Mente tóxica Parte 2
Camille se llevó la mano zurda a la barbilla, sumida en sus pensamientos, mientras observaba a Luz con una sonrisa suave. Con una ligera inclinación de cabeza, pensó por un momento antes de hablar.
—Hagamos esto, mija. Primero me cuentas tu versión de la historia, y luego yo...
—No, no, por favor —interrumpió Luz, con una sonrisa cálida que iluminó su rostro—. Tú primero, mamita.
Camille sonrió ampliamente y, con un gesto cariñoso, se acercó a Luz. Le pellizcó la mejilla izquierda con ternura y, sonriendo, le dijo:
—Realmente eres un amor, ¿lo sabías?
Luego, con una mirada juguetona, levantó la capucha de la sudadera de Luz, dejando al descubierto sus pequeñas orejas de gato. Camille, divertida, comenzó a canturrear:
—Gatita, Gatita, Gatita, la gatita es tan suave y bonita. ¿Quiero acariciar a la gatita?
Y con una risa suave, acarició la cabeza de Luz, disfrutando del momento.
—Sí, quiero acariciar a la gatita.
Luz, visiblemente ruborizada, se rio un poco y apartó suavemente la mano de su madre.
—¡Ay, mami, ya basta!
Camille soltó una risita ligera, divertida por la reacción de Luz, antes de comenzar a decir:
—Bueno, recuerdo que llegaba de entregar un pedido...
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[Escena retrospectiva de Camille]
Camille empujó la puerta de su botica con un leve gruñido, cargando un par de sacos llenos de lo que parecían ser caracoles. Su expresión reflejaba agotamiento, pero también una satisfacción tranquila. Al cruzar el umbral, dejó los sacos sobre el mostrador y miró alrededor, notando que el lugar estaba completamente vacío.
—¿Dónde están esos dos? —susurró para sí misma, frunciendo el ceño—. Se suponía que debían quedarse a...
Un suave sonido de flauta rompió el silencio, proveniente de la trastienda. Camille arqueó una ceja y avanzó con cautela hacia la fuente del ruido. Al entrar, se encontró con un caos fascinante: estanterías atestadas de frascos con líquidos brillantes, polvos oscuros y hierbas secas colgando del techo.
En el centro de la sala, un gran círculo mágico amarillo resplandecía débilmente, con un diseño intrincado que incluía cuatro círculos más pequeños en las esquinas superiores e inferiores.
Lusine tenía el cabello desordenado, con un mechón superior teñido de un color más claro que el tono ciruela natural de su melena. Su mirada intensa, habitualmente acentuada por la sombra de ojos negra que llevaba, se veía reemplazada por la concentración de su postura. Vestía una mini chaqueta azul abierta con un par de botones blancos en forma de cráneos en el lado derecho, cuyas mangas cortas y rasgadas le daban un aire rebelde. Debajo de la chaqueta, lucía una camiseta gris ajustada, complementada con un cinturón granate adornado con púas blancas. Sus pantalones negros ajustados destacaban aún más su estilo atrevido, junto con las esparteñas gris claro que completaban el conjunto. En cada oreja llevaba un arete y una argolla, añadiendo un toque de actitud punk a su apariencia.
Estaba sentada fuera del círculo, inmóvil en posición de meditación, con los ojos cerrados y el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera profundamente concentrada.
Un joven brujo, de estatura baja y complexión delgada, se encontraba de pie junto al círculo mágico. Su piel era de un tono beige suave, y sus ojos, de un marrón oscuro, reflejaban una mezcla de curiosidad y concentración. Su cabello castaño lacio, rapado a los lados, resaltaba el rostro de rasgos finos. Vestía una sudadera gris claro de manga larga debajo de una túnica amarilla con un cinturón marrón atado a la cintura. Sus pantalones blancos eran holgados, y sus botas gris oscuro con suelas de un gris más claro le daban un aire práctico y ágil. En su mano derecha, sostenía un tubo de ensayo con un líquido amarillo brillante que chisporroteaba suavemente con cada movimiento.
—¡Matt Tholomule y Lusine Nocelum! —exclamó Camille, entrando en la habitación con una mezcla de furia y alarma—. ¿Qué huesos, basura y estiércol creen que hacen aquí?
