A la mañana siguiente Helga salió mucho más temprana de lo habitual y le dejó a su amiga una nota en la puerta para que no se molestara en tocar si acaso iba por ella. Sabía que sus padres ni llegarían a notar el papel.

Al llegar a la escuela, dio vueltas con una sospecha en mente: el tablero con las llaves estaba subdividido en áreas y horarios, entonces las escaleras a la azotea las limpiaban durante las mañanas, lo confirmó al ver bajar a uno de los conserjes por la escalera que estaba sobre el auditorio.

Todavía faltaban treinta minutos para que empezaran las clases y no había muchos estudiantes. El lugar era tétrico así de vacío.

Dio vueltas por los pasillos, haciendo notas mentales de otras cosas, como desde dónde eran visibles las puertas a la azotea, qué campo visual tenía, por donde debía pasar y por donde no. Los salones, los lugares, los tiempos. Nada se le iba a escapar. Incluso salió al patio para determinar qué tan lejos del edificio debía estar alguien para verla en la azotea: definitivamente no dentro de los terrenos de la escuela si se mantenía al centro al cruzar de una puerta a otra.

Entró al salón en cuanto sonó el timbre que daba inicio a las clases.

–Buenos días, Helga–dijo su amiga cuando se sentó junto a ella–. Vi tu nota. ¿Dónde estabas?

–Por ahí–Respondió sacando su cuaderno con aire indiferente.– ¿Qué tal tu mañana, Pheebs?

–Todo tranquilo

En ese momento entró la maestra y casi de inmediato comenzó a dictar la clase.

La rubia no conversó más con su amiga, concentrada en mantener su vista al frente. En más de una ocasión notó que Arnold volteaba a verla disimuladamente y ¿sonreía?

«¿Qué demonios le pasa?»

«Estúpido cabeza de balón»

Gerald y él mantenían una conversación en un cuaderno, pero desde su posición no lograba ver nada.

En cuanto terminó la clase, quiso poner algo a prueba. Ya sabía que el salón de artes estaría desocupado y abierto para la próxima clase. Caminó hacia allá, y cuando dio la última vuelta, corrió para entrar rápido y esconderse tras la puerta, dejándola abierta.

–No la veo–Escuchó decir a Phoebe.

–Debe estar por aquí–dijo el cabeza de balón.

Helga notó que sus voces se acercaban.

–Tal vez entró a algún salón–dijo su amiga.

Los pasos se separaron y de pronto Helga vio la sombra de Arnold proyectándose en el suelo. La chica contuvo la respiración. Sentía acelerado el pulso. Mirándolo con cuidado a través de la rendija, esperando que las luces apagadas fueran suficientes para que no la notara.

Arnold miró alrededor, dándole la espalda a la chica. Luego salió del salón.

–Tal vez deberíamos dejar esto –se escuchó la voz de Gerald, claramente cansado.

–La buscaré en el baño –dijo Pheebs.

Helga estaba furiosa, pero quería averiguar más, así que ahogó el impulso de confrontarlos apretando los puños y cerrando los ojos.

–Tampoco está ahí –dijo Phoebe.

–Volvamos al salón, ya casi acaba este descanso, tendrá que volver–dijo Gerald.

Los tres se alejaron y la rubia no pudo escuchar mucho más.

Era cierto que la estaban vigilando y que al menos el novio de su amiga ya estaba aburrido de esto, lo que significaba que no estaba paranoica el lunes cuando le pareció que alguien la seguía. También confirmó que cuando vio a Arnold pegado al muro, con los ojos cerrados, como un niño que cree que no lo puedes ver si no te ve, no fue casualidad. Lamentó no haberle gritado en ese momento y haber acabado todo, pero ya lo haría.

Helga esperó que el timbre generara movimiento y aprovechó la multitud para salir sin ser vista, solo en caso que hubieran decidido quedarse en ese pasillo. Subió a la azotea y bajó por el otro lado. Ninguno pudo esconder la sorpresa en sus rostros cuando la vieron acercarse y ella simplemente entró al salón como si no hubiera notado nada.

Al siguiente descanso decidió no hacer nada. Aún estaba pensando cómo confrontarlos, porque si no jugaba bien sus cartas, no le dirían por qué hacían eso. Durante la última clase de la mañana otra vez vio que Arnold y Gerald se escribían notas en un cuaderno, así que pensó que tal vez podría averiguar algo si lo leía. Si se movía rápido podía tomarlo. La pregunta era ¿en qué momento?

