El bosque que rodeaba la aldea de la anciana Kaede parecía más oscuro de lo habitual. A pesar de que el sol brillaba arriba, los árboles proyectaban sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. Kagome y Inuyasha caminaban en silencio, pero algo en el ambiente no estaba bien. La sensación de peligro era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de intenciones hostiles.
La marca en el cuello de Kagome comenzó a arder, un calor incómodo que la hizo llevar una mano instintivamente hacia ella. Inuyasha notó el gesto y frunció el ceño, deteniéndose.
––– ¿Qué te pasa? ––– preguntó con brusquedad, aunque en sus ojos dorados había una pizca de preocupación.
––– Nada, solo… ––– Kagome bajó la mirada, incapaz de encontrar las palabras para explicarlo. ¿Cómo podía decirle que sentía la presencia de Sesshomaru incluso cuando él no estaba cerca? ¿Cómo podía explicar que esa marca parecía conectar su alma con algo mucho más grande, más oscuro?
––– Kagome… ––– insistió Inuyasha, pero antes de que pudiera continuar, un ruido entre los árboles lo puso en alerta. Su mano fue directa a la empuñadura de Tessaiga, y sus orejas se movieron, captando sonidos que Kagome no podía percibir.
––– Algo viene ––– murmuró, colocando a Kagome detrás de él.
El sonido de ramas crujientes y pasos pesados llenó el aire. De entre las sombras emergieron unas figuras grotescas. Sus cuerpos eran deformes, con extremidades largas y retorcidas que se movían como si fueran controladas por hilos invisibles. Sus ojos rojos brillaban con una malicia inhumana.
––– ¡Tch! Siempre es lo mismo ––– gruñó Inuyasha mientras desenvainaba su espada. La hoja se transformó en un instante, emitiendo un brillo feroz que iluminó las sombras del bosque. ––– ¡Kagome, quédate atrás!
Pero antes de que Kagome pudiera obedecer, una de las marionetas se movió con una velocidad sorprendente, lanzándose directamente hacia ella. La chica apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir cómo unas garras intentaban atraparla. Gritó, pero el sonido fue ahogado por el rugido de Inuyasha mientras atacaba al enemigo.
El combate fue rápido y brutal. Tessaiga cortó a través de las marionetas como si fueran papel, pero por cada una que caía, dos más aparecían desde las sombras. Kagome retrocedió, apretando el amuleto que su abuelo le había dado como si fuera su única protección. Sin embargo, la marca en su cuello comenzó a brillar con una intensidad inusual, enviando oleadas de calor por todo su cuerpo.
––– ¿Qué… qué está pasando? ––– murmuró para sí misma, sintiendo cómo su visión se nublaba por un instante.
De repente, una ráfaga de viento helado atravesó el bosque, silenciando todo a su alrededor. Los árboles dejaron de moverse, y hasta las marionetas parecieron congelarse en su lugar. Kagome sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras una figura conocida emergía de entre las sombras.
Sesshomaru.
El Daiyokai caminó con una calma letal, sus ojos dorados brillando con una intensidad que parecía perforar el alma. Su presencia era abrumadora, como si el mismo bosque se inclinara ante él. Kagome sintió cómo su corazón se aceleraba al verlo, mientras la marca en su cuello respondía a su proximidad con un calor casi insoportable.
––– Sesshomaru… ––– susurró, incapaz de apartar la mirada.
Inuyasha gruñó al ver a su medio hermano aparecer.
––– ¿Qué demonios haces aquí? Esto no tiene nada que ver contigo ––– espetó, levantando a Tessaiga como advertencia.
Pero Sesshomaru no le prestó atención. Su mirada estaba fija en Kagome, quien sentía como si estuviera atrapada bajo un hechizo. Había algo en sus ojos que la hacía sentir vulnerable y expuesta, como si él pudiera ver cada rincón oculto de su ser. robándole el aliento con su simple presencia.
––– Estas marionetas son obra de Naraku ––– dijo Sesshomaru con frialdad, ignorando por completo la presencia de Inuyasha. ––– Y parece que su objetivo es ella.
