Capitulo 1: Eres una decepcion.
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El joven que había hablado se recargó contra superficie no determinada, su postura relajada contrastando con la intensidad de sus palabras.De estatura promedio, 1.73 metros, su cabello negro estaba cortado con precisión casi militar, como si cada hebra tuviera un propósito definido. Supiel morena pálidabrillaba tenue bajo las luces del proyector, y susojos marrones apagados, aunque carentes de calidez, parecían analizar cada detalle de la escena. Pero fue ese fugaz brillo que atravesó su mirada lo que atrapó la atención de quienes estaban presentes:una chispa de admiración, entrelazada con un odio profundo y visceral.
En el centro de la sala, donde el pasado se proyectaba y el presente parecía suspenderse en un suspiro, la imagen se detuvo abruptamente. Como si el universo contuviera la respiración, unasilueta emergió de las sombras, atrayendo todas las miradas como un imán invisible.
La figura pertenecía a una mujer cuya presencia era tan magnética comocautivadora. Sucabello castaño, largo y ondulado, se movía con la sutileza de una cascada en calma, enmarcando un rostro que combinaba delicadeza y autoridad en perfecta armonía. Pero eran sus ojos,verdes como el hielo, los que hablaban más allá de las palabras: profundos, implacables y capaces de desarmar a cualquiera con una sola mirada.
Era una mujer no muy mayor, era una maestra o una historiadora, se giró hacia el joven. —Tal vez no lo entiendas, pero esta no es solo una película, chico. Es untestimoniode cómo los humanos, guiados por lamadre Tierra, lucharon contra fuerzas que casi los borraron de la existencia.
El joven ladeó la cabeza, su rostro permaneciendo impasible. —Lo entiendo más de lo que crees.El T-rex fue un símbolo, no solo de poder, sino de lo que la Tierra podía dar... y arrebatar.
Hubo un murmullo entre los demás espectadores. Algunos asintieron, otros murmuraron en desacuerdo, pero nadie pudo apartar la mirada de la imagen congelada frente a ellos. El tirano antiguo, con supiel como obsidiana, se alzaba desafiante, una representación del dominio perdido de la naturaleza sobre la humanidad.
La mujer frunció el ceño, intrigada por el tono del joven. —¿Y ese destello en tus ojos? ¿Es odio? ¿Hacia qué, exactamente?
El joven esbozó una leve sonrisa, más sombra que luz. —Hacia lo que permitimos que ocurriera. Hacia nosotros mismos por necesitar un monstruo como ese para recordarnos lo pequeños que somos.
El ambiente en la sala cambió; el peso de sus palabras resonó, transformando lo que había sido una simple proyección en un espejo inquietante de las dudas y conflictos internos que la humanidad aún arrastraba consigo.El joven, indiferente a las miradas que ahora lo seguían, regresó la vista al T-rex, su expresión fría, pero cargada de pensamientos que nadie podía leer completamente.
—Sigue con la proyección —ordenó, su voz baja pero cargada de autoridad. Y mientras las imágenes volvieron a la vida, era como si no solo estuvieran viendo un relato del pasado, sino un preludio de lo que estaba por venir.
Sin Embargo la maestra lo ignoro. Sufigura alta, de 1.79 metros, dominaba el espacio con una elegancia que parecía innata.Aunque no poseía curvas exuberantes, su silueta se definía con precisión irresistible, un equilibrio perfecto entre refinamiento y atracción. Vestía un traje ajustado, negro como la obsidiana, que no dejaba lugar a dudas sobre su confianza y su control absoluto sobre la situación.
Cuando avanzó, sus pasos resonaron en el suelo, pero no con el eco pesado de la autoridad forzada, sino con el ritmo suave y firme de quien tiene el dominio completo de su entorno. Cada movimiento parecía coreografiado, pero natural, como si la gracia fuera su segunda naturaleza.
Los presentes, atrapados entre el magnetismo de la proyección y la mujer, no pudieron evitar dirigir su atención hacia ella, olvidando por un momento el rugido del tirano en la pantalla. Incluso el joven, con su mirada usualmente apática, dejó que un destello de curiosidad cruzara sus ojos marrones apagados.
Ella se detuvo frente al proyector, su figura proyectándose sobre la pantalla como si fuera parte de la historia misma. Una voz cálida pero cargada de autoridad rompió el silencio:
—El pasado siempre será un reflejo, una advertencia y una inspiración. Pero no confundan la fascinación con la idolatría.Lo que ven aquí no es un héroe ni un villano, sino un recordatorio de lo que somos capaces de enfrentar… y de destruir. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran profundamente en la mente de los espectadores.
