A la mañana siguiente, Draco fue a ver a su tío James, incluso antes de pasar por casa para cambiarse de ropa. Tras mantener una pequeña charla con James se sintió más aliviado. Hermione no corría ningún peligro inmediato, porque su tío ya había ordenado a sus dos mayordomos que siguieran a Riddle. Claro que el alivio de Draco se debía a que Artie y Henry no eran dos mayordomos corrientes. Habían formado parte de la tripulación de piratas de James, permaneciendo a su servicio en alta mar durante más de diez años. Los dos habían decidido quedarse con James tras la venta del Maiden Anne y ahora compartían las funciones de mayordomo en la residencia de Londres. Ambos disfrutaban mucho del empleo, porque en realidad no eran lo que aparentaban. Y tenían ocasión de ahuyentar a los visitantes indeseados.
A James le tenía sin cuidado que provocaran constantes piques con sus métodos poco ortodoxos, y George había renunciado hacía tiempo a sus esfuerzos por enseñarles buenos modales. Si alguien que no fuera un pariente llamaba a la puerta, con frencuencia recibía a modo de respuesta un estridente «¡No están en casa!» y un portazo en las narices, o bien un «¿Qué diablos quiere?», siempre que no se tratara de una dama atractiva, naturalmente. A una señora la arrastraban invariablemente al interior y cerraban la puerta tras ella sin darle tiempo a pronunciar dos palabras. Pero los dos antiguos piratas eran muy competentes en las funciones que les había asignado James. Y según informó éste, hasta el momento habían seguido a Riddle a dos casas distintas, su residencia principal en la ciudad, y una finca en las afueras que parecía abandonada, y donde no pernoctaba pero permanecía varias horas cada noche.
También lo habían seguido a una taberna en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Draco tensó los músculos al oír eso, pero se tranquilizó cuando James le contó que Artie, que estaba completamente trompa, había causado tal revuelo en el local que Riddle había cambiado de planes y se había largado de inmediato.
Draco envió una nota a Hermione para que dejara de preocuparse y bajara un poco la guardia. Luego regresó a casa y descubrió que su padre seguía allí. No sabía si alegrarse de ello, pues Lucius parecía disgustado cuando lo hizo pasar a su estudio. Draco supuso que Francés se había puesto en contacto con él y le había informado del pequeño altercado del día anterior. Pero no. Más tarde Draco deseó que se hubiera tratado de eso.
—¿Es verdad que has comprado una amante en un burdel y en una sala atestada de caballeros?
Aturdido, Draco prácticamente cayó sobre el sillón donde estaba a punto de sentarse. Cuando su padre ponía énfasis en algunas palabras era porque apenas conseguía dominar su furia.
—¿Cómo te has enterado?
—¿Por qué te sorprende que me enterara, cuando la subasta se celebró en público?
Draco se acobardó.
—Tenía la esperanza de que no llegara a tus oídos, pues los caballeros no suelen admitir que han estado en un sitio así.
—Pues da la casualidad de que anoche pasé por mi club —gruñó Lucius—, y allí había un amigo que creyó que debía saberlo. Él se enteró por otro amigo que a su vez tiene un amigo que esa noche estuvo en el burdel en cuestión. Y sabe Dios cuántas esposas lo sabrán ya y estarán haciendo circular el rumor entre sus amigas.
La cara de Draco ardía de rubor, pero dijo en su defensa:
—Tú sabes mejor que nadie que esas cosas no se comentan con las esposas.
—Eso no viene al caso —respondió Lucius sin que su expresión se serenara en lo más mínimo—. ¿Cómo has podido participar en una subasta de esa clase?
—Pensé que podía salvar a una joven inocente de...
—¿Inocente? —interrumpió Lucius—. ¿De quién se trata?
—Se llama Hermione Granger, pero no tiene ninguna importancia, así que no debes preocuparte por ella. Como te decía, la salvé de que la torturaran.
—¿Cómo has dicho?
Draco suspiró.
