CAPÍTULO I
SONIDOS DE UNA AUDICIÓN INESPERADA
La biblioteca estaba en un profundo silencio, roto solo por el leve crujir de las páginas al pasar y el murmullo apagado de las respiraciones concentradas. Desde mi asiento, junto a una gran ventana que dejaba entrar la luz cálida del atardecer, podía sentir la tranquilidad del ambiente. El olor a libros antiguos y madera pulida era tan familiar como reconfortante. Me recordaba por qué me gustaba tanto ese lugar: era perfecto para concentrarme y, quizá, también para compartir momentos como este.
Takenouchi estaba sentada frente a mí, jugueteando nerviosamente con el lápiz entre sus dedos. Me esforzaba por explicarle una ecuación que, sinceramente, no era complicada. Pero cada vez que miraba su rostro, notaba algo que iba más allá de las matemáticas. Había un brillo peculiar en sus ojos, algo que me desconcertaba. No era la primera vez que le ayudaba con el estudio, pero hoy había algo distinto en el aire, algo que no terminaba de comprender.
—Entonces, si tomamos esta ecuación, ¿cómo resolvemos el valor de x? —dije en voz baja, señalando el cuaderno frente a ella. Mientras hablaba, noté que mi mirada se deslizaba de la página a sus ojos. No era algo que hacía intencionalmente, pero tampoco podía evitarlo. Había algo en la forma en que me miraba que me hacía sentir… diferente.
Takenouchi frunció el ceño, su gesto lleno de concentración, pero también de duda. Sus ojos iban de la ecuación a mí, como si buscara algo más que una simple explicación. Su torpeza al mover el lápiz entre sus dedos la hacía parecer más vulnerable de lo que estaba acostumbrado a ver. Era una faceta suya que rara vez mostraba, y me di cuenta de que me gustaba descubrirla.
—Hmm, aún no lo entiendo del todo —admitió, bajando la mirada con una sonrisa nerviosa. Aquella pequeña expresión, combinada con el gesto de pasarse la mano por el cabello, me dejó momentáneamente sin palabras. Me di cuenta de que no solo estaba tratando de ayudarla a comprender una ecuación, sino también de entender cómo me sentía en ese momento.
Me incliné un poco hacia adelante, tratando de mantener la concentración en el problema. Señalé de nuevo con el lápiz la página del cuaderno, esforzándome por sonar tranquilo.
—No te preocupes —le dije, intentando aligerar el ambiente con una sonrisa—. Si despejamos x, tenemos que aplicar este paso… y luego, la solución es clara.
Pero mi voz sonó diferente. Más suave, más cercana. Takenouchi alzó la vista hacia mí y, por un momento, nuestras miradas se cruzaron. En ese instante, la biblioteca pareció desvanecerse. No había más páginas pasando, ni estudiantes susurrando entre las estanterías. Solo ella y yo, atrapados en un silencio que decía mucho más de lo que las palabras podían expresar.
El aire se volvió pesado, cargado de algo que no sabía cómo manejar. Quise decir algo, cualquier cosa que rompiera ese momento antes de que se volviera demasiado intenso, pero las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta. Entonces, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe, rompiendo la tensión.
—¡Oye, Sora! —gritó Tai, con su tono despreocupado y característico. Su voz resonó en el ambiente tranquilo como una campanada inesperada—. ¿Vas a seguir aquí todo el día con "Matty" o vas a unirte a la práctica de fútbol?
Takenouchi se tensó levemente, como si su mente volviera de golpe al mundo real. Sus ojos dejaron la ecuación y se levantaron rápidamente hacia Tai, que cruzó la habitación con su actitud confiada de siempre. Yo suspiré, mezclando alivio y frustración. Por un lado, agradecía que se hubiera roto el momento, pero por otro, me sentía inquieto por lo que había quedado sin resolver.
—Venga, Takenouchi, es hora de que te lleve al entrenamiento de fútbol —dijo Tai con un gesto teatral, extendiendo la mano hacia ella como si fuera un caballero medieval. Yo no pude evitar sonreír ante su exageración, aunque también sentía cómo algo en mi pecho se apretaba ligeramente.
Takenouchi sonrió, más relajada ahora, y comenzó a recoger sus cosas. Antes de levantarse, me miró una vez más, con una expresión que no pude descifrar del todo. Había algo en su sonrisa que me dejó pensativo.
