—Kagami y tú eran muy unidos. Bueno, eras su Hatamoto. Imagino que la perdida te ha sentado mal.

Alguien me está hablando. Creo que es una mujer. Su voz se oye distante, en un eco reverberante.

—No te preocupes, Félix. Ya tendrás tiempo para llorarla.

Me dice un varón. Ah…que extraña sensación. Juraría que son Adrien y Marinette.

—Todo va a salir muy bien. Ya lo verás.

¿Tiempo para llorarle?

Para mí, el tiempo se ha bifurcado en dos tipos de vida. La que alguna ves tuve de guerreado samurái a su lado. Y la que estoy a punto de comenzar a vivir…

Kagami.

Yo…

Te…


Han pasado dos semanas desde que regresé a Yamato. La noticia del deceso de Kagami no apremió entre los pobladores. Quienes, afligidos, le rindieron homenaje. Tanto a ella, como a los caídos en batalla. Pues también ha sucumbido Shinji Nobutada. A lo que muchos, atribuyen un sacrificio noble y decente, digno de una gobernante. La guerra, finalmente llegó a su fin. Los territorios que se disputaron en su momento, habían retornado a sus antiguos señores feudales. Con nuevas reglas, impartidas por Tomoe. Nuevos preceptos. Sin embargo, nada muy alejado a la realidad de antaño. No volveríamos a oír la palabra "bélico" en un par de años. Ojalá, décadas de ser posible.

Mis heridas, sanan lentas y supurantes. Más no es litúrgico para dejar de lado mis labores. Sigo siendo el Hatamoto. Ahora, oficialmente de Luka. El único regente hasta que al menos la pequeña, tenga edad para gobernar. Un tema que debemos debatir en privado. Producto del origen de los gemelos.

Nos hemos dado un tiempo a solas para hablar largo y tendido, sobre cómo ocurrieron los hechos en el campo de batalla. Luka se profesa confundido. No tiene experiencia alguna en crianza de niños. No obstante, tener de nuestro lado a Marinette, amaina un poco el panorama. Lo que nos ha llevado, a reunirnos los cuatro. Incluyendo a Adrien. Tomoe ha de conocer la verdad sobre los pseudo hijos de Kagami. Y mi primo, no está dispuesto a tranzar en delegarlos nuevamente. Ha sido duro y tedioso de lidiar. Siendo el un Agreste, no dudó en adjudicarse su rol como legitimo padre. Algo que, de plano, era obvio pasaría. Nadie puede ya, cuestionar su potestad.

—Admito que la muerte de Kagami fue valiente —sisea Adrien, preocupado—. Pero no puedo evitar sentir que fue injusto de su parte. Quiero decir, ya está. Falleció. Nos ha dejado con toda la carga y el peso de una nación completa a merced. ¿Alguien aquí sabe al menos como regir el poder?

—Con todo respeto, primo —comenta Félix, observando a un extraviado Couffaine—. Luka pasó gran parte de sus años gobernando una provincia en china. Él sabe de estos temas. Además, yo también he aprendido lo suficiente como primer ministro.

—Ya. Entiendo. Pero ni si quiera tenemos un líder militar, ahora que Kurtzberg no está —exhala Agreste—. Eso es peligroso.

—Sin duda la baja del general es dolorosa y significa una perdida considerable —murmura Dupain-Cheng, cabizbaja—. Sin embargo, debemos encontrarle un reemplazo cuanto antes. No podemos caer en vulnerabilidades frente a posibles enemigos.

—Me preocupa más el tema de Mako y Hi-…quiero decir —recula Fathom—. Hugo y Louis. Tomoe necesita saber la verdad.

—Si es que ya no la sospecha —insinúa Marinette, suspicaz.

—¿Disculpa?

—Tomoe será ciega, pero tonta no es —advierte el rubio mercader—. Lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ha estado al tanto de mis constantes visitas y nuestro acercamiento. Algo debe de estar cavilando ya. Con Marinette descubrimos que varios empleados trabajan para ella de manera solapada. Le llevan y traen recuentos a sus aposentos. Es una mujer lista.

—Era de esperarse. Su hija estaba combatiendo en el norte —argumenta el inglés—. Es natural que se haya preparado para una posible traición o golpe de poder —. Todo sería muy distinto…si siguieras con vida, Kagami…

—Me temo que no confía en mi…—interrumpe Luka, de voz apabullada. Eleva la vista—. En realidad, nunca lo hizo. Siempre me tomó por debajo del hombro. Aunque no la juzgo. Siendo una mujer de su calaña y yo un afuerino…

—No es personal, Luka —repara la peliazul, liada—. Tomoe no confía en nadie. He de recordarles que nunca le gustó ni le pareció correcto ese amor o fanatismo de Kagami, por los occidentales. Era el señor Tsurugi quien la avalaba.

—¿Crees que nos eche…? —sugestiona Adrien.

—A ustedes no lo sé —manifiesta la fémina, dándose un paseo por la sala—. A mi puede que sí. Si se entera de que la engañé todos estos años, haciéndole pasar mis hijos por sus nietos.

—Te necesita —sentencia Couffaine—. Tanto a ti como a Sabrina. Requiere nodrizas y menesteres para el cuidado de la menor.

—Ni si quiera tiene nombre aún…—Agreste se toca la mejilla.

—¿Kagami no lo mencionó? —consulta el regente.

—No. Solo dijo que usted se haría cargo, majestad —retoza el británico, intranquilo—. De igual forma, yo también confío mucho en sus habilidades e ingenio para los nombres, jeje…

—No seas ridículo. Yo no sé de esas cosas —masculle el peliazul, embrollado. Se levanta y desplaza hacia el balcón—. Lamento si sueno cruel, pero no estaba en mis planes ser padre. Y estoy siendo sincero en esto, muchachos. No es lo mío. Seré pésimo. No soy un modelo a seguir de nadie.

—Luka…nadie nació sabiendo serlo. Por lo demás, no estarás solo —profesa Marinette, animada—. Te ayudaremos. En todo lo que necesites.

—No necesito la ayuda de nadie. No se ofendan, pero…—aclara, divisando al Hatamoto—. Con Félix me basta y me sobra.

—B-bueno…yo tampoco se nada sobre crianza, señor —admite abochornado, el rubio.

—Aprenderás conmigo —determina.

—Eso suena un tanto autoritario ¿No crees? —farfulle Adrien— ¿Qué tienes en mente? ¿Qué Félix haga de mamá?

—No hay madres aquí. Solo figuras paternas loables a serlo —veredicta el Shogun—. Félix conoce bien su posición aquí. No puede oponerse. Es una orden.

—…

—Te has tomado muy en serio tu nuevo papel

—Es el que debo tomar —frunce el ceño—. Y al que no le guste, las puertas del palacio son bien anchas. Pueden irse si desean. Yo no retendré a nadie.

Silencio sepulcral en el ambiente. Ok. Esta actitud tan huraña…no me lo esperaba de su parte. ¿O tal vez sí? Puede que conozca a Luka en su hábitat más humana. Sin embargo, he de reconocer que jamás le vi reinando. De ser tan déspota como se está exteriorizando ahora ¿Me habría enamorado de el de igual forma? Esperen un momento. ¿Qué clase de cosas estoy cuestionándome? No seas idiota, Félix. Despabila. Aunque no lo demuestre, lo percibo sumamente asustado. Tiene miedo. La pregunta es ¿A qué o a quién? Siendo la clase de líder que alguna vez fue, azorado por la traición y una mala jugada del destino, probablemente esté tomando resguardos, al delimitar espacios. No lo sé. Puede que lo esté pre juzgando antes de tiempo. Decidí hablar con él, luego de que los muchachos se fueran a sus recamaras.

Ya una vez a solas, con la cuna de la menor a los pies de su cama, me dice.

—Esto no va a salir bien, Félix —advierte Luka, descarriado—. Más allá de mi rol y todo lo que conlleve, Tomoe no va a permitir haber sido engañada de esta índole. Esta historia solo puede terminar de dos formas. Con mi cabeza en una estaca y todos exiliados. O simplemente todos muertos…

Lo supuse. Está aterrado —Graham de Vanily lo abraza por la espalda, afirmando dulcemente su mejilla contra su hombro— ¿Qué le pasó, alteza? ¿Acaso la guerra también le despojó de su lado más humilde?

—No fue la guerra, Félix —balbucea el mayor, de pómulos carmesí—. Fue tu ausencia. Mientras no estabas aquí, ocurrieron muchas cosas.

—Ninguna de ellas, que haya turbado su corazón, imagino —le endosa, de mirada grácil—. No olvide nuestras cartas.

—No las olvido. Jamás podría caer en semejante negligencia —asegura el gobernante, depositando un beso casto contra sus labios—. Si no hubiera sido por el amor que nos tenemos, puede que yo haya sido víctima de la locura. La promesa de volverte a ver y tener una vida juntos, me mantuvo despierto.

—Ya se lo dije, mi príncipe. Nada ni nadie nos va a separar jamás —ronronea Fathom, frotando su frente contra la suya—. No tema. Juntos, podremos con todo esto.

—Esta niña…

—Es su hija, mi señor —insiste el inglés—. No la vea con esos ojos, porque me duele. Rechazarla, es rechazarme a mí. Yo di mi vida por traerla a sus brazos. Y por lo demás, le juré a Kagami que la mantendría a salvo. Ella confiaba en nosotros. Y creyó en nuestro amor…

—Un segundo —lo aparta, pasmado— ¿Cómo dices? ¿Kagami se enteró de lo nuestro?

—Claro que sí. Al final…no pude seguir ocultándoselo. Era en vano tapar el sol con un dedo —asiente, jocoso—. De igual forma, ella lo sospechaba. En el momento en que comencé a rechazar nuestros encuentros íntimos.

—Y te perdonó la vida…

—A ambos. No iba a hacer nada al respecto ¿Sabe? No tenía como —sisea—. De todas formas, no le hacía juicio a lo sentimental. Estaba más que consciente de que su matrimonio fue arreglado. Y el que ella haya concebido un hijo suyo, fue un milagro. Producto de esa unión. Ahora es padre y yo no podría estar más orgulloso de eso.

—No quise sonar déspota ni obligarte a que me acompañaras en esta travesía. Tan solo…—desvía la mirada, apocado—. Necesitaba asegurarme. Más bien, sentirte de mi lado. Era la única forma.

—Yo no lo dejaré solo. Bien lo dijo Marinette, que en el fondo también está al tanto de nuestra relación e historia —lo jala de la manita, sentándolo sobre un par de cojines— ¿Qué ocurrió en mi ausencia que le ha perturbado la consciencia?

—Las hermanas Bourgeois estaban en Yamato. Estuvieron todo este tiempo, urdiendo en las sombras el cómo acabar conmigo —revela Luka, melancólico—. Tú puede que no lo hayas notado, pero esa chica con la que trabajaste, Zoé Lee…me contó todo. Lo peor de esto, fue enterarme de la traición de Fei. Creí que al menos ella me sería fiel. Pero mandó a asesinar a Kagami un par de veces —adiciona—. Tal y como contaste en tu carta. Sentí mucho miedo. Por unos instantes, pensé que tú también estarías de su lado y-…

—No vuelva a insinuarlo ni de broma ¿Quiere? Eso jamás. Primero muerto antes de traicionarlo —niega, injuriado—. Me alegra que al menos haya podido resolver ese tema. Sé que fue duro y lamento no haber estado aquí para colaborar. Hice lo que pude en la distancia. Pero debe dejar de lado ese temor infundado, o acabará igual que Tomoe. Lidiando con el mundo, mientras duerme con una cuchilla bajo la almohada.

