Domingo, 10 de abril.

La muchacha desdoblaba el enorme mantel de tela cuadrillé, con prolijidad y esmero, para luego tenderle un extremo a su acompañante masculino. Él, por su parte, soltaba suavemente la canasta repleta de sándwiches, frituras y bebidas azucaradas a un costado; juntos colocaron la tela sobre el césped del hermoso National Mall.

A lo lejos se podía divisar el blanco obelisco, Monumento a Washington, rodeado de banderas en una agradable jornada sin humedad de abril. La vigorizante fragancia primaveral se filtraba por sus narices, dando estornudos al igual que energía en sus almas.

Se sentaron uno pegado al otro. Ella abrazaba las rodillas contra el pecho, mientras que él se había echado en posición de loto. El templado sol bañaba todo a su alrededor, el aire besaba sus pálidas pieles y los tibios rayos poco a poco les agregaba un saludable color.

Luego de una semana colmada de exámenes tuvieron la maravillosa idea de salir a pasear como íntimos amigos, pero con un derecho especial.

Dennis ahora pasaba más tiempo con ella, probando los límites de su relación que poco a poco se volvieron más laxos. Su cuerpo lentamente se acostumbraba al nuevo tacto masculino, a su forma de hacerle subir el ardor interno al besarla o tocarla; su voz pegada al oído, que le susurraba deliciosas palabras en vez de guarradas básicas…

«Y eso que Dennis es un jodido básico en muchos aspectos.»

Chelsea no era capaz de darse cuenta, pero de haber llorado en el primer encuentro pasó a disfrutar con cada vez mayor atrevimiento. Ya no era una situación de mutuo acuerdo y confinado a un solo espacio. Lentamente desarrollaba características de desenfreno que transformaba el acto sexual en un temporal embravecido.

Bajo el atento ojo y el cuidado de sus fuertes manos, se sentía resguardada y suficiente; oída y comprendida al pedir tal o cual cosa, sin que le recriminaran que "no tenía el derecho" ya que "las mujeres no pueden disfrutar tanto como los hombres".

El muchacho de mentón firme y recto ayudaba a desdibujar la antigua figura omnipresente de su ex; le enseñaba a que un muchacho podía no ser un bestia con trazos de brutalidad a la hora de satisfacer a una mujer. Como un hombre podía hacer gozar a una mujer hasta hacerla delirar.

O aún más importante: a que ella merecía disfrutar de un acto tan íntimo e importante como el sexo.

Pese a que nada podría borrarlo completamente de su mente (la había marcado a fuego con sus juegos mentales y la forma en que podía retorcer la realidad) su mejor amigo funcionaba como un dulce bálsamo para sus heridas.

Allí, sentada con la dulce y límpida fragancia ambiental, se sintió protegida. La omnipresente sombra de Joe dejó de tapar su vida gracias a la luz del chico a su lado.

«¿Se enterará de lo que hago? ¿Sabrá que me acuesto con mi mejor amigo? ¿Qué la paso mejor con Dennis que con él?» Esperaba fervientemente que no. Podría hacerle daño a su amigo, y si algo le sucedía por su culpa jamás se lo perdonaría.

Giró la cabeza y observó a su queridísimo amigo: se quitaba el flequillo del rostro mientras las suaves ráfagas lo mecían; vestido por un vaquero oscuro junto a una chaqueta color militar, contemplaba embelesado el paisaje a su alrededor.

Decidió que era momento de apagar ese rincón de su mente y concentrarse en el presente. De sus labios rosados escapó una risita entretenida por el cambio de expresión del chico, quien efectuaba un movimiento brusco contra el rebelde cabello.

—¿Qué es tan chistoso para ti?

—Oh, nada. Que tu peor enemigo no te deja en paz.

—¿Mi peor enemigo? ¿Qué mosca te picó?

Chelsea soltó una risotada, señalaba a continuación los cabellos en movimiento. Dennis soltó un bufido.

—No te burles de mí. Además, a ti también te lo echa en la cara y te deja como una bruja.

Ella apartó un poco de pelo hacia atrás con suficiencia en sus movimientos.

—Una maldita bruja con estilo, para ser exactos.

Dennis soltó un improperio suave mientras le arrojaba un poco de pasto; ella estalló en carcajadas al tiempo en que lo empujaba hacia un lado, lo veía tambalearse para a continuación caer sobre su costado.

Rieron a lo grande entre sus locuras. A continuación, la castaña vaciaba la canasta de mimbre (regalo de su tía Lisa Vickers) hasta el tope de comida; él cogió una bolsa de papas fritas mientras atajaba una servilleta de papel que tomaba vuelo.

