Aquí vamos otra vez…
Anotaciones:
Otro capítulo transitorio de construcción e introspección del ahora joven Naruto Uzumaki.
Todos los cambios (o la gran mayoría de ellos) en el canon de Naruto tienen un por qué.
A partir de ahora colocaré una alerta antes de cada capítulo. Solo por si las dudas.
Alerta: En esta historia se narran variadas situaciones que catalogan como contenido adulto y que pueden ser muy sensibles para algunos. Todas (o casi todas) cuestiones tratadas en mayor o menor profundidad dentro del juego Cyberpunk 2077, y que también se tocarán en esta ficción. Si has jugado al juego, sabrás lo que te espera (e incluso así puede que te sorprendas). Leer con discreción.
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Un Pacto con la Muerte
~~Prólogo~~
Capítulo 2: Solos y Descarriados Pt. I; Odisea de un Zorro Solitario
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Tiempo indeterminado. Lugar inexistente en la existencia corriente.
'¿Renací? ¿Estoy devuelta con vida?' Preguntó una consciencia inconsciente de su entorno, ajena a todo lo que la rodea, intentando esclarecer su situación actual.
Sus ojos amatistas escudriñaron el cielo claro y blanquecino, con retazos de lavanda indefinidos. Manos tantearon el césped verde y fresco, acariciándolo, haciéndole cosquillas al contacto. Oídos captaron la brisa suave y tranquila, que no encontraba trabas ni contendientes en su pasaje; un oleaje fue captado a lo lejos, casi como si fuesen remolinos continuos que, justamente, se arremolinaban sin parar. Su boca degustó el sabor a salado del mar, junto a la sequedad aberrante de no haber bebido algo en días; misma sensación que lo acompañó en su batalla final durante la guerra. Su nariz olfateó el sedimento sarroso de las costas, también atestiguó ese hedor inconfundible de las grandes masas de agua marítima y las costas oceánicas, bonito y agradable para su gusto, él se hallaba aquí. Todo su entorno le entregó un mensaje, un aviso: «No, aún no has renacido».
Además, reconocía este lugar a la perfección. Años pasó aquí en temprana juventud cuando aún era inocente de la sórdida realidad del cruel mundo shinobi, entrenando sin ton ni son hasta que la guerra extendió su llamarada a las pobres gentes de estas pacíficas tierras; pues, a pesar de ser fieros combatientes, los habitantes del sitio donde estaba actualmente preferían eludir el conflicto, luchaban solo cuando fuera realmente necesario, la gran mayoría de veces en defensa propia por los ataques insistentes de sus desalmados vecinos, hambrientos de poder conseguir un mísero secreto o algo relacionado a las aclamadas técnicas de sellado ocultas en este paraíso rodeado de remolinos.
Esto era una ubicación inaccesible para cualquier humano que no cumpliera con una simple condición: ser un Uzumaki. Esto era un templo afuera de cualquier dimensión, que representaba a su vez a la antigua casa a la cual otrora vez perteneció. La casa con la que siempre soñó, pero que nunca poseyó más allá del periodo juvenil. Un destello del pasado traído, arrancado de su horrible realidad, y transformado en un bello e indómito paraíso utópico. Inalcanzable para aquellas manos ennegrecidas por la guerra y con el afán de sustraerles todo su conocimiento, huecas de toda lealtad, abstraídas de toda calidez y amistad. Una isla inhóspita; y un lugar de descanso para los herederos del remolino, así como sus padres fundadores.
Fundada por el grandioso y poco reconocido (fuera del clan) Príncipe Carmesí, Yukimaryu Uzumaki: esta era Uzushiogakure no Sato, también conocida como Chōju no Sato, en el epicentro de Uzu no Kuni, el hogar natal de los Uzumaki, o por lo menos fue así hasta su desaparición forzada. Una civilización que fue exterminada por el miedo a sus indescifrables habilidades con el Fūinjutsu, por su fiereza y por su bien labrada reputación de shinobis célebres, bondadosos e incorruptibles; todas cualidades que los hombres poderosos y temerosos, y también ambiciosos, detestaban. Incultos forasteros que anhelaban destruir lo incomprendido por ellos, lo que les resultaba ser como magia chamánica: sus sellos. Por lo cual, siempre persiguieron la aniquilación del clan Uzumaki, lográndolo casi en la Segunda Guerra Mundial Shinobi, un hecho que causó que muchos pelirrojos huyeran despavoridos ante la amenaza constante de ser exterminados por las demás aldeas, y cosa que consiguieron finalmente en una de sus tantas incursiones cuando terminaba la Tercera Guerra Mundial Shinobi.
Desencantados de la guerra y el poder bruto para conquistar a otros, amantes de la buena vida y la erudición: no podría haber mejor manera de definir a los Uzumaki que ésta. No obstante, los Uzumaki también ostentaban sus escalofriantes secretos como cualquier otro clan…
Sus ojos, o su único ojo, impasible entrevió a su alrededor. Se encontraba a las puertas de la legendaria ciudad de los Uzumaki, avanzada en su grandilocuente arquitectura de grandes edificios, templos y torres de pilares cilíndricos, todos de un blanco impecable, pulcro y divino; o de un gris sobrio, como las interminables y laberínticas calles prístinas. No por ser grisáceas fueron feas o anticuadas, ni mucho menos, le otorgaba cierto misticismo la paleta de colores tan mesurada, como si un gran dios modesto hubiere descansado y vivido alguna vez por aquí (y tan lejos de la realidad no se hallaba tal suposición).
En esta dimensión alterna, la urbe nívea se encontraba en el pináculo exuberante de su perfección, previo a ser destruida por los maleantes de las demás aldeas. Grandes murallas se levantaban como un muro protector imbatible, inexpugnable frente a cualquier fuerza o amenaza, sellos invisibles colocados en sus grandes paredes que lo hacían más indestructible. Estructuras cilíndricas por doquier, talladas con la piedra caliza que bañaba las colinas y montañas empinadas del resto de la isla. Rompiendo con el blanco puro, había unas varias estructuras de madera escarlata en torno a los puertos y al gran río que atravesaba a la aldea oculta, techos y puentes hechos del material granate. Una obra de arte digna del glorioso y eterno clan de los remolinos.
No sentía nada más que respeto y admiración hacia esta civilización extinta. Después de todo, si no fuera por ellos, él ya no estaría aquí, a punto de luchar su segunda gran guerra contra la vida, dándolo todo para que su abnegación no fuese en vano. Lo que le recordó el sacrificio del resto de sus seres queridos. Sus padres, su amada, su hermana y algún que otro amigo de valor que lo dio todo por él. No fallaría, no esta vez. Cumpliría la misión encomendada por su maestro, la pesada herencia que le fue entregada.
Con aires y fuerzas renovados por sus anteriores pensamientos, él se levantó del suelo lentamente, y con esfuerzo por lo desacostumbrado de un movimiento tan normal luego de estar quién sabe cuánto tiempo perdido en la nada. Su cabello rubio le tapó levemente los ojos (o su único ojo) en el proceso. Miró a su alrededor y comenzó a caminar a ningún lugar en concreto, simplemente donde lo llevara el vendaval de su subconsciente.
Caminó entre los edificios vacíos de la antiquísima urbe. Rememorando recuerdos desconocidos, adoleciendo dolores indoloros. Vagó sin rumbo ostensible hasta abandonar la ciudad internándose en los frondosos bosques que la rodeaban. En su camino se cruzó con un pequeño y bien cuidado sendero de piedras negras y redondas, que casi pareciera que fueron puestas específicamente por su forma y coloración en el sendero por la homogeneidad que transmitía. Postes colocados a los lados, y sostenidas en sus soportes, lámparas del mismo material y coloración que su sostén, una madera con tonos rojos bien trabajada, lisa y sin imperfecciones, al igual que el poste. El camino parecía subir colina arriba, a algún punto en particular. Escaló y se subió a una de las copas de los árboles, para ver hacia qué lugar se dirigía el bien cuidado sendero. En consecuencia, lo vio.
Se impuso en la cumbre prominente, sus colores se contrapusieron con los blancos de la ciudad o de los grandes acantilados del pequeño país. Una gema tintada de tonalidades rojizas, predominante de sobremanera el corinto, se posicionó sobre la montaña más alta de la isla, destacando en el paisaje verdoso: era el Palacio Real de los Uzumaki, allí donde descansó la familia dinástica gobernante o, en pocas palabras, la realeza de Uzumaki. En el seno de tremenda oda a la nobleza, nacieron y vivieron personas tales como Mito Uzumaki, esposa del Shodai Hokage y, fundamentalmente, la primer Jinchūriki del Kyūbi; o el gran Kenshirō Uzumaki, el Kenjin (Dios de la Espada) primigenio, título otorgado por su destreza sin igual con la katana o con cualquier pedazo de acero filoso que le entregases, poco importaba lo que le dieran como arma porque caerías impotente ante su habilidad envidiable para el Kenjutsu, sin que este siquiera lo intentara. Maestro del maestro de su maestro, y, por lo tanto, él era su último legado vivo, o bueno, legado por renacer. Sea como fuere, allí era el sitio donde vivieron los hijos del remolino más célebres, virtuosos y pródigos desde la fundación de la villa.
Él recordaba ese lugar, ya que fue allí donde lo proclamaron príncipe y heredero del líder de facto en aquel entonces, Kenshin Uzumaki, su abuelo, quien, en contra de los mejores deseos de su madre, le cedió tal grato honor a muy temprana edad. Cuestionado terriblemente por ello fue el Uzukage, pero a él no le interesó porque vio en su nieto lo que no en otros. El destino lo había elegido como el futuro destinatario de la voluntad del Príncipe Carmesí, el incorruptible espíritu del más célebre de los líderes de Uzushio, aquel que inició el éxodo del clan a la isla posteriormente a la traición de los Senju. Alguien que supo hacerse de un nombre vanagloriado y admirado por generaciones y generaciones de Uzumakis (él incluido) pese a la contrariedad que siempre obtuvo de los ancianos consejeros del clan. Orgullosos vejestorios que, hasta el último momento, rehusaron el pedir ayuda a sus aliados en la invasión que más tarde acabaría con ellos, y cuando la pidieron, los de Konoha no respondieron ni acudieron en su socorro, dando por concluido el predestinado final para tan glorioso clan. Pero no se fueron sin antes dejarlo a cargo a él de su última voluntad. Y él como su legatario cumpliría con su misión. Su promesa.
Atravesó los bosques para llegar a las pequeñas y admirables llanuras. Las llanuras finalizaron y dieron lugar a las sinuosas colinas, no tan altas y sinuosas como el risco sobre el cual se construyó el palacio real, pero, aun así, bastante prominentes. En una de esas colinas se encontraba un templo de igual importancia que el palacio dinástico: el Panteón de Uzumaki, el lugar de descanso para las almas del clan, donde aguardaban en total detenimiento los muertos perennes en gloria del orgulloso clan de los melena roja.
El cementerio de los Uzumaki se alzó imponente en la cumbre, y justo a su lado, en la ladera que llegaba a éste, una pareja de dos individuos. Dos personas irrumpiendo en el paisaje hermoso y eterno. Una llorando y agonizando, la otra inmutable y perecida.
Se acercó a ellos. Una vez a unos cuantos metros de distancia, los pudo diferenciar con claridad, aunque ya desde lejos él supo quiénes eran.
La primera era una mujer de unos veinte años de edad, con el cabello lacio alguna vez atado, pero ahora suelto, color escarlata como un fuego salvaje en erupción, característico de Uzumaki. Ojos azules como zafiros, que generalmente explotaban de bondad, jolgorio y felicidad, sin embargo, ahora no había más que tristeza y desolación; y, finalizando, un rasgo atípico que conservaba desde su fatídico nacimiento en el rostro, había tres marcas en cada una de sus mejillas que se asemejaban a unos bigotes. En la frente un hitayate de tela azulada, que en su placa central se podía notar el símbolo de Konoha. Su atuendo era el habitual uniforme del shinobi de Konoha, el de un Jōnin: chaleco verde con un remolino rojo en la espalda por sobre una camisa de color azul oscuro, también con remolinos en los hombros; pantalones azules y encima de este unas vendas en la pierna derecha de la kunoichi, sandalias del mismo tono que sus pantalones.
Si contemplabas con atención podrías ver dos objetos cilíndricos parecidos a unos huesos que la atravesaban en la zona del estómago, causándole un infinito sufrimiento a su cuerpo físico mientras se deshacía en cenizas, aquello pareció devastar aún más su espíritu mermado. Destruida se hallaba esta joven mujer arrodillada, frente al cadáver de la persona que adoraba con su vida. El otro sujeto, el muerto, se encontraba acostado con el rostro sereno e impasible; contradictorio al estado de su compañera de lecho, él parecía casi feliz de su estado. Nada más distante de la realidad.
El sin vida, un hombre de unos treinta años de edad, poseía el mismo atuendo que la muchacha, con la diferencia de que, además del uniforme estándar del shinobi de Konoha, llevaba consigo una capa blanca con cuello alto, llamas negras en los bordes bajos de su abrigo, y en su espalda se encontraba escrito con kanjis rojos el título de «Quinta Sombra del Fuego» verticalmente, lo que remarcaba la importancia que alguna vez guardó este individuo. La otra disimilitud en el atuendo es que él tenía sandalias y la bandana de color negro, aparte de un par de muñequeras negras. Y una piedra roja incandescente de tres remolinos pendida de su cuello —parte de una tradición principesca de los Uzumaki—. En cuanto a sus rasgos físicos, la complexión no era ni muy delgada ni tampoco demasiado gruesa, pero si bien definida y musculada. Cabello rubio apagado, puntiagudo e indomable en gran parte, con dos mechones largos enmarcando el rostro afilado y bello. Ojos, o más bien, ojo izquierdo violáceo. El otro globo ocular se encontraba cercenado luego de su victoria ante el mayor prodigio Uchiha que alguna vez existió en su mundo. Y es que no había duda de a quién perteneció este cuerpo alguna vez.
Una leyenda entre los mitos vivientes y exánimes de las Naciones Elementales. El hombre más fuerte, astuto y veloz del mundo; alguien imbatible (o eso decían los ilusos soñadores). Una divinidad contra la cual no tendrías oportunidad ni de acercarte antes de que tu cabeza rodara, o Rasengan te despedazara. El que debió haber sido el niño de la profecía, pero que, por un afán misterioso e inexplicable del destino, terminó relegando ese rol a su amada hermana menor.
Sí, él era nada más y nada menos que Naruto Uzumaki Namikaze, hijo mayor de Minato Namikaze, el Yondaime Hokage, y Kushina Uzumaki, la princesa de Uzu, el cual se encontraba sin vida en los brazos débiles y maltrechos de su joven hermana, Mito Uzumaki Namikaze. Evocando una imagen que le destrozó la mitad de su alma aún conservada. Ella moribunda y al borde de la muerte llorando su pérdida y la de todos sus amigos, maestros, familiares y camaradas atrapados en la indoblegable fuerza del genjutsu definitivo: el Tsukuyomi Infinito.
Ellos habían perdido todo. Perdieron la guerra.
Se arrodilló frente a ella, con su propio cuerpo mortal muerto entremedias, y esperó algún tipo de reacción, una reclamación, un grito furioso y desenfrenado demandando su falta de atención en los años posteriores a la muerte de sus padres. Pero no, todo lo que recibiría serían sus lágrimas tristes, desoladas y faltas de cualquier esperanza. O eso aparentaban.
"Por favor… Na-naruto…" Dijo entre respiraciones entrecortadas la joven pelirroja, jadeando, cada bocanada de aire siendo un suplicio para sus pulmones tan gravemente dañados por el combate anterior contra Kaguya. Y, aun así, afligida por el dolor de la muerte entrante, ella nunca se detuvo en su oración anhelante. "No debes rendirte… El… el destino… del mundo depende… de ti. Todas nuestras esperanzas descansan… en ti…" Su llanto se detuvo mirando hacia el frente, donde estaba él. Hizo un gesto con la mano para discernir si era capaz de verlo, pero no era el caso. Él ya estaba en otro plano de la existencia más allá de la vida, y sin llegar todavía a su muerte definitiva. Podría decirse que estaba en un limbo.
