Aquí vamos otra vez…

Anotaciones:

Capítulo nuevo.

Aviso de antemano que el orden cronológico de los capítulos (al menos los de esta introducción), a propósito, está un poco patas para arriba. Quizás no debiera advertir de ello y dejar que el lector se percate por sí solo, porque pistas ya he dejado de sobra. Quizás. Pero igual, no tiene mucha relevancia ocultar algo tan obvio. No es totalmente trascendental.

En cualquier caso, procedamos ya con la ficción.

Disfruten.

~~o~~

Pugna Divina

~~Introducción~~

Capítulo 4: Sesión Real a Medianoche

~~o~~

Destellos de estrellas muertas, estrellas compungidas: un cielo espectacular de un crepúsculo anómalo, sin igual en el mundo de los no vivos y de los no muertos. Musitaban en el firmamento con su calmo baile inmutable, siempre brillante pero nunca en movimiento; qué extraño pensamiento. Aunque había quienes rompían esa regla y se trasladaban, cual aventurero desterrado o descarriado, de un lado a otro, de un reino divino a un campo celestial de refrescantes finuras. La mágica danza de las divinidades absolutas.

Aquella magia se asentaba en algún punto en específico, en algún reino en especial. Y en estas tierras se volvía tangible en un velo casi transparente, notable gracias a los artificios humanos y no humanos. La artificialidad; oh, la artificialidad. A veces tan extraña, a veces tan bonita. Otras tantas una horrible evidencia del despropósito del que eran capaces los seres pensantes.

He aquí una prueba flagrante de ello, de lo bellamente agraciado: edificaciones de piedra tallada con dedicación, monumentos a animales ininteligentes como a seres dotados de una agudeza superior, puentes que cruzaban y que las personas transitaban, ventanas de las cuales refulgía la luz artificial de las velas y los fuegos, los techos puntiagudos que se asimilaban a punzantes herramientas que procuraban amedrentar a los cielos para que estos les entregasen sus jugosas recompensas en ancestrales muestras de aquello que tan ignorantemente desconocían.

El encapuchado se elevó por entre las paredes, ascendiendo veloz y sin ser registrado por los caballeros reales, ni por los magos estudiosos de piedras resultantes del vaivén ocurrido Del Otro Lado. Eludía con grandes facilidades a todo el que se cruzase. Se metía entre las sombras y renacía como un estudioso de la Academia más, con su larga túnica lapislázuli cortada por el escarlata disruptivo y ceremonial. Otras, lo daban a luz las penumbras con un casco pulido al extremo y en su haber incrustados gemas de preciosidad y dispendio incuantificables; sofisticaciones onerosamente dilapidadoras. Guantes de cuero fabricados con sumo desvelo y sin errores de manos inexpertas; algunos segmentados y más tradicionales, hechos de material reluciente y duro. El peto se decoraba con insignias de realeza, mientras mayor el rango más platinado y refulgente. En la espalda el viento removía unos retales de tela que las hacía de capa. Contra el suelo rocoso se oía el numeroso brutamente elegante andar de los caballeros. El pesado metal chocando.

El sujeto que discordaba con aquella realidad de magia y caballeros, y que fingía exitosamente ser un cualquiera, se escabullía por los alféizares, intentando a toda costa evitar meterse en las edificaciones como tal, no queriendo revelarse a los lucíferos interiores. Amaba la oscuridad, y esta le correspondía con cariñosos ademanes y pacíficos abrazos contenedores. Una reciprocidad que no poseía ningún igual. Una simbiosis mortal.

El encapuchado, tras escalar forzuda y riesgosamente por la empinada estructura de la Academia de Raya Lucaria, se encontró con una sala imperial ampliamente resguardada. Un punto de no retorno, una encrucijada. Estaba a estallar de guardas la única entrada a su objetivo: la Luna.

Revisó cada esquina en busca de un ingreso alternativo desprovisto de vigilantes o de complicaciones estructurales como puertas colosales. En las alturas asechaban los autómatas mecanizados, y al ras del suelo se posicionaban los caballeros y magos reales. No había plausibles entradas. Requirió de métodos poco ortodoxos. Hizo una extraña seña con la mano, irguiendo sus dedos medio e índice, y desapareció de la faz de la existencia, dejando no mucho más ni menos que sombra, fuego y nada.

