Un escape entre las ruinas del espejo Parte 5

Angmar observaba con fascinación las mariposas que revoloteaban a su alrededor, tan despreocupadas en medio de aquel bosque sombrío. Extendió una mano, intentando atrapar una, pero la mariposa se escapó en el último segundo.

—Lo sabía... Donde alguna vez ardieron las llamas del "Lumity", ahora solo queda... —empezó a decir.

Sin siquiera girarse, Lusine le lanzó una advertencia cortante.

—Si terminas esa frase, Angmar, te aseguro que esos insectos con los que estás jugando serán tu almuerzo de hoy, ¿de acuerdo?

Angmar se estremeció, soltando una risita nerviosa y bajando la mano.

—E-entendido —balbuceó, mirando las mariposas una última vez antes de seguir caminando en silencio.

Avanzaron un poco más hasta que llegaron a una zona del bosque donde el paisaje era aún más inquietante. Varios árboles se alzaban, envueltos en llamas y cubiertos con una sustancia amarilla, espesa y pegajosa que goteaba como lava. De pronto, un chorro de esa sustancia incandescente salió disparado hacia Bria, que no tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Cuidado!

Luis reaccionó con rapidez, empujando a Bria fuera del camino del chorro incandescente justo antes de que la sustancia la alcanzara. Ambos cayeron al suelo, pero estaban a salvo. Bria, con los ojos abiertos de par en par, miró a Luis mientras él le ofrecía una mano para ayudarla a levantarse.

—Gracias —dijo ella con una mezcla de alivio y admiración, y, antes de que él pudiera responder, se inclinó hacia él y le plantó un beso en los labios. Al separarse, añadió con una sonrisa radiante:— Mi héroe.

Luis se limitó a sonreír con cierta ironía y respondió:

—No te equivoques.

Desde un lado, Gus contemplaba la escena, atrapado entre el nerviosismo y un sentimiento de culpa que no dejaba de aumentar. Finalmente, desvió la mirada hacia el suelo y, en un susurro dirigido a sí mismo, dijo:

—Soy un amigo terrible... Willow no...

No pudo terminar su pensamiento, pues un grito agudo de Angmar cortó el aire.

—¡Abejas de fuego! —exclamó, señalando con el dedo hacia el cielo.

El aire se llenó de un zumbido ensordecedor, y todos echaron a correr, buscando cobertura tras unos árboles cercanos. Abejas llameantes volaban en enjambres, dejando tras de sí estelas de humo y chispas. Al alcanzarlos, las abejas dispararon sus aguijones, que se clavaron en los troncos de los árboles que los protegían, dejando una hilera de agujas humeantes incrustadas en la madera.

Gavin respiraba rápido, intentando controlar el miedo mientras miraba a su alrededor.

—Si alguien tiene un plan, ¡ahora sería un buen momento para compartirlo!

Con una sonrisa confiada, Katya alzó su mano izquierda y, con el dedo índice, comenzó a dibujar un círculo mágico en el aire mientras decía:

—Nada mejor que la música para calmar a las bestias demonio.

Del círculo emergió su guitarra eléctrica con forma de hacha, el metal brillando con un fulgor rojizo, como si estuviera forjado en las mismas llamas que rodeaban la zona. Al tomarla con ambas manos, tocó un acorde tan vibrante que las hojas chamuscadas temblaron y el zumbido de las abejas cesó por un instante.

Luis tragó saliva. El sonido de la guitarra penetró profundamente en su mente, como si desenterrara algo que preferiría olvidar. Un fragmento de una memoria que aún lo hacía estremecerse...

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[Escena retrospectiva]

En la residencia Noceda, Luis entró a la habitación que compartía con su hermana, vistiendo únicamente su ropa interior roja y con una toalla blanca enrollada sobre su cabello mojado. El leve resplandor de la luna apenas alcanzaba a iluminar el cuarto, y las sombras lo hicieron ignorar los ojos vivaces de Luz, que lo observaban desde la litera superior. Ella llevaba un pijama de verano ligero: una camiseta sin mangas gris claro y shorts índigo con estampado de estrellas, perfectos para la cálida noche. Su sonrisa traviesa delataba que algo tramaba.

