Sábado, siete de mayo.

Chelsea ajustó sus gafas de sol de marco cuadrado y grueso, ese modelo icónico que parecía resistir el paso del tiempo. El calor citadino dio paso a la humedad del río Potomac, la espuma se pegaba a su cuerpo y el suave viento le removía el cabello.

Era un día especial: almorzaría con los Atkins en su nueva embarcación, y pasaría toda una bella jornada con su queridísimo amigo. Desde la mañana temprano hasta bien entrada la tarde.

Acomodó su cabello en una coleta mientras sonreía. Estiró sus piernas enfundadas en un cómodo short de vaquero, con una musculosa grisácea de finas tiras en los hombros. Se sentía renovada y realizada, cómoda en su propio cuerpo.

Tonteaba con su amigo en base a lanzar agua con pequeñas pistolas de agua; a continuación, hicieron un tour por los rincones de la lujosa embarcación. Habitaciones bellamente iluminadas, una pequeña sala de estar a bordo con un enorme televisor pantalla plana y un baño con jacuzzi incorporado.

Se detuvieron frente al perlado hidromasaje. Dennis bromeó (con confidencialidad absoluta) que ahora disponían "otro lugar donde bailar" cuando le prestaran la embarcación. Sus mejillas enrojecieron como manzanas y ahogó una carcajada. La sola idea la enloquecía.

Felicitó a los Atkins por su magnífica adquisición. Douglas sonrió con suficiencia, agradeció escuetamente a la joven, quien enarcó una ceja y se alejó del caballero. Eleanor le dedicó una amable sonrisa, en cambio, al tiempo en que sujetaba su capellina pastel y conversó un rato con ella.

«Que distintos son: uno es un puto niño mimado y la otra es la mujer más fenomenal del mundo. Gracias por ser tan buena, señora A.»

Un rato después, Dennis le tendió un batido de fresa y volvió al pequeño bar de cubierta. Chelsea disfrutó del sabor dulce que inundaba sus papilas gustativas: tenía el toque justo de jarabe y frutos naturales.

Devin y su hermano menor se enfrascaron en una conversación sobre tenis. Estaban emocionados ante los torneos internacionales en juego. Desde una prudente distancia se entretuvo oyéndolos hablar; oír a Dex así era un placer indescriptible: excitado, feliz y risueño ante cosas que escapaban su comprensión.

Era el deporte favorito de su amigo. Su máximo ídolo del tenis era Rafael Nadal, tenía algunas gorras y muñequeras a modo de recuerdos del tenista.

Chelsea amaba preguntarle sobre el tema solo por la pasión que emanaba. El rubio escuchaba y explicaba sus preguntas con un brillo risueño en sus deliciosos ojos azules. Le había enseñado sus mejores jugadas y partidos. Pese a que le costara seguirle el ritmo se mantenía en silencio para oírlo.

Quizá así se viera ella al hablar de arte: vivaz y encantadora. «Es una lástima que no haya continuado en su club favorito, todo por culpa de Douglas y su fanatismo por el futbol*.»

Dennis volvió a su lado y le hizo algunos chascarrillos. Su estómago bullía de emoción al sentir el interés en ella; la situación solo empeoró cuando le pidió que le aplicara bloqueador.

Se estremeció ante su presencia. Tuvo que reprimir un gemido de placer ante el tacto con su espalda, aunque fuese en una situación tan mundana y patética.

¿Qué diablos le pasaba? ¿Por qué estaba tan hipersensible? La arrancó de su embelesamiento a chasquido de dedos.

—¿Me lo colocas tú ahora? —solicitó él—. Si yo lo hago, tú también. Es tu obligación moral y ética.

—¿Eso existe o tiene sentido?

—Si yo lo digo y lo proclamo, sí. Te pagaré con más licuado si lo haces.

—A la orden, Julio César.

