en mis estudios.

Nos acomodamos en nuestros asientos y la profesora entró, dándonos la bienvenida al nuevo curso. Después de una breve introducción y unas cuantas instrucciones sobre el año escolar, llegó el momento temido: la elección del delegado de clase.

—Bien, ahora necesitamos elegir al delegado de clase —anunció la profesora con una sonrisa amable. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Definitivamente no quería esa responsabilidad.

Antes de que pudiera siquiera pensar en una excusa, Tai ya estaba en acción. Levantó la mano con una energía que solo él podía tener.

—¡Propongo a Yamato Ishida! —exclamó con entusiasmo.

Me giré hacia él, incrédulo.

—¿Qué demonios estás haciendo, Tai? —susurré, intentando mantener la calma.

—Confía en mí, Matt —respondió Tai, con esa sonrisa que siempre me metía en problemas.

La clase murmuraba y varias cabezas asintieron en aprobación.

—¡Sí, Ishida es perfecto para el puesto! —gritó una voz desde el fondo. No podía creer lo que estaba pasando.

—¿Alguien más quiere postularse? —preguntó la profesora, mirando alrededor del aula. Un silencio incómodo se extendió por la habitación. Nadie más parecía dispuesto a competir.

—Vamos, Yamato, eres el mejor para esto —insistió Tai, poniendo una mano en mi hombro—. Piensa en todas las chicas que van a estar agradecidas.

Rodé los ojos.

—Esto no es una competencia de popularidad, Tai.

La profesora, aparentemente satisfecha con la ausencia de oposición, sonrió.

—De acuerdo, si no hay más propuestas, Ishida será el delegado de clase.

Intenté protestar.

—Pero, profesora, yo...

—Felicidades, Yamato —dijo, tomando nota—. Estoy segura de que harás un excelente trabajo.

Me hundí en mi silla, sintiendo el peso del mundo caer sobre mis hombros. Tai, por otro lado, parecía muy contento consigo mismo.

—Ves, Matt, te lo dije. ¡Eres perfecto para esto!

—Perfecto para esto —repetí, mirándolo con los ojos entrecerrados—. Tú y yo vamos a tener una charla seria después de clases.

Tai se encogió de hombros, sin perder esa sonrisa.

—Lo sé, lo sé. Pero oye, al menos tendrás una buena excusa para hablar con todas esas chicas que te miran.

No pude evitar reírme un poco.

—Eres un caso perdido, Tai.

La clase continuó con la profesora explicando nuestras nuevas responsabilidades y asignándonos tareas. Mi mente, sin embargo, seguía dándole vueltas a lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo había dejado que Tai me arrastrara a esto? Miré a mi alrededor y me encontré con los ojos de Takenouchi, que me observaba con una expresión inescrutable. Parecía casi... divertida. Tal vez ella también pensaba que ser delegado de clase era una broma cósmica.

—Gracias, Tai —murmuré, más para mí mismo que para él—. Esto va a ser un año interesante.

Al final del día, mientras salíamos del aula, Tai me dio una palmada en la espalda.

—Confía en mí, Matt. Ser delegado de clase no será tan malo. Piensa en ello como una nueva aventura.

—Sí, claro —respondí, con una mezcla de resignación y humor—. Una aventura en la que tú me has metido, como siempre.

—Exactamente —dijo, guiñándome un ojo—. ¡Vamos, a por ello!

Mientras caminábamos hacia la salida, no pude evitar pensar que, a pesar de todo, tener a Tai a mi lado significaba que nunca me aburriría. Y, quién sabe, tal vez ser delegado de clase no sería tan terrible después de todo.


Los días pasaron y, como delegado de clase, me encontré con más responsabilidades de las que había anticipado. Entre ellas, llevar los deberes a los estudiantes que no podían asistir a clases. Fue así como un día, la profesora me pidió que llevara las tareas a Takenouchi, que estaba enferma.

Salí del instituto con una bolsa llena de libros y cuadernos, sintiéndome un poco como un repartidor de pizza, pero sin la parte divertida de entregar comida. Al menos el clima estaba agradable, y el sol de la tarde hacía que la caminata fuera más llevadera.

Llegué a la casa de Takenouchi y toqué el timbre, esperando que alguien me atendiera. Después de unos momentos, la puerta se abrió lentamente y ahí estaba ella, envuelta en una manta y con la nariz roja como un tomate.

—¿Ishida? —preguntó con una voz nasal y un tanto ronca—. ¿Qué haces aquí?

