Un escape entre las ruinas del espejo Parte 6
En algún otro lugar del Bosque del Antebrazo, cierto grupo de aventureros avanzaba con paso lento entre los árboles frondosos.
—¿Cuánto más debemos caminar? —preguntó Gus, quien parecía agotado. Su respiración entrecortada y su postura encorvada dejaban claro que ya no podía seguir con el mismo ritmo.
Bria, que marchaba al frente del grupo, levantó la vista del mapa que sostenía con firmeza entre las manos. Unas ligeras arrugas de concentración surcaron su frente mientras escaneaba el terreno, sus ojos recorriendo la senda con precisión.
—En realidad... —empezó con una voz clara, pero cargada de una certeza indescifrable.
Detuvo sus pasos de golpe, observando el lugar frente a ella. Sus compañeros la siguieron con la mirada, confundidos, hasta que sus ojos se posaron también en lo que había delante: un par de puertas de piedra maciza, cada una majestuosa y temible a su manera. La puerta izquierda mostraba una cara tallada en relieve, esbozando una expresión de comedia exagerada, con ojos grandes y una sonrisa burlona. La puerta derecha, en cambio, representaba la tragedia con una máscara que parecía gritar en silencio, su rostro contorsionado en una expresión de dolor y desesperación.
Sobre ambas puertas, un letrero de piedra, claramente antiguo y desgastado por el paso del tiempo, estaba roto por la mitad. En su interior se alcanzaba a leer una sola palabra, "Espejo", pero la grieta que dividía la piedra hacía que la letra pareciera aún más misteriosa, como si guardara un significado oculto.
A ambos lados de las puertas, altas murallas de piedra se alzaban, imponentes, rodeando el lugar como si lo protegieran del mundo exterior. Las cercas de hierro puntiagudo que las flanqueaban reflejaban el último resplandor del día, mientras que los pilares en cada esquina añadían un aire de solemnidad al sitio. El lugar, aunque en apariencia abandonado, parecía vibrar con una energía ancestral, como si algo dentro estuviera esperando.
Bria dio un paso hacia adelante, con una ligera sonrisa en su rostro, como si hubiera alcanzado un objetivo tan esperado.
—Ya llegamos.
—Ok, ¿y qué estamos esperando? —preguntó Lusine, su tono una mezcla de orgullo y emoción—. Entremos.
Un pájaro azul, con plumas vibrantes como el cielo de la tarde, se alejó volando en el instante en que el grupo atravesó las puertas. Al ingresar, sus ojos se encontraron con un inesperado espectáculo: un conjunto de estatuas de formas encapuchadas, alineadas meticulosamente en fila. Cada figura sostenía un objeto redondo, y celeste, entre sus manos unidas.
—¡No puedo creer que las hayamos encontrado! —exclamó Bria.
Luis miró alrededor, notando que también había lápidas por todo el lugar, lo que le resultó extraño. A pesar de la incomodidad que sentía, se giró hacia Gus y Katya, y con un tono serio dijo:
—Ok, misión cumplida, Señores. Vámonos antes de que...
De repente, un escalofrío recorrió el aire. Una neblina espesa comenzó a elevarse lentamente desde detrás de las estatuas, envolviendo el suelo con una capa gris y densa. A medida que la niebla se expandía, un rugido profundo retumbó en el aire, seguido de destellos de relámpagos azules y blancos que iluminaban el lugar. El viento se intensificó, arrastrando la niebla en espirales que se unían y formaban un torbellino. Este torbellino comenzó a girar con fuerza, y de su interior surgió una criatura. Sus ojos, de un azul brillante, parecían iluminar la oscuridad. Su cuerpo era una mezcla de tonos azulados y blanquecinos, con una piel translúcida que reflejaba la luz de los relámpagos. Su forma se asemejaba a la de un dragón marino y terrestre.
Los jóvenes se quedaron paralizados, observando la escena en completo asombro. Gus, instintivamente, abrazó a Katya, buscando protección en su cercanía. Lusine, con los ojos bien abiertos, se quedó petrificada, incapaz de apartar la mirada de la criatura. Bria, Angmar y Gavin, por el contrario, se abrazaron entre sí, buscando consuelo en medio del terror. Luis, en un movimiento rápido, sacó su Kris, y sus pupilas se tornaron de un rojo intenso, mientras el arma se llenaba de un aura negra que parecía vibrar con fuerza.
—¡Es real! —gritó Bria—. ¡El guardián es real!
—Escuché que tiene el poder de controlar el clima —dijo Angmar.
—Y convocar fantasmas —añadió Gavin.
—Bueno, me pregunto si puede controlar... ¡LA ANTI-MAGIA! —dijo Luis con un tono lleno de determinación.
Ni bien terminó su frase, sin pensarlo, lanzó su daga hacia la criatura, pero esta la atravesó como si fuera un espectro.
—¡Es solo una ilusión! —exclamó Gus.
De repente, la criatura desapareció, y una risa peculiar resonó en el aire.
