Saga 2: Los recuerdos perdidos.


Las calles de Tokio se habían vuelto grises y silenciosas. Sin importar a donde volteara o a donde corriera, todo estaba desierto. Los negocios, los parques, las escuelas, las casas residenciales...

HanaYasha gritaba con todas sus fuerzas los nombres de sus amigos, de su hermano, de su tutor. Incluso había agregado el de Itachi para no volver a olvidarlo. Por desgracia, nadie acudió a su llamado, poniéndola tan triste como para abrazarse y llorar.

-¿Qué estará planeando esa mocosa?

De pronto, escuchó una voz ajena, girando asustada.

Parado detrás de las barreras metálicas; pintadas de negro y amarillo, al otro lado de las vías del tren, se encontraba un hombre alto de puntiagudo cabello negro.

Vestía una larga capa negra con nubes rojas y su rostro estaba protegido por una máscara anaranjada, formando una espiral desde su ojo derecho.

-Deshacer su hechizo al pronunciar un nombre cualquiera... - habló de nuevo, traspasando las barreras, como si se tratase de un fantasma. - vaya estupidez.

-¿Quién es? - pensó, secándose las lágrimas y retrocediendo. - Emana una terrible energía maligna.

Quedándose en silencio, el hombre invocó con su ojo carmín; brillando desde la oscuridad del hueco de su máscara, un camino de llamas negras que se dirigió como pólvora hacia la menor.

Sin embargo, antes de poder moverse y escapar, tres figuras llegaron al lugar desde el cielo, interponiéndose entre ambos y apagando con sus diferentes armas el camino de llamas negras.

La Hanyou vio asombrada una máscara plateada que se asomaba desde la cortina de humo, junto a varios mechones de color castaño.

-¡Susan! ¡Llévate a HanaYasha! - pidió Megumi Walker, transformando la garra plateada de su brazo derecho en una gigantesca espada de asidero dorado, con una cruz en la hoja.

La joven pelirroja asintió y se giró, corriendo hacia la Hanyou, para tomarla de su brazo izquierdo, abandonando la calle.

-Es inútil, guardiana. - comentó el enmascarado, con varios kunai, apareciendo a su alrededor. - Sabes bien que no puedes salvarla. Ni en este mundo, ni en el otro.

La joven, frunciendo el ceño, saltó hacia él, acompañada por su compañera Umiko Yamana; convirtiendo su brazalete durmiente en una bazuca que apoyó en su hombro derecho.

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Bajando por una calle empinada, HanaYasha siguió a la joven pelirroja a la entrada de un templo, subiendo con prisa las escaleras pavimentadas, hasta llegar a la cima. Los alrededores la sorprendieron, quitándole el aliento.

La casa de los antiguos dueños contaba con su pintura desquebrajada y vieja. Sus ventanas rotas y sus puertas corredizas mancilladas y a medio cerrar. Jadeando, volteó a su derecha. Un gran árbol sin hojas llamó su atención, por la gran cicatriz que tenía en medio de su tronco.

Hubiera querido acercarse y observarlo con más detenimiento. Pero Susan la jaló de nuevo de su brazo, llevándola a las puertas corredizas de un templo. Cuando ambas entraron, el sonido de varias explosiones se escuchó a lo lejos.

Respirando agitadas, bajaron los escalones de madera ocultos en la oscuridad y encontraron un pozo. Palpando las orillas, HanaYasha se asomó al interior. El viento soplaba, moviendo sus cabellos negros y acariciando la piel en su rostro.

-Tienes que saltar. - la instruyó su acompañante, mirándola preocupada.

La joven asintió. Subió al borde del pozo. Se sentó y se arrojó a sí misma. Susan, dando un último vistazo a las puertas correderas; angustiada por su hermana mayor y por su compañera, también se sentó en el borde de la antigua construcción y siguió a la Hanyou.

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-¡HanaYasha!

