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Eres muy afortunado.

Tú has sido el único al que la señorita ha atendido personalmente.

Y al que le ha dado más oportunidades para encontrar una labor en su castillo.

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En un inicio, Sasuke creyó que las pruebas de los jóvenes del castillo de Sakura Uchiha serían sencillas. Que realmente podría cumplir con cada una de las responsabilidades.

No obstante, después de haber roto más de 50 piezas de porcelana fina frente a Itachi, haber maltratado sin piedad los ingredientes de una simple sopa de verduras, dejar más mugrosos los ventanales con un trapo con agua y haber lanzado una flecha sin querer hacia un ave exótica que sobrevolaba casualmente por la torre... perdió cualquier esperanza de poder seguir viviendo dentro de esas cuatro y seguras paredes.

Apesadumbrado por sus fracasos, se quedó inerte en una silla, acompañado por los otros chicos, igual o más deprimidos que él. Ni siquiera Nobura; el encargado de las tres bibliotecas que se hallaban en el segundo piso, fue capaz de tolerar sus faltas, sacándolo a patadas, después de ver como sacaba sin cuidado los documentos de un archivero. (Y eso que usaba guantes). El único que continuaba sonriente, a pesar de haber presenciado cada terrible escena protagonizada por Sasuke, era Itachi.

De repente, su expresión cambió, girándose al escuchar como Sakura entraba a la bodega de la cocina, silenciando de inmediato al notar el pesado ambiente que se respiraba.

-¿Q-Qué pasa? – cuestionó, parpadeando atónita.

-Sakura-sama. – la llamó Takeshi, levantando su cabeza sobre la mesa de madera. – No se ofenda, pero no puedo creer que haya tenido la osadía de traer a alguien tan inútil a servir en su castillo.

Aquel comentario la sorprendió tanto que volteó hacia sus otros jefes de área. Tanto Osamu como Kensuke, permaneciendo en silencio, apuntaron con sus ojos a Sasuke, sumido en un abismo sin fondo. El ver como ocultaba su rostro en sus rodillas, abrazando sus piernas, mientras se encontraba sentado sobre una silla, la hizo sonreír. Se abrió paso. Lo tomó de los hombros; asombrándolo, y le sonrió.

-Todavía hay algo que puedes intentar. – le aseguró.

-¿Qué cosa? – preguntó inseguro.

Como respuesta, se señaló a sí misma.

-El área de jardinería y el área de enfermería.

-¡E-Espere, señorita! – pidió Osamu, saltando de su asiento.

-¡Si, piénselo mejor! – gritó Takeshi, entrando en pánico al igual que Kensuke, negando con la cabeza y apretando fuerte los puños. - ¡No se precipite solo porque es apuesto!

Pero, para la gran sorpresa de todos, a Sasuke se le daba bien el manejo de la espada, teniendo la oportunidad de cortar 10 árboles del bosque con un solo movimiento de la hoja. Además, también podía cortarlos en trozos más pequeños con otros movimientos, dejando más boquiabiertos a los chicos.

Takeshi se había congelado, parado con una pose extraña. Kensuke e Itachi lo felicitaron con aplausos; al igual que otros chicos que trabajaban en el jardín, y Osamu se emocionó tanto que saltó a su alrededor, para luego darle un abrazo breve.

Sakura también festejó con ellos... antes de girarse y ordenarles que la acompañaran, conduciéndolos confiada a la impecable área de enfermería. Al abrir una puerta de madera, al final del pasillo de la planta baja, iluminado por los ventanales de la pared de la fachada, se encontraron a un muchacho enfermo. Sus ojeras resaltaban, al igual que su pálida piel y su tosca tos, forzándose a cubrirse con un pañuelo para no contaminarlos.

-Tranquilo, Sora. – le habló la mujer con gentileza, acercándose a su cama y pasándole una mano por encima de su cabeza. – Traje conmigo a alguien que puede ayudarte.

De inmediato, todas las miradas se posaron en Sasuke.

-Vamos. – la pelirrosa lo sacó de sus pensamientos, jalándolo hacia ella con su mano derecha y entregándole en sus manos una lista. – Es un brebaje para la fiebre. – explicó. – Usa todas las herramientas que necesites. Y si consigues curar a Sora, te convertiré en mi aprendiz.

