El primer día de los chicos en Lyon, espero les guste mucho las situaciones que se dan y todo lo demás. Quise darle un aire a un viaje que tuve yo en el final de mi curso hace años, espero lo disfruten. Igualmente si desean compartir experiencias, sería muy divertido.
El autobús los dejó justo en la entrada del hotel que habían reservado para el viaje, todo el papeleo, documentación y pagos estuvieron coordinados por la profesora Bustier.
Hablando de ella, despertó unos minutos antes de que el autobús se detuviera frente al hotel, abrió los ojos y se encontró con una mata de cabello rojo perteneciente a un durmiente Nathaniel que la abrazaba por la cintura.
—Nathaniel —llamó Caline Bustier a su alumno, moviéndolo lentamente para despertarlo de forma suave.
—Mmm, mamá, cinco minutos más —susurró el pelirrojo, acomodándose y entreabriendo sus ojos, los cuáles enfocaron a la mujer de forma clara y lo hicieron congelarse en su asiento.
—Buenos días, Nathaniel —saludó con cariño su profesora, acariciándole el cabello y señalándole con la cabeza como se habían vuelto el centro de atención de los integrantes del autobús.
—Profesora Bustier... —susurró avergonzado el pelirrojo, levantándose de golpe y mirando en todas las direcciones, encogiéndose ante las miradas y con muchas ganas de esfumarse de allí—. ¡Lo siento!
Las puertas del autobús se abrieron y el primero en bajar fue un rayo de cabello rojo que se plantó en la puerta del hotel y se cubrió con su mochila.
Todos comenzaron a bajar en orden y con sus respectivas bolsas o mochilas, Adrien dio una respiración profunda al pisar tierra y observó el cielo de Lyon, tan diferente por momentos al de París.
La profesora Bustier bajó al final, con los papeles en su bolso y uno de los acompañantes de la empresa, que abrió la zona de carga del bus para que todos fueran tomando su equipaje uno por uno.
—Amigo, ¿esa es...? —señaló Nino la maleta del rubio, el color rojo con rayos y un diseño muy reconocido lo hizo saltar de emoción.
—Es edición limitada —destacó Adrien, guiñando el ojo.
—Alix, tu maleta tiene muchas ruedas.
—¿Qué traes aquí, Nino, piedras? —preguntó Alya tras soltar en el suelo el equipaje del moreno.
—¿Qué haces? ¡Bájala con delicadeza!
Adrien se quedó observando la situación y luego caminó para ayudar a Marinette con su problema de equipaje.
—¡Oigan, ¿no van a ayudarme?! —reclamó Chloé cuando el encargado dejó en el suelo unas seis maletas grandes tamaño nevera, cada una con una etiqueta diferente.
—Yo estoy aquí para ayudarte —le recordó Sabrina, intentando tomar una maleta de su amiga y fallando en el intento—. Esto es horrible...
—Bien, no se olviden sus cosas y síganme para poder explicarles como haremos todo —dijo la profesora Bustier, entrando al vestíbulo del Hotel junto a un avergonzado Nathaniel que fue el primero en estar listo.
Poco a poco fueron entrando todos, y una vez que la mujer pelirroja contó cabezas dos veces para asegurarse, tomó un papel de su bolso y comenzó a hablar:
—Las reglas serán simples, pasaremos toda nuestra estadía en este hotel, hay habitaciones dobles y una individual que en principio es mía...
Una sarta de quejidos inundó los oídos de la mujer pelirroja, que se cruzó de brazos y observó a los estudiantes mientras contaba hasta tres y se recordaba que ella no castigaba a los alumnos.
—¿No lo entiendo, quieren hacerlo ustedes? —preguntó la profesora extrañada y bajando los brazos, rindiéndose contra ese grupo de adolescentes. Sin embargo, en ese momento, se le cruzó una idea, nadie perdía y nadie ganaba, por lo que podía resultar.
