Aquí vamos otra vez…

Anotaciones:

Introducción de la deuteragonista (e interés amoroso del protagonista) de esta pequeña historia.

Nada más.

Disfruten.

Alerta: En esta historia se narran variadas situaciones que catalogan como contenido adulto y que pueden ser muy sensibles para algunos. Todas (o casi todas) cuestiones tratadas en mayor o menor profundidad dentro del juego Cyberpunk 2077, y que también se tocarán en esta ficción. Si has jugado al juego, sabrás lo que te espera (e incluso así puede que te sorprendas). Leer con discreción.

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Un Pacto con la Muerte

~~Prólogo~~

Capítulo 3: Solos y Descarriados Pt. II; Tragedia de una Luna Descarriada

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Año 2062. Varsovia, Polonia.

Rodeada de grandes potencias que siempre hicieron lo que quisieron, no era fácil llevar a cabo un Estado funcional. Invadida, saqueada y defenestrada en más de una ocasión, Polonia no pasaba sus mejores años, pero tampoco es que fueran los peores. Por el momento, disfrutaban de una relativa independencia de los países vecinos y una economía no tan destrozada, aunque sí muy sumergida. Obviamente los estados circundantes se aprovechaban de su gran pobreza ofreciéndoles tratos injustos y descabellados, pero, ¿qué otra alternativa tenían? Este era el resultado de ser un país más en la ecuación del mundo. Olvidados por todos… menos, por supuesto, por Dios.

Polonia seguía siendo un país bastante religioso, sobre todo si tenías en cuenta que, en la mayoría de países y regiones del mundo, el fanatismo por el cromo y los implantes cibernéticos había superado y reemplazado a la fe hace ya mucho tiempo. Asimismo, los cultos herejes y regionales retomaron fuerza frente a la desesperación, la desesperanza y la desolación, en tentativa por la no respuesta, o no la que se buscaba o esperaba, del Señor. Las inacabables injusticias que se vivían en el día a día terminaron por amilanar a las almas en penurias extremas, y estas recurrían, en su anhelo desenfrenado por obtener alguna mejoría en su estado catatónico, al hallazgo de gotas de agua en el desierto, calma en el infierno: el escape del purgatorio como su único deseo. He allí donde nacían los oportunistas sin muy buenas intenciones para tratar de exprimir al máximo el desespero de los ilusos, lucrándose hasta la saciedad, y quizá más, de la pobreza empobrecida de tales pobres entes en perenne pena. Y he aquí también donde se constituían las leyendas vivas de hombres buenos que ayudaron a personas que se lo merecían; como cierto individuo enmascarado de una ciudad que nunca duerme ni nunca descansa en paz, donde la muerte roja es el común denominador, lo normal. Sin embargo, donde otros abrazan a ciegas las creencias paganas sobre individuos inmortales que aparecen y desaparecen sin dejar rastro, y como única evidencia de su presencia dejada la sangre derramada en manchas y charcos inquietantes de roja muerte, en Polonia, por el contrario, se seguía practicando mayoritariamente el cristianismo. Y les funcionó bastante bien el negociar con la fe de los desamparados. Décadas y décadas después, cambios tras cambios más tarde, mantenían un gran poder en la política económica y social dentro del país, en lo que era un gran bastión cristiano luego del alejamiento paulatino de la sociedad de las costumbres religiosas.

Naturalmente, en un mundo tan corroído por la corrupción de la inmoralidad a raíz del acopio desmesurado del poder, los miembros de la iglesia sacaron provecho de su sacra potestad para realizar tácitos tratos ilícitos con todas las organizaciones criminales habidas y por haber, desde la mafia japonesa, albanesa o polaca hasta la organítskaya rusa que predominaba de entre todas y que, además, operaba en la nación desde antes de las «Noches de Fuego», evento que catapultó migraciones rusas al resto del globo; las recientes sudams, grupos criminales latinoamericanos, conformado por individuos que huyeron de sus países en eterno conflicto para acabar, de algún modo, arribando a otro con la misma cantidad problemas (o más), refundando organismos delictivos en estas nuevas tierras inexploradas y en pleno crecimiento criminal con la ayuda de grandes magnates del narcotráfico aún presentes en Sudamérica; y también las mismísimas megacorporaciones a las que se oponían y, de cara al público, aborrecían con amplia determinación, y todo a causa de que, según ellos, estas violaban los valores básicos de la humanidad, con sus implantes corrompedores de la carne milagrosa otorgada por Dios y con su avidez ilimitada que acaparaba todo lo que haya. Bendita hipocresía, que ellos llevaron a cabo con sus sucios negocios con los que supuestamente rechazaban e incriminaban de impuros.

Pero bueno, así es la realidad: dura, cruenta y mentirosa; saca ventaja antes de que te la saquen a ti. Y, después de todo, ¿qué les impedía ser tan corruptos en una realidad tan corrompida como esta? Exacto, nada. Y ellos lo sabían y, por consiguiente, tomaron todas las ventajas posibles gracias a su poder y la fe enceguecida que poseía el populacho en ellos; hambrientos de cualquier signo de esperanza, por más nimio y absurdo que sonase, por más patente que se sondase la farsa, a algo hay que aferrarse. ¿No?

¿No?

Abusando y pecando en uno de sus tantos días de su gloriosa (y ominosa) labor, mientras efectuaban transacciones ilegales con las mafias y se beneficiaban del poder que ostentaban a partir de la rentable empresa que es regir las creencias fervientes de los incultos sedientos de buena fortuna, la tragedia un día golpearía a la puerta, y llegaría con una desgraciada entrega para uno de sus célebres y aclamados obispos. Letalmente mortal sería la sorpresa.

Transcurría un día normal en un orfanato, que compartía locación con un monasterio y una iglesia; al sur, en los límites circundantes, de Varsovia. Un sitio grande y exaltado por todos, un lugar donde peregrinaron enormes masas de seres hastiados de la capital polaca en explosión poblacional y urbana, pues, desde el Crash del 94, la urbe había duplicado su tamaño, y sus barrios marginales; y había triplicado su población, y sus pobres marginados y descarriados, cómo no.

Sea como fuere, otro día pasaba volando. Otro día en el que una «problemática» niña de cabellos níveos y ojos malva se había metido en algún lío o se había comportado de mala manera. Esta vez casi le desfigura el rostro (figurativamente) a un niño un par de años mayor que ella que la llamó «copito de nieve», y se creyó gracioso por ello, o al menos lo hizo hasta que perdió dos dientes y casi lo matan por esa tontería. Tal acto de violencia era inaceptable para los estándares de la Santa Iglesia, y, por lo tanto, la muchacha necesitaba un castigo digno del Señor. Hoy se había pasado de la raya, al punto de que el mismísimo obispo la quería ver y hablarle en persona.

La hermana Mary, su encargada, la tomó del brazo y la llevó a rastras hacia la oficina del obispo Piotr, quien le enseñaría una valiosa lección y a no meterse en problemas de ahora en más. Aquel día, en la mañana, había llovido a cántaros, y por el atardecer se asentó una leve brisa fresca acompañada por el cosquilleo de una llovizna débil y decrépita. La niña, como la mayoría de huérfanos del asentamiento, vestía prendas grises y opacas, pantalones y camiseta, y, en épocas frías, una chaqueta igual de sobria y desteñida. La hermana, en cambio, portaba el hábito clásico de las monjas de la parroquia, compuesto por un manto y un velo, ambos oscuros. La joven, aunque una prodigio bastante intelectual y perceptiva para lo pequeña que era, poseía graves problemas con su indomable carácter y el autocontrol (arrancarle de cuajo dos dientes a un compañero mayor que ella no es algo que hagan normalmente las niñas de su edad).

Llegaron a las oficinas administrativas, donde en uno de los cuartos, que se encontraba en penumbras y con apenas una luz en el fondo que iluminaba todo, esperaba Piotr; un señor mayor vestido con túnicas brunas que tenía una frondosa barba oscura repleta de canas, que la miró y sonrió simpáticamente. "Gracias, puedes retirarte." Dijo, muy apacible y aparentando una bondad inhumanamente vibrante y tranquilizante. Eso solo erizó aún más los nervios de la hermana, que empujó a la joven adentro, la cual se resistía y mantenía una faz colmada de apatía e incomodidad incontenibles; la niña odiaba estas charlas cuando simplemente respondía a la burla de un idiota que osaba meterse con ella. Nunca fue muy amistosa, su temperamento siempre le jugaba malas pasadas, y hoy, por lo visto, la forzaron a unos márgenes de enojo y rabia sin precedentes. Parecía tener ciertas inseguridades no resueltas con su cabello, el cual peinaba en una melena completa que, de lejos, daba la impresión de ser un copo blanco. Mary fue despedida por el obispo, y una vez la niña se hallaba sentada en una única silla frente al escritorio de Piotr, la hermana salió con una leve reverencia, en señal de respeto por su superior, y con una pesadumbre inexorable en su corazón se quedó fuera. La puerta se cerró a sus espaldas, ella quedando como la encargada de que nadie interrumpiera la «razonable reprimenda».

Y se quedó esperando fuera. Parada a un lado de la entrada, de cara a un pequeño patio interior de la iglesia con verde pasto, aquella monja esperó y entendió lo que ocurría u ocurriría dentro de la habitación, ya que ella había sido una pequeña revoltosa de joven, merecedora de tales castigos, el «divino castigo de Dios». Atado a un rosario que contenía pequeñas pelotitas de madera en su ristra, asió entre sus manos un crucifijo metálico, de punta ornamentada y peligrosamente afilada, además de la ya icónica figura del mártir crucificado grabada en el metal, extraído de sus ropajes, y, con vacilante convicción, comenzó su rezo, cerrando los ojos y acercando la cruz a sus labios temblorosos. Se halló en completa consternación por lo que sucedía en aquella oficina gobernadas en plenitud por una oscuridad y perversidad dignas del diablo, si es que a éste se lo podía siquiera nombrar. Sus peores pensamientos hicieron posesión de su mente. Lo cual hizo que sus piernas, y todo su cuerpo en verdad, temblequearan más y más, aterrada de lo aberrante de los acontecimientos.

Intentando contener las lágrimas, ya sea porque revivió traumas del pasado o porque le tuvo algo de aprecio a la desafortunada peliblanca, intentó concentrarse en otra cosa, fuera del acto pecaminoso, vil y repugnante del que estaba siendo cómplice en una supuesta confidencialidad. Esto era un secreto a voces, acallado por el temor de sufrir represalias posteriores por los grandes patriarcas que prefirieron que tales hechos deleznables no saliesen a la luz, incluso si esa indiferencia deliberada hacia las víctimas era ciertamente desalmada y retorcida; había un negocio que proteger, y éste dependía inherentemente de la buena imagen que daban, así como de la confianza y fe ciega que ostentaban de sus seguidores. No podían darse el lujo de que las acusaciones explotaran. En contramedida, reprendieron mínimamente a los ejecutores de las transgresiones, pero resultó en vano. Lobo que prueba la carne humana una vez, lobo que volverá a asaltar los caminos silenciosos y solitarios en búsqueda de presas inocentes y saciantes otra vez.

Proveniente del interior de la habitación, escuchó una agitación y luego un grito que se ahogó… Y temió lo peor. Tembló como nunca antes, pero ahora con una rabia imperante que previamente no estaba allí. No tan lejos de un punto de ebullición, pudo concebir la reinserción de viejos pensamientos atiborrados de una irreprimible cólera, como un fuego crepitante en un incendio forestal, como la hoja en ciernes de un mandoble que se encontraba al rojo vivo, y que una vez forjado, su sino era apuñalar ciceante la carne impura de los pecadores que, sin dudas, arderían en el infierno; arderían como ella, como su pensamiento impío de venganza, que ardió en ella con desesperante determinación. No podía aguantarlo. ¡Quería soltarlo! Escupirle a la cara y arrancarle los dientes y las manos de un tirón. ¡Apuñalarlo! ¡Degollarlo! ¡Quería matarlo, con sus propias manos!

La presión de su furia hizo que rompiera el rosario, soltando las bolas de madera que revotaron en el suelo como canicas sin gracia, la cruz apretada en sus manos como si del arma más letal del universo se tratara, dispuesta a cumplir su último deseo en el mundo antes de descender al inframundo. Sus manos, de tanto apretar, quedaron blancas; su destino teñido de rojo se hallaría en aproximación.

'¡Que Dios perdone mis pecados, o que el demonio se apiade de mi alma, pero ya no seguiré soportando esto!' Reclamó para sus adentros, y, envalentonada, reabrió la puerta que previamente cerró a sabiendas del peligro mortal que corría su pupila, la más bella y querida de sus pupilas. Y allí estaba, pataleando y empujando al hombre cuando éste intentaba ponerle un paño grisáceo, mojado, en la cara. Alivianado se sintió su espíritu de no haber intercedido demasiado tarde, pero, asimismo, la fastidió la culpa de no haberlo hecho con antelación. En el forcejeo, la niña de ojos lilas cayó de su asiento al suelo y, arrastrándose, se encontró chocando la espalda contra la pared en su intento frenético de alejarse del obispo. El pánico y el horror reinaron en su expresión enmarcada por las lágrimas inocentes de una joven que vivía la peor de las pesadillas en carne propia.

