DE COMPRAS.
Tenía 8 años la primera vez que ambicioné algo muggle. Aquel día desperté temprano, padre me había prometido que podría acompañarlo a su trabajo en el ministerio. Estaba realmente inquieto, desayuné con prisa y no paraba de dar saltitos en el vestíbulo esperando a que apareciera. Entre tanto, revisaba que mi ropa estuviera impecable, que mis zapatos estuvieran lustrosos, que mi cabello no hubiera salido de su lugar, que mi abrigo hiciera juego con el que usaría él. Estaba listo para ser por un día, tan perfecto como Lucius Malfoy. Al salir de la mansión, subimos al carruaje con el emblema de la familia sin decir una palabra, yo no podía contener mi entusiasmo en una sola mueca, sonreía abiertamente y mis ojos encontraban todo lo extraordinario en la habitual rutina de mi padre. Mientras él tomaba el periódico y se escondía tras una cortina de letras, yo observé con la cabeza saliendo de la ventanilla del carruaje, el magnífico cuarteto de caballos alados pura sangre emprendiendo el vuelo.
El viaje fue corto, apenas unos 30 minutos en los que nos mantuvimos ocultos entre nubes, el descenso fue liviano y con aparente rapidez según mi padre. Los caballos se mantuvieron suspendidos mientras Doby, nuestro elfo doméstico, extendía una alfombra roja que se transformaba en peldaños mientras descendía hasta tocar el piso del andén de llegada para carruajes mágicos. Miré en todas direcciones maravillado de encontrarme por primera vez en el techo real del edificio del Ministerio de Magia, un edificio que no era ni el más imponente, ni el más alto, ni el más vistoso de toda la calle de Whitehall.
-"No pueden vernos?"- le pregunté señalando discretamente al montón de ventanas del edificio de enfrente. A través de los pequeños marcos podía ver a un par de hombres discutiendo con trozos de papeles en ambas manos, un piso arriba una mujer fumaba con la mirada perdida en el cielo, y otra más a la derecha golpeaba con furia y excelente precisión una máquina con cada uno de sus largos dedos. Ninguno parecía perturbar sus actividades debido al relinchar de los 4 caballos, mucho menos mostrar señal alguna de haberlos visto en lo absoluto.
-"No pueden, tampoco escucharnos. Una barrera de fuertes hechizos protege el edificio entero, incluso se extiende varios kilómetros en el aire. Aunque tampoco querrías que te vieran Draco, son bestias salvajes. Camina, no me gusta llegar tarde."
De un par de zancadas, padre llegó a la entrada de lo que parecía un gran armario de escobas o una amplia lechucería, tomó el picaporte y jaló la puerta. La sostuvo hasta que llegué a su lado y la atravesé, me recibió un pasillo bien iluminado con otra puerta de metal a un par de metros de donde estábamos. El eco de nuestras pisadas se extendía por ambas direcciones como si aquel pasillo fuera inmenso. Al llegar a la puerta de metal, Lucius sacó su varita del bastón y le dió un par de golpecitos con la punta de la varita. Una fina línea de Luz vertical apareció en el centro de la puerta, fragmentadola en dos partes iguales, y con un chirrido ambas se abrieron de par en par.
Un amplio vestíbulo de lustroso piso verduzco y una pequeña comitiva de gente corriendo en todas direcciones fue lo primero que noté. - "No te separes de mí"- fue su instrucción antes de continuar a grandes zancadas por aquel lugar. Corrí tras él, empujando a magos y brujas que abstraídos chocaban conmigo a cada tanto, en una ocasión una comitiva de aurores se atravesó en mi camino y perdí de vista a mi padre por lo que me parecieron 5 largos segundos. Luego al verlo mucho más lejos de lo que podía esperar, corrí con todas mis fuerzas, iba tan rápido como podía que cuando paró de pronto fui incapaz de contener mi propias piernas y frenar antes de chocar contra el largo de su capa y caer al suelo. Me miró irritado por encima del hombro y como un resorte me puse en pie de un solo brinco. Al perder su atención, me acomodé las ropas y moví sutilmente el pie derecho intentando sacudir el suave calor y la ligera presión que me molestaba el tobillo.
