Al día siguiente Phoebe llegó temprano a la casa de su amiga, pero Helga la esperaba sentada en la entrada, esta vez comía una naranja.
–Buenos días, Helga–dijo la chica.
–Hola, Pheebs–La rubia se puso de pie y le ofreció un gajo, que su amiga rechazó.–. Gran elección, no está muy buena –Comió un par de gajos más y luego botó el resto en el primer basurero que encontró.
–¿Qué hiciste ayer?
–Oh, tenía una apuesta pendiente con Harold y Stinky, así que fuimos a los arcades a resolverla
–¿Apuesta sobre qué?
–Cosas–dijo– ¿Y tú qué tal? ¿Pudiste recuperar a tu novio?
–Sí–dijo riendo con dulzura–. Bueno, hablamos por teléfono anoche, casi me quedo dormida escuchando su voz...
–Me asquean–dijo con una sonrisa.
–Lo sé–Dejó escapar otra risita.
–¿Y lograste hacer la tarea de escritura?
–No, de hecho, pensaba pedirte ayuda
–Por supuesto
Otra vez llegaron temprano y entraron directo al salón. Helga dejó su mochila, sacó su cuaderno y se lo entregó a Phoebe, observando la hora en el reloj sobre el pizarrón.
–Ya regreso–dijo la rubia–. Tengo algo que hacer
–Pero la clase...
–Aún quedan quince minutos, puedes copiar mi tarea, entregaré otra cosa
Helga salió a paso rápido a uno de los baños de chica al otro lado de la escuela. Revisó que no hubiera nadie y llenó de papel higiénico uno de los retretes. Luego tiró la cadena y se dirigió a la oficina de mantenimiento, entrando con prisa.
–Alguien hizo un desastre en el baño del primer piso–dijo–. Se está inundando
El hombre con gesto cansado le dio la espalda para tomar una cubeta y un trapero.
–Nunca aprenden–Comentó para sí y luego añadió.–. Gracias, jovencita
La hizo salir del lugar y luego de empujar sus implementos al pasillo, cerró con llave, para dirigirse a la escena del crimen.
Helga caminó en la otra dirección y al doblar la esquina giró un manojo de llaves en su índice derecho.
–Pan comido–murmuró con una sonrisa.
Cerró su puño sujetando las llaves para esconderlas en el bolsillo de su pantalón. Eran cuatro, dos más pequeñas, las otras más grandes. Similares. Caminó hacia el segundo piso, donde se había quedado de pie el día anterior. La escalera tenía un recoveco antes de la puerta, donde fácilmente podría estar una persona de pie sin ser vista desde el pasillo, pero no era suficiente espacio para dos personas, así que era improbable que alguna pareja se ocultara ahí.
«Perfecto»
Subió, miró alrededor, luego la chapa. Sacó las llaves y buscó las que tuvieran el mismo logo. Las pequeñas. La segunda hizo la magia. Entró y notó que desde ese lado no necesitaba llave, solo presionar un botón para bloquear la puerta, lo cual facilitaba el trabajo.
«Genial»
Subió las escaleras con precaución. Era un pasillo mal iluminado por una ventanilla en una segunda puerta, la cual abrió con una de las llaves grandes. El sol golpeó sus ojos, cegándola un segundo. En cuanto recobró la visión miró alrededor y cerró la puerta tras de sí. Rodeó con precaución la salida y observó con atención la azotea. Los módulos de aire acondicionado eran gigantes y hacían un ruido continuo y molesto; los vidrios de los tragaluces reflejaban el sol matutino y un aroma a comida salía de las dos hélices que giraban sobre tubos extractores, con lo cual de inmediato entendió que venían de la cafetería.
Caminó con cuidado, evitando el borde para que nadie fuera a verla desde afuera, al tiempo que se preocupó de no proyectar sombra alguna sobre el tragaluz. Abrió la otra puerta, que estaba sobre el auditorio, y bajó. Esta escalera tenía dos secciones, por lo que daba una vuelta en L. Bien, ese era un lugar aceptable.