"Marysia, ven aquí y ayúdame a sostenerla." Dijo Piotr mientras enjuagaba, todavía más, el paño con el contenido de una botellita marrón rellena hasta la mitad y con una etiqueta blanca abrazando la circunferencia, en lo que podría ser un potente somnífero, quizá una variante de cloroformo. Sin embargo, ella no atendió a su pedido, por el contrario, miró a la pobre niña que la observaba suplicante… Y aquello fue la chispa necesaria, la señal justa para que su cerebro incendiara su cuerpo en adrenalina, su consciencia atrapada en el trance del asesino vengativo. Piotr no le prestó atención, demasiado concentrado en su futura presa y no en las que ya han sido abusadas y buscan a tientas su venganza. Él apoyó la botella en el escritorio y se disponía a continuar con su asalto, primero dejando inconsciente o inhabilitada durante un rato a la menor con lo que sea que tuviese ahora ese sucio trapo.

'Hazlo por ella…' Pensó, y eso mismo hizo…

Entonces, Mary saltó hacia él y, haciendo un arco completo con su brazo y poniendo toda sus fuerzas y frustraciones en su venidero golpe fatal, le clavó su crucifijo en el cuello, profunda y dolorosamente. El hombre demasiado mayor para esquivarla o reaccionar. Su piel endeble y sin cromar. La pieza metálica quedó ensartada en su yugular y, entretanto la sangre escapaba en chorros finos que empapaban su densa barba, contempló con sorpresa y lo que creyó que era temor, absoluto temor y horror. El trapo se soltó de su mano y se vio precipitado contra el suelo. Piotr trastabilló contra su escritorio cuando intentaba sacarse la cruz que lo ahogaba, su visión oscureciéndose, su caída inevitable en los brazos de Lucifer cada vez más próxima. Miró a Mary, mostró una leve y burlona sonrisa cargada de una falsa simpatía y afabilidad, y, finalmente, se desplomó en el suelo, a un lado de su escritorio de madera de algarrobo, barnizado, en estos momentos no solo barnizado sino que también manchado de carmesí.

No obstante, muerto no se hallaba el pertinaz anciano, sus quejidos y respiraciones sofocadas se seguían oyendo. Esto alertó y trajo de regreso a Mary al mundo real. Lo había visto sonreír. La abominable criatura frente a ella le mostró sus fauces simpáticas por una última vez antes de caerse en el frenesí ineludible de su muerte.

Ella caminó hasta quedarse quieta en el centro de la habitación ensombrecida, más ensombrecido todavía su rostro, giró la vista hacia la pequeña y ella le devolvió la mirada: con la boca abierta aún en estado de shock, el cuerpo temblando y las gotas saladas salidas de sus cuencas secando, pero reabriendo sus fuentes inagotables y, de esta manera, reanudando su llanto desesperado y aterrorizado. Nunca la vio así a la pequeña; siempre tan temperamental y dominante que uno se olvidaba que fue otra simple niña, ingenua y desconocedora de las verdaderas atrocidades que transcurrían en la vida real hasta hoy. Hoy una parte de ella moriría aquí, una parte de su inocencia quedaría raptada por la eternidad en estas cuatro paredes, pero, al menos, pudo decir que no sufriría las consecuencias infernales de ser víctima del más horrible e inolvidable de los abusos.

"Huye, Lucyna. Huye y nunca mires atrás." Dijo Mary mirándola a los ojos a su tierna e inofensiva pupila. Sus ojos cerúleos conectaron por última vez con esas preciosas fuentes lilas, manchadas para siempre con el terror del trauma posterior a esta desdichada experiencia. Hizo caso omiso a sus palabras.

"¿Por… por qué?" Le preguntó con voz temblorosa la niña. Moqueaba y lloriqueaba a montones, pero, aun así, se las arregló para formular y arrojar su duda, su pregunta vital. El por qué ella sacrificó todo por una simple niña problemática, una niña descarriada, como solían llamarla. ¿Por qué? ¿Por qué habría de hacerlo? Por qué cargar con el pecado, con el estigma de haberle quitado la vida a otro, y a un respetado y proclamado obispo para colmo, durante el resto de sus ignominiosos días. ¡¿Por qué?!

Mary se encerró en su mirada con algo de incomprensión inicial, pues para ella se infería de manera evidente sus motivaciones, pero, entendiendo raudamente, se dio cuenta de que la niña creía que no lo valía, que no era de la suficiente importancia para ella y menos para realizar este acto tan osado en pro de salvaguardarla de la demoníaca corrupción de Piotr. Y no solo mataría al viejo obispo con tal de mantenerla a salvo, quemaría toda la iglesia y a todos sus curas y monjas hipócritas con mucho gusto si ha de hacerlo por ella. Aunque puede que esta ira abrasadora naciese de su rencor y traumas pasados, también explotó y se potenció significativamente con el posible daño físico y psíquico del cual Lucyna casi es testigo —y ya lo fue con la tentativa dé—. Y ella había querido mucho a la niña, se había encariñado después de criarla desde que fue un bebé tierno e indefenso acurrucado en sus brazos. Era su ser más precioso, el único. Por lo que, a su duda, ella le sonrió apaciblemente, con un sosiego contradictorio con la situación recientemente vivida, y entonces le dijo:

"Porque eres importante para mí… Porque ya no me queda nada, y tú aún eres una soñadora que le queda toda una vida por vivir. Y necesito que hagas realidad tus sueños. Ese es mi sueño. Si puedo ayudarte a hacer eso, no me importa lo que pierda. Todo lo demás no importa."

Una convicción irrompible. Una dulce determinación. Una sencilla declaración. Unas suaves y bellas palabras. Un dicho que quedaría inmortalizado en la psique de la joven por toda una eternidad, y quizá más. Mary con una sonrisa triste, Lucyna con los ojos abiertos de par en par y sorprendida. La sorpresa fue tal, que su caudal de lágrimas se detuvo por unos momentos. Las palabras que fueron dichas, con un tono sorprendentemente amoroso y relajado, la congelaron en su sitio, incapaz de moverse o decir nada. Lucyna nunca se habría imaginado que ella, la niña descarriada que de nada valía además de para causar problemas, fuera apreciada de tal forma, con tanto cariño y dedicación. Su tutora ya la había tratado con ternura y amabilidad, pero esto iba mucho más allá de un abrazo reconfortante, unas palabras de consuelo o la narración de cuentos maravillosos rebosados de optimismo e ilusiones en la antesala crepuscular. Lo que hizo hoy por ella la marcaría a perpetuidad en el mejor de los casos, porque quién sabe qué clase de condena le esperaba a la asesina de un reconocido miembro de la Iglesia como Piotr.

El mundo entero comenzó a derrumbarse a su alrededor para la pequeña. No podía estar pasándole esto… No… La habitación en penumbras pareció cobrar vida, engulléndola en su grieta voraz y sombría. Arrancando toda luz de sus ojos. Se paró sobre fútiles esperanzas que ahora ardían en llamas infernales junto a Piotr, muy pronto junto a Mary y ella también… Todo reducido a nada, todo reducido a cenizas. ¿Ella qué iba a hacer si huía? ¿Qué esperanza de sobrevivir poseía una simple niña descarriada que desconocía en absoluto el mundo verdadero? Mundo verdadero que se presentó de un día para otro y que le quitó cualquier sueño idealizado que haya construido en conjunto con Mary, destrozó sus ilusiones como una tormenta de verano implacable y ahogó sus expectativas bajo un mar de tragedia y desgracia. Supo que ella era más lista e independiente que los demás niños de su edad, pero eso de poco serviría en salvajismo inmisericorde fuera de su cúpula de cristal tan bien resguardada y cuidada que Mary le había hecho creer que fue la realidad, y que sería así por siempre, siempre y cuando que estuviera bien acompañada y la rodeasen seres queridos a los cuales amar y, en devolución de su resguardo desinteresado ofrecido, protegerlos también. Qué tonta e inocentemente ilusa ha sido. Qué tonta… Qué tonta… Qué…

"¡Corre!" Mary le gritó para que despertara de su trance cuanto antes, pues no dentro de mucho llegarían las autoridades pertinentes a revisar que ocurría con su queridísimo obispo que dejó de emitir señales de vida. La niña la vio con una mezcla indescriptible de temores y horrores.

Par de cerúleos, de un celeste apaciguador en un día despejado, expresaron su súplica amorosa en un silencio sepulcral; el otro par, los jardines inmaculados e inagotables de lavanda, captaron el mensaje, en completa negación de su cumplimiento. Negaba su propuesta, negaba el salir corriendo y abandonarla a su suerte, negaba el dejar atrás a la única persona que quería, que le importaba. Se negó a continuar su camino en soledad, perdida en la miseria y sin a nadie a quien recurrir cuando decaiga en la debilidad. Sería solo ella contra el mundo, extraviada en la peligrosidad de un territorio ajeno; el infierno mismo…

"Por favor…" Le rogó Mary en un susurro casi inaudible, casi fantasmal. Conectaron sus miradas por una última vez. Madre e hija. No compartían lazos sanguíneos, pero eso eran: madre e hija. Lucyna se tragó el nudo agonizante de la garganta, o lo intentó, y tomó su decisión. La más difícil de su vida (hasta el momento…).

Momentos después, Lucyna salió corriendo despavorida, sin saber hacia dónde, sin saber cuánto; simplemente corrió.

Ella corrió y corrió, sola y descarriada. Nunca se detuvo, nunca miró atrás.

'Ojalá encuentres algún día el amor que se merece un alma tan pura y divina como la tuya, querida.' Pensó Mary, con una tenue sonrisa dibujada en sus labios, cuando la pequeña atravesó la puerta. Abandonó aquella mala vida para internarse en otra que, probablemente, fuere igual de mala o incluso peor, solo Dios lo sabía. Esperaba que fuesen cosas buenas las que ella hallara en el mundo nuevo por descubrir, en las desventuradas y ajetreadas calles de Varsovia. Quién sabe, quizás encontrara un alma gemela por allí, un príncipe ideal para tan valiosa y valiente niña, para tan singular dama

Volteó hacia el moribundo infeliz que se estaba yendo lentamente del plano físico de la existencia. Caminó para quedar delante del desvanecido, contemplando con ojos furiosos el acto cometido. Una acción con la que soñó cada noche, cada día de martirio impartido por este sujeto, por su apetito voraz y execrable. Se sentó sobre su abdomen, como alguna vez lo hizo sobre su regazo. Pero esta vez fue con motivos diferentes, esta vez ella impartiría su justicia divina, esta vez ella le daría su «reprimenda razonable», su «divino castigo de Dios». Agonizante y con los ojos a punto de abandonar toda luz él la vio, y ella tomó la cruz incrustada en su cuello y la arrancó de un fortísimo jalón. Él libró sus finales suspiros de dolor. Ella limpió el metal con su túnica negra, la punta ornamentada y el crucifijo otra vez limpios, pero con razonables restos de la precedente inserción forzada en el cuello del caído. Sostuvo el crucifijo con ambas manos, por el lado más corto, apuntando directamente hacia abajo, hacia el hombre. Sus ojos de un cerúleo celestial, que generalmente manifestaban animosidad y tranquilidad a los niños del hospicio, absolutamente irreconocibles en este punto. Luciendo apagados pero al mismo tiempo encendidos por el fuego fatuo de su odio. Llama inextinguible que no sofocaría ni el aliento inertemente gélido del vacío universal.

La monja levantó su «puñal» improvisado y lo hundió en la piel de su perpetrador. Los pies de Cristo fueron manchados nuevamente de bermellón.

Lo clavó varias veces.

Se hundió en la carne y quebró los huesos del cráneo. Penetró en los pulmones, entre las costillas de aquel hombre, y enjuagó sus piernas enteramente en el plasma. Excavó en las entrañas del ya difunto con afán revanchista. El ícono fue sumergido en el pecado. La carne se desprendía en una escena ya completamente visceral: la de un animal enardecido que golpeaba y enterraba su «arma» sin cesar. Y la forma del mártir se fue encubriendo en la transgresión, en el delito, y se bañó en su totalidad de escarlata.

Catorce en la cabeza, siete en el pecho. Marysia apuñaló a su violador. Inidentificable la cara de aquel hombre después del ensañado ataque, qué ataque, masacre, la más vil y justificada de todas ellas. Fue por el bien, se dijo Mary, el bien de los débiles, el bien de los acallados y profanados. El bien y la justicia necesaria por todos aquellos que malpasaron un mal igual o peor que el suyo a causa de este acólito de Satanás disfrazado de santo.

El hedor a muerte y sangre inundó sus sentidos, penetró intensamente por su nariz, mareándola.

