Bien, la noche del tercer día y por supuesto, el inicio del cuarto, he separado este cap en dos partes porque luego quiero ponerme a relatar lo sucedido luego de la noche. Espero les guste, y disculpen si no hay capitulo de Simbionte en París, estoy intentando avanzar en esta historia y la otra lo máximo posible antes de volver con SEP, aunque ya tenga el capitulo más o menos hecho.
Sin nada más que decir, disfruten el cap.
Adrien despertó envuelto entre unos brazos desconocidos, pero no por ello menos cálidos. La suavidad de sentir su cabeza apoyada sobre una mata de algodón, y las cosquillas en la nariz que esta le producía, fue lo que le hizo despertar.
La visión cercana de la manta rosa fue suficiente para hacerlo sonreír, estiró los brazos y abrazó aquel objeto con fuerza, acurrucándose mientras dejaba que sus piernas se enredasen con la tela y poder dormir mejor.
Al menos, ese era su objetivo hasta que escuchó a la manta quejarse.
—¿Qué...?
Se revolvió en la cama y se incorporó, abriendo los ojos y esperando a que estos pudiesen enfocar mejor, dejando de lado las luces borrosas provenientes del televisor. Escuchó a alguien estirarse a su lado, y ocurrió lo menos esperado; apoyó su cabeza en la almohada y se encontró con el rostro de Alix frente a él.
—¿Buenos días? —pronunció la chica de forma con una sonrisa en el rostro. Adrien se estremeció y reaccionó dando un grito y echándose hacia atrás, rebotando contra su propia cama por el bote que pegó y cayendo al suelo.
—¡¿Alix?! ¡¿Qué haces aquí?! —exclamó el rubio, levantándose y sacudiéndose los pantalones, los mismos que llevaba desde la mañana. Lo que le hizo darse cuenta de que solo debieron pasar un par de horas dormidos.
—Me hago la misma pregunta, ahora estaría descansando en mi habitación de no ser porque alguien no me soltó en ningún momento mientras dormía.
Los colores adornaron el rostro de Adrien igual que un espectáculo nocturno de fuegos artificiales. Intentó hablar, pero la lengua se le enredó un par de veces antes de simplemente bajar el rostro y admitir su culpabilidad en el caso.
—Soy un idiota —soltó el rubio, llevándose una mano al rostro y suspirando sobre ella, negando con la cabeza mientras oía por algunos segundos la pequeña risa de Alix.
—Sí, lo eres, ¿no dormirás con peluches, o sí? —preguntó Alix con una sonrisa mordaz mientras se recostaba sobre su cama—. Espero que no tengas alguna otra manía aparte de abrazarlos.
—¡No duermo con peluches! —se defendió Adrien, haciendo una mueca y caminando hacia el armario para tomar un cambio de ropa—. ¡Y no los abrazo!
—Sí... Mis contracturas dicen lo contrario —mencionó Alix, levantándose y estirándose hasta que ciertas partes de sus hombros y espalda sonaron. El gemido de satisfacción que brotó de sus labios generó en Adrien una reacción única en su tipo. Sintió que su cuerpo se tensaba y se ponía rígido, nunca le había ocurrido algo así con otra persona, después de todo, solo Ladybug había sido capaz de causarle tal reacción.
Adrien tomó de inmediato sus prendas y observó el reloj, tenía quince minutos antes de que Bustier tocara su puerta para llamarlo a bajar e ir a la cena planeada para hoy. Debía alistarse lo más rápido posible, pero no sin antes darse una ducha fría, bien fría.
—Iré a ducharme para ir a la cena, deberías hacer lo mismo —sugirió Adrien para intentar cambiar el tema de una vez por todas y dejar de pensar en lo ocurrido.
—Oh, ¿y quieres que me duche contigo para ahorrar agua? Estás yendo a un ritmo muy rápido...
—¡Alix!
—Bien, me voy, pero, si no quieres que te siga jodiendo así, entonces piensa bien antes de hacer alguna estupidez como la de antes —advirtió la patinadora con una sonrisa maliciosa en sus labios y desapareciendo de su habitación a través de la puerta de aquel baño—. No esperes que esté de buen humor a la próxima.
La puerta se cerró de golpe y Adrien recordó que debía cruzarla para poder llegar a la ducha.
—Esa chica es capaz de obligarte a usar vestido —comentó Plagg, apareciendo de su santuario en la cocina y atiborrándose con trozos de queso que le dejaron toda la cara pintada.
—Claro que no.
—¿Si te lo ordena de esa forma no lo harías? —preguntó el kwami.
—Si me lo pidiera de esa forma, es probable que lo haga, pero no porque sea intimidante —aclaró Adrien, caminando hacia la puerta del baño.
La puerta se abrió antes de que si quiera alcanzase a tocarla y Alix se asomó por la abertura, solo dejando a la vista su rostro y el nacimiento de una toalla que cubría su cuerpo.
—Y usaré esto primero, así que te esperas, Adriencito —dijo Alix con una sonrisa, cerrando la puerta de golpe y dejándolo de pie como un idiota, sin atreverse a decir o pensar algo que pudiera refutarla.
—Mandilón —soltó Plagg, regresando a la cocina para poder llevarse a la boca un nuevo trozo de queso.
Adrien suspiró y miró mal a su kwami, pero no estaba engañando a nadie, era seguro que Alix le estaba haciendo todo eso por básicamente retenerla contra su voluntad y obligarla a dormir por un par de horas con él. Si lo veía desde esa perspectiva, incluso le parecía que estaba siendo muy suave.
No sabía a qué temerle más, a una Alix efusiva y enojada, o a una calmada.
Adrien bajó las escaleras y esperó no toparse nuevamente a un Nathaniel enfermo, si bien solo había ocurrido una vez, deseaba que aquello no se volviera costumbre.
Lastimosamente para él, Nathaniel volvía a estar allí, se encontraba mucho mejor que en la mañana, pero se le veía mal y desorientado, respiraba con cierta agitación y se tomaba el brazo con fuerza, haciendo presión como si tuviera una herida de bala que le impedía caminar con normalidad.
—Nath, ¿estás bien? —Adrien se acercó a su amigo y le puso una mano en el hombro, Nathaniel pareció cerrar los ojos e inclinarse por un momento antes de volver a despertarse.
—Adrien, eh... Sí, sí, estoy bien... —balbuceó el pelirrojo. Tenía el rostro pálido y sus ojos y cabello resaltaban más de lo normal, Adrien no le creyó en absoluto y se dispuso a revisar a su amigo, conocía bien ese tipo de reacción.
—Nath, ¿te duele el brazo? —preguntó el rubio, tomando de inmediato la mano que hacía presión y aflojándola solo un segundo.
Una gota roja cayó sobre la escalera y Adrien entonces notó el hilillo de sangre que bajaba por el brazo de Nathaniel, se quedó congelado, ambos lo hicieron, los ojos verdes y turquesa chocaron entre ellos un par de veces antes de que el pelirrojo volviese a amagar con desmayarse.
—¡Nath, ¿dónde está Bustier?! —inquirió Adrien, tomando a su amigo y aplicando el mismo la presión en el mismo punto de antes, tuvo que levantarle la manga para encontrar mejor la herida y se le subió la bilis a la garganta al ver que un tajo en el antebrazo de apenas seis centímetros era el culpable de todo—. ¡Nath!
—No lo sé... Creo que abajo... También la estaba buscando... —murmuró el pelirrojo, respirando con pesadez y luchando por mantenerse consciente. Adrien se quitó con rapidez la camisa que llevaba y la utilizó de venda para cubrir la herida y aplicar presión, la tela blanca e impoluta se tiñó de sangre casi por completo, pero el alivio llenó su sistema cuando vio que aquello lograba detener el sangrado.
Escuchó un par de pasos bajando los escalones y alzó la mirada, encontrándose de nuevo con Alix, en cualquier otro momento y lugar, se habría quedado sin respiración al ver el atuendo que llevaba puesto.
—Alix, baja y busca a Bustier, y dile que llame a una ambulancia —ordenó Adrien con una voz grave y contundente, su mirada indicaba que no estaba para juegos; Alix asintió y bajó las escaleras más rápido de lo normal para encontrar a la profesora encargada del viaje.
