Advertencia: Fanfiction Angst. Puede contener violencia implícita o explícita, abuso de drogas, alcohol, abuso físico y sexual.


XXIII

Sin retorno.


20 DE FEBRERO, 9.43 a.m., CASA DE SEGURIDAD, MANITOBA, CANADÁ

El sol perezoso en el horizonte iluminaba con apenas unos rayos atravesando la masa borrascosa de nubes grises. No era ni siquiera tibio. La habitación estaba helada. Nadie se molestó en encender la calefacción la noche anterior. Esa mañana, el silencio era abrumador. Las voces susurrando por los pasillos y los pasos apresurados por toda la casa se esfumaron. Un silencio abrupto dominaba el lugar.

El recuerdo lo asaltó, unos segundos después apenas despertar. Las mejillas sonrojadas, el toque suave y el corazón acelerado. No pudo evitar sonreír en automático. Sentirse feliz y estúpido a la vez. Los ojos marrones con esas pestañas tupidas observándole casi con fascinación. El tirón en su estómago le recordó que, más allá de la incomodidad de la emoción alojada en sus entrañas, necesitaba alimento.

Y pronto.

Pero su mente no podía parar y repetir las últimas horas una y otra vez. La mezcla de terror añadida al alivio y el entusiasmo. Como si por fin hubiese abierto un regalo que esperó por tanto y tanto tiempo. Pero no sabía que esperaba por él. Lo de anoche fue…inusual. Tenía que admitir que estaba sorprendido consigo mismo. Era obvio para él que Tony llevaba un tiempo siendo más que un preciado amigo cercano para él. Pero no entendía a cabalidad la complejidad de sus propios sentimientos y el extraño magnetismo que le provocaba. Todo fue tan natural, tan espontáneo y tan fluido que se sentía correcto.

Steve estaba al tanto de que Tony tenía amantes de forma indiferente, pero jamás pensó en que él llegaría a ser uno de ellos. Algo impensable en su época. Recordó a Peggy y lo perdido que estuvo por ella. Nunca creyó, ni imaginó sentir esa atracción por nadie más. Y allí estaba, sonriendo para sí mismo por el hijo de Howard Stark. Sabe que el siglo XXI es más abierto y diverso, así que abrazó con tranquilidad la sensación de sentirse justo como debería de ser, sin miedo a que se le juzgara por ello.

Y estaba allí, sin más, a unos metros de la habitación de Tony. ¿Debería él…

La pregunta se queda flotando en su mente, observando en la dirección hacia la puerta de la habitación provisional del genio, cuando su reloj vibró con urgencia. Un recordatorio de Friday le avisaba que necesitaba buscar alimento o se desvanecería de nuevo. Su glucosa bajaba escandalosamente rápido. Suspiró, no sin antes detenerse unos segundos frente a la puerta del millonario, antes de continuar resignado su camino hacia la cocina. Tony necesitaba descansar, y él un buen desayuno. Hablaría con él más tarde.

La casa de seguridad estaba provista con el mobiliario básico y necesario. Libre de decoración o detalles personales, se sentía como una casa en venta. Supone que es la idea. La cocina impoluta lo recibió con las persianas arriba, permitiendo al sol invernal bañar la isla. Todo parecía estar en el lugar que debería, pero gracias a su visión mejorada, le fue fácil detectar la fina capa de polvo sobre las encimeras. Unos cuantos electrodomésticos aún tenía los sellos de fábrica y las tazas, sus etiquetas. Recorrió con urgencia la alacena y despensa, en busca de cualquier cosa que pudiera proveerle algunas calorías. Encontró solo una lata de tomates, filtros de café y un frasco casi vacío de azúcar. Su estómago gruñó, casi protestando por la falta de alimento. Se desplomó sobre uno de los bancos de la cocina y revisó sus niveles de glucosa. Eran lo suficientemente bajos para que caminar hasta la estación de gasolina más cercana fuera una pésima idea. Restregó los talones de sus manos contra sus ojos, intentando encontrar soluciones a través de la bruma del cansancio.

Quizá si el quinjet estaba cerca, podría robar una de las barras energéticas de Bruce.

