Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es beautypie, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to beautypie. I'm only translating with their permission.


Capítulo 3

Padre

—¿Cómo estuvo Oregón?

Edward puso los ojos en blanco mientras apoyaba las piernas sobre la larga mesa de conferencias.

—Tan bien como uno esperaría. A diferencia de ti, Kate es terrible en la gestión. Estoy seguro de que mi viaje hasta allí para decirle lo que pienso la obligará a poner orden en sus asuntos.

Tanya se rió entre dientes, inclinándose en el borde de la mesa adyacente a él.

—Bueno, debe ser por eso que fuiste lo suficientemente considerado como para enviarme un regalo —Se encogió de hombros, señalando la nueva y atrevida pieza violeta que estaba usando.

—No te eches flores —dijo Edward, sacudiendo la cabeza—. Escuché que a Víctor le gusta el violeta.

—A Víctor le gusto yo —corrigió Tanya, levantando un dedo como para dejar en claro algo.

—Hmm. ¿Y cómo va eso?

La sonrisa de Tanya desapareció entonces, y frunció los labios con decepción.

—Lo… estoy intentando.

Edward suspiró.

—Exactamente.

—Ese hombre se considera un lobo solitario —trató de explicar—. No acepta socios. No está dispuesto a compartir sus proveedores de California, incluso si le ofrecemos a mi nuevo jugador Matías para una distribución más eficiente. Quiere el cien por ciento de las ganancias.

—Maldito idiota —gruñó Edward, frotándose la frente con ambas manos—. ¿Has intentado mostrarle las matemáticas? Me dijiste que ganaría el doble si se asocia con Matías, ya que su mercado se expandirá. Entonces podría llevar la cocaína hasta Mesa si quisiera.

—¿En serio, Edward? ¿Las matemáticas? El hombre tarda cinco minutos en calcular sus propinas.

Por Dios... Entonces dame una idea, cariño. Por favor.

Tanya se cruzó de brazos. Inhaló lentamente para prepararse y luego dijo: «No puedo hacerlo sola».

Edward alzó una ceja, lentamente arrastrando sus pies fuera de la mesa para sentarse apropiadamente.

—¿Disculpa?

—A Víctor le gusto más que a nadie —insistió Tanya—. Pero sólo hasta cierto punto. Y… tal vez no lo suficiente.

—Está bien. —Edward juntó las manos sobre la mesa—. Lleva a Ángel contigo, entonces.

Tanya frunció los labios. Realmente me va a hacer que se lo explique.

—Victor tiene una hija, ¿recuerdas? Distanciada. De aspecto dulce. De unos veinte años. Cabello castaño, ojos castaños.

Eventualmente lo entendió.

—Ni lo sugieras, Tanya.

—Ella está lista —dijo Tanya exasperada, poniéndose de pie ahora—. Le he estado enseñando durante más de un mes. La chica aprende rápido. Si tan solo…

—¿Qué parte de nada pesado no entendiste, carajo? —rugió Edward, también levantándose de su asiento para elevarse sobre ella.

Tanya ni siquiera se inmutó.

—Me pediste una idea. Te di una.

—Dije que no. Victor es un maldito pervertido y lo sabes. La hija probablemente lo sabe y por eso está distanciada. Y recuerda la última vez...

—¡Todas las chicas tratan con pervertidos, Edward! —gritó Tanya—. ¿Quieres saber la verdad? Todas ya lo sienten. Tu favoritismo descarado. Me estoy quedando sin excusas para decirles cuando me pregunten por qué todo lo que hace la pequeña Fortuna es distribuir marihuana y cigarrillos entre sus bailes en el escenario.

Edward dio un paso adelante, sus ojos verdes salvia más agudos de lo que ella los había visto nunca.

—¿Le están haciendo pasar un mal rato?

Cielos —gruñó Tanya exasperada—. No se atreverían. Pero ese ni siquiera es el punto.

Edward se quedó inmóvil por un largo rato, su respiración lentamente volvió a su ritmo normal. Finalmente, frunció el ceño y preguntó: «¿Qué quieres decir con que aprende rápido?»

