C. 1.
El juicio
El rostro plateado de Dumbledore movía los labios mientras se mantenía suspendido en el aire y en el tiempo. Lucía como cualquier noche de bienvenida para las brujas y los magos del primer año de Hogwarts, excepto que sus palabras y ojos estaban embargados de furia. Ahí, en medio de la guerra, mientras centenas de muggles desaparecían días tras día para ser torturados de las formas más horribles, cuando la Orden se extinguía entre el miedo y la duda con el paso de cada segundo, y al mismo tiempo que tres jóvenes idiotas deambulaban por el mundo tratando de detener las fuerzas oscuras, él, Dumbledore, se las había ingeniado para hacerse un espacio después de la muerte con tal de reñirlo.
Agosto de 1998
Habían pasado apenas unos meses desde que Tom Riddle había sido derrotado en la "Batalla de Hogwarts", un nombre popularizado de manera espontánea que Minerva McGonagall desdeñaba y que se había colado entre sus reflexiones mientras caminaba con pasos decididos acercándose a la entrada del ministerio de magia. Su túnica negra hecha a la medida estaba ausente de los patrones usuales del tartán que le solían acompañar; el motivo de su visita era serio y como la nueva directora Hogwarts, debía reflejarlo en su vestimenta. Ella había sido escogida como interina durante el primer mes y después reconocida definitivamente por sus colegas. Fue una transición esperada debido a su cargo como subdirectora a lado de Albus, pero una parte suya había anhelado que alguien más tomara el cargo. Filius le aseguró en su momento que todo saldría bien y que ella era la persona indicada para liderar lo que viniera; sin embargo, a su labor como directora se sumaba el mando de la Orden del Fénix y recientemente se había agregado su cargo como representante del ministro magia.
A pesar del número reducido de miembros de la Orden, ella se encargó de reagruparlos y de integrar a nuevos elementos que habían sido sus aliados naturales; como directora las actividades eran demandantes, planear la reconstrucción del castillo, los invernaderos y el estadio de quidditch, colaborar con los centauros y la gente del agua para proteger tanto el Bosque Prohibido como el lago, coordinarse con Hagrid y Grawp para cuidar a los Thestrals, así como otra serie de tareas que se extendían una tras otra; la más difícil a pesar de todo era fungir como representante del ministro.
Arthur Weasley le había pedido su ayuda explícitamente, él no estaba tan conforme con su cargo y dudaba de su capacidad para manejarlo. Arthur pensaba que los magos como Dumbledore (sabios, poderosos y casi inmortales) eran quienes tenían que cubrir esos roles. No obstante, tras el asesinato de Kingsley Shacklebolt, la gente había demandado que tomara esa posición política. Weasley era un apellido que la gente relacionaba con una de las familias más antiguas del mundo mágico, con el extraño comportamiento de su patriarca obsesionado por los muggles, pero que siempre se mostraba amable y franco, además había solucionado lo que parecía un problema de gran escala. Todos esos aspectos lo que convertían en el candidato idóneo para las brujas y magos de Reino Unido, que soñaban con un mandato que priorizara la renovación cuidadosa y cálida para salir de la oscuridad; pero eso no era todo, Weasley era el nombre de la familia heroica que había peleado para protegerlos.
De nuevo, la "Batalla de Hogwarts" regresó a sus pensamientos mientras recogía su varita tras la examinación de los magos de seguridad. Cada ocasión que las brujas y los magos se referían a ese evento catastrófico de aquella forma apretaba sus labios en una línea recta contenida. Era un título que demostraba el júbilo, la reverencia por lo que había sucedido, pero casi enseguida se volvió en una etiqueta de morbo y exagerada solemnidad. Cientos de magos londinenses dramatizaban los hechos en sus cartas a otras partes del mundo, para narrar su papel en los sucesos, incluso si nunca habían puesto un pie antes en Escocia.
