-3 años atrás-.

Desde su llegada al templo de Mushin, Sasuke no había dejado de tener pesadillas, despertando lleno de sudor y lágrimas.

Veía a sus padres y a su hermano mayor caer en una profundad oscuridad en la que él era incapaz de entrar, por no poder hacerle frente al sujeto enmascarado.

Cuando se tranquilizaba un poco, respirando como pudiera, y volvía a la cama, al amanecer, veía a HanaYasha. Acostada a su lado, con sus ropas de kunoichi, le sonreía con dulzura. Él también le sonreía y la saludaba.

Sin embargo, al momento de querer tocar su rostro, su imagen se desvanecía, dejándolo solo de nuevo. La situación se repitió por tres semanas más, agotando hasta lo último que le quedaba de su cordura y sus sentimientos.

Entonces, recordó el motivo principal que lo mantenía ahí, sentado en una cama desordenada. El motivo principal por el que tuvo que salir huyendo de su hogar.

El tipo enmascarado lo había inculpado por el gran incendio en el distrito Uchiha, asesinando también a sus padres. Apretó la mandíbula y los puños con furia, parpadeando para reflejar su sharingan en el vidrio de la ventana.

Si quería encontrarlo y darle su merecido, tenía que levantarse y vencer primero, a todas las sombras que lo atormentaban cada noche en su mente. Ese sería el primer paso en su camino de venganza. No lo estaba haciendo por él.

Lo haría por sus padres, por la gente de todo su clan.

Por su hermano, por Taichi.

Por HanaYasha.

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A la mañana siguiente, Hachi y Mushin se sorprendieron por encontrar a Sasuke fuera de su alcoba, llevando puesto un kimono azul que encontró, atado a su cintura con un largo listón blanco.

De inmediato, al sacerdote regordete se le ocurrió enviarlos a ambos al mercado del pueblo. Hachi aceptó apurado, asegurándose de que no le faltara dinero y luego, salió del templo, con el chico caminando a su izquierda.

Al momento de pasar por el gran hueco, con una tumba en el fondo, imaginó a un niño corriendo, siendo seguido y sujetado después por Mushin, para luego, ver con impotencia, un gran vórtice perdiendo el control. El niño gritó, pero ya era demasiado tarde.

Su padre había sido víctima de una maldición.

FFFFF

-¿Tienes alguna extraña marca en el cuerpo? ¿O alguna vez has tenido la sensación de que te quitan la vida sin qué puedas hacer nada al respecto? Eso es lo significa estar maldito.

FFFFF

-¿Joven Sasuke? – la voz del mapache lo devolvió a la realidad.

Haciendo una pequeña reverencia a la tumba, lo alcanzó en las escaleras de ladrillos.

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Las compras habían sido bastantes satisfactorias para Hachi. Lo raro para Sasuke, fue verlo transformado en otra persona, disfrutando como si nada una fruta que recién había comprado. Incluso tuvo la gentileza de invitarle una, pero la rechazó de inmediato.

Mientras caminaban de vuelta al templo, subiendo por una colina con un sendero de tierra, escucharon los gritos desesperados de una niña. Sasuke se movió entre los arbustos a su izquierda, sin darle ninguna explicación al mapache, perdiendo su transformación humana.

Cuando salió por otros arbustos, llegando a unos campos de cultivo, vio enojado como un grupo de cinco niños golpeaban a una niña en el suelo. Su corazón dio un vuelco, recordando con dolor a HanaYasha. Imaginando cada situación de abuso que sufrió por ser una niña Hanyou.

Por ello, su sharingan apareció por su cuenta, quemando las sandalias de los niños con llamas negras. Estos, asustados, se las quitaron y las arrojaron en los alrededores, huyendo despavoridos.

Sasuke sintió un fuerte dolor en los ojos, por lo que los cerró. Agachó la cabeza, llevándose las manos a su rostro, y se sentó en el suelo. La niña, mientras tanto, lo miraba con curiosidad. Poniéndose de pie, cojeó hasta llegar a él.

-¿Te sientes bien? – cuestionó, agachándose a su altura.

El menor, parpadeando, levantó la mirada y quitó sus manos, mostrándole el carmín de sus ojos. La niña sonrió.

-¡Wow! ¡Son hermosos! – exclamó con una sonrisa.

Sasuke se quedó pasmado. No por su comentario, sino por los ojos de su acompañante. El derecho era rojo, mientras que el izquierdo era azul. Además, sus ropas estaban sucias. Y su piel blanquecina había sido mancillada con los moretones hechos por los niños que la golpearon y patearon.

-¡Me llamo Kasumi! ¡¿Cuál es tu nombre?!

En lugar de responder, el chico se levantó y se dio media vuelta para internarse en los arbustos.