—No estaba mintiendo —dijo Tanya lentamente—. Desde que empezó a bailar, el negocio ha estado en su punto más alto. Ha estado recibiendo la segunda cantidad más alta de propinas. El tráfico de clientes es más alto cuando ella está allí. Lo sé, lo sé, puede ser solo porque es nueva, pero te lo digo, Edward. Con esa cara dulce y ese encanto de chica de al lado, su mercado es jodidamente enorme.

Él se sentó lentamente en su asiento de nuevo, las comisuras de sus ojos se crisparon mientras lo consideraba.

—¿Qué diría ella?

Ella entrecerró los ojos confundida.

—¿Sobre qué?

—Si, hipotéticamente, le pidieras que te ayude —dijo lentamente, con la mirada perdida al frente—. ¿Qué diría?

Tanya juntó los labios para ocultar una sonrisa de satisfacción.

—Creo que es mejor mostrártelo.

Sus ojos se movieron rápidamente hacia ella y Tanya notó un leve fuego en ellos.

—Todavía no la has visto bailar, ¿verdad? —preguntó, con un tono suave y ligeramente juguetón—. Estoy segura de que cuando lo hagas, tendrás tu respuesta.

~DF~

Edward estaba sentado con las piernas cruzadas en el sofá de su habitación privada favorita en el club, esperando pacientemente. Al menos, esperaba que pareciera así. Su corazón latía tan fuerte en sus oídos que usaba cada tirón para seguir el paso del tiempo.

Pronto, la puerta detrás del poste se abrió, y allí estaba ella.

Rostro dulce. El encanto de la chica de al lado. Lo vio de inmediato, por la forma en que Fortuna dio un paso adelante casi tímidamente, vestida con un hermoso conjunto de lencería verde esmeralda. Allí estaba esa sonrisa gentil de nuevo, y Edward sintió que algo se retorcía dolorosamente en su pecho cuando ella asintió dócilmente en su dirección.

—Buenas noches, Edward —lo saludó suavemente, acercándose hasta que estuvo a unos pocos pasos de su asiento, juntando las manos detrás de ella.

Él tragó saliva.

—¿Cómo te ha tratado Bluewave hasta ahora?

—Ha sido muy agradable —dijo, sonriendo con seriedad.

Edward se rió entre dientes una vez.

—¿Tanya dice que hoy bailarás para mí?

Contuvo el aliento mientras la observaba acercarse más a él, hasta que su rostro estuvo a solo unos centímetros de su estómago expuesto. Sus ojos se cerraron cuando los dedos de ella de repente vagaron por su cabello, suave y cautelosamente, y provocaron que un rastro de piel se erizara desde sus hombros y por su columna.

—¿Tienes una canción en mente? —preguntó dulcemente.

Él abrió los ojos para mirarla. Tenía la misma expresión de todos esos años atrás. Dulce e inocente. Y sin embargo...

—Lo que quieras, cariño —decidió decir, cerrando inconscientemente sus manos en puños mientras luchaba con el conflicto en su corazón.

Fortuna dio un paso atrás y se dirigió al estéreo que se encontraba al otro lado de la habitación. Edward aprovechó ese momento para cerrar los ojos y obligarse a borrar los recuerdos incómodos...

Sus ojos se abrieron de golpe cuando reconoció la canción.

—¿Te acuerdas? —dijo ella, caminando de regreso hacia el centro de la habitación hasta que llegó al poste.

Edward no confiaba en sí mismo para decir nada en este punto. Estaba seguro de que terminaría ahogándose. En cambio, observó impotente cómo Bel...Fortuna envolvía una pierna larga y delgada alrededor de la barra, hundiéndose lentamente al ritmo de Lovers Rock de TV Girl.

—Creo que sí, al menos eso espero —suspiró, girando con gracia—. Era la canción que sonaba en ese entonces, cuando nos conocimos. En ese pequeño armario.

No pudo evitar cerrar los ojos de nuevo. ¿Cómo podría borrar el recuerdo ahora?