Era sabido que la magia solía ser acompañada de comportamientos imprudentes y personajes estrafalarios, por esa misma razón, los encuentros internacionales de cualquier tipo se convertían una exhibición de mal juicio. Esa conducta era tolerable para ella, puesto que se arraigaba en una celebración del sentido de pertenencia a un mundo lleno de secretos milenarios y, hasta cierto punto, era predecible que actuaran así; sin embargo, poner un nombre rimbombante a un momento histórico que debería quedar registrado entre las vergüenzas del mundo mágico era otra cuestión. La gente hablaba con ligereza del asunto y mencionaban la batalla como algo superado, como una simple historia de una canción de algún bardo. Se habían entregado al ocio y la diversión.
Al igual que la primera vez que los magos y las brujas pensaron que la guerra había cesado, en esta ocasión también se habían dado el lujo de salirse de sus cabales. Dedalus Diggle había perdido toda pizca de cordura y había conjurado auroras boreales en el sur de Inglaterra; otras decenas habían invadido las calles muggles para mezclarse con ellos, la intención era "celebrar" que, decían a los muggles que escuchaban consternados y sumamente ofendidos, un "señor oscuro" por fin había muerto. Se necesitaron varios días para editar las memorias de cientos de personas y todo empeoró cuando el nuevo primer ministro muggle dio un discurso lleno de orgullo porque los asesinatos y desapariciones de personas habían ido en picada.
-Quiero agradecer profundamente a Harry Potty- había dicho con jovialidad pensando en el buen clima electoral que ese desconocido le había proporcionado.
Para el mundo mágico se había convertido en un chiste graciosísimo, pero los muggles quedaron perplejos. Los más astutos habían deducido que quién fuera Potty tenía que ver con la reducción de crímenes y lo agradecían, no obstante, al ser una figura desconocida, enseguida se levantaron sospechas de un posible caso de intervención política. ¡Gracias a Southworth, Arthur Weasley había tomado el liderazgo enseguida! Con un equipo entrenado en Estudios Muggles se encargaron de la situación sin la necesidad de borrar mentes. Pronto empezaron a dispersar rumores de que el ministro era una mezcla de muggle-réptil, llamado reptiliano, y la idea fue tan bien recibida que a cada rato había nuevas acusaciones de que el ministro estaba mudando su piel o que sus ojos lucían extraños, por lo que se aceptó que "Potty" era algún cómplice de la misma especie o un código para referir a un ente superior.
Sin embargo, este poco tiempo había sido caracterizado por cambios abruptos que expresaban aquello que todos en Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda parecían querer negar: la paz no estaba garantizada, era algo frágil que se tendría que construir cada día. Esa despreocupación es lo que terminó conduciendo al asesinato de Kingsley Shacklebolt a manos de Dolores Umbridge antes de cumplir siquiera dos semanas como ministro. La bruja que se encontraba a la mitad de su juicio dijo con un tono alegre que podía considerar un logro la muerte de varios híbridos durante la guerra. Shacklebolt, recordó el cuerpo sin vida de Remus y en un arranque de rabia le dijo que en adelante hombres lobo, vampiros, gigantes y otras criaturas mágicas serían prioritarios para el destino del mundo mágico. Dolores alzó las cejas en señal de entendimiento, con la piel blanca por la furia, pero con una sonrisa serena, había pronunciado la maldición asesina y para sorpresa de todos, un haz verde cruzó el aire desde la varita de uno de los jueces.
Los labios de Kingsley se curvaron mientras caía sobre su espalda y el resto de los magos inmovilizaba al juez que lloraba diciendo que no había sido él. En medio de aquella confusión las varitas comenzaron a lanzar rayos aturdidores, maldiciones y llamaradas sin que nadie las hubiera conjurado deliberadamente. Amos Diggory, que había sido ascendido de su cargo como director del departamento de regulación y control de criaturas mágicas, fue el único que alcanzó a darse cuenta de que el mago de seguridad que había llevado a Umbridge, la sacaba por el pasillo antes de que se escuchará el chasquido característico de una desaparición conjunta. Las varitas cesaron su encarnizado ataque y, para asombro de los que seguían en pie, se redujeron a cenizas.