Mattholomule dio un pequeño salto, sorprendido, y el tubo de ensayo resbaló de su mano derecha.
—¡Se-señora Nocelum, e-e-esto...! —intentó explicar, pero ya era demasiado tarde.
El vidrio se estrelló contra el suelo dentro del círculo mágico, derramando el líquido amarillo sobre los glifos. Camille avanzó con rapidez, decidida a poner fin al desastre, pero su pie tropezó con una flauta de madera en el suelo. El tropiezo fue torpe y ruidoso; cayó de frente, empujando a Matt hacia un caldero grande junto a una estantería. El joven brujo apenas tuvo tiempo de emitir un grito corto antes de aterrizar con un chapoteo en el interior del caldero.
Mientras Camille aterrizaba justo en el centro del círculo frente a Luz, el líquido amarillo comenzó a brillar intensamente, y el círculo vibró con una energía creciente que llenó el aire.
—¡No! —gritó Mattholomule desde el caldero, con la cabeza y los brazos sobresaliendo del borde mientras agitaba desesperadamente una mano hacia Camille—. ¡Señora Nocelum, salga de ahí!
Pero justo cuando Camille intentó incorporarse, el círculo mágico se activó con un destello cegador. En un instante, una explosión de luz irradió desde su centro, envolviendo por completo la trastienda en un resplandor sobrenatural tan intenso que parecía desbordar los límites de la realidad misma.
[Fin de la escena retrospectiva de Camille]
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Luz estalló en una carcajada tan estruendosa que tuvo que sujetarse el estómago, doblándose hacia adelante mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Su risa resonaba con tal fuerza que parecía iluminar el ambiente, aliviando por un momento la tensión que las rodeaba.
—¿Así que tropezaste con una flauta de madera y aterrizaste como un costal de papas junto a mí dentro de aquel glifo? —dijo entrecortadamente, tratando de recuperar el aliento entre risas—. ¡Y ni hablar de que empujaste al pobre noviecito de mi "hermana" dentro de un caldero!
Camille, con las mejillas encendidas de vergüenza, se cruzó de brazos y desvió la mirada, aunque sus labios temblaban al borde de una sonrisa que se resistía a ocultar. Finalmente, dejó escapar un suspiro teatral y se llevó las manos a las caderas, rindiéndose al momento.
—¿Costal de papas, dices? Pues mira, ahora que lo mencionas... Tienes algo de razón, mija. Pero si me preguntas, más bien sería un costal de puré de papas. O sea, áspero y rugoso por fuera, pero suave y cremoso por dentro. ¿No crees?
Luz se dejó caer al suelo de espaldas, riendo nuevamente a carcajadas, y comenzó a mover los pies como si estuviera pedaleando en el aire. Luego, con un giro dramático, se dio vuelta para quedar boca abajo, golpeando el suelo con su puño derecho mientras el aire se le escapaba en pequeñas risas incontrolables. Finalmente, logró ponerse de rodillas, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—M-Me duele el estómago —dijo, aunque su sonrisa traicionaba cualquier intento de seriedad.
Camille, al ver que Luz se tomaba un respiro entre risas, se acercó con una ligera sonrisa en los labios, aunque con un toque de preocupación en los ojos. Le ofreció su mano para ayudarla a ponerse de pie, pero antes de que Luz pudiera responder, Camille habló, su tono una mezcla de humor y seriedad.
—El dolor será peor si no te calmas —dijo Camille, levantando una ceja mientras esperaba que Luz dejara de reír.
Luz, aún con una sonrisa contagiosa, trató de controlarse, aunque la diversión seguía brillando en sus ojos. Finalmente, respiró hondo y, con tono juguetón, dijo:
—Que mi verdadera mamá no me oiga decir esto, pero... eres mucho más simpática que ella.
Camille no pudo evitar soltar una ligera risa, pero inmediatamente puso cara seria, como si estuviera reprendiendo a Luz, aunque su tono era amigable.
—Gracias por el cumplido, Mija, pero no es bueno hacer ese tipo de comparaciones —respondió, agitando el dedo índice en un gesto que combinaba cariño y leve reproche.
Luz se encogió de hombros con una sonrisa traviesa, claramente disfrutando del momento.