—Ah... gracias por la ayuda, Ishida —dijo con una voz más cálida, pero también más firme. Cuando se giró para seguir a Tai, nuestras miradas se encontraron fugazmente. En sus ojos brillaba algo que no entendía, pero que me dejó con una sensación extraña en el pecho.
—Claro, cuando quieras —respondí, intentando sonar despreocupado.
Tai me lanzó una sonrisa burlona mientras salía con ella. —Nos vemos, ¿eh? —dijo, con un tono juguetón que parecía implicar mucho más de lo que sus palabras decían.
Me quedé en mi asiento, observando cómo ambos se alejaban por el pasillo. Un suspiro escapó de mis labios, cargado de emociones que no terminaba de comprender. Aún recuerdo el día que me pidió ayuda por primera vez, la forma en que se acercó con ese nerviosismo adorable y esa mezcla de inseguridad y valentía que parecía tan característica de ella.
Era una tarde soleada, pocos días antes del examen de matemáticas. Yo estaba en el aula, revisando algunos ejercicios, cuando la puerta se abrió tímidamente. Allí estaba Takenouchi, con una postura algo cómica. Parecía decidida, pero también un poco insegura, como si estuviera a punto de hacer algo muy importante, aunque no supiera exactamente cómo.
—Ishida, lo siento, no quiero molestarte, pero… —dudó, como si estuviera eligiendo con cuidado cada palabra—. Lo del examen de matemáticas… me fue muy bien, gracias a lo que me explicaste el otro día. Fue como si de repente todo tuviera sentido y, bueno, quería pedirte si podrías… ayudarme más, con… con eso.
La miré, ligeramente desconcertado, y no pude evitar sentirme divertido por su evidente lucha interna.
—¿Con "eso"? —pregunté, ladeando un poco la cabeza, dejando que la ambigüedad flotara en el aire.
Ella parpadeó, como si hubiera detectado la trampa demasiado tarde. Su expresión pasó de confusa a horrorizada en cuestión de segundos, y su rostro empezó a teñirse de rojo.
—¡Oh! No, no me refería a… —hizo un gesto desesperado con las manos, como si estuviera deshaciéndose de palabras invisibles—. Matemáticas. Me refiero a las matemáticas.
—Ya lo suponía —respondí, cruzando los brazos mientras una pequeña sonrisa irónica asomaba en mis labios—. Pero fue divertido verte entrar en pánico por un momento.
—¡No estaba en pánico! —protestó rápidamente, pero su tono alto la delató. Llevó una mano al cabello, un gesto automático que parecía hacer cada vez que estaba nerviosa, pero lo único que consiguió fue enredar un mechón en la correa de su mochila.
La observé en silencio mientras intentaba, con torpeza, liberarlo. No podía decidir si era más gracioso su pequeño desastre o la seriedad con la que intentaba ocultarlo.
—Si necesitas ayuda con "eso", solo dilo —solté, imitando su entonación de antes.
—¡Basta con eso de 'eso'! —espetó, sin levantar la mirada mientras tiraba de su cabello.
Finalmente, me incliné hacia ella y, con un gesto rápido, liberé el mechón. Mi mano rozó la suya por un segundo, lo suficiente para notar que estaba helada. Probablemente por los nervios.
—Listo. Como decía, no es tan complicado. Igual que las matemáticas, ¿ves?
Ella suspiró, aún demasiado avergonzada para devolverme la mirada directamente.
—Gracias… —murmuró. Luego, en un tono más bajo, añadió—. Y perdón por… todo esto.
—¿Por existir? —bromeé, arqueando una ceja.
—¡Por hacerte perder el tiempo! —respondió rápidamente, con un tono tan apurado que casi parecía indignado. Pero cuando finalmente me miró, sus ojos reflejaban una mezcla de gratitud y frustración consigo misma.
—No lo considero una pérdida de tiempo, Takenouchi. Pero ya que insistes, podríamos pactar un precio —respondí, fingiendo un aire pensativo mientras me cruzaba de brazos.
—¿Un precio? —repitió, genuinamente confundida.