Minerva volvió al presente mientras caminaba por los pasillos del ministerio de magia y con su habitual impaciencia para la falta de compostura, desechó otra vez el título de la "Batalla de Hogwarts". La gente de un día al otro quería olvidar y festejar, pero ella no podía. Shacklebolt era otra pérdida para la Orden, una reciente y que todavía dolía, y por si fuera poco ahora tenía que dirigirse hacia el juicio final de uno de sus estudiantes: Draco Malfoy.
Llegó hasta las puertas negras del salón seleccionado para el juicio y notó con disgusto que el único presente era Amos Diggory, juez principal del Wizengamot. Como Minerva, Amos había obtenido el cargo por petición de Arthur Weasley para poder cumplir con sus nuevas funciones de manera apropiada; según el ministro, Diggory trabajaba con empeño desde la muerte de su hijo y tenía la cabeza lo suficientemente fría para no perder los estribos ante situaciones de emergencia. El mago vestía una túnica púrpura y la miró curioso antes de saludarla con cordialidad, mientras con su varita repartía varios pergaminos sobre las butacas de los demás jueces estarían presentes.
Minerva dio un resoplido ante la ausencia del tribunal, pero no hizo pregunta alguna, el proceso iniciaría en 40 minutos y ella no daba crédito de que pudieran ser tan impuntuales. Miró con detenimiento el salón y pudo confortarse con el hecho de que Arthur Weasley estaba logrando avances profundos en el ministerio. Los impolutos salones de piedra con sillas intimidantes quedaron atrás y ahora el espacio circular estaba lleno de madera clara que relucía con la luz del sol artificial que proyectaban las ventanas encantadas. Con su mirada analítica, la directora de Hogwarts identificó las fallas del encantamiento utilizado. Si Filius viera lo que ella, seguro temblaría con resignación y se obsesionaría con reformular su plan de estudios para que los detalles enseñados en segundo año no se olvidaran, como ella podía apreciar en la posición contraria del sol, en relación con la dirección de la que emanaba la luz.
La corte se dividía en tres áreas alrededor de una sencilla silla de madera que se encontraba en el centro. La parte donde Diggory estaba de pie, componía un semicírculo de asientos dispuestos sobre una tarima de madera y las otras dos se encontraban separadas entre sí, dejando un espacio libre que desembocada en la silla central; a diferencia de los lugares designados para los jueces, todos los demás lugares estaban directamente sobre el piso de piedra color arena.
Caminó con resolución hacia uno de los asientos dispuestos al frente de los jueces y tomó lugar a la izquierda, ella esperaba que todos estuvieran ahí para que dictaran la orden del día con antelación, pero no parecía que eso fuera a suceder. Así que con un movimiento ligero de su varita y, sin pronunciar ni una palabra, hizo los ajustes precisos sobre el encantamiento de las ventanas. Cuando terminó, miró hacia el frente mientras comenzaba a revisar mentalmente su agenda y repasaba sus planes para la reapertura de Hogwarts que tendría lugar en septiembre. La ventaja de tener una mente ágil y aguda era que podía hacer cosas sin necesidad de moverse; ya tenía cerca de 18 años que había estado el día entero con la mirada fija en Privet Drive (antes de que Albus dejara a Harry Potter con sus tíos) mientras estructuraba su curso de todo el año.
-Creo que hay un error Minerva- dijo delicadamente Diggory, tratando de llamar su atención.
-¿Perdón?- soltó Minerva en respuesta, volteando su rostro hacia el asiento central que tenía en frente. Su voz, a diferencia de la de Amos, era sólida y dejaba en claro a su interlocutor que estaba exigiendo una explicación.
-Verás, Minerva, de acuerdo con el nuevo sistema introducido por el ministro, el área izquierda de asientos, a lado de los criminales, está delegada para sus defensores y testigos. El ala de la derecha, que es la que te corresponde sin duda, es para quienes aportarán pruebas para emitir una condena justa a los magos oscuros- mencionó de manera condescendiente mientras señalaba al otro lado del salón con su mano invitándola a cambiar de asiento.
-Creo que has malinterpretado mi pregunta, Amos- pronunció Minerva con un filo superior al de la espada de Gryffindor.
-¡Debes estar bromeando!- exclamó el juez con furia, su postura se había tensado y su mirada se encontraba llena de severidad.
