Severus y Minerva siguieron a Dumbledore por las escaleras hasta su oficina, pensando que la junta del Consejo Escolar había salido mejor de lo esperado. Después de todo, Dumbledore apenas había logrado mantener su puesto como director de Hogwarts. Aunque el Consejo aprobó los fondos para las reparaciones, el control de plagas y las nuevas barreras, destinaron el 10% de su salario para cubrir los costos durante los próximos cinco años. Dumbledore intentó evitar la reducción de su salario, pero Lucius le recordó que no habrían tenido problemas de infestación si él hubiera impedido que Lockhart trajera a los duendecillos de Cornualles en primer lugar. Tanto Lady Longbottom como varios miembros del Consejo estuvieron de acuerdo, advirtiéndole además que dejara de intervenir en los asuntos legales entre las familias Potter y Weasley, y asimismo en la vida de Harry Potter.

Tanto Severus como Minerva habían estado escuchando a Dumbledore quejarse sobre Harry, la invasión de criaturas y la reducción de su salario durante toda la caminata desde el punto de aparición.

—Todo esto es tu culpa, Albus. Deberías agradecer que no te hayan obligado a pagar por completo los costos. La única razón por la que no lo hicieron es porque gracias a esto se descubrieron los postes infestados de termitas y otros problemas estructurales que también ignoraste —señaló Minerva, rodando los ojos con hastío.

Severus pensaba que Dumbledore debía estar agradecido de conservar su trabajo. No estaba seguro de cómo Harry había logrado organizar todo esto, pero tenía que admitir que el chico era astuto e ingenioso de una manera que nadie habría esperado. El exterminador, Viktor, presentó tanto la estimación de costos como el plazo al Consejo, además de explicar que necesitaría contratar más personal y desglosar el costo de las empresas adicionales requeridas. Severus sospechaba que Harry era más consciente de la magia de lo que él pensaba, aunque probablemente no sabía que era magia. A diferencia de los humanos, los seres mágicos veían la magia como parte de sí mismos, sin pensar en restringirla ni impedir que sus pupilos la usaran.

Dumbledore gruñó cuando casi se cayó de espaldas contra Minerva.

—¿Qué sucede? —preguntó Minerva, mirando hacia la puerta de la oficina de Dumbledore.

—No lo sé. La puerta parece estar atascada —respondió Dumbledore, empujando nuevamente hasta lograr abrirla un poco.

Todo lo que Severus, Minerva y Dumbledore podían ver frente a ellos era una masa de madera, tela, pergamino e incluso metal.

—¿Podrías ayudarme, Severus?

Severus, sin estar seguro de lo que sucedía, rodeó a Minerva, quien retrocedió para permitirle situarse junto a Dumbledore. Sacó su varita, preguntándose por qué Dumbledore no había intentado abrir la puerta con un hechizo.

—Depulso.

Al ver que nada sucedía, Severus miró a Dumbledore.

—Creo que la única forma de abrir la puerta es manualmente, Albus —comentó, empujando la puerta lo suficiente para que alguien pudiera entrar.

Severus se apartó para que Dumbledore pudiera pasar, seguido de Minerva.

Un fuerte ¡BANG! se escuchó seguida por chillonas risas provenientes de los duendecillos de Cornuallles mientras Severus, Minerva y Dumbledore, ahora cubiertos de brillantina, eran atacados con globos de agua que crecían mientras volaban hacia ellos.

—¡Salgan! —ordenó Severus, agarrando a Dumbledore y Minerva y sacándolos rápidamente de la oficina abarrotada.

La puerta se cerró de golpe detrás de ellos.

—Es como si tu oficina se hubiera convertido en un patio de juegos para los duendecillos de Cornualles —comentó Minerva, atónita.

—¿Y qué importa eso? ¡Esas criaturas me llenaron de brillantina! Será mejor que desaparezcan pronto o me aseguraré de que deseen nunca haber nacido —gruñó Severus, mirando su ropa.

—Parece que tendré que usar otro lugar como oficina hasta que se resuelva este problema —dijo Dumbledore, observando la puerta y su vestimenta antes de bajar las escaleras.

Severus quiso maldecir a Dumbledore, quien les lanzó un hechizo de limpieza que empeoró las cosas. Se preguntó por qué estaba condenado a interactuar con este tipo de magos.

—Sabías muy bien que ese encantamiento no funcionaría, Albus —dijo Minerva, queriendo maldecir a Dumbledore por haber arruinado su ropa—. ¡Has echado a perder mis ropas!