—Bien, Nath, no te duermas, cuéntame algo —pidió Adrien, sosteniendo a su amigo pelirrojo del torso y pasando el brazo sano de este por su hombro.
—¿Qué te puedo contar? —preguntó el pelirrojo, desorientado y con la mirada perdida en cualquier otro lugar menos allí, rememorando algún evento o simplemente soñando con algo interesante—. Mi viaje hasta ahora no ha sido el soñado.
—Tranquilo, amigo, tienes siete días más, ya verás que ahora todo va cuesta abajo —intentó reconfortarlo Adrien.
—No lo creo... Yo tenía planes aquí, de verdad quería que todo fuera bien, pero ya me he perdido una actividad y estoy a punto de perderme otra... —se lamentó el pelirrojo, con unas pequeñas lágrimas bajando por sus mejillas—. Y esta quería que fuera bien...
—Nath... —Adrien llevó una mano hacia arriba y le acarició las hebras rojizas, no entendía en ciertos aspectos por lo que pasaba Nathaniel y no podía empatizar con él por ello, no iba a engañarlo dándole el típico discurso para que uno se sintiera mejor.
—Soy el único idiota que quizá pase la noche de hoy en el Servicio de Urgencias... —siguió hablando Nathaniel, suspirando y girando la cabeza para observar a Adrien—. Gracias por ayudarme...
—No hay de que, Nath —sonrió el rubio, aunque por dentro, se sentía mal por lo cruel que era el destino con su amigo pelirrojo.
Unos minutos después, Alix volvió acompañada de Bustier, que, al ver la situación de Nathaniel, no tardó ni medio segundo en tomar el teléfono y llamar a los Servicios Médicos. Le agradeció a Adrien y les dijo que bajasen para reunirse con el resto, que ella se encargaba de Nathaniel.
—Entonces... Eh, ¿te ves bien? —Adrien tragó saliva cuando Alix entrecerró los ojos para intentar adivinar si era estúpido o idiota. Estaba ya en el sofá de la sala de espera, sentado y sin su camisa, dejándolo solo en pantalones ajustados de diseñador (su padre), una camisa negra que se le ceñía al cuerpo y unas zapatillas de cierta marca americana que le gustaban mucho.
—¿Es un halago o una pregunta, Adriencito? —Alix se cruzó de brazos y se inclinó ligeramente hacia él. Su chaqueta de cuero encerró los lados del rostro de Adrien como una cortina y sus mejillas se tiñeron de rojo al notar la situación.
Los ojos verdes de Adrien intentaron por todos los medios fijarse en los ojos de Alix, sin embargo, la tela blanca sobre su torso era llamativa, no sabía si se debía a los pliegues que se formaban por su abdomen, o al holgado escote que dejaba pequeños a la vista pequeños centímetros de un sujetador negro.
El rubio tragó saliva y bajó un poco la mirada por un momento, el short tejano de Alix se comprimía en el nacimiento de sus piernas y ayudaba a relucir sus piernas cubiertas por la tela de nylon negra y sus botas.
—Ojos arriba, o te patearé la cara —amenazó Alix, apretando los labios y frunciendo el ceño por un momento—. Aunque puede que disfrutes eso, pervertido...
—¡No! —exclamó Adrien, alejándose de golpe y levantándose del sofá, sin saber que habían llamado la atención del resto de estudiantes que se encontraban en la sala de espera.
Juleka, Chloé, Sabrina, Iván, Kim y Alya eran los únicos preparados, el código de vestimenta era similar para las chicas, excepto para Juleka, que parecía haber teñido casi toda su ropa de negro y morado para la ocasión.
—¿Qué hay del resto? —preguntó Adrien, respirando hondo y calmando sus acelerados latidos.
—Eso es lo que me gustaría saber —dijo Alya, apartando la mirada de su teléfono para dirigirse a Sabrina—. ¿Marinette te dijo cuanto iba a tardar?
—No, tampoco es que le haya preguntado —respondió la chica de gafas con una sonrisa de disculpa.
—¿Y Nino? —Adrien señaló con la mano hacia la escalera—. No creo que tarde más de cinco minutos en bajar.
—Espero que tus palabras sean escuchadas, Adrien —se lamentó Alya poniendo los ojos en blanco y mostrando un temporizador en la pantalla de su teléfono—. Lleva veinte minutos en la ducha.
—Dile que por más que se frote no se va a aclarar —comentó Kim, provocando un par de risas en el grupo.
—Creo que tendrás que decírselo tu mismo —respondió Alya, señalando la escalera. Adrien había tenido razón en su oración anterior, pues no había pasado ni siquiera un minuto hasta que Nino apareció vestido como el rey de la discoteca.
—Nino, ¿qué llevas puesto? —Adrien enarcó una ceja e intentó darle algún tipo de sentido al atuendo tan estrafalario de su amigo—. No estamos en los años ochenta.
—Déjame ser, viejo.
El rubio alzó las manos y dejó que su amigo se uniera al grupo, Alix lo miraba desde el reposabrazos del sofá e hizo un par de muecas que le sacaron alguna sonrisa. Los pasos en la escalera no se hicieron esperar, y en unos diez minutos todo el grupo se encontraba ya en la sala de espera del hotel.
Las manecillas del reloj principal del vestíbulo marcaban las ocho de la noche, y según la información que les brindó la Señorita Bustier, la reserva de la cena era a un cuarto para las nueve, por lo que tenían un tiempo libre extra hasta que llegase el autobús a buscarlos.
Y también debían agregar el problema de Nathaniel que parece ser que se había cortado por accidente con un cuchillo de cocina, y era obvio que pasaría aquella noche en una clínica y alejado de sus compañeros.
Adrien se sentó en su lugar y decidió pasar el tiempo con algún juego en su teléfono, el sofá parecía lo suficientemente cómodo para estirarse y darle a una carrera en aquel simulador que descargó hace un mes.
Se dispuso a concentrarse para no equivocarse en ningún momento, hizo la primera curva bien, la segunda también, pero cuando llegó a la tercera...
—Frenaste muy pronto —destacó Alix, moviéndose al ritmo de una canción en su cabeza y observándolo jugar—. Oh, y en esa siguiente curva has frenado muy tarde y te has ido largo, vas a perder una posición.
—Calladita te ves más bonita —respondió Adrien, arrugando la frente y los labios cuando ocurrió lo que le dijo su amiga delincuente—. He perdido dos posiciones...
—Te lo dije —se regodeó Alix, riéndose ampliamente de él y sacando su propio teléfono—. ¿Cómo se llama el juego? Así veo si tengo mejor suerte.
—¿Qué? ¿Quieres jugar a esto? —Adrien pausó la partida y la miró, enarcando una ceja—. Pensé que con lo de hoy ya sería suficiente.
—Si veo una oportunidad de patearte el trasero, debo aprovecharla.
La filosofía de Alix tenía sus objetivos muy bien definidos.
Sabía que se iba a arrepentir, de hecho, ya había comenzado a regañarse mentalmente cuando le dio el nombre del juego y ella ya había logrado una vuelta rápida en su primera partida.
Lo iban a hacer puré.
El restaurante era perfecto para un grupo de estudiantes sin ninguna aspiración real aquella noche. No era caro u ominoso, en su lugar tenía un ambiente hogareño, decoración amable y poco intrusiva. De las paredes colgaban cuadros muy alegres sobre ciertos sectores de la ciudad y el menú era asequible, aunque no iban a poner ni un solo euro de sus bolsillos.
Todos se habían repartido en mesas redondas para cinco personas y los platos llegaban sin detenerse, uno tras otro. Adrien pidió pasta y luego se dejó llevar por lo que ordenasen sus compañeros, en su mesa tenía a Marinette, Nino, Alya y a una sorprendente Alix que no se despegó de él ni un segundo desde que salieron del hotel.
—¿Qué se traen ustedes dos? —preguntó repentinamente Alya, apoyando los brazos en la mesa y entrecerrando los ojos detrás de sus gafas, sus labios apretados formaban solo una línea.
