—¡Más rápido, niño bonito!

—Oh, vamos su excelencia apuñaladora de espaldas. Yo nunca me meto con su aspecto.

—Oh ¿Tienes algo que decir sobre mi apariencia?

—Eh…¿Quizás?

Igor corría por el bosque con Gangreen sentado a horcajadas sobre él.

—No entiendo porque nos fuimos así —dijo el secuaz para cambiar de tema—. Vamos a perdernos la fiesta de victoria y el viaje a la playa.

—Oh, no tienes de que preocuparte, mi querido Igor. No creo que esos chicos buenos tengan muchos deseos de celebrar.

Y tras ese comentario Gangreen dejó escapar una de sus características risas malvadas. A lo que Igor solo respondió con un "Huh?". Pero de repente se detuvo en seco haciendo que su amo perdiera el equilibrio y por poco cayera al piso.

—¿Por qué te detienes, incompetente?

—Oiga, doc ¿Qué cree que sea eso?

Igor apuntaba a unos arbustos delante de ellos que se movían. Había algo en ellos, y ese algo les estaba saliendo al encuentro. El gigante bronceado tragó saliva asustado.

—Espero que no sea un oso. O peor aún, un tiburón.

—No, no es eso. Igor, creo que es…

—Ey, jefe. Tiempo sin verlo.

— ¡Zoltan!

—Y la banda de cinco —dijo el tomate a la vez que otros cinco tomates más pequeños salían del arbusto dando saltos.

—Wow, dude. Te vez diferente ¿Hiciste algo con tu cabello?

—De hecho, sí. Gracias por notarlo.

—Te queda muy bien.

— ¡Igor! ¿Realmente no notas la diferencia?

— ¿Eh?

Gangreen se dio una palmada en la cara mientras se arrepentía, de nuevo, de haber contratado al primer asistente que respondió a su anuncio en el periódico. Ya que no podía hacer nada al respecto, se vio obligado a explicarle lo obvió.

—Se revirtieron a su aspecto original, bufón bronceado.

En efecto, Zoltan y su banda ya no se veían como los tomates monstruosos de la segunda temporada. Al contrario habían recuperado su aspecto original de alivios cómicos, apenas más grandes que tomates reales.

—¿Pero cómo?

—Fascinante —dijo Gangreen frotándose el mentón—. Su segunda mutación debe haberlos protegido de los poderes de Tara. Solo sus cuerpos doblemente mutados fueron destruidos, pero sus núcleos, por llamarlos de alguna forma, se conservaron.

— Huh?

—Los escritores no tuvieron las agallas de matarlos —dijo el científico encogiéndose de hombros.

Zoltan dio unos saltos en dirección al dúo.

—Ey, jefe, odio interrumpirlo en medio de su huida diaria, pero ¿Cree que podría llevarnos con usted?

—¿Cómo dices?

—Bueno, el bosque está lleno de humanos armados y no somos exactamente los tomates más populares.

Gangreen se bajó de Igor y avanzó hasta Zoltan y la banda de cinco.

—Déjame ver si entiendo. Después de las traiciones, las puñaladas por la espalda, los insultos, los intentos de devorarme… Después de echarme de mi propio laboratorio… De haberme dejado en la necesidad de trabajar junto a ese idiota de Wilbur… ¿Esperas que yo los ayude?

—Sí —dijo Zoltan sonriendo—. Vamos, jefe ¿Qué son algunas traiciones por aquí y por allá entre familia?

Como respuesta el resto de la banda empezó a saltar y balbucear con sus diminutas voces. El rostro de su creador se mostraba estoico.

—Oh, yo te mostrare lo que significan algunas traiciones en la familia.

Gangreen avanzó hacia los tomates con una mirada decidida en su rostro. Temblando, la banda se pegó a Zoltan a la espera de su final, demasiado cansados para seguir huyendo. Igor que miraba a la distancia se cubrió el rostro con ambas manos y bajó la vista.

—No quiero ver esto.

Esperaba oír el sonido de tomates siendo aplastados y embarrados en el pasto, seguido de la risa del científico. Pero tras varios segundos seguía sin escuchar nada.

Apartó las manos y se encontró con Gangreen arrodillado en la hierba y abrazando a la media docena de tomates traidores. Los había rodeado con sus brazos y los estrujaba contra su pecho con cariño, como si fueran unos bebes. La escena hizo que Igor volviera a repetir un "huh?"

—Su malignidad, no lo entiendo ¿No odiaba a Zoltan y la banda de cinco?

—Bueno, Igor, admito que anhelaba ver a este montón de sanguijuelas aplastadas en el pasto. Soñé con eso muchas veces. Pero también es cierto que estos tomates podridos me traicionaron por un mal mayor. Fueron arrogantes, egoístas, despiadados y traicioneros. Tan malvados que no podría estar más orgulloso.

Y con eso abrazó a sus tomates con renovadas fuerzas.

—Awww, yo también te quiero, papá —dijo Zoltan.

—No tientes tu suerte —Respondió Gangreen con frialdad, terminando su abrazo y dejándolos caer en el suelo.

—Ok, ok. Puedo vivir con eso. Entonces, jefe ¿Qué tal algo de fertilizante? Estamos hambrientos.

—Luego. Después de que estemos lejos de aquí. No podemos arriesgarnos a ser capturados.

Segundos después Igor volvía a correr con Gangreen sobre sus hombros. Zoltan y su banda asomaban por los bolsillos de la bata del científico.

—Rápido, Igor. Rápido. Antes de que empiecen a buscarnos.

—Sí, oh, gran amo de los vegetales podridos.

—Como en los viejos tiempos ¿Verdad, muchachos? —Le dijo Zoltan a su banda y estos respondieron con desanimados murmullos—. Ya sé, ya sé.

El científico notó su poco entusiasmo.

—Tranquilos, mis siniestros retoños. Tendremos nuestro regreso al poder un día. Y esta vez nadie nos detendrá.

Gangreen empezó a reír y sus creaciones, ya resignadas a su nuevo-viejo estatus quo, no tardaron en unírsele. Igor siguió corriendo hacía el soleado horizonte sin entender del todo lo sucedido ese día, pero feliz de que todos estuvieran juntos de nuevo.