El dolor de cabeza creciente tras sus ojos le impidió reaccionar con rapidez cuando la puerta del acceso se abrió, y una Natasha con gafas de sol y gorro invernal entró, cargando con un puñado de bolsas de McDonald's en sus brazos y un McFlurry en el otro.

— Creo que he llegado justo a tiempo —replicó ella, triunfante, elevando las bolsas al aire.

Steve no era un fanático de la comida rápida. Creía que es demasiado artificial y sosa para su gusto, pero su estómago estaba comenzando a doler y su visión nadando, no iba a quejarse. Las bolsas cayeron sobre la encimera de forma estrepitosa.

—No es personal Cap, pero luces fatal —confesó ella, antes de tomar otra cucharada de helado y retirar sus gafas de sol. Un moretón violeta rodeaba su ojo y parte de su cien. Había más cortes en su rostro y algunos raspones más, escondidos bajo su bufanda.

Steve sonrió.

—No soy el único —admitió.

—Sabes que siempre es así luego de una misión complicada —comentó ella, encogiendo los hombros. —Además pudo ser peor. Esta vez, al menos lo tenemos. Así que podemos dormir tranquilos.

—No por mucho tiempo —admitió Steve.

Natasha se apresura a abrir a una de las bolsas para luego lanzarle una papa hashbrown que Steve atrapó en el aire.

—No quiero volver a levantarte del suelo, Cap.

Asintió en respuesta, dando una mordida a la croqueta. No tiene alternativa, de cualquier forma.

—¿Desayuno de McDonald's? —Clint asomó su cabeza junto a la puerta de la cocina. Había cambiado su ropa por unos cómodos deportivos. El hombre lucía aun cansado luego de la noche anterior. Recuerda que él no tiene el suero del super soldado, y quizá le faltaban muchas horas más para reponerse. —Recordaste mis panqueques —murmuró luego, echando un vistazo a las bolsas. Natasha sonrió orgullosa.

—Entonces, ¿usaste la historia de tu ex novio ebrio volviendo a casa o fue el clásico "eché a mi marido de la casa anoche"? —cuestionó Clint, acomodando su plato junto a Steve.

—¿De qué hablan? —pregunta confundido Steve.

—Fue mi marido, estaba celoso está vez —resolvió Natasha. —Eran demasiado jóvenes como para entender las complicaciones del matrimonio.

Clint se rio de buena gana.

—Natasha encontró una buena forma de obtener helado gratis luego de las misiones —explicó el arquero. —La primera vez fue un accidente. Estabamos fritos luego de una batalla en Estonia. Natasha tenía un enorme hematoma en su cuello. Aquel maldito intentó asfixiarla.

—Intentó —Interrumpió Natasha. —Le di la oportunidad.

— Estábamos hambrientos, era Navidad y todo en aquel pueblo estaba cerrado, excepto McDonald's. Debiste ver las miradas que me lanzaban esos chicos. Tuve que correr cinco cuadras antes de que llamaran a la policía —se lamentó Clint.

—Y mientras ellos hacían la llamada, me ofrecieron helado gratis —concluyó Natasha. Steve observó las bolsas de comida rápida. No era difícil imaginar cuan asustados podían estar los civiles al ver las heridas luego de la batalla. Incluso para él mismo, era complicado.

¿Puedes sostenerlo un poco más? —preguntó Natasha, corriendo unos pasos delante de él.

Steve echó un vistazo hacia abajo. Tony no parecía ser consciente de lo que le ocurría. Balbuceaba por debajo, con sus labios azules y su piel pálida. Sus pómulos aun hundidos daban un espectáculo escandaloso.

¿Están aquí? —preguntó, siguiendo el paso de Natasha.

En una casa de seguridad, el equipo médico se está preparando para recibirlo. No hay ambulancias cerca —le informó ella —Tendremos que llevarlo hasta allá.

Steve asintió, a pesar de que sentir el cuerpo frío y menudo de Tony en sus brazos era angustiante.

—Knock, knock… —tarareó Barton a su lado. —¿Hay alguien ahí?

—Creo que necesitas comer un poco más Cap —sugirió Natasha, observándole con cuidado.