Ella se reincorporó poniéndose de pie, casi resbalando con el mar indómito de sangre que empañaban actualmente los suelos de placas de madera. Sin prestar la suficiente atención, y con la oscuridad plena que acompañaba la habitación, uno confundiría con el matadero esta sencilla oficina de un obispo precedido por la condenación. Algo que, llegado el momento, tendría que suceder, ya sea en la tierra o en el infierno, o en el cielo como un santo devoto y castizo —cosa que para él sería mucho más insufrible que el círculo último del inframundo—: el debió de sufrir como el que más por el destino preestablecido gracias a su marca maldita obtenida a través del crimen y el pecado. A cada infeliz lo saluda la muerte tarde o temprano, y a cada cruel déspota lo alcanza ésta algún día, tarde o temprano; y para la muerte el tiempo es solo un mal chiste. Después de todo, una espiración de la muerte equivale a la instauración, la perdurabilidad y la devastación de nueve imperios a lo largo de los ciclos sinfín de la historia humana.

La hermana se acercó al escritorio y contempló la botella de vidrio verdoso, la que cargaba el anciano y con la que intentó apaciguar a su nueva víctima. La súbita duda de por qué estaba a la mitad de su capacidad le dejó en vista una verdad incómoda. Aunque, ya había salvado lo más importante, a la más importante.

Se sacó el velo negro manchado, al igual que su manto, de rojo pecaminoso. Su cabello moreno largo sujetado en una coleta se hizo visible en la penumbra, desató la coleta y a sus espaldas cayó en largos rizos enredados y humedecidos por la transpiración que le ocasionó su euforia asesina, vengativa. No se arrepintió y no había vuelta atrás, y, por eso, ya estaba lista para proceder al más allá, junto a su «tutor», para seguir torturándolo y ensartándolo en donde fuesen a parar sus dos almas profanas. Cogió el frasco y lo revisó, echó un vistazo hacia la escabechina sanguinolenta que alguna vez fue Piotr y dijo:

"Espero que no escatimaras en gastos, pedazo de mierda enfermiza." El envase dejado anteriormente en la mesa tenía varias advertencias acerca de su no consumición recomendada para humanos, en letra minúsculamente diminuta decía que era tóxico su consumo, que había que mantenerlo lejos de las manos de los niños —o si es que querías dormirlos y descansar después de un arduo día de trabajo con jornada doble, o triple, tan solo colocar tres gotas diluidas en agua—. Lo destapó y lo olió, y la simple acción la mareó un tanto. Era potente. Aunque se preguntó si lo bastante eficaz como para efectuar un fugaz de indoloro suicidio. Sea como fuere, se tapó la nariz y, levantando la cabeza hacia el techo, bebió cada maldita gota del recipiente, sin siquiera degustarlo, sin siquiera repensárselo. Pasó directo por su garganta, sin tocar su lengua, y el impacto se dio de inmediato, los efectos la hicieron claudicar en tan solo segundos.

La botella cayó y se hizo trizas contra el suelo, los vidrios esparcidos pisados con sus propios pies endebles e inestables, que dieron pasos desorientados cuando Mary se perdía en una abrupta inconsciencia. Pateó un trozo destacable de la botella destruida hacia delante. Se derrumbó, cayendo de rodillas, ni sintiendo los cristales que ahora se incrustaban en sus piernas. Un adormilamiento generalizado sobrecargando sus sentidos y llevándola, tal como una gran marea que atrapa y engulle a los despistados en costas marítimas, al sueño eterno. A las profundidades del abismo se halló de camino, a las fosas más oscuras. Con ojos desorbitados y desenfocados, tanteó con las manos el suelo, cada vez más fuera de sí, y, cuando disponía todos sus esfuerzos en sostenerse, se dio de bruces contra la madera manchada y cubierta de cristales; uno de ellos, el que pateó con anterioridad, clavándose hondamente en su mentón. La motricidad en brazos y piernas se esfumó, como el agua en el Desierto de Lut: se evaporó, sin dejar la más ínfima lágrima, solo quedando resquicios de una empequeñecida humedad en forma de recuerdos inconclusos que, volatilizándose, se desprendían de su ser, de su mente, y, de esta manera, emprendiendo un duradero viaje al vacío para, eventualmente, acabar en la nada… De donde procedieron todos los seres alguna vez. La nada misma.

Su visión se emborronó. Encadenar una serie de pensamientos lógicos se volvió demasiado engorroso. Y en los minutos finales, los segundos previos a morir, la recordó en brutas imágenes que asaltaron su cada vez más olvidadiza y disociada mente.

En sus ópticas saltaron todos los bellos momentos que vivió con su amada pupila e hija sustituta. Cuando ella le sonreía y reía magníficamente, con esa faz demasiado angelical, tan contrastante con la actitud y temperamento que exhibía a todos menos, claro está, a Mary; a quien admiraba y apreciaba con pasión.

Vino a su mente cuando juntas se maquillaron con pinturillas que la niña robó de a saber dónde. Mary se puso tintes amarillentos, azulados y verdosos en la cara, finalmente pareciéndose a un payaso, para jolgorio y carcajadas incontenibles de la pequeña; y ésta se había delineado los ojos con un rojo coral, en dos lágrimas gemelas que descendían por sus mejillas. Mary limpió el excedente con su dedo, para desagrado de la muchachilla que le dijo que no le pasara su dedo mojado con saliva por la cara ya que le daba mucho asco y vergüenza, pero para que la pintura no le recorriera todo el moflete y solamente sombreara sus ojos tuvo que hacerlo, y quedó, sorprendentemente, muy bien con sus rasgos y enmarcó aún más su ya de por sí destacada belleza, cosa que le hizo saber y le elogió de sobremanera, ruborizando a la pequeña. Más tarde se enteró de que aquellas pinturas pertenecían a una clase de arte de unos alumnos varios años mayores que su descarada hija adoptiva. Recibió una riña acalorada de sus superiores por la travesura pueril de su mimada pupila, pero poco le importó aquello que le tuvieran que decir, o aquello que le aconsejaran o desaconsejaran hacer con la «rebelde y descarriada niña», como ellos la mencionaban, cosa que provocaba siempre un pico de tensión y rabia hacia sus adentros. Nada conocía sobre la niña la insulsa, engreída y anticuada abadesa, con quien ya habría tenido sus más y sus mayoritarios menos, especialmente cuando Mary le confesó el abuso perpetrado por Piotr y ésta solamente le aconsejó el ocultismo y el dejarlo pasar, como si se tratara de una situación trivial y totalmente intrascendental.

Recordó los días veraniegos a la sombra fresca y tranquila de los árboles, cuando le narraba grandilocuentes cuentos fantásticos de príncipes enigmáticos y románticos, de idealizados hombres, que pocas veces se frecuentaba el ver, de historias todavía más idealizadas de hazañas irrealizables y poco creíbles. O historias de mujeres fuertes y luchadoras que hallaban en el amor la contención necesaria luego de la batalla extenuante de una vida atiborrada de conflictos y problemas de los que siempre salían victoriosas y más poderosas que nunca. Y Mary ya sabía del escepticismo muy particular de la joven con respecto a estos relatos fabulosos, y, aun así, la pequeña visualizó maravillada mientras le narraba y hablaba de todo ello: de todos esos príncipes honestos, bondadosos y grandiosos; de todas esas damas hermosas, imbatibles e independientes y excepcionales.

La golpearon con melancolía las memorias de las veces que la pequeña le lloró, que le soltó sus temores e inseguridades apoyándose en ella como su única persona digna de confianza, y todo porque los demás se metían con su extraña apariencia, la piel pálida y los cabellos blancuzcos comparables a la superficie lunar, y fue allí donde le dijo que ella era una preciosa y joven luna, que allí donde fuera deslumbraba a todos con su divino fulgor interior y exterior, que ello significaba su nombre de hecho: «Una luz que ilumina el sendero de los desesperanzados y descarriados», le dijo. «Lucyna es una luz, ya sea de una estrella o de una luna, que en un mundo de oscuridades es un rayo gratificante de esperanza», complementó, y la niña se quedó mirándola en total conmoción, y luego se le arrojó en un abrazo furioso lleno de amor, comprensión y compasión.

Irrumpió en su desgranada psique el cómo siempre intentó por todos los medios impulsar sentimientos esperanzadores y, tal vez engañosamente, soñadores y profusamente alentadores. Con tal de que la niña no caiga en el hondo mundo de sombras al que ella, por culpa de Piotr, pertenecía, fue capaz incluso de esto: de sacrificar su existencia y sufrir la más alta penitencia para resguardar su pura e impoluta inocencia.

En definitiva, Lucyna era una niña que crio y contempló crecer como si hubiere sido su descendencia misma. Desde que era un bodoque traído en secreto por el hombre de los ojos mercurio, oliendo la pequeña a lilas y grosellas, tal como el perfume que Mary misma usaba.

«Hazlo por ella», se dijo, y así lo hizo, y así acabó todo… Por lo menos, moriría en sus propios términos. En este punto ya ni sentía el dolor de la astilla clavada en su mentón, ya no sentía la angustia de ser juzgada, ni por las autoridades ni por Dios; ya no sentía los sentidos básicos: el hedor pestilente de las inmediaciones, el regusto cobrizo de su boca, la sensación de calor provocado por la euforia y el miedo previos se retiraba de su cuerpo… La abandonaron todas y cada una de sus esenciales capacidades sensitivas.

Y Marysia fue abandonada de toda consciencia, y tal vez vida…

La niña, en su lugar, corrió y corrió sin parar, tal como le dijeron que haga. Lágrimas descendieron por sus pómulos, volaron en su camino, desprendiéndose como volutas estelares de un cuerpo celestial. Su pecho se agitó, tembló con desasosegadas respiraciones entrecortadas mientras avanzaba y corría, corría sin saber hacia dónde, sin saber hasta cuándo. Solo sabía que tenía que huir tan rápido y lejos como sus pequeñas y cortas piernas pudiesen o le permitiesen. Los cielos compartían y la acompañaban en su pesar con nubarrones grises tan pesarosos como abrumadoramente oscuros y fúnebres. Pues hoy moría la tranquila vida en el monasterio, hoy moría la inocente creencia en la bondad, hoy moría la fe en Dios; hoy moriría, o sería encarcelada de por vida, lo que podría considerarse una muerte espiritual en toda regla, su amada tutora…, su amada figura de madre. Hoy moriría su niñez.

Los niños la observaron curiosos de que le produjo tanto terror, quizá pensando que escapaba de un simple castigo del obispo por cobardía, tal vez tentados de reírse de ella cuando la temperamental y agresiva tormenta invernal que siempre fue amainaba y se reducía a nada más que una llovizna delicada y huidiza. Como la que caía de los cielos.

Los adultos, asombrados de verla en dicho estado, quisieron frenarla. Quizá para cuestionarle el qué le ocurría, quizá para encarcelarla devuelta en una penumbra tenebrosa con otro perverso «divulgador de la palabra de Dios». Sea como fuere, ella nunca se detuvo, ella los eludió como si estuviere esquivando a una manada de leones hambrientos dispuestos a arrancarle cada pedazo de carne de su endeble cuerpo, a lamer sus huesos una vez satisfechos, ella siendo poco más que una pusilánime liebre que trastabillaba y, a como dé lugar, se recomponía en pequeñas instancias de tiempo. Tiempo que se agotaba, tiempo que se esfumaba, al igual que la vida. Tiempo que corría sin detenimiento ni miramiento, al igual que ella.

Tal vez pasaron unos minutos, tal vez pasaron unas horas; pero nunca se detuvo y prosiguió con su trayecto a ningún lado. Cada vez más lenta, cada vez más extenuada. Pulsaciones a centenares por minuto. Ella no sabía cuándo, pero sus lágrimas dejaron de caer. Sin embargo, el dolor, el terrible y agonizante dolor, aún la consumía en su interior. Asimismo, con esta pena paralizante, avanzó en su ignominioso camino hacia lo que, muy posiblemente, fuera un infierno imposible de sortear para una infanta imberbe como ella.

Por fin lejos del hospicio, pero todavía demasiado cerca como para detenerse, disminuyó un tanto el ritmo en favor de sus desgastados y poco entrenados pulmones, no acostumbrados al fervor ardiente de una maratón de estas magnitudes. Fue la mayor carrera que echó desde que tenía memoria, desde que sus dos jóvenes piernas lograron el sostenerla en pie por primera vez.

Comenzó a trotar lánguidamente. Latidos sordos de su pecho tembloroso enmudecieron sus alrededores en rítmicos vaivenes. Aspiró y exhaló a enormes bocanadas, incontenibles. Jadeante en busca de aliento. Pisó los charcos formados por la lluvia matutina, mojando y embarrando tanto sus pies como sus piernas. El frío la había abandonado a causa de la adrenalina, pero no tardaría en volver muy vindicativo por la humedad del sudor y el agua salpicada, así como la del rocío que débilmente la acompañaba en su angustioso sendero a la miseria. Y, demasiado cansada para continuar, apoyó su hombro contra un poste plantado en la intersección de una avenida central.