Giró su mirada hacia el joven y, por un instante, pareció hablar directamente a él. —¿Lo entiendes? Lo que se proyecta aquí no es solo una historia. Es un desafío. La pregunta es… ¿qué harás al respecto?
El joven permaneció en silencio, sus ojos ahora cargados con una intensidad renovada, mientras la mujer volvía a centrar su atención en la sala. Los demás seguían absortos, conscientes de que no era una maestra cualquiera la que se encontraba frente a ellos.Ella era algo más: una conexión viva entre el pasado que estudiaban y el futuro que estaban destinados a escribir.
La maestra no dijo nada solo miro a su alumno y dijo, volviendo a tu primera pregunta
—Lo es, joven Bernardo. Este antiguo tirano es el primer legado que nuestra estrella madre despertó fue el antiguo rey tirano del lejano Cretácico —respondió la mujer con una voz melodiosa pero autoritaria.
—¿Qué sentido tiene hablarle, maestra Sam? Ese perdedor es solo un lisiado inútil —replicó una voz masculina, identificada como la de Thomas. Su tono estaba impregnado de orgullo y desdén, como si despreciara no solo al tirano en la pantalla, sino también a aquellos que lo veneraban.
Lamaestra Samdesvió su mirada haciaThomas, sin perder la compostura ni la elegancia que la caracterizaba.Su cabello castañobrilló con el tenue resplandor de la proyección mientras susojos verdes como el hielose clavaban en el joven con una intensidad que bastó para silenciar cualquier rastro de su arrogancia inicial.
—¿Un lisiado inútil?—repitió, dejando que las palabras quedaran suspendidas en el aire como un reto. Su voz, aunque serena, contenía una carga eléctrica que parecía encerrar siglos de sabiduría y autoridad. Dio un paso hacia él, firme pero calculado, reduciendo la distancia entre ambos sin prisa.
—Thomas,si algo define a los débiles no es su estado físico, sino su incapacidad para aprender de aquello que no comprenden. Este 'perdedor', como lo llamas, fue elrey absoluto del Cretácico, un depredador tan implacable que ni siquiera la extinción logró erradicar completamente su esencia.¿Y tú, qué has logrado?
Un murmullo recorrió la sala. Algunos estudiantes evitaron mirar aThomas, conscientes de que la maestra no solo lo estaba reprimiendo, sino que estaba exponiendo algo más profundo.
Por otro lado,Bernardo, que había permanecido en silencio después de su pregunta inicial, dejó escapar una leve sonrisa, escondida detrás de su usual apática expresión. Había algo en las palabras deSamque siempre lograba atravesar la capa de indiferencia que lo envolvía.
—Por favor, siéntense y escuchen.—La maestra se alejó unos pasos, retomando su postura frente a la proyección, ahora inmersa en sombras y luces cambiantes que parecían engrandecerla. —Esta criatura, este antiguo tirano, no es solo un recuerdo fósil traído de un pasado distante. Representa la voluntad inquebrantable de adaptarse, de evolucionar y de luchar contra cualquier adversidad.
Se giró haciaBernardo, fijando sus ojos en los de él. —Y esa misma voluntad es lo que despertó nuestra estrella madre para enfrentarnos a lo que está por venir.¿Lo comprendes ahora, joven Bernardo?
Bernardo asintió lentamente, pero la mirada deSamse mantuvo firme sobre él, esperando algo más. Finalmente, con una voz apenas audible pero cargada de una determinación renovada,Bernardorespondió:
—Sí, maestra. Lo comprendo.
La tensión en la sala pareció disiparse, pero no completamente. La maestra sabía que las lecciones más importantes no se enseñaban con palabras, sino con acciones, y lo que estaba por venir pondría a prueba a cada uno de ellos de maneras que no podían imaginar.
La sala parecía contener su aliento, inmersa en la proyección que ahora envolvía a todos.Bernardoapretó los puños, sintiendo cómo el rugido delT-rexreverberaba no solo en sus oídos, sino en lo más profundo de su ser. Había algo en esa criatura extinta que trascendía el tiempo, algo que resonaba con la lucha misma de la humanidad por su lugar en el cosmos. Era imposible ignorar su grandeza, incluso en un tiempo donde sus huesos eran lo único que quedaba de su reinado.
