¡Aquí estamos en el gran final! Prepárense para una dosis concentrada de amor y emociones hasta el último segundo. No hay mejor manera de cerrar esta historia ¡A disfrutarlo!
Capítulo 34
Erase una vez…
Pov. Emma
Regina está ahí, tan cerca que me cuesta respirar. Sus grandes ojos marrones me atraviesan con una intensidad que me deja inmóvil, llenos de emociones que nunca antes había visto en ellos. La intensidad de su mirada me sacude hasta lo más profundo, como si mi cuerpo reconociera lo que mi mente no logra procesar.
Y entonces, vuelven las imágenes, fragmentos de momentos que no recuerdo haber vivido, me asaltan de golpe. Un roce fugaz de sus dedos en mi piel, la calidez de su aliento contra mi cuello, su risa ahogada en la penumbra de una habitación que no reconozco. Su voz pronunciando mi nombre en un susurro íntimo, demasiado real, demasiado vívido. Mi pecho se oprime, y por un instante me aferro a la idea de que es un engaño de mi subconsciente, una fantasía absurda que mi mente ha conjurado en el momento más inoportuno. Pero el peso de esas imágenes es demasiado tangible, tan nítido que me hace tambalear.
El pánico me embarga.
—¡Lo siento! —Las palabras salen atropelladas, un torrente que no puedo detener—Fue mi magia loca, lo juro. No sé cómo llegué aquí, ¡te juro que no fue mi intención!
Mi voz se quiebra, impregnada de desesperación. Siento mi pulso desbocado, un latido frenético que retumba en mis sienes. Me obligo a parpadear, a anclarme en la realidad, pero esos ojos oscuros me siguen sosteniendo en el abismo, escrutándome, analizando cada centímetro de mi ser.
Regina no dice nada. Se queda allí, firme, con la espalda recta y la expresión indescifrable. Me siento pequeña, diminuta, y el nudo en mi estómago se aprieta al descubrir que su bata de seda cuelga de sus hombros, suelta en la cintura, dejando apenas cubiertos sus pechos. La imagen es tan familiar y tan fuera de lugar en medio de mi caos mental, que un calor abrasador sube por mi rostro y baja por mi columna en un torbellino de vergüenza y desconcierto.
¿Qué está pasando? Me obligo a desviar la mirada, pero las imágenes no desaparecen. Sus manos en mi piel. Mi cuerpo encajando contra el suyo. Su aliento mezclado con el mío. No. No puede ser real.
—Intenté irme, lo juro —logró articular con la voz atrapada en mi garganta— pero mi magia… no funcionó.
Mi respiración se vuelve errática. Mis dedos se crispan a los lados, intentó aferrarme a algo sólido en medio de la tormenta de pensamientos. No sé qué es peor, estar aquí, atrapada en este momento, o la posibilidad de que todo lo que acabo de ver sea una ilusión.
Regina sigue observándome, sin moverse. Y yo… yo ya no sé qué es verdad y qué no.
Su silencio es peor que cualquier palabra que pudiera decirme. ¿Por qué no reacciona? ¿Por qué sigue en silencio? La ansiedad se acumula en mi pecho, una bola de angustia que se expande, que amenaza con romperse en mil pedazos. La habitación parece encogerse a mi alrededor, su presencia llenándolo todo, envolviéndome como un abrazo cálido del que no puedo escapar. Ruego con todas mis fuerzas que mi magia despierte, que me saque de aquí de una vez, que me arranque de esta sensación de vulnerabilidad que me paraliza.
Pero algo me retiene. Es una fuerza invisible, un ancla que no obedece a mi voluntad. No es solo mi magia fallando… es otra cosa. Hay una parte dentro de mí que no quiere irse, que se aferra a este momento aunque todo mi ser grita que corra.
La mirada de Regina me atrapa, su escrutinio clavándose en mi piel con una intensidad que me hace sentir desnuda, despojada de cualquier barrera.
—Vamos… por favor… —murmuro en un hilo de voz.
Un destello de energía se prende dentro de mí, una chispa de esperanza que me impulsa a intentarlo una vez más. Pero justo cuando creo que podré escapar, su voz cortó el aire como un latigazo.
—¡Cariño, espera!
El tono de súplica en su voz se hunde en lo más profundo de mi ser. No es una orden, no es rabia…Hay algo que me obliga a detenerme antes siquiera de pensarlo.
Mis músculos, tensos y listos para reaccionar, se congelan. Es irracional, es absurdo, pero la obediencia surge antes que la lógica. Mi cuerpo le pertenece por un instante, respondiendo a esa única palabra como si hubiera estado esperándola. La lucha dentro de mí se intensifica. Quiero huir, quiero desaparecer, pero la súplica en su voz me deja clavada en el suelo.
Un error monumental.
Regina se acerca con pasos rápidos y decididos, la alarma en mi interior se dispara. El pánico sube hasta mi garganta, ahogándome, y un gemido de miedo escapa de mis labios antes de que pueda contenerlo.
—Por favor, no me mates… —musito, la voz apenas un susurro quebrado— Cometí un error… lo siento…
Bajo la mirada, incapaz de sostener la suya. Me preparo para lo inevitable, para el castigo que seguramente vendrá. No sé qué hice para merecer esto, pero la certeza de mi culpa me aplasta el pecho.
Escucho el roce suave de sus pies descalzos deteniéndose a unos metros de mí, pero no se mueve más. Y entonces, silencio. No el silencio tenso de antes, sino más pesado y denso.
Respiro hondo y me obligo a alzar la vista. Lo que veo me deja sin aliento.
Ella me observa con los ojos muy abiertos, su expresión transformada en algo que no esperaba. Su rostro, tan firme y seguro siempre, ahora luce… sorprendido. Casi incrédulo. Las pestañas oscuras tiemblan, mientras sus labios se quedan entreabiertos como si le costara encontrar aire. Sus pupilas brillan con una humedad que no puede ocultar, como si estuviera a punto de llorar. No entiendo nada.