Posó su vista en sus alrededores. Definitivamente estaba lejos de donde alguna vez haya estado ella: los edificios medio derruidos, prácticamente sin ventanas y con más moho que pintura en sus deterioradas paredes; el semblante lúgubre que empañaba a las estructuras y a las personas que aguardaban y salían de ellas, basura y mugre por doquier, olores nauseabundos difíciles de describir, la gente con vestimenta normal de calle caminando e ignorando todo a su paso, acostumbrados ya a la insufrible normalidad de la penuria abarrotada en cada rincón de este horroroso lugar.

Calles que se complotaban con los cielos inundando el ambiente de un gris depresivo, solo interrumpido por el disruptivo neón, que usaba una ampliada gama de colores que teñía y que fingía una realidad menos mala u oscura con su notable resplandor. Desconocidos desconocedores de su aberrante y aterrorizante circunstancia la miraron con lejanía, sin darle mucha importancia a su figura, sin atender al hecho de que una solitaria y descarriada niña se unía al incivilizado subsuelo de una megaciudad hundida en el caos y la delincuencia: donde todo crimen, donde todo ser despreciable y donde toda tribu urbana convivían en una parsimoniosa conflictividad sistemática, cotidiana. Todo ello colmó su visión. Todo ello indicó que ya estaba en la ciudad, en una gran ciudad. Y para ahuyentar sus dudas, y para acrecentar sus miedos y tristezas, lo leyó en un cartel postrado en las inmediaciones de una gran edificación: «Bienvenido a Varsovia, pequeño descarriado. El pináculo criminalístico por excelencia del último siglo: el centro turístico de las mafias y pandillas. Más grupos criminales que escuelas formales», predicaba en letras grandes y luminosas un mensaje desagradablemente grotesco pasado en el panel de un canal de noticias cualquiera de Polonia.

Una jungla salvaje de hormigón y neón. Repleta de callejuelas tenebrosas que no auguraban nada bueno al meterse allí. Griteríos por aquí, griteríos por allá. En la acera del frente vio a un grupo de latinos, adolescentes y demacrados, vestidos como punks comunes, con vaqueros con más rasgaduras que tela sana y chaquetas de cuero extrañamente novísimas, charloteando con grandilocuencia y magnificencia de un atraco reciente, de una pillería a algún vecino o de las suntuosas tetas de una modelo sueca que les gustaba mucho; espantados de un momento para otro por un oficial negro que les demandaba el hurto de una tienda de ropa y la destrucción de la propiedad privada de alguien. Huyeron despavoridos; el policía los persiguió, lanzando insultos por lo bajo cuando el grupo se desvaneció en instantes de la escena. Los coches, que iban y venían, escupieron bocinazos al aire en el momento que los jóvenes pasaron por en medio del tráfico sin revisar siquiera si se acercaba un coche, casi siendo atropellados, más de una vez. Los perdió de vista, tanto a los vándalos como al oficial, entre el gentío, en el mar rebalsado de desconocidos.

"¿Andas perdida, cariñito?" Oyó detrás de ella la voz de una mujer, inmediatamente poniéndose en guardia y volteándose. Vio a una mujer, polaca, detectable por su acento nativo bien marcado; de cabello rubio, de tez pálida. Abrigo largo que le cubría los hombros y la espalda, ropa prieta y reveladora, joyería barata y de segunda mano, tacos negros. Fumaba un cigarro a medio terminar, la ceniza cayendo de la punta encendida. "Te he preguntado: ¿estás perdida, niñita? ¿O es que te han arrancado la lengua los ratones?" Dijo la mujer, cuestionando, en un tono más agresivo que el de la primera pregunta.

Lucyna no supo responder, no supo qué decir. ¿Qué se suponía que debía de hacer o decir en una situación como esta, qué diablos iba a contestar a esa duda obvia? Estaba claro que ella no pertenecía aquí, que ella no se hallaba aquí. Que fue lanzada a su suerte en un mundo corrupto y apabullantemente agresivo, arrojada a la marginalidad sin controles; sin retorno y sin esperanzas de subsistir o proseguir. Ella moriría en este horrendo lugar extendiendo su existencia, con mucha fortuna, unas semanas a lo mucho. No obstante, en estos momentos, ¿qué debiera de contestar?

"Oye," La rubia polaca le dijo mientras se acercaba a ella "te estoy haciendo una pregunta…" Trató de posarle su mano en el hombro y Lucyna se la apartó de una bofetada, interrumpiendo su incisivo interrogatorio. Salió disparada, otra vez, corriendo. A pesar de sus cansadas piernas, volvió a la carrera sin ojear atrás. Creyó oír un: «estúpida niñata maleducada», muy a lo lejos, cuando ya había emprendido varios metros con zancadas apuradas y precipitadas.

Todo le resultaba demasiado chocante. Esta nueva realidad la engullía violentamente en su vorágine desconcertante. No pasó ni diez minutos en la gran ciudad y ya la aborrecía con entusiasmo. Encontró muy abrumador el tener que tratar con tantos seres anónimos, de los cuales desconocía sus verdaderas intenciones, de cuyas miradas y preguntas no quería hacer otra cosa que escapar. Porque ella solo quiso escapar, despertar. Deseaba que todo esto fuera una horrible pesadilla y que se hallara en su cama, sudorosa y temblequeando, y que Mary viniera a socorrerla y abrazarla, a tratarla como a su dulce princesa, a fingir ignorancia de todo lo demás que debe de ser ignorado para lograr la felicidad, o lo que más se acerque a ello. ¿Por qué Mary tuvo que irse? ¿Por qué tuvo que mandarla a este discordante mundo nacido de la fantasía más aberrante y tortuosa que el humano jamás ha creado? ¿Por qué? ¿Por qué no pudo acompañarla, aunque sea un trecho hasta que se acostumbrara a su futuro entrante, su lamentable y mísero futuro próximo?

Angustiada y llena de dudas que le carcomían la consciencia, Lucyna se metió en uno de los callejones de la ignominiosa metrópoli, se acurrucó en una esquina, detrás de un conteiner verde y garabateado con grafitis, con olor a orín y a caucho quemado, y, otra vez, comenzó a temblar y llorar. Sus manos sujetaron su cabeza y taparon su rostro a las tinieblas y a las luces de variados colores, y lloró. Se mostró, se desnudó, tal y como era. Lo que más detestaba en el mundo: el sentirse tan débil y necesitada, o, más bien, el sentirse débil y necesitada y tener que demostrárselo a todos a los cuatro vientos. Pero esta vez ya no sabía si lloró por miedo, por tristeza o si fue por el frío que seguramente su cuerpo estaba sufriendo en este punto, con la adrenalina de haber transitado a etapas y terrenos ignotos para su persona en creciente ausencia.

Ya no sabía el por qué, solo que quería quedarse allí y que se la tragara la tierra. Por siempre, y para siempre. Tembló, lloró y lamentó…

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Años ya pasaron desde aquel evento que marcó su vida y para mal. Meses y meses de desconocer si el mismo día horroroso que le tocaba vivir desde que abandonó el hospicio no eran las vísperas de su trágica muerte, o algo mucho peor

Sobreviviendo en las calles de la conflictiva ciudad polaca de Varsovia. Un centro turístico para la criminalidad —muy bien dicho en aquella imagen que vio nada más arribar a las indómitas calles—, muy popular entre los soviéticos. En esta localidad ella aprendió a subsistir en los barrios marginados, robando y trasteando con antiguos aparatos. En este proceso evolucionó y se mejoró a sí misma formidablemente y, tras encontrar una vieja y averiada deck fabricada décadas antes de su nacimiento, fue en este eterno litigio entre la vida y la muerte que ella se encontraba cuando se dio cuenta de su habilidad prodigiosa como corredora, tan espectacular y llamativa que atrajo la atención de un agente necesitado de su ayuda que, a su vez, a ella le facilitó en gran medida su supervivencia. Un socio que le daría los recursos necesarios para evolucionar todavía más en su campo, hasta convertirse en un diamante en bruto altamente codiciado, según las propias palabras de sus «protectores».

Y ahora estaba aquí, en el estanque Cietrzewia, en los límites circundantes de la megaciudad, teniendo un pequeño descanso de su irrefrenable carrera por avanzar y salir de esta pocilga llamada Varsovia. De la pequeña masa de agua en semi congelación a la que daba la cara salieron unas cuantas burbujas. Sus ojos lavanda tremendamente abiertos no pestañearon ni se cerraron un ápice. Un imperceptible contoneo perturbaba la pacífica estoicidad perpetua de la superficie acuosa, como si un pececillo muy inquieto estuviese moviéndose para liberarse de un depredador. Ella estaba parada en la tierra plagada de parches níveos contemplando el caer de los copos de nieve de marzo tan pausados, al contrario que su respiración un tanto errática, e intentando olvidar lo que acababa de acometer, reflexionó, mientras menguaba su ritmo cardíaco, sobre sus pasos seguidos hasta culminar donde hoy en día ella yace.

Los primeros meses no fueron fáciles. No, no, no lo fueron…

Absolutamente perdida y desconfiada de todo el ambiente que la rodeaba, así como de sus no muy apreciados habitantes. Vivió en un callejón, junto a un ex corporativo del cual no despegó un ojo ni cuando se iba a dormir, siempre vigilando y alerta por un plausible asalto, pero el hombre no era más que un traje bastante cobarde y funcional al sistema. Un corpo ratilla normal, vaya. Al cual habían despedido arbitrariamente luego unos recortes injustificados. Era un hombrecillo impotente y debilucho que nada hizo y nada podría haber hecho para salvar su puesto, su carrera y su vida; y ahora pagaba las consecuencias de su debilidad. Por lo tanto, nada haría con ella según sus valoraciones personales sonsacadas del hombre; demasiado cobarde como para siquiera querer acercarse a su persona, siempre manteniendo un rango de distancia aceptable, basándose en experiencias anteriores con otros niños callejeros que le ensartaron navajas guardadas en absoluto ocultismo dentro sus mangas. A Lucyna le pareció buena idea lo de guardar armas blancas en las mangas, quizá lo pusiera en práctica más adelante. Quién sabe en la cantidad de situaciones en las que sería útil un filo oculto.

Pero, de todos modos, dudaba que en algunas de esas situaciones probables se encontrara el mendigo con el que compartía callejón, él no significaba una real amenaza. Y nada podría hacerle una vez adquirió su primer deck, cargado con algunos hackeos antipersonales, recuperado de un basurero. Una Zetatech Virocana 3.0 con más décadas de antigüedad que botones funcionales: la carcasa era de aluminio, de un azul muy oscuro; el nombre de la empresa y de la serie del producto escrito en letras blancas, manchadas por el tiempo, el uso y la tierra, arriba de un teclado gris; un monitor verde fósforo y translucido desplegable, en esa pantalla se disponían en letras negras poco legibles las conexiones a la Red cercanas, así como los elementos electrónicos circundantes conectados a la misma red local; el tamaño de la máquina fue de unos treinta centímetros de largo y unos veinte o menos de ancho, lo que parecían enchufes o encastres para otros complementos a los costados del armatoste. Tardó en darse cuenta de lo que tenía entre manos, ya que inicialmente había pensado que se trataba de una vieja e inservible y fuera de fabricación computadora portable (o algo por el estilo), pero, una vez trasteado lo suficiente, se dio cuenta que era un antiguo ciberdeck. De los que se usaban en tiempos pretéritos para hacer netrunning (si es que se le puede considerar como tal a la práctica prehistórica de conectarse a la Red a través de computadoras físicas. Con teclados, pantallas y demás baratijas electrónicas anacrónicas para los tiempos que corren), por los antiguamente llamados «vaqueros espaciales», donde destacaban con prevalencia una larga lista de nombres como el de Grey Falcone, por ejemplo. Fuera como fuese, ella había rescatado una de estas viejas máquinas de un contenedor mientras hurgaba por algo de comida. Y el problema con la comida se acabó, levemente, desde aquel día; pues, gracias a su desusada terminal, pudo finalmente retirar de manera gratis alimentos de máquinas expendedoras. Aunque no funcionaba con todas, solo con aquellas lo bastante desactualizadas como para ser penetradas con los programas deficientes y arcaicos con los que estaba pertrechada la Virocana.

También pudo robar créditos con la Virocana, pero de nada le servía a ella si no los podía traspasar a una cuenta o chip usable. Además de que, por imposición de su viejo hogar religioso, las niñas pequeñas como ella no podían obtener ciberware básico, que constaría de un enlace personal y un puerto neuronal, hasta alcanzar la mayoría de edad (que son a los dieciséis años en Polonia), todo para, según la iglesia polaca, no corromper la «pureza» de los jóvenes en aras de un desarrollo fisiológico normal y sano. Un discurso que uno podría considerar hasta admisible y respetable, pero, viniendo de quienes viene, Lucyna era conocedora de la horrenda farisea de las organizaciones eclesiásticas de su país, que sistemáticamente ocultaron las «impurezas» que acometían sus proclamados y vanagloriados predicadores en la penumbra corrompedora de sus privadas oficinas.