Thomas, sin embargo, no compartía ese respeto. Su voz cargada de arrogancia rompió el hechizo de la imagen: —¿Equilibrio? ¿Supervivencia? Por favor, maestra Sam, es un animal grande con dientes afilados. No entiendo por qué Bernardo se siente tan impresionado. Tal vez porque ambos tienen algo en común: una existencia que no servirá para nada.
El aire se tensó aún más.Bernardo, conteniendo su rabia, mantuvo su mirada fija en la proyección, donde elT-rexdaba caza a un hadrosaurio que huía en vano. Su caída, capturada con una precisión casi dolorosa, le recordó que hasta los más fuertes enfrentaban adversidades constantes. La voz de la maestra volvió a resonar, firme y calmada, pero con un matiz de reproche que apuntaba directamente aThomas.
—La arrogancia es un veneno, Thomas. Esta criatura que desprecias gobernó su mundo porque entendió algo que muchos no logran: la fuerza no es solo músculo; es estrategia, instinto y un profundo entendimiento de su entorno. Quizás deberías aprender algo de él.
Bernardosonrió apenas. Sentía cómo esas palabras de lamaestra Samle otorgaban una pequeña victoria, pero más que eso, avivaban su deseo de entender. —Maestra, si elT-rexfue un símbolo de equilibrio, ¿por qué desapareció? ¿No es contradictorio?
Ella lo miró, y sus ojos verdes brillaron con una intensidad helada que hacía temblar incluso al más valiente. —Nada es eterno, Bernardo. Ni siquiera los más poderosos. La extinción delT-rexno fue una debilidad de su parte, sino una lección. Incluso los reyes deben adaptarse o ser reemplazados. Sin embargo —añadió, señalando la pantalla donde el dinosaurio lanzaba un rugido final de victoria—, su legado vive. De alguna manera, su espíritu de lucha ha sobrevivido al tiempo, esperando... esperando que alguien digno lo reclame.
La proyección mostró entonces una escena devastadora: el cielo ennegrecido por un impacto catastrófico, la tierra ardiendo mientras los dinosaurios caían uno tras otro. Pero en medio del caos, elT-rexpermanecía firme, rugiendo con una ferocidad que parecía desafiar incluso a la muerte misma.
—Ese, jóvenes, es el legado de los verdaderos líderes —finalizó lamaestra Sam, con una mirada que parecía traspasar el alma de todos los presentes.
Bernardose sintió atrapadoen un abismo de pensamientos, su espíritu oscilando entre la admiración y la duda. Las palabras burlonas de Thomas lo atravesaron como una flecha venenosa, pero, lejos de derrumbarlo, encendieron en él una chispa inesperada.No era la primera vez que lo subestimaban, y no sería la última. Mientras la proyección continuaba narrando la saga de titanes prehistóricos, Bernardo se aferró a la idea de que incluso las sombras más oscuras pueden ocultar destellos de luz.
—Quizás deberíamos aprender del pasado en lugar de simplemente juzgarlo—repitió con más firmeza, su voz resonando con una calma cargada de desafío, como si respondiera tanto a Thomas como a la historia en pantalla. Los ojos de la maestra Sam,fríos como el hielo, se detuvieron en él por un instante, evaluándolo con esa intensidad que parecía desnudar su alma.
La proyección cobró vida con mayor fervor: el T-rex rugía, no como un simple depredador, sino como unemblema del equilibrionatural que alguna vez gobernó la Tierra. Los paisajes vibraban con colores intensos, mostrando vastos campos de vegetación y ríos cristalinos, interrumpidos solo por la lucha brutal por la supervivencia. La voz de Sam cortó el aire, autoritaria pero cargada de sabiduría.
—Thomas, los juicios apresurados son propios de mentes débiles. Bernardo tiene razón; el pasado no está ahí para ser condenado, sino entendido. Y tú, Bernardo,no permitas que las palabras de quienes no comprenden te aparten de tus preguntas.A veces, lo que parece obvio en la superficie oculta verdades más profundas —sentenció mientras su mirada volvía a la pantalla.
Thomas apretó los dientes, sintiendo cómo su autoridad informal se desmoronaba ante la maestra.El aire entre ellos parecía cargado, tenso como un arco a punto de soltar su flecha.
Bernardo, en lugar de responder directamente a la provocación, levantó la mano una vez más, su expresión serena pero resuelta.
—Entonces, maestra Sam, ¿qué podemos aprender del equilibrio que el T-rex representó? Si era tan crucial para su mundo, ¿cómo falló su especie?
