Disclaimer: Ni One Piece ni sus personajes me corresponden, puesto que pertenecen a Eiichiro Oda; todo lo demás me pertenece.

Esta historia está hecha sin fines lucrativos.

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10.- El amanecer del destino.

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—Uao… ¡hip! —Ussop se medio tabaleó, aun en mitad de la pasarela del Sunny, y con los mofletes graciosamente encendidos— ¡aquí que saben cómo montar una fiesta! —brindó nuevamente al aire, sin haber caído en la cuenta de que su jarra ya estaba prácticamente vacía.

Franky rió de manera un tanto jocosa, y se echó uno de los brazos del tirador sobre los hombros, con el rostro también de un suave tono cereza. —¡No podría estar más suuu~per de acuerdo! —dándole un fuerte golpe en la espalda, casi consiguió tirarlo al suelo.

El médico de la tripulación del Sombrero de Paja asintió, encantado de la vida y terminando de entrar en el Sunny. —¡Ha sido divertidísimo! ¡he comido tanto algodón de azúcar ¡que hasta podría estornudar caramelo! —admitió, con las patitas en las mejillas y feliz por completo.

—¡Ha sido tan estimulante y reconfortante tocar con el grupo local! —el esqueleto con afro miró soñadoramente al cielo nocturno— ¡siento felicidad en todos y cada uno de los huesos del cuerpo! ¡yohohoho~!

Sanji espetó una risa al aire, quien también portaba un sospechoso tono rojizo en las crestas de las mejillas. —Todas esas damas bailando al son de la música… —divagó en voz alta, perdiéndose entre los recovecos de su acalorada imaginación—, ciertamente, será una imagen difícil de superar… —volvió a suspirar, encandilado.

La navegante rió ante la ocurrencia del cocinero y trastabilló bajando de la pasarela del Sunny. No pudo evitar soltar una risilla un tanto graciosa ante su propia torpeza. Ni siquiera había caído en la cuenta de que un brazo la había sujetado de la cintura, evitando que se cayera. Interesada, había reparado en la mano que sujetaba su cintura. De manera curiosa, había seguido la dirección del brazo, subiendo por un cuello tras pasar un hombro, hasta que por fin había encontrado el rostro jocoso de su capitán, quien parecía mirarla enormemente divertido.

—¡Oh! —la boca de Nami dibujó una perfecta «o» sorprendida. Al instante, esbozó una amplia y deslumbrante sonrisa inconsciente—. ¡Pero si estás aquí!

Luffy no pudo evitar su característica risa ante la mirada vidriosa y sincera de su navegante. La manera en que se había iluminado su rostro al caer en la cuenta de que era él el que había evitado que cayera, le había cosquilleado en todos y cada uno de los huesos del cuerpo. Misterioso, había pensado él.

Sanji chasqueó fuertemente la boca tras resoplar por la nariz. —Bastardo con suerte… —musitó, intentando atinar para encenderse un pitillo de mala gana.

Jinbe no había podido evitar una fuerte carcajada espontánea, ante la envidia sana y mal disimulada del joven de cabellos rubios.

Con la tripulación llegando a cubierta, y con Robin y Zoro siendo los últimos en transitar la pasarela, la fiesta había prácticamente llegado a su fin. Habían decidido regresar, sintiéndose plenos y satisfechos tras el sinfín de canciones, risas y alcohol. Aun de madrugada, el paseo de vuelta les había aireado lo suficiente como para relajar los efectos del licor. Y aunque aún sintieran los conocidos efectos secundarios, ya no se encontraban en sus puntos álgidos.

—Creo que ahora mismo seria capaz de dormir veintisiete horas seguidas… —musitó el tirador agarrado a Franky, y empezando a sentir un ligero mareo.

—Fufufu~, creo que has bebido más hidromiel de la cuenta, tirador-san. —comentó divertida Robin, tras terminar de alcanzar a los demás y llevarse una mano a la mejilla.

Luffy volvió a reírse con ganas, también con una sospechosa sombra rojiza sobre sus propios mofletes. Seguía con el brazo alrededor de la cintura de Nami, como si la acción le resultase igual de natural como el respirar. Lo cierto era que todos los miembros de la tripulación, portaban los mismos sospechosos indicios en las mejillas.

Nami parpadeó varias veces, intentando despejar su entumecido cerebro. Empezaba a vislumbrar que la resaca iba a ser de dimensiones épicas. —Lo cierto es que todos deberíamos irnos a echar una buena cabezada. —admitió un tanto resignada.

Los demás cabecearon levemente, también un tanto resignados y en acuerdo. Nami volteó hasta la pasarela. Zoro se había quedado parado justo en el borde y miraba a la erudita con el ceño gravemente fruncido. Tenía sombreadas las mejillas, pero no parecía perjudicado o siquiera mareado. También era cierto que el nivel de Zoro en cuanto al alcohol se refería era prácticamente nivel Dios.

Luffy miró a su primero de abordo, con la curiosidad burbujeándole. ¿Qué hacía ahí parado? —¿Zoro?

Los demás también se giraron para mirarle. Había conseguido la total atención de todos los demás miembros de la tripulación. Sin siquiera abrir la boca, siguió mirando a la arqueóloga con gravedad, quien únicamente atinó a parpadear varias veces con curiosidad.

—¿Qué te pasa, marimo? —preguntó Sanji, aspirando el humo del cigarrillo para después dejarlo escapar con serenidad.

El joven de cabellos verdes chasqueó la boca con fuerza y desvió la mirada a otro lado. Antes de que nadie pudiese decir nada, por fin se animó. —Tsk… Luffy…

Todos giraron automáticamente las cabezas hasta mirar al capitán, quien parecía ser el más desconcertado de todos. El joven de goma ladeó un poco la cabeza, signo inequívoco de estar esperando para lo que el espadachín quisiera decirle. —¿Mm?

—Cásanos.

¿¡QUÉ!?

Nami no pudo evitar llevarse las manos a la boca, emocionada de repente. Hasta Luffy parecía haberse quedado estático. Franky dejó caer al suelo a Ussop de la impresión, quien no supo sostenerse en pie a causa del mareo. Brook abrió la mandíbula, sin recordar como se cerraba, y Franky se limitó a silbar, en reconocimiento por la valentía del primero de abordo. Jinbe arqueó las cejas, estupefacto y sin palabras, y Chopper abrió fuertemente tanto los ojos como la boca.

—¿¡Pero qué coño PASA HOY!? —bramó Sanji de fondo.

