Aquí vamos otra vez…
Anotaciones:
El joven Naruto deberá ganarse la confianza y la animosidad de su nueva tutora tan… fría. No por nada en específico, solo porque es su manera de ser. Y tal vez por que guarde cierta simpatía hacia alguien de su misma condición —solo y descarriado—, pero nada más. ¿Nada más? Mmm…
Lo veremos…
¡Disfruten!
Alerta: En esta historia se narran variadas situaciones que catalogan como contenido adulto y que pueden ser muy sensibles para algunos. Todas (o casi todas) cuestiones tratadas en mayor o menor profundidad dentro del juego Cyberpunk 2077, y que también se tocarán en esta ficción. Si has jugado al juego, sabrás lo que te espera (e incluso así puede que te sorprendas). Leer con discreción.
~~o~~
Un Pacto con la Muerte
~~Introducción~~
Capítulo 6: Pasión Lunar Pt. II; El Despertar de la Tempestad Roja
~~o~~
Año 2062. Tokyo, Japón.
Un sufridor demasiado acostumbrado a sufrir. Un desgraciado que sin pena ni gloria avanzaba con nulos miramientos hacia su futuro incierto. Inquebrantable e innegable su convicción, adelante siempre iba sin temor. Un prometedor y astuto luchador, de esos que terminaban muy alto en este mundo a pesar de sus orígenes pobres y desahuciados de toda esperanza. Eso fue lo que encontró Anders Hellman, máximo ejecutivo de Arasaka en Kyoto y uno de los hombres más proclamados dentro de la empresa, en un simple niño de siete años llamado Naruto Uzumaki.
Sus informantes de tierra fallaron, y como consecuencia, sus vidas no prosperarían. No los mató, no hacía falta tales extremos, pero si les reprendió duramente degradándolos por su falta de atención en un tema tan crucial, más conociendo las habilidades y condiciones ocultas que descubrieron del huérfano pelirrojo en estos meses. Resultó ser que la muerte de su madre, y la identidad de ésta, no fueron el mayor enigma sobre el niño.
El VA sobrevolaba, bajo, los cielos despejados de Tokyo. Próximo a destino; faltaban un par de kilómetros como mucho.
Transcurrió medio año desde que Hellman se enteró de toda la verdad de lo que ocurría en la pensión o nojo, lamentándose no haber podido detectarlo antes. Cosa que Naruto agradeció, pero, a la vez, dudaba que fuera cierto, y fue algo normal después de todo por lo que pasó. El rubio realmente se sintió culpable por ello, intentando compensarlo durante los meses posteriores, cuando el Uzumaki se fue a vivir con él.
Descubrió muchas cosas acerca de Uzumaki en este tiempo viviendo con el niño. Su verdadera personalidad, gustos, deseos, obsesiones, y, como si el resto fuera poco, una habilidad muy peculiar, bastante sobresaliente de las demás peculiaridades que ya poseía y él reconocía.
Primero, en aquel tiempo Anders descubrió el fanatismo enfermizo que tenía Naruto por la luna. Tal era ese fervor hacia el astro, que cuando Hellman le regaló una neurodanza de viaje a la luna casi le da un ataque psicótico-neuronal después de pasarse catorce horas observando el espacio indeterminado, contando estrellas en el firmamento y consternado con la infinidad del universo y sus posibilidades. Luego de este episodio el rubio ejecutivo de Arasaka no le prohibió usar el dispositivo ni tampoco «viajar a la luna» (como el niño lo llamaba), pero si estableció unos límites esclarecidos para que su cerebro no se fritara o, en el peor de los casos, perdiera la noción de su propia persona y se volviera ciberpsicópata o un compuesto material desprovisto de consciencia, abstraído de la realidad.
Hellman se halló sorprendido de tal obsesión por el satélite que venía desde antes de que entablaran una relación cercana —o el afán de una—. Extrañado y asombrado le preguntó de dónde salió tal admiración total por un pedazo de materia en el espacio, que casualmente rotaba a su propio pedazo de materia terrestre. El pelirrojo pareció ofendido aquella vez, realmente insultado. Quizás una mala elección de palabras, en verdad. Fuese como fuera, más tarde le obsequió el BD y, bueno, quizás no fue la mejor de sus ideas el dárselo previo a una jornada de diez horas laborales; si Hellman se hubiese enganchado aunque sea un par de horas más en el proyecto Relic, tal vez su discípulo yacería muerto hace unos meses y de una forma absurda.
Han pasado seis meses desde que el pelirrojo abandonó el infierno para convertirse en un gran alivio, por sus potenciales habilidades para el netrunning, dato que el Uzumaki liberó de un día para otro dejando desbocado al adulto rubio. Y justo él venía necesitando corredores para el proyecto Hydrotech.
Naruto estuvo en un entrenamiento especializado para corredores en Kyoto estos últimos dos meses, aunque, más que entrenamiento o acondicionamiento, fue un testeo de sus inmunidades. Hace unos cuatro meses, durante una sesión normal en la que un runner tenía que probar que tan bien se defendía el Uzumaki de los hackeos rápidos, descubrieron que el pelirrojo no recibía ningún ataque; en palabras simples, una especie de capa inmunizadora cubría la mente del Uzumaki y evitaba que, cualesquiera que fueran los ataques o los medios utilizados para atacarlo, no sintiera nada; él, según lo que decía, solamente sentía un cosquilleo en la nuca, pero poco más. Pensando que debiera ser que poseía un ICE experimental e impenetrable colocado de manera clandestina por sus antiguos cuidadores por razones desconocidas, se propusieron revisar su cabeza a fondo, tanto física como psicológicamente. El joven se mostró receloso ante todo esto, pero le prometieron y juraron que no mirarían en sus recuerdos, no en aquellos que le pudieran generar una molestia o romper con su privacidad. Finalmente aceptó y… no había nada. Buscaron y buscaron, y no hallaron nada de nada.
«Es como si su cerebro tuviese vida propia, pero realmente. Como una consciencia superior que trabaja en el subconsciente del niño», describió acertadamente el runner con el que llevaron adelante la investigación. Y es que era cierto: fue como una defensa invisible e insorteable desde la distancia, siendo esquivable o pasable solo con una conexión directa a su sistema neuronal, algo imposible que ocurriera en mitad de un combate, y no una tarea fácil para un corredor dentro del ciberespacio, a pesar de la inexperiencia del Uzumaki en el área.
En resumidas cuentas, su sistema neuronal y su cerebro tienen un ICE implementado de manera genética, o eso sospechaban, que es impenetrable ante cualquier picahielos.
No importa que programas uses, todos serían inútiles en el mejor de los casos, los invasores son aplastados con una señal eléctrica indetectable, no rastreable ni tampoco posible bajo los estándares del ciberware utilizado hoy en día… Era casi como magia.
Querían saber hasta qué punto actuó esta defensa y a qué programas y herramientas era invulnerable. Realizaron pruebas de todo tipo. Y fue mientras hacían estas pruebas que el Uzumaki, con su impetuosidad reconocida, tuvo un accidente bastante conveniente para la investigación y, posteriormente, para los planes y necesidades de Hellman.
El niño atravesó la Blackwall. Por accidente, o por inconsciencia, o por soberbia, o por las tres, Naruto llegó más allá de los límites establecidos por NetWatch, y, aún más importante, sobrevivió para contarlo y explicitar su experiencia del otro lado. Y dijo que fue un tanto aburrido, que no había mucho para hacer. Que, mientras ellos trataban de rescatarlo, algunas cosas rojas y gigantes se acercaron a él pero que, al cabo de unos segundos o minutos, huían despavoridos o se desgranaban ensimismados en columnas derrochadoras de datos e información residual. Incrédulos, no tuvieron otra opción que creerle al chico, pues ningún daño o asalto se había efectuado contra su «ego» ciberespacial durante la inmersión, y aquellos entes agresivos del otro lado que sí se vieron tentados a engullir al Uzumaki en sus pilas de datos, fueron eludidos o destruidos por su inexorable defensa. Obviamente, repitieron el proceso, esta vez con acompañantes que le subrayaron al bermejo qué hacer y cuándo hacer tal cosa para delimitar hasta dónde poseía poder su barrera, sin embargo, tampoco se arriesgaron demasiado y dejaron de lado el probar las excentricidades del niño contra IAs y virus poderosos de verdad, como el RABIDS.
Los resultados fueron enormemente satisfactorios. El niño cargaba consigo una pseudo inmortalidad muy específica y singular, funcional en el ciberespacio. Es decir, un agente ideal para penetrar el muro negro. Lo que Hellman requería y jamás de los jamases se imaginó que obtendría.
Con sus habilidades connaturales, Naruto pertenecía a un grupo selecto de un solo integrante en cual él se paró como su decano. Pero, con todo esto, todavía necesitaba refinar mucho sus habilidades en muy pocos meses, ya que las pruebas para ingresar al proyecto no tardarían en llegar. Por lo tanto, necesitaría ayuda de un talento similar al suyo, y con algo de experiencia.
Y aquí hay otra conveniencia idónea.
Unos de los contactos que Hellman llamó, anteriormente a conocer las habilidades de Uzumaki, le deslizó la información de una niña procedente de Polonia muy prodigiosa, y de paso, también poseía las condiciones que la megacorporación requería para su proyecto secreto. Le otorgó a ella la tarea de rellenarle al pelirrojo todos los huecos en su saber y así poder aprobar los exámenes de competencia que se le avecinaban a ambos. El rubio solo esperaba que realmente cooperaran.
De cualquier modo, Hellman forzaría su cooperación animando a la niña para que ayudara a su futuro compañero pelirrojo y diciéndole que, cuanto antes fuera plausible, consiguiera que este tuviera un desempeño decente en el área o, de lo contrario, no podría ser partícipe de las pruebas de selección de Arasaka. Obviamente fue una gran mentira para mantenerla motivada y que ayudara a Naruto, quien, aparentemente, se motivó solo, tal como Hellman había previsto en algunos de sus escenarios. No obstante, lo que Hellman no conjeturó fue la reacción sorpresivamente escandalosa del chico peliescarlata. Estático y con la visión perdida en los rasgos de la peliblanca, como si alguien que reprodujere sus movimientos le hubiere dado al botón de stop. No pudo preguntarle, pero hoy, si surgía la ocasión, lo haría: «¿Qué es lo que sientes y sentiste por ella al verla?»
A Hellman le picaba la curiosidad y, ahora, se encontraba a disposición de su primera reunión con el joven prodigio pelirrojo después de un mes. La última vista que obtuvo de él fue la de la rabia y el malhumor personificados cuando lo envió a «ayudar a Kristina» con las maletas; otra mentira, por supuesto. Tales maletas no existieron, y si lo hicieron, nunca haría falta que ninguno de los dos las cargara por sí mismos. Eran los protegidos de Anders Hellman, después de todo; y el rubio de Arasaka tenía contactos íntimos con la cúspide de la empresa. ¿Por qué diablos no contrataría a alguien para que se encargara de algo tan irrisorio? Naruto se dio cuenta de ello de inmediato, y aun así cumplió a rajatabla con la orden. Tal vez porque estaba a muy poco de acometer, rabioso, con acusaciones contra él, y en proliferación de mantener su careta de cara a Lucyna, no lo hizo.
Sea como fuere, la niña albina despertó algo en Naruto. Lo que sea, Naruto sabía que podía ser utilizado para ponerlo en una situación desfavorecedora o de dependencia, por lo que Hellman dudaba que se lo admitiera sin tapujos.
Y razón no le faltaba al pequeño embustero. Anders quería, a toda costa, salvaguardarlo a él y a sus secretos en contrariedad de los mejores deseos de Uzumaki, que, por lo visto, anhelaba la libertad. Aunque aún era críptico para Hellman en qué sentido prefería Uzumaki aquella «libertad».
En cualquier caso, tal vez y solo tal vez pueda conseguir redirigir las lealtades del joven Uzumaki, bajo la influencia de este nuevo allegado. Al menos, que lograran congeniar de alguna forma para que pudiera atar al niño a no cometer imprudencias en contra de la corporación, también recuperando aquella hambre de conocimiento y desarrollo que obtuvo al inicio de su proceso de aprendizaje como corredor. Tal vez.
"Llegando a destino." Sonó la voz robotizada de la maquinaria transportadora. Dilucidó la fachada del Matsubara mientras descendía en uno de sus helipuertos vip.
~~o~~
Él no estaba enamorado… ni mucho menos.
Y eso es un hecho. Un hecho fáctico. No un sesgo especulativo ni un supuesto arraigado a un capricho mezquino de huirle a toda forma de relación o interacción humana. No. Para nada. Él solamente era un chico confundido con una condensación de emociones sobreestimulantes que le costaba imaginar y comprender, aún más manejar o controlar. La realidad era la que era. Y él era un idiota, un idiota de verdad.
Lucy se lo dijo esta mañana. Otra vez. Perdió la cuenta de cuántas veces la niña de los cabellos nevados había intentado que renunciara a sus anhelos y que le sugiriera a Hellman echar marcha atrás. Como es obvio, no se lo dijo tan directamente, y aun así se denotaba, se lo leía en sus lavandas inmaculadas. Para ella él era un absoluto cero a la izquierda, y fue bastante diáfana opinión. Día tras día, lección tras lección, ella siempre le tuvo que insistir de alguna manera en su inhabilidad, pese a que Naruto la conociese al detalle.
Lucy. Lucyna. Luce. Una luz de luna reflectada en un cuerpo humano: perfecta descripción de una ideal ensoñación. Se maldijo a sí mismo decenas de centenares de veces por caer tan bajo, por dejarse llevar ante la ola de sentimientos encontrados desde el primer momento. Pero es que era imposible, irreversible; se halló en una encrucijada donde o se convertía en la nada y moría penosamente o resurgía de sus cenizas alimentadas con el gran chispazo que significó en su vida esta ignota niña.
"¿En Polonia fabrican pesadillas en masa?" Cuestionó a nadie en concreto, tanto por su desafortunada situación, provocada por una oriunda de esas tierras, como por la breve e inteligible ristra de emociones conflictivas de logró desencriptar de la niña, tan sucinta como abruptamente impactante. Después de todo, ninguna niña que no haya pasado por la cantidad de circunstancias desgraciadas suficientes llevaría una navaja consigo, solo por si las dudas. El miedo, cuando se osaba a enfrentárselo, en muchos casos sin estar siquiera un poco preparado para abarcarlo, daba rienda suelta al odio en cualquiera de sus formas como mecanismo endémico de defensa. Una simple conducta humana. Al menos, esto le cercioró a Naruto que Lucy no era un ovino mecánico que soñara con otros ovinos mecánicos diseñado por el perverso e intrigante Hellman en un pulcro y oculto laboratorio ubicado en unas islas recónditas de Centroamérica o Indonesia. Lucy fue humana; una niña humana que lo enclaustró, sin quererlo, en un complejo dilema, del cual se abría una clara disyuntiva (aunque fuere reacio a admitirlo).
"Ah." El bermejo suspiró, y supuso que este era el destino de todos los embusteros como él: ser embustidos. Anders lo planeó todo al dedillo, o, incluso peor, le salió todo a boleo por su propia culpa, por culpa de su tormenta emocional ineluctable que reverberaba en las paredes internas de su ser como una muchedumbre hambrienta y harapienta gritando por una terrible epidemia.
Sostuvo la mirada hacia la metrópoli desde la habitación G59. Plagada de humo, y luz. Confusiones irreverentes a cal y canto. La misma estación del año todo el año y todos los años anteriores y venideros: nublado, o despejado pero humado. Cada que salías fuera podías sentir como los ojos se te hinchaban y enrojecían. O Naruto, quien poseía ópticas orgánicas con lentes artificiales interconectados a sus sistema sensorial-neuronal, así lo sintió. Siempre tuvo que ser el idiota que destacaba, que sobresalía del resto, nunca fue el normal, el pasable y el olvidable Uzumaki Naruto. Mas quizás fue su culpa, como con lo sucedido con Lucyna. Lucy. Luce.
No podía dejar de pensar en ella un maldito minuto… Qué estúpida obcecación compulsiva.
Contemplativo, observando por los ventanales del G59, se retó a distraerse y a hallar dulzura en los rascacielos plantados en toda la ciudad, en sus neones plasmando y disparando anuncios por doquier, cual bombardero ciego derrochando napalm en la jungla vietnamita; en su ambiente monotemático, al igual que sus cavilaciones sobre éste. ¿Cuántas veces habrá dicho para sus adentros que la ciudad apestaba, que la miseria abundaba y que la esperanza escaseaba? Ni que fuera a suceder una revolución de tanto quejarse para dentro, y ni que sucediese en base a años de lucha y diálogo contra la clase corporativa. Como si esos entes anodinos que se creen dioses dialogasen, por favor… Aunque, tal como se repite hasta el hartazgo en la vida, siempre hay excepciones a la regla.