Bajó con cuidado. Mismo sistema que en el otro lado. Sonrió. Puso su oído en la puerta durante varios segundos antes de atreverse a abrir. Lo hizo con cuidado. Esa escalera también estaba semi oculta, así que cerró sin hacer ruido, guardó las llaves en su bolsillo y caminó de regreso a su salón. Estaba cerca cuando sonó el timbre y apresuró el paso para no ser regañada.
...~...
El primer descanso Helga se la pasó escribiendo otra tarea de escritura para entregarla la clase que vendría, asegurándose de que Phoebe hubiera copiado bien la que le había dejado más temprano. Al menos no tuvieron la necesidad de seguirla.
Al siguiente descanso todas las chicas del grupo se adelantaron al gimnasio para usar los camerinos y cambiarse para la clase de deporte, que era la última antes de almorzar.
Arnold y Gerald no habían compartido con Phoebe su lista de sospechosos y aunque el rubio quería creer la conclusión del día anterior, se dedicaron a observas las interacciones de Helga con el profesor, que ya sabían que llegaría con ellos hasta el final del semestre.
Helga destacaba en deportes. Era de las mejores de la clase como consecuencia de pasar toda su infancia jugando, compitiendo y practicando cada deporte que los chicos decidían jugar. Así que mientras ejercitaban, el profesor la felicitaba con frecuencia, pero ella parecía no darle importancia. Tampoco parecía que la felicitara más que al resto, de hecho, se enfocaba mucho más en las personas que parecían tener dificultades. Estaban a punto de descartarlo, hasta que la Helga se acercó a hablarle y éste la apartó un poco del grupo.
Los chicos se acercaron lo suficiente para escuchar.
–¿No hay forma de que te convenza de quedarte?–Preguntó el profesor.
–Será solo por esta vez, prometo no volver a hacerlo–dijo ella.
–Está bien, no puedo enfadarme contigo
–Gracias
Helga corrió atravesando el gimnasio para ir a los camarines. Salió unos diez minutos después. Se había bañado y llevaba su ropa habitual en vez de ropa deportiva. Cargó su bolso y, despidiéndose de las chicas, salió del gimnasio. Arnold y Gerald intentaron acercarse a Phoebe, pero el profesor en ese momento ordenó dar diez vueltas más, recordando que todavía quedaba media hora de clases.
Cuando terminaron. Phoebe se cambió rápido y fue al salón, pero las cosas de Helga no estaban. Arnold y Gerald la alcanzaron cuando salía.
–No tengo idea a dónde fue–dijo–, pero debe haber salido de la escuela.
–Bueno, no hay mucho que podamos hacer–dijo Gerald.
–Solo podemos esperar–dijo Phoebe.
–¿Creen que esté saliendo con el profesor de deportes?–dijo Arnold, incapaz de quedarse tranquilo.
–No lo sé
–Pero él quería que se quedara
–A la clase–Puntualizó su amigo.
–Podríamos seguirlo a él
–Es el mejor plan que tenemos–Comentó Phoebe.
–¡Pero tengo hambre!–Intervino Gerald.
–Ustedes vayan a almorzar, yo iré a vigilarlo –dijo Arnold, saliendo del salón.
La pareja se miró entre sí y suspiraron. No querían dejar solo a su amigo, así que fueron a la cafetería para comprar algo para llevar y jugos. Se dirigieron al salón de maestros, cerca del cuál encontraron a Arnold.
–Toma, viejo–dijo Gerald, entregándole un emparedado.
–Gracias–Arnold lo recibió, para de inmediato intercambiar su saludo especial.–. Lo vi entrar hace unos minutos. ¿Creen que podamos acercarnos?
–Podría inventar una excusa–dijo Phoebe–. Déjenmelo a mí
La chica tocó la puerta del salón de maestros, asomándose. Hizo un barrido visual y entró a hablar con la maestra de historia, preguntándole si podía comer con ella y hacerle unas preguntas. La mujer asintió y la invitó a tomar asiento. Desde donde estaba Phoebe podía escuchar a los otros profesores hablando.