—Lo siento, fue una noche complicada —se disculpó Steve, sin ocultar su preocupación. Ellos asintieron, y de pronto la charla divertida se cortó ahí.

—¿Cómo está Tony? —se adelantó Clint con seriedad. Él había caído rendido primero, así que no logro hablar con Tony luego de que lo estabilizaran. Steve no lo culpa. Todos necesitaban ese descanso. No se suponía que uno de ellos volvería herido a casa. Mucho menos que ese alguien fuese Tony.

—Como quien regresa a la vida —respondió Natasha. —Si no supiera que había caído a un lago, ni siquiera sospecharía que tuvo otra hipotermia.

Clint le dedicó una sonrisa triste.

—¿No se suponía que Rhodey lo mantendría en casa? —Steve desea decirle a Clint que no es tan fácil. No luego de conocerle y saber lo inmensamente terco que puede llegar a ser.

—¿Alguien es capaz de hacerlo? —cuestionó Natasha.

Touché —murmuró Barton, antes de devorar otro trozo de panqueque. —Pero ahora tendré que compartir con él mis preciosos panqueques —añadió sin mucho entusiasmo.

El estómago de Steve se revolvió, nervioso, ante la expectativa de ver a Tony en los próximos minutos. No quería admitir en voz alta que Tony probablemente rechazaría el desayuno, como todas sus comidas últimamente. De pronto, su propio desayuno dejó de ser apetitoso. ¿Y si él lo rechazaba después de…

—Es tu día de suerte —le informó Natasha. —Rhodey se lo llevó de vuelta a Nueva York hace un par de horas. Son todos tuyos.

—¿Qué? —Steve no pudo evitar ocultar su sorpresa. Natasha entonces comenzó a analizarlo con cuidado, cuando giró y se encontró con su gesto incrédulo.

—Es su tutor legal ahora —explicó ella. —Además, traería más problemas aquí. Él no debería intervenir, o su caso se agravaría ante la corte.

Steve muerde su lengua para evitar maldecir. Lo había olvidado por completo. Murdock le dejó en claro que el caso ya era complicado por la relación de Tony con Miller y todos los negocios sucios que se gestaron tras el contrato comercial con Empresas Rand. Añadirle a ello, que Tony se involucró en el asalto y captura de Shishido no le daría más puntos ante la corte. La idea es nauseabunda cuando se detiene a pensarlo: no importa lo mucho que Shishido haya lastimado a Tony; los errores del genio seguían persiguiéndolo como una sombra. Como si los errores cometidos desde su propia naturaleza humana lo hicieran indigno de recibir justicia.

Aún puede recordarlo temblar como una hoja en el parque mientras su mirada nerviosa recorría el paisaje esperando un ataque.

Aún puede verlo hiperventilar con terror cuando dio sus primeros pasos fuera de la torre.

Es mi don.

Tony cree que merece todo el mal que le ocurre como una penitencia por los errores de su pasado. Steve cree que merece una segunda oportunidad y justicia por todo el daño que le provocó Shishido. Sin embargo, las cosas no serían tan sencillas como él cree.

—Ese malnacido no va a dejar pasar la oportunidad de mencionar a Tony aquí —concluyó Barton sin mucha esperanza.

—¿Y obtener un nuevo cargo? Si es listo como dicen, no lo hará —le aseguró de vuelta Natasha. Steve no estaba tan seguro. Sonaba a la Natasha que torcía la historia para infundir optimismo. Un hábito que adquirió un tiempo después de unirse a los Vengadores. Está seguro que la antigua Romanoff no habría siquiera admitido una esperanza tan infundada como aquella. Shishido buscaría la manera de ensuciar lo más posible el nombre de Tony para que el acto de ultrajarlo sonara apenas como justicia divina.

—¿Vas a comer tus McMuffin o no? —preguntó Clint con la boca llena aún.

Steve observa sus platos intactos.

Asiente sin mucho ánimo.

Ya habría tiempo de arreglarlo, ¿o no?


