41. La verdadera Libertad, parte I
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Disclaimer: Los personajes que se desmiembran o cambian de personalidad a lo largo de la historia pertenecen a la obra del célebre Mangaka Hiro Mashima. Este Fanfiction está basado en una serie derivada y secuela de su Manga principal Fairy Tail, llamada Fairy Tail: 100 Years Quest. Contiene varios hechos canónicos dentro de la obra. No obstante, varios personajes, personalidades, habilidades y escenarios puede que estén fuera de este.
¡Primer cap del nuevo arco narrativo!
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…
El aire estaba cargado con un aroma dulce, un indicio de flores que no podía ver, y el murmullo de un arroyo cercano componía la sinfonía de aquel lugar. Pero lo que más llamaba la atención era la melodía de una ocarina, flotando en el aire como un hilo de seda. Natsu, con los ojos entrecerrados, se dejó envolver por esa sensación agridulce. Sentía el peso de su cuerpo pequeño, medio dormido, acunado por unos brazos cálidos. El rostro de la mujer que lo sostenía se desdibuja como un recuerdo lejano, imposible de fijar.
«… ¿Dónde estoy?... »
La sombra del gran árbol bajo el que estaban sentados parecía abrazar a los tres: a él, a Zeref, que jugaba con unas ramitas a su lado, y a su madre, que balanceaba la ocarina entre sus manos, tocando una canción de cuna. Era un árbol que no debería estar allí, donde antes solo había un vacío. Recordaba el peñasco, aunque el sueño no lo presentaba del todo claro. Esa ladera había sido testigo de algo importante antes… algo con alas.
—Zeref —la voz de la mujer, dulce y joven, se filtró entre los acordes—, nunca olvides lo que te he dicho. Natsu te necesita. Eres su hermano mayor, y tu deber es protegerlo, cueste lo que cueste.
El pequeño Natsu sintió un calor abrasador, no de amor o confort, sino de ira. El dolor que sentía cuando la canción de cuna arañaba sus oídos, como si pudiera hacerlos sangrar sólo con el sonido.
La melodía seguía sonando, insistente, aunque los dedos de su madre ya no tocaban la ocarina. Su mirada infantil se clavó en su cuello, con toda la intención de ahorcarla para que se callara, pero lo único que consiguió fue tomar la pequeña esmeralda que colgaba del cuello de la mujer, sin fuerzas suficientes para tirar de ella.
«¡Por lo que más quieras, ¡Alto!... »
La canción persistía, como si los árboles y el viento la hubieran atrapado en un bucle eterno. Incluso Zeref parecía inquieto, sus manos apretando con fuerza las ramitas hasta que se partieron con un crujido seco.
El aire cambió, denso y oscuro. El árbol comenzó a moverse, sus ramas extendiéndose como garras, su tronco retorciéndose hasta adquirir la forma espantosa de un monstruo que Natsu conocía demasiado bien.
«¡Eres TÚ… »
Los brazos cálidos de su madre desaparecieron, dejando solo un vacío frío y punzante.
Un rugido silencioso llenó el aire mientras el rostro de la figura de madera se inclinaba hacia él. La rabia y el miedo lo consumían. Quiso gritar, pero no pudo.
—Natsu, hermano, es hora de despertar…—era la voz de Zeref, no la del infante, sino la del adulto, aquel que se ganó con ahínco su desprecio…
…
—¡Ahj-ahj… ahj-ahj!...
Natsu despertó bruscamente, jadeando, en la penumbra de su rincón del campamento. Su cuerpo estaba cubierto de sudor, y el sonido de la ocarina aún resonaba en sus oídos. Por un instante, creyó sentir la presencia oscura del árbol, sólo para darse cuenta que no era otra que Ophis, que lo miraba con gran curiosidad…
—... Es inusual que sueñes justo ahora que la luna está normal—dijo la niña dragón, omitiendo el saludo y señalando al cielo con el dedo índice de su único brazo—. La luna recuperó su color normal hace horas y sin embargo, esta vez tardaste más en recobrar la conciencia. Es… interesante—susurro vacilante.
Natsu elevó sus ojos al cielo y comprobó que el morado causado por la liberación de Reticulum ya se había ido. Rápidamente frunció el ceño al sentir una vez más el doloroso repiqueteo de la melodía de sus sueños.
—Quieres… ¡¿Callar esa música de una vez?!—Natsu escupió con mal humor.
—Nadie está tocando música—Replicó Ophis, sin perder la compostura y ahora señalando las sientes de Natsu.
Al tocarse, el jóven se percató que brotaban hilos de sangre de sus orejas…
—Dejaré pasar esa última insolencia sólo porque es interesante—Ophis anunció con vanidad y una expresión maliciosa—. Es muy interesante…—repitió curiosa, de la manera que solo ella sabía decirlo.
…
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…
Reino de Minstrel, 3 de Enero, año X793…
—¡Vamos, empiecen a mover esas carretas! La hora de descansar ha terminado.
Los soldados del consejo mágico se levantaron con pesadez mientras obedecían las órdenes con desgano. La caravana se reactivó y todo el personal reanudó sus labores.
«… ¡¿Nos perdimos las fiestas de fin de año por esto?!... »
El final del año X792 también significaba una profunda reestructuración del Consejo Mágico. Con las reformas de Jura, Warrod, Draculos y Wolfheim, se buscaba estrechar la cooperación entre las distintas ramas del consejo mágico dentro del continente. Dicha unión era una necesidad creciente por el difícil contexto internacional que se estaba formando, con la situación de la Isla Foglie al límite y Fiore agredida por todos sus rivales.
—Muy bien, aquí hay otro Códice necesitado de traducción, de hace más de dos siglos. ¡Más horas de diversión!—celebró el Monje.
Jura Neekis lo decía en serio. Su educación como monje le permitia disfrutar genuinamente con el sencillo placer de desentrañar conocimiento antiguo y preservarlo para el futuro. Era un entretenimiento adecuado para pasar la aburrida tarea de supervisión que debía cumplir.
La caravana recorría el sur del País de Minstrel, muy cerca a la frontera con Midi. Cargaban consigo cajas de seguridad llenas de artefactos peligrosos y magias prohibidas. Con la creciente agitación revolucionaria en su país de origen, Jura vió conveniente sacar esos objetos de la rama Fiore y trasladarlos a una ubicación más segura, pues el contenido de las bóvedas de secretos tenía el potencial de causar una crisis a escala nacional.
La urgencia de este trabajo obligó a realizar el viaje justo para navidad y año nuevo, algo que no hizo mucha gracia a los funcionarios designados para la ingrata tarea.
"Trabajar en año nuevo, ¡Qué idea tan estúpida!"
—Señor…
—¡Ah, Zabriel!—Jura lo saludó—¿Qué noticias me traes?
—La Caravana va a reanudar su marcha.
—¡Estupendo!, entre más pronto lleguemos, más pronto regresaremos—replicó Jura con simpatía.
Cómo compañero de viaje, Jura tenía a Zabriel, un jóven culto y de cierto nivel educativo, pero forzado a tomar un empleo de soldado para mantener a su creciente familia…
—Imagino que cómo todos aquí, tú también preferirías pasar las fiestas en otro lado…
—No voy a mentirle, definitivamente esto no es lo que había imaginado para año nuevo—Zabriel comentó con ironía—. Por otro lado, si me permite decirlo, señor, este trabajo parece hecho para usted. ¡Usted está totalmente en su elemento!
—Siii, puede que tengas razón…—Jura vaciló.
Últimamente reflexionaba mucho de cómo su condición de monje resultó ideal para ser un buen burócrata para el Consejo Mágico, porque al final, descubrió amargamente que el título de mago santo no era más que un eufemismo para su nueva condición… "Los cuatro dioses de Ishgar" los habían llamado, pero mejor les quedaba "Los cuatro dioses burócratas de Ishgar".
Ambos se acomodaron para reanudar el viaje. Zabriel fue asignado como guardaespaldas y asistente de Jura, un puesto más ceremonial que otra cosa, pues Jura lo último que necesitaba era seguridad adicional… El joven no podía negar que se trataba de un buen trabajo, pues este le permitía viajar relajadamente junto al Monje en el vagón privado de la capitanía, disfrutando de un cómodo asiento y material de lectura más que interesante para matar el tiempo…
—¿Qué lee, señor?—Zabriel preguntó con curiosidad.
—Es un viejo Códice, ¡del año X530!…—Jura no ocultó su satisfacción, mientras consultaba su inseparable diccionario—Es un tratado sobre magia arcana antigua. Esta sección en particular está dedicada a la documentación de los trabajos de Zeref Dragneel… —Jura hizo una pausa al toparse con la mirada reprobatoria de Zabriel—Sí, el infame mago oscuro. Resulta fascinante, porque incluye referencias que no se encuentran en los textos comunes.
Zabriel arqueó una ceja. No era un erudito, pero sabía suficiente de las leyendas de Zeref como para sentir tanto repulsión visceral como irresistible curiosidad por ese conocimiento, cosa que tenía en común con Jura. Incluso muerto, Zeref no dejaba de causar polémica con su legado.
—¿Usted tiene interés en esa clase de estudios?
—Si. Me ha interesado bastante desde siempre. Lamentablemente, por las acciones de Jellal Fernandes cuando era miembro del consejo, no está para nada bien visto el estudio de cualquier cosa relacionada con el Mago Oscuro…—reconoció Jura.
Zabriel pensó un momento corto antes de continuar.
—Supongo que ahora que Zeref está muerto, este conocimiento ya no se considera tan peligroso como antes…
—Es interesante. En el continente de Alakitasia, muchos pueblos temen y veneran a E.N.D. Más que como el mal, lo consideran una herramienta de caos necesario para que el mundo pueda evolucionar, algo así como una fuerza de la naturaleza… Tengo entendido que durante su reinado, Zeref persiguió y prohibió estos cultos.
—Zeref, el Mago Oscuro, el Emperador de Álvarez, amo de occidente… el creador de los Etherias—Zabriel recitó los títulos de susodicho—E.N.D. fue el más misterioso, ¿no? El quinceavo y último de ellos—comentó Zabriel, con cierta admiración disfrazada de prudencia.
Jura dejó de leer y levantó la mirada, esbozando una ligera sonrisa.
—¡Ah, Zabriel, ahí tienes un detalle curioso! En la mayoría de los textos se describe a E.N.D. como el décimo quinto y último Etherias, y a Lullaby como el primero. Sin embargo…—hizo una pausa, inclinándose ligeramente hacia él como si fuera a contarle un secreto—... la mayoría de estos textos provienen de traducciones post-imperiales. En mis viajes a occidente, he tenido acceso a manuscritos en su idioma original. En ellos, E.N.D. es el decimocuarto y Lullaby es el último.
Zabriel parpadeó, desconcertado.
—Eso no tiene sentido… ¿Por qué lo traducirían de manera diferente?
—Ah, esa es la gran pregunta—respondió Jura, entusiasmado—. Algunos creen que fue un error de los traductores, otros piensan que es una modificación intencional para confundir a quienes intenten recuperar los secretos de Zeref. Por eso siempre insisto en que es crucial revisar las fuentes originales. ¡Es un rompecabezas que podría revelar más de lo que imaginamos sobre las intenciones del mago oscuro!
—¿Y usted qué piensa, señor? ¿Cuál es la verdad?
—La verdad, Zabriel, está enterrada en capas de historia y leyenda. Pero no importa cuál sea, estoy seguro de que no nos gustará descubrirla. Zeref no era solo un mago oscuro, era un visionario, uno con un entendimiento de la magia que superaba a todos los demás. Y ese conocimiento, en las manos equivocadas, podría ser nuestra ruina…
—Y henos aquí a nosotros, hablando de ello tan ligeramente…
—Oh, es más como un Hobby para mí, debo decir. Si es que el tal E.N.D. existió realmente ya no importa, pues al morir Zeref, todos sus Etherias murieron con él…—Bromeó el Monje…
¡CRACK!...
El vagón de Jura y Zabriel se sacudió violentamente, lanzando los códices y las pertenencias al suelo. Un grito gutural de auxilio proveniente del exterior y el estrépito del metal chocando inundaron el aire.
—¡¿Señor?!
—¡En guardia!—Jura ordenó.
Ambos hombres se levantaron de inmediato, Zabriel desenfundando su espada mientras Jura, con el semblante serio, apretaba los puños. Salieron del vagón a toda prisa, solo para encontrarse con un escenario caótico: Soldados desparramados, algunos heridos, otros retrocediendo con cautela mientras rodeaban al responsable de aquel alboroto.
En el centro del tumulto, un hombre encapuchado con una túnica negra completa permanecía inmóvil, su figura irradiando una autoridad inquietante. Los bordes de su túnica ondeaban, aunque no había viento, y debajo de la capucha asomaba una sonrisa malvada, más visible que tangible, como si su mera presencia deformara la luz a su alrededor. Los soldados mantenían sus armas apuntadas hacia él, pero nadie se atrevía a acercarse.
—¡Detente de inmediato o serás reducido!—gritó un oficial del Consejo, su voz apenas disimulando el temblor.
El encapuchado inclinó ligeramente la cabeza, casi con curiosidad, pero no respondió. Entonces, sin previo aviso, levantó una mano delgada y pálida, y el aire pareció volverse denso y pesado, como si el tiempo mismo se detuviera alrededor de la caravana.
—¡Baja las manos e identifícate!—demandó Jura, avanzando un paso al frente mientras Zabriel permanecía a su diestra, con los ojos llenos de tensión—. El sólo hecho de haber atacado esta Caravana te hace pasible a ser arrestado. ¡Explícate o las consecuencias aumentarán!
El extraño giró la cabeza hacia Jura, su sonrisa ensanchándose en un gesto que era tanto humano como monstruoso. No dijo una palabra, pero algo en sus ojos —un brillo sobrenatural que parecía atravesar la capucha— le provocó un escalofrío incluso al monje más sabio de Ishgar…
—La violencia no es necesaria—replicó el encapuchado, con una diversión perturbadora en su tono, como si disfrutara de un chiste que solo él entendía… —Las almas blancas viajan al libre cielo…
Jura entrecerró los ojos, estudiándolo con precaución, pero antes de que pudiera responder, el extraño levantó ambas manos en un gesto teatral, como si presentara un espectáculo. En un instante, una onda de luz blanca y pesada se expandió desde él, un aire cargado de magia que invadió la caravana con una fuerza abrumadora.
—¡¿Qué está haciendo?!... ¡Angh…!—gritó Zabriel, antes de caer de rodillas, su rostro contorsionado en una mueca de puro éxtasis y dolor…
"... Aaaahhh… ahhhh… se siente… ¡Se siente tan bien que creo que voy a morir!... "
Un coro de jadeos y gemidos desesperados resonó a su alrededor mientras los soldados yacían en el suelo, retorciéndose como si fueran víctimas de un hechizo inescapable. Sus cuerpos temblaban, atrapados en una agonía que era tanto física como emocional. Jura los observó con desconcierto y rápidamente su memoria le recordó haber visto un fenómeno parecido durante la guerra con el Imperio Álvarez…
—Mi magia es placer…—el extraño habló con vanidad—Y aquellos que lo conocen no pueden escapar de ella…
Bajo la influencia de la magia, el mundo parecía un torbellino embriagador de sensaciones irreprimibles. Las víctimas, atrapadas en un trance irresistible, sentían cómo su voluntad se desmoronaba bajo un océano de deseos oscuros y voluptuosos. Cada aliento se convertía en un susurro de éxtasis, cada roce en una caricia electrizante que recorría sus cuerpos como fuego líquido. Sus mentes, inundadas de placeres prohibidos, ya no distinguían entre el goce y el tormento. Era una danza macabra, una sinfonía carnal que arrancaba gemidos de éxtasis de las almas más puras, arrastrándolas hacia un abismo donde el placer y la corrupción eran una misma entidad. En ese estado, sus cuerpos se entregaban al caos, esclavizados por la dulzura agonizante de una magia que convertía la vida en una tortura sensual interminable.
—Ya comprendo… Durante la guerra pasada. ¡De manera que fuiste tú!—Jura acusó—. Usar los deseos bajos de las personas para torturarlas, ¡Repugnante!—Jura se asqueó.
Jura observó, inmóvil, mientras la magia se extendía. Podía sentir la energía densa y opresiva a su alrededor, pero para su sorpresa, no lo afectaba. La onda parecía desvanecerse al tocarlo, como agua que chocaba contra una roca firme. El encapuchado, al notar su inmunidad, inclinó la cabeza ligeramente, como si lo evaluara.