—¡Jojojo!
Desde detrás de una de las estatuas (cuya cabeza quedó atravesada por el kris del joven Noceda), un brujo anciano emergió con un aire teatral. Su calva, apenas cubierta por unas pocas hebras de cabello blanco, brillaba bajo la tenue luz, mientras su barba agitada por el viento parecía añadirle un aura misteriosa. Sus ojos azul claro, enmarcados por profundas ojeras, relucían con una mezcla de diversión y sabiduría. Vestía una túnica turquesa oscura, decorada con telarañas y un rasgón en su manto verde azulado que se movía pesadamente con cada paso.
—Está bien, está bien, me descubrieron —exclamó con una amplia sonrisa, extendiendo los brazos en un gesto dramático que lo hacía parecer un actor en plena obra teatral—. Soy el guardián del cementerio de los espejos, y hace mucho tiempo que no recibo alguna visita.
De inmediato, comenzó a dar pequeños saltos de costado en su lugar, juntando las palmas como si estuviera celebrando un espectáculo personal.
—¡Ujuuuu! —soltó con una energía desbordante.
Sus ojos azul claro se clavaron en Luis con una intensidad casi hipnótica, estudiándolo con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Aunque debo admitir que jamás pensé que vendría un humano.
Luis mantuvo su expresión indiferente, apenas moviendo un músculo mientras observaba al guardián con desdén. Lusine, por su parte, se apresuró hacia las estatuas cercanas, explorándolas con interés.
—Disculpe, no sé si lo escuché bien, pero... ¿acaso dijo "cementerio"? —preguntó Gus, su voz cargada de curiosidad y una pizca de desconcierto—. ¿Quiere decir que estas no son ruinas?
Katya soltó un suspiro, cruzándose de brazos con un gesto de resignación.
—¿Por qué no estoy sorprendida? —murmuró, su tono una mezcla de fastidio y aburrimiento.
Lusine, ahora sentada despreocupadamente con las piernas cruzadas sobre las manos de una de las imponentes estatuas, hacía girar una piedra galdor con destreza sobre la punta de su índice zurdo, como si fuera un balón de juguete. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios antes de soltar con tono burlón:
—Así que el temido y gran guardián no es más que un anciano decrépito con un pésimo sentido de la moda. Esto se pone mejor cada minuto.
Con un gesto ágil, Lusine trazó un brillante círculo mágico en el aire con su dedo índice derecho. El suelo bajo Luis, Gus, Katya y el guardián comenzó a vibrar y a resquebrajarse, formando un enorme hueco con forma de huevo. Con un movimiento final, el hechizo los arrastró hacia abajo, sin darles tiempo a reaccionar.
Los cuatro cayeron al fondo del hueco, aterrizando con un golpe seco. Las paredes, de roca pulida, estaban decoradas con escalones irregulares que se asemejaban a bancos o gradas de un estadio, subiendo en espiral hacia la cima. Sobre ellos, gruesos barrotes metálicos cubrían la abertura, dejando entrar apenas un débil rayo de luz que iluminaba tenuemente su encierro.
Desde lo alto, Lusine, Bria, Gavin y Angmar los observaban con sonrisas confiadas. Lusine se cruzó de brazos y habló con tono burlón:
—Lo siento, primores, pero solo seguimos una regla en Glandus.
Volviéndose hacia sus compañeros, añadió con complicidad:
—Bien, compañeros glándulos, como lo practicamos.
Bria comenzó con solemnidad:
—El engaño es el velo que oculta la verdad.
—La manipulación, la cuerda que guía sus pasos —continuó Gavin, con voz firme y calculada.
Angmar trazó un círculo de hechizo verde con ambas manos, su gesto lleno de precisión y autoridad. Al instante, gruesas enredaderas cubiertas de espinas brotaron del suelo con un crujido ominoso, envolviendo a Luis, Gus, Katya y el guardián en un movimiento rápido y letal. Mientras las plantas se apretaban a su alrededor, inmovilizándolos, Angmar esbozó una sonrisa siniestra y añadió:
—Y la traición, el filo que corta sus lazos.
Finalmente, los cuatro proclamaron al unísono, con voces resonantes y desafiantes:
—Somete a los ingenuos y débiles con estas herramientas, como un virtuoso artesano da forma a su obra maestra.
Y mientras las risas de los cuatro glándulos llenaban el aire, los ojos de los prisioneros reflejaban una mezcla de desaprobación, tristeza y desagrado ante la despiadada traición que acababan de presenciar. Entonces, la voz de Lusine cortó el eco de las carcajadas:
—Bueno, lo hicimos, chicos —anunció con una sonrisa de satisfacción que iluminaba su rostro mientras daba media vuelta, alejándose del borde del pozo—. El poder de las piedras Galdor es nuestro.
Angmar y Gavin no pudieron contener la emoción. Corrieron hacia las imponentes estatuas que vigilaban el lugar.
