Sinopsis:

Un viaje a Hogsmeade, pero en noruego (y mucho más frío).

.

"Si quieres esa buena sensación que proporciona hacer cosas por los demás, entonces tienes que pagarlo con abusos e incomprensión".

-Zora Neale Hurston


Puta zorra, —siseó Draco, viendo cómo la espalda de Dornberger desaparecía en un recodo del pasillo. Podía sentir la sangre corriendo por sus venas mucho después de que la puta zorra se hubiera ido.

Era como si hubiera utilizado en él Legeremancia por segunda vez, y todo lo que había hecho era permanecer allí, dócil y servil. Un perro maltratado listo para una segunda paliza. Era patético, y ahora necesitaba la bebida más fuerte que los galeones pudieran comprar en toda la maldita isla.

Draco siguió escupiendo veneno mientras sus pies lo llevaban de vuelta a la fortaleza, bajando tres tramos de escaleras, y hacia el Gran Salón.

Al sentir que se acercaba el peligro, grupos de alumnos asustados se apartaron de su camino, con la espalda pegada a las paredes de piedra y la cabeza agachada. Pero oía sus susurros, que le seguían como fantasmas.

—... en el hospital toda la semana.

Su padre estuvo a punto de ser devorado por los Dementores hasta que su familia pagó una cadena perpetua... Oí que costó una fortuna.

Pueden permitírselo.

¿Crees que realmente conocía al Señor Tenebroso?

Eso es lo que dicen.

Draco apretó los dientes.

El Gran Salón estaba más vacío que nunca. La hora del almuerzo del fin de semana había terminado, y no quedaba ni una sola miga en la larga y sinuosa mesa que se extendía a lo largo de la enorme sala. Aparte de un trío de jóvenes estudiantes sentados en un banco, que cabeceaban mientras jugaban al ajedrez, la única persona que había era un hombre con gafas que le resultaba vagamente familiar. Cuando Draco se acercó, el hombre levantó la vista y gimió.

Era el secretario gruñón de la directora. Basándose en la expresión adusta del hombre, también recordó su encuentro anterior.

—Buenas tardes, Sr. Malfoy.

Draco frunció el ceño en respuesta, sin saber cómo llamar al secretario. O tal vez lo había olvidado, pues solo se había encontrado con él una vez de camino al despacho de Dornberger.

—Secretario Nilsson, —dijo el hombre con rigidez mientras cogía un portapapeles, aún molesto por haber sido esquivado como un mueble. No había sido un encuentro especialmente civilizado para ninguno de los dos.

Draco resopló y miró a su alrededor, fijándose ahora en la chimenea de cuarzo negro que había detrás de Nilsson, lo bastante alta como para sobresalir por encima de sus cabezas, y la primera que había visto encendida en Durmstrang. El calor que emanaba de sus troncos crepitantes le resultaba extraño en la piel después de haber pasado frío durante tanto tiempo.

Nilsson tosió para llamar la atención de Draco. Estaba señalando una fila de nombres en su estúpido portapapeles.

—No está en la lista de estudiantes aprobados. A todos los transferidos se les dijo que presentaran sus formularios de visita a Longyearbyen la oficina de administración antes del martes pasado, y ya pasó la fecha límite.

Sin disimular su creciente irritación, Draco replicó:

—Es difícil presentar formularios cuando estás inconsciente. Y aunque no lo estuviera, he tenido problemas para seguir la pista de muchas cosas después de pasar una semana entera en la cama de un hospital. Aunque tuviera los formularios, dudo que pudiera deletrear mi propio nombre en ese estado.

Nilsson se estremeció. Tras una pausa, sacó un cuadrado de pergamino sin firmar de la parte inferior del portapapeles y se lo pasó a Draco.

—Supongo que esas son circunstancias atenuantes. Revise el folleto y que no se sepa que he hecho una excepción.

Draco sonrió satisfecho mientras leía.

Longyearbyen Normas de visita

Versión en inglés

El pueblo muggle de Longyearbyen es el centro urbano de Svalbard y acoge a unos 2.400 residentes de 53 países distintos, según el último censo noruego. Los alumnos de séptimo y octavo curso, con la debida autorización de la administración, pueden visitar Longyearbyen en determinados fines de semana designados. Estas excursiones se programan con antelación, están sujetas a limitaciones y solo se conceden a alumnos mayores de edad.