—No digas nada más.

—¿Yo? Pero si me mantuve calladita la boca.

—Oigo tus pensamientos. Y discúlpame, pero el viento empezó primero.

Ahogó una risotada. Se quitó algunas pelusillas de la sudadera celeste pastel con la inscripción "1989", proveniente de Taylor Swift.

—Eres un infantil de mierda, Dennis.

El aludido arrugó la servilleta y la arrojó en su dirección. La chica la atajó para después echarla dentro del cesto, festejaba a viva voz el tiro corto pero limpio. Fingiendo haberse ofendido mientras abría el paquete de papas fritas la miró de soslayo.

—Recuérdame que esta es la última vez que te saque de paseo.

Los adolescentes pasaron a atiborrarse a comida chatarra. Él abrió una fresca lata de Coca-Cola con azúcar, mientras que la chica hizo lo mismo con una Pepsi Black. Chocaron sus latas, sonrieron y bebieron un largo sorbo.

—Ah, este es un merecido premio después del examen de geografía.

Chelsea asentía mientras le tendía un sándwich de pavo, pepinillos y queso cheddar. El pan lacteado había sido dorado suavemente en una tostadora, que le confirió a la blanca masa un suave color beis.

Él le agradeció y apartó un poco del papel aluminio. Dio un enorme bocado y exclamó positivamente ante la mezcla de condimentos. De un par de mordiscos se lo acabó, chupaba sus dedos chorreados de condimentos a continuación. Ella comió una ensalada César con extra-queso y un pequeño agregado de pepinos enlatados.

—Le pediré a mamá que te sume al equipo de Rosa en la cocina. Espectacular este sándwich.

—Gracias, pero ya tengo dos empleos y me bastan.

—Harías mucho más que servir café con magdalenas o limpiar mesas. Además, tú y Rosa harían gran equipo.

—Ella es la mejor de todos los tiempos, en eso estamos de acuerdo, pero prefiero mantener mi mística cocinera para mi casa. No confío en estar mucho tiempo cerca de ti, seguro que te cuelas en la cocina por algo más que una galleta de canela.

Dennis asintió, con los labios hacia un lado en un gesto de suficiencia.

—Qué puedo decir, ¿no? Tu aceptaste todo esto. No te quejas cuando estamos solos en tu cocina, bien juntitos los dos —dijo mientras le guiñaba un ojo—. Pero soy un chico responsable. Trabajo es trabajo y se comportarme si es necesario.

Chelsea enarcó la ceja al tiempo en que le dio un mordisco a un pepino.

—Okey… En fin, cambiemos de tema antes de que te denuncie por acoso.

Dennis soltó una carcajada ante su ocurrencia. A continuación, tomó otro sándwich.

—¿Qué tal te fue en el examen? La señora Davies sí que nos quería cortar el cuello, esas putas preguntas no fueron nada graciosas.

—No me quejo, pude resolverlo completo y colorear un poco el mapa que nos dio.

—Suertuda. A ti te va bien en todo lo que no sea ciencias naturales.

—¿Quién te dijo eso? En Historia apenas si saque una B-, y con eso remonte el anterior del anterior.

Mientras quitaba el envoltorio, Dennis entornó la vista.

—No te creo…

—Pues créelo. Mi reporte en otras materias no es muy bueno, no soy un cerebrito como otros.

—Podrías serlo si pidieras ayuda a tus padres, por ejemplo.

Chelsea se encogió de hombros al tiempo en que reprimía un escalofrío. Su rostro varió a uno contrariado mientras pinchaba más ensalada.

—De eso ni hablar. Emily que se quede en su puta casa, y que papá la contenga con una camisa de fuerza.

—Nunca voy a entender porqué le dices así. La señora V es genial.

La joven ajustó la gorra deportiva enganchada a su coleta.

—Si la ves sin ojos.

—¡Lo digo en serio! Es una luz en lo que hace, papá y mamá la respetan mucho. Además, creo que es genial que sea una fundadora de la BSAA. Es como muy genial.

Ella puso los ojos en blanco ante tanta adulación. Si tan solo no se dejase llevar por los pergaminos y la fachada de heroína…

—Si, bueno… dejémoslo ahí. Volviendo a las clases, no fue tan malo. Peor va a ser el de literatura dentro de unas semanas.

—¿Tú crees? Es leer ese libro raro que nos pidió la profesora, súmale un cuestionario. —Hizo un gesto con la mano para restarle importancia—. Creo que me será más difícil conseguir pareja para el baile de graduación.