—¡Siiiii!
—¡Mira esto, amigo!
Bria no perdió tiempo. Con un gesto decidido, invocó una formación rocosa bajo sus pies, y las piedras se alzaron rápidamente, formando una plataforma que la llevó al nivel de una de las estatuas.
—No puedo creerlo —dijo, emocionada, estirando la mano hacia la piedra Galdor que descansaba en las manos de la figura tallada—. Las leyendas eran ciertas.
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En el pozo, Luis sentía despertar la energía oscura dentro de él. Un brillo rojo iluminó sus pupilas, reflejando el poder que había aprendido a controlar. Las enredaderas, fortalecidas por la magia de Angmar, temblaron ante su presencia. Con determinación, Luis apretó las espinas que lo sujetaban y, usando su voluntad, las plantas comenzaron a desmoronarse, disolviéndose en polvo.
Los gemidos apagados de sus compañeros atrapados llenaban el aire, pero Luis no se detuvo. Sabía que aún estaban inmovilizados por las plantas. Los observó brevemente mientras se liberaba, su mirada fría y decidida.
Con voz firme, dijo sin esperar respuesta:
—Sé lo que piensan. Que ahora los liberaré para así enfrentar juntos a esos idiotas de arriba, ¿no? —Rió secamente, aliviado por la libertad que recuperaba—. Pues olvídenlo. Yo fui quien los metió en este lío, y seré yo quien lo solucione.
Acto seguido, el jóven Noceda corrió hacia la pared del pozo. Saltó hacia un escalón, ascendiendo con precisión. Cada paso lo elevaba más alto. Cuando llegó a la abertura, logró aferrarse al borde con ambas manos y, con la ayuda de su pierna derecha, finalmente salió.
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Bria lanzó una de las piedras como si fuera un balón, acompañando el gesto con una burla:
—¡Atrápala, lento!
Gavin salió corriendo detrás de la piedra, riéndose a carcajadas mientras la atrapaba torpemente entre sus manos.
—¿Por qué siempre tienes que lanzarlas tan lejos? —protestó con una sonrisa que delataba cuánto estaba disfrutando del juego.
Sobre un pequeño pilar de roca que había invocado con un simple movimiento de su mano, Lusine observaba desde las alturas. Con una piedra galdor en las manos, murmuró en voz baja, más para sí misma que para los demás:
—Tal vez podamos vender las pequeñas al aquelarre del emperador… y quedarnos con el resto.
Nadie pareció escucharla, excepto Angmar, que mantenía el saco abierto y listo para recibir más. Lusine dejó caer la piedra desde su posición mientras advertía:
—Atento, Angmar.
—La tengo —respondió él, atrapándola con precisión antes de que tocara el suelo.
Lusine bajó del pilar con un salto elegante, su expresión era una curiosa mezcla de ternura traviesa y un toque inquietante, como si una "nutria con un lado oscuro" se reflejara en su rostro, evocando una sorprendente similitud con la sonrisa de Luz. Con un tono melodioso y cargado de picardía, proclamó:
—Oh, amiguiiiitoooos...
De su espalda sacó la bolsa llena de espectosporas y la agitó ante el grupo con un gesto teatral.
—¿Listos para la fiesta?
Bria y Gavin, que hasta entonces habían estado absortos en su juego, giraron hacia Lusine como si acabara de anunciar un banquete real.
—¡Siiiiiii! —gritaron ambos al unísono, corriendo hacia ella con entusiasmo desbordante.
Gavin se tropezó en el camino, pero se incorporó rápidamente, riendo como si el golpe hubiese sido parte de la diversión. Bria, por su parte, ya estaba delante de Lusine, extendiendo las manos.
Angmar, dejando caer el saco de piedras galdor, levantó los brazos hacia el cielo y gritó:
—¡Wooooooo!
El aire se cargó de una energía casi eléctrica mientras Lusine observaba al grupo con una chispa traviesa en los ojos, lista para desatar el caos que solo ella parecía comprender. Con una sonrisa que prometía diversión, comenzó a distribuir los pedazos de setas mágicas.
Gavin y Angmar fueron los primeros en tomarlas, sin dudarlo ni un segundo.
—Ahí va… —murmuró Angmar antes de tragar una.
Los efectos no se hicieron esperar. Con los ojos brillando y las pupilas dilatadas, Angmar fijó la mirada en una mariposa rosa que solo él podía ver.
—Miren… —susurró, completamente cautivado—. ¡Es tan hermosa!
Entre las risas de Lusine y Bria, Angmar comenzó a escalar una estatua cercana, persiguiendo a su mariposa invisible. Mientras tanto, Gavin, aparentemente ajeno a todo, hablaba en voz alta frente a la misma estatua.
—¿Papá? —preguntó Gavin, sus ojos brillando con un extraño fervor.
En su mente alucinada, la estatua respondió con una voz grave y reconfortante.
—Gavin, solo quiero que sepas que estoy orgulloso de ti. Ahora, ¿qué tal si tomamos un helado, hijo?