—Emma… cariño, no voy a hacerte daño.
Su voz es tan suave que me sacude más que cualquier grito. El sonido de mi nombre en sus labios, tan suave y distinto a lo que imaginé, me paraliza.
"Emma".
No hay dureza en su voz. No hay rabia ni reproche. Solo un susurro, un roce de ternura que me sacude hasta los huesos. "Cariño".
Su labio inferior tiembla apenas, una vulnerabilidad tan sutil que casi no parece real. Lágrimas se acumulaban en sus ojos, amenazando con desbordarse. Un nudo se forma en mi garganta. No sé qué duele más, el peso de esos recuerdos confusos o la forma en que Regina parece romperse frente a mí.
—Te juro que no sé cómo llegué aquí… —es lo único que se me ocurre decir para calmarla. — Estábamos en la calle, la oscuridad venía por ti, y yo… yo salté…
—¿Solo eso recuerdas?
Las palabras se me quedan atoradas en la garganta. Hay más. Mucho más. Fragmentos de recuerdos que no sé si son reales o producto de mi mente traicionera.
"Y tú me besabas".
"Tus manos tocaban mi piel como si me necesitaras".
"Como si me amaras".
Pero no puedo decirlo. No puedo darle voz a lo que tal vez nunca ocurrió. El dolor punzante en mi cabeza explota con una fuerza que me hace encorvarme. Aprieto los dientes, llevándome las manos a las sienes en un intento inútil de contenerlo. Es demasiado. Demasiado caos, demasiadas emociones atrapadas en un torbellino de imágenes que chocan unas contra otras. Voces, caricias, susurros entrecortados por jadeos. Mi respiración se vuelve errática. Siento que me ahogo, que la habitación se cierra sobre mí.
—Emma… — Regina. Otra vez su voz.
No sé en qué momento se ha acercado, pero la siento. Su calor, su presencia firme y envolvente. Sus manos encuentran mi cintura con suavidad. No me aferra, no me aprisiona, simplemente me sostiene, guiándome hacia atrás con la paciencia de quien teme que me desmorone en cualquier momento. Mis piernas tropiezan con el borde de la cama y Regina me ayuda a sentarme con cuidado. Cuando me doy cuenta, ella está arrodillada frente a mí, tan cerca que su respiración roza mi piel. Un escalofrío me recorre la columna.
Por puro instinto, mis piernas se separan apenas, dándole espacio, como si mi cuerpo entendiera algo que mi mente todavía se niega a aceptar. La cercanía es insoportable y a la vez, lo único que me mantiene anclada.
—Estoy aquí, Emma. Estoy contigo.
Su voz se desliza sobre mi piel como un bálsamo, derritiendo capas de miedo que ni siquiera sabía que tenía. No puedo apartar la mirada. No puedo moverme.
Solo puedo sentirla.
Agarro las sábanas con fuerza, aferrándome a ellas como si fueran un escudo. Mi respiración es un desastre, entrecortada, errática. Siento el temblor en mis manos, el calor abrasador en mi piel. No sé si es vergüenza, miedo o algo más oscuro que se enreda en mis entrañas.
Es absurdo, pero lo único que me pasa por la cabeza es lo surrealista de la escena. El cuerpo de Regina, Su bata deslizándose perezosamente por sus hombros, dejando al descubierto más de lo que debería. Sus pechos descubiertos y perfectos frente a mí. La vergüenza y el deseo chocan dentro de mí como dos fuerzas opuestas, enredándose hasta formar una maraña caótica que me quema por dentro. Debería apartar la vista. Debería alejarme. Pero no puedo.
Su mano sobre mí lo cambia todo. Un leve roce en mi muslo, cálido y tranquilizador.
—¿Estás bien?
Su voz es un susurro, y por un momento, me cuesta creer que sea ella. La mujer imponente y severa que conocí jamás me habló con esta dulzura. Nunca la vi dudar, ni titubear. Pero ahora… ahora me está mirando con algo que casi parece miedo.
—Emma, ¿me escuchas?
Cierro los ojos, intentando ordenar el caos en mi cabeza. Pero su voz sigue ahí, como un eco persistente, arrastrándome de vuelta a este instante.
—Cariño… Por favor, dime algo.
La palabra se desliza de sus labios con tanta naturalidad que mi pecho se aprieta. "Cariño". ¿Desde cuándo me llama así?
—¿Quieres que llame a tus padres?
No respondo.
—¿Qué me vaya?
Esa última pregunta la pronuncia en un murmullo, con un leve titubeo, como si le costara decirlo. Y esa vacilación me sacude. La idea de que Regina se aleje me golpea como un puñetazo en el estómago.
—No… —mi voz es débil.
Mis ojos se abren. La veo más cerca, tan cerca que su respiración roza mi rostro. Sus ojos oscuros están fijos en los míos, y por primera vez, no veo la reina autoritaria, la mujer que siempre mantiene el control. No. Veo a alguien vulnerable. Su mirada ya no es dura ni desafiante. Hay algo en sus ojos, algo frágil, casi temeroso. Como si no supiera qué hacer conmigo, como si este momento se le escapara de las manos. Se ve tan perdida como yo.
Y eso… eso es lo que me hace hablar.
—Por favor… quédate.
Esta vez soy yo la que suplica.
Regina pestañea, sorprendida. Su postura se tambalea un poco, como si no esperara escuchar esas palabras.
—¿Estás bien? —repite, pero esta vez su voz no suena solo preocupada, sino también… insegura.
Sacudo la cabeza, pero no para responder a su pregunta, sino porque la confusión en mi mente es demasiado abrumadora. Todo es un torrente imparable, un desfile de imágenes que van demasiado rápido. No sé qué es real y qué no.
Cierro los ojos, esperando que mi cabeza se calme, pero lo único que encuentro es más caos. Sombras. El Bosque Encantado.
