—¡Cuatro tazones de malta con anís para los cansados viajeros! —exclama Adrien, dotado de una sonrisa jubilosa en el rostro— ¡Y una gran porción extra de masago con camarones! ¡Que lo disfruten!

—¡Muchas gracias, camarero! —brinca un muchacho de cabellera grisácea—. Dios, que hambre que tengo. ¡Kampai!

Casa de té, Ashigate-Cheng. 20:10PM.

—¡Adrien! ¡Adrien! —le reprocha una muchacha, desde un costado— ¿Qué demonios crees que haces? Esos afuerinos no pagaron la malta.

—Descuida, Alix. Corre por la casa —ríe contento.

—Y una mierda, Adrien. El maestro Wang ya te lo advirtió dos veces —farfulle Kubdel, mosqueada— ¡Deja de regalarle comida a los extranjeros!

—¡Pero son compatriotas! —añade el rubio— ¿Qué quieres que haga? ¿Qué los deje morir de sed?

—¡Si tienen sed, que pidan agua, tontorrón! —Alix le propina un coscacho en la nuca— ¡Reacciona! ¡Como sigas así, te van a despedí-…!

—¡Agreste! —demanda el chef— ¡Ven aquí, ahora!

—Te lo advertí, cabeza hueca —sisea.

—Déjamelo a mí. Yo puedo con esto —determina.

[…]

—Estás despedido —sentencia.

—¡Shifu! ¡Por favor, no puede hacerme esto! —rebate el mesero.

En el despacho.

—Ya lo hemos hablado en una infinidad de veces, Agreste —Wang exhala frustrado—. Lo siento. Pero gracias a ti, las ganancias han ido en decadencia. Y temo que el local sufra pérdidas significativas que no compensen tu buena voluntad.

—Señor, con todo respeto —se excusa Adrien, injuriado—. Solo intento darle una calidad de atención distinta al restaurant. Y por lo demás…necesito el empleo…

—Estoy muy consciente de que lo necesitas, Adrien —aclara el mayor, melancólico—. Por algo fui yo quien te lo ofreció a pesar de todo. No olvides, niño. Que coexistí como el único que te tendió una mano en momentos de desgracia.

—Maestro Cheng, eso jamás. Lo tengo presente y me siento honrado con su venia. Vamos. Usted me conoce desde hace años —rebate el ojiverde, cabizbajo—. Le imploro no sea tan duro conmigo. Aunque no se vea reflejado en números, todo aquel que llega del puerto, nos prefiere. Seguimos teniendo excelencia por sobre las otras casas de té. Le tengo un espacio sentimental a este lugar, dentro de mi corazón.

—Es demasiado romanticismo para mí, Adrien —advierte Cheng—. En el fondo, lo único que te ata a mi familia es mi sobrina, Marinette. No hace falta mentirnos a la cara.

—En tal caso, señor. Opino lo mismo de usted ¿No? —sisea el occidental—. Usted también me considera un acérrimo procurador de su dinastía, por el amor que siento por Marinette.

—Si. En efecto. Pero mi paciencia tiene un límite —declara—. No permitiré que el negocio de toda una generación, se desmorone por un amorío banal como el de ustedes.

—¿Amorío banal? —Adrien frunce el ceño, ofendido—. Maestro, yo a Marinette la amo. La amo de verdad. Con el corazón abierto. Lo que hicimos juntos, para mí no tiene precio alguno. Es la mujer de mi vida. Y por ella hubiese hecho eso y mucho más.

—Eres un chiquillo irresponsable que vive del aire mundano de lo onírico —rebate Wang, molesto—. Si realmente la amaras como dices, te hubieras replanteado primero el tener un puesto digno de ella. Un sueldo acorde y posición en la corte. En cambio, decidiste abordarla como un vil ladrón nocturno —reclama, con voz agria—. ¡Y dejarla-…!

—Maestro Wang —interrumpe Alix, asomada por la puerta—. Tiene visitas.

—与狗屎 —protesta en chino— ¿Quién osa en molestarnos ahora? ¿Son los cobradores de impuestos?

—No, maestro —aclara Kubdel—. Es un muchacho…de cabellera amarilla. Dice buscar a Adrien.

—¡Es mi primo! —brinca Adrien, recobrando el ánimo— ¡Es el! ¡Vino por mí! ¡Tengo que ir a recibirle! —sale por la puerta.

—¡Adrien! ¡No he terminado contigo! —se ha ido— ¡Adri-…! Arg…dios… ¿En qué lio me he metido? —se toma la cabeza.

—Maestro. Descuide. Todo estará bien —murmura la bermeja, esperanzada—. Al parecer, el lozano chico está muy bien encaminado en la corte. Le aseguro, que su visita nos dará una ayuda.

—Que los elementales te oigan, querida…—masculle el chino, descalabrado—. Aun no le he pagado a los Wu. En cualquier momento, nos caen de lleno. Ya sabes, por el café.

—Mis amigos del puerto me indican que Fei aun no arriba. Sus barcos se retrasaron un mes en los surgideros de corea, producto del tifón —espeta—. Un poco de tiempo no nos hará mal.

—Eso espero. Le prometí a esa chica, la amistad de Marinette. Y mira en lo que se metió, con ese occidental delirante —suspira el asiático, derrotado—. Es hora de rezar.

—¿No va a despedir a Adrien o sí? —consulta la pelirroja, preocupada—. Necesita muchísimo el dinero, comprenderá…

—Te ruego te encargues tú, de encaminarlo —implora, descorazonado—. Ya no sé qué más platicas tener con él para que entienda.

—Apelaría a la visita de su familiar, señor —comenta Alix, decidida—. Ese muchacho, vino con todo…

[…]

En cuanto puse un pie en este lugar, el aroma nauseabundo a contrabando e ilegalidad me atiborró la nariz. Por fuera se ve muy digno y respetable. Pero por dentro. Vayan a ver la clase de personas que reciben. Literal, solo marinos mal olientes y mercenarios. Lo chistoso es que sitios como estos se repletan de lunes a domingo y de sol a sol. Esta casa de té mueve más dinero que una iglesia católica. Así se los digo. Problemas de plata no creo que tengan. Ah. Es lo que pensé. Hasta que vi a mi primo brotar desde la cocina, dando brincos como una adolescente enamorada en plena primavera. Dispuesto a abrazarme. No tenía a donde más huir. Tuve que dejarme envolver por un menjunje de melosos cariños, besos varios y el abrazo más fraternal existente. Sin embargo y para su mala suerte, yo ya estoy al tanto de lo que hizo este idiota. Así que no lo recibí con mi mejor facha. Por el contrario. Casi lo rechazo. El, nota mi negativa y hace una pausa, caviloso. Agacha la cabeza y me dice.

—Ya veo. Así que te fueron con el cuento…

—Adrien. Será mejor que me des una muy elaborada y excelente explicación a tus tonterías —advierte Fathom—. O me veré en la obligación de alejarme de ti.

—¿Harías eso con tu único y favorito primo? —sisea, en un puchero manipulable.

Puta mierda. No. No puedo.

—Deja de jugar así…—desvía la mirada—. Con mis sentimientos…

—Siéntate conmigo, por favor —implora, con acatamiento—. Prometo contarte todo, desde mi punto de vista de los hechos.

Que imaginé, eran los únicos válidos. Puesto que ya sé cómo funcionan las malas lenguas y es lo mismo que me motivó a venir a visitarle. Adrien separó una mesa alejada de todos, en una esquina apartada en la casa de té. Me ofreció una botella repleta de Sake. Lo que, según él, japoneses beben. Es licor de arroz, para ser más específico. Yo accedí. Era la primera vez en mi vida que me emborrachaba a regañadientes. Se sintió pasar como un whisky muy puro por mi tráquea. Era caluroso. Quemaba mis entrañas. En poco menos de 10 minutos, me embriagó. No sé si lo hizo para provocarme una confusión o solo esperaba despejarme la mente. El alcohol según el maestro Su Han, es la bebida de los incautos que reniegan de la realidad. Yo no buscaba mentiras. Solo la verdad. Me rehúso a creer que mi primo quería drogarme para eso. Al contrario. Supuse que me dio a beber tal brebaje para almidonar nuestra platica y ampliar mi campo visual. Lo decreto, porque eso mismo consiguió. Y entonces, me contó todo. Todo, todito. Hasta los detalles más íntimos. El cabroncito no escatimo en lujos y menudencias. Posiblemente fue la conversación más erótica jamás contada. Pero tenía derecho a conocerla, pues estaba borracho. Y ya nada me importaba.

—Y entonces fue lo que pasó, primo —sisea Adrien, con los pómulos pintados de un rojizo pueril—. Luego de concretar nuestro amor, nos unimos frente al templo de Amaterasu.

—¿Realmente Marinette y tu…? —farfulló Félix, estimulado— ¿Y qué tal?

—Fue muy…gratificante, la verdad —explica Adrien, visceral—. Ya sabes qué pasa cuando esa parte se pone…tú me entiendes.

—Me-me ha pasado un par de veces. Pero le resto importancia —Fathom traga saliva, entusiasmado—. Dios, nunca creí que terminaría hablando de algo tan intimo con…otra persona. Me siento algo sátiro.

—No tiene nada de malo. Somos amigos. Pero solo porque la amo ¿Sabes? Nadie comprende este tema mejor que yo —atañe, desviando la mirada—. Lo cierto es que me juzgan por eso. Como desfloré a Marinette, Kagami me odia. Fue un caos. Después de que se enteró, me quiso echar del reino. Así que no tuve más opción que huir —relata el francés, agraviado—. Lo hablé con ella. Llegamos a un acuerdo, claro está. Fue consensuado. La noche que intentamos escapar, los soldados del Shogun nos pillaron y me llevaron a la cárcel. Estuve ahí un par de meses. Hasta que milagrosamente me dejaron ir —añade, confundido—. Sigo sin saber que pudo haber pasado para que me perdonaran la vida. Hasta el día de hoy, no lo entiendo. Ahora trabajo para su tío. Quien me tendió una mano. Pero no hay noche que no me cuestione que fue lo que hice, para que permitan que siga aquí. Marinette sin duda debe de ser una mujer privilegiada en al corte —adiciona—. Seguramente abogó por mí. Debe de haber implorado por mi perdón, con mucho trabajo forzado. Pobre…no merecía esto.

—Adrien. Mira. Yo no sé mucho de esta nación —advierte Félix—. Pero lo poco que he aprendido, me da la seguridad de comprender, que los hombres no somos indispensables. No nos necesitan, más que solo para librar guerras y defender territorios. Las mujeres aquí, mandan. Detrás de hombres respetables, claro. Pero son ellas quienes dominan —aclara—. Algo grande tuvo que haber pasado para que te perdonaran la afrenta. Lo cierto es que tienes que tener cuidado —añade—. Kagami va a heredar muy pronto esta tierra. El Shogun de Yamato sufre de gota y está agonizando ahora mismo. Ella va a reemplazar a todos sus ministros y clérigos. Si te sirve de algo, tengo un chance de acercarme a la familia real.

—¿Tienes el favor de los Tsurugi?

—Algo así —no está claro—. Pero si eso llegase a pasar, ofrezco protegerte. En serio.

—Primo, te ruego me arrimes el hombro. Yo amo a Marinette. Y ella me ama a mí. Doy fe de ello —solicita Adrien, exasperado—. Ayúdame…

—Tal y como me dijiste de antaño. "Confía en mi" —establece, tomando sus manitos—. Haré lo que esté a mi alcance. Dime. ¿Qué es lo que quieres? ¿Realmente quieres huir con ella?