-Si estoy bromeando, no veo una razón para que alces el volumen de tu voz- se limitó a decir la bruja con tranquilidad. Años atrás, específicamente antes de la muerte de Dumbledore, habría confrontado al pelele que tenía delante suyo; sin embargo, tras todo lo ocurrido había decidido tratar de canalizar la calma del colega que siempre respetó. Como nueva directora de Hogwarts no mancillaría el honor del colegio. -Te sugiero que respires Amos, debes portar tu investidura con propiedad. Recuerda que tuvimos un ministro que se exaltaba con facilidad mientras negaba el regreso de Tom y estoy segura de que no está entre tus planes que nadie piense lo mismo, ¿verdad? – añadió antes de mirar nuevo hacia el frente y sumergirse en sus planeaciones anuales.
Amos Diggory la miró sin dar crédito y pensó seriamente solicitar la destitución de la bruja en una carta oficial a la junta de padres del colegio. Sin embargo, cuando esas ideas estuvieron a punto de desbordarse, un chasquido resonó en la sala y en medio de Minerva McGonagall y Amos Diggory apareció un elfo doméstico bastante anciano.
-¡Por las barbas de Merlín!- Gritó asustado Diggory sacando su varita de inmediato.
-Tan típico- Dijo Minerva mirando con desaprobación al juez y sin ningún gesto que perturbara su compostura.
El elfo que alguna vez fuera casi demacrado, lucía sano y con un aura cercana a la felicidad. Tenía un suéter verde esmeralda que le llegaba hasta las rodillas con una gran letra "K" bordada con hilos de color plata en el pecho y en la espalda se leía el nombre "Regulus". Alrededor de su cuello colgaba un viejo relicario y en su muñeca izquierda estaba amarrado lo que parecía un pedazo de tela extremadamente limpio. Con una reverencia estudiada el elfo saludo al mago y a la bruja, aunque miró con desprecio a éste cuando se dio cuenta de que lo apuntaban con una varita.
-He venido en nombre del Amo Potter- dijo haciendo memoria de los modales que le había enseñado su dueño cuando estuviera en frente de alguien que no le agradara, pero dejando liberar el veneno en su mirada. -Acaba de regresar de Aberdeen y desea confirmar que asistirá en unos instantes- recitó paseándose por el lugar- Agradece la invitación del juzgado y pide que no vuelvan a enviarle mensajes con poca antelación y menos cuando está en una misión. Si quieren deshacerse de él, basta con que se lo pidan, no cree necesario que saboteen su trabajo. -terminó de dar el mensaje y parpadeó con lentitud, rastreando algún detalle que pudiera pasar por alto y cuando decidió que no era así, giró hacia la bruja y con una última reverencia despareció.
Minerva escuchó el mensaje y sonrió para sus adentros, dudaba que Potter hubiera dicho algo semejante. Miró a Amos que comenzó a quejarse indignado.
-¡Un elfo doméstico! Entrando en este recinto mágico…- decía para sí, mientras parecía pensar en el mal día que estaba teniendo- Tendré que despedir Blair, nadie debería transportarse en este lugar, es riesgoso.
La bruja lo miró detrás de sus lentes de montura ovalada con severidad y se decidió a hablar.
-Amos, tendrías que despedir a todo el personal bajo tu control. Como sabes, la magia élfica es superior a cualquier hechizo de protección o campo de fuerza- aleccionó con paciencia.
-Un mito, no es nada más que eso- desechó el mago con el rostro plagado de prejuicio. – Es muy simple, si fueran tan poderosos esos bribones, sería el "ministerio de elfos" y no de magos, ni siquiera las alimañas de Gringotts con su magia han podido demostrar algún poder superior- dijo con la convicción de alguien que explica que el agua moja.
Minerva se dio cuenta de que no podía perder más tiempo con ese alcornoque y optó por concentrarse nuevamente hasta que llegó el momento. 5 minutos antes de iniciar el juicio las puertas se abrieron de nuevo, un desfile de magos y brujas con túnicas color escarlata y cuellos blancos fueron tomando sus respectivos asientos en el área de jueces. Solo una bruja pequeña salió del grupo y fue depositando cuarzos sobre cada uno de los asientos del área derecha. La directora de Hogwarts comenzó a preocuparse cuando vio que ningún lugar de la derecha quedó vacío, eso significaba que por lo menos 50 personas habían decidido testificar en contra de Draco Malfoy.