—Hola, Takenouchi —respondí, tratando de no parecer demasiado incómodo—. La profesora me pidió que te trajera los deberes. ¿Puedo pasar?

Ella asintió y se hizo a un lado para dejarme entrar. El interior de la casa estaba cálido y acogedor, con el aroma de sopa recién hecha flotando en el aire.

—Mi madre está trabajando —explicó mientras cerraba la puerta—. Así que estoy sola. Gracias por traerme esto.

Una extraña sensación de nerviosismo se apoderó de mí al escuchar esas palabras. Estar a solas con Takenouchi en su casa era un territorio desconocido, un escenario que despertaba una mezcla de emociones en mi interior. Traté de mantener la compostura, recordándome a mí mismo que solo estaba allí para entregarle los deberes, nada más.

—De nada —respondí, tratando de ocultar mi nerviosismo, mientras dejaba la bolsa sobre la mesa de la sala—. ¿Cómo te sientes?

Mi voz sonaba más rígida de lo que hubiera deseado, y esperaba no haber mostrado demasiado mi inquietud. Aunque no había razón para sentirme así, no podía evitarlo. La atmósfera cálida y acogedora de su casa, sumada al hecho de que estábamos solos, generaba una tensión sutil pero palpable.

—Como si me hubiera atropellado un camión —respondió con una risa débil, seguida de una tos—. Pero, ¿qué se le va a hacer? Un resfriado no es el fin del mundo.

—Bueno, espero que te recuperes pronto —dije, tratando de sonar sincero—. Si necesitas algo más, solo dímelo.

—Gracias —respondió ella, sonriendo levemente—. Lo aprecio. ¿Qué tienes ahí para mí?

—Un montón de cosas —dije, abriendo la bolsa—. Tenemos los deberes de matemáticas, una redacción para japonés y un cuestionario de orientación académica-profesional.

—Vaya, me alegra no haberme perdido eso —dijo ella con un sutil sarcasmo—. ¿Puedes explicarme un poco más sobre los deberes de matemáticas, por favor? Me siento un poco perdida.

—Claro —respondí automáticamente, sacando el libro de matemáticas y sentándome en una silla cercana—. Estamos trabajando en ecuaciones cuadráticas. ¿Te cuesta entender alguna parte en particular?

Ella se acomodó en el sofá, aún envuelta en su manta, y me miró con una expresión de confusión que me hizo sentir un ligero cosquilleo en el estómago.

—Bueno, la verdad es que siempre me he liado un poco con esto —admitió, frunciendo el ceño—. ¿Podrías explicarme cómo resolver esta?

Me acerqué a ella con el libro abierto, preparado para comenzar la explicación. Mientras hablábamos, noté algo que nunca antes había percibido. Sus ojos brillaban, incluso estando enferma, y su cabello, suelto y ligeramente despeinado, caía sobre sus hombros de una manera casi hipnotizante. Era una imagen completamente diferente de la Takenouchi que solía ver en el campo de fútbol y, por un momento, me quedé absorto en su presencia.

—Claro —dije, tratando de mantener la compostura, aunque mi corazón latía con fuerza—. Primero, tienes que entender la fórmula general para resolver ecuaciones cuadráticas. Es algo así como una receta de cocina, pero sin el sabor.

Ella rió débilmente, y su risa resonó en mi interior, provocando un agradable cosquilleo.

—Perfecto, soy terrible en la cocina también.

—Bueno, entonces estamos en el mismo barco —respondí, tratando de ocultar mi nerviosismo detrás de una forzada sonrisa—. Ahora, mira aquí. Esta es la fórmula: x es igual a menos b más o menos la raíz cuadrada de b al cuadrado menos cuatro a c, todo dividido por dos a.

Suspiró suavemente mientras se acercaba un poco más para ver mejor el libro. En ese momento, al mover la manta sin darse cuenta, dejó al descubierto su pijama holgado de conejitos infantiles. Me quedé sorprendido por un instante, y no pude evitar pensar automáticamente que estaba adorable. Rápidamente traté de rectificar ese pensamiento mentalmente, recordándome que estaba allí para ayudarla con sus deberes. Sin embargo, no pude evitar pensar para mis adentros que, después de todo, Sora sí era femenina, aunque fuera de una manera que no había notado antes.

—Sí, bueno, una vez que lo practicas unas cuantas veces, se vuelve más fácil —respondí, tratando de controlar mi voz—. Ahora, veamos un ejemplo juntos.