Ellos tuvieron la culpa de su desalentadora situación y, para empeorar, pasó a ser una niña virtualmente indocumentada e indivisible para el sistema, sin las conexiones cibernéticas básicas para ostentar una vida con normalidad o para aprovechar al completo las ventajas que le otorgó su nuevo compañero de aventuras: un anticuado y polvoriento ciberdeck.

Transcurrieron unos meses así: sobreviviendo en base a lo que conseguía hackeando con el viejo deck. Compartiendo callejuela y charlando en plena oscuridad con su compañero desgraciado, del cual aún pasado unos meses mantuvo su distancia de seguridad, tal vez sin ser tan tajante y desconfiada como lo fue al comienzo. Se echaba diminutas siestas en aquel mugriento escondrijo con hedor a muerto y atiborrado de moscas y cucarachas, las cuales a veces la despertaban en plena madrugada caminándole entre las piernas y espalda. Pegó gritos inhumanamente altos cuando esto sucedía, su compañero, ya acostumbrado al hecho, le dijo que podrían obtener insecticidas a la mañana siguiente si es que no podía dormir tranquila. Y, al día siguiente, ella robó una bolsa entera de repelentes mientras él usaba su labia excelsamente entrenada de corporativo para distraer al dueño del negocio, y por supuesto que él, siendo tan cobarde, lo hizo bajo la amenaza de que ella le quemaría el restante de los implantes que no le haya arrancado su corporación al despedirlo. Durante las próximas semanas la callejuela olió a un emplazamiento de desechos químicos de Biotechnica, pero al menos ya no le caminaron cucarachas del tamaño de su puño por encima. Él le admitió por aquellos días que nunca había dormido tan bien como en esos tiempos, pues, desde que habitaba el lugar, se había acostumbrado a amanecer con gusanos y otros tantos insectos tratando de colarse por sus cavidades, ya sea en las orejas, la nariz o en la boca. Lucyna se quedó verde al oír esto, y no es que fuese muy pudorosa, vivía en un basurero literalmente, sin embargo, fue muy chocante ver con la naturalidad con la que contaba sus penosas, y asquerosas, experiencias antes de que ella apareciera.

El corpo, que se llamaba Łukasz, le dijo que ese callejón estaba desolado y sin compañía extra gracias a que ahí arrojaban sus muertos la mafia albanesa, y la peste nauseabunda, así como la abundancia de insectos indeseables, fueron una prueba irrefutable de ello. Aunque, por el lado positivo, o no tan negativo, los olores y la infestación de cucarachas ahuyentaban a todos los sintecho como ellos, otorgándoles cierta privacidad y dejándoles este solitario espacio para Łukasz y Lucyna, quienes a pesar de sus diferencias y desconfianza iniciales, sobre todo de la niña, comenzaban a congeniar.

No obstante, la tragedia llamó nuevamente a las puertas de la vida de Lucyna cuando uno de esos muertos que los albaneses abandonaban a su suerte fue el propio Łukasz. Un hombre blanco y moreno, de treinta y pico años y con una amplia frente, con la garganta cortada y decenas de huesos triturados; un brazo faltante, lo que parecían ser los restos de éste desperdigados aleatoriamente en trozos de carne por todo el callejón oscuro; bañado solo por la sosegada y eternamente presente luz de la luna, además de un único foco de neón cargado con la luz anaranjada de una tarde devastada por la adversidad. El hombre con el que empezaba a simpatizar tirado en mitad de la callejuela sobre un charco escarlata de su propia sangre. La mandíbula desencajada. La perpetuidad de su faz aterrada; petrificado en la escena del crimen, de su horror traspasado a través de una cruenta y dolorosa tortura. Y el mundo de Lucyna se tiñó de rojo otra vez, y en sus retinas añadida una nueva y atroz imagen digna de sus peores pesadillas. Imagen que quedó vívida y grabada con demasiada nitidez en sus recuerdos —otro trauma más al cual recurrir en las noches de insomnio—, y salió de allí sin pensárselo dos veces. Otra vez, sin saber hacia dónde ir.

No supo nunca qué es lo que llevó a alguien a torturar y matar a un pobre e inocente tipo como lo era Łukasz, y de una manera tan cruel. Más tarde, en la actualidad, se enteró de que fueron los albaneses. Por los métodos tan brutales, y por la frivolidad con la que dejaron el cadáver suelto en mitad de las calles para que se pudriera, su tutor dio por sentado que fueron ellos: los Marciori, una de las familias mafiosas más poderosas de Europa Oriental, y con bastante presencia en Polonia. Sus súbditos reconocidos por su brutalidad injustificada y descontrolada y por sus tortuosas prácticas con sus víctimas u objetivos.

Estuvo los meses posteriores al incidente correteando por los bares y las tiendas de ropa, durmiendo todo el tiempo de pudiera en los probadores de éstas últimas antes de ser echada o descubierta. Quizá haya sido el periodo más duro de su trágica vida, siempre con el miedo patente de que un grupo de incivilizados y maniáticos asesinos en serie terminaran lo que iniciaron en aquel callejón de la calle Czerniakowska, en el distrito de Siekierki. Aunque todo cambiaría, y para bien, unos meses después.

Por aquella época, en su primer invierno sola, pasó las noches más frías y duras en un bar de jazz algo desfasado. No lo hizo a posta, pero un día se quedó dormida en la barra y el dueño, en vez de despertarla y echarla del lugar, la dejó allí y cerró el local vacío con ella dentro. En un principio entró pánico por temor a que la hubieran secuestrado, sin embargo, cuando revisó las inmediaciones, encontró una llave réplica del sitio en una mesa cercana a la entrada, y a su lado una nota que decía: «No suelo dejar que desgraciados campen a sus anchas en mi bar (y menos cuando yo no estoy), pero tú eres una niña desgraciada que a leguas se nota no duerme ni la pasa bien hace un largo tiempo, y me compadezco de tu pobre situación. Por eso, te dejaré estar y fingiré que no estás. Buena suerte, pequeña extraña. P.D. Ah, por cierto, hay comida y algo de beber en la trastienda, intenta no vaciarme todas las reservas de cervezas, jeje». Una vez terminó de leer la nota, un poco más calmada, abrió la puerta con la copia magnética y pretendió salir; no quería arriesgarse y estar en la guarida de un depredador a la mañana siguiente; pero, una vez vio, o más bien, sintió el frío que le penetraba en los huesos y observó la nevada inmaculada y gélida de madrugada que no paraba arremeter hacia el suelo, en contra de sus mejores deseos e intuiciones más perspicaces, optó por aguardar adentro del edificio, a lo sumo, hasta la mañana.

Fue a la trastienda, como le había dicho el propietario del lugar, en busca de alimentos, a una sala del tamaño de una cocina mediana donde había lo básico que estas debieran tener, una puerta que daba a un almacén contiguo donde seguramente guardaba el alcohol y el resto de los productos ofrecidos a la clientela, pero a ella no le interesaba eso, a ella le concernía el dónde estaba la comida. Su estómago le rugía con premura —no comía desde el amanecer— y, con los nervios a flor de piel y un hambre que la habría obligado tragarse cartón mojado como si fuese un delicioso y muy apetecible szarlotka, abrió cajones, armarios y estantes en una errática y desesperada búsqueda por aquello que el hombre le prometió que habría allí; y allí, una vez lo encontró, en uno de los armarios más grandes y espaciosos de la habitación, se le hizo agua la boca: mermelada de duraznos y de frambuesas, galletas de manteca, cacahuetes, chocolates —¡montones de ellos!—, unos oponkis, quesos, de todos los tipos y sabores, aunque predominaba el bryndza, el oscypek y el koryciński; tarros con cecina artesanal, latas de alubias, carne procesada y tomate triturado; pan, frascos de leche sellados al vacío, más frascos de alimentos en conserva en los estantes superiores, cigarrillos de marcas diversas en la esquina inferior izquierda. Sus ojos brillaron como estrellas gemelas y su estómago rugió en lo que Lucyna podría jurar que fue el grito de guerra más insano y embravecido que escuchó jamás. Tomó lo primero que le vino en gana: chocolates, galletas y un paquete cerrado de oponkis industriales, fue a la nevera más cercana y la abrió, casi esperando que hubiere otro tanto de comidas deliciosas por tomar. Pero la decepción la inundó cuando no halló más que cerveza, vodka, ron, vinos de marcas baratas y botellas de agua. Agarró solo una botella de agua (detestaba el alcohol) y colocó su cena en la mesa solitaria que ocupaba la habitación. Engulléndole la despensa a aquel pobre y buen hombre hasta las tantas se pasó la noche.

Se despertó a la mañana siguiente, luego de tirarse en uno de los asientos a dormir una siesta, por las luces disruptivas y molestas de la mañana y las del local. El hombre había vuelto para reabrir su negocio. Con el vientre algo revuelto por el atracón, y bostezando mientras se desperezaba y se quitaba el velo matutino de un placentero sueño, visualizó al individuo que samaritanamente le prestó un techo y víveres para traspasar la difícil noche polaca de invierno. Limpiaba lo que no haya quedado reluciente la noche anterior, acomodaba las sillas y las mesas de madera, con brazos fornidos y fibrosos, con ostentosa facilidad. Él se metió a la trastienda, volvió, la miró y se rio.

"Realmente estabas hambrienta, ¿no?, pequeña extraña." Dijo el hombre con humor, poniendo una bolsa rellena con sus desechos arriba de la barra. Lucyna se sonrojó tenuemente. El hombre era moreno, blanco, un poco calvo, con mechones prominentes a ambos lados de su cráneo; mandíbula bien definida, la barba formaba un candado alrededor de su boca, nariz estrecha, camisa blanca a rayas negras con mangas cortas, en sus brazos apilados bellos negros y masculinos; vaqueros, un delantal azul marino. Ella, que por vivir en la calle no había perdido sus modales, recolectó toda la basura que dejó después de su asalto y la guardó en una bolsa de plástico transparente, un nudo exquisito, señorial, con un lazo rojo decoraba el cierre de la bolsa que ella puso sobre la mesa de la trastienda. El tema es que la bolsa terminó siendo un tanto prominente, cosa que la avergonzaba de sobremanera. No controló sus impulsos más caninos cuando dispuso de tanta comida, rica y muy nutritiva, luego de meses de mala alimentación, basada en hamburguesas sintéticas que sabían a suela se zapato gastado y en bebidas carbonatadas de calidad cuanto menos dudosa como la NiCola.

"Abriré el bar dentro de media hora." Él le dijo mientras se encendía un cigarro. "Y no es que no me agrade tu presencia, pero hombres de moral cuestionable rondan por este bar a todas horas. No te recomendaría estar aquí una vez lleguen." Comenzó a fumar y colocó toda la basura acumulada en un basurero plástico movible, verde y con el símbolo de reciclaje en blanco delante, parecía robado de las calles; había estado oculto detrás de la barra, junto con una escopeta DB-4 Igla de Rostović, doble cañón y con la culata y el guardamano de madera oscura lustrada. Ella vio el arma posterior al festín que se dio y no le prestó mucha atención, de lo contrario, si la tomaba con la guardia alta, habría huido en mitad de la nevada por simple espanto. Pero este hombre, aparentemente, no era de temer. Para defender su propiedad, y encima un bar, hoy en día, no poseer un arma debajo de la barra sería una tremendísima ingenuidad. Además, por lo que él le dijo, por el sitio pasaban personas realmente peligrosas con una ética peor que peligrosa.

Él tomó una bolsa negra de consorcio del bote de basura, repleta de lo que ella había dejado y con otro tanto de basura acumulada de la noche anterior, y salió del lugar a tirar la basura a algún contenedor de fuera. Lucyna aprovechó para echar un vistazo en profundidad al local, ya que, en la noche, con las persianas cerradas y las luces apagadas, no pudo divisar con claridad su entorno. El local no escapaba de la cotidianeidad de un clásico bar de jazz: una barra de unos siete u ocho metros que estaba mirando hacia la puerta principal, taburetes con asientos rojos, un total de trece, dispuestos alrededor de la misma, y detrás de esta repisas con decenas de botellas de diferentes tipos de bebidas, en su mayoría alcohólicas; mesas redondas con viejas y enclenques sillas, todo aparentaba estar constituido con antiguos robles orgánicos; el piso era una lisa capa de parqué parduzco, colocado en tablas de largos irregulares, manchas y marcas que databan de un posicionamiento distinto de las mesas anteriormente, o de mesas que estuvieron allí pero que ahora ya no; en los costados, en las paredes, había mesas particulares, rectangulares y con dos o un único asiento a disposición, seguro que reservado para los solitarios y descarriados que se querían abandonar en la bebida en absoluto aislamiento de la realidad, solo ellos y su fiel jarra de lo que fueran a tomar; paredes de tablones finos y largos que se paraban rectos, focos de tonalidad y ambientación dinámicos que iluminaban toda la instalación, ventilaciones de metal arriba de la barra que mantenían el salón con una temperatura reconfortante, cálidamente agradable; al lado izquierdo de la entrada, sobre lo que parecía ser una pequeña tarima, un aparato eléctrico que supuso que fue un desactualizado equipo de música, por aquel que creía haber oído previo a dormirse unas sosegadas y rítmicas sopladas de un elegante y siempre sensual saxofón.