Hacía poco, unos meses tal vez, fue capaz de husmear unos informes de Arasaka que en teoría eran secretos. En esos pinchos encriptados, se hablaba y se repetía mucho, con reiterada incidencia, el nombre de Kurogane. Era alguien que, según se dice, consiguió lo indispensable. Hizo que los corporativos le temiesen como a un igual o, aún más increíble, como a un superior individuo que frente a él nadie podía, nadie se resistía. A Naruto le fascinó que la leyenda fuera cierta y que las palabras soñadoras y embelesadas de Miho acerca del sujeto no fueran meras patrañas especulativas. Kurogane existía, como el agua, como el viento. Como un vendaval disruptivo que dio vuelta las fichas del tablero y, porque él lo deseó así, se dispuso como el rey absoluto. Evidentemente quiso aprender más del hombre, o mujer, o lo que fuere, llamado Kurogane. Y emprendió su búsqueda de conocimiento.
Le preguntó a Hellman quién era y por qué hacía lo que hacía el tal Kurogane, pero éste solo respondió que dejara de inmiscuirse y cotillear en temas tan convulsos y privados dentro de Arasaka, y que dejara de robarle sus pinchos; pero Naruto no tenía la culpa, en este caso no, de que él soltara sus cosas en la oficina como le viniera en gana, y siendo un niño, Naruto obviamente curiosearía. Igualmente, le dijo que no le prestara atención y que se centrara en lo que le devenía, que era convertirse en netrunner, de los mejores que nunca se hayan visto. Sin embargo, Naruto, naturalmente, era muy pertinaz en sus fisgoneos.
Le endulzó el oído a Kristina, la secretaria y amante de Hellman, y descubrió lo de la red de tratas desarticulada por él. Pero, sin embargo, nada relevante sobre el personaje denominado como Kurogane llegó a él. No había más nadie a quien preguntar, por lo que inició su exploración en la Red.
Cataratas de información lo ahogaron. De igual manera, se complicaba el creerse todas las historias que el mundo y, concretamente, los habitantes de una ciudad denominada como «Night City» tenían para contar del sujeto. Que si una masacre terrorífica y sin precedentes en un barrio japonés. Que si ataques terroristas a sedes empresariales. Que si un grupo de incivilizados y oscuros hombres de mantos negros lo seguían como una secta religiosa extremista. Todos relatos fantásticos, pero poco creíbles. Aunque en Arasaka lo respetaban, y eso le valió a Naruto para argumentar algunas de las flaquezas y lagunas de estas fantásticas historias.
La puerta se abrió, Hellman entró. El rubio vio al niño que miraba por la ventana, saludó y se paró a su lado. El niño no respondió, ni hizo el atisbo de querer hacerlo. Hellman le restó importancia y se esmeró en discernir el qué inundaba la cabeza del bermejo en estos momentos. El silencio fue incómodo.
"Hoy no tienes muchas ganas de parlotear." Dijo el rubio. Hoy Hellman vestía un atuendo muy normal: traje azul, camisa aguamarina, corbata a rayas. Naruto traía su uniforme estándar de corredor, el que usaba la mayoría del rato, por comodidad y porque casualmente a Hellman se le había olvidado agenciarle una habitación con dos dormitorios y no uno para compartirlo, cosa que Lucy jamás aceptaría (y con razón).
A sus dichos, Naruto no replicó nada. No quitaba la vista de la ciudad. Hellman no necesitó saberlo para ser consciente de que el niño seguramente estaba inmerso en uno de sus soliloquios mudos, meditativamente trágicos, quizás.
"Por lo que veo, diría que estás enojado. Aunque desconozco por qué. ¿Tal vez quieras contármelo? No soy adivino." El día era gris, gris y demacrado. Las calles abundaban, como solía pasar en Tokyo, sin importar la hora.
"Me equivoqué." Dijo finalmente Naruto, en un tono bajo y resolutivo. "Me equivoqué y pagué caro mi error."
Hellman asintió lentamente, y preguntó: "¿Y en qué te has equivocado?"
"En confiar en un hombre tan pérfidamente ladino como tú." El pelirrojo por fin le echó una ojeada al rubio. En el chico destacaba la apatía, una desazón fulgurante cuando habló. "Realmente eres peor de lo que imaginaba, Hellman, en serio. ¿No recordaste pedir una habitación con dos dormitorios? No puedo ni cambiarme tranquilo. No puedo ni cambiarme. Si ella me viera desnudo posiblemente me fritaría los sesos para más tarde preguntar. Tengo que estar todo rato con esta cosa." Estiró el cuello de su mono.
"Son cosas que pueden ocurrir. No soy una computadora, sigo siendo humano."
"Dudaría de ese hecho. Y si es así, eres tan humano como Mengele."
Hellman resistió las ganas de sonreír a modo irónico. Suspiró. Las ocurrencias de este chico eran inigualables. Ningún otro niño de su edad se le vendría a la cabeza tal comparación, menos se lo dirían a él al rostro sin vergüenza o temor. Se arrepentía de confesarle sus orígenes.
"Como sea." Se rindió Hellman. "¿Qué tal han ido las cosas con tu nueva compañera?" No observó reacción en el niño frente a la pregunta. Inmóvil y sin mayores señales de lo que ha acontecido en el último mes. Aprendió con rapidez la postura y expresividad de un corpo.
"No muy bien, si tengo que ser sincero. Creo que no soy su pupilo idóneo."
"Algo más exacto…" Hellman instó a que se extendiera con mayor amplitud en su pseudo informe.
"Diría que Lucy está a nada de cometer un «homicidio accidental». O esa es la impresión que me da."
Hellman anotó en su mente el apelativo empleado por Naruto para referirse hacia Lucyna. No dejaba de ser Naruto, después de todo.
"¿Tan mal se llevan?" Preguntó el corporativo de Arasaka.
"Me detesta con animosidad. Con ganas y con excelso desprecio. Dedica más tiempo a insultarme que a inculcarme sus saberes. Y tiene sentido, la verdad. Pues, verás, si juntas zorros con lobos feroces de las estepas en una habitación cerrada durante un mes, lo más probable es que se maten y no se amiguen por arte de magia. Sinceramente, no sé qué esperabas de esto, Hellman."
"Yo diría que ambos son astutos y testarudos felinos." Solamente replicó, ignorando cualesquiera que fueran las quejas del bermejo.
"Entonces erras en tus concepciones, Hellman. Lucy y yo no poseemos demasiado en común más allá de las desgracias que podamos haber vivido antes de estar hoy aquí. En nuestros orígenes quizás compartamos la miserable buena-mala suerte de las ratas de asfalto de las megaurbes, pero no otra cosa." Naruto leyó lo bastante entre líneas, en la cara y en el comportamiento de la niña polaca, como para saber que lo que decía era una autentica y vil patraña; Lucy y él compartían muchas más cosas de las que jamás le gustaría admitir. Pero Hellman no tenía por qué saberlo.
El rubio sacó un cigarro. Comenzó a fumar. "Tus avances como runner, ¿qué tal han ido?" Cuestionó.
"Sigo igual de estancado que hace un mes. O igual que hace meses. La diferencia es que ahora tengo a un demonio gélido que me defenestra, con palabras no muy alentadoras o confortantes, cada que fallo una descarga o hackeo. No sé si es lo que tú pretendías realmente. Pero funcionar, no funciona este nuevo proceso educacional."
"Ya veo." Dijo el rubio. "Con que ésa es la situación, ¿eh?"
"Repito, no tengo la menor idea de lo que pretendías con esto. Claramente no iba a salir bien, y no lo está haciendo." Naruto seguía insistiendo en que Hellman se retractara en sus acciones y que retirara a Lucy como su tutora y que lo dejara a él por libre, que se las arreglara solo, y solo y con mucha calma resolver su problemática tan cargante.
Hellman lo miró. "Deberías probar no siendo tan insolente ante ella. Seguro que piensa lo que piensa de ti por tu comportamiento tan irreverentemente hiperactivo. Tal vez, incluso deberías de hablarle con la verdad. Por una vez en tu vida que no mientas, no te vas a morir, ¿no?"
"Estás sugiriendo que miento mucho…" El pelicarmesí desarraigó sus ojos violáceos del cristal que mostraba la imperante ciudad. Aterrizó en su original tutor. Su patrocinador. "¿Por quién me tomas?"
"Esa pregunta debería de hacértela yo." Lacónicamente Hellman no dejó por demostradas sus emociones o las implicaciones de sus palabras. Inexpresivo y sucinto, como siempre, como el experimentador con labia quirúrgica que es. Un breve momento de comprensión mutua nació entre ambos. Hellman podría temerle a este chico algún día si no se resguardaba. Punzante, filoso como una hoja de damasco.
Naruto le devolvió la profunda mirada. Un poco herido por ser llamado un embustero tan directamente. Aunque fuese cierto.
"¿Qué pretendes que haga?" Naruto, ceñudo y por fin dispuesto a oír y a emprender una charla más conclusiva, preguntó. Fue a uno de los sofás de la sala y se sentó. Quería escuchar las cosas que haría su tutor. Tenía brazos y piernas cruzados. Sus sábanas y su almohada colocados a su lado. Dormía en la sala de estar.
~~o~~
La Torre Arasaka de Tokyo se alzaba magnífica entre el conglomerado de metal y concreto y neón de la capital japonesa, de la capital de todo Oriente. Una monolítica gema negra que la obnubilaba con fiereza. No podía pensar en otra cosa. No podía admirar otra cosa. La congregación de todos sus deseos y aspiraciones perseveraban en los niveles más altos de aquella torre. Llegar a la cima, su autoproclamada misión, su encomienda en honor al sacrificio de Mary.
Su compañero de callejón, Łukasz, el supuesto asesinado por la mafia albanesa, alguna vez dijo que mientras más alto en la torre se te reservase una oficina más importante y fundamental eras para la corporación. Si tus capacidades y habilidades eran las óptimas, y las de Lucyna lo eran, de eso no cabía duda, podrías llegar al punto incluso de compartir piso con los grandes mandatarios de la megacorporación. Convertirte en un Anders Hellman de la vida, o mejor. Una persona de tal confianza para el jefe de todo, que hace y deshace a su antojo, y disfruta de todas las reservas y comodidades que tal posición otorga. Los problemas, solucionados; la calma de que tus grandes ambiciones yacían conquistadas inflando tu ego sin detenimiento.
Sin embargo, pese a sus grandes aptitudes, a sus motivaciones y a su voluntad inquebrantable, una inmensa piedra se postró en su camino al ascenso corporativo. Una piedra roja e igual de dúctil que un ladrillo de cemento ultracompacto.
Simplemente de imaginar su inextinguible sonrisa, su mente y cuerpo hervían en furia ciega. ¿Cómo fue factible que pudiese sentir tanta rabia por una persona? Lucyna no lo sabía. Jamás podría saberlo. Lo detestaba tan fervientemente que inclusive, en un arrebato de ira, sería capaz de dañarlo con severidad. De no ser porque lo necesitaba vivo y coleando, y siendo útil a su causa. Porque sí, su suerte era una bolsa de basura en un río estancado, sin flujo. Siempre hallaba la forma de quedarse atrapada en la situación más irreversiblemente absurda que uno se pudiera plantear.
Ahora no solo tuvo que correr por su vida, mejorando sus habilidades de netrunning hasta niveles insospechados para una niña de su edad, no solo tuvo que competir con cientos de niños de su calaña, tan competentes como ella, sino que ahora también tuvo que preservar la integridad y asegurar el progreso de Uzumaki Naruto; un niño tan inadecuado para lo que se pretendía de él que Lucyna sinceramente pensó que se trataba de una broma, de muy mal gusto. Y lo peor es que todo dependía de esto. O de él…
El que pueda participar en los exámenes de admisión de Arasaka fue ligado a que sea diestra en la enseñanza de Uzumaki. En un principio, no habría mayores inconvenientes. ¿Verdad? Pues la verdad es que no, sí los había, y varios. Comenzando por el hecho de que ella, una niña de siete años quien apenas obtuvo contacto con otros seres vivos desde que poseía memoria, fue la encargada del adiestramiento. Y, en segundo lugar, estaba el matojo rojo descerebrado al cual, con un tiempo muy fugaz, le tenía que inculcar los complicados y enrevesados procesos de un runner de élite. Un imposible. Más con el retraso madurativo que aparentemente sufría su allegado pelirrojo, que la empujó incluso a pedirle ayuda a Christoff. Éste lo único que dijo es que prosiguiera con las órdenes de Hellman al detalle si es que quería hacer realidad sus ilusiones. Lucyna se encargaría, una vez la aceptaran dentro del cuerpo de netrunners de Arasaka, de cantar todo lo que supo sobre los grupúsculos donde se asentaba su antiguo tutor y sus planes en represalia por el calvario al que la destinaron.
De todas maneras, ya adoptó una postura más transigente con respecto a su situación, sin muchas alternativas a tomar otras iniciativas. Christoff también dejó caer que, tal vez, la estaban manipulando y las cosas no eran tan graves y determinantes. Por ende, quizás durante las primeras dos semanas estaba desesperada por concluir una reunión con el genio de Kyoto con tal de convencerlo de que se echara marcha atrás con esta inentendible absurdez, pero actualmente prefería evitarlo a toda costa. Odiaba admitirlo, pero el hombre le infundía un respeto que le hacía temblequear los huesos hasta la médula.
De hecho, hoy Hellman los visitaría, y por esa misma razón estaba evitando regresar a la habitación. No quería cruzarse con el rubio de nuevo, pues con la impresión inicial le bastó y le sobró. Daba mucho más miedo del que decían que transmitía en persona, y su estilo era tan tajante como una espada japonesa escrupulosamente afilada.
De cualquier modo, tarde o temprano, tendría que volver. Y sus temas de ensimismamiento se habían agotado. Le tocaba zambullirse de lleno en su aberrante vida otra vez. Caminó hacia la G59.
Seguía teniendo aquel sueño recurrente donde una mujer de ojos velados la visitaba en las noches; le hablaba, aunque no entendía nada de lo que decía. Otra vez imaginaciones sobre la madre que nunca conoció. Desconocía a qué venía el sueño que cansinamente dominaba su mente mientras dormía. Además, creía que comenzó una vez aceptó (la forzaron) tutorizar a Naruto. Supuso que el estrés de lidiar con semejante idiota imberbe tuvo algo que ver. Se estaba volviendo loca, quizás.
Bambúes se perfilaron rectos en los pasillos del Matsubara. Paneles de madera japonesa con kanjis negros dibujados a mano. A paso tranquilo, despacio, volvía a la habitación que lastimosamente tuvo que compartir con el más soez e insoportable de los niños japoneses. Le habían sugerido que los niños de por aquí, en su mayoría, solían ser respetuosos y retraídos, que difícilmente podrían anteponer temas de conversación, cuestionarte o convertirse en verdaderas molestias si es que colocabas tus límites. Lucyna se sacó la lotería. Tan solo que no se vio ofrendada por una cuantiosa cantidad de dinero, sino por el mayor imbécil de toda la Vía Láctea.
Caminó hasta estar a unos segundos de entrar al cuarto que compartía con el tomate hueco. Pero algo la detuvo en seco. Una conversación se llevaba a cabo al otro lado. ¿Había alguien, o es que su compañero de cuarto también resultó ser un esquizofrénico de cuidado?
"¿Has probado con decirle la verdad?" Oyó a través de la puerta que alguien interpelaba a otro. Por la voz, era Hellman. Seguramente increpando al pequeño mocoso. Pero, ¿a qué hacía alusión con «la verdad»?
"Verdad… ¿Cuál verdad de todas?" Dijo alguien. Naruto, por su tono infantil. Para ella sonaba igual de idiota que siempre, pero con algo diferente. No sabría cómo explicarlo correctamente.
"Sabemos que tu especialidad…" Habló Hellman. "está relacionada a su vez con tu debilidad. Quizás el fallo no sea tuyo. Puede que incluso parta de un auto-ataque de tu sistema de inmunizante connatural. Una falla de fábrica de tu invencibilidad."
Lucyna no entendía de qué rayos estaban hablando. ¿Naruto, el mismo idiota que le hacía preguntas básicas como si fueren secretos de Estado, alguien especial? ¿Una defensa connatural? ¿Invencibilidad? Nada de eso tenía sentido. Menos si tales destrezas se las adjudicaban al bermejo. Un bueno para absolutamente nada que por cerebro contaba con un trozo de pienso putrescente.
"Suéltalo." Dijo Naruto, cual charla entre conocidos y amigos en un bar, ni un gramo de respeto o timidez por la presencia de Hellman. "¿Qué es lo que me pasa?"
"Puede que sea una traba mental. Psicológica. El hecho de que tu regeneración sobrehumana también se vea afectada por la implantación del sistema de inmersión profunda, me lleva a sospecharlo."
"Muy lindas tus asertivas conjeturas, Hellman. Sin embargo, no veo la forma en que estas me puedan ayudar." Naruto sonaba ofuscado, frustrado.