—No. Nada de eso ya —niega el Agreste, azorado—. Pretendo permanecer en este reino y hacerme cargo de mis dolos. Solo trabajo para ganar dinero bien ávido. Se lo mando a ella.

—¿Tu sueldo se lo entregas enteramente a ella?

—Si. Lo hago. Todas las semanas —aclara su familiar—. Dijo que está ahorrando para nuestro futuro. Y yo le creo. Aun intercambiamos cartas.

—Adrien. ¿Qué quieres conseguir realmente?

—Se felices. Nada más que eso —proclama el francés—. Me encantaría poder contraer matrimonio con ella ¿Sabes? Y formar una familia. Construir nuestro propio nido, en alguna provincia tranquila. Solo si Kagami accede…y le otorga su libertad a Marinette.

—De acuerdo. Voy a estudiar el tema ¿Sí? Tienes mi palabra de honor —estrecha su mano, contra la suya.

Acabo de enterarme de todos los detalles al por menor de lo que ocurrió con Adrien y Marinette. Ni una mierda, se asemeja a lo que inventan otros estúpidos. No fue por asomo tal caso. No hubo dicho secuestro. Y para peor, no estaban confabulados en derrocar el imperio de los Tsurugi. Solo fueron dos adolescentes apasionados, intentando rearmar su vida. Ahora mismo, me urge de supremacía conocer de cerca a esa tal Marinette Dupain-Cheng. ¿Quién es? ¿Para quién trabaja? ¿Qué siente o que determina para su futuro? ¿Realmente es la mano derecha de Kagami? Mi única puerta de entrada al palacio es Nino, ahora. Llevo una semana recolectando impuestos. Pero no llego a dimensionar a que se asemeja su trabajo. Es solo un estúpido esclavo del régimen. Ni si quiera se atreve a robar un peso de la corona a la que sirve. No me satisface. Debo ampliar mis conocimientos hacia otros ediles. Deambulando por la urbe, me topé una tarde con un socarrón hombre de apariencia afeminada. Vestía una Yukata dignataria de los acólitos de los Tsurugi. Y se pavoneaba de frecuentar burdeles en las noches más oscuras. Lo abordé una mañana, agarrándolo en el infame inculto de buscar jovencitos para su deleite. Venia ebrio, saliendo de una casa de té de poca monta en el puerto. Es hora de extender mis redes de contacto.

—Óyeme. Tú —le increpa Fathom, acorralándolo contra un paredón— ¿Cómo te llamas?

—Válgame los dioses —exclama asaltado, el muchacho— ¿Quién pregunta? ¿Acaso te ha enviado el ministro Kurtzberg?

—¿El quien? Eh…n-no. Nada de eso —sentencia Félix, acercando una cuchilla afilada a su yugular—. Pero tú eres cercano a la familia real y visitas estos lugares. ¿Qué tienes que decir al respecto?

—Diría que eres aburrido —bufa.

—¿Qué? —parpadea, el rubio.

—¿Qué pasa? —ríe el pelinegro— ¿Te gustan las mujeres?

—No estamos hablando de mis gustos —aclara el occidental—. Si no, de los tuyos.

—Soso plebeyo —berrea el chico—. Déjame ir. Te pagaré en oro.

—Y una mierda —lo vuelve a contraer, contra la pared. De forma insurrecta, murmura a escasos centímetros de sus labios—. Ya dime quién eres, joder.

—¿Sabes una cosa? Hay muchas otras formas de abordar a un hermoso hombre de la corte, como yo —refunfuña, quitándole las manos de encima de un palmetazo—. Eres un vulgar. Puaj. Solo para alimentar tu morbo, pequeño hombrecillo, te diré mi nombre. Me llamo Marc Anciel. Pero puedes decirme, maestro Anciel —aclara—. Y, en efecto. Trabajo para los Tsurugi. Ahora, si me disculpas. Tengo que seguir mi camino. Si no llego para el desayuno, mis niñas se pondrán muy tristes. Aparta.

—¡Hey! ¡Espera un momento! —Fathom le ataja del antebrazo, mosqueado— ¡No he terminado contigo!

—Ouch. Vamos, no me agarres tan fuerte que me lastimas —protesta Marc, alicaído— ¿Qué demonios quieres ahora? Ya te dije lo que querías escuchar. Por favor, ya no me retrases. Mira que el general Kurtzberg tiene una tremenda vara que…—hace una pausa, divertido—. Bueno, azota feo con ella a los que se portan mal.

—¿Te parece que lo que haces, es portarse bien? —Le reprocha Graham de Vanily—. Te acabo de pillar saliendo de una casa de remolienda. Tienes huevos.

—Jajaja —bufa Anciel, pellizcándole la nariz a su contrario a modo de juego—. No, no, no, cariño. En eso ultimo te equivocas. Yo de ese bando no soy. Hasta pronto.

Mierda. Me vi forzado a dejarle ir. La bruma comenzaba a disiparse y con ella, las escuadras del alba iniciaban su recorrido diario por el puerto. Era habitual ver soldados patrullando por esas horas. Solían ser muy agresivos con los occidentales, si los pillaban fuera del toque de queda. Pero ¿Qué demonios? ¿Qué quiso decir con eso? Al principio no entendí. Al final, tampoco. Marc Anciel. Su nombre no me sonaba conocido. Habló de un general, que también era ministro. Y de unas muchachas. Antes de meter la pata, mejor lo consulto con Nino.

[…]

—¿Estas bromeando? —suelta Lahiffe, festivo—. ¿Realmente te topaste con el maestro Anciel y te dejó ir? Jajaja, tienes talento.

—¿Por qué te burlas? —Félix no se entera— ¿Qué tiene de especial? Era un tipejo cualquiera.

—¿Sabes que es peor que una mujer menopaúsica y un varón con histeria? —bromea el moreno— ¡Marc Anciel!

—Ya basta de esas bromas tan obscenas, Nino —le increpa Alya, propinándole un manotazo en la cabeza—. No le hagas caso, Félix. Mi esposo a veces no sabe diferenciar cuando la broma deja de serlo. Las personas como Marc son realmente gente que ha sufrido mucho en esta vida —explica—. Ellos no eligen ser como son ni sus empleos. Fue vendido como esclavo cuando apenas era un niño. Y mucho antes de que pudiera cambiarle la voz, fue…mutilado —exhala—. Ya sabes, despojado de su masculinidad.

—Ahora comprendo todo…—reflexiona el rubio, malogrado—. Por eso hizo mucho hincapié de sus "niñas".

—El maestro Anciel es el jefe de las concubinas del palacio —aclara Césaire—. Trabaja para la «Casa Coral». Se encarga de escogerlas, vestirlas, alimentarlas, mantenerlas decentes para cuando son requeridas.

—Cuando visité el recinto, noté que había una sección en particular en la parte trasera del castillo; separada con un biombo rojo —advierte Félix, atrapado con el relato—. Imagino que esa es la casa coral que mencionas.

—Si. Nadie puede ir a ese lugar. Está prohibido —sisea la morena—. Solo entran algunos privilegiados. Comprenderás lo que ahí albergan.

—¿Qué cosa? ¿Mujeres? —se encoge de hombros, restándole importancia—. Ni que fueran tan relevantes.

—Lo son, de hecho —añade Nino, bebiendo un sorbo de té—. Ahí yacen las chicas más hermosas y perfectas de todo el reino. Es una mina de oro, jeje.

—Una más y te dejo sin postre —su cónyuge lo fulmina con la mirada.

—¡Después de mi bella esposa, claro! —un intento fallido de arreglar la cagada.

—Pues no sé qué tan inocente sea ese tal Marc Anciel, eh —manifiesta el inglés, dubitativo—. Lo vi salir de un lugar bastante comprometedor.

—No te dejes llevar por las apariencias —narra Alya—. Su trabajo no solo consiste en cuidar a las chicas. También es un palo blanco en materia política. Los burdeles y casas de té, son el lugar perfecto para propiciar toda clase de enajenados planes. Desde conspiraciones, hasta revueltas y transacciones turbias. El placer de la carne, es lo último que buscaría ahí.

—En eso le doy toda la santa razón a mi linda mujer, jeje —completa Lahiffe—. Además, se sabe de buena fuente, que el maestro Anciel profesa gustos más nocivos que el mero acto amatorio. Como el consumo de opio, por ejemplo.

—¿Es un drogadicto? —parpadea.

—La mayoría de los japoneses, lo fuman. No es novedad. Otra cosa es que lo nieguen —determina la muchacha, briosa—. Solo hace un mes, Marinette nos contó que vio pasar un cargamento repleto de opio hacia la parte interior del castillo.

—Un momento ¿Ustedes también se hablan con Marinette?

—Es nuestra mejor amiga —revelan, unánime.

—No me digan…—traga saliva, turbado—. Que Marinette es…

—¿Una concubina? Nah. Nada similar a eso —ríe Alya Césaire—. Es la empleada y mano derecha de Tsurugi-san. Ellas dos, son amigas de infancia prácticamente. Se criaron juntas, luego de que los padres de Marinette fallecieran durante una invasión a China. Y actualmente, se encarga de criar a los gemelos de Kagami.

—Así que la tienen de niñera…

—Algo así —espeta Nino, cogiendo un bolso repleto de monedas— ¡Bien! ¡Basta de platicas! Es hora de llevar los impuestos con el maestro Kurtzberg. Coge tu abrigo. Creo que va a llover.

Creí que me estaría gastando una de sus milenarias bromas de mal gusto. Puesto que para la hora en que salimos de casa, no corría ni un solo nubarrón en el cielo. Sin embargo, tras andar unos 5 kilómetros hacia el fortín del poblado, las primeras gotas del socarrón se precipitaron sobre nuestras cabezas. Dando paso así, a un copioso monzón que no nos dio tregua. No obstante, ahí estábamos de vuelta. Cruzando el puente curvo que mala espina me daba, en su horrenda caída a la nada.

—Oye, Nino. Ya que tú todo lo sabes y lo que no, lo inventas —consulta Félix, sobre su caballo— ¿Qué hay de aquel chico de pelo añil que vive en palacio?

—¿Chico de pelo añil? —le interpela su camarada, confundido— ¿Te refieres a Yamamoto?

—¿Quién?

—¿El encargado de la caballeriza? —Lahiffe no tiene contexto—. Es el único que tiene el cabello así.

—Ah. N-no…para nada. No es un plebeyo como tal —. O eso creo. No se vestía, como uno. Ni hablaba como uno. No, definitivamente, no estamos hablando de la misma persona—. Me refiero al occidental de largos cabellos azulejos —describe—. El que viste un traje de seda elegante. Mide un poco más que yo y tiene los ojos redondos.

—Ni idea, amigo. No sé de quien coño me hablas —farfulle el recolector, pensativo—. La familia real solo es una. Kagami es hija única. Y ¿Varones aparte del Shogun y los gemelos? Mhm…de antaño te hubiera dicho que era Kiyosato Obonaga, el marido de Tsurugi-san. Pero falleció en una guerrilla al sur. Hace unos 6 años aproximadamente —adiciona— ¿Habrá sido algún eunuco como el maestro Anciel?

¿Podría ser uno de ellos…? Ahora que lo pienso…tenía un rostro demasiado "bonito" para ser real —redunda, cabizbajo—. Ah…que…lastima, sería eso.

—¿Desde cuándo tan preocupado por los tipos esos? —le da un codazo—. No seas tan fijón. Imagina no tener tus cosas ahí. Joder, primero muerto —se detiene en la entrada— ¡Traemos los impuestos del poblado!

¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué de pronto la noticia de que pueda ser uno de esos sujetos, me ha sabido amargo? Es una estupidez. Ni que me importara realmente. Necesito concentrarme. Despabilo, mientras la gran compuerta roja se abre frente a nosotros. Fuimos escoltados por cuatro samuráis bien armados, hasta el sector derecho de la fortificación. Ahí, en una fastuosa especie de oficina gubernamental, nos recibe un muchacho de cabellos bermejos. Trae un aspecto de malos amigos y nos ha dejado empapados a la espera de que pueda emitir alguna palabra.

Ni si quiera se ha molestado en presentarse. Pareciera estar más concentrado en escribir en unos trozos de pergamino, que reparar en nuestra presencia. ¿Cuál es su problema? Siento que voy a pescar un resfriado.

—Maestro Kurtzberg —reverencia Nino, con dócil semblante—. Le hemos traído lo del mes.

Así que este es el famoso "general Kurtzberg" del cual me habló tan apremiante, el encargado de la casa coral. Válgame. Si que tenía sus razones para referirse a el de forma tan sensata y precavida. Es un chico bastante intimidante, lo diré. Muy escueto para moverse y echar miradas agrias. De un momento a otro, nos dice.

—He notado un par de movimientos irregulares en las arcas de esta temporada, con la anterior —esclarece el pelirrojo, arrugando el entrecejo—. Tengo tres teorías al respecto. Y espero tu puedas despejarme las dudas que me asaltan —se levanta, paseándose hacia un costado; con un libro en la mano—. La primera, es que las inclemencias de los elementales no están favoreciendo a nuestros dioses y han malogrado ganado y cosecha. La segunda, es que los aldeanos son todos unos bastardos mentirosos, que no quieren pagar lo que corresponde. Y la tercera…—lo fulmina—. Es que nos estás robando como una vil rata de sumidero, Lahiffe.

—Co-Con todo respeto, Nathaniel —murmura nervudo, el plebeyo—. Le pediría que solo considerara las dos primeras. Yo jamás tocaría un peso de algo que no me corresponde. Sabe que llevo años sirviendo fielmente al reino. Y me considero tan japonés como usted.

—Caras vemos —sentencia—. Ambiciones no sabemos.

—Nino sería incapaz de robar, señor —interrumpe Félix, molesto.

—¿Y tú quien mierda eres? —berrea Nathaniel, hastiado— ¿Quién te ha dado la potestad de hablar en mi presencia? No he autorizado tal cosa.

—Pues dado que no ha tenido la deferencia de presentarse. Yo lo haré primero como muestra de mi buena fe —levanta la columna, gallardo—. Me llamo Félix Fathom. Y fui designado por la misma Kagami Tsurugi a recolectar los impuestos del poblado junto con mi buen camarada, Nino.

—Se dice "su alteza", pelos de choclo —farfulle injuriado, el mayor—. Y la boca te queda ahí.

Tsk. Lo dice el que tiene un baño de menstruación en la nuca —Graham de Vanily chasquea la lengua, frustrado—. Su "alteza", señor…

—Qué tipo tan vulgar. ¿Alguno de ustedes sabia de su existencia? —interpela a sus guardias. Ellos se miran entre sí y niega con la cabeza, desatendidos de su pregunta—. Me parece insólito que no me hayan comentado de su presencia.

—Supongo que entonces no es de tanta importancia —lo provoca, en una mueca altiva— ¿O sí?

—¿Qué dijiste, mierda? —gruñe.

—¡Mis señores! ¡Po-por favor! No hace falta que peleemos entre nosotros —aboga un timorato Nino, descompuesto—. Todos estamos aquí, sirviendo a una misma familia. No creo que-…

—¡Ah! ¡Fathom! ¡Con que aquí estabas!

La princesa en persona, se nos aparece frente a la mampara. Con total desplante escénico, hace ingreso y toma participe de la reunión. Todos callan de golpe. Los samuráis apostados en la entrada, bajan la cabeza. Nino, baja la cabeza. Incluso el mismo Nathaniel lo hace. ¿Yo? Bueno. No tengo ganas. Y es extraño que pueda decirlo con semejante soltura. Pues Kagami no se muestra para nada agraviada con mi soberbio temperamento. Me ha regalado una sonrisa ladina bastante sugerente. Imagino que le agrado.

—¿Qué haces aquí, Félix? —protesta la nipona— ¿No te dije que en cuanto volvieras, tenías que reportarte directamente a mí?

—Lo siento, Tsurugi-san —se excusa con zozobra, el rubio—. Soy nuevo en esto y no sabía muy bien que protocolo seguir.

—¿Sí? Pues me vale una mierda lo que sepas o no. Te di una orden y debes obedecer —demanda—. Ven conmigo. Deja que estos se muerdan entre ellos.

—Majestad. Discúlpeme, pero…hay un asunto que debe saber —arremete Kurtzberg—. Según las cuentas que he sacado este mes, los números no cuadran con respecto a-…

—Ya ¿Y? —lo intercepta.

—Y-yo…bueno…—traga saliva.

—¿Yo que tengo que ver en eso? —alza una ceja, garbosa— ¿Acaso es algo de lo cual tenga que encargarme personalmente? Digo. Por algo eres mi ministro de economía ¿O no? ¿O es que acaso quieres que le de tu puesto a otro?

—¡N-no! ¡No! ¡Para nada! —se comprime, sobre su eje— ¡Discúlpeme! ¡Solo-…!

—Haz tu trabajo y resuélvelo. Sé que podrás —se da media vuelta—. Fathom. Dios ¿Sigues ahí parado? Camina, joder.

—¡V-voy!

La seguí. Aunque vamos, vayan a ver la cara que se cargaba ese tipo cuando fue su preciada monarca, quien lo humilló delante de todos. ¿Esto es lo que llaman algunos "karma" instantáneo? Me divertí, jeje. No lo voy a endulzar. Kagami estaba preocupantemente más irritable que otras veces. Desconocía que la traía de malas. Apenas venimos cruzando palabras y la mayoría de ellas, son ordenes, datos inútiles y una que otra muestra de subordinación. Caminé detrás de ella, como dictaba el protocolo. Siempre, solapado. Resguardado bajo su sombra. Pues sabía a ciencia cierta que solo ella tenía la majestuosidad de brillar y yo, transitar bajo su velo. Por unos segundos, creí que me llevaría de vuelta al gran castillo. Al mismo sector, donde solía sentarse y comandarme sus deseos. No obstante, no fue así. Literalmente me dio un paseo por su finca. Caminamos largos minutos por los balcones elevados de su jardín, traspasando mamparas, la sala de té, el monasterio y finalmente… ¿Su casa? O bueno, eso parecía. El mismo paraje que ella me había prohibido peregrinar, fue aquel a donde me llevó. Literalmente, el patio de su morada más privada. No sé si era realmente su habitación. Entendía esto como una mini oficina escondida. Allí, se acomodó detrás de un escritorio de patas pequeñas. Se sentó sobre un cojinete. Me ofreció té. Y al son de la sonora lluvia que caía a través del ventanal abierto, me dijo.

—Anda. Cuéntame que viste.

—Lo he escrito —murmura Félix, enseñándole un librillo—. Es todo suyo.

—Nah. Que pereza —niega Kagami, soltando un suspiro agotado—. Estoy harta de leer porquerías. Léemelo tú.

—¿Realmente desea que se lo lea? —repara el ojiverde, dadivoso— ¿O prefiere que mejor se lo relate?

—De tus labios, sin duda saldrán cosas más lindas —esboza, en una sonrisa pueril—. Adelante. No dejes que la lluvia te apabulle.

—Es un reino fascinante, majestad —relata Fathom, animado—. Dotado de mucho color, aromas e impresiones varias. Sin duda se ha encargado de embelesar con este lugar, en la sabiduría de un líder fuerte y airoso. Los súbditos con más poder adquisitivo, cantan alabanzas sobre sus proezas y hazañas en batalla. No escatiman en entregar sin problemas sus impuestos. Son fieles conocedores de que aportan al reino. Sin embargo, también los hay otros necesitados un tanto desdichados —insinúa—. Así como hay ricos, también hay pobres. Y no opinan igual. Ninguno de ellos profesa aberración. Por el contrario, solo repetían suplicantes que por favor los tomara en consideración también. Ambicionan ser una contribución y no una molestia.

—Lo sabía…—sisea, desviando la mirada—. Aunque mi padre solía fingir demasiado bien, para ser cierto. Siempre hay distractores. Pero él no dejaba de repetir que todos nos amaban.

—No son tal, su alteza —aclara Graham de Vanily—. Han hecho énfasis en no tomar represalias. Siempre y cuando, se les oiga.

—¿Y qué sugieres que haga? Es difícil ¿Sabes? —exclama Kagami, melancólica—. Puede que no lo comprendas porque eres un simple populachero. Pero cuando tienes cargos como los míos, no hay manera de satisfacer a todos. Lo más similar a ello…—adiciona, furibunda—. Sería desnudarme en público y que me arrojen a los tiburones.

—Nadie en su sano juicio, ansia su muerte ni la de su familia —dictamina el rubio—. Y quienes realmente lo hagan en su corazón, son enemigos directos. No viven en Yamato. No comen de su arroz ni alimentan su cultura con sus bendiciones. Por favor, no piense esas cosas…

—Eres un hombre sumamente elocuente, Félix. Solo un ciego no lo reconocería —expresa la nipona, conmovida— ¿Cómo lo haces para hablar tan bonito? Veo que no solo te limitas a escribir bien. Tienes talento.

—Solo…intento ser lo más real y fiel posible a mí, Tsurugi-san —murmura el rubio—. Aunque ahora mismo, me siento muy lejos de casa…

—¿A qué te dedicabas antes de venir acá? —consulta la peliazul, curiosa—. Digo, como para que añores tanto estar lejos de ella ¿Tenias un cargo importante en Venecia? Sé de buena fuente que Colt Fathom es un mercader de renombre.

—Mendigaba en las calles. Esa es la verdad —revela Fathom, entristecido—. Fui pobre toda mi vida.

—¿Pobre? ¿Con esa facha y ese intelecto? —ríe, asombrada— ¿Qué pasa? ¿Acaso los occidentales son todos estúpidos?

—N-no he entendido bien…a que se refiere con eso ultimo —balbucea, ruborizado.

—¿Qué es lo que no entendiste? —bufa—. Te estoy halagando, inglés. Te he dicho que eres guapo e inteligente. ¿Te lo dibujo?

—Po-Por favor, no hace falta caer en tales miramientos —exclama el ojiverde, soltando una risita febril en el proceso—. Muchas gracias por sus palabras. Es la primera vez en años, que alguien me dice algo así. No le miento.

—Pfff…te rodeas de pura mierda entonces. Yo soy una chica que admira la belleza ¿Sabes? —exclama la soberana, paseándose por el cuarto—. Sé perfectamente reconocer cuando veo algo que es estimulante para la vida. Y tú sin duda, lo eres. ¿Ya tienes mujer?

—¿Eh? No…—desvía la mirada, abochornado.

—¿Por qué no? —le increpa.

—Porque, no se ha presentado la ocasión. Solamente eso —dilucida.

—¿Es eso o solo eres un tímido romántico empedernido? —insiste.

—No he tenido tiempo, Tsurugi-san —delimita—. Es todo.

—Eres virgen.

—No me siento apto para hablar de esos temas con usted —esclarece Félix, avergonzado—. Espero respete mi voluntad y me entienda.

—Jm —se mofa, con engreimiento—. Si que lo eres. Pero descuida. No te sientas mal por eso. Las mujeres de occidente son frías y poco agraciadas. Aquí encontrarás una buena hembra.