—Claro, nada en esta vida es gratis —continué, dejando que el sarcasmo impregnara mis palabras—. Tal vez una tarde de café, o, no sé, tu eterna admiración.
Ella parpadeó, procesando la broma, y su reacción fue tan lenta que casi me hizo reír de nuevo.
—Bueno, lo de la admiración… podría considerarlo —respondió al fin, con un intento tímido de devolver el sarcasmo.
Y ahí estaba. Esa chispa que siempre lograba equilibrar su nerviosismo y su determinación. Me recosté en mi silla, observándola con un poco más de interés. Takenouchi podía ser un desastre con las palabras y las mochilas, pero había algo en ella que nunca dejaba de captar mi atención.
—Entonces, ¿cuándo empezamos con "eso"? —pregunté, volviendo al tema con una sonrisa apenas perceptible.
Ella suspiró, llevándose una mano al rostro.
—Voy a arrepentirme de haberte pedido ayuda, ¿verdad?
—Probablemente.
Pero mientras ella soltaba una risa ligera, no pude evitar pensar que tal vez yo también terminaría arrepintiéndome… o tal vez no.
Volví a la realidad, sentado en la biblioteca, mientras el eco de sus pasos se alejaba junto a Tai. Me pasé la mano por el pelo, tratando de ordenar mis pensamientos, pero su mirada seguía clavada en mi mente. Había algo en Takenouchi, algo que incluso ahora me hacía preguntarme si podría resolverse con la misma lógica de las matemáticas… o si simplemente era uno de esos misterios que desafiaban cualquier intento de solución. Con el tiempo, casi sin darme cuenta, hablar con ella se había vuelto sorprendentemente natural, como si el caos que solía traer consigo fuera un rompecabezas que me gustaba intentar resolver. Tal vez, y solo tal vez, no me importaría si esa ecuación quedaba sin respuesta.
El murmullo de los pasillos se desvanecía mientras caminaba, con las manos metidas en los bolsillos, dejando que el bullicio se convirtiera en algo distante. La mañana avanzaba lentamente, como si el tiempo se estuviera tomando su tiempo para ir a algún lado. Había terminado mi última clase y, como siempre, mi plan era salir al patio, desconectar por un rato. Mi lista de reproducción de rock clásico sonaba en el auricular derecho, el volumen bajo, apenas perceptible, solo lo suficiente para ayudarme a despejar la mente antes de seguir con el día. Pero algo rompió la rutina.
Vi el cartel en el tablón de anuncios. Los colores vivos se destacaban entre los papeles aburridos sobre clubes y actividades. Era sencillo, directo:
"¡Se busca bajista para nuestra banda! Si te gusta la música y quieres tocar en grupo, contáctanos. Prueba este viernes a las 17:00 en el aula de música."
Lo miré un momento. No parecía gran cosa, pero algo en las palabras me atrapó. La música había sido siempre mi refugio, mi zona segura, algo que jamás compartí con nadie. Unirme a una banda, exponerme de esa forma, no era algo que soliera considerar. Pero… ¿y si lo hacía? ¿Y si tomaba ese paso?
—¿De verdad estoy considerando esto? —murmuré para mí mismo, sin saber si me asustaba más la idea o el hecho de que lo estuviera pensando.
Saqué mi móvil del bolsillo, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie me estuviera observando, y anoté el número de contacto. Mi pulso se aceleró un poco, pero, al menos, la decisión ya estaba tomada.
Pero alguien sí lo veía.
Observé a Ishida desde la distancia, intrigada. Sabía que le gustaba la música, pero nunca lo imaginé queriendo formar parte de algo tan colectivo como una banda. Siempre lo había visto como alguien más independiente, alguien que prefería brillar por su cuenta en lugar de compartir ese brillo con otros. Pero ahí estaba, de pie frente al tablón de anuncios, con los brazos cruzados y el ceño fruncido mientras leía un cartel que anunciaba audiciones para nuevos integrantes.
Había algo en su expresión que me cautivó. Ishida, siempre tan reservado y algo distante, parecía estar debatiéndose consigo mismo. ¿Quién lo diría? ¿Así que Ishida también tiene sus momentos inesperados? pensé, esbozando una ligera sonrisa. Ese pequeño gesto de inclinarse hacia el cartel, de sacar su móvil para anotar el número… parecía revelar un lado de él que, hasta ahora, había permanecido oculto para mí.