La maestra sonrió ligeramente, un gesto que no era de burla sino de aprobación.—Una pregunta digna de un estudiante que busca comprender la complejidad de la existencia—dijo antes de volver su atención a la proyección, donde ahora se mostraban los eventos que llevarían al final del reinado del tirano.
Bernardo volvió a levantar la mano para preguntar una vez más, pero una vez más, Thomas se burló de él.
—Eres tan inútil que necesitas preguntar algo que se entiende con solo verlo —dijo con desdén, su voz cargada de sarcasmo.
—Lisiado, me repugna que compartamos el mismo espacio —se mofó Thomas de Bernardo, ignorando la mirada penetrante de la maestra que lo observaba con desaprobación.
Thomas era un joven imponente, con una altura de 1.89 metros, cabello rubio que brillaba bajo la luz y ojos verdes que destilaban confianza.Su corpulencia y postura erguida le conferían un aire de superioridad que parecía aplastar a quienes lo rodeaban.
—¿Qué tan inútil es? Solo lo decidiré yo misma —respondió Sam con fría determinación, su voz firme como el acero—. No necesito que hables, o ¿acaso crees que puedes imponerte a mis palabras, señor Thomas?
El aire en la sala pareció cristalizarse tras las palabras deSam, tan afiladas y precisas que cortaron la arrogancia deThomasen pleno vuelo. Por un instante, el imponente joven pareció encogerse ligeramente, aunque intentó mantener su compostura. Su mandíbula se tensó, y sus ojos verdes destellaron con un desafío contenido, pero no respondió. Sabía que enfrentarse ala maestra Samno solo era inútil, sino potencialmente humillante.
Bernardo, por su parte, sintió cómo una chispa de alivio lo recorría. La intervención deSamle otorgaba un respiro momentáneo, aunque el peso de las palabras deThomasseguía ardiendo en su interior como brasas encendidas. Pero esa llama no era de derrota, sino de algo más profundo: una voluntad que comenzaba a gestarse.
Samcaminó lentamente hacia el centro de la sala, cada paso resonando como un metrónomo de autoridad. Su presencia, con su altura imponente de 1.79 metros y su porte elegante, dominaba el espacio sin esfuerzo. Al llegar frente aThomas, inclinó ligeramente la cabeza, su cabello castaño ondeando como una sombra suave bajo la luz.
—No confundas fuerza con valor, ni arrogancia con liderazgo,Thomas—sentenció con una calma glacial—. Tu tamaño y poder físico no te hacen superior; solo te convierten en alguien que aún debe aprender a usarlos con sabiduría.
La clase quedó en silencio absoluto, como si incluso el aire se negara a interrumpir aquel momento.Samgiró su atención haciaBernardo, quien se mantuvo en su lugar, con los hombros tensos pero sin apartar la mirada de la maestra.
—Bernardo, levanta la cabeza —ordenóSam, su tono menos severo pero aún firme—. Aquellos que preguntan son los que buscan conocimiento. Y los que buscan conocimiento son los que verdaderamente evolucionan. Nunca dejes que una mente pequeña intente opacar tu búsqueda.
La proyección en la pantalla volvió a cobrar vida como si respondiera al dominio deSamsobre la sala. La figura delT-rex, aún majestuosa y cargada de misterio, pareció rugir desde un lugar distante, pero el eco de ese rugido resonó en el corazón deBernardo. Aunque no sabía por qué, sintió que esa criatura antigua representaba algo en su interior: una fuerza que debía despertar.
Thomas, al escuchar estas palabras, frunció el ceño y apretó los puños, pero no replicó. Su mente se inundó de rabia, mientrasBernardosintió que, por primera vez, tenía un aliado inesperado: no soloSam, sino también el eco de la historia que se desplegaba frente a él.
Losfríos ojosde la maestra Sam, como dagas de hielo, continuaban perforando el aire cargado de tensión. Su mirada, fija en Bernardo, transmitía un mensaje que él apenas podía sostener, mientras sus hombros temblaban ligeramente bajo el peso invisible de la autoridad que ella representaba.Abrumado por la presión, Bernardoagachó la cabeza, tragándose las palabras que amenazaban con salir de sus labios. Un breve silencio cayó sobre el salón, roto solo por el rechinar de los dientes deThomas, cuya furia era imposible de contener.
Thomas, con sualtura imponente de 1.89 metrosy su cabello dorado reluciendo bajo la tenue luz, parecía más un depredador acechando a su presa que un simple estudiante. Supostura erguida, generalmente símbolo de confianza, ahora parecía una amenaza latente.Apretando los puños con fuerza, sus nudillos se tornaron blancos, y una vena palpitante cruzaba su frente mientras su mente se sumergía en oscuros pensamientos. La vergüenza que lo consumía por la reprimenda pública se transformó rápidamente en una furia salvaje.