Franky parecía haberse bebido varios litros de cola de repente. —¡Esta noche está mejorando por suuu~per momentos! —exclamó desatado.

La navegante nunca, nunca, nunca, había visto a Robin quedarse sin palabras. A Luffy directamente le nacieron estrellitas en los ojos.

La usuaria de la hana-hana boqueó, visiblemente afectada. —E-Espera un momen-

Zoro volvió a mirarla con intensidad. —¿No quieres casarte?

Robin volvió a boquear. —C-Claro que sí, pe-

Él arqueó una ceja. —¿Entonces?

Ella lo miró en silencio durante unos segundos. Tragó, sintiendo seca la boca e inspiró aire. —No quiero que hagas algo que no quieras.

Zoro ahora miró a la chica con algo parecido a la exasperación. —¿Me ves con pinta de que alguien pueda obligarme a hacer algo que no quiera?

La joven de melena negra no respondió.

—¿Entonces? —insistió él.

Los demás habían estado mirando de uno a otro como si hubiesen estado observando un partido de tenis. Ussop, después de levantarse torpemente, había estado a punto de morderse las uñas de los nervios y Nami no había podido evitar agarrar a Luffy del brazo, al punto de hincarle casi los dedos de la tensión. Chopper directamente se había olvidado de respirar.

Tras unos interminables minutos, en los que casi se pudo cortar la tensión del ambiente con un cuchillo de cocina de Sanji, y después que Robin buscara algo insistentemente en los ojos de Zoro, la erudita sonrió suavemente.

—De acuerdo.

Y Nami únicamente recordaba como todos se habían puesto a gritar y a chillar como auténticos locos.

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—¡Bien! Creo que ya estamos listas. —anunció Nami, tras colocar una última pequeña florecita azul de papel en el recogido, y sintiendo una especie de misteriosos nervios en la boca del estómago. Incomprensiblemente, había estado inquieta durante todo el rato en que había peinado y recogido la melena de Robin. Era una autentica tontería, pero no podía evitarlo. Supuso que era algo natural en las bodas, aunque a Robin se la viese sospechosamente calmada, y eso que era la que iba a casarse.

La arqueóloga se había alistado con un sencillo pero bonito vestido de mangas cortas, largo y azul marino. No tenía el típico vestido blanco y tampoco le importaba no estar usando uno. Sin embargo, y contra todo pronóstico, Ussop había exigido, durante una y otra vez, que al menos mantuviera la tradición de llevar algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul.

No hacía ni veinticuatro horas en que habían decidido casarse, y los chicos lo habían dado todo preparando la cubierta en un tiempo récord. Después de despertarse, todo en el barco había sido un ajetreo de cintas y guirnaldas por todas partes, mientras que Sanji se había metido a la cocina para preparar tentempiés a velocidad inhumana. Nada de banquetes ostentosos, solo una fiesta más de su tripulación. Por supuesto, Nami era quien había cogido el cometido de preparar a la novia. Se había limitado a maquillarla en tonos suaves y a recogerle el pelo. Y si bien era cierto que no había hecho grandes cosas, el resultado había sido espectacular, puesto que el recogido resaltaba tanto el bonito rostro, como los ojos azules de Robin.

Echando un vistazo rápido por la ventana de su antiguo cuarto y con el atardecer empezando a caer sobre ellos, supo que había llegado el momento. Miró a Robin, sintiendo una felicidad que no podía expresar con palabras. Y sintió los ojos húmedos. Se había sentido tan, pero tan feliz, que apenas podía creerlo. Tragó, sintiendo un incómodo nudo en la garganta. Por alguna circunstancia, Robin parecía haberse puesto de un momento a otro igual de sentimental que ella.

—Oh, venga ya… —se quejó Nami, aguantando las lagrimas como podía y sorbiendo por la nariz—, si ya estoy así, no quiero imaginarme en la ceremonia, maldición.

Robin había reído, con las lágrimas también asomando por el borde de sus bonitos ojos delineados. —Es contagioso, navegante-san. —reconoció con la voz tomada.

Nami tomó las manos de Robin, emocionada de repente. —Estoy tan, pero tan feliz por ti, Robin… —sorbió de nuevo por la nariz, sin poder evitarlo.

La arqueóloga le devolvió el cariñoso apretón. —Yo también por ti, Nami. Aun tenemos pendiente la charla con cócteles incluidos ¿eh? No creas que me he olvidado. —recordó con suavidad.

Nami tuvo que aguantar el arrastrarse el brazo sobre los ojos, antes de ponerse a llorar como una mocosa. —¡Por supuesto que sí!

Con la suave risa de Robin flotando por la habitación, un par de golpes suaves a la puerta se dejaron escuchar. Tras un escueto 'adelante', la cabeza de Ussop apareció tras asomarse por la puerta. —Todo está preparado, así que, cuando queráis, podemos comenzar.

Robin se puso de pie y Ussop silbó. —Ala Robin, ¡estás espectacular!

La sonrisa de Robin iluminó sus ojos. —Muchas gracias, tirador-san.

Con presteza, los tres se dirigieron por el pasillo hasta llegar a la sala de reuniones, justo antes de empezar a subir las escaleras a cubierta. Fue cuando Ussop se dio la vuelta precipitadamente. —Un momento, un momento ¿tenéis listos los requisitos?

Nami tuvo violentas visiones de sí misma retorciendo el pescuezo del chico. —¡Venga ya, Ussop, déjalo de una vez! —se quejó sin poder evitarlo.

El tirador casi echó humo por la nariz. —¡Pero es que es importante!

La navegante dejó escapar un gemido exasperado. —¡Oh, esta bien! A ver, ¿algo azul?

Ussop se quedó mudo de repente. No tenía nada azul.

—Mi vestido es azul. —sugirió la erudita, satisfecha y contenta por su elección.

Nami señaló la astucia de la joven de melena negra. —¡Perfecta observación Robin! —continuó— ¿Algo nuevo?

Los tres se quedaron inevitablemente en silencio, hasta que la navegante se dio la vuelta y salió disparada, provocando rostros curiosos en los otros dos. No pasaron ni dos minutos, cuando ella volvió con una cajita pequeña que le tendió a Robin.

—Quédatelos —ofreció—. Los compré ayer en el mercadillo del pueblo. Están sin estrenar.

La erudita cogió la cajita y, tras abrirla, se encontró con dos pequeños pendientes con forma de luciérnaga. —Son preciosos… —musitó emocionada.

Nami esbozó una enorme sonrisa de vuelta.

—¡Perfecto! Ya solo nos queda algo viejo y algo prestado. —anunció convencido el joven de nariz larga.