Cuando se alejó del tablón, con ese paso tranquilo pero claramente pensativo, esperé unos segundos antes de acercarme. Como si no me importara, me detuve frente al cartel y lo leí detenidamente. Tomé una foto con el móvil, más por intuición que por un interés real en la banda. Sin embargo, una idea empezó a formarse en mi cabeza. Tal vez esto era una oportunidad para conocer a Ishida, para descubrir qué era lo que realmente lo hacía vibrar cuando se trataba de música. Y quién sabe, quizás también fuera una forma de empujarlo a algo que él mismo no se atrevía a buscar.
Estaba de pie frente a la puerta del aula de música, el cartel de las audiciones brillando ante mí como un faro, como si me estuviera llamando. "Audiciones para la banda", decía. ¿Audiciones? ¿Banda? ¿Trabajo en equipo? Eso sí que era un reto. La música era mi pasión, lo sabía, pero unirme a un grupo… eso significaba socializar, hablar, compartir ideas... Un desastre. Lo sentía en las entrañas, como una especie de corazonada: un desastre esperando a ocurrir.
Todo empezó cuando Taichi, con su actitud de siempre, decidió escaparse del aula sin previo aviso. Y, como no podía ser de otra forma, yo, sin pensarlo dos veces, me lancé detrás de él, sabiendo que no tenía otra opción. El tipo sabía cómo complicar las cosas, y lo peor era que parecía disfrutar haciéndolo. Pero yo no estaba dispuesto a que supiera lo que realmente estaba pasando. No quería que nadie supiera de las audiciones. Nadie, especialmente él, podía enterarse de que estaba dispuesto a arriesgarme a algo tan… vulnerable. Así que, en medio de la carrera, mientras trataba de mantenerme lo más alejado posible, no pude evitar pensar en lo ridículo que me veía: mi uniforme escolar, combinado con un chándal, el cabello revuelto y mojado de sudor. Sin duda, no era la imagen que quería que alguien tuviera de mí, mucho menos Taichi, que siempre parecía tener una opinión sobre todo.
Y ahí estaba yo, buscando una excusa para irme sin que nadie lo notara, diciéndome que solo iba a dar un vistazo rápido. Pero al final, estaba a punto de girarme cuando sentí un empujón suave en la espalda. Algo tan inesperado que, por un momento, pensé que era una broma o un viento juguetón. Giré rápidamente y, para mi sorpresa, vi a Takenouchi sonriendo.
—¡Vamos, Ishida! —dijo con un tono lleno de energía, como si estuviera esperando este momento.
Estaba tan desconcertado que solo pude preguntar:
—¿Qué...? ¿Tú?
Sora, como si fuera lo más natural del mundo, se encogió de hombros. —Sí, claro. Yo. ¿A qué otra persona esperabas?
Mis ojos se encontraron con los suyos, y aunque estaba claramente sorprendido, algo en su actitud me empujó a seguir adelante. Sabía que no tenía mucho más que pensar, y aunque mi indecisión seguía ahí, sentí que tal vez no tenía nada que perder.
—Supongo que no tengo nada que perder, ¿verdad? —dije, medio derrotado, medio agradecido.
Takenouchi, con esa sonrisa suya que me sacaba a veces de quicio, parecía más que satisfecha con su pequeña victoria. —¡Exacto! Ahora, ve y demuestra lo que vales.
No pude evitar sonreír. Era la típica actitud de ella: empujarnos a todos a hacer lo que sabíamos que deberíamos hacer, aunque a veces no queríamos hacerlo. De alguna manera, eso me dio fuerzas para no rendirme. Sin decir nada más, avancé hacia la puerta del aula, aunque sentía cómo la tensión en el aire aumentaba con cada paso.
Dentro, la banda estaba afinando guitarras y ajustando los amplificadores. La atmósfera estaba cargada de anticipación. Ella se acomodó discretamente en una esquina, pero no pude evitar notar cómo sus ojos seguían mi movimiento. En cuanto me llamaron para que me presentara, avancé con paso tranquilo, aunque no podía evitar sentir que algo me tensaba por dentro. Colocando el bajo en su soporte y conectando el cable al amplificador, tomé una respiración profunda. Cerré los ojos por un momento, no solo para prepararme físicamente, sino también mentalmente. La música siempre había sido mi refugio, pero ahora, de alguna manera, todo esto parecía más grande.
