Aquí vamos otra vez…
Anotaciones:
a.
¡Disfruten!
Alerta: En esta historia se narran variadas situaciones que catalogan como contenido adulto y que pueden ser muy sensibles para algunos. Todas (o casi todas) cuestiones tratadas en mayor o menor profundidad dentro del juego Cyberpunk 2077, y que también se tocarán en esta ficción. Si has jugado al juego, sabrás lo que te espera (e incluso así puede que te sorprendas). Leer con discreción.
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Deus Ex Machina
~~Introducción~~
Capítulo 4: Eye Spy
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Dios era mujer. Dios tenía pechos, glándulas mamarias; Dios tenía un muy buen par de tetas, diría su padrino (aunque ya casi ni lo recordaba. ¿Era el anciano de larga cabellera blanca y picuda?). De cualquier modo, lo relacionado con su difunto padrino poco imperaba en lo que importaba: Dios era mujer, una mujer de lo más extravagante y misteriosa.
El mundo se divisaba al revés desde su perspectiva singular de las cosas. Y no era porque, actualmente, estuviere colgado de sus pies de una barra de dominadas ejercitando sus abdominales. En general, las cosas desentonaban para él de un modo distinto, peculiar. Aumentado exponencialmente tras el conocimiento de lo ignorante e inconsistente de sus pensamientos, de la idea preconcebida del mundo que manejaba la raza humana.
Tensó los músculos de su vientre y realizó las series a las que tan acostumbrado estaba, con el cuidado extremo de contabilizar cada uno de sus movimientos, pues al ser un indolente él no podía percibir cuando su cuerpo encontraba sus límites físicos. Sus brazos de carbono adulterado en plena forma metalizada absorbieron la luz y devolvieron a la vista el más opaco color negro mate. Los fotones no escapaban con facilidad de la cárcel eterna que eran sus implantes cibernético-orgánicos. El sudor empapaba en una leve capa la totalidad de su dermis falta de lunares o marcas de nacimiento de cualquier tipo. Se asemejaba al modelo idílico que un hombre soñador compraría en una tienda de contenedores humanos, diciendo: «Ese, ese es el que quiero. ¡Es perfecto! Con eso seré irresistible y nadie se meterá conmigo». Su faz llena de granos, lentes grasosos y una sonrisa ilusa mientras pagaba el modelo menos asequible del sitio. «Además, con esos jodidos brazos negros seguro que podré reventarle la cara a Johnny». Naruto no conocía a nadie llamado Johnny, no de la requerida importancia para que él lo rememorara.
En el mundo de lo subliminal, Naruto ejercitaba su físico, manteniéndolo a la orden del día, un estado de perfección absoluta para él. Su abdomen excepcional, sin vello, con formas cuadriculadas y firmes, ningún remanente de grasa superflua por supuesto. Y su fibrosa forma era de igual manera pecho, piernas, espalda y en cada esquina de su cuidadísimo cuerpo, pero sin llegar a una hipertrofia desmesurada, incómoda de ver y poco atractiva, como aquella que practicaban los incivilizados y desmejorados adictos al cromo, sean pandilleros o ciberpunks comunes, que se insuflaban a puro metal hasta terminar perdiendo la consciencia sobre sí mismos por la pérdida de humanidad y siendo rescatados del bucle irrefrenable deshumanización por sus seres cercanos, en los mejores casos, o convirtiéndose en máquinas desapasionadas de matar y matar que terminarían exterminando a todo aquel que halle a su paso, incluyendo sus seres amados, hasta que un equipo especializado en la caza de ciberpsicópatas lo derribara y acabara con el despropósito de su miserable existencia.
Un ejercicio que pertenecía a su modus vivendi. Cuando acabó las series, se soltó y con ágil gracia dio una media voltereta que lo dejó con el mundo mirado desde la perspectiva de todos, sin aquello a lo que los humanos se referían como «sentidos». Por lo demás, fue la visión de la humanidad lo que empañó la sala del gimnasio privado de una de las fincas infinitamente espaciosas y terriblemente engalanadas de UzuNam, en la isla de Kuchinoerabu, al sur de Japón concretamente.
En las paredes enfilaban espejos rectangulares y altos que devolvían la imagen de un salón abarrotado de complejas máquinas ejercitadoras, y en el paraíso selvático-metálico de un adicto a los esteroides anabólicos, un rubio que era el único ser allí. Estaba casi completamente desnudo; solo unos bóxeres que cubrían sus partes nobles porque su pene liberado le molestaba cuando utilizaba algunos aparatos.