–¿Y hoy no almuerzas con tu novia?–Comentó uno de los mayores, molestando al más joven.
–No, ha tenido una semana ocupada con las clases–dijo él con una sonrisa–. Pero la veré esta tarde
–Entonces–dijo la profesora de historia a la estudiante– ¿Qué puedo hacer por ti?
–Es sobre los procesos de revolución que vimos durante la última clase, quería saber si la ciudad estuvo involucrada de alguna forma
–Por supuesto–la mujer comenzó una explicación detallada.
Phoebe asentía, intentando captar pedazos de la otra conversación.
–¿Y cuándo la conoceremos?–dijo una de las maestras en la otra mesa.
–¿Es bonita?–dijo otro de los profesores.
–Es hermosa–Contestó el profesor de deporte con entusiasmo.–, tiene unas pestañas de infarto y su largo cabello dorado–Suspiró.–. Además, es atlética e inteligente
–Deberías traerla a la cena de maestros del próximo mes
–No sé si ella pueda asistir
–Dile que se haga un tiempo–pidió otra maestra.
–¿Y no les molestará que vaya alguien tan joven? Quiero decir, la mayoría de los maestros son viejos
El grupo estalló en una carcajada.
–¡Claro que no! ¡Siempre es bienvenido el espíritu joven!
–¿Te queda claro, Phoebe?–dijo de pronto la maestra de historia.
–Sí, muchas gracias por su tiempo
–De nada, querida
La chica salió del salón de profesores y miró a los chicos asustada, les hizo un gesto para que la siguieran.
–Creo... creo que podría ser él–dijo en un susurro–, pero no estoy segura... dijo algo... sobre su novia... sobre que no ha podido almorzar con ella esta semana... y que era rubia... y que estaba estudiando
–Podría estar en la universidad, él se acaba de graduar–dijo Gerald–, puede ser una coincidencia, tener el cabello rubio no es tan raro–Añadió, rodando los ojos.
–También dijo que se verán esta tarde
–Seguiremos al profesor después de la escuela, tal vez hoy si se vean–dijo Arnold.
–Podemos intentarlo–dijo Phoebe–, pero creo que el profesor sale una hora antes que nosotros
–Me saltaré la última clase
–Tenemos examen de matemáticas, viejo–dijo Gerald.
–Cierto, lo haré rápido
–Amigo, no has hecho un examen rápido en todo el año
–Tendré que hacerlo, Gerald
–Y yo puedo seguir a Helga–Sugirió Phoebe.
Los amigos volvieron a la cafetería y Gerald de todos modos hizo la fila para pedir un almuerzo. Realmente moría de hambre. Mientras lo esperaban, Arnold y Phoebe decidieron que ellos también, así que se unieron a él. Lamentablemente tuvieron que conformarse con las sobras.
...~...
Helga llegó tarde a la siguiente clase y tuvo que disculparse con el maestro, pero la dejaron entrar. Su amiga intentó preguntarle dónde había estado y la chica se excusó con que se había quedado dormida.
Durante la última clase, Helga respondió el examen de matemáticas y salió del salón en tiempo récord, pero dejó sus cosas, por lo que Phoebe sabía que volvería al final de la clase.
La rubia se entretuvo caminando por los pasillos con los audífonos puestos, hasta que divisó al conserje de la tarde. Lo siguió disimuladamente, viendo que limpiaba uno de los salones. Se acercó a éste y cuando iba a cerrar chocó fingiendo distracción, dejando caer las llaves, las que recogió y le entregó.
–Lo siento mucho–dijo la chica, entregando el manojo que había robado esa mañana–. Se le cayó esto.
–Gracias–dijo el hombre–. Así que aquí estaban–comentó para sí–y pensamos que se habían perdido
Helga acomodó sus audífonos y siguió su camino, tratando de regular su pulso, forzándose a respirar de forma normal. Temía que la descubrieran.
Aunque había logrado salir antes de la clase de deportes, terminó volviendo tarde a la escuela. No imaginó que fuera tan difícil encontrar un lugar donde copiar llaves abierto a esa hora. Al menos tenía lo que necesitaba.