—Eh… no lo sé—mi voz apenas sale, rota y débil—¿Qué hago aquí? —mis labios tiemblan al pronunciar las palabras. Mi mente está hecha un desorden. Fragmentos de recuerdos se aferran a los bordes de mi conciencia, pero ninguno tiene sentido— Estaba en la calle y luego… la oscuridad…
Mi respiración se entrecorta al recordar esas sombras que me envolvían, como un manto de vacío absoluto. La opresión en mi pecho crece, y cierro los ojos con fuerza, como si al hacerlo pudiera borrar todo.
—Dios… ¿Qué me está pasando?
Miedo. Muerte. Llanto. Los recuerdos aparecen como ráfagas violentas, destellos de algo que no debería estar ahí, llenándome de terror. Se arraigan en mi piel, erizando cada centímetro. Me abrazo a mí misma, sintiendo cómo todo se desmorona dentro de mí.
—¿Estoy… estoy muerta? —abro los ojos de golpe, buscando desesperadamente una respuesta, alguna confirmación de lo que temo.
Pero lo que encuentro en la expresión de Regina me sacude hasta la médula. Se lleva una mano temblorosa a su boca, sus ojos brillan con un dolor que me atraviesa.
—Oh, mi amor… —susurra, y su voz se quiebra en un sollozo—Estás aquí —continúa, sus palabras teñidas de un alivio desesperado— Estás despierta, y doy gracias por eso.
¡Mi amor!. El peso de esas palabras cae sobre mi pecho, asfixiante, queman como brasas encendidas. No entiendo cómo puede mirarme así, con esa intensidad, con… tanto amor.
Pero lo veo. Lo siento. Es real.
Trago con dificultad, incapaz de apartar mis ojos de los suyos. Su respiración es entrecortada, sus manos apenas se sostienen sobre mis brazos como si temiera que me desvaneciera.
—Estoy tan… tan confundida —murmuro, sintiendo el caos enredarse en mi interior como un nudo imposible de desatar. Las emociones se mezclan, dejándome atrapada en una bruma espesa, sin dirección, sin salida.
Más imágenes me atraviesan, parpadean y se disuelven antes de poder encontrarles sentido. Susurros ahogados. Manos aferrándose , buscando el roce desesperado en medio del desastre. Lágrimas. Regina. Su voz quebrada suplicándome que no la deje. Su cuerpo temblando contra mi pecho. El frío de la muerte me acecha, y el filo del destino nos arrebata lo que apenas descubrimos que teníamos.
Y entonces lo siento. El amor.
Un amor inesperado e intenso que me rompe desde dentro, que me atraviesa con la certeza de algo irrefutable. Me doblo sobre mí misma, jadeando, sintiendo cómo todo encaja, cómo las piezas caen en su lugar de golpe, aplastándome con su peso.
Regina suelta un leve jadeo, su respiración va menguando al verme así, como si su propio cuerpo sintiera la verdad desmoronándose entre nosotras. Su mano se aferra a la mía, con miedo, con urgencia. Y yo la miro, con los ojos abiertos de par en par, con el terror de alguien que acaba de descubrir que su vida tiene un nuevo sentido.
Porque ahora lo sé. Esto no es solo magia, no es solo un error. Es real.
Esto… es amor.
Regina aparta lentamente sus manos de mis piernas, y el vacío que deja su toque es como una herida abierta. Un frío abrumador se filtra en mi piel, clavándose en mi pecho, haciéndome sentir desprotegida de una manera que no entiendo.
La veo moverse, su cuerpo tenso, su expresión cerrada, preparándose para alejarse, para poner distancia entre nosotras. Pero el pánico me golpea como una ola imparable, una angustia sofocante que se enreda en mi pecho y lo oprime con fuerza. Mis dedos se cierran alrededor de su muñeca antes de que pueda detenerme, aferrándome a ella como si mi vida dependiera de ese toque.
—¡Gina!
El nombre se me escapa en un susurro desgarrado, cargado con todo el miedo que no logro contener. Mi cuerpo se mueve por instinto, inclinándome hacia ella hasta que mi frente encuentra su abdomen. Mi respiración es errática, mis manos temblorosas se aferran a su cintura con desesperación, con una necesidad que me consume.
Las sábanas resbalan por mi piel. Su protección queda olvidada mientras mi torso desnudo se muestra vulnerable ante ella, sin importarme nada más en ese momento, solo la calidez de su cuerpo, su calor contra mi mejilla, el único ancla que me mantiene aquí. Regina se queda inmóvil por un instante, su respiración temblorosa, como si no supiera qué hacer con mi súplica. Sus manos flotan sobre mí, dudando, hasta que finalmente, con un suspiro entrecortado, se posan en mi cabello.
El roce de sus dedos es un consuelo silencioso. Las lágrimas que había intentado contener se deslizan por mi rostro. Me siento pequeña. Frágil. Tan indefensa que no puedo soltarla.
—¿Recuerdas?— su voz es apenas un susurro, pero en él hay algo más que incertidumbre. Hay miedo.
Levanto la vista hacia ella, con el corazón en un puño. Sus ojos me buscan con ansiedad, con la desesperación de alguien que teme no estar en mis recuerdos, como si la posibilidad de haber desaparecido de mi mente fuera una herida imposible de soportar.
Mis pensamientos son un lío. Pero debajo del enredo de recuerdos, debajo de la confusión y el dolor… ella siempre estuvo presente. Tomo una respiración temblorosa, buscando las fuerzas para arrancar las palabras de mi pecho.
—Recuerdo… —mi voz tiembla, y trago con dificultad— Recuerdo estar muriendo. La oscuridad, el dolor… todo era tan abrumador. Los gritos, el estruendo de la batalla, la muerte acechando como una sombra que no podía escapar.
Cierro los ojos, las imágenes regresan con brutal claridad. Un escalofrío me recorre y, casi sin darme cuenta, aprieto más fuerte sus manos.