~~o~~

Se sentaba en el centro, iluminada por un celestial y blanquecino haz de luz perteneciente a su luna protectora. Acobijaba un huevo ambarino. Apreciaba su textura endurecida, su transparencia verdadera, carente de mentiras, traiciones. Dolorosas traiciones. Su blando corazón palpitaba lastimoso entretanto admiraba, tal cual hacía desde su partida, el brote de una cosa, o la tumba de algo. Sea vida o sea muerte, a ella le tranquilizaba el mirarlo, tocarlo. Le reconfortaba y le llenaba el aliento de tiempos mejores, de amores y deseos huecos. Tan hueco como la lealtad de los áureos.

Y entonces notó la perturbación. En un principio, creyó que fue algo ilusorio: una falsa alarma de sus sentidos refinados para las alteraciones del tipo mágico. No obstante, ella aguzó su vista y discernió algo que no cuadraba. Una corriente alterna a todo lo que ella conocía y podía percibir estaba navegando por la habitación, un algo informe e incomprensible que escapaba de su vista y de sus demás sentidos cual niño travieso huyendo de sus mayores. Aquel «algo» lo conquistaba todo con su soberbia entrada, no bienvenida. Se imponía como un gran rey en trono fundido a partir de espadas, fracturadas y afiladas, y sangre proveniente del conflicto bélico, él consagrado por miles de batallas e invasiones que estupendamente ganó y siempre perseveró como el que más, no rindiéndose ante cualesquiera que fueran las tremebundas adversidades dispuestas a poner trabas en el asunto, a detener el advenimiento de una deidad, o grandísimo rey, que se templaba a fuego despacio en espacio indeterminado. Como cálido clima en verano su «eso» engulló el salón entero. Su marca real, su insignia combatiendo con salvajismo con la propia de la reina de la luna llena, y ganando, para peor.

Incómoda y estupefacta, trató de desvelar esta barata e ilusiva imagen, buscando el controlar y volver a ser dueña de estos dominios que ampliamente conocía y que fueron solo suyos desde que allí se asentó. Nunca hubo un tal que la desafiara de aquella forma (o sí lo hubo, pero prefirió no recordar). Un pulso de su energía, un destello de indivisible y mágica pretensión, sin catalizador para ello, le dio un mapa más correcto de lo que estaba ocurriendo aquí. También le dio un sexto sentir capaz de desentrañar el misterio de la turbación invisible. Había un intruso en la sala. Un desconocido se saltó todas las defensas, los inacabables perímetros de seguridad, atestado de sus súbditos leales, y decidió que era una excelente idea realizar una sesión real en la nocturnidad de la biblioteca/gran salón personal de la reina. A medianoche, la reina solía compartir su soledad en solitario con su pequeño regalo. Se sintió un poco irritada, y curiosa, y tal vez nerviosa.

"Desvélate, quien sea que seas. Ya te he percibido. Sé que estás aquí, conmigo." Habló a nadie en concreto Rennala. En sus brazos sostenía el huevo ambarino que era el símbolo de su mayor obcecación, dolor y amor. La ataviaban las túnicas de la academia. Sus blancos pies, desnudos y límpidos, se escapaban por debajo del ropaje holgado, que muy bien ocultaba su figura, y respiraban el congelado aire del salón. La temperatura pareció bajar al ella darse cuenta de que no estaba sola. No hizo falta forzar nada; quienquiera que fuera el que se metió a escondidas en su salón, siendo pillado por ella de sopetón, salió por voluntad propia, medio desvelándose entre pilares enormes, estantes con apilados libros o pergaminos y luces de velas y candelabros colgados a altas altitudes.

Una pequeña figura (pequeña para Rennala) salió de entre las sombras, mostrándose como un encapuchado incógnito que, por lo visto, no temía al hecho de ser descubierto. Una capa marrón, raída, recubría al invitado sorpresa. Sus pasos se daban sosegados y sin redundancias del tipo nervioso. O quizá era una ficticia actuación de hombría; sin embargo, ella ni siquiera podía decir con seguridad si este sujeto era un hombre o una mujer o lo que sea. Apostó a un hombre por el ancho de sus hombros, pero, conociendo a terribles guerreras con las que incluso compartió cuna, Rennala no sentenció nada. No aún.