—Escúchenme bien, ya que no quieren aceptar mi plan de habitaciones, lo haremos por sorteo. —Rayó el papel y haciéndolo bolita, lo tiró hacia el frente, cayendo en la frente de Adrien—. Lo siento, cariño.
—No se preocupe, Señorita Bustier.
Dicho y hecho, frente a ellos, había una urna con todos sus nombres, alguien los iría sacando uno por uno y así se tomarían las parejas de las habitaciones. La caja en cuestión tenía dos agujeros, uno para hombres y otro para mujeres, ya que estarían en zonas separadas, eso sí, en cuanto quedasen dos papeles, se mezclarían y el último sería el afortunado en obtener la individual.
—Ahora, una mano virgen, por favor —bromeó la profesora, recibiendo un pequeño cúmulo de risas.
—En esta clase me temo que no queda ninguna —comentaron por el fondo.
—Bueno, puede que sí haya una —dijo Nathaniel, señalando a la muy ruborizada Rose que miraba el suelo para verificar que efectivamente estaba hecho de suelo.
—Rose, ven aquí, tendrás el honor de elegir si tus compañeros se divierten o sufren todo el viaje.
El momento inició en cuanto Rose estuvo de pie frente a la urna y tomó los dos primeros papeles de la zona de las mujeres.
—Dupain-Cheng y Raincomprix.
Sí, eso definitivamente no acabaría bien.
Cada uno tomo posesión de sus habitaciones en aquel piso, dejando solo a tres fuera de las dos últimas puertas. Adrien tenía la mochila en la espalda y miraba fijamente su puerta, sin atreverse a entrar. No había procesado el haber ganado la habitación individual, ni mucho menos el haber ganado algo en absoluto.
—Bien, Adrien, disfruta de tu habitación —le deseó su bella profesora, acariciando sus hebras rubias—. Y no te preocupes por nada, recuerda que existe una línea telefónica que conecta todo, así que solo llamas.
La maestra regresó al lado de Nathaniel, al que abrazó por los hombros.
—Lo siento, Nathaniel, pero no te preocupes, te cuidaré bien —le tranquilizó la mujer pelirroja, pues un imprevisto al final dio a conocer a la maestra que su alumno artista estaba medio enfermo desde anoche.
Así que su instinto maternal fue tan fuerte que la obligó a quedarse con él.
—Bueno, nos vamos al lado. Te veremos en dos horas, Adrien.
Con esas palabras, los dos pelirrojos entraron en la habitación de al lado. Adrien contó hasta tres y abrió su puerta con la llave que le dieron en la recepción.
Tenía la mejor suerte del mundo.
La habitación era inmensa, estaba amueblada de forma sencilla pero moderna, una cama muy bien tendida, una televisión enorme, buenas vistas, una pequeña zona de cocina, baño propio y un minibar para bebidas.
—Es bellísimo...
—Sí, sí, ya dame el queso.
Plagg salió del otro bolsillo de su camisa y voló por la habitación, inspeccionándola a profundidad mientras el rubio desenvolvía la bolsita de queso, que sinceramente apestaba.
—Chico, deberías considerar en darte una ducha —aconsejó el kwami.
—Esto es por tu culpa, el olor se me ha pegado a la ropa —reclamó Adrien.
—Entonces no uses ropa.
—No se puede, porque es un crimen, además mataría a mis compañeras de clase con mi belleza.
—Querrás decir con tu cuerpo escuálido —rebatió el kwami mientras comía un segundo trozo de queso.
—¿Qué tiene de malo? —preguntó confundido el rubio, hace ya varios días que Plagg hacía referencias hacia lo delgado que estaba y su nulo cambio físico adolescente.
—Lo entenderás cuando llegue el momento —respondió Plagg con simpleza, encogiendo sus enanos hombros y zambulléndose en la bolsa de queso para relajarse en una especie de jacuzzi raro.
—Eh, está bien, creo.
La siguiente hora fue Adrien acomodando toda su ropa en algunos cajones y el pequeño armario que tenía la habitación, pues no iba a tenerla en su maleta todo el tiempo. Al terminar, abrió el minibar y se percató de que apenas tenía latas de refresco.