—¿Qué de qué? —respondió Alix, mirando por primera vez por encima de un plato de comida y tragando la albóndiga que masticaba a ritmo lento.
La mirada de Alya se posó en él y Adrien sintió que la mano izquierda le temblaba, daba gracias a todo lo existente que la tenía debajo de la mesa y fuera de la vista de todo el mundo.
—Bueno, no es nada, solo que en estos días os he visto algo... Juntos —explicó Alya, moviendo los ojos hacia un lado, ninguno de los dos entendió, pero Marinette se atragantó con la comida y tosió mientras cogía un par de servilletas.
Nino solo seguía comiendo, ajeno a toda la conversación, saboreaba su comida como si fuera la última vez que podría probarla. Y por las miradas que recibía de parte de Alya, él estaba seguro de que así sería.
—No debería ser raro que estemos juntos, el rubio tiene su habitación al lado de la mía. —Alix se encogió de hombros, metiéndose otra albóndiga en la boca y masticando con lentitud para evitar hablar en un buen periodo de tiempo.
—Es cierto, tú tienes la individual —cayó en cuenta la joven periodista, dándole un sorbo a su vaso de refresco—. ¿No te sientes algo solo?
—Hago lo que puedo —respondió Adrien, tomando un poco de los espaguetis y comiéndolos con ansiedad, normalmente no disfrutaba de ese tipo de comida debido a una dieta estricta en la que estaba sumido por su padre y los nutricionistas. Su trabajo de modelo era importantísimo y debía estar en buena forma.
—Rollitos. —Alix le picó la cintura por debajo de la mesa y le hizo dar un salto.
—No hagas eso —reclamó el rubio, frotándose el lado del abdomen e intentando ignorar las expresiones de sorpresa del par de amigas.
—Fingiré que no vi eso —dijo Alya.
—Gracias.
Alix volvió a darle un toque en el mismo lugar y Adrien gruñó, dándole un ligero manotazo.
—¡Alix! —regañó Adrien, robándole una albóndiga de su plato en forma de venganza y engulléndola del tirón, sin darle oportunidad de recuperar su masa de carne cocinada y que expulsaba un olor delicioso.
—¡No! ¡Eres un idiota, Adriencito! —exclamó con cierta furia su compañera de asiento, lanzándose hacia su cuello para hacerle una llave de sumisión que pronto lo dejaría sin aire.
Alya se encogió de hombros ante la escena y decidió comer de su plato con normalidad, Marinette tosió y se llevó las manos al cuello al sentir que se atragantaba con su propia saliva.
Y mientras todo aquello ocurría, Nino solo comía con tranquilidad.
Después de acabar la cena, Bustier se acercó al grupo y dijo que se tomaría unos quince minutos para verificar la situación de Nathaniel en la clínica. Eso los dejaba a todos subidos en el autobús y con demasiado tiempo libre para que se llevase a cabo una tercera guerra escolar.
—Bien, eso significa que estarán sin supervisión una buena parte de la noche, espero que nadie haga alguna locura, confío en ustedes —dijo la mujer pelirroja con las manos en la cadera y paseando su mirada por cada uno de ellos.
Adrien se sintió confundido y ladeó la cabeza, fue el único que levantó la mano de todo el grupo y se sintió fuera de lugar de inmediato.
—¿Sí, Adrien? —le cedió la palabra su maestra.
—Eh, Señorita Bustier, ¿a qué se refiere? ¿Haremos algo más después de esto?
Un codo le golpeó las costillas, jadeó y se dobló en el asiento del dolor mientras todo el mundo emitía sus particulares reacciones al ataque sorpresa de Alix.
—Alix, no golpees a tu compañero —regañó Caline, intercambiando su peso entre sus piernas y sonriendo de forma juguetona—. Y Adrien, que yo recuerde me dijiste que leíste el programa del viaje al derecho y al revés.
—Eh... Es probable que lo hiciera —balbuceó el rubio casi sin aire.
—Bueno, entonces es probable que sepas que tienes una noche de disco hoy, hasta las tres de la mañana. —Bustier le guiñó el ojo—. No se pongan muy locos, chicos.
Las voces se alzaron y las manos comenzaron a ondear por todo el autobús, creando una ola humana. A alguien se le ocurrió encender una radio a máximo volumen y en vez de un autobús escolar, parecían un autobús de fiesta donde se cometerían todos los pecados capitales y tres crímenes de guerra.
Su primera impresión de la fachada del club es que era invisible a plena vista. Las luces de neón sobresalían del marco de la puerta, donde un hombre adulto y musculoso ejercía de portero y suspiraba de cansancio al ver un gran número de adolescentes llegar.
La normativa europea prohibía a los menores de edad en clubes nocturnos y pubs, a no ser que estos fueran específicamente para menores de dieciocho, quiere decir que no contaban con alcohol, espectáculos raros o sustancias divertidas.
No tuvieron que hacer mucha fila, bajaron del autobús y fueron entrando uno tras otro, el local por dentro era todo lo contrario a lo que se veía, tenías tres plantas hacia abajo, las luces se movían en una espiral de locura y eldeejayponía temas de cosecha propia que sonaban muy bien.
Adrien fue de los últimos en entrar, los grupos se dispersaron y cada uno se dispuso a hacer lo suyo, Kim, Iván y Max se sentaron en la barra e iniciaron un concurso de quien soportaba beber más, aunque solo era refresco o bebida energizante.
Juleka se sentó en un rincón junto a Rose y decidió adoptar la postura más antisocial posible, simplemente mirando su teléfono y sacando un par de auriculares para ponérselos en una oreja y dejar la otra libre para hablar con su amiga.
Mylene terminó siendo arrastrada a la zona de baile mientras intentaba ir con Iván, y se perdió en las profundidades del club, seguro aparecería más tarde, o eso esperaban. Sabrina y Chloé se dispusieron a ir hacia la pista, donde un par de chicos aprovecharon el momento y las invitaron para bailar juntos.
Eso era otro detalle, el club estaba abierto al público, por lo que había cientos de chicos y chicas con los ojos puestos en ellos. Especialmente en Adrien, que era el blanco favorito del público femenino y una pequeña parte del masculino.
Alya y Nino se alejaron hacia la pista de baile, donde su amigo estaba por demostrar sus dotes artísticas con todo el subidón de adrenalina que daban estos lugares. Adrien se quedó cerca de la entrada, con Alix a un lado y Marinette al otro.
—Eh... Adrien... —intentó llamar Marinette, acercando la mano hacia el brazo del rubio lentamente, casi como si su toque quemase o fuera prohibido.
—¡Rubia, vamos hacia allí! —exclamó Alix, tomándolo con fuerza del brazo y arrastrándolo por las escaleras, los ojos verdes de Adrien se cruzaron con los de Marinette y le envió una expresión de disculpa ante lo que sea que le hubiera querido decir.
El monstruo fucsia actuó más rápido de lo que pensaba.
Alix no estuvo contenta con bajar al segundo piso, lo llevó hasta el tercer sótano del lugar y ambos se sentaron en una de las barras de allí, en un principio al propio Adrien se le hizo extraño que el local tuviera barras diferentes, pero luego entendió que era para que la gente en pisos diferentes no tuviera que subir y bajar con copas que podrían romperse.
—¿Ocurre algo, Adriencito? —preguntó Alix, sentada a su lado y apegándose con un tono mordaz—. ¿Nunca has estado en un sitio como este?
Al rubio le hubiera encantado decir que sí, pero la más pura realidad era que el meme de Rapunzel que se había vuelto viral en el grupo de clase era fiel a la realidad. A veces se sentía como esa princesa, dejando crecer su cabello hasta que aparezca algún príncipe que lo liberase de su prisión y lo llevase a conocer el mundo.
Nunca admitiría que incluso llegó a soñar con eso, en sus sueños ni siquiera era mujer, pero seguía siendo un chico encerrado en su mansión, y era su Lady la que llegaba a rescatarlo.
Aunque ahora, ese sueño se transformaba ligeramente, en lugar de Ladybug entrando por su ventana con delicadeza, una chica diferente rompía todo el vidrio y se lo llevaba luego de grafitear su habitación. No estaba seguro del todo si aquello era un rescate o un secuestro, pero le servía de ambas formas.