La castaña ladeó la cabeza con la vista apuntada hacia arriba. ¡Menos de un mes para el dichoso baile! La emoción de ella era directamente proporcional a tener pareja para el evento: ninguna.

—No… bueno, puede ser. ¿No ibas a ir con Annabeth a eso?

Un frisbee volaba a unos metros suyos y era perseguido por un precioso Golden Retriver de cabellos dorados. La de ojos avellanados no logró reprimir un mohín al ver semejante ejemplar.

—Si, pero ella se decidió ir con Nate hará dos días. ¿Y tú?

—No pienso ir, no es mi onda. No tengo con quien y los vestidos no me van mucho.

Acabaron la comida al tiempo en que observaban a un grupo de turistas caminando tras un guía.

—Anda, no seas tan aburrida. ¿Qué harás entonces? ¿Quedarte en casa con el pijama?

—Puede ser. No me quejo si trae en conjunto una cerveza o un vasito de whisky.

—Nop, ni soñando. Tu vendrás conmigo de ser necesario.

Lo quedó mirando con rostro incrédulo. Abrió otra lata de Pepsi, incómoda, sin apartarle la vista. «Habla en serio. Tiene ese brillo en los ojos que me dice "¿es que eres estúpida? Ni en broma vas a hacer lo que quieres."»

Estiró sus delgadas piernas, a continuación, se quitó las zapatillas de moda negras para dejarlas a un lado. Su amigo la imitó.

—Claro. El líder del equipo de futbol llevará a la patética pobrecita de su amiga al baile. Ni tú te lo crees.

—Deja ya de hablarte así, de patética no tienes nada. Además, ¿qué más da? Eres mi mejor amiga desde la escuela media.

—Y te coges a tu "amiga desde la escuela media".

—Eso es un plus que tiene nuestra amistad. —La miró con malicia—. Vendrás conmigo te guste o no, así que búscate rápido un vestido que falta cada vez menos.

La castaña resopló unos instantes. Un suave aleteo en su estómago se dejó sentir.

—De acuerdo, pero que conste que yo estaba emputadisima para no ir. Y ni se te ocurra decir "como siempre".

Dennis acercó su rostro al suyo, gestos de suficiencia en sus masculinas facciones. Pudo sentir el aliento en su mejilla izquierda.

—Como siempre. En fin, ¿vendrás mañana al día de parrillada? —Ella asintió; a continuación, dio el primer mordisco a una manzana—. A mis padres no les importa que vengas, y Devin me juró que no diría nada sobre lo que sucedió la última vez.

La chica se sonrojó al volver en el tiempo.

Él "le comentó" que tenía un "nuevo juego para probar en la Xbox" y ella aceptó visitarlo aquella tarde. Dennis había jurado que la puerta de su habitación estaba trabada para que nadie los sorprendiese. Entonces, y como dos adolescentes hormonados, hicieron uso de su nuevo sofá de dos cuerpos frente a la tele y la consola.

Era la primera vez donde tuvieron sexo en casa de Dennis. Antes del acto la chica le demostró su nerviosismo, pero su amigo desestimó sus preocupaciones entre besos y manos traviesas. Todo iba "mejor que bien" hasta que Devin entró con la mente distraída en su teléfono celular.

Absorto en su diatriba de las redes sociales no se percató de los suspiros o gemidos femeninos. El alto muchacho con pecas en las mejillas se quedó congelado con la mano sobre el pomo de la puerta, boquiabierto.

Chelsea chilló de la sorpresa, Dennis le cubrió pobremente el desnudo torso con su camisa roja y el resto de sus cuerpos con una almohada. El menor de los hermanos Atkins le arrojó uno de los cuadrados cojines al grito de "¡lárgate, Devin!".

El aludido se marchó casi corriendo, jurando y perjurando que había visto nada. Aunque la situación fue terriblemente embarazosa, lograron distenderse en un ataque de risa y acabaron la sesión sin mayores complicaciones.

—De acuerdo, sólo porque tu mamá estará ahí. Que mujer de bien, seguro me puede aconsejar sobre vestidos.

Eleanor era como la madre que siempre quiso tener: cariñosa, amigable y sobre todo una buena escucha. Chelsea tenía muy buenos recuerdos de ella desde que la conoció, y ya que ahora pasaba más tiempo con su hijo la veía más seguido.

Con un estilo para vestirse encantador, sin miedo a la experimentación, Chelsea valoraba mucho su opinión. Agradeció que la invitasen, pero más agradeció poder compartir otro momento con ella.