—Sentí la magia de Merlín en ese momento… —susurro— Era cálida, como si me envolviera y apartara de las garras de la muerte. Pero también sentí su sacrificio, Regina. Lo entregó todo por mí.
Su rostro se endurece, y veo cómo lucha por contener la emoción que mis palabras despiertan.
—Pero no volví enseguida. Desperté en el bosque, aquí, en Storybrooke, pero… mi magia estaba rota. Algo dentro de mí tardó en sanar.
Mis palabras salen apresuradas, como si intentara vaciarme del dolor—El veneno… ese maldito veneno me dejó tan débil, atrapada y congelada. El hielo me aprisionó entre el mundo de los vivos y los muertos.
El peso de los recuerdos me aplasta, y mi voz se quiebra mientras admito— Estaba atrapada en un frío que parecía no terminar nunca.
Cierra los ojos por un momento, y veo la tensión en su mandíbula aflojarse, la forma en que sus labios tiemblan como si estuviera conteniendo algo más grande que las palabras. Sus dedos ascienden con una delicadeza casi temerosa, y cuando finalmente tocan mi rostro, la calidez de su piel contrasta con el frío que sigue anidado en mi interior. Limpia mis lágrimas con lentitud, arrastrándolas por mi mejilla en un gesto que me estremece más de lo que debería. Es su tacto, su cercanía, la realidad de ella aquí, que despierta algo en mí, una necesidad urgente, casi primitiva, de anclarme a lo que es real.
Mi cuerpo reacciona al contacto, como si intentara absorber la calidez que me ha sido negada por tanto tiempo.
—Todavía siento ese frío, Regina… —mi voz es apenas un susurro, pero el miedo en mis palabras es innegable— Aún siento que estoy perdida en ese bosque, congelada… tratando de encontrarte.
Mis dedos buscan los suyos con desesperación, aferrándome a ella con fuerza, como si soltarla significara volver a caer en aquella pesadilla.
Ella me mira con una ternura tan intensa que me destroza, porque todo lo que quiero en este momento es que ella esté aquí, de verdad. Mi pecho se levanta y cae con respiraciones erráticas, sintiendo cómo mi vulnerabilidad se expande, se desborda sin control.
—Te amo… —el miedo se filtra en mi voz, tangible, desgarrador —Te amo tanto…
Las palabras quedan suspendidas en el aire, y cierro los ojos con fuerza, esperando lo peor. Esperando que todo se desvanezca.
—Pero siento que todo esto es un sueño… —mi voz se quiebra, y un sollozo silencioso sacude mi pecho— No sé si soy prisionera de la oscuridad y me tiene atrapada en esta fantasía… Tengo miedo de que no estés aquí… de que nada sea real.
Regina se mueve, sus brazos me envuelven con firmeza. Su olor demasiado real para ser solo un sueño.
—Emma, cariño… —su voz es un susurro quebrado que se ahoga entre sollozos—Estoy aquí.
Mis dedos se clavan en la tela de su bata, desesperada, temiendo que si la suelto, incluso por un segundo, desaparecerá.
—No me sueltes… —ruego en un susurro roto, mi rostro enterrado en su vientre, sintiendo el temblor en su respiración— Por favor, no me sueltes…
Me aprieta fuerte, y su calor empieza a empujar la helada oscuridad que se había adherido a mi piel, envolviéndome en una calidez que es a la vez consuelo y salvación. La siento inhalar profundo, su pecho expandiéndose contra el mío antes de exhalar con una ternura
—Nunca, Emma. Nunca te soltaré.
Las palabras se hunden en mi piel, filtrándose en cada grieta que la oscuridad dejó en mí.
Mi cuerpo, ansioso y hambriento de consuelo, se mueve por instinto, buscando su calidez, más de ella. Aún temblorosas, mis manos se aferran con más fuerza a su bata, y mi frente se apoya contra su pecho desnudo, donde el ritmo constante de su corazón me recuerda que esto es real. Que ella es real. Que su calor no es un espejismo.
—Te necesito… —mi confesión es un suspiro frágil contra su piel— No sabes cuánto te necesito.
Me sostiene, sus dedos trazando círculos lentos sobre mi espalda, enredándose en mi cabello, asegurándose de que la sienta.
—Estoy aquí… —murmura contra mi cabello, con una promesa que se aferra a mi alma— Siempre estaré aquí.
Se separa apenas un instante, pero la ausencia de su calor es una punzada en mi piel. Sus ojos oscuros se encuentran con los míos, ardiendo de intensidad, de emociones entrelazadas que electrifican el aire a nuestro alrededor.
Nos miramos en silencio, un silencio cargado de deseo, de una necesidad que crepita en cada respiro. No hay palabras que puedan describir este momento, este vértigo de anhelo contenido que amenaza con devorarnos. En un movimiento sincronizado, como si hubiéramos esperado este instante toda la vida, nos lanzamos la una hacia la otra.
Su boca encuentra la mía con una urgencia desgarradora, con una voracidad que me deja temblando. Sus manos, firmes y seguras, rodean mi rostro, sujetándome. La beso con el mismo ímpetu, con la misma desesperación con la que me aferro a la vida. La agarro por la cintura y la atraigo hacia mí, haciéndola sentarse a horcajadas sobre mi regazo, encajando nuestros cuerpos en una proximidad que nos hace jadear. Siento su calor a través de la delgada seda de su bata, la textura resbaladiza de la tela deslizándose contra mi piel desnuda.
Jesucristo… no voy a poder detenerme.
El pensamiento cruza mi mente en un murmullo febril mientras mis manos se deslizan por su espalda, trazando los contornos de su figura con una devoción desesperada. Regina gime suavemente contra mis labios, su respiración entrecortada se mezcla con la mía en una sinfonía de deseo contenido.
Pero entonces se tensa.
Sus dedos se aferran a mis hombros, no para acercarme más, sino para sostenerme en la distancia justa.