12 DE MARZO, TORRE STARK, NUEVA YORK.

Pasan un par de semanas hasta que Steve puede liberarse por fin, del yugo de Fury. El hombre parece haber aprovechado la salida de Steve de la torre durante el asalto en Canadá para traerlo consigo. Los días posteriores al asalto, Steve es llevado junto con el equipo, a desmantelar instalaciones y puntos estratégicos de la Mano, con la esperanza de deshabilitar la mayoría de los negocios ilegales en el proceso. Pero La Mano parece llevar siglos preparada para ser desarticulada, que por cada punto en su cadena de comando que echan para abajo, dos más se elevan.

Son una plaga, si lo preguntan.

Así que luego de varias semanas de operativos apenas fructíferos, rascando con fuerza para obtener apenas un par de datos útiles que darle a Murdock para el juicio, logra colarse del control de Fury alegando que, necesitan regresar a Nueva York para apoyar el juicio contra Shishido. Fury se negó, naturalmente, pero en contra de su legendaria sumisión a la cadena de mando, Steve decide tomar la orden de Fury como una sugerencia y volver a la torre.

Ya tendrá tiempo para responder a su insurrección.

—Capitán…

El saludo que el Coronel le da suena a una mezcla de asombro y anunciamiento. Su porte erguido y firme heredado de una vida militar, sin embargo, no flanqueron ante su llegada. El penthouse continuaba desolado y frío como lo recordaba.

—Coronel —responde sin mucho entusiasmo.

—No esperaba verlo por aquí tan pronto —lanza Rhodes, con un tono neutro que Steve no puede descifrar. Es como si, de un tiempo para acá, existiera una narrativa cómica detrás de los comentarios bromistas entre el equipo, que aún no logra entender. Rhodes sería la última persona que esperaría se sumara a la lista. Así que intenta ignorarlo y guardar sus sospechas para otro momento.

— No fue tan pronto como me gustaría —confiesa.

— Ya lo creo —una chispa de indulgencia resalta apenas en su comentario, pero su semblante es demasiado gris para traspasarlo. Se detiene un segundo a analizar la postura del Coronel, y sus hombros ligeramente arqueados hacia el frente le provocan un estremecimiento.

Es entonces que lo nota: el silencio.

No hay señales de actividad. El pethouse luce desierto.

Rhodes debe notar su titubeo, porque enseguida se adelanta a su pensamiento.

—Sé que no es a mí a quien quiere a ver.

Steve evita asentir por inercia.

— Bueno yo…

Rhodes baja la mirada, como un niño que se avergüenza de su comportamiento. El gesto descoloca a Steve enseguida. Conoce al Coronel: disciplinado, apegado a sus valores, honorable. Es el único vengador que podría entender su elevada brújula moral. Cuando la milicia es su pasado en común, no es raro que sea así.

—Las cosas han sido complicadas últimamente —confiesa Rhodes, elevando la vista de nuevo.

—Creo que, de alguna forma, siempre son así con él —se sincera Steve. Sabe que Rhodes entiende exactamente de lo que habla, es como si las mentes de ambos se conectaran de inmediato en cuanto a la integridad de Tony se tratara. Toma una bocanada de aire y una buena dosis de valor para preguntar, entonces: —¿Cómo está?

El gesto impasible de Rhodes no se altera, pero puede jurar que las comisuras de su boca se tuercen un poco hacia abajo contra su voluntad.

— Lo que pasó, en Canadá, él…—Rhodes parece resistirse a decirlo en voz alta. —Enfrentarlo, no fue de ayuda.

—Lo sé…

—No solo legalmente, quiero decir —retoma enseguida el Coronel. —Las pesadillas regresaron. El Dr. Aldrich dijo que era estrés post traumático, pero el programa de desintoxicación que diseño con Bruce estaba demasiado avanzado para intentar de vuelta con los ansiolíticos. Intentamos varias opciones, pero…

Las palabras de Rhodes suenan huecas tras su cabeza, como ruido de fondo.

Las pesadillas.

Estrés post traumático

Shishido.

—…al punto sin retorno. No tuve otra alternativa. Necesitaba salvar su vida. —Cuando vuelve a reconectar con la realidad, las palabras de Rhodes parecen más una disculpa que una explicación.

—¿Perdón?