Nos inclinamos sobre el libro y comencé a resolver un problema, explicando cada paso con cuidado. A medida que avanzábamos, su cercanía se volvía cada vez más palpable, y mi nerviosismo aumentaba con cada segundo. Sentía una extraña mezcla de excitación y ansiedad mientras compartíamos aquel momento, y la presión de su presencia se hacía casi abrumadora.

—Entonces, ¿ves cómo llegamos a este punto? —pregunté, intentando mantener mi voz firme a pesar de mi turbación interna.

Ella asintió con una expresión de concentración, pero su mirada se desviaba ocasionalmente hacia mí, lo que hacía que mi pulso se acelerara aún más.

—Sí, creo que lo entiendo. Gracias, Ishida —respondió, su voz suave resonando en mi mente y haciendo que mi corazón diera un vuelco. Su agradecimiento se coló en mis pensamientos como una melodía encantadora, pero mi mente estaba demasiado ocupada en otro asunto.

—No hay problema —respondí, sonriendo levemente—. Ahora, prueba hacer uno tú.

Mientras ella trabajaba en el problema, me encontré observándola más de lo que debería. Sus manos eran delicadas y rápidas sobre el papel, y su concentración le daba un aire de determinación que nunca había notado antes. Sentí un nudo en el estómago y un ligero mareo.

—¿Así está bien? —preguntó, levantando la vista con una sonrisa.

—Perfecto —dije, tratando de ocultar mi nerviosismo—. Lo hiciste muy bien.

—Gracias —respondió ella, sonriendo—. Me siento un poco más confiada ahora.

Nos quedamos en silencio por un momento, y luego me levanté rápidamente, recogiendo la bolsa vacía.

—Bueno, debería dejarte descansar —dije, sintiendo una extraña mezcla de emociones—. Espero que te mejores pronto.

—Gracias —respondió ella, levantándose también y acompañándome a la puerta—. Nos vemos el lunes, si todo va bien.

Después de un momento de silencio incómodo, asentí con un gesto apenas perceptible y me encaminé hacia la salida. Sin embargo, algo dentro de mí me obligó a detenerme antes de cruzar el umbral de su casa.

—Oye, Takenouchi...

—¿Sí? —su voz, suave y cálida, resonó en el aire, envolviéndome en una sensación de complicidad inesperada.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas:

—Me alegra haber venido.

Me sorprendió la espontaneidad de mi declaración. Pero lo que me dejó aún más atónito fue la sonrisa genuina que se formó en los labios de Takenouchi, y el brillo inusual en sus ojos, como si estuviera viendo algo en mí que nunca había notado antes.

—A mí también, Ishida —su respuesta fue sencilla pero cargada de significado, como si estuviéramos compartiendo un secreto que solo nosotros dos entendíamos.

Salí de su casa con una extraña mezcla de emociones. Aunque seguía sintiendo una ligera confusión, también había una chispa de emoción y curiosidad que revoloteaba en mi interior. Mientras caminaba de regreso a casa, mis pensamientos se agolpaban en mi mente, chocando contra la imagen que había construido de Takenouchi. Durante tanto tiempo la había visto como una figura distante. Pero ahora, con esta nueva perspectiva, me di cuenta de que había estado equivocado. Había más en Takenouchi de lo que había imaginado, y el hecho de que hubiera despertado mi interés de esa manera era algo que nunca habría anticipado.

En el camino a casa, mi mente seguía volviendo a la imagen de Sora en su pijama de conejitos, su calidez y su risa. Había algo increíblemente genuino y encantador en esa imagen.


Queridos lectores y lectoras,

Agradezco sinceramente el tiempo que han dedicado a sumergirse en las páginas de esta historia, donde los personajes de Digimon, propiedad de Bandai, cobran vida en nuevas aventuras. Cada palabra escrita es un pequeño fragmento de mi corazón que comparto con ustedes, con la esperanza de llevarlos a un mundo lleno de emociones y aventuras centradas en Sora y Yamato.

Si esta historia les ha traído alguna alegría, emoción o reflexión, les pido humildemente que consideren dejar un comentario o una reseña. Sus palabras significan mucho para mí y son una fuente invaluable de inspiración para continuar escribiendo y mejorando.

Cada crítica constructiva, cada elogio y cada palabra de aliento son recibidos con gratitud y afecto. Su apoyo es lo que impulsa mi pasión por contar historias y compartir experiencias. Así que, de corazón a corazón, les agradezco profundamente por ser parte de este viaje literario.

Con gratitud,

Letralma