—Toma, Robin-san, para mi será un honor cedértelo para este día.

Los tres voltearon hasta ver a Jinbe, que justo acababa de llegar. Se había tomado el pañuelo que solía portar en la cintura y, tras coger el pequeño ramo de Robin, le había hecho una sencilla lazada alrededor de las ramas. —Tiene casi los mismos años que yo —aseguró con jocosidad—, así que creo que cumplirá con creces el requisito de algo viejo.

Robin le miró conmovida. —Muchas gracias, Jinbe-san.

—Nos queda algo prestado. —Ussop empezó a mirar a todas partes—. Algo prestado, algo prestado… —musitó, mientras que iba valorando opciones.

—Ten.

Robin sintió como alguien puso algo sobre su cabeza. Cuando quiso caer en la cuenta, Luffy le había colocado sobre el recogido su conocido sombrero de paja.

Robin echó la cabeza hacia atrás, para poder mirar al chico con poderes de goma. —Capitan-san…

Él se había limitado a esbozar una sonrisa salvaje llena de dientes. —Shishishishi~, voy a casaaa~ros, voy a casaaa~ros —canturreó varias veces, y bailando feliz como si le hubieran prometido el mayor banquete de carne de todos los tiempos.

Ussop lo miró con ojos entrecerrados, al punto de poner los brazos en jarra. —No sé si está feliz por ellos, o si simplemente está feliz por poder ejercer su voluntad como una especie de autoridad divina. —masculló incrédulo.

Jinbe se carcajeó con gusto ante la observación del tirador y Nami no pudo evitar tener que darle silenciosamente la razón al muchacho.

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—¡Queridos nakamas! —anunció solemne—. Estamos hoy reunidos porque solo yo puedo casar a estas dos personas en matrimonio.

—No puedo creer que me haya dejado meter en esto… —musitó Zoro por lo bajini, provocando una suave risa en su 'prometida', que estaba justo al lado suya.

Nami no pudo evitar llevarse una mano al rostro, súbitamente avergonzada por la idea del discurso que Luffy tendría la originalidad de otorgarles. Debían haberlo pensado mejor... esto no podía terminar bien de ninguna de las maneras. Sanji tuvo que aguantar una carcajada, visiblemente divertido.

Jinbe se había ofrecido a escoltar a la novia hasta el arco de madera que habían situado en el centro de la cubierta de césped y Brook había tocado una suave melodía de violín de fondo en el preciso instante en que Robin había hecho acto de presencia. Nami se había colocado a un lado, como dama de la novia, y para asombro de todos -o no tanto-, Sanji se había quedado del lado del novio. Chopper, junto a Ussop y Franky, se habían quedado en pie como testigos del enlace.

Luffy entornó los ojos y divagó por unos momentos. —Lo cierto es que no tengo muy claro que es esta cosa misteriosa del matrimonio, pero supongo que es importante. Así que… —dudó—, bueno, supongo que da igual lo que piensen los demás. Lo que importa es lo que penséis vosotros. —concluyó con espontaneidad.

El joven de cabellos verdes no pudo evitar arquear las cejas, asombrado. En cierto modo, y de una manera loca y bizarra, reconocía que el loco capitán de goma tenía toda la razón. Echó un rápido vistazo a Robin, quien parecía, increíblemente, estar pensando exactamente lo mismo que él.

Y Zoro no pudo evitar una sonrisilla salvaje.

El usuario de la nika-nika siguió divagando. —Además, pensar es una autentica pérdida de tiempo y-

El suave carraspeo de Nami le devolvió a la realidad.

—Ehh, sí. Bien. Bueno. —se llevó una mano a la nuca, un tanto inquieto—. Aunque crea que pensar es una pérdida de tiempo, supongo que a veces es necesario —Ussop arqueó las cejas, atónito—, así que… he estado pensando en qué decir y… —Luffy miró a Zoro—, creo que, con Robin —el espadachín le miró serio de repente—, no volverás a perderte. Y tú, Robin —ella le miró emocionada—, con Zoro, no volverás a estar o sentirte sola.

Nami parpadeó, emocionada y orgullosa de repente del joven del que se había enamorado por completo.

—En realidad, también nos tienes a nosotros, así que no tendrías por qué volver a sentirte sola, pero tenia que decir algo de Zoro, así que-

—¡Venga ya, hombre, que por una vez no ibas mal! —la voz irritada de Ussop le interrumpió con la velocidad de un disparo.

—¡Así que yo, y solo yo —Luffy alzó los brazos al aire y vociferó—, OS DECLARO CASADOS!

Y sencillamente, todos habían roto en gritos y aplausos después de que las manos de Robin acunaran las mejillas de Zoro y se alzase de puntillas para besarle.

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La navegante se las compuso como pudo para llegar hasta la habitación de su capitán, cargando con él a cuestas y con uno de sus brazos sobre sus hombros.

—Ánimo, ya casi estamos. —rió con suavidad, producto nuevamente del exceso de grados por alcohol en sangre. Lo cierto es que los últimos días habían resultado ser de vértigo.

Con cuidado, y aun tambaleándose, consiguió dejar al chico con cuidado sobre la cama, quien gustoso se dejó caer de espaldas sobre el colchón. Nami suspiró suavemente y se sentó al lado del joven, contemplando la cara de felicidad de su capitán.

Luffy suspiró, contento con la vida. —Ha sido una fiesta estupenda. Deberíamos repetirla otro día. —musitó con lengua torpe y como si estuviera solo en su habitación.

La navegante volvió a reír suavemente. —Creo que, por unos días, hemos tenido fiesta más que de sobra, Luffy. —reconoció, provocando que él esbozase una especie de puchero.

Él volteó los ojos un tanto sorprendido, como si la chica hubiese aparecido en su cuarto de repente. Y esbozó una enorme sonrisa que le provocó a ella un ligero temblor en las rodillas. —Oh, estás aquí.

Ella no pudo evitar arquear una ceja. —¿Quién crees que te ha traído? —preguntó divertida, y sin esperar realmente respuesta de su parte. Tuvo la tentación momentánea de enterrar sus dedos entre sus mechones de pelo negro, pero se contuvo. La verdad es que no sabía muy bien como interactuar ahora con él. Casi sintió un poco de envidia ante Zoro y Robin, que habían empezado a actuar con tal normalidad ente ellos, que parecían llevar toda una vida haciéndolo.