¿Qué clase de comentario es ese? —traga saliva—. Si me disculpa. Yo no creo que las mujeres sean solo-…

La mampara del exterior, se desliza de sopetón frente a nuestra reunión. Interrumpidos abruptamente, dos pequeños niños de cabellera azulada y ojos esmeraldas, hacen ingreso al cuarto. Comienzan una riña campal de la que nadie tiene contexto. Entre graznidos, chillidos y lloriqueos sonoros. Se disputan una especie de juguete de material marinesco. Se lanzan al suelo, propinándose arañones y empujones violentos. Atemorizado, me levanto. ¿Qué está pasando?

—¿Pero qué demonios significa esto? —protesta Kagami, molesta— ¡Hey! ¡Ustedes dos! ¡Deténganse!

—¡Dame eso! ¡Ahora es mi turno! —reclama uno.

—¡No es cierto! ¡Yo apenas lo tenía! —reclama el otro.

Son…idénticos. Si no fuera porque visten distinto color, juraría que son una copia. Mi primera impresión es cavilar, que son los hijos de Kagami. Los famosos, gemelos. De los que me habló. Noto como Tsurugi se ve sumamente sobrepasada por el escándalo. No sabe cómo reaccionar. Y frente a tal trastienda, una tercera persona entra a escena. ¿Quién es? ¿Por qué siento que se me hace familiar su rostro? ¿Acaso…?

—¡Kagami! ¡Perdóname! ¡Se me han escapado de las manos! —vocifera alterada, la muchacha— ¡Ya, niños! ¡Basta!

—¡Pero el empezó! —brama uno.

—Kagami. Yo no-…

—Marinette —la increpa, fulminándola con la mirada— ¿En qué quedamos? Te imploré explícitamente que te hicieras cargo de ellos mientras yo atendía unos asuntos. Tan solo un poco de respiro, por todos los dioses. ¿Es mucho pedir?

Lo sabía. Esta mujer. Es Marinette Dupain-Cheng, en persona. Justo delante de mí. Santo dios. Es tal y como me la describió mi primo o incluso mejor. Es una mujer, sumamente atractiva. Incluso si ahora se profesa ajetreada. Ahora veo el por qué, de su obsesión con ella.

Hiro. Mako —los llama la princesa, injuriada—. Vengan acá. Ahora.

Los veo recular sobre su afrenta. Ambos, sorprendidos, son regañados al unísono y descalabrados, desvían la mirada. La voz de Kagami es ley para ellos. De eso no cabe duda alguna.

—¿De qué hemos hablado de las peleas? —reprocha Tsurugi—. Ustedes dos, son hermanos. Deben llevarse bien. Nacieron del mismo útero. Son gemelos, con un demonio. ¿Así es como quieren honrar a su familia?

—No…—balbucea Mako, derrotado—. Es solo que…ahora me tocaba a mi jugar con el heraldo. Hiro ya lo tuvo mucho tiempo.

—¿Es eso cierto, Hiro? —increpa la mayor.

—Si, Tsurugi-san —admite con vergüenza, el gemelo—. Es verdad. Yo quería jugar más tiempo con él y me lo quedé a propósito. Perdóneme. No volverá a pasar.

—Qué cosas les pasan a ustedes —rezonga la japonesa, tomándose la sien con ambas manos—. Pareciera que los criaron en las barracas.

—Kagami. Es mi culpa. Tú ya sabes cómo es su naturaleza…—admite Dupain-Cheng—. Son algo rebeldes y difíciles de asimilar. Pero te juro que tendré más cuidado a la próxima.

—No te disculpes, Marinette —exhala, abatida—. De igual forma, también es mi responsabilidad. Quedé de llevarlos a cabalgar. Pero esta lluvia no ayuda mucho.

—¿Adrien…?

—¿Eh? —despabila Marinette, volteándose— ¿Qué…?

Uno de los niños, me ha visto y declara que yo soy mi primo, reconociéndome como tal. No. Vamos. Que no soy el. Es solo un alcance de genética, jeje. Aunque ahora asimilo que estos muchachos…conocen a Adrien. ¿Eso cómo es posible? Creí que Kagami había dicho que nadie tenía acceso a este lugar. ¿De qué me estoy enterando?

—N-no…pequeño —aclara Félix, desplazado—. No soy Adrien Agreste. Soy su primo hermano. Félix. Félix Fathom.

—¿Tú eres…Félix Fathom? —dice Marinette, espantada.

—¿Por qué? —examina la soberana— ¿Acaso conoces a este hombre, Marinette?

—N-no…—desmiente—. Solo estaba preguntando, sobre lo que dijo. Es todo…

Kagami no se ha tragado ese argumento. Yo menos. Ni que fuéramos estúpidos. Marinette me resultó a primera vista, una chica preciosa. Pero ¿Será tonta? No. Yo diría que es más bien, ingenua y torpe. ¿Por qué no me extraña? Es la enamorada de mi primo. Y mi primo es lo mismo que un niño a la hora de enamorarse. Dios santo. Esta pareja necesita despabilar. No tienen un coño idea de cómo funciona el mundo. Ahora mismo, Kagami está sumamente embrollada. Lo noto en sus ojos. Para evitar un altercado del cual me arrepienta, tomo mis cosas y me desplazo hacia la salida.

—Bueno. Yo me voy —reverencia de salida—. Creo que ya hemos hablado suficiente.

—No te he dicho que puedes retirarte, Fathom —proclama la líder, injuriada—. Te vas a quedar. Los que se tienen que ir, son Marinette. Mako y Hiro, por igual. Ya escucharon. Largo.

—Si…—acepta Dupain-Cheng, cogiendo a ambos de los brazos—. Vamos niños, tenemos la lección de Kento ahora. Despídanse de Kagami.

—Adiós, Tsurugi-san —reverencian ambos, unánime.

Señores. Aquí algo me huele sucio. Solo por dos cosas. La primera. ¿Cómo es que Marinette tenía conocimiento de mi existencia? ¿Acaso mi primo le contó algo sobre mí? Y la segunda, si no menos importante. La más relevante. ¿Por qué estos niños tratan a Kagami como si fuese una divinidad? ¿Es algo protocolar de los japoneses? ¿O hay algo más? Mi cabeza es un huevo estrellado. Creo que tengo fiebre. Estornudo.

—Has pescado una gripe —aclara el samurái—. Será mejor que vayas a descansar por hoy. Te he sobre exigido. ¡Anciel!

—¿Me llamó, Tsurugi-san? —hace ingreso casi al instante.

Coño. Es el eunuco de esta mañana. Cruzamos miradas. Me detesta. Ya lo veo.

—Lleva a Félix a sus nuevos aposentos —demanda—. Se hospedará en las dependencias del palacio. A partir de ahora, lo quiero cerca de mí. Encárgate de eso. Y que la enferma lo revise antes. Quiero un chequeo médico completo de el para mañana en mi despacho.

—¿Cómo? —interfiere Marc, extrañado— ¿Desea que un varón occidental duerma bajo nuestros aposentos? Si me lo permite. Solo puedo ofrecerle la casona Sur de la finca.

—¿Estás sordo o que, imbécil? —reclama Kagami, iracunda— ¡Ya tuve suficientes problemas por hoy! ¡Que te lo lleves, carajo! ¡Tu sabrás donde lo pones!

—Si, Tsurugi-san —acepta, a regañadientes. Aunque no sin antes, fulminar al inglés con la mirada. En un aspecto nauseabundo—. Sígueme…rarito.

Fuah, amigos. ¿Ahora yo soy el raro? Se viera en el espejo este. Y un coñazo. Lamentablemente no tengo voz ni voto aquí. Si fuese por mí, hubiera preferido volver a mi casucha del poblado. Pero como no me dejan decir nada…tuve que acatar órdenes. Marc me estuvo paseándome por los recovecos más insólitos; detrás de estos muros. Dijo que era parte de su rutina y que debía aprender de ello. ¿En qué me beneficia esto? Vaya a saber uno. Supuse que lo había hecho como una maliciosa muestra de venganza por el atraco que le hice en la mañana afuera del burdel. Me condujo por el salón de té primero. Luego por las barracas, seguido de los cuartos principales. Y finalmente, me dio una pincelada artera de la famosa "casa coral". ¿Con que propósito? Si ni si quiera sé que me gusta. Vi danzar más de diez doncellas a mi alrededor. Todas ellas, flotando en kimonos de seda preciosos, aromas dulces y curiosamente comiendo duraznos frescos. Eso solo me hizo recordar a aquel comentario que ese muchacho de cabello añil me dijo. ¿Acaso no todos comen duraznos? Ha despertado en mí, la imprudente necesidad de probar bocado de ese fruto. A ver si es tan sagrado como mencionan.

A eso de las 23:50PM. Marc me arrojó a un cuarto extrañamente desocupado. Había muy poco dentro de él. Bien paupérrimo. Solo un tatami enrollado en el suelo. Cuatro velas. Un fogón en el centro, a medio consumir. Librería en el lado norte y un improvisado baño; que me separaba la habitación de dormir. Con una bacinica y lavabo de agua potable. Me dice.

—No te hagas muchas ilusiones, rubio. Esta es la «Casa de Jaspe» —aclara—. Es donde descansan los funcionarios de la corte. No eres más que nadie ni menos que otros. Aprenderás tú lugar. Solo si te sabes acostumbrar. ¿Alguna queja?

—Ninguna.

—Bien. Entonces, me retiro.

—Solo una pregunta —advierte el inglés.

—¿Cuál? —sisea Anciel, alterado—. Espero no sea nada entorno a mi intimidad o lo vivido esta mañana.

—No. Nada de eso —propone Félix, estimulado—. El muchacho de cabello azul, largo. Que no es plebeyo, ni tampoco Eunuco como tú. Que come duraznos sagrados y viste Yukata de seda ¿Quién es?

—¿Duraznos sagrados? —ríe Marc, jocoso—. Deberías dejar de leer tantas novelas. Eso no existe.

—¿Cómo?

—Ten uno —le arroja una fruta—. Cómelo. Pruébalo y dime, que te parece.

—Pe-Pero…yo no…

—No hagas muchas preguntas. Muy pronto, sabrás todo —sentencia, saliendo por la puerta—. Buena noche, inglés.

Maldito infeliz. No ha contestado ninguna de mis preguntas. Estos tipos ¿Qué tanto ocultan? ¿Acaso…es prohibido también? No logro sacarme de la cabeza aquel sujeto. ¿Me habré vuelto loco? Necesito saber…quien es. Le di un mordisco abierto a la dichosa fruta. Es dulce. Medio insípida y nada extravagante que comentar al respeto. Mierda. Me engañaron. Cuando lo vea de nuevo, lo increparé.

Bueno, si es que no fue solo una ilusión mía. Porque al parecer, nadie lo conoce. Que frustrante…

Una semana después. Salón de reuniones. 10:20PM.

—Bienvenida a mi humilde morada, Juleka —reverencia Kagami—. No sabes el placer visual que me da, el verte de nuevo. ¿Tuviste un buen viaje?

—Majestad. El honor es mío —le saluda de vuelta, imitando el gesto en una sobria flexión de rodillas—. Si. Lo fue. Aunque no contábamos con ser recibidos por tan abundante lluvia. Algunos de nuestros caballos se malograron en el trayecto.

—No te preocupes. Serán bien atendidos por mi veterinario personal —esclarece Tsurugi, sirviéndole una taza de té—. ¿Qué nuevas me traes del viejo continente? ¿Alguna novedad acerca de los Bourgeois?

—Gracias. Te lo agradezco —asiente Couffaine, tomando un sorbo pausado en el proceso—. Por el momento nada. Ni una pista. Solo rumores.