Con lágrimas en los ojos, Gavin extendió los brazos hacia la estatua.
—Me parece genial, pa…
En un movimiento repentino, la estatua comenzó a tambalearse y, con un estrépito, se desplomó sobre Gavin y Angmar, aplastándolos bajo su peso. Lusine, quien dejó caer la bolsa de espectrosporas, y Bria se quedaron inmóviles por el horror, dejando de reír al instante.
—No importa —dijo Bria con la voz temblorosa mientras observaba los cuerpos destrozados—. Igual nunca me cayeron bien.
De repente, Luis emergió desde la izquierda de una de las estatuas intactas, sus pupilas rojas brillando con intensidad mientras sujetaba su kriss en la mano derecha. Antes de que Bria pudiera reaccionar, se deslizó rápidamente hasta quedar detrás de ella. Con una fuerza brutal, la agarró del cabello con su mano izquierda.
Sin pronunciar una sola palabra, Luis hundió su kriss en el cuello de Bria, decapitándola con una precisión macabra.
El cuerpo sin vida cayó al suelo con un estrépito, mientras él mantenía la cabeza de Bria frente a una aterrada Lusine.
Luis dejó caer la cabeza de Bria al suelo con un ruido sordo que resonó en el inquietante silencio del claro. Su expresión permaneció inescrutable mientras deslizaba su kris al bolsillo canguro de su sudadera. Luego, sus ojos, cuyas pupilas regresaron a su color normal, se posaron sobre Lusine, quien retrocedió, aterrada, chocando de espaldas contra la estatua detrás de ella.
—P-Por favor... no... —murmuró Lusine, su voz apenas un hilo tembloroso que delataba su pánico.
Luis inclinó ligeramente la cabeza, su tono calmado contrastaba con la tensión en el aire, pero la amenaza implícita en sus palabras era clara:
—Tranquila, no soy un monstruo... del todo. Ahora sé razonable y libera a toda esa gente inocente de ese agujero de gusanos, por favor.
Lusine tragó saliva con dificultad, una risa nerviosa escapó de sus labios, quebrándose en el último instante. Sus manos temblaban visiblemente mientras alzaba la izquierda y, con un movimiento tembloroso de su dedo índice, trazaba un círculo mágico en el aire. De inmediato, una vibración profunda comenzó a extenderse desde el suelo bajo sus pies.
Del oscuro pozo surgieron Gus, Katya y el Guardián, aún envueltos en la enredada prisión vegetal que los mantenía cautivos.
Luis dio un paso hacia ella, colocando su mano zurda sobre su hombro. Inclinándose apenas, susurró en tono bajo y calmado:
—Buena Nutria 2.0.
Antes de que Lusine pudiera procesar lo que ocurría, un súbito rodillazo al vientre le arrancó el aire de los pulmones. Su cuerpo se desplomó al suelo, inerte como una muñeca de trapo.
Luis se acercó a Gus, Katya y el Guardián Ilusionista, manejando su kris con precisión para cortar las gruesas lianas que los mantenían atrapados. Los liberó uno por uno, sin decir una palabra.
Katya fue la primera en romper el silencio, aunque no se atrevió a acercarse al cadáver decapitado de Bria ni a los cuerpos aplastados de Angmar y Gavin. Se detuvo a medio camino, su rostro pálido por el horror, evitando mirar directamente la escena. Su voz temblaba mientras hablaba:
—E-Esto está mal... mal, mal, pero muy mal... No importa lo que hayan hecho, nadie merece un final así.
Negó con la cabeza, y aunque sus pasos hacia Luis eran decididos, tenían un leve temblor. Al llegar frente a él, cruzó los brazos, con la voz cargada de incredulidad y un dolor genuino.
—¿De verdad crees que esto está justificado? Sí, esos Glándulos eran horribles, pero nadie debería terminar de esta forma. La vida ya es suficientemente cruel. No podemos ser como ellos. No podemos olvidar que incluso la peor persona tiene una historia, algo que los hizo ser lo que son.
Luis deslizó su kris de vuelta al bolsillo canguro de su sudadera, manteniendo los labios firmemente apretados, como si estuviera luchando contra una risa que amenazaba con escaparse. Antes de que pudiera articular una palabra, Gus, quien se había acercado después de inspeccionar la grotesca escena, lo miró con una mezcla de nerviosismo e incomodidad y comentó:
—Este es el momento en el que debería decirte que, como su mejor amigo, no puedo permitir que Willow salga con un loco asesino depravado como tú, y que ella merece algo mucho mejor, pero...
La frase quedó inconclusa cuando Luis, incapaz de contenerse por más tiempo, estalló en una carcajada resonante que quebró por completo la tensión del momento.
Katya frunció el ceño, claramente irritada, y dio un paso hacia Luis, con los puños apretados a los costados.