Mito recostó el cuerpo de su hermano fallecido sobre la hierba verde y fresca de la colina, ahora manchada con la sangre pura y real de los últimos príncipes de Uzushiogakure. Ella dio unos pasos hacia atrás, ya sabiendo que su fuerza vital llegaba a su fin. Sus dedos brillaron con un chacra azulado mostrando una especie de llave de sellado en su brazo derecho. Puso sus dedos brillosos sobre su vientre y giró la mano, su cuerpo se recubrió de una energía roja que abandonaba su cuerpo a la fuerza de poco en poco, no muy brusco para evitar asesinarla de inmediato en el proceso de extracción. Dejó un cúmulo de chakra detrás, entretanto ella se desintegraba quedando nada más que cenizas de aquella orgullosa y tan optimista mujer. El amor de su vida, su querida hermana; aquella por la que luchó contra viento y marea para entregarle el futuro hermoso e ideal que una estrella, un sol como ella se merecía (aunque él era el único que sabía que tan barbárica mentira era esto). Esta imagen, la de ella desvaneciéndose en la nada sin manera de detenerlo o hacer algo, desmoronó al Uzumaki rubio como nunca lo pudo imaginar. Ella era su todo, su sol, sobre todo luego de la partida de su amada.
El chakra rojizo se amontonó detrás de donde se encontró alguna vez la pelirroja, y adquirió una forma que era incapaz de no reconocer el shinobi rubio. Un zorro naranja de nueve colas con ojos rojos rasgados, y extrañamente tranquilos, hizo acto de presencia.
Kyūbi no Yōko, el Zorro Demonio de las Nueve Colas: una construcción de chakra milenaria, que durante siglos se la consideró la reencarnación del odio y la maldad puros. Sin embargo, ahora pareciera que observara con pena el cuerpo del hijo de aquel hombre que lo encarceló por tercera vez en su existencia. Una extrañeza sin igual.
"No falles en tu cometido, Naruto. No olvides tu promesa." Dijo la voz, en un tono solemne del orgulloso y prepotente zorro. Pero ahora sonaba distinto a como de costumbre. Es casi como si estuviera apoyándolo y deseándole buena suerte en su deber, casi como un amigo. "Estaré esperando hasta tu regreso…, amigo." Finalizó el zorro con un tono más melancólico hacia el final. El Kyūbi sonrió cuando acabó de decir sus últimas palabras de aliento para su mejor, y quizá el único, amigo que tuvo. Claramente no habría dicho lo que dijo si supiera de su presencia fantasmal presente, pero le dejó un buen sabor de boca el saber que lo considerara como un buen camarada en el cual confiar. Aunque dudaba ser digno de tal confianza después de todos los fracasos, mentiras y traiciones que cosechó a lo largo de su nindō. No obstante, él lucharía hasta el final, hasta que se le rompan todos los huesos y su alma se desvanezca. Él lo juraba.
'Daré lo mejor de mí mismo, Kurama. Espero que esta vez valga la pena.' Dijo el rubio en un pensamiento no escuchado por el zorro, el cual ya se había puesto cómodo recostándose sobre sus patas delanteras, al lado de su «tumba». Kyūbi cerró sus ojos rasgados y comenzó la espera de su compañero y ex Jinchūriki que, el zorro esperaba, algún reaparecería, sea con buenas o malas noticias, con cabello rubio o con cabello castaño. Vigilaría el cuerpo de su singular amigo por toda la eternidad si he de ser así. Y tampoco es que tuviera otra opción real.
La ciudad, y toda la isla, estaban plagados de sellos conservadores de tiempo, de esta manera, se aseguraron de que las estructuras y los cuerpos que descansaron en estos no se deterioraran con el paso del tiempo. Algo muy conveniente para su misión, que en caso de que su cuerpo reencarnado sufriera algún tipo de daño irreparable y necesitara a su viejo contenedor físico, ya sabía a dónde acudir. Además, dentro de su cuerpo original conservaba los materiales necesarios para utilizar el Edo Tensei y otras tantas técnicas prohibidas… Si tenía que revivir a todas las almas en pena del mundo shinobi con tal de vencer a Kaguya, él lo haría sin dudar. Esto ya era una guerra sin cuartel, sin barreras morales ni éticas. ¿Qué moral importaba cuando el mundo estaba al borde de la extinción absoluta? Exacto, ninguna; y Uzumaki Naruto lo sabía.
Su cuerpo espectral empezó a resplandecer, denotando que ya había visto lo suficiente y era hora de partir a su éxodo autoimpuesto.
'Es momento de corregir esta realidad. No dudaré un solo segundo y cumpliré con lo prometido. No pienso fallar.' Reflexionó la última sombra del fuego de Konohagakure no Sato mientras partía a su viaje incierto. Partículas blanquecinas se comenzaron a desprender de él pareciendo las cenizas de un árbol divino que se quemaba por un fuego aún más sagrado y mortífero. Su vista se empezó a nublar por una luz incandescente que lo rodeó y que apagaba su entorno, cambiándolo por el blanco nulo y brilloso.
"Si ya estas listo… comencemos de una buena vez." Oyó la voz fantasmagórica de la Muerte en su cabeza. Justo cuando perdía la consciencia devuelta, escuchó algo más: "Recuerda siempre mis palabras… para nunca desvanecerte." Concluyó la deidad máxima de la muerte, por lo menos la que Uzumaki conociese o haya conocido alguna vez.
El último vistazo de Namikaze Uzumaki Naruto fueron los ojos de iris dorado y esclerótica negra del Shinigami. Despedían una mortandad escalofriante. Y, entonces, él dijo sus palabras finales.
Y todo se desvaneció, y otra vez se perdió en el sueño. Viajando a su próximo contenedor.
«Conquistaré la Luna», reafirmó el último Príncipe Carmesí de Uzushiogakure no Sato.
Y el Shinobi no Kami no tendría piedad, ni siquiera con un vástago de su propia sangre.
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Año 2062. Kyoto, Japón.
Los barrios bajos, sobre todo en estos días, eran una jungla. Una selva de metal, neón y hormigón que devoraba sin cesar a todo individuo dispuesto, o no, a combatirlo en su naturaleza voraz y vil. Luminosidad acompañaba cada esquina, dejando escasos rastros de privacidad. Solo algunos rincones oscuros donde acudía la inevitable atrocidad. Y es que todos parecían estar enfermos, pero nadie parecía darse cuenta de ello, demasiado hundidos en su miseria, con exasperante fanatismo por el cromo; el nuevo cáncer de esta sociedad desesperada por alcanzar un sueño imposible, porque es de total irrelevancia cuánto luches, ya que probablemente alguien con más dinero, más poder y más fama dinamite todos tus esfuerzos en un instante solo porque puede o porque le apetece, le divierte o le llena de excitación la simpleza de aplastar a los pobres vándalos y miserables comunes que abarrotan las calles de las enormes metrópolis que abundan tanto en estos días.
Un interesante método de escapismo de la irreversible y terrible realidad que les ha tocado vivir aquella idea de que cromándose hasta el culo se salvarán, pensando que así evitarán la defunción y que así lograrán compararse a alguno de esos perros corporativos, u obtener su respeto si acaso, o conseguir proteger a alguien querido cuando no pueden ni protegerse a ellos mismos. Pero, otra vez, sin importar cuanto lo intentes, es casi seguro que las megacorporaciones tengan experimentos genéticos vivientes o máquinas de matar hechas enteramente de metal cromado que le dan mil vueltas a cualquier óptica Kiroshi de ultimísima generación, a cualquier sistema de lanzamiento de misiles implantado en tus brazos, a cualquier Sandevistan experimental robado de un cadáver y a cualquier prototipo militar capaz de derrotar a un ejército, pues, cuando te enfrentas a las megacorporaciones, no luchas contra un simple ejército, sino que combates a todo un imperio digno de tal título. Esforzarte es inútil; «mejorarte», aún más. Siempre perderás: o tu humanidad o tu vida; no hay otra salida, y la vida es muy corta como para andar buscando otra.
Pero los adictos al cromo no estaban solos en su desesperación por huir de su aberrante encierro predestinado, y destinados al fracaso continuo de su escape no pudiendo ni salir del estado psicótico causado por tanto metal en sus cuerpos demacrados y corroídos. Había toda clase de desesperación representada de formas muy distintas en la gran ciudad. Mendigos, abandonados de toda esperanza, vomitando sin consciencia ni pesar, en medio de su resaca matutina causada por las drogas disuasorias de su dura situación. Ladrones dispuestos en cada esquina y a la espera de la oportunidad de delinquir cuando el primer tonto descuidado baje la guardia. Gánsteres y mafiosos fumando y bebiendo por igual, apostando todo el botín ganado de sus contiendas sin fin que, por supuesto, provocaron daños colaterales a civiles inocentes, matándolos o destrozando alguna parte de sus cuerpos, que no podrían reponer con cibernética por sus limitados recursos o la inexistencia de estos en primer lugar. Las fuerzas de seguridad y del orden ignoraban gran parte de los llamados porque, según ellos, estaban muy ocupados. A menos que tuvieras un traje exuberantemente caro, lo que generalmente implicaba que eras un corpo, no harían su trabajo, lo que demostraba una hipocresía y una falta del deber totalmente enfermiza e indignante. Sin hablar de los abusos policiales que se realizaban a diario cuando «tenían un mal día». Repulsivo.
Da igual dónde o cuándo miraras, todo transmitía desdicha y desánimo. Perversidad y corrupción por doquier, en cada esquina, en todo momento. Y la gran ciudad de Kyoto, antiguamente uno de los centros primordiales, así como prestigiosos, de la cultura japonesa, también había sucumbido a ello. Ya ni retazos quedaban de aquel pasado. Reemplazando antiguos templos milenarios por los ya cansinos edificios corporativos que no auguraban nada bueno, y que atraían grandes masas de gentes corrientes desesperadas por entrar en una de las torres vigías controladoras del marco desesperanzador que se había construido a través de décadas individualizando y aislando a la población en su propio mundo de fantasías, donde puedan creer controlar sus vidas y lo que acontece en ellas. No podía existir mentira más alejada de la verdad: como si la humanidad, en toda su extensión, no fuera un amplio rebaño controlado por unos pocos que los destratan y maltratan a su antojo y se encargan de que no haya disidentes, pues los eliminan o silencian una vez abandonan a la multitud de desamparados, quienes gritan exacerbados por la dicha que les otorga el mal ajeno, que les hace enajenarse del suyo propio, o sencillamente lo ignoran, a pesar de que su sufrimiento imperecedero es causado por los mismos grupos recónditos que apoyan o desconocen o pretenden desconocer.
Otro autoengaño. Otra mentira de la gran ciudad.
Y en uno de los tantos rincones de la metrópoli de las falsedades, entre uno de sus tantos callejones oscuros, se estaba dando otra situación de injusticia y abuso tan cotidiano y normalizado como el respirar o el hablar. Dos oficiales apalizaban a un civil, un civil muy pequeño y atrevido que, en respuesta a sus actos impertinentes, le llegó la golpiza desmedida correspondiente.
"Eso es para que aprendas a no meterte con las fuerzas del orden, niño imbécil." Dijo la voz soberbia de un policía de Arasaka, calvo y de tez morena, que estaba perpetrando su labor diaria: aporrear sin sentido a un pobre indefenso. Pateó, otra vez, y luego, de nuevo… Así hasta que se cansara o decidiese acabar con su triste existencia de una buena vez con la porra o con la pistola, una JKE-X2 Kenshin negra y con el cañón rojo, puesta en su cinturón.
En el suelo yacía, recostado en su sangre y bastante moribundo, un niño pequeño con nada fuera de lo común, quitando el hecho de que llevaba un matojo de cabello pintado como el charco debajo de él. Coronaba la cabeza de aquel pobre infeliz un cabello carmesí furioso, atrayente y llamativo, y no era extraño ver a personas con dicho color en su cabellera en esta era, con los implantes fue un chiste cambiarse algo tan banal como los colores del pelo, pero sí que no fue normal presenciar a alguien que tuviera tal coloración tan patente y de forma natural, de nacimiento. Un niño de melena escarlata que llamaría la atención de cualquiera que lo viese pasar por delante solo por la extrañeza que generaba aquel rojo flameante y disruptivo, que rebelde y salvaje se mostraba al mundo sin un claro orden, disparando hacia cualquier lado sus mechones indomesticables en punta. Aunque, el hecho de que fuera tan llamativo puede ser algo bueno… como algo muy malo también. He aquí el ejemplo perfecto…
Cuando su maltratador procedía a darle otra patada, su camarada uniformado habló para detenerlo. "Oye, deberías parar. Lo vas a terminar matando, y ya sabes el lío que es encubrirlo." Reprendió el compañero que apoyado en una pared cercana parecía revisar algo en su retícula. Sus ojos tenían un brillo azul que mostraban que algo revisaba en sus ópticas. Había cigarro en su boca.
"El bastardo tenía buen dinero…" Dijo el compañero del negro por lo bajo mientras se quitaba de la nuca un chip «confiscado» al pelirrojo. El camarada del golpeador era un hombre blanco con gafas y una gorra que tenía la insignia de la corporación para la cual trabajan. Los dos llevaban una camiseta y pantalones negros, junto a un chaleco militar con cuello alto, que también poseía el sello de Arasaka; y completando su uniforme, un transmisor en la oreja derecha de cada uno, usado para comunicarse en caso de separarse o para concurrir al lugar de un crimen. No solía ocurrir lo último, siendo más factible que ignoraran el llamado si es que no era obligatorio asistir.
"Además, la niña que te querías follar escapó." Sentenció el hombre de gorra mientras fumaba un cigarrillo, de la marca Yeheyuan para ser exactos. Sus palabras, dando a entender lo verdaderamente repugnante y vomitivo de su accionar. La paliza al chico pelirrojo no parecía ser el primer abuso de la noche efectuado por el dúo de oficiales de la seguridad de Arasaka.
El oficial negro se giró hacia el de la gorra y le reclamó. "Pero has visto como me dejo la cabeza." Señaló a su calva, donde había un moretón un tanto prominente, con algo de sangre seca en lado izquierdo de su cabeza, causa de una piedra o un trozo de algo pequeño lanzado con gran fuerza y a gran velocidad, y con practicada precisión y maestría, por el menor cuando éste vio que se intentaban aprovechar de una joven adolescente que él conocía. "No podemos dejarlo ir sin más, ¡tiene que pagar las consecuencias de lo que hizo este pequeño hijo de puta!" Gritó, rabiosamente, en tanto giraba para patear, devuelta, al niño.
"Como quieras. Yo no me haré responsable si te cae alguna bronca del jefe. No pretendo que Hellman me degrade, o aún peor, me eche a sus desagradables perros encima." Respondió el policía con gafas. "Encima ya se hace de noche y estamos en pleno invierno; el frío me está pelando los huesos de titanio. Y no pienso perder el tiempo muriéndome de frío por tus estúpidas rabietas con un enano medio muerto. La otra vez casi se me congelan las piernas porque tuviste la genial idea de, en mitad de la madrugada, perseguir a esa chica latina que te gustó en el bar de Teisu, y todo para ahorcarla y tirarla al Kamo cuando ésta te escupió y arañó. Y tengamos implantes de Arasaka o no, yo no pienso quedarme a la intemperie hasta que decidas matarlo, ni tampoco pienso hacerme responsable por su muerte si es que la descubren. Aparte ya me siento mareado por lo que el enano desgraciado me metió en el software neuronal, y yo tenía una cita importante esta noche." Terminó de decir, acariciándose la parte posterior del cuello con incomodidad, mientras le daba la espalda a su compañero y se dirigía a su coche patrulla compartido, fuera de la callejuela en la que estaban ejecutaban su labor diaria, en una pequeña calle en la que pasaba algún que otro transeúnte, ignorantes de la situación, o que preferían no inmiscuirse por riesgo a salir afectados también. El chico les había distraído con un objeto lanzado al hombre negro para, a posteriori, intentar unos hackeos rápidos que solo funcionaron en el oficial de gorra, aun así, esto le dio la tan preciada ventana de escape a su captiva y presa, y amiga del joven empedernido, quien intentó huir, pero ahora pagó alto las consecuencias de sus actos.
"¿Una cita? Siempre pensando en prostitutas, ¿eh?" Intentó provocar a su socio el oficial con relativa alopecia. No lo consiguió, todo lo contrario, lo animó a burlarlo.
El otro ni lo observó, y a la vez que continuaba por su camino, respondió con pereza y desgano a su provocación. "¿Lo dice aquel que acosa a menores?" Resopló y dejó salir una columna de humo de su boca visible desde atrás.
"No son tan menores. No lo son si llevan ropa tan provocativa." Dijo el depredador asqueroso, que se hacía llamar policía, mientras pensaba en la victima que se le escapó por culpa del quejumbroso pelirrojo que aporreaba. Otra larva inmunda que colmaba en las calles de la gran ciudad. Para colmo, esta tenía el poder suficiente para hacer un daño real y, además, no recibir castigo por ello.