—Dudo que nos escuche, Minerva —replicó Severus con amargura, convencido de que Dumbledore estaba completamente ensimismado—. Voy a cambiarme. Por suerte la mayoría de los estudiantes están en clase.

—Yo también debo hacerlo. Y tú nos vas a pagar las túnicas que acabas de arruinar, Albus —dijo Minerva, girando sobre sus talones y alejándose enfurecida.

Severus se fue, dejando un rastro de brillantina tras él.

—Todo esto es culpa de Dumbledore —murmuró, cruzándose con Argus Filch.

—Eso pensé. Le advertí sobre los duendecillos de Cornualles, pero nunca me escuchó —dijo Argus, mientras la señora Norris y sus gatos, Midnight y Sofía, se acurrucaban a sus pies—. Pediré a los elfos que me ayuden a limpiar este desastre.

Sofía comenzó a seguir a Severus, quien se dirigió a sus aposentos y se detuvo al ver a Draco y Harry charlando frente a su puerta.

—¿Qué te pasó, tío Severus?

—Es culpa de Dumbledore.

—¿Fueron los duendecillos de Cornualles? —preguntó Harry, alzando una ceja.

—Sí. Y si me disculpan, debo cambiarme de ropa —anunció Severus, entrando a sus aposentos mientras el retrato de la puerta comentaba que Dumbledore probablemente estaba encantado de tener a los duendecillos de Cornualles en Hogwarts.

...

—Me pregunto si Severus se desquitará con los Gryffindor por lo que Dumbledore le hizo. Después de todo, ahora tenemos Pociones con ellos.

—¿Crees que lo haga? Al final, fue culpa de Dumbledore y los duendecillos de Cornualles —le recordó Harry, sin haber esperado que Severus quedara atrapado en el lío que él mismo había preparado para Dumbledore.

Ya estaba planeando cómo recompensarlo por lo sucedido.

—No creo que sea tan severo. Lo más seguro es que solo les quite unos puntos, y luego Dumbledore se asegurará de devolvérselos para que Gryffindor gane la Copa de las Casas de nuevo, como el año pasado. Será mejor que vayamos al laboratorio; no quiero llegar tarde a Pociones.

—Casi olvidaba que el idiota y la señorita perfecta también estarían en clase —comentó Harry, refiriéndose a Ron y Hermione.

No quería que ellos fueran las víctimas de Severus, pero sabía que la parejita siempre se lo buscaba, especialmente en Pociones.

Uno pensaría que, después de un año en Hogwarts, ya habrían aprendido que agitar la mano y hablar fuera de turno solo les traía problemas. Además, Weasley no paraba de hacer comentarios sarcásticos durante toda la clase.

—Llévate mis cosas. Iré después —pidió Harry, mirando la puerta—. Prometo que llegaré a tiempo —añadió antes de desaparecer por el pasillo sin esperar respuesta de Draco.

—Claro, no hay problema. No necesitas preguntarme si quiero ir contigo —respondió Draco sarcásticamente, dirigiéndose al dormitorio para recoger ambas mochilas.

...

~No puedo quedarme mucho tiempo. Solo vine a recoger algo rápido. Te volveré a visitar más tarde.~ avisó Harry, mirando a Storm.

~Entiendo. ¿Qué es lo que necesitas?~ preguntó Storm, acurrucado cerca de la chimenea, donde los elfos domésticos le habían encendido el fuego hace un rato.

~Si es posible, una de tus escamas.~

~Hay muchas junto a la puerta del laboratorio de pociones. Los elfos domésticos las pusieron allí por mí.~ indicó Storm, encantado de ser parte de Hogwarts nuevamente.

Fawkes y varios amigos lo habían estado visitando ahora que podían entrar a la Cámara de los Secretos sin problemas.

~Gracias, Storm.~ dijo Harry, recogiendo escamas de diferentes tamaños. ~Se las daré al jefe de las serpientes.~

~Excelente.~ comentó Storm, moviéndose un poco. ~Vuelve más tarde. Tengo unos amigos que quieren conocerte.~

~Así lo haré. Amber vendrá dentro de poco tiempo.~

~Ya estoy aquí.~ anunció Amber, deslizándose hacia la habitación con dos gatitos siguiéndola. ~Vete, ya debes estar en clase.~ agregó, observando a Harry.

~Hasta luego.~ se despidió Harry, sin sorprenderse de que los gatitos estuvieran siguiendo a Amber.

...

