Ojos de fuego
Kagome
Me levanté antes de que él despertara y caminé directo a la sala, no sin antes colocarme su camisa. Me senté en el mismo sillón en el que habíamos hablado la noche anterior y un pequeño suspiro abandonó mis labios.
- Supongo que esta es la despedida. - cerré mis ojos. - Bueno, al menos de estos encuentros.
Aunque hay algo que me gustaría saber antes de que no hablemos más sobre este tema.
Inicio del flashback.
- Inuyasha... - pronuncié, suspirando mientras sentía como su lengua recorría toda mi zona íntima, rememorando nuestro primer encuentro.
Mis ojos se posaron sobre los suyos, los cuales estaban cerrados y, a juzgar por su expresión, se notaba que estaba disfrutando con creces de aquel acto.
De estar en mi interior con su lengua.
Apreté las sábanas a mis costados en el mismo momento en que sus ojo se abrieron y los vi completamente rojos. En ese instante, una corriente eléctrica me atravesó y mi orgasmo llegó en niveles colosales.
Una energía que nunca antes en mi vida había sentido.
Fin del flashback.
- ¿Por qué sus ojos cambiaron de color? Pero, sobre todo... ¿Por qué eso me excito tanto?
Incluso, el simple hecho de pensarlo hace que...
Me puse de pie y regresé a la habitación. Sonreí al ver que aún dormía y, aunque quería dejarlo descansar, lo cierto era que no podía quitarme aquella sensación que desembocaba en la zona baja de mi cuerpo.
- ¿Qué me hiciste? - murmuré, acostándome nuevamente a su lado.
Acaricié el costado de su rostro, corriendo aquel mechón de cabello que lo cubría levemente y sonreí un poco más. Mis ojos viajaron por su espalda, la cual estaba descubierta y se detuvieron sobre una de sus manos. Inevitablemente el recuerdo de ellas recorriendo la piel desnuda de mi cuerpo llegó hasta mi mente, provocando que mordiera mis labios.
No puedo soportarlo más.
Casi que de manera automática, mi mano se deslizó por el interior de la camisa, deteniéndose en la zona que deseaba sentir aquel contacto. Un ligero y casi imperceptible suspiro abandonó mis labios al sentir mi dedo rozar con mis pliegues, impregnándose de mi calidez.
No podía apartar aquella mirada rojiza de mi mente y aquello aumentaba el placer que estaba sintiendo. Deseaba volver a ver esos ojos, deseaba que él me follara con aquella mirada, atravesando todo lo intangible entre los dos.
- Dios. - murmuré, inclinando mi espalda levemente, sin embargo me detuve al sentir su mano sobre mi pierna. - Inuyasha. - lo miré.
- ¿Acaso quieres matarme? - el tono de su voz, tan grabe y carrazposo simplemente me volvió loca.
- ¿Cómo...?
Con una sola mano desabrochó los botones de la camisa, tomando mi propia mano y llevándola a su boca para lamer suavemente mis dedos.
- ¿Qué te sucede? - podía sentir el palpitar de mi zona intima, la cual deseaba volver a sentirlo de inmediato. - Tu aroma... me encanta.
- ¿Qué me hiciste? - murmuré, completamente hipnotizada por sus ojos. Él sonrió.
- ¿Qué te hice? - se elevó y no pude evitar mirar su miembro, el cual ya estaba listo para la acción. Se movió sobre la cama e instintivamente abrí mis piernas para él, esperando a que se colocara en medio y así lo hizo. Sentí su duro miembro rozar en mi zona y un nuevo suspiro se asomó. - Estas mojada, ¿en que pensabas?
Me costaba concentrarme en sus palabras debido al vaivén delicioso que estaba sucediendo justo en mi centro, sin embargo necesitaba saber el motivo de aquellos intensos ojos de fuego.
- En tu mirada...
- ¿Mi mirada? - la confusión se apoderó de su rostro.
- Tus ojos... rojos como la sangre... rojos como tu sangre demoníaca.
¿Qué demonios estoy diciendo? Es casi como si estuviese divagando mientras el calor me consume.