—Siendo sincero, es mi primera vez en un sitio como este —confesó el rubio, inclinando los hombros hacia adelante y moviéndose contra la barra, apoyando las manos mientras rehuía de la mirada divertida proveniente de Alix.
—Eso es genial, entonces, tienes que perder la virginidad de la mejor manera posible —dijo Alix, llamando al chico de las bebidas y haciéndole una seña extraña que Adrien no reconoció en absoluto—. Amigo, dame lo más fuerte que tengas.
El chico soltó un par de risas y se acercó a ellos, levantando una botella de lo que parecía ser refresco de naranja y limón, el olor a cítrico se podía detectar a kilómetros y Adrien arrugó la nariz.
—No, eso no, sabes a lo que me refiero —habló Alix por lo bajo, sacando una tarjeta de su bolsillo y mostrándosela al trabajador. La discreción y el secretismo lo hacía parecer un intercambio de sustancias ilícitas, y Adrien no creía ser el agente en cubierto.
Pero algo en su interior le instigó a calmarse, Alix no era una persona influyente o lo suficientemente importante para que lo que sea que aparezca en aquella tarjeta cambiase por completo la disposición del trabajador hacia ellos.
—Un gusto conocerla, señorita Kubdel, a su servicio —respondió el empleado, devolviéndole la tarjeta y agachándose para tomar una caja diferente al resto, levantando una botella de una bebida que Adrien nunca había visto—. Aquí tiene, que pase buena noche.
—Gracias —pronunció Alix con una sonrisa de felicidad y tomando la botella, la destapó y la puso frente al rubio, se acomodó para apreciar el espectáculo y esperó a que Adrien tomase la iniciativa.
—Eh... ¿Ahora qué hago? —preguntó el rubio, arrugando de nuevo la nariz, aunque en este caso por el intenso olor a alcohol que emanaba de la botella.
—Bebe.
—¡¿Qué?! ¡No voy a beber! —replicó Adrien, cruzándose de brazos.
—No te hagas el difícil, ya bebiste en tu habitación, no es diferente a beber ahora —expuso Alix.
—Claro que es diferente, además, suelo vomitar luego de beber —murmuró lo último Adrien, tragando saliva.
—Lo sé de primera mano, pero estoy segura de que no lo harás esta vez. —Alix le dio una palmada en la espalda y señaló todo el ambiente del club, la música aumentó su volumen y el género se iba moviendo hacia la electrónica con cada canción que sonaba—. Quiero ir a divertirme, y quiero hacerlo con el Adrien divertido.
—Creo que quieres al Adrien borracho —razonó el Agreste, golpeándose la frente contra la barra y recibiendo un pañuelo por encima de parte del empleado que limpiaba de vez en cuando.
—Prefiero al Adrien normal, pero para ser tu primera vez en un sitio así, creo que el Adrien borracho puede dejar huella. —Alix se acercó unos cuantos centímetros y apoyó el mentón en su hombro, Adrien rehuyó su mirada tanto como pudo hasta que se rindió, haciendo contacto visual con ella—. Hazlo por mí.
Esos ojos azules se transformaron en los de un cachorro derrotado, Adrien suspiró y sin pensárselo dos veces, le dio un trago a la bebida, sintiendo que esta quemaba su garganta y su interior se calentaba como un matraz en plena ebullición.
—¿Qué es esta cosa? —preguntó con voz rasposa, tosiendo y con los latidos de su corazón acelerándose, lo que le obligaba a aumentar el ritmo de su respiración.
—No lo sé, pero creo que no está mal, ¿o sí? —Alix le sonrió y su rostro se emborronó una vez, difuminándose en su vista. Se frotó los ojos con las manos e intentó enfocar nuevamente, volviendo a ver el rostro de su amiga por unos segundos hasta que todo se puso borroso—. Bebe de nuevo, vamos.
Y como todo un idiota mandilón, Adrien volvió a beber una gran cantidad de aquella bebida de un solo tirón, jadeando y gruñendo al sentir su garganta incendiándose y la ronquera en su voz.
—¿Te apetece ir a bailar? —preguntó Alix, tomándolo de un brazo y guiñándole un ojo.
Adrien tenía muchas ganas de decir que, si se atrevía a bailar luego de dos tragos a esa bebida del infierno, tropezaría con ella y acabaría desparramado en el suelo de la discoteca luego de arrastrar a veinte personas con él.
—Sí. —La palabra se deslizó de sus labios antes de que su cerebro procesara la información. Bajó de aquella silla y fue guiado por Alix hacia la pista, con las luces bajo sus pies moviéndose y coloreándose al ritmo de la música.
Su visión se iba volviendo borrosa con el tiempo y solo era capaz de sentir la presencia de Alix debido a su tacto y a sus agudos sentidos felinos. Aunque estos últimos se empezaban a inhibir debido al alcohol en su sistema.
Chasqueó la lengua y se dejó llevar por el ritmo de la música, con su vista enfocando solo colores y formas. Quizá así sería una noche mucho más sencilla de olvidar en caso de que terminase haciendo una estupidez.
Por lo que se dejó guiar por Alix y cerró los ojos para disfrutar el momento.
Estaba jadeando como si hubiese participado en una prueba olímpica y sudaba a mares.
La noción del tiempo desapareció luego de su ultimo vistazo a un reloj digital que dictaba la una de la madrugada. Había sido golpeado de forma accidental por tres chicas durante la noche y no dudó en querer bailar con ellas para distraerse un momento.
Pero Alix no lo dejó solo.
No sabía si era porque se sentía culpable de haberlo dejado ciego por el alcohol, o era que disfrutaba su expresión de dolor y rechazo cuando invitaba a las otras chicas a largarse.
Alix era mala, muy mala; un torbellino de desastres que dejaba su marca allá a donde fuera, sin temor alguno a las consecuencias o represalias. Era una contrabandista oculta de alcohol y tenía ciertos hábitos extraños en una noche de fiesta.
Y aún con todo eso en mente, su aliento olía a menta, ¿o era alcohol? ¿El alcohol podía oler a menta?
Su cabello brillaba bajo las luces oscuras y refulgentes de aquel local, sus ojos azules mostraban una diversión latente debido a su situación y sus labios rosados eran como una diana en la que cualquier chico podría fijar el objetivo.
Ya habían bailado... ¿Siete u ocho canciones diferentes? No podía recordarlo, lo único que quedaba de aquellos bailes era el suave roce de su piel contra la de ella y sus prendas de ropa chocando entre sí en los ritmos más movidos.
Luego, se había sentido mareado y estuvo a punto de caer al suelo, pero Alix lo sujetó y lo llevó con cuidado a una zona con mesas y sofás, donde ambos se sentaron. Adrien intentó enfocar el rostro de su amiga, pero no podía, es entonces que Alix lo tomó de las mejillas y acercó su rostro, hablándole con suavidad y acariciándole las sienes en busca de un alivio momentáneo a cualquier síntoma que apareciese.
El rubio se reclinó y apoyó la espalda en el acolchado sofá de aquel piso de la discoteca. Su visión se basaba en luces brillantes y aleatorias que cubrían todo el lugar y no le permitía diferenciar los colores.
—Alix... —murmuró Adrien, moviendo la cabeza de un lado a otro y parpadeando para enfocar los ojos de su amiga, buscaba aquellos orbes azules entre un mar gris que se aclaraba por momentos.
—Adrien... Adrien... —Unas palmaditas en su mejilla lo hicieron reaccionar, sintiendo que algo tenía ganas de subir por su estómago.
—Creo que voy a vomitar... —balbuceó el rubio, agachando la mirada y captando un olor dulzón, algo que sirvió para tranquilizar su alborotado tránsito intestinal y regresarlo a su circulación normal.
—No lo harás, solo relájate... —le susurró ella en el oído, sintiendo que apoyaba la frente en su hombro y se movían en un lento balanceo al ritmo de la música.
Estuvieron en esa posición durante unos cinco minutos, la vista de Adrien mejoró y pudo enfocar el rostro de Alix con cierta claridad, era como un efecto desenfoque de una cámara profesional, tuvo que acercarse un par de centímetros más para poder prestarle la mejor atención.