¡Un momento! —Nami miró a Ussop, estupefacta y atónita a partes iguales. Jinbe y los demás habían parado momentáneamente el brindis, mirando a la navegante tras haber exclamado en voz alta. Todos la observaban con rostros curiosos, Luffy incluido. La pareja recién casada sencillamente había desaparecido en vete a saber dónde—. ¿¡Es que todos lo sabíais!?

Franky asintió con toda la naturalidad del mundo. —Pues claro. Llevan juntos meses. —Chopper, junto con todos los demás, cabecearon varias veces en acuerdo con el armador—. ¿Es que tú no lo sabías?

Nami no pudo evitar suspirar de nuevo, un tanto resignada consigo misma. Y eso que ella se había tirado meses pensando que era la única que sabía lo que había entre esos dos. Casi se rió de sí misma. En verdad que había estado desconectada de todo.

—¿Qué estás pensando?

La voz de Luffy provocó que aterrizara en la realidad. Miró al chico que seguía observándola con burbujeante curiosidad.

—¿Yo?

Luffy siguió mirándola y se encogió de hombros. —No hay nadie más. Estamos solos.

Por algún motivo irracional, la temperatura en sangre de la navegante aumentó de golpe, consiguiendo que un inevitable sonrojo le trepara por las mejillas. Era perfectamente consciente que el chico no lo había dicho con segundas intenciones, pero su imaginación había echado a volar libremente. Eso de sentirse correspondida era un sentimiento tremendamente peligroso. Sintiéndose osada, quiso tomarle el pelo.

—No sabía que te volvías tan elocuente estando borracho. —se apoyó en un brazo sobre la colcha y se dejó caer ligeramente hacia atrás.

El chico asintió lentamente. —¿Ves? Yo tampoco. —Luffy no sabía que significaría 'ser elocuente', pero le dio igual—. No suelo beber tanto, pero… —reconoció—, estaba un poco nervioso. —aun tumbado, abrió los ojos para mirarla abiertamente.

La joven de cabellos anaranjados arqueó las cejas, sorprendida. —¿Nervioso? ¿tú?

Luffy suspiró y cerró los ojos, empezando a sentirse un tanto somnoliento. —Ese... —levantó la mano, señalándola vagamente— vestido me estaba provocando auténticos estragos. Ayer me ocurrió lo mismo.

Nami aguantó la respiración durante unos segundos. Había decidido ponerse el mismo vestido que la noche anterior porque consideraba que era el más bonito que tenía, no por ningún otro motivo. Pero ni en sus sueños mas salvajes hubiese imaginado que podría provocar tal desbarajuste en él.

—Oh. —no supo qué más decir. Se sintió tímida y apocada de repente. Intentando aligerar el ambiente cargado que parecía haberse instalado entre ellos, hizo el ademán de levantarse de la cama—. Vamos, capitán, es hora de dormir. —se puso de pie tras incorporarse, dispuesta a marcharse a su cuarto.

Pero él había sido más rápido que ella y le había sujetado de la muñeca, deteniéndola en el sitio. Ella se giró para mirarle por encima del hombro, solo para descubrir que él la miraba con ojos oscuros y profundos. —¿Por qué quieres irte?

Por un momento, Nami sintió una fuerte contrariedad, mezclado con incitante y peligrosa tentación. Definitivamente, no podría ser buena idea que ella se quedara.

—No es… —sintió como su rostro ardió con crueldad y se llevó una mano al cuello, azorada—, no creo que sea buena idea que me quede. —murmuró con sinceridad, desviando su mirada. Él no parecía encontrarse en la mejor de las condiciones y los antecedentes entre ellos habían demostrado que ella tampoco era de fiar.

Él se incorporó hasta quedar sentado. —¿Y por qué demonios no iba a serlo?

Ella abrió mucho los ojos y volvió a mirarle, ahora frunciendo el ceño. ¡Venga ya, ella estaba intentando ser la responsable de los dos! —¿Qué tonterías dices ahora, idiota de goma?

Ahora él frunció el ceño también y casi soltó humo por la nariz. —No me llames idiota, tonta, sobre todo cuando tú has sido la mas tonta de los dos.

Ella boqueó atónita, por que parecía que solo ellos eran capaces de mantener tales discusiones absurdas. Tras suspirar con agotamiento, lo miró de vuelta con firmeza. —No se tratan de tonterías, Luffy. —murmuró.

Las palabras de la navegante cayeron sobre el chico como un bálsamo, provocando que se le suavizaran los ojos. Sin embargo, insistió con voz tensa. —¿Entonces?

Ella volvió a suspirar y se esforzó por hacerle entender. —Es solo que… a veces resulta abrumador… —sintió como empezaba a subirle el ligero calorcito por el rostro.

El rostro del joven de cabellos negros se suavizó de golpe. Durante unos segundos se mantuvo en silencio. Desvió sus ojos hasta su mano que la sujetaba de la muñeca y, tras fruncir el ceño fuertemente, dio un fuerte tirón, provocando que ella se diera la vuelta del todo y quedase entre sus piernas, de pie y frente a él. Sorprendida, el rostro de ella le transmitió incertidumbre al no saber qué se le habría cruzado a él por la cabeza como para haber hecho eso, pero no se apartó.

Estando él aun sentado sobre la cama, cerró los ojos y apoyó su cabeza contra la barriga de ella, hundiendo la cara e inspirando profundamente. Nami abrió la boca, con un fuerte sonrojo atacando sus mejillas, pero no preguntó. Sencillamente optó por dejar que sus dedos se hundieran entre sus mechones negros, acariciándole la rebelde cabellera y consiguiendo arrancarle murmullos de placer, tal como había deseado hacia escasos minutos.

—Las sentí. —la joven de cabellos anaranjados miró hacia abajo, contemplando como él mantenía el rostro plácidamente hundido contra su tripa, mientras que sus palabras empezaban a llegarle en murmullos—. Jamás había sentido en ti un terror parecido. Te hacían daño. —casi notó como él se encogía, abrumado por sus propios pensamientos, y fue cuando Nami cayó en la cuenta de que él estaba hablando de sus propias pesadillas.

Ella sopesó sus palabras. —Si lo sabías ¿por qué no me-

Él la interrumpió. —Tú no querías. —pareció como si un rayo le hubiese atravesado, consiguiendo que a la navegante se le encogiera el corazón—. Te alejabas de mí. Veía el daño que te hacía y… —dudó— dejé que decidieras. Y se suponía que yo aceptaría lo que fuese.

Desesperada, Nami bajó sus manos hasta su rostro, para alzarlo y verlo directamente a los ojos. —¿Por qué? —le cuestionó, desesperada— ¿por qué lo harías? ¿por qué no ser más egoísta, Luffy?

