El primer día Parte 4
Entre sorprendida y triste, Luz exclamó:
—¿Clase del castigo? Pero esto no es posible, pensé qué...
—Sí, el salón de los castigos está en renovación. Mientras tanto, mantengo a todos los problemáticos lejos del inspector —interrumpió Bump, trazando un círculo con su índice derecho, lo que hizo que los uniformes de los mellizos volvieran a ser completamente grises—. Probarán una nueva clase el próximo año.
—Pero ya estaremos en el mundo de los humanos —protestó Luz mientras el director se retiraba.
—Tal vez lo hagan mejor con ellos —respondió Bump antes de que la puerta se cerrara tras él.
Luz se desplomó en la silla junto a Cristo, a punto de hablar, cuando sintió la suave pero firme mano de su hermano Luis tapándole la boca, interrumpiéndola.
—No se habla en horas de castigo, Lucinda —la susurró con un tono bajo pero firme—. ¿Que no leíste el pizarrón?
Luis señaló el gran "SHHHH" escrito en el pizarrón, que parecía gritar silencio en medio del bullicio del aula. Luego, al soltarla, Cristo extendió su mano derecha, colocándola frente a ellos. En la palma, unas palabras escritas con su mejor caligrafía decían:
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Tranquilos,
en cuanto el maestro se duerma,
todo mejorará.
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Después de leerlo, ambos hermanos lo miraron, y él les ofreció una cálida sonrisa.
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King y Queen se detuvieron frente a otro bote de basura.
—Después de ti, preciosa —dijo King.
—Ñaaa, no, no —replicó Queen—. Después de ti, mi amor.
El tono juguetón entre ellos parecía comenzar a tensarse.
—Por favor…
King la observó con ojos brillantes y traviesos. En un instante, se lanzó hacia su "reina" y, con sus pequeñas patas, la atrapó. Antes de que Queen pudiera reaccionar, él, con una fuerza inesperada, la levantó, y la lanzó al basurero.
—¡Insisto!
Pronto, King la siguió con un salto, aterrizando a su lado. Mientras ella se sacudía una cáscara de plátano de la cabeza con una expresión de indignación, él se distrajo al notar una caja de donas vacía y comenzó a lamer su interior con avidez. Queen, irritada, vio una calculadora a su derecha. La tomó con determinación y, cuando estaba a punto de golpear a su "rey" con ella, se escuchó una voz masculina que dijo:
—¡Basta! ¡Estoy cansado de que se coman las donas de los profesores! ¡Renuncio!
En ese instante, una corbata roja cayó sobre la cabeza de King. Él, al intentar quitársela desesperadamente, empezó a agitar el basurero, volcándolo por completo. La confusión los envolvió y, antes de que pudieran reaccionar, tanto King como Queen rodaron juntos hacia un salón de clases repleto de estudiantes.
King y Queen se levantaron tambaleantes, sacudiéndose la suciedad de encima. Al alzar la vista, sus ojos se posaron en el pizarrón, donde destacaba la frase "Me quedo callado" junto a un dibujo de una dona tachada. Intrigados, intercambiaron miradas antes de volverse lentamente hacia los estudiantes, que los observaban con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
—¿Eres el nuevo suplente? —preguntó un estudiante demonio de piel celeste, con un par de ojos verticales que parpadeaban curiosamente.
—¿Suplente? —replicó King, ofendido—. ¡Yo no suplanto a nadie!
—Ñaa, aunque tal vez alguien más te supla como mi rey —bromeó Queen, sosteniendo aún la calculadora en sus manos.
King le lanzó una mirada fulminante.
—¡Repite eso!
—Mira su corbata, luce profesional —susurró un demonio de piel verde, colmillos afilados y cabello rasta que parecía una colección de dedos con garras, a una bruja demonio con forma de media luna—. Debe serlo.
Indignado, King saltó sobre la mesa y, señalando al demonio con su índice zurdo, lo regañó:
—¡Silencio colmillos! ¡Tu no sabes nada de esto!
—¡Oh, sí señor! —exclamó el joven demonio verde, alzando las manos y haciendo una reverencia exagerada sobre su mesa—. ¡Perdón, señor!
—¿Obediencia? —reflexionó King, rascándose la barbilla—. Bueno, ¿qué es un maestro sino una figura de autoridad?