Debido a que una pequeña fracción de la población es de ascendencia mágica, todos los estudiantes que deseen visitarla deben cumplir las estrictas normas que se detallan a continuación. Cualquier violación de estas normas conlleva la revocación permanente de los privilegios de visita personales, así como la censura de toda la escuela por parte de la Oficina Noruega de Magia.

Las estipulaciones son las siguientes:

1. Todo uso de la magia está estrictamente prohibido en cualquier lugar excepto en Vinterhagen Inn & Pub, que es el único establecimiento mágico del pueblo. Cualquier otro hechizo público viola el Estatuto del Secreto Mágico y, por lo tanto, está prohibido.

2. Los uniformes de Durmstrang están prohibidos. Todos los alumnos deben llevar un atuendo muggle adecuado durante todo el tiempo que pasen fuera del recinto escolar.

3. La moneda muggle local es la "corona noruega" o "Krone". Por lo tanto, los galeones, sickles, knuts y similares no se aceptan ni se pueden utilizar con muggles. Los estudiantes que deseen hacer compras en el pueblo pueden cambiar su dinero mágico en Vinterhagen por una tarifa razonable.

4. Las visitas a Durmstrang se programan para que coincidan con las llegadas a puerto de grandes buques turísticos muggles conocidos como "cruceros". Si se les pregunta, los alumnos explicarán que forman parte de un grupo de turistas.

5. Los alumnos se esforzarán en todo momento por comportarse como sus homólogos muggles. Esto incluye ocultar las varitas, adaptar los patrones de habla y observar las costumbres nativas.

6. Los actos que perjudiquen a los muggles serán castigados severamente y darán lugar a la expulsión inmediata.

Todas las preguntas deben dirigirse a la Oficina de la Directora, a través del Sr. A. Nilsson, Subsecretario Principal y Tesorero.

—Si aún no está seguro de las reglas, puede quedarse con esas instrucciones, —resopló Nilsson perfunctoriamente—. Guárdelas en el bolsillo. No querría que le fallara la memoria otra vez y provocara una escena que metiera a la administración en un lío.

Draco lo fulminó con la mirada mientras desvanecía el pergamino, pero no se dignó a responder.

Chasqueando la lengua, Nilsson se movió de su sitio ante la chimenea y se acercó a un perchero con abrigos.

—Sus pantalones están bien si encanta el color y refresca el hechizo periódicamente cuando los muggles no estén mirando. Pero cambie de chaqueta, —le ordenó el secretario.

Mientras Draco sacaba la varita para transfigurar su uniforme a un tono de rojo más apagado que el carmesí habitual, el otro hombre rebuscaba entre los abrigos, seleccionando un conjunto gris que era lo bastante largo como para ocultarle la mayor parte de las piernas y resultaba sofocante en el interior.

Ya perfectamente vestido, Draco se acercó a la chimenea y cogió un puñado de reluciente polvo Flu de un cuenco. Lo arrojó dentro de las llamas, que rugieron al verde vivo de las gemas esmeralda.

—Dígame la dirección.

El ojo de Nilsson se crispó. Sin embargo, respondió en tono cortante:

Vinterhagen Vertshus, Longyearbyen. Asegúrese de articular las palabras con claridad. Ah, y salga por la rejilla correcta. No sería el primero en acabar en el salón de una pobre abuelita en vez de en la taberna.

—Sé cómo viajar por Flu, —espetó Draco. Luego pronunció el nombre de la taberna y se metió en la chimenea.

Al instante, las llamas recorrieron su cuerpo, envolviéndole en un capullo de calor sofocante, y tuvo la sensación de ser succionado por una tubería gigante. La luz era tan brillante que no podía ver más que llamas verdes, el techo era demasiado bajo para mantenerse erguido y cerró los labios para no respirar bocanadas de cenizas calientes.

Sin embargo, la incomodidad pasó rápidamente, y ahora estaba saliendo de las llamas y pisando una gruesa piel. Entrando en el único lugar mágico en todo Svalbard aparte de la escuela.