Él solo se encogió de hombros. —Porque te quiero. —admitió con sencillez, suscitando que ella empezase a temblar—. Y sí que he sido egoísta —reconoció, sin pizca de arrepentimiento—, porque, en el fondo, no lo acepté. No podía aceptar que te alejases de mi o que intentases evitarlo. Quería que lo hicieras pero porque quería tener que pelear por ello —admitió con brutal honestidad—, quería mecerlo.

La navegante suspiró de manera temblorosa, mientras que él seguía mirándola con ojos oscuros e intensos. —Pero por Dios, ¿es que siempre tienes que ser tan… —ni siquiera supo que palabra escoger— así?

Luffy se volvió a encoger de hombros. —No puedo ser otra persona que no sea yo, no entiendo a qué te refieres.

Ella no pudo evitar poner los ojos en blanco. —Como no… —suspiró.

El capitán siguió mirándola desde abajo y subió los brazos para abrazarla por las caderas. Ella continúo mirándole apenas sin aliento. —No iba a permitirme no tenerte, Nami. —el corazón de ella le cosquilleó, y empezó a sentir el pulso latiendo dolorosamente contra sus huesos—. Me dio igual. No iba a dejarte olvidarlo. Solo puedo ser yo, nadie más.

La joven de cabellos anaranjados le miró con ojos entrecerrados y velados. Y asintió con suavidad. —Solo tú… —aseguró contra su rostro.

Él también entrecerró los ojos. Dejándose caer para atrás y arrastrándola con él, hundió la cabeza en el hueco de su cuello. —Duerme conmigo, Nami. —susurró contra su piel.

Ella no pareció caer en la cuenta de que estaba dejándose embaucar por él. Su voz parecía hipnotizarla y acunarla con mimo, invitándola a dejarse llevar en un lugar mucho más intenso y profundo. La navegante solo atinó a soltar un pequeño gemido ahogado, ante la magnitud de lo que empezaba a enroscársele en el vientre, y en todos y cada uno de los huesos del cuerpo. Empezaba a abrumarla la facilidad que él parecía haber desarrollado para atontarla y engatusarla a placer.

Intentó que el último resquicio de cordura saliera a flote. —Luffy, ni siquiera tengo aquí mi ropa para dormir.

Le sintió sonreír contra su cuello. Maldito bastardo tramposo. Y luego se suponía que era ella la engatusadora y la ladrona. ¿Cuándo habían invertido los puñeteros papeles? ¡Se suponía que él era el inocente y el ingenuo! —No la necesitas. —aseguró con naturalidad.

Nami sintió como todos y cada uno de los colores se le subieron al rostro. Oh madre mía, no estaba preparada en absoluto para ese hombre.

Luffy rió escandalosamente, después de sentir como el cuerpo de Nami había aumentado varios grados de golpe. —Shishishishi~, Naaa~mi, pervertiiii~da… —canturreó, buscando provocarla.

Ella se medio incorporó, apoyando las manos sobre su pecho y con un potente tono escarlata adornándole el rostro. Se abstuvo de soltarle tremendo pellizco. Sin embargo, le soltó un manotazo sobre uno de los brazos, que él ni siquiera sintió. —¡Es culpa tuya, idiota de goma! ¡utilizando ese lenguaje ambiguo cualquiera malentiende! —se defendió, tremendamente nerviosa.

Pero él continuó riéndose con esa risa alegre y despreocupada. Ella negó un poco avergonzada y terminó riéndose con él sin poder evitarlo. —Idiota… —musitó sonrojada a más no poder y mirando hacia otro lado.

El capitán la miró, con la risa disminuyendo y empezando nuevamente a mirarla con ojos oscuros e intensos. —En realidad, no ibas desencaminada… —admitió, como quien habla del color de las cortinas.

Ella volvió a mirarle de reojo, con el sonrojo empezando a tomar intensidad otra vez. Esta vez no iba a dejarse tomar el pelo. Con audacia, y acorde a la agilidad de su apodo, trepó hasta sentarse sobre su regazo, dejando una rodilla a cada lado, consiguiendo tensarle y cortarle la risa de golpe.

Y ahí estaba otra vez él. Con aquella profunda oscuridad enroscándosele en el fondo de sus ojos y mirándola como si fuera algo absolutamente único para desentrañar. Él dejó sus manos trepar y vagar por la piel de sus muslos, gracias a que el vestido de ella se había enrollado lo suficiente sobre sus caderas como para permitírselo.

Ella debía haberlo intuido. A él le gustaba jugar. Y sabiendo que conseguiría ponerla nerviosa, lo había hecho a propósito. Con un suspiro que ni siquiera sabía que estuviese reteniendo, Nami se dejó. Ella se dejó llevar por fin por aquella intensidad que la sobrecogía. Casi escuchó un fuerte chasquido, como si alguien hubiese roto la cadena que la había mantenido presa y anclada, liberándola del cautiverio al que había estado sometida.

Como quien no quiere la cosa, y sosteniéndole la mirada con ojos velados, se meció contra él, consiguiendo que de la garganta del joven de cabellos negros escapase cierto gemido involuntario y estrangulado. Sintiéndose osada, volvió a repetirlo, provocando que él se incorporase de golpe hasta quedar sentado y clavar fuertemente los dedos contra sus caderas.

Él pareció buscar algo en ella con ojos ávidos. —Nami… —musitó, como si algo le estuviese absorbiendo la fuerza e intentara advertirla de algo.

Pero ella hizo caso omiso a las apelaciones de su capitán. Puede que el fuese egoísta, pero ella no era obediente. Volvió a presionarse contra él, empezando a sentir como él despertaba de su letargo, enviándola un potente ramalazo de placer. Se vio obligada a morderse el labio inferior, intentando no ponerse a gemir. Empezaba a sentir su dureza contra ella, incitándola cada vez más y más a perderse entre los latigazos de placer.

Él siguió mirándola mecerse, como si hubiese perdido toda voluntad de razonamiento, observándola como si fuese algo absolutamente misterioso y fascinante. Empezando a faltarle el aire y volviéndole errática la respiración. Zoro tenía razón: ella tenía parte de bruja. Tenía que tenerla, porque ¿cómo era ella capaz sino de embrujarlo de tal manera? Él se dejaría ser auténtica arcilla entre sus manos. Porque lo necesitaba de manera cruda y descarnada. Necesitaba que ella le amasara y dibujara a placer, al igual que hacía con sus mapas. La dejaría trazar cualquier ruta que ella deseara sobre él, que él la seguiría sin atisbo de vacilación y navegaría hasta el mismísimo infierno si ella así lo quería.