Sus narices se tocaron y ambos soltaron una risa cómplice, Alix también parecía haber bebido una cantidad similar o incluso mayor a la de él, por lo que el alcohol estaría causando estragos en su cuerpo y mente.
Alix era bonita, Adrien estaba comenzando a pensar que se sentiría si solo se acercara y...
Su aliento rozó sus labios y el agarre de Alix en sus mejillas se apretó, deteniéndolo de sopetón y siendo obligado a hacer contacto visual. Las mejillas de Alix tenían un rubor tierno y gracioso, sus ojos entrecerrados y su respiración agitada le embriagaron de pies a cabeza, el pequeño rastro de su propio olor todavía la impregnaba y lo volvía loco.
—Adrien, ¿estás seguro? —preguntó ella, en voz baja y con su pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración.
¿Estaba seguro? Claro que no, pero deseaba hacerlo. Tenía que hacerlo.
—Alix, lo que pasa en Lyon... —citó una frase muy conocida, pero cambiando la ciudad del pecado por una en la que estaba a punto de cometer un crimen contra su propio corazón.
Alix no debía completar la frase, si lo hacía, su corazón entraría en conflicto, él solo quería a una chica, la única capaz de entrar en su corazón y quedarse viviendo allí sin pagarle alquiler, su Lady.
El cabello de Alix fue iluminado por los destellos de las pequeñas luces multicolores y entreabrió los labios.
—Se queda en Lyon...
Cerró los ojos y desapareció la distancia existente, con el cuerpo hormigueante y entumecido. Los parpados pesados y una respiración irregular, estaba sudando a cántaros, pero eso ya no le importaba, no cuando los dedos de Alix se encargaron de acariciarle la sien y ambas mejillas, lo que le hacía ronronear por lo bajo.
Quizá no era la mejor escena o el momento más esperado, pero podía echarle la culpa al alcohol después si es que se arrepentía. Alix era la experta en este tipo de salidas, ella tenía mucha más experiencia, por lo que luego le preguntaría si estaba bien o no.
Sus labios encajaron y se sintió torpe, inexperto, como un tonto cuyos únicos besos se los dedicó a una almohada con patrones de un pequeño coleóptero. Todo lo contrario, a Alix, cuya boca se sentía como una tormenta, una tempestad imparable que tomó el control de la situación y lo llevó a todo un viaje de placer por medio de sus labios.
Bueno, si su primer beso había sido así de intenso, entonces se sentiría orgulloso de decir que fue mientras estaba borracho. Borracho en un lugar donde ni siquiera tendría que haber alcohol.
Alix estaba siendo aquel príncipe que la rescataba de la torre y le estaba mostrando el mundo, en este caso, sus deseos más bajos en el mundo.
El beso estaba siendo increíble, pero Adrien sintió que algo se revolvió en su interior, ¿aquellas eran las mariposas en el estómago de las que tanto hablaban?
No, en cuanto la sensación llegó a su garganta y la quemó por dentro, rompió el beso, se alejó, y tomando un cubo cercano que antes estaba repleto de hielo, potó en su interior mientras sufría espasmos debido a la horrible sensación y al dolor en su estómago.
Y mientras todo aquello ocurría, las risas de Alix eran su única compañía.
Adrien jadeó de sorpresa en aquel sofá al sentir el peso extra en su pierna; no estaba seguro de si era Alix o alguien más, pero ya no le importaba en absoluto, los pies le dolían de tanto bailar y su cabeza le daba vueltas como una peonza a punto de ser destruida en un combate.
Ronroneó al sentir la mano acariciándole el cabello tan cerca de su propio cuello. El cosquilleo ascendía por su rostro y le obligaba a cerrar los ojos de placer mientras entreabría los labios para soltar su aliento.
Podía escuchar los latidos de su corazón en su cerebro, ¿o era su propio cerebro el que latía? Había llegado a tal punto que no sabía qué parte del cuerpo le dolía más que otra; solo se movía en piloto automático, esperando embriagarse nuevamente de aquella sensación única y deliciosa de hace unos momentos.
Y llegó; los labios de Alix volvieron a posarse sobre los suyos y Adrien soltó un gemido ronco que se atoró en su garganta y se la raspó. No tenía noción alguna de lo que hacía o lo que deseaba hacer; las diferencias entre aquellos dos términos se diluyeron hasta que la barrera era inexistente.
Cuando sintió la lengua de Alix entrar en su propia boca, su cuerpo reaccionó ante el contacto como nunca lo había hecho. Y era porque se sentía inexperto, las manos le temblaban y solo intercalaban posiciones entre la cintura de Alix o las piernas que ahora lo rodeaban. Su mente no podía dilucidar bien, pero reconocía aquella sensación suave que experimentó por primera vez en su habitación.
Por alguna razón, la textura de su piel lo volvía loco.
Sus parpados volvieron a cerrarse y se dejó llevar por la sensación; sus brazos parecieron adaptarse a un ritmo que a él mismo le costaba procesar. Rodeó la cintura de Alix y la apegó a su cuerpo mientras disfrutaba de la cálida sensación de sus bocas moviéndose en sincronía.
Un gemido salió de su boca solo para ser ahogado en los labios de su captora, que movió la cadera sobre su cuerpo y le envió una descarga que le erizó el vello de la nuca. Sus ronroneos eran bajos y las manos temblorosas tomaron confianza, recorriendo cada centímetro del tren inferior de su amiga.
El beso largo terminó y ambos abrieron los ojos; Adrien tenía una vista perfecta de aquellos orbes azules envueltos en un mar de neblina que antes era su realidad. Los colores y la iluminación oscura del club ya no eran distinguibles, y aquello lo hacía sentir que flotaba en un limbo de sensaciones, explotando al límite.
—Alix... —susurró él, con una voz ronca acompañada de un gruñido que ni siquiera él mismo sabía que era capaz de emitir. Si en algún momento el hecho de tener su propio olor sobre ella lo había vuelto loco, ahora que saboreó esos labios por primera vez, se sintió capaz de volverse adicto a ellos.
—Adrien... — Alix se mordió el labio inferior y aquel gesto hizo que Adrien se emocionase. El calor que recorría su cuerpo se volvía cada vez más intenso y solo quería acercarse. Ella volvió a moverse sobre su regazo y entreabrió los labios.
El rubio la tomó de las posaderas y volvió a unir sus bocas, esta vez decidido a llevar el ritmo y hacer que Alix pudiera sentir el mismo tipo de placer que ella le había brindado. Pasó los dedos por los bordes de su short y bajó las manos para acariciar por enésima vez las piernas cubiertas por la suave tela negra.
Alix respondió a sus movimientos, llevando las manos a su camisa, comenzando a desabrochar los primeros botones y acariciándole el cuello con más delicadeza, pasando las puntas de sus uñas por la línea de su barbilla y provocando una reacción en cierta parte baja de la anatomía de Adrien.
—Parece que alguien se ha emocionado... —susurró Alix tras romper el beso por un par de segundos antes de volver, como si de verdad necesitara probar sus labios para poder seguir viviendo en aquel mismo momento.
Adrien sintió nuevamente el cosquilleo en su mentón acompañado de una onda de calor que provenía de lo más bajo de su abdomen; dolía, después de todo, sus pantalones ajustados no estaban preparados para una situación similar y el solo hecho de haber despertado sus más bajos instintos le provocaba un dolor indescriptible.
Sus lenguas se enzarzaron en un duelo mientras las manos ágiles de Alix seguían desabrochándole la camisa. El ambiente de la burbuja en la que ambos se encontraban se iba calentando con el pasar de los segundos, y Adrien, aunque estaba emocionado, no podía evitar sentir un ligero temor en lo profundo.
Y todo fue así, hasta que una copa de vidrio se rompió.
Alix prácticamente saltó de su regazo y se puso a su lado, moviendo las manos por su ropa en un intento de acomodar todo lo que se hubiese movido. Adrien ni siquiera se encontraba en este plano del mundo; sus ojos viajaron hacia la figura que había entrado en aquella sección y los observaba con estupefacción grabada en su rostro.