Comencé a tocar. Cada acorde, cada nota, se sentía como una forma de expresarme sin palabras. No sabía si alguien podía entender lo que estaba tratando de decir, pero yo sí lo sabía. La música me hablaba, me expresaba todo lo que no podía decir con palabras. Y aunque la melodía no era perfecta, sentí que había algo en ella que era más sincero que cualquier otra cosa que hubiera tocado antes.
Cuando terminé, el silencio llenó la sala, y por un momento, todo se detuvo. Me quedé quieto, con el bajo aún en las manos, esperando alguna reacción. Finalmente, un aplauso tímido comenzó, seguido de un creciente murmullo de aprobación. Pero pronto, ese aplauso se transformó en carcajadas.
—¡Eso fue increíble, Ishida! —gritó un chico, alzando el pulgar en señal de aprobación, pero con una sonrisa burlona.
—Pero… ¿qué le pasó a tu uniforme? —añadió una niña, entre divertida y fascinada por mi aspecto.
Miré mi ropa y no pude evitar hacer una mueca al recordarla. Era, sin duda, peculiar. Mi imagen no era lo que cualquiera habría esperado para una audición seria, pero, al parecer, no había forma de evitarlo. La mayoría en el instituto me veía como el chico distante, casi perfecto, siempre impecable y calculadamente tranquilo, alguien que parecía tener todo bajo control. Y ahora, aquí estaba yo, en un chándal con el cabello desordenado y empapado en sudor.
El aula estalló en carcajadas, pero no con malicia, sino con esa diversión espontánea que surge cuando lo inesperado rompe la rutina. Intenté ocultar una sonrisa mientras los chicos se reían. Takenouchi estaba a un lado, observándome con una sonrisa divertida, como si disfrutara del caos.
—Creo que deberían incluir ese moño como parte del uniforme oficial del club —comentó un estudiante, provocando más carcajadas.
—¡Y el chándal también! —añadió alguien más.
Fue entonces cuando, entre risas y bromas, el nombre "Desastr-Ishida" surgió como una broma dentro del aula, y rápidamente comenzó a tomar forma. El club, inicialmente una idea absurda, empezó a ganar tracción entre los estudiantes de cursos inferiores. Había algo en el caos de mi apariencia que, de alguna manera, los había cautivado. Los chicos comenzaron a hablar sobre reuniones y actividades, mientras yo los miraba con una mezcla de incredulidad y diversión, casi como si no pudiera creer lo que estaba pasando.
Cuando finalmente miré a Takenouchi, me encontré con una sonrisa confiada, la misma que siempre tenía cuando quería decir algo sin palabras. ¿Qué podía decir? Ella tenía razón, al final. Había dado el primer paso, y ahora, al menos, podía decir que no me había rendido tan fácilmente.
—Al menos se han dado cuenta de lo bueno que eres, aunque haya sido por las razones equivocadas —murmuró Takenouchi, cruzando los brazos mientras me observaba con esa mirada que me hacía pensar que, en algún rincón de su cabeza, todo esto tenía más sentido del que yo estaba dispuesto a admitir.
Y aunque no estaba del todo seguro de qué pensar de todo esto, algo dentro de mí sabía que este sería un momento que nunca olvidaría. Ya no podía quedarme con el secreto; había algo en el aire que me decía que, inevitablemente, acabaría saliendo a la luz. Lo que más me aterraba no era tanto que los demás se enteraran, sino que Taichi, con su inconfundible radar para las cosas, lo descubriría rápidamente. Y cuando eso pasara... no quería ni imaginarme lo que haría con esa información.
El aula de audiciones finalmente quedó vacía, el eco de los aplausos y las risas se desvaneció mientras Takenouchi salía entre los últimos, caminando con pasos tranquilos. Acomodaba su mochila al hombro con una calma que me hacía pensar que no le importaba lo que había pasado allí. Yo me quedé apoyado contra la pared, todavía con el bajo colgado al hombro y una lata de refresco en la mano. Cuando la vi acercarse, no pude evitar hablar.
