¡Hola!
Por fin he podido reanudar la publicación de esta historia gracias a mi nueva lectora beta, ¡InaHorse8! También hemos aprovechado para corregir los capítulos ya publicados.
¡Estoy muy contenta de poder volver a publicar un capítulo en español! ¡Espero que lo disfruten!
"Siempre somos el monstruo de alguien."
Snape intentó silenciar a Remus cubriendole la boca con una mano, pero fue inútil. El gryffindor gritó a todo pulmón a la monstruosa figura que había aparecido en las escaleras. Sobrecogido por el terror, intentó levantarse pero solo logró deslizarse fuera del regazo de Snape. El Slytherin trató de agarrar sus vestiduras para prevenir la caída, sin embargo no contó con que el peso de Remus era más de lo que podía soportar en su débil estado. Ni siquiera logrando amortiguar un poco la caída, Snape tuvo que dejarlo revolcarse en el frío suelo del castillo.
—¡Lupin! ¡Lupin! ¿Me oyes? ¡Levántate! ¡Corre!
Remus no se movió mientras soltaba otro grito de horror, sus ojos fijos en la sombra que empezaba a agitarse. La silueta corría escaleras abajo, casi extinguiendo la luz de su lámpara al balancearla frenéticamente en todas direcciones, proyectando una figura amenazadora en las paredes. Estaba en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. Pronto estaría sobre ellos.
Snape maldijo profusamente y cediendo al pánico, lanzó su vela al suelo y sostuvo su varita entre sus dientes antes de agarrar a Remus por los hombros y lanzarse hacia la silla de ruedas, todavía ubicada a sus espaldas. El choque desencadenó el hechizo de movilidad y esta voló hacia atrás, precipitándose hacia uno de los pasillos que bordeaban el gran comedor hasta chocar contra una pesada puerta de madera. El impacto le arrancó una mueca pero se mantuvo firme, sacudiendo a Remus fuertementemente mientras trataba de ponerlo en pie.
—¡Maldita sea, Lupin, levántate, tienes que moverte! ¡Hay una puerta detrás de nosotros! ¡Quizás pueda abrirla!
Sus súplicas no obtuvieron respuesta. Remus había dejado de gritar, pero seguía jadeando frenéticamente, incapaz de dominar sus miembros, sus ojos abiertos como platos perdidos en el vacío. La oscuridad había envuelto sus alrededores y dondequiera que posaba los ojos nacía algo espantoso. Cediendo al horror y la fiebre, su cerebro derramaba terrores en el vacío del pasillo. Toda la noche se había convertido en una fábrica de monstruos. Se materializaron ante él, listos para devorarlo.
No era Greyback quien acabaría con él, era su propia mente.
—¡Por el amor de Dios, Lupin! ¡No pierdas la cabeza ahora! ¡Despierta! ¡DESPIERTA!
Un fuerte golpe en la nuca hizo que Remus levantara bruscamente el mentón, tragando aire con un bufido ansioso. El sudor que le empapaba el cuerpo lo hacía sentirse como si se estuviera ahogando. Sus ojos desorientados recorrieron las sombras, temerosos de nuevas quimeras, pero solo encontraron un vacío tan grande como doloroso. Finalmente, se posaron en el rostro de Snape, distorsionado por el horror, antes de ser atraídos por el cegador rayo que había invadido el pasillo principal.
Remus se obligó a mirarlo, esperando encontrar algo tranquilizador en la luz a lo que aferrarse, alguna prueba de que lo que había visto en las escaleras también era producto de su imaginación. Pero la realidad resultó ser más amenazadora que las pesadillas. Una vez más, apareció la gran sombra. Avanzaba siniestramente, paso a paso, hasta bloquear la salida del pasillo con su oscuro pelaje iluminado por la lámpara. Un miedo que viviría en Remus a cada instante.
Ni siquiera tuvo fuerzas para gritar esta vez, encogiéndose como un niño contra el regazo del Slytherin, la única persona capaz de protegerlo en ese momento.
Este último, completamente aterrorizado, blandió su varita en frente del monstruo.
—¡PROJECCIO!