Al entrar al ascensor lo hice muy junto a él, observé las cuerdas doradas muy por encima de la cabeza de mi padre, imposibles de alcanzar para mi estatura de elfo doméstico. Al percatarse, padre colocó su firme bastón frente a mí y con un ligero movimiento del ceño me instó a sujetarme de él. Le sonreí agradecido y en respuesta me regaló una leve curvatura en la comisura de sus labios.
En algún piso del que no recuerdo, un hombre de cabellos rojizos con ropa pasada de moda y mirada cansada entró al ascensor. Llevaba en las manos un montón de zapatos de varios colores y estilos. Unos colgaban sobre su hombro derecho amarrados por los extremos de las cintas y parecían bailar, otros correr, algunos emitían luces y destellos extraños mientras que los que llevaba bien agarrados a cada mano intentaban salir volando.
-Malfoy,- Saludo sin mucho entusiasmo
-Weasley, ¿noche difícil en el departamento de muggles?
-De hecho fue una noche muy divertida, las nuevas tendencias del calzado muggle se están colando entre los magos más jóvenes con las más increíbles ideas. Estos de aquí, - dijo señalando el par y volviendo su vista a mi- pueden correr 100 kilometros sin detenerse, y cuando se les ordena parar se quedan tan pegados al piso que el mago sale desprendido. Fue toda una hazaña atrapar a la bruja que traía estos.- Concluyó orgulloso.- Mis hijos se van a morir de risa cuando les cuente.
-A mi hijo no le interesan ni tus historias ni tus estúpido objetos muggles. Ahorrate los chismes de pasillo y tu lamentable interés por el insulso trabajo que haces.
El señor Weasley me miró y sonrió, era obvio mi interés por aquellos zapatos que colgaban de su hombro, pero al volver la vista a mi padre noté que no era así cómo debía sentirme. Imité su rostro tanto como pude y no volví a mirar al Sr. Weasley ni a sus tontos zapatos muggles. Él tampoco volvió a decir nada.
Cuando tenía 11 años, habiendo despedido a mis padres y subiendo al expresso de hogwarts recordé aquel día, recordé a ese hombre de cabellos pelirrojos y fascinante entusiasmo cuando un grupo de pelirrojos pasó frente a mi buscándose un compartimento vacío. Todos pelirrojos, todos de piel blanca y pecosa, todos llevando ropas desgastadas y esas zapatillas muggles. Los miré atentamente por varios minutos, esperando que se pusieran a bailar, correr o brillar entre luces de colores. Pero nada pasó.
Cuando cumplí 12 años, acompañé a mis padres a Diagon Alley a comprar todo lo que estuviera en la lista para el regreso al colegio, y por supuesto todo lo que quisiera extra también. Pergaminos, vuela plumas, bromas de zonko, kits para el mantenimiento de mi escoba, túnicas y botines de vuelo. Todo lo que quisiera, el único lugar en el que se me prohibió entrar o comprar algo fue en la nueva tienda ubicada contra esquina al emporio de lechuzas, una que vendía zapatillas deportivas estilo "New Balance y Nike". La propaganda prometía tal comodidad, que auguraba querrías dormir con ellos puestos.
A partir de ese momento, tuve que acostumbrarme a ver en el colegio a varios compañeros de casa cuyos padres eran menos estrictos usando la nueva tendencia en calzado, y luego en ropas muy por fuera de la paleta medieval. Me acostumbre a ir perdiendo compañeros y amigos porque debía despreciar su constante y despreciable flirteo por las cosas de muggles. Sus reuniones y fiestas fuera del colegio en playas no mágicas, en destinos increibles y países exóticos, sus absurdas noches de juerga bebiendo alcholes de contrabando comprados en tiendas muggles, sus conquistas con despampanantes modelos sin magia mucho mayores que ellos, pues un par de confundus era todo lo que necesitaban para tener una buena noche de fiesta siendo aún menores de edad.