—¿Se puede saber qué benditas estacas de madera te resulta tan gracioso? —exclamó, elevando la voz para hacerse oír por encima del eco de su risa. Sus ojos brillaban con una mezcla de enfado y desconcierto, como si no lograra entender qué motivo podía haber para reírse en un momento así.
Luis se pasó una mano por la cara, limpiándose una lágrima provocada por la risa, mientras trataba de recuperar el aliento.
—Lo siento… —dijo entrecortadamente, señalando primero a Katya y luego a Gus, todavía luchando por contener las carcajadas que escapaban entre dientes—. Es que acaban de emular a mi atolondrada y peculiar hermana en un nivel preocupantemente fiel.
Miró a Katya con una sonrisa burlona, haciendo un gesto en su dirección.
—Tú, lanzando un discurso moral como si fueras una pedorra heroína de un cuento idealista.
Luego apuntó a Gus con un dedo y una sonrisa apenas contenida.
—Y el enano, con ese ridículo numerito de mejor amigo protector.
Luis sacudió la cabeza, dejando escapar una carcajada más fuerte.
—Es oficial: ambos tienen "Luz-itis ridículea".
—Supongo que debería agradecerte por defender el Cementerio del Espejo, joven humano —dijo el Guardián Ilusionista, recorriendo y observando con atención cada rincón del lugar tras haber sido liberado—. Tal vez deba esconder este lugar para siempre.
Luis, con los brazos cruzados y una sonrisa torcida, ladeó la cabeza, dejando escapar una ligera mueca de desdén.
—Claro, porque esconder las cosas bajo la alfombra siempre resuelve todo —respondió con un sarcasmo tan afilado como su tono, sin dejar de sonreír de forma despreocupada—. Pero, sinceramente, no creo que sea necesario. Este lugar tiene historia, ¿o me equivoco?
Sin esperar respuesta, se acercó a un conjunto de estatuas cubiertas por espesas enredaderas. Con un gesto casi aburrido, comenzó a despejarlas, dejando al descubierto los nombres tallados en sus pedestales.
—Mari, el Portador Fantasma —leyó, su voz tan neutral como si estuviera recitando una receta.
Pasó a la siguiente estatua y continuó quitando las enredaderas.
—Aleth, el Creador de la Visión.
Finalmente, llegó a la tercera estatua, despejando su base.
—Khari, el Creador de Ilusiones.
Gus, que había estado observando en silencio, dio un paso hacia adelante, sus ojos casi saliéndose de las órbitas.
—¡Esos títulos son de tres de los más grandes ilusionistas de la historia!
El Guardián Ilusionista ladeó la cabeza hacia la derecha, reflexionando sobre sus palabras antes de responder con una voz grave y solemne:
—Y tres de los guardianes que me precedieron. Siempre fue un ilusionista quien vigiló las piedras Galdor. Como no obtenemos poderes de ellas, no solemos usarlas para el mal. Eso creo.
Luis se quedó quieto por un momento, observando las estatuas con una mezcla de indiferencia y cansancio. Luego se giró hacia el Guardián con una expresión seria, pero el filo de su humor ácido no dejó de notarse.
—Ya veo, estos tipos eran grandes. Pero esas piedras... —dijo señalando un saco lleno de piedras galdor, que descansaba cerca de una de las estatuas intactas, apoyado en un pilar que Lusine había creado con su magia—. Eso sí que es el verdadero problema. Es como si dijeran: "¡Vengan, vengan! ¡Aquí tienen poder gratis!" Si quiere mi consejo, viejo, destrúyalas. Así este lugar dejará de ser un imán para todo lunático que quiera una dosis de magia barata.
El Guardián inclinó la cabeza hacia el lado opuesto, en silencio, sopesando las palabras de Luis. Sin embargo, este no aguardó una respuesta y continuó hablando, como si todo fuera de lo más evidente.
—¿De verdad va a seguir arriesgándose a que esas cosas caigan en manos equivocadas? Además, tal vez pueda tomarse unas vacaciones después de siglos haciendo de guardián. Vamos, abuelo, suena a una victoria para todos.
El Guardián soltó un sonido que podría haber sido una risa contenida, o tal vez un suspiro resignado.
—Tienes un enfoque peculiar, joven humano, pero tal vez tengas razón. Quizás sea hora de que este lugar deje de ser un faro para la discordia.
Luis sonrió satisfecho.
—Perfecto —declaró con un destello triunfal en la mirada—. Y, si puedo expresarlo de este modo, creo que este... digamos... "escape" a través de las ruinas del espejo...
De repente, Katya se acercó, su expresión fluctuando entre la indiferencia y una leve incomodidad. Sin pronunciar una sola palabra, tomó su mano izquierda. Con un gesto fluido, invocó una elegante pluma negra mediante un hechizo. El resplandor oscuro del objeto resaltó sobre la cálida tonalidad morena de la piel de Luis mientras ella escribía algo en su palma.