La silueta fue lanzada por los aires y se estrelló contra la pared del castillo con un grito estridente seguido de un gruñido. La linterna que sostenía se estampó contra el suelo, iluminando esta vez no a una, sino a dos figuras: la de Filch, el joven celador, y la de su gato Azazel, que con la espalda erizada, escupía maniaticamente en su dirección.
Snape observó al hombre que intentaba levantarse antes de murmurar, estupefacto: —¡El celador. Es el celador... es el celador, Remus, es el celador!
La alegría casi histérica que se había apoderado de Snape no fue suficiente para calmar a Remus. Todavía pegado a sus piernas, había empezado a hiperventilar, incapaz de recuperar la compostura.
Verlo así le recordó a Snape la gravedad de la situación y perdió inmediatamente la sonrisa: —Oh mierda, es el celador. Ataqué al celador. Oh no, eso es imposible... Vamos a estar en grandes problemas... Yo... Señor ¿se encuentra bien? —su voz de repente se hizo afable, mientras trataba de apartar a Remus de su camino para ayudar al otro hombre—. Yo..., señor, esto es un gran malentendido, no pretendía atacarlos... ¡Mi compañero está en medio de un ataque de pánico y necesita atención urgente!
—Oh, muchacho. —lo Interrumpió Flich mientras se levantaba con dificultad—. ¡Puedo asegurarles que estan en serios problemas! ¡Me atacaron! ¡Acaban de atacarme! ¡Me arrojaron contra una pared! ¡Están locos! ¡Estoy seguro de que me rompieron algo! ¿Qué clase de comportamiento es este? ¡Merodean los pasillos en la noche y fuera de eso agreden a un miembro del personal! ¡Esto es suficiente para una expulsión! ¡Vendrán conmigo a la oficina del director y él los sacará de este castillo antes del amanecer! —sonrió malévolamente y continuó hablando en un susurro amenazador—. ¡Pero no crean que me detendré ahí! ¡Oh no, los arrastraré hasta las puertas de Azkaban! ¡A donde merecen ir los animales de su clase! ¡Confíen en mí!
Su declaración dejó a Snape lívido, balbuciendo más excusas mientras Filch apuntaba los restos de la linterna en su dirección. El hombre se detuvo al ver a Remus postrado en el suelo gimiendo, y a Snape cubierto de vendas en su silla de ruedas, pero aceleró el paso al reconocer su rostro:
—¡Pero te conozco! Formas parte de esa pandilla de Slytherins que me ha estado acosando desde que trabajo aquí. Ese grupo de idiotas que solo juran por la pureza de la sangre. Siempre estás con ellos. Es una conspiración, ¿verdad? El acoso no fue suficiente para ustedes así que intentaron quitarme la vida. ¡Esto es un intento de asesinato!
De nuevo, Snape intentó defenderse en vano:
—Señor, nunca he tenido nada negativo que decirle y nunca he participado en su acoso, creame, ese no era mi propósito en absoluto, yo...
Flich lo interrumpió con un gesto brusco: —¡Silencio! ¡Acabas de intentar matarme! Tus palabras no valen nada. Ahora mismo vamos a la oficina del Director y me aseguraré de no tener que volver a ver sus desagradables caras. ¡Ahora, entrégame tu varita!
—Señor, yo...
—¡Dámela!
Se acercó a ellos, le arrebató la varita de las manos a Snape y se la metió en el bolsillo. Luego bajó la linterna para iluminar con una luz brillante el rostro de Remus, que hacía todo lo posible por no ahogarse.
—Y tu, ¿qué estás haciendo? ¡Levántate! ¡Y sin historias! ¡Lloriquear no te salvará!
—Lupin —murmuró Snape, intentando calmar la situación lo mejor que podía—. Lupin, levántate. Vamos a ver a Dumbledore. Eso es lo que querías, ¿no?
Pero Remus no podía levantarse. Permaneció apretado contra las piernas de Snape, con el cuerpo húmedo de miedo mientras luchaba por mantener los ojos cerrados. La sombra de Filch había reavivado sus traumas de la infancia. El recuerdo del aliento de la bestia inclinada sobre él se superponía a los gritos del celador, haciendo que el corazón le latiera en la garganta. La cicatriz le ardía tanto que lanzó desesperadamente sus manos al vacío, tratando de apartar de su carne unas fauces invisibles.