—Tienes razón —admitió—. A mí tampoco me gustaría ser comparada de forma innecesaria.
Camille asintió, tomando una postura más seria, aunque sin perder del todo el toque de complicidad que compartían.
—Ok, basta de risas —dijo, con una mirada que invitaba a Luz a ser más seria—. Ahora cuénta tu versión de la historia.
—Ahora que recuerdo... —comenzó Luz, con la voz algo vacilante—. Fui al mercado nocturno a comprar algunas cosas que me encargó mi hermano Luis...
Al escuchar el nombre, Camille no pudo evitar fruncir el ceño.
—El psicópata humano de los ojos rojos —la interrumpió, en tono serio.
Luz se quedó un momento en silencio, incapaz de ocultar la incomodidad que sentía.
—Yo... —murmuró, sin saber muy bien cómo continuar.
Pero Camille, con una calma maternal, levantó una mano y le hizo un gesto de entendimiento. Su rostro se suavizó, y su tono se volvió más suave, casi reconfortante.
—No, no, tranquila, mija. Ambas sabemos que lo de tu hermano es un tema muy delicado —le dijo con un suspiro—. Lo dejaremos para otro momento, ¿te parece? Solo quería señalarlo, nada más. Ahora sigue, sin miedo.
Luz, aunque visiblemente incómoda, decidió continuar:
—Pero surgieron problemas...
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[Escena retrospectiva de Luz]
Entre los puestos abarrotados del mercado nocturno, Luz se movía con agilidad, esquivando a brujos y demonios, tanto vendedores como peatones, que llenaban las estrechas calles con un caos vibrante. Una bolsa de compras colgaba descuidadamente de su hombro izquierdo, mientras sostenía una lista arrugada en la otra mano y la examinaba con atención.
—A ver... velas del fuego oculto, óleo del susurro, toallitas del renacimiento... —murmuró, tachando los elementos con una mueca de frustración—. Pero nada de lágrimas de bruma. ¿Dónde rayos venden eso?
Con un suspiro, sacó su celular y comenzó a escribirle un mensaje a su hermano:
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Lucho, ¿estás seguro de que no las venden en Huesosburgo? Llevo horas dando vueltas y nada.
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La respuesta llegó en segundos, como si Luis hubiera estado esperando su mensaje.
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Te dije que no. Si las encuentras, avísame. Las necesito.
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Luz bufó, guardando el celular en su bolsillo. Justo cuando se giraba para retomar su búsqueda, un chico apareció de repente frente a ella. Llevaba un cartel colgando del cuello que decía: "¡Pregunta por mí para la mejor experiencia de compra!" Su sonrisa, amplia y un tanto presumida, no inspiraba mucha confianza.
—Buenas noches, humana —la saludó.
Luz lo miró fijamente, sin molestarse en disimular su impaciencia, y sacó su celular de nuevo para responder a su hermano:
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Dame un minuto. Parece que encontré algo.
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Luego levantó la vista hacia el chico.
—¿Quién eres?
—¡Matt Tholomule! —anunció él con entusiasmo, como si su nombre bastara para aclarar todo—. Representante estrella y guía oficial de la botica Herbolario Nocelum. Si necesitas algo, soy tu brujito.
La palabra "botica" atrapó la atención de Luz al instante.
—¡Perfecto! —exclamó, levantando su lista arrugada frente a él—. Llevo horas buscando una.
—Pues tu búsqueda termina aquí —respondió Matt con una sonrisa confiada, cruzándose de brazos—. Sígueme, humana.
Luz dudó un momento. El chico parecía demasiado seguro de sí mismo, pero no tenía tiempo que perder.
—Está bien, pero no me hagas perder el tiempo, ¿entendido?
Mientras lo seguía a través del bullicio del mercado, sacó el celular de nuevo y escribió rápidamente:
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Lucho, creo que encontré lo que estaba buscando. Te aviso en breve. Si no tienes noticias mías en los próximos 30 minutos, ven a buscarme.
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En ese momento casi tropieza con un demonio que cargaba un saco enorme, pero logró esquivarlo a tiempo.
—¿Por aquí? —preguntó Luz con escepticismo al ver el callejón oscuro al que Matt la guiaba.
