—Vomitaste lo de la semana pasada, primo —incursiona Adrien, acariciando la nuca de su familiar— ¿Quieres expulsar algo más o volvemos al salón?
—Gracias. No. Volvamos —desentona Félix, recompuesto—. Necesito hablar con ese viejo de mierda.
—Pero, primo…
[…]
—¿Qué carajos haces aquí, Colt? —impugna Fathom.
—No me parece que tengas que hablarme en ese tono, Félix —aclara—. Sigo siendo tu padre.
—Y una mierda —lo fulmina con la mirada—. Me dejaste aquí, abandonado. Me regalaste. No, peor aún. Me cambiaste como si fuera una moneda de oro —Félix se sulfura. Se levanta y de un tranco, le propina un puñetazo en la mejilla— ¡Cabrón! ¡Me arruinaste la vida!
—¡Te lo dije! —aclara Gabriel, levantando a su socio— ¡Reconocer a este insano era hundirnos!
—¡¿Tú de que vas, papá?! —se ofende Adrien, gesticulando manos y pies cual muralla humana— ¡No le hables así a mi primo! ¡El me ayudó cuando tú me desertaste!
—Son negocios, Adrien. No quieras hacerte el santo ahora —aclara el Agreste—. Por lo demás veo que te fue bien sin mí, eh.
—¡Nos vendieron! ¡Ustedes dos! —aclara el ministro, enajenado—. Par de indolentes. ¿Por qué volvieron? ¿Acaso trajeron a los monjes cristianos con vida?
—En efecto. Están aquí —bosqueja Colt, cubriéndose la resentida quijada—. Siguen vivos…
—Aprendiste a tratarlos gracias a mí, Colt —añade Félix, malogrado—. No tienes idea de lo que se siente ser un hombre de fe.
—Es verdad, hijo —admite el comerciante—. Fuiste tu quien me enseñó como debía lidiar con gente débil, para que sobrevivieran al crudo invierno y a las especias del sudoroso calor de los desiertos.
—Me dan asco, ustedes dos. Me parecen muy repulsivos —gruñe Graham de Vanily, con la lengua atolondrada entre palabras—. Y ya deja de llamarme "hijo". El nombre te queda grande.
—Félix. Estás ebrio. Cálmate ¿Sí? —serena su progenitor— ¿Te parece si conversamos más tranquilamente por la mañana?
—No estoy ebrio —trasluce el rubio, malogrado—. Estoy enojado.
—No. Estás dolido —sisea el mercader, abatido—. Pero lo entiendo. Es natural que no comprendas muchas cosas. Dado que pasamos tiempo alejados.
—Me abandonaste, Colt —lo increpa el menor, con la mirada humedecida—. Por segunda vez, lo hiciste.
—Pero volví. Por segunda vez…
—No por mí, está claro —farfulle—. Solo te importa tu horrendo negocio. Ni quiera fuiste capaz de decirme que eras rico. Que cabronazo. Hasta me diste pena en su momento. Tú no sabes lo que es la familia ni el amor.
—¿Y tú sí? —disputa el bigotón.
—Tal vez —el Hatamoto se tambalea hacia atrás, circunspecto. Hay ciertos temas que ha tenido que incursionar por su cuenta—. He de reconocer que algo bueno saqué de quedarme en estas tierras. Por lo menos comprendo lo que es la compasión y la humildad. En cambio, tú, vas de puerto en puerto haciendo de las tuyas, con la misma soberbia de siempre.
—He cambiado, Félix —se levanta, tomándolo de los hombros—. Te ruego me des otra oportunidad. Es cierto que regresé porque le debía al Shogun los monjes. Pero también pensé mucho en ti, durante mi viaje. Hay algo…que necesito contarte. Y me gustaría que tú y yo nos-…
—Arg, basta. Tu falsa modestia no me la trago ni a suspiros —reniega el inglés, separándose abruptamente del mayor—. Tengo que regresar al palacio o me meteré en problemas. Con permiso.
—¡Espera! —el empresario lo contiene del antebrazo— ¿El palacio? ¿Estás viviendo en él?
—Fue el lugar en donde me dejaste ¿No? —explica el ojiverde, mosqueado por su agarre—. Tuve que someterme a la crudeza de los Tsurugi a la fuerza. Aunque te digo desde ya, que llegas un poco tarde. El Shogún está muerto.
—¿Qué? —parpadea Gabriel, incorporándose a la plática— ¿Y entonces quien está a cargo?
—¿Tú quién crees, tío? —arquea una ceja, suspicaz—. Kagami, por supuesto. Es la nueva Shogun de Yamato. Como la única heredera al trono, asumió su rol. Yo mismo me encargué de organizar el ascenso al trono.
—¿Tú? Un momento…—redunda Colt, liado—. Vives en castillo y trabajas con la muchacha. ¿Cómo es posible? ¿De qué me perdí?
—De bastante, la verdad. Fueron seis años. Te refresco la memoria —Félix se suelta, injuriado—. Puede que te impresione, viniendo de mí. Pero conseguí un puesto honorable en su gobierno. Soy su Hatamoto.
—Es mejor…de lo que pensé…—cavila el señor Fathom, azorado—. Te pido una disculpa. En ningún momento pretendí ofenderte. De seguro eres digno de la posición. Eres mi hijo, después de todo.
—Bah…que fastidio. Los sermones para otro día —retoza el caucásico—. Me voy. De seguro estarán cansados con el viaje, creo.
—Félix —repara su padre—. La verdad es que acabamos de llegar. Nos recomendaron esta casa de té, porque tiene buena fama en el puerto. Sin embargo, no tenemos donde pasar la noche.
—¿Y que con eso? —se encoge de hombros—. No es mi problema. Tienes dinero de sobra. Consigue una posada de esas que aman a los occidentales.
—Que indolente eres, mocoso —berrea el señor Agreste.
—¿Disculpa? —frunce el ceño.
—Te pido me des una mano. No quiero molestar del todo —propone el pelinegro— ¿Nos ayudarías a alojarnos contigo? Solo será por unos días, hasta conseguir otro lugar. Tengo capital suficiente, es verdad. Pero solo para permitirme pagar hospedaje a mis hombres y los sacerdotes. Nosotros…no estamos incluidos en el paquete.
—¿Es una broma? —bufa.
—No, hijo. Es en serio —sentencia.
—¿Por qué coño tendría que ayudarlos? —reprocha Félix—. Fuiste un maldito conmigo.
—Porque…tienes razón. Estás en lo correcto al mencionar que no sé lo que es hacer familia. Soy un comerciante. Un mercader. Lo que soy. No obstante…quisiera cambiar eso —explica Colt, jocoso—. Y creo que no es mejor momento que este, para dar el paso.
—¿Qué pretende? Siento que está manipulándome. Adrien me mira y no parece acotar observaciones al respecto. No de rechazo al menos. ¿Por qué? ¿Por qué tendría que creerle? Colt se ha portado como un imbécil conmigo. ¿Es esto una prueba o algo así? Yo no…—Félix exhala finalmente, tras una plausible demora en objetar o afirmar su petición—. De acuerdo. PERO. Solo será por un par de días. Luego, agarras tus mierdas y se largan de nuevo. ¿Bien?
—Es una basura —masculle Gabriel.
—No lo es, Gabriel. Está bien —Colt le estira la mano, acatando sus ordenanzas—. Me parece sensato y correcto. En cuanto me estabilice y me paguen por la mercancía, nos iremos. Tienes mi palabra.
—"Tu palabra" —repica el ministro, bonachón—. La pluma de un cuervo pesa más que tú palabra, Colt. Pero… ¿Ya qué? No tengo nada que perder y tu nada que ganar —se retira hacia la puerta—. Andando. Vengan conmigo.
—Colt —advierte su socio comercial—. Esto es-…
—Ya cállate, tonto —murmura Colt, solapado— ¿Qué no lo ves? Félix es la puerta de entrada a la familia real. ¿Quieres hacer esto o te harás de los miados cálidos como un mojigato?
—Tch…no. De acuerdo…—acepta su cómplice, lánguido—. Iré.
Era muy entrada la madrugada como para despertar a Kagami con menudencias como estas. Así que me vi forzado a engañar a los centinelas de la puerta principal, para dejarnos pasar a mí y a mi padre con mi tío. Curiosamente, logré convencerlos con una inexistente historia. Ya me conocían y tenían plena confianza al ser yo, la mano derecha de la nueva Shogun. Esa fue la primera vez, que abusé de mi puesto. Todo, con una finalidad noble, por supuesto. Nada altanero ni recurrente en melindres. Aún desconocía las intenciones de estos dos hombres. Ellos operaban ser solo dóciles comerciantes. Pero si hay algo que he aprendido de mala manera con mi progenitor, es que nada bueno puede venir de él. ¿Querer hacer familia? ¿Reconstruir lazos? ¿Figurar amor paternal? Mis pelotas. Colt aún cree que sigo siendo aquel chiquillo inexperto que depuso indefenso en territorio enemigo. Ya me he curtido, con el brasero de lo inmoral. De lo clandestino e indebido. De los secretos subrepticios que se mecen por estos rincones. Si desea jugar y mover piezas en el tablero; seré yo su principal rival. Hasta descubrir, que cojones hace aquí. Por qué volvió. Esos sacerdotes cristianos, ya no tienen valor alguno. No figuran.
Es hora, de lanzar la red hacia Kagami. ¿Qué tanto poder ejerzo sobre sus decisiones? Me profeso impelido a averiguarlo.
—¿Tú padre? —examina Tsurugi, incomoda—. Me estás diciendo que has alojado a tu padre y a tu tío dentro de mis murallas. ¿Sin mi maldita autorización?
—Si, alteza —manifiesta Félix, con la frente pegada al suelo en una reverencia sepulcral—. Le ruego me disculpe. Era muy entrada la noche y no deseaba perturbar su sueño para molestarla con estas boberías.
—Deja de llamarme así. No hay nadie presente. Estamos en confianza —exclama Kagami, bajando de su trono—. Y por lo demás, no son boberías. Padre quería a esos monjes cristianos en su tierra. No olvides que he de hacer su voluntad en vida.
—De acuerdo, Kagami —flaquea el britano, subrepticio. Eleva la visual—. Perdone. Reitero mi falta. Yo tampoco contaba con su presencia aquí, de manera tan abrupta. Ellos ni si quiera se enteraron de que el gran Shogun había fallecido. Solo seguían el pacto tras instrucciones de antaño.
—¿Cuál era el trato? —demanda—. Me perdí.
—Mi vida, por ellos ¿Lo recuerda?
—Si. Es cierto. Ahora lo hago —expresa la nipona—. Pero no tengo intenciones de dejarte ir. Que bien que hayan cumplido su promesa. Sin embargo, tú eres mío ahora. Perteneces acá. Espero no pretendas que te libere. Y ni cojones huyas de mi lado. Eres mi Hatamoto ahora.
—De ninguna manera, Kagami —niega con la cabeza—. Yo ya sé cuál es mi lugar. Le debo mi devoción. Y lo que vivimos entre nosotros la otra noche, fu-…
—No sé de qué noche hablas, Fathom —desmiente, negando lo ocurrido—. Ve al grano. ¿Qué quieres? De igual forma has hecho lo que se te canta del ojete y me temo que no estoy en posición de reclamarte nada. Duermen bajo mi yugo. Que soberbio te has puesto.
—Era de esperarse que le ofendiera el caso. Tampoco deseo importunarla —traga saliva—. Mi padre ha manifestado querer entregarle los monjes y luego irse. No hay nada vicioso en sus intenciones —. Supongo…
—De acuerdo. Lo acepto. Diles que vengan y me presenten a los cristianos —comanda la soberana—. Luego se pueden largar. ¿Algo más?
—Si. Este…—sisea el rubio, confundido— ¿Qué hay de lo que le pedí? El tema de Marinette…
—Estoy en ello. Pero dame tiempo ¿Ok? —revela—. No es fácil para mí.
—¿Al menos le está dando potestad para desplacerse por el poblado? —consulta, afligido.