Mientras se quitaba el hollín del pelo, Draco observó la sala, que tenía las paredes de cristal y la forma alargada y rectangular de un invernadero. La deslumbrante luz del sol se reflejaba en la nieve compacta del exterior y brillaba a través de las ventanas inclinadas, cayendo sobre las ordenadas hileras de cabinas acolchadas. Plantas en macetas de hojas verdes y oscuras se intercalaban entre ellas, y enredaderas de hiedra colgaban del techo como telarañas vivas, mientras que todas las especies de orquídeas crecían en las vigas de madera.

Todo parecía demasiado tropical para el Polo Norte y, aunque no había nadie más, el aire parecía inusualmente húmedo. Más cálido de lo que debería para mediados de septiembre, posiblemente por estar encantado contra el clima extremo. Pero ese era el único signo de magia en un invernadero convertido en taberna que no se parecía en nada a las Tres Escobas, Cabeza de Puerco o el Caldero Chorreante. Ni siquiera uno de los bares clandestinos más caros de la Place Cachée de París.

Draco no encontró ninguna razón para holgazanear en aquella habitación poco probable, pero vacía, y se dirigió hacia un arco, siguiendo el pasadizo hasta llegar a un salón mucho más modesto, con un bar al frente. Estaba repleto de sofás de cuero y escasamente iluminado, pero alcanzo a ver la silueta sombría de una mujer que se movía detrás del mostrador, sacando brillo a lo que podría ser un vaso. Sus rasgos eran borrosos.

Asintió en señal de saludo y preguntó en noruego:

—¿Forstår du?

—Jeg snakker bare litt Norsk, —respondió Draco con suavidad. Luego sus ojos se ajustaron y miró el estante superior de botellas detrás de la cabeza de la mujer—. Jeg vil gjerne ha et glass gin og tonic. Det har vært en lang dag.

—Cerramos por la tarde y no abriremos hasta la puesta de sol, —dijo en inglés la mujer, antes de que tomara asiento en el taburete.

Se movió bajo una lámpara amarillenta y su cara se volvió más definida.

—Tu acento es bueno. Incluso perfecto. Pero no eres nativo, ¿verdad? Creía que había visto a los últimos estudiantes hace una hora. Ese zopenco de Nilsson me indicó desde el otro extremo que no esperara a nadie, así que ya he limpiado el suelo. Si has dejado ceniza en mi alfombra de piel de oveja, te abriré una cuenta.

La mujer se dio la vuelta para coger otro vaso manchado, y Draco vio que tenía la cara redonda y una intrincada corona de trenzas castañas trenzadas detrás de la cabeza. Extrañamente, había decidido pulir el vaso a mano en lugar de con la varita.

—Entonces dime el lugar más cercano que no rechace negocios en pleno día. Pedí gin tonic, no tu horario de limpieza, —dijo Draco, molesto.

La mujer soltó una risita, divertida por sus imprudentes exigencias.

—Es demasiado pronto para beber. Especialmente a tu edad. —Señaló la puerta con la cabeza—. Pero si debes hacerlo, hay algunos bares muggles en la ciudad que deberían estar abiertos. Puedes cambiar tu dinero por coronas aquí, solo hazme saber cuánto planeas usar en este viaje. —Le guiñó un ojo—. O cómo de borracho piensas volver.

No mucho después, Draco salió del pub, con los bolsillos de ambos abrigos llenos de billetes noruegos, y fue golpeado por una poderosa ráfaga de viento. En cuestión de segundos, tenía la cara cubierta de nieve y las manos sin guantes le escocían por la temperatura. Parpadeó, medio ciego e incapaz de ver nada a través de una ráfaga de metralla helada.

Una vez que se asentó, vio materializarse el pueblo de Longyearbyen entre la bruma blanca. Era pequeño pero extenso. Decenas de tejados de colores pastel se extendían por el interior, como un espejismo de colores en un desierto de hielo.

Sacudiendo la circulación de nuevo en sus brazos, Draco empezó a navegar por lo que parecía ser el centro de la ciudad, aunque eso era ser generoso. Aunque todos los escaparates eran modernos y estaban bien mantenidos, ninguno superaba los dos pisos. Una modesta calle principal descendía hacia el océano, donde estaba atracado un crucero, una hortera torre muggle de chatarra que debía de triplicar su población con cada visita.

Draco aún estaba orientándose, decidiendo a dónde ir, cuando una mano le agarró el hombro.