—Cariño…

Al final, simplemente no pudo evitar mirar. Era… una tortura. De una buena clase, si eso era posible. Sus manos temblaban mientras se encontraba hipnotizado, sin poder hacer nada y sin esperanza, por la forma en que esta encantadora mujer hacía piruetas, giraba y se inclinaba al ritmo de su canción.

—Ven aquí —se encontró diciendo dos minutos después, extendiendo sus brazos hacia ella.

La chica se rió mientras lo seguía, apresurándose a través del espacio hasta que se subió sobre su regazo. Edward cerró los ojos de nuevo cuando sintió que sus manos vagaban hacia su cabello otra vez.

—¿Está bien esto? —susurró mientras él envolvía sus manos alrededor de su cintura desnuda.

Ella no respondió, pero sus delgados dedos recorrieron los costados de su rostro hasta que se encontraron en la parte inferior de su barbilla. Suavemente, la levantó para mirarla.

Demasiado cerca, su corazón le advirtió cuando se encontró con sus dulces ojos marrones.

—¿Quién eres ahora mismo? —preguntó él, con la voz quebrada.

Y lentamente, su expresión alegre desapareció. Había una mirada extraña y triste en los ojos de ella. Su corazón dio un vuelco mientras los veía vagar hacia sus labios. De la misma manera que lo hicieron...

—No... no sé —susurró honestamente, las comisuras de sus labios se curvaron en una pequeña arruga—. ¿Quién quieres que sea?

Lo pensó seriamente, mientras trazaba la línea de la mandíbula de ella con dos dedos. Finalmente, dijo: «No tienes que hacer lo que yo te diga».

Su sonrisa regresó, aunque solo fue una pequeña.

—¿Y si quiero?

Edward continuó trazando el costado de su mejilla mientras recordaba la propuesta de Tanya. Respiró profundamente.

—Puede que sea difícil para ti.

—Estoy segura de que puedo manejarlo —le aseguró—. Me apunté a esto, después de todo.

—Dime —dijo él suavemente, envolviendo el brazo alrededor de su cintura un poco más fuerte—. ¿Qué obtienes de esto?

Ella se rió entre dientes con picardía.

—Bueno, me pagas.

Él se rió con ella, pero aún insistió.

—Hablo en serio. Tú... ¿Qué pasó? ¿Por qué estás aquí, tan lejos de casa?

Su expresión se volvió ligeramente gélida, para su sorpresa.

—Edward... lo siento, pero eso no es asunto tuyo.

Edward contuvo el aliento mientras la mujer se levantaba suavemente de su regazo. Levantó una ceja hacia ella con curiosidad una vez que ella se paró a un par de pasos de él.

—No estoy tratando de ser grosera —aclaró, luciendo un poco avergonzada ahora.

Edward se mordió el labio, luchando por leer su expresión, por entender. Y fracasando.

—Está bien —dijo de todos modos.

—Escucho cosas —dijo lentamente, sus dedos retorciéndose frente a ella—. Las chicas son realmente agradables. Pero... no quiero que piensen que estoy recibiendo un trato especial. Solo porque nos conocemos de antes.

La mirada de Edward bajó al suelo y permaneció en silencio.

—Confías en mí, ¿no? ¿En que puedo hacer este trabajo?

La miró entonces, sintiendo un vuelco en el estómago mientras observaba su dulce rostro.

Puedo hacer que cualquiera hable de cualquier cosa. Incluso que compre cualquier cosa. Parezco... confiable.

Tanya tenía razón. La mujer no estaba fingiendo.

—Mierda —maldijo en voz baja, enterrando la cara entre las manos—. Dile a Tanya que vuelva aquí.

~DF~

Bella se encontró caminando a casa más temprano de lo habitual esa noche. Sin embargo, que le concedieran una salida temprana no significaba que su mente estuviera fuera del trabajo.