—Ñaaa, ¿un rey de pubertos? —se burló Queen—. Sigue hundiéndote.
King bajó de la mesa y se acercó a ella, susurrando molesto:
—¡Trágate esa calculadora!
Acto seguido, se volvió hacia los estudiantes, recuperando su compostura y exclamando con determinación:
—¡Sí! Soy su maestro. Deben llamarme Señor King.
Un estudiante, que parecía ser un demonio murciélago, levantó la mano derecha.
—Disculpe, señor King.
—¿Sí? —respondió King, sin darse cuenta de que Queen se acercaba sigilosamente por detrás, levantando la calculadora con la clara intención de golpearle en la cabeza.
El estudiante señaló hacia Queen con su dedo índice.
—¿Por qué trajo a su esposa?
—Ñaa, ya quisiera él que lo fuera —se burló Queen, bajando la calculadora con una expresión traviesa.
King suspiró con indiferencia.
—Parece que hay una confusión —dijo, sin darle mayor importancia—. La señorita Queen y yo solo mantenemos una relación estrictamente profesional. Es decir, no es mi esposa, sino mi asistente personal.
Queen levantó nuevamente la calculadora y, con un movimiento ágil, impactó con fuerza la cabeza de King. El cuerno de King atravesó la calculadora, quedando atrapada en él.
King se sacudió, mirándola con una mezcla de sorpresa y molestia en sus ojos.
—Ñaa, lo siento, señor King —dijo Queen con un tono dulcemente divertido, encogiéndose de hombros—. Pero era una "Calculadora de Daños".
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Amity limpiaba los barrotes de una ventana del salón de castigo, sus movimientos metódicos mientras su mente vagaba. De vez en cuando, miraba afuera, observando cómo el viento agitaba las hojas de los árboles. Entonces, divisó a Willow y Gus caminando cerca, discutiendo algo con evidente confusión.
—¿Qué les habrá pasado? —preguntó Gus—. No los vimos en ninguna clase hoy.
Amity sonrió para sí misma, conteniendo una risita ante la curiosidad de sus amigos. Se inclinó hacia los barrotes y, en un tono bajo pero claro, dijo:
—Psst, Baby-lónica, Gus-anito.
Willow y Gus se detuvieron en seco, sorprendidos. Amity, con una sonrisa cómplice, agregó:
—La respuesta a su pregunta está aquí dentro. Vean por ustedes mismos.
Willow y Gus intercambiaron miradas confusas antes de acercarse. A través de la ventana, vieron a Luz apoyada de mentón sobre la mesa, con una expresión decaída, mientras Luis miraba distraído al techo.
—Al igual que al chico de los milagros y a mí, el dire B los asignó a la clase del castigo por alguna razón.
—¿La clase del castigo? —exclamó Willow, indignada—. ¡No pueden hacer nada allí!
—Debemos sacarlos, cueste lo que cueste —dijo Gus con firmeza—. Vivos o muertos.
Willow lo miró con los ojos entrecerrados.
—Augustus...
—Oh, es cierto —Gus le lanzó una mirada traviesa—. Aún no has respondido a la invitación del chico nuevo.
—¡¿Invitación?!
Para consternación de Willow, Amity asomó la cabeza entre los barrotes, sus ojos brillando con estrellas y corazones, llenos de emoción y curiosidad.
—¿Tikbalang está interesado en ti, Baby-lónica? ¡¿Qué le vas a decir?!
—Debemos irnos.
Amity no pudo evitar soltar una risa suave, cubriendo su boca con la mano derecha, mientras observaba cómo Willow, tan roja como un tomate, prácticamente arrastraba a Gus fuera del lugar.
—Manoplas —murmuró Cristo, dándole unos ligeros golpecitos en el hombro derecho con su dedo índice, intentando llamar su atención sin hacer ruido.
Amity giró para mirarlo, y su primo le señaló disimuladamente con el pulgar izquierdo hacia el profesor, quien había caído dormido en su silla.
—Ya es hora —dijo Cristo con una media sonrisa.
—¡Yay! —exclamó Amity en un susurro emocionado, sus ojos brillando con entusiasmo.
Acto seguido, levantó su dedo índice derecho y lo giró suavemente, invocando un hechizo. En un instante, unas orejeras hechas de baba de abominable surgieron de la nada y se posaron sobre las orejas del maestro dormido, quien murmuró un poco en su sueño, pero permaneció ajeno a lo que sucedía a su alrededor.