Cuando terminó, Luis arqueó una ceja, observando con curiosidad los números 666-743 que se habían formado en su piel, para luego mirar a Katya. Ella hizo desaparecer la pluma, luego se cruzó de brazos, desviando ligeramente la mirada. Su tono era una mezcla intrigante de frialdad y vulnerabilidad.
—Tal vez me arrepienta de esto… —murmuró, para luego añadir con un matiz juguetón que contrastaba con su actitud habitual—. Pero es mi número de cuervófono. Llámame si alguna vez quieres pasar el rato… o lo que sea.
Luis sonrió de medio lado, claramente entretenido con la situación, pero antes de que pudiera soltar algún comentario, Gus interrumpió:
—Luis…
El joven Noceda levantó una mano para detenerlo, sin siquiera mirarlo.
—Ahórratelo, enano.
Gus lo ignoró y extendió su mano derecha, señalando con el índice a los cadáveres y a la inconsciente Lusine.
—¿Qué será de ellos?
Luis soltó un profundo suspiro antes de dirigir la mirada hacia donde le indicaban.
—Lo que deba ser.
Luis se acercó a Lusine, evaluando su situación con una mirada grave. Luego, dirigió la vista hacia Gus y Katya, haciendo un gesto para que se alejaran.
—Pueden irse. Yo me quedaré a limpiar. Después de todo, esto también es mi desastre, ¿no? Así que, vayan tranquilos. Y les aseguro que todo estará bien... —esbozó una sonrisa enigmática—. Al menos para ustedes...
Apuntó al guardián ilusionista con su pulgar derecho.
—Y para el viejo.
El guardián caminó hacia el saco de piedras galdor, lo puso sobre su hombro derecho y dijo:
—Eres muy responsable, humanito.
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En el lado derecho de la Mansión Blight, la Polilla Eclipse había usado su habilidad de Simbiosis Sombría para fusionarse con el suelo, convirtiéndose en una piscina que reflejaba su propia esencia. Sus sombras se entrelazaron, formando alas etéreas que envolvían a las nadadoras, mientras el agua brillaba suavemente bajo el cielo despejado, como si estuviera encantada.
En la zona poco profunda, todo parecía tranquilo… al menos por un instante. Algunas chicas se enjabonaban con esponjas, otras se masajeaban la espalda con esmero. La espuma blanca flotaba en la superficie, mezclándose con risas y conversaciones casuales que se deslizaban suavemente sobre el agua.
Luz, sentada al borde de la piscina, dejaba que Amity le aplicara delicadamente el champú en el cabello. Cerró los ojos, disfrutando del frescor del agua y el suave masaje de los dedos de Amity. Un suspiro escapó de sus labios mientras la tensión se disipaba con cada movimiento.
—Esto es justo lo que necesitaba. Mañana es el examen de ubicación en Hexside, y mi cerebro ya estaba a punto de colapsar.
Amity sonrió, sus dedos trabajando con precisión.
—Relájate, amigui. Estoy completamente segura de que vas a evitar esa clase de... ya sabes, la de los que todavía usan pañales.
De repente, un grito estruendoso rompió la calma del aire:
—¡ARMAGEDÓN!
Todas miraron al cielo justo a tiempo para ver a Odalia Blight lanzándose con los brazos extendidos desde el balcón del cuarto de Amity, como si fuera la reina de las olimpiadas acuáticas. Su entrada al agua fue tan espectacular que una ola gigante se levantó, empapando a las princesas. El sonido de las risas se esparció por todo el lugar.
Odalia emergió del agua con una pose de diva, como si estuviera en un comercial de champú, sacudiendo su cabello con una lentitud exagerada.
—¡Casi vacías la piscina, Reina Selkidomus! —bromeó Amity, entre carcajadas.
Odalia, visiblemente ofendida, se cruzó de brazos, el agua restando algo de su imponente presencia.
—¿Cómo me llamaste, jovencita?
Amity, con una sonrisa pícara y una ceja levantada, respondió con dulzura, pero con un toque de sarcasmo:
—Reina Sirena.
Odalia frunció el ceño por un momento, pero rápidamente cambió su expresión por una sonrisa amigable. Se acercó a Luz, quien todavía se encontraba relajada al borde de la piscina, disfrutando del sol y de su descanso.
—Por cierto, Luz, querida —dijo Odalia, con una sonrisa enigmática mientras hacía aparecer el celular de la chica Noceda, dibujando un círculo mágico en el aire con su dedo índice derecho—. Tienes un mensaje en tu extraño pergamino.
Luz tomó su celular y leyó el mensaje de su hermano Luis, que decía:
"Estoy en la entrada de la mansión, Nutria."
Luz sonrió al instante, una sonrisa cómplice que transmitía la cercanía con su hermano.
—Bueno, chicas —dijo, levantándose—. Este ha sido un "escape" genial, pero ya debo irme.