—Curioso…—murmuró el extraño, con su sonrisa ampliándose aún más—. No puedo sentir ni un ápice de deseo en ti. Qué decepcionante. Eres... vacío.
—"El sabio no se deleita en los placeres sensuales, pues ve el peligro en ellos y comprende la verdadera libertad."—Jura le respondió con un proverbio.
—¡Oh, ya entiendo! Eres un Monje después de todo, tiene sentido que no conozcas el placer…—el extraño se burló—Supongo que debería felicitarte por tu restricción…
Jura mantuvo su compostura, aunque su mente trabajaba rápidamente. Había oído hablar de magias similares: Hechizos que explotaban los deseos más profundos de las personas, llevándolos a un estado de euforia destructiva. Este poder era diferente, más refinado, más insidioso.
—¿Qué clase de monstruo eres?—preguntó Jura con calma, avanzando un paso hacia el encapuchado mientras el caos reinaba a su alrededor. Zabriel yacía cerca, jadeando, incapaz de moverse, como los demás.
El encapuchado soltó una risa suave, casi tierna, que contrastaba cruelmente con la escena.
—¿Un monstruo? No, no… Soy un liberador—respondió, extendiendo los brazos con teatralidad—. Les he mostrado el camino hacia la verdadera libertad. El placer supremo… y el tormento que siempre lo acompaña.
«… Muy bien, aquí voy… » Jura aprovechó su distracción y quiso lanzar un hechizo de tierra. El encapuchado se percató y lanzó una cruel advertencia:
—Ah, ah, ah… Yo no intentaría nada raro si fuera tú. Sólo necesito un chasquido de mis dedos para llevarlos a todos a una muerte placentera… ¿No quieres eso, verdad?
Jura se detuvo y apretó los puños, su mirada fija en el extraño. A su alrededor, los soldados seguían cayendo presa de aquella magia, sus gritos mezclándose en un crescendo infernal.
«… Esto no puede continuar… », pensó. Debía actuar antes de que todos sucumbieran por completo.
—¡¿Qué es lo que quieres?!
—¿Yo?, nada importante. Sólo un objeto, ha de estar por aquí. —replicó el sujeto, repasando las carretas con la mirada—No te preocupes, ¡Lo tomaré y me iré en paz! No tengo nada contra ustedes… —el hombre hizo una pausa siniestra, para luego cambiar su aparente despreocupación por un odio intenso en su voz… —¡Al que voy a matar es a él!—declaró rabioso, sin dar a entender de quién hablaba.
—¿De quién hab…
—¡Sí, "él"…
El encapuchado, que hasta ahora mantenía un semblante controlado, comenzó a temblar. Una risa histérica y quebrada brotó de su garganta, una mezcla de burla y desesperación. Levantó una mano hacia el cielo mientras su voz resonaba con rabia.
—... ¡Él! ¡Siempre él! ¡El favorito, el bendecido, sólo por el hecho de nacer!—escupió con veneno, sus palabras cargadas de un odio que parecía consumirlo desde dentro. Su respiración era errática, su postura rígida, como si estuviera atrapado entre un arrebato de ira y un profundo dolor—. Yo fui el que lo sirvió, el que lo veneró, el que lo amó como un verdadero hijo… ¡¿Y qué obtuve a cambio?! ¡Nada! ¡Siempre tú, siempre tú, SIEMPRE TÚ…!
De repente, el aire se volvió pesado, una presión insoportable que hacía temblar la tierra misma. Jura dio un paso atrás, sintiendo cómo la energía oscura cambiaba. Esta vez no era la seductora atracción de los deseos, sino un torrente puro de agonía, un dolor tan absoluto que parecía arrancar el alma.
—¡Espera…
—¿No conoces el placer de ninguna clase?—el sujeto soltó amenazante—Muy bien… ¡Si no puedo someterte con placer, será con dolor!
El encapuchado extendió ambos brazos, y una onda luminosa de energía blanca se desató desde su cuerpo, una marea de sufrimiento que se extendió como una explosión silenciosa…
—¡Aaaaarrrgh!—Jura no pudo resistirlo. El dolor lo golpeó como una ola ardiente que atravesaba su cuerpo y mente.
Cayó de rodillas, un grito desgarrador escapando de su garganta. A su alrededor, los soldados que ya estaban debilitados por el primer hechizo ahora gritaban en agonía absoluta, sus voces mezclándose en un coro infernal.
La visión de Jura comenzó a desvanecerse, su mente cedió ante el ataque implacable. Todo se volvió luz blanca, cegadora y abrasadora. Antes de perder el sentido, su última imagen fue la del encapuchado, que permanecía en el centro de todo, su risa ahora un grito desafiante que resonaba como un eco interminable en su mente.
"... Yo no quería hacer esto… ¡Ustedes me provocaron!... "
Jura abrió los ojos al cabo de unos minutos, sintiendo un dolor sordo en todo su cuerpo. Su reflejo de alerta activado al máximo se encontró con los gemidos de los soldados heridos. Zabriel se incorporó con dificultad, apoyándose en sus manos temblorosas mientras trataba de reunir sus pensamientos.
El encapuchado ya no estaba, y todas las carretas y cajas de seguridad estaban con las cerraduras rotas y las puertas abiertas de par en par. Con el corazón acelerado, Jura se puso de pie, tambaleándose, y gritó con autoridad:
—¡Revisen las cajas de seguridad de inmediato! ¡Quiero saber que se llevó!
Los soldados que podían moverse revisaron a las prisas, presionados por Jura, que apretaba los dientes con nerviosismo al imaginar toda clase de escenarios apocalípticos que provocaría uno sólo de esos objetos en las manos equivocadas.
Finalmente, Zabriel se acercó a informar a su señor…
—¡Buenas noticias! Sólo falta una cosa. El artículo #95 del inventario…—Zabriel anunció con despreocupación—jeje, sólo es una flauta de madera vieja… ¡Que alivio que no se trate de nada importante!
—¿Eh? ¡Déjame ver!—Jura se alteró.
El monje le quitó el registro de las manos y al observar el catálogo, se llenó de angustia.
«… No pudo ser esa misma… De todas maneras, ¡¿Para qué la quiere?! Esa cosa no ha mostrado ningúna reacción mágica desde que Fairy Tail acabó con ella hace años, ni siquiera cuando el mago oscuro murió… »
Jura puso un rostro tan pálido que desconcertó a Zabriel. El joven soldado ni siquiera se imaginaba el potencial desastre que podría causar el objeto robado.
—¿Para qué querría llevarse una flauta de madera vieja?
—No era sólo una flauta de madera…—le corrigió el monje. Jura tenía una expresión de profunda preocupación y tras varios minutos de sudores fríos, el monje retomó el control:—. ¡Todo el mundo arriba!—gritó con autoridad.
«… Debo reportar esto al Consejo Mágico, pero primero hay que reorganizar la caravana… ¡Ahora mismo estamos indefensos gracias al ataque de ese demente y nada garantiza que más saqueadores nos estén observando!... »
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Reino de Minstrel, 6 de Enero, año X793…
La primera vez que ocurrió, Natsu no soñó nada, no experimentó ninguna reacción ni incomodidad. La única que se percató de un pequeño cambio en la coloración de su Iris fue Lucy. El verde esmeralda de sus ojos se tornó púrpura, en lo que la joven creyó producto de su imaginación. Pero la segunda fue la más traumática de todas. Para su suerte, sin duda no había nada más atemorizante que la rememoración de tu propia muerte. Eso significaba que las demás no serían peores, pero por supuesto que no mejores. La tercera vez, por ejemplo, una imagen aterradora de la última vez que su "hermano" experimentó con él en aquella infame cápsula de gestación.
Tener que hacer el esfuerzo consciente de recordar cada pesadilla era un ejercicio molesto y de autoflagelación para Natsu, pero acabó haciéndolo igualmente. Happy insistió en que aquel acto era "terapéutico" y que valía la pena hacerlo. A veces Natsu pensaba que el interés de Happy estaba más por intercambiar sus pesadillas por los secretos oscuros que Ophis había ofrecido a cambio de este conocimiento…
—Ya sabes cuál es mi precio, nene… Un intercambio justo: TODOS tus secretos a cambio de UN POCO de los míos…
—¡¿Yo voy a decirte todo y tu apenas nada?!... ¡¿Qué tiene de "justo" ese intercambio?!
—¿Qué? Mis secretos son costosos. Después de todo, yo soy un dragón y tú eres un gusano, ¡Deberían sentirse honrados de poder siquiera oír un poco de los secretos que protejo!...
Ophis por supuesto escuchaba con gran interés, pero haciendo el esfuerzo de que su sonrisa de curiosidad no se asomara en ningún momento. Los detalles de la tercera vez eran jugosos y pensó que si Natsu se concentraba en ellos, quizá podría recordar más… quizá incluso el cómo repetir el experimento.
Crux, Caelum, Sagitta, Equuleus, Circinus, Scutum, Reticulum… 7 partes del alma de Ophis ya habían sido encontradas y cada una, con excepción de la primera, trajeron consigo una pesadilla nueva para atormentar a Natsu.
—... Diría que la cuarta, Equuleus, fue la menos mala…—dijo Natsu, antes de proseguir el relato.
La niña dragón oscila los ojos de aburrimiento por La cuarta luna morada, la dura despedida de los dragon-slayers y sus padres dragón, como si aquel fragmento del pasado careciera de interés. La quinta eleva su ánimo por el relato cuando Ophis se da cuenta que se trata de la ceremonia en la que Igneel y los cinco bendijeron a los niños con su poder. Aunque su rostro seguía estoico, un leve temblor en sus dedos delataba un poco de su renovado entusiasmo.
«… Si su cuerpo tuvo esa reacción por el choque de energías antagónicas… Una confirmación más de la biotransferencia dragon-slayer… interesante… »
Pero la sexta… La sexta pesadilla hizo perder los estribos a Ophis cuando Natsu mencionó la aparición de Hyrum, el ángel del dios Ankshseram que les perseguía…
—¡Lo juro por dios, yo no tenía idea que era él! ¡NO LO SABÍA, coff-coff…—Ophis ya tenía a Natsu sometido en el suelo y ejerciendo su dominio mágico sobre la marca del contrato mientras lo fulminaba con una mirada asesina.
—¡Ya suéltalo!—Happy chilló—¡Está diciendo la verdad!
Happy también quedó muy afectado con la revelación de los sueños de Natsu. El Exceed no pudo evitar sentirse un poco decepcionado de que su amigo le hubiese ocultado esto por meses. Siempre que preguntaba y mostraba preocupación por Natsu acerca del tema, él minimizaba todo y se lo guardaba para sí, lo cual frustraba mucho a Happy. ¿Acaso no era digno de confianza? Desde su perspectiva, el Exceed había demostrado en más de una ocasión ser un confidente leal.
«¿Acaso estará resentido por haberle dicho a Porlyusica y los otros sobre el libro de E.N.D.? ¡Pero si gracias a eso salvamos su vida!... » Happy pensó triste.
Ophis finalmente se tranquilizó al analizar la evidencia, aunque no por ello su desconfianza disminuyó. El dragón era en extremo paranoico y creía ver la traición en cada esquina…
—Bueno, supongo que esto sólo confirma lo que ya sabíamos…—Ophis habló con cautela—. En varias ocasiones, ese maldito manifestó conocerte. Yo había especulado que era un resquicio de hace 400 años, quizá relacionado con tu hermano, pero todo parece indicar que hay una conexión más profunda… Es peligroso…
—¿Peligroso.. coff-coff—musitó Natsu, todavía agitado por el estrangulamiento previo.
—Si. Significa que no sólo me persiguen a mí, sino que a partir de ahora, a tí también…—La sentencia de Ophis causó un escalofrío en Natsu y Happy…—¿No agradeces ahora que use mis dones para ocultar tu presencia con la mía?—replicó Ophis, con un aire de superioridad.
—¡Glubs!... Gracias, supongo—dijo Natsu, con una mezcla de nerviosismo y confusión.
—... Si Hyrum te salvó de morir cuando eras niño, ¿Por qué ahora quiere matarnos?—dijo Happy en tono de queja.
«¿Qué no es obvio? ¡Es porque ahora llevas al diablo en tu carne!... »
A diferencia de otras ocasiones, Ophis optó por guardarse su comentario hiriente para sí misma. En los casi cuatro meses que llevaba con ellos, sus limitaciones de poder le habían obligado a pensar en un liderazgo más estratégico y priorizar lo práctico. Sabía que el recordarle a Natsu su naturaleza demoníaca oculta lo deprimía y arruinaba su carácter, y si bien Ophis disfrutaba de provocarle dolor emocional, el resultado no compensaba dicho placer, ya que Natsu se ponía irritable, desobediente y poco dispuesto a cooperar en las tareas de búsqueda…
—Olvida eso—dijo Ophis—. Sigue hablando.
—¿Uh?
—Tus sueños. Falta uno—replicó Ophis con impaciencia—Dime lo que soñaste la noche del 21 de diciembre, cuando encontramos el fragmento de Reticulum…
—Oh, eso…—Natsu relajó su expresión—. No creo que te interese, no pasa nada importante… es algo más… ¿Personal?
—Eso no lo sabes. Dime y yo veré si es algo interesante o no—Ophis insistió, con impaciencia contenida.
Natsu mostró gran incomodidad y algo de irritación subyacente, pero empezó a relatar el sueño parte por parte. El ser arrullado por aquella mujer y el infante Zeref, la canción que le torturaba los oídos y la imagen del monstruo árbol…
—Oh, a eso te referías con la música que te hace sangrar los oídos… Si, tenías algo de razón—Ophis concluyó—Nada demasiado prolijo, salvó por la música…
Natsu asintió con la cabeza, pero Happy se escandalizó e interrumpió a ambos:
—¡Claro que es importante!—Happy exclamó—Natsu, esa mujer con la que sueñas, ¡es tu mamá!
—Si… supongo—Natsu musitó, con visible incomodidad.
Happy no concebía esa actitud evasiva del joven. Natsu se sentía particularmente desconectado de aquella imagen. Siempre había observado la adoración de Lucy por el recuerdo de su madre como algo equivalente a lo que él sentía por su querido Igneel. Sin embargo, ahora aparecían estos nuevos resquicios en su memoria, que lo abrumaban y llenaban de dudas, y su mente aún inmadura no le permitía procesar el hecho de que era hijo de otra aparte del dragón.
Quizá era un miedo inconsciente a reconocer que tenía más en común con Zeref de lo que quería admitir…
—¡Definitivamente es un recuerdo valioso!—Happy declaró, insistiendo en su tesis.
—Yo no lo creo. No creo que sea algo importante—Natsu se mostró de acuerdo con Ophis—. Es más, ¡ni siquiera creo que sea un recuerdo real!
—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡Es tu MAMÁ!—Happy siguió hurgando en esa herida.
Ophis se deleitaba con las dudas y sufrimiento emocional de Natsu y permitió que sus subordinados se enredasen en esa discusión, dejándola de lado por el momento.
—Por el árbol—Natsu replicó—, no debería estar allí.
—¿Qué quieres decir?—Hapoy bajó el tono de sus acusaciones.
—Era el mismo lugar donde Hyrum nos salvó…—Natsu hizo una pausa al recordar el trauma—En ese peñasco no había un árbol, y en el último sueño sí. Soy tonto, pero no tanto como para no darme cuenta que un árbol no puede crecer tan rápido y aparecer de la noche a la mañana…
Happy se detuvo a repensar el pasaje. Natsu parecía tener razón, ambos hermanos eran infantes en ambos sueños y no era plausible que un árbol de ese tamaño creciera tan pronto. Ophis decidió que ya había permanecido en silencio el tiempo suficiente.
—Es un razonamiento sorprendentemente lógico, especialmente viniendo de tí, Dragneel—Ophis envolvió un elogio con un insulto.
—¿Qué significa?—Happy preguntó.
—Los sueños son en muchas ocasiones expresiones de los deseos y traumas ocultos en la mente—Ophis explicó—. Pueden mezclarse incluso con recuerdos del pasado, no es un fenómeno infrecuente…
—Entonces, ¿Quizá el monstruo árbol del final no sea real pero el resto sí?—Happy dudó.
—Puede ser.—Ophis replicó—Quizá el árbol signifique otra cosa…
Beep-Beep…
El trío fue repentinamente interrumpido por un pitido armónico intenso, proveniente del libro conocido como "Las Cámaras del sabio viajero", aquel artefacto mágico que ahora los guiaba en la búsqueda de los fragmentos del alma del dragón.
—¡Partimos de inmediato!