—¿Te parece que no sé lo que hago? —respondió él con un guiño mientras señalaba un letrero colgante al fondo—. Ahí está.
Herbolario Nocelum, decía el cartel en letras curvas y doradas. Luz suspiró aliviada al verlo.
Matt abrió la puerta de manera teatral y extendió un brazo hacia el interior.
—Adelante, cliente ilustre.
Luz entró con cautela. El interior estaba lleno de frascos brillantes y frascas misteriosas que irradiaban colores vivos bajo la luz de velas flotantes.
—Primero lo primero —dijo Matt mientras se acercaba al mostrador. Tomó una bandeja con varias botellas pequeñas y la colocó frente a ella—. Muestras gratis de nuestros nuevos perfumes. Es política de la casa.
Luz tomó una de las botellas y destapó el corcho. El aroma era dulce y embriagador, una mezcla de lavanda, jazmín y algo más que no podía identificar.
—Wow, este huele... interesante —comentó, aunque su voz empezó a sonar débil.
De repente, un mareo la obligó a apoyarse en el mostrador.
—¿Qué… qué me diste? —preguntó con dificultad, intentando mantenerse de pie.
Sintió una presencia a su espalda; una mano izquierda se posó suavemente en su hombro derecho. Luz giró la cabeza y encontró a su doble bruja, sonriéndole con malicia.
—Se llama "muerte viva", primor —le dijo Lusine con un tono gélido, casi burlón, como si disfrutara del momento.
Lo último que los ojos de Luz alcanzaron a captar antes de que la oscuridad la envolviera fue el brillo cruel en los ojos de Lusine, acompañado por la expresión inescrutable de Matt.
[Fin de la escena retrospectiva de Luz]
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La tensión en el ambiente disminuyó mientras Camille cruzaba los brazos y asentía levemente tras escuchar la historia de Luz.
—Ya veo —dijo con voz controlada, cuidando no revelar ninguna emoción en particular.
Luz, con el ceño aún ligeramente fruncido, exhaló lentamente, tomándose un momento para ordenar sus pensamientos antes de hablar.
—Entonces, si juntamos todo... estamos aquí gracias a un ritual de viaje mental que hicieron Lusine y su noviecito... quizás por alguna razón que probablemente conocemos pero no queremos aceptar —dijo, mirando a Camille con una mezcla de inquietud y curiosidad—. ¿Hay alguna forma de salir?
Camille sostuvo la mirada de Luz por unos instantes, analizándola, como si estuviera evaluando si estaba lista para escuchar la verdad. Finalmente, dejó escapar un suspiro.
—Con un ritual de retorno. Pero... solo puede realizarse desde afuera. Tú y yo, técnicamente, no podemos salir por nuestra cuenta.
Los ojos de Luz se abrieron de par en par, y una expresión de alarma cruzó su rostro.
—¿Qué? ¿Quieres decir que estaremos atrapadas aquí para siempre...?
Camille se acercó con calma, colocando sus manos sobre los hombros de Luz en un gesto que transmitía una serena seguridad.
—Tranquila, mija. Respira hondo. Esto no es el fin. Escucha.
Luz intentó seguir su consejo, aunque su respiración seguía entrecortada y su mirada reflejaba ansiedad.
—Lo que haremos será buscar a la conciencia de Lusine —continuó Camille con voz firme pero tranquilizadora—. Si logramos encontrarla, podríamos convencerla de que influya en Lusine para que nos saque de aquí. Al fin y al cabo, esa parte de ella es su lado más noble.
Luz dejó escapar un suspiro tembloroso, aunque parecía relajarse un poco.
—Bueno... eso tiene algo de sentido. Suena... alentador, en realidad.
Camille le tendió la mano derecha a Luz, su sonrisa cálida irradiando determinación.
—¿Vamos?
Luz vaciló por un instante, pero terminó asintiendo.
—Andando.
Al tomar la mano de Camille, esta se puso en marcha con pasos firmes, guiándola por el pasillo. Finalmente, se detuvo frente a una pintura cuyo marco ostentaba una inscripción en la parte inferior: "Primer tiempo, padre e hija".