–Ey, Pheebs, vamos a almorzar, tengo hambre–dijo en cuanto sonó el timbre.

–Sí, vamos–Comentó la chica.

Las dos se levantaron y caminaron hacia la puerta del salón. Helga vio de reojo que Arnold guardaba el cuaderno en su mochila, antes que él y su amigo las siguieran a la cafetería.

Hicieron la fila para elegir su comida. Helga, fingiendo decidir qué quería, dejó pasar a los chicos antes que ella, cuando llenaron sus bandejas, regresó la suya a la pila.

–No me apetece nada–Tomó un postre y salió al patio mientras lo comía. Los demás la siguieron y una vez que se sentaron a comer, acabó su postre y se levantó.

–Iré a dormir–dijo–. Pheebs, ¿podrías devolver esto por mí?–Añadió, dejándole el tazón a su amiga. Eso fue solo para molestar a Gerald, lo que claramente resultó por la mirada asesina que le dedicó el moreno.–. Por favor–Agregó arrastrando las letras y se largó tras el asentimiento de su amiga.

Se dirigió al auditorio, entró y vio a un grupo ensayando. Saludó a los chicos y caminó al fondo, para quedarse de pie junto a la puerta de emergencia. Arnold entró poco después y Helga salió de inmediato, cerrando con cuidado, mientras escuchaba que el rubio preguntaba por ella y alguien le decía que estaba ahí hacía un momento.

Regresó al salón y abrió la mochila del chico, sacando el cuaderno. Decidió esconderlo bajo su chaqueta y subir a la azotea, asegurándose de que nadie la viera. Una vez allí se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a leer.

Una lista de sospechosos con varios nombres tachados, excepto dos. Una lista de posibilidades, pero ¿de qué? Las conversaciones eran crípticas, punto que debía reconocerles. Bueno, tenía evidencia y una sospecha que necesitaba callar, porque, debía admitirlo, era ridículo, pero si lo creían en serio, quedaba claro que no la conocían lo suficiente.

Decidió que los confrontaría en el último descanso. No le importaba lo que fuera a pasar. No le importaba nada ni un carajo. Pero si quería que todo saliera a su favor, debía conservar la calma, disimular y, en especial, mantener oculto y en su poder ese cuaderno.

«Pan comido»

Durante la clase Arnold ya dejaba entrever sus nervios por haber perdido las notas. La miró varias veces con angustia y ella podía disfrutar eso, pero evitaba mirarlo y trataba de no sonreír. Tenía el cuaderno tras ella, pegado a su piel, enganchado en la cintura de su pantalón, cubierto por su polera y su chaqueta. En cuanto sonó el timbre se puso de pie y con las manos en la espalda pasó junto a un desesperado chico que seguía revolviendo sus cosas.

En cuanto salió del salón, se apoyó de espaldas contra el muro para tener las manos libres y acomodar sus audífonos. Luego retomó su posición y caminó manteniendo las manos atrás. Iba tranquila. Fue al segundo piso y luego de atravesar la escuela bajó por la otra escalera, caminó hasta el primer pasillo, giró en la esquina y se detuvo apoyando su espalda en la pared, esperando.

Comenzó a susurrar para sí:

Nueve, ocho...

Se quitó los audífonos colgándolos en su cuello.

Siete, seis, cinco, cuatro...

Sacó el cuaderno de entre su ropa.

–Tres...

Preparó sus puños.

–Dos...

Determinó por las pisadas que Arnold iba adelante y se paró firme mirando al pasillo.

–Uno...

Vio asomar el rostro del cabeza de balón y lo sujetó por la camisa antes que pudiera reaccionar, empujándolo contra el muro con suficiente fuerza para asustarlo.

–¿Me buscabas, Arnoldo?–dijo, con el ceño fruncido.

En ese momento escucharon los pasos de Phoebe y Gerald que frenaron a su costado. Su amiga ahogó un grito, y el chico, incluso sin verlo, Helga estaba segura que había puesto las manos en la cintura, negando con la cabeza, cuando escuchó su característico "umh umh umh".

–Helga, yo solo...–Comenzó Arnold, claramente sin excusas.

–Sólo venías caminando–dijo Helga, enfadada–casualmente por el pasillo más alejado de nuestro salón, sin razón alguna, justo detrás de mí

La chica levantó el cuaderno hasta la altura de los ojos del rubio. El pánico que se dibujó en sus ojos era delicioso.

