De nuevo en la batalla demasiado costosa para ser representada, Wilbur se encontraba arrodillado junto a Sam. El maestro del disfraz yacía de espaldas sobre un charco de jugo de tomate. Estaban refugiados cerca de los restos aplastado de un tanque. Alrededor de ellos resonaba el avance de los humanos y el rebote de los tomates.

—Aguanta, soldado —dijo Wilbur mientras alzaba la vista buscando la forma más segura de sacar a su amigo de allí.

Sam hablaba con dificultad, poniendo todas sus fuerzas en hacerse oír por encima de la destrucción que los rodeaba.

—No… No voy a lograrlo… Finletter. Dile a mi esposa que la amo y que desearía haber pasado más tiempo con ella. Use muchos disfraces a lo largo de mi vida, pero ella fue la única que siempre pudo ver mi verdadero yo a través de ellos.

Wilbur levantó una ceja.

—Sam, no tienes esposa.

—Vamos, Finletter —dijo con frustración mientras se ponía de pie—. Déjame tener una escena dramática al menos una vez. Si este va a ser el final de la serie quiero ser recordado como algo más que el tipo de los disfraces.

—Sam, no importa que pase hoy, siempre serás recordado como uno de los pilares de la Fuerza de Ataque Anti Tomates

Ambos hombres se sonrieron con camaradería antes de que su atención fuera reclamada por un chirrido de metal aplastado. Giraron para descubrir a Zoltan subido en los restos del tanque.

—Bueno, bueno. Pero si es el comandante en jefe de las FAAT al alcance de mis zarcillos.

—Olvídate de los zarcillos —dijo el enorme tomate Ketchunk apareciendo por uno de los lados del tanque —. Déjalo al alcance de mi boca.

Esto último lo dijo con una sonrisa babosa que fue seguida por un eructo. Wilbur alzó su espada y la apuntó de un tomate al otro mientras él y Sam retrocedían con cuidado.

—Puedes quedarte con el intento de cowboy —dijo Zoltan—. Pero Finletter es mío… Ambos Finletter.

El paracaidista tenso todo su cuerpo ante esas palabras.

—Ni creas que te dejare llegar a Chad.

—Oh, Finletter ¿Qué te hace creer que estarás aquí para impedirlo? Mi única queja es que no podrás verme acabar con ese entrometido niño de diez años.

—Ey, pensé que él niño tenía doce —dijo un desconcertado Ketchunk.

—No seas estúpido —dijo la voz seseante de Fang que acababa de aparecer por detrás de los humanos—. El chico tiene catorce.

—¿Catorce? ¿Qué niño has estado viendo, Fang?

Era Beefsteak que llegaba por el lado restante del tanque, bufando como un toro embravecido mientras subía y bajaba sus cuernos.

—¡Suficiente! —gritó Zoltan enfurecido.

—Ahora, espera un momento, Zoltan —dijo Tomacho que venía acompañado de Mummato—. Si este es el final quiero saber cuántos años tiene ese niño realmente.

—Tengo que estar de parte de Tomacho en esto, Zoltan —agregó el tomate cubierto en vendas—. Este es un interrogante que no me gustaría dejar sin respuesta.

Wilbur no comprendía nada de esa charla y finalmente estalló al sentirse excluido de lo que fuera que estuviera pasando.

—¡¿Qué rayos pasa con la edad de mi sobrino?!

—Vamos, hombre —dijo Tomacho—. Tienes que admitir que es muy raro. A veces actúa como un niño y a veces es el personaje más adulto de la caricatura.

—Sí —dijo Ketchunk eructando—. Y él siempre está cambiando de tamaño.

Los demás tomates empezaron a murmurar entre ellos sobre esto, olvidando a los humanos que tenían rodeados. A excepción de Zoltan que cansado de aquella discusión ridícula lanzó un monstruoso grito que los regresó a la realidad.

—¡Se acabó! Si tanto quieren saber la edad del mocoso hablen con los escritores cuando no estemos al aire. No más discusiones ¿Entendido?

—Sí, Zoltan.

Respondieron todos los tomates al mismo tiempo mientras su líder saltaba del tanque para aterrizar frente a Wilbur. Este ya se preparaba para darlo todo hasta su último aliento.

—Y ahora, Finletter…

—Oye, Zoltan —intervino Beefsteak.

—¡¿Qué?! —Respondió este inclinándose violentamente contra su camarada como si quisiera aplastarlo contra el suelo.

El tomate taurino señaló con uno de sus cuernos un resplandor rojizo en el cielo.

—¿Qué es eso?

Zoltan y la banda de cinco giraron en dirección al resplandor con ojos sorprendidos. Un pilar de luz se alzaba hasta el cielo y se perdía entre las nubes.

—Eso no se ve todos los días —dijo Tomacho.

—Un momento —intervino Fang—. No he visto al niño por ningún lado… Ni a la traidora ni al tomate peludo.

Mummato habló sin apartar la vista del pilar.

