Sábado, 23 de abril.
Dennis se recostó a su lado y hundió su rostro contra el cuello femenino. Una bella noche estrellada y fresca, pero cálida a su lado. Ocasionalmente se podía oír un perro ladrar en la distancia, al igual que los jadeos de los propios perros caseros que revoloteaban a su alrededor.
Rodeó el abdomen femenino con la diestra, palmeaba su barriga de vez en cuando al sentirla reír. Una agradable sensación de paz lo inundó allí, sobre una manta de tela cuadrillé color canela y otra cubriéndole las piernas de diseño atigrado.
Ellos quisieron aprovechar el hermoso día de aquel sábado de abril, luego de haber paseado por toda la ciudad en coche y a pie. Exhaustos y con el estómago repleto de pizza casera (su debilidad), acordaron relajarse en el patio trasero suavemente iluminado.
Cerró los ojos momentáneamente. Chelsea parloteaba sobre una "composición artística" que inició días atrás, con aquel tono cantarín que dejaba escapar cada vez que algo la tenía ilusionada.
Amaba escucharla así: feliz, risueña y relajada. Desde que cambió la línea de teléfono, ya no veía en sus ojos el velo del terror provocado por Joe. Y sin dudas era mutuo el goce, ya que volvía todo mucho más amenos.
—¿Estás escuchándome? ¿O estás en Narnia, maldito imbécil?
—Siempre te escucho —murmuró soñoliento—. Hablabas de la gama de colores que quieres usar para el fondo y también sobre el efecto ese de brillos.
—Bien, al fin alguien me presta atención. Como te decía…
Aquel precioso perfume (un delicioso Nina Ricci) era su perdición. Se mezclaba con un nuevo champú con fragancias frutales, raro en su amiga a quien siempre le pareció mejor el clásico aroma a coco.
Sonrió tímidamente al percibir el tacto de su fría y pequeña mano contra la suya. Ella enredó sus piernas enfundadas en pantalones de franela contra las de él, vestidas en un conjunto deportivo de un equipo de futbol americano.
Lentamente se dejó arrastrar por el dulce tacto de Morfeo, cómodamente recostado contra su mejor amiga a quien poco a poco veía florecer. Evocó a la antigua Chelsea instantes previos a quedarse dormido, saciado en alma a su lado.
—Oye, estúpido, no te duermas que nos caerá el rocío. —Sacudió su brazo, aumentó la intensidad al no recibir respuesta—. Son las nueve treinta, dormirte tan temprano debería ser un puto pecado.
Se estiró un poco: primero las piernas y luego los brazos. Volvió sin prisas a su anterior postura de relajación. Se abrazó a su amiga como un niño pequeño.
—No estaba dormido, estaba descansando los ojos.
—Casi que roncas, D…
—Respiro fuerte cuando decido relajarme.
—Deja ya de mentir, te sale peor que a mí.
—¿Y si lo reconozco qué sucede? —Tocó la punta de su recta nariz— ¿Me regañaras? ¿Me llevarás arrastrando a tu preciosa y mullida cama?
—No, te dejaré dormir aquí bien tranquilito. —Se giró y lo enfrentó, pegando su frente a la del muchacho—. No pienso romperme la espalda por algo que no sea trabajo.
—Eres diabólica, Chelsea Vickers.
—Me dijeron cosas peores antes, voy a sobrevivir a eso esta vez.
Con su diestra el muchacho le acomodó un mechón de oscuro cabello tras la oreja, sus preciosos orbes zafiro clavados en los de su amiga.
—Que hermoso día que fue hoy —acotó ella, rascándole la barbilla—. Una digna celebración de nueva línea telefónica.
—Mira lo que vienes a celebrar…
—Oye: fue tu idea el cambiarme de compañía y endeudarme con tu adorable mamá. Aunque me hace feliz saber que voy a tener el teléfono en silencio, pese a que Emily se queje porque tengo otro número.
—¿Tu madre se quejó?
—Si, en especial si es época de mucho trabajo en el laboratorio. Le gusta llamarme si necesita otro par de manos en alguno de sus trabajos. Pero todo esto me traerá cosas casi tan dulces como la manzana caramelizada que comimos en el parque.