El rubio, aparte de su ropa interior, no había desistido de la utilización de unos lentes negros y ovales. Sus ojos celestiales así quedaban tapados la mayoría del tiempo. Quién sabe cuál fuere el motivo para ocultar con tanta diligencia el par de fuentes de celestes, de mares agraciados por la pureza y la descontaminación. Cuenta la leyenda que, en tiempos pretéritos, naturalmente el mar poseía coloraciones azulinas, muy diferentes del turbio gris corroído y viscoso de la bahía de Tokyo, y de cualquier bahía en el mundo. Para su fortuna, el rubio disponía de una bahía descontaminada y personal para su divertimento, aunque no muchas veces iba ahí a nadar. Quizás invitó a alguna chica en bikini (cosa muy importante para su investigación), pero no por otras razones se lo encontraría a él en las playas.
Sea como fuere, hoy a punto estaba de dar por concluida su rutina. Aunque agentes externos conjeturaban en la sombra perenne de las tinieblas megacorporativas para socavar sus aspiraciones. Ataviado como un samurái de una época desfasada, un calvo invadió el gimnasio en silencio atroz, caminando con severa tranquilidad. Admirable para Naruto, que indiferente se le miró y esperó a lo que le tuviera que decir su factótum.
"Si me disculpa, maestro." Habló cortésmente el vetusto hombre de baja estatura y cabeza depilada, dando una amplia reverencia a su señor, sus manos se cruzaban detrás de su espalda, esperaba la señal para seguir. Naruto le asintió y susurrando le pidió que continuara. "He de tener que interrumpir de inmediato su sesión de entrenamiento para acudir a una reunión con uno de los administradores empresariales, los designados por su padre."
"¿Dónde se requiere mi presencia?"
"Tokyo, la sede central de la empresa."
"Y supongo que no puedo evadirme."
"Si es que no quiere enojarla."
"¿A quién?" Preguntó el Uzumaki-Namikaze mientras se iba al sitio donde dejó sus ropas, no muy distintas de las que llevaba su subordinado mensajero.
"Tsunade-sama, maestro."
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Año 2074. Tokyo, Japón.
El aire sobrecargado de ciudad con sus monolitos, de metal y concreto, pintados de neón. A él poco le impresionaban, nada le importaba todo lo que hubiere allí. Fue llamado de emergencia unos días después de su encuentro furioso y la caída a la tentación de Yūgao. No lo sabía, pero diría que sabía por qué Tsunade lo mandó a llamar. Se aproximaban tiempos de cambio.
Su VA platinado que viajaba a una estable velocidad de unos doscientos kilómetros por hora se detuvo de repente y emprendió la ostentosa bajada, casi ceremonialmente en muestra de su poderío a las personas que transitaban el largo y ancho de Tokyo, a el puerto en la terraza de uno de los edificios más altos de la ciudad, junto a aquellas torres gemelas que eran el orgullo de Arasaka en el distrito vecino.
Luces parpadeantes de rojo se avistaron debajo, en un costado de la pista ya vio a una de las reservadas, pero no por ello menos salvajes en la cama, subordinadas de su madrina. La confiable y recta Shizune con traje de oficinista color negro, el logotipo del remolino en su corazón. Zapatos con tacones, delgadas piernas cubiertas de elástico nailon.
Shizune acomodó sus lentes rectangulares cuando del aerovehículo corporativo salió él, con una chaqueta oscura, de cuello alto y un poco más larga que su torso, que recubría sus brazos y unos guantes sin dedos que dejaban echar un largo vistazo a sus finos dedos opacos de carbono, metalizados, cual cromo que abundaba en las calles. Pantalones comunes, camiseta sin detalles. Gruesas botas. Como siempre solía vestir, en definitiva.
"Por favor, sígame, Naruto-kun." Shizune abrazaba una tableta corporativa en sus manos; a través de ella seguro se deslizaban los mandados de la matriarca Senju. Haciendo caso, Naruto la persiguió al interior del edificio.
El sonido del tacón reverberaba en los amplios y gigantescos pasillos de la sede japonesa de UzuNam. Retocados y minimalistas, y aparentemente infinitos, pasadizos donde corporativos transitaban como en un hormiguero monumental de una deidad que admiraba todo lo que transcurría en su recipiente acristalado. Las luces contrastaban el blanco con el negro. Una simpleza apabullante, hay quienes dirían aburridamente monótona. Depende de la sede: en la de Kyoto hay más plantas artificiales que pretenden dar el pego de un ambiente mayormente natural, amigable; en México, te reciben con una fiesta de colores.