—Adoro los rumores —expresa jocosa, la nipona—. Hay siempre un rastro invisible de verdad en ellos. Anda, dime. ¿Qué escuchaste?

—Bueno. Según oí de ciertos marinos. Como bien ya sabes, su intento por derrocar a mi familia salió mal y terminaron huyendo hacía las costas de corea —relata la princesa—. Pero creemos. No. Mas bien, estamos convencidos. De que en realidad se ocultan aquí, en japón.

—¿"Creemos"? —repite la regente, supurando un notorio rubor en los pómulos. Tímidamente, se levanta y camina hacia el balcón—. ¿Acaso el, vino contigo?

—No. Ya conoces como es —suspira abatida, la pelinegra—. Con eso de que es un alma libre y aventurera. Nos separamos en el puerto. Aunque me aseguró que se adelantaría. ¿Acaso no lo has visto aun?

—No se ha permitido a venir a verme —farfulle injuriada, la muchacha— ¿Puedes creerlo? Esa es la clase de hombre que mi padre, determina lo más idóneo para mí. Aún si me falta el respeto.

—Kagami. Mi hermano…—iba a soltar algo importante. Pero tras notar la expresión abatida de su compañera, recula y desmiente—. Hablaré con el ¿Sí? Prometo esclarecer que pasa por su cabeza.

—No te molestes. Yo sé perfectamente que hay en la mente de Luka —revela la guerrera, bosquejando una fingida sonrisa en los labios—. Lamentablemente y para su mala suerte, esta vez no puede negarse. Su mala reputación lo precede. Y mi padre ya anunció nuestro compromiso.

—Me he enterado de que el Shogun está muy enfermo —sisea Juleka, angustiada— ¿Crees que pueda aguantar hasta la boda?

—No. No lo hará —berrea la peliazul, con expresión agria—. Lo cual es muy beneficioso para Couffaine ¿O me equivoco? Solo busca mi fortuna.

—Mi hermano no es esa clase de persona, majestad —aclara apabullada, la menor—. Lamento que le haya dado semejante vil impresión.

—¿Por qué te lamentas por algo que ni él hace? —ríe irónica, la japonesa—. No tienes por qué tomar participe de sus injurias. Perfectamente pude haberlo rechazado. Imagino que te preguntarás el por qué no lo hice.

—Porque… ¿Lo ama? —propone.

—Eres muy tierna —le regala una palmadita en el hombro—. Pero mi corazón ya está ocupado. Y esa, es mi nación. Descansa. Nos veremos para la cena. A ver si se digna de asistir.

—Gracias. Lo haré —asiente, permitiéndole salir del despacho—. Dios mío, hermano. ¿Qué estás haciendo? ¿En dónde te has metido?

En alguna casa de té de la urbe. 15:12PM.

—¡Jajajaja! ¡Un glorioso triunfo para mí! —carcajea Luka, levantando dos palillos de madera al aire— ¡Nada puede vencer a mi campeón de batallas!

—Tsk. Es usted un muy mal ganador, excelencia —protesta Fei, mosqueada.

—Y usted una muy mal perdedora, almirante —bufa Luka, jugueteando con un pequeño "insecto", en la palma de su mano—. No hay rival digno en estas tierras, para el zarpazo mortal de Viperión.

—Le recuerdo que las peleas de Mantis están prohibidas en el reino, majestad —advierte Iván Bruel, a un costado—. Le recomiendo evitar jactarse demasiado para no levantar sospechas.

—Pff ¿Y quién va a demandarme? —se mofa con altivez, el peliazul— ¿Tú, gordinflón?

—No estamos en el sur de china, Couffaine —le recuerda Wu, rellenando su copa—. Aquí no puede hacer lo que se le plazca.

—Tal vez no. Pero dentro de muy poco seré dueño de todo esto —se vanagloria en actitud soberbia, el ojiazul. Bebiendo un extenso trago de su bebida— ¡Vamos a brindar, muchachos!

—Genial. Primero alardea de su bicho horrendo y ahora de su matrimonio arreglado —exhala la asiática, hastiada de su comportamiento—. Su majestad está ebrio. Ya no le den más licor.

—¿Todos los occidentales son así de extravagantes, Renren? —consulta Kang en su oído.

—Nah. No creo. Luka es… ¿Cómo decirlo? —reverbera la fémina, dibujando una mueca pueril—. "Especial". Aun así, lo aprecio a su modo. No lo ha tenido fácil, chicos. Recuerden lo que ya hemos hablado —les advierte a sus tres camaradas—. No fuimos contratados para ser amigos. No nos pagan por tomar el té solamente. Somos la guardia personal del príncipe. No olviden nuestra deuda con él.

—No lo olvidamos, gran Renren —sentencia Jiao—. Presiento que muy pronto encontraremos a los traidores de los Bourgeois y les haremos pagar por el asalto a la provincia de Macao.

—Eso, muchachos. Así me gusta verlos. Gallardos y dispuestos —Fei les palmotea la espalda, garbosa—. Somos los guerreros del Fujiang. Y protegeremos el honor de Mei Shi a como dé lugar. Aunque por ahora…—añade, divertida—. Ya dejamos suficiente que su alteza goce un poco más de sus horas de soltero. Tiene los días contados. Anden. Tomen sus cosas —regresa la vista hacia Luka—. Couffaine, nos vamos. Es momento de ir a palacio.

—¡Oh, vamos! ¡Apenas estoy empezando a calentar! —protesta con algarabía, el muchacho.

—Lleva un mes aquí. Me parece prudente sentar algo de cabeza y mostrarse a su prometida —confiesa Wu—. Además, su hermana Juleka ya arribó. Y me informan que han organizado una cena en su honor. Venga conmigo, no se ponga testarudo —sisea, metiendo de regreso a la mantis en un pequeño frasco—. Yo le cuido al campeón.

—Bah…que aburrido —se queja, rascándose la oreja derecha—. Ya voy…

[…]

Creí que sería mucho más divertido pasar tiempo en palacio. Sin embargo, no hay nada más monótono que vivir entre estas cuatro paredes. Me han encomendado hacer trabajo de campo, bastante soso. Kagami me ha tenido de monigote a su conveniencia. Otorgándome laboriosas tareas poco señoriales. Como acarrear sacos de arroz, atender heridos que vuelven de guerrillas, regar las plantas del jardín, cepillar caballos, limpiar la mierda de los corrales. Y hasta asistir a rituales extraños en donde soldados deshonrados se rajan el vientre. Dios. Es un espectáculo macabro de ver. Lo cierto es que yo había relatado maravillas de este reino. Sin llegar a dar fiel testigo de que mantenía un lado oscuro sobre sus reglas. El famoso "bushido". Mejor conocido como el camino del guerrero. ¿De qué va eso? Se visten de blanco, arrodillados frente a su líder. Beben sake y una vez auto apuñalados, se les corta la cabeza. Todo esto, en presencia de los altos mandos. La primera vez que lo vi, vomité. Ya para la segunda, se me hizo más natural. Pero créanme, no es fácil digerir vislumbrar como a un hombre se le separa la cabeza del cuello, en un corte quirúrgico. Casi como quien rebana un trozo de pastel. ¿Acaso alguien protestó frente a tal hecho barbárico? ¿Alguien lloró? ¿Se inmutó? No. Nadie. Era lo mismo que ir al teatro, para ellos.

Una mañana cualquiera y ordinaria. Mientras me encontraba yo en la artesanía de limpiar el estanque de los peces, me percaté que un tumulto de trabajadores; se aglutinaban en la entrada del castillo. Todos ellos, convocados por el general Kurtzberg. En un comienzo, no comprendí bien que pasaba. Para eso del medio día, noté que corrían de allá para acá, bastante apremiados a contra reloj. Limpiando los adoquines con sumo esmero. Adornando el camino de vasijas con flores hermosas, levantando estandartes de la familia. Hasta generar una especie de alfombra roja. Algo digno de una visita distinguida.

El sol se había acostado en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo furioso, similar a la panza hinchada de un cerdo. Nos ordenaron prender las piras de fuego. Depositar linternas de papel sobre los nenúfares de los estanques. Y vestir nuestras mejores pilchas. Era la primera vez que usaba una Yukata tan ceñida al cuerpo. Muy cómoda, por lo demás. Aunque no logré cerrarla del todo en mi tórax. Los japoneses son aún más escuálidos que yo. Con espaldas refinadas. A diferencia de mi tosca apariencia occidental. Nos formaron en una fila a un costado de la acera y para eso de las 19:00 en punto, el bongo del palacio repicó en cuatro golpes huecos. Las puertas se abrieron. Kagami y su madre, iban al frente sobre la escalera. A sus espaldas, estaban Marinette, los gemelos y una mujer de apariencia europea que no distinguí. Y aún más atrás, el general Kurtzberg y Marc Anciel. El Shogun, no asistió.

Era una comitiva. Pequeña, pero con un desplante cortés de aquellos. Cuatro fornidos caballeros por la vanguardia, cuatro por retaguardia. Y en medio, un hombre y una mujer con tres acólitos que le sucedían.

En ese momento, cada celular de mi anatomía se rigidizó de golpe; despojándome del poco aliento que me quedaba. Ahí estaba. Lo reconocí. No era producto de mi imaginación. Era tan real, como los compungidos latidos de mi pobre corazón, retozando agitado contra mi caja torácica. Era el. Aquel muchacho que vi en el palacio. Galán, fastuoso, apuesto, muy estoico y reservado. Se desplazó a paso sigiloso por el sendero; pasando inadvertido por quienes lo recibieron cabizbajos. Todos, menos yo. Pues no me vi apto de profanarme dichosa escena. No logré…inclinar la cabeza. Adiós al protocolo. Me había cautivado en una imagen tan embriagante, que hubiese sido pecado privarme de contemplarlo.

Ahora entiendo todo. Ese muchacho, de verdad era un miembro de la realeza. Fue recibido con bombos y platillos. ¿En qué mente enajenada y enferma caería la posibilidad de tan solo voltear a mirarme? No lo iba a hacer. ¿Cómo podría? Yo solo era un peón más. Un afuerino, de pelos de choclo. Como dijo el pesotilla de Nathaniel. Su imagen se había fundido como la fragua de un fuego arcano en mi retina. No habría noche ni día en la que pudiese sacarme de la cabeza su presencia.

Era un lánguido retrato en cámara lenta, pasando frente a mí. Y sin embargo, contra todo fatídico pronostico. El…me vio. Sus atrapantes orbes añiles giraron escuetamente hacia mí, en lo que yo describiría una milésima de segundo. Pero lo hizo. ¿Acaso…el también…?

Me he ruborizado como un estúpido. Desvió la mirada. Acabo de arruinar, el cruce de miradas más idílico de todos. Siento la vejiga abultada. Creo que tengo ganas de orinar…

—Es un agrado para mí, estar frente a su excelentísima presencia —reverencia el muchacho, de manera onírica—. Tsurugi-san. Muchas gracias por recibir a mi hermana en su humilde morada.

—Sea bienvenido, Luka Couffaine —le recibe la princesa, en otra reverencia similar—. Por fin…se digna a venir.

—¿Es apuesto? —rezonga Tomoe, quien no vislumbra de vista a quien presencia— ¿Musculoso? ¿Alto? ¿Al menos tiene todos los dientes?

—Madre…—sisea Kagami, abochornada—. Por favor…esos comentarios…

—Jajaja…—Luka ríe jocoso, frente a sus inquietudes—. Para su deleite, estoy en una sola pieza, alteza. Sepa usted que cuento con una excelente salud.

—Su acento es un tanto arcaico —gruñe la mayor, frunciendo el ceño—. Pero al menos me complace saber que no huyó y se presentó. Aunque un mes tarde.