—Tú presencia me calma, Félix. Me sosiega y me regresa a mi centro. No sabes lo feliz que me haces —proclama Couffaine, buscando en un abrazo jovial el calor corporal de su amante—. Contigo a mi lado, siento que nada puede darme afrenta. Ahora que me darás una mano con esta bebita, Tomoe solo será una piedra en el zapato.

—Haré todo lo que esté en mi poder, excelencia. Tiene mi palabra —asiente el rubio, arrojado—. Ahora, será mejor que vayamos a dormir. Es tarde y por la mañana, tenemos asuntos que resolver —se levanta—. Me retiraré a mis aposentos. Si me permite…

—Fathom —lo ataja del antebrazo, ruborizado—. No te vayas. Al menos esta noche, duerme conmigo…

—Si es el deseo de mi Shogun —asegura, en una sonrisa afable—. Yo encantado de complacerlo. Vamos juntos, entonces.

A Luka le va a costar un tiempo, regresar a sus cabales. De momento, me conformaré con poder aportar a la causa, dentro de mis aptitudes. Las mismas, que Kagami vio en mi al momento de hacerme su mano derecha. Tomoe era un peso gordo. Sin embargo, la salud mental de mi chico lo era aún más. Juntos, lograríamos la armonía que se requería.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

Me preguntó, ya recostado y tapado del lado derecho.

—Amelie.

—Amelie suena muy occidental —deslucida el noble—. Pero su variante en japonés, es Ame. Ese será su nombre. Si no te molesta, claro.

Se me había inflado el pecho de aire caliente. No sé si era orgullo, amor o excitación. Solo sé que me sobre estimulaba saber que había tomado en consideración el nombre de mi progenitora, para dárselo a su primigenia. Asentí, altivo. Enrojecido de cara y orejas.

—Ame está perfecto…

Solo quiero, ser feliz con este hombre. ¿Será que pido demasiado o el universo finalmente será indulgente con nosotros?

[…]

—El idiota de Félix volvió sano y salvo —berrea Fei, borboteando un trago de sake en el proceso—. Arg…carajo. Nada salió como pensé.

Casa de té del puerto. 00:12AM.

—¿No te enteras? No regresó solo —bufa Zoé, tan ebria como su camarada—. Dicen que trajo consigo a la hija de Kagami.

—¿Por qué mierda sigues hablándome? Te dije que te odiaba —la increpa Wu—. Lárgate.

—Porque me debes la vida, cabrona —la fulmina con la mirada—. Por tus descuidos tuve que inculpar a Chloé para que nos liberaran.

—¿Inculparla? Pero si tu misma dijiste que era tan responsable como nosotras, coño —rezonga, ofuscada— ¿Tú de que vas? Por lo demás —observa de reojo el local—. Ni señales de vida ha dado. ¿Es cierto que la mandaste a perderse?

—Por supuesto que no —ríe Lee, pidiendo otra ronda—. No está "perdida" como tal. Solo la envíe de vuelta a nuestra provincia.

—Provincia que le quitaste a Couffaine, por lo demás —se mofa la asiática, mosqueada—. Tienes huevos. En el sentido figurado. Bueno, entre traidores se entiende. Solo espera a que el Shogun se entere.

—Luka me tiene sin cuidado. No es de temer ya —admite la ojiazul, encogiéndose de hombros—. Ahora que sabemos de su clandestina relación homosexual, no hará nada al respecto por temor a que algo malo le pase a su querido inglés. Es Tsurugi ahora quien nos debería preocupar. Ha estado haciendo preguntas y sospecha cosas que no son de buen augurio para Yamato. Esa mujer, es peligrosa.

—Hablas como si supieras todo lo que pasa en palacio —no le cree ni madres—. La última vez que lo pisaste, fue para dormir en un calabozo.

—Es porque lo sé —manifiesta, de sonrisa soberbia—. Tengo a alguien dentro que me ha estado informando. ¿O acaso pensabas que no tomaría resguardos?

—¿Qué? ¿Cómo conseguiste que alguien te ayudara? —parpadea, estupefacta—. No te creo. Estas mintiendo. Ahí dentro todos son leales. ¿Quién sería tan estúpido de jugarles en contra?

—Alguien…—interrumpe una tercera mujer, sentándose frente a ambas—. De quien sus intereses se han visto vulnerados y pasados a llevar, sin duda.

—¿Tú quién cojones eres? —masculle Fei, de tono negativo—. Hueles a prostituta.

—Es perfume de cerezo blanco, no exageres —aclara Lila—. Un placer, unirme a ustedes.

—Esto es ridículo. No quiero tener más problemas —se resta—. Me rehúso a seguir metida en esto. Ya suficiente daño le hemos hecho a Luka.

—Tal vez si Luka hubiese sido más caballeroso como dice ser y hubiera respetado nuestro acuerdo, esto no estaría pasando —dice la morena, exigiendo una copa también—. El prometió irse y darme riquezas y un barco. Es una lástima que sufra de amnesia.

—Eres una vulgar concubina —reprocha Wu, festiva— ¿De qué más vas a estar aspirando? Estás marcada en carne, mujer. Olvídate de eso.

—No estoy haciendo nada, la verdad —resuella por la nariz—. En realidad, solo soy informante. A cambio de dinero. Ya que nadie me dará mi libertad, pretendo construirla yo misma.

—¿Piensas arrancarte? —carcajea la china—. Estás demente.

—Nunca hablé de huir —asegura la fémina, altanera—. Me iré por la puerta ancha. Con todas las regalías que el nuevo Shogun me dará.

—Tendrías que tenerlo muy de las bolas para eso, niña —gruñe la guerrera—. Que sepas que su romance con su Hatamoto ya no es valioso.

—¿Qué me dirías, si te digo que los hijos de Kagami en realidad no lo son? —espeta Rossi.

—¿Qué…? —se paraliza, estupefacta. Las mira a ambas—. Un momento. Eso se lo han inventado. No pueden ir sacándose información del culo. Es más que solo falacias o mentir. No va a resultar.

—No es calumnia. Es real —ríe Zoé por la nariz—. Entérate que los gemelos, Mako e Hiro son hijos de su meretriz personal y el primo hermano de Fathom. Adrien Agreste.

—¿Marinette Dupain-Cheng? —Fei escupe su bebida, atragantada—. Jodeme. ¿En qué momento llegamos a algo tan turbio?

—Fue idea de Kagami en todo caso. No hay que reprocharle nada a la pobre criada —esclarece la concubina—. En un palacio tan grande, con semejante dinastía, importante poder regional…eso sería un escándalo sin precedentes. Hay muchos secretos que contar.

—En parte. Porque nadie conoce realmente a los príncipes —desmiente la peliazul—. Desde que nacieron, no han salido del castillo. Por lo que su existencia, es meramente onírica. Y mientras nadie los haya visto fuera de él, el chisme no tiene validez alguna.

—No pretendemos causar problemas fuera —sentencia Bourgeois—. Es hacerlo dentro. Para que una casa caiga, debes iniciar el fuego desde la morada misma. ¿Me explico?

—Sigo sin participar. Lo siento —Fei se levanta, azotando un par de monedas sobre la mesa para pagar su parte—. No me prestaré para esta porquería. Es más que solo perjudicar a Luka o a su amante. Hay niños de por medio. Y con eso, yo no juego. Hagan la mierda que quieran. Me largo. Y no me sigan más.

Se va.

—¿Crees que habrá la boca? —sospecha Lila—. No confío en ella.

—Lo hará —asegura Zoé, tomando un sorbo de su trago—. Pero que te tenga sin cuidado. Su palabra no tiene peso. Luka ya no cree en ella. Es una traidora. En estos momentos, es Tomoe quien me tiene en ascuas.

—La tengo bajo control. Sé de buena fuente que se reunirá con ellos en el salón principal mañana —asegura la trabajadora sexual—. Pretenden contarle la verdad y adelantarse. De plano te advierto que no será fácil provocar discordia. El imbécil bueno para nada de Marc, se la pasa sumido en la bebida desde que Nathaniel no volvió. Contaba con su ayuda, pero ha decidido ignorarme —chasquea la lengua—. Habrá que descartarlo.

—Se ve que nunca te has enamorado ¿Verdad? —le interpela Lee, sujetando el peso de su mentón contra su muñeca—. No entiendes mucho sobre la pérdida de un ser amado.

—Créeme…—Rossi se acaba de sopetón su brebaje, frunciendo el ceño—. Sé perfectamente de eso…

—Imagino que, en tu rubro, más de alguna chica se ha de confundir —juguetea con su vaso.

—No me confundí. Fue real —acota, malograda—. Pero de muertos yo no hablo.

—Ya veo…—Que ilusa, llegar a enamorase de su propio amo…

[…]

—¿Y bien? Espero sea un tema a tratar de estado o de plano relevante —musita Tomoe—. No tengo toda la mañana.

Palacio real. A la mañana siguiente. 10:12AM.

Bueno. Aquí estábamos todos. Reunidos, como si de un cabildo abierto se tratase. Todo esto, claro. A portas de un juicio en donde el propio verdugo determinaría nuestro porvenir. Marinette y Adrien también se habían presentado. Junto con los menores. Hugo y Louis. Luka y yo, un poco más atrás. Dado que íbamos a permitirles contar todo sin intervenir. A menos que la ocasión lo ameritara. Luego de una extensa y letárgica platica en donde exponían su historia de vida y de plano, el juicio de una fallecida Kagami, Tomoe no emitió palabra alguna. De oyente paulatina, fue interviniendo una que otra vez en son de monosílabos esquivos. Arisca, rebatió ciertos puntos que nos parecieron lógicos de abordar. Lo cierto es que la pobre Kagami no estaba presente para hacer su voz valer. Por lo que Tsurugi-san, tendría que conformarse con un relato ecuánime poco creíble y la voluntad humanitaria de su propia hija, para cavilar un veredicto justo. Al cabo de una hora, la matriarca se levantó de su podio, asistiéndose a duras penas por un bastón endeble. De caminar ajado y actitud malograda, dijo.

—Yo ya lo sabía —determina, sin un ápice de rechazo o alegría—. No es nada nuevo para mí. No responsabilizaré a Kagami por ello, dado que fue culpa del idiota de mi yerno el no proveerla de hijos. Kiyosato Obonaga no fue precisamente el mejor partido para esta familia. Acabó sus días sumido en la bebida y murió deshonroso en el campo de batalla. Ni si quiera fue capaz de suicidarse como corresponde —agrega la mayor—. Fue un matrimonio que yo no consentí, al igual que el actual. Mi esposo, era un visionario de arraigadas inconsecuencias de cara al cambio. Prefería pensar en el viejo continente que en la isla —inquiere—. Por lo demás, con todas mis aprensiones y rechazos sobre aquellos invasores de ojos redondos, Luka Couffaine logró su objetivo. El único, para el cual debía servir. Darnos un heredero a la dinastía. Aunque me hubiera gustado que fuese una prole completa, Kagami no hubiese podido proporcionársela. La guerra no lo permitió. Sería infame de mi parte, echarle la culpa a él. En estos momentos, mi prioridad ahora es cuidar de…—acalla, liada.

—Ame —completa Luka, más atrás—. Su nombre es Ame Tsurugi.

—Ame Tsurugi —asiente—. Es un excelente nombre, Couffaine. Te lo concedo. Más no esperes que te felicite. Era tu deber.