Sasuke asintió. Bastó con leer una vez el papel para memorizar los ingredientes, juntándolos todos en una mesa metálica a sus espaldas.

Mientras Sora continuaba tosiendo y los demás chicos lo observaban desde el umbral de la puerta, él machacaba algunas de las hierbas medicinales en un mortero. Quemaba otras, volviéndolas cenizas y hervía unas pocas en una olla de metal, moviéndola de vez en cuando y añadiendo lo demás.

20 minutos después, quedó listo un burbujeante líquido verde claro, servido en un alto vaso de cristal.

Osamu ahogó un grito de asombro. Y cuando tuvo la intención de repetirlo, Takeshi lo silenció con su mano derecha, fijando su vista en cómo Sasuke le ayudaba a sentarse en la cama a Sora y a beber su poción.

Con solo un par de tragos, las ojeras se le fueron aclarando y su piel optaba un color más normal. Esos cambios lo hicieron voltear hacia Sakura con dudas, a lo que asintió sonriente. Se convertiría en su aprendiz, pero...

-Con una condición. – dijo apacible, poniendo a todos en un estado de suspenso cardiaco, una vez que salieron al pasillo. – Necesitas entrenarte en otra área.

Y al escuchar aquello, Kensuke, Osamu y Takeshi se quedaron más tiesos que una roca y escucharon música tétrica y cruel.

-Señorita, si me lo permite... - habló Itachi. - ...me gustaría recibir a Sasuke en el área de servicio.

Los otros líderes despertaron de sus trances y lo miraron atentos.

-El equilibrio que tiene al manejar una espada, podría resultar de mucha ayuda con nuestras tareas. Solo le hace falta algo de práctica.

-Bien, lo dejo en tus manos. – sonriendo, le guiñó un ojo.

-¡S-Sakura-sama! – de pronto, alguien la llamó a lo lejos. - ¡U-Una de sus amigas ha venido a verla! ¡La pasé a la sala!

-Por favor, sean amables con Sasuke y ayúdenlo en todo lo que necesite, ¿De acuerdo? – les pidió con complicidad a los chicos, haciéndolos sonrojar y asentir enérgicamente.

Sonrió. Les dio la espalda y se reunió con el muchacho que le había dado el aviso al final del pasillo. Después de felicitar a su nuevo compañero, Kensuke, Osamu y Takeshi volvieron a sus deberes, dejándolo a solas con Itachi.

-Eres muy afortunado. – le comentó de pronto, empezando a caminar por el pasillo y deteniéndose frente a una puerta cerrada.

El menor lo vio confundido.

-Tú has sido el único al que la señorita ha atendido personalmente. Y al que le ha dado más oportunidades para encontrar una labor en su castillo.

Sacando una llave dorada de sus ropas, la introdujo al picaporte; moviéndola a la izquierda, y giró el pomo, abriendo la puerta. Ambos se asomaron al interior. Sasuke quedó embelesado con el espacio, albergando una cómoda cama. Un armario lleno de ropa; similar a las prendas que usaba. Un escritorio; con tres cajones, una vela, papel, pergaminos, tinta y tres libros, cada uno relacionado con las labores de la servidumbre real.

-Esta es tu habitación. – anunció el mayordomo, asombrándolo más.

-¿Todo esto? – cuestionó incrédulo.

Itachi asintió, extendiéndole la llave.

-Átala a tu cuello. – le pidió. - Y si la pierdes, no dudes en decirme.

El joven la tomó, mirándola con curiosidad en la palma de su mano derecha.

-Puedes descansar por el resto de la tarde. Si tienes hambre, ve a la cocina. Osamu te preparará algo. Y si aún sientes curiosidad por explorar el castillo, puedes hacerlo. Aunque no te recomiendo que vayas de nuevo a las bibliotecas.

-¿Y el cuarto de Sakura? – preguntó, desapareciendo su sonrisa por la impresión que le dio al escucharlo decir su nombre con tanta informalidad.

Sasuke carraspeó.

-Quiero decir... ¿El cuarto de la señorita?

Itachi volvió a sonreír. Y llevando sus dedos a su frente, le dio un pequeño golpe.