—Gracias por el empujón, Takenouchi —dije, mi voz calmada, pero había algo en ella que traicionaba mi incomodidad.
Ella levantó una ceja, sorprendida. Supongo que no esperaba que le agradeciera.
—No hice tanto. Solo dije lo que necesitabas oír.
Solté una ligera risa, más irónica que divertida, porque sí, a veces solo necesitaba que alguien me dijera lo que ya sabía. A veces, esas palabras bastaban.
—A veces, eso es suficiente. —Hice un gesto hacia la máquina expendedora al final del pasillo. —Déjame invitarte algo.
Ella dudó, mirándome fijamente. A pesar de que compartíamos clase y algunas actividades, apenas la conocía. Había oído cosas sobre ella por Tai, claro, pero no mucho más. Sin embargo, algo en su actitud me decía que podía aceptarlo, así que esperé.
—Está bien. Pero nada de bebidas raras —respondió finalmente, y comenzó a caminar junto a mí.
La máquina expendedora estaba al final del pasillo, en un rincón poco iluminado, con solo el brillo tenue de las lámparas fluorescentes. Saqué unas monedas de mi bolsillo, más por costumbre que por necesidad, y me incliné hacia la máquina, observando las opciones como si fuera una decisión importante.
—¿Qué tomas normalmente? —pregunté sin mirarla, como si realmente importara.
—Cualquier cosa menos soda de cereza. Es horrible.
Asentí, seleccioné un refresco clásico y lo dejé en la bandeja. Al dárselo, nuestros dedos se rozaron brevemente, y aunque ninguno de los dos dijo nada, sentí una pequeña corriente, una sensación rara que no estaba acostumbrado a experimentar.
—¿Y tú? —preguntó ella, tratando de llenar el silencio mientras yo seleccionaba mi bebida.
—Lo que sea está bien. —Me encogí de hombros, eligiendo la primera opción que apareció.
Nos sentamos en el borde de una ventana cercana, la brisa nocturna entraba por un resquicio y nos envolvía en su frescura. El silencio no era incómodo, pero tampoco relajado. Cada uno estaba en su propio mundo, intentando descubrir qué pensaba el otro sin ser demasiado obvio.
—No pareces el tipo de persona que se pone nervioso por una audición —comentó ella, rompiendo el silencio.
Solté una risa suave, más para mí que para ella. Era extraño, porque aunque no lo parecía, estaba nervioso. Muy nervioso.
—No lo parezco, pero lo estaba. No es solo tocar. Es... todo lo demás.
—¿Qué es "todo lo demás"? —preguntó, con curiosidad genuina.
Dudé un momento, revolviendo mi cabello nerviosamente. Era un gesto que no podía evitar, como si me ayudara a pensar. No sabía cómo explicarlo, pero de alguna manera, tenía que decirlo.
—Supongo que es tener que estar frente a todos. Que te miren y juzguen cada cosa que haces.
—Nadie te juzgó. Todos estaban impresionados —dijo ella con sinceridad.
Negué con la cabeza. No lo creía. Ella no entendía. No podía ser tan simple. Pero no insistí. Me quedé mirando la lata de refresco, observando cómo las burbujas se elevaban en su interior, como si pudieran darme las respuestas que necesitaba.
Sora me miró por un momento, luego se inclinó hacia mí.
—Déjame ayudarte con eso —dijo, señalando mi cabello.
—¿Con qué? —pregunté, confundido, mirándola por primera vez directamente a los ojos.
—Tu cabello. Lo tienes hecho un desastre.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Fruncí el ceño, algo confundido, pero antes de que pudiera responder, levantó la mano con una naturalidad que no me dejó tiempo a reaccionar. Sus dedos rozaron mi frente al apartar un mechón rebelde, y un leve escalofrío me recorrió la nuca. No era tanto el gesto como la delicadeza con la que lo hacía, como si estuviera manejando algo frágil o preciado.
—¿Qué estás haciendo? —murmuré, aunque no me aparté.
—Arreglar este caos, por supuesto —respondió con una pequeña sonrisa, sin mirarme directamente a los ojos. Sus dedos seguían moviéndose, deslizando mechones hacia un lado, intentando domar lo que ella veía como un desastre. Pero había algo más en su expresión: una mezcla de concentración y ternura que no podía ignorar.