—Lo tengo muy claro, Tsurugi-san —reverencia Couffaine, de frente al piso en una reverencia total—. Ahora que sabe la verdad sobre los gemelos, tengo pensado hacerme cargo de lleno a su crianza. Será una mujer fuerte.

—Y con un vientre que le dará muchos herederos a la familia, sin duda —sentencia Tomoe—. No podemos permitirnos dejarles esta tarea a los varones. Son flojos e impotentes. La mayoría, irresponsables. No entienden el significado de una madre. Esto no es Europa, señores.

—No lo es, Tsurugi-san —almidona Félix, al compás—. Sin embargo, queremos pedirle un último favor. Es sobre los gemelos…

—Los gemelos se criaron en el palacio. Fueron educados como nobles y recibieron una indulgente caridad de habilidades dignas de un líder —enjuicia la mujer—. No se irán a ningún lado. Deberán permanecer en el castillo, hasta la mayoría de edad. Cuando eso ocurra, los quiero generales y lideres de mis legiones. Servirán a Ame en un futuro.

—C-con todo respeto, Tsurugi-san —interviene Adrien, preocupado—. Si me permite hablar, como padre de los niños…

—¿Sí? ¿Mercader? —se voltea.

—…

He visto como el simple hecho de llamarle "mercader", ha enmudecido a mi primo hasta los huesos. Está tieso, como la greda. He recordado el por qué, todo esto ocurrió en su momento. El inicio, el meollo del asunto. El problema. Y es que mi primo, incitó a Marinette a huir. En el pasado, él fue el culpable de todo este inconveniente. Claro, no hubiera pasado si hubieran sido permitidos profesar su amor. Pero dada la naturaleza señorial de Dupain-Cheng, si Adrien aún conservaba su bendita cabeza sobre los hombros, era netamente por Kagami. Estaba claro que Tomoe lo odiaba. Más bien, lo aborrecía. Y si a mí me miraba en menos, casi como un esclavo. Imagínense a él. ¿Hay algo más bajo que un esclavo? Si. Una cucaracha. La peste o la sarna. Era lo más similar a eso. Marinette me mira por el rabillo del ojo y acota.

—Lo que Adrien intentaba decir, majestad —sisea Marinette, de rodillas contra el tatami—. Es que la voluntad de Kagami hubiese sido dejarlos con libre albedrío. Ya que ahora está al tanto de que Adrien es el verdadero progenitor, en memoria a su honor, no sería decoroso dejarlos atados al palacio.

—Nadie los ha atado, Dupain-Cheng —asegura Tsurugi—. Por el contrario. Solo dije que deben cumplir funciones. Como todos aquí presentes.

—Pero eso, sería alejarlos de su padre…

—De acuerdo. Si el tema recae sobre el comerciante francés —levanta la mano derecha, espoleándola de un lado a otro—. Que se quede en palacio. No me interesa. Siempre y cuando no te haga huir de nuevo. ¿Me asegurarías eso al menos? Ya que te veo tan afanosa por hacer realidad la memoria de mi hija.

—¡Co-con mucho gusto, Tsurugi-san! —reverencia repetidas veces, la fémina— ¡Por supuesto que no iré a ningún lado! Nada haría más feliz a nuestros hijos, que pasar tiempo con su padre. Que, por cierto, aman mucho.

—Listo. Está decidido —se marcha—. Por cierto, Couffaine.

—¿Dígame, majestad? —se da por aludido.

—Ven conmigo a mi despacho. Hay nuevos reglamentos que debemos impartir en Yamato —aclara—. Debemos subir algunos impuestos a las provincias y aclarar ciertos puntos sobre tu nuevo régimen, hasta que Ame tenga edad.

—Como usted ordene —se levanta, siguiéndola detrás de forma obediente—. La sigo…

Esto… ¿Ha salido bien? ¿Mal? ¿Peor? ¿Mejor de lo que esperaba? No lo sé. Pero ver a Marinette, Adrien y sus hijos, abrazados los cuatro…me atosiga de mucho amor. Siento algo de envidia ¿Saben? Es sana, por lo demás. Porque me hubiera encantado tener una familia así. Lastimosamente, varones entre nosotros no podemos llegar a aspirar a tales encomios. ¿O será que me estoy saltando un punto?

A eso de las 14:10PM, cuando por fin Tomoe soltó a Luka de esa tediosa reunión, regresó a la habitación con un sinfín de pliegos, documentos y carpetas bajo el ala. Sabrina estaba terminando de darle de mamar a Ame y de cierto modo, nos vimos los tres con aires de diversión. Nos reímos. Fue una escena digna de relatar. Porque no teníamos la habilidad de alimentar a la pequeña. Y aun así, nunca nos faltó ayuda. Luka dejó de lado toda clase de papeleo sobre el escritorio, se arrimó a mí y dijo.

—¿Será posible que, en algún momento, podamos alimentarla nosotros? —consultó—. Se que suena medio bizarro que lo pregunte. Pero…

—Los bebés no toman leche del busto de una mujer para siempre, shogun —determina Sabrina, briosa—. Cuando ya sea destetada, podrán darle suplementos. En Yamato hay buenos productores de vacunos y caprinos. Si lo mezclan con trigo y cebada, es suficiente para ella. ¿Está ansioso?

—De alguna forma…comienzo a tomarle gusto a la cosa —bufa Couffaine, sin quitarle los ojos de vista a Félix— ¿Qué dices? ¿Podremos?

—Usted es el Shogun, mi señor —le consciente Fathom, de mejillas carmesí—. No hay nada que no pueda hacer.

—Va a tomar la siesta ahora —advierte Raincomprix—. Luego vendré a cambiarle el pañal.

—Quiero intentarlo yo —propone el peliazul— ¿Puedo?

—Bu-bueno…de que puede, puede. Solo ¿Sabe cómo hacerlo? —balbucea la pelirroja—. Porque si tiene dudas, yo puedo asistirlo.

—Nos la ingeniaremos —proclama el noble, tomándola en brazos hasta mecerla en su regazo—. Es muy linda…

Sabrina me mira obnubilada. Yo la despacho, asintiendo con los ojos. "Anda, vete y déjanos solos". Luka necesita pasar más tiempo con su hija. A solas. Era lo que hacía falta. Sin ella en el cuarto, mi chico se explaya sin un ápice de rechazo. Por el contrario. Parece ser que realmente le gusta. Incluso la olfatea entre tanto, olisqueando su perfume de bebé. Se ve tan lindo…

—Félix. Sé que es mi hija y de Kagami. Pero…—insinúa, ruborizado— ¿Podríamos criarla como nuestra?

—¿Habla de tener una familia juntos? —redunda, entusiasmado con la idea.

—Si es así como se le puede llamar, claro…—aminora—. Nada me gustaría más, que tener una familia contigo. ¿Qué dices? ¿Te animas?

—Yo me animo a todo, majestad —se aproxima a él, agasajando las mejillas rosáceas de la pequeña—. Es su bebé, Luka. No es problema para mí, amarla como lo amo a usted.

—Te amo mucho ¿Sabes? —Luka frota su nariz contra la suya, mimoso—. Quiero que sea nuestra.

—Nuestra será entonces, mi señor…

Luka había repetido tantas veces que sería un pésimo ejemplo a seguir. Un padre desnaturalizado. Poco cariñoso. Dedicado. Lejano a lo que significaba la palabra. Pero lo cierto es que el no conocía lo que yo sí. El vivir despojado de tal imagen. Colt no pudo permanecer en mi vida como me hubiera gustado. Lo intentó, es cierto. Dentro de sus posibilidades. Al final. Estar presente para mí, convocar una guía en mi camino, inculcarme valores y aspiraciones de vida. Mi padre me trajo hasta japón. Me hizo conocer a lo que yo juraba a regañadientes, era el amor de mi vida. Me dio una familia, un trabajo, una razón del por qué luchar. ¿De qué otra forma se podía compensar su ausencia? Aún me dolía su partida. Tenerle lejos. Ahora que yo cimentaba el camino a mi propia verdad. Me hizo falta, he de reconocerlo. Como me hubiera gustado tenerlo aquí para ver, lo que yo había logrado. Con más que solo sueños en los bolsillos o voluntad. Si no, amor. Del más lozano y puritano de todos. En mis manos. Porque podía ejercerlo con atrevimiento. Con todas las de la ley. Mi shogun, me amaba. Yo a él.

Juntos, criamos a Ame. Durante los siguientes años. Nos pasamos de un lado a otro, sin separarnos de ella. Sin despegarnos ni un solo segundo. Hasta que la pequeña se hizo a la imagen de tener dos padres. Pues nos terminó llamando "papá" a ambos. Aunque con Luka el trato fuese más señorial y el mío, coloquial. Sin aspavientos, replantee la idea de haber conseguido la cúspide de la gloria. Hubo noches en las que dormíamos juntos en la misma cama. Ame entre medio de ambos. Adoraba abrazarlos, adormilado. Y sentir contra mi piel su respiración infanta, los dedos enérgicos, vigorosos de Luka. Los tres, progresamos así. Entorno a la armonía y el dialogo. Pues no había pleitos entre nosotros. Nada que no se pudiera solventar.

Hasta que Ame, finalmente cumplió 5 años. Ya hablaba, caminaba sola, se expresaba con elocuencia. Era tan inteligente. Tan altiva y con una imaginación fascinante. Se había curtido con animales de campo, las letras, los libros, los idiomas, la religión, el incauto profesar de la hambruna y los eventuales tiempos politicos. Si tan solo Kagami hubiese estado viva, no hubiera si no, admitido bondad en su corazón. Y es que nunca le ocultamos a Ame su existencia. Ella estaba muy consciente de quien fue su madre. De hecho, la visitábamos a diario en su monolito, en el cementerio real del palacio. Para ese entonces, Hugo y Louis ya eran unos lozanos muchachitos hormonales, repletos de aventuras y ensoñaciones. Tenían sus diferencias como siempre. Pero nada que Adrien o Marinette no pudieran solventar.

La guerra no tocaba la puerta de Yamato. Su Han se encargó de instruir a Ame como lo hizo conmigo. Pasaba la mayor parte del día con él. Fue lo que Luka me permitió hacer por él. De cierto modo, era propicio para nosotros. Porque cuando ella no estaba en casa, hacíamos el amor con mucha pasión. Resaltando el por qué seguíamos juntos y el cómo, nos necesitábamos. Entonces, pasó otro año. Y finalmente, la fiesta de primavera llegó. Nuestra primera fiesta juntos, con nuestra hija…

Algarabía en Yamato.

—¿Cómo va esa recolección de impuestos? —consulta Félix, rellenando su copa de vino—. Me llegó un rumor de que el distrito católico no ha querido pagar el porcentaje que acordamos. ¿Te están sobornando con algo?

—Ya. Si. Todo muy bien, Félix. Pero…—Nino brinca de su asiento, corriendo hacia la muchedumbre— ¡¿Qué hace Ame en medio del carnaval?!

—Exageras, como de costumbre —carcajea Fathom, ocurrente—. Solo está entusiasmada por los carros alegóricos. Permítele disfrutarlo.

—¡Es una princesa, amigo! —chilla Lahiffe, nervudo— ¡Los Tsurugi dependen de ella!

—Aún no respondes mi pregunta —lo ignora, pasándolo por alto—. Anda con su chaperón. Sabrina se encarga de ella. Ahora dime que cojones pasa.

—Te lo tomas muy banal…—sisea el moreno—. Como Luka se entere…

—Mi Shogun está muy ocupado presidiendo la ofrenda al templo de Inari. Te ruego no le causes más problemas. Esta noche velo yo por ella y como te dije, va acompañada —frunce el ceño.