Shizune le señaló una puerta de una oficina. Él entró, Shizune despidiéndose con un saludo cordial y rápido, avanzando a cualquier sitio. Quizás temía que le levantara la falda allí mismo y le hiciera cosas atrozmente placenteras, pero él no era de ese estilo. Prefería la reciprocidad y el cariño (que él no podía sentir) de una mujer entregada a las pasiones candentes. No forzar a nadie, esa fue su regla número uno.
Nada más entrar hizo una reverencia profunda. No porque respetara en exceso a la rubia cincuentona frente a él, sentada detrás de su escritorio, con notable desagrado, sino porque ésta le arrojó con toda la intención de asestar una aguja senbon al centro de su cráneo, quizás queriendo atravesarlo. A Naruto le gustó esta bienvenida que para nada lo tomó por sorpresa. No después de lo que hizo.
"Sigues teniendo excelentes reflejos. Mejores, diría." Habló la rubia que se sentaba con manos entrelazadas y que ataviada estaba con un traje de falda acampada. De negro vestía, camisa blanca que apenas tapaba su exuberante pecho (del cual alguien con melena espinada se jactaba de haber magreado), en su cara un rombo púrpura marcando el espacio central entre sus sienes. En sus entornadas piernas las largas medias negras, unos zapatos de tacones tan brunos como el petróleo. Su mueca no era la de una congratulada reunión de entes cercanos, familiares, que se reencontraban tras tantas idas y venidas.
Naruto no respondió en absoluto a la mujer rubia llamada Tsunade. Su madrina frunció el ceño.
"¿No estarás mirando mis tetas, pequeño descarriado?" Inquirió Tsunade, percibiendo que detrás de los lentes negros los pedazos de cielo se centraban en un punto muy en específico, en particular en los botones blancos de su camisa que aparentaban estar a punto de zafarse por la inconmensurable presión ejercida por la carne retenida.
"Me mata la curiosidad de saber si en verdad son naturales."
Ella se cubrió con uno de sus brazos, perdiendo levemente la compostura frente al hijo de Kushina, también el hijo del respetuoso y aclamado Minato. Lastimosamente su primogénito parecía irse por los senderos de la perversidad que, talvez, fueron cimentados e incitados por un viejo conocido del cual le retumbaba su voz como un recuerdo deshilvanado de otra vida, aunque siempre presente en el subconsciente, vívido.
"Eres tan marrano como tu difunto padrino." Suspiró entre sus dedos, una vez recompuesta, volviendo a su postura de empresario manipulador de antes. "Me pregunto cómo habrá calado tan hondo en ti siendo que él ni siquiera estuvo presente mucho tiempo."
"Estuvo presente cuando aún era humano. Supongo que eso cuenta." El Uzumaki, indiferente, hablaba cual Namikaze de diplomáticos quehaceres. Dos familias de lo más gloriosas, ahora reducidas a un joven que ni siquiera se podía decir con certeza que fuera un ser vivo.
"Sigues siendo humano Naruto." Corrigió Tsunade, queriendo creerse sus palabras ella y no tanto convencer al niño.
"Los humanos son lujuriosos y corrompibles. Yo no. Yo soy un simple recipiente para un alma humana que no siente nada pero sí piensa." Él niño siquiera fingía algo de melodrama en su discurso emotivamente depresivo. Para él era un análisis veraz de lo suyo.
"Como sea." Tsunade cortó esa conversación que no iba ningún lado. "He de informarte que a partir de este momento serás acompañado a cada lugar que vayas, las veinticuatro horas del día, durante todas las semanas hasta que seas un adulto responsable. Dispondrás de un séquito personal el cual te cuidará y te ofrecerá su ayuda en cualquiera tus «investigaciones». Sin embargo, ya no puedes salir del ojo vigilante de la corporación UzuNam; es nuestra obligación proteger al heredero." Tsunade se quedó viendo cómo Naruto digería la información; nada, nada de nada. "Por cierto, también quedarás excluido en la finca de Kuchinoerabu, ya que es tu favorita… A lo sumo podrás visitar el resto de casas a nombre de la compañía, dentro del país."
"Suficiente tengo con que me vigilen sus esbirros todo rato. ¿Voy a tener que estar encerrado en Japón?"