Sonrió. Las manos de Chelsea rodearon su cuello, acariciaba con la yema de sus dedos la piel y le erizaba el vello de todo el cuerpo.
—Debe ser lindo tener pocas notificaciones desagradables, ¿no?
—Casi más lindo que un cono de helado en un día caluroso.
—Me agrada saber que ese fue tu veredicto.
Ella soltó una risita y luego quedaron sumidos en un cómodo silencio. Algún insecto perdido entre la vegetación zumbaba, y los caniches de Chelsea comenzaron a jugar entre ellos a perseguirse por el patio.
—No sé si quiero terminar la escuela —murmuró la castaña—. Tanto que me quejo de esa mierda y estamos a mes y medio de decirle adiós.
Abrió los ojos con calma, aunque en su fuero interno se despertó aquella tormenta relacionada a su futuro.
—El año pasó volando, y creo que después de las fiestas empeoró.
—Sí que sí. ¿No te pasa que quieres salir de ese antro de mierda, pero al mismo tiempo deseas quedarte porque afuera está feísimo?
—Todo el tiempo, en especial porque me da más tiempo para pensar qué hacer con mi vida.
—¿Aún no lo sabes?
Arrugó la nariz y rodeó su cadera con las manos.
—No. La idea de ser médico o ir a la universidad en general me aburre, pero en casa no se habla de otra cosa.
—Debe ser culpa del "Efecto Devin". No tengo pruebas ni dudas.
—Seguro que sí. Es eso o…
Chelsea captó al vuelo la idea y resopló en honor a su mejor amigo.
—Tu padre realmente quiere que haya una puta tercera generación de Atkins entre las filas, ¿verdad?
—Así es. Dice que no aguantará vagos ni me dará un año sabático o lo que sea. Nada, derechito a Fuerte Jackson y a otra cosa, mariposa.
Chelsea se mordió las mejillas. Algo similar le sucedía con Emily, quien aún seguía pinchándola sobre su decisión de haber elegido una universidad enfocada en arte.
Si ambos hacían silencio, aún podían escucharla gritar sobre su "desperdicio de potencial" al ir a "ese rejunte de hippies que llamas universidad".
—¿Y si cambiamos? Yo prefiero ir al ejército antes que a estudiar biología o virología. Tú vas en mi lugar, yo voy en el tuyo. ¡Y todos felices y contentos!
Dennis se alejó un poco para intercambiar una mirada escéptica. La chica le guiñó un ojo.
—¿Realmente te diste cuenta de lo que acabas de decir? —La castaña asintió, sonrisa radiante—. Mejor nos quedamos como estamos, aunque la doctora V me caiga super bien.
Ella lo atrajo hacia sí y lo impulsó para rodar sobre el césped. Él sopló su cuello provocándole un ataque de risa, alejando las oscuras nubes de sus cabezas.
¿Fríamente calculado? Quizá, aunque ninguno de los dos quería recordar el ser hijos de personas colmadas de expectativas.
Quedó sobre Chelsea, con regocijo entre medio de frotar su mejilla contra la femenina. Una incipiente barba raspaba la suave piel, mientras Chelsea enredaba sus dedos en el cabello rubio cenizo. Apartó el flequillo de su frente y lo observó con un cariño especial.
Dennis apartó la capucha de su sudadera para que no estorbase. Una chispa especial se encendió en su interior al escuchar su voz; el calor subió por su cuerpo, enrojeciendo sus pómulos y despertando los rincones más recónditos de su ser.
Con una media sonrisa cómplice se alejó para arrodillarse a su lado, le tendió la mano con ojos chispeantes.
—¿Qué pasa? —inquirió ella, confundida—. ¿Qué te pasa?
—Muéstrame la fantástica obra que empezaste. —Ella aceptó su ayuda—. Llevemos las mantas y enséñame tu estudio.
Así lo hicieron. Dejaron todo sobre las sillas de la cocina, los perros siguieron sus pasos para luego acostarse en sus lo condujo de la mano por el pasillo hacia las escaleras. Sus pasos reverberaban en los peldaños de madera.