Incluso para su propia sorpresa, disfrutaba de su trabajo poco virtuoso. Tanya le había enseñado bien, no solo en lo que se refiere al baile. Había aprendido a compartimentar. Había aprendido a leer a los hombres, entender lo que querían y usarlo a su favor. Si bien sus tareas fuera del escenario las últimas semanas eran insignificantes en comparación con lo que su encargada había asignado a las otras chicas, había aprendido a jugar el juego incluso cuando interactuaba con los invitados de pasada.

Sus propinas excedían su salario más que modesto ahora. Era satisfactorio, por decir lo menos. Y sin embargo...

¿Quién eres ahora mismo?

Esa pregunta la había dejado perpleja. La había tomado por sorpresa.

Se quedó mirando sus pies en movimiento, tratando de distraerse contando cada paso que daba, en lugar de dejar que sus pensamientos vagaran hacia la… interacción que había tenido con Edward ese mismo día. Pero era imposible.

Le había llevado un tiempo, pero había logrado darle sentido. Que por alguna razón, el recuerdo de hace doce años estaba tan fresco en su mente como en la de ella. Era la única explicación razonable que se le ocurría que pudiera explicar por qué la había estado tratando de manera diferente en comparación con las otras bailarinas. La conocía personalmente. Eso era todo.

Pero…

Se estremeció y sintió un familiar retorcimiento en la boca del estómago, mientras recordaba la forma en que sus manos habían tocado su piel desnuda, la forma en que sus hipnotizantes ojos verde salvia la habían mirado tan suavemente, la forma en que su cabello broncíneo se había sentido entre sus dedos...

Peligroso, pensó. Este era un trabajo. Un trabajo que realmente disfrutaba. No podía darse el lujo de leer esto demasiado profundamente, o las cosas solo se complicarían demasiado. Y el objetivo de mudarse hasta aquí era comenzar de cero, lejos de todo tipo de complicaciones. Para comenzar una nueva vida. Como Fortuna, si tenía que hacerlo.

Dios, necesitaba un trago.

Como si el mundo la estuviera escuchando, tan pronto como dobló la esquina, se encontró cara a cara con la entrada de un pequeño y pintoresco antro. Bella no dudó en entrar. Afortunadamente, parecía ser una noche tranquila.

—Vodka con hielo —pidió rápidamente ni bien el barman se acercó a su lugar en uno de los taburetes.

Bella no pudo evitar frotarse los dedos mientras esperaba, debido tanto a su ansiedad como al frío. La chaqueta que había elegido usar ese día era demasiado fina.

—Un bourbon y jengibre caliente sería mejor.

Bella se giró hacia la voz suave y desconocida, que provenía del extraño que estaba sentado a un par de taburetes de ella. Había algo vagamente familiar en él, pero no podía precisar exactamente por qué. Incluso después de que habló, el hombre mantuvo sus ojos fijos al frente, bebiendo casualmente lo que parecía ser brandy puro.

Parecía mucho mayor que ella, por al menos veinte años. Pero eso no disminuía su belleza en lo más mínimo. Sus mechones rubios estaban cuidadosamente peinados hacia atrás y su piel pálida estaba impecable. Había algo... angelical en sus rasgos, incluso desde el ángulo lateral de Bella. Incluso si no estaba sonriendo en absoluto.

—¿Estás hablando conmigo? —decidió preguntar.

El hombre se giró ligeramente para mirarla ahora. Sus ojos eran de un azul profundo y parecían aburridos e indiferentes cuando la miró una vez.

—Sí. Tienes frío. El vodka con hielo no solucionará eso.

Antes de que ella pudiera decir algo más, el hombre levantó una mano para pedirle al barman que le preparara una bebida diferente, a cuenta de él.

—Gracias.

El rubio se puso de pie de su taburete y caminó lentamente hacia su lado de la barra. Por alguna razón, hasta sus movimientos le resultaron familiares. Antes de sentarse por completo, le preguntó para aclarar: «¿Estás sola?».

Bella dudó un momento, estudiando el rostro del hombre mayor en busca de alguna intención maliciosa. No obtuvo nada. Si bien su voz era amable, sus ojos eran estáticos e indescifrables.

Decidió ser educada.