"Es por tu bien. Y además, no son esbirros. Son tus protectores declarados y leales que te resguardaran de todo aquel que ose hacerte daño, y también de tus adolescentes actos de picardía y rebeldía. Esto es hasta que seas alguien de derecho propio y puedas comandar la corporación con tus manos."
"¿Es necesario que me encierren en la isla?"
"Sí. Ya se han contabilizado más de tres intentos de asesinato en los últimos meses."
"Aquella mujer voluptuosa, la tontería que sucedió en Suiza y…"
"Y lo que pasó en NUSA: el estadounidense que te disparó a bocajarro a la salida de uno de tus encuentros. En Suiza ya te dispararon desde más de un kilómetro, y reventaron la cabina de tu ascensor. Nadie sabe cómo es que te salvaste. Aun teniendo en cuenta las facultades de tu… especialidad."
"Sigo con vida, después de todo." Acotó Naruto como si nada; labios rectos y pose de un maniquí atractivo.
"Sigues con vida por los pelos. Aquella mujer casi te acribilla de no ser por la interrupción a último momento de Yūgao." Y allí Tsunade recordó lo que el pequeño desgraciado le hizo a Yūgao, la razón real por la que se vieron forzados a retirarla de las fuerzas (al menos momentáneamente). Golpeó la mesa con un prieto puño de rabia desatada. "Y no tuviste mejor idea que follártela como compensación."
"Ella se ofreció a mí."
"¡Me da igual!" Tsunade se levantó abruptamente, su porte no hacía tantas diferencias ahora que el niño se convertía en hombre; de hecho, el Uzumaki la superaba en estatura ya. En cuanto a estatura, porque en comportamiento continuaba siendo un caprichoso descarado. Frunció el entrecejo y trató de calmarse, para su bien. Naruto la miraba con su fría curiosidad, casi como si viera un ejemplar en extinción de un pez muy extraño y desconocido. "Te esperan en el Colmenar. A más tardar en dos horas." Dijo Tsunade. Ante el silencio de Naruto, continuó: "Son quienes se encargarán de tu resguardo y de tratar todas tus necesidades."
"Puedo satisfacer mi momentum sin necesidad de ayuda."
"Eso es muy dudable. Tu nave saldrá enseguida. No tardes." Se sentó. Naruto interpretó aquello como el final de su reunión y salió por la puerta deslizante de la oficina. Fuera, creyó oír el sorprendido gritillo de sorpresa de su subordinada mayor.
Tsunade ya sabía lo ocurrido entre ellos dos. El marrano salía de cacería bastante seguido.
De un cajón sacó su confiable petaca, que era una botella de dos litros y medio, para situaciones estresantes como estas. Requeriría más de una «trago». Naruto la enervaba en demasía, pese a su supuestamente íntima relación familiar, ella siendo su madrina. El único vínculo familiar del que ambos disponían. Aunque, aún estaban los otros Uzumaki rezagados de la rama principal, empresarial; aquellos quienes en determinado momento ascendieron a la endogámica realeza japonesa, el trono imperial que hoy no era otra cosa que un decorativo título y puesto nobiliario. Pocos sabían que los cinco hijos de una generación imperial fueron en realidad hermanastros del padre de Kushina.
Dio un buche profundo, no reservado al puro sake concentrado. Tsunade Senju, hija de una familia emparentada cercanamente con los Uzumaki, realizaba avances científicos en la rama de medicinas de la empresa previo al asesinato de Hiruzen, quien, tras los terribles acontecimientos que rodearon a la sospechosa muerte de su queridísima Kushina y su marido, ya comandaba la empresa a modo de regencia hasta que el último heredero tuviera la edad suficiente. Ahora ella estaba atrapada con un pequeño pervertido que le bajaría las bragas hasta a su propia madre con tal de obtener mayores datos para su «investigación».
Sonaba tan a él que Tsunade no tuvo otra opción que emborracharse un poco (un poco mucho), a sabiendas de que no podría acarrear tantos pensamientos penosos. Otra vez, sería una noche de resaca. Con algo de suerte conseguiría una buena follada esa misma tarde.
Ya los Uchiha se encargarían de su problemático joven rubio.