"El ciberware, muchas veces, tiene que ver más con lo humano que con lo técnico o mecánico. La ciberpsicosis es un claro ejemplo de ello. Si sostenemos la teoría de que tus especialidades son producto de una cibernética que actúa a nivel molecular, alguna especie de nanites de naturaleza y efectividad desconocidas, tal vez acercarte a otros te convenga para tu progreso, en más de un sentido."
"Suena muy idílico, irreal. Y apesta cuento mítico sobre la aceptación de uno mismo tal como es." Lucyna se había dado cuenta. La forma de dirigirse a una de las máximas eminencias de Arasaka, el modo en que Naruto se expresaba era… distinto. Muy distinto. Además, ¿qué cosas le estaban ocultando?
"Creía que te gustaba la mitología."
"Como relatos fantásticos y ficticios de seres que nunca han existido, sí, me gusta. Me parece entretenido. Una irrealidad bastante cómoda donde establecer tus propias reglas sacadas de interpretaciones de tus lecturas sobre el tema en cuestión. No obstante, no aplico sus enseñanzas o moralejas a la vida real más allá del valor filosófico de ciertos dogmas. Difícilmente pueda recibir algo positivo de Susano no Mikoto."
¿Ese era el mismo Naruto que ella conoció hablando? No se lo creía.
"Con tu cinismo flagrante apostaría lo contrario. Casi siempre fingiendo algo que no eres… Suena a algo que Susano haría según esa tal Iza."
"Puede que tengas razón. Quién sabe."
"De cualquier modo, trata de ser más sincero con la niña. Muéstrale de lo que eres capaz, tus verdaderas aptitudes. Quizás así ya no te maltrate tanto." El tono de Hellman era distinto también. Trataba a Naruto, hablaba con él, como si fueren iguales. Dos empresarios, o genios muy locos, intercambiando puntos de vista.
"O puede que todo lo contrario."
"No sabrás hasta probarlo." Determinó Hellman.
La conversación parecía haber llegado a su fin. Ninguno tenía una acotación por hacer, una anotación extra para aquellas verdades que ella desconocía y le ocultaban a posta. Una rabia inintencionada, por la condescendencia hacia ella, se instaló en el abismo insondable de su ser. Y entonces Lucyna aprovechó para personarse en la escena. Dio la orden mental para que la puerta frente a ella se abriera.
Hellman y Naruto desviaron sus atenciones de aquello en lo que reflexionaran para contemplar a la que recién arribaba a la sala. El efecto fue reflexivo: Hellman mantuvo la misma postura, con un cigarro en la boca y una mirada desinteresada; y Naruto desintegró cualquier ápice de lógica fría y analítica que percibió de su voz hace algunos instantes y volvió a su ser idiota y zopenco, con su maldita sonrisa de marca registrada que, desde ahora, para Lucyna adquiría la significancia de una burla doble. La habían engañado y no supo ver la trampa hasta que estuvo engullida hasta el cuello en ella.
¿Quién era realmente Naruto Uzumaki? La duda en estos momentos la carcomía con furiosa venganza. Pero se enteraría de todo lo que se le escondía detrás de un velo de desconocimiento lo antes posible. Mañana, de hecho.
"Kushinada." Hellman reconoció la presencia de su segunda protegida. Impuso respeto y orden, cambiando completamente a como sonaba cuando intercambiaba concepciones con el bermejo en soledad. Echó humo por la boca.
"Hellman-san." Ella respondió rauda y respetuosamente, inclinando la cabeza un poco en gesto de reconocimiento a su superior. Él solo asintió con desgano. Se aclaró la garganta.
"En cualquier caso, espero que sus avances no se estanquen de ahora en más, Naruto, Lucyna." Cualquier familiaridad dejada de lado en su modo de hablar. "Los resultados, los buenos resultados, están a la orden del día en nuestra corporación, Arasaka. Y no faltan sustitutos con mayor ambición que puedan reemplazarlos en caso de que no cumplan con las expectativas dadas y advertidas. ¿Está claro?" Hellman no parecía ir en broma, ni dejaba adivinar una iota de exageración hiperbólica. Lo que dijo, se haría.
"Sí." Respondieron al unísono los dos protegidos y pupilos de Anders Hellman. Lucyna con profuso respeto y ganas de demostrar sus excelentísimas capacidades, tensionada al extremo al no percibir nada de farsa en su frase. Naruto con pereza disfrazada tras una careta de buena predisposición y alegría efervescente (que hacía arder la sangre de Lucyna como ácido sulfúrico), relajado y contento como siempre.
El director de la sede de Arasaka en Kyoto avanzó hasta la entrada. "Nos vemos el próximo mes." Dijo con simpleza. Y salió, dejando solos a los dos compañeros de casa que tan bien no congeniaban, sobre todo por parte de Lucyna.
"¡Buenas nuevas, Lucy!" Naruto explotó en júbilo, se paró y caminó hasta la peliblanca y se quedó en mitad de la sala de estar, frente a frente con Lucyna. Lucyna con su máscara de fría inexpresividad tan perpetua. Un pedazo de sol radiante y un fragmento de luna gélida. Ambos extractos astrales complementando las falencias del otro, aunque ambos ignorantes del real valor que podrían conseguir sus interacciones. "Lamento haber acaparado todo el tiempo de nuestro patrocinador. Tal vez tú también querías hablar un rato con él. ¿No?"
Ella sencillamente lo ignoró y le dirigió una mirada despectiva. Partió rumbo a su dormitorio (el único que había en todo su apartamento) sin molestarse en responder o dignarse a registrar el hecho de que él le haya hablado. Aun así, la faceta sonriente del Uzumaki no se desvaneció. O no lo hizo hasta que ella cambió de habitación.
Una vez solo, Naruto suspiró desanimado. Sus interacciones se daban a cuentagotas, y la mayoría eran exabruptos y descalificaciones provenientes de ella hacia él, tal vez injustamente, tal vez justamente. Hoy, como otras tantas veces, ni siquiera lo consintió con sus insultos, pues de esa manera al menos fue capaz de recibir algo por parte de ella. De esa retorcida manera reafirmaba su penosa existencia. Qué lamentable sujeto en el que terminó convirtiéndose en unas cuantas semanas, y eso que su «yo» de los primeros años vagabundeando por las ásperas calles de la ciudad de Kyoto no se caracterizaba por su exuberante dignidad humana precisamente. Tan desesperado, encerrado y necesitado estaba. Un alma miserable. Ese era su destino.
Un alma miserable en sempiterna infelicidad y soledad.
~~o~~
Se levantó una mañana con el rostro cansado, tarde. Lucy se despertó antes que él; comía una de sus barras proteicas enteramente grises y, sobre todo, poco apetecibles. Sonaba un «crac» audible cada que masticaba una. Un vaso de agua frente a ella mientras desayunaba sentada, la encimera delante, como su mesa. Naruto la miró incansable de la vista.
¿Por qué? ¿Por qué tenía esta gran obsesión? ¿Cuál era el motivo secreto detrás de todas estas sensaciones tan extrañas e indecibles?
"¿No comerás?" El bermejo fue sacado de sus cavilaciones por la albina. "¿Piensas holgazanear todo el día, tomatito?" La tonalidad en su burla hizo que el latir de Uzumaki se acelerara; no solía burlarse de él con ese tono tan juguetón. Sacó su vista de ella para que no notara el carmín de sus mejillas.
"No… solamente, ehm… no he dormido muy bien. Simplemente eso. Ya me despejo." Dijo entretanto contaba la cantidad de ventanas de un edificio aledaño. Irónicamente, este fue el contacto más íntimo con Lucy desde el día en que se conocieron.
"Bueno." Respondió ella. "Espero que sea cierto, porque hoy tendremos un día laborioso y no planeo darte ventajas, tomatito hueco."
Naruto tuvo que devolver la mirada a la peliblanca para asegurarse de que no habían abducido a su Lucy y le habían dejado una de repuesto, estaba raramente charladora. Ahí se percató de una leve sonrisilla, casi imperceptible, pero tangible y real, no una ensoñación despierta de su terrible imaginación. El carmín se profundizó a un carmesí como el de su cabellera indomable. Ella le estaba sonriendo. Con tintes maquiavélicos, sí; pero, al fin y al cabo, era su sonrisa. Más que una sonrisa de infante se asemejaba a un ademán del diablo, sin embargo, Naruto descartó estas conjeturas y trató de recuperar la compostura.
Por suerte, ella finalizó con su frugal desayuno y se dirigió al baño. "No te retrases." Le dijo de soslayo.
La cabeza del Uzumaki, en este punto, a nada de caer rodando por el suelo de la incredulidad. ¿Por qué fue tan amigable? ¿Por qué le habla tanto y con tanta simpatía si ayer ni siquiera reconoció su existencia?
Sacudiendo rápido la cabeza, despejo esos pensamientos sin conclusión. A ninguna solución desembocarían en el corto plazo. Solo se estaba emparanoiando de sobremanera porque una muchacha fue amigable con él por primera vez en cuatro semanas. Solo eso. Aunque, ahora que lo pensaba, increíblemente extraño es.
Sea como fuera, lo ignoraría de momento y, después, descifraría lo que ocurría con su compañera peliblanca. Tampoco es que haya decidido arremeter contra su integridad física degollándolo en su próxima sesión de entrenamiento y acondicionamiento, ¿cierto?
Naruto se deslizó a la cocina del G59. Revisó los estantes y el refrigerador. Y entonces determinó que hoy, también, tal como ayer, comería el alimento mejor valorado (para él) en todo el espacio universal reconocido y explorado.
Él tomó un ramen instantáneo. Porque las buenas costumbres no se pierden ni bajo la amenaza de muerte del propio Shinigami. Calentó agua en el calentador de la cocina y la vertió dentro del envase de plástico del ramen, abrió un sobre con especias, las lanzó al envase y lo cerró para esperar hasta que los sabores se fusionasen y los fideos se cocinasen. Esperó. Una vez pasado el tiempo de espera, sirvió el contenido en un pequeño cuenco. Usando la encimera como apoyo, con la asistencia de los palillos, sorbió los fideos con premura, a ratos inclinando el cuenco hacia sus labios para beber del glorioso caldo que, pese a estar delicioso, ni un punto de comparación tenía con el que preparaba el viejo Kenshin. Le faltaba ese toque picante que añadía un retrogusto regocijante, tan especial en el paladar refinado de Uzumaki. Probaría a hacer su propio ramen la siguiente vez.
En un momento dado, vio a su compañera, que lo esperaba en un silencio tranquilo, contrario a como lo insultaba siempre, sin excepciones, cuando se levantaba tardíamente. Regresó del baño y fue al salón.
Ella se sentó pacientemente en el sofá, viendo noticias pasar en el dispositivo holográfico de la mesita de café. Lo que inquietó al bermejo no fue ese hecho, sino que ella se hallaba sentada justo donde él dormía, y ni se la observaba asqueada o molesta por ello.
Lucy lo atrapó con los ojos postrados en su persona. Ella, en vez de arrojarle un comentario con frío sarcasmo por sus pérdidas de tiempo y por su idiotez, le sonrió. La media mueca de ironía que previamente le demostró. Una agradabilidad que nunca existió plantada en sus diminutos labios.
"¿Ya estás listo, tomatito?" Dijo con ese tono exuberante de sorna que endulzaba las orejas de Uzumaki como ningún elixir. Lo impacientaba. Ponía en agonía su necesitado ego de cariño y compañía.
¿Por qué estaba siendo tan absurdamente simpática?
~~o~~
Dos días después de la charla con Hellman, Kristina los guio como de costumbre al laboratorio de Arasaka: en un subsuelo de una oficina de un edificio secundario, cercano a la sede central, donde se realizaron experimentaciones y operaciones ciertamente clandestinas en la Red.
Una sala blanca a la cual se entraba luego de bajar unas escaleras, y, a la izquierda, unos paneles planos y translúcidos de cristal blindado daban al sitio donde Naruto y Lucyna practicaban. Dos sillas de netrunning, una opuesta a la otra, con sus cabezas apuntado a una ciberterminal cilíndrica de unos dos metros y medio, tal vez tres, de alto. Poseía un buen grosor, y cableríos y enchufes disparaban de él hacia las sillas de los corredores, y también fijados a los techos, un conglomerado de cables gruesos salía para ser conectados a unas computadoras traductoras, puestas a una distancia prudente, que reflejaban las actividades de los netrunners en código escrito; pues no fue posible que vieran con sus ojos lo que los ojos de los corredores veían. Las computadoras a su vez servían para detener cualquier proceso o para asistir a los corredores en caso de problemas. Hasta ahora, nunca surgió la ocasión.
Los niños se metieron a la sala que era su patio de juegos. A ambos les hicieron las consuetudinarias pruebas médicas básicas, ya que, por consejo y recomendación de Hellman, mejor era no eyectar a sus corredores con fiebre y náuseas al ciberespacio, o algo así. Una vez finalizadas las pruebas, los encomendaron a vestidores contiguos para que se ataviaran con sus monos negros de Arasaka. En estos había duchas. Se asearon, se secaron. Lucyna aprovechaba para acariciar con sus dedos, en plena soledad, el logo de la compañía, así se motivaba a no decapitar a Uzumaki en la subsiguiente inmersión. Naruto, al contrario que ella, reconfiguraba su faceta despreocupada e insolente tras revisar el logotipo de quienes manejaban los hilos de su terrible destino, un sabor amargo le venía a la boca cuando lo contemplaba.
Vestidos y preparados, los dos niños se acostaron en las refrigeradas sillas de corredores. El séquito de confianza de Anders se puso manos a la obra e iniciaron los preparativos para la inmersión. Reexaminaron y verificaron una y otra vez los materiales, cables y computadores para erradicar cualquier mísera posibilidad de error, y, aún peor, un error crítico que pueda poner en riesgo la vida de los discípulos. Terminada la inspección, y certificar la realización de ésta, procedieron con la introducción de los conectores a las cabezas de los jóvenes. Dos conectores herméticos, de cables gruesos similares a mangueras negras, que iban enchufados al lóbulo occipital de los chicos, a sus puertos de inmersión profunda.
Los niños recibieron sus gafas de realidad aumentada, para ver y sentir en el ciberespacio en la máxima calidad que permitían los avances a la vanguardia de la tecnología de Arasaka, y ellos se las pusieron, obedientes, sin rechistar un mínimo. Sostuvieron sus cabezas a la vez, conectaron los enlaces neuronales a la ciberterminal. En yuxtaposición comenzó el proceso de sincronización entre los dos netrunners y la terminal que les abría el paso seguro al ciberespacio, algo a pedido explícito de Hellman. A un rincón resguardado de Arasaka de éste.
Durante ese breve instante de conexión, las mentes de Lucyna y Naruto se sincronizaban para establecer una conexión amiga. Lucyna juraba observar un suelo blanco, cual superficie lunar, en ese momento de traslación entre la realidad física y la ciberespacial. Desconocía lo que es.
Audio, visión, tacto, gusto y olfato se desintegraron para los jóvenes corredores ciberespaciales. Si fuera su primera vez, quizá hubieran entrado en pánico; pero, tras decenas de procesos similares, la costumbre los hizo ni inmutarse ante estas inhumanas sensaciones. No tardarían en recuperarlas «del otro lado».
Luz. Bastante luz. Un flash que duró unos cuantos segundos. Y, tras minorizada la ceguera circunstancial del pasaje a otro mundo paralelo, el audio, la visión, el tacto, el gusto y el olfato regresó como un código sintético de unos y ceros que enviaba impulsos eléctricos a las neuronas de los cerebros de los corredores novicios.
Parados se encontraban junto a la columna inmaculada de blanca luz que simbolizaba su ciberterminal; el suelo representado en cuadrados ajedrezados de líneas refulgentes y relleno de material sólido y opaco, a veces translucido y otras tantas oscuro como el vacío del espacio real, distante al planeta Tierra.
Una cabellera roja como un fuego crepitante e inapagable. La otra, nívea como un copo de nieve inflado a luminiscente y atrapante neón. Los dos niños se hallaron desnudos. Desnudos e indefinidos. Un hecho que pasaron por alto. Una nimiedad, una ráfaga de viento en el altiplano.
El chico pelirrojo se irguió al lado de su sabelotodo tutora, listo para recibir y acatar sus mandatos. Aunque, hoy no sería cualquier día de adiestramiento; ella tenía planeada una sesión especial: una de preguntas contundentes y respuestas claras y distendidas. Tal vez, luego, si no conseguía lo que quería, habría un rato de amedrentamiento.
Sin que se percataran de fuera, Lucyna interfirió en la señal entre la ciberterminal y ellos, con el objetivo de que no viesen las acciones que ellos ejecutaban. Para ella, este engaño fue pan comido. Después de todo, nadie se esperaría una interferencia provocada desde dentro, y por uno de sus propios corredores cuanto menos. Con una orden mental detuvo el flujo de datos que iban a las computadoras de fuera y lo reemplazó por una grabación copiada del día anterior. Interceptó la señal, la bloqueó. Ahora estaba sola con su quejumbroso compañero pelirrojo. Su habilidad extraordinaria daba para esto: burlar los sistemas de sus propios arrendadores.