Mantuvieron un tranquilo silencio unos momentos más hasta que el celular de la castaña vibró dentro del canasto. Debido a que estaba absorta mirando en derredor, absorbiendo mentalmente todo lo bello que el lugar pudiese ofrecerle, no llevó el apunte por varios minutos.

Al emisor de aquellas misivas no le gustó demasiado la falta de reacción, por lo que los mensajes comenzaban a llegar cada vez más próximo en tiempo. La vibración del dispositivo contra el duro material generó un ruido parecido al de un montón de abejas enojadas…

Dennis tenía pavor por las abejas. Sobresaltado, decidió llamarle la atención mediante un movimiento con su brazo.

—Préstale atención al teléfono —avisó, rostro preocupado mientras miraba hacia la canasta—. Alguien quiere saber de ti a toda costa.

Chelsea asintió al tiempo en que tomaba el pequeño dispositivo blanco. Presionó el botón del centro para descubrir (desagradablemente) a Joe que inundaba su centro de notificaciones.

Instintivamente su cuerpo se tensó y mordió sus mejillas. La creciente impaciencia en el tono de los mensajes, así como la sensación de aprisionamiento, la mareó.

Leyó varias veces el mensaje sin oír las preguntas de su amigo, con los oídos pitando y el corazón reventándole los tímpanos. El miedo fue in crescendo hasta transformarse en violentas olas que golpeaban contra su cuerpo.

Las manos comenzaban a temblarle cuando recibió un pellizco en el brazo.

—Tierra a Chels. ¿Qué pasa?

Estaba en su modo defensivo por lo que se encogió con miedo; su mejor amigo se quedó de piedra al ver semejante reacción. Ella, aún muy asustada, meneó la cabeza y rectificó verbalmente.

—Nada, estoy bien. Solo otra boleta que pagar.

—¿Segurísima? Una boleta no debería ser como ver una peli de terror.

—Si, es la de internet. Tener miles de megas sí que hace subir el precio. ¿Podemos hablar de otra cosa?

Poco conforme con su declaración el rubio la presionó más.

—Te conozco desde hace tiempo y sé que esas cosas no te afectan como para asustarte así. —Ella desvió la mirada de los penetrantes orbes azules—. ¿Está realmente todo bien?

—Si, Dex. No pasa nada. ¿Podemos cambiar de tema? Me gustaría hablar contigo sobre nosotros y la píldora que tomo.

—Eso puede esperar a mañana. Mírame un segundo —demandó; odiaba ser tan transparente con Dennis en todo sentido, porque apenas vio en sus ojos se dio cuenta—: es él, ¿verdad?

Chelsea no tuvo más opción que asentir. Dennis resopló para luego apretar la zurda en un puño. La joven se empequeñeció, abrazando sus piernas enfundadas en leggins negros. Toda ella temblaba suavemente.

—Son solo algunos mensajes, nada más. Tenemos problemas más importantes que debatir.

—Pueden esperar, esto claramente no.

—Dex…

—Ni lo sueñes. ¿Qué quiere? ¿Volvió a decirte que cambiará? ¿Qué está trabajando en él para ti? ¿Qué le respondas el teléfono o irá a tu casa a "conversar"? —Procuró no responder, pero fue a peor—. Lo sabía. Los verdaderos locos siempre hacen lo mismo y esperan que caigas con ellos.

Sus manos temblaban con fuerza, fue inútil sujetarlas para que no notase el pánico. Lo miró fijo: Dennis desvío la mirada y la dirigió hacia un sitio desconocido, con la mandíbula apretada a tal nivel que sus dientes estallarían.

—D…—Su voz temblaba y un nudo en la garganta amenazaba con quitarle la respiración—. Por favor, no quiero arruinar la puta tarde con esto. No voy a darle importancia, por mí que se pudra en un puto basural o algo. No pienso hacerle caso.

—Yo sí quiero darle importancia, porque él te hizo daño y desde que fueron pareja solo nos hizo daño. A mí, a los chicos y a ti.

—Ya lo dejé, ¿no? Pasado, pisado. Ya nos reconciliamos por lo que nos hizo, ¿no?

—A mí me sigue doliendo que no te haya dejado ir a mi cumpleaños de dieciséis, que te haya encerrado con él y quitado las llaves.

Aún tenía pesadillas con eso. Algunas noches se despertaba, completamente empapada en sudor y con la respiración entrecortada, luego de los funestos sueños en donde golpeaba y golpeaba la puerta de su habitación, pero Joe jamás iba a abrirle.