Trato de concentrarse y ocultar el remolino emocional en su interior, aunque fue muy difícil gracias a la mente lujuriosa enredada con el encaprichamiento adolescente.

La blanca piel de Dennis, salpicada por diminutas pecas, era suave y tersa al tacto.

Con delicadeza, sus dedos recorrieron su columna, deteniéndose en cada vértebra. Sintió cómo su respiración se volvía un poco más rápida cuando su mano llegó hasta la zona lumbar.

El chico carraspeó a modo de llamarle la atención. Casi que le oyó la mente decir "Aquí no, no hagas un espectáculo de lo que hacemos en secreto".

La bandada de mariposas en el interior de Chelsea se multiplicaba y golpeteaban sus tripas. Al terminar, se percató de que batallaba por respirar.

—Todo listo, todo en orden.

Dennis la encaró con una ceja enarcada, la joven vio sus mejillas tintadas. Le susurró, cómplice:

—Gracias por la sesión de masajitos, Chels.

El corazón se le doblaba sobre sí mismo. Rio, mientras enredaba sus dedos en un pasador del pantalón.

—Cortesía de la casa.

—Yo no pedí el extra.

—Si quieres puedes pagarme, son cincuenta dólares.

El muchacho le guiñó el ojo.

—Ya cobrarás tu paga.

Luego de una breve interrupción del hermano mayor, volvieron a una charla amena.

—Me dieron ganas de unas papas fritas. ¿Quieres?

—No estaría mal, pero no falta mucho para el almuerzo.

—¿Y?

—Solo digo que no nos llenemos de eso. —Dennis fue a una nevera portátil, extrajo un paquete amarillo y le compartió después de engullir un puñado—. ¿Crees que les gustarán a tus padres las ensaladas que preparé?

—Loff effcuché bafftante feliceff. —Chelsea no reprimió una mueca de asco—. Lo siento, están buenísimas. La que es Waldorf luce fenomenal, y la ensalada primavera irá fantástica con mayonesa.

—No arruines mi comida con tu mal gusto, Dex.

—El Emperador hace lo que quiere.

Ella lo picó con un dedo.

—Eres un niño mimado y asqueroso.

—¿Qué puedo decir? Me gusta ser como soy.

Ambos miraban hacia la proa y el lento transcurrir del viaje marítimo, el sol en lo alto bañaba sus jóvenes cuerpos.

Eleanor apareció en un momento para tomarles algunas fotos a modo de recuerdo, donde ambos posaron juguetones y alegres. El suave bamboleo del agua no impidió que Chelsea se subiera sobre la espalda masculina, mientras su amigo le sujetaba los muslos.

No importaba si a veces se resbalaba, hacían el tonto o el muchacho amenazaba con hacerla caer: los tres se entregaron a la diversión. Fue allí en que el alma torturada de Chelsea Vickers encontró la dicha.

En un momento dado, mientras conversaba con la rubia mujer, la señora le explicó los rigores de su nuevo empleo al mando de una organización de "segundas oportunidades" para mujeres con embarazos no deseados.

Se trataba de una organización donde entregaban recursos a futuras madres, y en caso de no poder quedarse con los niños, los asistían en el proceso de adopción. Preferían no realizar procedimientos médicos, pero si la gestante no deseaba ninguna de las anteriores opciones podía optar por un aborto.

Sorprendida, le expresó a Eleanor su interés en el tema. Era grato saber que era algo que le preocupaba, aunque el enfoque principal de la organización no le caía en gracia.

Eso era mucho más interesante que ser solamente "la esposa de", y echaba en uso su título de Licenciada en Trabajo Social. Eleanor expresó cierto desdén a la idea de ser solamente "accesorio de su esposo", en especial porque su marido iría por mucho más en la política. ¿Hasta dónde llegarían las ambiciones de aquel hombre?
Los cinco tripulantes almorzaron tranquilamente, las charlas entre ellos fluían apacibles. Dennis se atiborraba de la ensalada jardinera "con extra-mayonesa"; Chelsea, por su parte, saboreaba el pavo frío hecho por Rosa.