—Se lo ruego... Déjeme ir...
Filch no quiso escuchar. —Muy bien. ¿No quiere cooperar? No hay problema. Te llevaré a la fuerza.
Empujó el farol roto hacia los brazos de Snape, casi prendiéndole fuego en el proceso, antes de agarrar los hombros de Remus con ambas manos e intentar arrastrarlo por las baldosas. Asustado, el Gryffindor forcejeó a ciegas, intentando apartarse de él hasta que un siseo sonó cerca de su oído y sintió un dolor agudo en la mejilla. Entre las piernas de Filch, Azazel gruñía como una bestia salvaje, respondiendo a los movimientos repentinos de Remus con zarpazos cada vez más violentos. Una rápida mirada en su dirección reveló los ojos abiertos del animal y Remus volvió a congelarse. La presa. Seguía siendo la presa. Una y otra vez.
¿Terminaría alguna día?
—¡Déjelo en paz y llévese a su gato de aquí! —gritó Snape—. ¡Puede ver que Remus está en medio de una crisis! ¡Tenemos que llevarlo a la enfermería!
—¡No me importa su numerito! Él es su cómplice, estoy seguro. ¡Vendrá conmigo y se enfrentará a las consecuencias de sus actos!
—¡Dios mío, está demente como él! ¡Sueltenlo! Le digo que lo suelte.
En respuesta, Filch apretó más el agarre y Remus soltó un grito de angustia. Obedeciendo a una voluntad que no era la suya, pateó a Azazel, aplastándolo contra la pierna del celador, antes de gritar a pleno pulmón:
—¡VÁYANSE AL DIABLO! ¡SUELTENME! ¡QUIERO QUE ME DEJEN EN PAZ!
Las garras del gato se clavaron en los pantalones de Filch, haciéndolo gemir de dolor. Aprovechando la distracción, Remus se soltó de su agarre y se arrastró hasta el frío suelo de baldosas. Ya no quería ser tocado. No quería oír una sola palabra. Ya ni siquiera quería ver a Dumbledore. Se sentía consumido por la debilidad. Lo único que deseaba era acurrucarse en un rincón, sentir la seguridad de una pared a sus espaldas. Anhelaba que alguien lo protegiera. Que le defendiera de todos los monstruos, reales e imaginarios. Que le colocara una compresa fría en la frente y le susurrara que todo estaría bien, que pronto acabaría todo. Así como lo hacía su madre cuando era pequeño, cuando él, vencido por el orgullo, le pedía que se quedara con él porque temía que la noche lo consumiera.
¿Sobreviviría a esta noche?
Se sentía al borde de la muerte.
A lo lejos, en la oscuridad del pasillo, algo parecía flotar en el aire, iluminado por una tenue luz. ¿Era real? Remus lo observó avanzar hacia ellos antes de cerrar los ojos lo más fuerte que pudo, tratando de escapar de las alucinaciones.
Por encima de él, retumbaban las voces de Filch y Snape. Remus trató de concentrarse en lo que se decían, pero las palabras se distorsionaron y ahuecaron, convirtiéndose en nada más que ruido de fondo, pronto ahogado por unos pasos que resonaban en su cráneo cada vez con más fuerza. ¿Otro monstruo? ¿Un ejército de quimeras? Le pareció que algo enorme se acercaba a ellos. Una bestia colosal.
La mano de Filch vino a agarrarlo firmemente por los hombros y Remus no tuvo fuerzas para protestar esta vez. Devorado. Iba a ser devorado. De una vez por todas.
—¡NO LE TOQUÉ!
La presión del celador se aflojó de repente cuando una fuerte voz llenó el pasillo. Confundido, Remus abrió un ojo, pero la brillante luz de una varita a escasos centímetros de su cara hizo que se cerrara de inmediato.
No era una bestia la que se había topado con ellos. Era alguien.
Alguien había venido en su ayuda.
¿Quién?
—¡BLACK!
El grito de Snape resonó en el vestíbulo y Remus soltó un grito ahogado. ¿Black? ¿Sirius Black? ¿Sirius estaba aquí? ¿Era él quien había venido?