No era un gran aficionado al alcohol, pero viendo que habían más de quince latas repartidas por todo el pequeño electrodoméstico, pensó que no le iría mal probar de nuevo algún día. Eso sí, debía evitar ponerse como en aquella reunión pasada, los videos fueron muy vergonzosos.
Tomó una lata de refresco y se sentó sobre su cama, la abrió de inmediato y le dio un sorbo mientras observaba las redes sociales en su móvil.
—¿Sigues usando esa aplicación?
Aquella pregunta se le hizo rara, ¿para qué quería Plagg saber eso? Los kwami ni siquiera tenían teléfonos.
—Sí, Plagg, ¿por qué?
—No hay nada de bueno allí, la última vez que revisé solo aparecían chicas en bikini.
—¡Son compañeras de trabajo! —exclamó avergonzado el rubio, yendo hacia la bolsa donde estaba su kwami para sacarlo de allí y mandarlo a su bolsillo—. ¡Ahora, quédate callado!
—Chico, tienes un grave problema con lo que sigues en esa red —comentó Plagg antes de lanzarse a una siesta en el bolsillo de su portador.
—Lo sé, es como una adicción —confesó Adrien al aire y llevándose la lata a los labios, le dio un profundo trago, refrescándose con el dulce sabor de la naranja carbonatada.
A pesar de su confesión, se lanzó de nuevo a la cama para seguir inspeccionando las fotos de sus compañeras de modelaje.
Dos horas después
—Muy bien, me alegro de que todos hayan sido puntuales —celebró Caline con una sonrisa y Nathaniel al lado envuelto en dos suéteres tamaño extragrande.
—Sí, yo no, quería dormir más —soltó Alix, cabeceando sobre el hombro de su compañera de habitación. Chloé solo la miraba con disgusto mientras buscaba a Sabrina con la mirada, indignándose al ver que esta charlaba alegremente con Marinette.
—Llevo dos baterías de repuesto —le contó Alya a Nino, que alzó el pulgar y sacó una grabadora de su bolsillo—. ¿Y eso es para...?
—Es por si encuentro algún sonido interesante, recuerda que tengo tarea de clase de biología, las aves son difíciles de ver por donde vivo.
—Silencio —pidió amablemente la profesora tutora del grupo, es decir, la mujer pelirroja—. Bien, ahora daremos un viaje hacia la antigua ciudad romana para ver el anfiteatro, luego de una hora allí, iremos a comer cerca.
Todos asintieron y se dirigieron al autobús que los llevaría hacia el lugar, durante el viaje algunos se entretuvieron mirando por la ventana, escuchando música o simplemente dibujando.
Es entonces que una bola de papel le cayó en la cabeza a Kim, en un principio por accidente, pero nadie podía parar el evento canónico que estaba a por suceder.
Dentro del autobús se desató una guerra de papel, con dos trincheras claras y elementos bélicos muy peligrosos. Bolas de papel envueltas en cinta contra algunas embarradas de queso provisto por Adrien.
Caline Bustier decidió ignorar el conflicto, porque una vez que Kim y Alix comenzaban con sus cosas, no los podías detener, quizá por esa misma razón hicieron tan bien su trabajo de representación sobre la obra de Romeo y Julieta.
El trayecto no fue muy largo, cuando bajaron del vehículo, lo primero que hicieron fue dispersarse un poco para ver los alrededores con sumo interés.
—Y se lo dije, bro, tenía que rotar al otro sitio para plantar la bomba, pero no me hizo caso —se quejó Nino con su mejor amigo, al que le contó una emocionante ronda final que ocurrió el día anterior en la tarde.
—¿Entonces perdieron por eso?
—Sí, y por otros errores del equipo.
Lejos de ellos, Alya grababa toda la experiencia para su blog personal, iba acompañada de Marinette, que observaba a Adrien de rojo y planeaba en su mente más de doscientas formas de acercarse a él.