—¿Qué tienen planeado? —preguntó Luz, observando cómo Amity y Cristo se acercaban a la pizarra.
La bruja de cabello púrpura soltó una risita traviesa.
—Acérquense y averíguenlo —les sugirió con dulzura.
Los hermanos Noceda se miraron entre sí, compartiendo una mezcla de curiosidad y emoción. Con pasos cautelosos, se acercaron a la pizarra, donde Cristo había comenzado a dibujar un elaborado cuadro.
—Muy pronto lo sabrán —les aseguró el joven brujo, trazando una cerradura en el centro del dibujo, que parecía prometer un misterio por descubrir.
Presionó la cerradura y la frotó con la tiza. De repente, las líneas del dibujo comenzaron a brillar intensamente, abriéndose como una puerta mágica. Al otro lado, se reveló un pasillo, al final del cual se podía distinguir una puerta con la inscripción "Prohibido el paso", iluminada por luces colgantes que titilaban suavemente.
—Los invitados primero —dijo Amity con cortesía.
—Pasen, están en su casa —agregó Cristo, sonriendo.
Luz echó un vistazo al maestro dormido, quien se removía ligeramente, antes de atravesar la pizarra, seguida de su hermano, y el par de jóvenes brujos.
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Una vez dentro, Luis preguntó:
—¿Qué es exactamente este lugar?
—El escondite de las ratas, un lugar donde los secretos se susurran y las sombras juegan a esconderse —respondió Amity, comenzando a moverse con gracia, como si estuviera danzando ballet, realizando saltos, vueltas y poses elegantes, para la diversión de Luz.
Cristo cerró la puerta tras él y añadió con un aire enigmático:
—El limbo de Hexside, un espacio intermedio que invita tanto a la introspección como a la desorientación.
—El nido de amor, donde solo existe el calor compartido de dos corazones latiendo al unísono —continuó Amity, avanzando hacia la puerta con un saltito travieso, como un conejo juguetón.
Esa frase captó de inmediato la atención de Luis, como si cada palabra hubiera resonado profundamente en su mente.
—El cuarto de pánico, donde el miedo coexiste con el coraje —dijo Cristo, siguiéndola mientras guiaba a los mellizos que lo acompañaban—. Por aquí, por favor.
Finalmente, al llegar, Cristo abrió la puerta y reveló una habitación surrealista. Las puertas y ventanas estaban alineadas de manera caótica, desde el suelo hasta el techo, y un camino en espiral serpenteaba por el espacio.
—¡La habitación secreta de atajos! —exclamaron Amity y Cristo al unísono.
—Wow... —murmuró Luz, fascinada mientras sus ojos recorrían cada detalle del extraño lugar.
—Acogedor, ¿verdad? —dijo Amity con una sonrisa, impulsándose con un salto hacia el centro de la sala. En el aire, sus botas y calcetines quedaron atrás, cayendo junto a la entrada mientras aterrizaba descalza, con sus pies perfectamente alineados y las uñas pintadas de negro brillante—. El escondite perfecto para esperar a sus héroes.
—¿Héroes? —preguntó Luis
Amity se dejó caer en el suelo con un suave susurro, sonriendo mientras se acomodaba.
—Sipirirín-tribilín —afirmó.
Con los pies descalzos extendidos, comenzó a revisar su esmalte de uñas, moviendo los dedos juguetonamente.
—Mientras hacía brillar-trillar y relucir-conducir las ventanas del salón-pantalón de castigo-abrigo, me encontré con la Baby-lónica-irónica y al Gus-sanito-bananito, quienes me dijeron, con mucha emoción-explosión, que están súpy-dúpy listos para venir a su rescate-alicate! Así que, ¡no se preocupen-escupen. Van a estar-restar aquí en un plis-plas, señor San Blas.
Luz miró a su hermano con entusiasmo.
—¡Perfecto! Así podremos hablar con Bump.
Sacó el amuleto de media luna de debajo de su uniforme.
—Y el inspector no nos verá si usamos esto.
—¡YAAAY! ¡AÚN LO TIENES! —exclamó Amity con un brillo en los ojos. Como un rayo, se levantó de un salto, corrió hacia Luz y la abrazó con efusividad, apoyando su mejilla derecha contra la de ella, frotándola con cariño—. Aww, debes quererme mucho, amigui.