Se obligó a mirar hacia la luz. Iluminada por el resplandor de su varita, la cabeza de Sirius, y sólo su cabeza, levitaba en el aire. A Remus se le aceleró el corazón de nuevo y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Sirius. Había venido por él. Para salvarlo... No era la primera vez esta noche, ¿verdad?
Ahora lo recordaba. Lo había visto en el bosque. Entre los árboles ardientes. Lo había abrazado y cargado.
Sirius estaba allí. Finalmente estaba a salvo.
Por fin podía dejarse ir.
Ese fue su último pensamiento antes de rendirse a la oscuridad.
Una vez más, los instintos de Sirius habían sido más fuertes que él. Aunque borracho y bajo los efectos de la hierba que le había dado Calvin Hooper, había conseguido salir del dormitorio de sus tres compañeros para colarse en el suyo y arrebatarle la capa de invisibilidad a James. Luego, con paso lento y torpe, se había arrastrado hasta la enfermería para reunirse con el sujeto de sus pensamientos. Saber que Remus estaba solo lo ponía terriblemente ansioso. No podía evitar imaginarlo en la cama, febril, perdido, intentando llamar a Madame Pomfrey pero incapaz de alcanzar el timbre de la mesilla de noche...
En el fondo, Sirius sabía que estaba exagerando. Como siempre, estaba siendo demasiado dramático, y la mezcla de drogas y alcohol que había tomado no ayudaba. Pero, aunque era mucho más probable que su amigo estuviera profundamente dormido, Sirius no había podido evitar comprobarlo.
Cuando encontró todas las camas de la enfermería vacías y señales de lucha, se dio cuenta de que había hecho lo correcto.
—Oh no, por favor.
Sirius palideció al ver la cama desordenada. Girando la cabeza, intentó averiguar qué había pasado antes de rendirse y dirigirse directamente a la enfermería, golpeando como un loco en la puerta. Temía que hubieran llevado a Remus a St Mungo. ¿Necesitaba atención médica? ¿Cuidados de urgencia? ¿O había pensado Madame Pomfrey que era más prudente dejarlo allí en observación? Conociendo la reticencia de la enfermera a transferir a sus estudiantes allí, esto no auguraba nada bueno. Además, a Remus no le gustaban los hospitales. Había pasado tanto tiempo en ellos de niño que ahora los odiaba. ¿Qué pensaría si despertaba allí en mitad de la noche, completamente solo?
Madam Pomfrey no respondió, dejando a Sirius con un nudo en el estómago. No era normal que la enfermera estuviera ausente. Quizás había decidido pasar la noche al lado de Remus. Después de todo, parecía apreciarlo mucho. De todos modos, si Remus no estaba aquí, seguro que estaba en el hospital, ¿no? Ese era el único lugar donde podía estar Remus...
Ese era el único lugar donde podía estar Remus, ¿verdad?
Manteniendo la varita en alto frente a él, Sirius giró sobre sí mismo, observando ansiosamente los grandes corredores que se extendían desde todos los lados hacia las profundidades del castillo. Su mente estaba a mil por hora y comenzó a imaginar todo lo que podría haberle pasado a Remus mientras él estaba fuera: tener una alergia al medicamento, caer en coma por hipotermia, ser atacado por otro estudiante en la enfermería con rabia de gnomo, ser secuestrado por un grupo terrorista de elfos domésticos... ¡Oh, por Merlín, quizá era incluso peor! ¡Quizá no había sobrevivido a sus heridas y había muerto durante la noche! Se había golpeado la cabeza, ¿y si había tenido una hemorragia interna? ¡Oh, no, estaba entrando en pánico! ¡Tenía que controlarse! Quizá era solo algo estúpido, un mal momento. Quizá Remus había abandonado la enfermería por su cuenta. Después de todo, no era la primera vez en el día que Remus desaparecía misteriosamente y vagaba por el otro lado del castillo. Sí, Remus había salido solo por los pasillos del castillo, probablemente para reunirse con James, Peter y él mismo en su dormitorio. Y al hacerlo había fallado un paso debido a su estado crítico y se había roto el cuello en las escaleras... ¡Oh, maldita sea, Remus estaba en peligro! ¡Quizá ya estaba muerto en algún rincón del castillo! ¡Oh, esta vez sí que estaba entrando en pánico!