Todos los grupos de amistades se formaron de inmediato, y en ese momento la profesora terminó de hablar con el guía que les asignaron para coordinar la forma en la que harían la visita.
La entrada fue silenciosa y con mucha expectación de parte de los estudiantes, debido a que la mayor parte del camino era subida, nadie se esperó que, al llegar al final, tuviesen varias hileras de escaleras hasta llegar a la base de aquel antiguo teatro.
El paisaje era muy bello, la arquitectura y formas de construcción se veían tan antiguas que incluso algunos temieron pisar muy fuerte y poder quebrarlas con su propio peso.
—Oye, Kim, a que bajo más rápido que tú —apostó Alix.
Claro, todos los cuerdos estaban de acuerdo en que aquello era una mala idea, pero se quedaron observando como los dos bajaban con rapidez. Suponían que algo pasaría antes de llegar al final, y efectivamente ocurrió.
Todos hicieron muecas de dolor cuando Kim tropezó y cayó rodando el resto del camino.
A Nathaniel le llamó tanto la atención la pose final de caída de su compañero, que se empeñó en dibujarla con mucho esmero. Lo hizo a distancia, así podría plasmar el paisaje y llamar a su obra: "El ave que no voló"
La visita duró casi una hora y obtuvo la atención de solo tres personas de la clase, el resto se enfrascó en conversaciones en voz baja sobre todo tipo de temas diferentes a la historia romana.
Se tomaron fotos desde arriba y desde abajo, pero todas salieron extrañas, cada vez que Alya ponía la cámara en el trípode y corría para posar con el resto, algo ocurría.
La sucesión de eventos era desastrosa, en el primer intento un ave que volaba bajo chocó con la cámara y cayó muerta a un par de metros de centro del anfiteatro. Para el segundo intento Alya tropezó en su carrera hacia el grupo y terminó esparciéndolos como si fuesen bolos.
—¡Por amor de...! ¡¿Acaso no podemos tomarnos una foto?! —reclamó al cielo la morena, volviendo hacia la cámara para reposicionarla.
En total fueron unos cinco o seis intentos, para el último de ellos, ningún evento celestial interrumpió su ejecución y obtuvieron una foto perfecta. O bueno, casi perfecta.
Adrien cerró los ojos y al verse plasmado en la pantalla, hizo un drama digno de una princesa nórdica, por lo que tuvieron que repetir la foto.
—Ahora sí salgo perfecto —dijo aliviado el rubio, sonriendo mientras caminaba con suma confianza por los bordes de los escalones del anfiteatro.
—Hiciste más escándalo que mi abuela cristiana en una iglesia de musulmanes —añadió Nino, revisando su teléfono y pasándoselo al rubio para mostrarle una imagen—. Mira esto, viejo.
—Oh, ¿es lo que creo que es?
La imagen del teléfono de Nino era de una confirmación de reserva reciente, el producto en cuestión era uno de los videojuegos más codiciados del año.
—Sí, lo he reservado y lo tendré tres días antes —declaró orgulloso el moreno.
—Amigo, ¿por qué no me lo pediste? Mi papá tiene un acuerdo porque se encargó de diseñar los vestuarios para el juego, lo tengo desde hace una semana —explicó el rubio.
—Eres un maldito suertudo... ¿Me lo prestas?
—Sabes que sí.
Cerca de ellos, Alya y Marinette estaban sentadas en las graderías inferiores y comían algunas galletas horneadas por el papá de la joven diseñadora.
—Dile a tu papá que se ha superado con estas galletas. —Alya tomó otra galleta y le dio un mordisco, saboreando las grajeas de chocolate.
—Lo haré, pero va a hacer más de lo que podré comer —reconoció Marinette, teniendo recuerdos oscuros de aquellos días en los que su habitación se llenó de cajas de galletas.
—Pues me las traes a mí, chica. —Le guiñó un ojo la morena y volvió a tomar otra galleta de la pequeña caja rosa que estaba en medio de ambas.
—¡A un lado!