-No abuses de tu suerte, joven Sasuke. – advirtió, escuchándolo quejarse. - Solo acudimos cuando ella nos manda llamar.

El aludido asintió con una mueca, viéndolo marchar. No obstante, en lugar de quedarse, decidió acompañarlo, ayudándole con sus quehaceres pendientes de ese día.

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Al entrar a la pequeña y oscura habitación; ubicada al otro extremo del vestíbulo, Sakura sonrió por encontrarse con una de sus queridas amigas. Una mujer monstruo de largo cabello rubio; peinado en forma de una alta cola de caballo. Ojos carmesí, piel pálida.

Vestía una blusa negra sin mangas. Pantalones que detallaban mejor sus delgadas piernas, largas botas negras que le llegaban por debajo de las rodillas y encima de sus hombros, una capa negra con capucha, cuyos bordes inferiores le llegaban a la mitad de las pantorrillas. En el cinturón atado a sus pantalones, colgaba una máscara blanca con marcas rojas y una bolsa de tela mediana.

-¿Cómo te fue, Ino? – la interrogó Sakura.

-No consiguieron probar que yo lo liberé. – dijo orgullosa, sonriendo y guiñándole un ojo. - Y por ser la mejor curandera que han tenido en décadas, me dejaron conservar mi puesto y mis privilegios. – caminó hacia un largo sillón de terciopelo negro y se arrojó a los asientos para acostarse. - ¿Viste sus heridas? – cuestionó preocupada. - Te juro que hice lo mejor que pude.

-Parece que se desquitaron con él hasta el final. – respondió angustiada, sentándose en un sillón negro, individual. - Tenía moretones y cortadas hechas por látigos en la espalda.

La rubia chasqueó la lengua.

-Esos bastardos... - habló enojada, sentándose y apoyando sus brazos sobre sus piernas. - Ya se me había hecho extraño que estuvieran tan tranquilos, sabiendo que había herido a una de sus clientas.

-¿Alguien te ha dado más detalles sobre ese incidente?

-Escuché que la mujer que lo pidió aquella vez, salió volando por los aires cuando quiso tocarlo con una intención más... - hizo una pausa, sonriendo incómoda. - bueno, ya sabes.

-Es por la marca. – dijo Sakura, enseguida. - Esa fue una de las condiciones que impuse para protegerlo.

-¿Alejar a las pervertidas cuando quisieran tocarlo?

-No permitir que nadie lo tocara... - replicó, suspirando y abrazándose a sí misma. - a menos que sea con su consentimiento.

Su amiga la miró atónita, sin poder darle crédito a sus palabras.

-¿O sea que...? – interrogó. - ¿Estabas dispuesta a aceptar que viviera con otra mujer, en caso de que nunca volviera a ti?

-No me recuerda.

-¡Pero es injusto! – exclamó indignada, poniéndose de pie de un salto. - ¡Tienes que decirle la verdad!

De repente, escucharon unos golpes en la puerta. La pelirrosa se levantó y la abrió de un solo movimiento.

-¡Osamu! – exclamó, viendo atónita su rostro inocente.

-L-Lamento interrumpirla, señorita. – dijo con timidez, extendiendo la bandeja plateada que llevaba en sus manos. – L-Les traje té y galletas.

-¡Qué lindo! – bramó Ino complacida, poniéndose de pie y acercándose a ellos. – ¡Cómo agradecimiento...! – tomó su rostro en sus manos y se aproximó a él, pasando su lengua sobre sus labios. - te daré un besito.

-¡No te atrevas, Ino-cerda! – gritó Sakura, interponiéndose entre ambos. - ¡Búscate a alguien más para bajar tu calentura!

Ino bufó y resopló.

-Como sea. – pasó entre ambos y tomó varias galletas con sus uñas, llevándose una a la boca, para luego comenzar a correr hacia la entrada. - ¡Nos vemos en unos días!

Al desaparecer, la pelirrosa suspiró.

-¿Estás bien? – cuestionó al muchacho, sonriéndole preocupada. - Debiste asustarte mucho.

-D-Descuide. – habló Osamu, con la bandeja temblándole en las manos. - S-S-Solo me sorprendió.

Sakura lo miró con una gotita de sudor bajando por su cabeza.

Fin del capítulo.