—Todavía no estás bien… debemos parar —murmura, y su voz es un conflicto de lujuria y preocupación.
Puedo sentir el calor de coño desnudo presionando contra mi muslo, su cuerpo vibrando entre el control y la entrega. Soy incapaz de aceptar la distancia, incapaz de concebir un minuto más en el que no la tenga así, aquí, conmigo.
—Regina… —mi voz es apenas un susurro tembloroso—Necesito que me folles... por favor.
Presiono mis labios contra su cuello, besando la curva de su clavícula, sintiendo su piel erizarse bajo mi boca.
—Necesito sentirte… saber que estás aquí… —jadeo, mi respiración enredándose con la suya— Entonces todo volverá a estar bien.
Ella exhala temblorosamente, sus dedos enterrándose en mi cabello, y sé que está luchando contra algo que amenaza con quebrarla.
—Emma… —su voz es apenas un suspiro ahogado
Nuestros ojos se encuentran, y veo la lucha en los suyos, una mezcla de preocupación y deseo. Desato la bata y dejo que se deslice, dejando expuesto el calor de su piel contra la mía, un contacto que me envuelve en una ola de alivio y excitación.
—Aunque me desmaye… quiero que me hagas tuya —susurro, perdida en la urgencia del momento, consciente de mi fragilidad, pero incapaz de detenerme.
Regina exhala bruscamente. Puedo ver la lucha en su mirada, el conflicto entre ceder y retenerse, entre la necesidad de protegerme y la de reclamarme. Pero no puede resistirse. La tensión en sus hombros se desmorona, y ella se rinde.
A mí.
A nosotras. A lo inevitable.
Desliza su mano por mi cuerpo con una precisión casi cruel, recorriendo cada curva, cada fragmento roto de mi ser, como si con su tacto pudiera reconstruirme. Cuando sus dedos se enredan en mi cabello y tira de él con firmeza, un jadeo ahogado se escapa de mi boca. Mi cabeza cae hacia atrás, expuesta, rendida a su voluntad.
Ella aprovecha la apertura de mis labios para lamerlos lentamente, tentándome, antes de atraparlos con los suyos en un beso húmedo y profundo. Los chupa, los muerde con un deseo feroz que me hace temblar.
Su aliento cálido acaricia mi piel cuando se aparta apenas lo suficiente
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? — su voz es ronca, un gruñido bajo que resuena en mi piel como una corriente eléctrica. Es una advertencia. Una promesa —Porque no voy a detenerme, Emma —continúa, con un tono que me hace estremecer— Quiero cogerte tan fuerte que se me olvide lo mucho que te he extrañado.
Un escalofrío me recorre. No hay duda en sus palabras, solo una declaración de posesión, de anhelo desenfrenado.
La ansiedad, la oscuridad, el frío que me perseguía… todo desaparece en este instante. Solo queda ella. Su aliento, su cuerpo contra el mío, su deseo envolviéndome como una tormenta imparable.
—Entonces no pares… —susurro, aferrándome a sus hombros— Hazme olvidar todo, Regina.
Ella no necesita más invitación. Se inclina sobre mí, y en sus ojos oscuros arde la misma hambre que consume mi piel. Su mirada me atrapa. Es la mirada de una reina tomando lo que le pertenece.
—Eres mía, Emma.
No tengo escapatoria. Y no quiero tenerla.
Sus labios vuelven a devorarme, esta vez con una intensidad feroz, profunda, desesperada. Su lengua se hunde en mi boca, demandante, y no hay más aire entre nosotras, solo fuego, solo ella. Me tumba contra el colchón, el peso de su presencia sobre mí es abrumador, ineludible. Cada centímetro de su piel contra la mía es un recordatorio de que estoy aquí, viva, en sus brazos.
Gimo contra su boca cuando su rodilla se desliza entre mis piernas, exigiéndome una rendición total.
—Dímelo. —Su orden es un susurro caliente contra mi piel, una exigencia imposible de ignorar.
—Soy tuya —jadeo, con la voz rota, sin poder pensar en nada más que en ella, en la sensación de sus manos explorándome sin piedad, reclamándome en cada roce, en cada mordida que deja sobre mi piel.
Regina sonríe contra mis labios, pero es una sonrisa peligrosa, victoriosa. Me toma por la muñeca y la desliza sobre mi cabeza, me sujetan con firmeza, su cuerpo me rodea, me atrapa, me ahoga en su calor.
—Siempre lo has sido.
La certeza de sus palabras me golpea como una tormenta. No hay duda, no hay espacio para el miedo o la confusión. Solo ella.
Cuando sus dientes raspan la sensible piel de mi cuello y succiona con fuerza, arqueo la espalda, perdida en el placer que me atraviesa. Me marca, me hace suya con cada beso, en cada presión de su lengua sobre mi piel.
Su boca sigue un camino descendente, probándome, grabándose en mi piel como una promesa indeleble. Mis piernas se separan por instinto, invitándola, rogándole sin palabras.
—Regina… —su nombre se escapa en un gemido suplicante, mi mente ya incapaz de sostenerse en la realidad.
Pero ella no cede. Se detiene justo antes de darme lo que tanto necesito, observándome con una intensidad que me deja sin aire.
—Dime qué quieres.
Es una tortura, su forma de jugar con mi desesperación, de hacerme rogar por lo inevitable.
—A ti —susurro, con la voz quebrada— Follame.
El simple hecho de verla así, devorándome con la mirada, me hace estremecer mientras su lengua, cálida y precisa, traza un sendero lento sobre mi vientre, un camino deliberado que incendia mi piel con cada roce. Un gemido brota de mis labios, profundo y cargado de deseo, cuando su boca finalmente llega a mi clítoris. Sus manos agarran con fuerza mis muslos, anclándome a la cama mientras me toma por completo, chupando y mordisqueando con una habilidad que hace que mis pensamientos se desvanezcan, dejando solo el placer. La intensidad de sus caricias me sumerge en una vorágine de sensaciones que se concentran en mi vientre, acumulándose hasta que parecen a punto de estallar.