Con las piernas colgando despreocupadamente desde la litera, Luz las balanceaba de un lado a otro, esperando el momento oportuno para actuar.

Luis dejó escapar un suspiro mientras se acercaba a su litera inferior. Se quitó la toalla y sacudió su cabello húmedo, despreocupado. De pronto, un sonido familiar rompió la calma: el clic del celular de Luz al desbloquearse.

Desde su posición, Luz encendió la pantalla y, con un movimiento ágil, navegó hasta una de sus playlists favoritas. Sin previo aviso, puso una canción animada que llenó el cuarto con un ritmo rock/pop de estilo ochentero pegajoso y vibrante.

Antes de que Luis pudiera reaccionar, Luz saltó de la litera con sorprendente agilidad. Aterrizó frente a él con una postura desenfadada y segura, comenzando a cantar mientras sonreía con picardía:

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¡Oh, oh, Lucho!

Mi galancín,

te ves muy sexy,

¡wow, qué bombón!

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Luis frunció el entrecejo y ajustó la toalla para taparse mejor. Señalándola con el dedo y retrocediendo un paso, comenzó a cantar:

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Así me dijo mi hermana Luz,

y yo le digo,

¡Piérdete, ¿sí?

Que me voy a cambiar.

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Con un giro teatral, Luz empezó a moverse a su alrededor, balanceando las caderas.

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Hermano, creo que hoy...

.

Luis levantó las cejas, desconcertado y envuelto en el extraño flujo de la situación.

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¿Tú crees que hoy...?

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Luz le dedicó una sonrisa juguetona.

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¡Súper traviesa estoy!

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Luis soltó un suspiro, cubriéndose el rostro con la mano derecha.

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¿Bum bum te doy?

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Luz le dio un empujón juguetón con la cadera derecha.

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Hermano, creo que hoy...

.

Luis intentó atraparla con un movimiento rápido, pero Luz se le escapó con un par de pasos de baile improvisados.

.

¿Tú crees que hoy...?

.

Antes de que pudiera terminar, Luz se inclinó hacia él y le plantó un beso fugaz en la nariz.

.

Súper traviesa estoy,

.

Luis trató de alejarla, moviendo las manos como si amenazara con golpearla.

.

¿bum bum te doy?

.

Pero Luz, lejos de detenerse, se acercó aún más, inclinándose hacia él como si estuviera a punto de confesarle un gran secreto.

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Mamá y papá,

que no se enteren,

pero por ti...

no dejo de babear.

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Luis lanzó la toalla hacia el librero y, con una expresión grave, comenzó a caminar hacia ella con pasos seguros y resueltos, haciendo que ella retrocediera de forma instintiva.

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Es ilegal, muy inmoral,

y ni qué decir, un tabú familiar.

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Ambos comenzaron a bailar en pareja, imitando pasos exagerados como si estuvieran en un escenario, girando mientras continuaban con la canción:

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Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Luz se detiene un instante, mirando al techo con dramatismo:

Sé que voy a arder, en el infierno por toda la eternidad.

Bailaron en pareja durante un buen rato, sincronizando sus movimientos con una química innegable. Cada giro, cada paso tenía un toque de picardía, mientras sus cuerpos se movían al ritmo de la música con una fluidez cargada de energía sugerente. Sin detenerse, continuaron coreando juntos, sus voces entrelazadas con la cadencia de la melodía, como si cada palabra y cada nota los acercara aún más.

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Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Luis la miró fijamente, sacudiendo la cabeza. Sin embargo, Luz aprovechó el momento para soltarse de él y comenzar a bailar de forma provocativa, acariciándole la barbilla y recorriendo sus dedos por sus hombros.