—Luka sufrió un contratiempo con su navío en las costas de corea, Madre. Ya te lo expliqué —falsea Kagami, simulando falsa modestia frente a su prometido—. Vamos. Pasemos al salón a cenar. Ya tendremos más tiempo para charlar.

—Que vengan los consejeros también —demanda su progenitora—. Hay asuntos políticos que quisiera discutir.

—Si. Sin duda —asiente su hija, tronando los dedos—. General, llama a mis ministros. En 5 minutos, en el salón.

—Si, princesa.

—Y que venga Fathom también —añade, inequívoca—. Lo quiero como funcionario a partir de ahora.

¿Ese mierdilla bueno para nada? Tsk…—asiente, malogrado—. Como usted ordene, alteza…

Mierda. Nathaniel me mira desde las escaleras como si hubiese cometido el peor crimen de todos. Me pregunto si no estará pensando en mi nacimiento o algo así. ¿Qué hice ahora?

[…]

Tengo nauseas. En serio, quiero vomitar. No es como que esté rechazando la fastuosa mesa, repleta de alimentos exquisitos frente a mí. Es que mi ansiedad está, tan a tope, que me adepto una angustia existencial. ¿Qué demonios hago aquí? Yo no tengo pito que tocar en esta corte. Solo soy un pobretón dibujante de paisajismo y escritura absurda. Me la he pasado cuidando ganado y campos de cultivo ¿Qué clase de ambiciones aspira Kagami sobre mi infortunada presencia? Me sirvieron vino francés. Como un gesto acreditado frente a su huésped. Así que su nombre finalmente fue revelado. Luka Couffaine ¿Eh? El insigne, de Luka Couffaine. Que feo suena. No rima ¿Verdad? Luka Couffaine.

Luka Couffaine.

Luka…

Couffaine…

Es…

Muy…

Hermoso.

—¿Huh? ¿Eh? —Félix da un bote sobre su lugar, sonrojado hasta las orejas. Descorazonado, repara— ¿Disculpa?

—Tranquilo, hombre —ríe Marinette, contenta—. Solo te dije que es un muy hermoso gesto el que estes aquí. Representando a Adrien.

—N-No sé de qué me habla, señorita —espeta Fathom, liado—. No es bueno que nos vean conversando.

—No tienes que fingir conmigo, Félix. Por dios, que nervioso eres —bufa Dupain-Cheng—. Es solo una celebración más de este aburrido palacio.

—¿Cómo dice? —no se entera.

—Ya basta. Tuteame, que me siento vieja —le propina una palmada amistosa en el hombro—. No soy ninguna esclava aquí ¿Sabias? En realidad, nadie tiene prohibido dirigirme la palabra.

—Excepto mi primo ¿No?

—Eso…—masculle, afligida—. Eso es solo una desafortunada cuestión del destino…

—¿Qué pretendes, Marinette? —le reprocha el rubio—. Mi primo la ha pasado muy mal por esto que ustedes llevan. ¿Acaso quieres usarme a tu beneficencia?

—¿Cómo osas en hablar cosas de esa índole? —desmiente injuriada, la ojiazul—. Creí que Adrien te habría explicado ya, nuestra situación.

—Te sorprendería saber que Adrien no es la clase de hombre que hable demasiado claro a la hora de confesar sentimientos —murmura Graham de Vanily—. Al menos no conmigo.

—¿Te parece complicado el amor? —consulta, arqueando una ceja.

—¿El amor? —rezonga el ojiverde, desfigurando el rostro—. Creo que podrías perder el tiempo conmigo, si no te comprendo del todo.

—¿Por qué pones esa cara? ¿Acaso no sabes lo que es eso? —suspira, abatida—. Porque si es así, supongo que entonces sí estoy perdiendo el tiempo contigo —se da media vuelta.

—Óyeme. Escucha —la ataja por el antebrazo, arrojado—. Esto…no es fácil para mi ¿De acuerdo? Mucho menos para él. Y…—acalla, aturdido—. Veo que tampoco para ti.

—No. Ciertamente no lo es para mí —rueda los ojos, irónica—. Gracias por notarlo.

—Por favor. Discúlpame —aclara el rubio—. No pretendo que me veas como tu enemigo…

—¿Porque Adrien se podría molestar contigo?

—No. Porque yo, podría molestarme conmigo mismo —sentencia, caviloso—. Te ruego no me mal intérpretes. Esto es nuevo para mí. Si. Tienes razón. No sé absolutamente nada del amor —revela, pesaroso—. Lo poco que llegué a experimentar de él, lo viví con el hombre que me engendró. Mismo que me dijo que no me abandonaría y heme aquí. Me regaló a la mínima chance que tuvo para seguir con su empresa de mierda.

—El amor no funciona así, Félix —relata Marinette, arrebatada—. Pero lo cierto es que si es transversal. No tiene límites, nombre, créditos ni proezas. Solo una historia que contar. Y una línea que transitar.

—¿Realmente estás enamorada de mi primo?

—Lo estoy. Y si hicimos lo que hicimos. Créeme cuando te digo esto —veredicta, inequívoca—. Fue por amor. No me arrepiento de nada.

—Marinette ¿En qué te puedo ayudar? —consulta Félix, brioso—. Hablando con mi primo, el me confesó que desea casarse contigo. Tener un hogar. Formar una familia. Engendrar hijos.

—Ah. Esa idea ridícula…—murmura la fémina—. "Engendrar hijos" …

—¿Qué tienes con eso? —consulta Fathom, turulato— ¿Acaso no quieres?

—¿Ya viste a Mako y Hiro? Son unos niños adorables —relata Dupain-Cheng, almidonada—. Yo los he criado prácticamente como míos. Yo los alimento, los cuido, los visto, los educo, los arropo por las noches.

—Comprendo —aclara el varón—. Pero…son los hijos de Kagami. No los tuyos.

—Félix…—sisea la peliazul, derrotada—. Si tan solo el universo fuera más tolerante con nuestra historia de amor. Yo podrí-…

—¡Fathom! —interrumpe Kagami, arrastrándolo del hombro—. Ven conmigo. Vamos a la mesa. Está servido. Te tengo una sorpresa, jeje.

—¿Una sorpresa…?

Ay dios. No. Odio las sorpresas. Es que soy muy ansioso y lo que desconozco, me pone algo inquieto. Un momento. ¿En qué momento me volví tan cobarde frente a la incertidumbre? Quien me viera y quien me vio. Que hace un par de años atrás, yo no recibía ni las horas. Y ahora, me quieren agasajar con novedades sobre mi persona. ¿Seré más webón? Me incluí a la mesa. Yo tenía un puesto asignado desde antes. Justo al lado derecho de Marinette, de compañía a la tal Juleka Couffaine. Y de frente…

Tengan piedad los dioses, pues me sentaron a Luka. Justo, ahí…

—Muy rica la cena. Pero negocios son negocios —determina Tomoe, gruñona—. Luka. Entiendo perfectamente el gusto corrompido que tienen mi marido y mi hija por los occidentales. Pero poco y nada sé de tu trayectoria militar. Quiero que te enteres desde ya, que en esta nación no toleramos cobardes.

—De ninguna manera, Tsurugi-san —aclara Luka, apartando su brebaje hacia un costado de la mesa—. Quiero que sepa que no soy ningún desertor. Como bien sabrá o si no está al tanto, mis territorios fueron atacados por una rebelión interna —añade—. Y por supuesto que di la pelea como estaba a la altura. Expulsé a los insurrectos.

—¿Un golpe de estado? —sugiere.

—Algo así —explica—. La familia Bourgeois, quienes eran la mano derecha de mi reino, se sublevaron de la noche a la mañana. Aunque sabemos ya, que todo esto fue orquestado por fuerzas del oeste. En esos años, yo era el protector de la provincia china de Macao. El gran Khan mongol, me comandó resguardar tales terrenos —dilucida—. Muy tarde me enteré, que el libraba una guerra contra ustedes.

—En efecto. Tarde te enteras —le recrimina— ¿Eres fiel a él o a nosotros?

—Con todo respeto, honorable majestad —aclara Couffaine—. Por algo me voy a casar con su hija ¿No?

—No me basta como prueba de lealtad. Aún no han contraído nada. Solo es un mero compromiso —determina la mayor.

—Pues si ustedes son la clase de personalidades que creo —atañe el muchacho, alzando su copa para brindar—. Estoy completamente seguro que no existe "compromiso", que sea banal, como menciona. Tengo entendido que la palabra de un samurái, vale más que mil sacos de oro por estos lados ¿O habré comprendido mal?

Luka habla con una seguridad tan masculina, que me llega a intimidar. ¿Acaso no teme provocarles ira infundada, hacia su persona? Me pregunto si ese exceso de confianza no será un problema para su estadía en la nación. O quizás, venga de la mano con una muy buena propuesta de matrimonio. Bueno. Ahora que sé quién es y que hace aquí, me reconforta estar al corriente de no verle como un Eunuco. Aunque ser un príncipe y estar comprometido con una Tsurugi, es lo mismo que desaparecer. Un chico de tal calaña e índole, ni por asomo perdería el tiempo dialogando con alguien como yo. Transitamos caminos opuestos, con destinos apartados el uno del otro. Si estamos cenando ahora, en la misma mesa, fue pura imprevisión del destino.

En el fondo, me siento exorbitantemente fuera de lugar. Quisiera levantarme e irme de aquí. Escuchar conversaciones políticas de las cuales ni puedo opinar, es poco estimulante para mí. Sin caer en la redundante dicha de gozar con estupendos comensales, lo incomodo no me lo quita nadie. Marinette se la pasa concentrada 24/7 de los mocosos de Kagami. Ya ni si quiera muestra intenciones de cruzar palabra conmigo. El general Kurtzberg no me quita los ojos de encima. Y curiosamente, Marc no le quita los ojos de encima al general. ¿Qué coño pasa aquí?

A mí me dijeron que me tenían una sorpresa…—musita Félix, gesticulando un mohín infantil.

—Bueno, madre. Ya tendremos tiempo con mi futuro esposo de afinar las cuerdas de nuestro Shamisen —exclama Kagami, haciendo uso de la metáfora con respecto a su situación civil—. En realidad, quería contarles que he encontrado al fin a mi «Hatamoto».

—¿Cómo? —disputa Tomoe— ¿No dijiste que Nathaniel era el más idóneo para ese puesto?

—Lo era —alterca Tsurugi—. Pero recapacité mejor y lo cierto es que el general me sirve mucho más como ministro de economía. Se las lleva bien con los números y le falta bastante sensibilidad para lidiar con el pueblo.

¿Co-Como es eso de que me falta…sensibilidad? —piensa el pelirrojo, mosqueado.

—Pero bueno, Kagami. ¿Tú que esperas encontrar? —debate su madre— ¿Quieres un consejero político o un poeta?

—Ambas. Es por eso que he decidido —regresa la mirada hacia el inglés—. Que, a partir de este momento, sea Félix Fathom, quien ocupe ese cargo. Es nombrado mi nuevo ministro del interior.

—¿Qué…? —Graham de Vanily se atraganta con su brebaje, soltando una sonora tos ahogada en respuesta— ¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! Con…con todo respeto, Tsurugi-san. ¿No cree que se está apresurando en este tema?

—En efecto, Fathom. Es exactamente lo que estoy haciendo —dictamina la japonesa, altiva—. No voy a esperar a que mi padre deje este mundo, sin tener todo resuelto previo a su partida. Esto no es un juego para mí. Es imperativo adelantarme a los hechos.

¿Esta era la supuesta sorpresa que me tenía? Estoy…aterrado, la verdad —Félix traga saliva, pasmado—. Yo…aun no sé mucho de casi nada, majestad.