Ophis, como era de esperarse, reaccionó con prisa y dejó de lado todo lo demás. Aseguró el fardo que contenía su brazo amputado en su morral y se preparó para volar. El tener que cumplir su parte del trato tendría que esperar, al menos por ahora.
Unos momentos antes de alzar el vuelo, Happy detuvo a Natsu y le acorraló con algunas acusaciones:
—¿Por qué no me dijiste que te sangran las orejas al dormir?
—Pasó UNA vez, no es para tanto…
—Llevas soñando estás cosas por MESES, ¡Y nunca lo compartiste conmigo!—Happy respondió con enojo.
—¡Osh!... No es la gran cosa, ¡Pareces una reina del drama igual que Lucy!—Natsu le dió la espalda, irritado por ver ese comportamiento histérico también en Happy.
—¿Crees que no me doy cuenta?... Tus repentinos dolores de espalda, tus rodillas temblorosas… ¿Esa cosa en tu hombro ya ha sanado?
Natsu retrocedió un poco ante las acusaciones. Estaba seguro de haber sido lo bastante discreto para que nadie lo notara pero se notó. Su constante deterioro físico era el elefante en la habitación…
—No sé de qué hablas. ¡Yo estoy muy bien!—el jóven volvió a hacerse el desentendido como tantas otras veces, haciendo molinos con los brazos y otros estiramientos para disfrazar el dolor. Sin decir nada, Happy se acercó por detrás y presionó su hombro con fuerza… —¿Lo ves? ¡No me duele..eehiiii… !—Natsu dejó escapar un quejido cuando Happy le tocó. El Exceed tenía su mirada impresa con hastío reflejado en sus ojos cansados y entrecerrados. Natsu se sonrojó de la vergüenza y apartó la vista antes de volver a negarse:—¡Fíjate que ni sentí!
El Exceed se rindió ante su terquedad cuando Ophis se irritó por la tardanza y exigió emprender el vuelo de una vez…
—A todo esto, ¿Con qué clase de música estabas soñando como para sangrar por las orejas?—Happy preguntó por última vez, antes de cogerlo de la espalda para el vuelo.
—Sonaba como una canción de cuna…
Happy levantó una ceja con sorpresa, no tenía sentido algo así. Las canciones de cuna poseen melodías dulces para dormir a los recién nacidos y consolar a los niños pequeños, pero en Natsu eran el equivalente a una tortura. Happy estaba seguro de que como había dicho Ophis, todo tenía un significado: la ocarina, la melodía y el árbol.
De momento ninguno de los tres era capaz de descifrar su fuerte significado.
…
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En el espacio ahuecado de un oscuro claro que se escondía entre las siniestras sombras de árboles muertos que se mecían a causa de los constantes vientos, trabajaba un escultor. Tarareaba una melodía que pocas personas vivas reconocerían; la canción maldita de una tierra hecha no de materia, sino de pensamientos.
El escultor se detuvo, se alejó un momento para juzgar su obra, y no quedó contento.
La figura no captaba bien los rasgos. Sí, se veía amenazador y con toda clase de aumentos post-humanos capaces de brindar poderes imposibles, pero no conseguía acertar con algún eco del rostro que debía representar para su oscura apoteosis.
La estatua era de tejido humano, animal y de la sustancia de la que están hechos los pensamientos. La carne que la constituía la había obtenido de seres vivos y la empleaba como la arcilla de un escultor cuando lo consideraba oportuno. Al arte se le habían dedicado muchas horas de trabajo, sin prisas y con precisión, aunque a su destinatario le quedaban pocas horas de vida si no se terminaba a tiempo.
Aun así, no estaba bien.
No es que le importara que el portador de aquel envoltorio pudiese reconocerse en su nueva piel, pero estaba seguro que aquel infeliz cooperaría mejor si el escultor lograra capturar al menos un poco de su viejo ser.
El escultor era el único ser vivo en el sitio, al menos de momento. La oscuridad era tan completa, tan profunda, que para cualquiera que no tuviera una visión calorífica o sobrenatural era impenetrable. El escultor tenía un poco de ambas. Nadie más que él habría podido ver en ese lugar.
Antes se llamaba Clive y, aunque tenía muchos dones concedidos por la genética privilegiada de su padre, el alma humana ya no estaba entre ellos.
Tras el ataque a su aldea y muerta su madre, al chico le tocó un destino peor que la muerte. Antes de ser consumida, su conciencia se vio aplastada contra las esquinas oscuras sin utilizar de su mente, condenada para siempre a ser un testigo mudo de la destrucción que provocaría el nuevo amo de su cuerpo. Un momento antes, Clive era un niño, uno de los hijos de sangre de Gildarts; al siguiente, era una criatura del caos…
—Realmente no puedo capturar el rostro—concluyó con pesar.
—Llevas horas en esa cosa. ¡Dale una cabeza de monstruo y termina de una vez para ponerle el alma!—Una voz ronca y malhumorada le interrumpió, o creyó hacerlo. La criatura que usurpaba la carne de Clive notó la llegada de su compañero desde el primer momento.
Donde Raxhel era discreción dentro el cuerpo infantil de Clive, Axgo era todo lo contrario, exhibiendo su figura demoníaca en toda su gloria: Pezuñas blindadas, cuerpo robusto y musculoso, cuernos coronando un rostro monstruoso y alas enormes brotando de su espalda. Un duque demonio, nada menos.
—No voy a interrumpir mi arte sólo porque la inspiración no llega. Será pronto…—Raxhel volvió a dar un paso atrás y se bajó del taburete. Sus pies descalzos se movían lentamente sobre el suelo helado sin sentir molestias. Puso el mentón sobre su sangrienta mano y miró su trabajo con ojo crítico—Creo que casi lo tengo, ¿Ves?—dijo, y se puso a dar los últimos retoques…
Axgo sentía su ira crecer y desbordarse. Había transcurrido un buen tiempo desde la última vez que había tenido la oportunidad de consumir algún alma mortal, por lo que mantenerse en el plano material demandaba un gran esfuerzo. Era la única cosa que envidiaba de la patética envoltura mortal que ahora ocupaba Raxhel.
—¿Dónde está el otro sujeto?—Axgo volvió a demandar impaciente—¡Ya son semanas que no sabemos nada de él!
—Oh, no te preocupes, estoy convencido de que va a encontrarlos—replicó Raxhel, con una tranquilidad sólo propia de quien está seguro de algo.
—Si estás tan seguro de que puede rastrearlos ¡¿Por qué no vamos con él?!... ¿Cómo estás tan seguro de que no va a quedarse con nuestro premio?
—Él no tiene ningún interés en Ophis—dijo Raxhel con los labios de Clive—. Por otro lado, su odio es tan profundo que me conmovió y decidí dejarle disfrutar esta cacería en privado…
—¿Podrá con ellos?
—Eso no lo sabremos hasta ver el resultado.
—Una razón más para seguirlo de cerca. ¡Tanta energía desperdiciada en revivir a esa cosa!—Axgo se exasperó—Si de verdad puede encontrarlos, nosotros… YO debería estar allí para asegurar el éxito.
—¿Alguna vez has peleado con Ophis?—Raxhel esbozó una sonrisa burlona—¿De verdad crees poder vencerla?...
—¡Por supuesto!—Axgo afirmó—Sólo tiene 7 partes de su alma. Está débil. Y yo no soy un debilucho como tú. No fracasaré como tú…
Raxhel se inundó de cólera pero hizo el esfuerzo para no incurrir en el comportamiento caótico que su naturaleza le demandaba. Respiró hondo antes de dar una respuesta ingeniosa.
—Sólo tenía 3 partes de su alma cuando me venció, incluso con mi versión ascendida. No la subestimes, Axgo…
—No compares tu indigno intento de alcanzar la demonicidad de nivel superior con la verdadera demonicidad, ¡Mírame, perdedor!. Yo soy un verdadero Duque Demonio, y cuando llegue ese momento de enfrentarla…—Axgo fué interrumpido.
—Cuando ese momento llegue, seré el primero en reverenciarte si lo consigues, pero sino…—Raxhel hizo una pausa siniestra—Esta vez seré yo quien me quede con todo lo tuyo…
Cuando juzgó que el tamaño de la cara era el correcto, el escultor la cosió en su lugar, dejándola perfectamente tensada contra su nueva musculatura, casi como si fuera la parte original. La piel robada no se rebeló contra su nueva forma, adaptándose a los hilos de pelo animal que ahora la mantenían en su lugar. Raxhel dio un paso atrás y anunció, con un complacido silbido, que estaba satisfecho…
Ira, Odio, Vanidad, Envidia y Soberbia. El caos se arremolinaba en aquel claro y tras un último intento, Raxhel entonó su desesperante canto ritual usando la garganta de Clive, ordenando a miles de no-nacidos responder en especie y ligar sus energías a su obra. El portador destinado a aquella envoltura corrupta apareció de entre aquel mar de almas y empezó a gritar cuando sintió el éxtasis de miles de criaturas más antiguas que el propio tiempo mientras se derramaban sobre el vacío de su alma…
…
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Reino de Minstrel, 7 de Enero, año X793…
El vuelo del grupo liderado por Ophis los había llevado a través de vastas extensiones de campos verdes, un paisaje ondulado y vacío que parecía extenderse hasta donde la vista alcanzaba. La luz del sol daba al entorno un brillo casi irreal, pero la monotonía del terreno carecía de vida, con apenas rastros de árboles que rompieran el horizonte. A lo lejos, el verde terminaba abruptamente en un acantilado que ofrecía una vista imponente de una vasta cuenca, sus bordes desiguales hundidos en sombras profundas.
El artefacto mágico que guiaba había comenzado a emitir señales confusas, su brillo errático reflejaba la incertidumbre de su detección, titilando con intensidad y luego apagándose como si algo interfiriera con su magia, lo que llevó a Ophis a aterrizar con impaciencia para investigar más de cerca.
—¿Y bien? ¿Significa que encontramos otro?—Happy preguntó con cautela mientras examinaba el paisaje con la vista.
Ophis manipulaba el libro con una mezcla de confusión e impaciencia en su rostro. Hasta ahora, las Cámaras del sabio viajero, nunca le habían fallado, pero en esta ocasión, el panel de luz azul materializada tenía sus indicadores girando erráticamente y apagándose a cada momento, obligando a Ophis a cargar más de su magia en la llave holográfica del libro. La reacción del aparato era siempre la misma y Ophis frunció el ceño con enojo a medida que pasaba más tiempo sin ningún resultado.
«… ¿Qué pasa con esta cosa? ¿Acaso se descompuso?… »
Ahora Ophis agudizó sus sensaciones corporales para intentar sentir la presencia de algún fragmento, aún con lo doloroso que sería eso para ella. Si había alguno cerca, su cuerpo reaccionaría en consecuencia, causándole dolor y la sensación de ser quemada viva; Happy lo veía poco probable, ya que al recorrer el lugar con la vista, la verde superficie no tenía ningún lugar donde esconder nada, ninguna clase de gruta o roca importante salvo por el límite con la cordillera más alta.
—¿Natsu?—Happy se dio cuenta de que Natsu estaba extrañamente callado, con la mirada fija en el horizonte, hacia el acantilado que coronaba la cuenca. Su expresión era inusualmente seria, su rostro pálido como si hubiera visto un fantasma. Los ojos de Natsu parecían enfocados en algo invisible para los demás, como si una fuerza desconocida lo llamara desde las profundidades del abismo.
Antes de que Happy pudiera decir algo, Natsu se lanzó a correr en esa dirección, sin decir una palabra. Happy alzó las alas rápidamente para seguirlo, gritando su nombre, mientras Ophis, visiblemente molesta, cerró de golpe el artefacto guía y apretó los dientes, preparándose para seguir al impulsivo dragon-slayer.
—Maldita sea, Dragneel…
Usando la magia del contrato, el dragón podía fácilmente derribarlo al suelo con un sólo pensamiento, pero Ophis contuvo su furia al tener una idea diferente: "¿Y si encontró algún rastro del fragmento que yo no puedo sentir?".
Lo alcanzaron unos 5 metros antes del borde del abismo. Natsu estaba parado allí, con la misma expresión perdida de hace un momento.
—Oye, ¿Qué rayos fue eso?—Ophis le amenazó, elevando su aura mágica en forma agresiva—Yo no puedo sentir ningún fragmento, explica tus acciones, Dragneel.
—Sentí algo…—replicó el joven en forma muy distraída.
«… ¡Tonto, no la hagas enojar!… » Happy temió por él. Natsu se estaba comportando muy extraño.
Sin temor a la reacción de Ophis, una vez más el jóven sorprendió con una actitud anormal y se hincó en cuclillas en la tierra, concentrando su mirada en un punto donde la hierba era menos densa. Sin decir una palabra más, Natsu comenzó a cavar frenéticamente con las manos desnudas, arrancando trozos de tierra y pasto con una desesperación que parecía irracional. La fuerza con la que sus dedos rascaban el suelo habría roto las uñas de cualquier humano común, pero él continuaba como si no sintiera dolor, con el rostro tenso y los ojos fijos en un punto invisible bajo la superficie. Happy y Ophis lo miraron perplejos; el primero volaba inquieto a su alrededor, sin saber si detenerlo o dejarlo continuar, mientras que Ophis entrecerró los ojos, intentando discernir si el comportamiento de Natsu era consecuencia de alguna influencia externa o simple locura. La atmósfera se tensó aún más con cada golpe de sus manos contra el suelo, mientras pequeños montículos de tierra volaban en todas direcciones.
Sólo se detuvo cuando finalmente una de sus uñas se partió contra algo demasiado duro, imprimiendo una pequeña mueca de dolor en su rostro. Ambos compañeros de viaje se le acercaron.
—Encontraste una roca—Happy observó.
—No es una roca…
En efecto, se trataba en realidad de un tocón muy antiguo, el árbol debió haber sido talado hace mucho tiempo para estar tan enterrado. La madera se había petrificado por completo y las raíces ahora formaban parte del refuerzo estructural que mantenía el precipicio como tierra firme…
Ophis sintió el ambiente enrarecido. Era algo muy inusual para un dragón, pero ni siquiera ella era inmune al reflejo temeroso que reaccionaba cuando algo malo estaba a punto de ocurrir. El aire le sabía denso, pesado, como si el sólo hecho de estar vivo empezara a sentirse cansino y agotador…
—Nos vamos de aquí ahora. —Ophis ordenó con palabras secas.
Sin embargo, Natsu sintió algo inusualmente atrayente al tocón petrificado y acercó la mano.
Estaba cayendo. Su mente cayendo en el vacío.
El sólo roce con la mano fue suficiente para que su cabeza fuera invadida por una avalancha de visiones, recuerdos mezclados con alucinaciones, pero era incapaz de distinguir unas de otras. La memoria era un baluarte frágil, corrompido por 400 años de dejadez.
Recordó a Zeref plantar ese árbol justo después del accidente.
Recordó a su hermano usar magia para hacer crecer el árbol a su forma adulta, demostrando su talento desde la más tierna niñez. Zeref le había dicho que era para que él no volviera a caerse de allí, por más impráctico que suene. La mente de un niño era fascinante por su simpleza.
Los recuerdos se deformaron en una visión onírica y llena de símbolos incomprensibles para él. Zeref, o al menos su silueta adulta. El árbol deformándose en el monstruo árbol de su pesadilla…
—Natsu, estás llorando…
La voz de Happy le devolvió a la realidad. No se sacudió ni se exaltó de manera alguna. Su expresión seguía dura y pensativa, pero sus ojos parecían rebelarse a la orden de su cerebro y derramaban copiosas lágrimas que rodaron de sus mejillas al piso.
—Natsu… ouahh—Happy bostezó. Natsu se contagió de la misma pesadez. El aire se hizo más pesado y la blancura más cegadora invadió su visión. Quedó sordo y no pudo oír las quejas de Ophis.
Estar despierto era un martirio…
Un segundo después, Natsu y Happy yacían inconscientes sobre la hierba, sus cuerpos inmóviles bajo la opresiva atmósfera que había caído sobre el lugar. Apenas habían tenido tiempo de reaccionar antes de sucumbir al pesado hechizo que los había envuelto como una marea sofocante.
¡SLASH!... ¡CHIS-CHÁS!...
Frente a ellos, Ophis, con su rostro endurecido por la tensión, mantenía su único brazo extendido, proyectando una espada de luz púrpura desde sus dedos índice y medio. Delante de ella, un hombre encapuchado blandía una gigantesca hoja de luz blanca, cuyo filo parecía vibrar con una energía destructiva.