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Me haces sudar,

y hervir la sangre,

también me sube

la presión arterial.

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Luis, aunque claramente incomodo, no pudo evitar participar en el ritmo de la improvisación, respondiendo con un tono molesto:

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Como el motor de un gran camión,

quiero rugir y te quiero golpear.

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Luz, conteniendo la risa, lo tomó de las manos una vez más y continuó bailando con él, como si fueran dos compañeros de un musical.

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Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Luis finalmente logró soltarse y, con un suspiro exasperado, se dirigió hacia su cama en la litera inferior.

Tenemos mucho que perder, si es que nos dejamos llevar —dijo mientras se deja caer en el colchón.

Luz, subió por las escaleras a su litera superior. Desde allí, se inclinó sobre el borde para mirar a su hermano con una sonrisa cómplice mientras ambos se acomodaban en sus respectivas camas. Con un tono más calmado y relajado, volvieron a cantar juntos, dejando que la melodía llenara el ambiente con una serenidad compartida.

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Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Hermano, creo que hoy...

¿Tú crees que hoy...?

Súper traviesa estoy,

¿bum bum te doy?

.

Y, apenas terminó la canción, Luz esbozó una sonrisa traviesa y le lanzó un beso en el aire, acompañándolo con un guiño juguetón que parecía iluminar el momento.

[Fin de la escena retrospectiva]

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La melodía que Katya tocaba seguía resonando en el bosque, y las abejas de fuego, cautivadas por el ritmo hipnótico de la guitarra eléctrica, comenzaron a disminuir su hostilidad. El zumbido ensordecedor se transformó poco a poco en un murmullo tenue. Con un último acorde magistral, Katya logró que los enjambres se dispersaran hacia las profundidades del bosque, dejando tras de sí solo un rastro de cenizas y chispas que se desvanecían en el aire.

Luis, aún distraído por el recuerdo vívido que había irrumpido en su mente, sacudió la cabeza y respiró profundamente, intentando regresar al presente. Mientras el grupo retomaba el camino, Gus se acercó a él, con una expresión seria que contrastaba con su usual entusiasmo.

—Luis...

Gus bajó la voz, asegurándose de que nadie más pudiera oír.

—Sé que probablemente voy a arrepentirme de decir esto, y puede que después quieras matarme... pero necesito sacármelo del pecho.

Luis levantó una ceja, aún algo distraído del momento, pero le dio a Gus la oportunidad de continuar.

—No soy ningún experto en estas cosas, pero hasta yo entiendo que no puedes estar con tres o más chicas al mismo tiempo. Es injusto para todos. —Gus hizo una pausa, observando a Luis con una mezcla de nerviosismo y firmeza—. Tienes que decidirte por una. En este caso, Willow, Katya o Bria. Y aunque pueda parecer atrevido de mi parte, estoy absolutamente convencido de que Willow es la indicada para ti.

Luis mantuvo el silencio por un momento, observando a Gus con una expresión impenetrable. Finalmente, con un tono seco pero cargado de ironía, respondió:

—Sufres de un severo caso de "Luz-itis pseudo-consejerea", enano. Y créeme, no hay cura conocida.

Antes de que Gus pudiera decir algo más, Luis se giró y comenzó a caminar hacia Katya, quien se encontraba rodeada de estudiantes de Glandus. La bruja recibía una lluvia de felicitaciones y ovaciones, mientras los demás la alababan efusivamente por su reciente actuación.

Angmar, aún intentando recuperar el aliento, rompió en un aplauso entusiasta.

—¡Eso fue alucinante!

—¡Ni los bardos de Glandus podrían soñar con algo así! —añadió Bria, con una mezcla de admiración y provocación en su tono.

Katya, satisfecha y relajada, dejó que su guitarra se disipara en una ráfaga de energía roja brillante. Cruzándose de brazos, alzó una ceja con aire divertido mientras miraba a Bria.