—¿Tan poca fe te tienes? Yo te veo perfectamente listo para el puesto —sentencia la líder—. Aprenderás rápido. Has demostrado ser un excelente estudiante. Para eso tienes mi apoyo y al maestro Su Han.

—Me parece escandaloso —reniega Tomoe Tsurugi, levantándose molesta de la mesa—. Tú y tú afán por los occidentales, nos van a llevar a la ruina. Estos afuerinos no conocen nada de nuestra cultura.

—Si me permite acotar algo, excelencia —añade Luka, brioso—. El gran Khan Kublai, compone su imperio de toda clase de mentes brillantes. Traídos de cada confín del globo. Su propio ministro de relaciones exteriores es un musulmán de nombre Tahir Mahmud. ¿Le parece muy descabellado?

—En mis tierras, Couffaine —farfulle la mujer, ofuscada—. Se practica el sintoísmo y el budismo. No hay espacio para tales paganismos.

—Madre, eso no es del todo cierto —explica su hija, templada—. No podemos seguir haciendo oídos sordos a la llegada de los portugueses jesuitas ni a los españoles evangelistas. Padre deseaba incluso, traer monjes cristianos por lo mismo. Necesitamos ser más tolerantes con nuestra población o de lo contrario, tendríamos que cerrar los puertos mercantes —adiciona la estratega— ¿Es eso lo que quieres? ¿Qué nuestro mayor enemigo, se apodere de todas las rutas de comercio? Es imperativo tener hegemonía sobre el territorio por el cual transitan nuestras riquezas.

—A ti lo que te debería preocupar en estos momentos, jovencita —espeta—. Es proteger a Yamato de los clanes del norte.

—A mí me preocupa todo, mamá —sisea la peliazul, injuriada—. Desde la guerra, hasta los asuntos comerciales y también los sociales. Ya hemos hablado este tema antes. Nunca nos pondremos de acuerdo. Te recuerdo que la heredera al trono soy yo. Y le hice una promesa a papá. Continuaré su legado y haré su voluntad, aunque no cuente con tu apoyo.

—Nunca dije que lo tenías, de todos modos —se retira, agraviada con su comentario.

Silencio sepulcral en el ambiente. Válgame. Cuanta tensión. Pensé que solo los plebeyos tenían esta clase de disputas familiares. Pero veo que los de la realeza se lo montan duro también. Y peor aún. Ahora comprendo por qué a lo largo de la historia, grandes soberanos del mundo terminan cometiendo homicidio en primer grado en contra de sus propias madres, hermanos o padres. Que complicado es ser de la realeza. Aunque desconozco que tan favorable será, tener un puesto con semejante distinción en tan poco tiempo. Presiento que más de alguna envidia despertará en otros. No es bueno para mí. ¿Saben? Me considero un chico bastante pacifico dentro de lo que cabe. Detesto las peleas. Yo no pedí esto. Ni si quiera tengo derecho a rechazarlo o cuestionar su mandato. ¿Qué culpa tengo? Ahora sí que el general Kurtzberg me odia. Lo percibo asesinarme con la mirada. Mierda. Es un puñal directo en mi cabeza. Y para empeorar la situación, no sé qué mierda significa ser un ministro. ¿Del interior? ¿Eso que cojones es? Mi cabeza es un mar de mierda flotante. Estoy tan lejos de casa, que no sé si logre convertir esta tierra en mi hogar.

—¿Y qué mierda es un "Hatamoto" …? —dice Félix, en tono bajito.

—Este…—balbucea Juleka, a poca distancia de su canal auditivo—. Es algo así como un vocero de gobierno. Es la persona encargada de transmitir las ordenanzas y nuevas leyes del soberano. Y asegurarse de que se cumplan al pie de la letra o de lo contrario, sancionarlas en debido caso. Con el rigor de la pena que amerite.

—Ah. Genial —exhala, frustrado—. Una forma gratuita de ganar enemigos. Es obvio que muchas de esas leyes no contentarán a varios.

—No si se sabe ganar al pueblo primero, joven…—ríe timorata, la pelinegra.

—Gracias, señorita. ¿Usted es…?

—Juleka Couffaine. Soy la hermana de Luka —se presenta, dibujando una sonrisa pueril en los labios—. Es un honor poder compartir mis alimentos con ahora, el segundo hombre más importante del palacio.

—¿Qué cosas dice? No soy tal persona, de verdad —niega Félix, azorado—. Es demasiado puesto para mí. Soy pobre. El humilde hijo de un mercader ambulante. Por favor, no me trate así que me pongo nervioso.

—¿A que le teme tanto, Félix? Nadie aquí se lo va a comer, jeje…

—Y-yo…bueno…—¿Qué mierda me pasa? ¿Por qué cuando mencionó eso, instintivamente tuve que mirar a Luka? Joder, estoy trastornado. ¡No! —despabila de forma brusca, sacudiendo la cabeza—. Es curioso que diga que soy el segundo "hombre" más importante aquí. ¿Qué hay de su hermano? ¿No se supone que se va a casar con Kagami? Eso lo convierte automáticamente en soberano igual ¿No? No hay forma de que tenga más poder que él.

—En eso se equivoca, Fathom —explica Juleka, melancólica—. Quizás eso hubiese ocurrido, si fuéramos japoneses. Pero no importa cuánto lo endulcemos ni lo mucho que nos hayan acogido. Lo cierto es que seguimos siendo afuerinos. Occidentales, de ojos redondos. Con creencias religiosas paganas, para muchos de la zona —añade—. Sin contar el hecho de lo que ya se reveló durante la cena. Mi familia sufrió el asedio de una toma de poder injustificada. Técnicamente, el gran Khan nos desterró de sus tierras en China. Por lo que perdimos mucha de nuestra fortuna y parte del honor a nuestro apellido.

—¿Vivieron mucho tiempo ahí? —consulta Graham de Vanily, curioso.

—Alrededor de 10 años. Luka cambió mucho desde ese entonces —advierte la pelinegra—. Pasar tanto tiempo entre una cultura como esa, lo hizo modificar muchas de sus costumbres. El no era tan soberbio antes ¿Sabe? En el fondo, es un buen chico. Temo que haya sido corrompido por…algunas ideas.

—¿Qué tan nocivas pueden ser las ideas de Asia para alguien como él? —inquiere, observándolo de reojo.

—No se imagina…—sentencia Juleka, sonriente—. De igual manera, yo lo amo, así como es. Y estoy segura de que Kagami aprenderá a quererlo también. A su modo.

—Ya veo. Así que, ser cónyuge occidental de una princesa, no lo vuelve soberano —atañe— ¿Entendí bien?

—Así es —explica—. Pasa lo mismo en las monarquías europeas. Si una reina elige a un muchacho de su corte, se convierte en rey consorte. Más no, rey por derecho. Solo decreto civil. Aquí, quien propone, es Kagami. Y Luka dispone. Siempre será así. Y mientras eso se mantenga, mi hermano y toda mi familia, tendrán que obedecer lo que ella demande. Sin chistar.

—Es otra forma de ser esclavo, a mi parecer —manifiesta Félix, tomando un sorbo de su bebida.

—Es usted muy elocuente, Félix. Ya veo por qué le dieron el puesto —bufa—. No se va con rodeos.

—¿Por qué Luka aceptaría algo tan nefasto como esto? —. No se ve un sujeto al que le guste que le den ordenes…

—Porque…no tenemos otra opción —expresa, cabizbaja—. Ningún otro reino nos hubiera acogido como lo hicieron los Tsurugi. No después de tal derrota. No somos buen negocios para nadie. Kagami lo hizo como una forma de tendernos una mano. Y porque no es novedad, de que profesa gusto por los occidentales.

—¿De qué clase de gusto hablamos? —arquea una ceja, suspicaz.

—Uno muy antojadizo, sin duda —admite, jocosa—. Todos conocen su historial personal. Es íntimo, pero de connotación. Ciertas lenguas, dicen por la ruta de la seda; que Kagami se acostaba con europeos mientras estaba casada con su difunto marido.

—Eso me huele más a chisme y rumores obscenos —refuta Félix, afrentado—. Llevo un tiempo sirviéndole y jamás la vi caer en tales escenarios. Ejemplo de ello soy yo.

—Le pido una disculpa si le he ofendido —confiesa Juleka.

—¿Por qué piensa que estoy ofendido? —cuestiona.

—Se le ha desfigurado el rostro. Creo que no es bueno fingiendo…—regresa hacia su cena, finalizando la conversación.

¿Eso hice? Ni me enteré. ¿Realmente me ha molestado su comentario? No sé qué pensar respecto a mis sentimientos. Este sitio, es tan misterioso como la gente que lo compone. De un tiempo a esta parte, me ha costado prescribir a disposición lo que flagela mi corazón. O lo que me hace gozar del encanto rutinario. ¿Podría estipular sin vehemencia, que me profeso un hombre pleno en este sitio? ¿Alguien que puede dejar atrás el sentimiento de lejanía de casa, y rearmar su vida? No comprendo mis dolos. De lo único que, si daba testigo de fe esa velada, fue el reconcomio de no poder quitarme de la cabeza a Luka. Todo entorno a él, me parecía intensamente atrapante. Desde su caída en tierras llanas, su vida nativa en China, hasta el compromiso que adquirió a la fuerza. Jamás me tope con nadie equivalente. Era un chico repleto de secretos. Misteriosos sacramentos e incógnita contemplación. Pues no dejaba nada a ciencia cierta y todo, a la imaginación. Con cada paso que daba. Cada palabra que salía de sus labios. Cada grácil movimiento que gesticulaba. Me volví víctima de intrusivos pensamientos, que no me dejaron dormir esa noche.

Me giré de un lado para a otro, profiriendo toda clase de artilugios para conciliar un sueño reparador. Desde destaparme por completo hasta cubrirme a medias tintas. No hubo caso. No sé si habrá sido el exceso de vino que tomé. El colmo de sake. O la mezcla de ambos. Pero sentía muchísimo calor. Mi pecho ardía. Mis piernas y mis brazos supuraban sudor helado. Un volcán, ebullendo en mi interior. A la mierda. Me levanté y me vestí. Conozco a la perfección los estrictos horarios que hay en palacio. Está tajantemente prohibido traspasar el portón principal, sin una orden previa. No obstante, mi ansiedad colmaba a tope la sangre en mi cerebro. Y me vi en la obligación empírica de transgredir protocolos. Agazapado en la penumbra de una noche de luna llena, cogí a la mala uno de los caballos del barracón y aproveché que los guardias dormían ebrios, para escabullirme al exterior.

Necesitaba salir a cabalgar. Lejos. Lo más apartado posible. No pretendía escapar. Solo despejarme un rato. Tomar el fresco de la madrugada y gozar de la oscuridad noctívaga sobre mi cabeza. Desconozco por cuanto tiempo habré montado. Pero lo suficiente como para notar que avancé más de 10 kilómetros. Lejos de la urbe, las estepas de Yamato se asemejan a un oasis desolado en medio del mar caspio. Percibo una brisa gélida, dotada de un céfiro primaveral que remueve mis cabellos. Contemplar la "nada" misma, es tan gratificante para mí. Aquí no existe dios ni soberano que me impida ser lo que soy. Un alma libre. Despojada de temas políticos y situaciones obtusas. Es una maravilla. La afonía abunda, como la hiedra seca bajo las pezuñas de mi jamelgo. No le temo a lo desconocido. No después de haber pasado 6 años en la intemperie. No dimensionan lo increíble que es. Permanezco un momento en total mutismo, cerrando los parpados. Inhalando profundo y exhalando aún más fuerte. El aire es limpio aquí. Elevo la vista y noto las 3 marías. Las 3 constelaciones que mi padre me aseguró, me llevarían a casa si las seguía a ciegas. Pasando esa colina a lo lejos, puede que halle mi libertad. No obstante, no me siento tan preso a este reino. Solo ahogado. Al fin logro dejar mi mente en blanco.