Las dos amigas se separaron de golpe y una figura delgada les pasó por arriba como si fuesen dos obstáculos, el sonido de unos patines friccionando contra el suelo las hizo observar a una Alix que les sacó la lengua de forma divertida.
—¡Alix! ¡Ten cuidado! —le regañó Alya.
—No prometo nada —respondió la patinadora dando una vuelta para seguir su camino alrededor del anfiteatro.
Nathaniel había visto la escena con los ojos muy abiertos y la mandíbula desencajada, lo había dejado tan pasmado que procedió a plasmar el recuerdo de su mente en su cuaderno de dibujos.
Se dedicó a trazarlo todo con rapidez y sin muchos detalles, centrándose en las formas importantes para luego dejar espacios en blanco con pequeñas anotaciones para su yo futuro.
—¡Chicos, es hora de ir a comer! —anunció la profesora Bustier, llegando con una cartilla plastificada del menú del restaurante al que irían.
A todos los implicados le llamó la atención el objeto que traía la mujer pelirroja en la mano, por lo que detuvieron sus actividades para acercarse. Adrien caminó hacia el resto de sus compañeros mientras reía con Nino y es entonces que sintió una fuerza irresistible arrollar su cuerpo y mandarlo al suelo.
Todos sisearon ante el golpe, aunque algunos (con eso nos referimos a Kim), se sorprendieron más al conocer a la otra parte involucrada en el accidente.
Adrien cerró los ojos al sentir el impacto y la cabeza le daba vueltas, latiéndole mientras el cielo giraba como una espiral de tormenta. Soltó el aire de su estómago y balbuceó algo ininteligible antes de caer en la inconsciencia.
Unas horas más tarde
Eran las seis de la tarde cuando Adrien despertó en la cama de su habitación del hotel.
Lo primero que hizo fue levantarse e intentar tomar bocanadas profundas de aire, aún sentía el impacto a flor de piel y el dolor de su espalda al caer con todo su peso encima.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó en su vacía habitación, sabiendo que solo una criaturita sería capaz de responderle con sinceridad.
—Te arrolló la chica de los patines —respondió Plagg, saliendo del bolsillo opuesto al de siempre y con migajas de queso en sus bigotes.
—¿Alix?
—Sí, no sé cómo se llama —reconoció el kwami, yendo directo a la pequeña mesa de noche y abriendo el primer cajón—. Pero sí puedo decir que estuviste fuera mucho tiempo.
—¡¿Qué?! ¡¿Cuánto tiempo?! —expresó preocupado el rubio, rebuscando en sus bolsillos para tomar su teléfono.
—Yo qué sé, no tengo reloj.
El rubio bufó y logró sacar su móvil del bolsillo, en cuanto se lo llevó al rostro y la luz de su fondo de pantalla se le reflejó en los ojos, emitió un gemido lastimero y volvió a dejarse caer en la cama.
—Son las seis de la tarde —musitó Adrien, acurrucándose en la cama y pensando en que se perdió su primer día de viaje por un accidente. No podía culpar a Alix por eso, porque quizá ella estuviese en una situación similar a la suya.
—¿Y? Yo de ti me comería todo lo que dejaron tus amigos —señaló Plagg, observando desde el cajón la pequeña mesa de la cocina repleta de bolsas con táperes de comida.
—No tengo hambre...
El kwami de la destrucción observó al portador de una forma singular, entrecerrando los ojos y alzando una ceja aleatoria. No era la primera vez que lo hacía, pues Adrien conocía la mirada desde hace un par de meses.
—Tú te lo pierdes.
Plagg no era tonto, en sus bastos años de experiencia vivió cientos de situaciones similares con sus portadores, por lo que era capaz de asegurar que, al primer rugido de estómago, Adrien saltaría sobre las bolsas.
Y no se equivocó.
El rubio se levantó avergonzado y caminó hacia la comida, abriéndola lentamente antes de poder acomodarse para darle un bocado. La sensación de los alimentos deshaciéndose en su boca y dejando un leve sabor salado en la punta de su lengua le pareció maravillosa.