- ¿Quieres saber por qué me puse de esa manera? - sentí la punta de su miembro ingresar y me fue imposible no gemir. - Porque me vuelves loco, pequeña. Mi lado demoníaco también te desea con creces.
- Penétrame. - ya no soportaba las llamas internas. - Fóllame hasta que tu demonio interior quiera salir.
- No es necesario que lo fuerce. - sus ojos se tornaron completamente rojos y, al sonreír, aquellos colmillos aparecieron, amén de que algo más se sintió más intenso.
Cualquier ser humano normal se hubiese asustado, sin embargo mi cuerpo parecía reaccionar de manera incontrolable ante aquella imagen, deseando que me poseyera por completo. Mis labios se abrieron ligeramente al sentir como mis paredes se dilataban de forma exquisita, dándole paso a aquel objeto de deseo.
- Inuyasha... - suspiré. - ¿Qué me hiciste? - ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que le había preguntado eso.
Mis ojos se voltearon al sentir aquella corriente eléctrica atravesarme mientras él comenzaba a penetrarme con suavidad. Podría describir aquella sensación como un pronunciado orgasmo que parecía no tener fin.
- ¿Te gusta? - el roce de sus colmillos sólo aumentaba mis emociones y decidí que yo debía marcar mi ritmo.
Inuyasha
La energía demoníaca de seres como nosotros supera con creces la humana y eso se nota cuando la dejamos fluir. Comprendía a la perfección lo que Kagome estaba sintiendo porque yo compartía su sentimiento.
La sensación del orgasmo eterno.
En donde cada uno de nuestros movimientos se sentía como una posible liberación que parecía no llegar nunca. ¿Por qué se producía? Porque anoche no había podido contener mi aura demoníaca en aquel acto carnal, y terminé impregnándola de ella. ¿Era negativo en algún aspecto? Para nada, simplemente se podía volver una adicción al sexo (siempre y cuando la conexión entre los dos fuese profunda en todo sentido)
Y la nuestra es única, ya no tengo dudas.
En este estado no sólo mi rostro se modificaba, todos mis músculos crecían, incluyendo mi miembro y supe que ella lo notó en el instante en que la llené por completo, perdiéndome en su estrechez, la cual me volvía loco.
- ¿Te gusta? - no podía mentir, verdaderamente estaba haciendo mi mayor esfuerzo para no marcarla y convertirla en mi mujer, pero no podía permitirme correr semejante riesgo sólo por un instante de éxtasis físico.
Sobre todo teniendo en cuenta que, cada vez que un humano se convierte, pierde algo de su ser en la transición y... hubo casos en donde lo que perdían terminaba siendo la vida.
Con una fuerza descomunal, ella me giró, dejándome por debajo y no dudó en apoyar sus manos sobre mi pecho para elevarse y dejar que me hundiera por completo en lo más profundo de su ser, provocando que llevara su cabeza hacía atrás y dejara escapar un agudo grito.
Uno que los vecinos seguramente escucharían sin problemas, pero no me interesa.
Comenzó a saltar sobre mi sin escatimar en nada, perdida completamente en aquella marea de placer que amaba causarle. Clavé mis garras sobre su suave y dulce piel, regulando su cabalgata o, de lo contrario, terminaría antes de lo que deseaba.
- Tienes que explicarme... - el sonido de su voz estaba, por lo menos, unos dos tonos por encima de lo que normalmente solía sonar. - ¿Por qué?
- Porque hay algo en tu interior que te esta permitiendo que lo sientas. - la detuve, comenzando a embestirla con mayor lentitud.
La quité de encima mío, lanzándola a la cama y dejándola que cayera sobre sus pechos. Sin miramientos elevé sus caderas y tomé su cabello, jalándola hacía mi hasta la altura de mi hombro al mismo tiempo en que la penetraba con mayor fuerza.
- Por dios... - mordió su labio y sonreí.