De pronto, Luz frunció la nariz. Un olor extraño invadió su olfato, y su expresión se torció en una mueca de asco. Con delicadeza, empujó a Amity para alejarla un poco.
—Con esa peste, no puedo evitar preguntarme si te hiciste encima.
—Oh —dijo Amity, mirando distraídamente hacia sus pies descalzos—. Debe ser el estiércol de sapo toro que unto en mis piecitos. ¡Es un remedio excelente-tridente contra la piel seca, los callos y los hongos-bongos! ¿Quieres tocar?
Levantó su pie derecho y lo puso justo en frente de la cara de una horrorizada Luz, quien dio un paso atrás con la expresión de puro asco.
—Es suave-jarabe —agregó Amity, agitando los dedos de su pie con orgullo.
—Te doy diez caracoles si lo lames —le susurró Luz a su hermano con una sonrisa maliciosa, señalando con su pulgar izquierdo el pie de Amity.
—Veinte, si haces lo mismo con su... —comenzó a responder Luis, con indiferencia.
—Y...
Pero Amity lo interrumpió, acercándose para examinarlo de cerca con curiosidad y una enigmática sonrisa.
—Parece que la Baby-lónica Willow tiene un nuevo admirador —comentó con picardía.
—Así que de eso se trataba la nota que le diste —dijo Luz, divertida, dando un pequeño codazo a su hermano.
—¿Una nota?
Amity arqueó una ceja, cambiando de repente a una expresión compasiva.
—Uuuuy... Pues elegiste un pésimo momento para eso, mi pequeño poni —dijo con tono casi de lamento—. Porque justo ayer, la pobre rompió con su último novio y...
—Es difícil decidir qué me ahoga más —interrumpió Luis, con una indiferencia que bordeaba el hastío—. Sus chinwenwenchías o llevar dos máscaras.
Cristo, con un toque de nerviosismo en su voz, le respondió:
—Uhm... ¿Y por qué no se las quita, Señor Psicópata humano de los ojos rojos? Aquí está a salvo.
Luz lanzó una sonrisa de falsa sospecha hacia Amity.
—No me sorprendería que el "chico de los milagros" supiera eso gracias a ti, Manoplas, pero... ¿Cómo sé que no planea expulsarlo al abismo o arrojarlo al lago de fuego?
Amity, sin perder su aire adorable, respondió con una voz dulce:
—Porque mi mami dice que su aura es cálida y suave, como la piel desnuda bajo las sábanas de seda.
Cristo, aún con algo de timidez, añadió:
—Y solo el todopoderoso Titán puede juzgar a las almas corruptas.
Luis se encogió de hombros, restándole importancia.
—Me sirve.
Con un gesto lento, se quitó la máscara de cráneo de caballo, seguida de la máscara de piel falsa, revelando su juvenil rostro.
—Papacito chulo —bromeó Luz, pestañeando de forma exagerada.
Amity no se quedó atrás y, siguiendo el juego, silbó de manera sugerente, poniéndose una mano en la frente con una expresión de fascinación teatral.
—Guapo plebeyo rebelde, tú sí puedes violar mis decretos reales.
Luis negó con la cabeza, y se hizo a un lado entre las risas juguetonas de las chicas.
—Lo siento, ninguna de ustedes es mi tipo.
Pronto, Luz comenzó a explorar el lugar con entusiasmo.
—¡Villana Lucy! ¡Cómo amo las habitaciones secretas! ¿Hacia dónde llevan las puertas?
Luis la seguía de cerca, curioso pero más cauteloso. Al llegar a una puerta de madera marrón adornada con detalles dorados, Luz no dudó en abrirla. Al otro lado, un pasillo de la escuela Hexside se desplegaba ante ellos.
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Satan Clawthorne permanecía apoyado contra un pilar, observando con su habitual tranquilidad mientras sus acompañantes brujas charlaban alegremente.
Medusa, con una sonrisa que parecía contener secretos antiguos, jugueteaba con una de las serpientes que emergían de su cabello. La serpiente se deslizaba con lentitud, como una sombra viva, enroscándose en su brazo derecho, fusionándose con su esencia de manera casi natural. Por su parte, Boscha lanzaba miradas cómplices a su novio, sus ojos brillando con una mezcla de travesura y satisfacción.