Cuando regresó al salón, solo quedaban unas pocas personas dando el examen. Entró a tomar su mochila y luego se acercó a hablar con el profesor, evitando bloquearle la visión hacia los estudiantes que quedaban. Lo último que necesitaba era que la acusaran de facilitarle a sus compañeros el hacer trampa. Le señaló un lote de hojas sobre la mesa y preguntó en un susurro si alguien se había ofrecido.
–Cierto, la tarea para los ausentes–Respondió el profesor en el mismo tono.–. Lo olvidé. ¿Puedes hacerte cargo?
–Con el dolor de mi alma, sí –dijo la chica, guardando las hojas en su mochila y anotando la dirección en un trozo de papel.
–Gracias, señorita Pataki, puede retirarse
–Como sea
Helga salió del salón y vio a Phoebe apoyada en el muro, esperándola, pero de inmediato le dio una excusa sobre ayudar a Miriam con algo y se fue.
...~...
En ese momento los chicos seguían al profesor de deportes, que acaba de salir de la escuela.
–¿Entonces verás a tu novia hoy?– dijo uno de los maestros que almorzó con él.
–Sí, nos veremos cuando terminen sus clases
–Es una chica muy afortunada
–Yo soy el afortunado. Su hermana mayor se casó hace poco. Ella nos presentó. Trabaja en otra escuela de por aquí. Lástima que no pude asistir a la boda, me dijeron que fue un lindo evento
–¿Por qué no fuiste? ¿Se enfadó porque sales con su hermana?
El profesor de deportes dejó escapar una risa.
–Nada de eso. Mi madre estaba en el hospital y me quedé a cuidarla
–Siento escucharlo ¿Ya se encuentra mejor?
–Sí, por suerte todo salió bien
Los chicos se miraban. Arnold sabía que Helga no había ido con nadie a la boda de Olga, pero ¿habría invitado a un hombre de casi la edad de su hermana a la ceremonia? ¿Y Olga sabría sobre esto? ¿Lo aprobaría?
Caminaron detrás de ellos pretendiendo distracción. Los maestros no parecían conscientes de su presencia mientras esperaban el autobús. Tomaron el mismo recorrido que servía para ir a casa de Helga y los chicos se sentaron un poco más adelante que el maestro. Siguieron escuchando su conversación con el otro profesor, que fue el primero en bajar, tras unas seis paradas.
...~...
Al mismo tiempo Phoebe miraba alrededor preocupada. Le perdió la pista a Helga, pero definitivamente no iba a su casa. Aceleró el paso y caminó algunas cuadras, intentando encontrarla, preguntando a los transeúntes por ella, pero en cuanto notó que ya no podría darle alcance, decidió regresar a su hogar y llamó a casa de Gerald. Habló con la señora Johanssen y luego de un amable intercambio en que la madre de su novio la invitó a que los visitara ese fin de semana, la chica le dejó de recado que su novio la llamara en cuanto llegara.
...~...
En el autobús, tras otros quince minutos de viaje, el hombre se puso de pie y los chicos dejaron pasar a otras personas antes de seguirlo, sin perderle la pista.
El hombre llegó a un restaurante elegante que estaba de moda y habló con el anfitrión. Luego de unos minutos lo hicieron pasar.
–¿Qué hacemos?–dijo Arnold–. No podremos entrar
Gerald miró alrededor. Pensó en la posibilidad de hacerse pasar por garzones, había varios adolescentes, entre éstos, pero tanto él como su amigo se veían claramente más jóvenes y el fallo obvio de ese plan era que el maestro podría reconocerlos y, peor, si estaba saliendo realmente con Helga ella definitivamente los reconocería.
Entonces vio a una chica un poco mayor que ellos atendiendo la sección al aire libre. Se acercó a ella.
–¡Oye, muñeca!–dijo Gerald, parado junto al cerco exterior–. Oye...
–¿Me hablas a mí?–Contestó la chica, terminando de limpiar una mesa.