"Aja, claro. Sube al jodido auto antes de que decida denunciarte a los superiores yo mismo." Dijo el uniformado de gorra, quien abrió la puerta del patrullero y apoyó una mano en la puerta y la otra en el techo del coche. "Ya, vámonos, Carter. No ganaremos nada con esto y probablemente muera con las heridas que ya tiene." Reforzando lo dicho, se podía vislumbrar en aquel callejón al tembloroso pelirrojo, sangrante y con respiraciones cada vez más disminuidas, ningún niño debería sobrevivir a tales heridas, menos en invierno cuando dentro de poco golpearía la hipotermia para rematar al joven con ropajes algo destrozados. Era inviable pensar que sobreviviría, y mejor que crean que murió bajo sus propios términos en una pelea callejera o por el frío paralizante de la madrugada y no por la fuerza desmedida aplicada por la policía, que se suponía que debía estar allí para defender a los más necesitados e inocentes y no para desmenuzarlos por cuestiones intrascendentes.
El policía de tez morena lo miró, vio al niño y pensó en dispararle para descargar toda su ira aún desbordante, y suspiró. "Tienes suerte hoy, basura infeliz. Bueno, suerte tendrás si es que vives para contarlo." Rio al final mientras amenazaba al joven. Marchó hacia el coche. Subió al asiento del copiloto para que luego el dúo desapareciera en las calles concurridas y bulliciosas de la ciudad de Kyoto.
En cuanto al niño, se quedó allí; esperando. Tal vez horas, tal vez minutos. Uno no podría decirlo con exactitud por lo estático de la escena en donde el niño casi no parecía moverse. Quieto y sin quejarse. La evidencia de que esto no era una imagen detenida en el tiempo fue la humareda expulsada al frío aire del invierno por las ventilaciones de los edificios circundantes. Quizá esperaba a asegurarse de que no hubieren vuelto a rematarlo aquellos oficiales corruptos, aunque, decir oficial corrupto, en estos días, era una tremenda redundancia. ¿Quién no lo era? Todo aquí aparentaba estar infectado por el gen más oscuro y macabro del ser humano, todo bajo el dominio de aquello que llaman maldad, que con brutalidad sumergía en la más absoluta barbarie al individuo iluso y risueño que creía en el cambio y en la aceptación y en la ayuda del prójimo para conseguirlo. Solo con poder e imponencia se consigue un verdadero cambio, sin embargo, tal poder y control, solo se le podía conceder a una deidad concebida predeterminadamente para perseverar, luchar, gobernar y liberar del yugo eterno a los oprimidos por la ilusión de una realidad ficticia mientras son consumidos terrible e insaciablemente… Pero tales cosas como deidades, poderes sobrenaturales, el destino escrito, la perseverancia inamovible de un ser inquebrantable, un gobernante justo, la liberación prometida a los miserables sujetos de estas tierras esclavizadas; tales cosas no existen, existieron ni existirán jamás… ¿Verdad?
¿Verdad?
Una vez seguro de que se habían ido, levantó un brazo para divisar, por debajo de este, su entorno. Era una callejuela oscura y desolada, muy a lo lejos escuchable el clásico bullicio de la metrópoli, arraigado a estas enormes masas de personas conglomeradas en espacios muy reducidos mal llamados grandes ciudades, pues, en su pensar, estas no eran más que enormes vertederos donde podrías encontrar la más baja podredumbre personificada en individuos como el de recién. 'Puta sabandija de mierda' Pensó, rabioso y arrepentido de no tirarle un shuriken, o dos —y tal vez tres o cuatro—, en la cabeza calva, hueca y negra del hombre que osó querer quitarle algo amado por él. Pero el pánico pudo con su persona y actúo según le vino el impulso al cuerpo, y, más bien, la adrenalina pudo y se hizo cargo de él para perpetrar su ataque sin reservas contra ese par de pedazos de mierda con uniforme policial que ostentaban el cargo de «protectores del orden público». Qué grotesco… De todas maneras, violadores y asesinos había en todos los rincones de esta pocilga, tuviesen la ropa que tuviesen, ostentaran el cargo que ostentaran; él bien lo sabía porque nació, vivió y moriría aquí, en las calles, como otros tantos energúmenos que corrieron con su misma fortuna. Ratas de asfalto que robaban y rapiñaban todo lo que les hiciera falta como magníficas aves carroñeras del desierto, desollando con premura a la presa antes de que sea demasiado tarde para llegar a la siguiente. Por supuesto, él no desolló a nadie, no de manera literal al menos, no obstante, procuró mantenerse con vida fuese cual fuese su desgraciada circunstancia. Todo en pro de contrarrestar ese vacío, que generalmente era el hambre, o los otros vacíos, que eran la soledad de no poseer una familia o amigos y el desamparo de andar por la vida sin rumbos ni fijaciones. Sumado a esto, él no se hallaba en un panorama muy amigable que digamos. Descarriados como él eran el desecho común de estos laberínticos lugares, rebalsados de trampas, injusticia, engaños y mala vida; el campo de cultivo óptimo para desalmados como el de antes… En definitiva, estos sitios deberían llamarse basurales y no ciudades.
Oyó el sonido de una sirena, concretamente, el de un vehículo policial. Presuponiendo lo peor, se tapó nuevamente la cara y se quedó inmóvil, otra vez, en el suelo mugroso y manchado de rojo, por su propia sangre, a la espera. Escuchó el avance de aquella sirena acercándose cada vez más y más, y contuvo las ganas irresistibles de salir corriendo, pero a ningún lado llegaría sin reponerse de sus heridas primero, por lo que no tuvo otra opción que hacerse el muerto y abandonar toda esperanza de escape; algo para lo que ya estaba acostumbrado si vamos al caso. El sonido del vehículo policial fue en aumento hasta un punto en el que era probable que estuviesen en la misma calle en cuyos callejones estaba recostado él, ansioso y profusamente pendiente de la escucha para detectar si venían a terminar el trabajo. El coche se acercó más y más y… Pasó de largo. Juró oír lo que podría haber sido la convencional persecución automovilística de unos criminales, porque no solo pasaron por la calle que daba a la callejuela suya aquellos oficiales perseguidores, sino que también pudo discernir con sus sentidos el paso irrefrenable de un perseguido que disparó, probablemente desde la ventanilla, al coche patrulla. De esta manera confirmó que no iban finalizar lo incompleto por la anterior pareja, que solo pasaron por allí en una rara coincidencia que perturbó, más de lo que debería, al joven bermejo. Sin embargo, no se lo podía culpar después de la somanta de palos y porrazos electrificados, patadas cargadas de piernas con los tendones reforzados, golpes con los puños cromados que seguro llevarían un implante dérmico que aumentaba su dureza de sobremanera, insultos banales y demás tácticas degradadoras, y torturadoras, que le aplicaron hace apenas unos momentos.
Una vez tuvo la certeza de que nadie volvía a por él, sacó las manos de su rostro mostrando las magulladuras y cortes en él. Ojos amatistas vigilaron su entorno en busca de amenazas que acrecentaran su ya estado deplorable. Cuando determinó que estaba totalmente solo en aquel lugar, comenzó la contienda más difícil y compleja luego de un evento de estas características: intentar levantarse después de la paliza, herido y sin nadie que lo auxiliara, y así lo prefería si tenía que ser sincero consigo mismo, él no necesitaba de nadie que lo ayudara, que lo salvara. Colocó sus manos a la altura de su pecho como si estuviere por hacer una flexión y con fuerza, mientras respiraba agitadamente, trató de incorporarse. Y cuando ya había levantado gran parte de su torso e intentaba apoyar su rodilla derecha en una posición acuclillada, resbaló con su sangrado viscoso y algo reseco del suelo y cayó de frente, rebotó con su mentón, de forma dolorosa, contra el concreto ennegrecido por las capas y capas de suciedad y el mantenimiento nulo que recibía para contrarrestar la determinada mugre. Tuvo que contener un grito, ahogándolo para sus adentros, cuando chocó contra el suelo, pues su cabeza latía porque en ella tenía una abertura que, ardiendo como si le echaran un salero sin tapa sobre la carne viva, sangraba todavía. También, y como si esto fuera poco, creía tener alguna costilla rota, ya que cuando se dio de bruces contra la superficie ensangrentada y resbaladiza, sintió la sobrecarga neuronal que significó y avisó de un dolor abrumador en su pecho, algo que despertó verdaderos temores en su consciencia porque sería embarazoso admitirle a la persona que salvó (quien él creía que se preocupaba en exceso) que tenía en su haber, además de un corte profundo y sangrante en su cabeza, una rotura —o varias— de huesos.
Suspiró y, nuevamente, fue a la carga de su legendaria proeza más valiente e imposible, es decir, volvió a intentar el levantarse del suelo. Casi como un procrastinador enfermizo y patológico que trata de salir de sus aposentos, puso sus manos en posición, como antes, para incorporarse de una maldita vez. No quería tener que lidiar con las explicaciones a sus superiores ni tampoco generar un malestar innecesario al viejo, que lo animaba y lo alimentaba por la simpatía que le adquirió a un pequeño niño bermejo que un día se presentó, y no con las mejores intenciones, en su local. Así, envalentonado por estas causas diminutas, extrajo toda la fuerza de cada fibra de sus músculos languidecidos, ya sea por la disrupción policial o por la flaqueza preocupante que estos poseían, e intentó pararse. Pero un niño que no comía bien o que no consumía lo necesario, más allá de lo suficiente para sobrevivir, se le dificultaría mucho recuperarse y reincorporarse en tales condiciones adversas, por no decir que era ilógico que aún se mantuviera consciente (y vivo) después de lo ocurrido. Se podía discernir con un simple vistazo sus miembros delgados, su estatura algo baja, la apariencia andrajosa que predominaba en él. Todo indicativo de que, en el sendero juvenil de la vida, no le habían otorgado la mejor de las gracias, siendo otro desafortunado sin esperanzas.
Concluyeron sus titánicos esfuerzos, esta vez, pudiendo colocarse sobre sus rodillas. Dio una respiración profunda, sus brazos rendidos a los costados por su labor cansadora, y no era para menos, él estaba destrozado, tanto espiritual como físicamente. Pero aquí se mantenía, luchando y desterrando esos pensamientos poco optimistas a una esquina abandonada de su mente, allí donde no le moleste con sus abruptos discursos negativistas que ayudaron en nada y poco a su situación. Miró a los cielos nocturnos de una noche joven pero ya lo adecuadamente avanzada para considerarla cerrada, absorbida toda la luz solar y siendo reemplazada por el detestable, abundante y ya agotador neón. Luminiscencias artificiales que predicaban sus anuncios, la mayoría de índole sexual, emplazados en los inmensos pilares de concreto y metal, en hologramas levitantes que se visibilizaban desde todas partes, vayas donde vayas, o en los escaparates de las tiendas, restaurantes, clínicas y otros tantos negocios presentes en el pleno centro de este gran basural.
Él, precisamente, estaba en una de sus, también abundantes, esquinas oscuras donde ocurrían los hechos más atroces y deplorables que se puedan imaginar, y no por nada eran abundantes, pues, ¿en dónde iba la gente a ejecutar sus reprochables accionares sin tener que correr el riesgo de ser juzgados, ya sea legal o ilegalmente, por ello? Obvio que se necesitó, entre tanta luminosidad, algo de penumbra para equilibrar y enviar a los zánganos más indeseables de la sociedad, como él y sus anteriores compañeros abusadores, mientras que a la luz multicolor del epicentro ciudadano y corporativo se mostraba la mejor cara de lo que había y transcurría aquí, o por lo menos esa fue la idea, de allí a que sucediese era otra cosa.
Los callejones sombríos servían como las plazas de reunión y transacción criminalística por excelencia. Ahí donde el valor de la vida humana se reducía a algo prácticamente insignificante y era comparable, o inferior, al de un billete de cincuenta neoyenes, y a veces ni eso. Donde la Yakuza asistía en un secretismo fingido, porque todo mundo sabía dónde y cuándo se llevaban a cabo sus reuniones «ocultas», en las cuales se realizaban una amplia variedad de negocios ilícitos: como la venta de estupefacientes, aún más ilegales que los considerados legales que uno podría encontrar en los mercados corrientes rebuscando levemente; delimitación de las zonas de acción de los distintos sindicatos, donde salían favorecidos siempre las familias más grandes y con mayor influencia; extorsionar a sus deudores que aún no les pagaron su «protección», amenazando a familiares, amigos y gente cercana a los infractores que, pobres de ellos, si no pagaban terminarían secuestrando, o algo peor, a una de estas personas apreciadas. Estas y otras tantas actividades muy ilícitas eran de las que se encargaban los definidos como Yakuza, la tradicional mafia japonesa. El bermejo conocía bien sus negocios turbios, y no por nada.
Tomó todas las gotas restantes de su coraje bien reconocido, y con cuanto pudo reunir, se afanó en su bruta lucha voluntariosa por ponerse de pie. Algo que no resultó fácil con el cuerpo tan magullado y golpeado, pero que, con esfuerzo y un espíritu indeclinable, lo consiguió. Usó sus manos fuertemente enganchadas a la pared o al conteiner que tenía a su lado, de un color difuso por las capas sobre otras capas de garabatos indescifrables pintados con aerosoles. Las pintadas ilegibles también se podían contemplar en las paredes. Si recordaba correctamente contra este contenedor de basura le habían dado fuertes cabezazos. La sangre seca aun persistente fue una evidencia empírica de ello.
Finalmente, con mucha ayuda de los apoyos que tenía a sus alrededores, se incorporó sobre sus pies. Era complicado teniendo en cuenta que llevaban un buen rato maltratándolo, pero, aun así, valió la pena con tal de salvar a una amiga, más que eso, una luz preciosa en su mundo de infinitas oscuridades. Lo daría todo sin pestañear con tal de que ella y su padre estuvieran sanos y salvos, en su mundo ideal donde nadie los moleste ni los toque; en el paraíso. Él como siervo leal a su bondad solo quería eso. A su entender, él les debía fidelidad y sacrificio a aquellos que, cuando nadie lo asistió en su camino cubierto en su totalidad de sombras, le ofrecieron una mano amigable y benevolente, de esta manera consagrándose como personas gratas a las que él le debía todo. Y el joven bermejo daría la vida y mucho más por esos seres tan compasivos y amables, sacrificándose en su miseria. Porque era así como se rendía tributo a tus seres queridos o amados. ¿Cierto?
¿Cierto?
Por lo visto, tampoco poseía mucho de aquel sentido de la autoconservación que a menudo echa para atrás en las situaciones límites incluso a los valientes e impetuosos, y estúpidos, como él. Estúpida voluntad ardiente que resultó tener a la hora de defender a los necesitados de ayuda, tal espíritu inquebrantable que formó a un descarado sin temores. No sería la primera vez, y ni siquiera la última, que se utilizaría a sí mismo como sacrificio humano para rendirle tributo a alguien amado o simple y llanamente por nobleza, intrínseca en su ser, en su personalidad.
"¡Agh!" Se quejó cuando se apoyó contra la pared del callejón. Intentó recobrar fuerzas de donde sea para poder volver a… Bueno, a ningún lado, no es que tuviese un hogar, o por lo menos no uno en el que sea querido o, aunque sea, respetado o reconocido como uno más de la familia. No. En realidad, solo quería salir de este sitio lúgubre y desconocido. La noche ya estaba cayendo, oscureciendo y contrastando el luminoso distrito. Y él otra vez apaleado, lejos de su terrible hogar. No era la primera vez, y probablemente tampoco sería la última, sobre todo tomando en consideración su incomprensible sentido de la justicia, que se consiguió una paliza por rebelarse contra estos abusos. "Mierda." Expresó su quejido entre dientes. Sintió todo el cuerpo entumecido, con mucho dolor en sus costillas y cabeza. Tomó un par de respiraciones profundas mientras se recomponía. Pensó en la niña que salvó para aliviar su dolor. Esos bastardos asquerosos le iban a hacer lo peor, él era joven pero no idiota, y él no dejaría jamás que alguien cercano pase por ello, lo torturaría por el resto de sus días tal impotencia.
'Al menos esta vez no me aporrearon por hackear una estúpida máquina expendedora.' Pensó el tumultuoso pelirrojo con un divertimento dolorido. Todavía guardaba cicatrices de aquel incidente. Robó de una de esas máquinas que sueltan alimentos a cambio de dinero, como siempre hacía cuando rozaba la inanición, para obtener algo de comida, con la mala suerte de que unos agentes no muy amigables lo vieron fallar en pleno acto, llamando su atención cuando el aparato comenzó a echar humo y chispazos. No se ensañaron tanto, dejándolo al borde de la muerte con unas porras eléctricas y golpes reforzados por implantes cibernéticos de última generación, pero si dejaron una huella remarcable en su piel, después de apagar una caja entera, como si uno fuera poco, de cigarrillos en su espalda. Y todo por no poder hackear la maldita máquina, todo por un mísero error de cálculo. Por lo menos, esta vez lo apalearon por buen un buen motivo, no el de ellos sino el suyo propio: salvar a Ikari.