Ambas armas chocaron con un estruendo ensordecedor, y chispas de luz ionizada se desparramaron en todas direcciones. El impacto iluminó brevemente el paisaje como si un relámpago hubiera caído sobre el campo. A pesar del hechizo de sueño que intentaba paralizarla, el cuerpo de dragón de Ophis, aunque enlentecido, le permitió reaccionar en el último instante, deteniendo la hoja justo antes de que decapitara a Natsu.
—Intruso…—murmuró Ophis entre dientes, su mirada gélida clavada en el encapuchado mientras mantenía el filo enemigo a raya. Una sonrisa enajenada le devolvió la mirada detrás de la capucha.
La tensión del choque de fuerzas mágicas alcanzó su punto crítico, y un repentino destello de luz estalló cuando los campos energéticos de las armas se repelieron violentamente. Ambos combatientes retrocedieron con un salto ágil, cada uno evaluando al otro con cautela. El encapuchado permanecía en silencio, pero su postura y la forma en que su hoja brillaba con intensas pulsaciones dejaban claro que no había terminado con su ataque. Ophis, a pesar de sentir el peso del hechizo ralentizando sus movimientos, se plantó firmemente frente a Natsu y Happy, su sable púrpura chisporroteando en su única mano, lista para el siguiente asalto.
Click…
A falta de su otro brazo, Ophis chasqueó con los dientes y su aura de dragón se transfirió a las marcas de contrato que Natsu y Happy llevaban en sus espaldas, lo que hizo que sus cuerpos inconscientes fueran recorridos por una poderosa ola de dolor, que les forzó a despertarse.
—¡Ungh!... ¡¿Qué pasó?!—Natsu reaccionó, poniéndose de pié de un salto.
—Eres un torpe y descuidado. Los dos lo son—Ophis les reclamó con malhumor—... tengo que hacerlo todo yo.
Natsu agitó la cabeza para terminar de enfocar su vista recién despertada. Frente a él había un hombre encapuchado, pero con un olor familiar, lo supo de inmediato.
—¡Tú!—Natsu apuntó al extraño con el dedo—¿Nos hemos visto antes? No sé que quieres, pero te advierto que si eres un enemigo, no te irá bien…—terminó levantando el puño en señal de amenaza.
El hombre se sorprendió por la manera en que Natsu no había cambiado nada en todo este tiempo. Tenía poco menos de 1 año de no verle, pero siempre le pareció fascinante como los humanos eran tan volátiles y de corazón variable. Quizá por eso padre le consideraba tan especial, más allá de un hermano.
"¿Por qué?, ¿Por qué el emperador no amó a sus hijos?"
Observó a Natsu con una mezcla de fascinación y odio profundo, su cuerpo tenso mientras contenía el torrente de emociones que se agitaban en su interior. Allí estaba él, el hermano perfecto, el favorito de padre. Aunque lo detestaba, no podía evitar maravillarse por la energía desbordante de Natsu, su determinación innata, esa esencia que parecía atraer a todos a su alrededor. Era lo que siempre había deseado para sí mismo, pero que jamás pudo alcanzar.
Su alma torturada no había dejado de llorar un sólo día desde aquella fatídica vez en la que su adorado padre le negó, a él y a todos sus hermanos, antes de asesinarle a sangre fría. El recuerdo le quemaba, pero incluso ahora, en lo más profundo de su alma, no podía odiar a Zeref. No, su resentimiento no era para su creador, sino para Natsu. Natsu, el verdadero hermano, el que había nacido del mismo vientre, el que nunca sufrió las sombras del rechazo como él. Él y los otros Etherias siempre serían hijos de Zeref, aunque este los negara. Ese vínculo, aunque amargo y doloroso, no podía borrarse. Eran producto de su magia, de su ingenio, de su voluntad.
Pero para Zeref, ellos no eran más que herramientas. Él había sido descartado por algo que jamás podría cambiar: no era Natsu.
Un suspiro largo y profundo fue seguido por un ademán de diversión por parte del extraño. —No todas las almas son blancas, ni todas viajan libres al cielo… ¿Verdad?
—Sólo salen tonterías de tu boca—Natsu replicó—¡Si no tienes nada bueno que decir, prepárate para una golpiza!
—... siempre tan arrogante, pavoneándote de esa vida robada a costa nuestra, la mía y de todos mis hermanos—el extraño temblaba, conteniendo lo furioso que le ponía la actitud de Natsu. ¿cómo se atrevía a hacer tan mal uso de la vida que se le había regalado?—¡NO SABES TODO LO QUE COSTÓ TRAERTE AL MUNDO, MALDITO INFELIZ Y MALAGRADECIDO!
No lo soportó más y se arrancó el disfraz con furia mientras desgarraba su propia garganta con el grito. La túnica y la capucha se hicieron tiras para revelar la identidad del extraño…
—¡¿Eres tú?!—Natsu abrió los ojos de la impresión.
—¡Es Larcade!...—el aliento de Happy murió en su boca apenas terminó la oración.
Ophis se mantuvo alerta al ver el ánimo de sus subordinados colapsar, como si hubiesen visto un fantasma. Su mente potente y veloz, le permitió unir los puntos rápidamente y concluir que lo que tenía frente a ella era uno de los demonios artificiales del libro de Zeref, un Etherias; y por la expresión que pusieron Natsu y Happy, era más que obvio que le consideraban muerto hacía mucho tiempo.
Se suponía que estas criaturas debían haber muerto junto a su creador, pero de alguna manera, Larcade Dragneel estaba frente a ellos y Larcade había intentado asesinarles de forma cobarde. Todavía estaba en su vientre la enorme cicatriz del crimen de Zeref y las bolsas negras bajo sus ojos le conferían el semblante de un enajenado mental; pero aún así, el resto de él era innegablemente real: Su marca de cruz en la frente, su pelo rubio igual al de Mavis. Su vestimenta de monje budista ahora era naranja y negra, y dejaba todo su torso descubierto. Ya no cargaba la cruz en su espalda…
—Yo te ví morir…—replicó Natsu, recuperando la compostura pero habiendo reemplazado la agresividad con cautela. Él no era conocido por su memoria ágil, pero había cosas imposibles de olvidar, entre ellas, la crueldad con la que Zeref asesinó a su propio hijo en frente de su hermano.
—Yo no moriré, no importa que mi cuerpo sea destruido por completo.—Larcade se erigió triunfal—¡Mi odio por tí es tan grande que siempre me levantará y no dejará de levantarme hasta que te vea ahogarte con tu propia sangre!
Natsu retrocedió un paso, su rostro reflejaba una mezcla de confusión y desconcierto mientras trataba de comprender las palabras de Larcade. No podía entender por qué alguien a quien apenas recordaba le odiaba con tanta intensidad, mucho menos que ese odio fuera lo suficientemente grande como para mantenerlo vivo. En su mente, la batalla contra Zeref y los Etherias había sido un caos de emociones y luchas, pero las razones detrás del sufrimiento de Larcade eran un completo misterio para él.
—Yo nunca te hice nada. Apenas si cruzamos palabras alguna vez.—Natsu le habló manteniendo el semblante serio—Tu odio hacia mí no tiene ningún sentido, por lo que sólo puedo entender que estás loco. ¡Loco como una cabra!
Natsu trataba de buscar algún momento en el que sus acciones hubieran causado tanto daño. Todo lo que podía asociar era la crueldad de Zeref durante su enfrentamiento final, pero incluso eso no encajaba del todo. "¿Por qué me culpa a mí?", se preguntó, mientras su mirada se clavaba en los ojos enloquecidos de Larcade, llenos de un odio que no podía comprender. Para Natsu, que vivía en el presente y rara vez reflexionaba sobre las complejidades del pasado, la rabia de Larcade era como un rompecabezas con piezas faltantes que nunca había intentado armar.
—Eres un traidor.—Larcade le escupió—Le diste la espalda a tu propia sangre, a nosotros tus hermanos, a padre. ¡Tú le mataste!
—¡Yo nunca hice tal cosa! ¡Es una locura!—Natsu exclamó—¡Lo que dices no tiene ningún sentido! Yo no soy pariente tuyo, y yo no maté a Zeref, fue la primera…
—No intentes negar tu crimen, traidor…—Larcade volvió a insistir.
Aquella palabra le irritaba de sobremanera. Con los años había aprendido a hacer oídos sordos a algunos insultos que no valía la pena responder, a no ser tan cabeza caliente, pero existía un insulto que nunca sería capaz de ignorar. Él no era, nunca había sido y nunca sería un traidor. A pesar de sus muchos defectos, había una virtud de la que se enorgullecía por sobre todo lo demás, inculcada por el propio Igneel: Él era leal y nunca rompía una promesa, por pequeña que fuera. Era capaz de no jurar, evadirse o hacer oídos sordos ante pequeños pedidos y quejas, de Lucy y de otros, porque sabía que no podría cumplirlas, pero las pocas veces que daba su palabra, se esforzaba por cumplir. Todos en el gremio sabían que su palabra, una vez dada, era inquebrantable. No se retractaría de ella nunca. Su obsesión por cumplir era capaz de consumirle. Era una espada de doble filo, pues esa misma terquedad y honor le habían llevado a seguir a Ophis, y el conocimiento de esa terquedad fue lo que desalentó a sus amigos aparte de Lucy de intentar detenerle de hacer este viaje.
—Deja de llamarme así, maldito—Natsu le amenazó enseñando los dientes—¡Te haré tragar tus palabras!
—¿Cómo debería llamarte entonces?, ¿Tío? ¿Hermano?...—Larcade hizo caso omiso y siguió asociándole con la sangre familiar—¿Querido ancestro canalla? ¿"Desgraciado hijo de puta" te queda mejor?
—Dime como quieras, pero no asumas cosas de mí—Natsu respondió cambió su tono a una ácida y mordaz ironía—. Yo no soy familiar tuyo, y si de mí dependiera, elegiría no ser hermano de Zeref. Él intentó hacerme un monstruo, y nunca voy a perdonarle eso.
Happy escuchaba incrédulo. Ophis se limitaba a observar, alerta ante el peligro.
—Eres un malagradecido. Desprecias a padre, y a pesar de eso, ¡Tú siempre fuiste su favorito!
—La locura no te deja ver bien, "sobrino"—Natsu respondió sarcásticamente, pero sin perder el gesto agresivo—Zeref no tiene favoritos…
—Piénsalo bien, "tío".—Larcade hizo una pausa—Mientras yo trapeaba los pasillos de la Base Damocles, a tí te eligió para matarle y unirte a él en la muerte, a pesar de que le supliqué que no lo hiciera. Yo no quería que mi padre muriera… Y cuando finalmente se convenció de que había otra manera, él siguió prefiriéndote a tí… ¡¿Es que no me crees?! Mientras invertía todos los recursos en devolverte la vida, yo tuve que alimentarme de sobras. —Larcade ahondó en su odio y se rió—¡Ja!, es posible que al final reconociera mi fuerza y me reservara como arma final en caso de emergencia, pero a tí te otorgó el poder más allá del velo que rivaliza con la divinidad y te eligió para participar en el plan que haría su sueño realidad en esta línea de tiempo. Todos estos regalos para el más malagradecido…
«… Es injusto. ¡Es cruel e injusto!» pensó Larcade, su rabia burbujeando bajo la superficie. «Lo he amado, lo he servido, he sido fiel a sus deseos, pero siempre fui invisible ante sus ojos. Siempre fue Natsu... Natsu... Natsu». Sus manos temblaban mientras apretaba los puños con fuerza.
—... Y aún así le mataste… —Larcade volvió a acusarle—¡Tú le mataste, y aún así siempre tuviste todo su amor!, acaparándolo por completo, sin dejar nada para el resto de nosotros. August me dijo que eso no tenía solución, que incluso él no tenía ese derecho siendo sangre de su sangre… ¡No sabes como me enferma que no aprecies nunca el amor de padre! ¡Lo que yo habría dado por estar en tu posición!
El discurso melodramático no melló a Natsu, sólo sirvió para confundirlo más. ¿Base Damocles? ¿Poderes divinos?. Todas estas cosas eran ajenas a su conocimiento y no significaban nada para él.
—Aspiras a ser familia de ese desgraciado, pero él ya mordió el polvo hace mucho… Debe estar pudriéndose en el infierno, junto a los malvados—Natsu escupió con todo el desdén y repulsión que pudo. Happy no supo diferenciar si Natsu hablaba con desprecio genuino por su hermano o si sólo lo hacía para irritar y herir a Larcade. Cualquiera de las dos respuestas era preocupante.
—¡¿Cómo te atreves a negarnos?! ¡A tu propia sangre!...
Aquella última ofensa del hermano verdadero fue demasiado para Larcade. Tan malagradecido, tan banal. De ninguna manera podía merecer todos los regalos que su adorado padre le otorgó. Larcade perdió la poca compostura que le quedaba y se abalanzó sobre Natsu. Ophis quiso brincar también, pero Natsu se adelantó con un grito. —¡Puedo con él!... ¡Yo me encargo!
Natsu tenía la ventaja de la fuerza bruta, pero las espadas de luz de Larcade le daban un alcance que su tío no tenía. Cuando chocaron, no hubo un intercambio furioso de golpes frenéticos, ni hubo más discursos melodramáticos de venganza declarada. Los dos parientes chocaron, puños llameantes contra hojas de luz, y se apartaron de la llamarada resultante de los campos de energía repelentes.
En los ojos de Larcade, Natsu vio una cantidad inmensa del más puro odio insondable. Un odio no nacido a partir de una acción y un evento, sino un caldero químico de emociones lo suficientemente fuerte como para torcer incluso a un dragon-slayer. La ira estallaba en sus ojos. Más que ira, era rabia. La frustración la viciaba aún más. Natsu sentía la desesperación de no entender por qué estaba ocurriendo esto y combatía con la fiereza de quien aún cree que podría encontrar una manera de detenerlo.
El dolor… ver el dolor en los ojos de Larcade fue lo peor de todo, pues también envenenó la mezcla y la hizo rancia. Esta no era la rabia pura de un alma traicionada. Esta furia estaba saturada de algo mucho más duro y mucho más complejo. Era el dolor de un hijo leal que había hecho todo lo que se esperó alguna vez de él, y había visto el trabajo de su vida muerto en una inútil, absurda espuria.
Natsu conocía ese sentimiento, conocido desde que él se arrodilló ante el cuerpo carbonizado de Igneel, cruelmente asesinado a manos de Acnologia. Por primera vez en todos los años tremendamente dispares de sus vidas, Larcade y Natsu conectaron como iguales.
Para su sorpresa, pues el choque le dejó la sangre helada, Natsu se sintió inexplicablemente avergonzado. En la cara de su sobrino finalmente vio un odio real. Se sentía como un odio merecido, y era un odio que vería a Natsu muerto, con la búsqueda de Ophis sin terminar y Lucy sin verle nunca más.
«¿Por qué?... »
Entre bloqueos de los mandobles danzantes de las espadas de su sobrino, Natsu comenzó a maldecir al dolor en su hombro y espalda por distraerlo. La sensación recorrió su espina y luego jugó en su cráneo, insistente e incesante. Nada sonaba bien. Cada cartílago desgastado sufriendo contra el hueso vibraba desentonado, debilitándose y aumentando el dolor cuando se suponía que debía estar fortaleciéndose y anestesiando por la adrenalina de la lucha.
Ophis se percató inmediatamente de esto y saltó para intervenir. Sus movimientos divinos un borrón inconcebible para los Etherias peleando. Natsu vió directamente a Ophis aparecer justo entre él y Larcade, estrellando su pié en el rostro angelical de Larcade. La patada mandó a volar al demonio varios metros atrás.
—Gra-gracias…—Natsu tartamudeó agitado, esforzándose por no delatar sus molestias.
—Te estás humillando a tí mismo, tonto. —Ophis no fue cortés—Levanta tu guardia y acaba con este tipo de una maldita vez.
Larcade se puso de pié pero no reanudó el ataque. Ahora tenía un gran problema, o mejor dicho dos: Tendría que enfrentar a Natsu y Ophis al mismo tiempo.
«… Jum. Supongo que no podía ser tan fácil. Es justo como dijo ese sujeto… » Larcade sintió una inexplicable satisfacción por el choque previo. La euforia de por fin poder descargar su furia en ese infeliz fue demasiada como para resistirla. Se relamió los labios y puso una inequívoca cara de éxtasis al saborear su propia sangre.
—No importa cómo lo haga o lo que me cueste, hoy tomaré tu vida, Natsu Dragneel. Nada va a cambiar eso…
¡Wooooosh!...