Rhodes baja la cabeza.

—Él odiaba la idea. La odia aún. Pero no teníamos más tiempo, se estaba desgastando rápidamente. Pero está luchando. Sé que lo hará. Solo…

El estómago de Steve se está contrayendo al leer la culpa en la mirada cristalina del Coronel.

—Estoy intentando hacer lo mejor para él Steve. Espero comprendas.

—¿Puedo verlo? —ni siquiera se detiene a intentar detener el torbellino de culpa que lee a través de los ojos de Rhodey. No es que no le importe. Es que nada está teniendo sentido y no puede hacer un juicio sin entender lo que ocurrió completamente. La urgencia de ver a Tony se vuelve más insoportable mientras Rhodes continúa excusándose.

— Está en su habitación —resuelve Rhodes finalmente. —Va a odiarme por esto Cap. Pero ambos sabemos lo difícil que él es…

Steve asiente.

— Gracias por cuidar de é asiente, pero baja su mirada por tercera ocasión. Steve no encuentra un buen augurio en ello. No es propio del orgulloso y templado Coronel James Rhodes. Nada de esto es de su agrado, en realidad.

Gira hacia el corredor que lleva a las habitaciones, dejando a un desolado Rhodey solo en la sala de estar. Puede escuchar el latido de su corazón palpitar en sus oídos y el zumbido nublar su perfecta audición. Quizá es por ello que no escucha la delicada maquinaría médica funcionar con un crepitar suave. O que su cerebro tarda varios segundos en procesar la imagen que capta frente a él cuando cruza el portal.

Los aparatos médicos zumban con suavidad, asentados alrededor de la cama como ofrendas. Son varios más de los que Steve recuerda haber visto la última vez, luego del rescate. Hay varios tubos entrando y saliendo bajo el espumoso cobertor que cubre la cama. Más de los que le gustaría contar, siendo sincero. Su silueta, sin embargo, apenas sobresale como un pequeño bulto hundido en la espaciosa cama. Su rostro es pacífico, a excepción de su ceño, que se mantiene fruncido con fuerza, aun con sus ojos cerrados. El gris de su piel es más notorio que antes, y jura que sus mejillas huecas son más profundas. Lo sabe, en realidad. Su cabello, antes perfectamente estilizado, está opaco y desaliñado. Tiene que recordarse que quien está allí, esa figura frágil, es Tony Stark.

Y su respiración se detiene.

Por más de un segundo.

Quizá un minuto.

Él debía estar ahí.

Lo prometió.

— Tony…

Su murmuro es casi agónico, pero lo pronuncia casi como un hechizo. Sabe que se encontrará con el caoba de sus ojos incluso antes de que levante sus párpados, cuando el monitor cardíaco aumenta la velocidad de su suave sonido, apenas perceptible para su audición desarrollada. Pero incluso cuando sus ojos conectan con el caoba, lucen grises y rotos. Hay un rayo de reconocimiento, sorpresa y vergüenza en una sola mirada, que Steve se pregunta por un momento si fue lo correcto llegar sin anunciar.

Sin siquiera preguntar si era correcto.

Después de lo que ocurrió.

Entonces puede ver con claridad el tubo de que sube desde su cuello hasta detrás de su oreja, cruzando sin ceremonias frente a su mejilla, para finalmente perderse en su nariz. Sigue con su vista el trayecto de la sonda una y otra vez, como si necesitara confirmar que fuese real.

— Esto no es lo peor que me has visto hacer —su voz es ronca y apática. Como si le costara hablar. Como si le costara siquiera respirar.

Quizá realmente le cuesta.

El movimiento de su cabeza girando en su dirección es tan lento y pesado, que está seguro de que fue un gran esfuerzo en este punto. Tiene que recordarse volver a respirar y contener la angustia que comienza a grabarse en su rostro.

— Hay cosas… —los caoba se cierran en medio de la frase, mientras inhala con profundidad, antes de continuar — peores…de mí…en internet, aún.

Las comisuras de su boca suben un poco, pero su mirada cansada grita la devastación que carga dentro de sí.