Mi mano libre se clavo en su trasero y el sonido del choque de mi pelvis con aquella zona fue la encargada de musicalizar aquel acto durante los siguientes minutos, amen de que sus gemidos realizaban el acompañamiento perfecto.
- ¿Quieres saber por qué te sientes de esta manera? - susurré en su oído.
- Por favor...
- Porque eres mía. - mi colmillo rozó en su lóbulo y mi mano fue directo a sus pechos, masajeándolos con devoción. - ¿Recuerdas lo que te dije anoche?
- Soy tuya. - repitió. - Siempre seré tuya.
Era todo lo que necesitaba escuchar. La volteé nuevamente y abrí sus piernas en toda su extensión, ingresando nuevamente mientras mis labios devoraban los suyos. Podía sentir y disfrutar de cada una de las electricidades que la recorrían y se reflejaban en la temperatura de su piel, la cuál hervía bajo mi cuerpo.
Finalmente nuestros orgasmos se unieron en el mismo segundo, arrancándonos los gritos más pesados que, con toda seguridad, ambos pronunciamos en nuestras vidas. La sentí estremecerse mientras me bañaba por completo y supe que, con toda seguridad, ya éramos uno para el resto de los días y no sólo físicamente.
- Inuyasha. - murmuró sin aliento y la miré. - Tus ojos... - sonrió y acarició mi mejilla. Mis ojos habían vuelto a la normalidad, al igual que mis colmillos habían desaparecido. - Eso fue tan único...
- Shhh. - la besé suavemente. - No digas nada, tendrás que reponer energías.
- ¿Quieres decir que me has consumido? - reí ante aquellas palabras.
- Mi energía demoníaca supera con creces a la tuya, es evidente que la he absorbido.
- ¿Algún día te llevarás mi alma?
- Tu alma será el tesoro más preciado que tendré que proteger. - detestaba las palabras bonitas, pero con ella era demasiado sencillo el decirlas.
- Eres hermoso. - cerró sus ojos y supe que dormiría al menos por una hora más, por lo que lo mejor iba a ser dejarla descansar.
- Te quiero, hermosa. - susurré, dejando un pequeño beso sobre su frente.
Kagome
Horas después
El silencio de mi departamento era algo que, dependiendo el día, podía tranquilizarme o simplemente volverme loca, más en esta ocasión me estaba ayudando a procesar todo lo sucedido.
Tomé mi taza de café y regresé a la cama. Me quedé observando un punto fijo durante un par de minutos antes de darle el primer sorbo.
- Son demasiadas cosas para sólo un día. - murmuré, recordando aquellas escenas.
Inicio del flashback.
Me desperté y podía sentir el cuerpo como si pesara dos veces más de lo normal. Enfoqué mi mirada notando que aún estaba en la habitación de Inuyasha. Proveniente de la cocina llegó un olor delicioso a café. Me puse de pie y me dirigí hacía allí. Al asomarme pude verlo sólo con su pantalón puesto, sirviendo aquella preparación.
Es verdad, esta mañana nosotros...
Mis mejillas ardieron al recordar toda la marea de emociones que me habían atravesado en ese momento, sin embargo necesitaba muchas respuestas aún y sabía que no podía marcharme de ese departamento sin ellas.
- ¿Vas a quedarte en la puerta toda la mañana?
- ¿He? - me sorprendí, ya que ni siquiera giró a verme.
- ¿Te sientes mejor? - volteó y sonrió mientras llevaba las cosas a la mesa.
- Bueno... si, eso creo.
- Bien, entonces puedes desayunar. - se sentó y yo me senté frente a él.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos mientras yo bebía los primeros sorbos de café. Podía sentir su mirada sobre mi, sin embargo no quería enfrentar aquellos intensos dorados.
- ¿Todo bien? - preguntó, probablemente notando la tensión del ambiente. - Estas demasiado callada.
- Tengo demasiadas dudas. - fui tajante y por fin lo miré. - Necesito que me digas que sucedió esta mañana.
- ¿No lo recuerdas? - frunció el entrecejo.
- Por supuesto que lo recuerdo, idiota, pero quiero saber el porque.
- Ya te dije el porque...