Ella volvió a balancearse contra él, como si estuviera siendo poseída por algo sobrenatural, moviendo las caderas contra él. Luffy no pudo evitar un siseo desesperado. Jamás en su vida había sentido nada parecido. Como si algo lo estuviese arañando por dentro sin piedad, marcándolo con fuego líquido. —Oh, joder… —sospechaba que la presión que estaban ejerciendo sus dedos clavados en las caderas de ella le dejarían marcas por la mañana—. Nami —la llamó, sintiéndose desesperado—, Nami, por favor. —murmuró consumido, como si le estuviesen triturando y moliendo todos los huesos del cuerpo—. Por favor, déjame verte.

Pero haciendo oídos sordos, la navegante volvió a presionarse contra él, sin parar un momento de balancearse y dejando por fin escapar un suave gemido, al igual que si se lo hubieran arrancado de lo más profundo de las entrañas. Y Luffy pensó que explotaría allí mismo. Con la urgencia mordiéndole sin piedad el vientre, cogió el vestido y tiró hacia arriba, sacándoselo por la cabeza y quitándolo de en medio de cualquier manera.

Tragó en seco, cuando tuvo ante su rostro el pecho descubierto de Nami, con senos turgentes y rosados. Y supo que no había visto nada más tentador en toda su puñetera vida. Ella únicamente había quedado en ropa interior, y no parecía importarle en lo más mínimo, como si le fuera la vida en ello el seguir balanceándose contra él. Sin pensarlo siquiera, Luffy se deshizo rápidamente de su propia camisa, así como de la camiseta, y se abrazó contra ella, hundiendo el rostro en su pecho. E hizo un esfuerzo absolutamente titánico.

—Nami… ¡Nami tienes que decirme! —ordenó con impetuosidad y con necesitado coraje.

Él lo había sabido. Tan hondo y profundo que era un idiota por haber osado siquiera a dudar de ello o no haberse dado cuenta antes. Entre otras muchas cosas, ella era su navegante y, por supuesto, también necesitaba que le guiara en esto, porque si bien era cierto que intuía lo que vendría a continuación, no tenia mucha idea de cómo acometerlo. Si se suponía que tenía que sentir vergüenza o bochorno porque al ser un chico debía saberlo, sencillamente no lo sintió. Ella era su mujer ¿por qué demonios iba a tener que avergonzarse de que ella le guiase?

Ella pareció despertar de un profundo sueño, pero siguió mirándole medio hipnotizada y con ojos velados. Con suavidad, dejó caer su rostro sobre él, como si toda ella flotara por la habitación. Sintió la boca de ella mecerse contra la suya, jugueteando con sus labios, y enviándole potentes escalofríos por todo el cuerpo. De acuerdo, ella había ganado por goleada. Había ido de listo -cuando en ocasiones su inteligencia brillaba por su ausencia- y se había terminado dando de bruces. Sería capaz de hacer lo que ella quisiera, pero por dios necesitaba desesperadamente que ella se apiadara de él. Fue cuando él cayó en la cuenta de que ella también era una maldita egoísta.

Ella se arqueó ligeramente hacia atrás, como si se le estuviese ofreciendo voluntariamente. —¿Qué quiere mi capitán? —susurró con voz de sirena.

Él ni siquiera se lo pensó. —Todo. —deseó desquiciado.

Ella le miró por entre sus cabellos anaranjados, quitándole de golpe el aliento. Durante un instante, el joven con poderes de goma juró que un potente estruendo de tambores le retumbó contra sus oídos. —Entonces… todo tendrás. —prometió ella en un susurro.

Tras un momento, ella se había incorporado lo suficiente como para despojarse de toda ropa y él aprovechó para terminar de desvestirse a si mismo. Si hubiese hecho falta, hubiese sido capaz de activar la segunda marcha solo para quitarse el resto de ropa. Cuando quiso darse cuenta, ella había vuelto a sentarse desnuda contra su regazo, sintiéndola por fin en todo su esplendor contra él. Jadeó de manera ahogada en el mismo instante en que su humedad se rozó contra su dureza. Y tuvo que volver a clavarle los dedos en las caderas, no por la idea de que ella pudiese escapar de él -él jamás permitiría algo así otra vez-, sino porque sintió la fuerte necesidad de agarrarse a algo antes de perder por completo la cordura. Porque sintió su alma hacerse jirones, preparada para que ella volviera a recomponerle.

Y fue cuando sintió el calor.

Aquella potente calidez envolviéndolo, comprimiéndolo y arrancándole un profundo gemido desgarrador. En como después de unos segundos de tensa pausa, ella pareció volver a la carga para moverse de nuevo ahora sobre él. Con aquel ritmo desquiciantemente lento y estremecedor. Y sintió la cabeza darle vueltas y vueltas, con aquel imperioso fuego consumiéndolo todo a su paso, sintiéndose víctima de un incendio aterrador. Dejándose llevar por sus instintos primarios, sintiendo la tiránica necesidad de empujarse contra ella, sumándose al propio vaivén. Una y otra vez, una y otra vez, al igual que si le fuese la vida en ello. Con aquella humedad arrasándole por completo, haciéndoles gemir sin control. Sintiéndose capaz de beberse su vida en suspiros. No podía imaginarse compartiendo aquello con alguien mas que no fuera ella. Ella ya no podía dejarle, el jamás lo consentiría, porque ahora no sabía dónde empezaba él o donde terminaría ella.

A causa del simple pensamiento de que ella pudiera desaparecer, la abrazó con fuerza, forzando al balanceo a tomar más velocidad. Necesitaba estar mas profundo. Necesitaba desesperadamente llegarle hasta los mismísimos huesos, al igual que ella le había llegado a él. Porque iba a dejarla tal marca que jamás volvería a dudar de lo que compartían. Ella era suya y no había discusión posible al respecto. Empezó a notar como el cuerpo, inevitablemente, empezaba a ser víctima de una tensión difícil de soportar. Al igual que si estuvieran tirando y tirando de él, como si estuviesen poniendo a prueba su elasticidad. En como ella a esas alturas había empezado a gemir sin control alguno, al igual que él, y había dejado su cabeza apoyada contra su hombro. Con su melena anaranjada cayendo sobre él como una cascada. Con el vientre encogiéndosele y sintiendo su sentido común hacerse pedazos. Con la imperiosa necesidad de probarla, hundió la boca en uno de sus pechos y mordió fuerte, provocando que ella jadease de placer en su oído con fuerza.