—Sabes que el internet…

—Si, lo sé… no es cosa…tuya —termina la frase apenas, cerrando los ojos. Lo ve tomar un par de respiraciones más profundas esta vez. Steve se pregunta si es una buena idea seguir ahí. La energía de Tony parece severamente limitada.

—Lo siento, yo… —atina a decir, pero realmente no sabe el porqué. ¿Es por abandonarle de nuevo? ¿Es por visitarle sin siquiera avisar? ¿Por no protegerle de Shishido? ¿O fue por aquello que pasó en la casa de seguridad?

Tony está observándole ahora. Con atención y respiración entre cortada. Y puede verlo en su mirada. Jura que Tony está pensando en ello también. Es como si supieran que el hecho está allí, como un elefante gigante que quieren ignorar. Jura que muere por preguntar. Pero eso no es importante ahora. Ni siquiera es relevante. El hombre está sobreviviendo apenas siendo alimentado por un tubo, sin siquiera ser capaz de comer, porque su mente colapsó hasta sus cimientos al volver a enfrentarse a su captor.

Ni hablar de dormir.

Caminar.

Hablar.

Respirar.

Y no entiende en que momento volvió a ponerse todo agotadoramente mal.

— No soy…un buen partido, Rogers —murmura casi al final, cerrando los ojos, adelantándose a Steve. —No sé que viste en mí…pero…realmente yo no…no soy…

—Lo eres —dice Steve sin dejarle terminar. De golpe ha dado dos pasos al frente, al pie de la cama de Tony. Su corazón está galopando ahora dentro de sí, como si estuviese listo para el combate. Se acerca un poco a la cama donde reposa el genio, y es ahora cuando puede ver con detenimiento, entonces, las zonas oscuras de su piel deshidratada y las venas rojizas en sus ojos apagados.

Una mueca que intenta ser una sonrisa sarcástica enmarca su rostro.

—Pregúntaselo a Pep…

—Que sea complicado no quiere decir que sea malo, lo complicado también puede ser… —explica Steve casi con suavidad. Esa es una buena definición de Stark: complicado. Como un enigma o un enorme crucigrama. Pero no es malo, es —…fascinante —susurra casi. Puede sentir como sus mejillas se colorean y jura escuchar el tintineo del brillo de sus ojos al mirar a Tony.

Los ojos de Tony parecen de pronto, cobrar vida, al escuchar sus palabras. Son apenas unos segundos, pero lo sabe.

Ambos lo saben.

Luego, un manto gris vuelve a ensombrecer sus facciones.

—Soy un… maldito desastre Steve —y lo dice con tanto odio que las palabras de Tony le hielan el cuerpo de golpe. —Destruyo…todo lo que toco… —agrega, elevando su mano lentamente, pero incluso hasta eso parece serle un esfuerzo titánico.

—No lo has hecho conmigo —responde Steve, caminando lentamente hacia el costado de la cama. Tony parece tomar bocanadas de aire ahora, al verle tan cerca.

—Aún.

Steve sonríe.

—Siempre la última palabra —recuerda con ironía.

Tony asiente y baja su mirada, avergonzado.

Es la primera vez quizá, que puede ver esa emoción siquiera en el genio. Es tan impropia de él, que Steve tiene que resistir con mucho temple el impulso de tomar su barbilla y subirla, a donde pertenece. No tiene porque avergonzarse. Siendo justo, quizá en el pasado sí que lo tuvo. Pero ha pagado con creces su deuda. Steve lo ha visto, paso a paso, logrando que inclusive él, tenga que tragar sus palabras.

—Solo estoy…intentado protegerte —explica Tony, volviendo su vista hacia arriba, pero sin mirarle a los ojos.

— Pensé que coincidíamos en que ninguno de nosotros necesita protección del otro—murmura Steve con suavidad, unos segundos antes de que una de las comisuras de la boca de Tony se eleve un poco. —Además, la última vez que revisé, resultó que soy un soldado mejorado y declarado super heroé llamado Capitán America.

—¿Estás fanfarroneando…. acaso, Rogers? —pregunta Tony, cerrando sus ojos unos momentos mientras echa hacia atrás su cabeza.

—Tuve un buen maestro —admite Steve, pero la sonrisa de Tony desaparece.