Lamaestra Sam, completamente ajena o deliberadamente ignorando esta batalla interna, prosiguió con su relato. Su voz, cargada de autoridad y un toque de misterio, volvió a llenar el salón:
—El comienzo del fin del mundo no fue solo un evento; fue un juicio para todos nosotros. Y en ese juicio, como en cada guerra, hubo víctimas y sobrevivientes. Algunos, incluso entre los más débiles, lograron renacer como algo mucho más grande... —dijo, sus palabras resonando como un martillo golpeando el yunque del destino.
Thomas, incapaz de apartar la vista deBernardo, sintió que el relato era un cruel recordatorio de todo lo que despreciaba en el otro. "¿Sobreviviente?", pensó con desdén."Ese chico no merece ni respirar el mismo aire que yo. ¡Lo mataré, juro que lo mataré!"Sus ojos verdes, usualmente brillantes y llenos de confianza, ahora estabaninyectados de venas resaltadas, un reflejo físico del volcán de odio que se gestaba dentro de él.
Bernardo, aunque sumido en su silencio, sintió el peso de aquella mirada ardiente sobre su nuca. Una sensación de peligro lo recorrió como un escalofrío helado. Por un instante, levantó la vista y sus ojos apagados se encontraron con los de su adversario. En ese cruce, Bernardo vio no solo furia, sino algo más: una oscuridad profunda y retorcida que le heló la sangre.
La presión en el salón seguía creciendo, pero ahora no provenía de la maestra, sino de la tensión entre esos dos jóvenes. Sam, con su agudo instinto, captó el cambio y giró su mirada hacia Thomas. Su voz cortó el aire como un látigo:
—Thomas, si tu energía es tan abundante, tal vez deberíamos canalizarla en algo productivo. ¿Quieres probar que eres más fuerte? Muy bien. Demuestra tu valor con acciones, no con miradas cargadas de odio.
La sala quedó en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a moverse mientras el conflicto latente amenazaba con desbordarse en cualquier momento. Y aunque ladeterminación oscura de Thomasparecía indomable, la voz de la maestra se alzaba como un recordatorio: aquí, bajo su tutela, todos serían juzgados no por su odio, sino por su capacidad de trascenderlo.
La proyección seguía su curso, sumergiendo a los estudiantes en las oscuras leyendas del pasado. Cada imagen del Tiranosaurio rex, envuelto en su poder ancestral, llenaba el aire con una atmósfera tensa y profunda. Los rugidos de la bestia resonaban en sus mentes como el eco de una era en la que el poder era absoluto, donde nada ni nadie podía desafiar la supremacía de este monstruo. Los esclavos, figuras de fuerza aparentemente invencibles, se desmoronaban a sus pies, como presas destinadas a caer ante una fuerza incontrolable. La máquina de destrucción que representaba el T-rex era absoluta, no había rival que pudiera resistir su dominio.
La habitación estaba sumida en el silencio cuando Sam, con su voz grave y cargada de historia, continuó su relato: "Este tirano no solo era un cazador, sino un emperador del caos, la última palabra en su reino. Los humanos, al igual que los esclavos, eran simplemente presas en su territorio. Él gobernaba con una mano de hierro, donde la debilidad no tenía cabida."
Pero en ese momento, los ojos de Thomas se tornaron oscuros. Miraba con desdén la pantalla, pero, sobre todo, su ira se dirigía a Bernardo. La manera en que el joven parecía sumido en la historia, la fascinación en su rostro, solo incrementaba la furia que se acumulaba dentro de Thomas.¿Por qué él?Su mente rugía contra la injusticia de la situación. La rabia burbujeaba como un veneno oscuro, impregnando cada pensamiento que cruzaba su mente. Cada palabra de Sam, cada imagen de la proyección solo alimentaban la furia latente en su interior.
—¿Por qué tiene que estar aquí escuchando esto?—murmuró entre dientes, casi inaudible, pero suficiente para que su voz cargara de veneno cada palabra.Su impotenciaante el rostro tranquilo de Bernardo le llenaba de una ira ciega. Quería destruir esa calma, esa indiferencia que veía en su compañero, como si estuviera viendo al mismo tirano que ahora dominaba la pantalla.