El nombre de la niña que salvó era Ikari Yamada, de unos dieciséis años, hija de un cocinero local, humilde, que de vez en cuando le ha obsequiado un plato de ramen gratis, cuando era demasiado flagrante que estaba pasando por un mal momento en su «negocio» y su estómago rugía sin parar. "Oh, glorioso y delicioso ramen" Dijo él en mitad de una ensoñación que le hizo olvidarse de su dramática situación tan solo un instante, rememoró los exquisitos y tan apetecibles platos del padre de Ikari, Kenshin Yamada, o «el viejo mentor» como le decía él. Aquel anciano no tenía un pelo de tonto, notando la delgadez bastante apreciable y preocupante del pelirrojo, producto de una mala alimentación y nutrición, e intentaba frecuentemente darle algo de lo poco que tenía. El infante rápidamente encontró en ellos una especie de padre o abuelo en el viejo Kenshin y una hermana mayor en Ikari, ambos muy queridos por él. Sin embargo, el mayor fue mucho más que una figura paterna, ausente en la corta vida del huérfano pelirrojo. Él era un mentor, un maestro que le enseñó y le dirigió la palabra como a un igual, bueno, no literalmente, pero si algo no hizo nunca fue el subestimarlo. Se encontró agradable para él tener a alguien con quien hablar sobre sus dudas acerca de este podrido mundo. Alguien aparte de su frívolo y lejano tutor, tan frío y ajeno a él.
El pequeño niño respiraba hondo intentando restablecer sus energías, esperando a sanar tan aceleradamente como lo solía hacer. Levantó la vista, enfocándola en la piedra celestial que lo fascinaba con locura insana y lo llenaba de vigor. La luna. Su paraíso inalcanzable, intocable. No sabía por qué, pero desde muy joven aquel astro siempre lo volvió enfermizamente lunático y fanático, contempló al divino satélite durante horas con muchas sensaciones extrañas. Era casi como un anhelo, o algo cercano a la…esperanza. Una ilusión que lo atrapaba en su luz eterna y estresantemente perfecta, que lo engatusaba para seguir adelante, para nunca rendirse. Una fuerza misteriosa que lo atraía hacia ella y que, a su vez, encendía un fuego dentro de él. Esa llama que apaciguaba cualquier malestar, penetrando en cada órgano y musculo, saturaba todo de calor y bienestar. Casi lo podía sentir fluir por sus venas, sentirlo concentrado en su vientre para posteriormente subir a su cabeza, para luego bajar e ir a su pecho. Un baile; un vaivén de sentimientos sin sentido enclaustrado dentro de sí mismo. Este frío invierno habría sido un infierno de no ser por ese cálido abrazo, cercano a como una madre acurruca a su pequeño hijo ante la adversidad. Observando al astro blanco, extendió uno de sus brazos e hizo el ademán de querer atrapar a la luna con su mano, un puño cerrado cogiendo la nada mientras miraba en un estado de semi lucidez a la razón de su no rendición. La superficie lunar tan bella, perfecta y seductora como siempre…
El niño perdió la noción del tiempo, quizás durante horas sosteniendo su mano derecha contra su pecho entretanto observaba la luz eterna y regocijante de la fría y, en partes iguales, cálida luna. Fría porque jamás respondió a sus incertidumbres, jamás le dio el motivo exacto de su pasión lunar desenfrenada. Cálida porque, aun y con sus dudas cayendo en el eco ensordecedor del vacío espacial, le contagió con su dicha espléndidamente preciosa, con esa hermosura inmaculada y magnífica tan vigorizante, comparable al tierno beso de una formidable y prístina dama.
Y cuando estuvo seguro de que podía sostenerse sobre sus pies sin mayores complicaciones que el tropiezo leve y corregible, emprendió su regreso a «casa». Volvería al nojo.
Tendría que apurarse, no vaya ser que se haga muy tarde y él esté en un distrito ajeno al suyo, no dispuesto a cruzarse en su camino a otro enfermo que lo lleve a un callejón oscuro, esta vez para algo peor que una simple golpiza.
Habría tomado el transporte público, pero aquellos bastardos le quitaron sus ahorros que venía acumulando desde el verano, justo para estas épocas tan hostiles.
Se transportó sobre sus endebles y cansadas piernas por los distritos más pintorescamente deprimentes que uno se pueda imaginar. Pobreza y muchedumbre agitada a mansalva. Los coches iban y venían, algunos lujosos y caros, otros modestos y baratos. Grandes masas de gente saliendo de las estaciones de metro subterráneas, yendo a casa luego de un aburrido día de estudio o después de ser explotados terriblemente por un patán sin escrúpulos que con suerte algún día los ascendería, o les escupiría en la cara y aplastaría todos sus sueños y esfuerzos porque puede, porque quiere y porque los jefes corporativos solo actúan para su beneficencia y bienestar y no vislumbran más allá de sus estómagos abultados. Si su destino era triste y desalentador, el de los asalariados japoneses lo era aún más, ya que él por lo menos podía imponer sus términos y condiciones tímidamente dentro de las calles. Quizás todavía no contaba con la fuerza para hacerse valer por sí mismo sin importar el contexto, pero, aunque sea, él tenía sus limitadas libertades en las inmediaciones de esta gran cárcel de concreto. O ese fue su autoengaño que intentaba decirle que él era superior en algún aspecto a esos pobres infelices.
Navegó entre el gentío, y se internó en las gigantes callejuelas de aparatosos letreros de colores vivientes que pedían a gritos que echaras una moneda a la suerte, es decir, pasó por la zona de los casinos que no son casinos. Ya que estos son ilegales, todavía, en Japón, había que encontrar una alternativa que reemplazara a las máquinas tragamonedas y las impredecibles ruletas de negro y de rojo que alimentaban la ludopatía del pueblo sin reservas. Y allí entraron en acción los grandes salones de pachinko, y el más famoso en toda la ciudad, con un color que insinuaba la ganancia copiosa de neoyenes, y por donde transitaba ahora, el Alea Jacta Est. Un local en el cual predominaba el neón verde, con grandes hileras de pachinkos, una maquina al lado de la otra, que impregnaban el ambiente con sus ruidos ensordecedores y alarmas abruptas y atrayentes que avisaban de que hay un «ganador», ganador que, en primer lugar, perdió varias veces, para acabar ganando solo lo que perdió, y si es que el azar estuvo de su lado. A reventar de individuos sentados, quién sabe cuántas horas, perdiendo sus vidas en el sinsentido de las apuestas inseguras, dándolo todo por algo que, al final, terminará por anclarte a tu mayor ruina.
'¿Por qué arriesgarlo todo por algo que no sabes cómo resultará? ¿Por qué echar todo por la borda con la esperanza de que, en las profundidades de un mar de posibilidades infinitamente negativas, serás salvado milagrosamente por una ninfa que te bendiga con su fortuna y amor eterno?' Se preguntó seriamente, pues él veía muy estúpido el echar toda tu vida a la suerte. Literalmente el nombre del local de apuestas vino de una expresión latina que se refería a que «la suerte está echada». Y era cierto, la suerte, y todos tus ingresos, yacen tirados en el juego de la perdición cuando apostabas en estos sitios que «no eran casinos», sino «otro tipo de juegos recreativos más divertidos». Muchas vueltas de cabeza para justificar el sedante de la población, uno de tantos otros que existían y se ponían a prueba en ellos, como sus conejillos de indias. Obviamente, si te adentrabas lo bastante profundo, podrías hallar un casino convencional, con sus juegos de cartas y la estafa inminente a tus bolsillos. Pero, normalmente, para acceder a ellos tal vez tendrías que gozar de cierto privilegio y estatus social, porque, como es obvio, a los carentes de enormes riquezas no los dejarían entrar. En resumidas cuentas, pobres no; esos ya que pierdan la vida en las máquinas pachinko colocadas en los suburbios lúgubres y laberínticos de la gran ciudad, no necesitaban ensuciar, con sus indeseadas presencias, la pulcritud corporativa de una fiesta privada, quizá en la planta 86 de la Torre Arasaka, donde oyó que alguna vez, hará hace dos décadas, atraían y secuestraban niños como él para darles su «utilidad» dentro de estas reuniones secretas. Aunque solamente fueron rumores, solo rumores…
Salió de las inmensas callejuelas que equivalía a un paraíso en la tierra para los ludópatas, y reinició su rumbo en las calles propiamente dichas. Las luces coloridas y difusas ya ambientaban el dichoso centro cultural nipón, que ya había perdido bastante cultura enviando y reconstruyendo los templos a las afueras de la ciudad después de que supuestos grupos terroristas, que ondeaban la bandera de Militech, los bombardearan en medio de las guerras corporativas. Curiosamente el crecimiento poblacional, que se había duplicado para aquel entonces, estaba ocasionando graves problemas con la vivienda y las constructoras ya no tenían dónde poner sus torres corporativas y sus megaedificios apretujados; y pasó esto, un ataque terrorista que limpió las «banalidades»; porque aplanar unos templos y parques es mucho más sencillo que hacer lo mismo con los terrenos sinuosos de alrededor. Él sospechó que esto se trataba de un ataque de falsa bandera para así poder eliminar la tradición «inservible» de la ciudad, para transportar todo lo relacionado con ella hacia el norte, usando como excusa que allí se preservarían mejor los templos y que se evitaría que se degradaran, de este modo las corporaciones construirían sus enormes torres; torres vigías, torres que te siguen y observan en todo momento y locación.
Si podían lavarle el cerebro a una sociedad entera hasta que esta olvidara sus raíces, ¿qué cosa no podían hacer las megacorporaciones? ¿Quién los limitaba? ¿Quién les decía dónde parar? El gobierno japonés seguro que no. Ya había visto a sus funcionarios compartir cervezas, y algo más que solo cervezas, en los templos del subsuelo (bares de mala muerte) atiborrados de ratas corporativas y mafiosos de mala fama. Aunque, estas reuniones furtivas en el bajo mundo, se dieron con los políticos de menor rango. Los otros, los verdaderamente poderosos, disfrutaban de todos los lujos encarecidos de un digno corpo entretanto les endulzaban las orejas con promesas irrechazables. Entonces, si los que se suponía que debían de anteponer el interés del pueblo por sobre todas las cosas estaban en sus aposentos, prístinos y empedernidamente límpidos, disfrutando de la gracia de una buena copa del más gozoso de los vinos mientras los convencían de otorgarles el entero del campo de acción para sus negocios, habitualmente inmorales y con grandes perjuicios hacia la sociedad común: ¿fue realista enfrentarse a ellos, a los corporativos? Siempre le brotaban estas dudas cuando paseaba por el centro de Kyoto y pasaba por al lado de un café donde había un conocido suyo con discursos muy antisistema; y cuando era testigo fehaciente de la miseria, de la soledad, del desamparo, y del cómo todos, sumergidos en su propio mundo de fantasías, hipócritas y desentendidos, ignoraban esto en conjunto. Un conjunto de seres individualizados y descarriados que, maniatados y desesperados, eran exprimidos hasta sus últimos suspiros. A él no le agradaban las corporaciones porque fueron los grandes maestros titiriteros de esta inmensa obra de teatro de la angustia, donde almas como la suya vagaban con mucha pena y sin ninguna gloria y se veían consumidas por el odio, la miseria y la desazón: la deshumanización, expresadas en su versión final en forma de almas de metal y neón. Caminantes sin gracia ni razón.
Le desagradaban los zaibatsus por estas y otras tantas razones, y él, para su tremendo desagrado, fue parte de su ganado… Qué triste destino el suyo, tan triste y desolador como sus alrededores…
Los mendigos, tiritantes, se abrigaban con cualquier pedazo de tela encontrado en la basura y armaban hogueras en las partes traseras de los edificios, en callejuelas como la de antes, y todo a causa de las bajas temperaturas. Se suponía que no estaba permitido tales prácticas, la de hacer hogueras en plena ciudad, pero según se iba acercando a la zona céntrica estos desaparecían y disminuían en número porque, evidentemente, mientras no realizaran sus actos desesperados por obtener calor por donde transitaban los miembros corporativos, no pasaba nada. El bermejo simpatizó con algunos de estos pobres desgraciados que rehuían del frío invernal de estas épocas, él, por suerte, no solía sufrir en demasía las semanas de invierno ya sea por la costumbre (éste fue su tercer invierno en extrema supervivencia) o porque tenía sus maneras de agenciarse una capsula en la nocturnidad gélida, que tornaba a rondar los siete o cuatro grados a lo mínimo, a lo sumo cinco grados bajo cero en los días de nevada más duros que no eran muy asiduos, ocurriendo cada largos periodos de años en el antiguo núcleo cultural que es la ciudad de Kyoto (un motivo para pedir deseos según Iza; el de la primera nevada después de mucho rato).
Afortunadamente, Japón, y por extensión Kyoto, no poseía un clima exageradamente frío, fácil de sortear si eras un pobre desgraciado que sabía lo que hacía. Él no lo fue durante el primer invierno ni tampoco en la primera mitad del segundo, pero ya había aprendido y se había hecho de buenos contactos para pasar con mayor tranquilidad estas épocas. Aunque, devuelta, él no sufrió los peores inviernos. Ya le jodería vivir en las calles de una ciudad del norte de Europa o de la Siberia neo-soviética, en las tierras sublevadas del norte canadiense o en Alaska, que ya era un estado cuasi independiente muy fructífero, pero con el riesgo latente de que NUSA algún día reclamase su autoridad suprema sobre sus tierras; en la región patagónica de Chile o Argentina, donde clanes nómadas muy agresivos y temidos asechaban e imponían su ley selvática; o aún peor, en alguno de los polos. ¿No surgieron los grandes corporativos con la idea de fundar una nueva colonia, o algo similar, en la Antártida hace poco? Era verdad que gracias al cambio climático cada vez hacía más calor —o eso decían—, sin embargo, daba igual cuanto calentamiento global haya porque el frío seguía existiendo y enfriando y, por lo tanto, causando hipotermia u otras enfermedades. Además, para desechos como él, que apenas podían costearse o conseguir un techo cada varios días, cualquier sitio cercano a los polos podría significar su muerte tranquilamente.
Por si las dudas, mientras andaba entre la multitud ignorante de la apariencia sanguinolenta de su ser, palpó sus mangas donde efectivamente había una pequeña navaja que utilizaría, y había utilizado, en caso de ser atacado por individuos extraños. En las calles la primer valiosa lección que aprendías era la de ir siempre armado, aunque sea con el filo de un cuchillo de mantequilla, ya que esas cosas, pese a no parecerlo, podían salvarte de ser engullido por la corrupción enfermiza y traumática, y tal vez la muerte, en este mundo tan oscuro pero brillante a la vez. Vio a los transeúntes que pasaban y se dijo que poco les importaría si se ponía a jugar con él. Así que sacó la navaja plegable, una higonokami, con un mango negro hecho de una plancha de metal doblada y un filo escarlata y reluciente de acero de carbono, con inscripciones en kanjis en el mango que daban a entender al fabricante: que en este caso fue Nagao, un proclamado productor de katanas, tantōs, ninjatōs y otros tantos utensilios de tradición nipona de combate como shuriken o kunai, estos modificados con imanes de atracción cibernéticos para así ser reutilizados por el propio usuario en un enfrentamiento o para mayor maleabilidad y manipulación de dichos elementos a la hora de ser arrojados.
Se decía que los de Nagao (según el traficante al que le «tomó prestado» el cuchillo) fueron financiados por una agrupación terrorista u organización clandestina que se encontraba en apogeo al otro lado del Pacífico, en Norteamérica, creía recordar que de algún lugar denominado «California». Ellos también produjeron un ciberware innovador, llamado hari de forma coloquial por los edgerunners, que lo fascinaba de sobremanera y que se trataba de un sistema de ganchos instalados en brazos y cintura que permitía al usuario moverse con gran velocidad y agilidad por las inmediaciones urbanas de las megaciudades, sobrevolando tejados y trepando paredes como apariciones fantasmales de shinobis; asesinos ocultos que entretejían sus laboriosos planes para luego ensartar y degollar a sus objetivos que ni fueron capaces de visualizar las sombras de sus atacantes antes de perder toda consciencia. Pero esto, lastimosamente para él que le encantaba verlo en uso, era muy poco popular en comparación con el resto del armamento producido, por la gran dificultad y extrema práctica que se requería para su uso, y dejando de lado al típico loco que se arrojaba desde cien metros porque creyó que sería sencillo su manejo, no era muy común verlo por las calles de Kyoto a dicho ciberware.