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El Colmenar era una estructura kilométricamente titánica que, desde su creación, ha sido el orgullo militar y tecnológico de UzuNam luego de que el emperador y el gobierno japonés, tras unos cuantos sobornos y coerciones llevadas a cabo con riguroso ingenio, aceptaron su construcción, algo que ni a Arasaka le permitieron en su momento. La estructura, una base tecnológico-militar ubicada en la isla de Yakushima, como su mismo nombre indica, parecía un conjunto de colmenas excavadas hasta centenares de metros bajo tierra: predominaba una mezcla de concreto azul aciano, casi gris, en la superficie con huecos para vehículos aéreos de combate y transporte, pistas integradas y ocultas como los canales de un panal semiabierto; ciertamente parecía que hubieran arrancado del suelo un abejar y dejado a la intemperie los circuitos internos, secretos, de donde cacharros metálicos, que las hacían de abejas, zumbando ascendían o descendían en una rutina de vuelo típica y práctica. Había un total de seis colmenas: una central y otras cinco que la rodeaban casi como formando las líneas imaginarias de un pentagrama, atravesando los verdosos bosques de cryptomeria japonica, o simplemente sugi. La idea de la construcción de dicho sitio fue originaria de un Shimura, antecesor del que le tocaba las pelotas a Naruto, ininterrumpidamente.
Con expresión de piedra y un brazo de apoyo para su cabeza acunada en una mano, Naruto calculó los parámetros de su sistema inmunológico, los comparó con los exámenes de hace dos semanas, y a su vez estos con los de los últimos meses, y determinó que nadie lo estaba envenenando de momento. De momento. A pesar de que juraría que percibía una amargura en su boca sin comparativas; algo extraño, más aún considerando que no posee emociones ni sentidos.
Como siempre, iba montado en uno de los VA no automatizados de la empresa, construidos específicamente para él luego de que quedara varado en el desierto de Atacama durante unos días, quizás unas semanas, por una descomposición repentina de su aerovehículo. Curiosamente las coordenadas enviadas para su salvación, lanzadas por la maquinaria ardiendo, tenían un margen de error quilométrico (supuestamente creían que cayó en Brasil, a un país boliviano de distancia). Un conflicto se desataba en la zona; esquivo un tiroteo de gran magnitud y se encontró con alguien en su misma situación. Estuvo tocando la guitarra con un nómade hispano-gaijin, tomando pizco y durmiendo al aire libre, hasta que fue rescatado por una guarnición entera de soldados de UzuNam, liderados por la mismísima Tsunade Senju, quien le dio un par de golpes con sus implantes de superfuerza mejorados, aunque medio aterrada, por hacerlos preocupar de tal forma. Él respondió como suele hacer en esos casos.
Indiferencia. Fue lo que sintió cuando bajó de su transporte, lo guiaron unas decenas de metros en la colmena A-02 y le hicieron personarse ante dos seres desconocidos pero que aún le parecieron familiares. Dos sujetos de cabello azabache cual plumaje de cuervos. Capaz tenían su edad, un tanto mayores que él. Uno con el cabello puntiagudo como él, tal vez un poco más corto; el otro, con cabello largo, atado. Unas arrugas muy remarcables debajo de los ojos del segundo, tan exageradas como las del viejo Hiruzen. Ambos dispuestos con los uniformes negros de UzuNam, el uniforme del Escuadrón Especial de Asesinato y Tácticas, para ser exactos: camisas negras, chalecos antibalísticos livianos, espadas sujetas a la espalda, pantalones y botas negros, estas últimas estilizadas y moldeadas para la forma única de combatir y asesinato de las fuerzas de inteligencia de UzuNam, los ANBU. Sus pisadas no emitirían sonido, ni siquiera corriendo por cualquier superficie, solo detectables en el agua que chapotearía inevitablemente debido a la alteración de su masa. Se veían como una guisa de shinobis de la nueva edad, con pistolas silenciadas en vez de kunais sujetadas en sus cinturones.
"El joven de la izquierda es Shisui." Señaló un subordinado corpulento y con cicatrices, el que lo guiaba, al muchacho de cabello puntiagudo y sonrisa amigable. "El de la derecha, Itachi." Apuntó al de largo cabello atado, con arrugas y una mirada seria pero comprometida. "Los dos han sido encomendados a la misión de servirle personalmente en cuanto alcance la madurez deseada. De momento, actuaran como agentes invisibles de vigilancia que evitaran que salga de la zona de reclusión."
'Pensé que me traerían perros, pero me entregaron cuervos.' Pensó Naruto mientras examinaba al par de, sin lugar a ningún género de dudas, Uchiha. Se los reconocía por algo más que los rasgos físicos; era como el aura, algo procedente de la familia. No obstante, no hacía daño preguntar. Y cuando quedaron solos y en un silencio acentuado Naruto lo hizo:
"Ustedes, los dos, ¿son Uchiha?"