Mis dedos, temblorosos y desesperados, buscan refugio en su cabello. Los enredo allí, sosteniéndola con fuerza, incapaz de permitirle alejarse ni un segundo. La necesidad de sentirla, de tenerla más cerca, de prolongar este momento, me consume. Elevo las caderas, siguiendo el ritmo de su lengua, instintivas, desbordadas por el calor que se acumula en mi abdomen, creciendo con cada caricia hasta convertirse en una tormenta imparable.
La visión de Regina, poderosa y entregada entre mis piernas, es un detonante para mi cuerpo. Mueve la lengua con precisión devastadora, lenta y provocativa, rápida y exigente, marcando un ritmo que me conduce al límite. Cada lamida, cada succión, me desmorona un poco más. Me retuerzo, perdida en el torbellino de sensaciones que ella orquesta con una maestría que me deja indefensa.
—No voy a aguantar... —mi confesión escapa en un jadeo entrecortado, y al oírme, ella parece perderse en su propio frenesí. Su boca me toma con mayor fuerza, abriéndome con sus manos más para ella, y su lengua se hunde una y otra vez, implacable, como si quisiera borrar cualquier frontera entre nosotras.
Me quiebro en gemidos incoherentes mientras me sacude un clímax feroz, explosivo. Mi cuerpo tiembla bajo el peso de su boca, cada fibra estremeciéndose mientras ella me sostiene, sin ceder ni un segundo. Pero Regina no me da tregua. Toma mi cuerpo aún tembloroso y lánguido, su posesividad es casi salvaje. Me agarra con determinación, levantando una de mis piernas para encajar su coño contra el mío.
"Oh, Dios si"
El contacto de nuestros sexos empapados nos arranca un gemido unísono, un sonido visceral que resuena en la habitación. Su calor, su piel húmeda contra la mía, me llena de una necesidad insaciable. Regina me sujeta con fuerza, sus caderas moviéndose con un ritmo frenético, su aliento chocando contra mi muslo mientras murmura entre jadeos —Eres mía... toda mía.
Su voz, baja y cargada de deseo, es un golpe directo a mi coño. Cada palabra que susurra incendia mi interior, avivando el fuego que apenas se había calmado. Mi cuerpo responde instintivamente, mis manos buscando su espalda, mis uñas marcando su piel como si quisieran dejar un recordatorio eterno de este momento. Ella sigue montando mis caderas como la más experta de las jinetes, su ritmo implacable, salvaje como si quisiera fundirse conmigo.
—Mmm... Gina —es lo único que logro articular.
—¡Dios, cariño, te extrañé tanto! —jadea, moviendo frenéticamente.
El roce de nuestras caderas, el ritmo cada vez más intenso, me deja sin aliento. Cada contacto es una chispa, un estallido que me empuja más y más al borde. Regina me libera la pierna y se inclina hacia mí, ofreciéndome sus senos como un sacrificio tentador, Los tomo en mi boca con urgencia, chupando, succionando con fuerza hasta arrancarle gemidos que vibran a través de su cuerpo.
Sus dedos encuentran su camino entre nuestros cuerpos, un toque calculado, lleno de intención. Siento cómo juega con mi entrada, burlándose de mi necesidad con una precisión cruel. Cuando finalmente me invade, su toque es tan firme como delicado. Grito su nombre, mi espalda arqueándose mientras su cuerpo se mueve sobre el mío, sincronizando cada embestida con los latidos de mi deseo.
—Así... toda tuya —murmuro, entregándome por completo al torbellino que hemos creado juntas. Su mirada se oscurece, sus caderas no se detienen, y yo me pierdo en su dominio, en la vorágine de sensaciones que nos arrastra a un clímax intenso.
El orgasmo me dejó desarmada, rendida bajo el peso de su cuerpo mientras la habitación parecía girar. Mi pecho subía y bajaba con fuerza, tratando de recuperar el aliento, pero Regina no se detiene. Se inclinó sobre mí, sus labios tomando los míos con una firmeza que me hizo gemir contra su boca. Su beso era posesivo, profundo, como si quisiera reclamar lo que quedaba de mí.
Cuando se apartó, su mirada ardía con un fuego que casi dolía de tan intenso. Con voz baja y autoritaria, sus palabras me envolvieron—Esto aún no ha terminado, cariño.
Un escalofrío me recorrió, de pura anticipación. Su mano acarició mi mejilla antes de deslizarse por mi cuello, marcando un rastro de calor que encendía mi piel de nuevo.
—Señora alcaldesa… —murmuré, con una sonrisa débil mientras trataba de recuperar mi compostura. Mis palabras temblaron por el ardor que aún me quemaba por dentro— Es tan insaciable... —Me burlé, aunque mi voz cargada de deseo traicionaba mi intento de desafío— Creo que ahora algo falta entre mis piernas.
Sus ojos brillaron mientras sus mejillas se sonrojan. Se inclinó hacia mí, sus labios a un susurro de distancia de los míos.
—¿Eso crees? —Su tono era suave, pero lleno de un poder que hacía imposible apartar la mirada de ella— No es necesario, ya logró su cometido.
Su confesión, disfrazada de burla, me hizo temblar y no sé por qué.
Estábamos de costado, nuestras miradas fijas la una en la otra, cada movimiento lento y deliberado, como si ninguna quisiera romper la conexión que habíamos creado. Su pierna encajada en mi cadera daba espacio a mis dedos para explorarla, y cuando finalmente la toqué, un gemido escapó de sus labios, bajo y profundo, un sonido que encendió algo primitivo dentro de mí.
—Eres tan hermosa cuando estás así... —susurro, acercándome a su oído, dejando que mi voz acaricie su piel.
—Emma… —jadeó, cerrando los ojos un instante, pero volviendo a abrirlos rápidamente, como si no quisiera perderme de vista.