La escena plasmada en el lienzo mostraba a una pequeña Lusine, de apenas cuatro años, sentada sobre los hombros de un brujo que, aunque se asemejaba al padre de los hermanos Noceda, tenía diferencias notables. Su cabello y barba, de un profundo tono ciruela, contrastaban con las orejas puntiagudas y los ojos lavanda que parecían brillar con vida propia. Vestía como un constructor medieval, con atuendos prácticos y robustos, diseñados para el trabajo arduo. Su sonrisa amplia y sincera iluminaba la escena, impregnándola de una calidez que parecía traspasar el marco y envolver a los espectadores en una sensación de alegría pura.
Camille contempló la imagen en silencio, sus ojos llenos de una melancolía apacible. Tras unos segundos, habló.
—Ese es Manazar, mi esposo y el padre de Lusine —explicó con una sonrisa cálida que reflejaba tanto orgullo como nostalgia—. Un hombre con un corazón tan grande como su talento para construir cosas.
Luz fijó su mirada en el cuadro, detallando cómo la pequeña Lusine observaba a su padre con una devoción palpable. La escena le despertó algo familiar, algo inquietante. Aunque intentó ocultarlo, no pudo evitar reconocer la semejanza entre Manazar y su propio padre. La duda la consumió un instante, hasta que finalmente se atrevió a preguntar:
—¿Qué pasó con él?
La atmósfera se tensó de inmediato. Camille inhaló profundamente, como quien intenta contener una tormenta emocional. Su voz, cuando finalmente rompió el silencio, sonó frágil y cargada de un dolor latente.
—Fue petrificado por practicar magia salvaje y negarse a unirse a un aquelarre.
Luz sintió que el aire se le escapaba. Sus ojos se agrandaron, llenos de horror y arrepentimiento.
—Oh, mamá... lo siento tanto. No debí haber preguntado.
Camille negó suavemente con la cabeza, mientras una lágrima solitaria trazaba un camino silencioso por su mejilla.
—No te preocupes, Mija. Es algo difícil de revivir, sí, pero necesario. Hablar de él mantiene vivo su recuerdo. Y me alegra poder compartirlo contigo.
Tras un momento de contemplación, Camille condujo a Luz hacia otro cuadro cercano. Ambas se detuvieron frente a una pintura que imponía por la fuerza de su composición.
En el centro del lienzo, una Lusine de unos 13 años posaba con actitud triunfal. De espaldas contra la base de un trofeo dorado que duplicaba su altura, cruzaba los brazos mientras una sonrisa de satisfacción iluminaba su rostro. Llevaba el uniforme deportivo de Glandus, impecable y orgulloso.
A su alrededor, sus compañeros de equipo celebraban con una energía desbordante, alzando los brazos y vitoreando su logro. El trofeo resplandecía con tal intensidad que parecía irradiar luz propia, bañando la escena en un resplandor dorado. En la base del marco, unas letras grabadas con brillante elegancia proclamaban: "Una Victoria Aplastante".
Camille sonrió con orgullo, cruzando los brazos mientras admiraba la escena.
—Ese día, Lusine llevó a Glandus a la victoria contra St. Epiderm en el campeonato de Grudgby del año pasado —comentó con entusiasmo—. Fue un momento legendario. Ella sola anotó más de la mitad de los puntos.
Hizo una pausa, dejando que Luz apreciara los detalles del cuadro antes de añadir:
—Gracias a su estrategia y determinación, el equipo logró una victoria que nadie olvidará. Ese trofeo no solo simboliza el triunfo, sino el espíritu indomable de Lusine.
De repente, Luz notó un cuadro en la pared opuesta. En él, Lusine y Amity aparecían tomadas de la mano, ambas con traje de baño, saltando al aire como si se lanzaran al agua desde una roca. Bajo la pintura, una inscripción decía: "Las pajaritas del amor".
—Oh, no —murmuró, acercándose para observarlo más de cerca.
Con los dedos, acarició suavemente el lienzo mientras sus ojos recorrían cada detalle de la escena.
—Creo saber de qué se trata este —continuó, mientras Camille se acercaba lentamente—. Debo admitir que casi siento un nudo en el estómago por haberlas obligado a terminar y exponer su dolor en público. Se ven tan felices aquí.