Abrió la segunda bolsa para tomar unos pequeños pastelillos que se comió sin titubear, sabía lo buenos que estaban porque no era la primera vez que pasaba por la panadería de Marinette a comprar alguno para comer casualmente.
—Sí que devoras, chico —comentó Plagg, recostándose sobre la mesita.
Las mejillas de Adrien se tiñeron de rosa y su comida estuvo a punto de ir por el camino equivocado, por lo que decidió ignorar a su kwami mientras saciaba su hambre.
Fue a por la tercera bolsa y observó un par de panes dulces que decidió guardar para después; sentía la boca como un tazón revuelto de sabores y eso lo llevó a dirigirse al minibar a tomar un refresco.
Eligió una de las latas al azar y la bebió de inmediato, dando un trago largo y refrescante.
—Chico, ¿te has dado cuenta de lo que has bebido?
—¿Eh? Por supuesto que... —La lengua se le trabó un poco y extrañado, se puso a leer la etiqueta de la aquella lata, estremeciéndose y dejando la bebida en la mesa—. Por amor de... Estoy muerto.
—Una lata no te hará nada.
Adrien tragó saliva y se tambaleó en su sitio.
—¡Plagg, creo que ya llegué a mi límite!
—Exagerado —murmuró el kwami, cruzándose de brazos—. La última vez te tomaste veinte antes de caer.
—¡Pero esto es un viaje escolar!
—¿Y? Nadie vendrá hasta la noche, ignoras lo que pase y sigues con tu vida.
—Eres realmente una mala influencia... —reconoció el rubio, observando a Plagg como si este fuera el mismísimo diablo, luego tomó la lata y la movió suavemente frente a él—. Pero una influencia con mucha razón.
Y así, tomó su tercera bolsa de bocadillos, tres latas más y se puso una película en el televisor.
Dos horas después
—¿Cuántos dedos ves? —Plagg levantó ocho dedos frente al rostro de Adrien.
—Siete...
—Estás volando.
Adrien se dejó caer sobre su cama y erró los pasos, dándose un fuerte golpe contra la alfombra de la habitación. Plagg cerró los ojos y negaba con la cabeza ante la actitud del rubio.
El modelo se levantó con ciertas complicaciones y tambaleante se dirigió a la puerta del baño, trastabillando con sus propios pies y apoyándose en la pared para reposar la cabeza.
—¿Shabes...?
—No, no lo sé, ahora métete allí. —Plagg le dejó la toalla sobre los hombros y adoptó una distancia prudencial. Un Adrien borracho era mucho más que un peligro potencial para todos a su alrededor, sus amigos lo definían como una bomba de tiempo.
—La película pudo ser mejor... —balbuceó perdido el rubio, tanteando con las manos la puerta del baño y dejándose caer de golpe sobre ella—. La trama era aburrida, en definitiva, odio las películas románticas.
Los sonidos de disparos y jergas bélicas seguían escuchándose por la tele, lo que le sacó a Plagg una gota de sudor por la desorientación de Adrien.
—Sí, yo también las odio, ahora ve y no salgas hasta poder contar hasta cinco.
La puerta del baño se abrió con brusquedad y Adrien dio sus primeros pasos en el interior, apoyándose en la pared y observando con su vista borrosa detalles inexistentes del impecable sanitario. No es como si el que tuviera en casa fuera malo, de hecho, tenía el tamaño de tres habitaciones grandes y contaba con lujos innecesarios.
No reparó mucho en visualizar el resto, más que todo porque apenas podía enfocar con claridad. Sus pasos fueron cortos y en dirección al inodoro, dónde se apoyó y se dispuso a expulsar todo al ritmo de unas fuertes arcadas.
La distribución y construcción del hotel era todo un misterio para sus clientes, el edificio era antiguo y pasó por remodelación al menos diez veces en los últimos veinte años. Viejos pasadizos secretos y habitaciones clásicas se mantuvieron con la misma estructura.