Me acostumbre a la presencia de las mismas personas a quienes se les prohibía lo mismo que a mí, a los cortes de cabello en el lugar de siempre, la ropa y los zapatos a la medida en verde oscuro, gris plata y negro. A las reuniones en los clubs y casas de magos sangre pura, a los abogados, los negocios de mi padre, a coger con la única bruja de sangre pura interesada en mí y finalmente, a las artes oscuras.
Lo único a lo que no pude acostumbrarme, fue a ser un mortífago. Cuando lo comprendí hice todo lo que pude para no ser requerido, para que me llamaran cobarde, desperdicio de sangre e insulso parásito. Lo prefería antes que salir a matar gente, magos, muggles o criaturas de cualquier tipo. Entonces volví a ver en los ojos de mi padre la misma irritación y desprecio de aquel día en el Ministerio frente a los ascensores, y cada vez que me miraba así, yo volvía a tener 8 años. Volvía a sentirme humillado en el piso de un espacio público, falto de actitud para estar a su altura y deseando las únicas zapatillas deportivas que jamás podría comprar, robar, o usar.
Después de pasar todo el día en compañía de Hermione, probando cientos de pantalones vaqueros, camisas y playeras de todos los colores, trajes Hugo Boss y Armani, anteojos, cachuchas y por supuesto, zapatillas deportivas me siento todo menos un Malfoy. Me siento un mago común y corriente, con un pasado distinto y un futuro más prometedor. Soy consciente de cómo mis pies hacen crujir la gravilla de la entrada principal de Malfoy Manor, casi como si la hicieran sufrir a cada paso con la blancura de mi nuevo par Converse All Star que me traen de vuelta al lugar que me enseñó a odiar todo lo que hoy, llevo puesto.
Hermione dijo que son poco comunes incluso entre los muggles, "de colección", los llamó. Lo que sea que eso signifique a mí me sonó a que eran especiales, y aunque no lo fueran igual serían especiales por el simple hecho de llevarlos puestos, de haberlos seleccionado junto con una hija de muggles, de haberlos atado inmediatamente a mis pies y sobre todo por haberlos pagado con dinero bien ganado por mi padre. Desde ahora mi par favorito.
A escasos pasos de la entrada principal de la mansión, comienzo a buscarme en los bolsillos del pantalón y de la chaqueta nueva, la varita. Estoy algo perdido entre mi propia ropa, demasiados bolsillos pero ninguno lo suficientemente adaptado para guardar la, no me extraña que Hermione se haya vuelto experta en el encantamiento de expansión indetectable. Cuando estoy subiendo los escalones del pórtico principal, madre abre la puerta y la veo desencajar ligeramente la mandíbula con una suave expresión desconcertada. Sus hábiles ojos me escanean de arriba a abajo con rapidez.
-¿Por qué llegas caminando? -Pregunta sin dejar de evaluarme. No estoy seguro de si lo que ve le desagrada o si simplemente necesita tiempo para emitir su juicio final.
-Pase al antiguo garaje a guardar una… compra que hice hoy. - Respondo. Aunque la veo arquear las cejas con gran asombro, no me pregunta sobre lo que es.
-¿Y eso?, señala con su dedo el vaso con tapa y popote que me niego a soltar.
-Es una bolsa de compras madre, Hermione la ha hechizado para poder guardar todo lo que me ha obligado a comprar.
-No la bolsa, éso que llevas en la mano.
-Ah, es una bebida muggle. Sabe horrible, no te gustaría. Estoy algo cansado creo que intentaré dormir, mañana debo pasar al ministerio por un registro, luego debo trabajar y por la noche saldré a un compromiso social. Si me disculpas. - Continúo mi camino rumbo a mi habitación, estoy poniendo un pie sobre el primer escalón cuando siento la intrusión llegar de golpe a mi mente sin que la pueda evitar. Como si no fuera suficiente las piernas dejan de responderme y la parálisis se extiende por todo el cuerpo.
-¿Te atreves a mentirme? A mí, que soy tu madre… - La escucho decirme. Llegando a mi altura la observo sonreír, colocar su delicada mano sobre la mía totalmente petrificada y robar el vaso que aún frío, guarda en su abultada tapa la crema chantilly con chispas de chocolate por la que he pagado extra. ¡Mierda, mierda, nooo! -Grita mi cerebro.