—Félix, esto es serio —repara— ¿No temes por su vida? ¿Y si alguien intenta hacerle daño?

—¿Quién carajos querría asesinarla? Estamos en Yamato, con un demonio —brinda, ebrio— ¡Y además es el festival de primavera! ¡Los japoneses adoran ver cerezos en flor!

—Pe-pero…

—¿Me vas a contestar o debo buscarme a otro recolector? —rueda los ojos, hastiado.

—¿Estás hablando tú o es Tsurugi-san? —arquea una ceja.

—Es mi marido.

—¿Tú marido? —escupe su trago, atragantado— ¿De qué me perdí? ¿En qué momento te casaste con Luka?

—No está permitido por la tradición normativa ¿Ok? Nos unimos…espiritualmente —le enseña su argolla de oro, en el anular—. No hagas tantas preguntas. Calladito te ves más bonito.

—Ustedes perdieron la cabeza.

—Puede ser —sisea, almidonado—. Pero ese hombre me tiene vuelto loco. Yo por el me invento las reglas que quiera. Hago de la noche el día y el cielo a la tierra. Entonces —resuella— ¿Cómo vas con los católicos?

—No tienen arreglo —niega con la cabeza, derrotado—. Creo que todo se solucionaría si Luka los expulsa de Japón.

—Eso no se puede.

—Claro que se puede —apela—. Solo dile a tu "esposo" que los eche y ya.

—¿Ves? Por eso solo eres recolector de impuestos y no Shogun —ríe Graham de Vanily—. No entiendes un carajo la delicada balanza entre irse a la mierda y sacar la basura.

—Soy yo o ¿Acabas de admitir que habría una guerra por sacar católicos?

—Lo acabo de admitir. Europa se encuentra en crisis territorial ahora mismo. Pero vamos, no entiendes eso. No eres estratega —bebe otro sorbo de alcohol—. Ese es tu problema. No dimensionas los por menores. No es sencillo. Ya en el pasado mi padre se fue exiliado de esta isla por lo mismo. Así que, si sigues teniendo problemas con ellos, repórtamelo. Le prometí a Luka mantener a raya a los occidentales.

—Bueno, ya me preocupé —recorre la calle, enajenado— ¿En dónde está Ame?

—Dios…tanto melodrama —coge la botella de vino y se levanta, siguiéndolo—. Anda, busquémoslas.

[…]

—Estos globos de agua —chilla Ame, altiva—. Los quiero reventar. ¿Tengo que hacer algo?

En un puesto random.

—Nada de eso, jovencita —balbucea Lila, portando un disfraz y mascarilla—. Tan solo debes depositar una moneda en el canastillo e intentarlo.

—No traigo dinero —aclara la menor—. No lo tengo permitido. Soy una Tsurugi.

—Ándale —esboza, morbosa— ¿Qué hace una princesa sola por estos lados?

—No anda sola —aclara Sabrina, detrás. Haciendo valer su posición, interpreta rol de muralla humana—. Viene conmigo. No le va a cobrar nada a la princesa ¿O sí?

—N-no…para nada —recula, entregándole una cerbatana—. Adelante. Reviente las que guste.

—Este puesto me parece insalubre y con falta de medidas cautelares —advierte la peli naranja—. No es un buen lugar, mi damita. Busquemos otro.

—¡Pero yo quiero este! —exige.

—Deje a su majestad, expresarse mi señora —enaltece Verdi—. Será gratis y con muchas regalías.

—¿Está acaso haciendo diferencias por ser una noble? —le increpa la nodriza.

—No. Todo lo contrario —niega, suspicaz—. Solo que pueda ser ella misma, de cara a tener dos padres. Me temo que no sepa parte de su pasado.

—¿De qué pasado habla? —cuestiona la aristócrata.

—No la escuche, Ame. Es una fulana —espeta la chaperona.

—¿No se entera? —indaga la concubina, en una sonrisa maquiavélica—. Su padre le fue infiel a Kagami-san con ese rubio deslavado. Todo el mundo lo habla. Su historia es conocida en el reino. Luka Couffaine. Le dicen el "desviado".

—¿Qué injurias dice? —Tsurugi la fulmina con la mirada, absorta— ¡¿Cómo que papá es un desviado?! ¡Ellos se aman!

—No sabe la verdad…

—¡Basta! ¡Cállese! —exclama Raincomprix, jalándola del brazo— ¡Se acabó! ¡Vendrá conmigo así aun no quiera!

—¡Alto! ¡Espere! ¡Yo no-…!

Un poco más allá.

—¡Ame! ¡Señorita Ame! —la rebusca Nino, soltando vociferes— ¡¿En dónde se metió?!

—Con un demonio, Nino. No me-…—Félix hace una pausa, pasmado. Divisa a lo lejos como Sabrina discute con su hija, completamente enajenada— ¡¿Ame?!

—¡Papá! —chirrea Couffaine— ¡Una mujer dijo cosas horrendas de padre! ¡Dijo que Luka fue infiel a mamá y que todos nos odian! ¡¿Eso es verdad?!

¿Pero que mierda? ¿Quién chucha le metió estas ideas absurdas a Ame? —rebusca con la mirada entre los puestos, asistentes y comensales. No divisa a nadie extraño— ¿Quién fue? ¿Cómo era su aspecto?

—No lo sé. Llevaba disfraz y mascara —repara—. Pero fue muy insolente. ¿No es verdad, cierto?

—No lo es, tesoro. Claro que no —sentencia Graham de Vanily, injuriado. La toma en brazos—. Ven conmigo. A partir de ahora, te quedarás a mi lado.

—Te lo dije, Fathom —añade Nino, altivo—. No va a faltar el morboso. Cuídala. Aquí hay mucho enfermo.

—Ya vi…

De acuerdo. Se que admito fui ingenuo e incauto. Pero no creí que hubiera personas que supieran tanto de nuestra familia. Solo podía cavilar una cosa. Tenemos un infiltrado en palacio. Dios. En serio no pretendía preocupar a Luka. Mucho menos con estas menudencias. Pero si van a estar atacándonos a través de nuestra hija, debo tomar cartas en el asunto. Lo que menos busco es que le llenen la cabeza de caca. De mierda. De mentiras y falacias. Lastimosamente, tuve que interrumpirle en medio de su ceremonia. Lo convoqué detrás del templo, mientas Sabrina y Nino cuidaban de Ame. Se movía cual león enjaulado, de un lugar a otro. No hallaba consuelo a donde meter la cabeza. Se rascaba el mentón, donde le estaba creciendo barba. Me dice, huraño.

—Hay que cortarlo de raíz, Félix. Está claro que tenemos un traidor o traidora en nuestra propia casa —azora—. Y que va por ahí, inventando calumnias.

—¿No tiene a nadie en mente? —atosiga el rubio—. Por favor, no se mueva tanto que me pone nervioso.

—Pero estoy nervioso, amor —aclara.

—Ya sé. Pero hágame el favor de ponerse sosiego o no puedo pensar —pide—. Cuando se pasea así, me enerva.

—Perdona. Intentaré calmarme.

—Rásquese el mentón —sugiere el británico.

—Quiero coger —sentencia.

—No. Eso no —niega Félix—. Otra cosa más sentimental y acorde. Ponga de su parte. Luego podemos hacerlo.

—De acuerdo. Pensemos —reflexiona—. Mmh… ¿Qué piensas tu?

—Bueno, es solo una especulación. No digo nada ni tampoco lo asevero, pero ¿Qué hay de esa concubina? —insinúa el ojiverde—. Esa que lo visitó y que, de alguna forma, lo extorsionó en el pasado.

—¿Lila? O bueno, Iris o Césire. Ya ni sé cómo se hace llamar. Nadie sabe su nombre real —Luka se toma la cabeza, liado—. Ok. Puede ser. Es que le prometí algo de antaño y no lo cumplí.

—¿Cómo que no lo cumplió? —exhala, frustrado—. Alteza, debe comenzar a hacerse cargo de sus promesas, joder.

—Ya lo sé. De mi jurisdicción diré que en ese tiempo pretendía irme y abandonar todo.

—Gracias, que ocurrente.

—Esto es serio —refunfuña.

—Lo mío también —infla los pómulos.

—Bueno. Perdona —aminora—. Eso fue antes de darme cuenta que estaba enamorado de ti hasta las patas…

—Se lo concedo. Soy irresistible —bufa.

—No abuses —retoza.

—Disculpe. Mala idea bromear ahora —bromea.

—Félix. Si realmente Lila está atornillando para el otro lado, es imperativo atajarla a tiempo —advierte el regente—. Temo nos produzca problemas.

—Depende —sisea Fathom, paseándose cual león enjaulado—. Aún no estoy del todo claro qué papel juegan las chicas de la casa coral, en todo este entuerto.

—Por favor, no me pidas despacharlas. Sé a dónde vas o pretendes llegar —resuella Luka, malogrado—. No puedo eliminar el harem, así como así. Es tradición del palacio y parte de la dinastía real.

—Ok. Pero a mí nadie me asegura que no las esté visitando —profesa el rubio—. O de plano, ellas lo visiten en sus aposentos.

—¿Te parezco infiel? —rezonga.

—No se trata de infidelidad, majestad —aclara—. Es un tema de protocolos. Hay ciertas cosas, que deberían cambiar. Más ahora, que pernoctamos juntos.

—El hecho de que compartiéramos lecho, no quiere decir que reste a otras obligaciones de las cuales, finjo sobrellevarlas —aclara el peliazul—. Te recuerdo que Tomoe no sabe de nuestra relación.

—Ya. Pero de cara a la verdad, es momento de zanjar algunas procreativas imperiosas —atañe el británico, volteándose—. Por ejemplo, su afán por la bebida, las apuestas y pasar noches enteras en la casa de té.

—Perdóname —determina Couffaine, avergonzado—. Pero no puedo cambiar.

—Es padre ahora —recalca su camarada, afrentado—. Y Shogun, por lo demás.

—Me pides mucho.

—Yamato, le pide mucho —se encoge de hombros—. No se reste del tema. Ya le dije que no está solo.

—De acuerdo. Dejaré un poco la bebida, siempre y cuando bebas conmigo —zanja el noble—. En cuanto a la casa de té y las apuestas, las dejaré de lado. Solo dime como puedo ayudar a esto que le pasa a Ame. No quiero que nadie le envenene la cabeza.

—Es simple. Lila debe irse —añade—. En tanto usted, debe darle lo que pide. Déjela ir. El harem volverá a ser lo que siempre fue. Tranquilo y pacífico. Puede disponer de las chicas, para cuando vengan congregados.

—Lila pide muchas cosas, Félix. Dentro de su mente obtusa —farfulle—. No puedo asegurarle nada. Solo…

—Solo…—se arrima a su cónyuge, acariciando sus mejillas en el proceso—. Solo sea usted. De la forma más sana posible. ¿Ok? Convóquela mañana. Estaré ahí.

—De acuerdo…—asiente Luka, no del todo convencido.

Ya. Pero si no era yo quien le lavara el cerebro ¿Quién cojones lo haría? Mi chico era muy testarudo a la hora de tomar decisiones de estado. Lila, era parte de ese entorno hostil. En donde no se veía así mismo, libre de adjudicarse leyes o preceptos. A la mañana siguiente, Couffaine la citó en el salón principal. Le explicó los pro y contras de su determinación. Apelando a la franqueza de su idílico pasaje hacia la redención y salubridad, Luka aceptó sus demandas. Sin aspavientos, amenazas ni despojos. La dejó partir. Dotándola de un sinfín de regalías que solo eran dadivosas a un general. Tuvo que hacer una excepción. Era eso o la decapitación. Cualquiera fuese habido el encomio de Iris en palacio, se incineró en el puerto. Era más sano permitirle marcharse que otra cosa. Un peso menos encima.