Estaba cerca, más cerca de lo que jamás había estado. Su aroma, suave y dulce, me envolvía, y cada movimiento de sus manos parecía durar más de lo necesario. Podría haberme movido, decir algo para romper el momento, pero no lo hice. Había algo hipnótico en la forma en que se inclinaba hacia mí, como si estuviera haciendo algo más que arreglar mi cabello.
—No está tan mal, ¿sabes? —intenté bromear, aunque mi voz sonó más baja de lo que esperaba.
—Claro que lo está —replicó, sin detenerse. Su sonrisa se ensanchó apenas un poco, y sus dedos hicieron una pausa, como si estuviera evaluando su "obra". Entonces, alzó la mirada, y sus ojos se encontraron con los míos. El tiempo pareció detenerse por un instante.
Había algo en la forma en que me miraba, una especie de calma que contradecía por completo mi creciente nerviosismo. Mi corazón latía más rápido de lo que quería admitir, y la sensación de tenerla tan cerca era… desconcertante, sí, pero también extrañamente agradable.
—Listo —susurró finalmente, bajando la mano, aunque su mirada permaneció fija en la mía por unos segundos más de los que parecían necesarios.
—Gracias, supongo —dije, esforzándome por sonar casual, aunque mi voz traicionó un leve temblor.
—De nada. Pero, la próxima vez, intenta peinarte un poco mejor, ¿sí? —respondió, con un tono juguetón, pero con un brillo en los ojos que decía mucho más de lo que sus palabras dejaban entrever. Y entonces se giró, alejándose un paso, dejándome con una mezcla de alivio y un anhelo inexplicable por esa cercanía que ya no estaba.
La sensación de sus dedos en mi cabello persistió, como un eco cálido que no podía ignorar. Y mientras la veía alejarse, no pude evitar preguntarme si ella también había sentido ese momento tan claramente como yo lo había hecho.
Me quedé ahí, con la mente en blanco y el corazón latiendo más rápido de lo que debería. La sensación de sus dedos en mi cabello aún vibraba en el aire, como si su toque hubiera dejado una huella invisible en mí. Quería acercarme, sentir de nuevo esa electricidad que había recorrido mi piel, que parecía cargarse con cada segundo en el que nos mirábamos. El espacio entre nosotros parecía disminuir de forma casi imperceptible, como si el tiempo y el mundo a nuestro alrededor se desvanecieran.
Justo cuando estaba a punto de dar un paso hacia ella, como si una fuerza invisible me empujara a volver a experimentar esa conexión, una voz estruendosa me cortó en seco.
—¡¿CÓMO TE METES EN UNA BANDA SIN QUE TE AUTORICE YO?! —gritó Tai, con su tono tan burlesco y escandaloso que casi parecía que había estado esperando el momento perfecto para hacer su entrada triunfal.
Me congelé, y la sangre me subió a la cara al instante. Tai estaba ahí, parado, con su típica sonrisa burlona, como si hubiera destapado el peor de mis secretos. Sabía que me había descubierto, y no tenía ninguna intención de dejarlo pasar.
El sol ya se había apagado, pero la luz cálida de la tarde seguía filtrándose por las ventanas del local de ensayo, iluminando las partituras y las guitarras desordenadas sobre la mesa. Al fondo, Ishida seguía practicando, ajeno a mi mirada, como siempre. Mi hermano, el guitarrista, tenía un talento increíble, pero había algo que me atraía mucho más en todo esto. Ishida, el bajista, me tenía completamente cautivada desde el día de las audiciones.
Soy Miku, tengo 12 años y, si me preguntas, soy una experta en el arte de la observación. Siempre estoy pendiente de todo lo que ocurre a mi alrededor, aunque casi nadie me note. Y eso me viene muy bien, porque cuando se trata de Ishida... bueno, me paso el día mirándolo sin que él se dé cuenta. Mi hermano es genial con la guitarra y todo eso, pero a mí Ishida, el bajista, me vuelve loca. No es solo porque toque increíble, es todo ese aire de misterio que tiene, como si su bajo pudiera contar historias sin decir una sola palabra. En resumen, es como si mi alma se quedara quieta cuando lo escucho. Lo sé, suena raro, pero es lo que siento.