–¿Hay alguna forma en que podamos entrar? Veras, el patán que le rompió el corazón a mi hermana entró aquí y quiero saber si intentará volver con ella...
–Oh, lamento escucharlo–La chica pareció reflexionar–, pero no sé cómo ayudarte, lo siento mucho
–¿Y si te doy...–Sacó su billetera.–20 dólares?
–Lo lamento, podría perder mi trabajo–Siguió limpiando otras mesas y colocando cubiertos.
–Mi pobre hermana, tan ingenua... le ha perdonado tanto–Comentaba el chico.–. Quisiera poder hacer algo por ella en lugar de solo ver cómo se pierde los mejores años de su vida por un idiota...
–¿Cómo es ese hombre?
–Alto, atlético, cabello castaño. Lleva un chaleco azul...
La chica miró disimuladamente al interior del lugar.
–Creo que lo he visto antes–dijo la chica.
–¿En serio?
–Bueno, él siempre viene con una joven de cabello rubio, es un poco más alta que tú... sin contar tu peinado, claro–Rio.–. Dudo que sea tu hermana
–¡Amigo! ¡Te lo dije!–Sujetó a Arnold y lo acercó.–¡Ahora está saliendo con tu hermana!
–¡Maldito!–dijo Arnold, fingiendo molestia.
–Oh... –La chica los miró con cierta tristeza–¿Están seguros de que es él?
–Nuestras hermanas eran mejores amigas hasta que él apareció–Gerald siguió la historia.
–¡Qué lástima! Parece tan amable–La muchacha miró al interior del local y luego a los chicos.–. Si quieren esperar, pueden hacerlo ahí–Les indicó un local al frente.–. Desde la mesa de la esquina pueden ver la entrada y puedo hacerles un gesto desde aquí
–Gracias–El chico le dejó los 20 dólares entre dos varillas de la cerca.–. Por las molestias
Gerald y Arnold fueron a sentarse al local que les indicó, donde cada uno pidió una hamburguesa mientras esperaban.
–¿Cómo supiste que funcionaría?–Comentó Arnold.
–Siempre funciona, a las chicas les encanta el drama–dijo Gerald–. Y no hay nada más dramático que un corazón roto y un giro de telenovelas
–Eres un genio
–Me debes veinte dólares
Arnold sacó el dinero y se lo entregó. Luego hicieron su saludo especial y se concentraron en vigilar la entrada. Unos quince minutos más tarde llegó la primera chica rubia entre toda la gente que se acercó a la puerta. Ella habló con el anfitrión y la hicieron pasar al interior del local. Unos minutos después la mesera les hizo señas, mientras retiraba los platos de algunos comensales.
Los chicos se acercaron, la vieron entrar y salir un par de veces, llevando pedidos, hasta que volvió para limpiar las mesas que había desocupado.
–¿Vieron a la chica del vestido gris? –preguntó la mesera.
–Sí
–¿Es ella tu hermana?–Preguntó a Arnold, realmente preocupada.
–No, no lo es–Miró a Gerald.–, pero se parece bastante, entiendo que te hayas confundido, gracias por intentar avisarme, amigo
–No hay de qué–Le guiñó un ojo a la chica.–. Gracias, muñeca, que tengas un buen turno
–Suerte, chicos... y lamento lo de tu hermana
–Tal vez algún día encuentre a alguien decente
Se alejaron de regreso a la parada de autobús, que por suerte pasó casi de inmediato para llevarlos de regreso a casa.
–Eso descarta a uno de los sospechosos. ¿Quién nos queda?–dijo Gerald.
–Está el chico de último año y el asistente de la biblioteca
–No creo que el chico de último año está saliendo con ella
–Tenemos que averiguar que vende. Podemos comprarle
–Nos meteremos en problemas
–Lo sé
...~...
Helga sabía que Phoebe la había seguido y se preguntaba por qué, así que hizo todo lo posible para perderla. Ya hablarían de eso al día siguiente, pero no se le había pasado que ella y los chicos actuaron raro esos días y que vigilaban todo lo que hacía. ¿Ahora qué había hecho para preocuparlos? Estaba intentando actuar normal, dentro de los estándares de ella, claro, pero normal, al fin y al cabo.