Larcade cerró los ojos por un instante, y cuando los abrió, una intensa luz dorada comenzó a emanar de su cuerpo, iluminando el campo de batalla con un resplandor casi divino. 8 alas doradas se desplegaron, no como las de un demonio, sino como las de una criatura celestial corrompida. Resultó una visión chocante para Natsu y Happy, una apariencia tan angelical no se correspondía con un origen demoníaco como el suyo, salvo por sus cuernos. Sus cuernos, oscuros y retorcidos, surgieron de su cabeza como una corona infernal, el único recordatorio de su origen como Etherias.
—Es su forma Etherias…—Happy musitó en voz baja. No es que temiera, sino que era la primera vez que veía a Larcade en su forma demoniaca, que nada temía que envidiar a un ángel. Su torso musculoso, marcado con intrincados patrones de energía mágica, parecía exudar un aura de pureza corrupta, mientras su atuendo, ahora un híbrido de armadura dorada y blanca, se ajustaba perfectamente a su figura, amplificando su presencia imponente.
Incluso a Ophis le costaba mantener los ojos abiertos por la intensidad de la luz. El dragón vomitó fuego hacia adelante para incinerarlo antes de que el ritual se complete, pero las llamas se anulan por la propia aura de la transformación.
Entonces la luz blanca se apagó y nuevos rasgos inhumanos aparecieron. En lugar de piernas, ahora posee patas rematadas en pezuñas, cubiertas de pelaje blanco, reminiscencia de un ser mitológico…
Cuando Larcade se alzó en toda su magnificencia, el aire se volvió más denso, cargado de una energía que parecía desafiar las leyes naturales…
—Interesante, en verdad…—Ophis comentó.
Larcade se asentó en tierra firme y se dirigió a ellos una vez más.—Lo he pensado mejor, "tío". Creo que se me ocurre una mejor manera de disfrutar mi venganza sin rebajarme a tu juego brutal y cavernícola. Después de todo, soy un ser de luz, que sólo desea la paz.
El aire se siente pesado de nuevo pero esta vez, la somnolencia no lo acompaña. Hay una casi imperceptible blancura manchando casi todo el campo de batalla, pero no se siente nada en particular. Natsu y Ophis se ponen en guardia, esperando la reacción. Es la primera vez de ambos peleando con Larcade y ninguno quiere volver a subestimarle.
—Las almas blancas viajan libres al cielo…—Larcade suelta en forma de acertijo.
—¿Qué rayos significa eso?—Natsu reclama.
—Significa, que mi magia es ante todo, PLACER…
Un fulgor suave es seguido por una leve campanada de gong. La blancura que invadía discretamente ahora se ha convertido en orbes de energía que caen cual copos de nieve, conjurados por los sellos mudras que las manos que Larcade están haciendo.
Larcade tiene una sonrisa de absoluta confianza, al punto de no mostrar su defensa en alto, lo cual confunde a Ophis, definitivamente esto no es lo que esperaba. Está más que segura que Larcade es peligroso y que no debe subestimarle, lo siente en la imponente presencia mágica que emana; pero también siente la tentación de atacar y descubrir de una buena vez que se trae entre manos.
Los orbes blancos se derraman sobre Ophis, Natsu y Happy. Cada esfera parece contener un fragmento de pura luz, brillando con un fulgor hipnótico mientras roza la piel de sus objetivos. Larcade, con los brazos extendidos y una sonrisa perversa curvando sus labios, se regocija por dentro, imaginando el efecto cuando finalmente suceda, el ver a su odiado pariente retorcerse como un pobre animal excitado, le divierte. Está seguro de que va a funcionar; potenciado por su forma Etherias, es imposible que ni siquiera Ophis se resista a esto, al menos eso es lo que piensa. Larcade sabe que a pesar de su apariencia infantil, Ophis es un dragón anciano, es imposible que no conozca el placer…
Sin embargo, se desconcierta cuando pasa el tiempo y no hay ningún efecto, no pasa nada, Natsu no se está retorciendo y en cambio, su mirada se afila y su cuerpo se tensa. Larcade se desespera cuando Natsu también nota que nada pasa y se lanza a por él con el puño ardiendo con fuego.
—¡Maldito seas, Natsu Dragneel!—Larcade gritó con frustración, retrocediendo mientras intentaba formar un contraataque, pero el dragón-slayer ya estaba demasiado cerca. El Etherias apenas logra detener el golpe, atrapando el puño llameante con su palma desnuda. El calor abrasador le quema la piel y le causa dolor.
El Dolor…
Larcade no está para nada acostumbrado a sentirlo. En todos sus siglos de existencia, ningún enemigo fué capaz de acercarse lo suficiente para dañarle. Sólo ha ocurrido una vez antes, en la guerra contra los magos del continente, pero más gravemente a manos de su propio padre en el momento de su asesinato. El recuerdo hace impronta en su cerebro, y cuando la onda de dolor viaja desde su palma quemada a su cabeza, Larcade siente el trauma revivir una y otra vez, haciéndole gritar no de dolor, sino de terror…
—¡Aaaaaah!
El grito causa una reacción y su forma demoniaca proyecta una onda de conmoción para protegerle, mandando a volar a Natsu de vuelta a su posición inicial, algo aturdido por el golpe psíquico.
Larcade se recupera con rapidez pero el golpe emocional persiste unos segundos; no ha sido para nada agradable.
—Ustedes…—Larcade está sangrando por la nariz y todavía temblando—. Me cuesta entender que no lo conozcan. El placer… supongo que nunca te has reproducido, Dragón, y por eso comprendo tu inmunidad a mi magia…—Larcade le dijo a Ophis. Ella le devolvió una mirada de indiferencia, pero Larcade sintió un escalofrío cuando vió lo que se ocultaba detrás de esa indiferencia. Si fallaba su siguiente golpe, Ophis no tendría piedad…—Pero en cuanto a ustedes;—se dirigió ahora a Natsu y Happy—tú quizá eres demasiado jóven, gato parlante.—dijo a Happy— Pero tú, Natsu… debo admitir que estoy un poco decepcionado. Salvo por ese cabello tan horrible, eres bien parecido, así que para que algo tan adictivo para los humanos como el placer sea tan desconocido y difícil de conseguir para alguien de tu edad, solo me hace sentir lástima de lo patético que debes ser en cuanto a virtudes como para que ninguna mujer se digne en tocarte…
—Hablas porque tienes lengua.—le dijo Natsu con enojo. No comprendió ni una palabra de lo que Larcade le dijo, pero sí se dió cuenta que era una ofensa. Se arqueó hacia adelante y exhaló con una sola respiración— ¡Karyu no Hoko! (Rugido del Dragón de Fuego)
Larcade brinca para esquivar la llamarada y Ophis siente el cambio en su poder, reaccionando también en consecuencia. Es una fracción de segundo, pero ella ya se ha dado cuenta que lo que Larcade va a lanzar ahora es algo peligroso de verdad. Natsu Natsu también brinca sobre él, pero ambos son demasiado lentos.
Larcade hace un nuevo sello mudra juntando ambas manos y del centro de estas brotan tentáculos blancos, hechos de pensamientos, no de materia; se mueven a la velocidad de la luz y atrapan a los tres. Los envuelven y empiezan el frenético intento de meterse en sus sistemas neurológicos mientras Larcade repite las palabras rituales tantas veces pronunciadas por él.
—Conocimiento e ignorancia son como el blanco y el negro. Conozcan el placer y el dolor…
Es mucho más fuerte que la versión que usó para someter a Kagura Mikazuchi y Yukino Aguria. Los tentáculos ya no sólo los amarran, sino que los envuelven por completo, formando capullos de luz blanca. Happy siente como los pequeños apéndices intentan colarse por todos sus orificios y cómo fuerzan dentro su cerebro toda clase de sensaciones placenteras. El ser atacado por tantas fuerzas y placer sensuales desconocidos causan un rápido colapso mental.
Por más que los tres nunca hayan conocido el placer sensual antes, eso es irrelevante para la acción de esta magia. Algunas verdades son demasiado poderosas para las mentes ignorantes, y estas pueden romperse si no se conocen con moderación. El placer es una de ellas…
—¿Sabes lo que le pasa a un cuerpo que no deja de sentir placer?... Se muere…—Larcade se rió en forma enfermiza al dictar su condena.
La magia del Placer, ahora potenciada al máximo, debía ser irresistible incluso para un dragón como Ophis. Ninguna criatura viva era inmune a los deseos más primarios que él podía desencadenar con la forma final de su hechizo, una vez más potenciado por su forma Etherias.
Un desgarro. Un fino ruido de desgarro precedió a la catástrofe…
Repentinamente, una de las cápsulas se rasga desde dentro y Ophis se libera de su prisión. No han pasado ni 20 segundos después de la captura. Un zumbido sordo resonó cuando las garras de su única mano atravesaron la prisión luminosa desde dentro, desgarrándola como si fuera una simple telaraña… Ophis aterrizó suavemente en el suelo, su cuerpo irradiando un aura de amenaza contenida, con una posición agresiva que dejaba claro que no había sido doblegada. Los campos energéticos bañan sus garras chisporroteando, y sus ojos, profundos y helados, se fijaron directamente en Larcade, que permanecía perplejo.
Larcade retrocedió un paso, desconcertado. No entendía cómo podía estar de pie tan rápido, y mucho menos con esa expresión que no mostraba ningún rastro de sufrimiento o agotamiento. Ni sudores, ni temblores, ni jadeos que delataran haber sucumbido siquiera por un instante a su magia. No había lucha interna visible, ni rastro del placer arrollador que debía haber quebrado incluso a un dragón. Nada.
Ophis no habló. Su mirada lo dijo todo. La mezcla de desprecio y ofensa era clara. No era la furia de quien había tenido que resistirse a un placer abrumador, sino la indignación de un ser primordial que se había sentido atacado por algo tan vulgar y mundano como la magia de Larcade. Ella avanzó un paso, su cuerpo completamente relajado pero cargado de una amenaza latente, como una tormenta a punto de desatarse. Larcade sintió un escalofrío recorrer su espalda. Por primera vez, algo en su interior le decía que tal vez había cometido un grave error…
Larcade apretó los dientes y rearmó su valor. Puede que Ophis sea indoblegable, pero aún tiene a Natsu atrapado. No le importa morir ante Ophis, con tal de que su odiado tío muera también.
—¡Tú, criatura abominable, eres la encarnación de lo antinatural y lo perverso!—le gritó a Ophis, sus ojos brillando con una mezcla de odio y fervor—. Tu inmunidad a algo tan puro, tan esencial como el placer, sólo demuestra la barbarie de tu existencia y el origen antinatural que te define. El placer es una verdad universal, un vínculo que conecta a todos los seres vivos con la naturaleza misma, pero para ti es un anatema. Tú no perteneces a este mundo, eres una blasfemia hecha carne.—Larcade hizo una pausa, esbozando una sonrisa torcida mientras señalaba a Natsu y Happy, todavía atrapados en los capullos de luz. —Pero ellos...—continuó, su voz cargada de malicia—ellos no son como tú. Ellos son seres naturales, criaturas hechas de carne, hueso y deseo. Ellos no pueden resistirse. Ambos sucumbirán al placer que he tejido para ellos y morirán cocidos en sus propias inmundicias, retorciéndose hasta el último aliento. ¡Y tú, serás testigo de su caída, porque no podrás salvarlos de la verdad universal que tú misma rechazas!
Larcade alzó las manos, reforzando los capullos que envolvían a Natsu y Happy, mientras su risa enfermiza resonaba en el campo de batalla. Era la risa de alguien que estaba dispuesto a morir con tal de llevarse a su odiado tío consigo.
Natsu y Happy ahora sí que estaban en un serio problema. Cada segundo que pasaba, sus cuerpos y mentes sufrían la máxima violación, obligados a conocer lo prohibido forzádamente. Incapaces de soportar aquellos placeres epicúreos, los magos perderían sus vidas.
Ophis le dió la espalda a Larcade y se giró hacia el capullo que encerraba a Natsu. Volvió a mirar al Etherias y éste le devolvió un gesto desafiante, como retándola a intentar liberar a Natsu.
Ella consideró una trampa, pero al ver que el demonio no hacía nada, se lanzó contra el capullo de luz que encerraba a Natsu. Iluminó las garras de su única mano con campos energéticos de su propio poder e intentó rasgar la tela mágica de la misma manera en la que ella había roto su propia prisión.
¡SLASH!
No ocurrió nada. Ophis desplegó su sable completo y volvió a cortar, sin éxito. La luz no se abría y Ophis siguió cortando una, dos y tres veces. La energía ionizante púrpura de su espada se deshacía al golpear contra la luz blanca de la magia de Larcade.
En la superficie del capullo de luz apareció un símbolo arcano, un círculo demoníaco, un sello personal que Ophis conocía muy bien.
—¿Qué hiciste?—Ophis protestó—Este poder no es tuyo ¿Quién te envió? ¿Quién mueve tus hilos, marioneta?.
Larcade se reía erráticamente mientras celebraba la captura:
—¡Jaja, el capullo sólo se abrirá en cuanto Natsu Dragneel sea consumido por el placer!. ¡Por más poderosa que seas, el único que puede romper ese capullo desde fuera soy yo! ¡La única manera en la que él saldrá de ahí será… —se detuvo cuando sintió una corriente de aire caliente rozar su cuello y el silbido de la brisa ionizada—…¿Uh?—Larcade fue salvado por sus reflejos, que le impulsaron hacia atrás y su mirada se encontró con la de Ophis, quien sin mediar palabra ya se había lanzado a por él con su sable de luz púrpura proyectado desde los dedos de su único brazo.
«… Si no puedo liberar a Dragneel desde fuera, la única solución es acabar con el conjurador del hechizo… » Ophis reflexionó eficazmente.
Larcade le tomó la palabra y ambos se enzarzaron en un duelo mortal, en el que el Etherias contrarrestó a Ophis con una espada de luz propia, en una secuencia de mandobles y sablazos a velocidad endemoniada. Las espadas de luz blanca giran. El sable serpiente se balancea. Los gigantes antagonistas intercambian golpes, y cada impacto, infrecuente, causa ondas de conmoción que derribarían a cualquier espectador.
—¡Nunca me alcanzarás!—Larcade se reía de ella mientras le perseguía por todo el sitio.
Ophis era rápida y letal, pero Larcade tenía la ventaja de dos brazos y las bendiciones caóticas de sus nuevos amos. Sus pezuñas mutadas le hacían danzar con la suficiente rapidez para evadir cada golpe de Ophis y devolverle uno que otro.
«… Estoy muy lenta, ¡¿Por qué?!... »
Ophis esperaba que sus habilidades hubiesen aumentado tras recuperar a Reticulum, pero se desconcertó al sentir en su lugar una pesadez inusual en el cuerpo. Cuando esta sensación se extendió a sus párpados, el dragón se dió cuenta al fin: Larcade estaba usando el mismo hechizo de sueño con el que los atacó en primer lugar…
"Eien Naru Shi no Nemuri wo: Resuto In Pīsu (Sueño Eterno de la Muerte: R.I.P.)… ¡Sumérgete en el sueño eterno!"
Larcade lo confirmó cuando ocasionalmente usaba una mano para reforzar un sello mágico que formaba con los dedos y una sonrisa perturbadora. En respuesta, Ophis empezó a sisear sílabas de un lenguaje desconocido con voz de serpiente y el efecto de la magia de Larcade se hizo menos potente en ella. En cuanto Larcade empezó a perder en el forcejeo y se dió cuenta que Ophis se hacía más rápida, liberó a Happy de su tormento placentero para liberar parte de su concentración y aumentar la potencia del hechizo de sueño sobre Ophis, para así mantener la pelea equilibrada.
—¡Ahj… ahj-ahj…!—Happy cayó al suelo, al borde de un paro cardíaco por la sobrecarga de sensaciones.
El hechizo de sueño de Larcade era letal para los mortales, pero en Ophis apenas era un sedante suficiente para alentarla y evitar que ésta fuera por su cuello desde el minuto uno.
«… ¡Vaya, ellos tenían razón! Esta otra es una amenaza de cuidado… » Larcade recordó las advertencias de sus nuevos amos.
Sin embargo, Larcade no se dejó angustiar por ello, porque era sólo una cuestión de tiempo. Natsu ya llevaba varios minutos atrapado en el conjuro y pronto sucumbiría ante la sobrecarga de sensaciones. Por el tiempo transcurrido, Natsu seguramente se acerca peligrosamente a un fallo cardíaco o un accidente cerebro-vascular. A estas alturas, Larcade debía renunciar a sus anhelos de torturar y deleitarse con el sufrimiento de Natsu, para conformarse con una muerte agónica y vergonzosa. Fantaseaba con la idea de que el daño neurológico le dejaría como un vegetal incapaz de controlar sus propios orines, sólo para humillarlo lo más posible…
¡Flush!