El T-rex en la proyección seguía mostrando su fuerza, su dominio total sobre el mundo que habitaba.Thomas sentía cómo el deseo de poder lo invadía. Veía en la bestia una figura de autoridad y control que ansiaba poseer. Si pudiera, se convertiría en el dueño de su propia realidad,un depredador absoluto, el líder de su propia tribu. Pero en lugar de eso, aquí estaba, un matón aislado, observando a todos con desdén.Cada imagen, cada rugido del T-rex le devolvía la sensación de impotencia, de no ser suficiente.
La conexión era inevitable: el T-rex representaba su propia lucha interna, ese deseo dedominarycontrolarlo que lo rodeaba, mientras su frustración por su debilidad frente a la figura de Bernardo solo aumentaba. En su mente, ese niño frágil, ese ser insignificante, era todo lo que él odiaba.La rabia y el deseo de venganza lo poseían por completo, una tormenta imparable que lo arrastraba a una espiral de oscuridad.
Sin embargo, en su corazón sabía que todo eso no era más que una ilusión, una mentira alimentada por su inseguridad. Pero en ese instante, el odio era lo único que podía proyección seguía su curso, sumergiendo a los estudiantes en las oscuras leyendas del pasado. Cada imagen del Tiranosaurio rex, envuelto en su poder ancestral, llenaba el aire con una atmósfera tensa y profunda. Los rugidos de la bestia resonaban en sus mentes como el eco de una era en la que el poder era absoluto, donde nada ni nadie podía desafiar la supremacía de este monstruo. Los esclavos, figuras de fuerza aparentemente invencibles, se desmoronaban a sus pies, como presas destinadas a caer ante una fuerza incontrolable. La máquina de destrucción que representaba el T-rex era absoluta, no había rival que pudiera resistir su dominio.
La habitación estaba sumida en el silencio cuando Sam, con su voz grave y cargada de historia, continuó su relato: "Este tirano no solo era un cazador, sino un emperador del caos, la última palabra en su reino. Los humanos, al igual que los esclavos, eran simplemente presas en su territorio. Él gobernaba con una mano de hierro, donde la debilidad no tenía cabida."
Pero en ese momento, los ojos de Thomas se tornaron oscuros. Miraba con desdén la pantalla, pero, sobre todo, su ira se dirigía a Bernardo. La manera en que el joven parecía sumido en la historia, la fascinación en su rostro, solo incrementaba la furia que se acumulaba dentro de Thomas.¿Por qué él?Su mente rugía contra la injusticia de la situación. La rabia burbujeaba como un veneno oscuro, impregnando cada pensamiento que cruzaba su mente. Cada palabra de Sam, cada imagen de la proyección solo alimentaban la furia latente en su interior.
—¿Por qué tiene que estar aquí escuchando esto?—murmuró entre dientes, casi inaudible, pero suficiente para que su voz cargara de veneno cada palabra.Su impotenciaante el rostro tranquilo de Bernardo le llenaba de una ira ciega. Quería destruir esa calma, esa indiferencia que veía en su compañero, como si estuviera viendo al mismo tirano que ahora dominaba la pantalla.
El T-rex en la proyección seguía mostrando su fuerza, su dominio total sobre el mundo que habitaba.Thomas sentía cómo el deseo de poder lo invadía. Veía en la bestia una figura de autoridad y control que ansiaba poseer. Si pudiera, se convertiría en el dueño de su propia realidad,un depredador absoluto, el líder de su propia tribu. Pero en lugar de eso, aquí estaba, un matón aislado, observando a todos con desdén.Cada imagen, cada rugido del T-rex le devolvía la sensación de impotencia, de no ser suficiente.
La conexión era inevitable: el T-rex representaba su propia lucha interna, ese deseo dedominarycontrolarlo que lo rodeaba, mientras su frustración por su debilidad frente a la figura de Bernardo solo aumentaba. En su mente, ese niño frágil, ese ser insignificante, era todo lo que él odiaba.La rabia y el deseo de venganza lo poseían por completo, una tormenta imparable que lo arrastraba a una espiral de oscuridad.
Sin embargo, en su corazón sabía que todo eso no era más que una ilusión, una mentira alimentada por su inseguridad. Pero en ese instante, el odio era lo único que podía sentir.
La atmósfera en el aula era densa, casi tangible.Thomas se sentía atrapado entre dos mundos, el de la proyección que avanzaba sobre la pantalla y el suyo, lleno de rabia y deseos de venganza.La mirada fija en Bernardo, el desprecio palpable en sus ojos, era todo lo que podía ver. Cada palabra de la maestra Sam se convertía en un susurro distante, mientras su mente se sumergía en la oscuridad de sus propios pensamientos."Este lugar no es para los débiles", pensó con furia contenida, el eco de sus palabras retumbando en su mente."Aquí solo hay espacio para los fuertes."Esa convicción, esa necesidad de poder y superioridad, lo consumía con cada segundo que pasaba.