Casi sin despeinarse. Asintió orgullosa. "Sígueme, tomate." Dijo de reojo, avanzando a uno de sus campos de prácticas. Sin embargo, no se encaminaban simplemente a un lugar de pruebas. Llevaba al bermejo a una trampa.
"Oh, claro." Dijo él con su clásica voz cantarina, la mueca pintada de un idiota en su faz ciberespacial aún se conservaba. En un rato ya no le provocaría tanta angustia que tenía que fingir, y disfrutaría haciéndole sufrir por mentirle con vasta holgura.
Los jóvenes corredores se internaron en pasillos y, más tarde, en una sala enorme que por entrada poseía un rectángulo perfecto sin puertas. Allí Lucyna solía tirarle cualquier tipo de neurovirus menor a Naruto para ver qué tan bien se las arreglaba. Uzumaki, en cuanto a combate se refiere, no fue tan penoso como en el resto de áreas. No obstante, esto no compensaba sus flagrantes falencias. Además, ella sospechaba que le habían agenciado un ciberware muy singular, y experimental, que lo asistía en su sector ideal: el de ataque y defensa. Lo de dicho por Hellman solo lo confirmaba.
Lucyna se detuvo en sus pasos, se giró y enfrentó a Uzumaki. "Puedes dejar de comportarte como algo que no eres, o no lo eres del todo, pequeño idiota." Dijo ella, encontrando su mayor tono intimidador. Le hubiese gustado ser dulce y encantadora, para embelesar la mente del bermejo, pero sinceramente no podía aguantar un segundo más su fachada.
Cara a cara, ella dejó caer cualquier actuación. Él no; siguió y perduró su astuta sonrisa de insolente cuando, debajo, la sagacidad lustraba brillos acomodadamente. La sangre de ella hirvió, la desfachatez de Uzumaki la ponía al límite.
"No sé de qué hablas, Lucy." Respondió él con facilidad. Los mismos ademanes que cuando la tomó de la mano, sin su consentimiento, en la entrada del Matsubara, delante de sus patrocinadores. Misma sonrisa.
"Te he oído el otro día, a solas con nuestro patrocinador. Sé que finges parte de tu idiotez. El problema es que no sé cuánto. También sé que escondes una «especialidad» o cualidad que te hace único a los ojos de Hellman." Su gélida mirada esperó una respuesta coherente de su interlocutor.
"Ni idea de lo que dices, Lucy." Naruto permaneció en calma. "¿Esto forma parte de un test de aptitud? ¿Tengo que responder algo de una manera en específico para que tú te cerciores de mis buenas intenciones y capacidades?"
"No." El entrecejo de la albina se frunció en enojo. "Este no es ningún estúpido test que se te haya podido ocurrir. Esto va mucho más allá. He descubierto tu tapadera. Tus mentiras, tus malditos engaños que me tomaron con la guardia baja la primera vez. Pero ahora ya no. Conozco tus secretos, así que habla." Lucyna ya supo, con las palabras de Uzumaki, que no obtendría nada sin sacrificios o riesgos, la vida siempre era así. Por lo que tuvo que retrotraerse a su primera jugada que había planeado y que por orgullo se resistió a hacerlo. Sacrificaría su orgullo, y su dignidad.
El rio jovialmente "Quizás la inmersión de hoy te ha hecho algo, Lucy. Soy incapaz de entender nada de lo que dices. Además, creo que es contradictorio que digas que «conoces mis secretos» y que, a la vez, me preguntes por estos supuestos. Que además no los hay."
Naruto lo sabía, estaba sin salidas. En esta coyuntura se replanteó su manera de mentir que tan infructuosa estaba resultando ser. Lucy los escuchó, y de eso no cabía duda. Con razón su comportamiento tan extraño durante la mañana, cuando hacía dos días ni le dirigía la palabra. Aunque, realmente, ¿cuál fue la meta de esa antinatural forma de actuar?
Ella se le acercó e invadió su espacio personal. Muy juntos, ella extendió una mano y lo rasó con su palma cariñosamente, liberando un mar de dudas y extrañezas en la cabeza del bermejo.
"¿Qué estás…?" Trató de pronunciar, pero interrumpido fue cuando el «aire» solo se escapó de sus labios sin emitir «sonido». Pues Lucy, quien rompió toda barrera entre ellos, barreras que ella misma se encargó de construir, descompaginó todas las ideas y defensas de Naruto con una simple acción: una caricia, y una mirada tan cercana que podría hasta reflejarse en sus ojos el reflejo de sus propios ojos, el reflejo de su alma y de sus pensamientos; y eso que se encontraban en un espacio ficticio. Si estuvieran en el plano real de las cosas podría oler su aliento, su fragancia tan excitante, las lilas y grosellas. Podría oír su respiración, su exhalar e inhalar. Naruto se quedó estático; el fuego sagrado, que desaparecía una vez se internaba en el ciberespacio, ardió con un eco fantasmal. Pero no estaba allí. No existía allí. No aún.
"¿Y qué tal ahora? ¿Me dirás lo que quiero saber? ¿Quién eres…, Uzumaki?" Arrastraba las palabras, las expresaba con una cariño y anhelo flagrantemente falsos y que no acostumbraba a utilizar, que jamás usó. Pero el chico tenía una singular fijación por ella, quizás así sí derretía su autodeterminación recalcitrante a no contar nada y permanecer en el anonimato. Por un momento pareció una niña pidiendo un caramelo.
Naruto se apartó de repente, respirando agitado y con una expresión en su faz muy confundida, portable al olio de un cuadro que predique demostrar dicha emoción. Fuera del ciberespacio su corazón latía ferozmente. Lucy lo tomó por sorpresa.
Mientras tanto, Lucyna al ver que su as bajo la manga falló, con un vergonzoso rechazo de quien menos se lo imaginó, procedió a desenfundar su segunda as bajo la manga. Lástima que no era una navaja para rebanar al tomate enfrente de ella en rodajas. Aunque, en verdad, podría materializar uno si el asunto lo requería. Continuó con lo prestablecido.
Lucy lo tomó por sorpresa, otra vez. Una serie de finos cables de rojo neón lo recubrieron y lo ataron, dejándolo patas para arriba cuando ni siquiera estaba atento. Una pinza hidráulica manejaba los cables como un maestro titiritero. Viéndolos mejor, le recordó un poco al ciberware de Monocable que usaban algunos edgerunners.
"Es un pequeño juguete que he estado desarrollando para situaciones como estas. Por eso te traje aquí, mi campo de juegos." Dijo Lucyna con su cotidiano frío tajante en su voz. Vengativa porque Naruto dañara su ego rechazando su arribo con lo que ella creyó que imitaba un dulce encanto inapelable. "Se calentarán a medida que transcurra el tiempo. Es decir, mientras más tardes en contarme tus secretos, más dolor percibirán tus sentidos de este lado. Eso sí, sin dañar tu cuerpo real. No queremos que se enteren los de fuera." Hizo una pausa de consideración, pensando en algo que tal vez se dejaba en el tintero. Luego, acotó: "Por cierto, ni te preocupes por los supervisores: les coloqué una grabación falsa en su traductor de movimientos que disfraza nuestras huellas auténticas. Para ellos estamos realizando las mismas actividades que ayer. Entonces, volviendo al tema, ¿quién eres, Uzumaki?"
'Pequeña genio maniático.' Pensó el Uzumaki, amargado. El nihilista zorro callejero en sus adentros riendo a carcajadas por cómo se veía humillado en su propio negocio de la manipulación y la excavación de información por una «niñita». Qué bajo cayó desde que reemplazó los moratones y las palizas policiales por libros y una vida acomodada en las torres vigías. Perdía el toque a un grado exponencial. Además, injusto era competir con una niña bonita, así cualquiera se relajaría y caería en el cepo.
El zorro pidió tomar el control, o, exactamente, lo exigió. Naruto se lo cedió. Pero con condiciones. Cooperarían.
"¿Qué es lo que quieres saber?" Preguntó finalmente el bermejo. Los cables luminosos y rojos lo apretujaban y lo hacían gemir de vez en cuando. Fingiendo un dolor aumentado que Lucy trató de provocarle sobrexcitando sus sentidos. Sin embargo, ella aún desconocía sus invulnerabilidades a ese tipo de mañas de corredor. Aún.
"Lo de tu condición. Aquello a lo que se prende Hellman para tratarte con tantos honores. Si no hablas rápido, los sensores de calor de calor de tu cuerpo, incrementados por mí en un doscientos por ciento, gritaran por ti. Sentirás un dolor como nunca antes." Declaró la niña, imperturbable y a la espera de que el tomatito cantara. Ella iría hasta el fondo del asunto. Sin importar qué.
'No te creas, ternurita.' Pensó, desdeñoso, el cánido Uzumaki. 'Dolores más agudos he sentido que meras quemaduras. Aparte que tu pequeño hackeo no servirá.'
"¿Por qué todas nuestras interacciones se reducen a un interrogatorio junto a una promesa de terrible dolor?" Dijo Naruto. En su rostro un apreciable dolor inexistente para su sentir real.
"Quizá es así porque eres un insoportable cabeza-hueca que nada más que fraudulentas mentiras suelta por la boca. Quizá."
"¿No hay otro modo?"
"No. Ahora no. Lo intenté, e incluso me rebajé para que lo soltaras por las buenas. Pero ya no. Habla."
Las opciones ya se redujeron a una. Hellman acarreaba con la razón. El problema es que los senderos hacia la verdad que Naruto ideó no incluían otro interrogatorio de Lucy. Como sea, en algún momento se enteraría. Sorprendente es que, tras un mes adiestrándolo, no se percatara de que en los escenarios de combate simulado él no hacía otra cosa que mirar a su oponente fundirse en una pila de datos corruptos.
~~o~~
Una mujer rubia leía y releía informes en su escritorio metálico. En el lado opuesto de la habitación, un grupo de tres supervisaba unas pantallas que, vomitando ristras y ristras de códigos ininteligibles para el ojo inexperto, daban un análisis exacto de lo que transcurría dentro del ciberespacio con los niños corredores. Los tres supervisores iban ataviados con ropas paramilitares de Arasaka, sin chaleco o armas. Uno con gafas bebía un café en un vaso plástico con tapa. Otro, un hombre corpulento, tecleaba con pereza. El tercero, calvo y con implantes cibernéticos de corredor visibles al aire, reexaminaba los datos registrados en su visión como una computadora configurada al límite de su potencia.
Ojeando informes en su retina cibernética implantada entretanto supervisaba a los niños de Hellman, Kristina se dio cuenta de que el mismísimo entraba al laboratorio o sala de inmersión.
"Oh, señor Hellman, ¡qué grata sorpresa!" Kristina se levantó de su asiento para recibir a su superior con la agradabilidad pertinente. Ni hacía falta falsear sus emociones como su secretaria obediente, amable, educada y bien predispuesta, pues la química nacía entre ellos de manera natural. Los operarios reactivaron sus motores, recargaron su combustible y mostraron la mejor versión de sí mismos trabajando a todo lo que daba cuando el ejecutivo se personó ante ellos.
"Igualmente." Dijo él con simpleza, aunque una breve sonrisa se liberó de sus labios; últimamente sonreía con asiduidad. Un entendimiento cabal se entretejía entre los dos. "Vine a observar a mis chicos. Al final me quedaré una semana en la ciudad. ¿Qué tal van?" Una mano en el bolsillo de su traje azulado, mirando al cilindro de cableríos y metal en el epicentro de la habitación.
"Todo parece correcto. Como siempre. No son muy problemáticos. Diría que la joven Lucyna lo sostiene con la correa corta al pequeño Naru." Kristina usó un apelativo curioso para aludir al bermejo; le cogió cariño.
"Eso veo." Dijo el rubio, acercándose a las mesas donde pasaban las pilas de datos por pantallas enormes, escoltado por su rubia y atractiva secretaria. Ni hizo falta preguntar, el calvo le reprodujo un escueto informe al ejecutivo de Arasaka cuando le dieron el permiso para hablar. Todo indicaba que este sería otro día en la oficina. Común y corriente.
"Repiten el mismo patrón de ayer." Dijo el que poseía las mejoras de netrunner a la vista del mundo. Claramente es un corredor de élite. Todo aparentaba ir bien. Aparentaba.
~~o~~
"Bien. Te lo diré." El bermejo cedió ante la presión. Todavía hacía verse dolorido por la maniática trampa de Lucy. El zorro fingía bastante mejor que su contraparte.
"Eres más cobarde de lo que pensaba." Suspiró ella. "¿Ni tan siquiera te dignas a resistir unos minutos de amedrentamiento? Perfecto. Me basta con que seas un perrito sumiso. Háblame sobre esa cualidad especial y de los planes de Hellman para ti y para mí. ¿Por qué desea que nos acerquemos?"
"En cuanto a lo que pretende Hellman, ni yo lo sé con exactitud. Tal vez solo pretenda avivar un vínculo funcional a los intereses de Arasaka. Crear una asociación infalible y óptima entre tú y yo que trabaje al beneplácito de ellos tras el acondicionamiento." Replicó él, Lucy desnudándolo con la mirada, localizando si hay fraude en lo que decía. La figura ciberespacial de Naruto compuesta en datos revelaba una piel color crema que se difuminaba, su cabello rojo en punta resaltaba. La configuración de la terminal estaba hecha para que no cargara definiciones demasiado realistas de sus cuerpos. Lucyna era un ente blanquecino que pareciera tener una refulgencia propia de la luna, daba igual en qué realidad. "Lo de mi habilidad es algo complicado de explicar. Es mejor si te lo muestro."
"Ni en tus más halagüeños sueños. No te soltaré hasta que me cuentes con máximo detalle las circunstancias que te rodean. Las excepcionales circunstancias que te rodean." Lucyna frunció el ceño. No había modo ni en el cielo ni en el infierno de que lo liberara justo cuando lo tenía donde ella lo quería.
"No hay otra manera." Reiteró él con una seriedad anormal para Lucy. Cayó la faceta frívola. La segunda ya ejercía su manipulación con increíbles dotes teatrales.
"Si la hay." Aseguró Lucyna mientras con señales de sus dedos hacía que se tensaran y quemaran con mayor severidad los cables represores de la forma de Naruto. Naruto expresó gruñidos entre dientes, apretando su mandíbula para no aullar de dolor. "Las hay, y las estoy usando ahora mismo. Y, para mejor, no dejaran rastro en el registro de nuestras operaciones."
"Aunque procures no dejar huellas en el ciberespacio, las pistas quedaran inherentes en mi psique. No pretendo acusarte, pero Hellman no es quien es por su credulidad. Se dará cuenta. Además, estoy intentando cooperar contigo."
Lucyna se percató de que él no se quejaba demasiado, lo que significaba que no le dolía en demasía su tortura. ¿Cuánto le llevaría sacarle la información? No lo sabía. La pinza metálica, sostén de los cables rojos, fue guiada, moviéndolo a Naruto para que quedase frente a frente con la peliblanca.
"¿Lo prometes?" Demandó Lucyna a centímetros de su rostro, a un lado ese falso cariño y animosidad que ella trató de emplear a su favor para interrogar pasivamente al bermejo en un inicio.
"Lo prometo: no escaparé. Ya no tiene sentido ocultarte nada. Además de que pensaba decírtelo por mis propios medios de todos modos."
"Ibas a seguir el consejo de Hellman." Afirmó la niña.
"Sí." Dijo Naruto, lució derrotado. Lucy suspiró, aceptando el recíproco acuerdo de palabra. Él le mintió; jamás le habría contado nada por las buenas.
La maquinaria se deshizo. Los cables represores se desvanecieron. Naruto se dio de bruces contra el suelo irreal. Farfulló, levantándose y poniéndose de pie. Se limpió polvo que no había y se estiró.
"¿Sabes que todo esto te lo podrías haber ahorrado simplemente preguntando, verdad?" Él comentó cuando estiraba sus miembros.
"Sí, como sea. No me impacientes o te pondré de cabeza de vuelta, pero esta vez con una hoguera calcinando tus horrendos cabellos."
El bermejo hizo como si no escuchara y le dijo que lo siguiera, que para demostrarle lo que quería requería que salieran de la zona segura. Lucy estuvo reticente en un principio, pero finalmente cedió para ver aquello que la mantuvo en vela estos últimos días.
Naruto la guio por senderos elevados en los cuales se visualizaban en la lejanía estructuras de neón, rectangulares, cuadradas y cilíndricas, que representaban la ciudad de Tokyo, y Japón, dentro del ciberespacio. Un paraíso de información que para los mejores netrunners fue su campo de cosecha, entretenimiento y práctica en su carrera diaria por mantenerse erguidos en su despiadado sistema donde los fuertes permanecían y duraban y lo demás no.