Cuando estuvo segura de haber perdido a su amiga, pasó a una dulcería y compró unas cosas, luego revisó las notas en su cuaderno y preguntando a distintas personas dio con la dirección. Sabía en qué barrio vivía Brainy, pero jamás había ido a su casa.
Una vez que encontró la numeración se paró frente a la puerta, tomó aire y tocó el timbre. Segundos más tarde abrió la puerta la madre del chico.
–Buenas tardes–dijo la chica–. Soy Helga, ¿Cómo está Brainy?
–Oh... eres tú... –La mujer pareció consternada.–. Ya está un poco mejor
–Le traje la tarea ¿puedo pasar?
–¿Estás segura que quieres pasar?–La mujer miró hacia el interior incómoda.
–No es necesario–Helga abrió su mochila y sacó la carpeta con la tarea y su cuaderno de matemáticas.–. Le dejaré mis apuntes
–¿Helga?–dijo Brainy, saliendo de su habitación– ¿Qué haces aquí?
–Te traje la tarea
El chico se acercó.
–No hacía falta. Gracias –dijo.
Recibió las cosas y la miró. Estaba nervioso, en parte porque sabía que con la gripe no estaba en sus mejores condiciones y en parte por la presencia de su madre.
–¿Quieres pasar?
–Si no te molesta
El chico la invitó a la sala.
–Mamá, ¿podrías dejarnos solos un momento?–pidió él.
–Claro, estaré en la cocina–dijo ella.
Brainy miró a su novia, también parecía nerviosa.
–Te traje algo–Helga sacó una bolsa de dulces de su mochila.–. Son de miel y limón, para que te sientas mejor
El chico recibió los dulces y los dejó a un lado para abrazarla con cariño y ella le correspondió, acariciándole la espalda.
–Te extrañé–Comentó el chico.–. No supe cómo avisarte el fin de semana que no podía ir. Estaba muy enfermo
–Está bien, Brainy, en algún punto me di cuenta que no llegarías y me fui a casa–Se apartó y le dio un beso en la frente.–. Creo que aún tienes fiebre, deberías volver a la cama. ¿Quieres ayuda con la tarea?
El chico negó y volvió a abrazarla. Estuvo preocupado todos esos días pensando que Helga se enfadaría por haberla dejado plantada sin explicación, pero ahí estaba, preocupada, hasta había conseguido una excusa para obtener su dirección y visitarlo. ¿Cómo podía ser ella tan maravillosa?
–¿Curly te dio mi mensaje? –preguntó.
El chico asintió.
–Lo decía en serio, tienes que recuperarte antes de volver a la escuela ¿entendido?
Volvió a asentir.
–Vendré a verte el viernes
Brainy la abrazó como si temiera que fuera a desvanecerse en cualquier momento. Ella lo permitió.
–Debo irme –comentó un rato después.
–Gracias por venir, Helga
Ella dudó un segundo. Luego decidió que de todos modos ya se estaba exponiendo, así que le sujetó el rostro con sus manos y le dio un cálido beso, para luego apoyar su frente en la de él.
–Nos vemos el viernes, tonto–dijo, tomando sus cosas, dirigiéndose a la puerta–. Despídeme de tu madre
–Sí
–Y oye
–¿umh?
–Ya encontré otro lugar. Te mostraré cuando regreses
La chica se fue, con una sensación extraña. Estaba incómoda, sí, porque no sabía cómo actuar con la madre de su novio , pero estaba contenta por haber visto al chico. Era reconfortante. Y al mismo tiempo pensaba en la reacción de ella cuando la vio "eres tú". ¿Brainy le había hablado de ella? ¿Sus padres sabían que estaban saliendo? ¿Qué tanto sabían de su relación? ¿Y sabrían del acoso de todos esos años? ¿Era una reacción de molestia? ¿sorpresa? ¿incomodidad?
Resolvería eso luego. Un conflicto a la vez, le había enseñado Bliss y el más próximo era la vigilancia de sus amigos.