Las lecciones sobre el Tiranosaurio rex y su impacto en el equilibrio de su mundo ya no llegaban a él.La historia de ese tirano prehistórico, su dominio absoluto sobre el ecosistema, se mezclaba con la propia historia de Thomas, quien veía al dinosaurio como un reflejo de lo que deseaba ser: un ser imparable, indomable, que no se viera limitado por nadie, ni por nada. Pero en lugar de esa fuerza, sentía solo una creciente frustración al ver a Bernardo, un chico que parecía no tener importancia, tomar espacio en su vida.
La rabia creció dentro de élcomo un fuego incontrolable. Cada imagen de la proyección, cada rugido de la bestia que gobernaba su mundo, le recordaba que él, al igual que el T-rex, podía ser grande,podía ser dominante, si tan solo pudieraaplastar a aquellos que lo hacían sentir débil.
El aula se volvió una trampa para Thomas, un campo de batalla emocional donde cada palabra de Sam parecía agitar aún más su tormenta interior.La figura de Bernardo, con su calma indiferente, representaba todo lo que Thomas odiaba de sí mismo: la fragilidad, la debilidad, la falta de control.Era una sombra en su camino, un obstáculo que debía ser eliminado si él quería ser libre, si quería ser fuerte.
En ese instante, mientras las lecciones del pasado continuaban, Thomas juró en silencioque no permitiría que esa sombra persistiera.Lo desterraría, lo aplastaría, como el T-rex había aplastado a sus enemigos en su reino. La idea de la venganza se grabó en su mente, y con cada segundo, el aula se transformaba en un campo de batalla emocional.La historia del pasado, cargada de poder y dominación, se mezclaba con el odio y la frustración del presente, y Thomas sabía que este conflicto entre ambos mundos podría tener consecuencias devastadoras para todos los que se interpusieran en su camino.
Justo entonces, otro estudiante interrumpió, burlándose de Thomas: —Pensé que Bernardo era el medio hermano mayor de Peter.
La tensión en el aire se sentía como un peso invisible que oprimía a todos los presentes. Las palabras de Thomas flotaban en la sala, venenosas, como si todo su desprecio se concentrara en la figura de Bernardo. Mientras hablaba, no solo se refería a su compañero de aula, sino a una historia que consideraba manchada, a un linaje que consideraba inferior.
—Esa basura no pertenece a nuestro noble linaje. Su padre tuvo la suerte de conseguir un doble despertar al ascender al grado D y convertirse en un general sangriento con una habilidad de rango "A +++" —dijo, la voz cargada de desdén, como si cada palabra fuera una daga lanzada a la integridad de Bernardo.
—Si no fuera por esa habilidad de rango A triple mas, ese hombre seguiría siendo basura, como su bastardo hijo mayor. Mi abuelo cometió un error al permitir que tales desechos se unieran a nuestro linaje —pensó con desprecio.
Thomas sentía que su supremacía era indiscutible, un reflejo de su arrogancia; el simple hecho de que alguien como Bernardo tuviera alguna conexión con su familia, por más distante que fuera, lo trastornaba. En su mente, Bernardo no solo era un obstáculo, sino una amenaza para un linaje que, según él, debía ser puro, libre de manchas, sin restos de los llamados "deshechos".
Mientras la sala se llenaba de murmullos y risas nerviosas, la figura de Bernardo permaneció impasible. A pesar de las palabras venenosas que caían sobre él, no reaccionó. Algo en su interior, tal vez una fuerza que ni él entendía completamente, le impedía dejarse arrastrar por la rabia. Sabía que las palabras de Thomas no eran más que la manifestación de su inseguridad, de su necesidad de aplastar lo que consideraba inferior.
La maestra Sam, observando el panorama, no dejó que el ambiente se desbordara más de lo que ya estaba. Su mirada se volvió más severa, y el aula se quedó en silencio ante su presencia. Su mirada fija en Thomas fue suficiente para que las risas se apagaran y la burla cesara.
Finalmente, con voz firme, Sam intervino, cortando el flujo de odio que se había desatado en la sala.
—Thomas,tus palabras no son más que un eco vacío de tu propia inseguridad—dijo, cada palabra marcada por la autoridad que irradiaba de su ser—.No se trata de linajes ni de lo que otros puedan pensar de ti, sino de lo que eres realmente.