- No me convencen tus explicaciones, asique di la verdad.
- Bien, pregunta entonces.
- ¿Por qué me sentí de esa manera cuando...?
- Nos sentimos, querrás decir.
¿He? ¿Acaso él también sintió lo mismo que yo?
- Explícate.
- Tranquila. - rio. - Normalmente un demonio siempre tiene presente su lado demoníaco, sin embargo la mayoría de las veces podemos elegir cuando dejarlo salir.
- ¿La mayoría de las veces?
- Algunas veces es más complicado...
- Déjame adivinar, ¿anoche fue una de ellas? - sonrió. - ¿Y eso es algo malo?
- No, pero... digamos que tu cuerpo se llenó de mi energía demoníaca y potenció tus sentidos.
- Es más que eso. - respondí con seriedad. - Todo se sentía demasiado intenso, sensible, casi como si fuese...
- Un orgasmo eterno.
- Eso mismo.
- No voy a mentirte, si sabía de esta experiencia, pero nunca la había vivido. - aquello me sorprendió con creces y, al parecer mi sorpresa se vio reflejada en mis ojos. - ¿No me crees?
- Bueno, eres un viejo de cientos de años aunque te veas como un joven... - me burlé.
- Oye, no es que no me pase el tiempo, es que me pasa mucho más lento que a ustedes los humanos. - guiñó su ojo. - Podría decirse que, en edad humana, sólo tengo un par de años más que tú.
- Y si... si te hubieras convertido en humano... - su sonrisa se borró. - ¿Hubieses permanecido con la misma apariencia o hubieras envejecido de golpe?
- Hubiese permanecido con la misma apariencia. - aclaró su garganta. - Mi edad humana hubiese comenzado a correr en el instante en que la Perla hubiera hecho efecto.
- Entonces, a Kahori y a ti les hubiese pasado el tiempo de la misma manera.
- ¿Por qué preguntas eso?
- Ya te dije que tenía demasiadas dudas...
- ¿Segura que sólo es por eso?
- ¿Por qué no la convertiste en demonio?
- Kagome... - desvió su mirada. - Yo...
- Ya me ha quedado en claro que no deseas tocar ese tema, pero necesito saber la verdad.
Sobre todo si, algún día, el destino decide volver a juntarnos y darnos una oportunidad.
Permaneció en silencio durante unos momentos, pero en el instante en que dejó salir aquel suspiro, supe que obtendría las respuestas necesarias.
Fin del flashback.
Sus palabras aún seguían dando vueltas en mi mente y, aunque creía haber comprendido todo lo que dijo, algo dentro de mi decía que aquello era verdaderamente peligroso, después de todo no por nada él prefirió volverse humano a dejar que Kahori se volviera un demonio.
- Aunque... no le pregunté si el hecho de que fuera una sacerdotisa hubiera interferido en aquella conversión.
Cuando un humano decide convertirse, es como si hiciera una especie de pacto con la sangre demoníaca de la persona con la que va a estar y debe entregarle algo a cambio. Quizás eso no suene tan malo, sin embargo... hay personas que perdieron la vida en ese proceso y... los demonios nunca supieron el porque.
- Entregarle algo a cambio. - murmuré al recordar esas palabras. - ¿A que se refiere con eso? ¿Qué es lo que puede entregar un humano?
¿Y por qué la posibilidad de morir? ¿Acaso la sangre demoníaca es quien decide?
El sonido del portero de mi departamento me sacó de mis pensamientos, provocando que me pusiera de pie y fuera en busca de él.
- ¿Hola? - pregunté, presionando el botón.
- ¡Kagome! Que bueno que estas en casa.
- ¿Koga? ¿Qué haces aquí?
- Lo siento por no avisar, pero tenía muchas ganas de verte... traje unas galletas por si quieres tomar el té.
Sonreí ante sus palabras, Koga siempre se comportaba de una manera extremadamente dulce.
- Claro, pasa. - abrí la puerta desde mi departamento y ordené brevemente, esperando que él subiera.