—Oye, Amor ¿Escuchaste sobre la "fiesta sodomita" en la clase de bardos?
Medusa soltó una risa ahogada mientras sus serpientes se agitaban inquietas, como si compartieran la diversión.
—Al parecer —empezó a decír, exagerando el suspenso—. Uno de los bardosss, el chico nuevo, Tikbalang, o como ssse llame, organizó un caosss. Hubo músssica tan sssalvaje que todosss, bueno, sssolo digamosss que liberaron a sssusss bessstiasss interioresss.
Satan soltó una carcajada.
—A ver si la próxima invitan.
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Luz cerró la puerta con un golpe suave, pero su mirada de reproche cayó sobre su hermano de inmediato.
—Ahora no sé si darte un palón o botarme de risa, mi pana —murmuró, cruzándose de brazos.
—Esto se conecta con diferentes partes de la escuela —explicó Cristo.
—Lo descubrimos gracias a la tía Peso Pluma, quien fue parte de las Tres Angustias —interrumpió Amity, ajeno a la tensión entre los gemelos.
Alzó la mano derecha hacia un cuadro que mostraba a las hermanas Clawthorne, una versión ampliada de la fotografía que Eda siempre guardaba, aunque esta no tenía la X roja que solía tachar el rostro de Lilith. Alrededor de la imagen, se extendían firmas de grafiti en diversas formas y colores: "Alador y Odalia por siempre" encerrado en un corazón, "Peso Pluma manda", "Nunca olvides a Cristo", y "Amity Princesas al poder", eran solo algunas de las frases que decoraban el mural.
Luis y Luz intercambiaron miradas, suspirando casi al mismo tiempo.
—¿Por qué no me sorprende? —dijeron al unísono, con tono resignado.
Cristo se acercó al cuadro con una reverencia teatral.
—Ellas construyeron este lugar —continuó—. Y comenzaron este muro problemático donde todos agregamos nuestros nombres en su honor.
—¡Este lugar es increíble! —exclamó Luz con una sonrisa desbordante de emoción, girando sobre sus talones para tomarlo todo a su alrededor.
—Y apuesto a que pueden meterse en muchos más problemas aquí —comentó Luis en tono seco, cruzado de brazos, mientras Cristo subía hacia la parte superior del cuarto con aire distraído.
—Ji ji, claro que sípi me hago pipi, amiguis —respondió Amity, soltando una risita juguetona, para luego guiñar un ojo.
—Pero también podemos hacer muchas más cosas —añadió Cristo, ya en lo alto, mientras abría una puerta gris en el segundo piso, revelando lo que parecía ser otra parte de la habitación.
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Los mellizos se acercaron, curiosos. Al asomarse, notaron que el ambiente al otro lado de la puerta parecía cambiar; era el aula de la clase de oráculos. En su centro, una maestra demonio, con cuernos de cabra y piel blanca, enseñaba a sus estudiantes. Su voz, pausada y enigmática, resonaba en el aire:
—Conocer el final de una vida es comenzar a descubrir su destino. Debemos llegar hasta él para saber la verdad.
—Eso fue... profundo —murmuró Luis.
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—Nos prohíben estudiar otros tipos de magia, pero Amity y yo lo hacemos en secreto —les explicó Cristo, tras cerrar la puerta.
En ese momento, Luz saltó desde el segundo piso con agilidad y aterrizó suavemente junto a Amity con una sonrisa curiosa iluminando su rostro.
—¿Realmente les gusta la escuela? —preguntó, mientras se dejaba caer al lado izquierdo de la jóven bruja de cabello rosa en el suelo, cruzando las piernas de manera relajada.
Amity, con una mezcla de diversión y melancolía en sus ojos dorados, bajó un poco la mirada mientras jugueteaba con un mechón de su pelo.
—Sí, a veces creo que tal vez nos gustó demasiado —admitió con una media sonrisa, su tono de voz insinuando una cierta nostalgia—. Hoy intenté hacer algo diferente... quise ver qué pasaba al mezclar la magia de abominación con plantas.
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[Escena retrospectiva]
Amity, con una sonrisa traviesa, se deslizó sigilosamente por la puerta entreabierta de la clase de plantas.
Con curiosidad, caminó hacia las macetas de la clase. Sus ojos brillaban con una idea ingeniosa.