Jugaron al Uno y la castaña logró aplastantes victorias: mantenía intacta su racha invicta de veinte partidas. Dennis fingió ofenderse y optó por molestarla sobre haber hecho trampa.

A modo de venganza le sonrió satisfecha y lo consoló ante su condición de perdedor. Le repitió que no tenía la culpa de que fuera tan malo jugando a las cartas. Aquello desató otra guerra de pistolas de agua.

La familia llegó a la desembocadura al Chesapeake y detuvo su viaje; encontraron entretenimiento hasta que la tarde comenzó a cambiar de colores y el fresco los abrazó. El sol hacia el oeste dotó al ambiente de una tonalidad amarillenta.

La temperatura descendió suavemente hasta los veintidós grados al momento de emprender el retorno. Se echó una chaqueta de algodón y abrazó sus piernas; el rubio se sentó a su lado y pegó su hombro al femenino, eligió una manta para cubrir ambas espaldas.

Dennis le sonrió cariñosamente cuando la miró.

—¿Te divertiste hoy?

—Mucho.¿Y tú?

—Por su pollo. Siempre me divierto contigo. —Ella reposó su cabeza contra su hombro—. Exijo que me alimentes hasta el fin del mundo con tus ensaladas. Podría comerme otro platón en este instante.

—No gracias, lo único que falta es verte echar otro kilogramo de Hellmann's sobre mi preciosa creación. Tuve suficiente hoy para toda la vida.

—Qué lástima que no sepas apreciar mi manjar.

—Al verte me dieron ganas de arrojarme por la borda, pero como el pavo estaba jodidamente bueno me quedé. —Dennis río—. Gracias por haberme invitado… o haberle insistido a tu papá que me dejara venir. La pasé súper con ustedes.

El chico le golpeó la pierna con la suya.

—Costó, pero al final la justicia triunfó. Eso y que te comportaste bien.

—¿Como una niña bonita?

—Pues claro. Fue suficiente para que no me diera la lata sobre ti.

Iba a decir algo más, sin embargo, se lo guardó para sumirse en un silencio inquieto. Lo vio perderse en sus pensamientos por un rato.

Douglas era un estirado y terco hombre repleto de condecoraciones que ayudaban a acentuar su esnobismo. Un militar ejemplar, proveniente de una familia al servicio de los Estados Unidos.

Pese a su aire solemne y responsable frente a las cámaras, en la trastienda el señor Atkins era otra cosa; no hacía falta ser un genio para notar que el patriarca Atkins no la soportaba. ¿Por qué? ¿Qué le había hecho?

Siempre fue correcta y comedida. Su familia y los Atkins no tenían problemas o malos recuerdos la una de la otra. Le parecía extraño (y un poco estúpido) que un hombre de mediana edad tuviese problemas con una adolescente.

«Yo no seré santa de devoción de nadie, pero tampoco soy una rancia hija de puta. Solo soy una idiota, nada más.»

Fue su mejor amigo quien la trajo al presente mediante pellizcos. Ella lo encaró y otra vez el cosquilleo en su vientre. No reprimió una cálida sonrisa.

El viento agitó el flequillo en capas del rubio, mientras sus ojos se entrecerraban por el brillo que bañaba su rostro con una cálida luminosidad. Estaba para devorárselo entero, envuelto en esa manta de rayas celestes.

Instintivamente Chelsea levantó la mano para acomodar su pelo, sus poros exudaban amor. Él se la cogió suavemente y enredó sus dedos, una tierna sonrisa se dibujó en sus labios.

En ese momento no hubo ni Douglas, Joe o fuerzas externas que pudiesen arrebatarle ese momento. Quiso besarlo allí, consumar el amor que sentía por él a los ojos del Potomac.