"¿Quién eres, pichoncito?" Interpeló Rennala, ya consiguiendo mayor convicción en sí misma al poder visualizar a la forma ignota, un poco encubierta por la penumbra nocturna y la falta de luz del lugar. "¿Qué haces tú aquí, en un sitio privado como éste?" No contestó, a ambas preguntas formuladas con claridad, que no se pudieron no escuchar. O tal vez su intruso no disponía de orejas para la escucha, o puede que no hablara la lengua común (idioma que Rennala preseleccionó para el habla suponiendo que él/ella era de por allí, de las Tierras Intermedias) y que tratara con pobre y mudo bruto que jamás fue educado como se debería. La pena afligió, solo un poco, el corazón de la reina de la luna llena ante aquel pensamiento tan triste. Seguramente, si ni siquiera era capaz de hablar, él/ella se sentía tan solitaria como ella.

"No hablarás, por lo que veo. No dirás nada." Dijo Rennala sin enojo, sin animosidad por la negativa silenciosa de su aventurero descarriado. Él/Ella permanecía inmutable en su sitio. No obstante, tras unos momentos que Rennala dedujo que se trataban de cavilaciones en el fuero interno de su mente, él/ella se arrimó, a pasos certeros y lentos.

Por mero reflejo ella acurrucó el huevo ambarino entre sus brazos con mayor fuerza, temiendo, por absurdo que sonase, de que le quitasen lo que apreciaba y detestaba. Un último regalo de alguien a quien amó. Y cayendo en la cuenta de la imposibilidad surreal que era que ella saliese dañada, siendo quien era, Rennala de la Luna Llena actuó con una celeridad pocas veces vista, inclusive para los mejores magos. El sujeto encapuchado, ahora mejor iluminado, se quedó quieto, como una estatua de las que ornamentaban construcciones nobles de estas tierras. Todavía no se podía dilucidar con total lucidez sus intenciones, sus razones ni tampoco su sexo o rasgos característicos. Solo fue un encapuchado. Aun así, se pudo notar cuando movió una mano levemente y, casi de inmediato, sufrió un corte producido de la nada misma.

Dagas cristalinas se hicieron visibles de repente, casi todas enfocando un lugar donde fluctuaría, con casi total certeza, la vitalidad del joven intruso. En una de ellas salpicaba la sangre. Un entusiasta muy descarado fue su invitado sorpresivo, pero demasiado para su propio bien; muy ingenuo si creía poder burlarse de ella y de su gente de tal forma y salir impune, cual ser divino de áurea naturaleza.

Saboreando la victoria por la completa quietud e inmovilización del intruso, Rennala se paró y, extendiendo su mano a un lugar inespecífico, llamó a su cetro, éste sujetándose en un parpadeo en su mano zurda. Aguardó el huevo con la diestra, abrazándolo cual hijo mamador y anhelante de afecto materno. Y ella fue una buena madre: lo cuidaba, lo apreciaba. Por lo tanto, eliminaría a la posible amenaza que cortó el mimo y agasajo de su retoño, o lo sometería hasta que fuere impotente, una excusa de rufián indefenso.

Acercándose, ella no advirtió ningún cambio que le obligase a ponerse en plena alerta. Por lo que con no demasiados miramientos se posicionó delante del encapuchado. Él/Ella quieto cual estatua mientras lo rodeaban puñales mágicos y asesinos, desatando inconfundibles sonidos de muerte y dolor. Frío, muy frío todo. Una nevada en los picos de los gigantes, de donde ella provenía.

Y Rennala confiada le alzó la barbilla a su intruso para admirar, aunque sea, su rostro antes de echarlo, o algo peor. Quizás dependía de la belleza y ternura que le causara a la reina de la luna de primera impresión si él/ella sobrevivía o no. Eso sí, lo que no esperó fue quedarse ella inmovilizada por esta acción. Incapaz de hacer el más ínfimo ademán, perdida y desterrada de su propia mente por lo que observó en su cara, pero aún consciente, visualizando todo lo transcurrido como un tercer agente, solo observante. Lo que observó en su cara.

Rennala no olvidaría aquella noche pasional y antinatural. Ni tampoco el iris bermellón, que aparentaba girar sobre un eje fijo, y que entumeció su ego con un simple vistazo.

Un simple y bobo vistazo, contacto visual.

…Continuará…

~~x~~

Anotaciones Finales:

Y este ha sido el capítulo de la fecha. Un poco más corto de lo que acostumbro, pero últimamente me estoy forzando a escribir cosas escuetas y mejor resumidas.

Por cierto, con algo de retardo, feliz Navidad y feliz Año Nuevo a todo aquel que lea esto.

No recuerdo si la última vez que actualicé esta historia lo hice, así que por si las dudas dejaré estas felicitaciones con retraso (mucho, mucho retraso).

Nos vemos la próxima vez…