Antes de que Inuyasha pudiera responder, las marionetas volvieron a moverse, atacando con una ferocidad renovada. Sesshomaru desenfundó a Tōkijin con un movimiento elegante pero mortal, y en cuestión de segundos, las criaturas fueron reducidas a cenizas por un solo golpe.
El silencio volvió al bosque mientras los restos de las marionetas caían al suelo. Kagome sintió cómo sus piernas flaqueaban y estuvo a punto de caer, pero antes de tocar el suelo, Sesshomaru apareció frente a ella y la sostuvo por el brazo. Su toque era frío como el mármol, pero había algo extrañamente reconfortante en él.
— Estás temblando — dijo en voz baja, sus ojos dorados clavados en los de ella.
Kagome abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. Todo lo que podía sentir era la intensidad de su mirada y la conexión inexplicable entre ellos. La marca en su cuello brillaba débilmente ahora, como si respondiera directamente a él.
— ¡Aléjate de ella! –– rugió Inuyasha, avanzando hacia ellos con Tessaiga lista para atacar.
Sesshomaru soltó a Kagome con un movimiento suave y se volvió hacia su medio hermano con una expresión indiferente.
— No tienes derecho a darme órdenes, medio demonio –– respondió con desdén. –– Si no fuera por mi intervención, ella ya estaría en manos de Naraku.
Inuyasha apretó los dientes, su rabia evidente. Pero Kagome intervino antes de que las cosas se salieran de control.
— ¡Basta! –– exclamó, mirando a ambos con desesperación. –– Esto no es el momento para pelear entre ustedes.
Sesshomaru volvió su mirada hacia ella por un instante antes de dar un paso atrás. Su presencia seguía siendo imponente, pero había algo más en él, algo que Kagome no podía descifrar. ¿Era preocupación? ¿O simplemente interés?
— Esta marca –– dijo Sesshomaru finalmente, señalando el cuello de Kagome sin tocarla –– tiene un propósito. Y tarde o temprano lo descubrirás.
Con esas palabras enigmáticas, se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia las sombras del bosque. Pero antes de desaparecer por completo, lanzó una última mirada a Kagome.
— Mantente alerta. Naraku no se detendrá hasta obtener lo que desea.
Cuando Sesshomaru desapareció entre los árboles, el silencio volvió al bosque. Inuyasha bajó lentamente su espada y miró a Kagome con una mezcla de celos y confusión.
— ¿Qué fue eso? ¿Por qué actúa como si tuviera algún derecho sobre ti? –– preguntó con voz grave.
Kagome no supo qué responder. Todo lo que podía sentir era el peso invisible de la marca en su cuello y la conexión innegable que compartía con Sesshomaru. Una conexión que no entendía.
El viento sopló suavemente entre los árboles mientras ambos continuaban su camino hacia la aldea. Pero Kagome sabía que nada volvería a ser igual después de ese encuentro. Algo oscuro se estaba gestando en las sombras del Sengoko. Ella estaba atrapada en el centro del torbellino.
El crepitar de la hoguera en la cabaña de la anciana Kaede era el único sonido que rompía el silencio denso que se había instalado entre ellos. Miroku y Sango, sentados cerca del fuego, intercambiaban miradas preocupadas mientras intentaban descifrar las implicaciones de lo ocurrido en el bosque. Shippō, normalmente bullicioso, se mantenía en un rincón, abrazando su cola con nerviosismo. La anciana Kaede, con su semblante severo y sabio, observaba a Kagome con una intensidad que la hacía sentir desnuda ante todos.
nuyasha, de pie junto a la puerta, parecía una bestia acorralada. Sus orejas se movían inquietas, captando cada pequeño sonido, mientras sus ojos dorados ardían con una mezcla de furia y algo más profundo, algo que no podía o no quería nombrar.
—Habla, Kagome —gruñó finalmente, su voz baja pero cargada de una amenaza latente—. ¿Qué es lo que estás ocultando?
Kagome alzó la vista hacia él, pero su mirada estaba perdida, como si estuviera viendo algo mucho más allá de la cabaña. Su rostro estaba pálido, y sus labios temblaban al intentar formar palabras que parecían atoradas en su garganta.