—En realidad, no tenía intención de participar en la subasta, padre. Nos detuvimos a echar una partida mientras Theo visitaba a una chica que trabajaba allí. Pero entonces...
—¿Llevaste a Theo a un sitio como ése? ¡Sólo tiene dieciocho años!
—Theo ha estado visitando sitios como ése desde mucho antes que yo. ¿O has olvidado que antes de que James lo encontrara vivía en una taberna? — Lucius se limitó a mirarlo con furia, de modo que Draco continuó—: Como te decía, no tenia intención de participar en la subasta hasta que vi quién estaba pujando por la chica.
—¿Quién?
—Es un hombre con quien me he cruzado antes y he tenido ocasión de ver lo que hace con las prostitutas. Las azota con un látigo, tan brutalmente que quedan desfiguradas de por vida. Dicen que sólo puede disfrutar del sexo de esa manera.
—Repulsivo.
—Estoy completamente de acuerdo. De hecho, como un favor personal, el tío James está buscando la forma de poner coto a las perversiones de ese hombre.
—¿James? ¿Cómo?
—No... no me molesté en preguntar.
Lucius se aclaró la garganta.
—Bien. Siempre es preferible no saber qué se trae entre manos ese hermano mío. Pero, Draco...
—Padre, no tuve otro remedio —interrumpió Draco—. No se me ocurrió otra forma de salvar a la joven aparte de comprarla. Y lo de que la chica era inocente resultó ser cierto, así que me alegro de haberla salvado de las garras de Riddle.
—¿Tom Riddle? Cielos, pensé que alguna mujer lo habría castrado años ya.
—¿Lo conoces?
—Hace mucho, antes de que él alcanzara la mayoría de edad, oí rumores de que torturaba a las criadas. Nunca se probó nada, por supuesto. Más tarde me enteré de que lo habían denunciado, pero el caso nunca llegó a los tribunales porque la víctima se negó a atestiguar. Dicen que pagarle a esa mujer le costó la mayor parte de la fortuna de su familia. Si no recuerdo mal, se oyeron vítores en mi club cuando contaron esa anécdota. Al menos fue una suerte de castigo... si los rumores eran fundados.
Draco asintió con un gesto.
—Supongo que lo eran. Sin duda ahora ha perfeccionado sus métodos de tortura.
—Lo peor es que los tribunales no pueden hacer nada sin una víctima que lo acuse —dijo Lucius con un suspiro.
—En la actualidad se cubre muy bien las espaldas —dijo Draco—. Yo busqué a una de sus víctimas, la misma a quien había visto azotar. Esperaba que accediera a denunciarlo. Pero Riddle no sólo les paga bien, también les advierte de lo que va a hacer con antelación y les pide su consentimiento.
—Es listo además de demente. Una combinación peligrosa. Pero si le has pedido ayuda a James, déjalo en sus manos. Casi podría garantizarte que encontrará la forma de pararle los pies para que no vuelva a hacer daño a nadie más.
—Eso espero, sobre todo porque acabo de tener otro pequeño incidente con él y me acusó de haberle robado a Hermione, cuando en realidad sólo superé su oferta. También dijo que tiene intención de recuperarla.
Lucius arqueó las cejas.
—¿Quieres decir que te has quedado con esa chica?
—Bueno, se vendía como amante, y pagué mucho dinero por ella...
—¿Cuánto?
—Preferiría no decir...
—¿Cuánto?
Draco detestaba aquel tono de «será mejor que confieses o...»
—Veinticinco —murmuró.
—¿Veinticinco qué?
Draco se hundió un poco más en el sillón antes de admitir:
—Veinticinco mil libras.
Lucius se atragantó, tosió, abrió la boca para decir algo y la cerró de inmediato. Se dejó caer en el sillón situado detrás de su escritorio y se pasó las dos manos por la melena dorada. Por fin suspiró y fulminó a Draco con una de sus miradas más siniestras.
Creo que no te he oído bien. No me has dicho que pagaste veinticinco mil libras por una amante. No.