El tono jovial de su voz la obligó a calmarse.

—Otra vez soy víctima del viento, ¿no?

—Sí. Tu enemigo mortal volvió para un octavo asalto.

—Qué cosa, siempre estoy necesitando que me salves de él —Picó su muslo, juguetón—. A ti no te va tan bien, por cierto.

Ella soltó una carcajada.

—Déjalo así, me da un aura mística. Como de hada de los bosques que vuela entre los árboles o algo así.

—Mejor diría "de lunática".

Chasqueó la lengua y golpeó su pierna.

—Ya quisieras verte como yo.

—Uf, seguro. Muero de envidia. —Pellizcó sus mejillas y cambió el tópico—. Voy a ir de paseo por el parque de senderismo Potomac. ¿Te apuntas?

Ella entrecerró sus orbes avellanados.

—¿Tú? ¿Haciendo trekking? No me jodas…

—¿Qué hay de malo con eso? Tengo zapatillas nuevas y me gustaría darles una probada.

Ella le restó importancia meneando la mano.

—Lo que tú digas, tontín. Igual si: me gustaría ir a mover las piernitas y verte desmayar antes de los cien metros.

El muchacho meneó suavemente la cabeza, divertido.

—¿Vamos a competir hasta en esto?

—Pues claro.

—¿Qué quieres perder? Yo pierdo dos potes de helado Cookies & Cream y un vodka.

—Que sean dos vodkas y una lasaña bien condimentada.

Ambos estrecharon las manos.

—Hecho. Pasaré por ti el sábado a las diez, no te quedes dormida o me cobraré la apuesta de inmediato.

—Hablaras de otra. Cuando me pongo el despertador me levanto como un puto rayo.

La empujó juguetón, chispas emanadas de sus ojos.

—Eso está por verse, Picassita.

La tarde finalizó cuando Douglas atracó en el muelle privado. Los Atkins la llevaron de vuelta hasta su casa, donde se despidió de ellos afectuosamente. Rodeada de sus mascotas y el corazón henchido de gratitud, se sentó sobre el sofá para luego exhalar agotada.

Algo en su interior cambió aquella tarde, un poder profundo transformó y dejó mecha en su alma. La mente flotaba alrededor del dulce recuerdo de Dennis bajo la luz del sol, que inspiraba su mente creativa.

Lo bocetaría más tarde tan galante y perfecto: en ese instante, prefirió dejar descansar su agotado cuerpo. Cerró los ojos, la perra Bóxer lamía sus manos y los caniches correteaban sobre el sofá.

De habérselo permitido se hubiera quedado completamente dormida, pero el deber de atender a los canes llamaba.

Limpió la suciedad de sus mascotas, luego les llenó los comederos; ordenó y se preparó un bocadillo de queso fundido. En el proceso, tarareaba feliz sus canciones favoritas de Alvvays.

Mientras encendía un cigarrillo, su mente no podía escapar de la marea de sentimientos que la inundaba. A cada segundo la verdad se hacía ineludible.

«Oh, no... Me he enamorado otra vez. Y de mi mejor amigo, ni más ni menos.»

Trató de reprimir ese ingrato pensamiento, de negarlo, de restarle importancia. Pero la sensación era intensa y visceral, pretender ignorarla era como intentar contener un huracán en el interior de una botella.

Sabía que este sentimiento la consumiría tarde o temprano. La desintegraría hasta que no quedara nada de ella.

Cubrió su rostro con las manos. ¿Quién podría resistirse? Debió imaginar que una relación como la de ellos acabaría así.

Derrotada (aunque nada desanimada), se metió en el cuarto de baño y dejó que la ducha corriera sobre su cuerpo. Su teléfono reproducía música y llenaba el silencio, el vapor nublaba su visión y el olor a jabón la envolvía.