—No… no estoy segura —murmuró finalmente, su voz apenas un susurro que se desvaneció en el aire pesado de la habitación.
Inuyasha dio un paso hacia ella, pero Sango lo detuvo con una mano firme en su brazo.
—Déjala hablar a su ritmo —le advirtió con severidad, sus ojos marrones fulminándolo con una fuerza inesperada.
La anciana Kaede, siempre observadora, se inclinó hacia adelante desde su lugar junto al fuego. Su único ojo brillaba con una intensidad mientras observaba a Kagome.
—Niña, ¿esa marca en tu cuello? Desde que llegaste la primera vez, yo vi esa marca ¿Recuerdas cómo llegó allí?
Kagome llevó instintivamente una mano a la base de su cuello, donde una marca tenue pero inconfundible parecía arder bajo su toque. Cerró los ojos con fuerza mientras fragmentos de recuerdos borrosos se agolpaban en su mente.
—No lo sé… —susurró—. Pero hay algo… algo que siento cada vez que pienso en él.
—¿Él? —preguntó Miroku con cautela, inclinándose hacia ella como si temiera romper el frágil hilo de sus palabras.
Kagome abrió los ojos y miró a todos con una mezcla de vergüenza y terror.
—Sesshomaru… —dijo finalmente, su voz apenas audible—. Sueño con él. Con sus ojos… con sus manos… —Se interrumpió, bajando la mirada mientras un rubor oscuro teñía sus mejillas—. Me reclama como si fuera suya.
Un silencio helado cayó sobre la cabaña. Inuyasha apretó los puños con tanta fuerza que sus garras dejaron marcas en sus palmas. Su respiración era un gruñido bajo que resonaba en el espacio cerrado.
Kaede frunció el ceño, sus arrugas acentuándose bajo la luz parpadeante del fuego.
—Si Sesshomaru está involucrado, esto no es un asunto trivial —dijo con gravedad—. Pero niña… ¿estás segura de que son solo sueños?
Kagome levantó la vista lentamente, y en sus ojos oscuros había algo más que miedo: un eco de algo antiguo, algo que no pertenecía del todo a este mundo.
—No lo sé —admitió finalmente, su voz quebrándose
Kagome tragó saliva y cerró los ojos con fuerza. Las imágenes eran vagas, fragmentos rotos que apenas podía sostener en su mente. Pero había algo… una sensación que la envolvía cada vez que pensaba en Sesshomaru. Una mezcla de calidez y terror.
—Cuando tenía catorce años… —comenzó lentamente, su voz apenas un susurro—, mi madre me dijo que estuve perdida durante meses. Pero no recuerdo nada de ese tiempo… solo sueños.
El silencio cayó sobre la cabaña como un manto pesado. Incluso Shippō dejó de abrazar su cola y miró a Kagome con los ojos muy abiertos.
— ¿Estabas con Sesshomaru hace unas semanas? pregunto Inuyasha con dureza, rompiendo el silencio —. ¿Estaban juntos? — la ira que sentía era poca.
Kagome sintió un nudo en el estómago al recordar aquel lugar. El castillo de Sesshomaru era tan frío y hermoso como él mismo. Las paredes parecían respirar con una vida propia, y cada rincón estaba impregnado de su esencia. Había algo en ese lugar que la atraía y la aterrorizaba al mismo tiempo.
—No sé por qué terminé allí —admitió finalmente, su voz quebrándose—. Solo recuerdo que un demonio quiso atacarme, alguien me salvo y de repente estaba en su castillo… Él no me hizo daño, pero… —Se detuvo, incapaz de continuar.
—¿Pero qué? —insistió Inuyasha, sus ojos brillando con furia contenida.
Kagome bajó la mirada, incapaz de enfrentarse a él.
—Me miró como si ya me conociera… como si yo le perteneciera —susurró finalmente, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos—. Me reclamo como suya.
Inuyasha soltó un gruñido bajo y apretó los puños con tanta fuerza que sus garras se clavaron en sus palmas.
—¡No, es mentira! ¡Ella no le pertenece! ¡Kagome es mía!