—Gracias, Draco —dijo Harry, jadeando un poco mientras se detenía junto a Draco afuera del laboratorio de pociones—. Me hubiera gustado que vinieras conmigo, pero no tenía tiempo para mostrarte el lugar. Lo haré después.

—Genial, lo espero con ansias —respondió Draco, complacido.

La puerta se abrió de golpe, interrumpiendo su conversación y revelando a Severus.

—Entren ahora.

Los Slytherin entraron en fila mientras que los Gryffindor prácticamente corrían hacia sus mesas de pociones. Todos, excepto el idiota y la amante de las reglas, que claramente no entendían el concepto de no enfadar más a Severus, notaron que el profesor no estaba de buen humor y que lo mejor era no llamar su atención. ¡Incluso Longbottom comprendió que lo más sensato era mantenerse con un perfil bajo durante la clase!

—Son unos idiotas —comentó Harry, sin comprender cómo los favoritos de Dumbledore podían ser tan tontos.

—Así es —coincidió Draco, sin necesidad de voltear hacia los Gryffindor para saber a quiénes se refería Harry—. Para alguien que presume ser la bruja más inteligente de su generación, Granger carece de sentido común. Y Weasley siempre ha sido un idiota.

Harry comenzó a picar los ingredientes mientras Draco revolvía la poción.

—Creo que necesitamos un poco más de rocío —sugirió Draco.

—Una de las hojas de pino debe haber estado mal —observó Harry, mirando la poción—. Recuerda que el libro decía que la poción se volvería morada si las hojas estaban mal.

Draco pasó la página de su libro.

—Sí, necesitamos agregar una pizca de menta para compensarlo —dijo, leyendo detenidamente la información.

Parado detrás de ellos, Severus asintió en acuerdo antes de moverse a comentar las pociones de los demás estudiantes. Al finalizar la clase, miró al salón.

—Pongan sus pociones en mi escritorio si se ven como las de Malfoy y Potter. Si no, tendrán detención esta noche conmigo para que la vuelvan a hacer.

Todos colocaron sus pociones en el escritorio de Severus antes de irse. Harry se quedó atrás, esperando junto a Draco. Tan pronto como el salón estuvo vacío, Harry colocó las escamas de basilisco en el escritorio de Severus, quien lo miró durante varios minutos.

—Tú fuiste el que dejó entrar a los duendecillos de Cornualles a la oficina de Dumbledore, ¿no es así?

—No sé de qué me estás hablando —contestó Harry, levantando los ingredientes de pociones.

Severus contó hasta diez, reconociendo que no iba a obtener respuestas de Harry y que tampoco podía probar que él había sido el culpable. Sin embargo, las escamas le indicaban que Harry no pensó que iba a quedar atrapado en el caos que había invadido la oficina de Dumbledore, y esa era su forma de disculparse. Podía castigar a Harry, pero técnicamente no había sido atrapado en el acto. ¿Quería castigar a alguien por disculparse? ¿Quería castigar a Harry por intentar enmendar las cosas? Si lo hacía, ¿eso evitaría que Harry siguiera haciéndolo en el futuro? Severus se cuestionó qué reglas estaba rompiendo Harry. Aunque debía de haber alguna regla para eso, no estaba seguro de si alguna vez se había hecho algo similar para crearla.

—¿Qué son esas cosas, tío Severus?

—Son escamas de basilisco, Draco —respondió Severus, sintiéndose intrigado y encontrando un castigo interesante para Harry que le permitiría reconocer que apreciaba su disculpa, a pesar de no haberlo atrapado—. Debes hacer un ensayo de un metro sobre las escamas de basilisco y en qué pociones se usan, Harry. Si lo deseas, también puedes investigarlo, Draco —permitió, sabiendo que eso ayudaría a ambos en su aprendizaje.

Harry fijó sus ojos en Severus, analizándolo durante varios minutos. Sabía que su disculpa había sido aceptada, pero, de alguna manera, había sido castigado por sus acciones. Podía aceptar eso.

—¿Cuándo debo entregarlo?

—El sábado, durante nuestras clases privadas. Ambos deberán ir al jardín de Hagrid y recolectar algunos ingredientes para las pociones. Les proporcionaré la lista de lo que deberán traer para nuestra clase privada después de la cena.

Tanto Draco como Harry disfrutaban recolectando ingredientes para pociones y tomaban esa tarea cuando debían recogerlos de los invernaderos o el jardín de Hagrid, con quien habían hecho un trato.

—Podemos ir a recogerlos mañana y el viernes —propuso Draco, revisando su agenda para añadir la recolección de los ingredientes para pociones y el tiempo para su investigación.