Así que, claro, después de un par de semanas de verlo, me dije: "¡Basta! Es hora de que el mundo descubra lo que yo veo." Y pensé, ¿por qué no crear un club de fans de Ishida? Algo que lo hiciera brillar, algo para que la gente se fije en él aunque sea por un segundo. No es justo que todos lo ignoren, especialmente cuando mi hermano ya tiene suficiente atención. No, Ishida se merece más. Y para eso, necesitaba ayuda. ¿Y quién mejor para ayudarme que la chica rara que siempre está mirando a Ishida desde la esquina?
Sí, estoy hablando de Takenouchi. La había estado observando un par de semanas, y algo en ella me decía que no era solo una fan normal. Ella no hablaba mucho, pero siempre estaba ahí, en el fondo, observando a Ishida como si tuviera un radar para cada uno de sus movimientos. Es como si estuviera esperando algo... pero no se atrevía a decir nada. La miraba como si fuera un acertijo, y eso me intrigaba. Tal vez, solo tal vez, ella sabía algo que yo no.
Así que se me ocurrió la brillante idea de acercarme a ella. Después de todo, ¿quién no querría ser parte de un club exclusivo de fans de Ishida? Eso tenía que ser irresistible.
Me acerqué a su lado con una sonrisa de "sé lo que quiero" mientras la miraba fijamente. Ella, como siempre, me miraba de vuelta con esa cara que no me decía nada. Pero no me importaba. Yo estaba en control de la situación, ¡y eso me gustaba!
—Oye, Takenouchi... —la llamé, sin esperar que respondiera demasiado rápido.
Ella levantó la mirada, pero no dijo nada. Estaba esperando, y eso era lo que yo quería. Sabía que algo en ella estaba a punto de cambiar.
—¿Te gustaría ayudarme con algo? —le solté, con una sonrisa que no pude evitar mostrar. La idea de que esto fuera solo el comienzo de algo grande me emocionaba.
—¿Un club de fans? —preguntó ella, mirando sus manos como si estuviera buscando algo que decir.
¡Sí! Eso era exactamente lo que quería escuchar.
—¡Sí! Un club de fans de Ishida. Estaba pensando que podríamos hacer algo increíble. Un lugar donde la gente lo apoye, lo admire, lo vea como lo veo yo. Algo que lo haga destacar. Pero, no solo un club cualquiera, ¿sabes? Quiero que sea... especial.
La miré para ver su reacción, pero su cara seguía sin cambios. ¿Indiferencia? ¿Interés? Ni idea, pero no me iba a detener. Yo estaba decidida.
—Podríamos hacerlo exclusivo… —dije, mientras mi mente se llenaba de ideas—. Tú y yo como fundadoras. ¡Seríamos las primeras! Haremos que todo el mundo lo quiera, y nos aseguraremos de que nadie lo opaca. Lo mejor de todo es que... no se trata solo de admirarlo. Es más que eso.
Finalmente, Takenouchi me miró a los ojos, y por un momento pensé que podría rechazarme. Pero no lo hizo. Asintió lentamente.
—Está bien. Pero… —su voz era suave y misteriosa. Como si estuviera pensando en si esto realmente tenía algún sentido.
Perfecto.
Así que ahí estábamos. El club ya no sería solo mío. Sería de las dos. No de Ishida, sino de Takenouchi y yo. Porque en este juego, no basta con ser amiga de alguien. Tienes que acercarte tanto a tus amigos como a tus enemigos. Como dice el dicho: mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos. Y, en este juego, Takenouchi acaba de unirse a mi equipo.
Queridos lectores y lectoras,
Primero que nada, quiero agradecerles de todo corazón por tomarse el tiempo de leer este primer capítulo. ¡Su apoyo significa muchísimo para mí! Quiero recordarles que los personajes de Digimon son propiedad de Bandai, y estoy muy contenta de poder compartir con ustedes una pequeña parte de este mundo tan querido por muchos.
Espero que hayan disfrutado de este primer vistazo a la historia y que los haya dejado con ganas de más. Si les ha gustado, sería genial si pudieran dejar sus opiniones y reviews, ya que su retroalimentación es invaluable para seguir mejorando y seguir compartiendo más capítulos.
Una vez más, gracias por su tiempo y por ser parte de esta aventura. ¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
Con cariño,
Letralma