—¿Eso fue un cumplido o un sutil intento de insultar a Glandus?

Antes de que Angmar pudiera responder, Gavin se adelantó con una sonrisa astuta.

—Ambas cosas. Porque seamos honestos: los bardos de Glandus no te llegan ni a los talones.

—Son tan desafinados que hasta el rechinar de una puerta suena como música clásica en comparación —remató Lusine.

Todos rieron ante el comentario, y Katya fingió hacer una reverencia exagerada.

—Es un honor ser reconocida por tan ilustre público. Pero bueno, sigamos antes de que alguna otra cosa decida atacarnos.

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Luz estaba agachada en el suelo, en el centro de la habitación de Amity, con una tiza en la mano. Sus movimientos eran meticulosos mientras trazaba un intrincado glifo mágico que su hermano le había enseñado durante una videollamada. Su lengua asomaba ligeramente entre sus labios, reflejando su concentración y su firme decisión de no cometer errores.

Amity y las demás princesas la observaban con atención. Algunas permanecían sentadas alrededor de la elegante mesa de té, donde un conjunto de dulces Caramitys estaba dispuesto, mientras otras se acercaban lentamente, movidas por la curiosidad. Cada princesa sostenía en la mano una lata decorada con la cara sonriente de Amity impresa en esta. Sobre la imagen, en letras de colores vibrantes, se leía el nombre "Caramity".

—¡Esto es tan emocionante! —exclamó Star Butterfly con una chispa de entusiasmo en la voz, agitando su lata como si estuviera celebrando algo.

—Estoy postergando mi ida al baño solo por no perderme esto —bromeó Amity, dejando escapar una risa suave mientras tomaba un caramelo de su lata y lo observaba con una mezcla de aprecio y sospecha.

Luz no apartó la vista de su trabajo, pero sonrió al escuchar los comentarios, sabiendo que tenía una audiencia completamente enganchada.

—¿¡Eso es el símbolo del eclipse!? —exclamó la pequeña princesa demonio cabra azul, dando un paso hacia adelante con un brillo intenso en sus ojos. En una de sus manos sostenía su propia lata de Caramity.

Luz parpadeó, desconcertada.

—¿De qué hablas?

—¡Es un recordatorio de cómo la luz es devorada, dejando todo lo que conocemos a merced de las sombras!

La princesa cabra demonio azul señaló el dibujo con entusiasmo, mientras otra de las princesas, una joven de orejas puntiagudas y cabello verde limon, se llevaba un Caramity rojo a la boca y hacía una mueca al sentir su sabor.

—Mi amiga y yo vimos algo parecido cuando el señor Satan Clawthorne nos leyó La leyenda del Señor Oscuro en la biblioteca. Decía que si dibujas un símbolo como ese... puedes invocar algo terrible. —Una sonrisa nerviosa cruzó su rostro mientras bajaba la voz—. ¡Espeluznante y emocionante, ¿verdad?!

El ambiente cambió de inmediato. Las princesas se acercaron aún más, algunas murmurando intrigadas. Una de ellas, que sostenía unos Caramitys naranja, amarillo, verde y azul, los giraba entre sus dedos. Luz sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La emoción de la pequeña princesa contrastaba con lo inquietante de sus palabras, como si no comprendiera del todo el peligro que describía.

—¿Y… lo intentaron? —preguntó Luz, tratando de mantenerse tranquila mientras un nudo comenzaba a formarse en su estómago.

La princesa cabra demoníaca asintió, aunque su entusiasmo inicial se desvanecía poco a poco. En su otra mano, un Caramity verde parecía derretirse ligeramente, dejando un residuo pegajoso que ahora cubría sus dedos.