Thomas, atónito por la intervención, apretó los puños con rabia, pero antes de que pudiera replicar, la maestra continuó.
—No hay honor en el desprecio hacia los demás.Si no eres capaz de ver más allá de tus prejuicios,entonces tu camino estará lleno de nada más que oscuridad.
La ira de Thomas burbujeaba bajo la superficie.Peter era su primo menor, y la idea de que un "lisiado" como Bernardo pudiera ser considerado parte de su familia lo llenaba de repugnancia.
—Que esa basura lisiada sea su hermano, ¿qué tiene que ver conmigo? Es insignificante. Una basura como él no tiene derecho a ser parte de mi familia —gruñó Thomas, sintiendo cómo la rabia se apoderaba de él.
La maestra, notando las risas entre sus alumnos, decidió intervenir. —Parece que no me tomas en serio, señor Thomas. Un castigo es necesario —dijo mientras bajaba su mano.Un solo dedo se movió y tocó el hombro derecho de su alumno.
Un fuerte crujido resonó en la sala, seguido de un grito desgarrador que hizo eco en las paredes. —Si sigues gritando, el siguiente en destrozarse será tu cuello. Así que sé bueno y cierra tu boca —advirtió Sam con una mirada fulminante.
La rabia de Thomas seguía ardiendo en su interior, pero el crujido de su hombro, el dolor punzante que se extendió rápidamente por su cuerpo, lo obligó a morderse la lengua. La mirada de Sam, fría y sin remordimientos, lo desarmó por completo. Su orgullo se resquebrajó al instante, y aunque intentó mantener su postura, el sudor frío que perlaba su frente lo traicionaba. No podía permitir que su debilidad quedara expuesta ante la clase.
—Eres una verdadera hija de...—murmuró entre dientes, pero la mirada de Sam le cortó las palabras, como si fueran cuchillos afilados que rozaban su piel.
Samse mantuvo imperturbable, como una fuerza de la naturaleza que no se dejaba intimidar por las emociones humanas. Su dedo había dejado una marca imborrable, no solo en el cuerpo de Thomas, sino también en su orgullo. Con un movimiento elegante, se apartó y volvió a centrarse en la proyección.
—Ahora que se ha hecho entender, continuemos—dijo, su voz baja pero firme, como si nada hubiera ocurrido, mientras la proyección avanzaba mostrando un mundo donde los líderes como el Tiranosaurio rex seguían siendo esenciales para mantener el equilibrio.
Los estudiantes, en su mayoría, callaron ante la gravedad de lo sucedido, y Thomas, con su hombro todavía ardiendo, no pudo más que contemplar el mundo de la proyección, sintiendo cómo la humillación le dejaba una marca mucho más profunda que cualquier castigo físico. Su mente estaba llena de pensamientos conflictivos, una tormenta interna que desbordaba su mente: ¿Cómo podía haber sido tan débil? Y sin embargo, lo peor era que su rabia no se disipaba; al contrario, crecía, alimentada por la humillación y el dolor. El deseo de venganza bullía dentro de él, como un veneno que recorría sus venas.
El ambiente en el aula era pesado; la lección que continuaba parecía ser solo un ruido distante mientras la mente de Thomas seguía atrapada en su propio caos. Mientras Sam relataba cómo el Tiranosaurio rex había dominado su mundo y se había erigido como el depredador más formidable de su tiempo, el joven no pudo evitar pensar que él, también, debería ser un rey, un depredador de su propia existencia. Pero la sombra de su humillación no se desvanecía, y no había rugido tan potente como el de aquel dinosaurio que ahora dominaba la proyección.
La tensión era palpable; los estudiantes intercambiaron miradas nerviosas mientras el silencio se cernía sobre el aula.La maestra se giró, lista para responder a una pregunta sencilla que había surgido entre sus alumnos, pero el ambiente estaba cargado de una mezcla de temor y respeto.
Thomas, abrumado por la presión y la humillación, sintió cómo la rabia se transformaba en una oscura determinación.Mientras Sam continuaba con su lección sobre el pasado y sus lecciones para el presente, él se sumergía en pensamientos oscuros.La imagen del Tiranosaurio rex seguía proyectándose en la pantalla, pero para él era solo un recordatorio del poder que anhelaba recuperar.
—No permitiré que me humillen así —murmuró para sí mismo—. Este lugar no es para los débiles ni para los desechos como Bernardo.
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