—Lo hice. Esta mañana dejó el palacio y se fue a incursionar en vaya a saber qué cosa —dilucida Kagami, quitándole importancia al asunto—. Me tiene sin cuidado lo que haga ella con Adrien. Solo espero que no revoloteen tanto.
—Lo comprendo —vuelve a descender la cabeza hasta el suelo—. Es usted muy gentil y sepa que estoy infinitamente agradecido con ello.
—¿Ya descubriste al infame que escribe esas cartas de amor?
—No. Pero estoy cerca. Tengo una pista —miente—. Mis investigaciones apuntan a un viejo mercader del puerto. Me haré cargo de ello.
—Hazlo entonces. Quiero resultados cuanto antes.
—Lo haré. Sin duda alguna —asevera, levantándose—. Me retiro. ¿Algo más que se le ofrezca?
—Si. Félix —advierte la japonesa—. Luego del festival, comparecerás a mi lado en las tierras del norte. Quiero que me acompañes a las huestes de mi padre. Nos reuniremos en el campo de batalla.
—¿Quiere que…vaya con usted a la guerra? —parpadea, estupefacto.
—¿Por qué pones esa cara de chivo degollado? —bufa Kagami, acometedora—. Eres mi Hatamoto. Lo natural es que me sigas a todos lados. ¿O acaso te ofende tu posición?
—¡N-No! ¡Nada de eso! —endosa Graham de Vanily, alterado—. Pasa que no cuento con la experiencia suficiente en conflictos belicosos como para serle de aporte. No sé nada de la conflagración, Kagami. Sepa usted que yo no-…
—Aprenderás con el tiempo —describe Kagami, limitándolo—. No hay mejor usanza que la guerra misma. Vendrás conmigo. No es una petición. Es una orden. Está claro. ¿Algo más?
—N-no…nada más —sisea Fathom, descalabrado—. Es todo.
—Bien —adiciona Kagami, desplazándose hacia el pasillo—. Ve con el herrero. Te tiene la armadura preparada para el momento. Y, por cierto. Algo que me molesta —añade, furtiva—. No te cortes más el cabello. Déjalo crecer. Pareces un maldito pirata con ese pelo corto. ¿Qué eres? ¿Un muerde almohadas o algo así?
Si le respondo, la mato.
—No. Dejaré de cortarlo —falsea Fathom, humillado—. Si me disculpa, me retiro por ahora.
Había entrado al cuarto con la templanza de un simple y servicial vasallo. Y para cuando hice abandono de ella, el horror se había apoderado de mi semblante. ¿Ir a la guerra? ¿Es una broma? Kagami hará que me maten. Como soplara un lozano vendaval de flechas sobre mi cabeza, esta terminaría rodando entre mis pies. Para aumentar el problema de sobremanera, Luka había manifestado querer marcharse mientras la Shogun marchara al norte. Si acepto ir con ella, todo esto se acabó.
—Necesito una segunda opinión al respecto…
—Maestro Fathom —interfiere Nathaniel, topándoselo por el pasillo— ¿Haciendo horas extras?
—Dios. Como si no tuviera suficientes problemas —exhala el Hatamoto—. No sé a qué se refiere.
—Me informaron que le vieron llegar anoche, pasado el toque de queda —sisea el pelirrojo, suspicaz—. Conoce bien las reglas, me imagino. ¿O espera que se las recuerde?
—Lo que haga o no, fuera del palacio, no es asunto suyo —berrea el rubio, desplazándose hacia el jardín—. Kagami ya está al tanto. Así que no pretenda cuestionarme ahora.
—Lo siento. Pero no puedo evitar debatir sus métodos, si regresa como un fantasma furtivo a estas dependencias sagradas. Además, los dos hombres que alberga en su morada —le endosa el ministro, frunciendo el ceño—. No se han presentado formalmente ante Tsurugi-san.
—No son enemigos, si es lo que insinúa —explica Félix, rebatiendo—. Tan solo es mi padre y mi tío, que regresaron de la ruta mercante.
—No me interesa que clase de parentesco consanguíneo tengan con usted —masculle el militar—. Ya sabe del protocolo y cómo funciona. Cualquier persona que cruce el gran pórtico del castillo, debe pasar por mi oficina primero.
—El Hatamoto soy yo, maestro Kurtzberg —recalca el ojiverde—. Usted solo ve financias.
—Soy el general a cargo de la seguridad real del Shogunato —frunce el ceño—. Es imperativo que coopere conmigo en estos procedimientos.
—De acuerdo. Si tanto desconfía de ellos, regístrelos —suspira Fathom, hastiado con sus interrogantes—. Le aseguro que solo se encontrará con dos mercantes ambulantes. Y un puñado de monjes cristianos.
—Oh, por supuesto que lo haré —sentencia Nathaniel—. Y para que le quede muy en claro. Que ambos trabajemos en son de la nación, no significa que deba dejarle pasar todos sus caprichos.
—Adelante, por mí no se detenga —se encoge de hombros, reanudando la caminata—. Si ya no tiene nada más que decirme, me retiro. Con su permiso.
—Tsk…maldito engreído. Siempre haciéndote el listo —Nathaniel lo fulmina con la mirada, viéndolo partir—. No hay manera de que me caigas bien.
—¿Todo bien, Nath? —interrumpe Marc, brotando desde el interior del salón—. Le noto molesto.
—Es ese estúpido de Félix. Cree que puede hacer lo que quiera con su maldito puesto importante —masculle colérico, el pelirrojo—. Ahora resulta que les prestó su casa a unos muertos de hambre.
—¿Se refiere a los mercaderes occidentales? —parpadea, curioso.
—¿Tú también sabias y no me dijiste nada? —rezonga—. Vaya comunicación nos montamos.
—Por favor, no se desquite conmigo. Me enteré hace solo unos momentos, porque los vi salir de la casona —relata Anciel, malogrado— ¿Qué problema tiene con ellos? Hace un par de años atrás, se presentaron frente al Shogun. Tan solo regresaron con el encargo.
—¿Por qué tanto interés en traer a unos mugrosos sacerdotes católicos? —adiciona, mosqueado—. Si el Shogun no está vivo para recibirlos.
—¿Qué problema tiene con los católicos? —examina el pelinegro, confundido—. Le recuerdo que tenemos una gran comunidad de ellos en Yamato.
—¿No te lo dije? Soy protestante —bosqueja Nathaniel—. No los soporto.
—Creí que todos los «Ajin» (extranjeros) lo eran —se encoge de hombros.
—Se ve que llevas años encerrado en este lugar —bufa con obviedad.
—Lo dice como si desconociera mi pasado —refunfuña el capón, injuriado—. No olvide que fui vendido al palacio a mis cinco años.
—Si. Lo sé…perdóname. Disculpa, no quise ofenderte —recula Kurtzberg, melancólico—. No obstante, es hora de que abras los ojos al mundo. No todos los europeos profesamos la misma fe. De donde yo vengo, la mayoría son ortodoxos.
—Bueno. No me lo tomaré personal. Yo no tengo religión que practicar, como podrá ver —relata Marc, desviando los ojos hacia el jardín—. Sin embargo, creo que se está tomando demasiado en serio esto de las conspiraciones y la paranoia. El señor Fathom es conocido en el rubro. No es ningún extraño. Y era voluntad del difunto líder, traer a esos monjes.
—Me inquieta —añade el pelirrojo, acompañándolo en la escena—. Japón es una nación de raza pura en su mayoría. Considero que el sincretismo religioso sobra aquí. Eso déjaselo a las tribus barbáricas de los nórdicos.
—Lo hace porque no le cae bien Félix, general —bosqueja sereno, Anciel—. Digamos las cosas como son.
—En parte. No te miento. Pero hay algo raro en esos sujetos…—Nathaniel se cruza de brazos, dubitativo—. Y te juro, que voy a averiguarlo. Algo me huele podrido aquí. ¿Regresar luego de seis años por unos simples hombres de fe? Ni si quiera les importa el inglés.
—De acuerdo. Si tanto le preocupa, le ayudaré a averiguar un poco más sobre esos hombres —declara Marc, demostrando acto de devoción hacia su camarada—. Tengo mis contactos igual.
—Gracias, Marc. Aun así, la situación es delicada. Vete con mucho cuidado —repara el ministro—. No olvides que Félix es el Hatamoto de Yamato. Y Kagami confía ciegamente en él. Lo que sea que esté pasando, se discreto con la información. Solo con pruebas fehacientes, podremos convencerla de lo que sea. No nos creerá de la noche a la mañana.
—Se moverme, Nath. ¿Cuándo lo he defraudado? —ríe jocoso, el pelinegro—. Aunque en mi opinión personal, antes de incursionar en otros lados lo mejor sería empezar por sus pertenencias.
—Tienes razón. Tu encárgate de investigar por fuera y yo me preocupo por lo de adentro —lo despacha—. Vienen los sirvientes. Nos vemos.
—Bah. Que fastidio. Ni un besito de despedida me dio…
[…]
—Bendito sea su regreso, Monseiur Fathom. Monseiur Agreste —se persigna uno de los hombres, con una cruz colgando contra su pecho—. Alabado sea nuestro señor que por fin pudo traernos algo de sensates a este reino de salvajes.
Distrito sur de Yamato. 16:15PM.
—Padre Armand. Por ningún motivo olvidamos nuestros objetivos —confiesa Colt, tomando asiento frente a una gran mesa llena de alimentos— ¿Cómo van los planes con la comunidad?
—Nos ha costado más de lo que creímos, honorable señor —revela D'Argencourt—. Pero con la venia del gran todo poderoso Jesús Cristo y el excelentísimo delfín bendito, ya hemos logrado edificar varias iglesias y santuarios por toda la región. Nuestros feligreses crecen como el gajo de un grano de trigo. Cada día, más y más nipones se unen a nuestra pendencia —añade—. Sin embargo, no tendremos total dominio de la fe si no conseguimos construir una catedral en la urbe misma.
—No se preocupe, padre —advierte Gabriel, depositando un par de documentos sobre la mesa—. Ya nos encargamos de erradicar el mal insurrecto de varios bastiones enemigos. De camino a Japón, hundimos dos barcos españoles.
—Los españoles no son el meollo del asunto, Gabriel. Lo son los portugueses —advierte el francés—. Esos pútridos jesuitas no nos dejan de atosigar. Atormentan a la población con ideas paganas del infierno en carne y algunos nipones temen profesar otra doctrina.
—El problema aquí, es Macao —manifiesta Fathom, con el ceño fruncido—. Los chinos son una estirpe animal e infame que no conocen la lealtad a nada. Son peores que los coreanos. Solo vomitan guerra. Más que al dinero. Se venden al mejor postor. Ya lo comprobamos.
—Colt —adhiere el religioso—. Usted es inglés. En parte. ¿Qué le comanda su reina? ¿Contrabando?
—No soy pirata, señor —determina el mercader—. Soy un corsario. Es distinto. Tengo patente de corso para saquear a regañadientes. Y por lo demás, si bien el Shogun pasó a mejor vida por ser un anciano decrepito. Su hija, sigue en pie. Aún podemos convencerla. No nos conoce del todo. No entiende de nuestra causa. Que por lo demás es noble.
—Sepa usted que la nobleza y el honor son valoradas con moneras de oro por esta región —cuenta el hombre—. Kagami es una neófita. Toda escoba nueva barre bien. No le va a costar mucho trabajo. Se ha arraigado a las creencias de su padre. Pretende seguir su ejemplo, desconociendo todo lo detrás.
—El Shogun Tsurugi era un depravado de mierda que no tenía intenciones de conservar patria —describe el Agreste, soberbio—. Solo buscaba aliados y poder armamentista. Estos barbaros libran sus propias batallas, entre ellos. Con el tiempo entenderá lo atrasados que están.
—En efecto, es así —carcajea Armand, sirviendo dos copas de vino en el proceso. Una para cada uno—. Kagami-san desconoce aún que el globo es redondo y no plano o cuadrado. Sabe muy poco de todo. No tiene idea de lo que vale su tierra. Jamás a salido de este pedazo de isla mierdera.