—Solo un pequeño ajuste —murmuró, extendiendo su mano. Con su dedo índice, trazó un círculo mágico en el aire, sus labios murmurando un hechizo.
Una energía oscura pero sutil comenzó a brillar alrededor del círculo.
De las macetas, las plantas empezaron a moverse. Primero, solo temblaron, pero pronto las hojas se estiraron y comenzaron a transformarse. De sus tallos surgieron abominables, criaturas que combinaban lo peor de ambas especies: las extremidades robustas y viscosas de los abominables, entrelazadas con las bocas dentadas y los filosos tentáculos de plantas carnívoras. Los monstruos, llenos de vida, comenzaron a revolotear por la sala, chocando con escritorios, derramando pociones y enredándose con las plantas normales, causando un completo caos.
Amity, sorprendida y ligeramente emocionada por su propia creación, observaba a las criaturas.
—Bueno... esto fue más de lo que esperaba —se dijo con una sonrisa nerviosa.
Sin embargo, antes de que pudiera tomar medidas para controlarlos, un carraspeo severo resonó desde la puerta.
El corazón de Amity se detuvo al escuchar esa voz familiar.
—Señorita Blight —dijo el director Bump con su voz grave y firme, mientras se acercaba lentamente. Su rostro no mostraba enfado, pero sus ojos brillaban con una mezcla de cansancio y autoridad—. Parece que ha olvidalo la regla sobre la combinación de disciplinas mágicas.
Amity soltó una risa nerviosa entre dientes, mientras las criaturas seguían causando estragos a su alrededor.
[Fin de la escena retrospectiva]
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—El dire B no estubo emocionado.
—Y mezclar curación con tenencia de bestias fue muy poco convencional —admitió Cristo mientras se unía a las chicas, junto con Luis.
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[Escena retrospectiva]
Una joven bruja de cabello verde limón se retorcía sobre la mesa de madera, su piel cubierta de urticaria, con ronchas rojas que contrastaban vívidamente con su brillante melena.
Cristo, con una rápida mirada hacia el director Bump, que observaba desde la puerta del aula, avanzó hacia ella. Con una gracia casi mágica, extendió las manos hacia la joven bruja y comenzó a trazar círculos en el aire, creando patrones luminosos que danzaban a su alrededor.
Pronto, las ronchas comenzaron a desvanecerse, y la joven bruja embozó una sonrisa de alivio.
—Tu fe en el titán te ha salvado, linda —le dijo Cristo con una voz suave y tranquilizadora.
Luego, el joven brujo dibujó un círculo en el aire con su dedo índice izquierdo, cerrando los ojos mientras pronunciaba con firmeza:
—Magdalena, ven a mí.
De repente, un grifo emergió atravesando el pizarrón, como si el propio espacio se hubiera doblado para permitir su paso. La criatura aterrizó suavemente junto a Cristo, quién le acarició el pico con ternura. Y en un momento sorprendente, el grifo comenzó a rejurgitar paletas.
El director Bump sacudió la cabeza en señal de desaprobación.
[Fin de la escena retrospectiva]
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—Pero pude hacer una gran asistente.
—Qué alivio saber que no soy la única que desea estar en más de una clase —comentó Luz con alegría.
—Y eso también confirma que las prioridades del director son totalmente absurdas —agregó Luis, asintiendo.
—Y hablando de él, ¿por qué los envió aquí? —preguntó Amity, con curiosidad en sus ojos.
Luz se rascó la nuca con su mano derecha, apenada.
—A mí... Supongo que por intentar mezclar pociones con magia del oráculo —Luego, miró a su hermano con una sonrisa traviesa—. Y tú, chiwewencha?
Luis soltó un suspiro resignado.
—Diles tú. Yo me haré el tonto.
Luz les hizo un gesto con el índice derecho a Amity y a Cristo, instándolos a que se acercaran. Luego, les susurró algo que provocó que Amity estallara en carcajadas, mientras que Cristo se ponía verde y sus mejillas se inflaban. En un instante, convocó una bolsa de papel con magia y, antes de que pudiera contenerse, vomitó dentro de ella.
—Eso sonó como el último cumpleaños de mi mami —dijo Amity, limpiándose las lágrimas de risa con la manga izquierda.
