Estaban en un festival, como ya hace muchos años lo estuvieron. A pesar de los años seguían haciendo de las suyas, destruyendo propiedad pública y privada. Esta vez no fueron invadidos por un ejército de robots pero igualmente terminó en desastre.

En un momento de estupidez —porque solo así puede describir lo que hizo—, Sougo se dejó llevar.

Tal vez haya sido el ambiente, los ojos de China brillando de alegría, el retumbar al que ya se había acostumbrado de su corazón o el cansancio de fingir que no quería una relación con ella. El caso es que ignoró la voz en su cabeza y en su lugar se guió por lo que su alma deseaba.

Poco a poco se aproximó a ella, quien sorprendida solo lo miraba con algo en sus ojos que no reconoció. China no lo evadió ni apartó, casi juraría hasta ver un pequeño rubor en sus mejillas y no fue hasta unos centímetros antes de conectar sus labios por primera vez que ella bajó el rostro y la mirada.

La magia desapareció. China lo había rechazado.