—Por favor —dijo, señalando el taburete que tenía a su lado.

Le sirvieron su bebida caliente poco después y los dos finalmente se acomodaron en un cómodo silencio mientras bebían juntos. Al menos, los pensamientos de Bella sobre los eventos anteriores de ese día se habían disipado, ya que se distrajo momentáneamente con este extraño impecablemente vestido. Recién se había dado cuenta de que llevaba un costoso abrigo Dunhill y un par de Tom Ford. Simplemente... no encajaba en ese lugar.

—¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente, más de diez minutos después.

—Bella —respondió suavemente.

—Bella —repitió el hombre lentamente. Había una expresión extraña, casi cautelosa en su rostro ahora—. Ah. Creo que te recuerdo ahora.

—¿Disculpa?

—Trabajas en Bluewave —dijo, su expresión todavía en blanco y su tono vago—. He... estado allí.

—Tú... Oh. —Bueno, estaba jodida. Una de las reglas importantes que Tanya le había inculcado en la cabeza era que no debía encontrarse con ningún cliente fuera del club. No había excusas. Se consideraba un pecado mortal.

Como si estuviera leyendo sus pensamientos, una sonrisa de satisfacción apareció lentamente en sus labios.

—¿Estás en problemas por hablar conmigo? —Cuando Bella no respondió, decidió ofrecer—: Siempre puedo dejarte en paz.

Bella suspiró y cerró los ojos.

—Debería estar bien. Me voy después de esta bebida de todos modos.

Se bebió el resto del jengibre y el bourbon después de eso, limpiando la humedad de sus labios con la manga de su abrigo. Sin embargo, antes de que pudiera alejarse por completo de la barra del bar, no pudo evitar sentirse extrañamente atraída por él. Y curiosa.

Él era mayor, pero también innegablemente hermoso. Al diablo si era un cliente. Además, no había tenido sexo en casi seis meses. Esa deprimente sesión de despedida con Jasper había sido la última.

Supuso que podía permitirse un error secreto.

—¿Eres de por aquí? —preguntó casi exasperada mientras se daba la vuelta.

El hombre se giró lentamente en su taburete para mirarla. Para su sorpresa, había una verdadera emoción en sus rasgos angelicales ahora: diversión. Parecía como si hubiera ganado algo.

—No lo hagas —dijo, sonando como si estuviera reprimiendo su risa.

Bella entrecerró los ojos.

—Eh...

—Te vas a arrepentir, Bella.

Bueno... eso fue humillante.

—Está bien. Podrías haber dicho que no estás interesado.

—Pero eso sería una mentira. —Ahora estaba riéndose genuinamente.

Bella se burló, sacudiendo la cabeza.

—Está bien, si usted lo dice. Adiós, señor.

Sin embargo, antes de que pudiera dar otro paso, sintió que tiraban de su brazo hacia atrás, manteniéndola en su lugar.

La mano del hombre permaneció fija en su antebrazo mientras sus ojos la miraban entrecerrados, luciendo moderadamente reacio.

—Podemos llegar a un acuerdo —decidió decir finalmente.

Usó otra mano para sacar su teléfono del bolsillo de su abrigo, desbloqueándolo y abriendo sus contactos. Había un brillo en sus ojos cuando se lo entregó a su mano atrapada.

—¿A qué estás jugando? —Ella no pudo evitar preguntar, todavía no estaba dispuesta a escribir su número.

—Podemos ser amigos —dijo él, encogiéndose de hombros una vez.

Amigos. Bueno, ella tampoco tenía muchos de esos, fuera de Bluewave. Estaba demasiado lejos de casa. Al final, decidió que no podía hacer daño, ya que el extraño probablemente no la llamaría de todos modos, después de rechazar magistralmente sus patéticos avances.

Bella se apartó de sus brazos ni bien le devolvió el teléfono.

—No te sientas presionado a llamar.

—No lo estaré —le aseguró, pero ya estaba escribiendo un mensaje de texto.

Bella entrecerró los ojos mientras sacaba su propio teléfono, revisando el nuevo mensaje.