Otro desgarro. Esta vez más descuidado que el primero…
—¿Eh?...
El capullo de luz se rasgó de la misma manera brusca con la que Ophis salió del suyo. Como si corriera una cortina, Natsu rompió la magia de Larcade y emergió al suelo.
Larcade sintió como su espíritu se salía de su cuerpo.
Ophis, en pleno movimiento de su combate, se detuvo en seco, también paralizada por el desconcierto. Giró la cabeza hacia Natsu, quien tenía una expresión inquebrantable y los ojos ardiendo con una determinación implacable. No había sudores en su frente, ni temblores en su cuerpo. Ni un solo indicio de que la magia de Larcade hubiera surtido efecto en él. Sólo estaba allí, perfectamente entero, y con el mismo rostro aguerrido que había tenido al inicio del enfrentamiento.
Larcade clavó su mirada en Natsu, y el color de su rostro palideció rápidamente. "No… no puede ser…" pensó, mientras el peso de la realidad lo aplastaba. Su mente, ya frágil, comenzó a desmoronarse al enfrentarse a lo impensable. Natsu Dragneel, su odiado tío, era un...
—¡No… no es posible!—gritó, su voz quebrada y llena de incredulidad, mientras retrocedía un paso involuntario. Sus ojos escudriñaron cada detalle del rostro de Natsu, buscando algún rastro de lo que debería haber ocurrido: sudores, jadeos, ojos vidriosos, cualquier signo de que su magia había dejado una marca. Pero no había nada. Absolutamente nada. Natsu permanecía igual que antes, como si todo lo que Larcade había conjurado no fuera más que un soplo de viento insignificante.
Larcade sintió una oleada de desesperación mezclada con una furia ciega. Su magia, su orgullo, su razón de ser, habían sido completamente rechazados por aquel hombre al que más odiaba. La idea de que Natsu compartiera la misma inmunidad que Ophis, de que estuviera tan alejado de lo que Larcade consideraba humano y natural, hizo pedazos los últimos vestigios de su cordura.
—¡ES IMPOSIBLE! ¡¿Cómo puedes estar ileso después de mi técnica?!—Repitió. Larcade no daba crédito a lo que veía. Se esforzó por ver de nuevo y analizar más, pero el resultado era el mismo: Natsu no mostraba ningún signo de afectación. Ningún rastro de sudores placenteros ni agitación sensual alguna, y el rostro perfectamente encajado en su expresión aguerrida.
—¿Por qué tardaste tanto?—Ophis fue quien rompió el silencio con una queja contra Natsu.
—Lo siento. Me perdí—Natsu abrió la boca al fin—. Fue extraño. Estaba en un lugar brillante y… no podía sentir nada.—dijo mientras se tocaba el pecho con las manos—Era como estar desconectado de mi propio cuerpo… Tardé un poco en darme cuenta que sólo era una ilusión tonta de la que sólo necesitaba despertar…
—¡¿Ilusión "tonta"?!—Larcade se exasperó—¡¿Cómo te atreves a llamar así a mi arte?!
Natsu le volvió a humillar al no responderle y negarle su mirada, la cual se enfocó en Happy, que todavía yacía en el suelo sin poder recuperarse de la experiencia epicúrea. El Exceed leal se veía reducido a una criatura lastimera y pegajosa, emanando de él un penetrante olor a sudores, lejía y cloro…
—¿Qué le has hecho a Happy?—Natsu exigió, sin perder de vista al bulto mucoso color rojo brillante que brotaba de entre las piernas de Happy. Se preocupó si se trataba de alguna clase de herida, pues lo que parecía ser pus blanco brotaba de la protuberancia roja…
—Nada, sólo le he enseñado el verdadero Placer—Larcade recobró la compostura. Su concentración se enfocó por completo en Natsu y una vez más no encontró ningún rastro de angustia o excitación. Su cerebro paranoico empezó a trabajar uniendo los puntos y la respuesta le llegó mágicamente:—Tú, por otro lado, eres… jajaja—Larcade se rió de forma enfermiza—¡Eres tan frígido y vacío como ella!—exclamó señalando a Ophis.
Para Larcade, finalmente todo tenía sentido. El favoritismo de Zeref por él y el extraño reflejo opuesto que era su propia existencia de la de Natsu. Él, con el don de proporcionar y sentir el mayor placer de todos y Natsu, el ser incapaz de sentirlo. Por supuesto que tenía sentido. Él había sido nada más que el modelo de pruebas, el extremo opuesto de lo que Zeref quería alcanzar para Natsu. Un monstruo perfecto no debía distraerse con los placeres de la carne ni ningún otro que le desviara de su objetivo, y para conseguirlo, primero debía partir del opuesto, él mismo…
«… Todos nosotros, padre. Los trece Etherias antes que él, sólo fuimos tus pequeños desastres en la búsqueda de devolverle la vida a él… Eres tan egoísta, padre. ¿Por qué no fuiste capaz de amar a tus hijos?... » Larcade se llenó de lágrimas al descubrir esta verdad horrible. Luego le entraron ganas de echarse a reír en cuanto intentó pronunciar aquellas palabras en forma de acusación contra Natsu. La emoción de poder sincerarse por fin era casi demasiado grande como para soportarla, como si finalmente hubiera cedido a la locura de tanto placer que manejaba como arma. Estaba jadeante, y no sabía si el retumbar que oía era su propia sangre resonándole dentro de la cabeza o la corrupción de sus nuevos amos gritándole por matar a Natsu de una buena vez.
Larcade comenzó a reírse, una risa maníaca que resonó en el aire como el canto distorsionado de una campana rota. Su mirada estaba perdida, sus ojos abiertos de par en par mientras apuntaba a Natsu con un dedo tembloroso, lleno de una mezcla de odio y euforia.
—¡Frígido! ¡Eso es lo que eres!—le gritó, su voz quebrándose con una mezcla de burla y rabia—. ¡Un cascarón vacío! ¡Un muñeco incapaz de sentir! Eso es lo que te hace tan… antinatural. Tú y esa cosa a la que llamas aliada—dijo, señalando a Ophis—. ¡Por eso siempre fuiste el favorito de padre, ¿no?! ¡Una criatura frígida e inmune al placer, incapaz de distraerse, incapaz de desviarse, incapaz de conectarse con alguien de verdad!
Larcade dio un paso hacia adelante, con lágrimas comenzando a brotar de sus ojos mientras su risa se volvía un sollozo. Se llevó las manos al rostro, su cuerpo temblando, y luego las apartó, sus ojos llenos de una tristeza desesperada. Sus lágrimas caían al suelo, su rostro retorcido por el dolor emocional.
—... Padre… ¡¿Qué sentido tuvo el crearme?!—gritó de nuevo, con una mezcla de furia y súplica, sus manos apretándose en puños—. ¡Para que nacieras tú! Tú, que ni siquiera puedes sentir el calor de una caricia sensual, la pasión de un beso, el vínculo reproductivo… ¡Ni siquiera puedes entender lo que es ser humano de verdad! ¡Padre sacrificó todo por un ser frío y vacío, incapaz de devolverle ese amor que tanto anhelaba!
Larcade cayó de rodillas, sus hombros sacudiéndose mientras se reía y lloraba al mismo tiempo, un amasijo de emociones que apenas podía contenerse.
—Es cruel… tan cruel—murmuró, sus lágrimas cayendo en el suelo mientras su risa se apagaba lentamente—. Pero eso no cambia nada, Natsu. Aunque seas un cascarón vacío… aunque seas incapaz de sentir… te destruiré.
Todos se quedaron en silencio, Ophis incluida. Natsu se sintió extrañamente afectado por la declaración de Larcade. No debió ser importante pero lo fue. La acusación de su sobrino le hizo sentir como algo roto, defectuoso, y no ayudaba que Ophis también empezara a mirarle con toda su concentración, como si buscara confirmar el veredicto de Larcade.
—Yo…—Natsu quiso decir algo, pero se detuvo a la mitad.
—¿Listo para pelear, Dragneel?—Ophis le habló a Natsu.—Este perdedor ha perdido el juicio y ya no será difícil de vencer…
Ophis rompió la tormenta de emociones con su fría lógica, como era su costumbre. Eso tranquilizó a Natsu y le ayudó a alejar los malos pensamientos que le provocaron escuchar los delirios de Larcade.
—Si… ¡Claro!—Natsu reaccionó al fin.
—Muy bien. Trata de seguirme el paso…—Ophis le hizo una señal que pasó desapercibida para Larcade, indicando que debía sincronizarse para cubrir el lado de su brazo amputado.
Natsu asintió con la cabeza y se colocó en posición de combate.
Larcade también volvió en sí. Su cara es la de un completo enajenado mental pero también se preparó para recibirlos. Natsu aún no está muerto y eso es motivación suficiente para levantarle a combatir. Usó un sello Mudra con su mano derecha para atacarlos directamente con su hechizo adormecedor.
—Eien Naru Shi no Nemuri wo: Resuto In Pīsu (Sueño Eterno de la Muerte: R.I.P.)…
Natsu sintió el golpe como un suave abrazo, que luego dejó caer encima de él un enorme peso de cansancio y sueño. Apretó puños y dientes mientras buscaba la fuerza de voluntad para no caer dormido. Larcade sonrió con maldad pero Natsu sintió una dolorosa y repentina punzada en su espina…
—¡Ungh!... ¿Qué haces?—Natsu le cuestionó a Ophis. Ella tenía sus garras enterradas en su columna.
—Callate y concéntrate. No te atrevas a dormir…
De la misma manera que hizo en el bosque de Mujun hacía ya tanto, Ophis hizo circular su poder puro directamente en las venas de Natsu. Esta vez fué una cantidad aún más pequeña que la primera, pero suficiente para evitar que Natsu cayera bajo el hechizo de Larcade. El mago se percató de ello de inmediato, al sentir que el sueño pesado se convierte sólo en sedación parcial…
—Me decepcionas, querido "tío".—Larcade dijo con acidez—Y yo que pensé que al menos tú me enfrentarías sin trucos…
—¡En guardia, maldito!
Ophis y Natsu brincaron contra Larcade. La danza mortal se reinició, esta vez a tres bandas. Larcade hacía todo lo posible para evadir los golpes de los dragones mientras blandía sus dos espadas de luz blanca para intentar herirlos. Los movimientos de Ophis y Natsu eran torpes, trastabillaban por el efecto del hechizo de sueño de Larcade, que seguía activo.
Natsu volvió a sentir el peso de las heridas y dolencias no sanadas en hombro y espalda pero no le importó. Tenía la extraña sensación de que Ophis estaba mirándolo con suma atención, evaluando. No era la primera vez que combatía codo a codo junto a ella, pero sí la primera vez que Ophis le tendía la mano y expresaba su deseo voluntario de luchar a su lado. Si no, ¿Por qué se habría tomado la molestia de potenciarlo con su propio poder para mantenerlo despierto? Podría haberle dado menos y dejarlo tirado junto a Happy pero eligió tenderle la mano…
—¡Karyū no Saiga! (Colmillo del Dragón de Fuego)
—¡Serpens Blade!—Esta vez Ophis incluso nombró a su técnica en voz alta, para sorpresa de Natsu. No era casual, Ophis buscaba con esto guiar de alguna manera a Natsu, dado que él no podía seguir el ritmo de su concentración y anticipar los ataques de su compañera para sincronizarse con ellos.
Los ataques se hicieron más finos, más coordinados. El sable de energía púrpura de Ophis y el puño llameante de Natsu. Los dragones anularon sus puntos débiles entre ellos y lanzaban contraataques cada vez más difíciles de resistir para Larcade, quien sólo podía apelar a aumentar la potencia de su magia de sueño para intentar disminuir la velocidad de sus enemigos.
—¿Crees que puedes hacernos dormir para sacarnos de esta lucha?, ¡Estúpido!—Natsu bramó.
«¡Lo están logrando!... » Happy finalmente recobró el sentido y vió a sus aliados arrinconar a Larcade, quien ya estaba al borde de la desesperación.
Larcade decidió apelar a su último truco propio. Con una mano blandió su espada en un mandoble poderoso, lo suficiente para ser digno de esquivar por Ophis con un potente salto. En ese momento, los dos dragones estaban en una posición perfecta para ser alcanzados por la trayectoria del mismo espadazo, por lo que Larcade extendió el arco para amenazar también a Natsu, consiguiendo por un momento, un brevísimo instante, liberar su otra mano para formar un último sello mudra.
—¡Saisho no Itami: Hakai no Kyōmei! (Dolor Primordial: Resonancia de la Destrucción)—pronunció con voz resonante.
De su mano libre se disparó una ola de luz blanca incandescente, que se expandió como un maremoto en todas direcciones. La explosión de energía alcanzó a Natsu y Ophis justo en el clímax de su salto, atrapándolos en el aire como marionetas rotas.
Igual que con Jura y los soldados de la caravana, el impacto fue demoledor.
Natsu sintió cómo el dolor desgarraba cada fibra de su cuerpo, como si su sangre misma se hubiera convertido en veneno ardiente. Un grito de agonía quedó atrapado en su garganta mientras se desplomaba al suelo, incapaz de moverse. Su visión comenzó a oscurecerse, pero de pronto pudo percibir el brillo púrpura de Ophis.
Ophis, por su parte, lanzó un rugido visceral que no parecía humano. La tortura era igual de atroz para ella, pero sus ojos permanecieron abiertos, ardiendo con furia fría. Su cuerpo se tambaleó en el aire, pero no cayó. Se rodeó de su aura púrpura, extendiéndola como un escudo y un propulsor a la vez.
Larcade sólo pudo torcer su cara de terror cuando se dió cuenta que Ophis seguía en trayectoria hacia él, con su sable de luz extendido y su rostro con la furia de un animal rabioso impresa en él…
¡SLASH!
Larcade retrocedió de un brinco pero igualmente recibió un sablazo de Ophis en el pecho y gritó, más por ultraje que por dolor. Sólo era una finta, pues a su lado y sin previo aviso, apareció Natsu, ya recuperado y con su puño envuelto en llamas abrasadoras…
—¡Karyū no Tekken! (Puño de Hierro de Dragón de Fuego)—el puño de Natsu le pegó de lleno contra el vientre.
—¡Aaaangh!... ¡Blosh!—El golpe fue devastador para Larcade. Aunque Natsu no logró romper su piel, la onda resultante recorrió todo el cuerpo de Larcade como una melodía dolorosa en una cuerda de piano. Natsu le devolvió el dolor de hace instantes. La estela de fuego le quemó todo el vientre y parte de la cara, antes de estrellarlo contra una roca.
¡Crash!
Larcade recibió más daño al golpearse contra la piedra y el latigazo lo desorienta por un momento. Quedó de rodillas, vomitando sangre y quizá trocitos de vísceras. El golpe de Natsu le causó heridas internas graves y en cualquier otro, hubiera resultado mortal…
—Bluagh… esto no… ¡Esto no debería ser de esta manera!—Larcade jadeó con unos labios de los que salía más sangre que palabras. Su olfato se inundó del sabor a sangre y el olor a carne quemada proveniente de su maltrecho vientre.
Larcade no podía creerse estar perdiendo ahora que finalmente tenía la oportunidad de vengarse. En la guerra apenas si cruzó un par de palabras con Natsu y si no hacía algo pronto, acabaría asesinado por él…
«… No puedo creerlo. Estaba seguro de no necesitar usarlo. Se supone que era sólo un seguro, pero definitivamente me han sorprendido… »
¡FSSSS!
—¡Aaaargh!—Larcade gritó aún más fuerte cuando fué envuelto por las llamas azules de Ophis, quien no conocía la piedad o la moderación. Su pelo ardió y hedió, su piel aunque resistente, fué lastimada. El dragón no vió nada de malo en vomitarle fuego encima incluso cuando ya estaba en el suelo.
—Empieza a cantar. ¿Quién te envió?—Ophis le dijo a Larcade, con un tono que delataba impaciencia y amenaza. Happy se preocupó de que Natsu no estaba haciendo nada para detenerle. Si bien Larcade había intentado matarles, ellos no eran torturadores. Nunca fueron capaces de detener a Ophis con todas sus víctimas previas, pero al menos podían sentirse decentes al mostrar su desacuerdo; esta vez, Natsu estaba en completo silencio, mirando concentrado la escena.
Larcade sonrió a medias y levantó las manos en señal de falsa rendición…
—¡No, espera…
DOOOOOONG…
Se escuchó una campanada de gong y Larcade encendió una luz cegadora y potente, inofensiva pero tan brillante que ni Ophis fue capaz de resistir con los ojos abiertos.