—Así que decidiste venir después de todo. Me alegro de que te hayan dejado salir de la jaula para críos con tu expediente del Ministerio, —saludó Blaise. Daphne estaba a su lado, y Pansy se acercó para unirse a ellos también. Estaban temblando, los tres con la nariz sonrosada por el frío.

—Shacklebolt no tiene una soga alrededor de mi cuello, Zabini. Ni él ni la Direczorra, —se mofó Draco. Miró alrededor de la calle casi desierta—: ¿Dónde están los demás? Creía que íbamos a reunirnos todos.

—Gregory se olvidó de entregar su permiso, y Astoria no puede salir de los terrenos de la escuela, siendo solo de sexto año, —dijo Daphne, pareciendo disgustada. Era extraño ver a las hermanas separadas tan a menudo. Hasta hacía poco, estaban unidas por la cadera.

Pansy puso los ojos en blanco.

—No tiene sentido estar aquí si siguen ideando formas de separarnos. Como si estuviéramos conspirando para empezar otra estúpida guerra. —Su tono se ensombreció—. Estoy pensando en pedirles a mis padres que me trasladen a Beauxbatons el resto del curso.

Blaise sonrió.

—Has estado amenazando con irte desde el minuto en que te dejaron en Wolverine con nosotros en vez de con tu adorado y querido Draco...

Se puso tensa.

—Además, es demasiado tarde para transferirte por segunda vez, Parkinson. Aunque fueras de constitución delicada para un lugar como Beauxbatons, que no lo eres. Sin ánimo de ofender, —continuó Blaise, sin inmutarse.

—¡Puta serpiente! —siseó Pansy, enviándole a Blaise una mirada que podría haber derretido el hierro—. Pon a Wolf en el suelo una vez y de repente eres el rey del colegio. Me sorprende que tu cabeza inflada quepa en esa chimenea.

Se detuvieron frente a una cafetería, frente a frente y discutiendo acaloradamente. Una mesa de muggles se puso a mirarlos a través del cristal esmerilado, tomando sus cafés mientras contemplaban el espectáculo. Blaise y Pansy siempre habían estado enfrentados, pero las cosas no habían hecho más que empeorar desde la transferencia.

Cuando sus gritos se hicieron lo bastante fuertes como para atraer la atención de un policía muggle, que se dirigió hacia su grupo, Daphne rápidamente enlazó los brazos de Pansy para guiarla calle abajo.

—Chicos, buscad a alguien más a quien molestar. Tenemos que hablar de no perder los nervios por unos bocazas, —dijo por encima de sus espaldas. Luego desaparecieron por la puerta más cercana con el tintineo de las campanas de la tienda.

Cuando Blaise terminó de saludar sarcásticamente a través de la ventana, él y Draco fueron a colocarse bajo un toldo tan cargado de nieve que se hundía en el centro. El granizo volvía a caer con fuerza: la tormenta de aquella mañana había regresado y tenían que esperar a que pasara a cubierto.

Blaise se aclaró la garganta.

—Sinceramente, me sorprende que fuera tan fácil ahuyentarlas. Pensé que haría falta algo más drástico. Exponer a Pansy por roncar más fuerte que un cuerno de Erumpent. O tal vez amenazar con afeitar el precioso pelo rubio de Daph.

Draco lo miró con recelo, no le gustaba la dirección que estaba tomando aquello.

—¿Quieres explicarme por qué quieres hablar en privado? —preguntó en voz baja.

Blaise respondió con tanta ligereza que parecía una respuesta ensayada.

—¿Necesito una razón para ponerme al día con un viejo amigo? ¿Acaso no es la unidad entre las casas el motivo de venir aquí a congelarnos el culo? Según Kuytek, que odia tanto la iniciativa que resulta gracioso, eso y hacer que los Sangre pura protegidos nos relacionemos con los muggles. No paraba de quejarse cuando vino anoche a la sala común de los Wolverine para explicar las normas de las visitas...

Hizo una pausa para confirmar que Draco estaba escuchando, y luego continuó:

—Kuytek se pasó horas despotricando sobre cómo cualquiera que decida venir degrada nuestra herencia de Durmstrang. Que visitar Longyearbyen es cagarse en las tumbas de los fundadores por una perversión enfermiza. Por lo que dijo, la directora empezó con estos viajes el año pasado, pero la cantidad de críticas que ya ha recibido es mental. Tanto que los administradores están considerando despedirla por esa decisión. Eso, y por admitir a Granger.