En definitiva, esto parecía una habitación detenida en el tiempo, un vestigio de otros tiempos arrancado de su realidad e insertado en un mundo apocalíptico de neón, hormigón, metal y miseria. No se parecía en nada a los diseños más rimbombantes y llamativos, a los minimalistas y detractores de las banalidades inservibles o a los vanguardistas tecnológicos, prolijos y límpidos, que se encontraban en el resto de localizaciones de la ciudad. El dueño, de quien ni siquiera sabía el nombre aún, tuvo que ser ciertamente nostálgico; un apego irrevocable por las atmósferas añejas de un antiguo y pasado de moda bar de jazz. Aunque, mal no parecía irle, ya que las mesas, sillas, paredes, suelo, y muchos otros muebles, ostensiblemente se notaban… verdaderos, no copias baratas de maderas sintéticas de baja calidad, para nada. No, esto era el palacio melancólico atrapado en tiempos remotos pero mejores de un hombre desolado, un monumento a la melancolía cuidado con excelsa dedicación, construido con materiales de primerísima categoría. Un lugar que atraía a los desgraciados sin rumbo, o perdidos en su aflicción, como moscas a la luz. Un templo para gente como ella, en resumen, pero con edades un tanto avanzadas y quizá tropecientas de experiencias peores que la suya.

Se fijó en las cámaras de seguridad. Había varias y puestas una en cada esquina del local, otra estaba en la trastienda. Por otro lado, ella no vio ninguna sala de seguridad o computadoras hasta el momento. Sospechaba que en la sala contigua que ella ignoró se encontrara aquello. Y, entonces, el hombre entró nuevamente al local, una brevísima e instantánea luz se encendió a su paso en una de las cámaras. Y allí se dio cuenta: también poseía sensores. Aunque, ¿de qué tipo? La curiosidad la carcomió, más aún cuando ella recordó lo que llevaba consigo, una jodida deck. ¿Habrá pensado que violó sus sistemas de seguridad? Miró a su mochila negra ubicada en una mesa, donde ella juntó dos sillas a posteriori de su cena para descansar los ojos —acabó durmiendo como una tierna doncella en su palacio de cristal imperial—, dentro de su mochila guardaba la Virocana. Él se mostraba demasiado tranquilo, pero, ¿y si…?

"Niña…, ¿no me has oído?" Le habló el sujeto, ya posicionado del otro lado de la barra con un trapo blanco en la mano, realizando una gesticulación diaria para alguien que gestiona un bar: pasando y repasando el paño sobre la madera ya impoluta, como si se fuera un ritual de buena fortuna, como si esperara que así se materializara un cliente de la nada…

'Como una inteligencia artificial preprogramada.' Pensó Lucyna con gracia.

"¿Niña?" Él dijo, su voz gruesa resonando en sus oídos, sacándola inmediatamente de su diminuto trance.

"Eh, claro. Disculpe…, señor. Enseguida parto." Dijo Lucyna de la forma más educada posible, algo nerviosa por haberse descarriado en sus pensamientos, y nadie podía culparla, no sostenía una conversación con otras personas quizá desde hace semanas. Lo mínimo que podía darle a este señor fue cumplir sus deseos y desaparecer de su vista después de que le salvara la noche, y tal vez la semana y el mes, por simple piedad. Sin embargo, sería una lástima el no verlo nunca de nuevo. Sus dichos fueron lo bastante claro: lo suyo fue cosa de una noche muy particular y única, no volvería a prestarle su local como alojamiento y, sea cierto o no lo de que por aquí rondaba gente mala y peligrosa, tampoco la quería cerca de su establecimiento. Ella lo comprendió a la perfección, y, por lo tanto, tomó sus cosas y se decidió a irse por fin. Se colgó la mochila de los hombros y caminó hasta la entrada, cuando iba a cruzar el umbral de la puerta mecánica, que disentía mucho con el ambiente de la taberna, él le habló.

"A las doce." Lucyna echó la mirada atrás, no muy segura de lo que le dijo o lo que quiso decirle. "A las doce en punto cierro el bar. Una hora antes, previo a la clausura, los borrachos que rondan no son tan peligrosos o están lo suficientemente borrachos como para no serlo." Él dijo mientras asía una jarra de vidrio en sus manos, limpiándola metódicamente por puro y mero entretenimiento y por hacer algo.

"Entonces…" Ella iba a preguntarle lo que dejaba entrever con sus palabras, pero él se le adelantó.

"Sí, puedes volver a esa hora. Y si quieres, pasar las noches que te sean necesarias aquí. No me vendría mal tener un guardián…" Colocó la jarra sobre la barra, se apoyó con sus dos manos en ella, toda su impotente figura adornada con una sonrisa pilla que la descolocó un poco. "que además es un anticuado runner." Y eso la golpeó como un bofetón a mano abierta muy audible. Observó la cámara con los sensores, y devolvió la mirada al hombre. Lo supo en todo momento, lo que ella portaba, lo que ella hacía. "No te preocupes, no te denunciaré a las autoridades, pero ten cuidado en donde te metes con ese juguetito de vaqueros de la vieja escuela. Hay gente que podría enfadarse mucho si se enteraran de que penetraron en sus fortalezas de datos, por más de que no les hayan robado nada. ¿Me entiendes?" Ella asintió sin decir una sola palabra. Pétrea por la amabilidad y, más aún, por la revelación de que la hubieren atrapado con tan pasmosa facilidad, desde un principio además.

"Jet. Mi nombre es Jet." Dijo Jet entre labios, con media boca ocupada por el cigarro, la miró fijamente. Esperaba su respuesta, que no tardó en llegar.

"El mío es… Lucyna. Mi nombre es Lucyna." Dijo ella, reafirmando la segunda vez con algo de contundencia en su tono, pues la primera le salió casi como un susurro. Y él, sin demorarse tan solo un segundo, le sonrió con complicidad, como si ya conociese la respuesta de antemano. Cosa que turbó a Lucyna, porque desconocía en su totalidad la identidad de este tal Jet. ¿Quién era realmente este hombre? ¿Por qué la parecía tratar como si la conociese de algún lado? ¿Conocía a Mary, a algún miembro de la Iglesia, o a algún antepasado suyo? Cuales fueran sus preguntas, hoy no serían respondidas, eso está claro. Notó que se estaba tardando en demasía para abandonar el lugar y tampoco quería abusar de la confianza de Jet. Quizá más adelante sabría algo. Era momento de partir.

"Cuídate." Le dijo Jet una vez ella salía, ahora sí, del establecimiento. La puerta se cerró a sus espaldas y ella anduvo algo perpleja por las calles de la ciudad ese día, aún insegura de si esto había ocurrido de verdad y tan solo fue un sueño muy lúcido y extraño.

Su inquietud duró hasta la misma noche, hasta la hora en la que Jet dijo que cerraría el local, hasta el momento en el que ella supuestamente tenía que volver allí. Y así lo hizo.

Cuando llegó el ambiente era el mismo que el de la primera noche (el día de ayer en ese entonces) que se quedó dormida en la barra. Y fue a la barra, con su mochila cargada con la Virocana, que no la había tocado en todo el día, y se sentó, y esperó. Se recostó y fingió dormirse. Oyó como la atmósfera entraba en una calma paulatina: cada vez menos ruido, cada vez menos gente. Hasta que solo quedaron los borrachos inamovibles que solamente podrían salir a rastras, demasiado bebidos para coordinar sus dos piernas a la vez. Y, por fin, cayó el silencio absoluto, quebrantado únicamente por el sonido ambiente proveniente de las calles.

Y Jet entró, habiendo echado al último borracho, y se puso a limpiar y ordenar. Ella educadamente lo asistió en lo que pudo, pese a la reticencia obvia del hombre, que en su mirada le decía claramente: «No hace falta». Pero ella lo ayudó. Una vez el bar se veía tal cual estaba en la mañana, Jet fue a la habitación del fondo a preparar unas cosas y, eventualmente, se retiró del lugar. No sin antes despedirse de ella.

"Buenas noches, pequeña extraña." Él le dijo con cierto tono lúdico cuando salía y se iba; y Lucyna no respondió. ¿Por qué la seguía llamando extraña si ya conocía su nombre? Su nuevo casero poseía un sentido del humor inentendible, además de que su sentido hospitalario era inhóspito por estos lares.

Y aquí comenzaría una nueva etapa, la más duradera en la calle, y, también, fueron los meses más agradables desde que salió del hospicio cristiano. Lucyna era desconfiada y miedosa pero no idiota. Al comienzo, como cualquier otro haría en su posición después de sus vivencias traumáticas y tragedias desalentadoras, estuvo muy escéptica por el comportamiento tan amable y comprensivo de Jet. Y, si pudiera, intentaría no depender de él; ella querría ser absolutamente independiente de todos, si es que se pudiera. La realidad era mucho más compleja y no perdonaba a quienes no sabían adaptarse a ella, por lo que no tuvo otra opción que fiarse del hombre, a riesgo del desengaño (que nunca llegó, o al menos no por parte de él).

Sin embargo, por fiarse de él, no se refirió a creerle ciega e insospechadamente. Lo investigó a fondo y recabó cada fragmento de información de Jet siempre y cuando pudo. Por ejemplo, en la sala contigua de la despensa, donde guardaba las bebidas, encontró la computadora central del establecimiento. Las cámaras, los sensores, las luces: todo estaba conectado a esa computadora. Allí averiguó el nombre real y completo del sujeto. Jethro Jędrzej Iwaszkiewicz. Dos nombres y un apellido. Dos, el segundo nombre y el apellido, de orígenes polacos. Al menos no le mintió con su nombre verdadero (si es que su apodo provenía de «Jethro»). Nació un veintitrés de julio del año 2008. Tenía cincuenta y un años (en el momento en el cuál revisó los datos).

También encontró información concerniente al bar, el cual había sido fundado a finales de 2042. Previo a estos años, el historial de actividades de Jethro se hallaba exhaustivamente limpio. Extrañamente límpido. Desnudo e impoluto. Casi como el de un fantasma. Aunque, quitando este hecho, que no era para menos, su hombre Jet no fue ningún bribón infame. Pasaba bastante alto por los estándares exageradamente bajos que poseía Lucyna de los hombres, y eso tampoco fue mucho, pero se sentaba con holgura dentro de lo aceptable en cualquier otra medida posible. Y esto lo supo gracias a tratar con él durante los subsiguientes meses.

Realmente no tuvo grandes intercambios con Jet en aquella época, porque la mayoría del tiempo que pasaban en compañía del otro era cuando él abría y cerraba el bar. Pocas circunstancias provocaron la presencia sostenida de los dos en una misma locación. La mayoría del tiempo fue cuando ella ingresaba al bar y fingía estar dormida, y así se quedaba unas dos horas a lo sumo, no mucho más. Y sus ínfimos intercambios se dieron en el momento que él cerró el local, donde aprovechó para hacerle bastantes preguntas a lo largo de las semanas, pero siempre se andaba con evasivas o con respuestas inentendibles, para ella, o muy vagas. Ella lo ayudó con la limpieza y acomodamiento del local en horas bajas una vez no había una sola alma, y Jet le dijo que quizá, cuando Lucyna ya no estuviere, contrataría a alguien para que lo ayudara con tales tareas que él habituaba a efectuar en solitario. Y ella exprimió de estas conversaciones cualquier cosa que le redituara, ya sea información respecto a él o a su entorno.

Lucyna le preguntó a Jet sobre las condiciones de su estadía, y él le dijo que simplemente no rompiera nada y que no se metiera en embrollos muy complicados, sobre todo con el uso de su «maquinita». Lucyna lo comprendió, pero no por eso le hizo demasiado caso. La curiosidad y el hambre de aprendizaje la mataban, le urgía el comprender y dominar su deck como una naturaleza innata aún por descubrirse dentro de ella. No uso el bar de Jet como bases de operaciones para sus hackeos, pero sí recargó su deck allí; la exploró al dedillo trasteando como sería romper las defensas de una cámara de seguridad, por ejemplo. Y, utilizando como objetos de prueba las del negocio de Jet y procurándose el no dañarlas —no sabiendo qué tipo de bronca le caería si lo hacía—, descubrió unos cuantos mecanismos secretos de la Virocana. Sin embargo, da igual qué tanto trasteara, lo que no se podía hacer por falta de un enlace personal, un puerto neuronal y todos los complementos de corredores suplementarios le era, de cualquier modo, inalcanzable. Además, para cuando se gestó la pequeña deck, se supuso que la máquina se utilizaría como sistema de apoyo o como una suerte de protección para novatillos temerosos de la Red, que temían que sus nervios fuesen quemados en un ataque antipersonal de un netrunner más apto y adecuado; o para aquellos expertos netrunners que necesitaban de un seguro de vida para asaltar la gran fortaleza de datos de una megacorporación realmente poderosa y, por lo tanto, con hielos del más alto nivel; verdaderas fortalezas de datos inmensas, casi indefinidas en su tamaña magnitud, cubiertas con el mejor y más infranqueable hielo negro.