¿Un café en algún momento?

Bella sacudió la cabeza con incredulidad.

—¿Y? ¿Cómo debería guardar tu número?

Su diversión se disipó de inmediato y fue reemplazada por cierta cautela.

—Como quieras, cariño.

Ella arqueó una ceja. Ahora eso hizo sonar algunas alarmas en su cabeza. ¿Dónde había escuchado eso antes? Podría haber jurado...

—Es... Carlisle —sugirió lentamente, volviendo a la expresión cautelosa.

—Carlisle —repitió, escribiéndolo—. Bueno, esto ha sido divertido. Y... extraño. Tendré que irme ahora.

Hubo una expresión divertida en el rostro del hombre una vez más cuando dijo: «Nos vemos, Bella».

~DF~

Se sentó allí pacientemente en su nuevo Mercedes, con los ojos cerúleos fijos en el teléfono en el soporte del coche. Esperando.

Efectivamente, su teléfono empezó a sonar fuerte más temprano que tarde.

Se reclinó en su asiento mientras presionaba la opción de altavoz.

—Buenas noches.

Recibí tu mensaje. —Su voz era frenética y temblorosa—. Esta vez sí que te va a matar.

—¿Crees que podría?

Sabes que está obsesionado con ella. Si descubre que te esforzaste aunque sea solo para hablar con ella...

—Pero no lo hice —la interrumpió suavemente—. Estoy bastante seguro de que te lo expliqué claramente. Fue una coincidencia extraña. En todo caso, fue tu culpa, Tanya. Estabas atrasada.

No me eches la culpa de esto, Carlisle. No después de todo lo que me has hecho pasar. Desde Jacksonville.

Apretó la mandíbula. Instintivamente, contraatacó: «Escuché que acabas de comprar tu tercer auto en dos años, cariño».

Hubo una breve pausa de su parte.

Solo estoy sacando el máximo provecho de una mala situación.

—La mala situación es, ¿qué? ¿Jugar para dos equipos? ¿O es chupar dos pollas?

Dios, a veces realmente eres un enfermo. Es tu hijo —gruñó Tanya—. Y sabes que no me toca.

—¿Todavía? Vaya.

Es respetable —farfulló Tanya—. ¿A qué diablos estás jugando de todos modos? Ya te dije que el plan de usarla para Víctor está yendo bien. ¿Por qué sigues entrometiéndote?

—No tenía planes de entrometerme originalmente —dijo Carlisle, golpeando sus dedos en el volante—. Créeme, creo que Edward tiene astucia. Es terco e imprudente, pero generalmente toma las decisiones correctas al final. No me habría apartado tan fácilmente de Bluewave después de ese patético golpe si no creyera que podía mantenerlo a flote.

Tanya resopló.

Estoy sintiendo un 'pero'.

Carlisle exhaló lentamente.

—Pero… Al final de todo, él es débil. Traer a Dama Fortuna a nuestro mundo será su perdición. Él creó su propia debilidad para que todos la vieran. Como un maldito nervio expuesto. Debería haber sido más inteligente.

¿Entonces tu plan es deshacerte de ella?

—No seas tan de mente estrecha —la reprendió—. Si quisiera deshacerme de ella, me la habría follado esta noche. En realidad, ella lo pidió. Edward no se atrevería a quedarse con ella después de eso.

Te mataría primero —le recordó Tanya con gravedad.

—Es irrelevante —se rió Carlisle—. Al final, tenía razón en parte al acogerla. La chica se está convirtiendo en un activo invaluable. Incluso le gusta ser un poco descarada, según lo que me has contado. Yo digo que la llevemos al límite, sin importar los deseos del chico. Tal vez eso cambie sus sentimientos hacia ella.

Presionarlo por lo de Victor ya era un fastidio. Deberías haber visto sus ojos, Carlisle. Me asustó incluso a mí.

—Déjamelo a mí —dijo Carlisle, sus labios se curvaron en una sonrisa mientras encendía el motor—. En el peor de los casos, lo arreglaré yo mismo. La chica me dio su número.