¡Tenía que ir a ver a Dumbledore inmediatamente! Que le costara a Gryffindor todos sus puntos, que McGonagall lo castigara o lo expulsara al día siguiente, ¡da igual! Le habían prometido que Remus estaría sano y salvo en la enfermería y tenía que averiguar por qué le habían mentido.
Quería respuestas, y las quería ahora.
Sirius comenzó a caminar por los pasillos del castillo con paso descoordinado. La visión se le nublaba y apenas podía caminar recto, su cuerpo chocaba ocasionalmente contra las armaduras que alineaban los corredores con un fuerte clang metálico. Cuando no estaba hipnotizado por el pavimento ajedrezado del pasillo, era la capa de James la que se le enredaba en las piernas y lo ralentizaba, obligándolo a detenerse y desenredarse de la tela, demasiado asustado para rasgarla. Pero a pesar de todo, aguantaba. Sirius tenía una nueva misión y la iba a cumplir. Por Remus. Por su Remus.
Unos gritos escalofriantes resonaron en la distancia y Sirius levantó la cabeza bruscamente. Entre la distancia y el eco de los corredores, le era imposible saber si era Remus. Pero, si era él, ¿qué estaba pasando? ¿Por qué gritaría Remus así? ¿Se había roto algo? ¿O había sido Peeves quien lo había atacado?
Sirius aceleró el paso, aunque no podía correr, ya que su cuerpo borracho no le permitía hacer tal esfuerzo. A medida que se acercaba, las voces se oían más claramente. Podía distinguir la voz de un hombre, obviamente enfadado. Luego hubo otro grito, pidiendo que lo dejaran en paz, esta vez claramente identificable.
Remus. Era la voz de Remus.
La sangre bajó rápidamente a los pies de Sirius y corrió tan rápido como pudo en su dirección. El alcohol y las drogas nublaban su mente, convirtiendo el suelo y las paredes en líneas borrosas que bailaban alrededor de los bordes de sus párpados. La maldita capa de James se le había deslizado por el pelo hasta los hombros y sus piernas se enredaron en ella varias veces, casi haciéndole caer. Sin embargo, siguió corriendo frenéticamente, sin pensar.
Pensó aún menos cuando finalmente vio a Remus, encogido en una bola en el suelo, con la amenazante figura de Filch alzándose sobre él. Llevado por la rabia, se abalanzó sobre él, recorriendo la distancia que los separaba en pocos pasos para clavarle el puño en la cara.
—¡NO LO TOQUES!
Golpeó a Filch con tanta fuerza que su cara siguió la trayectoria de su puño hasta el final. Los pies del conserje se levantaron del suelo y todo su cuerpo fue arrastrado por el impulso antes de desplomarse en el suelo de baldosas, completamente aturdido.
La violencia del golpe casi desequilibró a Sirius y se tambaleó de un pie a otro antes de conseguir estabilizarse, con la visión completamente borrosa y el estómago revuelto. Mierda. No podía vomitar. No ahora. Tenía que concentrarse en la acción.
No sabía si era Merlín quien había escuchado sus plegarias, pero un dolor agudo en la pantorrilla le hizo volver rápidamente en sí. A Azazel, el gato del celador, obviamente no le había gustado el golpe que Sirius le había dado a su amo. Con el pelaje erizado y gruñendo de furia, había salido de entre las sombras y se había abalanzado sobre la pierna de Sirius, lacerándole los pantalones de lana con las garras. Sirius maldijo y sacudió el pie en todas direcciones, pero el animal aguantó, rugiendo como un demonio, con los ojos desorbitados y las orejas echadas hacia atrás. Sólo cuando Sirius dobló las rodillas para intentar aplastarlo entre el suelo y la pierna, el gato retrocedió finalmente para esconderse tras el escudo de una de las estatuas que adornaban el pasillo. Sirius lo observó huir, casi gruñendo también antes de que una voz estrangulada llamara su atención:
—¡BLACK!