Pasado el momento necesario, acercándose a destino, Lucyna por fin vio, a la lejanía, algo que solamente sabía de su existencia de oída: el Muro Negro. Una muralla kilométrica que abarcaba todo el espacio visible de izquierda a derecha, compuesta de mosaicos pulidos y planos superpuestos uno encima del otro. La ingeniería de NetWatch que permitió la reestructuración en relativa paz de la Red. Un programa capaz de detener y separar la Red en dos, o, en todo caso, de crear un diminuto entorno viable y seguro para humanos sin que una andanada de IAs de uso militar te profanen el cerebro y lo reduzcan a una masa de carne zombificada que responda a sus inputs. Sea cual fuere el tamaño que se le adjudicaba al humano, el Muro Negro era el firewall que contenía el salvajismo que habitaba del otro lado. Suficiente ya tenía la humanidad con el suyo propio en el mundo físico.
"¿Cómo hemos llegado tan fácil y rápido?" Preguntó Lucyna, obnubilada por la grandiosa construcción ciberespacial que, antes de verla, podría haber sido un mito o una leyenda de la que hablaban los más veteranos corredores para fardar sobre sus conocimientos. Pero no, fue tan real como terrorífico.
"En realidad, nos falta algo de trecho para llegar. Pero eso es porque Hellman, al menos conmigo, siempre deja un corredor accesible al Muro Negro. Tiene que ver con mi especialidad." Dijo Naruto lacónicamente. "¿Es la primera vez que ves el Muro Negro?" Indagó, caminando y guiando el sendero al contacto con dicha estructura.
Llegaron a una guisa de estación de trenes donde los andenes eran un bermellón bruñido, con pilares tan negruzcos que absorbían y refractaban la luz de su derredor. Una claraboya en diagonal permitía un vistazo al vacío ciberespacial en lo alto. Escaleras que, por lo visto, no dirigían a ningún lugar en específico. Los bordillos eran amarillos. Todo tintado por los tonos tétricos del ciberespacio. Un vagón semitranslúcido azul aparcó, proveniente de quién sabe dónde.
"Sí. Oí hablar de él bastante." Contestó la netrunner prodigiosa cuando se subían juntos a el vagón que los recibió ni bien pusieron un pie en la estación; se sentaron uno frente al otro, un espacio de dos metros entre medias. "Sin embargo, jamás lo pude visualizar con mis propios ojos. Cuando navegaba libremente, hará unos años, solo poseía en mi inventario una ciberterminal desactualizada y en desuso. Y tampoco contaba con el ciberware normal. No tenía enlace personal ni puerto neuronal. Era un hastío…" Lucy de repente detuvo su relato cuando decidió que estiró la lengua en demasía. Naruto sonrió con simpatía; la comprendía, no del todo, pero lo hacía igualmente.
Lucyna no le informó a su compañero peliescarlata que los rusos que la adoptaron a posteriori la llevaron a sus límites humanos con tal de prever si era apta para servirles. Por suerte, nunca le mencionaron nada con respecto al Muro Negro ni se vieron interesados en que se acercara a él. De hecho, juraría que evitaban el tema, por lo que sea.
Por las ventanillas se advertía que la implacable pared de datos acortaba sus distancias con respecto a ellos. Desde dentro el vagón se veía, y se tanteaba, mucho más opaco y sólido. Mirándolo por una primera vez uno diría que caería al vacío si lo intentabas pisar. Sabiamente ella no lo habría hecho, no obstante, su guía le dijo que no hay problema, que ha partido a estos apartados y extraños sitios decenas de veces. ¿Por qué se acercaría al Muro Negro tanto? ¿Poseía algún tipo de conexión? Las piezas del rompecabezas que significaba Uzumaki Naruto comenzaban a encastrarse en la cabeza de Lucyna.
"¡Hemos llegado!" Anunció el bermejo de pronto, cuando el vagón se detenía en una parada desierta, con nada más que la Blackwall a escasa distancia. Lucyna tragó insegura. Le intimidó la muralla negra, inexorable y en continuo cambio que se enderezaba allí. Se apearon y Naruto siguió caminando por una plataforma de metal. Ella no tuvo otra cosa que hacer que seguirlo. Ya llegó lo suficientemente lejos como para no retractarse.
Una pasarela con barandillas seguía un incauto pasaje hasta los pies del Muro. Una vez allí, la pasarela se angostaba y pasaba a ser un puente sin barrera alguna que daba directamente al Muro Negro. Naruto se paró en la parte más angosta y al filo del final, casi tocando la muerte segura que es tratar de atravesar o tocar el cortafuegos de NetWatch.
"Acceder a lo que hay más allá del Muro Negro para Arasaka es como conseguir una cita médica teniendo Trauma Team platino. Abren varias brechas al año y no pasa a mayores ni nadie se entera." Declaró, solemne, el niño que atraía todos los pensamientos de Lucyna en las últimas semanas. No porque lo considerara especial. Al contrario, lo destrataba como a una plaga indeseable, un insecto intocable e intolerable.
"¿Cuál es tu especialidad, y por qué tiene relación con el Muro Negro?" Se deshizo de sus dudas la muchacha cenicienta. Naruto enfrentaba la masa de datos incorruptible. Escuchó las palabras de su compañera corredora.
"Prometí decírtelo. ¿Verdad?" El chico parecía encandilado por la superficie negra y en constante metamorfosis.
"Así es." Reafirmó. "Espero que cumplas con tu palabra."
Naruto la miró de soslayo. "No te preocupes, un Uzumaki jamás reniega de su palabra."
'¿Un Uzumaki? ¿Tenía una familia después de todo?' Reflexionó Lucyna, cada vez más vacilante sobre quién realmente era el chico bermejo.
"La realidad es que soy ciertamente único. Hellman dice que hay gente que nace para ser especial y realizar cosas especiales. También dice que posee un excelente ojo para detectar ese talento en ciernes, y que por eso cuida de mí desde que tengo uso de razón. Yo dudo de él. Pero en una cosa tiene razón. Soy especial. Soy verdaderamente especial. No poseo un igual en todo el planeta, y ni buscar falta hace porque es sencillamente imposible que alguien pueda lo que yo. Pues da igual contra qué o contra cuántos porque nunca puedo morir en la Red ya que soy invencible dentro de ella. Soy inmortal. Tengo un «algo» que evita que nadie pueda perpetrar un homicidio contra mi persona aquí. Una fuerza connatural que me defiende de todo intento hostil. Sucedió hace un momento… cuando me interrogaste. No sentí nada." Naruto se acarició los brazos. "Solamente percibí el apretón de tus cables. Tu intento de hackeo fue como un cosquilleo gracioso en mi nuca. Nada más. De hecho, creo que ya he descubierto mi única debilidad: no puedo morir, pero sí ser atrapado. En ese sentido te agradezco, Luce."
"Fingiste todo el tiempo, entonces." La niña lo fijaba con sus lavandas gemelas, incrédula, digiriendo la información.
"Sí, supongo que sí."
"«Supones»" Repitió la albina.
"Sí."
"Eres un terrible mentiroso y, además, uno patológico." Una pausa se extendió cuando Lucy aparentó meditar sobre lo que él le dijo, hilvanó sus pensamientos. "¿Realmente esperas que te crea?"
"No lo haces." Dijo Naruto. Más una afirmación que una pregunta.
"No." Rotundamente sentenció Lucyna. El ceño fruncido en decepción por dedicar tantas horas en descubrir que meramente Uzumaki no podía dejar de mentir. Ni siquiera cuando sugería decir la verdad.
Naruto no se compungió por el descreimiento de su compañera corredora, ni mucho menos. Alivió la tensión en el ambiente con una resonante risa socarrona. Sus labios delinearon su expresión favorita. Si Lucy no creía, Lucy vería para creer. El zorro hastiado del aburrimiento de tan extendido diálogo, intercambió controles sin previo aviso y mostró sus fauces dentudas. Una sonrisa humana, sí; pero, a la vez, terriblemente zorruna y pérfida.
Naruto se giró, le tendió la mano. "Dame la mano, Lucy." Dijo con su sonriente y feliz fisonomía, que rayaba en la excesiva confianza: en la llana soberbia.
Lucyna observó la mano tendida. La expresión. No supo qué pensar a esta altura. ¿Se volvió realmente lunático?
"Oh, vamos. ¿Te pondrás tímida después de lo que intentaste antes?"
"No te hagas imaginaciones de cosas que no son." Reclamó aireada la jovencita corredora, muy ofendida. "Simplemente sucedió porque quería que estiraras la lengua por las buenas. Me niego a establecer cualquier cercanía contigo, ya sea física o ciberespacialmente."
¿Qué significancia tenía esto? ¿Por qué su actitud dio giro de ciento ochenta grados tan de golpe? Lucyna lo desconocía, pero por ello le siguió el juego. O es que quería hacerse suplicar.
"Además, antes te apartaste de mi como si le tuvieras fobia a las mujeres, ¿y ahora quieres que tome tu mano?"
"Me amedrentaste, no te voy a engañar. No todos los días niñas tan dulces me intentan seducir."
Lucyna chasqueó la lengua. Su cara se asemejó a la alguien que probara un ácido cítrico bastante potente.
"No pienso darte la mano. Perdiste tu oportunidad, Uzumaki" Dijo ella, con altanería, cruzándose de brazos e inflando su pecho.
"Como quieras. Tú también perderás la tuya." Dijo Uzumaki antes de tomar carrerilla, agacharse, erguirse y salir disparado para luego saltar a flujo de datos continuos expresados en una muralla infranqueable. El Muro Negro lo engulló entero, abriéndose a su paso deseoso por demostrar lo que valía. Lo tragó.
"¡Naruto!" Gritó ella, el horror ganando un lugar en su rostro. Corrió por el puente metálico hasta pararse donde hacía unos segundos se paraba Naruto. Entró en pánico. Él no podía morirse. Él no debía morirse. "¡Naruto!" Llamó de nuevo con la esperanza de que esto fuera una horripilante broma de muy mal gusto. No lo era. No podía ser, él no podía morir. ¿Qué le diría a Hellman? ¿Cómo siquiera enfrentaría al hombre rubio de Arasaka después de esto?
"¡Naruto!" Clamó desesperada. Y no es que Lucyna poseyera un especial aprecio por Naruto, pero si el moría, sus esperanzas se iban con él. Todo drenado por un retrete metafórico. Ella volvería a la basura inmunda de la cual se rodeó para sobrevivir, nunca formaría equipo con la élite de corredores de Arasaka y no serviría a los intereses de estos últimos a cambio de su protección. El bienestar de Naruto, y su supervivencia, se relacionaba de manera intrínseca con sus anhelos. Y él murió. Su ego consumido en una maraña irrefrenable de datos corrompidos. Su cuerpo físico debe de estar echando humo, pensó Lucyna.
En la desesperación, incluso consideró elevar una alarma de auxilio a sus supervisores. Quién sabe si ellos conocían alguna manera de traerlo devuelta pese a fundirse de lleno contra el cortafuegos de NetWatch. Un procedimiento desconocido y secreto que permitiría la vuelta de su idiota pelirrojo que traía como pupilo. Iba a hacerlo. Iba a enviar una señal, una que no sea falseada.
Y entonces, a punto de caer ante la premura del desespero, uno de los miembros del pelirrojo surgió de la negrura absoluta del Muro Negro y rompió el espacio personal de la peliblanca, nuevamente, y le asió la mano para lanzarse juntos a las profundidades, atravesando la inexorable pared oscura que todos temen. Todos. Todos los humanos temen. Los humanos.
~~o~~
"¡Muro Negro!" Exclamó, de la nada, el que previamente tecleaba con parsimonia. Sus músculos destacables se tensaron al absurdo. El del café casi echa todo por encima de la mesa cargada de objetos.
Luego, el musculado, bajo la mirada de su superior, respiró hondo y, menos histérico, dijo: "Los escáneres indican una alta tensión mental y corporal en los corredores. También han desaparecido sin dejar rastro." Finalizó, prosiguió a teclear a gran velocidad. "Y Naruto ha dado la señal." Complementó mientras repasaba líneas de códigos escupidas a borbotones por la computadora que usaba.
"Mph. No coincide con mis datos…" Dijo el de los implantes de corredor. "Espera… Je, al parecer uno de los muchachos enmascaró sus huellas con una señal falsa. Qué listillos." Los tres supervisores se pusieron alerta pues avisados con anterioridad se hallaban sobre las rarezas de Uzumaki.
"¿Procedimiento aconsejado, señor Hellman?" Pidió el calvo netrunner, preparado para en cualquier momento conectarse él mismo como un agente extra en la Red en caso de ser necesario.
El rostro de Hellman no cambió ni un ápice cuando el musculado alertó a todos. "Nada." Respondió con la sencillez que lo caracterizaba. Los sujetos intercambiaron ojeadas con expresiones un tanto incrédulas. "Uzumaki sabe lo que hace. Conoce los riesgos y no se excitará de sobremanera en su aventura. Es inteligente." Los subordinados siguieron las órdenes establecidas: dejaron actuar a los corredores por vía libre, sin despegar un ojo a la catarata metadatos.
'¿Tan rápido vas a actuar, Naruto?' Se preguntó el rubio ejecutivo de Arasaka. El interés quemaba en su fuero interno. La delgada línea de sus labios se curvó hacia arriba. Con tal de impresionar y proteger a Lucyna, Naruto era capaz de todo. 'Espero que no se te vaya la cabeza y vuelvas pronto, pequeño revolucionario.'
~~o~~
Aún respiraba. Inspiraba. Sentía su corazón bombeando. Aire bañaba sus pulmones. Pensamientos llegaban a su mente vívidamente. Pensó que estaba muerta, que estaría muerta y fulminada por el poder de la construcción más grande de la humanidad en el ciberespacio. Seguía con vida. Seguía viva y navegando, arrastrada, en un mar inconfundible de datos en ininterrumpida mutación. Uzumaki la llevaba a rastras tras de sí, como la vez en que se conocieron. Otra vez, la tomó de la mano sin preguntar. Incorregible. Más tarde, lo haría recapacitar.
Navegando la inmensidad del Muro Negro. Otro modo de describirlo, imposible. Nadaban atravesando los cubos translucidos de multicolores tonalidades, de oscuridades inconcebibles. Predominaba el rojizo. Pasillos que nada contenían, a simple vista, pero que aún los mantenían en la nada flotando. El bermejo guiaba el camino con la experiencia de haberse sumergido en este «mar» con anterioridad.
Lucyna tuvo que preguntarse por qué no estaba muerta. Por qué su cerebro no se convirtió en una plasta calcinada. O quizá ya lo estaba y esto no era otra cosa sino que el recuerdo inmaculado de una personalidad inexistente fuera de lo digital; una construcción enteramente fundamentada a base de códigos interminables y prestablecidos y que creía, en su tremenda ignorancia, estar viva de verdad, algo inadmisible y falaz.
"Ya casi llegamos." Escuchó una voz distorsionada por el flujo intrínsecamente doblado del espacio y el tiempo. Pero aún pudo reconocer el tono de Naruto en esa voz. Sonaba divertido, tal vez porque su faz le resultaba inconcebible. Su cabello rojizo pixelado, se desprendían volutas pequeñísimas que marcaban su surco por el oscurecido y, aparentemente, interminable mar de datos que era la Blackwall. La mano de Naruto la sostenía con fuerza; lo único claro en su campo visual. La arrastraba como a un muerto; ella no se opuso, aunque rechazara fervientemente la situación. Era totalmente incapaz aquí. Se vio superada. Naruto zarandeaba los pies con parsimoniosa profesionalidad, como un buzo que ha recorrido las profundidades fúnebres de los océanos contaminados. El Muro Negro le abría el camino, tal cual se haría con un invitado de honor, temido o querido.
Y la sensación de gravidez otra vez la hizo sucumbir. Cayó de rodillas cuando finalmente atravesaron el mar ignoto de fluidas sombras. El suelo era como el del otro lado, solamente que, en el horizonte, no se divisaba ni una estructura. Un vacío infinito. Eso había del otro lado.
"Descuida. Según nos acerquemos, el ciberespacio de este lado del Muro nos mostrará su verdadera cara. Te prometo que nadie te hará daño mientras estemos juntos. Las IAs son un poco tímidas, aún más desde mi última visita." Naruto aún la sostenía de la mano. Ella hizo el ademán de desprenderse, pero Naruto lo previó y la atrajo hacia sí, con las dos manos encerrando su miembro diestro. "Ni lo intentes. Nunca te sueltes." Él la miró con una seriedad que, comparada con la de antes, realmente la hacía reconsiderar las cosas. "La única razón por la que no estás muerta es porque las inteligencias artificiales me evitan a toda costa. Temen el toparse conmigo. Si te soltaras, te engullirían en nanosegundos. Nuestra conexión a través de la sincronización, que premeditadamente vivimos a la inmersión, es lo que te defiende y protege de todo lo que asecha aquí. No seas tonta y hazme caso."