—Sí… bueno, no exactamente nosotras mismas. Satan Clawthorne nos prestó el libro para leerlo después, y mi amiga y yo decidimos intentarlo en secreto. Dibujamos el símbolo tal como decía el libro. Pero cuando… lo activamos… —Se detuvo, y su voz bajó a un susurro tenso—. Algo salió mal. El Señor Oscuro no apareció, pero el suelo tembló. Las sombras… comenzaron a moverse. Sentíamos que algo se acercaba.

Luz la miró fijamente, sus ojos reflejando una mezcla de incredulidad y miedo. Detrás de ella, una princesa con cabello gris jugaba con un Caramity azul, el sabor le arrancaba una mueca cada vez que lo mordisqueaba, pero no podía dejar de masticarlo mientras escuchaba la historia.

—¿Qué pasó?

La princesa apretó los puños, bajando la mirada con evidente culpa.

—Logramos detener el ritual antes de que fuera demasiado tarde. Pero... —Hizo una pausa, tragando con dificultad—. Justo en ese momento apareció mi mami de sorpresa, y ella no pudo escapar a tiempo. El precio fue su pierna izquierda.

La princesa tomó aire, aunque su voz tembló al continuar:

—La recuperó gracias al aquelarre de curación, pero... todavía me duele recordarlo. Siento que fue mi culpa, al menos en parte. Si no hubiera sido tan curiosa, si no hubiera confiado en un juicio equivocado, nada de esto habría pasado.

Un silencio profundo se apoderó de la sala. Las princesas intercambiaron miradas llenas de miedo y desconcierto. Una de ellas dejó caer su Caramity violeta al suelo, donde rodó lentamente. Luz sentía cómo el nudo en su estómago se apretaba aún más. Un recuerdo oscuro y familiar asomó en su mente, trayendo consigo un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

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[Escena retrospectiva]

Era una cálida tarde en el patio trasero de los Noceda, donde una leve brisa agitaba las hojas de los árboles cercanos. En el centro del espacio, un horno casero emitía destellos anaranjados mientras un joven Luis, de apenas ocho años, trabajaba con admirable concentración. Guantes gruesos cubrían sus manos, y una máscara de protección, demasiado grande para su rostro, le daba un aspecto casi cómico. Pero su seriedad al manejar el equipo era inquebrantable.

A unos pasos de distancia, Luz, su hermana gemela, hojeaba una revista de armas con ojos brillantes, su entusiasmo casi palpable. Estaba sentada en una silla plegable, balanceando una pierna con impaciencia mientras pasaba las páginas y soltaba algún que otro "¡Guau!" de asombro. Solo después de detenerse en la imagen de un revólver, levantó la mirada desde la revista hacia su hermano con una sonrisa curiosa formándose en su rostro.

¡Listo! —exclamó Luis de repente, alzando un cañón recién moldeado y ajustándolo al tambor de un revólver. Una chispa de orgullo brilló en su mirada—. ¡La última pieza! Ahora sólo queda ensamblarlo.

Luz dejó caer la revista al suelo y corrió hacia él con emoción.

¡Wow! Lucho, ¡es idéntico al de la revista! ¡Mira esos detalles! ¡Es perfecto!

Luis sonrió con una mezcla de humildad y satisfacción, sosteniendo el revólver terminado.

¿Verdad que sí? Es un Smith & Wesson Modelo 60. Me tomó dos semanas, pero valió la pena.

¿De verdad lo hiciste tú solito? —preguntó Luz, casi incrédula, aunque no cabía duda en su voz—. ¡Eres un genio!

Luis asintió, todavía examinando su creación.

Y espera, todavía no es todo. Ahora voy a hacer las balas. Necesito probarlo.

Luz brincó emocionada, con su energía desbordándose.

¡Sí, a probarlo! Será como los comienzos del ex mentor de Zugo, Hunter, el cazador de brujas del libro uno de La Bruja Buena Azura!

Luis rió suavemente mientras preparaba el siguiente paso, y Luz lo acompañó en una carcajada llena de complicidad.