La sorprendió una notificación entrante. Secó su mano y observó el dispositivo: Dennis informaba que estaba en camino, no pudo reprimir morderse el labio inferior. Buscaba devolverle "el favor" de la tarde.

Otra noche más juntos: no reprimió una risita coqueta al replicarle. Supo exactamente cómo cobrar sus servicios mientras ponía fin a su aseo.

Seleccionó un conjunto de ropa interior de encaje negro con delicadas cintas de un rosa suave; el roce de las prendas sobre su desnuda piel reavivó el fuego dentro de ella. Con volados en la tanga y flores bordadas en la copa del sostén, sabía que lo dejaría sin aliento.

Al cabo de unos minutos oyó el motor detenerse en la acera. Espió entre las rendijas de la persiana y vio a Dennis caminar tranquilo hacia la entrada.

Vestía ropa casera y su cabello aún estaba húmedo. Se mordió los labios mientras corría hacia la sala, conteniendo la emoción.

Abrió la puerta, fingiendo tranquilidad, y aleteó sus negras pestañas para darle la bienvenida. El aire tras él portaba esa fragancia seca y provocativa, hierba y peligro.

Nunca lo había deseado tanto como esa noche. Y cuando él posó sus ojos sobre su cuerpo semidesnudo, supo que lo había dejado anonadado.

—Vaya… —Logró articular—. Esto sí no me lo esperaba. ¿Es nuevo?

Chelsea asintió.

—Sabía que te iba a gustar.

El rubio dejó sus llaves sobre el sofá; se le acercó con paso firme, y con una mirada, el espacio entre ellos se disolvió. Ya no se sintió expuesta sino deseada. El mundo a su alrededor quedó en un segundo plano, reducido por la cercanía y calidez entre ellos.

—¿Gustarme? —Rodeó sus pechos con las manos—. Te sienta espectacular. Están tan…

—¿Lindas?

—Elegantes, diría yo. —Chelsea amagó a desabrochar el sostén, pero él la detuvo—. Déjatelo un poco más. Me vuelve loco como luces.

Lo besó pasionalmente y mordió sus labios; el chico dejó escapar unos gruñidos mientras exploraba sus curvas. Apretaba su cuerpo contra el de ella, el estremecimiento aceleraba su corazón y encendía su alma.

Chelsea lo ayudó a despojarse de la sencilla camiseta roja, sus delicados dedos de artista recorrieron su torso provocándole cosquillas.

Lo deseaba y lo amaba, ¿había algo mejor que eso?

Ella se apartó unos centímetros, Dennis dejó escapar una ligera protesta.

—¿Vamos a mi habitación?

—Nada me gustaría más que eso.

La alzó con facilidad y ella envolvió su cuerpo con las piernas. Ágilmente la condujo hasta su cuarto, envueltos en susurros y jadeos.

La depositó dulcemente sobre la cama mientras sus labios le recorrían el vientre. Sus dedos, fuertes y cuidadosos, jugaban con los elásticos del tanga, la tela del brasier y rozaban el vello de su entrepierna. La castaña no pudo contener el placer que embriagaba su cuerpo. Observó cómo se desprendía del short de algodón, el bóxer debajo dejaba clara su excitación. Implacable, devoraba su boca.

Dennis estaba listo para ella, expectante.

Chelsea ansiaba perderse en él, dejarse llevar por la pasión hasta el límite del delirio.

—Tómame —murmuró—. Soy toda tuya.

Dennis bajó la copa del sostén y mordió sus pezones; paulatinamente descendió para remover con los dientes el tanga.

Sin embargo, esa vez no fue apresurado como en ocasiones previas. Decidió tomarse el tiempo necesario mientras acariciaba su intimidad. La presión en Chelsea no hizo más que subir cuando él deslizó sus dedos hacia su interior.

Se dejó llevar, arrastrada por las caricias del muchacho. Sus manos se aferraron a las sábanas, en cuestión de minutos estalló en mil pedazos.