Para explicar la distribución, la habitación de Adrien se encontraba al limite de las zonas en donde estaban el resto de los chicos. El pasillo estaba divido por la mitad por las escaleras, y a un lado estaban sus amigos, y al otro las chicas del grupo.
El baño de aquella habitación especial tenía un ligero secreto, pues contaba con dos puertas y era compartido, eso no tendría nada de malo, de no ser porque la ubicación de aquel cuarto estaba en la posición contraria al que Adrien hubiese esperado.
La puerta se abrió y el rubio la pasó por alto, creyendo que no la cerró bien al entrar y Plagg la empujó para acercarse a revisar su estado. Sabía que su kwami se preocupaba por él y era todo untsundere.
—¡¿Adrien?!
Escuchó la voz de una chica muy exaltada, ¿eso debía parecerle raro? Su mente no procesaba ningún estímulo externo que le llegaba y se sentía más nublado que nunca.
—Sí, así me llamo... —respondió con una sonrisa boba y levantando la cabeza del escusado, sonriéndole a la persona en el baño sin distinguir de quién se trataba.
—¡¿Qué haces aquí?! —le reclamó la joven, que al darse cuenta del estado del rubio se alteró—. ¡¿Bebiste?!
—Solo un po... —Adrien se interrumpió con una nueva arcada y volvió a potar en el interior del inodoro. Su cuerpo tembló al terminar y se sintió con un dolor penetrante en la cabeza, era horrible.
Adrien se apoyó en el borde y volvió a levantar la mirada, topándose con la expresión incrédula de Alix, que solo llevaba puesta una toalla alrededor de su cuerpo.
—¿Por qué estás...? —El lento raciocinio de Adrien pronto le haría ganarse un buen golpe, pero la de cabello fucsia no se atrevía a hacerlo por más vergonzosa e incómoda que fuera la situación para ella.
—¿Cómo bebiste tanto? —inquirió Alix, relajando su ceño fruncido y acercándose al rubio.
—Parece que tengo un minibar con mucha cerveza —respondió Adrien, tomando papel del rollo y limpiándose los bordes de sus labios manchados—. ¿Qué haces tú en mi baño?
—Parece que este es un baño compartido, idiota... —Alix lo tomó por las axilas y lo levantó para arrastrarlo en dirección opuesta a su puerta, Adrien solo veía como todo el escenario se hacía cada vez más pequeñito.
—¿A dónde me llevas? —balbuceó el rubio, observando el escenario detenerse y escuchando una corriente de agua correr demasiado cerca.
—A recuperarte para poder golpearte —dijo Alix, lanzándolo a la ducha sin miramientos y recibiendo los gritos de sorpresa de un Adrien que se estremeció al contacto del agua sobre su piel.
—No seas exagerado, ni siquiera está fría...
Del otro lado de la puerta, Plagg terminaba de ver la película que transmitían en la televisión, ya era la tercera del día desde que comenzaron el maratón con Adrien, y fue la más aburrida de todas.
Revoloteó cerca de las posesiones de su amigo y comenzó a rebuscar en la mochila de inmediato, sacando una nueva bolsa de queso para devorar. Por el lado de Adrien, este logró recomponerse y al tomar conciencia de la situación, intentó salir corriendo del baño.
Es entonces que todo ocurrió en cámara lenta, el rubio no estaba del todo coordinado en sus movimientos y volvió a tropezar con sus pies, llevándose a Alix al suelo.
Daba gracias a que podía excusarse con el hecho de seguir un poquito mareado, si hubiera ocurrido todo estando lúcido, estaba seguro de que Alix lo dejaba sin descendencia.
Continuará...
Bueno, ese fue todo el primer día, como ya se habrán percatado, a diferencia de las otras historias, esta a pesar de mostrarlo todo, se centra en Adrien, por lo que no sabremos que harán el resto de sus compañeros cuando están solos. Aún así, no se preocupen, intentaré que cada momento loco sea conocido y lo más divertido posible.
Un saludo y hasta el siguiente capítulo.