Las palabras resonaron en la cabaña como un trueno, pero Kagome no pudo evitar sentirse sofocada por ellas. No quería ser propiedad de nadie, ni de Inuyasha ni de Sesshomaru. Pero algo dentro de ella sabía que ya no tenía elección; su destino había sido sellado mucho antes de que pudiera entenderlo.
Miroku se aclaró la garganta, intentando calmar los ánimos antes de que las cosas se salieran de control.
—Tal vez deberíamos centrarnos en lo más importante aquí —dijo con seriedad— ¿Por qué Naraku estaría involucrado en todo esto? Si él planeó esto desde el principio, debe haber una razón detrás de todo esto.
El nombre de Naraku cayó como un veneno en el aire, haciendo que todos se tensaran aún más. Kagome sintió un escalofrío recorrerle la piel al pensar en él, en sus ojos llenos de maldad y en la forma en que siempre parecía estar un paso adelante de ellos.
—No lo sé… —admitió finalmente—. Pero siento que todo esto es solo el principio… algo mucho más oscuro está por venir.
La anciana Kaede asintió lentamente, como si compartiera ese mismo presentimiento inquietante.
—Entonces debemos estar preparados para lo que venga —dijo con firmeza — Porque si Naraku está detrás de esto, no descansará hasta destruirnos a todos.
— Entonces dices que Sesshomaru mencionó la marca — Pregunto nuevamente la anciana Kaede
––– No solo la mencionó ––– intervino Inuyasha. Su voz estaba cargada de rabia contenida, pero también de algo más: celos. Como si tuviera algún derecho sobre Kagome.
— Inuyasha… –– comenzó a decir Kagome, pero él levantó una mano para detenerla.
— ¡No! Quiero respuestas. Si esa marca es tan importante, ¿por qué yo no la detecté antes? ¡Soy un hanyō, maldita sea! Debería haberlo sabido desde el principio. ––– Su mirada estaba fija en Kaede, como si esperara que ella tuviera todas las respuestas.
Kaede suspiró profundamente y cerró los ojos por un momento, como si buscara en su memoria alguna pista que pudiera arrojar luz sobre el misterio. Finalmente, habló.
— La marca que Kagome lleva en su cuello no es común. Hace muchos años no veíamos a un humano marcado por un demonio. Es un vínculo antiguo, más antiguo que los Yokai y los humanos. –– Su voz era grave, cargada de un peso que hacía que todos en la cabaña se inclinaran hacia adelante para escuchar mejor.
— ¿Un vínculo? –– repitió Miroku, frunciendo el ceño. –– ¿Qué tipo de vínculo?
— Uno que conecta almas –– respondió Kaede, mirando directamente a Kagome. –– Pero no es un vínculo de amor o afecto. Es algo más oscuro… una atadura destinada a unir dos destinos en un propósito más grande. Y ese propósito podría ser tanto una bendición como una maldición.
Kagome sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las palabras de Kaede resonaban en su mente como un eco interminable. "Una atadura destinada a unir dos destinos." Pero ¿por qué ella? ¿Por qué Sesshomaru? Nada tenía sentido.
— ¿Estás diciendo que Kagome está… conectada con Sesshomaru? –– preguntó Sango con incredulidad, rompiendo el silencio que había seguido a las palabras de Kaede.
— Así parece ––– respondió la anciana con seriedad. –– Pero lo que preocupa no es solo esa conexión. Es lo que podría significar para Naraku y sus planes.
El nombre de Naraku cayó como una losa sobre el ambiente. Todos sabían que sus maquinaciones eran siempre retorcidas y crueles, pero esto parecía diferente. Más personal.
Inuyasha golpeó el suelo con el puño, su frustración evidente.
— ¡Esto es ridículo! Sesshomaru no tiene nada que ver con Kagome. No voy a permitir que ese bastardo interfiera. Si cree que puede reclamar algo sobre ella, tendrá que pasar sobre mi cadáver.
Kagome lo miró con tristeza. Sabía que Inuyasha estaba herido, pero también sabía que esto iba más allá de él, de ella, incluso de Sesshomaru. Había algo más grande en juego, algo que aún no podían comprender.
— Inuyasha… esto no se trata de ti o de Sesshomaru –– dijo finalmente, su voz temblando ligeramente. –– Ni siquiera sé qué significa esta marca o por qué la tengo. Pero si Naraku está detrás de esto, tenemos que averiguar la verdad antes de que sea demasiado tarde.