Decidió mejor no darle vuelta al asunto e ignorar que ella era la única persona sentada en el lado izquierdo. Miró con determinación cómo la silla de madera que se hallaba en medio de la sala comenzaba a hundirse en el suelo. Éste había adquirido la textura del fango y pudo reconocer en él, la magia de George Weasley, y se permitió recordar cuando los gemelos mostraron su primer pantano portátil. En ese momento, Filius, Pomona y ella habían discutido el alto de nivel de magia que se había requerido; Filius había mencionado que modificar todo un pasillo de manera tan precisa revelaba que ellos atendían con precisión sus cursos; Pomona, en cambio, había admirado la atención al detalle al haber agregado nenúfares de sangre y dijo que de haberlo querido podrían desarrollar una aplicación de la herbología teórica. Ella, aunque no exageraba las virtudes de sus alumnos, estaba orgullosa de la transformación ejecutada y se había preguntado cómo sería si el pantano portátil no hubiera sido diseñado a manera de sortilegio.
Mientras la cabellera platinada de Draco Malfoy surgía del suelo, Minerva obtuvo su respuesta. Podía notar que el hechizo sobre el piso de piedra era una extensión de la magia utilizada en el pantano portátil, una versión más poderosa y madura; a sus ojos eran visibles las decenas de capas de protecciones dispuestas para evitar que alguien se deshiciera de la transformación y comprendió que todo el salón estaba imbuido en esa magia. Una trampa silenciosa lista para extender su rango en caso de ser necesario, que reflejaba tanto el tributo, como el dolor de alguien que había perdido a una extensión de sí mismo. ¿Se preguntaría George Weasley si su hermano habría sobrevivido de utilizar ese conjuro?
Para cuando Minerva dejó de preguntarse por Geoge Weasley, Draco Malfoy ya había emergido en su totalidad, pero todavía no la había visto. El joven Malfoy miraba resignado al suelo, estaba envuelto en un ropaje mugriento, con los pies, las manos y el torso sujetados firmemente por anillos mágicos de color acero. Su cabello platinado caía en una melena desgreñada proyectando sombras sobre su frente y mejillas, los pómulos resaltaban debido a su delgadez y los ojos grises estaban ausentes de cualquier brillo o señal de orgullo. En algún lugar recóndito había quedado la dignidad y confianza que emanaba Malfoy cuando todavía asistía al colegio, su altivez y sentido de autosuficiencia se había ido. Él, al igual que sus padres y otros mortífagos habían sido llevados desde un inicio a un área protegida, en lo que se reorganizaba el funcionamiento del ministerio por órdenes de Shacklebolt, quien defendía la búsqueda de medidas alternas a Azkaban; no obstante, después de su asesinato, la gente había clamado por el castigo con la prisión y a pesar de todos los intentos de Arthur para impedirlo, la presión de la gente fue superior. Tres meses y esos eran los resultados. Sin ninguna especie de misericordia, Amos Diggory sonreía con la pretensión del triunfo y se aclaró la garganta.
-Aunque entiendo que el peso de nuestras acciones es un yugo, no podemos comenzar su juicio sin que nos mire, señor mortífago- dijo con falsa suavidad el juez, poniendo un énfasis irónico en la penúltima palabra, agitó con fuerza su varita y una mano invisible jaló el cabello platinado forzándolo a alzar la cabeza.
Draco tenía una expresión de dolor, pero no emitió ni un solo sonido. Vio a los jueces lleno de culpa y su forma rendida daba a entender que pensaba que todo lo que pasara se lo merecía.
-¿Cómo es posible que permitan semejante atrocidad?-intervino de inmediato McGonagall observando al resto de los jueces- ¡Es sólo un niño, por todos los cielos!- movió su varita levemente y los mechones de cabello que se mantenían rectos en el aire cayeron.