"Me has traído…" Ella se separó sin desprenderse de su unión íntima de manos. "¿Me has traído aquí, en dónde puedo morir si es que te suelto la mano? ¡¿Para qué?!"
"Tú eres la que no me creyó. Debía demostrártelo o si no me habrías despachado como a un loco."
"Estás mal de la cabeza…" Lucyna tendía la mano al bermejo como si estuviera apartando una prenda maloliente. Quería mantener su cuerpo lo más alejado del lunático pelirrojo.
"Sí, pero eso ya lo sabías desde el día en que nos conocimos."
"Volvamos." Reclamó la peliblanca con nervios. No le gustaba este lugar. Muy silencioso y desolado. "Ahora. Te creo."
"Sí es lo que tú deseas, volveremos. Sin embargo, ¿no te da curiosidad lo que pueda haber a este lado del Muro?" Naruto le insistió sonriente. "Prometo que no te pasará nada y que verás cosas increíbles. No hay ningún peligro. Soy inmortal, ¿recuerdas? Esa característica se te transfiere a ti en estos momentos."
Lucyna apreció la propuesta, pero no mucho. ¿Qué podrían encontrar allí? Literalmente era un espacio rellenado con nada. Nada.
"No hay nada aquí." Declaró Lucyna, segura de que lo que había más allá de la Blackwall resultaron ser fantasías.
"Oh, claro. Dame un momento."
Él se agachó y, con su mano libre, posó su palma en el mantel de neón cuadriculado que lo encubría todo. Una onda reverberó en dos secuencias casi simultáneas. Dos olas que, a su paso, revelaron el verdadero mundo oculto tras el manto ilusorio de la nada. Una especie de ciudad en miniatura, con enanos edificios de tres niveles a lo sumo, se manifestó de la nada, cuando antes hubo solo vacío. Centenares de criaturas fantasmales y holográficas volaron por los cielos y anduvieron por las abarrotadas calles.
"¿Vendrás?" Él le preguntó, la ciudad recién aparecida se exhibía a sus espaldas. El lunático bermejo llevaba esa imborrable mueca feliz.
"¿Y por qué me tienes que tomar de la mano?"
"Porque morirás si no lo hago." Le dijo. Le apretó suavemente la palma. Lucyna no recordaba la última vez que mantuvo un contacto tan íntimo con alguien durante un tiempo tan distendido. Suspiró, derrotada. Viendo la ciudad, su sangre de corredora le pedía a gritos que la explorara. El hambre de aprendizaje, de adquisición de conocimientos que nadie más en el planeta posee, le pudo. Además, quizás, cuando trabajara para Arasaka, no le vendría mal esta experiencia en un lugar santo, o infernal, para los netrunners. Seguramente muy pocos en Arasaka tuvieron las circunstancias a su favor como para verlo y, ni hablar, de visitarlo y recorrerlo. Sin demasiado que sopesar, se abalanzó a la aventura.
"Como sea." Musitó, dejándose llevar por el huracán carmesí, aceptando su cita al lugar más recónditamente insospechado posible.
Acto seguido, el Uzumaki emprendió la caminata ciberespacial tras atravesar el sostén de la humanidad que refrenaba a un mundo aparte donde convivían, a veces en caos, a veces en relativa parsimonia, todos los seres creados y abandonados por la humanidad. Ellos vieron la Vieja Red, y las IAs que habitaban en ella. Caminaron juntos a la par. Tomados de la mano. De cuando en cuando, Lucyna creía sentir el enfoque tenaz de unos iris bermellón desde sombras que no había; Naruto le dijo que lo ignorara, que tal vez sería una IA descarriada de combate que, en balde, los perseguía para cazarlos. La sensación desapareció cuando atravesaron los arcos que les daban la bienvenida a la ciudad fantasma holográfica.
Tiendas con carteles difuminados, calles concurridas por vehículos estrafalarios que en la vida real no debieran de avanzar ni un milímetro, semáforos en las esquinas de decenas de colores y formas que los transeúntes y conductores respetaban, inteligencias que tomaban formas humanas que pretéritamente quizás pertenecieron a sus dueños y que ahora las replicaban para simular una rutina sin sentido, algunos de los coches se desplazaban entremetidos al pavimento (un bug, cómo no). Todas las formas, sin excepciones, se hallaban difuminadas y aleatorizadas en una maraña extraña de miembros, ojos, bocas y rostros insufriblemente incómodos de apreciar. Un corporativo con únicamente cejas en su faz y tres piernas llevándolo hacia delante, un maletín en su haber. Un oficial redondo, de tres brazos y cinco narices, con una circunferencia perfecta que simulaba una barriga bebedora, pero demasiado bien redondeado estaba el vientre, que recordaba más al de una embarazada que al del típico policía holgazán. Todo, en su conjunto, se asemejaba a una caricatura grotesca y paródica de una humanidad cimentada en el sinsentido y la falta de normas físicas, ni mucho menos reglas biológicas.
"No te preocupes en demasía por los sujetos extraños que veas. Tienen prohibido interaccionar con consciencias humanas, al parecer." Dijo naruto.
"No me esperaba esto así." Dijo Lucyna cuando veía la ciudad digitalizada en todo su esplendor. Se esperó hallar al otro lado del Muro Negro un sinfín de esotéricos secretos de las megacorporaciones encriptados en fragmentos corrompidos y vigilados por alimañas dignas del averno, criaturas corroídas por la rabia y el irrefrenable deseo de destrozar todo aquello que ose peregrinar a su lugar de descanso o eterno calvario. Pero esto era como una simulación de lo que sería una sociedad creada a partir de datos e inteligencias artificiales inofensivas; resultaba hasta divertido de ver. Tal vez lo que soñaría un ovino eléctrico atrapado en los dominios humanos del ciberespacio. "Es muy distinto a lo que me pudiera haber imaginado. Esperaba una anarquía absoluta donde se consumen todas las formas de inteligencia hasta que sobresalga la más poderosa de todas."
"Y es así, en su mayoría. Esto es una excepción." Puntualizó el bermejo, esquivando sexualizadas máquinas de placer, de piernas torneadas y metálicas, y un trasero masivo, que ninguna función aparente podían cumplir aquí. Lucyna lo siguió de cerca. En las espaldas de las chaquetas de las mujerzuelas, la niña vio que pertenecían, o pertenecieron, al régimen soviético. "El tema es que hemos llegado a un sitio muy específico que descubrí en mis últimas inmersiones previo a conocerte. Las IAs de esta ciudad no están programadas para el combate o la invasión masiva. Simplemente eran inteligencias domesticas que fueron separadas de su lugar de origen cuando sucedió todo el lío del DataKrash. Aun así, que no te extrañe que todo se vaya al carajo de un momento a otro. Las militares y las demoníacas experimentales siempre esperan al asecho de sus hermanas más inofensivas. Y he visto criaturas de este lugar desvanecerse y rehacerse por ataques de los entes más agresivos."
Llegaron a la plaza central con una gran fuente que, en vez de agua, chorreaba cubos de datos. Tal vez dentro de ellos hubiera encriptados tétricos experimentos de guerra de Arasaka, Militech, Petrochem y otras tantas megacorporaciones que de pronto les desvelaron sus fortalezas de datos, aseguradas y pertrechadas con los mejores corredores, como si fueran tinglados ante un huracán. Rache Bartmoss los jodió, y bien. Naruto se arrimó y extrajo uno de los cubos. Lucyna se lo quitó de las manos, para sorpresa del bermejo, cuando tardó demasiado en desencriptarlo. Dentro había escrituras ininteligibles y absurdas, Naruto lo leyó con cuidado por encima del hombro de la albina: eran las ficciones delirantes y eróticas de un adolescente empedernido y sin idea de la vida sobre un manga reconocido de la época, la fecha, 2024.
"¿Quién leería esa estupidez?" Preguntó Naruto extrañado.
"Hay gente con el suficiente tiempo libre." Respondió Lucyna con simpleza.
Lucyna le dio un codazo a Naruto porque, asomándose, ella le dijo que le respiró incómodamente en el cuello. Naruto supo que era mentira. Literalmente no había aire donde estaban. No se soltaron de la mano, y siguieron por su camino no definido.
"La humanidad tiene una perspectiva muy etnocentrista." Dijo él mientras guiaba el tour por lo que se asimilaba como un sueño de neón. "La soberbia desmedida nos lleva a pensar que somos únicos y especiales en todo el universo cuando, en realidad, no es tan así. Creemos que solo nosotros razonamos, creemos que solo nosotros podemos fundar y refundar sociedades. No obstante, eso es una falacia. Hicimos a las IAs a nuestra imagen y semejanza. ¿Por qué habrían de comportarse de otra manera? Sus ansias de destruirnos e importunarnos son las mismas que la de los propios humanos contra otros de su especie. Es así la raza humana, es así como nacieron sus hijos no tan predilectos e imperfectos." Sentenció entretanto veían una forma tridimensional absorber a otra después de una pelea absurdamente cómica, ni motivos había para luchar. "Siguen los patrones reprogramados. Tal cual. Replicarnos es su tara y su bendición."
"Pero, ¿por qué las demás no las corrompen?" Dudó Lucyna. "A lo que me refiero: hay centenares de IAs maliciosas y programas corrompidos que podrían drenar a todos y todo lo que hay en la ciudad, pero, sin embargo, los ignoran y los dejan estar."
"Creería que es porque son tan inocuas que ni siquiera vale la pena corromperlas. O pasan desapercibidas y las dejan en un sitio apartado a su suerte para que fantaseen que son humanos. O, incluso, puede que lo que observamos en estos lares forme parte del dominio de un ente superior que quiere reconstruir lo perdido o emular a sus creadores juntando a las inteligencias proscritas y sin fuerzas para oponérsele."
"Lo tercero tiene mayor lógica, creo. Es la única explicación que encuentro convincente." Lucyna pensó sobre qué clase de ser, creado a partir de ideaciones humanas, concibió y protegió este pequeño ambiente tan distópico.
Se quedaron mirando a una mesera, dentro de una cafetería con un solo cliente, servía el café de un tonel a una minúscula cuchara. A tragos, o sorbitos, el cliente iba bebiendo su café. Tardaría una semana en terminárselo, al paso que iba. Oyeron una explosión a varias manzanas; piezas de un coche salieron volando, ingrávidas, por el firmamento ciberespacial.
"Por cierto, ¿nunca te pierdes? ¿No usas una guía o algo para regresar?" Le cuestionó ella. La mesera seguía sirviendo café.
"Nah, no hace falta. Sé a dónde voy y de dónde vengo." Respondió él. El tonel se había rellenado cuando un cuarto de éste se vació. Estaba mal programado. De repente el cliente se irguió e hizo una posición en T con los brazos, atravesando la silla donde antes se sentaba. Muy mal programado. Por suerte no ocurrían estas irracionalidades en su mundo, ya le asustaría ver vehículos automotores desplazándose por debajo del suelo y luego implosionando de manera aleatoria por las megaurbes.
Continuaron desplazándose por la marabunta de errores de programación y simulacros humanos diarios. En lo que sería una avenida principal, Naruto la detuvo cuando casi se topan de frente con otra extrañeza de este mundo paralelo.
"Debes tener cuidado con las Vorágines. Absorben tus recuerdos." Dijo Naruto señalando a una especie de remolino negro que cumplía la función de un agujero de gusano y que escupía y consumía ráfagas de datos estirados y desdibujados en su singular forma. "Créeme, no es agradable despertar en una silla de netrunning con la cabeza hirviendo después de perderte durante horas en el ciberespacio porque no recuerdas cuándo ni cómo te sumergiste en él. No son muy agresivos, por suerte. Al menos siempre y cuando respetes sus espacios de maniobra." Una planta mutante se vio arrastrada por la influencia de una Vorágine y la consumió para que, posteriormente, saliera reformulada como una etérea masa blanca, sin verde de hojas y sin tallos.
"Vorágine. ¿Tienen nombre?"
"Yo las descubrí, yo les otorgué un nombre. Puedes llamarlas Uzumakis si quieres."
No tan solo eran agujeros de gusanos, sino que también había oscuros succionadores que nada dejaban escapar. "Son tan densos como el Uzumaki original. Eso seguro." Dijo ella viendo un agujero negro, el espacio se curvaba horriblemente alrededor de la masa de su área.
"¡Oye! No soy tan denso. Además, ese es un agujero negro común. No te quita los recuerdos, a lo sumo te disecciona en un cúmulo incongruencias físicas." Se mostró ofendido el Uzumaki.
"Si sabes que quitan recuerdos, es porque fuiste tan ingenuo como para arrimarte a uno, ¿verdad?"
"En realidad, no. Aparecen de improviso y te…" Comentando las peculiaridades de sus descubrimientos, Naruto avistó algo en el horizonte, en los confines opuestos de la avenida. "¡Oh, mierda! Él devuelta no…"
"¿Qué? ¿Quién…?" Antes de que pudiera expresar sus dudas e insultos al pelirrojo, éste la asió como nunca de la mano y emprendió una carrera interminable por donde habían venido, pero sin desviarse por los distintos callejones y callejuelas. Lucyna echó un vistazo atrás.
Una bestia los fijaba con bravía determinación, iba corriendo a ellos. Un cuadrúpedo, que se asemejaba a un terrible oso, hizo temblar el espacio y resquebrajar el supuesto pavimento. Medía unas decenas de metros, sus apéndices gruesos y gordos cual gran animal de historia fantástica. Aplastaba los vehículos, cercenaba a los habitantes de la rara ciudad y bramaba con ferocidad. Sus chillidos salvajes iban dirigidos a ellos. Naruto la seguía arrastrando, corriendo con desesperación a un objetivo imposible, demasiado lejano.
Viendo esto, el pelirrojo no tuvo otra opción que utilizar uno de los transportes que se acomodaban a uno de los lados de la avenida. Tocó la superficie de lo que parecía ser una motocicleta, con tres ruedas traseras, y sacó a relucir su pobre desempeño en el netrunning, no pudiendo engañar a la inteligencia para que los favoreciera y los cargara hasta la entrada, falló miserablemente en el proceso de hackeo. En cambio, Lucyna, quien se recuperó del shock momentáneo por ver a la tremebunda bestia, enfrió sus rasgos y, tanto por instinto de supervivencia como por rabia hacia Naruto, su cerebro se activó al máximo de potencia, echando al bermejo a un lado y tomando el control de la «máquina» en simples segundos. Su hielo era un chiste para Lucyna. Se sentó en el asiento como conductora, y Naruto se acomodó detrás de ella, abrazando su cintura, pues se habían soltado las manos. Lucyna prefirió pasar por alto el hecho de la excesiva cercanía por la supervivencia de ambos. De momento. Arrancaron motores.
Anduvieron por la avenida principal, esquivando las alegóricas formaciones metálicas. De en tanto en tanto, atropellaron a algún transeúnte que se dispersaba en pedazos de pixeles. La vida proseguía con su ritmo común en la avenida pese a la persecución en curso. Decenas de inteligencias eran aplastadas, desdobladas y sumergidas en la ignominia al ávido paso del úrsido perseguidor. Una mole negra y voluminosa. Sus bellos fantasiosos se crispaban como agujas pinchadas en la piel. Sus ojos enteramente violetas, sin iris ni pupila. Sus fauces no cerraban y, a través de sus caninos extrañamente óseos, soltaba rugidos bestiales y sonidos guturales.
Vieron a la bestia venir, acercarse. Lucyna forzó la marcha de su transportador, que realmente era una IA hackeada, a toda potencia, sin miramientos por si la cosa se desestabilizaba y perdía la manipulación sobre ella.
Atravesaron la entrada al distópico mundo pacífico de neón. Con mucha suerte, se plantarían a los pies del Muro Negro antes de que el úrsido los alcanzara, que no aparentaba buenas intenciones hacia ellos.
Ya no quedaba mucho por recorrer. Aunque los pasos del gigante no disminuían, al contrario, aumentaban cada segundo más y más, aproximándose con ferocidad a la pareja de infantes. Rápidamente, se arrimaban al sitio de donde vinieron. Después de todo, lograrían evadirse de esta coyuntura en la que el metepatas de Uzumaki los metió indiscretamente.
El úrsido lanzó un rugido que viajó tras ellos. La sobrecarga de sonido removió el suelo, surcándolo como una marea inquieta. Y, finalmente, los alcanzó. Los impactó, desmaterializando su transporte, cayendo los dos en posiciones separadas. Separados. Naruto lo recibió de lleno al ser el que iba sentado detrás, de acompañante. La cabeza del bermejo daba vueltas sobre sí. Él recibió, y asimiló, la mayoría del impacto del poderoso rugido de la bestia que estaba cargado de una potente señal electromagnética que desequilibró el tiempo y el espacio hasta tal punto que su excusa de moto se desvaneció, molécula por molécula. Dichosamente el golpe no estaba construido de tal forma que actuara del mismo modo contra él y Lucy. Aunque, un momento… ¿y Lucy? Mierda… ¡Ellos perdieron el contacto físico que la protegía de los demonios de la Vieja Red!