-¡O-Oye, espera!

-No me sigas. – le pidió con frialdad, haciéndola dar un respingo. – Mejor vuelve a tú casa.

La niña agachó la mirada.

-No tengo a donde ir.

Su respuesta lo sorprendió, haciéndolo girar hacia ella una vez más. No mentía. Sus ojos estaban cristalinos. Al verlos, pudo reflejarse en ellos, viéndose a sí mismo, llorando y sufriendo por sus pesadillas. Por estar solo. Suspiró. Tomó a la niña de su brazo derecho y la llevó con él al lugar donde Hachi aún lo llamaba desesperado.

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Una semana después, Kasumi ya se había acostumbrado a las labores que había que hacer en el templo, aprendiendo a cocinar gracias a Hachi.

De vez en cuando, Sasuke los acompañaba, ayudando a cortar verduras o carne. Incluso llegaba en ocasiones con grandes animales que vio en el bosque, cazándolos con sus habilidades Shinobi.

La niña estaba tan encantada con ello, que siempre le daba las gracias con una gran sonrisa. A Sasuke le agradaban sus expresiones llenas de energía. Pero, al mismo tiempo, lo lastimaban, porque le recordaban a Sakura y a Naruto.

Después de su supuesta muerte, era incapaz de imaginar que sus vidas volvieran a ser las mismas de siempre. Primero, se había abierto una gran herida en sus corazones por la caída en coma de HanaYasha. Y ahora, ya no lo tenían a su lado. A su amigo, a su compañero.

Bajar a la aldea también se había vuelto algo más entretenido. Cuando un problema era ocasionado por un grupo de bandidos, Sasuke los ponía en su lugar con su chidori, amenazando con terminar con sus vidas si volvían a repetir aquellos actos barbáricos.

Robar, acosar jovencitas, destruir la comida y otros objetos de los locales. Gracias a esto, se había formado una reputación de salvador, por lo que cada vez que Kasumi lo acompañaba, la gente ya la trataba con más amabilidad. Ya no era solamente la hija de una sacerdotisa humana y un poderoso Youkai.

Lo único malo de poseer fama y prestigio, era que no podía decir su verdadero nombre. Si lo hacía, los cazadores ANBU de Konoha lo encontrarían y lo aniquilarían. Si Danzou aun pensaba que el incendio y la muerte de sus padres habían sido culpa suya, no se detendría hasta ver su cadáver.

Paseando por el mercado y vislumbrando varios puestos, encontró uno donde se dedicaban a crear y vender recipientes de vidrio. Ver su reflejo en varios de ellos, consiguió hacerlo recordar la historia de sus antepasados. La historia de Madara Uchiha. Así fue como obtuvo la idea de llamarse Izuna.

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-Cielos... - se quejó Kasumi, pasándose su brazo derecho sobre sus ojos. - ¡¿Cuántas cebollas más tengo que cortar?!

-Cuatro más. – dijo Hachi, sonriendo y poniendo otras verduras picadas en una gran olla de acero.

La niña hizo un puchero, sollozando y cortando más cebollas. En eso, la puerta corrediza de la cocina se abrió, por lo que ambos voltearon al mismo tiempo a su dirección.

-¿Alguno de ustedes ha visto a Izuna? – preguntó el sacerdote Mushin, teniendo hipo.

La menor lo vio con una mueca. ¡Otra vez se había puesto bien borrachote!

-Dijo que estaría entrenando en el jardín trasero. – respondió Hachi.

El hombre asintió y se retiró.

-¿Por qué tenemos que decirle "Izuna" si su nombre es "Sasuke"? – cuestionó la niña, poniendo otro puchero y picando con más energía la cebolla.

-Está en graves aprietos. – explicó el mapache, suspirando. – Si se descubre su verdadero nombre, volverán a cazarlo y esta vez sí lo podrían matar.

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Mushin salió de nuevo del templo, llevando a InuYasha y al herrero Totosai al jardín trasero. Desde el pasillo exterior, vieron como Sasuke; vestido con nuevas ropas Shinobi color negro que Kagome había tejido para él, saltaba de un lado a otro, lanzando shuriken que se clavaban en los centros de varias dianas colgadas en las ramas de los árboles. Al terminar, por la velocidad, deslizó las suelas de sus sandalias en la tierra, hacia atrás, y realizó una serie de sellos con sus manos.

-¡Estilo de fuego! ¡Jutsu gran bola de fuego! – sentía el chakra y su energía espiritual mezclándose en su técnica. Sin embargo, esta nunca salió de sus labios. - ¿Qué? – susurró confundido, repitiendo los sellos en sus manos. - ¡Estilo de fuego! ¡Jutsu gran bola de fuego! – de nuevo, no salió nada.