Cierto tiempo después, tuvimos la suerte de conversar el tema de aquel ingenuo pueblerino que cuestionó nuestra vida, con Ame. Resultó ser, que había sido parte de una treta de Lila. Algo que ya no teníamos del cómo lidiar, resultado de su exilio. Luka supo cómo dibujar otra escena. Una que no provocara conflictos entre nosotros. Y que, de resultado, Ame no cuestionara como afrenta o injuria, hacia la memoria de su honorable madre. Kagami, era tabú. Algo así como una deidad alada. Incluso le habíamos ejercido un templo solo para ella. Con estatua y todo incluido. Era lo que Tsurugi-san exigió.

Los cerezos adornaban el paisaje con su bella flor y el aroma azucarado de sus néctares. Más aún, con todo lo hermoso de mi porvenir, por alguna razón yo no me profesaba tranquilo. A saltones me desplazaba patizambo por los recovecos de aquel castillo. Como quien espera la llegada de una tormenta de vientos huracanados. ¿Qué era lo que me robaba el sueño? Un presentimiento soporífero, de amargos venideres. Esa tarde cené con mi pareja y nuestra hija, en el jardín trasero. Había visto salir a Marinette con algo de prisa, en dirección hacia las caballerizas. Adrien iniciaba su nuevo proceso de adiestramiento, pasando tiempo de calidad con sus hijos en el Dojo.

Me pregunto si todo estará bien entre ellos. Últimamente los he apreciado distantes. Con cierto trato de lejanía. Espero que no hayan discutido.

—Mi Hatamoto anda mal del estómago o de plano no desea probar la caballa en salsa que he mandado a preparar —murmura Couffaine, borboteando un par de fideos—. Quizás ambas.

—Perdón, alteza. Solo estaba distraído —sisea Fathom, despabilando—. En realidad, el pescado está exquisito, como de costumbre.

—Papá Félix anda en las nubes. Es por la primavera —acota la pequeña—. Todos se enamoran.

—Debe de ser eso entonces —bromea el rubio, regalándole una mirada picaresca a su pareja—. Que llegan estos aires y me enamoro más y más de tu padre…

—Creí que habías dicho que las cursilerías las dejarías para la intimidad —tose el Shogun, atragantado—. Te has puesto más osado con los años.

—Ame ya tiene edad suficiente para escucharlas. No me incomoda —dice Félix, agasajando a su retoño de un afectuoso toque de mejillas—. Es mejor que nos oiga de nuestros labios, lo mucho que nos queremos y nos respetamos. Así las malas lenguas se disiparán como el aire.

—Te has dejado crecer bastante el cabello. Me gusta —halaga el ojiazul, brioso—. Ame podrá peinarte ahora.

—Al menos Félix se deja tocar la cabeza, padre —reclama la chiquilla—. Tú ni si quiera me permites olfatearla.

—Soy receloso con mi cabellera, es todo —aclara el gobernante, toqueteándose las puntas—. No olvides que debo mantenerla sedosa y extensa o no me respetarán.

—Eres un buen Shogun. Cuando crezca me aseguraré de que todos se lo dejen crecer, así como tú —ríe.

—Jajaja, no por favor —niega, divertido con su comentario—. Mi estilo debe ser único. No acepto imitaciones. ¿Luego que pensará Félix? ¿Tal vez me confunda con otro y se vaya con él? —regresa la vista hacia su camarada. Quien nuevamente, parece extraviado de la conversación. Exhala, rendido—. Aunque ahora mismo, si pareciera distraído. De acuerdo, Félix. ¿Qué sucede?

—Na-nada. Es…Marinette —advierte el inglés—. Sucede que la vi salir muy ajetreada.

—Habrá tenido asuntos que atender —le resta importancia.

—¿Fuera del palacio? —cuestiona.

—Oye, la chica también merece tener su espacio y vida social —espeta el peliazul—. La pobre se la pasó años de su juventud criando a los gemelos y encerrada bajo estas cuatro paredes. Ya no te comas la cabeza y mejor comete la comida. Se te va a enfriar.

—Creo que eso fue una orden, señor ministro —se mofa Tsurugi, jovial—. Hágalo o se quedará sin postre.

—Chistosos…—chasque la lengua.

Ya. Pero nadie me quita de encima la idea de que algo sucede entre mi primo y ella. Ahora que Iris no está, no veo el cómo podríamos estropearlo todo.

[…]

—Son solo granos de café, Fei —repara el señor Cheng, liado—. Ya hemos hablado de este tema antes. No puedes venir a recolectar el pago cuando se te antoja. Tendré el dinero a final de mes.

Casa de Té, Ashigate-Cheng. 19:50PM.

—Lo siento mucho, shifu —cuestiona Wu, mosqueada—. Pero ahora las reglas no las pongo yo. Tengo proveedores a los cuales pagarles también y ellos no se hacen esperar. No tienen la misma paciencia que nosotros.

—¿Desde cuando tienes proveedores? —sugestiona el chef, abombado—. Si toda la vida te has dedicado al contrabando. ¿Ya no robas la mercancía de los puertos de Kublai?

—Dejé de lado esa vida ilícita hace años ya —explica la asiática, sirviéndose un trago de Sake—. Decidí no meterme en más problemas. No ahora que el Shogun es Luka. Por lo demás, ese Hatamoto que tiene es un dolor de culo con el tema de los impuestos. Y yo no-…

—Tal vez hayas abandonado tus labores de traficante —interrumpe Marinette, haciendo ingreso por la puerta de tono huraño—. Pero sigues mintiendo como una alcahueta.

—¡Marinette! ¡Qué bueno que llegas! —implora el cocinero—. Fei no entiende con palabras.

—¿Tú la llamaste? —gruñe el mercader, frunciendo el ceño— ¡Gordo de mierda! ¡Siempre fuiste un mojigato!

—¡Hey! Con los gatos no te metas —le amenaza de vuelta, sacando un sartén gigante— ¡Te ganarás el odio!

—¡Me importa un pepino! —se alza, iracunda. Golpea el escritorio— ¡Págame ahora, cabrón!

—Fei. Han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos —sisea Dupain-Cheng, increpándola—. Lo mínimo que puedes hacer ahora, es comportarte descendente delante de mí.

—Encima me hablas de mentir, cuando fuiste tú quien me engañó en un comienzo —sopesa la guerrera—. Olvidas que fui yo quien les facilitó mis barcos para que huyeras con el idiota de Adrien. ¿Y al final que pasó? Mírate. Sigues aquí, vivita y coleando. Rebosante de algarabías y menesteres de una reina.

—Y te estaremos eternamente agradecidos por ello. Sin embargo, el costo que hemos tenido que pagar es elevado —espeta, de rostro compungido—. Me enteré. Tarde, pero lo hice. Que conspiraste en contra de Luka. Peor aún, en contra de Kagami cuando estaba en vida. Quisiste asesinarla, mandando a tus matones.

—Bah. Menudencias solamente —Fei se encoge de hombros, arisca— ¿No te enteras? Los cerezos están en flor. Ya hace mucho tiempo que Couffaine me perdonó la vida. Hubo un juicio y se encontró a la responsable. Fin del tema, Marinette. No vivas de rencores.

—Al contrario. La que vive de eso eres tú —masculle Marinette, sentándose frente a ella para acompañarle en su bebida—. Te has estado adjudicando dolos que no son nuestros, para extorsionar a mi tío por aquel favor que nos hiciste. Así que aproveché la oportunidad de venir a aclarar esto personalmente contigo.

—Sigue siendo un gordo de mierda…—farfulle.

—Fei…—suspira, preocupada—. Ya que has mencionado haber cambiado de rumbo y mejorado tu vida. Te ruego ya no martirices a Wang. Si hay alguna deuda que se deba, la pagaré yo de mi bolsillo. Pero a cambio, te pediré que dejes hasta aquí el comercio con él. Ya no requerimos de tu cargamento.

—Espera, sobrina. Eso suena un tanto apresurado —resuella acobardado, Wang—. No tenemos quien nos suministre a ese precio ni con esa calidad, los granos.

—Descuida, tío Wang —asegura su familiar—. Hablaremos con el Hatamoto. El nos dará una mano amiga.

—Otra vez ese cochino ministro —berrea Wu, irascible—. Siempre metiéndose donde no lo llaman y haciendo favores corruptos. Escuchar su nombre me da nauseas.

—Veo que tu odio hacia Félix es más que simple garabato a su posición —propone la ojiazul, de ceja arqueada— ¿Qué pasa? ¿Los rumores eran ciertos? ¿Estabas enamorada de Luka?

—Falacias. Yo a Luka solo lo admiraba ¿Ok? —sentencia, injuriada—. El tarado prometió recuperar Macao. Mi tierra natal. Tiró todo por la borda por ese inglés mierdoso. Mi odio es más bien político. La que estaba enamorada de él, eran las hermanitas Bourgeois. Que desde ya te digo, hasta el último minuto nunca dejaron de hinchar las pelotas.

—Tú sabes en donde está Zoé ¿Verdad? No. Mejor dicho —expresa—. Chloé.

—…

Silencio sepulcral en el ambiente. Fei hace amago de duda, rellenando su tazón de alcohol. Lo degusta, con el semblante extraviado.

—Ni, aunque lo supiera, te lo diría —chasquea la lengua—. No eres mi amiga.

—Tal vez no ahora. Pero en el pasado lo fuimos —le recuerda.

—Tienes imaginación, Marinette —lo niega.

—Y tú mucha rabia acumulada. Pero lo entiendo y no te juzgo por ello. Tus planes no salieron bien y Macao sigue en manos enemigas —relata la sirvienta—. Sin embargo, si realmente pretendes llevar una vida pacifica, sin odiosidades con el mundo, te recomendaría que me contaras sobre su paradero.

—¿Para qué?

—Para poder tomar cartas en el asunto de una buena vez.

—Se ve un tanto bizarro todo esto ¿Sabes? Quiero decir —sugestiona, incauta— ¿Qué hace la criada de los Tsurugi, preocupada por unas afuerinas? ¿Eso no se supone es trabajo del Shogun y compañía?

—Son mi familia ahora. Debo protegerlos a como dé lugar. Tú ya me conoces —revela, de sonrisa ladina—. Créelo o no, Félix y Luka se la jugaron por nosotros. Por mí y por Adrien. Por nuestros hijos. Así como ellos velaron por nuestra paz, mi deber es hacer lo mismo de vuelta. Se los debo. Son una familia atípica, lo sé. Pero se aman de verdad. Merecen ser felices…

—Lo de los gemelos era real. Joder, que melodrama —se burla.

—No me cambies el tema, por favor.

—Escucha. No tengo por qué ayudarte ¿Bien? No te debo nada —amaina Fei, torciendo los labios en un mohín incomodo—. Ni tampoco resultamos ser las estupendas amigas que creímos. No obstante, tienes un punto que a mi si me incumbe. Y es mantener la paz en Yamato. Si este reino prospera, lo hacen los negocios. Así que sumando y restando, me conviene. Nada más que eso.