Y todo porque cuando se creó la cosa las ciberterminales implantables ya inundaban el mercado, dejando la última generación de terminales físicas para los rezagados, los maníacos tradicionalistas y los coleccionistas. Concretamente, la Virocana que poseyó, fue fabricada alrededor de 2030. Lo que sugería que fue un milagro que llegara a parar a sus manos y en tan buenas condiciones, después de estar quién sabe cuánto tiempo pasándose de mano en mano hasta terminar, veinte años más tarde, en un basurero de Polonia, bajo unos cartones de leche cuajada y mal oliente y al lado de metales oxidados y bolsas de basura repletas. Allí, tirado a la intemperie, como un artilugio inutilizable. Pero para ella tenía una enorme utilidad, de otra manera no podría haber comenzado su carrera como corredora.

Aunque bueno, también, esto le trajo consigo sus problemas. Y todo porque no escuchó el consejo idóneo de Jet y eso la arrastró a la siguiente y última etapa de su vida, así como al final de sus desventuras y aventuras en las calles.

Un día, después de tener un día ajetreado huyendo de animales, después de ser casi atrapada por unos policías que la vieron conectar su máquina donde no debía y después de hackear unas fortalezas de datos de pequeñas empresas polacas, cuyas defensas irrisorias y nula relevancia la hicieron concluir en que no era para tanto su infiltración; se encontró con un escenario poco prometedor y alentador y muy amedrentador y aterrador en el Jupiter Jazz Club. En él, Jet se encontraba atado a una silla, con claros signos de tortura y semiconsciente, sus ojos con ninguna expresividad, o con toda la de un muerto. Hombres blancos de trajes negros, unos cuatro de ellos, parados alrededor de él como si de un ritual milenario se tratase; uno llevaba una navaja barata y de mango de madera en sus manos, el filo desprendía lágrimas carmesíes que al chocar contra parqué despedían un eco inquietante, perturbador. Jet, nada más verla, pareció encendérsele la chispa de la vida en los ojos, recientemente desprovistos de cualquier rastro humano, y de un momento a otro le gritó que corriera con una desesperación sorpresiva, impactante. Ella nunca lo había oído gritar, ella nunca lo vio tan exaltado. Casi parecía que se echaría a llorar. Sin embargo, ella no se quedaría de piedra, como le había pasado con Mary, y rápidamente reparó en lo que sucedía y en lo que debía de hacer: correr. Correr y no mirar atrás.

«Nunca mires atrás…» Retumbaron en su cabeza las palabras de Marysia.

Giró sobre sus talones y se precipitó contra la única entrada, pero ahí tan solo encontró un muro de carne, huesos y cromo inamovible. Un hombre, o una bestia, que alcanzaba o rozaba con holgura los dos metros de altura: calvo, de hombros anchos, mandíbula marcada y delineada con cicatrices, ojos negros, nariz ancha; un chaquetón negro de cuero recubría su cuerpo; botas militares, con hebillas metálicas plateadas, que a sus pisadas crujía la quejosa madera; su faz contenía una diversión malévola de lo más espeluznante, sus finos labios formaban una curva pérfida, burlona.

"Hoy no correrás, chiquilla." Le dijo el hombre grandullón con voz profusamente intimidante; acento rumano, tal vez moldavo. No pudo discernirlo con precisión por los nervios y el pánico entrantes. De inmediato trató de sacar su Virocana para al menos intentar defenderse, pero fue sostenida por uno de los hombres blancos trajeados de negro de antes. La sorprendió con su brusquedad, quitándole de un forcejeo, en donde ella poco pudo hacer siendo una niña escuálida, la mochila que cargaba su deck y sus otras pertenencias. Cayó al suelo del forcejeo, pero rápidamente fue levantada por otros dos hombres blancos que la sostuvieron cada uno de un brazo. Jet había dejado de emitir sonido, así que probablemente fue ahogado en una nueva inconsciencia, o quizá ya le cortaron la garganta definitivamente con la navaja sangrienta, matándolo de una vez. Lucyna no se rendiría tan fácil a pesar de su difícil situación, por lo que guerreó hasta el final: pataleando, mordiendo, gritando. No dejó de luchar y mordisquear las manos de sus agresores cada vez que cometían la necedad de querer acallar sus gritos, que consecuentemente alertarían y atraerían a fisgones indeseados, con sus manos. Y los dos hombres, inclusive con la drástica diferencia de edades y corpulencia, tuvieron serios problemas para contener su ferocidad. Fue relativo a intentar atrapar a un gato diabólicamente enérgico, que pegaba zarpazos, que gruñía ferozmente. Una furibunda criatura desaforada e ingobernable que escupía toda clase de inenarrables insultos y maldiciones en polaco que había escuchado y aprendido en el submundo urbano-selvático. Pero, como siempre, todo acabó pronto y rápido.

El grandote, frente a su rampante lucha por la liberación, se paró delante de ella y la tomó de sus cabellos, tirando dolorosamente de ellos; una sola mano de la intimidante muralla de músculos y cromo cubría la totalidad de su cabecita de infante. "Quédate quieta, niñita; o tendremos que arrancarte los miembros de cuajo. Uno por uno." Dijo en un tono que prometía agonía. Sintió el tirón de sus cabellos níveos, sus ojos bien abiertos y soltando lágrimas al por mayor, frente a frente con el gorila eslavo hinchado en cromo. Chilló con todas sus fuerzas, el restante de estas. Y ahí uno de los de detrás aprovechó para colocarle una mordaza, que era el trapo con el que Jet limpiaba la barra, cuando su boca yacía abierta de par en par. Se ahogó con su propia saliva cuando esto sucedió, asfixiándose por breves momentos, todavía llorando y moqueando, rendida contra la adversidad; perdida su batalla, o lo que procuraba ser una. El advenimiento de otra tragedia cegó su mundo, hundió sus ya hondamente desaparecidas esperanzas. El grandote no dejaba de tirar de su mata blanquecina, sonriendo con gozo al vislumbrar su dolor y desesperación, y ser el causante de ello triplicó y cuadruplicó su placer. Sintiendo un dolor de cabeza terrible provocado por el estiramiento violento de cabello, ella juraría que en cualquier instante le arrancaría el cuero cabelludo. Anonadada en el pánico y el sufrimiento tuvo que preguntarse: ¿Qué seguía después de esto? El grandullón no estaba dispuesto a parar, y sus compañeros nada le reprocharon. ¿La matarían? ¿Terminarían con su miserable vida solo porque sí, del mismo modo que hicieron con Łukasz? ¿Esta misma gente lo mataron a él y ahora vinieron, luego de meses, a finalizar su trabajo? Esto sería así, por lo visto. El sacrificio de Mary no valdría de nada, solo serviría para extender su inevitable y triste deceso unos cuantos meses. No más. Este era el final de…

"Gavril, alto." Alguien, indivisible para su vista nublada de lágrimas, dijo algo en un idioma no identificado. El susodicho Gavril se detuvo en seco. Soltó su pelo y se irguió recto, cambiando su comportamiento inmediatamente después de que, lo que supuso de era una orden, fuese indicada. Como si alguien hubiese apagado un interruptor de maldad y tortuosidad en él, el gorila eslavo cambió toda su postura y expresividad en cuestión de segundos. Su cara cambió de la de un perro rabioso y juguetón, asquerosamente maniático, a la de un perro faldero entregado íntegramente a la sumisión y lealtad por su amo. Los hombres blancos que la sostenían en su sitio relajaron su agarre, pero ella ni siquiera se molestó en forcejear. Gavril dio unos pasos hacia atrás y luego hacia el costado, abriendo la vista de Lucyna para observar al recién llegado.

Un hombre alto y delgado, rubio, con el cabello partido a la mitad y peinado hacia los lados; afeitado al completo, sin ningún pelo a la vista; lentes transparentes de montura de acero por sobre ojos azul cielo, un rostro algo maduro, rozando los treinta años; vestido con un traje marrón, cubierto con una gabardina de cuero del mismo color, pero más oscura; se podía dilucidar la camisa celeste y la corbata roja debajo del traje; zapatos y guantes negros. Serio e inexpresivo, sus labios rectos y sin color. Caminó sosegadamente hasta quedar delante del tal Gavril. De cerca lo pudo distinguir mejor: nariz recta, sin arrugas destacables, porte gerencial. Levantó su mano diestra con lentitud y calma, y entonces…

PLAS.

El sonido reverberó en todo el local. La cara de Gavril, el grandullón que hacía hace unos momentos se burlaba y la maltrataba con maquiavélico goce, inclinada hacia un lado por el cachetazo abierto de su señor; ni hizo la más mínima gesticulación de devolver el favor, recibiendo su castigo como un perrito al que acaban de descubrir destrozando la alfombra u orinando donde no debe. Su respiración era contenida; no se atrevía a mirar al rubio a los ojos. Y éste lo reprendió duramente.

"Te dije que nada de daños físicos, estúpido animal. Eres un puto cabeza hueca. ¿Por qué no atiendes lo que se te dice?" Otra bofetada fue dada, esta vez más débil, pero con intenciones correctivas. Ruso. El idioma en el que el superior de Gavril habló fue el ruso. Ella hablaba polaco, y de ruso captaba alguna que otra palabra, pero de lo dicho por el rubio solo captó algo referente a un «cabeza hueca» o, más cotidiana y directamente, un imbécil. Ella entendía que era un escarmiento por algún incumplimiento. Quizá le ordenó el matarla sin tanto pretexto, un tiro en la cabeza y ya, para eliminar los testigos de lo sucedido en el callejón de Siekierki, y raudamente en son de evitar que aparecieran nuevos con su eliminación.

"Suéltenla." Dijo el rubio, esta vez hablando en un polaco que ella comprendió, y de inmediato reaccionaron llevando a cabo su orden. Le quitaron la mordaza, vio los rostros ahora inseguros y ansiosos de los hombres blancos, intentando guardar la compostura, pero claramente intimidados por la eminencia que, nada más ingresar al bar, cambió las tornas de su situación, y, por lo visto, hacia buen puerto, al menos para ella. Aún estuvo alerta, y también pavorosa por quienquiera que sea este sujeto.

El hombre rubio se aclaró la garganta y le habló: "Me disculpo por el trato anterior y el pequeño percance, jovencita. Simplemente les dije a mis allegados que la acompañaran a mi vehículo." Miró a los ocupantes nerviosos e incómodos del salón. "Pero supongo que es mucho pedir que se acate una tarea tan sencilla al pie de la letra. Sea como fuere, no he venido aquí para reñir a mis inútiles supeditados; he venido aquí para esclarecer unas dudas y, finalmente, realizar una oferta irrecusable."

El rubio le hizo preguntas, cuestionamientos acerca de hackeos a ciertas torres de datos de empresas que, para su desgracia, Lucyna recordaba diáfanamente sus nombres mencionados. Creyó que se trataban de empresas fantasmas —y así lo eran—, y por eso puso en práctica su deck, en fomento de incrementar y perfeccionar sus habilidades con la Virocana, contra las construcciones diminutas de empresas polacas que no databan de actividad alguna desde su fundación, y que sus hielos no eran más que defensas simples y eludibles, que dentro no almacenaban otra cosa que insulsos o vacíos documentos, lo que para ella confirmó en aquel momento que fuesen sociedades fantasmas. Iba a excusarse diciéndole esto, pero el hombre frente a ella no quería escuchar sus justificaciones, eso está claro, así que tuvo que afirmarlo, aceptar su error. Asintió, reconociendo los hechos. Él no mostró signos de molestia o reproche, más bien pareció meditar para sus adentros. El qué fue un absoluto enigma.

Sonrió y mesuradamente dijo: "Mi nombre es Dymitri. Un gusto por fin encontrarla y conocerla, jovencita. La hemos estado buscando." Eso la tensó bajo la figura imponente de quien dijo ser Dymitri, empequeñecida, disminuida y dubitativa sobre lo que quería decir con «buscarla», y para qué buscarla. "Oh, no se preocupe." Intercedió. "No queremos ni nos interesa hacerle daño. De hecho, ahora que me ha confirmado que es usted la que ha «trastocado» nuestros «legales negocios», me encantaría que viniera conmigo. Claro, si es lo que usted desea, jovencita. Usted posee la última palabra en esto." Al finalizar, se paró más recto, los pies juntos y las manos entrecruzadas en pose de espera a su respuesta. Y ella no sabía qué decir, qué hacer o qué pensar. Todo transcurría con demasiada rapidez ese día. Primero fue perseguida por una jauría de perros, cruza con lobos esteparios, que la obligaron a escalar a un tejado hasta que oficiales armados los atraparon, se habían escapado del camión de transporte de algún ricachón que podía permitirse el lujo de poseer animales domésticos (y encima modificados en su genética); más tarde unos policías le quisieron requisar la Virocana, pero actuó rápido y les lanzó el primer ejecutable antipersonal de la máquina (echaron espuma por la boca y salió corriendo); y ahora esto, entro al bar de Jet y…

'¡Jet!' Recordó de repente, y se giró para enfrentar a su hospedador temporal. Éste continuaba con vida, o eso parecía, y llevaba un paño en la boca, como el que ella obtuvo hace unos momentos. Su pecho bajó y subió levemente, con espasmos irregulares. Devolvió la vista al rubio, quien había prestado su absoluta atención a todo lo que ella hacía.

