Se enamoró de ella sin querer.
Si lo piensa, diría que todo empezó aquel día en el que, en media pelea, ella lo derribó y presionando su pierna contra su pecho lo obligó a permanecer en el suelo. Mas precisamente, cuando una brisa suave le revolvió el cabello y ella, ajena a esto, se inclinó un poco hacia él, mostrándole una sonrisa engreída.
Que los cerdos vuelen, pero pensó que era perfecta.
A ver, él no era ciego ni tonto pero sí mantenía un mejor control sobre sus hormonas que la mayoría de los hombres de su edad. Por esa razón, la china de 21 años le era indiferente. Mejor dicho, el cuerpo de china le era indiferente. Pero, que el infierno se congele, en ese momento no fue simplemente la apariencia de ella lo que le resultó tan atractivo, sino alguna de esas estupideces de la belleza interior de la que hablaban tanto los cursis o de la que el mismo Kondo-san alegaba poseer.
Sin embargo, no se preocupó. Fue un pensamiento fugaz, ocasionado por la situación en la que se encontraban. Sus ojos no poseían normalmente esa fiereza ni gentileza que pareció tener en ese instante; simplemente se debió a los factores del ambiente que combinados crearon una ilusión de la cual fue víctima.
Sí, eso debió ser.