Levantó la mano para atajar la respuesta de Draco
—. No quiero oírlo. Olvida que te lo he preguntado.
Padre, no había otra forma de evitar que Riddle comprara a la chica —le recordó Draco.
—A mí se me ocurren por lo menos media docena, la más sencilla de las cuales habría sido coger a la chica y largarte de allí. ¿Quién te lo habría impedido, teniendo en cuenta que esa clase de subastas son ilegales?
Draco no pudo menos de sonreír ante una respuesta tan típica de los Malfoy
—Bueno, supongo que el propietario, Pucey, hubiera tenido algo que decir al respecto, sobre todo porque lo habría privado de unos suculentos beneficios. _
-¿Pucey? —Lucius frunció el entrecejo, abrió en la segunda página el London Times que estaba sobre su mesa y señaló—: ¿No será ese Pucey, por casualidad?
Draco se inclinó para echar un vistazo rápido al artículo, pero se quedó tan sorprendido que lo leyó con atención. Era una nota sobre Pucey, que había sido asesinado en la casa de mala reputación que dirigía desde hacía un año y medio. Al parecer, lo habían apuñalado varias veces en el pecho. Se mencionaba que había habido un baño de sangre y que el asesino no había dejado ninguna pista.
Maldita sea —dijo Draco arrellanándose en su asiento.
—¿Debo entender que se trata del mismo Pucey? —preguntó Lucius.
—Así es.
—Interesante, aunque dudo que haya conexión alguna entre el asesinato y la subasta. Sin embargo, toda esa sangre sobre el cuerpo y a su alrededor me recuerda a la obsesión de Riddle por la sangre.
—Es un maldito cobarde —dijo Draco—. No tiene agallas para matar a un hombre.
Lucius se encogió de hombros. —A juzgar por lo que has dicho antes y por los rumores que oí hace tiempo, ese hombre está mal de la azotea. —Se señaló la cabeza—. Nunca se sabe qué puede llegar a hacer un demente, pero creo que tienes razón. Al parecer es un cobarde que disfruta atormentando a los más débiles. Además, ¿por qué iba a matar al tal Pucey, si su afición es torturar mujeres? Sin duda es una coincidencia.
Draco estaba de acuerdo, o quería estar de acuerdo, pero su padre había sembrado una pequeña duda en su mente, y no pudo evitar preocuparse otra vez. Así que en cuanto salió de casa de su padre, fue directamente a casa de James para informarle de las últimas novedades. Por desgracia, había olvidado interrogar a su padre sobre la amante que había mantenido en secreto durante tantos años. Y cuando regresó a su casa, se encontró con una nota de Lucius recordándole que lo esperaban en Haverston para Navidad. Su padre ya se dirigía hacia allí.
Aunque Draco le había asegurado que no debía temer a Riddle ahora que lo vigilaban, Hermione estuvo casi una semana sin salir de casa. Envió a su lacayo a casa de la modista para cancelar dos pruebas. Por suerte, esa misma semana había contratado a un lacayo y al resto de los criados. Tampoco regresó a la bonita tienda de telas donde había comprado todo lo necesario para los regalos de Navidad de Draco: una corbata y pañuelos con sus iniciales bordadas y algunas camisas de seda, varias de las cuales ya estaban terminadas.
Paradójicamente, el día en que se toparon con Riddle no estaba tan asustada como al siguiente, después de pasar la noche con Draco. Aunque él no había dicho una sola palabra más al respecto después de sus advertencias, Hermione había percibido su miedo. Quedarse encerrada en casa tenía algunas ventajas.
Después de tres días de angustiosas dudas, por fin había terminado una carta para tía Elizabeth. En ella le explicaba que su amiga había visto a otro médico que le ofrecía alguna esperanza y que las dos se habían mudado a Londres para estar cerca del nuevo médico. Le resultaba muy difícil seguir mintiendo a su tía, que además, esperaría unas señas adonde responder sus cartas. Finalmente, Hermione usó las suyas puesto que era la única dirección que conocía de Londres, aparte de la de Draco, que lógicamente quedaba descartada.