—No vine hablar sobre Kagami Tsurugi, monsieur Armand. Es una mujer, por todos los cielos. ¿Qué puede saber una mujer? —refuta Colt, bebiendo un sorbo de su bebida—. Busco negocios. Y exterminar la plaga imperialista de los españoles y portugueses. Así que…dígame —sonríe, ignominioso— ¿Estamos listos para dominar este lejano poblado de animales?
—Más que listos, señor Fathom —dictamina D'Argencourt, artero—. Aunque déjeme manifestarle que tengo mis aprensiones sobre este errático movimiento…
—Maricón —masculle Gabriel, azorado.
—¿Disculpe? —se deshonra.
—¡De costumbre lo mismo con la religión! —vocifera el peliblanco, irritado— ¡Ustedes, hombres de hábitos con miembros impotentes y faltos de masculinidad, siempre situando trabas!
—No. Permite que se exprese en descontento, Gabi —interrumpe Colt, malogrado—. Y deja de ladrar blasfemias. Pareces un cachorro adolorido, carajo. Me provocas aversión, mierda.
—Perdón…—baja la cabeza.
—Discúlpelo. A veces mi socio comercial cae en el incauto belicoso devenir de desquitar sus frustraciones sexuales con el primer beato que pilla —comenta Fathom, humillando a su camarada—. Retomando sus inquietudes y solo para sanearlas. Aquí están las nuevas instrucciones de la reina —le entrega un documento oficial—. Quemaremos todos estos fuertes, hacia el sur. Memorice el mapa, porque no habrá otra oportunidad de actuar.
—¿Puedo conservarlo? —pregunta el monje.
—Hágalo. Tengo una copia entre mis pertenencias —esboza el inglés, sonriente—. Es ahora o nunca, Armand. Mi hijo ha ganado un importante puesto en la corte. Nos aseguraremos de que nadie más, intervenga. Ni si quiera él.
—Para mí será un honor, acabar con estos insurgentes…—asiente, triunfal.
[…]
—«No hay vida que estribe, el paso que procuramos por este mundo. Nuestras almas confluyen en aquel cosmos que encanta a dos jóvenes enamorados. Me he embriagado de tú aroma. He perdido juicio de lo moral. Luna tras luna, retozante de barruntos lascivos me invitan a desnudarte en mis sueños. Eres la cera de mi vela y yo su ardor. Impetuoso ser de alas rotas y semblante melancólico; que padece en mudez. Tus lagrimas me han traído a este lago de anhelo, decantando por mi anémica piel. Por siempre tuyo, que no exista muerte que nos aísle».
—Joder…—berrea Kang, entre lágrimas—. Es el poema más putamente hermoso que he escuchado jamás.
—No seas llorica —farfulle Fei en tono nauseabundo, estrujando el periódico entre sus dedos—. Es una porquería cursi del siglo pasado. ¿Quién podría ser tan enfermo de escribir semejantes vulgaridades?
Festival del cerezo. 20:12PM.
—¿Celosa? —bufa Couffaine, en caminata dócil por el poblado.
—Asqueada, Luka —gruñe Wu— ¿Cómo le puede conmover esto?
—¿Quién es el indolente ahora? —carcajea el noble, deteniéndose en un puesto de comidas ambulante—. No te molestes en estropear el papel. Ya tengo una copia.
—¿Acaso usted conoce al autor, mi señor? —consulta Lian, curioso.
—Ni idea —sonríe el peliazul—. Pero ¿A quién le importa ya? ¿No viste que noche es hoy? Hemos venido a ver como un par cerezos botan las hojas en una lluvia majestuosa.
—Esta nación lo ha ablandado bastante, majestad —sisea Jiao— ¿Qué pasó con su sed de venganza? Macao sigue en manos del gran Khan. Y le recuerdo que ahora los cristianos hacen de las suyas con nuestros camaradas.
—Macao seguirá siendo lo que es por la mañana, Jiao —aclara Couffaine, jocoso—. Desconéctense un poco y disfruten de la velada.
—Con todo respeto, alteza —masculle la muchacha, injuriada—. No vine hasta aquí para acompañarlo en su idílico paseo de cuento de hadas. Solo necesitaba reportarle cómo van los avances de su embarcación.
—¿Está lista ya? —examina el ojiazul.
—Casi.
—¿Entonces?
—¿Entonces, que? —redunda la pelinegra.
—Entonces. Si no vamos a zarpar esta noche —se voltea, mirándola de forma solapada— ¿Por qué tanta amargura? Relájense un rato. Despejen la mente. Es mi primera vez disfrutando un festival floral de esta índole. No pretendo desperdiciar la oportunidad.
—Suena como una quinceañera acaramelada, Couffaine. Y lo cierto es que me irrita su comportamiento —Wu suelta un graznido, chasqueando los dedos—. Nos vamos, chicos. Dejen que el principito goce de su noche de lujos. Mientras le dure…
—¿Qué les pasa a estos? —suspira el francés, azorado—. Que irónico…
—¡Luka! —chilla Juleka, en compañía de Marinette— ¡Por aquí!
—Hermanita. Qué bueno que viniste —exclama el burgués, besando el dorso de sus manos—. Dupain-Cheng.
—Buenas noches, Luka —reverencia la criada—. Lo veo más animado de lo normal ¿Qué le parece el espectáculo?
—Es una maravilla, Marinette —entona el varón, obnubilado con tantos colores y aromas—. Me atosiga de jolgorio. No recordaba cuando fue la última vez que pude deleitarme de tanta paz en el ambiente.
—Yamato promete ser una nación tranquila, a manos de Kagami —explica Marinette, contenta—. Puede recrear la vista cuanto desee.
—Sin duda lo hago. Justo ahora…—indica Luka, haciendo una pausa entre platicas—. Félix…—lo divisa a lo lejos, ruborizándose en el proceso.
—Me parece que ha encontrado la atracción principal de la noche, excelencia —bufa la peliazul, notando como su interés ha sido cautivado por la presencia lejana de Fathom—. Con Juleka tenemos pensado ir a la casa de los espejos. Si es nuevo en este tipo de celebridades, le recomiendo visitar el cerezo del templo. Se dice que puede colgar un deseo en una de sus ramas y que la diosa Amaterasu lo escuchará.
—¿Realmente concede milagros? —incursiona el muchacho.
—¿Quién sabe? —chista, divertida—. De seguro tendrá prestancia al oído de un noble como usted. Con su permiso…
Un poco más allá.
—¿Nervioso? —ríe Su Han.
—Estoy que me meo —declara Graham de Vanily.
—Te dije que fueras al baño antes de venir —rueda los ojos.
—Y ahora…me voy a cagar en corto —advierte Félix, percatándose de como Luka se acerca a él. Nervudo, simula demencia—. Te-tengo que irme…
—No irás a ningún lado, imbécil —su maestro lo retiene del brazo—. Aquí te quedas. No olvides nuestro trabajo. No vinimos a divertirnos.
—Ma-Maestro usted no lo entiende —traga saliva, el rubio—. Siento larvas de la fruta removerse entre mis tripas.
—A estas alturas, ya son mariposas —sisea el mayor, propinándole un codazo y fingiendo no enterarse de nada—. Eres el jodido Hatamoto. Como te atrevas a huir, te acusaré con Tsurugi-san.
—Es usted un bendito bastardo hijo de perra.
—Adoro cuando eres un mal hablado vulgar —chifla el calvo, retirándose solapadamente—. Ya me agradecerás después.
—Dios santo. Yo no…
—Maestro Fathom. Que placer encontrármelo esta noche tan gallarda —halaga Luka, cordial—. Me recomendaron explícitamente visitar este lugar. Mencionaron algo de…energías ancestrales o algo medio pagano. ¿Qué sabes sobre este lindo árbol?
—Bu-buenas noches, alteza —reverencia el inglés, apabullado—. Tal vez escuchó mal. Los borrachos dicen mucho por estos lados. Desconozco de tales mitos. Solo es un tronco viejo que apesta a meado de gato.
—Veo que has tenido mucho trabajo de por medio. Te noto extraviado de la fiesta —ríe Couffaine, encantado—. No te pongas tan ansioso. Los fantasmas no existen.
—Tampoco es como que crea mucho en ellos —determina el ministro—. Y con todo respeto. Estoy haciendo mi trabajo. No gozo de su misma suerte. No vine a tomar el fresco primaveral. Debo recolectar los papelitos esos que cuelgan en estas ramas.
—¿De verdad? Que coincidencia —carcajea templado el peliazul—. Estaba justamente pensando en colgar uno yo también.
—No sea infantil, por favor —masculle, avergonzado—. No crea en boberías de adolescentes…
—Que lastima. Y yo que me empeñé tanto en escribir el mío —se lo enseña entre los dedos, ocurrente—. Viene con esmero desde el fondo de mi corazón.
—¿Usted…escribió un deseo? —parpadea Félix, pasmado.
—Claro. ¿Tú no?
—No…—desvía la mirada, abochornado—. Ya le dije que no creo en estas cosas…
—Mhm…que mala suerte la mía —balbucea el regente, envolviendo el pliego en una cinta roja—. Te pido por favor seas muy cuidadoso con él al momento de sacarlo. No quisiera que se estropeara.
—¿Por qué hace esto?
—¿Por qué no hacerlo? Es el festival del cerezo.
—Ninguna deidad bajará del alto cielo a leerlo… ¿Si lo sabe?
—Lo sé —asiente, sereno.
—¿Y entonces? —lo interpela.
—¿A ti quien te dijo que quiero que sea leído por una deidad en particular? —Luka arquea una ceja, altanero—. Los tiempos apremian.
—¿Qué tiempos? Yo no-…
—¡¿Ya lo leíste?! ¡El escritor fantasma publicó un nuevo poema! —chilla una muchacha, a un costado de ambos— «Perfecta criatura de orbes añiles y nudillos de piano. Muy pronto, nada ni nadie nos desampará». ¡Kyagh! Fue corto esta vez, pero, maravilloso. Como siempre. Es tan bonito…tan romántico. Me fascina. Me he vuelto adicta a leerlo.
—¡Ay, amiga! ¡Yo también quiero que un enamorado me dedique cosas tan lindas! —brinca otra, amarrando un trozo de tela a la rama— ¡Que la diosa Amaterasu me lea esta noche!
—¡Muy pronto te casas! ¡Jajaja! —se corretean entre ambas.
—¡Si que sí!
Félix traga saliva.
—Ese escritor clandestino. Sin duda tiene más que una sola admiradora ¿No crees? —musita Luka, altivo—. Que suerte tiene su enamorada.
—O enamorado…—acota el inglés.
—Claro…—. Quien sabe, Félix. Nadie sabe para quien trabaja el amor —exhala Couffaine, obstinado—. Pero de que es motivo de inspiración para muchos, lo es. Curiosamente, se ha ganado una fama indómita nunca antes vista por estos lados. Al parecer, los japoneses no sabían lo que era el romanticismo. ¿Será una corriente netamente occidental?
—¿Lo va a colgar ya? —carraspea Graham de Vanily, aturdido. Cortando todo atisbo de incredulidad—. Se está tardando y debo atender otros encargos.
—Ya está…—sentencia el príncipe, ligando la soga entre el pliego— ¿Satisfecho?
—Lo estaré cuando baña al baño —le cambia radicalmente el tema.
—Eres pésimo mintiendo —suspira el aristocrático.
—¿Disculpe…? —Félix se reprime en su lugar.
—Luka —interrumpe Kagami de manera abrupta—. Vaya. Que sorpresa. No creí que asistiría al festival del cerezo. Como no es tradición suya, temí lo peor.
—Majestad —interviene Couffaine, en una reverencia briosa—. Para nada. Yo no…—. Félix se ha ido. Ah, mierda. ¿Por qué lo haces tan difícil…? —despabila, flaqueando— ¿Qué cosas dice? ¿Cómo no asistir? Es parte de su cultura y debo empaparme de ella.
—Me parece acorde a la ocasión —comenta Tsurugi, elevando la visual—. Y vi que colgó un deseo en el cerezo. Listón rojo ¿No? Es una petición del corazón. ¿Será que es para mí?
—Por supuesto que es para usted, Kagami —simula—. Nada me llenaría de más orgullo que pueda ser la dueña de mis sentimientos —. Es mentira.