Inuyasha
Salí de la ducha y me coloqué mi ropa cómoda, después de todo no pensaba salir de mi casa, necesitaba relajarme. Kagome se había marchado antes del almuerzo, alegando que tenía cosas que hacer, algo que simplemente no creí pero la dejé que se marchara.
Esa curiosidad que mostró sobre la marca demoníaca no me gustó para nada.
E instantáneamente por mi mente se atravesó el rostro de Koga, seguido de sus palabras.
Quizás le de una oportunidad a Koga.
- ¿Verdaderamente vas a lanzarte a una relación con ese idiota, Kagome?
Se que es mejor que Bankotsu, de hecho cualquiera es mejor que ese bastardo pero...
- No soporto la idea de saber que él querrá hacerte su mujer.
Y mucho menos soportaría que te fuera él quien te marcara... ya que eso significaría que te perdería para siempre.
Mi teléfono sonó, sacándome de mis pensamientos. Lo tomé y respondí.
- Buenas tardes, Kikyo, ¿Cómo estas?
- Buenas tardes, Inuyasha, ¿estarás en tu casa por la noche?
¿Justo ahora?
- Si, si voy a estar.
- ¿Puedo pasar?
Si debía ser honesto, no tenía intenciones de verla, pero tampoco podía negarme, no cuando ella era la madre de mi hijo.
- Si, claro, puedes pasar.
- Muchas gracias, te veré más tarde, adiós.
- Adiós.
Corté y suspiré ligeramente. Cerré mis ojos y esperé a que tocara la puerta, después de todo ya había percibido su aroma acercarse. Dos golpes fueron los encargados de hacerme saber que estaba afuera.
Y que consiguió la manera de evadir al portero o su permiso.
- ¿Qué es lo que quieres? - pregunté, abriendo la puerta.
- ¿Esa es la manera en la que saludas a los invitados?
- Yo no te invité. - me quejé, dejándolo pasar.
- Lo se, coqueto, pero necesitaba hablar contigo de inmediato.
- Sólo espero que no me traigas malas noticias. - el semblante serio de su rostro me indicaba todo lo contrario. - ¿Qué sucede, Miroku?
- Tenemos cosas que hablar sobre la fiesta... hay algo que tienes que saber con respecto a Magatsuhi.
Extra.
Kikyo
El domingo estaba siendo verdaderamente tranquilo a pesar de los malestares propios del embarazo, sin embargo estaba dispuesta a que aquello no me afectara en lo más mínimo, cualquier cosa relacionada a mi bebé iba a ser felicidad, incluso los peores momentos.
Había terminado de ordenar un poco la sala y me disponía a prepárame un té para irme a dormir, sin embargo el timbre sonó. Mi cuerpo se tensó de inmediato, ya que el único que podía llegar hasta la puerta de mi departamento sin anunciarse primero era él.
Tomé un poco de aire y caminé hasta la entrada, manteniendo mi semblante serio, después de todo la última vez que nos habíamos visto, habíamos discutido. Mis ojos se encontraron con los suyos y eso me perturbó un poco, ya que el brillo que siempre poseía al verme parecía haber desaparecido.
- ¿Qué haces aquí?
- ¿Acaso no puedo venir a verte? - dio un paso y me hice a un lado. - Has estado muy a la defensiva últimamente.
- ¿Tengo que recordarte que cuando fui a tu departamento estabas con otra mujer?
- Hm... Kikyo... - sonrió, cerrando sus ojos. - Desde aquí puedo oler tu miedo.
Aquellas palabras me atravesaron, pero me mantuve firme en mi posición de hacerle creer que estaba equivocado, aunque eso implicara el mentirme a mi misma.
- No se de que me estas hablando. - crucé mis brazos, quizás buscando enfatizar mi postura.
O quizás protegiendo a mi hijo.
- Te estoy dando la posibilidad de que tú misma me digas lo que sucede, ¿no crees que eso es muy cortés de mi parte?
Permanecí en silencio, tratando de estudiar sus palabras con detenimiento, pero lo que más me preocupaba era la tensa calma que veía en su mirada.
