Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Jonesn, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Jonesn. I'm only translating with their permission.


Capítulo 1

Alguien a quien amé una vez me dio

una caja llena de oscuridad.

Me llevó años comprender

que esto, también, era un regalo.

~Mary Oliver, Los Usos del Dolor

Eran las cinco y media cuando finalmente la encontré, escondida detrás del musgo de un roble demasiado grande. También fue pura suerte; en ese momento, el viento se levantó, soplando las ramas y permitiendo que el sol se abriera paso, arrojando un resplandor sobre un buzón viejo y oxidado.

Pura suerte.

Al parar a un lado de la carretera, me detuve de golpe para echar un vistazo alrededor.

El anuncio había dicho aislado; aislado y tranquilo. Y como el vecino más cercano estaba a unos cinco kilómetros de distancia, no había razón para no creer que cuando la inmobiliaria se había referido a los terrenos como pintorescos, en realidad no había querido decir maldito.

Al ver todos estos arbustos inesperados, tuve que preguntármelo.

Inhalé otra buena bocanada de aire fresco y húmedo, y exhalé lentamente; subiendo la ventanilla antes de arriesgarme y girar a ciegas hacia la vegetación, solo relajándome cuando se abrió y dio paso a los rastros de un camino muy transitado.

Cuanto más avanzaba, más espesa era la gravilla y más ruidoso era el crujido bajo el peso de mis neumáticos. Y no había recorrido tanto camino cuando me detuve para aparcar junto a un Cadillac Coupe Deville que estaba mal ubicado. Hermosamente restaurado; me fijé en el cromo, liso y brillante contra la pintura rosa pálido, antes de levantar la mirada y encontrarme con la amplia sonrisa de dientes grandes de su propietaria que me esperaba.

Abrí la puerta con cautela y la sujeté con fuerza para protegerla de una ráfaga de viento despreocupada. Ya le estaba haciendo perder el tiempo; lo último que necesitaba era que le hiciera una abolladura en el costado a esa belleza.

—Hola, soy Alice —me saludó la pequeña mujer, que se acercó sigilosamente a mí; su pelo corto y negro apenas se movía con el viento frío y arremolinado. Aparté el mío de mis ojos y tomé su mano extendida.

—Bella, lo sé. —Me guiñó un ojo, presentándome, mientras me estrechaba la mano sin parar, demostrando que su energía era aún más agotadora en persona—. Hemos hablado tantas veces por teléfono que siento que ya nos conocemos. ¿Sabes a qué me refiero?

Sonreí y asentí, sabiendo lo que quería decir, pero sin sentirme así en absoluto. Esta mujer podría haber hablado de sí misma hasta ponerse azul y probablemente lo haría, pero aún así no nos conoceríamos. No de verdad.

—Bueno, probablemente quieras ver la casa, ¿eh? —preguntó, finalmente soltando mi mano para darse vuelta y hacerme un gesto para que la siguiera, su boca parloteando durante todo el camino a través del césped embarrado y subiendo las escaleras del porche delantero.

—Esta era la antigua casa de los Black, Billy Black. —Hizo girar las llaves e introdujo una en la cerradura antes de volverse hacia mí, como para preguntarme si lo conocía, lo cual era ridículo, ya que yo venía del otro lado del país. Levantó las cejas con expresión interrogativa y siguió.

—Como sea, Jake, su hijo, ha estado tratando de vender esta casa durante años, desde que se mudó a la ciudad, pobre chico —suspiró, sacudiendo sutilmente la cabeza, antes de continuar—. Perdió a su padre tan joven, demasiado joven, solo tenía dieciocho años, pero es inteligente, muy inteligente, consiguió una beca completa en esa gran universidad de Seattle… —Se detuvo, se dio la vuelta y frunció los labios con un gesto de la mano.

—¿La Universidad de Washington? —adiviné en voz alta, y ella chasqueó los dedos, y el frunce se abrió hasta formar una sonrisa de alivio.

—¡Sí! ¡La Universidad de Washington... la U-dub! —espetó de nuevo, señalando el techo, antes de darse la vuelta para guiarme a través de la puerta principal con demasiada energía. Diez minutos con la mujer y ya sentía que necesitaba una siesta.

—También era muy bueno. Venía a casa todos los fines de semana, la mantuvo lo mejor que pudo, hasta que conoció a una chica, al menos. Nessie, creo que era. —Asintiendo, tarareó—: Sí, Nessie. Un nombre raro, si me preguntas. —Su voz se fue apagando mientras retiraba las sábanas blancas de las mesas ratonas, las sillas de cuero desgastadas y, finalmente, el sofá a cuadros marrón y amarillo.