La mencionada dio un respingo y abrió los ojos. Al incorporarse, vio confundida el lugar donde estaba. Un espacio negro, con una superficie llena de agua tomando el lugar del suelo.
Arrodillándose, pasó una mano por encima. No podía tocarla. Solo ver su reflejo.

Sin embargo, al poner más atención a este, se percató que su cabello no era negro y que no llevaba el uniforme de la preparatoria. Su cabello era plateado. Tenía puesto un rosario de cuencas negras y sus ropas eran diferentes, de otra época.

-¡HanaYasha!

La misma voz que la despertó, la instó a voltear hacia atrás. Abrió sus ojos dorados como platos. Un inmenso espejo cuadrado de borde negro se encontraba a pocos metros de ella.

Tragando saliva, se acercó con precaución. En los primeros segundos, consiguió ver sin problemas su reflejo, tal y como era. Sin modificaciones en su aspecto.

No obstante, uno segundos después, la imagen de un muchacho de largo cabello y ojos negros, apareció arrodillado, sonriéndole.

Itachi. Pensó.

Subió su mano derecha y con las yemas de sus dedos, tocó el espejo. En ese instante, unas palabras salieron de sus labios.

-No tengas miedo. Me quedaré contigo.

Confundida por ello, no pudo reaccionar ante su repentina caída. Ni al exceso de imágenes que vinieron después.

En un lugar lleno de neblina, tres personas saltaban entre varias montañas e islas, evadiendo los ataques de una inmensa criatura.

El enmascarado se encontraba en la cima de una de sus siete cabezas. Gritos, lamentos, sangre...

...el sorprendente intercambio de latidos.

El milagroso intercambio de vidas.

Aterrada, dejó caer su mano a su costado y retrocedió un par de pasos. Para su mala suerte...

-¡HanaYasha!

...la voz de la mujer que la había llamado antes volvió a hacer eco en el sitio.

Le pedía que ingresara al espejo.

Pero, por las imágenes que se reflejaban en él, repitiéndose una y otra vez como un ciclo agonizante, le resultaba imposible, abismal.

Negó con la cabeza. Se abrazó a sí misma y dobló las rodillas para sentarse, refugiando su mirada por detrás de sus piernas.

No supo cuánto tiempo pasó, antes de reunir el valor necesario para dirigir sus ojos dorados de nuevo al espejo.

Al hacerlo en esta ocasión, ya no fue capaz de agachar de nuevo la cabeza, poniéndose de pie; perpleja, para apreciar mejor la silueta de Itachi.

Hace poco le había dicho que no tuviera miedo, que se quedaría con ella... ¿A qué se refería?

La respuesta estaba a tan solo un paso.

Lo sabía, pero, de todas maneras, se negaba a atravesar el espejo. Entonces, Itachi le extendió su brazo derecho, sonriéndole.

Se esforzó por respirar. Dejó escapar unas lágrimas de sus ojos y se acercó al espejo, tomando finalmente la mano del muchacho.

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-¡HanaYasha!

-¡Por favor! ¡Vuelve con nosotros!

-¡Te necesitamos!

Sus pies terminaron sobre un brillante sendero blanco. Volteó hacia arriba. Sobre ella se encontraba un oscuro cielo negro lleno de estrellas, albergando en su centro una gran luna blanca.

Giró hacia el frente. Al final del sendero, se hallaba una enorme plataforma circular, teniendo en su interior cinco cascadas que iban desde el centro; donde había un árbol de cerezo, hasta el borde, adornado con blancos pilares de concreto.

Las voces volvieron a llamarla. Apresurándose, comenzó a correr. Los resplandecientes pétalos del árbol llegaban hasta ella, flotando a sus lados para acompañarla en su camino.

Unos segundos después, consiguió pisar el suelo de la plataforma circular, quedando más maravillada con el agua de las cascadas, hasta que volteó al árbol y encontró algo extraño cerca de su tronco.

Acercándose, lo rodeó.

