Mente tóxica Parte 1
Dos semanas después del primer día...
Luz sintió un suave cosquilleo en la mejilla, como si una mano cálida y delicada la tocara, mientras una voz femenina, dulce y familiar, susurraba desde la distancia:
—Despierta, cariño... arriba.
Parpadeó varias veces antes de abrir los ojos por completo. Un resplandor anaranjado bañaba todo a su alrededor, llenando el espacio con una luz mágica. Frente a ella, arrodillada, estaba una mujer cuyo rostro irradiaba calidez. Algo en sus rasgos le resultaba tan familiar que el corazón de Luz dio un vuelco.
—¿Mamá? —murmuró, aún aturdida.
La mujer rió suavemente, pero su expresión tenía un matiz de fragilidad, como si no estuviera completamente segura de sí misma. Luz tomó su mano, permitiendo que la ayudara a levantarse. Fue entonces cuando notó algo extraño: las orejas puntiagudas de la mujer.
—Oh... no eres ella —dijo Luz, sintiendo un leve rubor de vergüenza—. Pero te le pareces mucho.
La mujer sonrió, aunque su mirada reflejaba una mezcla de nostalgia y tristeza.
—Tranquila, querida. Yo también te confundí con mi hija por un momento.
Luz miró a su alrededor, tratando de orientarse. El lugar parecía un pasillo largo y estrecho, decorado con cuadros antiguos que mostraban a una misma persona: Lusine. Cada pintura narraba fragmentos de su vida, desde una niña risueña jugando bajo un cielo despejado hasta una adolescente introspectiva, rodeada de sus amigos Bria, Angmar y Gavin. Las pequeñas lámparas, suspendidas en intervalos regulares, iluminaban el espacio con una cálida luz dorada, mientras las sombras danzaban suavemente sobre el suelo de madera.
—¿Dónde estamos? —preguntó Luz, entre curiosa y cautelosa—. ¿Qué es este lugar?
La mujer, cuya apariencia recordaba tanto a Camila Noceda, observó los cuadros con una melancolía palpable.
—Creo saber exactamente dónde estamos, querida. Hemos sido atrapadas en la mente de Lusine.
Luz jadeó, intentando procesar lo que estaba viendo.
—¡Estamos en la mente de Lusine! —exclamó, girando sobre sí misma para observar cada detalle del lugar con asombro—. ¡Es una locura!.
—¿Verdad que sí? —respondió la mujer con una sonrisa divertida—. Parece que ahora jugaremos al escondite con los pensamientos, pero sin saber las reglas del juego.
Luz soltó una risa, aunque en el fondo sentía una inquietud latente.
—A pesar de todo, me alegraste el día, mamá...
La mujer levantó una ceja, pero su sonrisa cálida no vaciló.
—¿Otra vez con "mamá"? —dijo con un toque de humor—. Bueno, supongo que podría acostumbrarme a eso.
Luz se detuvo en seco, llevándose una mano a la frente mientras intentaba ordenar sus pensamientos.
—¡Espera, espera! —dijo, levantando una mano como si estuviera deteniendo una obra de teatro en pleno acto—. Necesito un segundo para procesar esto: ¿mi mamá... pero no mi mamá... con orejas puntiagudas?
Frunció el ceño, ladeando la cabeza como si tratara de resolver un acertijo particularmente complicado.
—Esto tiene que ser un sueño, ¿verdad? —añadió, con un tono que mezclaba incredulidad y autoironía—. ¿Me quedé dormida leyendo "La bruja buena Azura contra La Madre de los Lamentos" otra vez? Porque si es así, mi cerebro se está volviendo demasiado creativo.
Miró a su alrededor, como buscando pistas en el entorno surrealista, antes de volver la vista a la mujer con una mezcla de duda y curiosidad.
—Aunque, para ser honesta, no debería extrañarme...
La bruja levantó las manos con suavidad, interrumpiendo el torbellino de pensamientos de Luz.
—¡Whoa, calma, calma! Respira hondo, jovencita.
Luz tomó una bocanada de aire, cerró los ojos por un momento y luego exhaló lentamente, tratando de ordenar sus pensamientos.
—¿Ya me siento menos loca? —preguntó, con una sonrisa nerviosa.
La mujer rió.