—¡Gaah, mis ojos!
Mientras sus atacantes permanecían aturdidos, Larcade se puso de pié y sacó un objeto escondido. El objeto maldito no sufrió ningún daño por el fuego de Ophis. Una flauta de madera agrietada, con un cráneo de tres ojos igualmente agrietado, tallado en un extremo…
—... Me duele en el orgullo el no poder matarlo con mis propios medios, pero mi odio es lo bastante grande para permitirme esto como último recurso, Hermano… La última vez no pudiste entonar tu canción. Ellos te detuvieron, pero ahora, necesito que toques tu música para mí—Larcade habló a la nada, como si la flauta pudiera entenderle—. ¿No te parece curioso que de todos, sólo nosotros dos sobreviviéramos después de que padre dejó este mundo?...
Mientras luchaban por recobrar la vista, Natsu sintió un profundo y agudo dolor en la base del cráneo, que luego se extendió a los oídos, como un puñal que le desgarraba la cabeza de adentro hacia fuera…
—¡La música! ¡Esa maldita música de nuevo!... ¡Uuungh!—Natsu se hincó de dolor mientras intentaba cubrir sus oídos.
Ophis y Happy también resonaron dolorosamente con la sensación. Ophis pisó fuerte para no tropezar y sus rodillas temblaban por el esfuerzo que demandaba estar de pié con semejante dolor de cabeza y oídos.
—¡¿Qué es esto?!—Ophis bramó furiosa, ahora incrédula de que una magia como esa pudiera afectarla a ella también.
Y entonces, sus compañeros entendieron a qué se refería Natsu con la música infernal que lo torturaba en sueños. La canción de cuna castigaba tortuosamente sus cerebros mientras hacía brotar sangre de sus oídos. Una canción de cuna para dormir infantes ejercía este poder maligno, y una canción compuesta por su propia madre humana, para mayor ironía…
—Dulces sueños, "Tío"...—Larcade hizo oír su voz cargada de resentimiento junto a la melodía.
El Etherias emergió al fin de la luz y este primer hechizo aturdidor se anuló. Ahora lo veían con claridad mientras caminaba ominosamente hacia ellos. Los tres estaban paralizados y en agonía. Larcade tocaba las notas mortales desde un instrumento de madera que Happy reconoció al instante…
—¡LULLABY!—Happy chilló con fuerza, al ver la flauta que tocaba Larcade—¡Tiene a Lullaby! ¡Es la muerte, su canción de cuna es la muerte!
Ahora el incrédulo era Natsu. Si había otro recuerdo que se esforzaba por no olvidar, era el de la primera misión conjunta con su equipo, aquel rejunte de amigos viejos que Lucy y su dulzura volvieron a unir como uña y carne una vez más. Había visto a Lullaby caer, y había visto a la flauta volverse quebradiza y seca, como una caña hueca, y sin embargo, ahora mismo estaba a punto de morir bajo su melodía…
—Discúlpame, este no es mi estilo, pero no me dejas opción—Larcade, ya más tranquilo, habló en voz alta una vez más.
—¡¿Dónde la conseguiste?!—Natsu le gritó a Larcade—¿Por qué?... Esa cosa no debería estar viva y tú tampoco…
—Vas a morir, Natsu, ya sea por mi mano o por la de Lullaby—Larcade le respondió—. Ella, sin embargo—señaló a Ophis—, mis nuevos aliados tienen un gran interés en ella y su poder…
—¡Nunca me controlarán!—Ophis bramó iracunda, pero su estado no se correspondía con su beligerancia. Estaba indefensa igual que Natsu—¡Yo, soy incontenible!
—Lo saben, y Lullaby es perfecto para ello.—Larcade asintió con la cabeza al terminar. Cambió de melodía, y aunque el dolor desapareció momentáneamente, el siguiente hechizo terminaría de sellar sus destinos. Larcade soltó la flauta y para sorpresa de Ophis, que nunca había visto el fenómeno, esta siguió tocando y empezó a levitar en el aire…—¡Levántate, Hermano mío, Lullaby!
La flauta se enterró en el suelo cual estaca y rápidamente tomó una nueva forma. Se deformó, creció, se estiró y creció aún más. Sus raíces brotaron del suelo y atraparon a Ophis, Natsu y Happy, que seguían aturdidos por la melodía e incapaces de librarse de la red de lianas y raíces que les envolvieron de pies a cabeza. En el lugar donde la flauta había caído, la criatura nacida tenía una apariencia monstruosa y desgarbada, brazos largos, y sus tres ojos brillaban con la incandescencia de una estrella moribunda.
Natsu notó que era más pequeño que en su encarnación original, pero no había duda alguna de que estaban ante Lullaby, el primer Etherias que habían enfrentado jamás…
—Ellos recomendaron esto para tí—Larcade le dijo a Ophis—. La magia de árbol tiene más aplicaciones de las que uno normalmente imagina…
El atrapar e inmovilizar a seres de la talla de Ophis no era una habilidad normal de Lullaby, de eso Happy estaba seguro. Erza, Natsu y Gray le vencieron con una pasmosa facilidad la primera vez. Ophis razonó que de la misma manera que lo había empoderado a él, los nuevos amos de Larcade habían prestado nuevos poderes al mediocre Lullaby. Parcialmente cierto. En realidad, estas ramas brotaron de las raíces del tocón muerto, aquel que le provocó las visiones a Natsu antes del ataque de Larcade.
Las raíces que habían brotado del suelo eran oscuras y retorcidas, cargadas de una energía antinatural que parecía vibrar con cada respiración de sus prisioneros. Cada raíz se ramificaba con precisión aterradora, envolviendo primero los torsos, luego los brazos y piernas, y finalmente penetrando en sus cuerpos con filamentos delgados que atravesaban la piel sin causar heridas visibles. Era una invasión que no necesitaba sangre para ser efectiva, pues lo que drenaba no era fuerza física, sino magia pura, la esencia vital de quienes atrapaba.
Ophis luchaba con toda su fuerza, sus ojos brillaban con rabia mientras su aura púrpura chisporroteaba a su alrededor, intentando cortar las raíces que la sujetaban. Pero estas no eran simples ramas. Su tacto era como el de un parásito vivo, resistente a los ataques mágicos directos y adaptándose rápidamente a las defensas de su presa. Ophis sintió cómo la energía que circulaba en su cuerpo, la esencia que la hacía el dragón imparable que era, se deslizaba fuera de ella, absorbida como si el árbol mismo estuviera bebiendo de su alma.
—¡Maldición!—rugió, intentando liberar su única mano para cortar las raíces, pero estas se tensaron aún más, apretando su cuerpo con una fuerza que ni siquiera ella podía romper. El drenaje era lento pero constante, y con cada segundo que pasaba, la rabia de Ophis se mezclaba con una sensación que rara vez experimentaba: la impotencia.
Natsu, a pocos metros de ella, estaba igualmente inmovilizado. Las raíces se habían clavado en su piel con una fuerza que le hacía rechinar los dientes. El calor de su magia de fuego parecía inútil contra las ramas; aunque lograba chamuscarlas en algunos puntos, estas se regeneraban casi al instante, cada vez más gruesas y resistentes. Natsu sintió cómo su magia, su fuerza vital, comenzaba a desvanecerse, como si estuviera siendo absorbida directamente desde su núcleo.
Happy, aunque más pequeño y menos poderoso que sus compañeros, no fue excluido del tormento. Las raíces le envolvían como si fueran serpientes vivas, el Exceed jadeaba mientras su magia, aunque limitada, era drenada de manera implacable.
Era un eco aterrador de lo que el demonio árbol, Vor'goruk, les había hecho en el bosque de Morceau D'enfer, y el recuerdo de aquella experiencia no hizo más que intensificar su desesperación.
—Grrr…—Natsu gruñó feral, tratando de reunir fuerzas para liberarse, pero sintiendo que cada intento solo aceleraba la pérdida de su energía.
Larcade observaba la escena con una sonrisa torcida. Las raíces parecían actuar con una voluntad propia, pero también respondían a su control. La magia del árbol era más que una simple extensión de Lullaby; era una combinación de poderes antiguos y oscuros, reforzados por los nuevos amos de Larcade. Era un hechizo diseñado no solo para capturar, sino para consumir, y lo hacía de una manera que incluso los más poderosos de entre ellos no podían resistir.
Ophis, con sus piernas temblando por el esfuerzo de mantenerse orgullosa, alzó la mirada hacia Larcade, cuyos ojos brillaban con una mezcla de triunfo y locura. Aunque su voz era firme, su respiración delataba el agotamiento que comenzaba a apoderarse de ella.
—Esto… no será suficiente para detenerme—escupió el dragón, pero incluso mientras hablaba, una raíz más gruesa comenzó a envolver su cuello, cortándole el aliento.
—No lo creo—replicó Larcade con un tono de burla mientras la canción de Lullaby resonaba de fondo, envolviendo el campo de batalla en una melodía mortal—. Esta vez, el árbol no fallará… Ninguno de ustedes saldrá de aquí con vida.
Mientras la conciencia de Ophis y Happy comenzaba a desvanecerse bajo el control de las raíces, las mismas visiones que Natsu había presenciado antes empezaron a proyectarse en sus mentes, tan vívidas como un recuerdo propio.
Primero, vieron a un joven Zeref, un niño de rostro amable pero ya marcado por una tristeza inexplicable. Con manos pequeñas, plantaba un árbol cerca del precipicio. Su voz era cálida mientras hablaba con Natsu, igualmente un infante.
—Lo estoy plantando para protegerte, hermano—decía Zeref mientras usaba magia para hacer que el árbol creciera rápidamente, sus ramas extendiéndose hacia el cielo en cuestión de segundos—. Este árbol asegurará que nunca vuelvas a caer por este acantilado. Quiero que estés a salvo, siempre…
Los recuerdos terminan y se deforman en visiones. Natsu lo sabe porque es imposible recordar cosas que nunca ha visto. El árbol ya no era un símbolo de protección. Ahora, un Zeref adulto, ya enloquecido por la maldición del dios que lo desprecia, tala el árbol en una noche de tormenta; su rostro está oscurecido por una mezcla de rabia y dolor. La lluvia caía con fuerza, empapando su túnica. Lleva la ocarina de su madre en el cuello, el último recuerdo que le queda de ella, la misma ocarina con la que la dulce mujer compuso la canción de cuna, ahora convertida en maldición.
La segunda visión avanza en el tiempo, a otro momento en el que Natsu nunca ha estado, pero definitivamente ha ocurrido. Los tres se dan cuenta que no están viendo las memorias de Natsu sino las del árbol. La canción de cuna cambia su tono, haciéndose más triste, como si el árbol tuviera un alma con la que llorar.
Y entonces, lo ven: El árbol ya no es el árbol, el árbol ahora es Lullaby; Zeref lo ha corrompido y deformado con magia profana, le ha dado vida y un propósito. No, muchos propósitos que lo confunden. Zeref es azotado por la bipolaridad, la locura provocada por la inmortalidad, el aislamiento y la maldición del dios, y los tres pueden ver sus múltiples delirios con los que confunde al demonio árbol…
En algunas es severo y fatalista. Le dice a Lullaby que es su monstruo, que debe intentar matarle, que por eso le ha creado.
En otras visiones, su tono cambia drásticamente. Con una sonrisa torcida, le ordena esparcir corrupción y muerte por el mundo, en represalia contra aquellos que vivían felices mientras él sufría por su maldición.
Pero entonces, llegó la última visión. Un Zeref diferente, más quebrado que nunca, apareció frente a Lullaby. Su rostro estaba bañado en lágrimas, sus manos temblaban mientras acariciaba las raíces del árbol convertido en demonio. Su voz era suave, llena de súplica, y en ella no quedaba rastro del odio ni de la locura, sólo un profundo dolor.
Él llora, le suplica a Lullaby que proteja a Natsu, que proteja a su hermano. Cómo el último de sus hijos, su deber es proteger a Natsu ante cualquier cosa…
—... Tu propósito no es destruir… Tu propósito es ser el guardián de mi hermano. Ahora que le he recuperado, nada debe dañarlo. Puede que me odie ahora, pero eventualmente entenderá. Entenderá y volverá a mí. ¡Debes protegerlo hasta que ese día llegue!
Las palabras de Zeref, cargadas de un amor distorsionado y desesperado, resonaron en las mentes de Ophis, Natsu y Happy, mientras las raíces siguen drenando su magia. La canción de Lullaby continuaba, cada nota impregnada de la tristeza del árbol que una vez había sido plantado con amor, ahora deformado en un arma de destrucción…
Ophis empieza a gritar cuando siente, por tercera vez en su vida, el frío abrazo de la muerte—¡No puedo morir, no de esta manera! ¡Soy el dragón infinito, soy inevitable! ¡Soy incontenible!
Natsu no oye sus gritos. La canción de cuna le revienta los oídos pero puede seguir oyéndola, se ha colado en su cerebro. Todas las visiones se arremolinan, y una sola voz destaca sobre todas las demás. Sus palabras no le dicen nada, lo único que importa es la voz. La voz de esa mujer…
La voz de la mujer es cálida, e imbuye con un poder desconocido a Natsu. Las ramas que lo aprisionan se deshacen como si fueran caña hueca. Natsu está muy confundido. Todo a su alrededor es blanco e infinito, incluso los restos de las ramas no aparecen en el suelo, se han desvanecido antes de caer. No sabe si está dormido o despierto, siquiera si está vivo o muerto, o si esto es sólo una manifestación metafísica de su propio ser dentro de su mente.
De pronto, frente a él, a pocos metros, aparece su enemigo. La expresión de sorpresa de Larcade es tan auténtica como la suya. Cruzan miradas, ninguno tiene idea de lo que está ocurriendo ni de porqué ocurre. Su sobrino no ha hecho esto, esto no debería estar pasando, y esto, sea lo que sea, no le detendrá de matarle.
Larcade tuerce su rostro con furia y mueve las manos para materializar su espada de luz con la intención de asesinarle de una maldita vez, pero no puede, trastabilla porque algo le detiene y le sujeta los pies. Son ramas de árbol, las mismas que fueron usadas para aprisionar a Natsu y Ophis, pero ahora brotan del suelo inmaterial y atrapan a Larcade, para su total desconcierto.
El demonio se llena de terror al ver que su propio hechizo se ha revelado contra él. Las ramificaciones penetran su piel y se extienden como telarañas, drenando su fuerza. Las ramas de un lado se hinchan hasta formar un rostro monstruoso, de tres ojos. Ante un perplejo Natsu, Larcade grita de horror:
—¡Lullaby! ¿POR QUÉ LO AYUDAS A ÉL? ¿Por qué me traicionas?
—Yo sólo sigo las órdenes de padre, no las tuyas…
La voz de Lullaby resuena con un eco disforme, no sólo es la voz del monstruo, es un torbellino de sensaciones y voces que hablan a coro con mil notas musicales distintas. Natsu sintió un peso en su pecho, una amarga melancolía que no entendía, mientras que Larcade, atrapado en la maraña de ramas que brotaban interminablemente, se llenaba de una desesperación creciente.
Las ramas se aferraban a su cuerpo, perforando su piel y drenando su fuerza, pero Larcade, en su rabia y terror, las rompía una y otra vez. Sin embargo, cada vez que lo hacía, nuevas raíces surgían del suelo blanco e inmaterial, creciendo más rápido, más fuertes, volviendo a envolverlo. Es un forcejeo entre las dos voluntades, dos hermanos que luchan.
Larcade, cegado por la furia, no podía comprender por qué Lullaby, su hermano, ahora lo atacaba. Intentaba ordenar al demonio que lo obedeciera, pero las raíces no respondían. No veía las visiones que habían pasado por Natsu y Ophis, no entendía la verdadera naturaleza de Lullaby. Para él, todo esto era una traición inexplicable. El árbol demonio le negaba cualquier vínculo, cualquier conexión, porque no era digno de comprender la verdad ni de compartir la misma causa. Ante este rechazo, Larcade sólo veía el caos, un caos que ahora lo consumía lentamente mientras gritaba y forcejeaba inútilmente
—¡Hermano!, ¡¿No lo entiendes?! ¡POR SU CAUSA HEMOS SUFRIDO TANTO!—Larcade brama furioso.
—Tú eres el único que ha sufrido. Nosotros somos fuertes. Por eso eres el más cercano a él, las debilidades de la carne y la emoción te hacen débil, padre te hizo así, hermano. Los Etherias no somos débiles.