Acostado sobre sus raíces, se hallaba un joven de piel pálida y cabello blanco, atado en forma de una pequeña cola de caballo. Una cicatriz roja pasaba por encima de su ojo izquierdo y su mejilla.

Su ropa consistía en una camisa blanca de mangas largas. Sobre esta, llevaba encima un blazer negro, haciéndole juego con sus pantalones y botas; que le llegaban por debajo de las rodillas, del mismo color.

-Ha estado así desde la explosión. - dijo Susan, apareciendo de pronto a su derecha y llamando su atención. - Mi hermana me dijo que tú tienes una habilidad que podría ayudarlo a despertar.

Con su comentario, recordó a las chicas que la protegieron del ataque del enmascarado.

-¿Quiénes son ustedes? - preguntó, ofuscada.

-Mi nombre es Susan. - respondió la joven pelirroja, sonriendo y haciendo una reverencia. - Soy la hermana menor de Megumi, la chica con la capa negra. Su compañera, la chica del largo cabello violeta es Umiko Yamana. Ambas se han estado esforzando durante los últimos tres meses para ayudarte a ti y a Allen.

HanaYasha volteó hacia el muchacho dormido.

-Combinando sus técnicas, crearon para ti un mundo que te permitiera recuperar una parte de tus recuerdos, los cuales, fueron corrompidos cuando te atacaron.

-¿Me atacaron?

-En tu última misión.

"Misión".

"Deber".

"Desesperación".

"Sangre".

"Muerte".

"Shinobi".

Reaccionando a esa última palabra en sus pensamientos; escarbando en la profundidad de sus memorias, su corazón latió con frenesí y su cabeza empezó a doler, dándole punzadas insoportables que la obligaban a sostenérsela con las manos. A cerrar con fuerza los ojos y a apretar la mandíbula.

Podía ver a una inmensa criatura de siete cabezas, atacando desde lo profundo de la niebla. Ella podía esquivar sus ataques sin dificultades. Pero cuando uno de sus compañeros se vio acorralado... abrió los ojos de golpe.

Retiró despacio sus manos de su cabeza y se acercó a Allen, arrodillándose a su lado derecho. Colocó sus manos sobre su pecho, expulsando de sus palmas un brillo verde claro.

Para la gran sorpresa de Susan, observando la situación detrás de la Hanyou, los ojos del muchacho empezaron a abrirse.

Quería preguntar cómo había vuelto al santuario de Megumi. No obstante, los ojos de HanaYasha no se lo permitieron. Al encontrarse con ellos, empezó a desaparecer.

-¡Lo conseguiste! - exclamó la pelirroja, juntando las palmas de sus manos.

HanaYasha se levantó. Y sin dejar que viera su rostro, alzó la cabeza.

-¿Cómo puedo llegar a esas puertas? - preguntó, viendo como subían despacio al cielo ficticio del lugar, adentro de los pilares que rodeaban la isla.

-Hay que subir a la copa del árbol...

Sin dejar que la pelirroja terminara con su explicación, la Hanyou tomó una de las ramas del cerezo y se impulsó, atravesando otras más pequeñas, junto con sus hojas, para llegar a la cima.
Notando los escalones flotantes, subió a uno, luego a otro, y siguió escalando, corriendo y subiendo más y más alto.

En eso, las voces que la habían llamado antes; primero la de una mujer, y luego la de un hombre, consiguieron detenerla en seco.

A su lado izquierdo, se encontraba una puerta de madera antigua. Sobre ella, tenía un letrero con un símbolo que se le hacía conocido.

Una media luna de color rojo oscuro.

Tocándolo brevemente, la abrió sin querer, siendo absorbida de golpe por una ráfaga de viento, llevando varias hojas consigo.

Susan intentó alcanzarla, flotando con libertad a un lado de los escalones. Sin embargo, al percatarse que ese era su lugar de origen, sonrió agradecida.

Fin del capítulo.