Sea como fuere, él poseía nada más que un higonokami, un famoso y tradicional puñal japonés el cual tenías que colocarle tu dedo pulgar en forma de palanca sobre una plancha de fricción para evitar que se doble durante el uso, es decir, cuando apuñalaba. Comenzó a girarlo en su mano derecha en su ademán cotidiano de nerviosismo o sencillo pasatiempo debido al aburrimiento. Hay quienes preferían mascar un chicle, fumar inmensas cantidades de tabaco o tambalear alguna parte de su cuerpo como si de un espasmo psicótico se tratase; él prefirió jugar con su filo favorito. Lo movió con holgada practicidad entre sus dedos, girándolo en su muñeca, lanzándola por los aires para atraparlo y volver a girarlo. Un impulso tan humano. Como si se tratase del lápiz de un estudiante, el cual se hallaba enfrascado en mitad de un soporífero adiestramiento inútil llamado «clase», movió la navaja entre sus manos con extenuante gracia, mientras transitaba en el caos tumultuoso de personas caminantes desplazándose a su deber diario, u otros errantes como él, que desaparecían y se hacían indivisibles a la mayoría, pues era preferible ignorar escoria vagabunda sin rumbo en el mundo. Se aventuró en el mar de frías y frívolas miradas, desdeñosas, él mismo advirtiéndoles de su calamitosa y repugnante presencia con su propia mirada asquerosamente lejana e igual de inexpresiva y gélida que la de un sicario a punto de aniquilar a una familia afable y feliz, con sus padres, con sus madres, con sus hijos, con sus hermanos. Por lo que sea, hoy no tenía muchas ganas de sonreír como un idiota amigable. El efecto resultó inmediato cuando un aura de lejanía con el resto se instauró a su adyacencia. Bien conocido como un paria desagradable, y un ladronzuelo irremediable, fue apartándose de los demás hasta esperar recibir el final de un destino y desesperanza infranqueables. Pero nunca llegó, y aquí estaba; sobreviviendo…
Anduvo por la avenida principal y se paró frente a un cruce donde pasaban, en rápidas secuencias, un indeterminado número de coches. Un diminuto letrero en el suelo le advirtió que se detuviera si quería evitar el ser atropellado. En kanjis japoneses estaba escrito «No caminen», y una voz robótica repitió el mensaje varias veces para alertar y detener a los solitarios descarriados en sus pensamientos como él; abstraídos siempre del plano físico, siempre en otro momento y lugar y jamás viviendo del presente, en su repulsivo presente.
Aquella voz, que repitió una y otra vez su mensaje, le erizó los pelos de la nuca por su insistencia inquebrantable. Vociferante y reiterado, una cantinela que lo enervó por su insoportable insistencia al momento taladrarle los sentidos con algo que sonaba tan jodidamente obvio: no camines por la calle cuando pasan los autos. Ya lo había entendido… Aun así, no se detuvo, por nada en el universo se detuvo. Su rostro se alargó y expresó su exasperación a través de bufidos bajos e insonoros. ¿Y qué si él quería saltar en medio de la avenida para que lo atropellasen? ¿Eh? ¿Quién lo detendría? Apretó los dientes y empezó a girar la navaja con violenta venganza, procuró calmar sus sentidos estúpidamente alterados por una nimiedad. Que, al fin y al cabo, dicha nimiedad, lo estaba distrayendo con enormes facilidades de su estado torturado ocasionado por su desdicha anterior. Su incidente lo dejó muy irritable, según parece.
Esperando en el cruce de dos avenidas, donde estaba la señalización en japonés que repetía que no caminaran, fue sorprendido con el pasar de dos jóvenes de su edad que corrían juntos y tomados de la mano, por poco no siendo atropellados porque ni siquiera echaron un vistazo antes de pasar corriendo por la senda peatonal. Una niña y un niño, los dos con sonrisas gigantes, ignorantes y desvergonzadas, el sujeto masculino llevaba a la femenina a rastras detrás de él, riendo y jugando, y a su paso solo dejaron el rastro salvaje de sus risas animadas y felices, y sobre todas las cosas: felices, muy felices. Absurda y asquerosamente bonita e idílica le resultó tal imagen de dos jovenzuelos enamoradizos correteando por el miserable centro metropolitano, como si no existiesen los peligros o las preocupaciones a sus alrededores, como si en este mundo se te permitiera ser feliz sin tener que desgarrarte el alma a cambio, como si hubiere motivos para preferir las tontas banalidades y el sentimentalismo barato que significan el «amor» en vez de ser consciente de tu realidad y de la naturaleza genuina de la podredumbre que te rodea con tal de estar preparado para su embestida inminente. Jamás podría concebir la visión de sí mismo en la piel de aquellos dos pequeños ilusos, fingiendo una carencia desorejada del saber en un entorno agresivo en demasía para provecho de una falsa y funesta sensación de alegría y anhelo. Una cosa fue mentir en pro de protegerse a uno mismo, otra muy distinta era tragarse tu propia mentira; lo que él jamás haría. Jamás…
Sintió un pinchazo de dolor en su mano. Miró donde su navaja había dejado de girar, su propio puño apretado con fiera determinación y cortándose la palma con su arma robada de un traficante. Lo que sacó una sonrisa melancólica y veraz a relucirse en su faz. ¿A quién quería engañar? Desearía recuperar esa inocencia. Cuando aún era un niño en el cuerpo de un niño y no un solitario zorro descarriado, rapiñador, plenamente consciente de su condición y metido en la carcasa de un joven de siete años.
La amargura de su patetismo se unió a la chispeante irritabilidad, y formó a otro caminante más de la gran ciudad; un zombi en absoluta desolación que sigue el camino sin saber por qué…
La señalización frente a él cambió a verde y, en unos kanjis verdes, predicó: «Caminen». Y él hizo caso. Siguió las órdenes dadas como un actor más, intrascendental, en esta gran obra de teatro.
Caminó con un rumbo preestablecido, pero sin muchas ganas de llegar a destino. Ahora estaba en la zona más céntrica de la ciudad, donde se alzaba la torre más alta y grandilocuente de la urbe. En el sitio donde antes estaba el Palacio Imperial, junto a un paisaje verde y hermoso que él no nació para ver, vio, en su lugar, la inmensa torre de Arasaka, que era la sede de dicha corporación en Kyoto, rodeada de varias torres más pequeñas que destacaban la enormidad del edificio con cristales opacos y vigas de acero ennegrecido que pertenecían a la megacorporación más grande y poderosa del mundo, o eso siempre le decían en su adiestramiento (llámalo también lavado de cerebro) que le otorgaban en la pensión, o nojo. Como sea, tenía la certeza de que su tutor trabajaba allí, entre todas esas caretas viperinas faltas de gracia y sinceridad, en uno de los niveles más altos de la llamativa y sencilla estructura. Por lo que había oído, su patrocinador podía llegar a ser uno de los hombres más poderosos de la ciudad (y quizá del mundo), cosa que le concedió cierta inmunidad contra las autoridades de Arasaka. Inmunidad que, por lo visto, las fuerzas de seguridad de la empresa desobedecían o desconocían. Fuera como fuese, este era el cuartel general de su prisión kilométrica adornada con las ubicuas lámparas eléctricas saturadas en neón.
Asqueado con lo que, para él, era otra horripilante visión muestra de su esclavitud, continúo en su sendero lo más veloz que pudo. Cruzó el Río Kamo y se metió en la zona más al norte de la urbe; sitio donde se asentaba él de forma oficial, aunque pasara el grueso del tiempo fuera, en las calles.
Adentrándose en los distritos que él ya conocía como la palma de su mano, se encontró de frente con uno de los puntos de concurrencia más comunes dentro del panorama criminalístico de la ciudad. Con una decoración poco definida y con toques orientales japoneses, así como continentales, sobre todo vietnamitas y chinos, se alzaba el bar de Teisu: pintado de un rojo vino tinto oscuro y con letras chinas en la entrada que anunciaban el real nombre de aquel bar, que nadie sabía pronunciar o leer y, en consecuencia, simplemente lo llamaron el bar de Teisu. Salientes de estilo shinto ataviaban la delimitación entre las dos plantas del lugar, y también con el piso superior del edificio, despintado y de un gris mohoso, que era donde vivía propietario del local.
Nguyen Van Tetteisu, conocido por los locales y la inmensa mayoría de los clientes del bar sencillamente como Teisu, era el dueño del establecimiento. Él era nativo de Japón, pero con padre nacido en Vietnam quien, a su vez, tenía una madre de orígenes chinos que, por lo que había retenido de sus escuchas disimuladas, lo crío en gran parte de su niñez y adolescencia a Teisu cuando su madre los abandonó y su padre se vio forzado a trabajar horas extras para entregarle todo a su hijo. El laborioso sacrificio dio sus frutos y su joven hijo empezó un pequeño emprendimiento en las zonas más humildes de la ciudad para terminar alquilando y posteriormente comprando este local, que ahora, para disgusto de su padre y él, las Yakuzas habían adoptado como su sitio formal de reunión. El real, el verdadero, aquel en el que extorsionaban y sobornaban a la policía, sea de Arasaka o no, y a los políticos, que acudían encantados con tal de recibir una paga extra. Aún recordaba cundo había visto a un ministro panzón y emborrachado, con la camisa desabotonada y la corbata dispareja, bajar del primer piso a cuestas, colgado de dos muñecas preocupantemente juveniles, mientras expulsaba soberana mierda por la boca; promesas inconclusas entre risotadas ardientes, pervertidas cuando manoseaba la parte trasera de alguna de las jóvenes que lo acompañaban. La actividad comercial de la mafia japonesa se reservaba para la primera planta del establecimiento, donde había amplias mesas cuadradas con sillones de cuerina negra a los lados e iluminado con tenues luces de farolillos tradicionalistas, que depende de la época del año se colocaba algo más de índole japonés o chino, sin embargo, él todavía seguía sin encontrar la real diferencia; solo son lámparas, pensó. En el piso inferior había un bar de toda la vida, con la barra principal en medio que hacía una medialuna completa de cara al rectángulo que era toda la instalación, en los costados y en medio había mesas redondas y altas con pequeños taburetes como asientos, todo de una madera de ébano lisa en la cual se veía la suciedad a pesar de su oscuridad, al parecer no daban abasto con la limpieza.
Éste era un establecimiento muy frecuentado por la mafia. Asimismo, podías encontrar edgerunners, netrunners, solos, gaijins de todas partes del globo y toda clase de mercenarios y contratistas en este sitio. En definitiva, un bar de mala muerte atestado de indeseables, y de ahí que sea un lugar donde él era bienvenido, como otro desgraciado más; era su hábitat natural. Seguramente aquí se hallaba lo que él, en un periodo largo o corto, se terminaría por convertir en el día de mañana.
Penoso e irritable, y sin mucho que perder, entró al establecimiento, pensando que quizá Teisu o su viejo, los cuales eran practicantes de medicina tradicional china, tendrían algo para calmar su dolor, el cual estaba regresando después del calmante poco convencional que significó mirar a la luna durante un tiempo indeterminado. Nada más pasar por el marco de la puerta, que funcionaba con bisagras como en las edades antiguas, el olor a tabaco y alcohol inundó su sistema respiratorio. Desagradable fue para sus pulmones, que todavía se encontraban en recuperación y tal vez algo perforados por una costilla rota dicho choque de atmosfera. Pasó del aire fresco, o todo lo fresco que podía ser el aire nauseabundo de esta ciudad, a este sitio cerrado donde colmaba el humo tenue de los cigarros, que le otorgaban cierta mística a este punto de encuentro entre las escalas más bajas de la sociedad.
La disposición continuaba siendo la misma que la de la última vez, algo extraño, ya que Teisu tenía la rara costumbre de cambiarlo todo de lugar porque, según él, no aguantaba la monotonía, puede que de allí viniera ese afán por la disonante ornamentación del bar que simulaba la apariencia de tantas culturas a la vez. Dentro, los neones eran más apagados que los de afuera, cosa que agradeció su vista cansada luego del difícil transcurrir de su día. Escuchó las risotadas de los borrachos y la habladuría suelta del negocio criminal, lo que agolpó sus sentidos junto a la escasa visión mientras trataba de localizar a alguno de los dueños; no encontró a sus objetivos. Sin embargo, fue allí donde la vio. Cualquier tristeza e irritación se esfumó. Más allá del humo y de unos pilares de concreto, tapados con papel tapiz desgastado de un rojo más oscuro que el de fuera, ella estaba sentada, en una esquina como de costumbre, su cabello azabache caía largo en dos cascadas despeinadas que llegaban a su modesto pecho, rostro bonito y cautivador, una nariz fina y recta, labios delgados, ojos pequeños; vestida con sus pantalones y chaqueta de camuflaje militar tan característicos de ella, debajo una camiseta azul holgada, y de su cuello colgaban unas chapas de identificación donde yacía escrito «Mihoshi Oni», su nombre, el nombre de una de sus socias; y esta era una peligrosísima edgerunner. El armamento dispuesto en sus inmediaciones dio fe de ello: dos espadas colocadas en su espalda, una Lexington modelo M-10AF de Militech puesta sobre la mesa en advertencia para cualquier imbécil que intentara algo con ella, ya sea cobrarle expensas inexistentes o coquetearle un rato, ella resultó ser brusca y demasiado intolerante a la compañía masculina, o por lo menos la de este bar lleno de insolentes. Exceptuando a un niño que tuvo las agallas y el descaro para considerar oportuno el robarle y mentirle frente a sus narices, como si ella fuese una sórdida e inocente damisela que procura tender la ropa y tener la cena lista a tiempo para su afortunado marido y no una experta asesina entrenada por la Yakuza y curtida por el trabajo cotidiano de un edgerunner. También puede ser que su relación adquiriera un nuevo nivel de profundidad tras el incidente en el Río Kamo.
Miho contaba billetes, tal vez de un trabajo reciente, con un cigarro en su boca, expulsaba humo distraídamente y de una forma tan atrayente que solo ella podía emular. Iris carbón teñidos de carmesí artificialmente a partir de implantes, en imitación a un ídolo y modelo a seguir que ella tuvo en su infancia, un tal Kurogane, si no le fallaba la memoria. Sus labios tintados de un color cereza que, junto con su voz y manera de hablar, sus andares tan seductores y el hecho ya sabido de que él fue el único ente masculino que ella aceptaba y respetaba —sobre todo después de aquel evento que los hizo más cercanos—, lo atrajeron a ella como una abeja obrera a su reina. No se lo admitiría a nadie, ni siquiera a sí mismo, pero ella supo ser su primer enamoramiento platónico, aunque muy volátil y efímero. A pesar de que el frenesí juvenil y febril de su flechazo se había agotado, le mantenía guardado cierto aprecio. Podía decir con casi total certeza que su desfachatez no era el singular motivo que tanto le llamó la atención a ella de él, ella actuaba así porque le interesaba sonsacar algo de él, imposible saber el qué. ¿Quizá poseía algún tipo de interés con Arasaka? ¿Un interés genuino por él? No lo sabía. No necesitaba saberlo. Solo quiso que ella lo enredara en sus conversaciones confusas rebalsadas de doble sentido y olvidarse de su ignominia un ratito.
Ella se dio cuenta de la mirada inquebrantable de su persona, frunció levemente el ceño al ver su estado, pero una vez pasado unos segundos, le hizo un gesto con una casi imperceptible y agradable sonrisa para que se sentara en su mesa, seguro ya planteando sus preguntas debido a la inobjetable precariedad de su condición. Y el bermejo, con su sonrisa propia que se sorprendió de encontrar en sus labios, sucumbió; avanzó hacia la muchacha de unos veintitantos que otrora vez lo había conquistado con sus encantos, después de un merecido ajusticiamiento por su tentativa de querer hurtarle, pero no demasiado, porque a su entender seguía siendo un niño. Demasiado insolente y muy desvergonzado, sin embargo, solo un niño, un simple niño. Niño que ahora se dirigía a su compañía acogedora buscando refugio en una mala racha del aplastante destino. Qué hipócrita de su parte que antes, al ver a un par de jóvenes ignorantes y fulgurantes que recorrían risueños el páramo desolado que es esta ciudad, pensó en el mecanismo del desconocimiento y el distanciamiento de la realidad como una debilidad intolerable. Y he aquí él, apunto de sucumbir a los encantos femeninos de alguien de su confianza por la voluntad misma de su ser. O lo habría hecho de no ser por…
"¡AJAJAJAJAJA!" Se escuchó una risa descollante desde la otra esquina, la contraria en la que estaba Miho, del bar. Risa que creyó reconocer y que activó todos sus sentidos al máximo, como si le hubieran dicho que una manada de psicópatas entrenados lo perseguía y se lanzaban directo a por él en el próximo instante. Giró raudamente su vista y su atención hacia dicho rincón del cual provino la estruendosa carcajada, y entonces su sangre se heló. Allí estaba él: con una venda en la cabeza calva y negra, uniforme de la policía de Arasaka, un compañero con el mismo atuendo y con una gorra y lentes, los dos sentados, el negro gesticulando con los brazos abiertos mientras hablaba con una mesera del local que llevaba puesto un vestido hasta los muslos de color negro y decorado con flores rosáceas y rosas rojas, ella claramente incómoda y apática hacia el ruidoso y petulante acosador, el de gorra con una jarra de cerveza caliente y humeante en las manos e ignorando los asaltos empedernidos de su compañero. Le provocaba tanto asco… La situación, el hombre, su compañero, lo ocurrido con anterioridad, todo…
Una bola de animadversión y angustia se hizo presente en la boca de su estómago, controló el reflejo vomitivo que le causó tan repulsivo y abyecto sub ser, directamente traído de alguna parte profunda y oscura del Yomi y encarnado en la forma física de esta alimaña adicta al deseo cárnico, y no a cualquiera, al perverso e ilegal… Un abusador: el peldaño más bajo y putrefacto de la humanidad y, a partir de hoy, el más odiado por él. Y eso que ya los detestaba en demasía con antelación.