Un rato después, los dos estaban en un pequeño bosque cercano, rodeados de altos árboles que parecían susurrar con el viento. Luis sostenía el revólver con ambas manos, sus ojos enfocados en un blanco rudimentario pegado al tronco de un árbol. Luz, a su lado, vibraba de emoción.

¡Vamos, Lucho! —gritó Luz, con los puños en alto—. ¡Fuego, fuego, fuego!

Luis entrecerró los ojos, manteniendo la calma.

Tranquila, Nutria. Un buen tirador siempre toma su tiempo...

Respiró hondo y apretó el gatillo. El estruendo del disparo retumbó en el bosque, y el blanco quedó perforado justo en el centro.

¡Woohooo! —exclamó Luz, saltando de alegría. —¡Justo en el blanco!

Luis sonrió, revisando el arma con cuidado.

Sabía que funcionaría.

Luz se le acercó a grandes zancadas, con una sonrisa radiante y los ojos brillando de emoción.

¡Villana Lucy, Lucho! ¡Eres todo un tirador! Deberías considerar ser policía, militar o agente del gobierno, ¿no crees?

Luis se encogió de hombros con una media sonrisa, claramente disfrutando del cumplido, pero sin querer presumir demasiado.

Ellos usan Glock 19, FN Herstal Five-SeveN o Sig Sauer P320 —respondió, su tono mezclando modestia con un toque de orgullo técnico—. Aunque, sinceramente, creo que esto podría ser igual de efectivo.

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Cuando regresaron a casa, Luz hablaba sin parar, emocionada por la aventura, mientras Luis sostenía el revólver, aún impresionado por su creación. Al entrar en la sala, se encontraron con Camila y su esposo. La conversación cesó de golpe cuando los ojos de sus padres se posaron en el arma.

¡¿Luciano y Lucinda Noceda, eso es un arma?! —exclamó Camila con los ojos desorbitados.

¡¿De dónde lo sacaron?! —exclamó el señor Noceda, dando un paso al frente, su tono una mezcla de incredulidad y alarma.

¡Esperen, esperen!

Luz levantó las manos, intentando desactivar la tensión.

Lucho lo hizo. Pero no se preocupen… no es peligrosa.

Luis, incómodo bajo las miradas acusatorias, levantó el revólver con cuidado.

Está descargado —dijo en voz baja, como si quisiera convencerse a sí mismo.

Sin esperar, apretó el gatillo para demostrarlo.

El estruendo del disparo sacudió la sala, haciendo eco en las paredes. Camila soltó un grito desgarrador mientras caía hacia atrás, agarrándose el pie izquierdo, que ahora tenía un corte superficial y comenzaba a sangrar.

¡Camila! —gritó el señor Noceda, arrodillándose a su lado con una expresión de puro terror.

Luis dejó caer el arma, el color desapareciendo de su rostro como si la culpa lo hubiera drenado por completo.

¡Yo… pensé que ya no tenía balas! ¡Lo juro, yo no quería…!

¡Mamá!

Luz se apresuró a acercarse con su cara pálida por el susto.

Camila, respirando con dificultad, intentaba mantenerse calmada mientras apretaba los labios para no gritar de nuevo.

Estoy… bien. Sólo fue un roce.

El señor Noceda la cargó en brazos con delicadeza, su mandíbula apretada, pero sus ojos llenos de una severidad fría.

Voy a llevar a su madre al hospital —Se giró hacia Luis, clavándole una mirada helada que lo hizo retroceder un paso—. Cuando regrese… hablaremos.

Luis asintió rápidamente, sin poder articular palabra. Luz, todavía petrificada, solo pudo observar cómo su padre salía por la puerta con Camila en brazos, dejando tras de sí un silencio cargado de tensión.

[Fin de la escena retrospectiva]

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Luz sacudió la cabeza rápidamente, apartando el recuerdo que la había distraído. No era momento para eso.