"Podemos curarle, si gustas. No nos rehusamos a las disculpas y a claudicar en nuestras transgresiones indisciplinadas." Vio de reojo al muro de cromo y carne que era Gavril y éste se tensó. "Pero primero nos gustaría saber qué harás. ¿Aceptarás o rehusarás?" Su tono diplomático incomodó más que calmó los nervios ya de punta y en plena alerta de Lucyna, pero, ¿qué otra opción tuvo? Solamente quedaba rezar que, para lo que fuera que la necesitaran o quisieran de ella, estuviese a la altura y que no socavara su dignidad humana (si es que tal concepto seguía existiendo en su corrompida realidad).

Aceptó. Dymitri dio la orden de que traten las heridas de Jet (a quien no vio nunca más a partir de aquel día). Fue puesta en un programa de acondicionamiento para netrunners, seguidamente de realizarle unos exámenes básicos, los cuales sorteó con extrema facilidad, para adivinar en que parte del proceso estaba su aprendizaje y tras colocarle sus primeros implantes cibernéticos: un enlace, un puerto y un deck.

Pasaron las semanas, con estas se adelantaron las barreras de los primeros meses, meses que se difuminaron hasta convertirse en años. Años que estuvo bajo la protección de la organítskaya rusa. Y aún lo estaba, aquí, mirando al agua helada de un estanque con sus respiraciones ya sosegadas.

No había árboles, o al menos no muchos, y el césped, y todas las inmediaciones, se hallaban cubiertas de una tenue capa de nieve. Una fina lámina de hielo en descongelación tapaba la superficie del estanque, como una sábana cristalina y lisa, sin pliegues, que se extendía por toda el área a donde llegaba el agua. Copitos blancos caían languidecidos y acentuaban con un recubrimiento blanquecino al Cietrzewia, brillante ante la luz mortecina del sol que suspiraba entre las nubes y nubarrones sus escasos y débiles rayos.

El Cietrzewia estaba cerca de la finca privada de Kuprianov (líder de la organítskaya); y es por eso lo impoluto y puro de sus aguas, es por eso que no estaban (tan) contaminadas como las de los ríos, riachuelos, estanques, lagos y mares de la región. El césped, debajo de la nieve, estaba cortado al ras. Los árboles eran orgánicos, mutados genéticamente para que resistieran el duro invierno y la abrasiva contaminación ambiental, aunque, en estos momentos, estos no se diferenciaban de unas pobres maquetas de cartón: con sus hojas caídas, desnudos, y con aires marchitos que se compaginaban con el resto de la zona. Algunas veces traían peces al estanque, y se los podía ver nadando en ocasiones. Ahora mismo había un pez muy grande zambulléndose en el fondo. Un pez anormalmente grande. Hundido.

Su mirada, su expresividad no fluctuó en ningún instante. Su cara de piedra que tan sabiamente había construido durante los últimos años puesta sobre su faz: inamovible y sagaz e inexpresiva como un mosaico en blanco. Blanco como sus cenicientos cabellos. El mechón izquierdo de su frente más largo. Sus perlas lavandas enfatizadas con la pintura roja rosácea que delineaba sus párpados. Su piel tersa e inmaculada de un pálido preocupante, pues no solía tomar el sol, y tampoco es que hubiere razones, para ella, de preocuparse por eso. Estaba bien alimentada, bien adiestrada, bien aconsejada. Si le decían que tomara el sol, ella iría y lo haría; si no se lo decían, simplemente le restaría importancia, como ya hace, y proseguiría hacia sus sueños. Porque ella solo quería una cosa, ella solo deseaba una cosa.

Y, hace unos meses, le informaron que ellos estaban interesados en su adquisición, y que sus dueños estaban dispuestos a desprenderse de ella por el precio justo. La cosa pareció estancarse, como la masa de agua frente a ella. Pero, justamente hoy, su tutor había reiniciado conversaciones con el contacto de Japón. «Parece que nuestro pez gordo ha recuperado el interés», le dijo su tutor, «Y no depende de nadie más que de ti los éxitos que te precedan una vez vayas con ellos». Y ella lo supo. Esta vez era de verdad: abandonaría este país. Solamente le tocaba esperar a que el avance de las negociaciones que se estaban llevando a cabo terminaran en buen puerto. Y tras arreglarse un acuerdo ella escaparía de este suplicio, de estas grises calles, de este salvajismo desmedido donde imperaba el más fuerte.

Pero también sabía que adonde iría no sería todo color de rosas. Tendría que competir y ganarse su lugar. Pero por eso la habían entrenado todo este tiempo tan rigurosamente, para este exacto momento. Ella no sucumbiría. Ella prevalecería y escalaría hasta lo más alto de la torre. Porque ese es su sueño, su único sueño.

Oyó unos pasos acercándose a la distancia. De reojo vio cómo un rubio acortaba distancias con ella. No se puso nerviosa. Lo conocía. Y esperaba que trajera consigo buenas noticias.

Se paró a su lado. Vestía igual que siempre: con ropa oscura y opaca, generalmente marrón. En este caso llevaba casi cubriéndole entero una gabardina marrón oscuro, muy oscuro. Allí se quedó, visualizando el agua algo congelada del estanque a través de sus gafas transparentes. Ella no dijo nada. Lucyna, sin perturbaciones ni en su rostro ni en su postura, pretendió mostrarse paciente. Y de momento le salía, pero el ansia la carcomía.

"Ha acabado tu recreo." Dijo el hombre rubio. Tranquilo y serio, absolutamente serio en su forma de hablar, en su postura, en su mirada. Un halcón que miraba hacia el estanque como si estuviere por cazar a una presa nadando muy cerca de la superficie.

"Lo sé." Dijo Lucyna con cortesía fría y distante, practicada con antelación. Un tanto copiada del hombre rubio que la acompañaba. Hombre que no hizo la más mínima gesticulación frente a su contestación. Ella quería saberlo, necesitaba saberlo. ¿Cómo salió la reunión? Contrario a sus mejores deseos, y visto que el rubio no le contaría, tuvo que preguntar.

"¿Qué tal ha ido tu «negociación»?" Dijo Lucyna sin reales ganas de hacer la pregunta directa, para que no se notase su desesperación y anhelo, y sí con muchas ganas de conocer acerca de su futuro adquisidor.

"Dice que ahora está ocupado con un negocio grande entre manos. Que de momento no podrá atenderte." Dijo el rubio que expulsó un gran un suspiro que, incrementado por las bajas temperaturas, formó un soplido de vaho blanco. Esto pareció desinflar en gran medida a la ansiosa Lucyna, desilusionándola. Hundiéndola en un agravio sin precedentes, al menos en los últimos meses (antes sí que tuvo peores noticias o experiencias). Eso sí, no mostró un ápice de emoción por fuera, fingió ser una piedra que nada le interesa y que nada la perturba. Exhibió una falta de atracción por lo que tuviera que contarle excelentemente implantada, pero falsa. ¿Qué haría ella si se le imposibilitaba la posibilidad de unírseles a ellos? ¿Qué haría ella con su vida?

Miró a su tutor, por primera de vez desde que llegó, en busca de escudriñar un secreto, algo todavía no contado o dicho. Él le devolvió la mirada, suspiró su aliento caliente al aire frío y asintió. Su corazón dio un vuelco. Sus manos, en un brevísimo momento, casi imperceptible, se cerraron en un puño involuntariamente. Pero es que la emoción fue incontenible.

"Sin embargo," El rubio continuó, cortando sus cavilaciones. "tu traspaso es inevitable. Él, de manera definitiva, te quiere en Tokyo. Pero hasta dentro de unos meses, cuando aclare cierta situación." Un alivio enternecedor la abrazó. Un diminuto suspiro que estaba conteniendo y que no sabía que contenía fue liberado. Sus preocupaciones disipadas, disueltas en la paz obtenida por unas sencillas palabras. Esto cambiaría su vida. No derrocharía su oportunidad y escaparía de este agujero para ir a otro sitio mejor. O eso creyó ella.

"Ha concluido tu recreo. Es hora de que vuelvas a tu entrenamiento." Expresó el mayor con aspereza. Ni una pizca de emoción, o en todo caso ningún atisbo de simpatía por la prodigio a su lado.

"Como digas, Christoff." Dijo Lucyna con la misma frialdad en su propia y juvenil voz, reafirmando la apatía mutua que compartían. No se odiaban, tampoco eran amigos; simplemente se usaban el uno al otro en lo que era el negocio embustero de la vida. Y aquí te adaptas o te matan. Las reglas eran muy simples, y siempre serían iguales.

Lucyna sin más interés en lo que tuviera por decirle su tutor partió. Como bien dijo Christoff su recreo había cesado, pues su negociación con los japoneses finalizó y, por lo tanto, tenían que volver a su rutina diaria.

"¿Has visto a Gavril?" Preguntó el rubio, interrumpiendo en seco la retirada de la niña. Una leve crispación se notó en sus hombros ante la mención del gorila cabeza hueca de Gavril. Un hombre poco astuto con más peleas en su haber que neuronas funcionales. Un «cabeza despoblada» como solía llamarle Lucyna.

"No, ni idea de por dónde ande." Respondió ella secamente. "¿Algo más?" Lucyna quería irse cuanto antes para reiniciar sus actividades.

"No." Dijo Christoff, y ella retomó su rumbo yéndose al coche que la esperaba fuera del parque privado.

El rubio se mantuvo allí durante un rato. Christoff juraría que mandó al grandote a vigilarla, para que no escapara, o sencillamente para tenerle un ojo encima. Dudaba con creces que la niña huyera, menos ahora que le están por dar una chance sin igual gracias a los contactos y negocios de la mafia, la perspicacia de los soviets y la desesperación de una de las grandes eminencias de Oriente. Christoff conocía la verdadera naturaleza del acuerdo.

La nieve se empezó a intensificar en su caída. Esta noche tal vez caería la última nevada. Las nubes ennegrecidas así lo proclamaban. Observó con detenimiento la superficie acuosa delante de él. En la nieve, cerca del borde, se hallaban unas huellas de suelas anchas. Solo un mastodonte tendría que dejar tales pisadas. Sospechando se aproximó al filo del estanque.

Christoff se paró al borde del Cietrzewia, y al fondo pudo dilucidar con dificultad lo que él creyó que era la silueta de un hombre hundido, recientemente ahogado. Suspiró y pensó: 'La «Luna» está creciendo a pasos agigantados en su madurez. Sin dudas será un excelente recurso a tener en cuenta en un plazo no muy largo. Lástima el tener que renunciar a sus servicios tan temprano'.

Debió de preverlo, esto que estaba viendo con sus propios ojos ahora mismo. Debió de prever que algún día ocurriría.

Lucyna avanzó sin guía hacia el coche estacionado fuera del parque donde estaba el estanque. E hizo lo que hizo por una buena razón: se le había insinuado, mientras le colocaba una mano en el hombro, diciéndole que cuando creciera él la «conquistaría» y «tomaría» porque era una niña muy bonita… Y esa fue la última gota que destruyó su autocontrol. Odiaba el contacto físico, lo aborrecía con todo su ser, y él osó ponerle sus sucias manos encima. Lo sucedido posteriormente se tanteaba inevitable; tanto como su arribo a la megacorporación más gloriosa y quizá la más influyente de todas en la actualidad. Y quizá siempre, desde su ascenso imperial, había sido así.

De cualquier modo, culminó su descanso, y era momento de volver al trabajo: a su mejoría y condicionamiento. Había manchado sus puños de escarlata y, a pesar de que en parte fue por un capricho vengativo, en gran parte lo hizo para amoldarse y templar sus nervios para los gigantescos cambios y dificultades que se avecinaban en su carrera sin detenimiento. Quién sabe qué clase de cosas le mandarían a hacer en su futura empresa. Qué clase de peligros le tocaría afrontar en su nueva vida como corredora.

Pero, en fin, ya era hora de volver a su acondicionamiento para ser la mejor netrunner del mundo, persiguiendo el sueño de trabajar en la megacorporación más grande y poderosa del planeta.

Arasaka.

…Continuará…

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En el próximo capítulo se explica que ocurre con las memorias de Naruto.

(*Reescrito por última vez el 24 de septiembre de 2024.)