—Es usted muy tierno —. Es mentira.
—¿Colgará el suyo también? —pregunta el varón.
—Si. Como todos los años —aclara la nipona. Listón blanco—. Vengo a pedir por salud para mi nación. Espero no le ofenda no sean los mismos objetivos.
—Para nada. Al contrario —niega, garboso—. En eso coincidimos.
—Gracias por entender. Venga conmigo —lo jala del brazo—. Demos un paseo. Quiero que los aldeanos nos vean juntos, por sobre todas las cosas. Será bueno para ellos.
—Es usted una estratega política de tomo y lomo, sin duda —acepta el europeo, correspondiendo su toque—. Estoy ansioso por nuestra boda. Es una lástima que haya tenido que posponerla.
—Luka. Si bien le comenté que la había aplazado —advierte la Shogun—. Decidí adelantarla.
—¿Cómo…? —se cohíbe ante tal revelación.
—Si —aclara—. Será este sábado. Es imperativo hacerlo, dado que me iré al norte para ayudar a mis tropas. Y no puedo dejar desamparado a mi reino en el proceso.
—Pe-pero…Kagami —balbucea Luka, desorientado—. Pe-pensé que…—. No. Puta mierda. No tendré listo mi barco para ese momento. No hay forma de poder huir. Aún faltan seis meses…
—¿Qué pasa? ¿No le gusta? —arruga las cejas.
—¡N-no! No he dicho tal cosa…—. Puta mierda. Esto no es…
—Vamos a disfrutar del festival. Luego hablaremos de las menudencias de aquello —demanda—. Levante el mentón. Saque pecho. Demuestre valor y salude a sus súbditos.
—Claro que sí, Kagami-san…
No hui ¿Ok? No soy esa clase de hombre cobarde que arteramente abandona sus malversaciones. Es solo que…
Bien. Si ya se me hace difícil poder hablarle abiertamente al hombre que declaró no amarme, cuando se lo pregunté. Verlo al lado de su futura mujer, me provocaba urticaria. No es cerote de pavor. ¿De acuerdo? Es mucho más insondable que eso. No es pasioncilla. No son inquietudes. No son diabólicas intenciones. Es dolor. Frustración; con un toque áspero de tormento. Lo que nunca antes discurrí sentir como mío. Es la perdida. Como quien regresa de una contienda; derrotado. Kagami era la ganadora de este asalto. Y yo no tenía pito que tocar en ese ambiente. Fue por eso que me resté de la escena. No porque deseara dejarlo a su merced o hubiera renunciado a su amor. Tan solo me vi desamparado en mi calidad de Hatamoto.
Me recluí en el templo, cual ladrón que hubiese cometido el peor crimen de todos. Entre lágrimas, imploré a la figura sintoísta que se alzaba frente a mí. No con la esperanza de ser oído o conseguir austera comprensión. Tan solo porque deseaba derramar mi angustia como un pueril sirviente del universo. Alguien había escuchado mis plegarias. Y no fue precisamente Amaterasu. Tenía nombre y apellido. Me tocó el hombro, regalándome el abrazo más tórrido de toda mi vida. Me dijo.
—Duele. Yo también lo viví. Pero créeme. Se puede salir de esta.
—¿Marinette…? —despabila Félix, acongojado— ¿Qué haces aquí? ¿No estabas con Juleka en la casa de los espejos?
—Al parecer no le gustó ver su reflejo y manifestó su rechazo a ella misma —aclara Dupain-Cheng, liada—. Regresó al palacio.
—Pobre chica. No comprendo cómo se puede percibir fea…
—No lo es —asevera la peliazul—. Juleka vive una realidad que ninguno de nosotros puede dimensionar. La de sopesar existir bajo la sombra de un hermano mayor con total potestad frente a su destino.
—Suena triste…
—Igual de triste que lo que te pasa, Félix —incrimina la sirvienta, sosteniendo su mirada en una mueca febril— ¿Por qué actúas así? ¿Por qué te rehúsas a corresponderle al príncipe? ¿Qué no ves que te ama…?
—¿Me ama? ¿Qué cosas dices? —niega el inglés, levantándose del suelo—. No hables de cosas que no entiendes, Marinette. Luka no ama a nadie.
—Félix, eres un testarudo. Eres tan tozudo como Adrien —ríe, acongojada—. Aunque no te culpo. Por algo son familiares.
—¿Qué insinúas?
—Lo que digo, es que-…
—¡Félix! —interrumpe Su Han, altivo—. Se acabó la noche. Es hora de bajar los lienzos del cerezo.
—De acuerdo, maestro —asiente dócilmente el rubio. Hace una pausa, separándose de la chica—. Marinette, tengo trabajo que hacer. Si me disculpas…
—¡Eres un tonto, Félix Fathom! —chilla la mujer.
—¿Cómo dices…? —parpadea, estupefacto.
—¡Lo que dije! —berrea arrojada la fémina, injuriada—. Eres un maldito idiota. Y te vas a arrepentir si no cambias de actitud.
—¿Me estás amenazando? —espeta el caucásico.
—Buenas noches —se retira.
—¡Oye! ¡Oye! —se desespera— ¡Espera! ¡Yo no-…!
—Fathom. Ahora —demanda su maestro.
—Si…maestro…
Que tan patético puedo verme farmeando mensajes de gente que no conozco, para terminar, incinerándolos en la fragua de un templo. Soy el glorioso Hatamoto. El ministro del interior. La máxima autoridad después del Shogun. Quien es, curiosamente una mujer. Kagami. Más sin embargo no tengo aprensiones hacia ella.
—Tu encárgate de los rojos y yo de los azules —manifiesta el hombre, recolectándolos dentro de una caja de madera.
—Maestro…este es…—advierte Fathom, descalabrado—. Es el de Luka. Lo he reconocido por el aroma que desprende el pliego. Huele…mucho a su perfume. Dios, me muero por saber que dice…
—¿Qué pasa? ¿Te entró el sentimentalismo ahora? —sisea Su Han—. Te recuerdo que no puedes leerlos. Quémalo rápido.
—S-si. Pero…es que…—añade, turbado—. Está bastante arrugado. ¿Puedo estirarlo al menos?
—De acuerdo. Pero hazlo rápido —exclama el mayor, apartándose hacia un costado—. Date prisa o la fragua se apaga.
Tragué saliva. La ansiedad hacía estragos en mí. Temí que me tomaría con el peor presagio del mundo. Algo así como una sentencia de muerte. ¿Pero que mierda me pasa? Marinette me ha dicho que Luka me ama. Y me ha gritado en mi cara que soy un obtuso de mierda. Los dígitos me queman. La yema de mis dedos, arden. Solapadamente deslizo el trozo de papel hacia un costado, reconociendo a la luz de vela…lo que expresa su contenido.
«Vivir y morir al lado de Félix. Para esta vida y las próximas que vengan»
¿Luka…ha escrito esto para mí? Demonios. Mi corazón comienza a dar brincos estrepitosos dentro de mi tórax. El calor aumenta de manera escandaloso. Mis mejillas se tiñen de un rojo furioso, imposible de disimular. En cuanto noto que mi maestro se aproxima a mí, lo arrojo rudamente hacia la hoguera. El fuego consume lánguidamente sus palabras, carcomiéndolo desde la esquina superior hasta convertirlo en negras cenizas. Que el universo se ampare de mí. Pues ahora, no me cabe duda de lo que siente. Tal vez yo no sea la deidad del sol. Sin embargo, en mi interior fulgura su anhelo como el astro rey de verano. Llevo la diestra a mi pecho; a la altura de mis latidos. Disfruto cada segundo de él. La forma inquieta de atiborrarme de amor. Tanto amor. Me asfixia y al mismo tiempo me trastorna. Es maravilloso…
—Mi príncipe…
—Nos vamos. Por favor limpia todo y cierra el templo —ordena el monje—. No quisiera retrasarme más de lo debido.
—Voy —despabila el inglés, ruborizado—. De-Deme un momento. Ya lo alcanzo.
Esa noche regresé a casa tan exhausto, que lo primero que hice fue tirarme de bruces contra el tatami. No sé qué tanta fuerza habré ejercido contra la madera, que logré soltar unos tablones chuecos. ¿Qué demonios? No tenía idea de que hubiera un compartimiento secreto en mi propia casa. No era nada despampanante de igual forma. Tan solo una carpeta de cuero con un par de hojas encogidas en el interior. ¿Estos documentos eran de Colt? Algunos poseían su firma. Al principio no comprendí de qué iban esas patentes ni recibos de compra. Aún continuaba navegando en el onírico mundanal placer del mensaje de Luka. Sin embargo, conforme fui avanzando más y más, la información se volvía turbia y salida de contexto. Me encontré unos planos de construcción respecto a unas iglesias. Y luego cartas, escritas por la misma Reina de Inglaterra. Me huele a muerto, todo esto.
—Por todos los cielos —murmura Félix, pasmado— ¿En qué te metiste, Colt?
Escuchar pasos fuera de la puerta, me aterró. Cogí todo tan rápido que de la impericia dejé caer un pliego. Un mapa mundi. Con trazos rojos y azules de varias rutas. La bandera de España y la bandera de Portugal, tachada en naciones con una cruz. ¿De qué va todo esto? Poseía un título en negrilla fuertemente elegante.
—«Tratado de Tordesillas» —balbucea el rubio— ¿Y esto? ¿Qué cojones es…?
—¿No te enseñaron que es de mala educación hurguetear cosas ajenas? —interrumpe Colt, haciendo ingreso a la habitación. Estira la mano—. Eso es mío. Te recomiendo devolvérmelo.
—Papá. ¿Qué estás haciendo? —lo increpa su hijo— ¿Por qué tienes esto? ¿Qué significa realmente?
—Si no quieres meterte en problemas, hazme caso —advierte el mayor, arrebatándole la carpeta de las manos—. No es de tu incumbencia.
—Con todo respeto —espeta Félix, injuriado—. No te permito que escondas cosas privadas así en mi casa. Te he dado techo y he arriesgado más que solo mi posición en la corte por ayudarte. Así que será mejor que hables ahora —añade, frunciendo el ceño—. Comienzo a pensar que la historia de hacer familiar te importa un carajo.
—Eres tan parecido a Amelie en algunas cosas, Félix —suspira el señor Fathom, malogrado—. Bien dicen que la curiosidad mató al gato. ¿Conoces el dicho?
—Lo conozco. Pero me parece impropio venir a recrear tal comparación félida conmigo, citando el carácter de mi difunta madre —lo fulmina con la mirada—. Habla ya. Soy el Hatamoto. No te confundas.
—Bueno…—expresa el mercader, tomando asiento sobre una silla cercana a la mesa de centro—. Dado que estoy dispuesto a reconstruir nuestra cercenada relación paternal, supongo que cuento con tu comprensión de hijo. Y la sensatez del ministro del interior.
—Depende. No suelo mezclar el trabajo con lo personal —repara Graham de Vanily—. Aunque agradezco que no esté mi tío presente. De alguna manera, siento que cuando el está entorpece todo entre ambos. Ciertamente no le agrado —suspira, liado—. Pero vamos, intentaré sen templado con el tema.
—No te ama, pero tampoco te odia —ríe Fathom—. Gabriel es un hábil empresario y al igual que tú, tampoco mixtura sentimentalismos con el compromiso. No hace distinciones ni si quiera con su hijo, como ya habrás notado.
—Tú tampoco, Colt.
—Así funcionan los negocios, hijo —se encoge de hombros.
—Al grano —se sienta frente a él, sirviéndole una copa de vino—. Dime qué demonios haces aquí.
—Verás —inicia el relato, de manera pausada—. El 7 de junio de 1494, los reyes españoles Isabel de Castilla y Fernando de Aragón firmaron un acuerdo con el monarca portugués Juan II. Mediante el cual se establecía una nueva división territorial en función del reciente descubrimiento de América. Lo llamaron… "El tratado de Tordesillas". Porque se acordó ahí, en ese lugar.
—¿América? —parpadea Félix, confundido— ¿Es el pedazo de tierra que no tenía color en el mapa?