—Tal vez... no sea buena idea seguir con esto ahora —dijo, enderezándose y dejando la tiza a un lado. Su intento de sonrisa fue tenue, pero el ligero temblor en su voz delataba su nerviosismo—. Creo que es mejor dejarlo para otra ocasión.

Las princesas soltaron un suspiro colectivo de decepción; algunas incluso cruzaron los brazos, como si Luz acabara de arruinarles el día.

—¡Oh, vamos! —exclamó Star Butterfly, alzando los brazos con dramatismo—. ¿Por qué empezar algo si no vas a terminarlo? ¡Yo terminé mis Caramitys y sigo viva!

Amity, que había permanecido en silencio, se fijó en la rigidez de los hombros de Luz y cómo evitaba el contacto visual. Había algo más detrás de su actitud.

—Está bien, princesas —intervino con una sonrisa serena—. Mi amigui humana probablemente tiene sus razones, y seguro que podríamos hacer algo igual de divertido más tarde.

—Sí, como comer más Caramitys y rogarle al Titán que no nos maten —murmuró una princesa de cabello verde limón, dejando caer su lata vacía al suelo. La lata rodó hasta detenerse junto a los pies de Luz.

Luz le dedicó una mirada agradecida a Amity, pero justo cuando iba a explicarse, su pie pisó la lata y resbaló.

—¡Ahhh! —gritó, cayendo de espaldas sobre el glifo que había trazado.

—¡Luz! —exclamó Amity, alarmada, mientras las princesas también gritaban y se agruparon alrededor de ella.

El contacto activó el glifo. Una luz cegadora inundó la habitación, acompañada de un zumbido vibrante que sacudió el aire. Las princesas se abrazaron unas a otras, mientras Star invocaba su varita mágica con un gesto instintivo.

Del suelo emergió una polilla eclipse, sus alas irradiando un resplandor etéreo y ondulante que llenó el lugar de destellos dorados.

Luz, aún aturdida, sintió cómo la criatura la levantaba con delicadeza por los brazos delanteros, observándola con curiosidad.

—Oh, eres tú otra vez —dijo la polilla con una voz suave, casi melódica—. Ups, jiji... lo siento, te confundí con alguien más. Es que te pareces tanto a él.

Star bajó ligeramente su varita al reconocer a la criatura, aunque no perdió su actitud alerta.

—¡Otra criatura mágica genial en las Islas Hirvientes! Esto mejora cada vez más.

—¡Ay, pero qué lindas princesitas! —exclamó la polilla al mirar al grupo.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, la criatura soltó a Luz, quien cayó al suelo con un sonoro ¡puf! y un quejido entre dientes. Luego, la polilla avanzó hacia las princesas, extendiendo sus seis brazos con un entusiasmo desbordante, pellizcando mejillas, acariciando cabezas y dando suaves palmaditas, como si fueran cachorritos.

—¡Oh, mira esas marcas en tus mejillitas! —exclamó, pellizcándole las mejillas a Star con suavidad—. Podríamos ser parientes.

Star entrecerró los ojos, claramente desconcertada.

—Uh... La verdad, no lo creo.

La polilla, al fijarse en una princesa cabra demonio azul que sostenía una lata de Caramitys, iluminó su rostro con una chispa de emoción.

—Disculpa, preciosa, encantadora y adorable princesa cabrita, pero... ¿qué tienes ahí?

La princesa, visiblemente desconcertada, extendió la lata con cierto recelo.

—Eh... son Caramitys. ¿Quieres?

La polilla tomó la lata con entusiasmo y vació todos los dulces en su boca de un solo golpe.

—¡MMMM! ¡Qué explosión de sabores! —exclamó mientras masticaba con una gran sonrisa y los ojos cerrados, claramente encantada.

Las princesas se miraron entre sí, sin saber si reírse o preocuparse.