Aferró a su cintura con mi otra mano, tirando de ella para que estuviera aún más cerca mientras se movía lentamente, empalándose en dos de mis dedos con una urgencia contenida. Cada embestida de sus caderas contra mi mano se convertía en gemidos bajo y quebrado.
Mi lengua roza su cuello, saboreando la sal de su piel, cada jadeo suyo enviándome una corriente eléctrica al pecho. Siento el calor de su cuerpo, el ritmo lento de sus caderas, el sonido húmedo y crudo que nos rodea. Pero entonces, como un relámpago, las palabras que pronunció antes regresan a mi mente: "No es necesario ya logró su cometido."
Hay algo en su tono, en la forma en que lo dijo, que no puedo ignorar. Mi corazón tamborilea contra mis costillas, mi mente peleando entre el placer y la creciente inquietud.
Sin poder evitarlo, mis dedos quedan inmóviles dentro de ella. La siento tensarse, el movimiento de sus caderas cesa mientras abre los ojos de golpe. Su mirada es un torbellino de emociones. Sorpresa, reproche.
—¿Qué… qué quieres decir con que logró su cometido? —pregunto en un susurro, mi voz temblando por la tensión que ahora llena el aire.
Un temor incierto comienza a apoderarse de mí, un presentimiento que se instala en mi pecho y no me deja respirar con normalidad. Antes de que pueda cuestionarla, Regina intenta apartarse, como si buscara refugio en la distancia, pero no se lo permito. Mi mano se aferra suavemente a sus caderas, atrayéndola hacia mí con firmeza, y el gemido ahogado que escapa de sus labios me envuelve. Su cuerpo tiembla, sus uñas se clavan en mis hombros, y por un momento casi me olvido de todo, excepto de lo que siento por ella.
—No… no puedo hablar si haces eso —protesta entre jadeos, su voz rota por el deseo, pero hay algo en su tono que me detiene, una fragilidad que no suele mostrar.
Respiro hondo, dejando que la preocupación supere al momento, y lentamente retiro mis dedos de su interior. El aire entre nosotras se tensa como una cuerda a punto de romperse. Me siento en medio de la cama, tratando de estabilizar mis pensamientos, y observo cómo ella hace lo mismo, sus movimientos torpes, casi inseguros. Agarra las sábanas y se las lleva al pecho, como si quisiera cubrirse no solo físicamente, sino también emocionalmente. La incomodidad en su rostro es evidente, y algo en mí se quiebra al ver esa vulnerabilidad tan ajena a su naturaleza usualmente firme y controlada.
—¿Logró su cometido contigo? —pregunto, mi voz baja, casi un ruego, mientras intento entender qué está pasando—. Regina, háblame… por favor.
Ella alza la mirada, sus ojos brillantes con lágrimas contenidas, pero no dice nada. El silencio que sigue es ensordecedor, cada segundo un golpe contra mi pecho. Mi mente comienza a atar cabos y como un rayo, la posibilidad me golpea.
—Regina… —susurro, mi voz temblando mientras una mezcla de incredulidad y esperanza se arremolina en mi interior—. ¿Estás… estás embarazada?
La pregunta se queda suspendida en el aire, y mis ojos buscan los suyos con desesperación, anhelando una respuesta que confirme lo que mi corazón ya sospecha. Mientras espero, mi mente se llena de un torrente de emociones. Alegría, temor, y una felicidad tan inmensa que amenaza con desbordarse.
Sin pensarlo, mis dedos se mueven, rozando su vientre con una suavidad reverente, como si ese simple gesto pudiera brindarme la confirmación que necesito.
—Por favor… —mi voz se quiebra mientras dibujo pequeños círculos sobre su piel—. Dime que es cierto.
Regina cierra los ojos, y su pecho sube y baja con respiraciones entrecortadas. Finalmente, cuando habla, su voz es apenas un susurro, pero sus palabras llevan un peso inmenso.
—Sí… estoy embarazada.
Mi corazón da un vuelco. El alivio y la alegría explotan en mi pecho, llenándome de calidez. Una sonrisa amplia, sincera, ilumina mi rostro mientras las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos. Sin poder contenerme, me inclino hacia ella y la beso, un beso suave, cargado de ternura, pero también de una emoción tan profunda que parece insuficiente para expresar todo lo que siento.
—Te amo tanto —susurro contra sus labios, mi voz quebrándose con la emoción mientras la rodeo con mis brazos, y la atraigo hacia hasta sentarla en mi regazo. Ella se hunde en el abrazo, su cuerpo temblando contra el mío.
—¿Estás… bien con esto? —murmura, su tono lleno de inseguridad, una sombra de duda que no debería estar allí, pero que comprendo. A pesar de todo lo que hemos compartido, todavía teme que mi amor no sea suficiente para abarcar esta nueva realidad.
La miro, tomando su rostro entre mis manos, y acaricio sus mejillas con los pulgares, limpiando las lágrimas que caen de sus ojos.
—¿Lo dudas? —pregunto suavemente, mi voz entrecortada mientras intento contener mis propias lágrimas— Regina, no puedo ni encontrar las palabras para decirte lo feliz que me haces.
Ella parpadea, sus labios temblando mientras me escucha, y siento su miedo comenzar a disiparse.
—Esto… esto es un regalo tan maravilloso —continúo, mi tono sincero y lleno de emoción—Un hijo, Regina. Una parte de mí creciendo dentro de ti… nuestro amor, hecho vida. No hay nada en el mundo que desee más que esto.
Sus ojos se llenan nuevamente de lágrimas, pero esta vez no son de miedo, hay algo más. La tengo entre mis brazos, temblando, su cuerpo un revoltijo de emociones desbordadas que no intenta ocultar. Cada sollozo suyo se hunde en mi pecho, haciéndome sentir su dolor, su miedo, su desesperación acumulada. Mis manos recorren su espalda con lentitud, tratando de calmarla, pero no estoy segura de quién está consolando a quién en este momento.