—En efecto. Estuve un tiempo ahí. Sin embargo, no se compara en nada a otras naciones similares. Está plagado de tribus aborígenes muy belicosas y bastante ortodoxas —relata el empresario—. Por supuesto que la reina de Inglaterra se enteró de esto y no tardó en mover sus propios hilos. Si bien ha estado muy ocupada con territorios africanos, a ella le llama mucho la atención poder establecer una colonia en dicha porción de tierra.
—¿Eso en que te beneficia a ti?
—En mucho —agrega, bebiendo un sorbo de su brebaje—. Convocó a una serie de comerciantes de todas partes del reino. Al menos a los que tuvieran barcos disponibles con tripulación navegante. Y les entregó patentes de corso para poder asaltar en nombre de la corona, navíos enemigos. Españoles, sobre todo. Robar el oro y llevarlos de vuelta a Inglaterra. Todo hasta ahí, sonaba increíble.
—Eres un pirata —gruñe.
—No, hijo. Soy un corsario —aclara.
—Es la misma mierda —rezonga el menor—. Solo que con un título menos indigno.
—Ya. Pero ¿No dijiste que serias templado?
—Hago lo que puedo ¿Ok? Dame chance —sisea Félix, tragándose de golpe una bocanada de vino—. A ver si el alcohol me aclara la mente.
—No necesito tu modestia, Félix. Preciso que comprendas —esclarece Colt, frustrado—. Al principio pensé que solo me dedicaría a eso. Me pagaban bien por ello. Y nos beneficiaba como compañía. Sin embargo, los malditos bastardos ambiciosos no solo se repartieron esos territorios. Lo hicieron con el mundo entero. Por supuesto que nuestra reina no iba a aguantar semejante estupidez. Y dispuso en marcha un plan para evitarlo —dictamina—. Así que, en estos momentos, todo depende de tres monarcas.
—¿Qué me estás contando, Colt? —masculle el ojiverde, impactado con su relato— ¿Dices que el planeta está dividido en tres? ¿Todo el puto globo terráqueo? ¿Qué hay de la soberanía de Asia? ¿Eso a quien le pertenece?
—Japón está dentro del límite portugués —le enseña su progenitor, extendiendo el mapa por la mesa—. Y muy pronto, será tan solo una provincia más del imperio. Ya llevan un par de años aquí. Con sus iglesias paganas y sus ideas radicales.
—¿Y el gran Khan? —expone Félix— ¿Qué hay de los chinos, coreanos y mongoles?
—Una mierda. Tan solo fruslerías —se encoge de hombros, bebiendo otra copa—. A nadie le importa el maldito barbárico de Kublai. Al igual que su abuelo, Gengis. Morirá siendo lo que fue. Un amante de los caballos y follador de cerdos. Es un depravado impío.
—Esto es inaudito. Me rehúso a creerlo —el ministro se levanta, desplazándose de un lado a otro por el cuarto; en negación—. Japón es una nación soberana, digna y honorable. No hay forma de que se dobleguen a esos megalómanos europeos.
—Y los occidentales lo tienen muy en claro —arquea una ceja— ¿Por qué crees que no les han declarado la guerra abiertamente?
—Supongo que porque no son tan estúpidos. Los nipones se excluirían rotundamente a subyugarse al mandado de extranjeros —sentencia—. No tardarían en tomar las armas.
—No seas tan incrédulo, Félix. Actualmente los nipones libran sus propias batallas personales. Tontas rivalidades de territorios que, desde el exterior, solo ayudan a pavimentar el paso —explica Colt, exigiendo rellenar su copa—. Es por eso que no han intervenido de manera "directa".
—¿De qué forma podrían entonces injerirse? —consulta el rubio, rellenando su vaso de más vino—. Anda, despéjame las dudas.
—¿Te han hablado alguna vez sobre la religión? —esboza, soberbio.
—¿La religión…? —desentraña Graham de Vanily, turbado— ¿Se puede conquistar una población completa solo por un dogma de fe?
—Se han ganado batallas por menos, hijo. Si te contara lo que se hace en América ahora mismo. Te caes de culo —retoza Colt, llevando el trago a sus labios—. Ah…veo que pasar tanto tiempo en este lugar, te ha obnubilado el criterio. Y pensar que eres el ministro del interior.
—Lamento decepcionarte. No me nombraron por meritocracia. Kagami es adepta a los jaféticos —supone—. De igual forma. Eso no es tema para ti. No quiero hablarlo contigo.
—Dime una cosa, Félix. Y se honesto en esto que te pregunto ¿Quieres? —pide Colt, azorado— ¿Qué fue lo que viste del antiguo Shogun? ¿Qué historia fantasiosa te contó? ¿Qué estaba encantado con los monjes cristianos por gracia divina?
—Del antiguo Shogun, no supe más. Desde que me abandonaste aquí —descubre Félix—. Me apresaron, fui exiliado, recibí doctrinas y para cuando volví, estaba enfermo y decrepito. Murió en el sueño.
—Él era parte del plan —franquea Colt—. Firmó un documento con nosotros. En cuanto te dejé aquí, se aceró a mi para sopesar el burlado viaje. Profesaba la religión cristiana en el papel. Mas no, en la creencia misma. Quería convertirse. Fue un traidor a su nación. Se bautizó, de hecho. Disimuladamente y sin revelar nada a su linaje. Todo esto, a cambio de armamento. Poder de fuego y gloria. En son de derrotar a sus enemigos en el norte.
—Patrañas —impugna el Hatamoto, receloso—. No me lo creo. Él era sintoísta.
—Es la verdad —aclara su padre—. Portó la cruz escondida bajo sedas. Tengo testigos y documentos que lo acreditan. Si gustas-…
—No. Ya basta —desmiente Félix, acongojado—. Padre…ya es suficiente información.
—¿Que te ofende realmente? —no comprende Colt.
—A mi nada —aclara el inglés—. Es solo que…
—Que.
—No creí que estuviera involucrado en esto —berrea Félix—. Papá. Si Kagami se entera, se pondrá muy triste. Ella profesa la fe ancestral de su progenitor. Una que desconoce. Admira a su padre. Un credo de fe muy distinto. Fue cremado de hecho, bajo la misma doctrina. Y no pillamos…ninguna cruz o similares entre sus pertenencias.
—Lo lamento mucho por ella. Pero esta es la pura y santa verdad sobre mis propósitos. Por ahora —Colt se levanta, acabándose su bebida—. Será mejor que guardes silencios respecto a este tema. Bien has dicho que es delicado y no queremos un escándalo.
—¿Alguien más sabe de esto? Aparte de mi tío, claro.
—Nadie fuera de nuestro circulo —revela el señor Fathom—. Solo mis trabajadores y los religiosos de nuestro bando. Ah. Y por supuesto que algunos enemigos míos. Pero hemos sido tan discretos, que no sospechan de mis intenciones.
—Aunque no tardarán en hacerlo —añade el Hatamoto—. Si tu plan es convencer a Kagami de que expulse a los demás occidentales, pierdes tu tiempo.
—No necesito que los expulse. Solo que sepa que nosotros, somos los verdaderos salvadores de su fe —advierte—. Y que vinimos a defender su honor, aceptando en parte mis condiciones.
—Bueno. Ella está dispuesta a tener una audiencia contigo. Ya se lo comenté y accedió. Desea que le presentes a los monjes cristianos que trajeron de Venecia —sisea el rubio—. Más que nada, como una forma de concluir lo que su padre inició.
—¿En verdad hiciste eso por mí? Gracias, hijo —le endosa su progenitor, aliviado—. Sabía que podíamos contar contigo.
—Arg. Tampoco te adelantes tanto. ¿Quieres? —berrea el ojiverde, mosqueado—. Aún no estoy del todo convencido de lo que estas haciendo. Tus métodos no me agradan, Colt. De por sí, tenerte poco menos que escondido en mi casa ya es atrevido de mi parte. A quien debes agradecer, es a Tsurugi-san. Finalmente es ella quien perdón la ofensa de no ser avisada con antelación.
—Toda la razón. Que torpe —acepta, comprometido—. Y me aseguraré personalmente de pedir por su perdón hacia mis descuidos.
—De acuerdo…—exhala el menor, aunque sin lograr erradicar la desconfianza de la escena—. Prepara todo para mañana. A eso de las 15:30 en palacio. No llegues tarde.
—Vale. Ahí estaremos.
—Que descanses.
—Jm. Puede que el tonto de mi hijo aun no dimensione la importancia que tiene su cargo para esta nación —esboza el corsario, con malicia—. Aunque no me preocupa realmente ya lo que pase con él. Siempre y cuando no abra la boca, todo bien por mí.
La noche se hizo día y yo no dormí un carajo.
¿Es mi imaginación o…hace calor en este lugar? No. Creo que solo soy yo y mi sudoroso sistema nervioso, el que me mantiene con el culo humedecido contra el suelo. Ahí estábamos frente a ella. Colt, Gabriel y los tres sacerdotes cristianos. Kagami llevaba a lo menos unos diez minutos en completo silencio. Pero para mí, esos segundos eran como una hora. Paseaba los ojitos con curiosidad. Por un par de documentos sanscritos, analizando las reliquias sagradas y subjetivamente; corroborando que fueran hombres de fe y no timadores.
Finalmente, tomó uno de los textos. El mas pesado de todos. El de tapa oscura.
—¿Cómo le dicen a esto?
—Biblia, majestad —explica Colt—. Es algo así como un libro sagrado. Que contiene las doctrinas de la fe cristiana.
—Está en un idioma que no comprendo —dijo la Shogun, pasando página tras página— ¿De que me sirve tener un libro que no puedo leer?
—Podemos traducirlo para usted si gusta, excelencia —admite uno de los monjes.
—No se molesten. Tengo gente de mi plena confianza que puede hacerlo por mi —agrega Kagami, masajeando la punta de una cruz de metal—. Así que, tu dios es básicamente un hombre en tapa rabos, bien clavado a unos palos.
—Ese…es su hijo, majestad —relata Gabriel—. Un mesías, que vino a este mundo a transmitir la palabra de nuestro señor.
—¿Su hijo? —la fémina arquea una ceja, suspicaz— ¿Qué clase de padre permite que su hijo sea empalado semi desnudo a unas estacas?
—El mismo que permitiría que cometiese Seppuku (forma tradicional de suicidio asistido en Japón) —adiciona el señor Agreste—. En caso de una derrota digna.
—Ya veo. Así que dices que murió con honor entonces —alza el mentón, erguida.
—Como todo un valiente —reitera el francés.
—Sin embargo, sigue siendo un simple humano mortal. Su carne terminó podrida al sol —comenta la peliazul, paseándose por el salón con recelo—. No sé si están al tanto de nuestras tradiciones, caballeros. Pero acá, los únicos que terminan colgados a las ramas de los árboles, despojados de sus prendas de vestir y a vista y paciencia de todos, son los ladrones, violadores y traidores. No hay forma de que crea que pasó de este mundo, de manera digna. Por el contrario. Se fue humillado, vejado y lacerado.
—Le sorprendería saber que fue Jesús, quien eligió tal destino —narra el señor Fathom—. Puede que le parezca macabro. Sin embargo, consideraba que solo a través del dolor físico, podía expiar los pecados de la humanidad. Fue un mártir. Se sacrificó por todos. Por el simple hecho de amar a su pueblo. Imagino que esa clase de inmolaciones, usted las valora el doble.
—¿Tú crees en estas porquerías? —inquiere Kagami, girándose hacia su ministro—. Sé sincero.
—¿Eh? Pu-pues…yo…—Félix traga saliva, apretando puños—. Las creo, Kagami. Más eso no significa que las comparta. Como toda creencia, considero que debe ser respetada por quienes las profesas. En el Yamato de su padre, se practicaban variadas formas de sobrellevarlas. Era lo que él hubiese querido se tolerara con honradez —musita—. Mi padre y mi tío son cristianos. Sin embargo, yo no lo soy. Y aun así…yo los acepto.
—Si. Bueno. Tiene lógica —suspira la nipona, lanzándole hacia el cuerpo aquel texto—. Te encargarás de traducirme esto de una manera legible para mí. Si no puedes, le pedirás ayuda a Marinette. Me parece haberla escuchado alguna vez, hablar de tu dios.