Inuyasha la miró fijamente durante unos segundos antes de apartar la vista, su mandíbula apretada en señal de resignación.
Kaede se levantó lentamente y se acercó a Kagome. Sus ojos viejos y cansados parecían ver más allá de lo evidente.
— Kagome, debes tener cuidado –– dijo con suavidad, pero firmeza. –– Esta marca no solo te conecta con Sesshomaru; también te hace vulnerable. Naraku buscará explotarla para sus propios fines. Y Sesshomaru… él no es alguien fácil de descifrar. Sus intenciones podrían ser tan peligrosas como las de Naraku.
Kagome asintió, aunque las palabras de Kaede solo aumentaron su confusión y miedo. La sensación de estar atrapada entre fuerzas que no podía controlar era abrumadora.
De repente, un viento helado atravesó la cabaña, apagando la hoguera al instante. Todos se pusieron en alerta mientras un aura oscura llenaba el lugar. Era una energía familiar, pero no menos aterradora.
— Naraku… –– murmuró Miroku, levantándose mientras sostenía su bastón con fuerza.
La risa baja y sarcástica del enemigo resonó en el aire, aunque su figura no era visible.
— Qué conmovedor –– dijo Naraku, su voz envolviendo a todos como una serpiente venenosa. –– Todos reunidos para hablar sobre la marca… y sobre mí. Qué honor.
Inuyasha desenvainó a Tessaiga al instante, sus ojos ardiendo con furia.
— ¡Muéstrate, cobarde! –– gritó.
Pero Naraku no respondió al desafío. Su presencia parecía envolver a Kagome específicamente, como si pudiera sentir su miedo y alimentarse de él.
— Esa marca… ––– continuó Naraku, ignorando a los demás. ––– Es mucho más valiosa de lo que imaginas, Kagome. Y tarde o temprano, todos caerán.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, una sombra oscura emergió del suelo y se abalanzó hacia Kagome. Inuyasha saltó para interceptarla, pero fue demasiado rápido; la sombra alcanzó a rozar la marca en el cuello de Kagome antes de desvanecerse por completo.
Kagome gritó al sentir un dolor punzante atravesar su cuerpo. Cayó al suelo mientras Inuyasha corría hacia ella, sosteniéndola con cuidado.
— ¡Kagome! ¿Estás bien? ––– preguntó desesperado.
La chica abrió los ojos lentamente, pero algo en ellos había cambiado. Una energía oscura parecía latir bajo su piel, resonando con la marca en su cuello.
Kaede se acercó rápidamente y colocó una mano sobre la frente de Kagome, murmurando oraciones antiguas para intentar calmar la energía que ahora emanaba de ella.
— Esto es peor de lo que pensaba ––– dijo Kaede con gravedad. ––– La marca está reaccionando al toque de Naraku… pero también a algo más.
En ese momento, todos sintieron una presencia familiar acercándose rápidamente. La puerta de la cabaña se abrió de golpe y allí estaba él.
— Sesshomaru — Dijo Kagome apenas en un susurro.
Su presencia era aún más intimidante bajo la luz tenue del lugar. Sus ojos dorados recorrieron la escena antes de detenerse en Kagome. Sin decir una palabra, se acercó a ella y se arrodilló a su lado. Inuyasha gruñó y trató de interponerse, pero Sesshomaru lo ignoró por completo.
— La marca… ya está despertando ––– dijo Sesshomaru en voz baja mientras observaba el brillo tenue en el cuello de Kagome. Sus ojos se encontraron con los de ella por un breve instante, y algo indescriptible pasó entre ellos.
— Si no hacemos algo pronto ––– continuó Sesshomaru mientras se ponía de pie ––– Naraku no necesitará buscarla; ella misma irá hacia él.
Las palabras cayeron como una sentencia final en la cabaña. Nadie sabía qué hacer o decir ante esa revelación. Pero una cosa era clara: el destino había puesto en marcha un juego oscuro y peligroso del cual ninguno podía escapar.
Y Kagome era la pieza central del tablero.