Que delicia. Si tan solo pudiera atesorar este momento como propio y…

—¿Mh?

¿Qué fue eso? Escucho el trote altivo de otro corcel, a metros de mi eje. ¿Qué pasa? ¿Acaso alguien más, también comparte mi gusto por el silencio absoluto? Mi vista es aguda como un águila en pleno vuelo. Mis ojos no me engañan. Es un jinete solitario que llega hasta la cúspide de una montaña, provista de un árbol ermitaño en la base. ¿Amigo o enemigo? Me aventuro a averiguarlo. Taloneo al animal, avanzando hacia aquel insensato que ha irrumpido mi paz. Solo para cuando desciendo de él, me topo con una sorpresa que obnubila mi anatomía.

—¿Luka Couffaine…?

—Félix Fathom —retoza Luka, desenvainando una daga; en modo ofensivo— ¿Qué mierda haces aquí?

—Wow…un momento —espeta Fathom, timorato— ¿Por qué saca eso? Y disculpe, pero eso mismo podría preguntarle yo.

¿Qué hacía? Noté sus manos sucias, soltando pedruscos sobre una pseuda tumba; en donde claramente había enterrado algo entre arenisca y barro. Miro la escena. Lo miro a él. Me fulmina con los ojos, cual perro rabioso.

—Aparta, cabrón —berrea.

—Con todo respeto…—cuestiona el rubio, confundido— ¿Por qué me insulta?

—¿Por qué no hacerlo? Eres un intruso —protesta Couffaine.

—¿Yo soy el intruso? —cuestiona, liado—. Que ¿Acaso estas son sus tierras?

—Lo son —falsea.

Y una mierda —traga saliva, altivo—. De acuerdo. Entonces, si lo son. Muestreme sus papeles.

—¿Disculpa?

Carajo. ¿Me habré extralimitado? No. Basta. Se supone que ahora soy alguien importante en esta nación. Debo tomar mi lugar, joder —insiste, templado—. Si. Sus papeles. Le recuerdo que soy el nuevo Hatamoto ahora.

—Eres un engreído —masculle molesto el peliazul.

—Y usted un mentiroso —rebate el rubio.

—¿Cómo me llamaste?

Luka se abalanza criminalmente hacia mí, empuñando el filo de su navaja justo debajo de mi yugular. Me ha puesto contra el tronco de aquel árbol. Le noto colérico. Pero al mismo tiempo, percibo un atisbo de pavor en sus orbes. ¿Qué le pasa? ¿Por qué de pronto me ve como su enemigo? Ni si quiera intentaba increparlo. Solo le llamé por su nombre. Un par de gotas sudorosas se desploman por su sien. ¿Qué rayos pretende? Ah. Vale. Ya entendí.

—Discúlpeme, no pretendía asustarle —masculle Félix, en un suspiro.

—¿Quién te dijo que estoy asustado? —desmiente Luka, notoriamente asustado.

—Los latidos de su corazón. Son muy sonoros. Casi los escucho —murmura Fathom, apabullado—. Por favor, no me ponga eso en el cuello. Me da ansiedad…

No sé qué tanto le dije. O de qué forma, lo hice. Pero de un momento a otro, pareciera que se aterró más por ello, que por el hecho de haberle encontrado deambulando fuera del palacio. Estoy…enredado. Y al mismo tiempo, creo sopesar lo que ocurre aquí. ¿De qué manera podría abordarlo mejor? Luka guarda el puñal, abochornado. Se aleja de mí, retrocediendo a cuatro pasos. Me dice.

—Perdona…—sisea el príncipe—. Yo tampoco, pretendía hacerlo. Pero no comprendo cómo es que pudiste venir hasta aquí ¿Acaso me seguiste?

—¿Qué dice? —expresa el ojiverde, exhalando aliviado mientras se tocar el pescuezo—. No. Jamás se me pasó por la mente tal cosa. Solo vine a cabalgar para despejar mis pensamientos. Tuve un día duro.

—¿Tuviste miedo?

—¿De qué? —parpadea.

—De mi cuchilla…—aclara.

—Si…—admite Félix, pesaroso—. Claro que lo tuve. No es como que esté acostumbrado a que me amenacen de esa forma.

—Eres demasiado ingenuo para ser un ministro del interior —bufa—. Que sensitivo es…

—Y usted muy incauto para ser un soberano consorte —ríe de vuelta, siguiéndole el juego— ¿Acaso no le inquieta que Kagami se entere de esto?

—Kagami no está interesada en mi —revela Luka, caminando de regreso hacia su caballo—. A ella solo le preocupa que cumpla sus órdenes y le dé herederos.

—¿No me dirá que hacía aquí? —insiste el inglés.

—¿Realmente te preocupa? —pregunta el francés.

—Bueno…—Félix se rasca la nuca, nervudo— ¿Sí? No todos los días me topo con una persona de la realeza, deambulando solito por la noche más tenebrosa.

—¿Tenebrosa? —carcajea— ¿Te parece tenebroso venir bajo un árbol viejo?

—Es verdad. Dicen que los caminos fuera de Yamato están llenos de malhechores —insinúa Fathom, soltando una sonrisa pueril entre tanto—. Comentan que portan armas peligrosas y te asaltan.

—Para tu suerte, no soy ningún malhechor —se encoge de hombros.

—Pero porta armas.

—Yo no-…—Luka se calla de golpe, apretando los labios. Desvía la mirada, declarando—. De acuerdo. Ya entendí. ¿Qué quieres?

—Nada, realmente. Solo le pregunté una cosa —exclama—. Y aún sigue sin responderme.

—Digamos que vine a lo mismo que tú ¿Sí? A despejar la mente. Y a…—exhala, derrotado—. A dejar un mensaje. Hay algunos asuntos que debo atender. No te daré más explicaciones. Pierdes tu tiempo. Nos vemos —se monta sobre su caballo.

—Majestad —Félix lo ataja, agarrando las riendas de su rocín—. No soy su enemigo. Quiero que sepa que puede contar conmigo para lo que guste.

—¿Y eso en que sería un aporte para mí? —redunda, receloso.

—Bueno, viendo la situación desde mi punto de vista —explica, soberbio—. El hecho de que no le diré nada a Kagami sobre sus incursiones mensajeras a vaya a saber quién. Podrían ser enemigos de Yamato ¿Sabe?

—¿Acaso quieres comprar mi silencio con amenazas burdas? —el regente lo fulmina con la mirada.

—No. La de comprar cosas, no me la sé. Eso se lo dejo a mi padre que es comerciante —aclara el plebeyo—. Pero si la de apelar a la buena voluntad de las personas. Vamos, no le estoy recriminado nada. Apenas nos conocemos. ¿No me dará una oportunidad?

—Vale…—suspira Couffaine, convencido—. Lo haré. ¿Qué quieres a cambio de tu supuesto "silencio"?

—Amistad —declara.

—¿Amistad? —redunda Luka.

—Si. Amistad —repite Félix, jocoso—. Presiento que podemos ser buenos amigos. No solo por mi posición. No me vea por favor, como un medio para algo. Deseo que me distinga realmente como un camarada.

—¿Por qué me ofreces esto?

—Porque…—revela Graham de Vanily, abochornado—. Juleka, su hermana. Me contó parte de su historia y la de su familia. De alguna forma me siento conmovido. Más bien, comprometido con la causa. Se que aceptó este compromiso porque no tuvo otra opción. Y yo mejor que nadie sabe lo que se siente, ser regalado a su suerte —añade, humillado—. Aunque no lo crea, compartimos algo de ese malestar. Fisgonamente, me veo fulgurado en su excelencia. Como una manifestación, saliendo de mi pecho. ¿Se entiende?

—Creo…que lo entiendo —admite Luka—. ¿De qué va? ¿Acaso se enamoró de mi o algo así? Puede que me sirva de algo…

—Vamos —le acompaña Fathom, montando su caballo de vuelta—. Cabalguemos juntos. ¿Quiere volver al palacio ahora mismo o desea despejarse un poco más? —sugiere, contento—. Conozco unas estepas más allá de los nidales que le podrían gustar. Pasando esos picos, hay un bosque de humedales repletos de garzas. ¿Se anima?

—…

—Vale. No dirá nada. Entonces, silencio otorga —barita, jalando las riendas—. Sígame, le llevo. ¿Una carrerita?

Este chico…es…—asiente Luka, asertivo—. Llévame, Félix Fathom. Una carrera.

Fue la madrugada más sublime, para mí. Luka había accedido a al menos tener una conversación dotada de mucho más que monosílabos arcaicos. Lo conduje a galope hasta los humedales que mi primo me había mostrado, hace años atrás. Y lo noté tan festivo, que me di por pagado. Era un muchacho muy juguetón. Le encantaba hacer malas bromas, con un humor negro que a mí me hacía mucha gracia. Paseamos de aquí, por allá. Montando de un lugar a otro, hasta que mis testículos se hincharon de dolor. Regresamos a eso de las 7:20AM. Cuando el sol recién hacía su aparición en el horizonte. Fue nuestra primera incursión nocturna. Sin embargo, despedirme de él fue lo mismo que separarme del pecho de mi madre. Desconocía palabra alguna para describir lo extraordinario que fue, estar a su lado. Solo sabía manifestar delicia. Y muchísimo deleite. A complacencia, el príncipe francés me regaló una pulsera. Ostentó ser creación de su orfebre gusto por pasiones de hobbies. Le gustaba instituir adornos preciosos. Con corales, joyas o tesoros de oriente. Me dijo, antes de separarnos.

—Quiero que sepas, que me la he pasado extraordinario a tu lado —revela Luka, sonrojado—. Y deseo que conserves esto, como una muestra de mi agradecimiento. Lamento si en algún momento, te juzgué mal. Verás que no estoy acostumbrado a este trato tan cercano y familiar. Sin embargo, yo no-…

—¿Le gusta mi presencia en su vida, alteza? —pregunta Fathom, febril.

—Por favor…no me llames con tanta cordialidad —aclara.

—No puedo evitarlo. Está en mi naturaleza. Lo siento. Estamos en palacio —expresa el rubio—. Pero ¿Si le gusta?

—Si. Sin duda que me gusta —sentencia Couffaine, predispuesto—. No quiero que te separes. A partir de ahora, deseo que te mantengas muy cerca de mí.

—De acuerdo. Lo haré —acata Graham de Vanily, jovial. Mientras lo ver partir, le dice—. Majestad.

—¿Dime? —se voltea.

—¿Ya no tiene miedo?

—¿Miedo? —replica el peliazul, azorado—. No, Félix. Ya no lo tengo. ¿Tú lo tienes?

—No de usted.

—No tendríamos por qué tener miedo ¿Verdad? —pregunta Luka, melancólico— ¿Verdad?

—Descanse —se retira.

—…

Estoy muy lejos de casa. Lo sé. Me he ido a dormir con ese pensamiento metido en la cabeza. Pero Luka Couffaine ha despertado en mí, un sentimiento que nunca antes cavilé concebir. Ese chico…

Me gusta. Me siento tan cómodo a su lado, que temo perder la cordura de mis labores. Por favor, dioses. Elementales. Universo. Cosmos. No permitan que caiga en la locura total. Porque si no logro controlar esto que mi pecho arrima. Temo…perder la razón por él.