—Fei, en verdad no hace falta que te tomes todo de esta forma —profesa Marinette, cabizbaja—. Yo no-…

—Zoé se oculta en el distrito de los jesuitas —revela finalmente, ahogándose en otro tazón de licor—. La muy pilla sabe que, hasta cierto punto, la guardia real no se mete con los cristianos. Lleva un par de años ahí. Aunque no sé realmente que esté tramando. Pero seguro es grande —añade—. Si hubiese finalizado sus asuntos por acá, ya se hubiera largado de la isla. En cuanto a Chloé, regresó a Macao. No la verán por acá y no será problemas.

—Que astuta fue al involucrarse con los hombres de fe occidentales —recula Marinette, tocándose el mentón con jactancia—. No será fácil hacerla salir. Ni mucho menos, es fácil poder entrar.

—¿No dijiste que le pedirías ayuda a tu querido Hatamoto? —rueda los ojos, irónica—. Veo que incluso para ustedes, se les complica la cosa.

—La cuestión no es simple. Es un tema que Félix intenta tratar, pero Luka se lo impide —esclarece Dupain-Cheng, mermada—. Si fuese por Tomoe, hace tiempo los hubiera expulsado. Desde que el general Kurtzberg no está, todo se ha puesto cuesta arriba. Más que mal, era el ministro de economía. Y he escuchado de Nino, que no están pagando lo que deberían.

—Tal vez, si hablaras directamente con el muchacho, podrían convencerlo de retomar sus funciones —se encoge de hombros—. Digo yo, no más. Es una sugerencia.

—Un segundo. ¿Cómo que hablar con él? —parpadea, absorta— ¿Nathaniel sigue con vida?

—¿Te impresiona? Muy bonito funeral le hicieron, por cierto —se ríe, jocosa—. Pero era ilógico asumir que murió, si nunca encontraron su cuerpo.

—¿Y por qué carajo no ha regresado al palacio? Demonios. Que irresponsable —farfulle, molesta—. Si tan solo supiera lo mucho que le ha llorado Marc. El pobre aún no logra recuperarse de la perdida.

—No sé si no estás al tanto de las tradiciones de este reino, Marinette —azora la comerciante—. Pero te recuerdo, que en japón no se estila volver derrotado de una batalla. O mueres en ella por tu enemigo, o por tu propio filo. Nathaniel no tuvo opción. Fue estratégico, por lo demás. No todo se trata de amoríos.

—Imagino que también sabes en donde está.

—No es un secreto a voces. Es sabido por los campesinos —añade, templada—. Vive retirado en el distrito oeste. Aunque créeme, no lo reconocerías si lo vieras. Se dejó crecer la barba, cojea y hasta se cortó el moño para fingir ser extranjero indocumentado. Lo acogieron unos monjes sintoístas. Me enteré que seguía con vida solamente por una casualidad —se levanta, dando por finalizada la visita—. Esos sujetos crían ganado de cordero. Una carne cara y fina para el paladar. Se la pasa pastoreando a los pies de una montaña. Buena suerte con eso.

—¿A dónde vas?

—¿A dónde más? —se rasca la nuca, liada—. A usar mis dotes del engaño, supongo. Mentirles a mis proveedores de que tendrán que esperar hasta final de mes, para su pago. Ya es nato en mí.

—Fei, si necesitas algo. Lo que sea. Una mínima ayuda. No dudes en pedírmela —asegura Marinette, garbosa—. Quiero que sepas, que tu información ha sido valio-…

—No me interesa —contesta Wu, hinchada de vanidad—. Pero gracias por la intención. Regresaré el 30. Adiós.

Una vez a solas.

—Marinette, lo que Fei contó es serio —musita Wang, imperioso—. Debes tomar con cuidado esta información. Lo cierto es que tiene razón en dos puntos. El de Nathaniel y el de Zoé. En ambos casos, podrías generar un conflicto mayor.

—Lo que menos quiero, es provocar una guerra de nuevo —azora Dupain-Cheng, descalabrada—. Ahora solo tengo que hablar con Luka y Félix. Y ver la mejor manera…de abordar esto y solucionarlo a la brevedad posible.

—Cuentas conmigo para lo que gustes. Y gracias, por haber venido.

—Descuida, Tío. Para mí nunca será una molestia —asiente, sonriente—. Por cierto, Adrien te manda saludos y cariños.

—¿Es cierto lo que le dijiste? —examina, tocando su hombro— ¿Qué las cosas están increíbles entre ustedes?

—N-no…no del todo. O al menos, no como me encantaría asumir —exhala, frustrada—. Viviendo con Adrien hemos tenido un par de diferencias que no sé cómo sobrellevar. Sobre todo, con la crianza de los gemelos. En parte, es natural ¿Sabes? Siempre soñamos con estar juntos. Y vivíamos en torno a una idílica relación de cuento de hadas. Pero nunca llegamos a tocar temas ásperos o amargos de apreciar.

—Confío en que encontrarás sabiduría para solucionarlos —la abraza, meloso—. Adrien te ama muchísimo, Marinette. No hubo un solo día, en que pensara renunciar a ti. Han alcanzado tanto juntos, que estoy seguro sabrás enmendarlo todo. Solo no olviden hablar desde el corazón y el cariño que se tienen.

—Gracias, Tío Wang. Lo haré…—corresponde el gesto, mimosa—. Además, los cerezos están en flor. Es la temporada perfecta para agasajarse. Se huele en el aire.

[…]

—¿Nathaniel sigue con vida? —rezonga Luka, molesto—. Esto es un maldito bulo. No me lo creo. Que falta de respeto.

De regreso al palacio. Despacho del Shogun. 22:15PM.

—Perdón. Sé que quizás no debí involucrarme por mi cuenta sin antes consultarlo contigo —declara Marinette, jugueteando con la costura de su kimono de manera aprensiva—. Sin embargo, no tuve más opciones. Era eso o dejarme llevar por ácidos rumores mal intencionados. Y ya vi lo que pasa cuando terceros se meten a envenenar la mente —adiciona—. Supe lo de Ame con Iris. No quiero que se repita.

—Hiciste bien, Marinette. No te límites a nada —menciona el Hatamoto, de espalda contra la pared y pipa en mano—. De Nathaniel puedo encargarme yo. Su posición es un asunto de estado que debo trabajar como mi cargo lo impone. Lo que me preocupa realmente es la presencia de Zoé aún en Yamato. ¿Por qué demonios no se va y ya?

—Lo mismo me pregunto yo, cariño —sisea Couffaine, reflexivo—. Iris ya no está. Chloé tampoco. Fei no la apoya. Ya no tiene nada ni a nadie. ¿Qué pretende?

—Zoé no está actuando sola. Si se ha agazapado en el distrito de los jesuitas, me temo no sea sencillo hacerla salir sin generar conflictos —señala la fémina—. No olviden que los cristianos tienen sus propios códigos. Su fe y doctrina, los impulsa a prestarle cobijo al prójimo. Al más desamparado. En nombre de su dios.

—Esa mujer lo que menos tiene, es desamparo —gruñe el Shogun, ofuscado—. Se la ha pasado dando problemas por mera entretención. Nunca debí perdonarle la vida.

—Tampoco se lamente ser indulgente o compasivo, majestad —advierte Fathom, compartiendo su moción—. Ha sido lo suficientemente noble con la familia Bourgeois. De paso, le ahorró un problema a Kagami. Actuaba bajo su moral.

—Lo sé. Pero ya no puedo seguir dándome el lujo de desperdiciar "moralidades" bajo un manto ennegrecido por la morbosidad de esa mujer —refuta Luka—. Marinette actuó correctamente. Es imperativo cortar esto de raíz y ya sacarla de mi reino. ¿Qué sugieren?

—De momento, repartirnos las tareas —relata Graham de Vanily—. Yo me encargo del general. Pero usted tendrá que hacer algo al respecto con Lee. No puedo intervenir con los cristianos. Nino incluso me ha comentado que se rehúsan a pagar los impuestos como los demás ciudadanos. Eso es algo que solo el Shogun puede impartir con autoridad.

—Tener tanto poder en la palma de mi mano, me sobrepasa de vez en cuando —cuenta el peliazul, decaído—. Créanme, no es fácil. Si no fuera porque los tengo a ustedes de consejeros, quizás cuantas cosas estúpidas hubiera hecho ya.

—Ya nada es tonto, si se trata de proteger a la familia y resguardar el territorio que vehementemente posee —expresa el británico, de sonrisa frugal—. Gracias por todo, Marinette. Lo hablaremos con mi marido. Te contaremos los avances.

—No. Gracias a ustedes —reverencia, retirándose hacia la puerta—. Buenas noches. Descansen.

Luka se resta de la escena una vez nos hallamos solos. Prefiere contemplar los nenúfares del estanque, que mi rostro. Pero no es algo grave. A veces suele hacer eso, cuando una idea nociva lo abruma. Le acerco mi pipa, ofreciéndole el cigarrillo que aún permanece encendido. Fuma un poco. Me besa la frente y dice.

—Solo quiero proteger a Ame.

—Ahora es mi príncipe el que se ve distraído —murmura Félix, ejerciendo su labor de consejero—. No pierda el rumbo. Yo sigo aquí.

—Tus palabras siempre consiguen sosegar mi tormento, Félix —suspira el noble, de pómulos carmesí—. No sé qué sería de mí, sin aquellos versos.

—Veo que leyó mi carta esta mañana.

—Una muy bonita, por lo demás —atesora, volteándose a verle—. Es lo que más me gusta de estar contigo. Que no importa los años que pasen o que tanto hagamos juntos, nunca pierdes ese toque de romanticismo. Te las ingenias para seguir enamorándome como un crio.

—Usted no se queda atrás, majestad —testifica su camarada, resuelto— ¿Acaso olvida esa linda canción que me dedicó la otra noche en el Shamisen? No sabía que tenía dotes para la música.

—Ni yo. Lo cierto es que estaba incursionando en ella y me salió por añadidura —asegura el regente, de rostro almidonado—. Creo que descubrí talentos ocultos para los enseres.

—Mucho tocar instrumentos y poco tocarme a mi —ríe, juguetón—. Ya va haciendo un par de semanas ¿No?

—Que exagerado, solo han pasado tres días desde la última vez —bufa Luka de vuelta, sujetándole por la cintura con intencionalidad— ¿Te ha gustado? No me dijiste nada sobre lo del manantial.

—Ha estado bien —susurra Félix, bromeando con sus hebras añiles—. Aún no me acostumbro eso sí, a intimar en el agua. Pero no me ha desagradado. Por el contrario, me estimula muchísimo.

—Hay que seguir probando nuevas cosas. Aunque ahora estamos en casa —observa el despacho, con altivez— ¿Te parece bien el escritorio?

—¿Otra vez? —infla los mofletes, cual niño mimado—. Siempre que lo visito en horario laboral, lo hacemos ahí. Deberíamos organizar un viaje juntos.

—¿Un viaje? ¿A dónde? —profesa, preocupado—. Sabes que no puedo dejar Yamato por mucho tiempo. No ahora que Zoé sigue rondándonos.

—Zoé lleva años, aquí. Yamato no irá a ningún lado y sus enemigos coterráneos están bajo tierra —sugiere, meticuloso—. Yo propongo un viaje, como de vacaciones. Solitos, los dos. Lo noto estresado últimamente y con muchos quehaceres. Permítame complacerle como le gusta. Puedo organizarlo.

—Habrá que aprovechar los cerezos entonces —soluciona Couffaine, lozano.