Hubiera sido bonito decir que la reconoció, pero no, su vista estaba tan borrosa que lo único que logró quedarse de aquella figura era una línea morada que parecía salir de su cabello.
—Jul...
El sonido se convirtió en un pitido para Adrien, que dejó de escuchar y se intentó poner de pie, tambaleándose y siendo ayudado por Alix y la otra persona.
Al sentir las manos de Alix nuevamente en su pecho, se apegó como un gato en busca de cariño. La necesitaba, tenía que abrazarla, que sentirla de nuevo, volver a besar esos labios y compartir su calor.
Sin embargo, sus parpados pesaban y su cuerpo se sentía agarrotado, como si hubiese corrido un maratón de veinte kilómetros sin tener preparación alguna y ahora su propia condición lo castigaba. Sus piernas temblaron antes de volver a caer, esta vez sobre la silla y quedarse allí.
Todo el mundo se volvió negro y él solo balbuceó el nombre de la chica que lo sacó de la torre. Lo hizo una y otra vez.
Hasta que se detuvo.
—Amigo, beber no es lo tuyo.
Adrien abrió los ojos tan rápido como pudo y se levantó de golpe, golpeándose la cabeza con un pesado muro mental que le hizo sollozar y caer de nuevo sobre la cama. Un latido fuerte dentro de su cráneo le hacía gritar y gemir de dolor mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
—¡Tranquilo, viejo, tranquilo! —pudo reconocer la voz de Nino y giró la cabeza para observarlo. Sus ojos dolían, pero aquello no le impedía ver el rostro sonriente de su mejor amigo.
—¿Qué...? ¿Qué es lo que me pasó...? —preguntó con una voz rota y ronca; sentía la garganta seca hasta tal punto que hablar era como apuñalarse una y otra vez en el cuello. Necesitaba agua de inmediato; tenía que beber agua porque ahora que se acordaba, también tenía mucha sed.
—No tengo idea, amigo. Nino se levantó de la cama y caminó un poco para rodear la habitación. Dicen que bebiste algo que no era para ti y, bueno, te pusiste un poco esquizo. Bustier no lo cree, pero lo va a dejar pasar porque se quedó esa noche cuidando de Nathaniel.
Adrián oyó las palabras de Nino, pero ninguna de ellas calaba tan profundo en su mente. Tenía recuerdos muy vívidos de lo que ocurrió en el club; aquello no era algo causado por su imaginación.
No podía serlo.
—¿Y tú lo crees? —preguntó Adrien, tosiendo y poniéndose la almohada alrededor de la cabeza, cerrando los ojos para intentar calmar los fuertes latidos que le provocaba el simple hecho de escuchar su propia voz.
—Bueno, estuve contigo un buen tiempo, y si estabas medio loco, amigo, asegúrate de no volver a tomar de alguna copa extraña —respondió y aconsejó Nino—. Bueno, volveré a mi habitación, toca dormir un poco.
Adrián ya ni siquiera lo escuchaba; se había quedado estático luego de las palabras de Nino y se llevó una mano al pecho. Le temblaron los labios y la cabeza le dolía; ya le salían un par de lágrimas, pero ahora se acumulaban y su visión se volvía borrosa debido al exceso de líquido acumulándose entre sus párpados.
La puerta de su habitación sonó y Adrien se rompió a llorar en su almohada, con el cuerpo tembloroso y gritando de forma amortiguada debido al dolor.
Una puerta sonó de nuevo, pero Adrien ya no le hizo caso. Se quedó llorando como un niño mientras se cubría con la almohada y esperaba que todo aquel viaje del infierno terminase.
—Tenía razón cuando te dije que eras un niño, Adriencito.
Adrien se levantó de golpe y apoyó mal la pierna, rodando y cayendo de la cama hasta que se topó con algo duro y suave; tenía los ojos cerrados por el impacto, pero al abrirlos, tragó saliva al ver a Alix de pie junto a él, mirándolo desde arriba.
—Alix... —susurró el rubio, apretando los parpados y limpiándose las lágrimas que todavía rodaban por su rostro; un ligero ardor le nacía del estómago y se quedaba a puertas de su garganta—. ¿Qué ocurrió ayer?
—¿Ayer? Te pusiste en modo esquizofrénico —respondió ella con una sonrisa y agachándose un poco para extenderle la mano—. Recuérdame poner un letrero junto a las bebidas antes de que las tomes, para que así sepas cual es la tuya.
Adrián apretó los labios y sus ojos se abrieron; le ardían, las ganas de parpadear eran ignoradas y solo aguantaba el dolor para poder tener una excusa por la que quejarse luego.
Se llevó una mano lentamente al pecho y jadeó al sentir su corazón latiendo como un loco, queriendo brotar de su tórax y desangrarse a los pies de aquella chica que ni siquiera era la mujer por la que éste latía.
No quería pensar de nuevo en Alix, en lo mucho que le gustó soñar o imaginar que ocurría algo entre ellos. Esos sentimientos ni siquiera tuvieron que asentarse en su corazón.
Tenía que sacarlos ya.
Levantó un brazo y tomó la mano de Alix, ignorando la descarga que sintió recorrer su cuerpo y siendo ayudado por ella para ponerse de pie.
—¿Qué te pasa, Adriencito? Te noto algo... sensible —comentó Alix. Observándolo fijamente y ladeando la cabeza, Adrien hizo un último intento, deseando encontrar algo en su mirada, en sus gestos, cualquier pista que le indicase que sus borrosos recuerdos no eran producto de su imaginación.
Para su pesar, no había absolutamente nada en la expresión de Alix.
—Yo... no es nada... —musitó el rubio, mordiéndose el labio inferior por una milésima de segundo—. ¿Qué haces aquí...?
—Oh, sí, bueno... Estaba un poco preocupada —reveló Alix, con una pequeña sonrisa y llevándose una mano a su cabello fucsia—. Después de todo, yo fui la que causó la confusión.
—¿Cómo...?
—Sí, no te molestes, no creí que tomarías de ese vaso y bueno... lo siento —se disculpó Alix con sinceridad, antes de darle un ligero golpe en el abdomen y caminar hacia el baño—. Por cierto, aprovecha a descansar; en unas horas amanece y aunque hoy tenemos un día libre, es mejor estar entero.
—Eh, sí —balbuceó el rubio, incapaz de formular una frase coherente antes de que Alix se encogiera de hombros y saliera de su habitación por su pasaje secreto.
Adrien suspiró y se sentó en la cama, llevándose las manos al rostro y cerrando los ojos con fuerza. Suspiró con fuerza y se mordió el labio tan fuerte que se hizo una herida sangrante que comenzó a gotear en el suelo de su habitación.
Observó sus gotas de sangre caer sobre el suelo y se lanzó hacia atrás, se recostó en la cama y cerró los ojos mientras se llevaba la esquina de la manta a la boca para morderla.
Adrien se miró al espejo y se lavó la cara, revisándose la nueva herida en el labio y la pequeña marca que adornaba el puente de su nariz. Iba a desaparecer, pero tomaría tiempo, por lo que estaba seguro de que tendría que usar maquillaje cuando volviera al modelaje en París.
Por su mente seguían pasando las imágenes borrosas de su supuesta experiencia en aquel disco. ¿De verdad se había imaginado todo eso? No quería creerlo; aunque ya había hablado con Alix y ella le confirmó las palabras de Nino, algo en su interior le obligaba a no creerle.
Se miró nuevamente al espejo e hizo contacto visual consigo mismo.
—Cada día más esquizofrénico.
El rubio jadeó de golpe y se alejó del espejo para enfocar su mirada en Plagg, que había dicho la frase mientras entraba al baño y veía a Adrien en uno de sus momentos más existenciales.
—Plagg, no estoy de humor para tus bromas —reclamó el rubio, quitándose la camiseta para cambiarse por una nueva que había tomado del armario.
—Nunca estás de humor, no me sorprende —respondió el kwami, volando hacia el interior del baño y sentándose a un lado de un pequeño mueble prácticamente vacío—. ¿Qué te ocurre?
—Ah, no, no harás de mi terapeuta otra vez —advirtió el rubio, terminando de ponerse la nueva camiseta y procediendo a arreglarse el cabello—. Tus consejos de la última vez fueron terribles.