-¡Tal vez sea una señal de que deberías descansar! – exclamó InuYasha, sorprendiéndolo y haciéndolo voltear hacia atrás.

Girándose por completo, lo reverenció, antes de poner su atención en su acompañante. Un anciano arrugado de grandes ojos saltones. Cabello blanco peinado hacia arriba y kimono verde oscuro, con franjas horizontales. Sostenía un mazo de hierro en sus manos.

-Así que tú eres el discípulo de HanaYasha. – dijo el anciano, rascándose la barba y acercándose al chico. – Soy el herrero Totosai. InuYasha me contó lo que te pasó y me pidió que te forjara una espada.

La dejó caer de su hombro para que el menor la sostuviera en sus manos. Una vez que quitó la tela azul que la resguardaba, quedó encantado con todos sus detalles, retirándola un poco de su funda para reflejar sus ojos negros en la hoja.

-Su nombre es Kusanagi. – agregó el herrero. – Puedes combinarla con cualquier técnica ninja y no se romperá. Pero, para conseguirlo, necesitas entrenar en la cueva Ryuuchi con el sabio de la serpiente blanca.

Al escuchar aquello, observó seriamente al anciano, moviendo sus manos para guardar el arma.

-¿Dónde está?

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Llegando a la región del rayo con ayuda de Hachi, Sasuke arribó en un oscuro y extraño templo, construido en la parte más alta de un acantilado. No había ningún otro sonido que no fuera una gota de agua chocando contra las rocas.

Después de que el mapache se retirara, apareció ante él una mujer de piel pálida. Ojos y largo cabello castaño. Vestía ropas de una sacerdotisa. Aunque, por su aspecto, que cambiaba de un segundo a otro, con la forma de una serpiente humanoide, parecía esforzarse por esconder su verdadera naturaleza como Youkai.

Sabiendo que no buscaba instruirse en el arte sabio, se hizo a un lado y abrió las puertas del templo. Sasuke subió las escaleras con parsimonia y luego, entró a un elegante y oscuro vestíbulo. Al fondo, se hallaba el sabio de la serpiente blanca, acostado de lado en un sillón de terciopelo rojo.

-¡Qué sorpresa! – exclamó, entreabriendo sus ojos pequeños. – No veía a un humano, desde que Orochimaru Uchiha aprendió a usar los elixires de la juventud.

Sasuke no reaccionó.

-Pero, sin duda alguna, tú vienes con un propósito mucho más interesante. – afirmó, extendiendo su brazo derecho a su costado.

La misma mujer que había recibido al chico en la entrada del templo, apareció, abriendo una puerta que daba hacia unas escaleras de piedra.

-El primer paso para conseguirlo, será desarrollar habilidades de curación.

-Mi objetivo es matar. No curar.

-No te precipites, niño. – le sugirió el sabio, sin dejar de sonreír. – Para convertirte en un espadachín digno para Kusanagi, tienes que tener en tu interior, el equilibrio perfecto entre la luz y la oscuridad. Con las habilidades de curación, no solo podrás protegerte a ti mismo, sino también a los demás.

Imaginando la posibilidad de traer de vuelta a HanaYasha, Sasuke aceptó finalmente las condiciones del sabio, dirigiéndose a la habitación subterránea.

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Un mes después de haber comenzado su entrenamiento, Sasuke despertó en el interior de la cueva, estirándose y moviendo sus extremidades. Las tareas del sabio le resultaban tan agotadoras, que no podía evitar colapsar y acurrucarse en una pared de piedra para dormir en calma.

Habiendo despertado de una de esas siestas, se dispuso a continuar con la fórmula que se le entregó, teniendo que fabricar una sustancia que limpiara cualquier impureza del agua. De repente, escuchó un ruido en la oscuridad, volteando a su derecha.

Una pequeña serpiente negra lo miraba con curiosidad, escondiéndose y encogiéndose detrás de una roca. Parpadeando atónito, el chico se arrodilló y le dio una indicación para que se acercara.

La serpiente sacó su lengua un par de veces, deslizándose en la tierra hasta quedar cerca de su mano derecha extendida. Sasuke sonrió al sentir su piel escamosa dándole cosquillas en la mano. Poniéndose de pie, la llevó a su hombro derecho, mostrándole en lo que estaba trabajando.

El sabio de la serpiente blanca, escondido detrás de una puerta con sus subordinadas, sonrió complacido. Apreciaba que su nuevo aprendiz tuviera compasión y bondad por otras criaturas.

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-2 años después-.