—El colegio estaría mejor sin esa bruja, —dijo Draco, perdiendo interés. Entrecerró los ojos a través de la granizada y vio a un hombre corpulento que salía de un edificio en el lado opuesto de la calle que parecía ser la versión muggle de una lechucería. El hombre rebuscaba en una gruesa pila de sobres y parecía enfadado por lo que fuera que había recibido. Tal vez el equivalente a los Vociferadores.

Mientras le observaban, empezó a romper en pedazos una de las cartas y luego las tiró malhumorado a un cubo de basura, murmurando algo en noruego sobre "demasiados folletos del Partido Laborista", "desperdicio de sellos en perfecto estado" y "el primer ministro Bondevik subiendo los impuestos justo después de ser elegido".

Draco levantó la vista para estudiar el cartel que sobresalía.

Postkontorbygningen i Ny-Ålesund

—Significa el emplazamiento de la histórica oficina de correos de Svalbard, que es una especie de lugar muggle para enviar cosas por correo, —tradujo Blaise, luciendo una sonrisa que rozó los nervios de Draco.

—Estudié noruego junto con una docena de idiomas más difíciles. Lo mismo que tú, si no más, —le espetó Draco. Luego se dio la vuelta para marcharse, dando por terminada la conversación.

La sonrisa de Blaise se tensó.

—En Hogwarts, nadie hubiera dicho que eras agradable, Malfoy. Pero últimamente eres realmente algo especial. —Se frotó las sienes con frustración—. Es que no entiendo qué intentas conseguir apartándonos a todos. Como si te hubiéramos jodido como tus padres. Como si te hubiéramos delatado como Nott, cuando sabes muy bien que no lo hicimos, ni aquí ni en Hogwarts. Cuando tú... Oye. ¿Me estás escuchando?

Draco no lo hacía y preguntó:

—¿Qué crees que hacía Granger ahí dentro?

—¿Haciendo en dónde? —Blaise escudriñó la calle.

Granger acababa de salir de la oficina de correos. Llevaba más paquetes de los que aparentemente podían soportar sus dos delgados brazos, ya que no dejaba de dejarlos caer al pavimento helado que tenía ante sus pies. Extrañamente, cada vez que se agachaba y recogía uno, otro salía disparado, reiniciando el proceso.

La escena era tan cómica como exasperante. Incluso desde el otro lado de la calle podía oír a Granger maldiciendo en voz baja mientras se agachaba para recoger el mismo paquete por enésima vez. El envoltorio se había convertido en un amasijo de papel decorativo y nieve derretida.

Draco sintió que le daban un codazo y se volvió para mirar en la dirección que señalaba Blaise.

Beowulf Munter y tres de sus sombras musculosas estaban allí, al parecer habían ido en contra de los deseos de Kuytek y habían llegado a la aldea con los demás alumnos de séptimo año. Estaban parados a pocas tiendas de Granger. Sin embargo, estaban ocultos por un despliegue de banderas, banderines ondeando ante sus bestiales rostros.

Desde su ángulo, Granger no podía verlos a ellos ni a la varita que Wolf sostenía entre los mástiles de las banderas, hechizando sus paquetes para que se derrumbaran uno tras otro.

Entonces Wolf sonrió mientras pronunciaba un nuevo hechizo.

En respuesta, las piernas de Granger se doblaron, golpeadas por una fuerza invisible. Perdió el equilibrio y cayó hacia delante, con las cajas volando salvajemente. Aterrizó tan bruscamente de rodillas que la acera helada emitió un terrible crujido.

Seguía encorvada a cuatro patas, con el dolor ondulando por los músculos de su cara palidecida, cuando Blaise sacó la varita del bolsillo de la chaqueta y se la metió en la manga. Apuntó a Wolf y susurró:

Vespertilio Mucilago.

Draco, que había estado mirando a su amigo con el ceño fruncido, se volvió a tiempo de ver cómo un destello de luz púrpura atravesaba la tormenta de granizo y se clavaba directamente en la nariz demasiado prominente de Wolf.

Al principio, no pasó nada.

Entonces, bruscamente, Wolf cayó al suelo. Vomitando en seco y atrayendo la atención no deseada de los muggles más cercanos. Se quedaron mirando mientras él se apresuraba a meterse dos grandes pulgares en las fosas nasales en un vano intento de evitar que toda una colonia de mamíferos de alas negras escapara por sus cavidades sinusales.