Sé que he perdido cuando al probarlo, mi madre abre los ojos de golpe, el azúcar le inunda el cerebro y el sabor del café bien incorporado con el suave de la avellana, provocan un destello en sus ojos azules.
¡No pasa nada, calma Draco, sólo era el tercero del día, no es una gran pérdida!- Me consuelo mentalmente.
-¿El tercero?- Dice mi madre con grata sorpresa, cómo detesto que lea mis pensamientos- Que maravilla, estaba a punto de despetrificarte y devolvértelo. Pero siendo así…- La veo dar un sorbo largo y luego cerrar los ojos entre rápidos parpadeos seguido de una cara larga.
¡Ja! Te lo mereces ladronzuela, "Cerebro congelado", Y sí madre, es extremadamente vergonzoso, haz hecho la peor cara de tu vida.- pienso sin ser capaz de controlarlo.
Tras recuperarse, se encoge de hombros. Sus labios vuelven al popote, se sienta en las escaleras, y sus dedos ágiles toman de mis inmóviles manos la bolsa de las compras.
-¡Oh mira, todo es muggle!, - dice riendo- si tu padre estuviera le daría un infarto… que suerte que no pueda verte.- Concluye entre risas.- ¡Wow! Has comprado cosas que no son negras, ¡ve este precioso azul marino y ése color miel!, bueno también hay mucho verde, pero al menos son tonos variados. Humm supongo que ahora sólo usarás vaqueros muggles porque aquí hay una barbaridad. Pero qué… vaya, vaya ¡qué buen gusto tiene la señorita Granger…! Querido tendrás que ponerte a hacer más ejercicio si quieres lucir esta ropa interior como éste tal Calvin Klein, mira nada más que abdomen… -me dice, incorporándose y poniendo frente a mis ojos al modelo del empaque que sólo lleva boxers.
¡Oh! que linda tela la de estos trajes. Son de una excelente calidad. -añade, abandonando al modelo Klein tras devolverlo a la bolsa y sacando el saco de uno de mis nuevos trajes, coloca la tela contra mí rostro y hace un examen crítico a una sola mano mientras la otra aún se ocupa de sostener el frapuccino a la altura necesaria para que sus labios no abandonen la bebida- esa chica Granger será una buena nuera, - murmura muy bajito pero demasiado cerca de mi oído- cuanto me divertiria yo yendo de compras con ella.
De pronto el temible sonido de la succión del aire a través del popote, indicio del bajo nivel en el fondo del vaso. Si pudiera moverme ya estaría haciendo una rabieta, yo que había guardado el mejor sabor para disfrutar al final del toda la tortura de tiendas y ropas muggles Y al final, madre se lo ha robado.
Un silbido sale de los labios de mi madre, uno de esos atrevidos que no escucharías más que en Mundungus Fletcher en el callejón Diagon cuando admira una cara mercancía. -¡Draco qué bonito! - Dice, tras abrir la caja de uno de los relojes que me he encaprichado en comprar. Incrustaciones de pequeños diamantes blancos sobre un fondo limpio que no muestra otra cosa más que la maquinaria del mismo reloj. Pequeños engranajes de oro y acero de alto rendimiento, todo color negro mate. Su elegancia es insuperable, había dicho el dependiente. El mismo que casi se desmaya cuando decidí llevarme un segundo rolex en sobrio color plata porque el fondo numeral era de un verde muy Slytherin. Cuando noté su nerviosismo, quise comprar un tercero para ver si aquel hombrecillo era capaz de tener un ataque cardiaco de pura emoción, pero Hermione dijo que dos eran suficientes y acabó con mi diversión. De paso se llevó también la avaricia del hombrecillo que rápidamente desapareció para proceder al cobro de las dos unidades antes de que la chica me convenciera de llevar una sola pieza.
De nuevo ese horrendo sonido del aire siendo aspirado. - Bueno querido me da mucho gusto que renueves tu guardarropa, hay montones de cosas lindas e interesantes. Confío en que la señorita Granger también te haya mostrado cómo combinarlas, porque tienes un pésimo sentido de la moda.- ¡Ay no, ya se acabó!- dice agitando el vaso vacío frente a mis ojos. -Aquí está tu vaso querido, tenías toda la razón, no me ha gustado nada. - añade mientras coloca en mi petrificada mano el vaso sin una sola gota de frapuccino.