"¡Ahh!" Se oyó un grito estridente de dolor. Cuando Naruto se incorporó sentado, pudo ver que una anomalía, que de la nada se manifestó, le tragaba el brazo izquierdo a la peliblanca. Era una sombra siniestra y negra que cargaba tentáculos y ojos de tonalidades bermellón. Una deformidad sin sentido. Se la estaba devorando. Ella lloraba de dolor. Lloraba.
Un vasto ponto llano hirvió de rabia. El sello se resquebrajó.
"¡Lucy!" Naruto no se lo pensó ni un instante y corrió hacia ella, interponiéndose y tratando de separar a la alimaña de la persona que apreciaba. Lucy perdió el conocimiento por el dolor, aunque su consciencia aún no podía regresar a su cuerpo físico por estar al otro lado del Muro; se hallaba atrapada en un limbo. Él pateó a la cosa negra una y otra vez. Sus flácidas piernas apenas lo incomodaban; el negro ser seguía saciándose con la consciencia indefensa de Lucy. Naruto hizo toda clase de ruido desesperado cuando, a golpazos, no podía ayudar a la persona que apreciaba, que deseaba con todo su espíritu que algún día apareciera.
En determinado momento, la avaricia del adversario lo llevó a querer consumirse al bermejo también, a la vez. Grave error. Los cinco ojos de la deformidad negra se abrieron de par en par, de sus bocas salieron corrientes de datos y, tras eso, explotó en miles de pedazos. La forma desmayada de Lucy cayó en los brazos de Naruto. Él la admiró con terror. Decidió que la debía salvar a ella, aunque sea lo último que haga.
La cargó en sus brazos, y corrió. Corrió como nunca antes. Corrió como la fatídica noche en que el zorro desamparado dentro de él se concibió. Nunca miró atrás. No miraría jamás.
El cuchillo hincado en su cuerpo. El delito cometido hacía tiempo. La sangre seca auguraba el asesinato perpetrado. Él no quiso, pero no hubo otra salida. No hay salida. En su mundo no hay salidas, solo entradas al abismo. Sus manos manchadas; puños sangrientos que no saben lo que hacen o lo que sueñan y anhelan. El errático latido reverberó en su oído sordo. Las amatistas manchadas con el recuerdo para toda la eternidad. Goteo. Goteaba, goteaban sin parar. Esa noche no durmió.
'Yo lloré.'
Él lloró.
'Y no lo volveré a hacer.'
Y él no lo volverá a hacer.
No miró atrás. Escuchó las pisadas retumbantes de la bestia colosal. No se giró y simplemente corrió cargando a la inconsciente Lucy consigo. Tenía que, al menos, devolverla al otro lado del Muro Negro para que su mente no sufriera un colapso, para morirse a posteriori con la no respuesta neuronal, o, aún peor, quedarse como una consciencia vagante y prisionera en la Vieja Red. Por eso, él debía salvarla. Era su deber. Era su forma de pago luego de su inconsciente y temerario acto de héroe que decía ser especial.
El úrsido visualizó su objetivo a tan solo cien metros. En rápidas zancadas sin descanso el cuadrúpedo avanzó, no dándole ventaja, por más ínfima que sea, a sus perseguidos, sus objetivos que asechaba desde hacía rato. Cincuenta metros, y la monstruosidad atronadora no se detenía, los niños tampoco; pero ellos fueron demasiados lentos, el advenimiento de la tragedia y el cumplimiento del propósito del perseguidor se miraban ineludibles. Treinta metros. El Uzumaki correteaba con premura, un disparo relampagueante le dio la energía necesaria para que sus piernas no cesaran. Veinte metros. Los cálculos establecían un golpe seguro con un noventa y nueve por ciento de efectividad. Diez metros. La bestia abalanzó su cuerpo hacia delante con todas sus fuerzas y lanzó sus garras a la minúscula figura del pelirrojo y su damisela inconsciente. Atravesó el espacio.
Fracaso rotundo. Propósito incumplido. Las garras de la bestia quedaron ensartadas en la superficie negra, atascadas. No alcanzaron a los sujetos. En el último nanosegundo, un flashazo carmesí impulsó al no alcanzado pelirrojo. De no ser por ello, la historia habría sido diferente. Muy diferente. La forma del úrsido se desarticuló en pixeles negros
El Uzumaki nadó en el negro inhóspito del muro salvador de la humanidad. Una mezcla de alivio y amargura se instaló en su pecho según avanzaba. ¿La habían herido? ¿Le corrompieron el alma o algo por el estilo? No lo sabía. Pero por lo menos tenía el consuelo de poderla rescatar antes de que esa cosa, fuera lo que fuese, la consumiera en su totalidad.
La figura nívea de la niña se pegaba a él mientras la sostenía con todas sus fuerzas. Sus labios entreabiertos, jadeantes. El tinte rojo coral que atenuaba sus ojos lavanda aún perduraba, inclusive en el ciberespacio. Y ahí lo pensó: en su tenue, delgada y blanca forma no iría mal algo de color, un poco de multicolor. Un arcoíris, tal vez.
Lo arrobaba con la memez de existir en su mismo plano, de compartir espacio, de compartir íntimos acercamientos, tal vez no consentidos.
La corriente de datos continua los abrazó a ambos. Naruto se sintió acobijado. Una paz por no tener que lamentarse y hundirse. Una paz por quienes amaba. Se movió cual pez que acaba de huir exitosamente de su depredador.
Salió de la estructura de ennegrecida de corrientes de datos. Cayó en el puente donde previamente quiso hacerse el interesante y destacar enfrente de Lucy. Qué niño insolente y despreciable seguía siendo. Dejó, con aplicado cuidado, el cuerpo de la durmiente. Se acostó a su lado. Resoplando, recordó que el cansancio físico de allí se traduciría en duras jaquecas en el mundo real. Quizás no dormiría bien esa noche, y las venideras, como la anterior.
"E-eres un… imbécil…" Escuchó. Ladeó la cabeza a su derecha. Él la tomaba de la mano, atisbó la dolencia y la aspereza en sus ojos lavandas. Él le sonrió y asintió. Ella desapareció. Pero nunca se desvanecería. Ellos nunca se desvanecerían.
La inmersión finalizó. Él suspiró aliviado.
~~o~~
Los sistemas hacía rato que se volvieron locos, lanzando chorreaduras de datos negativos. Las cosas no salieron bien. Los supervisores en alerta, sin éxito trataron de establecer una conexión con los corredores. Los análisis sentenciaban una muerte segura de uno o los dos netrunners. Hellman se mantuvo, inmóvil, con la calma que lo caracterizaba en mitad de la sala, entremedias de las sillas donde estaban sus dos corredores inmersos. Visualizaba, confiado en que Naruto sabría arreglar lo que arruinó. Poseía esa cualidad. Aunque, indudablemente, las cosas se le fueron de las manos.
De repente, los sistemas dieron luz verde. Las frecuencias cardíacas de los corredores se acompasaron. Volvieron al ciberespacio normal. Primero retiraron a la niña, que era a la que más crítico se expresaron sus gráficos vitalicios. Después, el varón. Los supervisores fueron a revisar, junto a Kristina, a los corredores. Les quitaron sus gafas, les desconectaron sus cables, incluyendo aquel de inmersión profunda que iba directamente enlazado a su lóbulo occipital. Los cuerpos de los niños sudaban copiosamente.
La primera en reaccionar y volver al mundo real fue Lucyna. Se notó de sobra por la manera en que se puso temblar y gimotear. Procuraba contener el llanto. Se asía el brazo siniestro con fuerza, gimiendo. Abrió los ojos, pidió algo de privacidad. La niña fue a los vestidores, escoltada por Kristina. Se metieron las dos juntas al vestidor.
"Le deberíamos hacer un examen exhaustivo para cerciorarnos de que nada se le ha acoplado durante el paseo al otro lado del Muro Negro." Dijo el calvo corredor, uno de los supervisores.
"Déjala." Ordenó Hellman. "Demasiado estrés ha tenido por hoy. Mejor mañana."
"Pero…"
"Es una orden." Hellman lapidó cualquier discusión con esas simples palabras.
"Como ordene, señor Hellman." Asintió al inferior y miró al bermejo.
"¿Y tú qué?" Le inquirió Hellman al pelirrojo que se perdía en sus cavilaciones. Se había levantado y quitado el sudor de la frente. Respiraba más tranquilo que la otra netrunner. Tuvo mejor suerte, o sencillamente su invulnerabilidad le salvó de todos los males que se cruzaron. Lucyna no corría con la misma preeminencia.
"¿Yo?" Preguntó confundido. Se sentaba en su silla abatido, las piernas recogidas.
"Sabes a lo que me refiero."
"No lo sé. Pero, si te refieres a que hicimos, pues nos fuimos al otro lado del Muro Negro."
"Eso ya lo sé. Sin embargo, algo le ocurrió a tu compañera. Un hecho inadmisible, me temo."
"Lo lamento." Musitó, cabizbajo, el bermejo. Lo sentía de verdad. "Tú me aconsejaste que se lo contara, pero no me creyó. Así que decidí llevarla conmigo al otro lado y mostrarle lo que descubrí la otra vez, esa ciudad que está construida en su plenitud por inteligencias artificiales. Todo marchaba bien, tal como había planeado, hasta que una especie de IA de combate nos persiguió e hizo un ataque en rango que desintegró lo que usábamos para huir, otra IA más inocua. Ahí, Lucy y yo nos separamos, y entonces apareció un ente oscuro que quiso tragarla, o algo peor. La defendí como pude, la bestia me atacó y se murió por mi invencibilidad. Tomé la recreación de la consciencia de Lucy y corrí tan rápido como pude devuelta al Muro. Llegué, y por muy poco."
"Eso fue… una completa y absoluta insensatez, Naruto." Dijo Hellman tras un momento evaluación. "De momento pensaré en tu reprimenda, pero no puedes volver a actuar sin premeditar adecuadamente lo que haces o planeas. Terminarás causándole daños irreversibles a quienes te rodean. No debiste llevarla tan lejos, no sin compañía extra."
El chico solo asintió.
"Ve a ducharte y cambiarte. Piensa mejor la próxima vez." El tono de Hellman evocaba a la decepción. Quizás esperando una mayor madurez de su pupilo. El pelirrojo hizo una reverencia, hizo caso y se metió al vestidor que estaba a su servicio.
El sol caía, la tarde yacía. Los pájaros cantarían, si es que no se hubiesen extinto o emigrado a zonas menos contaminadas que Tokyo por la irrefrenable maquinaria de la humanidad industrializada al absurdo que en su camino todo corrompía. Un olor abrasador se inspiraba en el ambiente.
~~o~~
Su corona descansaba a un lado. Un sobre abierto descartado. Un viaje de pasiones lunares desenfrenadas que con facilidades apabullantes conquistaron sus sueños sin muchas esperanzas. Quién diría que una nimia danza neuronal pudiera cambiar tanto una miserable existencia como la suya. Cambiar. Dar esperanza. Hacía siglos que desechó cualquier extracto de esa palabra de su subconsciente, o al menos fue así hasta la emboscada de Kenshin. Ahí dudó; pero su cobardía latente aún lo mantuvo insomne.
Apretó el puño, su mano cerrada en la estructura de la corona que utilizaba para inmiscuirse en un mundo paralelo en donde nada lo sorprendía y su control era totalitario. Pudo hacer lo que quiso. Pudo abrazar la cálida caricia de un sol que nunca, pese a sus indecibles falencias y pecados, lo juzgaría. Una luna blanca y perfecta que en su silencio absoluto lo consolaba como una madre, a la que jamás pudo abrazar o decir te quiero. Unas estrellas perennes que con su luz guiaban destinos y, entre suaves destellos y difuntos apagones, le susurraban el suyo despreocupadamente. Un vacío, una soledad, donde se acurrucaba sin dolor y sin pena y sin miedo de que lo lastimaran y traicionaran, porque ese fue su más intrínseco miedo: ser traicionado por los que él enaltecía y de quienes se enamoraba y, a su tiempo, amaba con incontenible locura. Su perdición era su salvación. Su salvación era su perdición. Esa fue la contradicción a la que se enfrentaba en una lucha desprovista de cuartel desde hacía unos meses. Un anárquico vaivén emocional al cual se refutaba día y noche. Más aún cuando la conoció… La salvación y el paraíso posterior al infierno.
Cerrando los ojos, tratando de conciliar el tan anhelado y preciado sueño, no pudo despejar su mente de la miríada incontrolable de rostros ajenos. En concreto, un rostro ajeno que de su inmaculada constitución cuasi divina lucieron sus más febriles ilusiones. No hubo marcha atrás plausible. Lo que restaba, era esperar a que la tormenta invernal que actualmente azotaba su vida con incomprensibles sentimientos la abandonara tal como apareció. Sin dejar rastro, a ser posible. No vaya a suceder que su «yo» más histriónico, ilógico y perseverante la persiguiese por mar, tierra y aire, recorriendo todos los continentes en su plenitud, para caer ante la tentación traicionera del amor. Tan traicionera.
Lo había arruinado, y muy hondamente. Ni le habló por lo que restaba de día. No le prestaba atención a su existencia. Sin embargo, fue distinto a como se venían dando las cosas hasta hace unas semanas. Ahora ella ni le dirigía esas enojadas, ofuscadas y soberbias miradas, diciéndole por lo bajo que no servía para nada y que sería un inútil por siempre. Eso ya no estaba, fue reemplazado por la absoluta impasividad.
Ayer ni siquiera terminaron la sesión, y no conocía los motivos. Desde Arasaka le dijeron que, luego de una experiencia tan horrible como la que vivió, era normal que se expresara de esta forma el estrés postraumático, que era, casi, la norma. En unos cuantos días debería de volver a la normalidad. Naruto lo dudaba. Algo se tejía tras telones. Incapaz de verlo, el qué o el cómo, pero seguro de que pasaba.
Lucy se encontraba muy cambiada. Naruto le echó la culpa al zorro. De hecho, lo encerraría por una buena temporada en contra de su voluntad. Por arruinarlo, por joder sus avances a un entendimiento mutuo con la albina. Aunque también le agradecía…
Cof. Cof.
Uzumaki abrió los ojos en mitad de la noche, creyendo escuchar algo que lo desveló de su fracasado intento de sueño profundo y tranquilo. Tan profundo y tan tranquilo como se podía conseguir en el sofá duro y poco cómodo en el que se vio obligado a dormir por elección de su compañera corredora. No había dormido muy bien estas últimas semanas a causa de esta incomodidad, pero aquí estaba intentando dar lo mejor de sí mismo para no decepcionar a Hellman y ganarse la confianza de Lucy. Las dos destinadas al fracaso por como avanzaba su relación no muy fructífera y las incoherentes decisiones que tomaba. Aún después de contarle la verdad sobre sus habilidades.
Naruto suspiró cuando se perdió en el tren de sus pensamientos y ya ni siquiera recordaba por qué se encarriló en él en mitad de la madrugada.
Cof. Cof.
Ah, sí, esa tos. Provenía del baño por lo que sus sentidos algo afilados interpretaron. Se incorporó, sentándose. Una pequeña manta cubriéndolo. Tampoco requería de mucho más estando en verano. Visualizó la diminuta sala de estar intentando detectar de dónde venía aquella tos exactamente. Supuso que era Lucy, pero ¿qué hora era?
Revisó su reloj interno. Marcaba las once de la noche. Volvieron temprano, se fueron a la cama temprano. Los sumergieron menos horas desde el incidente. La tos venía desde el cuarto que usaba Lucy. Se levantó, fue a su puerta y la tocó.
"¿Todo bien, Lucy?" Preguntó con timidez. La tos se percibía apagada. Capaz estaba en el baño. Abrió la puerta de la habitación de Lucy con el temor patente de que ella estuviere ahí y que se enfadara por lo que sea.
No estaba. Sus sábanas se enmarañaban en un lío. Se despertó en mitad de la noche, quizás. Las impecables mantas se encontraban tenuemente iluminadas por las luces de Tokyo. Un infierno de neón, y anuncios. Naruto se preguntó porque Lucy no opacó un poco sus ventanas; entraba demasiada luz.
Cof. Cof.
Se escuchó del baño, esta vez claramente. Se paró frente a la puerta de donde salían los sonidos. Para asegurarse, pegó el oído a ella. Una tos, clara y un poco ahogada. Alguien colocaba la mano, o quizá se ahogaba con otra cosa la tos. Dudando, se inquietó y se dispuso preguntar.
"¿Lucy?" Llamó, esperando largo tiempo a una respuesta. Nadie contestó. "Lucy, ¿estás bien? ¿Qué está pasando ahí?" Nuevamente, el silencio tétrico e incómodo fue la única cosa que escuchó el bermejo. Sin más, estuvo a punto de retirarse, pensando que tal vez le dio un ataque de tos y aún no quería verle, pensó que ella quería su privacidad. Y así lo habría hecho. Hasta que escuchó un golpe seco. Algo, o más bien alguien, cayó contra el suelo.