Un estudiante parecido a una momia acababa de gritar su nombre y Sirius frunció el ceño antes de mirarlo fijamente, entrecerrando los ojos. ¿Quién era este tipo? ¿Qué demonios hacía con Remus? ¿Era un enemigo o un aliado? ¿Debería golpearlo también?
Sirius hizo una mueca y se obligó a mirar bien sus rasgos antes de abrir los ojos como platos. ¡Maldita sea, era Quejicus! ¿Qué hacía aquí? ¿Y en una silla de ruedas?
¿Qué demonios estaba pasando aquí?
Snape probablemente se estaba haciendo la misma pregunta mientras se retorcía como una lombriz en su asiento, completamente histérico:
—¡Joder, qué mierda! Me estoy volviendo loco, ¡no es posible! ¡Eras el único que faltaba! Primero Potter, luego Lupin, ¡y ahora tú! ¡Por eso los ODIO a todos! ¡Porque cada vez que creo que he acabado con ustedes, lo vuelven a intentar! ¡Acabar conmigo, quieren acabar conmigo ¡Especialmente tú, tú y tu fea cabeza flotando! ¡Me has asustado, joder! ¿Cómo demonios hiciste eso? No me digas que has dominado un hechizo de invisibilidad, ¡no te creo! ¿Y por Merlín, por qué golpeaste al conserje? ¡Ya teníamos suficientes problemas!
Eran muchas preguntas que necesitaban respuestas demasiado elaboradas, y la mente de Sirius no estaba en condiciones de darlas. Sin embargo, la verdadera razón de su presencia estaba tendida en el suelo a unos metros de ellos y no parecía moverse. Había que darle prioridad.
—¡Remus!
Sirius corrió hacia su amigo, intentando que volviera en sí. Mierda. Remus parecía bastante maltrecho. Estaba en peor estado que cuando se lo había entregado a Madam Pomfrey. ¿Cómo podía ser? Además, ¿qué hacía allí en mitad de la noche? ¿Y qué demonios hacía esa escoria de Slytherin con él? ¿Era él quien lo había traído aquí? ¿Era él la razón por la que Remus se encontraba en ese estado?
La ira le hizo ponerse en pie de un salto.
—¡QUEJICUS!
Cruzó la distancia que lo separaba de Snape en apenas unas zancadas antes de agarrarlo por el cuello del camisón, casi levantándolo de la silla.
—¡Bastardo! ¿Qué demonios haces aquí con Remus? ¿Lo has traído tú aquí? ¿Cuál era el plan? ¿Viste que era débil y querías vengarte de él?
Completamente desconcertado, Snape miró a Sirius con asombro, la boca abierta. Luego, recuperándose del shock inicial, comenzó a gritar aún más fuerte que Sirius:
—¿Estás bromeando? ¡Mírame, Black! ¿Crees que estoy en condiciones de hacer algo? ¡Apenas puedo moverme por mi cuenta! ¿De verdad crees que quería caminar por la noche con tu amigo? ¡Es este bicho raro el que me obligó! ¡Quería ir a ver a Dumbledore para contarle sobre un hombre lobo que lo perseguía! ¡Greyback! ¡Eso es todo de lo que habla! ¡Ahora déjame en paz! ¡Me haces daño!
Esta vez era el turno de Sirius de mirar a Snape con una expresión desconcertada. ¿Remus todavía pensaba que era Greyback quien lo había perseguido? ¿Nadie se lo había explicado? Él... ¿Todavía tenía la culpa de todo este lío?
—¡Black, quítate de encima, tenemos que llevar a Lupin a la enfermería!
La frase sacó a Sirius de su torpor y soltó a Snape, quien cayó de nuevo en su silla con un gemido de dolor. —¿En serio no podías haberme bajado despacio? ¿No ves que estoy lleno de vendas? ¡Y deja de mirarme con esa cara estúpida! Además, cuando hablas apestas a al... Espera, ¿estás borracho? ¿Has estado bebiendo?
La pregunta tomó a Sirius por sorpresa. Mierda. ¿Olía a alcohol desde allí? —Eh, no... No, no lo he hecho... Yo...
Snape aprovechó su confusión para arrebatarle la varita a Sirius y sostenerla frente a su cara. Completamente deslumbrado por la luz del Lumos, Sirius dio un paso atrás. —¿Ah, qué demonios estás haciendo?