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En la Casa Búho, la sala se llenaba con los suaves ronquidos de Eda, quien, cómodamente dormida en el sofá, babeaba ligeramente mientras roncaba profundamente. En la mesa frente a ella, una bola de cristal transmitía una telenovela de corte dramático. King y Queen estaban arrodillados en el suelo, cada uno apoyado en un extremo de la mesa, mirando atentamente la bola con la expectación de dos fervientes seguidores de un buen drama.
—Y ahora, el épico regreso del maratón de Corazones Sangrantes, el épico romance que mantendrá a todos al borde de sus asientos... —dijo el narrador con una voz solemne, mientras una gota de sangre caía lentamente desde lo alto, formándose en un corazón palpitante, seguido de una rosa blanca que se posaba delicadamente en el centro de este.
King, con sus ojos brillando de emoción, se inclinó hacia levemente adelante.
—¡Sí, sí, sí! Estoy seguro de que Arabella elegirá al apuesto, rico y famoso príncipe Aurelian Thalor VIII —exclamó, mientras la bola de cristal mostraba al príncipe, un brujo de cabello púrpura, acercándose a Arabella, una demonio cíclope con piel gris y largo cabello negro.
Queen, con una mirada desafiante, respondió sin perder el ritmo de la telenovela.
—¡Ñaa, en tus sueños, cariño! Arabella se quedará con el lindo, musculoso y humilde Humphrey Dumptington. ¡Es mucho más guapo y simpático que ese príncipucho!
—Amada Arabella, si te casas conmigo, nuestras familias serán los brujos más poderosos del reino —dijo Aurelian, con voz profunda y solemne, mientras se arrodillaba en el suelo, tomando el tentáculo diestro de la demonio cíclope—. Además, soy increíblemente rico, lo que garantizará nuestro glorioso futuro.
Luego, en la novela, un demonio en forma de huevo con cabello largo y desordenado, cuya figura imponente se destacaba por su abdomen marcado, hizo su aparición.
—No, Arabella... —dijo Humphrey, mirando a la demonio con una intensidad apabullante—. En cuanto lo supe, dije… Estoy frito. Es verdad que solo soy un chico humilde, pero nuestro futuro no debe estar revuelto por el oro y el poder. Lo que importa es lo que compartimos en el corazón, y yo...
De repente, la telenovela se cortó abruptamente, mostrando a un brujo periodista de piel oscura con gafas cuadradas y montura marrón, ajustando con calma su chaleco amarillo de rayas marrones. La seriedad de su expresión y la gravedad de su voz resonaron al comenzar la transmisión.
—Buenas noches, habitantes de las Islas Hirvientes. Interrumpimos el maratón de corazones sangrantes para traerles un informe urgente desde la residencia Nocelum.
King y Queen soltaron un quejido fuerte de frustración, como si todo el drama de la telenovela se hubiera derrumbado frente a ellos. El sonido resonó por toda la sala, causando que Eda se despertara sobresaltada.
—¡¿Ah?! ¿¡Qué rayos?! ¿¡Dónde está el incendio?! —exclamó Eda, mientras parpadeaba rápidamente, intentando procesar la repentina interrupción.
Luego, en la bola de cristal, se mostró una casa, donde una carreta, tirada por un gusano-rata de aspecto inquietante, se encontraba estacionada frente a la entrada. Sobre la carreta descansaban los cuerpos sin vida de Bria (cuya cabeza estaba nuevamente unida, evidenciándose las marcas de un punto de costura en su cuello), Gavin y Angmar. La visión era un macabro recordatorio del horror vivido.
La cámara se enfocó entonces en una bruja con un aire familiar para quienes conocían a Camila Noceda, aunque los detalles la diferenciaban claramente. Sus orejas puntiagudas, adornadas con pequeños aretes blancos, y sus ojos amarillos brillantes emanaban una determinación que bordeaba lo perturbador. Su atuendo era oscuro y práctico: una blusa granate de mangas largas combinada con una falda índigo y botas negras. Junto a ella, Lusine permanecía de pie, con los ojos hinchados por el llanto, temblando como una hoja en una tormenta.
—Señora Nocelum, ¿puede contarnos qué sucedió? —preguntó el brujo periodista, acercándole el micrófono.
La bruja inhaló profundamente, tratando de calmar el temblor en su voz.
—Estaba en el mercado, terminando de hacer las compras para la cena, cuando vi a mi hija al mando de la carreta, con la mirada vacía —dijo, señalando con la palma izquierda hacia el vehículo—. Algo en su expresión me llenó de inquietud. Me acerqué, y apenas susurró que me lo explicaría cuando llegáramos a casa.
La mujer apretó los labios.
—Cuando finalmente llegamos, la vi más vulnerable que nunca. Apenas bajamos, se desplomó en mis brazos, llorando sin consuelo. Entre sollozos, me pidió que revisara debajo de la lona de la carreta.
La bruja cerró los ojos, como si reviviera aquel momento desgarrador.
—Lo hice… y... fue un verdadero milagro del titán que no me desplomara allí mismo al ver los cuerpos sin vida de aquellos pobres niños de Glandus. Esa imagen jamás se me borrará de la mente.