—Los muebles no son lo mejor, pero son mejores que el suelo, supongo. —Se encogió de hombros, como si ella tampoco lo creyera—. ¿Tienes hijos?

Levantó la vista brevemente y tiró a un lado la tela polvorienta.

—No.

—Yo tampoco, pero lo hemos intentado. No puedo esperar a tenerlos, ¿sabes?

No lo hacía. Y me sentí agradecida cuando ella simplemente continuó destapando los horribles muebles, saltando a la siguiente pregunta sin esperar realmente una respuesta.

—¿Hermanos?

—No.

—¿Marido?

—No.

—¿Novio?

Volvió a levantar la vista de ahuecar innecesariamente los almohadones y puso sus manos en sus caderas, esperando esta vez, pareciendo especialmente interesada. Cruzando los brazos, me quedé allí parada, nunca me había sentido más expuesta al recibir tantas preguntas personales en un día determinado.

¿Qué le importaba? No éramos amigas. Y no necesitaba una.

Me aclaré la garganta y decidí no responder. Me tomé la libertad de mirar el resto de la casa, mientras el taconeo de Alice me seguía de cerca.

—Bueno, la casa fue tratada contra las termitas el verano pasado, así que tienes unos buenos cuatro años antes de que tengas que hacerlo de nuevo. Pero mi marido, Jasper, es contratista —dijo entre dientes, usando las manos para enfatizar—. Y como dije, Jake era un buen chico, así que reemplazó el aislante, creo que lo duplicó, y todo eso fue gratis. Así que, si necesitas ayuda con la restauración, él siempre está disponible, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, sin hacer preguntas.

La manera en que divagaba me hizo preguntarme si era necesario que respirara. Nunca había escuchado a alguien hablar tanto. Nunca. No en todos mis veintiocho años.

—Oh, mierda, y aquí… —Se abrió paso a mi alrededor, abrió el fregadero de la cocina, mostrándome cómo salía agua marrón del grifo, salpicando y chisporroteando sobre la sucia porcelana blanca—. Necesitas renovar todas las tuberías. —Mordiéndose el labio, extendió una mano, como para detenerme y decirme que sabía lo que estaba pensando.

—Lo sé, lo sé, solo escúchame —suplicó, cerrando el agua antes de dirigirse hacia mí y ponerse frente a mí—. Jasper también puede arreglar eso, no hay problema, ofrece material de primera calidad al precio más bajo, que Dios me mate —juró, levantando su mano derecha, con los ojos bien abiertos y desesperados. Debe haber sido un milagro para ella que yo estuviera aquí. La única lo suficientemente estúpida como para dar un anticipo por una propiedad que ni siquiera había visto.

Suspirando, sacudí la cabeza, sabiendo perfectamente que esto iba a suceder. Pero, de nuevo, era algo así lo que estaba esperando; una distracción. Necesitaba una, así que era bastante inútil quejarse cuando ella me estaba ofreciendo una gran distracción.

—Muy bien, entonces, ¿cuándo puede venir Jasper y cuánto tiempo llevará esto? —cuestioné, preguntándome cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera disfrutar de una agradable y cálida ducha. Algo que hacía casi a diario.

Chillando, me abrazó y me puse rígida en sus brazos.

—Lo primero que haré mañana, en cuanto salga el sol, tardarán tres días como máximo, lo prometo.

Sí, claro.

Incluso con la chispa sincera brillando en esos ojos verdes, todavía confiaba en ella tanto como confiaba en su marido contratista.

Tres días, mi trasero.

Pero acepté, de todos modos.

—Está bien, mañana tan pronto como salga el sol.

Ella asintió con la cabeza fervientemente.

—Sí, por supuesto, y quiero que vengas a desayunar mientras están trabajando. Puedes ducharte y comer, y podemos conocernos mejor. —Riendo, me dio un fuerte abrazo, antes de finalmente soltarme—. No te arrepentirás de esto, Bella, te lo prometo. No te arrepentirás de nada de esto, de nada.

De pie allí en el centro de la vieja y destartalada casa, no estaba tan segura de que no lo haría. Y después de que Alice me hizo acompañarla hasta el coche, estaba segura de que sí lo haría, de que me arrepentiría de esto, claro.

—Ah, y una última cosa... —Levantó un dedo y se giró para buscar en el asiento trasero antes de entregarme un montón de instrucciones, una linterna y una sonrisa forzada—. No hay electricidad.


¡Empezamos un nuevo año con nuevas historias!

Cuando compartí hace unas semanas el adelanto de esta historia, a varias les gustó asi que decidi que acompañaría a Dame Fortuna. Tieme 22 capítulos y final feliz.

Espero leerlas de nuevo

Besos,

Pali