Aun así, los tipos de abusadores que más detestaba y le enardecían la sangre con un fuego, su fuego sagrado, fueron aquellos que intentaban falsear una faceta amistosa y amena con tal de conseguir su objeto de deseo tan abominable, fingiendo ser buenas personas que trataban de ayudar, persuasivos con su elegante y cuidadoso uso del lenguaje, en búsqueda constante del contacto; algo que le resultaba aberrante en todos los sentidos.
Volvió la vista hacia Miho otra vez, quien estudiaba con profusa calma, confusión y rechazo al impertinente oficial de piel morena. Ella también odiaba a los infra seres que cometían tales atrocidades tanto como él, y ciertamente ese podría considerarse uno de los denominadores comunes que hicieron fructífera su relación; el odio arraigado y desmedido, y completamente justificado, hacia esas basuras. No obstante, ella no conocía la verdadera naturaleza de la situación, de su horrenda situación que estuvo cerca de enviarlo al reino de los muertos, y por eso le devolvió una mirada interrogativa una vez finalizado su breve análisis del escandaloso individuo. Él no supo responder de otra manera que con una sonrisa estúpida y avergonzada, sabía lo que haría ella si se enteraba de la realidad del asunto. Lo mataría sin la menor de las preocupaciones por las posibles reprimendas de Arasaka, ya sea en venganza por él o porque le daban un asco abisal los hombres como aquel. Sea cual sea, no hubo dudas del destino del individuo: tarde o temprano sería asesinado con extremada brutalidad, más temprano que tarde en verdad. De lo que sí tuvo dudas, era el qué hacer en este momento, si armaban el suficiente revuelo llamarían la atención de agentes indeseados: Arasaka, sus dueños; y la Yakuza en menor grado de importancia. Cuando se proponía ideas de cómo contarle a ella lo sucedido, sin que fuera inmediatamente a arrancarle la cabeza en mitad del bar a tremenda sabandija, lo escuchó gritar nuevamente…
"¡Deberías de haber visto como gemía de placer la última muchacha con la que estuve! Fue hace unas horas de hecho. La entusiasmé con mi encanto natural y mis hábiles dedos…" Proclamaba aquel hombre hacia la mesera, ya irritada, que quería de todo menos el seguir oyendo a inmenso idiota, idiota enfermizo que quiso aprovecharse de lo más cercano a una familia que tuvo el bermejo. Y esa fue la gota que rebalsó el vaso, ya resquebrajado y con pérdidas desorbitantes, de su autocontrol. Lo reventó. Lo infló y lo hizo volar por los aires a lo que quedara de su propio control para evitar saltar a por uno de los kunai ocultos entre el ropaje de Miho y, finalmente, degollar al cerdo de la seguridad corporativa con sus mismas manos de infante. Despertó la rabia burbujeante de su pequeño ser. Su fuego incontrolable se prendió exacerbado como pocas veces lo sintió, corrió por sus venas como sangre nueva, y se centró principalmente en sus ojos, haciéndolos arder casi como aquella vez… Manifiesta sensación de liviandad repentina en su cuerpo golpeado y maltratado, como si hubiere despertado de una gratificante siesta y no hubiese salido del abismo atrapante del ocaso de su vida hace unas horas. Un sentimiento adictivo. Llameantes llamas incesantes llamaron a la contienda entrante… Entonces, él hubo de tomar una decisión inmediata.
Huyó de allí, saliendo por la puerta, antes de provocarle más problemas de los deseados a su edgerunner de confianza o a el pobre Teisu, que ya suficiente aguantaba con las peleas y tiroteos irresponsables de las Yakuzas dentro y fuera del local. Con manos en los bolsillos, y vista ensombrecida, caminó con la fuerza renovada por su rabia abrasadora, dirigiéndose, después de tantas vueltas, a la pensión, de una vez por todas. Aunque, nunca nada sale según lo planeado, y él sabrá esto…
Cuando se iba de allí, de uno de los callejones que daba a la a parte trasera del bar de Teisu, salió alguien que el bien conocía, no iba solo y se veía que lejos de las condiciones predilectas se encontraban. Por sus bamboleos de piernas y sus ojos algo desorbitados y enrojecidos uno podría decir con certidumbre que estaban drogados. Trató de pasar de largo e ignorarlos, casi seguro de que se sondaba improbable que siquiera mantuviera la capacidad de modular o de reconocer personas o, siquiera, figuras más allá de sus manos. No sería la primera vez que lo viera así, y quizás la última tampoco.
"¡Eh, Toruna!" Le dijo un hombre de rasgos japoneses, la manera trabada y dificultosa en la que soltó aquellas palabras certificó su intoxicación. Desgraciadamente, su cabello rojo tuvo que ser lo bastante llamativo y reconocible para que el intoxicado y sus colegas lo pudieran identificar, aun y con los sentidos claramente embotados por la mierda que hayan consumido. No tuvo otra opción; miró hacia donde lo llamaron. El hombre que le habló tenía el cabello corto y negro, iba vestido con pantalones de seda negra, zapatillas negras con las plantas del pie blancas, un haori dorado de tela muy fina que le llegaba hasta los muslos, abierto en el pecho dejando ver sus tatuajes y marcas de ciberware en el cuello que subían hasta su mandíbula, la figura de un gran dragón oriental estaba estampada en su espalda. Tambaleaba horrores y, francamente, no esperaba que obtuviese la capacidad para hablar en dicho estado, pero su suerte seguía siendo una ignominiosa mierda. Se veía raramente errático y resuelto a la vez, como si pisara la delgada línea entre el absoluto desenfreno y el decaimiento a la inconsciencia.
"Ey, ¿qué tal, Matsuda?" Respondió «Toruna», sin estar realmente convencido ni agradecido de cruzárselo. Este era Matsuda, hijo del venerado Matsumoto, líder del Aizukotetsu-kai, lo que alguna vez fue la familia Yakuza más poderosa de Kyoto y que actualmente se encontraban de capa caída posterior a la ruptura de su alianza con los Yamaguchi-gumi —el sindicato más grande de todo Japón—, que terminó desembocando en un conflicto que, de alguna manera ridícula e insólita, lo involucró a él como su finalizador y pacificador. Fijándose mejor, pudo discernir a sus acompañantes: uno sin camiseta, blanco y de cabeza rapada, parecía estar a punto de vomitar; el otro tenía un pelo teñido de azul que se peinaba en un único mechón que caía al lado izquierdo de su rostro, también era blanco, vestía casi igual que su «jefe» con la diferencia que este llevaba un Haori negro, mal puesto y humedecido con baba que le caía de la boca, sus iris más desenfocados que el de los demás mientras intentaba mantener una charla interna en voz alta. Tuvo que preguntarse seriamente qué diablos se metieron para quedar en tales formas tan lamentables. Uno podría confundirlos con vándalos corrientes que se apelmazaban en la penumbra para drogarse hasta el olvido, pero, en realidad, eran los hijos honorables de un clan que avanzaba directo a su ruina. Ya uno podría sacar conclusiones de por qué iban en picado y les esperaba la inminente desaparición.
"Yo… mejor que nunca, niño…" Matsuda habló con pausas irregulares. Sonreía tontamente, parado a un par de metros de él. "Estaba… estaba probando cositas… Testeando la calidad del producto. Ya sabes" Rio. "Aunque… ¿Tú estás bien? Te ves como si hubieses salido disparado del interior de un huracán. La misma tormenta que hace unos momentos estaba azolando el planeta Tierra y todo el cosmos… el cosmossss…" Dijo Matsuda con terrible dificultad para hablar. Hizo gestos grandilocuentes, abriendo los brazos, cuando contó lo de la tormenta. Sea cual fuera la sustancia que probaron, sin duda se trataba de un psicodélico potente.
"Ya, me lo imagino…" Dijo el bermejo, algo inseguro, no sabiendo muy bien cómo disuadirlos para que lo dejaran en paz y así, de una vez, poder regresar a la estúpida pensión. "Pero no, no he salido de ninguna tormenta. Solo…" Dudó de contarle la verdad, a sabiendas de que estos idiotas irían y morirían del modo más penoso posible contra aquellos oficiales de Arasaka, y tal vez la culpa recaería en él. Tampoco quería iniciar o ser, otra vez, el protagonista de un conflicto entre los sindicatos japoneses, esta vez con la megacorporación más temible del país involucrada. De ninguna manera. Así que contó una de sus clásicas medias verdades: "Solo me atraparon robando otra vez. Ya sabes, «el negocio»." Matsuda asintió comprensivo. Sus seguidores se sostuvieron a su lado, inmóviles y perdidos, como su escolta personal. Una escolta zombi penosa y hasta cómica.
"Oh, ya veo." Dijo Matsuda, quien sonrió y chocó su puño contra su palma. Pareció querer transmitir confianza y seguridad, pero, dicho gesto, viniendo de un hombre tan endeble y debilitado por los narcóticos, carecía de total imponencia y garantía. "A ti, Toruna, los hombres de Matsumoto te debemos un enormísimo favor por haber salvado a mi hermana." Mostró una sonrisa confiada y sacó a relucir su dentadura dorada. Y era cierto, él, en uno de sus arranques de irrefrenable estupidez, no tuvo mejor idea que detener el secuestro de una joven a plena luz del día, y resultó que era parte del plan del sindicato más grande de Japón, una reprimenda por la ruptura de un acuerdo. "Entonces, dime, ¿recuerdas a alguno de los sujetos que te golpearon? ¡Los muchachos y yo recuperaremos tu honor, Toruna! ¿Verdad, chicos?" Miró a su costado, a su seguidor de pelo azul; éste lo observó al bermejo como si se tratara de un extraterrestre proveniente de otra dimensión durante su intercambio con su líder, contestando al reclamo de este mismo con un simple «Eh», confundido, con la boca abierta y saliva abriéndose paso por la comisura de sus labios. Matsuda negó con la cabeza en decepción por el deplorable aspecto de su amigo.
Matsuda se acercó y posó su mano sobre el hombro del bermejo. Y arrastrando las palabras, como si de un borracho apunto del coma etílico, dijo: "No te preocupes. Yo aún tengo algo de combustible en reserva, y puedo con quién sea que te haya hecho esto. ¿Sabes quién fue? Yosuke y yo le daremos una buena somanta a ese hijo de puta por meterse con uno de nuestros protegidos." Nada más terminar sus palabras, el susodicho Yosuke, el calvo y sin camiseta, pasó por su lado corriendo hacia unos setos cuadrados decorativos, y artificiales, que se encontraban cerca del cordón frente al bar, para dar rienda suelta al despido de su cena, y tal vez a su almuerzo y desayuno también, sobre estos. Empezó a vomitar. Ruidos de arcadas muy desagradables resonaron en la fachada del local de Teisu. La gente que pasaba contempló con pavor a Yosuke, que regurgitaba sin escrúpulo alguno, apurando su ritmo los que más cerca estaban de la escena, o los más aprensivos. Matsuda lo vio con desgano y suspiró. "Bueno…, mejor dicho: yo le daré una paliza a tus abusadores." Se señaló con el dedo pulgar. "¿Dónde se encuentran?" Preguntó, una de sus cejas arqueadas en curiosidad.
"En realidad, no lo recuerdo muy bien. Creo que me hackearon el sistema nervioso y al momento siguiente ya estaba inconsciente. No pude verlos." Dijo el niño bermejo. Lo que dijo que ocurrió, y que era mentira, podría haberse dado, pero, por alguna razón, el ICE de Arasaka —que poseía la fama de a lo mínimo ser decente— de sus atacantes, resultó ineficiente contra él. Sucedía a menudo que los sistemas de defensa y ataque de la Red lo ignoraran o simplemente no pudieran atravesar su propio hielo. No se hacía ni una idea de por qué se daba esto. Y tampoco es que contara con mucho ciberware más allá del ya ordinario enlace personal y puerto neuronal, junto a un rudimentario y desactualizado ciberdeck que les otorgaban a los niños de su nojo como parte de su condicionamiento. "De cualquier modo, ya estaba yendo al hospital a que me arreglaran un poco." Mintió sobre su verdadero destino, pues, según lo que le había dicho a Matsuda con anterioridad, él era un niño de la calle que le gustaba estar donde está en pro de conservar sus restringidas libertades. Un niño de la calle sin relación alguna con ninguna megacorporación. Como también mintió acerca de su nombre, que el que le dio no era más que el desacomodo de sílabas de su nombre real: «To-Ru-Na». Muy obvio para cualquiera que lo conociese de antemano o para aquel que escarbara un poco en sus orígenes; pero, con suerte, este idiota bonachón apenas sabría atarse los cordones, así que solo tuvo que recurrir a un engaño barato de su amplio catálogo de invenciones.
"Oh, en ese caso, Toruna, déjame alcanzarte hasta allí. Creo que a Yosuke y a Daiki no les vendría mal ir de paso al hospital también." Dijo él mientras veía al de cabello azulado apoyarse contra su coche estacionado a pie de calle, un Mizutani rojo de cuatro puertas, e iniciaba una cátedra consigo mismo, todavía babeando. Yosuke, el calvo, aún seguía vomitando. "Definitivamente no nos vendrá mal pasarnos un rato por allí…"
"Realmente, no hace falta. Yo solo puedo…"
"De eso nada." Matsuda le interrumpió. "Tú necesitas un médico, nuestro clan te debe un gran favor y estos dos están al borde del colapso…" Para reafirmar su punto, se vio como Daiki empezaba a dar manotazos al aire y, entretanto, decía estar en presencia del próximo dios destructor y aniquilador de la humanidad, y le pedía a alguna deidad clemencia por sus pecados. "No debimos probar aquellos polvos…" Susurró por lo bajo.
'Con que polvos, ¿eh? Ni loco me subo a su coche, que seguramente se lo ha quitado a su padre.' Pensó el bermejo. Y vio una abolladura muy notable en el parachoques delantero, raspones y rayas despintadas a los costados, todo confirmaba sus sospechas. 'En definitiva; no, no iré a ningún lado con él. Pero, ahora, ¿cómo mierda escapo de esta situación tan infructuosa?' Se preguntó.
"Como sea, vamos yendo." Dijo Matsuda, quien pasó por su lado y se dirigió al coche. Lo intentó abrir, pero una traba se lo impedía. Maldijo entre farfullas inconexas. «Maldito viejo de mierda», creyó oír de sus balbuceos repentinamente rabiosos. Y, efectivamente, le quitó el coche a su padre, otra vez, y éste se anticipó al hecho colocándole algún sistema de bloqueo. Matsuda conectó su enlace personal a una entrada que se encontraba a la altura de la manija del vehículo —donde alguna vez se habría de colocar una llave—, y en el vidrio de la puerta se mostró un teclado numérico que pedía una contraseña. "No. No de nuevo. Esta mierda ya salió antes, pero Daiki la salteó no sé cómo." Oyó lo que él dijo entre cavilaciones silenciosas, muy frustrado y enojado trataba de saltarse el protocolo de seguridad, sin embargo, falló rotundamente en todas las series numéricas puestas. Un sistema tan anticuado pero funcional con un drogadicto que tal vez ni rememoraba su propio nombre. Él golpeó con su puño el panel intangible en el cual saltaba el mensaje de «ERROR» cada vez que ponía algún código incorrecto. Yosuke continuaba vomitando, y en cualquier instante expulsaría sus órganos por la boca si lo seguía haciendo. Daiki, en cambio, a esta altura aparentaba tener una conversación muy efusiva, o quizá un debate, con Kami; en cuyo discurso reclamaba la falta de atención de estos seres divinos por sus fieles súbditos, los humanos, que no hacían otra cosa que sufrir y vivir y revivir miserias, él objetó que en determinado momento dicho ciclo debiera de finalizarse, tal vez con la intervención de un intermediario, un heraldo de los dioses. Quizás alguien podría tomarse enserio la discusión extrañamente profunda y trascendental de un simple intoxicado alucinando, de no ser porque estuviera golpeándose la cabeza como un tambor con la palma abierta, y aun babeando como un bebe, mientras soltaba su argumentario relativamente racional, lo que desacreditó cualquier tipo de seriedad al asunto.