-Por cierto, ayer en la tarde te llegó una carta de Potter. Ni Blaise, ni yo pudimos avisarte antes porque saliste como rayo tras haberte perdido la cena con tu mejor amigo, y el desayuno… - enfatiza en su habitual tono serio golpeándome el hombro, pero perdiendo autoridad al sonar extraña con la lengua adormecida a causa del hielo de la bebida. - ¿Debo recordarte que tu casa no es el Caldero Chorreante al que llegas cuando te place? Tienes la obligación de administrar este lugar y ser un buen anfitrión jovencito. Pues bueno, una grata conversación pero debo continuar. Que tengas un buen descanso hijo. - me da un beso en la frente y la observo subir la escalera por delante de mí. A punto de perderse en la esquina del último escalón me libera del hechizo.
Respiro profundamente un par de veces ajustándome a la sensación de subir y bajar el pecho de nuevo. Con gran dolor observo el vaso vacío al que sólo le había dado un par de pequeños sorbos, y me prometo a mí mismo, montar mi nueva y flamante Ducati tan pronto consiga la licencia, llegar al suburbio muggle de Hermione y comprarme la tienda entera de frapuccinos.
Ha tomado toda la mañana, pero por fin salgo del ministerio de magia con mi nueva Ducati Monster con todos los permisos aprobados y en regla.
¿Que por qué la había comprado? Bah! que le importa al hombrecillo de las licencias el porqué, bien pudo ser porque Granger se oponía rotundamente, pero lo cierto es que simplemente la quería. Punto. El mundo pudo haber ardido en opiniones diferentes y de igual forma los habría mandando a la mierda. En el momento en el que la llave entró en el contacto y el montón de hojalata muggle que montaba encendió, una descarga de adrenalina despertó mi cerebro hasta entonces hastiado de la ropa y los probadores. El motor rugió como un animal salvaje contenido entre mis pies y quise dejarlo correr, liberarlo solo para saber que se sentía montar algo desconocido.
Granger estaba al borde del colapso, su palabrería no estaba captando mi interés y sus manos se agitaban con más desesperación a cada segundo que pasaba. Mientras me ponía los guantes y ajustaba el casco mi cerebro se esforzó por dejar de escuchar sus "¡te vas a morir maldito idiota!" y los "¡no me haré responsable, ¿te enteras?!" y escuchar en su lugar las instrucciones del amable vendedor que, tras un discreto confundus, había accedido a permitirme una prueba de manejo en su circuito de carreras; aún y cuando carecía de licencia y "experiencia en motos". - Soy excelente en escoba, muchas gracias pedazo de animal. - Quise decirle mientras "razonablemente" se negaba a acceder a la prueba. Pero tras una nada discreta propina y un hechizo que ni la mejor bruja de mi generación pudo impedir, el asunto estaba arreglado.
La sensación: ¡indescriptible! ¡Esa moto tenía vida propia! Ningún thestral, hipogrifo, caballo alado o escoba me habían hecho sentir así, ¡nunca en toda mi puñetera vida! Corría a una velocidad media alta, nada a lo que no estuviera acostumbrado, la maquinaria: justo a la medida. Era intuitiva, inteligente y salvaje, casi podía jurar que le hablaba directo al cerebro y entendía a la perfección como hacerla rugir en cada vuelta. Las curvas de la pista aunque cerradas no eran nada que debiera temer, pero el detenerse sin matar a nadie… éso sí requirió la varita y la ayuda de Hermione. Aún así, la bruja no intentó detenerme cuando le dije que la iba a comprar. Quizá porque estaba ocupada devolviendo la bilis en la primera jardinera que encontró o quizá porque bien sabía que no había vuelta atrás.
Ahora que he pasado la prueba de manejo, y que he conseguido la licencia, lo que resta es llevarla al único taller mecánico capaz de modificar maquinaria muggle para adaptar algunos trucos y protecciones mágicas antirrobo, de seguridad e invisibilidad.