—¿Eso quiere decir, que reconsiderará mantener nuestro acuerdo? —pregunta Colt, con audacia—. El señor Tsurugi que en paz descanse, nos otorgó libre paso para comercializar en estas tierras, a cambio de los monjes. Y también, manifestó entregarles una porción de tierra para construir una iglesia.
—Tengo que hacerlo ¿No? —espeta Tsurugi, con expresión agria—. Estoy al tanto de que actualmente, ya existen japoneses cristianos. Aunque realmente no sé de donde salieron. Yo jamás autoricé nada respecto a eso. Por supuesto mientras yo no avale, seguirán siendo lo que son. Clandestinos. Yo, soy sintoísta. Y al igual que mi honorable padre, mantendremos ese dogma de manera oficial.
—Por mi no hay problema entonces —asiente templado, el mercader inglés.
—Pueden retirarse —los despacha—. Fathom se ocupará de reubicar a los sacerdotes en un lugar limpio para pernoctar. Con alimento y baños. ¿Requieren de algo más?
—Nada por el momento, majestad —reverencia Colt, de cara al suelo—. Para nosotros significa mucho poder mantener nuestra sana relación con usted. Consideramos que estas tierras son vitales para el orden entre naciones.
—Si. Sé que se alojan en su casa. Y eso ya es bastante condescendencia para mí —gruñe, ofuscada—. No suelo aceptar intrusos en mi palacio. Considérenlo. Ahora, largo. Menos tú, Félix. Hay un asunto que deseo platicar contigo a solas.
—Nos retiramos.
—Como usted ordene, majestad —acepta, el muchacho.
[…]
—Registren cada rincón de esta pocilga —demanda Nathaniel, a sus hombres—. Pero si van a mover algo, encárguense de que todo quede en el lugar donde lo encontraron; de manera exacta. No quiero levantar sospechas de que estuvimos aquí.
A esa misma hora.
—¡Si, general! —asienten los soldados.
—Me rehúso a creer que estos tipos tienen buenas intenciones…
—¡Ministro! —advierte uno de los milicianos, destrabando un hueco bajo el entre piso—. Hemos encontrado algo aquí.
—¿Qué es? ¿Armas? ¿Drogas?
—Algo peor, señor —musita el varón, entregándole lo antagónico a la redada—. Son unos escritos en un idioma occidental. No reconozco el dialecto. Espero usted pueda traducirlos.
—Dame eso. Déjame ver —Kurtzberg relee el documento, dibujando una sonrisa triunfal entre labios—. Lo sabía. Sabía que había gato encerrado aquí. Oh, Fathom. Te acabas de quemar a lo bonzo, cabrón. Solo espera a que Kagami se entere…
[…]
—¿Me mandó a llamar, Tsurugi-san?
—¡Max! Si. Ven aquí —demanda Kagami—. Félix. Quiero que conozcas a Max Kanté. Mi ministro de relaciones exteriores. Solía ser piloto en una embarcación que encalló hace años en el puerto de Osaka y fue vendido como esclavo negro por los ingleses. Que panda de salvajes. En fin. A lo que nos convoca —exhala—. Max te mostrará los pormenores de la ceremonia. Necesito que salga perfecta.
—El ministro Kurtzberg ya aprobó el presupuesto esta mañana. Aunque un tanto a regañadientes, si me permite —relata el muchacho, entregándole los documentos—. Dice que es demasiado costoso y que nos descalfará.
—Estupideces —bufa Kagami—. Dile que por algo es el quien administra mis arcas y que deje de llorar. Es un tacaño.
—La lista de invitados la tengo ok. Ya me comuniqué con los embajadores amigos. Cerraremos el palacio y los puertos —comenta Kanté—. Nadie entra y sale sin su autorización. El sábado, será el día en que recordemos su poder y estatus frente a la nación.
—Este…amm…—Fathom no se entera del contexto a tal reunión—. Disculpen. Pero ¿De qué ceremonia estamos hablando realmente? Me perdí y no comprendo nada.
—¿Quieres que te golpee la cabeza con la biblia? —retoza la Shogun—. Despabila, Fathom. Hablamos de mi boda con Luka. ¿De qué otra ceremonia más?
—¿Co-Como dice…? —parpadea, pasmado con lo que escucha— ¿Su…boda…?
—¿Por qué pones esa cara de perro muerto? —chista la líder, sirviéndose una taza de té en el proceso—. Pareciera que recién te enteras. Te recuerdo que el príncipe Couffaine no está aquí solo de adorno.
—N-no he insinuado nada de eso, majestad. Yo solo…—Graham de Vanily traga saliva, traslucido y con expresión acongojada—. Perdone. Me-me he confundido. Es que pensé que había dicho que lo aplazaría para quizás el año entrante, incluso.
—Lo sé. Pero cambié de idea. La guerra no espera —recula la fémina—. El luto de mi padre acaba protocolarmente el miércoles de la próxima semana. Y mis enemigos no van a tardar ni un solo segundo, en contratacar. Tengo que estar en el castillo de Atsushi para el lunes en la madrugada —farfulle—. Comprenderás que, si estoy dispuesta a morir en batalla con el honor que me precede, debo dejar a alguien a cargo de mi reino. Ese, será mi esposo.
—Habla de la muerte como si fuese algo increíble de presenciar…—el rubio desvía la mirada, azorado.
—Lo es —le reprocha—. Y tú como mi Hatamoto deberías estar consciente de lo mismo. Ya que vendrás conmigo. Así que vete haciendo a la idea, Félix. Si no crees en ninguna deidad omnipotente, será mejor que busques una cuanto antes. No vaya a ser cosa que termines como ese tal Jesús —se mofa, irónica—. Entonces. Ya basta de palabrerías. Al grano. Quisiera que dos pilares de-…
Kagami y Max parecen discutir las menudencias de su jodido matrimonio, como si realmente a nadie le importara que mi vida o la suya, pendiera de un hilo. Su voz se ha diluido en el aire, apabullándose en el preámbulo de buceo bajo el mar. Ya casi, no logro escucharlos. Siento los oídos taponeados en angustia. Como si no tuviera suficiente con tener que aceptar que el amor de mi vida, se casará con otra persona. Para rematar, la guinda del pastel. Ha manifestado entregarme a la muerte cual cerdo en matadero. Una ofrenda. Eso es lo que soy. Mis sentimientos, mis anhelos, mis sueños. Nada valen para esta mujer. Ser un Hatamoto me ha condenado. Estoy atado a ella, tanto como Marinette. O como el mismo Luka. Somos títeres, de los cuales puede jalar hilos a su merced.
Me parece infame. Retorcido. A tal punto, que lo he somatizado en un dolor de estómago portentoso. En cualquier momento, vomito. O de plano me da una diarrea incontrolable. Me siento mal. Fatal. Este sábado. No queda nada para el sábado, joder. ¿Y que mierda voy a hacer al respecto? ¿Impedirlo? ¿Cómo? Negarme a dicha unión es apresurar mi prematura partida al más allá.
¿Al más allá? Lo siento como el más acá. Creo que…me voy a desmayar.
—Félix —Kagami chasquea los dedos, interrumpiendo su nauseabunda introspección— ¿Qué demonios te pasa? ¿Estás escuchándome? Te quiero concentrado. Aquí. Ahora.
—Perdóneme por favor —se excusa el inglés, descalabrado. Se toca la sien—. Es que, me duele muchísimo la cabeza. De pronto la siento explotar.
—Creo que está enfermo, maestro Fathom —advierte Max, tocando su frente—. Tiene fiebre. Y suda. ¿Será la colera? O quizás la peste.
—¿Qué carajos estás diagnosticando? —Kagami lo increpa— ¿Ahora eres doctor?
—No. Pero he atendido un par de burros en el campo —se encoge de hombros.
—Félix no es ningún equino, tarado —balbucea la soberana—. Mierda. Lo que faltaba. Llama al médico y que lo examinen. Probablemente tiene la lombriz solitaria.
—Si. Puede que tenga razón —añade Kanté, tomándose el mentón—. Por eso siempre recomiendo que hay que desparasitarse.
—Genial. Ahora pasó de burro a perro —la líder le propina un golpe en la nuca— ¡Trae al doctor!
—Oigan, por favor —intercede Félix, entre que quiere irse a la mierda y defenderse—. Ya basta. Dejen de hablar como si no estuviera presente. Solo es un malestar, es todo. Ya les dije que-…—se tambalea—. Bueno señores, fue un placer…
—¡¿Félix?!
Y así, fue como me desmayé. Bendita sea la trayectoria en la que mi costal de huesos cayó de lleno contra la punta de la mesilla. Me incrusté toda la madera en la frente y hasta ahí, llegó mi día. No sé por cuantas horas habré permanecido desmayado. Para cuando logré abrir los ojos, la presencia de un ancianito decrepito me acobardó. De un solo brinco, salté sobre las colchas. ¿Estoy en los aposentos privados de Kagami? Vaya lio armé.
—¡Joder! ¡Eso duele! —vocifera Félix, tras sentir el contacto directo del algodón con la herida abierta en su sien— ¿Vino a matarme o a curarme?
—¿Qué pasa? —ríe Kagami, festiva con su reacción— ¿Nunca viste a un doctor en tu vida?
—No. Lo siento, pero en mi nación natal tienen mala fama —confiesa Fathom, adolorido—. Los llaman "mata sanos". Y no es menor el apodo.
—Que audacia la suya en denigrar una profesión tan noble como la nuestra, maestro —le interpela el anciano—. Con razón la tasa de mortalidad en occidente es abismal.
—¿Ha estado en occidente si quiera?
—Fui instruido ahí, de hecho. Al norte de Roma —sisea el galeno, cogiendo pinzas y hierbas—. Aunque no le pediré que muestre respeto del todo. Comprendo que no esté familiarizado. En su cultura con suerte se bañan una vez cada dos semanas.
—¿Ven por qué los llaman así? Se ganaron el titulo a pulso —carraspea el inglés— ¿Pretende que me enferme?
—El baño diario no enferma a nadie, noble Hatamoto —carga la herida, en venganza.
—¡Ouch! ¡Oiga! —chilla.
—No seas puerco, Fathom —Kagami lo amonesta, empujándolo—. No me digas que no te bañas.
—Acá…no me quedó de otra —rueda los ojos, frustrado—. Por supuesto que ahora lo hago así. Respeto la nación que me da de comer.
—Mínimo —masculle la Shogun—. Como te pille sucio, te mando a hervir en agua.
—¿Usted me ha encontrado algún aroma nauseabundo en el cuerpo? —arquea una ceja, brioso. Pues sabe muy bien a que contexto se refiere.
—No lo sé. No sabría decírtelo —se encoge de hombros, restándole importancia—. No es como que esté interesada en tu anatomía.
—Chistosi-… ¡Arg! ¡Hey! —da otro salto, mosqueado—. Ya. Por favor. Solo necesito que me cure ¿Sí? No me adelante la muerte…
—Por todos los dioses, pero que llorica eres —carcajea Tsurugi, divertida—. Si tan solo fue un golpe.
—Está muy tenso señor. No deja de moverse. Y si me permite expresar en mi calidad de profesional, lo que usted necesita no es que lo cure —sugiere el octogenario—. Necesita el calor de una mujer. Tal vez si fuese visitado por alguna cortesana…
—¿Qué eres? —retoza— ¿Un médico o un proxeneta?
—¿O prefieres la compañía de un hombre? —propone la fémina, altanera.
Yo y mi gran bocota.
—¿Sabe qué? Largo —crispa el ojiverde, abochornado—. Si ya terminó, déjeme solo. Me siento mejor.
—Que insolente es —despabila el curandero, tomando todas sus cosas y largándose—. Y yo que me molesté en ayudarlo. Es peor que una mujer. Con su permiso, Kagami-san —reverencia—. Afeminado…
—¡Óigame! ¡¿Cómo me dijo?! —brama injuriado el occidental, dado que alcanzó a escuchar de refilón lo último que susurró— ¡¿Yo soy afeminado?! ¡Pues sepa que su cabello parece la cola sucia de un pony!