Dennis se recostó sobre su cuerpo y suavemente se introdujo en ella. Las piernas femeninas temblaron ante el contacto.

—Estabas tan dulce hoy, tan perfecta. —Le dedicó un beso largo—. Desde que me tocaste esta mañana, no dejé de pensar en este momento. Me hubiera encantado que estuviésemos solos en ese barco.

—No pude evitarlo, me salió de la nada… No quiero que termine este momento, ni ahora ni nunca.

Rodeó su rostro con las manos, moviéndose suavemente contra Chelsea. Los pequeños dedos se enredaron en el sedoso cabello rubio.

—Pensé mucho en cómo darte tu paga, si lo hacía lento para sentir cómo te pierdes. Adoro verte temblar por mí.

La castaña soltó un pequeño gemido.

—Te necesito ahora mismo.

—No, Chels. Hoy nos tomaremos nuestro tiempo.

Fue magnífico sentirlo adentrarse con lentitud exquisita. Era algo a lo que no estaba acostumbrada: el placer sutil y calmo de hacer el amor. Las frentes se tocaron cuando sostuvo sus muslos para él. Ante la segunda penetración abandonó la cordura.

Dennis marcaba el ritmo de su conexión, orgulloso de las reacciones que provocaba en su mejor amiga. Acariciaba sus caderas, se aferraba a sus muslos y sus dedos se hundían en la carne femenina.

El tiempo se convirtió en una serie de momentos fugaces y eternos. Chelsea se zambulló en sus ojos, fue capaz de dilucidar las profundidades de su alma. Se sentía plena, saciada, comprendida por el chico al que amaba.

Aquel momento fue infinitamente mejor que las noches de lujurioso desenfreno. El calor de sus cuerpos fusionados le disipaba cualquier duda al respecto. En brazos del muchacho se sintió segura, contenida y saciada.

Su cuerpo comenzó a demostrar síntomas de la típica premura previa al cenit, algo mucho más profundo y violento. El cosquilleo provenía de su interior, era eléctrico e inmovilizante. Rogó por más, arañaba la espalda mientras luchaba por mantener la cordura. No pudo evitar cerrar los ojos, entregarse por completo a las sensaciones que la poseían.

El mundo exterior se desvaneció, podía escuchar los latidos de su corazón al tiempo en que el éxtasis la bañaba con sus olas incontrolables. De su boca escapaban susurros, pero en su mente gritaba el nombre de su amado.

Dennis no varió ritmo, aunque sus embestidas eran mucho más profundas. Acariciaba rápidamente su zona erógena y acrecentaba su inestabilidad.

La señorita Vickers tragó saliva. Se sentía a punto de morir.

—Acaba para mí, Chels. Déjate llevar.

Obedeció: la presión fuerte y destructiva la hundió. Ahogó un grito proveniente de sus entrañas, echó la cabeza hacia atrás al tiempo en que le clavó las uñas. Chelsea se entregó en carne y alma a Dennis, temblorosa bajo su peso. El chico besó su cuello al verla boquear.

Había perdido la noción del ser; sentía su alma flotar por sobre su cuerpo después de tamaña experiencia. Tenía la mente en blanco y el cuerpo acalambrado.

Jadeó al percibirlo correrse en su interior minutos después; él mordisqueaba su hombro al tiempo en que gruñía por lo bajo. Música para sus oídos. Sus cuerpos quedaron inmovilizados, exhaustos, uno sobre el otro.

Solo podía pensar en las sensaciones experimentadas durante aquel magnífico encuentro. Sentía el alma purificada al volver a su cuerpo, rejuvenecida.

Su vida se sintió perfecta en ese instante arrebatado al tiempo. Cerró los ojos, temerosa de que se desvaneciera para siempre.


*Nota: ya que Chelsea es estadounidense (y en el país se refieren al fútbol americano como fútbol) respeté ese pequeño detalle del habla.