Incluso desde esta distancia, Draco podía ver sus manos retorcidas saliendo de detrás de los dedos de Wolf; oír sus chillidos. Y ahora el bruto estaba dando violentos golpes.

—Moco Murciélago, —decidió Draco.

Blaise confirmó el maleficio con una amplia sonrisa.

—Un truco que aprendí de la Comadreja. Solía usarlo conmigo en Hogwarts cada vez que la llamaba pequeña traidora a la sangre, lo que, por alguna razón, ella siempre tomaba como un insulto en lugar de un flirteo.

Ahora Blaise salió de debajo del toldo, hablando lo bastante alto como para que su voz llegara hasta la oficina de correos.

—¡CONFÍA EN MÍ, MUNTER, ES MÁS FÁCIL SI LIBERAS A LOS MURCIÉLAGOS!

Wolf no parecía físicamente capaz de oír a Blaise. Pero su trío de amigos sí, y se apresuraron a ponerse en cuclillas y a arrancarle los dedos de la nariz uno a uno. Pronto se oyó el inconfundible batir de las alas de un murciélago, los gritos asustados de los transeúntes, seguidos de una retahíla de improperios en alemán.

Con la nariz desencajada, pero la cabeza ladeada, un Wolf inconsciente fue levantado entre sus amigos. Luego lo arrastraron por una esquina hasta un callejón; los cuatro Wolverines se retiraron derrotados.

Draco se rio mientras Blaise soplaba en la punta humeante de su varita.

—Eh, gilipollas.

Los dos miraron.

Granger había conseguido ponerse en pie, pero sus vaqueros muggles estaban sucios y rotos, las rodillas raspadas y en carne viva por el duro impacto contra el pavimento, la piel expuesta con costras de hielo y gravilla. Sus desaliñados paquetes yacían esparcidos a su alrededor como los escombros de una explosión.

Y miraba la varita en la mano de Blaise, suponiendo claramente que el hechizo había salido de él y no de Wolf.

Gruñó amenazadoramente.

—Hacedlo otra vez a plena luz del día, en público donde cualquiera pueda veros, y ambos seréis denunciados al Departamento de Seguridad Mágica por quebrantar la libertad condicional. O peor aún, expulsados.

El puño de Draco se cerró.

—¿No es eso lo que quieres, Granger? ¿Por qué elegiste este lugar entre todos los demás? Admite que por eso te embarcaste a una isla llena de gente que te seguirá destrozando hasta que no seas más que una santurrona pila de huesos.

Sus ojos se encontraron con los de él y se encendieron.

—Por supuesto. Porque tiene mucho sentido que haya perdido mi tiempo escribiéndote todos esos apuntes para que te expulsaran. Y tú eres de los que sermonean sobre actuar imprudentemente, Malfoy. Ni siquiera puedes pasar un día entero sin inventar una nueva forma de autodestruirte.

Entonces se volvió hacia un lugareño que intentaba levantarla del suelo y murmuraba haber visto "pájaros negros".

—Estoy bien. Gracias por venir a ver cómo estoy, —aseguró Granger al hombre en inglés, quizá porque no sabía hablar noruego.

Cuando el hombre se marchó y la calle se despejó, Granger metió sus paquetes en un bolso de cuentas en el que apenas cabía una cajetilla de cigarrillos. Sin embargo, a medida que una caja tras otra desaparecía dentro de su estrecha solapa, se dio cuenta de que debía estar alterado con un Encantamiento de Extensión Indetectable.

Una vez hubo terminado, Granger se enderezó, se sacudió el polvo de los vaqueros y avanzó.

Levantó la barbilla con aire distante, y al pasar no cruzó miradas ni con él ni con Blaise. Los ignoró como si fueran algo desagradable que un perro callejero hubiera dejado en la calle. Como si hubiera esperado algo mejor, solo para sentirse decepcionada.

Y eso inquietaba a Draco más de lo que quería admitir. Más de lo que podía.

Al menos por ahora.

Horas más tarde, estaba sentado frente a Blaise en la sala de estar del invernadero de Vinterhagen, con su segundo vaso de ginebra helada a medio beber. La cabeza se le estaba poniendo tan lanosa como los pantalones del uniforme, que habían vuelto a su rojo sangre habitual. Era una sensación agradable, la pereza, la insensibilidad. Una sensación que echaba de menos, que ansiaba y que necesitaba.