Cierra de un portazo. Kagami me mira absorta. Como quien descubre con extrañeza la inquietante personalidad que me cargo. Hago una pausa, soslayado.
—Perdón. Tal vez…me pasé con eso ultimo —murmura, cabizbajo.
—Si. Ciertamente lo hiciste —exhala su jefa, levantándose—. Pero reconozco que el medico también se pasó cuatro poblados con su comentario. No creo que demostrar sensibles, sea afeminado.
—¿A qué se refiere…?
—Me gusta tu forma de ser, Félix. Tú ostentas de aquel lado que yo carezco —admite la japonesa, garbosa—. Y no lo digo como una forma de humillarte a ti ni tampoco minimizarme a mí. Es un halago, más que otra cosa. Tú y yo, somos el Ying y el Yang. Complemento.
—¿Kagami realmente me ve así? Demonios. Es que, yo no…—traga saliva, aturdido—. Espero no lo esté diciendo en términos amorosos.
—¿Por qué no?
—Porque…me acaba de confesar hace un par de horas, que se va a casar con el príncipe Couffaine —delimita el varón—. No es mi intención hacerle confundir nuestra relación. Yo soy su Hatamoto. Y usted mi reina, en pocas palabras. Un servidor de la corte y la cabecilla de la misma, no pueden estar juntos.
—Lo tengo claro —inmortaliza Kagami, desplazándose hacia el balcón del cuarto—. Es por eso mismo que mi boda es con Luka y no contigo.
—¿Qué me está insinuando, majestad? —exclama Graham de Vanily, atónito— ¿Usted realmente me ve como un potencial…marido?
—¿Sabes qué? No tengo tiempo para tus inquietantes faltas de amor propio. Si tienes aprensiones sobre lo que vales, no es mi problema. Visita el templo o algo así. Capaz tu empalado amigo Jesús te ayude —Kagami lo despacha, empujándolo hoscamente hacia la puerta—. Ya vete de mi vista.
—Kagami…—repara Félix, en la entrada. Se gira, preocupado—. Si no ama a Luka. ¿A quien ama realmente? ¿A mí?
—Ja. Veo que vivir entre nobles te ha dotado de un egocentrismo vulgar, Fathom —declara Kagami, fulminándolo con la mirada—. Que hayamos tenido sexo, no significa nada realmente. Vete enterando que solo es y será eso. Sexo.
—¿Y yo soy el vulgar? —contesta, sarcástico—. Hasta la forma en la que se refiere a nuestra unión, es denigrante.
—No me hagas darle la razón al medico ¿Quieres? —desmiente—. Comportante como un hombre.
—Un cortesano, querrá decir —la interpela, ofendido—. Solo soy eso ¿No? Un concubino.
—Si. ¿Algún problema? —gruñe.
—Varios, la verdad —se niega.
—No te pedí opinión. Y no quiero escucharte reclamar nada.
—Lo siento si le ofende lo que digo. Pero no me callaré —sentencia Félix, de puños contritos—. Y hago derecho onírico de mi calidad como su Hatamoto. Me va a escuchar.
—No quiero hacerlo. No me apetece.
—Nosotros dos, intimamos. No fue solo "sexo" para mi —determina el rubio—. Y me parece sumamente relevante aclararlo aquí y ahora. Porque no permitiré que me use de esa manera. Suficiente tengo con que me quiera llevar a la muerte misma. Si realmente pretende que yo de mi vida por usted, es imperativo que zanjemos este tema.
—¿Estás sordo acaso? ¡Te dije que te largaras, mierda! —su compañera rompe en furia, transformándose radicalmente en su enemiga. Lo azota contra la pared, enajenada— ¡¿Qué carajos quieres?! ¡Habla ya! ¡Habla claro!
—¡Yo no la amo, Tsurugi-san! —grita el europeo, sin mayores miramientos—. Lo siento, pero no puedo corresponderla. Mi corazón, pertenece a alguien más ahora mismo. Y lo cierto es que, si busca hacerme su esclavo sexual, será a la fuerza. Porque bastante tengo con ser un simple peón malogrado en su tablero bizarro de ajedrez.
—¿Cómo que no me amas, bastardo mal agradecido? —exclama, injuriada.
—No. No lo hago. No como usted quisiera —la suelta violentamente, escamado—. Solo puedo profesar amor por la corona, su posición y su prestansa. Su poder. Soy su vasallo mas fiel. Su leal compañero. No obstante, en lo que a mi humanidad respecta, amo a otra persona. Como pareja y modelo a seguir.
—¿Cómo te atreves? —rumia— ¿Quién mierda es?
—No le diré —rechaza—. Mi corazón es mío. Lo único que propiamente me va quedando. Y usted no puede manipularlo.
—¡Dime ya, quien te robó el corazón! —ruge, fuera de si— ¡Dime!
—¡No lo haré, dije! —aclara estoico, el ojiverde—. Así tenga que irme a la horca por esto. Lo acepto. Y moriré honorablemente, como sus doctrinas demandan.
—¿Quieres acabar como ese tal Jesús? ¡¿Ah?! —pronuncia Kagami, iracunda— ¿Desnudo, humillado y azotado? ¡¿Clavado en un par de estacas?!
—¡Si! ¡¿Y qué?! —rebate el varón, con lágrimas en los ojos—. Al menos sabré que mi alma murió por algo mejor que solo una impúdica guerra de territorios. Seré un mártir, por este amor.
No sé que tanto le dije. Kagami, tras escuchar aquello, declinó. Casi al instante. Lo sentí como si hubiese acertado una estaca en su corazón. Directo al pecho. Sé lo que está pensando ahora mismo. Lo veo venir. No va a descansar hasta interrogarme y sacarme a la fuerza, esa información. Está al tanto de que amo a una persona en particular y que daría mi vida más que por ella. Desconozco que tanto le irrita. Si el hecho de poder profesar libre albedrio para amar, o no ostentar jurisdicción al hacer voto en carne; darle mi cuerpo a su voluntad. Pues para Kagami, yo soy su esclavo. Ya me lo dejó en claro. Su favorito a la hora de soltar hormonas. ¿Qué mierda me espera? Si he de morir por esto, es mejor que hacerlo acribillado en el norte. Me suelta, violentamente. Se separa de mí. Deambula extraviada por el cuarto.
—Me cansé de tus ambigüedades e infantiles escrúpulos —decreta—. El galeno tenia razón. Necesitas el calor de una mujer. Una buena mujer. Y ya que no te basta con el mío, porque te deshonra. Seré indulgente contigo y te otorgaré un matrimonio digno de ti.
—Kagami, yo no-…
—Te vas a casar con Juleka Couffaine —sentencia.
—¿Qué…? —parpadea, en shock.
—Lo que escuchaste. Y ya que te jactas tanto de ser mi Hatamoto —aclara la nipona—. Vas a obedecer. Mañana mismo haré publico su compromiso. Vas a honrar y darle orgullo a la familia de mi futuro marido —amplía, agotada—. Es eso. O te juro por la memoria de mi padre, que serás el próximo eunuco del palacio. ¿Algo que decir?
Es mi culpa. No debí provocarla con tanta verdad. Agacho la cabeza. Asiento. Todo sea, por mantener invicto mi amor por Luka.
—De acuerdo —reverencia Félix, tocando la frente contra el tatami del suelo—. Lo que usted ordene, Tsurugi-san. Pero sepa de plano que en cuanto me case-…
—No me interesa. Soy tu Shogun —advierte—. Es solo un papel. No creas que te vas a librar de mí. Tal y como dijiste, en efecto; Félix. Eres mi puta. Mi maldita concubina. Y si no te gusta el término del sexo, ok. Lo cambio. Lo embellezco, romantizándolo. ¿Qué te parece? "Fornicar"
—Óigame. Eso no tiene nada de lindo…
—Ya vete ¿Quieres? No aguanto ni un segundo más viéndote a la cara —se gira violentamente, alzando la mano a modo de orden—. Estúpidos hombres, son todos iguales…
Alcancé a oír eso último, con un dejo de desazón y nostalgia empírico. Kagami no estaba solo ofendida conmigo. Estaba dolida. Pues de cierta forma la había rechazado sentimentalmente hablando. Y estaba en todo su derecho de disgustarse. Aunque en mi cabeza retorica yo hubiese seguido mermado por esta cultura, no lograba concebir de que manera, acostarse con alguien podía convertirme en su esclavo. Me preguntaba si Luka sentía lo mismo. El solo imaginarlo, me acongojaba. ¿Me verá como su propiedad? Sería muy injusto. Algo de valor tengo que tener ¿No?
Genial. Ahora resulta que me acaban de comprometer a la fuerza con una señorita que apenas conozco. ¿Hasta cuando pretenden que siga jugando a estos retorcidos enmarañes del destino? En cualquier momento, voy a explotar y confesaré mis sentimientos a los cuatro vientos.
Tras salir del cuarto, noté que Nathaniel se aproximaba en dirección contraria. ¿Nuevamente tendría que aguantar sus malos tratos también? ¿Alguna pesadez?
—Si va a decirme algo respecto a-…
—No tengo ninguna trama que tratar con usted —admite el general, desplazándolo hacia un costado—. Vengo a hablar con mi Shogun. Con permiso.
¿Y eso? Bah. Raro. Aunque viniendo de alguien tan cambiante como Kurtzberg, ya nada debería sorprenderme.
—Bueno. No pretendía retenerlo tampoco —sisea Fathom—. Aunque le advierto que no está de humor para tonterías. Así que háblele con cariño.
—Créame. Lo que tengo que contarle, de seguro le arreglará el ánimo —esboza triunfal, el pelirrojo.
Que tipo tan altanero. Ni tiempo ni ganas tengo de quedarme a escucharlo. Me largué.
En el interior.
—Lo que menos quiero escuchar, son quejas sobre el presupuesto de la boda —advierte Kagami, disimulando solapadamente su frustración—. Max ya me contó que estuviste chillando como de costumbre.
—En realidad, vengo por un asunto mucho mas delicado, alteza —reverencia el varón, desentrañando un par de documentos—. Verá. Estoy al tanto de que Colt Fathom y Gabriel Agreste se reunieron con usted hoy. Sin embargo, hay algo que debo d-…—hace una pausa, callando de golpe. Algo en el semblante de su soberana, le ha preocupado—. Majestad… ¿Se encuentra bien?
—Estoy bien —refuta, resuelta— ¿Por qué no lo estaría?
—Es que…tiene los ojos un tanto hinchados —consulta el ministro, desorientado— ¿Será que estuvo llorando?
—No digas tonterías —desmiente Tsurugi, fregándose la nariz contra el puño—. Solo es alergia de primavera. Sabes que el loto me hace mal.
—No. Sin duda que lo estuvo. Se ve exactamente igual a cuando se enteró de la muerte del joven Kiyosato. ¿Podrá ser que Fathom estuvo involucrado? —frunce el ceño en respuesta, turbado—. Mi señora. ¿Acaso Félix le hizo o dijo algo que la ofendiera?
—¿Qué insinúas? —contradice la fémina, malograda—. No te vuelvas paranoico. Félix no me ha hecho nada malo.
—Bueno, quizás el no. Directamente. Pero-…
—¿Qué ibas a decirme? —le interrumpe, más calmada—. Me comentaste algo sobre los mercaderes occidentales. En efecto, estuve con ellos hoy. Me trajeron a los monjes cristianos que le prometieron a mi padre. Aunque te seré bien sincera con el tema —exhala—. No estoy interesada en tal religión. Creo que los devolveré. Y dejaré que continúen su camino.
—De acuerdo. Me parece sensato de su parte que en efecto los eche —asiente el bermejo.
—Dije que los devolveré —expone—. No que los expulsaré.
—Pues si yo fuera usted, reconsideraría incluso el hecho de dejarlos ir tan fácilmente. Porque…—le entrega una carpeta de cuero—. Mientras se encontraba en sesión con ellos, mis hombres y yo investigamos la morada en donde se alojan. Y descubrimos que-…
—¿Qué dices? Un momento —lo fulmina con la mirada, ofuscada— ¿Y a ti quien mierda te dio la orden de allanar la casa de uno de mis ministros? ¿Cómo te atreves, cabrón?
