El sonido de la feroz batalla resonaba en la distancia: estallidos, rugidos, gritos de batalla, disparos, el chillido de los aviones derribados o de las trincheras que volaban por los aires. Desde luego todo esto sucedía fuera de pantalla ya que el presupuesto no permitía mostrar semejante despliegue bélico. Pero por el ruido que llegaba hasta allí podías deducir que era una de las mejores películas bélicas jamás hechas.
Por cierto, este "allí" era una gigantesca estructura similar a una torre de transmisión. Una maciza construcción plateada que se alzaba en el centro de un claro del bosque. Dentro de ella se alzaban toda clase ordenadores de luces parpadeantes. Varios monitores transmitían datos sin parar entre el zumbido de las máquinas. La sensación general era que el aire dentro de la torre vibraba como consecuencia de la masiva actividad tecnológica.
Desde la plataforma de la torre dos figuras observan en dirección a la batalla. Se trataba de Igor Smith y de, contrario a lo que podría esperarse, el joven Chad Finletter.
— Wow, es increíble. Nunca creí que viviría para ver algo como esto —dijo el precoz niño de diez, casi once años.
— Puedes decirlo de nuevo, dude —dijo Igor, el poco convencional asistente de científico malvado con su típico tono de surfista de Malibú —Vaya nunca creí que podría haber tanta acción en esta caricatura.
— Cualquiera que no esté viendo se está perdiendo todo un espectáculo.
La cámara empezó a temblar tras estas palabras, tentada a dejar de enfocar al dúo y mostrar el combate que tenía lugar. El niño volvió a manifestar su entusiasmo.
— ¡Mira! Aviones humanos se están sumando a la batalla.
— Y los aviones de los tomates están atacándolos con toda clase de maniobras que… Hombre, ni siquiera se puede describir.
La cámara iba definitivamente a desviarse para captar la batalla cuando una aguda voz se hizo oír.
— No, no, no, no.
La cámara regresó a su posición inicial, movida por la mujer de la censura que observaba con una expresión severa.
— No podemos permitir que todo eso salga en una caricatura. Es demasiado violento para los niños. Recuerden el trato, sino pueden comportarse pondremos algo más informativo, como un documental sobre arte renacentista, en lugar del episodio de hoy. Y eso va para ustedes también —agregó la mujer viendo al dúo.
— Sí, señora.
Dijeron Igor y Chad en un tono desanimado antes de darle la espalda a la batalla y regresar al interior de la torre. El cuarto era un amplio cuadrado con un gran tablero de control en uno de sus lados. Y sobre este se encontraba la mente detrás de todos los desastres sucedidos en la caricatura. El Dr. Putrid T. Gangreen que trabajaba a toda velocidad en los últimos preparativos del plan.
— Excelente, todo marcha según lo planeado. Muy pronto convertiremos a ese montón de rojos traidores en fertilizante.
El científico "enojado", dejó escapar una de sus siniestras risas que resonaron entre las paredes del cuarto. Su felicidad era evidente y por varias razones. Después de una primera temporada llena de fracasos, finalmente había conquistado el mundo en el primer episodio de la segunda temporada. Pero entonces sus tomates genéticamente modificados decidieron traicionarlo y tomar el planeta para ellos. Desde entonces había sido reducido al rol de villano secundario y se veía forzado a colaborar con los chicos buenos.
— Eso les enseñara que nadie traiciona al Dr. Putrid T. Gangreen.
Igor avanzó hasta él con una sonrisa.
— Cielos, doctor. Hoy está de muy buen humor. No lo había visto así desde ese día en que me caí por las escaleras mientras limpiaba las canaletas de la casa.
— Ah, bellos recuerdos —dijo el científico en tono soñador—. Pero en efecto, mí no muy brillante asistente, hoy me encuentro de un humor excelente. Como dice el dicho, la venganza es un plato que se sirve frio.
— Pero maestro, estamos a 77 grados.
Ante ese comentario, el científico giró los ojos y decidió regresar al trabajo que tenía entre manos.