—Ni a Gangreen. O a su secuaz, si es que puedes llamarlo así.

—Tengo un mal presentimiento —dijo Beefsteak con visible preocupación.

Comenzó a llover, pero no era agua lo que caía. Sino destellos de luz rojizos que describían toda clase de piruetas, como una lluvia de bengalas. Dos de ellos impactaron contra un avión cercano y en un parpadeo los tomates que lo ocupaban se estremecieron con violencia. Explotaron antes de comprender que sucedía, dejando nada más que una pasta rojiza en la aeronave. Esta procedió a estrellarse en algún lugar del bosque.

La lluvia siguió, indiferente a esas bajas iniciales, impactando a otros tomates a lo largo del campo de batalla. El resultado era el mismo en todos los casos. No importaba lo que el vegetal estuviera haciendo, su cuerpo entero quedaba desparramado en la tierra como una gran mancha roja.

—Sí, esto no puede ser bueno —continuó Beefsteak.

—¡Retirada! —gritó Zoltan, por primera vez más asustado que enfadado.

Pero antes de que alguno de los miembros de la banda pudiera reaccionar, unas luces cayeron sobre Tomacho y Mummato. Empezaron a temblar ante el contacto con la luz destructora y dándose cuenta de lo que sucedía, el primero decidió hablar. Y lo hizo con un tono dramático que parecía más propio de un actor profesional.

—Oh, adiós, mundo cruel. No estabas listo para sustentar una grandeza superior a la tuya. Oh, sueño encarnado, regresa al mundo incorpóreo y eterno del que nunca debiste salir. Deja esta tierra marchita y bañada en sudor, lágrimas y… ¡Kétchup!

Y con eso el más vanidoso de los tomates asesinos estalló convertido en una pasta rojiza. Una serie de aplausos y silbidos se hicieron oír mientras que varios ramos de flores eran arrojados sobre sus restos.

—Bueno, colegas, es inútil tratar de competir contra eso. Así que Bada-boom, bada-bing.

Y la momia tomate siguió el camino de su mejor amigo, dejando solo unas vendas entre la salsa. La lluvia roja seguía cayendo y a esas alturas ya había alcanzado a cada uno de los líderes de los tomates.

—Tomates, fue un honor aterrorizar al planeta junto con ustedes —Y con eso Beefsteak estalló dejando solo su arete nasal.

Ketchunk había pasado todo ese tiempo pensando en las mejores palabras de despedida, algo que pudiera actuar como su epitafio. Algo que representara su paso por este mundo. Pero todo lo que pudo hacer fue eructar. Y entonces estalló.

Fang gradualmente había pasado de verse asustada a solo verse desinteresada. Hizo el equivalente a encogerse de hombros para alguien de cuerpo esférico y agregó:

—Lo que sea. Ya estaba cansada de todos modos.

Estalló salpicando a Wilbur y Sam, que contemplaban boquiabiertos la escena.

De manera similar Zoltan observaba lo que quedaba de su banda. Los únicos tomates asesinos a los que consideraba su familia. En esos momentos su mente proyectaba todos los momentos que habían compartido a lo largo de los años: su primer número musical como tomates recién nacidos, aquella vez en que formaron su propia mafia, cuando montaban en sus pequeños aviones para atacar el barco en el que se hallaba Chad Finletter durante la expedición al Jardín Botánico de Zucchini. El día en que Gangreen les dio su segunda mutación, la conquista mundial, su traición final contra el científico loco, el viaje a París.

Su ira y dolor estalló en un rugido primordial que no había sido oído desde los días en que los primeros tomates marcharon sobre la tierra. Un deseo de venganza que lo hacía anhelar sangre.

— ¡Finletter!

Se arrojó contra su odiado rival humano con las fauces abiertas. El paracaidista preparó su espada, pero antes de que pudiera usarla Zoltan estalló, cubriéndolo a él y a Sam de pasta roja. Su parche quedó flotando sobre el rojo charco. Wilbur lo levantó con la punta de su espada y lo acercó a su rostro.

—No puedo creerlo… Después de todos estos meses, después de tantas batallas ¿Se acabó?

—Míralo por ti mismo, Finletter —dijo Sam poniéndole una mano en el hombro.

El paracaidista alzó la vista a un campo cubierto de salsa y algunos tomates que se retiraban aterrados. Alcanzó a ver que varios de ellos estallaban en medio de la huida. Ya no había una ofensiva, ni una batalla real. Todos los humanos se encontraban paralizados, incapaces de creer lo que estaban viendo.

Un avión cuyo piloto acababa de estallar se estrelló cerca de Wilbur y el impactó lo regresó a la realidad. Giró sobre sus talones y corrió en dirección al origen de aquel resplandor. Sam salió corriendo detrás de él sin entender que le sucedía.

— ¿Finletter?

Sin detenerse le comunicó que pasaba por su cabeza en esos momentos.

—Sí todo salió según el plan, entonces Chad, Tara y FT están solos con Gangreen.