—Soy el tipo de desastre que ningún super héroe puede detener…

Y suena tan miserable cuando lo dice. Como si fuera un hecho de conocimiento común e irrevocable. Algo dentro de sí se rompe cuando cae en cuenta cuanto repudio hacia sí mismo acumula el genio debajo de todas esas capas de arrogancia.

—Entonces pruébame…

Da un par de pasos más hacia adelante con decisión, hasta llegar justo al costado de Tony. El genio ahora vuelve abrir los ojos; la sorpresa de su determinación parece exaltarlo.

— No es necesario que…

Steve acalla a Tony dando un último pequeño paso, firme y determinado, como quien está ofreciendo su vida para una misión casi suicida. Quizá ya lo ha hecho tantas veces que ya no lo nota. Pero esta vez, se trata de la vida de Tony apenas aferrada a su débil cuerpo y atormentada mente.

— Quisiera que me des el honor de probarte lo contrario —su mano se extiende con lentitud hacia la mano huesuda y pálida del genio, que ahora descansa sobre su cama. Es ahí donde Steve los nota: las correas que rodean sus muñecas. Del tipo que usan en los hospitales para veteranos que tienen pesadillas con la guerra. Tiene que tomar una respiración muy profunda para enfocarse y continuar. Así que toma su mano, con más cuidado del que nunca ha tenido con un humano no modificado. El roce con la piel fría y áspera le estremece, pero le lanza una descarga eléctrica a todo el cuerpo. Puede sentir el estremecimiento de Tony al recibir el contacto. —Deseo que me concedas la oportunidad de estar a tu lado —los ojos de Tony se abren expectantes y de pronto jura que tras el caoba hay una llamarada de algo que vio allí antes. Más de una vez. Así que se inclina sobre la mano de Tony aun sostenida en la suya y deposita un casto beso en su dorso. El toque es tan suave pero la frialdad de su cuerpo alcanza a congelar sus labios.

Y no importa.

Su cabeza está flotando y su corazón bombeando con toda la fuerza de su energía vital, como si de ello dependiera ese instante su vida.

Vuelve a erguirse solo para conectar su mirada con la confusión y fascinación mezcladas en los ojos del genio. Su boca está entreabierta, congelada por la sorpresa e incredulidad de su rostro desencajado.

— Yo… —alcanza apenas a musitar en un deje de voz hueco. Puede escuchar su mente revolucionar hasta ahí, justo como cuando está por encontrar una respuesta brillante a un enigma que pareciera imposible.

— No tienes que contestar ahora… —sugiere Steve, al ver el desfile de emociones pasear por sus facciones en pocos segundos hasta congelarse. —Solo…

Solo necesitaba decirlo.

Solo necesitaba gritarlo.

Solo quería que saliera de su pecho y acabar con su agónica obsesión de no saberse correspondido.

Solo quería que todo fuera claro de nuevo, entre ambos.

— Solo quería que lo supieras —musita con suavidad. No se atreve, sin embargo, a levantar su vista hacia el genio. Su estómago está tan tenso que duele. Decide dar un paso atrás y retirar su mano de la de Tony.

— Steve… —apenas con el último roce, un par de fríos y huesudos dedos detienen su mano antes de irse. Es tan débil el esfuerzo que Steve tiene que tragar su propia saliva cuando nota su debilidad. Sin embargo, Steve podría jurar, después, que fue una de las movidas más fuertes del gran Tony Stark: sus ojos expectantes observándole mientras lo toma de su mano.

—¿Sí?

Los segundos entre su respuesta y parpadeo parecen extenderse en la eternidad.

— ¿Podrías quedarte?


Han pasado eones.

Sí, yo también quería llegar a este capítulo.

Sentía mucha presión sobre como debía ser, y al final lo que dejado mucho tiempo, pensando en como sucedería. Y ahí está.

Si, Tony esta bastante roto después de reencontrarse con Shishido. Y Steve por fin ha podido abrirse con él. Todo es un gran desastre aún, pero Tony no estará más sólo.

Viene mucha miel y quizá, un poco menos de limón.

¡Hasta la próxima!

Bethap