Y siguió hundiéndose en ella como sino hubiese un mañana. Totalmente despojado de conciencia o sentido común. Después de que ella consiguiera comprimirle hasta límites insospechables, fue cuando ella pareció romperse sobre él tras un potente gemido gutural. Y fue entonces cuando él también se rompió, con un gemido desgarrador que logró reverberar en su pecho.

Tras unos momentos de silencio compartido, boqueó, intentando recuperar el aire y sintiéndose deshuesado. Nami parecía también haber sido reducida a un montón de cenizas, aun sentada sobre él, y peleando por recuperar el aliento al igual que él.

Aun jadeando, inclinó la cabeza para mirarla. Tenía los mechones de su flequillo pegados por la frente, producto tanto del sudor, como de la excitación. Aun con su cabeza sobre su hombro, pudo jurar que en su vida había contemplado nada mas arrebatador que ella en aquel instante.

Jamás había experimentado algo así. No le extrañaba que Brook o Sanji estuviesen tan ansiosos por captar la atención de ciertas damas portuarias. Él ahora mismo no se veía capaz de sobrevivir sin eso. Siempre y cuando fuese con Nami, por supuesto. Era cierto que aquel aspecto, al menos hasta ella, nunca había llamado su atención. Pero ahora, inevitablemente, había llegado a la conclusión de que había sido un completo gilipollas. De haberlo sabido antes, se habría metido entre las piernas de Nami hace años. En el mismo momento en que hubiese sospechado lo que se estaba fraguando entre ellos dos.

—Ala… —que le perdonaran, pero las palabras nunca habían sido su fuerte. Sentía el cerebro tan en pedazos, que no se veía capaz de hilar una frase con coherencia hasta, probablemente, dentro de un buen rato. La fresca y suave risa de Nami inundó sus oídos, al igual que el sonido de las olas del mar.

—No ha estado mal, no. —coincidió jocosa.

Él no pudo evitar fruncir el ceño. —¿Mal? —cuestionó, con algo de orgullo varonil herido. El era de goma y un tanto inconsciente y despistado, pero también era un chico.

Ella volvió a reírse suavemente contra él, y le abrazó la cabeza. Luffy se dejó abrazar sin ofrecer ningún tipo de resistencia, dejando que ella le acunara.

Nada mal. —musitó ladina contra su oído.

El ceño fruncido de él desapareció de manera instantánea, y esbozó una especie de sonrisa estúpida sin poder evitarla. Aun teniéndola abrazada por la cintura, la estrechó un poco más entre sus brazos.

—Nada mal. —coincidió él.

Y ambos dispuestos, finalmente, a dejarse llevar al mundo de Morfeo.

·

•••

·

La joven suspiró, después de ver como aquel barco empezaba a hacerse más pequeño a medida que se alejaba y adentraba en alta mar. Había subido hasta lo alto de la colina, únicamente con la intención de presenciar su partida, hasta que se perdiera de vista. El clima era bueno, de modo que les había augurado una buena travesía.

Aun notando el nudo en la garganta, sintió, no sin asombro, una presencia tranquila tras ella. Una parte de sí misma -una lóbrega e inquietante- no pudo evitar que el enfado le reptase por las entrañas, cual víbora venenosa.

—¿Por fin te has dignado a aparecerte en mi presencia? —murmuró mordaz, sin poder evitarlo.

Un suspiró pareció escapar de quien estuviese tras ella. Tras unos momentos de silencio, la joven finalmente giró sobre sí misma, únicamente para tropezarse con lo que parecía ser el perfil de una mujer bastante entrada en años.

—Mi nieta seguía esperando a que la hablara. —conjeturó, no sin jocosidad—. Debería haber aprendido ya. —aleccionó con soltura—. No he venido antes, precisamente porque seguías esperándome, Naru.

La joven resopló con fuerza, exasperada ante las palabras que su abuela era capaz de dirigirle después de cinco largos años. —Ahórrate las monsergas, abuela.

La anciana arqueó las cejas, sin sorprenderse lo más mínimo por el estallido de su nieta. —Entiendo que sigas enfadada, Naru. —intentó apaciguarla.

Pero su nieta empezó a mirarle con ojos brillantes y acuosos. —No te atrevas a intentar calmarme. —dio un paso al frente—. Debiste esperarme. —siseó entre dientes.

Su abuela frunció gravemente el ceño. —¿Pretendías que esperara a que mi nieta llegara, solo para que tuviese que contemplar cómo exhalaba mi último aliento? —cuestionó airada, sin esperar realmente una respuesta—. No, querida. Debiste intuir que jamás lo hubiese permitido.

Ella explotó en lágrimas. —¡Aun así! —estalló a voz en grito— ¡debiste esperarme, abuela! ¡pero decidiste morir sola!

Su abuela inspiró profundamente, viendo con auténtica pena las lágrimas y el arrebato de su nieta. —Tienes que aprender la lección mas importante de todas, Naru. —su nieta la miró impotente—. Todos vivimos y morimos en algún momento. Ni más, ni menos. Lo verdaderamente importante, es lo que hemos hecho durante el tiempo que se nos ha otorgado.

La mujer se acercó hasta su nieta y acunó su rostro entre sus manos. La joven de melena castaña la miró con ojos tristes y derrotados. —Te echo de menos, abuela. —admitió con el corazón roto.

—Oh cariño, yo siempre estaré con vosotras. No has de temer. —intentó consolarla.

Naru miró a su abuela entre lágrimas. —Ella es la hija de la tía Shio ¿verdad? —su abuela le sostuvo la mirada, muda de golpe—. Es la hija de la hermana pequeña de mamá. Ella es mi prima… —miró a la anciana con intensidad— y también tu nieta. Es tu nieta pequeña.

Su abuela se mantuvo en silencio unos segundos. Y terminó cerrando los ojos y suspirando con profundidad.

—¿Cómo lo has sabido?

Naru soltó una risa irónica y medio estrangulada. —Imagínate mi cara de sorpresa cuando Aiko me ha pedido que le regalara a la tía Nami una pulsera de conchas de mar que había hecho, para que la protegiese en su viaje. —la anciana miró atónita a su nieta—. Tu bisnieta es igual de extravagante e intuitiva que tú. —admitió estupefacta—. Además —continuó, sin darle oportunidad a decir nada—, es un calco de la tía Shio. —finalizó con amargura—. ¿Le has dicho…? —preguntó a la anciana con suavidad.