Por las indicaciones de la mujer que resguardaba la entrada de la cueva Ryuuchi, InuYasha y Hachi esperaban ansiosos la aparición de Sasuke, ya que solo se habían comunicado con él por medio de pergaminos o trozos de papel, sin verlo de frente. Unos segundos después, las orejas de perro del Hanyou se movieron, percibiendo el eco de unos pasos aproximándose a ellos.

Sasuke salió del sitio acompañado por el sabio de la serpiente blanca. Como había crecido, ya no usaba las mismas ropas de Shinobi. Ahora tenía puesta una camisa blanca de mangas largas, dejando al descubierto su torso, atada a su cintura con una cinta gruesa de color morado. Pantalones negros y sandalias del mismo color. Atada también a la cinta, se hallaba la espada Kusanagi.

Tanto el demonio como el líder del clan Higurashi quedaron boquiabiertos al verlo. Mientras tanto, el joven aprovechó para despedirse del sabio con una reverencia, haciendo llorar, detrás de él, a las mujeres que lo habían atendido con dedicación.

Después de que Hachi se transformara en la criatura amarilla, InuYasha y Sasuke subieron a su lomo, partiendo al centro de Japón.

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Después de 5 meses, Sasuke pudo acostumbrarse a la rutina y costumbres de los exterminadores de demonios. Un grupo que se dedicaba a eliminar a monstruos malignos, usando herramientas hechas con los cuerpos de otras criaturas que habían matado con anterioridad, cada vez que les surgía el llamado de otras aldeas.

Kohaku, el hermano menor de Sango; una antigua exterminadora amiga de InuYasha y Kagome, se encargaba de dirigir y guiar al grupo. Hisui, el hijo menor de Sango y Miroku; otro amigo de los padres de HanaYasha, era su mano derecha, portando en su espalda el valioso boomerang gigante que alguna vez su madre utilizó para pelear.

En cierta ocasión, habían sido llamados por un extraño terrateniente. Los Youkai que les tocaron exterminar en el patio de su palacio no fueron la gran cosa. Solo se trataron de unos pequeños sapos con anomalías. Sin embargo, el problema real era el terrateniente.

Sasuke fue el único que pudo percatarse gracias a su sharingan, enterándose por las malas que estaba poseído. El supuesto terrateniente, no conocía nada del sharingan, pero se sintió amenazado por su mirada, llevando a cabo una técnica cobarde que sumió a los exterminadores en una ilusión, obligándolos a dirigir sus armas hacia él.

Enfurecido por ello, Sasuke esquivó cada ataque que le lanzaban, desenvainando su espada al dar un salto, para luego cortar de un movimiento la cabeza del terrateniente. Acto seguido, se giró con prisa hacia los hombres y a Hisui, sacándolos del genjutsu al dirigir su sharingan a cada uno de sus ojos.

Cuando volvieron en sí, quedaron desconcertados por los sirvientes parados en los alrededores, horrorizados con la sangre en el piso de madera del pasillo y la tierra. Voltearon hacia Sasuke. Él había sido el culpable. La hoja de su espada lo delataba.

El joven, por su parte, conocía perfectamente esas expresiones. No lo felicitaban por su hazaña. Lo juzgaban, creían que se trataba de un asesino. Igual que Danzou cuando ocurrió el incendio en el distrito Uchiha.

Incapaz de soportar la presión que le imponían, enfundó su espada y saltó por encima del techo del palacio, dirigiéndose a otros más cercanos hasta llegar al bosque.

Kohaku, siendo el único del grupo que conocía su situación; gracias a Sango y a Miroku, no dudó en ir tras él, forzándose a detenerse en cierto tramo del recorrido, por una repentina lluvia y al no saber a dónde ir.

PPPPP

Unos minutos después, Sasuke llegó a una cueva solitaria, llena de estalagmitas que cubrían el fondo. Por lo tanto, solo podía quedarse en la orilla de la entrada.

Enojado, arrojó la pequeña mochila que llevaba al suelo y se sentó, cubriéndose el rostro con las manos. Sabiendo que no podía darse el lujo de usar su herencia familiar con libertad... pero no pudo haber sido de otra forma. De lo contrario, quizás todos los exterminadores hubieran muerto.

De repente, sintió algo pasando por debajo de la manga de su brazo derecho. Arremangándola, encontró a Aoda, la pequeña serpiente que le hizo compañía durante su entrenamiento en la cueva Ryuuchi, convirtiéndose en su invocación. Sonrió al verlo, subiéndolo a la altura de su hombro.

-No se angustie, Sasuke-sama. – le pidió, sacando la lengua un par de veces y con sus ojos amarillos dirigidos hacia la lluvia. – Mañana será un día mejor.

El joven asintió. Se apoyó en la pared a su derecha, se cruzó de brazos y cerró los ojos, quedándose dormido.

Fin del capítulo.