—Eres un torbellino, cariño —dijo Camille, sus ojos brillando con picardía—. Ahora, déjame presentarme como es debido. Soy Camille... Camille Nocelum. Y, como probablemente ya habrás adivinado, soy la madre de la dueña de este peculiar lugar —señaló los cuadros y las lámparas, decorados con formas retorcidas y colores vibrantes—. Y ya te conozco, Luz Noceda. Soy una gran admiradora de tu libro, El despertar de Luzura.
—¿Te gustó mi...? ¡¿En serio?! —tartamudeó Luz, abrumada—. Eso fue hace... ¡pensé que ya nadie...!
—Oh, yo no olvido una obra tan genuina, querida —dijo Camille, con los ojos brillando de admiración—. No era solo una novela. Era una ventana a tu alma. Cada página estaba impregnada de algo tan genuino, tan intenso, que no podía ser solo ficción. Me di cuenta de que era tu forma de expresarte, de liberar sentimientos que quizás no podías compartir de otra manera.
Luz abrió los ojos sorprendida, sintiéndose expuesta pero comprendida al mismo tiempo.
—¿Tú... notaste eso? —preguntó en un susurro.
Camille asintió suavemente, inclinándose hacia ella.
—Lo noté. Cada lucha de Luzura tenía un eco de tus propias emociones, tus batallas. Esa honestidad es lo que hizo a tu obra tan especial.
Luz se quedó sin palabras, sintiendo cómo las palabras de Camille llegaban directo a su corazón. Camille, notando la emoción en su rostro, se acercó con delicadeza.
—Cariño, ¿qué pasa? —preguntó, con ternura, sacando un pañuelo blanco de su blusa.
Con suavidad, comenzó a secar las lágrimas de Luz.
—No llores, mi niña. Aquí tienes, suénate la nariz.
Luz obedeció, aún sintiendo la intensidad del momento reverberando en su pecho. Sus latidos, acelerados y descontrolados, finalmente comenzaron a calmarse. Con una mezcla de timidez y vulnerabilidad, levantó la mirada hacia la bruja.
—Camille... sé que esto puede sonar raro, pero... —su voz vaciló, como si temiera las palabras que estaba a punto de decir—. Quiero pedirte un favor.
Camille, con su presencia tranquila y maternal, la miró atentamente, su expresión llena de comprensión.
—Lo que necesites, cariño —respondió con suavidad, transmitiendo seguridad.
Luz respiró hondo, sintiendo una leve presión en el pecho. Su voz era un susurro, pero las palabras que salieron de su boca tenían el peso de una necesidad profunda.
—Mientras estemos aquí... ¿me permitirías llamarte mamá? Y tú... ¿podrías llamarme "Mija"?
La solicitud, aunque sencilla, era un mar de emociones para Luz. Aquella palabra, "mamá", resonaba en su interior con una mezcla de esperanza y miedo, como si fuera la primera vez que se permitiera anhelar algo tan profundo.
Camille parpadeó, sorprendida. Luz, al notar su reacción, bajó la mirada, apesadumbrada.
—Lo siento. Olvida lo que dije. Yo no debí...
Antes de que pudiera terminar, Camille la envolvió en un abrazo lleno de ternura.
—Sería un honor para mí —susurró, con lágrimas asomando en sus propios ojos.
Luz devolvió el abrazo con fuerza, dejando caer lágrimas de alivio.
—Gracias...
Cuando se separaron, Camille limpió los últimos rastros de lágrimas de Luz con su pulgar y dijo con un tono juguetón:
—Un pequeño juego de rol de madre e hija suena a una excelente terapia, ¿no crees?
Luz rió entre dientes.
—¿Terapia? Bueno, siempre me han gustado los métodos poco convencionales.
Camille señaló el entorno con una sonrisa cómplice.
—Entonces estás en el lugar perfecto.
—Sí, definitivamente —asintió Luz, sintiéndose reconfortada por la calidez de la bruja que parecía tan cercana y familiar.
Después de un momento, Camille y Luz se separaron del abrazo, y Luz, con una mirada suave, susurró:
—Mamá...
Camille le sonrió cálidamente, su voz llena de ternura.
—¿Sí, Mija?
Luz cerró los ojos por un instante, llevando la mano derecha al pecho, como si intentara anclar la sensación de seguridad y calidez, esa misma que experimentaría si estuviera junto a su verdadera madre. Tras un suspiro, abrió los ojos y volvió a mirar a Camille, pero esta vez con curiosidad.
—¿Cómo fue que llegué... —Se corrigió al instante—. ... que llegamos aquí?