Intentó agarrarla de nuevo, pero Snape la tiró rápidamente contra su pecho. —Manos fuera, drogadicto.
—¿Eh?
Un escalofrío de pánico recorrió la columna vertebral de Sirius y miró a Snape. ¿Cómo lo sabía? ¿El fumar dejaba marcas visibles en la cara? ¿Qué tenía? ¿Manchas en la nariz? ¿Un tercer ojo en medio de la frente? Confundido, se tocó la cabeza, comprobando que todo estuviera normal.
Snape dejó escapar una risita desdeñosa. —Pensé que no solo olías a alcohol. Tus ojos están rojos brillantes. Ah... Lo sabía. Por supuesto, el gran Sirius Black se droga. Por eso siempre actúas como si tus dos únicas neuronas estuvieran luchando en un duelo. ¡Estás constantemente drogado! Malditos ricos... No saben qué hacer con sus vidas...
Sirius respiró profundamente. De acuerdo. Snape había descubierto lo que había hecho y la situación apestaba a mierda. Pero aún podía salirse con la suya. —No, pero esta es la primera vez que lo he hecho... Y luego, joder, en primer lugar, ¿cómo sabes siquiera sobre esto? Quiero decir, con todas las pociones con las que tratas, ¡no haces este tipo de cosas!
Bueno, ahora estaba seguro de que nunca llegaría a ser abogado. Normalmente era James quien engañaba a los demás para evitar problemas, no él.
—No. Yo no hago eso. No soy un pequeño y sucio niño rico que se droga en lugar de estudiar. —Snape volvió a reír, esta vez casi feliz mientras Sirius hacía una mueca, consciente de que la situación había llegado a un punto sin retorno—. ¡Al menos si nos atrapan, podemos estar seguros de que serás tú el primero en ser expulsado! ¡Casi me alegro de saber eso! ¡Ni idea si quiero que nos salgamos de esta mierda ahora!
Si sus grandes ojos vidriosos no hubieran estado completamente secos por las drogas, Sirius habría empezado a llorar. Se acabó. No importaba lo que hiciera, ese bastardo de Snape estaría encantado de denunciarlo y lo echarían del colegio en un abrir y cerrar de ojos. No volvería a ver a sus amigos. No volvería a ver a Remus. Ni siquiera en vacaciones. Sus padres lo enviarían a Durmstrang como interno, donde probablemente terminaría asesinado por un grupo de aprendices de mago oscuros...
Quizás se lo merecía después de todo. Entre lo que le había hecho a Remus y lo que le había hecho a Snape, el universo simplemente le estaba devolviendo el golpe...
A su lado, Filch gimió contra el suelo. Snape volvió la cabeza hacia él, perdiendo finalmente su sonrisa al ver el deplorable estado en que Sirius lo había puesto. —Por Merlín, Black, ¿por qué golpeaste al celador? Lo noqueaste completamente. Malditos Gryffindor con sus cabezas de chorlito... Bueno, ve a buscar mi varita. La metió en su bolsillo. Voy a intentar arreglar la situación.
La declaración de Snape sorprendió tanto a Sirius que no se movió, permaneció inmóvil, mirando al Slytherin. ¿Qué había dicho? ¿Que iba a ayudarlos? ¿Que iba a ayudarlo a él, Sirius Black? ¿Su enemigo número uno?
—Black. ¿Estás sordo o qué? Te dije que fueras a buscar mi varita. Sé que estás limitado, pero vas a tener que hacer un esfuerzo aquí. Te recuerdo que Lupin se ha desmayado.
Sirius miró reflexivamente a Remus, que todavía no se había movido. Snape tenía razón, no tenía sentido quedarse allí parado, pero verlo tan cooperativo lo desconcertó bastante. Había esperado más bien que se negara a escapar e intentara despertar al conserje, apresurándose a denunciarlos, alegando ser víctima de una terrible conspiración.
Con toda honestidad, eso es lo que Sirius habría hecho si hubiera estado en su lugar.
—Tú... ¿De verdad vas a ayudarnos?