- ¿Quién es Kagura?
- Bien, veo que no vas a hablar. - comenzó a caminar en mi dirección y no se en que momento dejé de respirar, pero cuando quedó a escasos centímetros de mi, comencé a dejar salir el aire poco a poco. - ¿Hasta cuando piensas ocultarme al bastardo que llevas en tu vientre?
Me quedé en shock al escucharlo y mis sospechas se confirmaron: Naraku sabía que estaba embarazada.
- ¿Cómo...?
- ¿Realmente creíste que no iba a notarlo? Si el desagradable aroma de Taisho, mezclado con el tuyo, se intensifica a medida que pasan los días.
Pero... entonces... con eso que me esta diciendo... entonces si... el bebé es de Inuyasha.
Tenía una mezcla de emociones que estaban fluyendo dentro de mi como un tornado que arrasaba con toda la calma. Por un lado estaba feliz de saber que mi hijo era de Inuyasha y no suyo, pero por otro... aquello implicaba que no iba a tener compasión ni por mi ni por él.
Y eso me asusta.
- Pero puedes estar tranquila, no los mataré. - sonrió, llevando sus manos a mi mejilla y yo me tensé ante su contacto. - Te entregué a los brazos de Taisho para que lo vigilaras y vaya que hiciste bien tu trabajo, ahora él estará amarrado a ti más tiempo del que me esperaba.
¿Qué demonios está diciendo? ¿Acaso no le importa que vaya a tener un hijo con otra persona?
- Mi hermosa Kikyo, vine porque necesito que hagas algo esta noche.
- ¿Qué quieres? - me alejé un poco.
- Necesito que consigas información sobre un par de cosas de Inuyasha.
- ¿Qué cosas?
- Tranquila, ya te lo diré. - pasó por mi lado, dirigiéndose a mi habitación. Segundos después, regresó con aquel elemento que guardaba en el armario. - Llama a Inuyasha y dile que irás a verlo esta noche.
- No pensaba salir esta noche.
- No te lo estoy preguntando, hermosa. - nuevamente aquella sonrisa.
Se quedó observándome hasta que vio que tome mi móvil y le marqué.
Por favor no respondas, por lo que más quieras no...
- Buenas tardes, Kikyo, ¿Cómo estas?
Maldición.
- Buenas tardes, Inuyasha, ¿estarás en tu casa por la noche?
Por favor, respóndeme que no.
- Si, si voy a estar.
- ¿Puedo pasar? - no puedo explicar lo que sentí al pronunciar aquella pregunta.
- Si, claro, puedes pasar.
- Muchas gracias, te veré más tarde, adiós.
Corté sin más y miré a Naraku, quien tenía aquel brillo victorioso en su roja mirada, algo que siempre me agradaba pero que, esta noche, estaba detestando.
- Parece que el buen Taisho siempre tiene tiempo para follar, ¿verdad?
- ¿Disculpa?
- Tranquila, bonita, no tienes que fingir que no te agrada acostarte con ese imbécil.
Nuevamente se acercó a mi con aquel frasco en la mano y supe cual era su intención. Apreté mis ojos al sentir como rociaba parte de aquel líquido, el cual ocultaba mi aroma ante los demonios, menos de él.
- Kikyo. - abrí mi mirada y su sonrisa se había borrado. - Sólo te lo diré una vez y espero no tener que volver a repetirlo, ¿de acuerdo? - asentí aún sin saber lo que estaba por pronunciar. - Eres una mujer inteligente y se que harás lo mejor para ti, pero sobre todo para ese Taisho que llevas dentro, asique espero que sigas colaborando y te atengas al plan tal y como lo hiciste desde el comienzo, de lo contrario... - y sonrió escalofriantemente. - Ten por seguro de que me aseguraré de que Inuyasha sepa que, cada vez que se encuentra contigo, el veneno que llevas en tu piel lo está consumiendo lentamente, además de que estas siendo completamente consciente de ello. - se acercó a mi oído. - Y luego nadie volverá a saber de ti, ¿quedó claro?