Matsuda, que todavía trataba de abrir el coche, de un momento a otro, pareció olvidarse de su existencia: en lo que era la ventana ideal para su escabullida. Sin embargo, después de su tediosa odisea, no vendría nada mal algo de compensación en forma de créditos, robados, pero que, de igual manera, él necesitaría más luego de soportar ininterrumpidos agravios y contratiempos allá adonde iba. Además, los cretinos de Arasaka le usurparon su pincho con ahorros sin justificación alguna, dejándolo con nada más que graves heridas que tardarían en curarse; lo que complicaría su subsistencia por unos días, hasta que retomara el ritmo de su cuestionable oficio. Poseía motivos de sobra. Aunque, ¿por qué él habría de tenerlos? Esto era un sálvese quien pueda constante, y él no recaería en la trampa del autodesprecio.
De este modo, sonrió tortuosamente, casi como un zorro apunto de degollar a su presa, y, vislumbrando el escenario en donde todos se hallaban enfrascados y decididamente abandonados de cualquier consciencia sobre su entorno, resolvió que hoy obtendría algo de beneficio de esta insufrible jornada. Se paró detrás de Matsuda, que no despegaba su frente del vidrio de la puerta mientras introducía largas sucesiones de números, una tras otra, desesperado por dar con la clave correcta. Entrecerró los ojos y pudo ver con claridad que llevaba su pincho con jugosos créditos donde debía de estar, en su cuello, de donde él sabía sacarlos con apabullante facilidad luego de ejercer esta tarea en las estaciones durante ya años. Se arremangó una de sus mangas, abrió la palma y mandó la señal. Sus lentes parpadearon de color azul celeste sobre el amatista de sus ojos, el cuello de Matsuda parpadeó en verde, y, al momento siguiente, salió eyectada su recompensa. Saltó y la atrapó en el aire.
Un truco sencillo que aprendías cuando eras un pobre descarriado y necesitado como él: eyectar los chips con créditos. Aunque esto solía hacerlo con presas más apetecibles como los corpos, no solo porque tuvieran grandes cantidades de dinero —absurdamente fáciles de robar—, sino que también por el asco y repulsión que sentía hacia dicha clase social, que hacían poco más que darle problemas a los demás desde que tenía una percepción real del mundo en el que se encontraba. Matsuda, en este caso, no era más que un pobre tipo con la suerte de poseer un padre rico, padre que difícilmente obtuviera sus ganancias de la caridad y el buen hacer precisamente, y, encima, como dijo Matsuda, él salvó a un familiar suyo de un secuestro. Así que, tomar sus pequeñas ganancias por los problemas que le otorgó el evitar aquel secuestro, cayó dentro de sus límites morales.
Miró su mano y, para su sorpresa, había más de un pincho. Observó con detenimiento el chip que sobraba, fragmentado en líneas azules opacas, y se preguntó de que serviría y si tendría algún valor. Fue cuando devolvió la vista a Matsuda que se dio cuenta de que quizá extendió su apuesta desfachatada de forma indebida. El hijo de Matsumoto yacía caído en el suelo, boca arriba, con grandes burbujas de espuma blanca saliéndole por los labios y temblando como si de un ataque epiléptico se tratase. Y, para su horror, mala fortuna e histeria, Yosuke se recompuso en el peor de los momentos, cuando pretendía irse corriendo de allí tras saber que la cagó considerablemente, otra vez, en el mismo día.
"¡Oye, Matsuda! ¡Hombre! ¡¿Qué mierda te pasa?!" Gritó desesperado Yosuke cuando a su amigo le daba un ataque a causa del estupefaciente tomado, que no había hecho efecto hasta ahora, justo ahora. Su griterío fue tal, que hasta despertó a Daiki de su «charla con Kami», éste levantándose con celeridad y viendo que rayos pasaba que causó tanto alboroto, y se colocó delante de su compañero convulsionando y también entró en pánico.
Y el bermejo, para su terror, observaba como un hombre sucumbía ante una sobredosis por su culpa. Bueno, no del todo su culpa, ya podía ir atando cabos y saber lo que pasó realmente: el desgraciado de Matsuda, que poco a poco avanzaba hacia mejor vida, no tuvo mejor idea que colocarse con un chip, quizá uno de combate, que actúo como inhibidor, de esta forma no controlando la dosis idónea que pudiera resistir su cuerpo efectivamente, sobrepasando sus límites por quién sabe cuánto. No había otra explicación razonable ya que se dio en el momento que él retiró sea lo que sea que tuviese insertado en el cuello. Además, en un principio, lo había notado extraño, como si se tambaleara en el borde de un precipicio; lo vio errático, y no se equivocaba; cayó profundamente al abismo nada más le quitó el sostén de su frágil consciencia. 'Esta mierda tiene que ser cara para ser tan buena.' Reflexionó mientras veía su puño cerrado de reojo. 'Tengo que salir de aquí, ¡y ya!' Determinó, y sin llamar mucho la atención, se fue alejando de la escena del crimen, ya que indudablemente el insolente de Matsuda no sobreviviría de ésta. Lo positivo, si es que se podía rescatar algo bueno de tal desventura, que aún no finalizaba, es que recuperó algo de dinero con los créditos, y el chip desconocido, que llevaba encima el hijo de Matsumoto en su haber, y que ahora eran de su pertenencia. Lo malo es que mató a una persona en el proceso, aunque, para compensar, ésta no sería su primera vez, su primera sangre. Dentro de unos meses pasaría página y lo olvidaría.
Quiénes no olvidaban, y tampoco pasaban página, eran los amigos del próximo difunto, que vieron al pequeño bermejo queriendo irse sin armar escándalo y a paso lento, lento pero nervioso y apurado. Como era obvio, no lo dejarían salirse con la suya tan fácilmente.
"¡Alto ahí!" Gritó uno. "¡¿Qué le ha ocurrido a Matsuda?!" Exclamó su furiosa pregunta alguien. Cuando se giró para enfrentarlos, vio que el interrogador fue Yosuke, el cual todavía parecía estar en prestas condiciones para correlacionar dos pensamientos seguidos e inculparlo, a sabiendas de que fue desde su llegada que todo precipitó así, con su líder trascendiendo a otro plano. Vio su mano que estaba apoyada en su pistola, a la vista en su cintura, entremetida en sus pantalones holgados y negros, y sus pelos se erizaron. Esto se puso serio y estos dos, aparentemente, retomaron el pensamiento lógico. Y tal vez era lo correcto, y lo necesario para salir ileso de aquí, el devolver lo usurpado al fenecido… No obstante, pudo notar que se encontraban algo desorientados todavía, sobre todo Daiki, que de vez en cuando buscaba a tientas un apoyo para disminuir sus mareos. Y se presentó el momento de decidir: ¿qué hacer?
Su cerebro, acostumbrado a este tipo de situaciones, empezó a diseñar una mentira perfecta y sin fisuras en cuestión de nanosegundos. No devolvería nada y saldría sin heridas, más de las que ya tenía, de esta coyuntura tan complicada. Su mente trabajó a mil por segundo. Recogió cada gramo de información recolectada desde su nacimiento para la creación del embuste ideal, conectó cuestiones de manera arbitraria, repasó experiencias previas, estableció las probabilidades del descubrimiento de su engaño, y arribó a una conclusión: Yosuke estaba demasiado alerta, el habrá sido el que menos consumió, pero, a diferencia de él, Daiki se veía confundido y, por lo tanto, lo suficientemente alterable y crédulo por cualquier estupidez que escapara de su dañina boca. El miedo del sujeto de cabello azulado era casi palpable. Una tontería que requiriese atención nula, para él se transformaría en una verdad absoluta y una amenaza preponderante; su cuerpo daba señales de estar en puro éxtasis, y ése estado profundizaba irremediablemente en la idiotez. Esas fueron las aproximaciones, acertadas o no, dentro de poco lo sabría, que concluyeron de su corto examen analítico de la estúpidamente bizarra situación.
Yosuke desenfundó el arma, le quitó el seguro y le apuntó directo a él, haciendo la seña para que levantara las manos. Hizo caso, a regañadientes, y dispuso sus brazos en forma de cactus; rígido, sin movimiento. Sus puños estaban apretados y, atemorizado, esperó que no le diese por preguntar que llevaba en ellos.
"¿Qué pasó con Matsuda? ¿Qué tienes en los puños, pequeño ladronzuelo?" Preguntó Yosuke. Cejas fruncidas en furia ciega. Lo descubrió sin descubrirlo.
'Mierda' Pensó, su propia cara se contrajo ante las interrogantes tan acertadas. Ya estaba. Esto era todo. No cabían dudas en situaciones tan al límite como esta. Preparó un hackeo rápido de retinas y miró de reojo al bar, que estaba a sus espaldas. Si fallaba, correría tras las piernas de Miho, que debería de encontrarse adentro de las instalaciones aún, tal como un niño asustado que busca la contención de su madre luego de ser intimidado por unos brabucones de su clase. Y arrojó al escenario la primera tontería que le vino a la cabeza de su irrefrenable flujo de información inútil e información usable o destacable, agradeciendo por primera vez en su vida el ser tan curioso y entrometido, y también agradeció a su buena memoria por retener tremenda sarta de trivialidades, vulgares a más no poder. Y, de entre el océano de nimiedades recordables, se alzó una con vehemencia. Una idea vio la luz al final del túnel. Una que aprendió hace varios meses cuando visitó la tienda de un vendedor de animales exóticos —que no volvería a pisar ni aunque fuera el último lugar habitable en la Tierra, eso claro está—, y recordó un dato banal que le sería de utilidad, o no. Dependía exclusivamente de que tantas neuronas haya quemado el agente nocivo que decidieron probar este par de imbéciles. Sin opciones, su conflicto se resumió en un «a todo o nada», pues la suerte yace echada en dados cuadrados y rojos que repiquetean en la mesa. Como predicaban los salones de apuestas de Kyoto: Alea Jacta Est. Sin embargo, el cruzaría el Rubicón en penuria y soledad, y con el riesgo de ser balaceado si fracasaba —aunque al menos a él no lo apuñalarían—. Sea como fuera, tenía que actuar, y ya.
Sonrió torpemente y, del modo más convincente y manipulativo que un niño de su edad podía ser, dijo: "Creo… creo que le picó un mosquito. Estoy seguro de haber oído un zumbido recién, previo a que Matsuda se descompusiera. Y anteriormente, hace no demasiadas décadas, los mosquitos se cobraron millones de vidas humanas con una simple picadura por las enfermedades que estos transmitían. Puede, o no, que le hayan transmitido una de sus enfermedades más mortales como la fiebre amarilla, la malaria, la leishmaniasis, la esquistosomiasis, entre otras. Y déjame decirte que tales insectos perduran hoy día con todos los cambios en el ambiente, y aún persisten las problemáticas enfermedades. Así que, en definitiva, tu amigo pudo haber sido contagiado recientemente de algo grave y no te diste ni cuenta." Terminó su «explicación» y uno podría jurar que la fisonomía de Yosuke fue esculpida en piedra, la piedra más inamovible y seca que existiese.
El silencio posterior fue sepulcral. Por lo visto, no le creyó.
Para ser sinceros, no podía creer la absurdez que acababa de lanzar por la boca. '¿Un mosquito? ¿En serio, Uzumaki? ¿Nada mejor se te ocurrió?' Pensó queriendo palmearse la cara. A lo sumo rescató algo de tiempo extra para preparar sus hackeos mientras soltaba su discurso falaz cargado con ráfagas de datos inverosímiles con la realidad actual. Ya le gustaría ver jodidos mosquitos picando el cromo. Y eso que solía ser un buen mentiroso. Solía. Hoy no fue su mejor día definitivamente.
"Crees que soy retardado o…" Yosuke iba a contradecir sus falacias de no ser porque Daiki saltó a él en mitad de sus palabras, quitándole el arma en un forcejeo, su rostro expresaba el temor más absoluto, y entonces prosiguió, con altavoces en sus pulmones, preguntando:
"¡¿Y dónde fue?!" Y el bermejo no hizo otra cosa que señalar en una dirección aleatoria arriba de ellos y, para su primer golpe de buena fortuna en este estúpido y absurdamente catastrófico día, él le creyó, y enloquecido apuntó allí, ignorando los gritos en negación de Yosuke que anticipaban el engaño, y disparó. Echó el cargador entero como un desquiciado al aire, ocasionó un gran alboroto de gente corriendo y huyendo. Gente normal, de a pie, que nada tenían que ver en el negocio de las calles, escapó del bar en manada pensando que otra contienda entre bandas, o entre bandas y fuerzas de orden público, se estaba gestando.
Y él, aprovechando, corrió entre la multitud. Yosuke consiguió detener a Daiki, pero ya era muy tarde. Corrió y corrió hasta que sus enfurecidas y doloridas piernas le pidiesen parar. Sus pulmones ardieron, sus ojos divisaron su entorno, frenéticos, tratando de encontrar otras amenazas que eludir, pero, al parecer, nadie del sindicato fue alertado acerca de su conflicto más reciente con los hombres de Matsumoto. Únicamente por si las dudas, desvió su sendero entre callejones y atajos intransitables que él ya conocía. Se hallaba a nada de llegar a destino y este territorio familiar aminoró sus temores. Menguaron sus nervios.
Después de andar y saltar unos obstáculos en penumbras, volvió a los caminos de asfalto donde se acumulaba el gentío. Y vio un puesto de teppanyaki; y tocó el chip recientemente robado en el bolsillo de su chaqueta, pero, como le dijo su socio, es preferible no usar el crédito recién adquirido o pueden rastrearte, mejor es llevarlo a alguien de confianza que lidie con los sistemas de rastreo y seguridad del pincho. Quizá le decía eso para estafarle y quedarse con la mayoría de sus ganancias obtenidas carroñando por la ciudad, sin embargo, tampoco tuvo otras opciones aparte de fiarse de su socio. Además, le entregó a cambio de sus hurtos un techo donde pasar algunas noches y varios consejos para ejercer su «trabajo» del modo más práctico, sí es que se podía considerar trabajo al hurto que practicaba a diario… Aunque, pensándolo mejor, había gente que consideraba una profesión el matar indiscriminadamente a otros, ya sea para una corporación, mafia o pandilla; todos tenían en sus filas a aquellos pececitos de menor rango que la única tarea que debían cumplir era la de extorsionar, torturar, asesinar, entre otras cosas; y así se ganaron la vida: defenestrando la de otros. En resumidas cuentas, lo que él hacía era más que correcto, e incluso aplaudible por el hecho de que robaba mayoritariamente a los sátrapas corporativos.
Transitó con una mirada perdida y algo apagada por las calles, ya cansado de tanto ida y venida en lo que se convirtió indiscutiblemente en el día más largo de su existencia.
Se internó en la zona donde se concentraban la mayor cantidad de prostíbulos, sitio que pudo ver con asiduidad porque vivía muy cerca. Al verlo, algunas de las muñecas «expuestas» a pie de calle le preguntaron preocupadas que le había ocurrido —ya que solía conversar con ellas, aprovechando la inocencia y simpatía que transmitía un niño—, despachó rápido sus inquietudes —no quería otro problema, esta vez con un proxeneta—, y les dijo que volvía enseguida a su hogar, que, de hecho, ya estaba volviendo tarde. Ellas lo alentaron, e, inclusive, una de ellas, Rushia, quien poseía un cabello platino notable que reflejaba las luces de su alrededor en una gama multicolor muy memorable, se le acercó y le acarició la mejilla con amabilidad, sus uñas poseían el tono y el brillo de la madreperla. Tan íntimamente cerca de él estaba, que dilucidó con claridad la sinuosa colina que formaban sus pechos, más apretados y resaltables aún con el corsé negro que vestía debajo de una gabardina entreabierta de piel sintética, abultada y de color pardo, que la protegía de las bajas temperaturas de la noche fría de enero; unas medias de rejilla oscuras le cubrían las largas, tornadas y finas piernas, en sus pies calzó unos zapatos de taco negros. A pesar de que su sexualidad, de la cual no fue ignorante, seguramente no se hallaba lo bastante desarrollada por lo joven que era, podría asegurar sin incertidumbres que la mujer frente a él era muy atractiva y sensual, lo suficiente como para hacer arder y oscurecer sus mejillas con sensaciones inenarrables más de una vez. Y su sonrojo y su excitación infantil, así como la descarada mirada furtiva a sus senos perceptiblemente turgentes y pronunciados, tuvo que ser demasiado evidente por la media sonrisa rebalsada de picardía que ella le dedicó. E inclinando la cabeza levemente, sus ojos marcados con un delineador carmesí, que dentro de sí guardaban un par de cuarzos rosáceos cuasi divinos, se entornaron y le manifestaron una diversión y ternura incontenibles, así también lo hicieron las risitas tapadas de sus compañeras de detrás que le advirtieron que se había quedado embobado mirándola, quizás con la boca abierta o alguna otra expresión graciosa.