—Lo siento tanto —susurra de repente, su voz quebrada y apenas audible
Mi corazón se detiene. ¿Lo siente? ¿Por qué? Me aparto un poco, lo justo para mirar su rostro bañado en lágrimas, y la desesperación en sus ojos me golpea.
—Debí buscarte mejor… No lo hice bien.
—Cariño no es tu culpa… no.
Sus labios tiemblan, y puedo sentir el peso de lo que está a punto de decirme antes de que siquiera pronuncie una palabra.
—Emma… —su voz es apenas un susurro— Durante tres meses creí que estabas muerta.
El aire se congela en mis pulmones. Tres meses. Mi mente lucha por procesar esas palabras, por comprender el abismo de tiempo que ha pasado sin que yo lo supiera. Tres meses en los que Regina ha cargado con un dolor inimaginable, creyendo que me había perdido para siempre.
—¿Tres meses? —mi voz es un eco hueco, lleno de incredulidad— Regina, yo…
Ella asiente lentamente, sus lágrimas cayendo en silencio.
—Fueron los tres meses más largos y oscuros de mi vida. Perdí toda esperanza, Emma. Pensé que nunca volvería a verte, que nunca más te abrazaría, que nunca te diría cuánto… —su voz se rompe, y su cuerpo tiembla mientras intenta contener los sollozos.
Mi corazón se hunde, aplastado por el peso de su dolor. La abrazo y sus lágrimas empapan mi cuello, y cada estremecimiento de su cuerpo es un recordatorio de todo lo que ha cargado sola. El peso de esa soledad, de haber creído que me había perdido para siempre, me aplasta. Intento imaginar lo que sintió al enfrentar la noticia de que una vida estaba creciendo dentro de ella mientras pensaba que yo ya no estaba. Si las cosas hubieran sido al revés, si hubiera sido yo quien la creyera muerta, no habría sobrevivido.
Cierro los ojos, apretándola con más fuerza contra mí, como si al hacerlo pudiera absorber algo de su dolor, arrancarle esa carga que lleva dentro. Su llanto se intensifica, su cuerpo se sacude con cada respiración entrecortada, y me doy cuenta de cuán frágil se siente en mis brazos. Mi Regina, siempre tan fuerte, tan orgullosa, ahora rota en un millón de pedazos por mi culpa.
—Tenía… tanto miedo —susurra de repente, su voz quebrada y apenas audible.
La voz se me atasca en la garganta. Trato de responder, pero no encuentro palabras. ¿Cómo le explico que nunca imaginé su sufrimiento? Que mientras yo estaba perdida en la nada, su mundo se estaba desmoronando. No puedo imaginar su dolor, pero lo siento ahora, latiendo entre nosotras como una verdad imposible de ignorar.
—Miedo de tener que hacerlo sola… —continúa, y sus palabras se quiebran bajo el peso de su angustia— Pensé que te había perdido para siempre, Emma.
—Regina… —susurro, pero ella niega con la cabeza, su cabello rozando mis mejillas mientras se separa.
—No, déjame decirlo —insiste, su voz temblando mientras lucha por mantener la compostura— Cuando creí que habías muerto, algo dentro de mí también murió. Pensé que nunca podría volver a ser fuerte. Me sentí tan sola, Emma… tan vacía.
Las lágrimas nublan mi visión, pero no las detengo. Me inclino y presiono mi frente contra la suya, cerrando los ojos, dejando que su confesión se asiente entre nosotras.
—No sé cómo pudiste hacerlo —susurro, apenas capaz de hablar por la emoción que me ahoga—. Yo… yo no habría podido.
—No lo hice por mí, Emma. Lo hice por … por nuestros hijos.
Acaricio su cabello, deslizando mis dedos con cuidado, mientras mi otra mano reposa sobre su vientre, donde una vida comienza a florecer. La sensación de su piel bajo la mía, de su vulnerabilidad entrelazada con mi fortaleza, me llena de un amor tan profundo que me parece inagotable.
—La madre de mis hijos —murmuro, mi voz temblando por la emoción— Mi reina. Mi dueña.
Ella suelta un sollozo profundo y se lanza a mis brazos, aferrándose a mí como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento. Su cuerpo tiembla mientras llora, y yo la sostengo con fuerza, permitiendo que todo su dolor fluya, sin intentar detenerlo.
—Tus palabras… —comienza, su voz suave y rota— No sabes cuánto significan para mí. Pensé que nunca volvería a sentirme completa, pero aquí estás. Tú y nuestros hijos… Me siento tan feliz.
Mis lágrimas caen libres mientras la sostengo con más fuerza, como si pudiera protegerla de todo lo que la lastimó. Me inclino hacia ella, dejando un beso suave en su frente
—Estoy aquí —le digo, mi voz un susurro cargado de promesas—No habrá un solo día en este mundo en que vuelvas a estar sola, Regina. Te lo prometo.
Ella me mira, sus ojos brillando con algo más que lágrimas. Es amor, puro y poderoso, y siento que ese amor me envuelve como una cálida manta.
—Siempre juntas—murmura con la voz temblorosa.
Mis manos acarician sus mejillas, secando sus lágrimas mientras mi frente se inclina hasta rozar la suya. Le sonrío, una sonrisa suave y sincera, cargada con todo el amor que tengo para darle.
—Siempre Gina— su nombre se escapa de mis labios como una súplica, como una oración
Nos quedamos así, abrazadas en el centro de la cama, dejando que el mundo exterior se desvanezca. No hay nada más que este momento, este amor que nos une, y la promesa silenciosa de que, pase lo que pase, nunca volveremos a estar solas.
Y sé, en lo más profundo de mi ser, que nunca seré más feliz que ahora, en sus brazos, siendo suya y sintiéndola mía.
Siempre juntas.
Fin...
Mis queridos aventureros, ¡hemos llegado al final! Gracias, gracias a cada uno de ustedes que me acompañó capítulo tras capítulo.