La mujer se limitó a negar con la cabeza. —No. —reconoció apesadumbrada—. Solo hubiese conseguido provocarle más dolor. Además, su destino no está aquí. —reconoció con tristeza—. Sin embargo… —dudó por un segundo—, creo que, en el fondo, ella ha empezado a comprender.

Naru dejó caer la vista, con un odioso regusto amargo en la boca. —Todo esto ha sido obra vuestra ¿verdad? —intuyó con acritud.

Su abuela miró como el pequeño barquito surcaba las olas con destreza. —No solo nuestra. —admitió—. El espíritu de Shio fue quien la incitó a seguir la procesión hasta el lago. —Naru volvió a mirar a su abuela consternada—. No solo los vivos atienden a esta festividad, te lo he dicho muchas veces Naru. Delgada línea separa este mundo del otro. Solo depende de los ojos con los que se mire. Resguardé mis dudas hasta que vi como ella se lanzaba a perseguir lo que ella pensó que era ella misma. No era a ella misma a quien vio entre la multitud.

Naru suspiró, agotada de repente. —La tía Shio era poderosa en sus visiones. Mucho más que mamá. —aseguró, mirando a su abuela—. Ella no parece haber heredado el don, al igual que yo.

Su abuela negó, coincidiendo con ella. —No. Pareciera que ella también tuviese nuestra capacidad de predecir el clima. Sin embargo… no sería del todo exacto. Creo que… —los ojos le brillaron— sería capaz de controlarlo.

Naru boqueó, petrificada. ¿¡Controlarlo!? No conocía de nadie en la familia que hubiese sido capaz. —Ella no lo sabe… —dedujo en un murmullo.

La anciana volvió a negar, coincidiendo con su nieta más mayor. —Ella no lo ha intentado. —volvió a mirar al mar, contemplando como el barquito empezaba a perderse en la lejanía—. Shio vio algo en sus visiones que la empujó a salir al mar. Algo estuvo llamándola profundamente durante años. Sencillamente, ella supo que su destino no estaba aquí, y yo supe que algo terrible había ocurrido tras no volver a saber de mi hija pequeña. Los fuegos fatuos fueron los que me lo terminaron confirmando. —finalizó con un extraño matiz de desconsuelo envolviéndola.

—Lo siento mucho, abuela. —musitó Naru.

Sin embargo, tras unos segundos la mirada de la anciana mujer recuperó la conocida entereza. —No lo sientas, Naru. Me siento tremendamente afortunada por haber podido ver y conocer a mi nieta más pequeña. Es toda una joven fuerte y hábil, al igual que tú. Y ha sabido encontrar su destino. Ahora solo nos queda esperar.

Naru contempló a su abuela casi asustada. —¿Esperar?

Saiko esbozó una sonrisa que le puso a la chica los pelos de punta. —Ni siquiera yo osaría a atisbar en un destino tan grande como lo es el suyo.

·

•••

·

Nami contempló como empezaban a distanciarse de la isla. En el último momento, un impulso irracional la había instado a salir corriendo hasta casi llegar al mismo espolón, para contemplar lo alto de la colina desde la barandilla de madera mientras el Sunny tomaba distancia.

Tras unos minutos, y con la isla empequeñeciendo cada vez mas ante sus ojos, sintió como sus ojos inexplicablemente se tornaron acuosos. Fue cuando sintió la silenciosa presencia a su lado, buscando tranquilizarla por el motivo que fuese. Giró el rostro, solo para encontrarse con el de Luffy, que la observaba con intensa inquietud.

—No sé por qué, pero —las lágrimas habían comenzado a caer silenciosas por las mejillas de Nami, al tiempo que contemplaba como se distanciaban de la isla y empezaba a contemplarla a lo lejos—, siento el corazón roto por marcharnos y dejar esta isla. —reconoció en un murmullo.

Luffy la miró prácticamente sin pestañear. —Volveremos.

Ella lo miró, emocionada y con ojos brillantes. —¿Prometes? —su voz surgió con una pequeña entonación esperanzada.

Él ni siquiera dudó por un segundo. —Te doy mi palabra.

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¿…FIN?

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N/A: y aquí ando yo, toda emocionada y evitando lagrimear como una mocosa.

No puedo creer que finalmente este aquí. Justo un año después tras empezar esta loca aventura. Estoy tan, pero tan orgullosa de esta historia; de cómo ha fluido, de la construcción del trasfondo, de la interacción de todos y cada uno de los personajes que han intervenido en ella... Es que no tengo palabras para describir como me siento ahora mismo.

Y si, me he metido de lleno en darle a Nami un pasado. Porque mi ser me lo pedía, y además me pedía algo que estuviese a la altura. Es un tema que, salvo error por mi parte, ninguna otra historia ha hecho algo así, de modo que aquí estoy yo. Supongo que le he dado al personaje de Nami mi propia vuelta de tuerca, y creo que ha quedado colosal. Sé que podría haber profundizado más en todo ello, pero creo que con haber tocado la primera capa era más que suficiente, al menos, para la primera parte de la historia, que es ésta.

Si, soy consciente de lo que he dicho. Desde su concepción, esta historia estaba planteada para una posible segunda parte. Reconozco que mi mente ha coqueteado con la continuación, pero aun es algo muy muy abstracto y definitivamente se encuentra en pañales, por lo que en este momento no puedo asegurar nada. Supongo que el tiempo lo dirá. Si mi mente termina de pincelar y dibujar todo lo que me gustaría para la segunda parte, puede que llegue el momento de plasmarla. No obstante, puede que tuviesen que ir peleas incluidas y soy nefasta para plasmar las luchas, así que soy consciente de mis limitaciones, y para escribir algo que no creo que esté a la altura de publicarlo, no lo haré. Detesto un trabajo mal hecho.

Sé que me dejo muchas cosas que decir en el tintero (recuerdo que con cualquier duda que os hayáis quedado, por favor, comentad y os responderé con lo que necesitéis), pero son tantas que me he centrado en las más importantes.

También sé que me vais a preguntar por un posible epílogo. Bueno, supongo que un epilogo dependerá de la recepción final que tenga la historia. Si me pedís insistentemente a través de los comentarios uno, pues no me quedará de otra que animarme con ello XD.

En fin, no voy a explayarme mucho más. Gracias. Gracias a todos y cada uno de vosotros que ha leído hasta aquí, haya dejado un comentario o no. A todos los que habéis marcado esta historia a favoritos, gracias.

Gracias de verdad.

Apreciaría enormemente recibir comentarios de todos vosotros, dejándome saber qué os ha parecido finalmente. De verdad que me encantaría.

En cualquier caso, y como siempre, me despediré por el momento con un '¿nos leeremos...?'