A veces era un incendio en su casa y no encontraba las llaves en ningún sitio, otras veces su habitación se llenaba de agua; entre su desesperación podía oír los gritos de su ex que vociferaba un "jamás te permitiré irte como una cualquiera".

O en ocasiones lo experimentaba despierta, cuando perdía sus llaves y su cabeza comenzaba a jugarle muy malas pasadas.

Pero lo peor de su relación su mejor amigo aún no lo conocía. Él realmente solo se había enterado de la punta del iceberg; ignoraba lo que había bajo las turbulentas aguas de su relación anterior.

—Lo siento mucho, pero ya pasó, Dex. No le pienso dar más atención a alguien tan jodido de la cabeza como él.

El aludido giró su rostro, sus labios aplastados hasta formar una línea recta con suave curvatura hacia abajo. Sus cejas estaban juntas en una clara expresión de tristeza.

—Tú sabes que me comporte mal en no haberte creído, ¿no? Lo que aún me duele no haber podido ver entre toda la mentira.

—Si, D. Lo sé perfectamente bien.

—Bloquéalo, necesito que lo hagas para saber que estarás bien en caso de que no pueda asistirte.

Chelsea negó suavemente. Un hilillo de voz escapaba de su boca.

—No puedo, se vuelve peor.

—¿Por qué?

—Siempre logra dar conmigo si lo bloqueo. No sé cómo diablos hace, pero me llama desde otro teléfono y hace que me aparezca como llamada anónima. Y si se enoja de veras se las amaña para aparecer por donde yo suelo ir. Trabajo, la escuela o incluso en el puto supermercado.

—No puedes estar diciéndome esto, C. ¡Es un lunático!

—Ya no sé qué más hacer. Te juro que me está volviendo jodidamente loca. Solo lo dejo seguir, así al menos no se me acerca.

Dennis negaba suavemente completamente anonadado. Quedó mudo por un rato, estrujaba sus manos haciendo sonar sus nudillos de vez en cuando.

Las tripas de la joven se retorcían, mientras que algunas lágrimas afloraban y se mordía el pellejito de las uñas.

Dennis suspiró y tomó su mano izquierda con suavidad. El suave tacto le entregaba tanto valor, cariño y una calma tibieza. La castaña no pudo evitar entrelazar sus dedos con los masculinos.

—Cambia la línea de teléfono, Chels. Hazlo antes de que esto se vuelva aún más incontrolable de lo que ya es. —Chelsea protestó indignada—. No me importa todos los "peros" que tengas, es una cuestión de seguridad.

—¡Se aparecerá por cualquier lado! Es demasiado inteligente el muy hijo de puta.

—No importa. Sabandija o no, será el primer paso que tomarás para salir de esto. Además, cuentas con todo mi apoyo y cariño.

—Perfecto, muy importante, pero… No nado en la abundancia, Dennis. Tengo dos trabajos que apenas me alcanzan para llegar a fin de mes. Soy una idiota de diecisiete que decidió emanciparse para estar con él.

—Eso ahora no importa. Ira a nuestro nombre, no te preocupes. Cuando te sea posible, nos darás el dinero.

—¡Ni soñando! No quiero deberles ni un solo centavo. Y papá junto a Emily se preguntarían porqué diablos cambié el número, o de dónde saqué los fondos para hacerlo.

—Chelsea, sé la mitad de lista que creo que eres. Y si tus padres preguntan, la nueva compañía te hizo un pequeño descuento por este año. —La castaña negó suavemente; Dennis la detuvo con una mano en la barbilla—. Hablaremos con mamá, ella es más fácil de convencer que papá.

» Es lo menos que puedo, o podemos, hacer. Temo por tu seguridad, y esto es una de las poquísimas cosas que están a mi alcance para protegerte.

Odiaba sentirse arrinconada con algo tan vital como su seguridad. Claramente depender de Dennis para eso era espantoso, pero al menos podría ayudar un poco a su situación.

Joe podría volver a obtener su teléfono, aunque aquello podría llegar a tardar varias semanas. O meses. La contracara era que lograría tener días de paz sin tener que preocuparse o temer algo peor. Quizá fuese para lo mejor, exactamente como su mejor amigo decía.

A lo mejor Dennis era distinto a todos los chicos que conoció hasta ese momento, alguien capaz de estar a su lado en los momentos oscuros y celebrar los luminosos.

Él le dio un suave beso en la mejilla; se lo devolvió en forma de una suave caricia en el brazo. Un rato más tarde el dúo fue a por un helado, con los corazones en la garganta, la mente en movimiento y en silencio cómplice.