El segundo piso le pareció lúgubre y abandonado, pobremente decorado e iluminado; a su amiga le servían aquellas pequeñas habitaciones de trastero o guardarropas. En ocasiones excepcionales Chelsea ordenaba el sitio si necesitaba el espacio para la visita.
Todo eso se iba por la borda en el "estudio de arte".
Dennis se adentró en la sala detrás de su amiga, quien accionó el interruptor de la luz y quedó maravillado por la cantidad de objetos, lienzos, fotografías de poses pegadas en las paredes y el caballete en el centro de la habitación. Una lámpara de pie, un taburete y pinceles por doquier; una mesilla vieja y destartalada, cubierta por diversos salpicones de pintura.
Un naranja suave en las paredes, el suelo de madera de un color maní, las cortinas verde manzana cubriendo las ventanas tipo guillotina. Diarios viejos desperdigados, con cientos de miles de palabras, fotografías y anuncios.
Vivacidad, creatividad y libertad. Todo lo que su amiga una vez fue. Le alegró saber que poco a poco volvía a aquella muchachita de risa contagiosa.
Se situaron delante del caballete que portaba el lienzo. Chelsea hablaba sobre la composición, la pose al igual que la paleta de colores; las formas geométricas del boceto, así como las líneas curvilíneas que dieron cuerpo a la figura central. Sonrió sin comprender mucho, pero increíblemente feliz al escucharla y verla explayar su talento.
La castaña se detuvo un instante, admiraba su creación con ojo crítico mientras se mordía los pellejitos del pulgar izquierdo.
—Ahora que lo pienso, di poca mezcla a los colores sobre la falda. Se ve poco pulida en contraste con las manos y las piernas —analizaba en voz alta—. Siempre me pasa, en especial cuando me concentro en otras áreas. Se le ve feo el cabello también, ¿no crees?
Él la abrazó por atrá obra era una fantástica recreación de una mujer pelirroja, con el cabello al viento y de espaldas, posicionada en un claro dentro de un bosque frondoso y repleto de flores coloridas. Su falda con vuelo se derramaba hacia un costado, mecida por la brisa primaveral hacia la izquierda. El sol se filtraba entre los troncos de la arboleda, sus rayos impactaban de lleno contra la figura de pie y dibujaba su contorno.
«Es magnifica. Cada vez que veo su arte me sorprende lo que una persona puede crear.»
—Lo que a ti te parezca mejor.
—No es cuestión de lo que a mí me parezca mejor, Dex. Es lo que la puta obra necesite para brillar, para ser única e irrepetible.
—Relájate. Dale tiempo y verás que descubres qué necesita.
Chelsea aferró sus manos a las del muchacho mientras las acariciaba con sus pulgares.
—No me puedo relajar si la obra no me habla, no me dice qué quiere o qué le irá mejor.
Dennis suspiró, divertido.
—Hagamos algo para cambiar ese aire y ese tonito… —Metió su diestra en el bolsillo del pantalón, sacó su teléfono y puso algo de música—. Bailemos, así te calmas un poco.
Clicó en Cheap Thrills de Sia y comenzó a bailar suavemente; cantaba en voz baja la canción al tiempo en que daba algunos tímidos pasos, giros y entonaba el coro. Su mejor amiga se echó a reír al verle imitar las olas hawaianas, se negaba pudorosa a seguirlo, con los brazos cruzados y entre risitas.
La siguiente fue para Coldplay de la mano de Adventure of a Lifetime. Chelsea no resistió a sus caras chistosas o sus brazos extendidos invitándola a danzar; acabó bailando en su sitio dando ligeros movimientos.
Luego de Stay, interpretada por Kygo, llegó Roses de The Chainsmokers, e inevitablemente acabó estrechándola contra su cuerpo. La música quedó en segundo plano mientras se enlazaban a un nivel mucho más profundo.