—No es mi culpa que tú no sepas aprovechar mi sabiduría.
—¿Sabío? ¿Tú? —Adrien enarcó la ceja.
—Sabes, hay días en los que quisiera un poco de respeto —expresó Plagg—. Mira, chico, no tengo idea de lo que te atormenta, pero sé que puedes resolverlo; eres Chat Noir después de todo.
Adrien se le quedó mirando por un par de minutos y finalmente terminó de peinarse, se echó un poco de agua en el rostro y asintió hacia su propio reflejo.
—Eres muy mal consejero, pero buen motivador, Plagg —comentó Adrien antes de salir del lugar y caminar hacia donde estaban sus cosas. Alix le comunicó que aquel día era libre; no sabía a que se refería exactamente, pero decidió bajar al vestíbulo del hotel para tomar un poco de aire.
—Y eso que lo hago sin intención.
El rubio puso lo necesario en su bolsillo, y salió de su habitación, encontrándose con la señorita Bustier caminando por el pasillo. La mujer pelirroja vestía un poco diferente a lo que normalmente usaba: llevaba un top deportivo de color negro junto a unos leggins y unas zapatillas blancas derunning.
Alrededor de su cintura traía una chaqueta gris atada, en el brazo derecho tenía puesto un brazalete para el teléfono y unos audífonos deportivos adornaban sus orejas, mientras su cabello pelirrojo atado en una coleta se movía con cada movimiento suyo.
—Adrien, buen día —le saludó con una sonrisa y alzando la mano donde traía una pequeña botella de agua—. Te has despertado muy temprano.
El rubio se quedó observando a su maestra y se ruborizó en cuanto tomó conciencia de la situación; la ropa deportiva le quedaba muy bien y sus ojos se movían por instinto a las zonas más interesantes del cuerpo femenino.
Al menos así fue hasta que se obligó a reaccionar y responder. No quería que su profesora se hiciera una idea equivocada de él y mucho menos que creyera que se trataba de un pervertido.
—Bueno, no tenía mucho sueño, y a veces me gusta comenzar el día temprano —expuso Adrien, sonriendo de forma tímida ante la mirada de Caline Bustier.
—Es bueno que algunos tengan un buen horario de sueño —comentó la pelirroja, llevándose las manos a la cadera y sonriéndole con un gesto cariñoso—. Aunque creo que te sigo notando algo cansado.
—¡No, no, estoy bien! —interrumpió Adrien, encogiéndose un poco ante la mirada de su maestra, que, si bien no era una mujer alta, debía llevarle al menos unos cinco centímetros. Por lo que ella tenía que bajar un poco la mirada.
—Entonces, ¿te gustaría unirte a mi ejercicio matutino? —ofreció la mujer pelirroja, dejando a Adrien congelado. Sus nervios lo estaban obligando a sudar y temía que aquel encuentro también fuera un producto de su recién descubierta fase en la que su imaginación volaba hasta el infinito.
Él no era ajeno a hacer ejercicio; tenía una ligera rutina para mantener su cuerpo delgado y en buenas condiciones para su trabajo en el mundo del modelaje. Había tenido que compartir ciertas sesiones con sus compañeras de trabajo y algunas le superaban en edad por al menos diez años.
Respiró profundamente y tragó saliva. A su forma de ver las cosas, tenía dos opciones:
Rechazaba la invitación y se quedaba lamentándose en el vestíbulo del hotel por un primer beso que nunca sucedió, o aceptaba y tenía una mañana de ejercicios con su profesora de la escuela que, por razones del destino, era hermosa hasta más no poder.
Evocó una vez más la sensación y la suavidad de los labios de Alix, aquellos que no eran reales, pero para él sí lo fueron. No podía seguir llorando todo el día.
—Claro, solo espéreme que me cambie —respondió el rubio, habiendo tomado una decisión.
Solo esperaba no arrepentirse.
Agradeció haberle hecho caso a Nathalie y empacar un poco de ropa deportiva por si acaso, no solo por hacer ejercicio, también por si se le ocurría jugar algún deporte con los chicos y no tenía la vestimenta adecuada.
Eso solo podía ocurrir si a Kim se le cruzaban los cables.
La sala de ejercicios del hotel era prácticamente un gimnasio equipado para sus huéspedes. ¿En serio ese lugar estaba en el presupuesto de alojamiento que se definió en clases? Ya estaba empezando a dudarlo, pero no le vería el diente a un buen caballo regalado.
Era un lugar amplio, con un ventanal entero de vidrio reforzado que daba unas buenas vistas de la ciudad desde arriba. Cientos de máquinas diferentes estaban acomodadas de un lado y tenían menos de siete personas moviéndose entre ellas y realizando repeticiones al fallo como si no hubiera un mañana.
Se distrajo por un momento y cuando volvió a prestarle atención a su maestra, ella ya se había alejado un poco para estirar antes de realizar cualquier otra actividad. Adrien tragó saliva y se acercó para hacerlo junto a ella.
—Entonces... ¿Cómo está Nathaniel? — Adrien soltó la pregunta mientras estiraba los brazos y las piernas.
—No fue nada grave, le limpiaron el corte y lo cerraron sin ningún problema —explicó su maestra con alivio, estirando las piernas y demostrando su flexibilidad cuando fue capaz de abrirlas en un ángulo llano para proceder con su calentamiento—. ¿Cómo estás tú? Me contaron que ocurrió algo en la noche...
—No tengo idea de eso —respondió apresuradamente el rubio, apretando los labios y sintiendo que, si se estiraba más, terminaría soltando un maullido.
Cosa que ya había ocurrido antes.
—Claro, claro, señor, bebí de una copa equivocada y terminé semi desnudo en la pista de baile —insinuó Bustier, con una sonrisa traviesa en su rostro y dejando a Adrien con las mejillas rojas.
—La parte de semi desnudo no la conocía.
—Ah, digamos que puede que me invente un par de cosas. Caline se levantó y le pasó una mano a Adrien por el cabello, sintiendo la suavidad de este y el ligero olor a acondicionador de lavanda. Pero no pasa nada, todos hicimos locuras de jóvenes.
—Eso no es lo que me preocupa... —musitó Adrien.
—Al menos admitiste que algo sí te preocupa. Pasó un brazo por los hombros de Adrien y lo apegó ligeramente hacia ella, sintiendo una breve tensión en el rubio que desapareció en menos de un segundo. Adrien, relájate.
—Es complicado cuando pasas tiempo con tu maestra...
Bustier se llevó un dedo a los labios y luego revolvió el cabello rubio de su alumno.
—Entonces, y solo por unas horas, no pienses en mí como tu maestra, sino como tu amiga —propuso la mujer pelirroja, aguantando una risa cuando la expresión de Adrien se convirtió en una pintura de Picasso.
—¡Profesora! —se quejó el rubio.
—Nah, ¿qué te acabo de decir?
Adrien chasqueó la lengua y se mordió el labio inferior; si aceptaba esa proposición iba a tener que contar lo ocurrido con Alix, y eso significaba confesarle todo a Bustier.
Ella... podría guardarle el secreto, ¿cierto?
— ¿Ca-caline? — Adrien tanteó el terreno y suspiró de alivio cuando su maestra asintió con una sonrisa.
—Así me gusta, ahora vayamos a mover un poco las piernas —señaló Caline Bustier, dándose una ligera palmada en los muslos.
Adrien sintió que sus orejas quemaban, pero siguió a su amiga por dos horas para acompañarla y poder desahogarse un poco. Sentía que podía confiar en la mujer; después de todo, siempre fue comprensiva en el aspecto académico, ¿por qué no podría serlo en el aspecto personal?
Lo primero que hicieron fue trotar un poco en la cinta mientras oía pequeñas historias de la infancia de su maestra.
—Y cuando cumplí los quince, recuerdo que llegué a casa con un piercing en el sitio equivocado y mamá dio un grito al cielo —relató con una risa y sin perder el ritmo de velocidad que llevaba—. Nunca más volví a hacerme uno, pero todavía conservo el primero.