"Así es, señor." Dijo el mencionado como Shisui, muy animado y alegre, rayando en lo estúpido. "Espero que no le pueda importunar nuestros orígenes. Eso nos entristecería sobremanera."
"Ya." Respondió secamente, su expresión no dando forma definida alguna, sus ojos ocultos tras lentes negros, ovales. "Supongo."
Naruto se enfrascó en la mirada de Itachi, quien no le despegaba sus iris carbón por nada en el mundo. En su mente se formuló una cuestión.
"¿Te conozco de algún lado?" Naruto le preguntó a Itachi, Shisui mirando confundido entre los dos, talvez pensando en mediar algún conflicto por la súbita tensión que se claramente se percibía. Itachi contestó, y le dijo, en sucintas palabras, lo que quería oír. Naruto sí lo rememoraba, y sonreiría con altiva gracia si es que sintiera algo.
"Entonces eres hijo de Mikoto, debo de suponer."
"Sí. Así es, Uzumaki-Namikaze-sama."
"Corta la modestia." Sugirió Naruto con filosa gelidez. "A los dos se los digo: a partir de este momento soy simplemente «señor» o «maestro», «Uzumaki» o «Naruto». Solo eso admito, al menos en presencia."
"Como usted desee, señor." Repitieron los dos Uchiha
"Andando." Ordenó por primera vez Naruto al dúo Uchiha. Probablemente la primera de varias.
"¿Qué labor desempeñaremos?" Quiso saber Shisui, preguntándole con profuso respeto a su amo cuál sería su objetivo posterior al «periodo de maduración». Iban a las pistas liderados por el rubio, donde les esperaba un VA que los apearía en la finca que se hallaba Kuchinoerabu, no muy lejos de Yakushima.
"No lo sé. ¿No se supone que ustedes están aquí para evitar que salga de Japón?"
"Sí." Dijo Shisui. "Pero luego de eso pasaremos a ser sus fieles espadas, quienes lleven a cabo toda actividad, ilícita o no, para usted, señor. Es nuestro juramento."
"Lo que te haya hecho jurar Danzō poco me interesa. Pero, sea como fuere, hablaremos de esto cuando lo tenga decidido. ¿Está claro?"
"Sí, señor." Replicó con rectitud Shisui, emocionado por la nueva aventura de servir directamente al líder del conglomerado de familias y clanes bajo el ala de UzuNam. Los Uchiha le debían lealtad hace mucho tiempo. Itachi guardaba silencio, caminando a la derecha de Naruto.
Cuando se enfilaba a la salida para ir a su finca para seguir entrenándose, el subordinado que previamente lo guio, que Itachi nombró como Ibiki, le detuvo y le llamó la atención sobre un par de jóvenes que desentonaban con el ambiente de guerra y cientificismo que dominaba en el lugar. Una rubia de cabello largo y ojos verdes, de figura voluptuosa y con escote prominente, bizqueándole con sensualidad. Iba acompañada de una pelirrosada esbelta, pero no por ello menos atractiva de ver; hermoso rostro, angelical y muy corruptible por su amiga de muy diáfano propósito.
"Son sus nuevas concubin…" Ibiki tosió en su mano. "Perdón; son sus nuevas secretarias personales. Estarán a su disposición de ahora en adelante."
Las mujeres se presentaron suntuosamente, la rubia entregando una no poco recatada vista de su escote al inclinarse. La sonrosada se mostraba un tanto avergonzada, cohibida por la situación o por quién era él, en comparación con la rubia. Sus nombres eran Haruno Sakura y Yamanaka Ino. Y las dos cumplirían a rajatabla sus mandatos, como si fueran mandamientos divinos puestos en una tabla añeja en el sótano de un santuario clandestino (quizás modificada por algún ser ennegrecido en un absurdo giro de guion. Quizás).
Y entonces cayó en la cuenta de a lo que se refería Tsunade cuando mencionó que cubrirían todas sus necesidades, incluyendo sus investigaciones acerca de la Génesis, el nacimiento y composición de Dios.
…Continuará…
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Anotaciones Finales:
Gracias por leer. Y, en especial, muchas gracias a aquellos que hacen notar su apoyo por esta ignominiosa ficción.
Nos vemos pronto.
a.