–¿Sospechosos de qué?–Quiso saber.

–Nada–Arnold evadió su mirada.

–Y una mierda... –Sin soltarlo, volteó para mirar a Phoebe.– ¿Me dirás qué pasa?

–Yo... lo siento –dijo la chica de lentes, mirando el suelo.

Helga arqueó un lado de su ceja.

–¿Eso es todo?–Continuó la rubia, luego miró a Gerald, quien también evadió su mirada.– ¿Sospechosos de qué? ¿Qué tienen que ver estos idiotas conmigo?–Soltó a Arnold, para abrir el cuaderno, presionando el anillado contra el pecho del chico.– ¿Piensan decir algo o tengo que adivinar?

–Pensamos... –Comenzó Phoebe y de inmdiato se arrepintió–. Esto es mi culpa, Helga. Sé que estás saliendo con alguien...

–Elabora–dijo volteando hacia ella.

–No comías con nosotros hace semanas

–Te dije que iba a dormir

–Cada vez que te llamaba a casa... tus padres me decían que no estabas y luego tú me decías que estuviste en casa

–Entiendo

–Y siempre estás ocupada los fines de semana

Helga cerró el cuaderno en la cara de Arnold con un golpe violento que asustó al chico. Lo soltó, pero estaba tan cerca de él, que le impedía moverse.

–¿Entonces estos son mis posibles pretendientes?– Soltó una carcajada despectiva.

–Es que... –Intentó decir Phoebe.

–Si salgo o no con alguien, no es asunto suyo

–Pero...

–Pero nada

–Helga–Gerald se aclaró la garganta.–. Aunque estoy de acuerdo contigo, Phoebe se preocupó. Era extraño que le ocultaras algo tan importante. Pensaron que estabas metida en algo

–¿Algo como qué?

–Bueno, que tal vez salías con un maestro–Admitió Phoebe.

–Pero que asco, ¡Esos tipos son ancianos!–dijo–. No soy tan idiota como para hacer eso

La cara de Gerald era de "se los dije", lo que hizo que Helga se sintiera un poco respaldada.

–Entonces... ¿por qué no me lo habías dicho?–Quiso saber la chica.

–Porque no quiero, Pheebs, no es algo de lo que quiera hablar, ni contigo, ni con nadie. Pero si te deja más tranquila, acertaste, estoy viendo a alguien y estudia en esta escuela. Es todo lo que te pienso decir

–¿Entonces si es ese chico de último año?–dijo Arnold, intentando tomar valor.

–¿Quién? ¿Steve?–Helga rio.–. Claro que no

–Entonces él...

–¿Qué creen que vieron de eso?

Sus amigos se miraron entre sí.

–Nosotros... –dijo Phoebe–te vimos comprarle...

–Creemos... –Intervino Gerald–que le estás comprando drogas

–¿Yo? ¿En serio?–Levantó su ceja de un lado y luego sonrió. Iba a torturarlos un poco.

–Bueno, ciertamente no es algo legal. Acompáñenme mañana, les mostraré de qué se trata. Y ahora déjenme en paz, porque la única que se salvará de la feroz Betsy es Phoebe.

Helga dejó caer el cuaderno al suelo y con paso rápido regresó al salón. Tomó su mochila y se fue. No quería quedarse a la última clase. Estaba molesta, furiosa, pero estaba segura de que eso bastaría para deshacerse de ellos y se sentía orgullosa por controlarse, porque lo único que quería era golpearlos. A Arnold especialmente y a Gerald un poco, solo por no haberlos detenido a tiempo, claramente era él quien actuaba como la voz de la razón.

–Estúpidos–dijo, mientras caminaba.


...~...


Su amiga la llamó a casa esa noche, pero en cuanto tomó el auricular le dijo que hablarían mañana en la escuela y colgó ignorando sus ruegos. Sabía que quería disculparse, pero no lograba entender cómo se sentía con ella.

Estaba molesta, sí, porque involucró a los chicos y por no tener el valor de hablarle directamente sobre sus teorías. Pero también sentía culpa. Phoebe siempre apoyó sus locuras, le pesaba no contarle sobre Brainy, pero una parte de ella seguía avergonzada y al mismo tiempo no lo quería compartir. Tener un secreto que no la hacía sentir con miedo o angustia, tener alguien con quien sentirse segura, era toda una anomalía en su vida.