Había incluido una carta para su hermana donde le contaba un montón de chismorrees de su ciudad natal, todos inventados por ella, naturalmente. Las dos cartas la habían hecho sentirse tan despreciable que no había sido buena compañía para Draco. Él había notado algo raro y se lo había hecho saber, pero ella se había excusado con más mentiras sobre una supuesta melancolía a causa del mal tiempo. Como resultado, al día siguiente había recibido flores que la habían hecho llorar.
Por fin se convenció de que era una tonta por que darse escondida dentro de la casa. Quizá influyera también el hecho de que era un precioso día de invierno; la cuestión es que se dirigió a la modista para las pruebas finales y terminó con ellas rápidamente. Vaciló un momento antes de salir de la tienda, temiendo encontrarse otra vez con lady Zabini. Pero el vestíbulo estaba prácticamente desierto a una hora tan temprana de la mañana; la mayoría de las damas se acostaban tarde a causa de sus compromisos sociales y, lógicamente, no madrugaban. Sin embargo, había una excepción. Precisamente cuando iba a abrir la puerta de salida, ésta se abrió sola y entró tía Elizabeth con su hermana, Jean, apenas un paso detrás. Desde luego, Jean soltó un grito de alegría al verla y se arrojó a los brazos de Hermione. Elizabeth estaba tan sorprendida como Hermione, aunque sin duda para ella no era una sorpresa tan desagradable como para la joven.
—¿Qué haces en Londres? —preguntaron las dos al unísono.
—¿No has recibido mi carta? —dijo Hermione.
—No... claro... que... no. Las pausas entre palabras añadieron fuerza al reproche de Elizabeth, como si Hermione no viera ya suficiente reproche reflejado en su expresión. Debería haber escrito antes. Sabía que tía Elizabeth estaría impaciente por recibir una carta. Pero le resultaba tan difícil mentir a su familia, que lo había dejado para el último momento. Ahora tendría que dar explicaciones.
—Te escribí, tía Elizabeth, para decirte que me trasladaba a Londres con Anne. Ha encontrado un médico nuevo que le ha dado alguna esperanza ¿sabes?, por eso quería estar cerca de él.
—¡Es una noticia estupenda!
—Así es.
—¿Eso significa que volverás pronto, Mione? —preguntó Jean, esperanzada.
—No, cariño, Anne sigue estando muy enferma —respondió Hermione abrazando a su hermana.
—A tu hermana la necesitan aquí, Jean —añadió tía Elizabeth con solemnidad—. Su amiga necesita que alguien le levante el ánimo, y Hermione, con su gran corazón, es la persona ideal para hacerlo.
—Pero ¿qué hacéis vosotras en Londres, tía? —volvió a preguntar Hermione.
Elizabeth dejó escapar una pequeña exclamación de fastidio.
—Nuestra modista se marchó de Kettering y sin previo aviso. ¿Te lo imaginas? Y yo no quería ir a esa mujerzuela francesa que competía con ella. Así que decidí que puesto que Jean y yo necesitábamos algunos vestidos nuevos para la temporada de fiestas, debíamos ir al sitio mejor, y varias de mis amigas me recomendaron a la señora Westbury.
—Sí, es excelente —asintió Hermione—. Yo también le he encargado varios vestidos, puesto que no traje mucha ropa.
—Pues si van a necesitarte aquí mucho tiempo más, házmelo saber y te enviaré tus cosas. No deberías privarte de nada mientras haces una obra de caridad. A propósito, ¿te has dado cuenta de que en Londres están en plena temporada de fiestas? Tengo muchas amigas que estarían encantadas de presentarte en sociedad. Estoy segura de que tu amiga no te reprochara que le robes alguna hora de tu tiempo para mantenerte animada tú también.