—¡Voy a ayudarme a mí mismo! —Snape respondió secamente—. ¡Si hay una cosa que he descubierto, es que cuando me involucro en sus historias, siempre termina afectándome y yo valoro mi beca y valoro mi beca!
—¿Tu beca?
—Sí, Black, mi beca. Ya que eres tan tonto como rico, supongo que nunca has oído hablar de él, pero los mejores estudiantes de esta escuela reciben una beca para continuar su educación superior. ¡Soy uno de ellos, y no dejaré que tus tonterías arruinen mi futuro! ¡No nací en cuna de oro, tengo que trabajar en lugar de fumar porros en mi dormitorio! ¡Ahora cállate y pásame mi varita!
El egoísmo mostrado por el Slytherin tranquilizó un poco a Sirius. Snape estaba actuando realmente en su propio interés y la situación volvía a tener sentido. Aliviado, se inclinó sobre el celador para meter la mano en sus bolsillos y sacar la varita. Parte de la cara del hombre había empezado a ponerse morada y Sirius se preguntó si acabaría con un ojo negro. No sería sorprendente considerando el golpe que le había dado. Le había pegado tan fuerte que todavía le dolían los nudillos.
—Sé que no debería haberlo golpeado...
No debería haberlo hecho, pero considerando el estado en que había dejado a Remus, no se arrepentía.
—No lo dudes —respondió Snape, agarrando la varita que le tendía Sirius—. Gracias por tu ayuda. Mantendré tu varita en mi regazo si no te importa, la necesito para la luz. Creo que puedo arreglarle la cara, pero en cuanto a sus recuerdos, va a ser más complicado.
—¿Sus recuerdos? —preguntó Sirius levantando una ceja con incredulidad—. ¿Qué planeas hacer? ¿Un encantamiento desmemorizante? ¡No se aprende eso hasta séptimo año!
No, ahora mismo, Quejicus estaba fanfarroneando. Debía haber visto a alguien hacerlo frente a él y pensó que eso era suficiente para dominar el hechizo. Si eso era todo, ¡Sirius también podría hacerlo! ¡Ya había visto a su prima Andromeda lanzarle uno a su tío abuelo Cetus el día que le habían derrumbado la lámpara de araña jugando al Quidditch en la sala de estar! Bueno, no había funcionado, el viejo simplemente había soltado vapor por la nariz como una locomotora y eso lo había enfadado aún más. Pero, aún así, ¡había sido testigo del intento! ¿Podría Snape decir lo mismo? ¡Claro que estaba en la cima de las clasificaciones de su escuela, pero todavía no estaba dos años por delante del programa! ¡Solo decía eso para quedar bien!
—Ya domino el encantamiento de la memoria, pero no creo que sea lo mejor para esta situación. Si Filch despierta con un lapso de memoria, despertará sospechas. Necesitamos convencerlo de que simplemente se cayó de las escaleras. Probaré un hechizo de alteración de memoria.
Ah, bueno, sí... Claro. Snape sabía cómo hacer ese tipo de cosas. Sirius podía irse a la mierda. El Slytherin parecía tener mucho mejor control de la situación que él. En serio, ¿para qué había servido Sirius en la historia? ¡Además de noquear al cuidador y meter a Remus en más problemas! Tal vez todo habría terminado bien si no hubiera intervenido. Maldita sea, eso era enfurecedor...
—Bueno, si el gran Severus Snape puede hacer eso...
—El gran Severus Snape, como dices, no está muy seguro de sí mismo. Leí un libro de hechizos coescrito por uno de los borradores de memoria del Ministerio. El método estaba bastante bien descrito, pero esta será la primera vez que lo hago... Si la cago, podría empeorar nuestra situación.
Puede que fuera inmaduro, pero ver a Snape dudar de sí mismo casi alivió a Sirius. Hubo un silencio durante el cual los dos se miraron, Snape ya había levantado su varita frente a él, listo para actuar. Obviamente estaba esperando la aprobación de Sirius. Este último suspiró antes de encogerse de hombros.
—Bueno, a estas alturas, también podríamos intentarlo.
Ya tenían muchos problemas, sí. Así que, si estaban hasta la cintura o hasta el cuello, ¿cuál era la diferencia?
Snape sonrió. —Perfecto.