De acuerdo. Estaba consciente de que teníamos asuntos graves que resolver. Pero de momento, darnos un espacio para recrear la vista y afiatar nuestro vinculo, no me parecía enajenado. Era una excelente idea. Puesto que pasar tantos años, enfocados en la crianza de Ame nos había restado tiempo de calidad entre nosotros. No se me hizo problema organizar todo. Tan solo sería una semana nada más. Posponer algunas reuniones, aplazar encargos y dictámenes. Lo conversé con Adrien. Él se mostró afanoso de apoyar la idea. Me confesó estar dispuesto a cubrirnos, ejerciendo atrevimiento de quehaceres insubstanciales. Haciéndose cargo de aquello, hasta nuestro regreso.

Armamos morrales, ensillamos dos caballos y nos largamos con lo puesto. Sin escoltas. Sin soldados. Como dos plebeyos mundanos. Aunque no sin antes, despedirnos de nuestra hija por supuesto. Debía estar al tanto de esta incursión. Galopamos esa mañana por las estepas de Kamakura. Pasando riachuelos, bosques repletos de templos, peregrinaje y campos de cultivo. La primera noche, no nos complicó dormir en la intemperie. En el fondo, lo que menos queríamos era cerrar los ojos. No estábamos buscando sueños reparadores. Por el contrario. Tan solo dar riendas sueltas a nuestras pasiones. Era curioso, poder reconocer al trio de estrellas que guiaba mi camino. Las palabras de Colt, resonaron en mi cabeza como un versículo bíblico.

«Cuando quieras volver a casa, síguelas. No dudes jamás en tu brújula interna. En los astros se encuentra la verdad»

Me había dicho. Pero yo ya no era ese muchachito inocente, con los bolsillos llenos de pelusas y piedras. Evocando sueños ajenos. En estos momentos, aquellas estelas en el firmamento dibujaban otra clase de mapa. Uno que me conducía directo a los ojos de mi chico. Fundirme entre sus brazos, unidos entre labios fogosos, movimientos lascivos y palabras pudorosas era lo que me regresaba a casa. Este es mi hogar, Colt. Sin animosidad de seguir a los astros fulgurantes de la noche. Yo ya…tenía a donde volver. Por fin, lo comprendía. Proporcionado de madurez, sencillez y arrincono a lo ingobernable. Era indomable, cuando se trataba de estar con Luka. El muy bien lo sabía. Y de esa misma manera salvaje, me lo hacía ver. Más bien, lo dejábamos en claro. Ni un alma a kilómetros, que pudiera oírnos, declarar nuestro amor. Aun así, lo gritáramos a los cuatro vientos. Tan solo la luminiscencia de la luna llena en lo alto, bañándonos con su albor.

Fueron noches deliciosas las que pasamos en ello. Recorriendo lugares novedosos para ambos, empapándonos de la espiritualidad de la isla. De su gente. De su energía. Y en cada parada que hacíamos, proclamábamos la tierra como nuestra. Sellándola, en un acto amatorio infinitamente gustoso. Nada me hacía más feliz, que estar con Luka. Aunque fuese monótono o repetitivo. Era un ritual sagrado, que ejercíamos sin aprensión.

En algún punto, ni si quiera nos dimos cuenta de que habíamos dejado Kamakura. Impulsados por nuestra gallardía, logramos avanzar hasta la provincia de Ōmi. Cruzamos Tōsandō. Acampamos en Owari. Nos bañamos en Shima. Finalizando en las costas de Kyushu nuevamente. Frenando la contienda, hasta regresar por el sur. Para cuando volvimos a Yamato, las Sakuras habían perezosamente dejado caer todas sus flores. Despobladas de belleza y aromas, revistiendo ramas desnudas y hojas secas; el otoño nos recibió. Era el fin de la primavera. Y el comienzo de una nueva estación estival. La temporada de recolección de cosecha, ganado e impuestos. Luka residía rebosante de energía. Como quien se recarga de luz solar. Yo en cambio, me sentía ligeramente aletargado. Y es que el otoño es una de mis épocas favoritas. Sin embargo, me vuelvo un tanto retraído y anémico. Es curioso como algo que me guste tanto, me deprima sin congoja. Ha de ser parte de mi naturaleza inglesa, me dijo Luka. Puede tenga razón. Hago hincapié que mientras viví en Venecia, el invierno se me hacía crudo de soportar. Aunque lo amara con todo mi corazón. Apelo a que era pobre y desprovisto de techo. Porque de ser contrario a aquello, me fascina.

Ame fue la primera en recibirnos. Entusiasta y relativamente huraña. No nos perdonaba habernos ausentado, aunque le hayamos mentido sobre irnos de viaje. No se tragó el argumento del trabajo y estrategias de mercado.

Mi prioridad ahora, era solucionar lo que dejé en el tintero. Y parte de ello, era hablar con Marc. Ese chico, a sufrido más de la cuenta. Me veo en la imperiosa obligación, de abordarlo. Aunque no fue cómodo. Estaba al tanto de nuestras discrepancias de antaño. Había dejado de lado sus labores, retirándose en profundo silencio al olvido. Me lo topé esa noche, deambulando como alma en pena por los pasillos de la casa coral. La que yo sabía, tenía prohibida transitar.

Pido una disculpa a los altísimos por haber entrado. Mis intenciones eran nobles. Y no rallaban en la escuálida tarea de cortejar concubinas. Caminar por aquel suelo sagrado, alertó indiscriminadamente a las muchachas. Quienes no tardaron en asomar las cabezas por las puertas. Murmuraban timoratas, entre ellas. Llegó a mis oídos, toda clase de comentarios. Desde halagos y piropos subidos de tono, hasta lo más absurdo posible.

«Es guapo. Miren que lindo es su cabello»

«Huele bien. Adoro a los occidentales, son tan dotados»

«Sus ojos redondos me encantan. Ojalá me pidiera dormir con él una noche»

«No lo miren mucho, le gustan los varones»

«Dicen que es la concubina personal del Shogun»

«Me da asco. ¿Cómo se atreve a venir?»

—¿Maestro Anciel…?

Se gira a verme. Aunque no del todo concentrado en mi presencia. Se muestra restado, extraviado. En el fondo, lo hace por hegemonía y de manera automática. No distingo ni un solo ápice de intencionalidad por cruzar palabra conmigo. No consigo registrar si me aborrece, me aprecia o de plano no siente nada. Lo más probable, es que sea lo último. He asumido que no es personal. Este pobre muchacho, aparte de ser Eunuco, ha sido despojado de todo lo que alguna vez amó. Incluso cuando estaba al tanto de mi relación clandestina con Luka, bien pudo habernos delatado. Pero no lo hizo. Prefirió callarlo y obvió muchas cosas, siendo cómplice de nuestro delito. Ojeroso, deslavado y displicente, me contesta con voz de ultratumba.

—No tiene permitido estar aquí.

—Lo sé —reconoce Félix, apocado—. Discúlpeme. Es que era imperioso poder hablar con el encargado de esta zona. El más capaz y también, altruista de todos.

—Pierde su tiempo, Hatamoto —revela—. Ya no soy aquel. Retírese y deje dormir a las mujeres.

—Marc —exclama Fathom, decidido a romper el protocolo y también, parte del trato—. Sé muy bien que tenías sentimientos por Nathaniel. Lo ocultaste bien. Por tanto, tiempo. Créeme que sé lo que se siente, amar a escondidas. Tú y yo, no somos tan distintos como piensas. Es por eso que vine a verte. Tenemos que hablar.

—¿Desde cuándo a alguien le importa en este palacio, lo que yo pueda sentir o no? —simula sonreír, descorazonado—. Es absurdo.

—Desde que Kagami ya no está y es mi marido, quien manda ahora —sentencia Graham de Vanily—. Las cosas cambiaron, Marc. Es hora de que te enteres.

No sé qué tanto le habré dicho, que fisgonamente atrapé su atención por completo. Puede que haya sido, lo de mencionar la muerte de Kagami. O quizás ¿Sea el hecho de que Luka es Shogun?

—¿Su marido, dice?

Ah. Fue eso. Natural. Pero no le voy a explicar el cómo llevamos nuestro amor. Regreso a mi centro, brioso.

—Nathaniel no ha muerto —berrea el inglés, acometido— ¿Qué me dirías si te digo, que sigue con vida?

—Diría que miente con todos los dientes —farfulle Anciel—. No hay forma de que el general pueda estar con vida. Tuvo su funeral.

—Y, sin embargo, su cuerpo no estaba ahí. A diferencia de Kagami.

—¿Está intentando tomarme el pelo? No me joda, por favor —frunce el ceño—. De Tsurugi-san recibimos las cenizas al menos.

—Marc. Nathaniel sigue con vida. Te lo juro —sentencia Graham de Vanily—. Pero no he venido a ti con el propósito de que solo me creas porque eres buena gente. En el fondo, te necesito. Debe volver a sus funciones. Él era el ministro de economía y nadie mejor que el, conoce como funciona el estado en temas de arcas. Llevamos casi 5 años de desfalcos. Sin embargo, no podré convencerlo si no vienes conmigo…

De pronto, pareciera que si cree en mi juicio. Abre los parpados, como dos platos enormes. Me examina de pies a cabeza. ¿Realmente me cree? No. De seguro me pide una prueba.

—Pruebe que no está mintiéndome.

Lo dije.

—Ven conmigo. Sé dónde se encuentra —sopesa—. Sígueme. Y arrímame el hombro ¿Sí? Solo tú, puedes instigar e inducirlo a cambiar de parecer. Temo que tenga pánico de regresar, por las leyes que se imparten en esta nación. Tú mejor que nadie sabe que un guerrero no vuelve derrotado. Si tan so-…

—Iré —repara Anciel—. Tenga listos los caballos. Lo sigo.

Bueno…eso salió mejor de lo que esperaba ¿Verdad? A eso de las 00:14AM, nos reunimos en las caballerizas. Apernados de dos corceles, galopamos a paso firme en dirección hacia el distrito oeste. Siguiendo una corazonada, más que una certeza. Creyendo la palabra fehaciente de Marinette y su relato pueril, llegamos finalmente a las estepas a pies de una montaña. Ahí, en medio de la opacidad y la ventolera que se alza con gélido porvenir, nos agazapamos para esperar a su reencuentro. Era tal y como mencionó Dupain-Cheng. Nathaniel, de aspecto desconfigurado, propiciamente transformado y añejado en soledad, pastorea a unos cuantos caprinos alzando un bastón maderoso en la diestra. Pues la siniestra la utiliza para recargar su peso en una malograda pierna que se ve a leguas, le aqueja con padecimiento. Se ha sentado sobre una roca, encendiendo un cigarrillo occidental. Marc reboza de alegría. Pretende enfrentarlo con dejo de discrepancia, disgusto y sentimientos encontrados hacia el amor. Yo le atajo por el antebrazo, asegurándome de que no caiga en crueles reproches. Hay que tomarlo con paciencia y sabiduría ¿Ok? Nos levantamos. Caminamos hasta él. Y, en conclusión, nos presentamos.

Kurtzberg deja caer su cigarro al suelo, boquiabierto. Pasmado. Percibo como sus ojos entonan diferentes direcciones, trazando una ruta de escape a semejante arrinconamiento. Está aterrado. Teme lo peor. Un castigo ejemplar o de lleno, el escaparate a una horda de rabia por parte de su ex amante. Tras impedirle el paso y hacer de pared humana, le digo.

—No hace falta que te vayas. Por favor, quédate. Venimos en son de paz —acota Félix, levantando ambas manos al aire—. En el fondo, solo quiero que hagamos esto por las buenas ¿Bien? No grites ni alces la voz.

—¿Cómo es que me encontraron? —manifiesta, acobardado.

—¿Eso es lo primero que preguntas? —cuestiona Marc, de mirada humedecida—. No puedo creerlo…

—Marc, esto no es personal…—sisea, compungido.