Tía Elizabeth tenía buenas intenciones, desde luego, pero Hermione no podía aprovechar la temporada de fiestas para buscar marido. Pero puesto que no podía mencionar ese tema, se limitó a decir:
—Eso tendrá que esperar, tía Elizabeth. Me sabría tan mal salir a divertirme mientras Anne se queda en cama, que sería incapaz de pasar un buen rato.
Elizabeth suspiró.
—Te comprendo, pero ¿te das cuenta de que estas en la edad ideal para casarte? En cuanto regreses a casa. haremos planes para tu presentación en sociedad. Comenzaré a hacer los arreglos necesarios de inmediato. Se lo debo a mi hermana. Ella hubiera querido que te casaras bien.
Hermione se entristeció. No deseaba que su tía derrochara su tiempo en planes que nunca podría llevar a la práctica. Pero no podía decirle que no se molestara sin contarle la verdad. ¿Y qué le diría dentro de seis meses? ,Y dentro de un año? ¿Qué Anne seguía enferma? Esa excusa se volvería cada vez menos creíble a medida que pasaran los meses. . Lo único que podía hacer era advertirle.
—No hagas ningún plan concreto por el momento, tía. Aún no sé cuánto tiempo van a necesitarme aquí.
—Desde luego —convino Elizabeth— Y a proposito, ahora que estoy en Londres, me gustaría presentar mis respetos a tu amiga.
Hermione se sintió presa del pánico. Su mente quedo en blanco. No se le ocurría una sola excusa para negarle ese deseo a su tía. Peor aún, comprendió que Elizabeth también querría visitarla a ella y que si lo hacía no vería a Anne, sencillamente porque Anne no existía. Pero su tía no tenía sus señas ni las tendría hasta que regresara a casa y leyera la carta de Hermione. ¿Por qué había puesto sus verdaderas señas en ella? Porque había dado por sentado que su tía no viajaría a Londres. Elizabeth nunca iba a Londres porque detestaba las multitudes. Pero allí estaba... y Hermione no se atrevía a darle su dirección sin saber en qué momento pasaría a verla. Afortunadamente, mientras pensaba en estas cosas se le ocurrió un pretexto.
—Anne no está en condiciones de recibir visitas. El viaje a Londres supuso un gran esfuerzo para ella, y necesita todas sus fuerzas para ir a visitar al médico.
—Pobrecilla, ¿tan mal se encuentra?
—Pues sí, estaba al borde de la muerte antes de iniciar este tratamiento. El médico dice que pasarán varios meses antes de que notemos algún efecto. Pero a mí sí que me gustaría veros mientras estéis en Londres. ¿En qué hotel os alojáis?
—En el Albany. Espera, aquí tengo las señas. —Rebuscó en su bolsa hasta encontrar una tarjeta y se la entregó a Hermione
—Pasaré a visitaros —prometió Hermione —. Os he echado mucho de menos a las dos. Pero ahora tengo que volver. No me gusta dejar a Anne sola mucho tiempo.
—Mañana por la mañana, Hermione —dijo Elizabeth como si fuera una orden —. Te estaremos esperando.
HOLA A TODOS LOS QUE SIGUEN AHI. PERDON POR TANTA DEMORA! TODO ESTE TIEMPO LO DEDIQUE A LEER MUCHISIMO, CONOCI MUCHISIMAS HISTORIAS QUE ME GUSTARIA ADAPTAR Y COMPARTIR CON USTEDES. PERO PRIMERO LO PRIMERO QUIERO TERMINAR LAS QUE YA ESTOY ADAPTANDO. EN CUANDO A LAS MIAS PROPIAS DEBO DECIR QUE ESTOY EN UN BLOQUEO ESCRITOR TERRIBLE EH IMTERMINABLE :( OJALA PRONTO PUEDA CONTINUARLAS.
POR OTRA PARTE, ESTOY PENSANDO QUE LA PROXIMA ADAPTACION TENGA DE PROTAGONISTA A THEO, COMENTA QUIEN TE GUSTARIA COMO SU PAREJA ¿HERMIONE O GINNY?
GRACIAS POR SEGUIR AHI LEYENDO, SALUDOS! NICO:)