El periodista asintió con gravedad mientras la cámara enfocaba a Lusine. Sus ojos hinchados y enrojecidos aún conservaban el brillo del llanto, pero ahora su rostro se endurecía. Su mandíbula estaba apretada, y sus manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por una furia contenida.
—Lusine, ¿puedes hablar? —preguntó el periodista con cautela, acercándole el micrófono.
De pronto, se escucho el sonido de la puerta principal, y los hermanos Noceda entraron a la sala con el eco de sus pasos. Luz se deslizó hasta quedar detrás del sofá y se apoyó en el respaldo con un aire despreocupado.
—¡Hey, chicos, ya estamos de vu…! —exclamó, deteniéndose al ver la imagen en la bola de cristal. Su expresión cambió, mostrando sorpresa y curiosidad.
Con un tono ligero, añadió rápidamente:
—Vaya, qué sorpresa. Primero mi doble aparece en mi teléfono, ¡y ahora también en las noticias!
La doble bruja de la joven Noceda soltó una risa seca y amarga antes de fijar su mirada en la cámara. Su tono, aunque quebrado por momentos, transmitía una dureza inesperada.
—¿Hablar? Claro, ¿por qué no? —dijo, su voz teñida de sarcasmo—. ¿Quiere que cuente cómo mis amigos y yo empezamos el día pensando que sería divertido? ¿Cómo creímos que un paseo por el bosque del Antebrazo sería emocionante? Pues fue emocionante, sí... hasta que dejó de serlo.
Con la diestra temblorosa, Lusine levantó una pequeña pinza con púas que simulaban dientes. Usándola con cuidado, extrajo una fotografía de detrás de su oreja derecha y la sostuvo frente a la cámara. La imagen mostraba a Luis Noceda, con las pupilas rojas brillando intensamente, empuñando un kris ensangrentado en una mano, mientras en la otra levantaba la cabeza decapitada de Bria.
—Gracias a él —dijo Lusine con un tono cargado de amargura—. Primero mi papá es condenado a la pena capital de la petrificación. Y ahora, un psicópata humano de ojos rojos asesina a mis amigos frente a mí, uno por uno, antes de dejarme inconsciente y usarme como su juguete. —Soltó una pequeña risa amarga, cargada de desdén hacia su propio destino—. Wow... el Titán realmente debe odiarme.
King, Queen y Eda quedaron pasmados, sus expresiones una mezcla de sorpresa y confusión mientras la transmisión seguía mostrando la imagen de Luis, ahora catalogado como un criminal. La atmósfera en la sala se volvió tensa, casi irrespirable.
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En algún rincón de Huesos Burgo, Willow se encontraba junto a su carreta de sangre de manzana, sosteniendo un botijo con ambas manos. Estaba lista para entregárselo a Katya, quien estaba acompañada de Gus. A través de la ventana enrejada de una tienda cercana, las bolas de cristal proyectaban una inquietante noticia, cuya atmósfera parecía intensificar el aire tenso del lugar.
Cuando los ojos de Willow se encontraron con la imagen de Luis, un nudo de ansiedad se formó en su estómago, y, sin poder evitarlo, el botijo resbaló de sus manos y cayó al suelo con un ruido sordo.
—Luis... —murmuró, su voz temblando de preocupación.
—Cariño... —le dijo Katya, al notar la reacción de la joven bruja de las plantas. Se acercó y, con un gesto lleno de comprensión, le tocó el hombro—. Antes de que llegues a una conclusión, déjanos explicarte —agregó con suavidad.
—Verás... —comenzó a decir Gus.
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De vuelta en la casa Búho, la reacción de Luz fue la siguiente: sus ojos se abrieron desmesuradamente, como si estuviera viendo una pesadilla hecha realidad. Su respiración se volvió errática, y sus manos temblaban al intentar cubrirse la boca para ahogar un jadeo de puro horror. Era como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.
Finalmente, tras voltear a mirar a su hermano, rompió el silencio con una voz que vacilaba entre incredulidad y pavor:
—¡Luciano Noceda! —gritó, su tono quebrado pero cargado de desesperación, subrayando su nombre completo como si de alguna manera eso le devolviera el control—. ¿Qué c& $#/s significa esto?
Luis, con total indiferencia, soltó:
—Te lo suelto cuando termines de guayarte la cuevita de confort.
Después, se dirigió hacia un baúl y sacó un cráneo de caballo, que colocó sobre su cabeza como máscara. Al hacerlo, miró a su hermana, a la bruja y a los "monarcas", y les dijo sarcásticamente:
—¿Qué e lo que? ¿Nunca han vito un bronco con lo cuero bien paraos? Yo soy un Tikbalang, loco.
Luz, con el rostro marcado por la tristeza y las lágrimas asomándose en sus ojos, clavó su mirada en Eda, King y Queen. Con la voz quebrada, les dijo:
—Ya lo perdimos.