—Cállate —responde el pelinegro, ofendido.

—Nathaniel. Escucha —repara el Hatamoto, liado—. Perdona. No era esta mi intención en primer lugar. Dado que no te dignaste a volver, porque conozco el protocolo, solo quiero que sepas que debes hacerlo ahora.

—No puedo hacer eso, Fathom —recula el pelirrojo—. Me van a matar.

—No. No lo harán —asegura—. Kagami no está y Luka es el Shogun ahora. Él me dijo qu-…

—¡No puedo volver! —chilla, malogrado— ¡¿Qué no lo ves?! ¡Soy la deshonra de Yamato! ¡Debí haber muerto con ella! ¡Pero por alguna extraña razón, los dioses no me lo permitieron! ¡Yo estaba ahí cuando sucumbió en combate! —lloriquea a moco tendido— ¡Vi su cabeza rodar! ¡Pedí la muerte! ¡Tomé el cuchillo, quería rajarme el vientre! ¡Pero los hombres de Shinji…! —acalla de golpe, apretando los labios. Desvía la mirada, febril—. Fue un asco. Querían tomarme como prisionero para demostrar poder. Me vi en la obligación de huir. Porque, yo...no…

—Porque eres un maldito cobarde —veredicta Marc, asqueado de verle a los ojos—. Que error haberte amado así…

—No, Marc. Por favor…—implora el bermejo—. Las cosas no pasaron así. Yo te había hecho una promesa. Morir, no era suficiente. Si tan solo supieras lo horrendo que es la guerra. Si tan solo…

—Ya he visto suficiente —declina el maestro Anciel, desertando de la incursión nocturna. Se monta sobre su corcel y los divisa hacia el costado, en una última muestra de desagrado—. Gracias, honorable Hatamoto. Por abrirme los ojos. Hora de ir a casa. Vamos.

—Marc. No…—Félix lo ve galopar, perdiéndolo a lo lejos por el montículo. Acto seguido, se gira hacia el arrojado Nathaniel. El mismo, que de antaño procuraba ejercer odio hacia su persona y que ahora, desempeñaba el rol de un verdadero "Ronin" (un samurái sin amo y deshonrado)—. Nathaniel. Mi visita si bien no fue la mejor de todas y te asaltamos en la penumbra, me temo era necesaria. Debes recapacitar y retomar tus funciones. Las arcas de Yamato no son las mismas desde tu ausencia. Lamento la bochornosa escena. Me temo que debes lijar ciertas asperezas. Pero no apelaré a tus intimidades. Solo a que vuelvas. Por el bien de la nación que juraste durante la guerra, querer defender con tu vida.

—¿No moriré por esto…? —cuestiona el occidental, descalabrado y entre lágrimas— ¿No seré juzgado por traición? ¿Alguien si quiera puede respetarme?

—No. Luka es el Shogun ahora. Y no busca asesinar aliados. Al contrario —aclara Graham de Vanily. En una sonrisa ingenua. Le extiende su mano—. Ven conmigo. Nadie te va a juzgar ni mirar en menos. Serás respetado. Lo prometo. Tienes mi palabra…si de algo te sirve.

No sé qué tanto le habré dicho. No mucho, sinceramente. Tan solo evoqué su lado más susceptible de todos, utilizando de viejo artificio el don del amor. Algo que a los hombres nos ablanda el corazón y nos permite menguar de agravios incomprendidos. Ante todo, lo planteado, Nathaniel aceptó, declinando a su salerosa humanidad. No sé cómo. Solo logré percibir como tiraba a un costado aquel viejo trozo de madera semejante a un intento de bastón, rehuir de las ovejas y el ganado. Montar conmigo, para retornar a palacio. Cabalgué a trote sereno. Aprovechando este acotado lapsus de tiempo para planchar nuestra relación y de una vez por todas, concretar la amistad que nos debíamos en los campos de batalla. El paisaje almidonaba la escena. Los cerezos estaban en flor. El mejor que nadie, comprendía su significado. La muerte del invierno y el tránsito a la primavera y verano. Aferrado a mi estómago, me dijo.

—Yamato es una tierra fértil de amor ¿No te parece? La noche aquí, es tan despejada. A diferencia de occidente.

Disimuladamente habíamos acabado con la barrera del trato "práctico". Ahora nos dirigíamos como de tú a tú. Me sentí como quien recién sale de una ducha limpia.

—De día se ve mejor —acota Félix, a galope—. Espera a ver como los cerezos dieron flor. Las calles se tiñen de rosa.

—La hija de Kagami-san —sisea Kurtzberg, perdido en el paisaje— ¿Sigue con vida?

—Creció lozana e impúber. Es toda una muchachita altiva a punto de cumplir ya casi 6 años —relata el Hatamoto, divertido—. No le ha faltado cariño.

—Tú y Luka, siempre me dieron envidia —admite el pelirrojo, abnegado—. Aunque no hubiese sido tan valiente de admitirlo antes. De cierta forma, siempre los admiré. Lo que ustedes dos tenían. Ojalá yo…hubiera sido tan valiente…

—Marc te ama, Nath. No declines a ese amor.

—No es cierto. Tú lo viste esta noche. Me odia —azora—. Más bien, me aborrece…

—¿Ves por qué no te dieron el papel de Hatamoto? No era un tema de capacidades. Era la actitud para ver más allá —ríe—. Eres increíble, Nathaniel. Solo te faltaba sensibles. De haberla tenido, sabrías que Marc no te odia. Solo está dolido contigo. Se siente traicionado. Por una promesa que no cumpliste. Es todo.

—No. Yo le prometí no morir…

—No moriste. Pero ¿Qué hay con volver?

—…

—Si era parte del trato ¿Verdad?

—Si…—desvía la mirada, injuriado—. Pero, tú sabes, ministro. Yo no…

—Eso va a cambiar. Lo prometo —asegura Graham de Vanily, pasando por la puerta del Castelo—. Escucha. Te he traído con salud. Pero no pretendo que vivas, como un muerto en vida. Tus aposentos te esperan. Ve. Te he preparado el baño, ropa, comida y comodidades. Ya por la mañana, hablaremos los detalles. Y tienes mi palabra, que te ayudaré para reconstruir lo fragmentado con el maestro Anciel. Sol-…

—Eres demasiado bueno, Félix —arroja el ex general, deambulando cual espectro hacia su antigua casa. Hace una pausa, divisándolo por el rabillo del ojo—. Demasiado, para ser cierto. No hay forma de como pueda yo, pagarte todo esto. Si te sirve de algo —añade, retraído—. Lo que sea que pidas a futuro o desees, daré mi vida por ello.

—Tu vida por mí, no —desmiente el rubio, en una sonrisa afable—. Por tu Shogún y la princesa Ame, sí. ¿De acuerdo? Ve a dormir. Hasta mañana.

Nathaniel se promueve lejos de mí, disipándose entre la bruma de la madrugada como un ente que divaga en la perdición. Profesándome a solas entre las caballerizas y el lóbrego horizonte, elevo la vista hacia el cielo. He reconocido las famosas 3 marías. Titilan fulgurantes en la azabache bóveda. Tan bonitas. Tan pulcras. Aunque ahora, apuntan hacia el palacio. Mi hogar, como me enseñó Colt. ¿Estoy en casa? Que rico se siente…

Aquella brisa espontánea pero refrescante que remueve mis cabellos dorados, me recarga de ilusión. Fustiga las arboledas a lo remotamente lejos, pronunciando un céfiro de canciones entre ramas y hojas que bailan al compás de la melodía. El vapuleo de los pastizales, me alerta de que no estoy solo degustando el silencio nocturno. Luka Couffaine, brota desde el estanque de carpas. Me descubre, circunspecto. Pero con cierto dejo de amanear a un guerrero invicto en batalla, que retorna a su regazo. Me regala la sonrisa más crecidamente de todas. De esas, que te invitan a no decir nada. Tan solo corresponder. No titubeo en arrojarme a sus brazos, cual doncella despavorida. Nos besamos en el proceso. Deleitamos la mescolanza de labios y saliva, para solo finalizar en certezas. Me acuna entre sus brazos, enrollándome en el fervor de un amante devoto. Y susurra contra mi oído.

—Ame duerme, Hatamoto. ¿Cómo te ha ido?

—Ha salido bien, mi Shogun. Nathaniel ha vuelto. El resto, serán menudencias que yo resolveré con el tiempo. Déjemelo a mi —sisea Félix, enquistado de pómulos y orejas carmesí—. Me complace saber que la princesa resta su sueño.

—Te extrañé —sentencia Luka.

—No pasé tanto tiempo alejado, majestad —confiesa Félix, obnubilado por su candidez—. Solo me fui un par de horas. No exagere.

—Siempre voy a exagerar —confiesa Couffaine, altivo—. Eres el aire que respiro.

—¿Acaso bebió alcohol o viene de regreso de la casa de apuestas? —bufa, festivo.

—Ambas. Pero no es tema —admite jovial—. Creo que los cerezos en flor me han atosigado de polen. Me he vuelto algo huraño y con cierto atisbo de alergia. No dejo de estornudar.

—Ordenaré que le preparen una infusión de miel con jengibre mañana a primera hora, majestad —advierte Fathom, ruborizado—. No quiero que mi príncipe se enferme. Debe estar sanito siempre.

—Es muy tarde para eso. Ya estoy enfermo de tu amor.

—Está más febril que de costumbre. Debe dejar el Sake —repara el inglés, frotando cual gato mimoso su mejilla contra su pecho—. Vamos a la cama.

—¿A hacer el amor? —propone Luka, en un jadeo.

—A dormir —desmiente, soltándolo.

—Félix…por favor…—implora, necesitado.

—A dormir, dije —sentencia el ojiverde, entretenido. Toma su manito—. Ya venga conmigo.

Reputé insulsamente que, con ello, menguaría su sed de intimidad. Sin embargo, era algo así como una invitación a tratar otro tema. Puesto que mientras no estuve, Luka se enteró de cosas que yo no cavilé fueran ciertas. ¿Qué ha pasado? En el momento en que nos acostamos a reposar sobre las colchas, me dijo, extraviado de mi mirada.

—Zoé sigue en Yamato. Pretende darnos un golpe de estado —revela el peliazul, injuriado—. La afrenta con Ame es solo el comienzo. A partir de ahora, si no la expulsamos del reino…nos hará mierda.

Me retraje en mi posición, aminorando la velada.

—Ya sé que todos lo hemos repetido hasta el cansancio. Pero ¿Notó que los cerezos están en flor? Puede que signifique algo —sisea Fathom, esperanzado—. No decline mi buen Shogun. Muy pronto, todo se resolverá. Zoé es solo una sombra acechante. Más no el pretérito de nuestro amor. Muy pronto, se disuelve todo…

—Eso espero…

Me dijo, en suspiro. Antes de caer en los brazos de morfeo. Simulé acompañarlo en su sueño. Pero no logré conciliar la fantasía de pernoctar a su lado con tanto cansancio. Algo picaba la urdimbre de mi ignorancia. Bien había trabajado con Zoé de antaño. ¿Por qué aún, sabiendo todo lo que sabía y haciendo todo lo que hizo, no se retiró de Yamato? Sus intentos de asesinato fueron fallidos. Chloé literalmente permanecía exiliada de la isla. Ella, escondida. Temo que deba recurrir a privilegios que no quiero tomarme. Unos, que me den la autoridad con desazón. Hasta hacerme el más odiado de todos.

Esto lo hago por ti, Luka. Y por ti, Colt. Si es que Adrien o Marinette…no me…