El pub de magos estaba lleno de estudiantes de Durmstrang, muchos de los cuales no parecían haberse aventurado a ir al pueblo, solo venían a tomar una copa y contemplar la aurora boreal a través de los ventanales que cubrían las paredes. Cuando Blaise y él regresaron después de su encuentro con Granger, todas las mesas estaban ocupadas. Habían tenido que asustar a un nervioso grupo de Vulpelaras para conseguir esas sillas.

Observando su vaso transpirar en lugar del despliegue de luces vibrantes, Draco expresó un pensamiento que le rondaba la cabeza desde la oficina de correos.

—Nunca me has parecido de los que se desviven por nadie, y menos por los Sangre sucia.

Mientras reflexionaba, Blaise cogió una cereza al marrasquino de un tarro que había sobre la mesa, se la metió en la boca y la hizo rodar con la lengua.

Luego masticó y dijo:

—No lo hice por ella. Llevaba semanas planeando atacar a Wolf con esos murciélagos y ella estaba por allí. Además, por los gritos, ella no lo vio exactamente como un favor.

—Entonces, ¿por qué no decirle que Munter estaba allí? Cómo él fue el que envió esa maldición, y tú solo...

Blaise levantó un dedo, cortando su pregunta.

—Porque me importa una mierda lo que Granger piense de mí, y a ti tampoco debería importarte. Céntrate en ti y no en nadie más.

Mientras Blaise dejaba que Draco reflexionara, le hizo una señal a la camarera. Pidió otro cóctel afrutado que era más piña licuada que licor y claramente destinado a las brujas. Blaise siempre tenía el gusto más femenino para las bebidas, incluso cuando solían traer a escondidas botellas de Hogsmeade, se podía contar con él para elegir las de colores más chillones para llevar al colegio.

A pesar del fuego que crepitaba cerca, el frío se apoderó de Draco al recordar que, una vez que regresaran al colegio para el toque de queda, estaría encerrado en Soscrofa en lugar de en la familiar y subterránea sala común de Slytherin, bajo el Gran Lago. Ni siquiera en Wolverine con los demás. Tal vez Pansy tenía razón al considerar la posibilidad de marcharse.

Y ahora recordaba algo extraño que había mencionado la directora.

Habló en tono acusador.

—Fuiste tú. Tú fuiste el Wolverine que denunció al profesor de Pociones.

Un pequeño destello de sorpresa iluminó la expresión de Blaise, antes de desaparecer. Se recostó en el asiento y bostezó.

—Ni idea de qué estás hablando. Si hubieras prestado atención las últimas dos semanas, sabrías que no estoy en Pociones. Por otra parte, eso es probablemente demasiado esperar teniendo en cuenta que ni siquiera te has molestado en cumplir con tu propio horario.

Habría sonado más convincente si Blaise no estuviera moviendo las piernas bruscamente bajo la mesa.

Draco frunció el ceño.

—Me oíste contarle a Astoria cómo esas Ucilenas acorralaron a Granger en clase, y luego fuiste directo a la directora. Quiero que me expliques por qué lo hiciste.

Blaise arrancó una orquídea colgante de la pared de enredaderas, haciendo girar el tallo mientras repetía por tercera vez:

—No fue por Granger.

Draco se echó hacia atrás y lo fulminó con la mirada. Después de años de amistad, era fácil ver debajo de la cara displicente que llevaba como una máscara. A pesar de eso, no había forma de saber lo que Blaise le ocultaba a alguien en quien debería haber confiado.

Una agria exhalación mientras Draco empujaba su vaso a un lado, levantándose para marcharse.

—Bien, Zabini. Guárdate tus putos secretos.

Estaba casi en la chimenea cuando Blaise respondió.

—Fue por mí.

.

.

Nota de la autora:

Los que hayan leído These Selfish Vows entenderán mejor las motivaciones de Blaise en este capítulo. Por supuesto, no dudéis en discutirlo en los comentarios, pero mantengámoslo a un nivel más alto e intentemos evitar spoilers muy obvios para aquellos que aún no conozcan su historia (sé que algunos estáis colándoos en los comentarios y me encanta que lo hagáis).

HeavenlyDew