Tras salir por el anexo de un pasillo por el que nunca he estado apresuro el paso, tengo varios pendientes que atender antes de la fiesta de Granger, afortunadamente el centro de Londres muggle está justo a la salida de este edificio. Automáticamente ya me siento mejor porque eso significa que tendré una buena carrera de obstáculos de camino al taller. Estoy casi alucinando al imaginarme sobre la moto a toda velocidad, no puedo esperar para hacerla correr a sus 200 km/ hr. Es apenas más rápida que una saeta de fuego estándar y poco menos que una profesional, cosa que espero pueda superar tras sus respectivas modificaciones.
Apenas llegar a donde la he dejado, sostengo el manubrio y la monto con facilidad. Con el talón del pie izquierdo levanto el caballete que la sostiene y equilibro su peso con ambos pies. Afortunadamente los pantalones negros de ajustada mezclilla son lo suficientemente flexibles para considerarlos cómodos, las botas negras de agujetas me cubren apenas hasta los tobillos pero son funcionales. En cuanto a la chaqueta, pude haber comprado la que ofrecían de piel de canguro, ¿pero cómo explicarles a los muggles que la piel de dragón es mucho más dura y resistente? En su lugar me decidí por el casco negro que parecia ir bien con el estilo de la moto.
Inserto la llave en la ranura y le doy marcha. Mientras comienzo a ajustarme los guantes, risitas bobas resuenan a pocos metros de donde me encuentro. Un trío de niñas me observan y cuchichean entre sí. Les ignoro tan rápido como puedo. A punto de colocarme el casco escucho una suave vocecilla a un par de metros.
-Hola- dice con timidez. Su voz, me obliga a girar para comprobar que se dirige a mí.
-Me llamo Margaret. No nos conocemos, te ví cuando llegaste a tu moto y bueno… quise saludarte, eres muy guapo. - La sonrisa estúpida que me da, las mejillas sonrosadas y las mangas holgadas, producto de un nerviosismo incontrolable, me hacen calcular su edad entre lo años en Azkaban.
-Gracias Margaret.- la miro sin añadir más, lo que la pone aún más nerviosa si es posible.
- Si… si… estás libre - tartamudea- quizá… quizá podamos ir a tomar algo, a dónde… a dónde… a dónde tú quieras…
Podría burlarme, decirle mil cosas ofensivas y dejar hecha trizas la confianza de esa pobre niña muggle pero hoy estoy tan de buen humor que quizá lo deje pasar por esta vez. - Lo siento, pero no estoy libre.
-¡Oh! - dice decepcionada- Espera, ¿te… te refieres a que no estás libre ahora ó a que no eres libre porque sales con alguien?
Me lo pienso un segundo con el casco aún entre las manos, y la niña aguarda mordiendose el labio con nerviosismo.
- Ambos, me temo. Y mi novia es muy, MUY celosa, verás… - le hago señas para que se acerque un poco y entre susurros de confidencias le explico- de habernos visto hablando, te habría condenado a un destino incierto. En una ocasión una chica me sirvio un poco de jugo para el almuerzo, aún visita a un doctor porque no puede deshacerse del acné que de la noche a la mañana le salió.- Meneo la cabeza con tristeza para añadir dramatismo al asunto.
- ¡Ah!,- suelta un gritito ahogado, - ¿Pero porque estás con ella, parece que es una persona horrible?
- No es una mala persona, solo es MUY celosa. Y no es la clase de mujer a la que uno no le puede decir que no. Además tengo debilidad por su par de… - carraspeo - ojos… por su par de ojos. Los tiene muy bonitos…
Le sonrío maliciosamente antes de ponerme el casco y la veo ladear la cabeza perdida y embelesada. Acelero suavemente dejándola atrás en seguida. Su patético grupito escandaloso grita aún más fuerte cuando al pasar frente a ellas, les saludo con un seco movimiento de mano.
Hola a todas. Mil millones de gracias por su paciencia y sus mensajes, espero les guste este capítulo. Y en recompensa voy a estar actualizando en dos semanas, si me es posible, quizá un poco antes. Saludos y buen inicio de año!