—¿Y... dónde está? —preguntó inocentemente Adrien, que giraba la cabeza para prestarle atención a su maestra, pero sus ojos se movían a cierta parte en la que la gravedad y el movimiento estaban haciendo muy bien su trabajo.
—Eso es un secreto de adultos —pronunció Caline de forma sugerente y guiñándole un ojo.
Adrien se golpeó la frente contra la máquina y se hizo la promesa de nunca más preguntar algo de lo que no quería saber la respuesta.
—Tranquilo. La risa de la mujer pelirroja le hizo volver a verla lentamente, como esperando algo super sugerente de su parte, pero, en realidad, solo le sacó la lengua mientras señalaba un punto con su dedo.
Y allí, Adrien notó un pequeño agujero sin cerrar.
—¿La lengua?
—Sí, me daba curiosidad saber si eso cambiaría mi sentido del gusto —respondió la pelirroja encogiéndose de hombros—. No me digas que nunca has pensado en hacer algo así de loco.
—Eh... hace un par de meses intenté teñirme el pelo solo para molestar a papá... Adrián ladeó la cabeza—. ¿Eso cuenta?
La risa de Caline le indicó que estaba claro que sí.
Unos minutos después, bajaron de las cintas y se dispusieron a ir a lo bueno; Adrien se detuvo a medio camino de la zona de peso para fijarse en las barras puestas en la pared.
—Creo que lo voy a intentar...
Se acercó y estiró los brazos, percatándose de que le faltaban un par de centímetros para poder tocar la barra con los dedos. Dio un pequeño salto y se colgó de inmediato, sintiendo los músculos de sus brazos tensarse y su peso arrastrándolo hacia abajo.
Respiró, se preparó e hizo fuerza para poder levantarse.
Y contrario a lo que creía, lo hizo con suma facilidad.
—No inventes...
Adrien siguió haciendo repeticiones en la barra con una sonrisa; se sentía tan ligero como una pluma; incluso fue capaz de impulsarse y dar un pequeño giro que había visto hacer a los chicos más entrenados en los parques de París.
—Eres muy bueno en eso —destacó Caline, observándolo con las manos apoyadas en su cadera—. Creo que ya entiendo porque te va bien en gimnasia.
Ese era otro asunto; Adrien no quería entrar en temas morales, pero si usar las habilidades que el Miraculous parecía darle se contaba como trampa, era un tramposo.
—Gracias. — Se soltó de la barra y estiró un poco antes de volver a prestarle atención a la pelirroja.
—Entonces, tengo que hacer sentadillas con barra, ¿me ayudas? —el tono juguetón con el que lo dijo hizo que Adrien no se lo pensara dos veces.
Esa iba a ser la maldita mejor experiencia de su vida.
Dos horas; fueron dos horas exactas para que ambos salieran del lugar. Las puertas se abrieron y Adrien sintió que la vida se le iba en cada paso que daba. Estaba sudando como un cerdo y chorreaba el suelo a su alrededor con una cara de muerto de la que un zombi estaría orgulloso.
A su lado, su maestra estaba sonriente y se movía con fluidez luego de su larga y extenuante sesión de ejercicio. El sudor le dejó la piel brillante, y su cabello rojo ya se había salido de la coleta para caer sobre su espalda con libertad.
—Ha sido la mejor sesión en mucho tiempo.
—Sí, sin duda... —jadeó Adrien, recibiendo una palmada en la espalda de parte de su maestra y siendo lanzado al suelo—. Auch.
—Si apenas te he tocado, venga, levántate que hay que ir a desayunar —dijo Caline, tomándolo del cuello de su camiseta y arrastrándolo por el pasillo como un muñeco de trapo—. Pero primero hay que tomar una ducha.
—Sí... — Adrien fue lanzado hacia la puerta de su habitación y entró con mucha prisa, queriendo alejarse de la mujer que abría la puerta contigua para proceder a asearse y quitarse la capa de sudor que ambos tenían pegada al cuerpo.
—¿Qué fue lo que te pasó? —preguntó Plagg, saliendo de su santuario lácteo en la cocina para ver a su portador con una expresión que rozaba lo asustado y embobado. ¿Siquiera se podían unir ambas expresiones?
—He muerto de la mejor forma posible... —respondió con una sonrisa el rubio, dirigiéndose al armario para tomar un cambio de ropa—. Creo que me tomaré un tiempo en el baño.
—Eres un sucio —declaró el kwami.
—¡No me refiero a eso! —exclamó ruborizado el rubio, poniéndose la toalla al hombro y caminando hacia el baño.
—Claro, claro, fingiré que no hacías eso cuando te tardabas mucho en el baño.
—¡Me arreglaba el cabello!
—¿Así lo llaman los jóvenes de hoy en día?
—Mejor vete a seguir comiendo queso —finalizó la conversación Adrien, abriendo la puerta del baño y encerrándose.
—Uy, que sensible. Plagg puso los ojos en blanco y se fue a seguir comiéndose las reservas de queso de su portador.
Dentro del baño, Adrien no dudó en abrir el agua fría y meterse debajo, dejando que el agua se filtrara entre su cabello, mojando su cuerpo y estremeciéndose cuando la sensación helada le inundó. Era una sensación similar a la de sus caídas al Sena de vez en cuando, pero al menos aquí tenía el tiempo para poder aclimatarse.
Apoyó la espalda en la pared y dio un respingo cuando comenzó a deslizarse hasta sentarse en el suelo de la ducha, jadeando mientras se llevaba las manos a la cabeza para pensar.
O, mejor dicho, dejar ir.
Se había terminado abriendo con la señorita Bustier y le contó el desorden constante que eran sus sentimientos; no dio ningún nombre, pero estaba seguro de que ella ya sabía a quien se refería cuando contaba los eventos recientes relacionados con Alix.
Él estaba seguro de que todo lo vivido esa noche fue real. Su mente no podía haberle jugado de forma tan sucia solo por haber bebido algo que no era.
Estaba entrando nuevamente en negación, pero no podía dejarlo ir y pasar a la siguiente fase del extraño duelo que estaba haciendo, no sin sentir que se merecía alguna de esas consecuencias. ¿Era el karma actuando? ¿Había hecho algo malo para molestarlo?
Si tan solo no se hubiera desmayado en aquel momento, habría podido saber si era real o no.
Si tan solo aquella chica del mechón morado no hubiera...
—¡Ah! —exclamó el rubio, levantándose de golpe y apoyando las manos en la pared, jadeando con rapidez y dejando que el agua le cayera en la espalda—. La chica... Jule... Juleka.
Juleka había estado allí. Interrumpió su sesión de besos con Alix. Era la única persona en el mundo que podría decirle la verdad sobre lo ocurrido. ¡Tenía que encontrarla!
—¡Juleka! —exclamó Adrien como un poseso, saliendo tan rápido del baño como sus piernas se lo permitieron y procediendo a cambiarse de ropa tan rápido que un reportero del Daily Planet en cierta ciudad se habría sentido orgulloso.
Mientras aquello ocurría, del otro lado se encontraban Juleka y Alix hablando entre ellas; el grito de Adrien fue tan fuerte que saltó por las paredes y llegó a ambas chicas.
—¿Ese fue...?
—¿Adrien? Sí, estaba en el baño —explicó Alix.
—¿Por qué Adrien acaba de gritar mi nombre en el baño? —preguntó cohibida la pelinegra mientras movía las manos con timidez sobre la cama de Alix.
—Si te soy sincera, no tengo idea.
Lastimosamente para los planes del rubio, los chicos decidieron arrastrarlo por el resto del día a una de las habitaciones para hacer cosas normales y, por supuesto, muy heterosexuales. Nadie se extrañó cuando de pronto Nino salió volando por una ventana en dirección a la piscina.
Solo cosas normales, aunque, por dentro, Adrien estaba esperando el momento para salir y buscar a Juleka.
Ella era su última oportunidad.
Fin del capítulo
Bien, el final del día 4 y con un pequeño salto para inciar el día 5 y mantener la continuidad, esta vez ya vamos avanzando las cosas y dándole a nuestro querido Anastasio un poco de picante a su vida.
Espero que les haya gustado, nos vemos en el siguiente capítulo.