—Oh, titán, perdónalos —agregó Cristo con voz débil, aún sufriendo las secuelas de las náuseas mientras hacía desaparecer la bolsa llena de su vómito—. No sabían lo que hacían.
—Ey, ¿no quieren agregar sus nombres al muro problemático? —ofreció Amity con entusiasmo, extendiéndoles un bolígrafo.
—Porque está claro que ya pertenecen a este "Club" —añadió Cristo, esbozando una pequeña sonrisa.
—¡Trae esa pluma! —exclamó Luz, emocionada, arrebatándole el bolígrafo antes de echar a correr hacia el cuadro de las hermanas Clawthorne. Allí, comenzó a escribir con fervor—. Un toque por aquí, otro por allá, y... ¡Acullá!
Cuando terminó, le extendió el bolígrafo a su hermano, quien había llegado junto a ella.
—Métete ahora, que es pa' ti, brody.
—Chicos, estamos aquí para sacarlos de esta horrible clase —dijo de repente Willow, su voz resonando en el aire.
—Lo dejamo pa' depué —respondió Luis a su hermana, con un tono casual.
Amity se puso de pie y, con una pirueta, se acercó a la puerta. Al llegar, la abrió y vio a Willow y Gus dentro del salón de castigo, ambos observando el entorno con curiosidad.
—Tal vez ya se fueron de aquí —sugirió Gus.
—Parece que Amity se nos adelantó —añadió Willow.
Amity soltó una risita traviesa mientras dibujaba un círculo mágico en el aire con su dedo índice izquierdo. De inmediato, las capuchas de Willow y Gus se deslizaron hacia adelante, cubriéndoles por completo los ojos, dejándolos temporalmente "ciegos". Ambos empezaron a forcejear, tropezando mientras intentaban quitárselas.
Con una sonrisa satisfecha, Amity giró hacia los mellizos, mientras a su espalda Willow y Gus seguían luchando contra sus capuchas.
—¿Listos para la huida, queridos? —les preguntó con sus ojos brillando con anticipación.
Los hermanos Noceda respondieron al unísono:
—¡Sí! / No
Luz giró hacia su hermano, frunciendo el ceño, desconcertada.
—¿Qué quieres decir con "no", Lucho?
Luis suspiró, tomándola suavemente de la mano derecha mientras la guiaba hacia la puerta.
—Quiero decir que yo me quedo...
Al llegar a la puerta, Amity dio un paso al lado, abriéndoles el paso. De repente, Luis, con un gesto decidido, la lanzó hacia afuera con un poco más de fuerza de la necesaria mientras exclamaba:
—¡Y tú te vas!
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—¡Waaaahaaajaaayyy! —gritó Luz mientras aterrizaba de cara contra el suelo del aula de castigo.
Molesta, se incorporó rápidamente, sacudiéndose y dirigiéndose de inmediato hacia la pizarra. Justo en ese momento, la puerta que había sido dibujada en el pizarrón se cerraba con un crujido.
—¿Pero ahora qué loquera e la tuya, Zafao?! —protestó, golpeando el pizarrón con su puño derecho.
—Voy a hacer un palé con ete par aquí —respondió la voz de Luis desde el otro lado, con un tono despreocupado—. Chao.
Luz apretó los dientes con frustración.
—Juro por Azura que...
Estaba a punto de seguir protestando, pero Willow y Gus, quienes ya se habían liberado de las capuchas embrujadas, se acercaron apresurados.
—¡Luz! —exclamó Willow—. ¿Esa era la voz de Tikbalang?
—¿Dónde está él? —añadió Gus con curiosidad—. ¿Y tú de dónde saliste?
Luz suspiró con resignación, pasándose una mano por el rostro.
—Lo aclararé todo más tarde. Primero, llévenme con el director Bump.
—¿Pero qué pasará si el inspector...? —comenzó a preguntar Willow, preocupada.
—¿Me ves preocupada por él? —la interrumpió Luz, moviendo el amuleto de media luna que colgaba de su cuello con su mano derecha, esbozando una sonrisa confiada.
—¡Andando! —dijo Gus, tomando la iniciativa.
Y los tres abandonaron el aula de castigo con prisa.
—Oye, Willow, Tikbalang me dijo que hueles a flor cadáver —soltó Luz.
—¿Qué? —exclamó Willow.
—¿Eso es un cumplido? —preguntó Gus.