Amity corrió hacia Luz con rapidez y la ayudó a levantarse. Luz aceptó el gesto con una sonrisa algo tímida, aún un poco aturdida por lo que acababa de suceder.

—Gracias, Manoplas —murmuró Luz mientras se sacudía el polvo de la ropa.

—Siempre a tu servicio, amigui —respondió Amity con dulzura.

En ese momento, la polilla eclipse, aún relamiéndose las antenas tras devorar los extraños Caramitys, dio un elegante paso al frente. Agitando sus majestuosas alas, realizó una reverencia teatral ante el grupo.

—Saludos a todas. Pueden llamarme Eclipsa —anunció con una voz suave y maternal, como la de una reina de cuentos—. ¿Y ustedes, pequeñas majestades, cómo se llaman?

Las princesas intercambiaron miradas, claramente intrigadas. Amity fue la primera en adelantarse, con una sonrisa que combinaba orgullo y diversión.

—Yo, soy la Princesa Amity Manoplas Batatita I, suprema gobernante del reino de voyapedorrearme.

Un incómodo silencio cayó sobre el grupo como un yunque. Eclipsa ladeó la cabeza con evidente curiosidad.

—¿Voyapedorrearme? —preguntó, arqueando una de sus antenas en señal de desconcierto.

Amity frunció el ceño y se apartó rápidamente con una expresión de asco.

—¡Iugh! ¿En serio aquí? Qué asquerosa es usted, abuela.

El comentario rompió la tensión, y el grupo entero estalló en risas. Luz se llevó una mano a la boca para tratar de contener su risa, pero no tuvo éxito. Incluso Eclipsa soltó un suspiro teatral, llevándose una de sus manos al pecho.

—¡Oh, qué chispa tienes, mi querida Princesa Batatita! —rió suavemente, dándole unas palmadas afectuosas en la cabeza.

Animadas por el momento, las demás princesas decidieron presentarse una por una, añadiendo su propio toque extravagante:

—¡Yo soy la Princesa Star Butterfly, heredera del reino de Mewni! —declaró Star, haciendo una reverencia exagerada mientras agitaba su varita, que lanzó un leve chisporroteo.

—Soy Skara, la Princesa Desayuno Musical —añadió la bruja de cabello castaño, invocando una lyra con un hechizo antes de comenzar a tocar una melodía animada.

—Amelia, la Princesa Limonera —dijo una chica de cabello verde limón, levantando un limón antes de exprimirlo directamente en su boca.

—Bo, la Doctora Princesa —dijo una bruja regordeta, levantando orgullosa el estetoscopio que colgaba de su cuello.

—Bafina, la Princesa Queso Azul —anunció una pequeña cabrita demonio azul, que rodaba sobre una rueda de queso antes de bajarse con elegancia.

Luz dejó escapar una suave risa mientras daba un paso al frente, dejando que su sonrisa despreocupada iluminara el momento.

—Y yo... bueno, no soy una princesa. Solo soy una invitada —se presentó con naturalidad, llevando una mano al pecho—. Luz Noceda, una humana entre brujos y orgullosa aprendiz de bruja.

Eclipsa aplaudió con entusiasmo con sus seis manos, observándolas con evidente deleite.

—¡Qué grupo tan encantador y diverso! Cada una de ustedes es un verdadero tesoro.

Luz, que observaba la escena junto a Amity, dejó escapar un suspiro de resignación.

—Pudo ser peor —murmuró, cruzándose de brazos.

Amity soltó una suave risita.

—Es muy simpática... Aunque actúa igual que mi mamá.

De repente, un escalofrío recorrió a ambas jóvenes, haciéndolas estremecer al unísono.

—Uuuh, qué tétrico —dijeron al mismo tiempo, sus voces resonando con una mezcla de humor y nerviosismo.

Tras un breve silencio, no pudieron contenerse y rompieron en carcajadas, olvidando por un momento la incomodidad.