Mientras tanto Chad ignoró a los escasamente redimidos villanos para colocarse junto a la silla en la que se hallaba su mejor amiga, la hibrida tomate-humano, Tara Boumdeay. En su regazo se hallaba FT, el tomate peludo que la joven consideraba su hermano menor. Ella llevaba un casco metálico en la cabeza del cual brotaba un grueso cable que subía hasta el techo para conectarse a una gran máquina esférica. Pese a su innato optimismo y buen humor, se la veía nerviosa, lo que alarmó a Chad.
— Ey, Tara ¿Te encuentras bien?
La joven volteó a verlo y le sonrió con esfuerzo mientras seguía acariciando a FT.
— Oh, Chad, no es nada. Solo estoy un poco nerviosa. Esta es la batalla final después de todo.
— Sí. No puedo creer que este día haya llegado. Creí que los tomates dominando el mundo sería el nuevo estatus quo del programa.
— Lo sé. Y en cambio aquí estamos, a punto de crear un nuevo estatus quo.
Chad colocó una mano sobre la de Tara. Pese a que se veía como una joven de dieciséis años, su mente humana estaba más cercana al nivel de la de un niño. Ignoraba mucho sobre el mundo y sus experiencias de vida antes de ganar consciencia incluían principalmente crecer en el jardín de un científico loco. Aunque en los últimos tiempos había conseguido desarrollarse mejor gracias a la influencia de Chad que siempre se tomaba su tiempo para explicarle las costumbres de su especie. Era por eso que el niño sabía que ella necesitaba algo de refuerzo positivo en esos momentos.
— Y todo gracias a ti, Tara. Te lo dije una vez, no eres como ninguna otra chica.
Los ojos de la muchacha se pusieron tristes ante aquello, pese a que la sonrisa de su rostro no desapareció.
— Lo sé, Chad. Soy un tomate.
Que la apariencia humana de Tara solo durara hasta que algo de sal le caía encima era un gran golpe a la autopercepción de la muchacha. Solo un poco de aquel mineral y se convertía de nuevo en un tomate. Para regresar a su forma humana debía entrar en contacto con pimienta. Esa condición les había traído varios problemas en el pasado.
— Vamos, tú sabes que no me refiero a eso. Eres la persona más amable que conozco y una de las más tenaces.
— Gracias, Chad.
La joven apretó la mano del niño con ternura.
— Y tú eres la persona más amable y valiente que conozco.
—Y una vez que acabemos aquí podremos concentrarnos en encontrar la forma de hacerte humana para siempre.
Tara rió, sintiendo que el optimismo de Chad se le contagiaba.
— Y celebraremos yendo a la playa, sin que tenga que preocuparme por el agua salada.
— Y puedo enseñarte a surfear también.
— ¡¿Alguien dijo surfear?!
Un entusiasmado Igor aterrizó delante de los niños con una tabla de surf bajo el brazo, lentes de sol, y bronceador en la nariz. Comenzó a saltar en donde se hallaba igual que un niño entusiasmado.
— ¿Puedo ir? ¿Puedo ir? ¿Puedo ir?
Ambos niños miraron al gigantesco hombre que acababa de arruinarles el momento con una mezcla de extrañeza y desconfianza. ¿Cómo era que un hombre así había terminado al servicio de Gangreen? Era algo que nunca entenderían. Incluso FT expresó su confusión acerca de él con una serie de sus característicos chillidos.
— Puedes decirlo de nuevo, FT —dijo Tara mirando al tomate en su regazo.
— ¡Igor! Ven aquí ahora mismo —gritó Gangreen desde el teclado.
El asistente se puso firme y dejo caer su tabla de Surf.
— Enseguida, su malignidad.
Se alejó de los niños, levantado una ligera nube de polvo al hacerlo.
— Nunca me acostumbrare a tener a esos dos como aliados —dijo Chad suspirando.
— Sigo sin confiar en ellos, Chad.
FT chilló para dar a entender que él tampoco confiaba en su creador.
— No puedo culparte después de tantas traiciones. Pero no te preocupes, al menos de momento es más enemigo de Zoltan y su ejército que de nosotros. Ni siquiera él arruinaría esta oportunidad.
— Sí, creo que tienes razón.
Tara no sonaba muy convencida e incluso apretó con más fuerza la mano de su mejor amigo sin darse cuenta. No podía quitarse de encima un mal presentimiento.
— ¡Al fin! Estamos listos para comenzar.