De todos modos, Rushia, que si no se equivocaba era de ascendencia rusa, le dijo con un acento marcadamente gaijin que no sea tan torpe, que parecía dañarse a posta con frecuencia, que nunca conseguía estar sano más de una semana. Y él solo respondió: «Soy bastante torpe, es verdad; suelo generarme abundantes heridas por mis descuidos.», con su dentuda sonrisa de marca registrada aledaña a la de un tortuoso zorro, «Lamento el incordiarte con mi desidia, pareciera que el hacerme daño es mi filia». La respuesta de ella fue negar con la cabeza, resoplando y causando una amplia humareda salida de sus exquisitos labios pintados de rosa, o de un rojo muy pálido, en donde yacía un cigarro, que solo incrementaba su atractivo prominentemente exaltante. Lo apuró en su regreso al nojo. Ella sí conocía su hogar, ya que un cuidador pagó sus servicios y se cruzaron en las puertas del establecimiento en lo que fue una escena un tanto incómoda. Asintió y, procurando hacerle caso, se decidió a finalizar su viaje interminable.
'Que cabello tan precioso, y tan inolvidablemente curioso.' Pensó él al despedirse. Los mechones iridiscentes del color del arcoíris sobre el platino majestuoso de su cabellera, que hacia las puntas tomaban las tonalidades de un rojo punzante, quedarían grabados permanentemente en sus retinas.
Y una vez afuera de la zona de las muñecas, siguió los rastros y señales que lo llevaron a su repulsivo hogar: la pensión para huérfanos de Arasaka, o mejor conocido como el nojo —o granja—. Un sitio que en un principio era un orfanato comunitario financiado por grupos vecinales preocupados por la gran cantidad de jóvenes indigentes, un lugar donde campaban muchos de los niños sin hogar de la ciudad, pero que más tarde fue capitalizado por la corporación de turno para sacar un rédito, en lo que sería un criadero de posibles talentos: los nojos. En resumidas cuentas, los niños que vivían en estos lugares se transformaron en una suerte de ganado corporativo a disposición de, en este caso, Arasaka.
Poco a poco el sitio fue perdiendo su misión original, que era intentar sacar a la mayoría de jóvenes de las calles, para convertirse en un gran hostal en el cual Arasaka seleccionaba aquellos niños con el talento y las cualidades necesarias para algún día serles útiles. Casualmente los niños «inútiles» reaparecían en las calles mendigando o robando, o incluso aparecían alistados en alguna fuerza militar de la enorme corporación, posiblemente para ser usados como carne de cañón hasta que solo quedara un grupo selecto, que reacondicionarían, ahora sí, para que trabajaran en la empresa.
Los motivos iniciales para este orfanato cambiaron tanto que actualmente se aceptaba financiación de agentes privados para que cuiden a bastardos desterrados de sus fincas corporativas, sea por el motivo que fuere, y a sus «futuras promesas». Él pertenecía a este último grupo, siendo patrocinado por uno de los corporativos más famosos de la ciudad, quien se aseguraba de que no lo echaran a pesar de fracasar en todas las pruebas.
Oh, sí, las malditas pruebas…
En este asentamiento se ejecutaban exámenes trimestrales para poder identificar y realizar un seguimiento de los niños, o productos prósperos, que era la forma de referirse a ellos desde el prisma empresarial. Él fallaba todas sus pruebas a posta, y también porque sus cuidadores lo saboteaban en ellas, todo a pedido de la matrona del lugar, Michiko. Alguien a quien detestaba con todas sus fuerzas por su continuo hostigamiento prácticamente desde que obtuvo consciencia de su propia persona y de sus alrededores. El maltrato psicológico al que fue sometido era algo inhumano. Siempre tenía las excusas perfectas para castigarlo de las formas más retorcidas.
«¿Por qué me tocó vivir esto? ¿Quién me abandonó a mi suerte en este mundo?», se preguntó él cada noche antes de dormir, cada día de su trágica existencia. Que estuviese acostumbrado a su modelo poco convencional de vida, no significaba que el dolor y el abandono no lo afectasen, al contrario, lo hundían en profundidades más oscuras que a cualquier otro. Y estas dudas existencialistas reflotaban en su memoria, como siempre, cercano a otra experiencia rozando la muerte, o en los momentos de debilidad cuando sucumbía al sentimentalismo descobijado de su juventud.
Él se preguntaba quiénes eran sus padres y por qué decidieron abandonarlo. Nunca obtuvo respuestas reales de sus cuidadores, ni tampoco nada del hombre que pagó la cuota de su hospedaje: Anders Hellman. El hombre era tan esquivo y redundante acerca del tema. La única respuesta que consiguió fue que alguien pidió, expresamente a Hellman, por algún motivo, que lo cuidara y protegiera hasta tener la edad suficiente para valerse por sí mismo. Nada más y nada menos. Para ser justos, él nunca le contó nada sobre lo que transcurría en su miserable vida en la pensión, y también fuera de esta; todos los abusos e intentos de tales que sufrió. En algún momento sospechó que Hellman era en realidad su padre, y que por alguna clase de vergüenza o por miedo no podía admitirlo. No obstante, descartó esta teoría prontamente por lo incongruente que sonaba. Anders era un hombre caucásico, blanco y rubio, presumiblemente alemán o escandinavo. En definitiva, no guardaba ningún rasgo en común con el hombre. Después de todo él era… muy diferente, muy especial.
Se frenó en su trayecto, su figura deprimida, debido a sus últimos pensamientos, se reflejó en el escaparate de uno de los tantos negocios que había en la transcurrida metrópoli; contempló con detalle sus rasgos físicos. Medía por debajo de lo que debiera un niño de su edad, con una complexión delgada y endeble, pero con bastante fuerza en esos músculos frágiles —puedes preguntárselo al abusador que casi le perfora el cráneo de un piedrazo—, ojos violetas naturales (ya que Hellman, por alguna razón desconocida, había pedido expresamente que jamás tocaran sus ojos orgánicos, otorgándole de esta forma unas lentillas cibernéticas más rudimentarias pero con las funciones básicas y necesarias de una lente común), una cara redonda e infantil, ahora hinchada del lado derecho gracias a la golpiza proporcionada. Sangre se le escurrió en una fina línea de una herida aún abierta en el costado izquierdo de su rostro, ardía mucho, pero desde temprana edad aprendió que es mejor no tocar los cortes abiertos, las cosas pueden ir a bastante peor si lo haces, mejor dejar que el cuerpo actúe y cure por sí solo. Como prueba de ello, se tocó donde había una pequeña cicatriz en su muñeca derecha, debajo del abrigo de mangas largas, a causa de un filo metálico introducido por accidente mientras se aventuraba por allí, en uno de sus primeros días explorando la ciudad; intentó sacarlo por su cuenta en lo que fue decididamente una mala idea. Se infectó, y cuando regresó a la pensión el regaño fue monumental, y lo que sucedió después fue para peor…
Llevaba un abrigo acolchado negro que cubría su torso y brazos, debajo de este un chaleco verde oscuro muy desgastado y una camiseta blanca lisa, blanca en tiempos pretéritos, porque ahora estaba sucia como las calles por donde caminaba. Vaqueros oscuros con tonos verdes y parches por doquier, cosa que demostraba el haberlos utilizado durante mucho (muchísimo) tiempo y que no poseía un recambio. También llevaba unas zapatillas negras de segunda marca muy gastadas, que tuvo que robar cuando los nuevos pares que le regaló su tutor fueron extraviados, es decir, se lo quitaron los demás niños con los que convivía, o alguno de los cuidadores se lo incautó. Manchas de sangre cubrieron todo su atuendo luego de la paliza recibida.
"Pff." Suspiró el niño, tocando con sus pequeñas manos, que se encontraban parcialmente cubiertas por unos guantes negros sin dedos, su cabello desordenado y en punta de color escarlata como la sangre, en lo que era, junto a sus facciones claramente japonesas, el rasgo más característico de este joven Uzumaki. Porque sí, este es Naruto Uzumaki de siete años de edad: un niño huérfano que nunca conoció a sus padres, ni supo algo relativo a ellos.
Un pequeño que ha sido curtido poco a poco por las salvajes y peligrosas calles de la gran ciudad Kyoto, concretamente los barrios bajos de esta. Naruto era, o intentaba, ser amigable con todo el mundo, buscando el aprecio de todo aquel con el que se relacionara de manera inconsciente, o traicioneramente consciente. Él constantemente buscó ganarse la confianza, y si los consideraba de su agrado también el cariño, de las personas que conocía como una especie acto reflejo que lo protegía, a él y a sus verdaderos sentimientos, del agresivo y mortal entorno. Y, aunque tratara de decirse a sí mismo que esto era un engaño para mantener a las personas ajenas a él alejadas de sus sentimientos reales, tras la falta de figuras paternales en su corta y delicada niñez, más la tortura psicológica ejercida en su hogar por los mayores, esto no fue otra cosa que una diminuta medida para apaciguar ese sentimiento de vacío, soledad y dolor que lo acompañaron desde un principio. Por eso, él siempre se aferraba con pasión a cualquier sensación positiva, en contrariedad de su instinto más primario, que le decía que nunca debía de confiar en nadie.
Y así fue él antes de conocer al viejo Kenshin, y su hija, Ikari. Fue la persona más desconfiada y asustadiza que podías encontrar en todo Kyoto. Pues todo le recordaba al incidente de su primer asesinato, su primera «víctima». Ese recuerdo que marcaría una pauta en su vida cuando no era más que un simple niño desconocedor de toda la maldad que habitaba en su mundo. Un trauma inolvidable. Desde aquel momento desconfió de todos y de todo, aparentando una sonrisa tonta, amigable y confiada, pero con un cuchillo listo entre sus mangas, oculto para cualquier ojo inexperto o para aquellos convencidos de que un pequeño niño no sería capaz de nada.
Observó con semblante deprimido su reflejo. Le encantaría que las cosas no sean como son, le gustaría que sus sonrisas fuesen sinceras, anhelaba el día en que tuviera que abandonar esta forma de vida tan forzadamente austera y peligrosa, deseaba con todas sus fuerzas el sostenerse imbatible en esta lucha sin fin; pero cada día se hacía más complicado, cada día era más oscuro que el anterior, cada día era más… infernal…
'¿Algún día me sacarás de este infierno?' Le preguntó al mundo y a nadie en concreto el joven Uzumaki. Su mano perdida en su melena rojiza acariciando la corona salvaje que es su cabello. Casi pudo percibir la desalentadora respuesta del frío cristal frente a él. Tan gélido, un «no» fantasmal que provino de ningún lado. Tal vez eran los rincones sombríos de su mente otra vez. Sea como fuera, la respuesta lo resquebrajó, como una ventisca escarchada que a su paso todo se muere; lo apagó, dejando a la luz su deprimente faceta que tanto se esmeraba en ocultar.
Perdido en su reflejo, a él lo tomó de imprevisto un coche que frenó de golpe en la calle, en su calle, justo detrás de él. Se giró y lo contempló mejor. Un Thorton Galena G240, de un azul muy gastado y sucio, que abrió sus puertas y de su interior salieron unos individuos que Naruto conocía muy bien. Su familia postiza. Aquella gente que le enseñó las demás alternativas más agradables para avanzar y sobrevivir en este mundo miserable. Encontró en sus rostros la angustia y la preocupación manifiestas. Como la cristalina transparencia de un río en la montaña, alejado de toda urbanidad y contaminación humana: él lo vio. Por lo tanto, activó su gen amistoso como él solo sabía hacer, con tal de amenizar los nervios flagrantes de sus personas más queridas.
Sonrió como un idiota y levantó la mano derecha para saludar alegre y fogosamente "¡Eyy, hola, ¿todo bien?!" Dijo eufórico el Uzumaki. No recibió más que miradas incrédulas. Una joven de cabellos castaños, la cual identificó como Ikari, se acercó a él rápidamente, y, casi esperando una dura reprensión ya sea en reclamos airosos o con un golpe seco, se encogió y bajó la mirada al suelo. Pero se sorprendió grata y gustosamente cuando lo engulló un abrazo fuerte y desesperado, sintió el temblequeo de la muchacha mientras esta lloraba en su hombro.
Este día no dejaba de sorprenderle y de ponerse más y más extraño. El abrazo de una joven fue lo último que esperó en la impredecible sucesión de hechos de este seis de enero. No recordaba cuándo fue la última vez que obtuvo una estrechez humana de estas características. Ikari, con este gesto tan simple, llenó su ser de un fuego burbujeante muy sosegador, tranquilizante. Se sentía realmente bien compartir el calor corporal con otro, sobre todo si es después de tanto infortunio y riesgos mortales esquivados. Si por cada vez que actuaba de manera estúpida e ilógica le otorgaban estas sensaciones tan reconciliadoras y reconfortantes por recompensa, sin dudas se convertiría en un suicida en potencia que salta al abismo sin el menor de los temores. Ella temblaba y, en su hombro, notó la humedad de sus lágrimas que se derramaban en grandes aluviones, mezcladas con el color negro de su delineador. ¿Ella habrá pensado que lo mataron por su culpa?
"¡Eres un idiota, ¿lo sabías?!" Declaró la chica entre sollozos, su cabeza apoyada en el hueco de su hombro. Y él solo sonreía como si no estuviere al borde de la muerte hace unas horas, y en dos ocasiones. Pero bueno, él seguía más o menos sano, y contento de que Ikari también lo estuviese.
"Yo también me alegro de verte." Afirmó vehementemente, ignorando a posta la preocupación hacia su persona que él consideró muy exagerada. Naruto solía restarle valor a su vida, a menudo en favor de beneficiar o ayudar a lo que él considere un amigo o alguien de valor, o simplemente porque su nobleza imperiosa se lo obligara.
"¡Idiota!" Dijo Ikari. Abrazó con más fuerza al Uzumaki, temiendo que el niño se esfumara de sus brazos en una horrible ilusión. Por otra parte, el joven Naruto se tensó un poco al notar que el viejo Kenshin, un hombre mayor con el cabello negro y el rostro arrugado, lo miraba desaprobatoriamente con un semblante demasiado serio, casi fuera de lo común, en el ya de por sí hombre serio. Aunque, se podía rescatar algo más de ese rostro rugoso, algo que se definiría como alivio. Consuelo por la idea de no tener que lamentar la muerte de un joven tan afable y capaz. Naruto no notó esto último, más bien preguntándose, ¿cómo fue que lo encontraron? La ciudad era demasiado extensa y estaba plagada de recovecos como para ser recorrida en auto buscando un matojo de cabello escarlata, por más llamativo y revoltoso que éste resultase.
"Preguntamos por ti en todos lados. Alguien dijo que te vieron cerca del bar de Teisu, donde recientemente hubo un tiroteo. Espero que no estés también involucrado en ello." Dijo el hombre mayor con voz grave, se acercó a la pareja abrazada. Profundamente grueso y retumbante en los oídos de Uzumaki su tono. El Uzumaki perdió algo de color en su cara al escuchar tal penetrante voz. "Tienes muchas cosas que responder y explicar, Uzumaki" Finalizó con contenida severidad, para no ahuyentar de manera sobre exagerada al niño. No pareció fructífero.
"Papá, no es el momento." Respondió por él la joven hija del cocinero, y hermana sustituta del pequeño. Acarició la espalda del Uzumaki en círculos tranquilizadores, pensando en contenerlo, mientras iniciaba una discusión con su padre.
Entretanto, Naruto quería que se lo tragara la tierra. Ya sabía la diatriba eterna y sofocante que le soltaría el viejo.
…Continuará…
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En el capítulo 4 se explica qué sucede con las memorias de Naruto.
(*Reescrito por última vez el 17 de septiembre de 2024.)