Chelsea rodeó su cuello con las manos, él hizo lo propio con su cintura; besó su frente sobre la línea del cabello, con ternura. Ella se apartó para poder contemplarlo por unos instantes, orbes transparentes que le entregaron su alma.
Dennis juró que en ese instante podía escuchar los latidos de su corazón.
Unió suavemente sus labios a los de la jovencita. Fue recibido con beneplácito, aunque con el correr de los segundos la intensidad aumentó hasta engullirlos por un hambre voraz.
Su cuerpo despertó como un animal; sus manos estrujaban su trasero al tiempo en que ella las introducía bajo su sudadera. La tibieza de sus dedos impactó contra el calor de su espalda. Poco a poco se quitaban las prendas, que caían desordenadamente.
La recostó sobre el suelo, besó cada centímetro de su torso desnudo; sus pechos, su vientre y descendió. Chelsea hundió sus dedos en el cabello cuando él jugueteó con su intimidad, excitándola a cada caricia y beso.
Aceleró el ritmo con el corazón desbocado, oía su nombre escapar de los labios femeninos entre suspiros y gemidos. La espalda de Chelsea se arqueó cuando el placer se volvió apremiante y le arrancaba la respiración; las uñas se clavaban mientras sus piernas temblaban.
Chelsea tocó el cielo después de gritar su nombre, descompuesta y serena. Gruñó como una furiosa bestia y lo recibió con un apasionado beso.
Pero él no había terminado, ¿Cómo podría hacerlo? Se adentró en ella, satisfizo aquella prisa carnal que parecía estar al borde de estallar. Su cadera quedó envuelta por las piernas de la muchacha, quien se sostuvo de su espalda, de sus hombros y finalmente su rostro.
Jadeos, movimientos apresurados y cosquilleos en aumento. La tuvo como quería: dispuesta, excitada y colmada; clavó sus largos dedos en su carne hasta que Chelsea lo obligó a detenerse.
—Déjame ir encima, por favor. —Le sonrió—. Tengo ganas de algo nuevo.
Así lo hizo. Se echó boca arriba en el frío suelo; recibió el cálido cuerpo sobre sus caderas mientras escapaba un ronco suspiro. Una respiración entrecortada, ronroneos y el suave baile de cuerpos volvió a comenzar.
Sus ojos se deleitaron ante la vista de la plenitud femenina, y disfrutó de aquel momento íntimo en la sala más personal de su mejor amiga.
Iluminados por la luz del techo, rozó la piel de sus piernas al tiempo en que ella acrecentaba el ritmo a uno similar al de su propio corazón. Las pequeñas manos femeninas se posaron sobre su pecho, él las rodeó con cariño e intentó que todo aquello perdurase en el tiempo.
El cabello suelto que caía por la espalda, su blanca piel que brillaba bajo la luz anaranjada, el bamboleo de sus pechos… fue una obra maestra.
Chelsea era una obra maestra. Su magnum opus.
Aumentó el ritmo a medida que crecía la necesidad. Chelsea cabalgó furiosa, hundiendo sus uñas pintadas de negro en el pecho hasta que no pudo aguantarlo. Se derritió sobre él, a duras penas logró recomponerse; acabó recostada sobre él con un ronroneo. Dennis continuó penetrándola hasta que también quedó saciado, agradecido por aquella feroz noche de pasión.
Entre jadeos y gemidos volvieron lentamente a la calma. Sus yemas rozaron la línea de la columna femenina, con aquel precioso perfume en su nariz.
La castaña se mantuvo unos segundos más en silencio, su respiración suavemente se tranquilizaba y volvía a ser ella misma.
Besó su mejilla con cariño y le habló al oído.
—¡Carajo! Ya sé qué clase de baile se te da mejor, D.
—No soy el único que sabe mover el esqueleto. Tú no te quedas atrás.
La chica soltó una risita traviesa.
—Voy a repetir esta sesión mañana en la mañana. Estoy tan ansiosa que puede que quiera adelantarla para dentro de un rato.
Dennis soltó una risotada, palmeó su espalda y la ayudó a incorporarse.
—Déjame comer helado, al menos.
Fue una magistral forma de cerrar un día fenomenal.