Por primera vez, Draco Malfoy pareció ser consciente de su alrededor y observó con sorpresa a su exprofesora, sus ojos se hicieron pequeños y algo semejante a un rubor se situó sobre sus mejillas "gracias" artículo en silencio. Malfoy que siempre mostró indiferencia por la profesora de transformaciones, estaba atravesado por un sentimiento de autodesprecio. No merecía su ayuda y aun así, ahora que ya no tenía nada que perder, lo agradecía. Si iba a ser su último momento antes de ser sepultado en los muros de Azkaban no tenía ningún sentido mostrar su debilidad ante la persona que hallaba ahí de su lado. Minerva le sostuvo la mirada con gesto apaciguador por un instante, antes de volcar toda su indignación en contra de Diggory.
-Quiero saber por qué tratan de manera inhumana a Draco Malfoy en este momento- exigió con el acento cargado de autoridad. Dumbledore jamás hubiera permitido algo así y conocía a Arthur lo suficiente para saber que nada de esto era un protocolo del ministerio. Buscó en la mirada de los jueces y con asco contempló el desprecio que emanaban todos. Se regocijaban del sufrimiento del muchacho por resentimiento a su historia, a su familia, a su poder y su dinero. Tendría que hablar con Arthur de manera implacable.
-Comprendo que después de tantos años como maestra extiendas tus emociones sobre los alumnos Minerva, es bastante conmovedor y sin duda es una cualidad loable-comenzó el juez con falsa empatía- Pero debo pedir que te controles, estamos en un proceso que requiere de seriedad y…
-¡Alto ahí, Amos!- advirtió la voz profunda de un joven con amabilidad- A menos que pretendas que te transformen en una cajetilla de cerillos, yo no continuaría ofendiendo a la Profesora McGonagall- añadió con reverencia Harry Potter, mientras entraba a la sala con una extraña comitiva detrás: Molly Weasley que miraba con incredulidad, desde su rostro agotado, a su hijo menor; Ron le seguía con las orejas enrojecidas y su habitual paso desgarbado; un poco atrás, llegaba Hermione Granger con los ojos llorosos y la nariz roja, mientras sujetaba un libro con el brazo izquierdo; Luna Lovegood le sostenía la mano derecha y veía con interés el salón; por último, Rubeus Hagrid cerraba el paso con torpeza junto a Sybill Trelawney que movía sus pulseras con ansiedad.
Todos, con excepción de Harry, ocuparon sus puestos junto a Minerva McGonagall en el lado que correspondía a la defensa, mientras que Draco Malfoy no daba crédito de lo que estaba sucediendo. Su rostro patético por el apoyo de su exprofesora había dado a paso a varias lágrimas que nublaban su vista. Las primeras personas que deberían tratar de hundirlo eran las que habían llegado a intentar protegerlo, ¿cómo había sido tan tonto durante tanto tiempo?
-¡Ah, querido muchacho!- exclamó con aprecio Amos Diggory- Pasa, gracias por aceptar nuestra invitación aunque fuera en un momento inoportuno y para algo que no merece el sacrificio de tu tiempo, pero en este caso tu testimonio será el más certero. Lamento que te pongamos en esta situación tan incómoda, veo que varias personas que aprecias decidieron tomar un camino extraño, justo cuando aceptaste exponer las pruebas de la culpabilidad de este joven descarriado.
El efecto fue inmediato: las y los jueces se regocijaron; Luna, Hagrid, Trelawney, Ron y Molly pusieron cara de desconcierto; Draco sintió pánico y supo que todo estaba perdido teniendo a Potter en su contra; sin embargo, Hermione y Minerva miraban al frente en un gesto compartido que no dejaba espacio para ninguna duda. En los momentos cruciales, en los que importaban, Harry Potter nunca las había defraudado. Con ese pensamiento reconfortándolas observaron como Harry Potter levantaba uno de los cuarzos del ala derecha, donde estarían las personas encargadas de encerrar a Draco, y ocupaba su lugar sin mirarlo ni una sola vez.
-Notas-
Este es mi primer texto, ojalá sea de su agrado; si pudieran darme sus opiniones, lo agradecería mucho.