Larcade, consumido por la desesperación y el rechazo de Lullaby, extiende la mano y materializa en ella la flauta de invocación de Lullaby, o al menos una versión metafísica de esta. Intenta soplar y tocar la canción de cuna, retomar el control, pero esta no le obedece…
El instrumento permanece inerte, sin emitir sonido alguno. Cada intento de Larcade sólo intensifica su frustración, hasta que finalmente deja escapar un rugido de pura impotencia, mientras el eco del rechazo de Lullaby resuena en su mente.
—¡LULLABY, TE ORDENO QUE LO MATES!
—Yo soy su guardián, para eso me hicieron. Mi deber es protegerle…
Natsu sigue frente a ellos, observando todo. Todo en esa visión surrealista lo desconcierta: Las palabras de Lullaby, el odio desbordado de Larcade, y el vacío blanco que lo envolvía. Pero lo que más lo inquietaba era la canción, que ya no le provocaba el dolor desgarrador de antes. Ahora, cada nota resonaba en lo más profundo de su ser, llenándolo de una tristeza infinita, una melancolía tan pesada que parecía ahogarlo. No entendía por qué, pero la melodía parecía arrancar algo dentro de él, como si estuviera destinada a recordarle algo perdido, algo que ni siquiera sabía que debía extrañar.
—Úsame… lo detendré lo más que pueda. Usa tu llama para quemarnos a ambos…
Lullaby se dirigió a Natsu, sacándolo de su trance. Matarlos ambos. Ni siquiera sabía si podría hacerlo en este espacio metafísico y si siquiera serviría de algo. La fuerza en su pecho, conferida por la canción, le impulsa hacia adelante.
—¿Eh?... Pero tú también morirás…—Natsu replica.
—No podré detenerlo mucho tiempo. Debes hacerlo, acaba con nosotros…
Natsu duda, pero al final, lo hace. El poder de la canción de cuna hace arder la llama en su pecho. Inhala profundamente y dispara:
—¡Karyu no Hoko! (Rugido del Dragón de Fuego)
Las llamas abrasaron a Larcade y a Lullaby, envolviéndolos en un vórtice ardiente. Larcade gritó con furia y desesperación, sus aullidos resonando con una mezcla de dolor físico y rabia impotente por su venganza negada. Las ramas de Lullaby, que antes lo habían atrapado y envuelto, se carbonizaron rápidamente, deshaciéndose en cenizas que flotaron en el aire como un último suspiro. El rostro de tres ojos de Lullaby apareció entre las llamas, sus líneas deformadas por el calor, pero su mirada fija en Natsu. Fue una mirada que lo atravesó, que parecía contener tanto tristeza como gratitud, antes de desaparecer por completo.
Natsu se quedó inmóvil. Su cuerpo, aunque firme, estaba invadido por una sensación de desconexión, como si lo que acababa de ocurrir no fuera real. Pero sus ojos traicionaron su compostura; lágrimas rodaban copiosamente por sus mejillas, desbordándose sin control. Su rostro seguía inmutable pero las lágrimas caían inexplicablemente solas; no sentía tristeza ni alivio, sólo un vacío incomprensible mientras las cenizas se dispersaban a su alrededor.
Junto con los dos Etherias, la visión también se quema. La luz se hace más brillante y el espacio, onírico e inmaterial, colapsa…
…
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…
En ese momento, en ese preciso momento, Natsu cae arrodillado al suelo. Siente la hierba entre sus dedos. Sus ojos recobran su función y el paisaje original regresa.
Están de nuevo en la altiplanicie verde, a pocos metros del acantilado. Natsu cree que todo ha sido un sueño, pero rápidamente retrocede de susto al encontrarse con la enorme pira en la que todavía arden los restos de Larcade y Lullaby.
Ya no hay vestigios de ninguna forma reconocible y los gritos de Larcade hace mucho que se detuvieron. Ya no es de mañana, sino que en su lugar, los naranjas y rojos del atardecer se asoman en el horizonte…
Crack
Las ramas de la prisión de Ophis se rompen cual galleta y ella también cae de bruces al suelo.
—¡Coff-coff!... ¡Puaj!... ¡ja-tup!—Ophis se atraganta, tose y escupe trocitos de corteza chamuscada—. ¡Odio la magia de árbol!
Ophis revisa rápidamente sus pertenencias y descubre con alivio que su brazo amputado sigue en su bolso. Mientras el dragón protesta y añade una nueva magia a su lista de infamias, Happy también se libera y busca a Natsu. Lo encuentra frente a la pira de fuego, con la mirada perdida en las llamas.
—¡Era tu guardián!—Happy exclama—¡Todo este tiempo, Lullaby era tu guardián!...
—¿Qué?... No… no es verdad…—Natsu responde confundido. No tiene como negarse, Ophis y Happy han visto también las visiones.
—Es cierto. Todos los vimos.—Ophis replicó en tono solemne. No estaba enojada, o al menos no lo mostró. Natsu no quiso comprobarlo y no se quejó ni volvió a negarse. Ophis se acercó a Natsu, ambos contemplando los últimos restos arder.—Fue una trampa, desde el principio.
No suena como una acusación, que sería completamente merecida, después de todo, en primer lugar cayeron en la trampa por culpa de Natsu y su desobediencia de no tocar el tocón petrificado.
Happy siente que algo no encaja del todo. Ophis ya debería estar encima de Natsu, azotándole por su error y quejándose en voz alta de la mediocridad de su poder, de su falta de precisión y una larga lista de defectos, pero en su lugar, Ophis se muestra accesible y hasta comprensiva.
—Ese sujeto sabía que soy vulnerable a… , quiero decir, esa criatura sabía que la magia de árbol sería efectiva para capturarnos.—Ophis corrigió rápidamente, movida por su ego—Él no tenía manera de saber eso, así cómo el hecho de que este lugar podría confundir al libro. Todo ese conocimiento debió proporcionárselo alguien más, alguien que nos persigue… ¿Tienes alguna idea de quién?
Natsu negó con la cabeza—¿Y tú?
—Eso creo, pero es imposible. Está muerto, y es muy pronto para que regrese…—Ophis habló en forma de acertijo. Prefirió guardar sus conjeturas para sí misma.
El interrogatorio termina allí, Ophis no presiona más, lo cual es extraño. Dada la conexión de Larcade, Natsu y el origen de E.N.D., es cuando menos esperable que ella se interese por el tema y busque arrancarle respuestas a Natsu sin considerar su duelo. Sin embargo, no hace nada de estás cosas, se queda allí junto a él, contemplando las llamas apagarse.
Ophis no mencionó nada más, regalándole a Natsu un necesario silencio para procesar todo. Mostró una especie de respeto hacia Natsu y lo traumática que debió ser toda experiencia, como si entendiera que como hombre, él no necesita ni desea compartir sus pensamientos con nadie, sólo necesita paz…
La actitud del dragón hizo sospechar a Happy, no se puede creer que ella no esté furiosa por lo ocurrido y no les reclamé por el desastre causado.
Y Happy está en lo cierto, por dentro, Ophis es un volcán de cólera a punto de estallar. Ha sufrido una profunda herida en su orgullo: Natsu le ha salvado el pellejo por segunda vez, para mayor humillación.
Prefería que éste se olvidase por completo del asunto, aunque en el fondo, ella siempre lo sabría, y no estaría tranquila hasta saldar esa deuda.
En los últimos instantes de luz diurna, Ophis se levanta y deja a Natsu sólo. Se dirige al tocón enterrado, aquel que les guió a la trampa, provocó las visiones, y quizá, les salvó en última instancia. Happy la sigue. Ambos están seguros que no se trata de una coincidencia.
Encuentran la tierra removida, de dónde brotaron las raíces que les atraparon, pero eso no es lo que llama su atención; el tocón del árbol cortado, supuestamente petrificado, está partido, astillado y abierto como una flor. Ophis mete su mano en el hoyo y saca un objeto. Un instrumento musical. Una ocarina…
—No puedo creerlo… esa es…
—La misma—Ophis confirmó el descubrimiento e interrumpió a Happy.
No tiene sentido. Más de 400 años y está intacta. Ophis sopla una nota y resulta estar perfectamente afinada. El artefacto le resulta muy extraño. No siente una energía mágica poderosa ni algún sello o signo oculto, pero sin duda la cosa tiene un algo, que la hace especial. El dragón no sabe qué, pero está segura que es especial en algún sentido que todavía no comprende.
—¿Tú crees que?...
—Estoy convencida que esta cosa provocó la reacción mágica que nos permitió sobrevivir.—Ophis se apuró a afirmarlo en voz alta. Prefería restarle mérito a Natsu para aliviar su ego herido.
Las últimas llamas de la hoguera se extinguieron y sus destellos se reflejaban en las pupilas de Natsu, que seguía observándolas con una concentración inaudita para alguien como él, parecía hipnotizado por ellas.
Fue por eso que no sintió a sus dos compañeros regresar sino hasta cuando estaban justo detrás de él y uno de ellos le puso la mano en el hombro.
—¿Eh?.—se dió vuelta con distraída curiosidad.
Allí estaba esa cosa, Happy la tenía en sus manos y había una gran sonrisa impresa en su rostro. El Exceed se la ofreció con un gesto reverencial, pero cuando Natsu la sintió cerca, se erizó por completo y una profunda sensación de rechazo lo embargó.
—¡Aleja esa cosa de mí!—Natsu le dió un manotazo a Happy y la ocarina se escapó de sus manos.
—¡Hey!
Happy corrió y voló para recuperar el instrumento. Natsu golpeó con tal fuerza que la ocarina salió disparada hacia la izquierda. El Exceed fué muy afortunado de encontrarla de nuevo y que esta no cayera por el acantilado o se perdiera entre la hierba por la creciente oscuridad que dejaba la muerte del atardecer.
Cogió la ocarina con sus patas y la inspeccionó cuidadosamente. Dos veces afortunado, el instrumento está intacto, Natsu no lo ha roto con su gesto agresivo. Ophis observa la escena con atención pero no hace nada.
Happy regresó hacia Natsu con los puños levantados y la cara hirviendo de rabia.
—¡¿Eres tonto o qué?!—Happy le reclamó con la furia impresa en su rostro—¿Acaso no lo entiendes?... Es la ocarina de tu mamá…
Happy no podía contener su indignación mientras sostenía la ocarina, casi temblando de furia. Para él, era incomprensible que Natsu, después de todo lo que habían vivido, rechazara algo tan valioso y significativo. La ocarina era un vestigio tangible de su madre humana, una conexión directa con su origen que, en la mente de Happy, debería ser el mayor tesoro para Natsu. Quizá al ver la devoción que tenía Lucy a los recuerdos de su madre le hicieron creer que era igual para todos, porque para Natsu, no parece ser el caso.
—¡No entiendo cómo puedes rechazar esto!—Happy gritó, su voz cargada de frustración—¡Es la ocarina de tu mamá! ¿Qué te pasa? ¡Esto debería ser lo más importante para ti! ¡Es un pedazo de ella, algo que sobrevivió más de 400 años! ¿Por qué lo rechazas? ¡¿Por qué siempre haces todo tan difícil, Natsu?!
Natsu miró a Happy por un momento, sus ojos cargados de una mezcla de incomodidad y confusión. Finalmente, se encogió de hombros, desinteresado.
—Si tanto te gusta, quédatela tú…—respondió, su tono seco y definitivo, antes de volver a mirar las cenizas de la pira con una expresión sombría.
Sin embargo, Ophis fue más allá de la indignación de Happy. Su mente privilegiada de dragón le permitía no caer en las simplicidades de las emociones y hacer un análisis más profundo, más meticuloso, viendo debajo de capas que el enojado Happy no era capaz de ver. Por eso Ophis pudo ver algo en la expresión de Natsu, en su rechazo visceral, le hizo cuestionarse si acaso se trataba de algún efecto mágico persistente de Lullaby, revelado como su guardián, una reacción residual de la maldición del monstruo o, quizá, algo más profundo. Tal vez el rechazo no era hacia el objeto en sí, sino hacia lo que representaba: Un recordatorio irrefutable de que Natsu tenía una madre humana y, por ende, un vínculo con una familia más allá de Igneel.
Pero también consideró una posibilidad más sencilla y absurda, aunque plausible: Que Natsu, en su limitada comprensión del mundo, simplemente no entendiera cómo los humanos se reproducen y, por tanto, le resultara imposible concebir que pudiera tener una madre distinta de Igneel por más pruebas que le presentaran. Ophis había explorado la idea durante la lucha, porque de otro modo… ¿Cómo podría ser inmune a la magia de Larcade? ¿Cómo podría ser inmune a los placeres de la carne, siendo sólo un hombre?
Le había observado y evaluado durante la lucha, cada movimiento, cada reacción corporal y las pistas estaban allí. Esa sí era una posibilidad interesante.
Ophis observó a Natsu una última vez, aún inmerso en su terquedad y sus respuestas simples, como si el universo entero fuera una ecuación fácil de resolver con el fuego de su voluntad. Había algo desconcertante en él, algo que desafiaba las reglas del mundo tal y como ella lo entendía. Y quizás, pensó, ese desafío era precisamente lo que lo hacía tan único.
«… La verdadera libertad… », murmuró en su mente, repitiendo esas palabras como si probaran su peso. Para ella, la libertad significaba estar por encima de las ataduras de la carne y sus deseos asociados, el hambre de placer sensual. Había nacido ya libre de esas cosas, encontrando en su vacío un tipo de pureza que pocos, si acaso alguien más, podían comprender. Sin embargo, Natsu era diferente. Él no había llegado a esa pureza por sabiduría o por elección, sino por una ignorancia tan profunda que lo separaba incluso de su propia humanidad.
Era una ironía fascinante. Ophis, quien había pasado milenios buscando esa libertad en algún otro ser que pudiera considerar afín, ahora podía verla reflejada en la torpeza de un hombre-niño que ni siquiera era consciente de su posesión. Él era libre no porque lo entendiera, sino porque no sabía lo que se estaba perdiendo.
«… ¿Eres realmente libre, Dragneel? O simplemente estás atrapado en una prisión que no puedes ver porque no conoces el mundo fuera de ella...» La pregunta quedó suspendida en su mente, sin respuesta, pero con la certeza de que era una cuestión que valía la pena explorar.
Por primera vez, Ophis encontró en Natsu un atisbo de algo que no podía definir, algo que despertaba en ella una pizca de respeto. No porque fuera fuerte o noble, sino porque, al igual que ella, parecía estar libre de las cadenas que atan al resto. Y si bien ese respeto era tenue, casi imperceptible, existía.
Ella cerró los ojos y permitió que una leve sonrisa cruzara su rostro. Quizás, después de todo, no era tan diferente de él. Esa idea era a la vez intrigante y perturbadora.
Natsu gruñó algo sobre lo irritante que era la ocarina que Happy seguía agitando.
«… Tal vez no seas tan débil como pensé, Dragneel. Quizás, en algún nivel, tú también entiendas lo que significa ser verdaderamente libre… »
—Vamos a acampar. —dijo Ophis en voz alta, interrumpiendo la discusión.—Creo que es suficiente por hoy.
…
… CONTINUARÁ…
—••—
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NOTAS DEL CAP
Saludos a todos.
Sé que dije que esto saldría para febrero, ¿Pero qué creen? De repente la inspiración me llegó y sin darme cuenta lo terminé antes. Comenzamos el último arco de este libro, centrado en Natsu.
Originalmente iba a ser un solo cap, pero como es mi costumbre habitual, me excedí con el contenido y la cosa se salió de control XD. Ambas partes del capítulo ya están completas y se publicarán primero una hoy y la segunda, la semana siguiente. No sé si sea bueno publicarlos los dos a la vez, para que no se saturen con la lectura.
Siempre he sentido que personajes como Larcade han sido desperdiciados, y más porque pueden ser muy interesantes para interactuar con Natsu, dada su conexión con Zeref, y por otro lado, me acordé del infame/sabroso, capítulo 508 del manga original de Fairy Tail (310 del ánime). Yo lo ví directamente en el anime allá por el lejano 2019-20 y recuerdo que todos nos quedamos XD con todo el asunto de la magia "detecta-virgos" de Larcade. Me disculpo si su "resurrección" se sintió algo anticlimática, lo mismo con Lullaby.
En este contexto, no se me ocurrió mejor recurso que Larcade para tocar el tema de Natsu y su "asexualidad", bueno ya saben… mejor se los dejo para el siguiente capítulo, pero debo advertirles que no es para nada lo que se imaginan, jaja. (Natsu, Happy y los "huevos" XD).
¡Nos leemos en el siguiente capítulo!