—Mami...
Camille y Luz se giraron al escuchar la voz infantil, suave y dulce, que resonó en la quietud del lugar. Frente a ellas, de pie como una aparición etérea, estaba la pequeña Lusine, de cuatro años. Su piel estaba pálida y ligeramente azulada, rodeada por un aura del mismo color. Su pequeño cuerpo estaba envuelto en un pijama de una pieza que parecía un disfraz de comadreja o nutria, y en su brazo izquierdo sostenía lo que parecía ser una manta.
Luz y Camille la miraron con expresión de sorpresa.
—Eres tú, la conciencia de mi niña —dijo Camille—. Oh, ven aquí, mi pequeña visón con un lado luminoso —agregó mientras, de forma maternal, la levantaba en sus brazos.
—Hola, "hermanita" —le dijo Luz con ternura, presionándole juguetonamente la naricita con el índice derecho—. ¿Nos ayudarías a mami y a mí a...?
Pero fue interrumpida cuando Lusine, con ojos grandes y asustados, extendió una mano temblorosa, señalando hacia atrás, a lo lejos. Su rostro reflejaba una mezcla de terror y tristeza, y su voz tembló cuando finalmente habló:
—Mami... allá...
Camille y Luz giraron la mirada hacia donde Lusine señalaba. En la penumbra de la habitación, una figura encapuchada se deslizaba lentamente, como una sombra. Una voz grave, profunda y aterradora llenó el aire, resonando con un eco que parecía provenir de un lugar remoto, pero a la vez, tan cercano que helaba la piel.
—Lusine... Camille...
Luz, aterrada, dio un paso atrás, sus ojos agrandados por el miedo.
—Ma-Mamá... ¿Q-Qué es eso? —preguntó con voz temblorosa.
Camille, sin perder la calma pero con una seriedad que hacía que el ambiente se volviera más tenso, tomó a Luz del brazo izquierdo y, con un tono grave, dijo:
—Nuestra señal de salida.
Sin perder más tiempo, Camille atravesó un cuadro al azar junto con sus dos "hijas". El lienzo se rompió como papel, y las tres comenzaron a caer por un vacío oscuro, lo que hizo que Luz gritara y cerrara los ojos.
Luego, aterrizaron suavemente sobre algo blando de color amarillo-naranja que las hizo rebotar hacia el suelo, cayendo finalmente a salvo y de pie.
Luz miró a su alrededor, su rostro reflejando una mezcla de sorpresa y temor al descubrir que se encontraban en lo que parecía un bosque, donde los árboles estaban cubiertos por enormes hongos de tonalidades amarillas y naranjas. Entre los troncos, se distinguían cuadros que mostraban otros recuerdos de Lusine, aunque los lienzos estaban rasgados, descoloridos y marcados por quemaduras.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
Camille, observando cómo la grieta que había dejado se cerraba por encima de ellas y luego el entorno a su alrededor, respondió con un tono grave pero sereno:
—Debemos estar en el área infectada de la mente de Lusine.
—¿El área infectada? —preguntó Luz, desconcertada, mientras alzaba la vista hacia lo alto—. Entonces, ¿esa galería...?
—Exacto, es la parte que aún permanece limpia —respondió Camille, mientras la pequeña consciencia de Lusine se agitaba en sus brazos, dejando claro que quería bajar.
Luz volvió a examinar el entorno, deteniéndose en los hongos que cubrían los árboles.
—Eso... —murmuró con cautela.
Dirigió la mirada a Camille justo cuando ella dejaba a la pequeña consciencia de Lusine en el suelo.
—Mamá... ¿me equivoco o esos hongos en los árboles son espectrosporas? Mi hermano y su novia me hablaron de ellas. Sé que son... ¡Villana Lucy! —exclamó de pronto, alarmada, llevándose ambas manos a las mejillas con los ojos desorbitados.
Camille le devolvió una mirada cargada de tristeza.
—Sí, mija. Es justo lo que crees y lo que yo temía.
Luz sintió un nudo en el estómago.
—Entonces Lusine en verdad...
Camille asintió con pesar.
—Temo que así es.
Hizo una pausa, respirando profundamente antes de continuar:
—Ella es adicta a esa cosa.