Gangreen se incorporó de un salto y satisfecho se frotó las manos. Justo en ese entonces Whitley White apareció frente a la cámara, el único reportero del San Zucchini y tal vez el único en el mundo que no había sido capturado por los tomates. Siempre aparecía cuando había una noticia jugosa que pudiera impulsar su carrera. Su larga gabardina estaba cubierta de tierra y salsa de tomate.
— Aquí Whitley White haciendo un alto en el minuto a minuto desde campo de batalla para traerles un resumen de lo que está sucediendo.
El reportero se aclaró a garganta antes de continuar.
— Tras varios meses de lucha la humanidad se prepara para dar su último golpe contra la ocupación de los tomates. Todo gracias a la intervención del científico loco local, Putrid T. Gangreen.
— Enojado, es científico enojado. —Interrumpió el científico saltado junto a White— ¿Hasta cuándo debo recordarles que no estoy loco?
— ¿Qué tal hasta que dejes de crear frutas asesinas? —respondió White con tono cansado.
Igor reaccionó ante ese comentario.
— Ey, no trate así a mi maestro. Él es un genio. Incluso si todos sus inventos fracasan o terminan traicionándolo.
— Gracias Igor por esa bien intencionada pero patética defensa —dijo Gangreen tomándolo del cuello de su camisa y empujándolo a un lado.
— Entonces, Doctor —dijo White volviendo a tomar el control de la situación— ¿Qué es lo que está haciendo aquí? ¿Es esta gigantesca torre el arma secreta? ¿O solo es una excusa para mantenerse alejado de la batalla?
— Bueno, White, veras, esta torre que yo mismo diseñe y construí está preparada para enviar una señal a lo largo y ancho del planeta usando una red satelital. Poniéndolo fácil para los menos brillantes, la señal se sincronizará con cada tomate en existencia, alterándolo a nivel molecular y haciéndolo estallar de inmediato.
— Suena demasiado bueno para ser cierto.
— Pero lo es. Este es el resultado de mi genialidad aplicada a su máximo potencial.
Chad observaba la entrevista con disgusto.
— No puedo creer que Gangreen vaya a llevarse todo el crédito por esto. Tú eres quien va a hacer todo el trabajo.
— No te preocupes, Chad. No me molesta.
Miró a su amiga y supo que en verdad no le molestaba. La torre estaba pensada para funcionar como un amplificador de los poderes tomate de la muchacha. La idea se le había ocurrido a Gangreen tras ver una grabación del primer episodio de la serie. En una escena Tara había usado sus poderes para destruir un enorme tomate que por poco acababa con Chad. Fue así como al científico se le ocurrió que podían repetir ese mismo truco, pero con una señal lo bastante fuerte como para que los poderes de la muchacha alcanzaran a cada tomate del planeta. Era arriesgado, pero era la única alternativa que tenían para ponerle fin a la guerra.
Y Tara no se llevaría nada de crédito por eso, pues para mantener su identidad de tomate en secreto, nadie más que Gangreen, Igor, Chad, FT y los miembros principales de la fuerza anti tomates sabían la verdad. En cuanto a White, él se había tragado la explicación de que Tara estaba arreglándose el cabello para la fiesta de victoria. Y gracias a eso no se molestó en incluirla en su grabación. Chad no pudo evitar pensar que había algo mal con la inteligencia promedio de los adultos de la caricatura, pero no iba a negar que tenía más ventajas que desventajas.
La voz de White lo sacó de sus meditaciones.
—Y ahora, de regreso al campo de batalla, donde más acción de alto presupuesto está teniendo lugar.
Y con eso desapareció en al aire sin dejar huella. Igor contempló el lugar en el que había estado parado el reportero con un gran desconcierto.
— Wow, amo, sigo sin entender cómo hace eso.
— El mundo de las noticias es así, Igor. Si no eres lo bastante rápido pierdes la primicia. Pero olvídate de eso ahora.
El científico volteo hacia sus aliados con una sonrisa en el rostro.
— Muy bien, mi querido niño, mi peludo tomate fallido y mi adorable traidora ¿Listos para comenzar?
— Hagámoslo de una vez —dijo Tara con firmeza.
Y así Gangreen empezó a operar los controles del teclado.
— Tus deseos son órdenes.
Nadie se percató de la siniestra sonrisa que apareció en su rostro.
Bajó la palanca principal.