—¡N-no fue con ninguna cruel finalidad, alteza! —Nathaniel agacha la cabeza, acobardado—. Le pido por favor, me disculpe si le pareció osado de mi parte. Pero créame, lo hice con un muy buen propósito. Ya sospechaba de sus intenciones y como bien sabe, tengo un olfato para encontrar perros traidores.
—¿Traidores? ¿Dices que la familia de mi Hatamoto me quiere traicionar? —masculle Kagami, arrebatándole el documento de manera violenta—. Más te vale que tengas pruebas de lo que expones, general. Porque una acusación como esta, es gravísima —despliega los textos. Tuerce los labios. Frunce el ceño— ¿Esto que basura es? Ni si quiera sé lo que pone. No entiendo el idioma.
—Escúcheme con atención —manifiesta el varón, fustigado con la escena—. Yo, sé leer inglés. Examiné los documentos personalmente, al detalle. Y es imperioso que le tome el peso. Ya que son los planes para desbaratar a nuestra nación, desde adentro.
—¿Hablas de unos simplones comerciantes de telas desean dar un golpe a mi reinado? —lo escucha y no lo cree—. Suena ridículo.
—No del todo. Es más bien…algo así como un complot para desarticular una serie de redes, urdidas en las sombras —revela Nathaniel—. Al parecer, todo indica que el conflicto no es directamente con usted. Si no, con otros cristianos que llegaron y se instalaron en Yamato; durante el mandato de su padre. Por favor, revise la pagina cuatro —se aproxima a ella, apuntando con el dedo— ¿Ve esos dibujos? Son planos para construir iglesias por toda la región. Templos, si se quiere llamar. Y no solo eso. Este otro de acá, es un mapa detallado con las bases portuguesas y españolas. Con ordenes especificas de aniquilarlas.
—Solo son hombres de religión. ¿Señalas que están peleándose por credos y dogmas paganos? —carcajea, irónica—. Llega a parecer infantil. Es ridículo. Realmente no tengo tiempo para lidiar con esto. Si los occidentales se quieren matar entre ellos, karma suyo. Tengo mis propios conflictos personales.
—Es que no es tan simple, mi señora —añade el consejero, clavándole una mirada certera—. No sé si está al tanto. Pero alrededor del mundo, existen diferentes tipos de imperios. Cruzando mas allá del pacifico, se encuentran otros soberanos como usted, con ansias de poder y expansionismo, que ya no libras batallas en sus propias naciones. Si no, afuera. De hecho, hay cartas, firmadas por la reina de Inglaterra. ¿Conoce Inglaterra? Una isla, como nosotros. Alejada del continente —relata, apabullado—. Y si todo sale como esto indica, Colt y Gabriel trabajan para ella. En realidad, no son mercaderes. Son mercenarios. Piratas, financiados por la corona que los comanda.
—La piratería es un delito, Nathaniel.
—No para estos Ajin —niega con la cabeza—. Puede que para nosotros sea considerado algo barbárico. Pero para ellos no. Por el contrario, son pagados por esos servicios. Los contratan, para que pirateen, en nombre de su patria. Les llaman "corsarios". Y créame, es muy legal. Les entregan patentes para ejercer a voluntad.
—¿Qué clase de rey o emperador, podría ser tan desvergonzado como para permitir esta porquería? —arruga el entrecejo, colérica— ¡Son saqueadores! ¡Ladrones infames! ¡Eso es indecoroso!
—Los del tipo que no conformes con tener bajo su poder, a su propio pueblo —sentencia el funcionario—. Subyagan a otros foráneos, a someterse a la fuerza. Explotan sus riquezas, conquistan pueblos autóctonos y eliminan a quienes se les crucen si se rehúsan.
—Entonces, si todo este pútrido plan sale a la perfección —berrea Kagami, paseándose por el lugar; intranquila—. Si esta reina logra erradicar a los otros occidentales de mis tierras. Eso quiere decir, que los siguientes en la lista…
—Somos nosotros —traga saliva, timorato—. Una vez que lo consigan y usted caiga en la manipulación, es el fin. Vendrán más y más occidentales de Inglaterra y al final…—desvía la mirada—. Terminaremos siendo una colonia de ellos. Un pedazo miserable de su poder.
—¡Me rehúso! —Tsurugi da un puñetazo contra la pared, enajenada— ¡Bajo ningún maldito precepto permitiré tal amenaza! ¡Nada ni nadie puede venir a imponernos leyes que no nos corresponden!
—Hay que tomar las armas, majestad —sisea el militar, ansioso de belicoso poder—. No lo podemos aceptar. Usted es la Shogun. Nuestra única líder digna a guiarnos a la gloria.
—Gracias, general. Has servido honoríficamente a nuestro reino. No esperaba menos de ti y me siento orgullosa por ello —la nipona le pone una mano sobre el hombro derecho, audaz—. Pero ahora mismo, no quiero tomar las armas —veredicta—. Lo que voy a tomar, es otra maldita cosa…
[…]
—¡Eres un imbécil, Colt! —aúlla Gabriel, frenético— ¡¿Cómo mierda se te ocurre esconder nuestros documentos en esta pocilga?!
—¿De que pocilga hablas, hombre? Estamos en el maldito palacio de Yamato, joder —masculle Fathom, exasperado. Sus documentos, no están. Han desaparecido—. Carajo. Juré que los había dejado bien resguardados. No había forma de que los pillaran.
—¡Te lo advertí! ¡Te lo dije, idiota! —el Agreste lo empuja reciamente hacia atrás— ¡Te anticipé que no confiaras en el afeminado de Félix!
—¡Óyeme! ¡Ya basta con eso! —le impugna, espoloneandolo de vuelta— ¡Deja ya de tratarlo como si fuera una basura! ¡Ya me tienes harto con tus denigraciones! ¡Félix sería incapaz de traicionarnos!
—¡Félix es el jodido Hatamoto! —vocifera rabioso, el francés.
—¡Félix es mi hijo! —lo increpa, tomándolo del pecho con terrorismo— ¡Y por lo demás, es tu maldito sobrino! ¡Somos familia, Gabriel! ¡Creí que eras un hombre de fe! ¡¿Desde cuándo te has vuelto un puto miserable?!
—Desde que descubrí que la fiebre de Emilie no era un simple resfriado como mencionaste —el peliblanco se suelta, injuriado—. Tú me arrebataste a mi esposa. Yo confié en tu criterio.
—Serás imbécil —retoza Fathom—. Yo no maté a Emilie. La tifoidea lo hizo. Desquitarte con el primero que se te cruza, no la traerá de vuelta. Emilie está muerta, Gabriel. Asúmelo ya. De la misma forma en la que yo, admití lo de Amelie.
—Bastardo —impugna su socio—. Tú ni si quiera amabas a Amelie.
—¿Tú que mierda sabes de mis sentimientos? —lo increpa.
—Si tanto la querías —lo confronta— ¿Por qué no volviste con ella? ¿Qué hay de sus cartas?
—¡Porque no podíamos, infeliz de mierda! —Colt, exhausto de sus injurias; le propina un puñetazo certero en el rostro. La escena, se diluye en un mutismo doloroso entre ambos socios—. Parece que pasar tantos años deambulando por los caminos de la seda te pudrieron el cerebro. Te recuerdo que estuvimos presos casi seis años con los persas —agrega—. Y eso, fue culpa tuya. Si me hubieras hecho caso, jamás nos hubieran descubierto. Pero no. Tenías que intentar fugarte y arruinar todo. Sueles repetir tanto que los hombres somos maricones. Pero toda la vida te has comportado como uno. Me das asco, Gabriel.
—Tú, me das asco. ¿Y sabes qué? Ya me cansé de esta tregua absurda. En el fondo siempre nos odiamos —Gabriel le recrimina, elevando los puños—. Por eso no fuiste invitado a mi boda. Me caga que seas un vendido.
—Y a mi me caga que llores noches tras noches, el fallecimiento de tu esposa —esboza Colt, de manera socarrona—. Al menos yo tengo huevos para dejar ir personas. Tú en cambio, das pena y lastima. Ahí lo tienes. El resultado. Adrien es un don nadie. ¿Qué sigue?
—Nada —gruñe, lanzando un combo al aire—. Solo partirte la jeta ¡Y volarte la puta cara! —se abalanza sobre su contrincante.
Yo venía llegando de un día tan amargo como el té de un canelo sin azúcar. Pero claro. Ahí tenia que topármelos. A dos vejestorios maduros, peludos y con mas canas en los huevos que yo, agarrándose a piñas sobre mi piso. Por supuesto que atiné a separarlos. Aunque para nada comprometido con sus diferencias. Pues me importaban siete hectáreas de verga lo que tenían en mente. Lo único que quería, era que dejaran de llamar tanto la atención.
—¡¿Se puede saber que mierda les pasa a ustedes dos?! —chilla Félix, separándolos abruptamente— ¡Compórtense como adultos!
—Pareciera que el único mayor sensato aquí, soy yo —masculle Colt, escupiendo un gargajo de sangre en el proceso—. Gabriel no se entera de nada. Me ha partido el labio. Y sigue empecinado en preferir la violencia física antes que el dialogo ilustrado. A veces me pregunto, que mierda le vio Emilie.
—De mi esposa no vas a estar hablando, hijo de puta —chasquea, magullado de rostro y mentón.
—Ya. Suficiente —demanda Garham de Vanily. Sin contexto, le ofrece una mano—. Párese tío, por favor.
—No me toques, traidor —refuta el mayor.
—¿Traidor? —parpadea— ¿Por qué de pronto me injuria tales calumnias? ¿Que hice ahora?
—No te hagas el santo, Hatamoto —escupe de vuelta, contra sus pies—. Nuestros documentos fueron robados. Y no me cabe duda, que fuiste tú quien nos delataste de nuestros planes con esa frígida de tu líder.
—¿Qué demo-…? No —recula el ministro, ofendido—. Eso nunca. Podré ser muchas cosas. Pero insidioso jamás. Por lo demás, Kagami no es ninguna frígida. Es una mujer honorable y muy altiva.
—Que repulsión me das, Félix —ríe Gabriel—. Veo que no te tiembla el mentón para confesar que te acostaste con ella.
Les juro que no entiendo el dialecto de los hombres mundanos. No les miento. ¿Cómo es que cada vez que profeso algo estimable de alguien, se transforma en un sentimiento sexualizado? ¿En serio esto va a funcionar así? Porque de plano confieso que comienza a cabrearme. Gabriel rechaza mi ayuda. Pero contra todo pronóstico, le agarro la mano y lo levanto, casi con vehemencia. Ya me aburrieron. Voy a decir lo que pienso sobre estos comportamientos.
—Escuchen ya, sosos extranjeros de arrebatos adolescentes —manifiesta el ministro, abstraído— ¡Se van a someter al protocolo de esta nación! ¡¿Ok?! ¡No me interesa nada de lo que vinieron a hacer aquí! ¡Soy la mano derecha de Tsurugi-san! ¡¿De acuerdo?! ¡Y por ningún motivo, permito que-…
La puerta de mi casa es abatida de una patada, destrozando papel y deshaciendo ingenuos maderos. Colt, Gabriel y yo cruzamos miradas, vejados. Es Kagami en persona. Le asisten el obtuso vulnerado de poca monta de Nathaniel y más atrás, cuatro recios soldados. Que de rostros no asimilo como conocidos. Fieles conejillos de indias, pensé. Dice.
—Colt Fathom. Félix Fathom. Gabriel Agreste —sentencia el Shogun—. Quedan oficialmente arrestados, en nombre de Yamato. Serán trasladados al calabozo del palacio, interrogados y si así determino, desterrados de mis tierras —agrega— ¡Guardias! ¡Aprésenlos!
—¡¿Kagami?! ¡Espere! —batalla Félix, vulnerado— ¡¿Bajo qué cargos?!
—Traición, Félix —demanda Kagami, lacerándolo con la mirada—. Se acabó mi paciencia contigo.
—…
Esto…
Es…
Absurdo…