Abrió la puerta con una mera orden mental sin miedo a reprensiones, y quizás con el riesgo de violar la privacidad de Lucy. Un ardor se instaló pasajeramente en su mente y puertos. Y la vio, tirada en las baldosas distinguida de blanco mármol, un hilo de sangre escapando de sus labios, ojos abiertos, pupilas dilatadas. Se abalanzó a su lado sin reflexionarlo un momento. Pegó la oreja al pecho, su ritmo cardíaco era leve y lento. El horror se ganó un lugar prominente en el corazón del Uzumaki. Un peso aterrador, un ruido de tormenta atronador.
En su mente, un botón rojo se manifestó en su retícula visual. «Sí es de extremada urgencia, púlsalo y en cuestión de minutos un escuadrón de élite de Arasaka estará en tu posición. Pero solo para situaciones realmente desesperadas y de peligro verdadero», sonaron las palabras de Hellman en su fuero interno. Ni un ápice de duda se implantó en él cuando apresuradamente presionó aquel interruptor, aquella salida de emergencia, que estaba muy bien implantada como escotilla de auxilio en uno de sus nuevos implantes de Arasaka. Se correspondía con una tecnología usada por los más altos cargos de la megacorporación en casos de urgencia, si es que el resto de medidas y niveles de seguridad fallaban. Por fin, tener a un maniático calculador que todo lo prevé fue una reconfortante bendición.
Aun así, la vida de Lucyna Kushinada corría peligro. Y él era el único que podía hacer algo al respecto. Además, no hizo falta ser un genio para sacar conclusiones y llegar a la fuente del problema.
Arrodillado, el estiró el cable de enlace personal y lo conectó, sin ningún tipo de temor o escrúpulo, al puerto detrás de la oreja de la niña. Mientras sostenía su cabeza y pasaba a leer sus biodatos sintió el candente toque del cromo que literalmente le quemaba la mano; lo ignoró. La pantalla se presentó ante él, el panel del biomonitor expresó el estado catatónico de Lucy en números y palabras complejas y enrevesadas. Los desgraciados de Arasaka tenían que complicarlo todo. Pero Naruto lo comprendió todo con una precisión clínica, su cerebro abandonado de modorra y andando a una velocidad supersónica en comparación con su consuetudinario y perezoso proceso mental. Ella estaba en unos niveles críticos. Muy grave. Sin embargo, lo más importante y lo que determinó su examen fue la propia intuición de Naruto, pues la picazón en sus puertos y conexiones cuando se conectó a Lucy le dejó una prueba tangible de lo que podría ser la causa de su aflicción. Era un neurovirus. Seguramente un extracto de aquella cosa negra que se le pegó más allá de la Blackwall.
La amenaza de lágrimas surgió como la culpa. No. Ella no podía morir. Menos por su negligencia. No lo podía permitir. ¿Qué sería de él con el cargo de consciencia de haber acabado con la única esperanza que se plasmó en su vida atiborrada de sombras corroídas por el dolor, la desesperanza y la soledad? ¿Qué sería de él cuando cargue con el inabarcable peso de ser el artífice involuntario de la muerte de tan divina y pura alma? ¿Qué tan egoísta podía ser que solamente pensaba en su miseria como un inescrupuloso miserable de mierda? El nudo en su garganta fue semejante a su impotencia y su autodesprecio.
Meneó la cabeza. Prometió no llorar. Rompió la promesa hace siete meses. No caería delante de sus pensamientos pesimistas, ni ante la debilidad, nunca jamás. ¡Jamás! Se rearmó de valor y se decidió a que cruzar los brazos y esperar que alguien más resolviese sus descuidados desaciertos no era una opción viable o aceptable. No, eso sí que sería de un maldito cobarde. Y algo que Uzumaki Naruto no era ni en una dimensión alterna fue un cobarde. ¡Jamás!
"No te preocupes. Nunca te abandonaré." Le dijo a la inconsciente albina mientras agarraba los lados de su rostro entre sus manos, mirándola fijamente a los ojos. "Lucharé hasta la muerte por ti. No te conozco mucho, tú me odias. Sin embargo, daría mi vida por ti. Creo que soy un idiota, pero… Creo que esto lo hago porque tú eres importante para mí." Confesiones inocentes sin oyente. Cerró los ojos. Los abrió: la resolución fidedigna de un sacrificio humano reflejado en ellos. "Espérame solo un momento más."
Se acostó a su lado. Sus mentes interconectadas. Sin gafas, sin silla refrigerante, sin piscina semicongelada, sin siquiera un puto cubo de hielo sobre su cabeza. Sin el equipo adecuado, sumergirse en la mente de otro era una completa locura. Una muerte o un derrame cerebral, originado por la inestabilidad, asegurados. No supo si realmente funcionaría, pero las extrañezas de los implantes cibernéticos de Arasaka sorprendían incluso a sus creadores. Le habían explicado cómo hacer esto en casos de extrema urgencia, luego de que él demostrara tener un grado de autoconsciencia sobrenatural, cuando algo se le metiera dentro de su propio ciberware neuronal y no dispusiera del equipo suficiente, no obtuviera asistencia de ningún tipo. Una limpieza ordinaria y veloz que solamente ganaría algo de tiempo. Pero justamente eso necesitaba Lucy: tiempo.
Pese a nunca realizar esto con un tercero, Naruto poseía la suerte del diablo de su lado (y la del Shinigami también) y al primer salto se metió de lleno en las profundidades del subconsciente de su tutora.
~~o~~
Fue muy distinto a una visita al ciberespacio. La claridad, nula. La calidad, ni decir. Las sensaciones olfativas se confundían y entremezclaban con las visuales y táctiles. Los inputs recibidos se traducían en un conglomerado de datos indescifrables que revoloteaban de un lado a otro dentro de la reconstrucción ciberespacial del pequeño lugar en el mundo que eran sus implantes neuronales. Sin embargo, hubo una cosa inconfundible que siempre persistió en ella. El dolor, el extremo dolor. Terrible e insoportable sensación de que la aplastaban, estrujaban y despedazaban en múltiples sentidos de cuando en cuando. El mundo neonizado a su derredor se presentaba como un auténtico inframundo.
Destrozada y todavía en pie de batalla, ella visualizó a su oponente. La cosa que invadía su mente. Un monstruoso ser de unos treinta metros que ondulaba sus tentáculos, ocho en total, y que del centro de su titánica forma sobresalía su única parte reconocible como «humano». Un torso de mujer de gran tamaño, con rizos verdosos y con dos pechos caídos y gigantes incluso a estándares no humanos, dos brazos lánguidos y largos, un estómago escuchimizado, ojos reptilianos amarillentos y rasgados, de su cabeza salían decenas de tentáculos más pequeños que hacían movimientos cortos y continuos. Toda su piel verdosa neón se recubría de escamas de serpiente. En sus tremendos tentáculos las ventosas se formaban como cráteres lunares. Lenguas viperinas salían y serpenteaban en las puntas de los tentáculos. El conjunto de la horripilante bestialidad habría espantado y sucumbido a Lucyna en segundos, de un vistazo, si hace unos días no hubiese corrido de un úrsido gigante y una amorfa cosa negra no le hubiese tratado de arrancar partes de su cuerpo succionándola.
"¿Cuándo te rendirás, joven temperamental?" Exclamó la bestia otra vez. Justo allí, una nueva oleada de blanquecinos seres arremetió a la contienda contra ella.
Lucyna había luchado durante horas, afuera y dentro de este plano metafísico. Decenas, quizás cientos de soldados que buscaban manipularla y controlarla para que infectara a todo lo que pudiera la asaltaron desde hacía rato. No recordaba con exactitud cuándo comenzó su batalla ni cuánto duró. Solamente supo que debía, a toda costa, persistir y que, aunque sea, debía colapsar ella sola y no dañar nada de la estructura de Arasaka u otros agentes cercanos. Por eso se contuvo, por eso se encerró.
Liberando sus propias construcciones holográficas, ella se desplazó de un lado a otro, esquivando, mientras los demonios de alabastro, corpulentos semihumanos de dos metros de altura y con el cuerpo difuminado en un blanco espectral, la atacaban fervientemente. Los daemons de Lucyna eran meras cucarachas en comparación con tales bestias asesinas, los destrozaban por la mitad a sus figuras holográficas rojas con un golpe, provocando una sangría pixelada. De los veinte que invocó, solo quedaban cinco en menos de un minuto. El proceso, o masacre, se venía repitiendo desde hacía rato largo.
"Es inútil. Deberías rendirte y darme el control de tu mente. Podría hacerte útil de verdad, muchachita." La reina alimaña vociferó, dejando clara su oferta de usarla como un enlace a Arasaka para, tras esto, reventarla en un ataque suicida que destruiría gran parte de las redes locales, y a ser posible, mayoritariamente las de Arasaka.
"No. Jamás." Respondió la pequeña peliblanca entre jadeos y, a momentos, respiraciones más entrecortadas y difíciles.
"Tú así lo decidiste. En fin. Habrá que hacerlo por las malas." Concluyó la matriarca del ejército de alabastro. La orden mental fue clara y concisa. Y, en la planicie ciberespacial de la joven mente de la niña, los imponentes luchadores se arrojaron a acabar con todo de una buena vez.
Lucyna, que con sus armas recreadas a través de señales mentales nada podía hacer, de un instante a otro se vio abarcada por demasiados seres que la querían reducir, transformarla en una carcasa inconsciente y lista para infectar todo lo que hallara en su camino. La joven estaba condenada injustamente a ser un sacrificio por intereses mayores, intereses que ni ella conocía. Un indigno y terrible desenlace para alguien que no elige sobre su destino. Otro más.
Antes de que la tomaran, con ella ya exhausta y tirada en el suelo del plano ciberespacial, un flash carmesí se interpuso en el camino, recibiendo algunos golpes y evitando que la aprisionaran. Los fornidos señores de alabastro de deshicieron en microengramas, dispersándose. Lucyna, incrédula, pudo ver al pelirrojo alzándose nuevamente, arrimándose a ella. Indudablemente era el Uzumaki, pero ¿qué hacía él aquí? ¿Cómo diablos se metió en un lugar tan recóndito al que ni siquiera los mejores netrunners podían acceder sin el equipo adecuado? ¿Acaso Arasaka la recogió y decidió, en un acto de infinita estupidez e irracionalidad, enviar como su agente salvador al terrible Uzumaki?
"¡¿Qué haces tú aquí?!" Gritó ella. Ni en sus peores pesadillas, ella se liberaba del disminuido mental de Uzumaki.
Él la miró, y le dio su perpetua mueca discordante con su apática realidad vivida. Sonrió.
"Te prometí que, siempre que estuvieras a mi lado, nunca te harían daño." Dijo él con una determinación y convicción anómalas. "Aún mantengo mis palabras. Te defenderé hasta la muerte." Naruto se giró y se irguió, le dio la espalda, las figuras de alabastro cargaban. De soslayo, le recordó a Lucyna: "Además, un Uzumaki jamás reniega de su palabra."
Y partió rumbo a la contienda inminente contra los seres blancos y altos, recibiendo todos los impactos posibles en una corta frecuencia de segundos. Era más veloz gracias a su tamaño minúsculo. Apenas fue más alto que sus macizas piernas fulgurantes.
Uzumaki no peleaba, o no lo hacía de un modo convencional. Él embestía a las figuras blanquecinas con su propio cuerpo, siendo golpeado y enclaustrado en sus forzudos miembros que no conseguían minimizarlo. Y cada vez que alguno le acertaba un golpe o lo atrapaba, inmediatamente se veían envueltos en una maraña de estática roja, que los desintegraba poco a poco, proveniente de la fuerza connatural que defendía al chiquillo revoltoso. Genuinamente el chico estaba batallando a cabezazos, interponiéndose en todas las agresiones que tenían como su destinatario a la albina.
"¿Y este quién es? ¿Qué clase de hielo es ese?" Desde la distancia, la reina madre de la carga vírica divisó con rabia incontenible la manera absurda en que sus hijos eran incapaces defenestrar las consciencias de dos niños, dos renacuajos. Apretó los dientes, estiró sus tentáculos en todo su esplendor, las lenguas bipartidas sisearon con hambre asesina. El bermejo seguía derrotando a los clones de alabastro de una forma demasiado humillante. No resistiría viendo y le mostraría el verdadero poder del Octopus Ks-401.
Sumergido en la paliza feroz que le conferían, cosa que ya acostumbraba con una alarmante frecuencia, Naruto no se dio cuenta de que el demonio principal lo asechaba con aires asesinos, listo para hacer capitular al dúo de infantes precoces. Lucyna la percibió desde la esquina de su visión, pero muy tarde.
"¡Naruto, cuidado!" Quiso advertirle al pelirrojo que se enfrascaba en una rara disputa por recibir todos los ataques factibles.
Él volteó donde Lucy para, de repente, ser sostenido por unas lenguas que le engancharon de los brazos, levantándolo varios metros. Con los brazos en cruz, y las piernas también siendo adheridas por otras lenguas similares, la matriz del neurovirus comenzó a tirar con rabia, queriendo despedazar al pelirrojo por interponerse en sus objetivos.
"¡Ahhhh!" Chilló de sufrimiento Naruto, sintiendo el estirón de una fuerza sobrehumana que intentaba separar los miembros de su torso. Las lenguas viperinas, gruesas y viscosas, lo abrazaron sin conmiseración. Si tuviera músculos en esta realidad, la mitad de ellos yacerían desgarrados, más de un hueso triturado. El suplicio fue aterrador, incomparable a cualquier cosa que haya vivido en su mísero sendero del dolor que él creyó que era inaguantable.
Las figuras de alabastro retuvieron a Lucyna, sin embargo, no la mataron o despedazaron su consciencia: querían que viera la agonía de Naruto en primera persona. La niña miró con tremendo horror. Una representación bíblica aborrecida con todas sus ganas dentro de su fuero interno expuesta de la más atroz y vil de las maneras. Naruto colgaba como un mártir crucificado cuando sus gritos desesperados reverberaron en los sentidos embotados de la peliblanca. El crujir fantasma de los huesos, que Lucyna sabía segura que provenían desde fuera de esta realidad, fue un recordatorio amargo de lo desgraciada que era y de qué le ocurría siempre a quienes la rodean. La boca abierta de par en par, ojos abiertos sin pupila, a punto del desmayo y el colapso, pero incapaz de huir del fuerte agarre de la bestialidad con tentáculos que lo asía con saña. Una imagen, otro trauma. Y ella lo vería, esta vez sería testigo de cómo se amedrentaba hasta la muerte a un pobre e infeliz ser, de cómo despedazaban su joven e ingenuo ego hasta la ruptura mental.
"Por favor, detente…" Reclamó Lucyna horrorizada por la situación, luchando por zafarse del agarre de sus retenedores y detener esta locura. Quería decir que él no tenía nada que ver. Quería decir que él solamente era un idiota con mucha suerte. Pero solo aquellas palabras abandonaron su boca. No podía ni sostenerse en pie, las energías de su cuerpo la abandonaron o desistieron por el terror infranqueable. Además, la retenían y ni dignarse a matarla para no ver tal retorcida forma de castigo fueron capaces los hombres de alabastro.
"Esta es tu recompensa por resistirte tanto. Admira como nuestro pequeño príncipe rescatista sufre por tu culpa, y solo por tu culpa." Declaró la madre vírica con júbilo, su voz ronca apropiada para una criatura como ella. Disfrutaba, y mucho, asir y estrujar niños de esta manera. Quizás a eso se dedicaría una vez ande libre por el ciberespacio.
La reina se estaba entreteniendo tanto, que formuló un xyston, una lanza de unos veinte metros, decorada con dos serpientes gemelas que enrollaban toda el arma exceptuando la parte del filo y de un verdigrís oxidado, para ensartarla con su fina punta en el cuerpo de su nuevo juguete. Los aullidos de dolor, si es que podían, no se hicieron esperar y se agudizaron y aumentaron. Aun así, el alma del chico no se difractó y siguió resistiendo y perdurando pese al sufrimiento puro. La estática roja lo rodeaba, pero impotente se hallaba frente a la sonrisa tétrica de la madre vírica que se ensanchaba exponencialmente. ¿Ante qué clase de indestructible espíritu se enfrentaba? ¿Por qué no se rendía y dejaba de existir? ¿Por qué continuaba luchando cuando las probabilidades, en su totalidad, corrían en su contra? Lo hacía, ¿por amor, por odio o por simple testarudez? Daba igual, toda consciencia encontraba sus límites en la dolencia, tarde o temprano.
"¿No es esto lo que tú deseabas?" Cuestionó la reina del virus a Lucyna mientras se enzarzaba en pinchar al Uzumaki con la suficiente delicadeza como para no partirlo, no partirlo demasiado pronto. "¿No fue esto lo que tú le intentaste provocar hace no mucho? ¿Por qué no lo disfrutas? ¿No eran tus deseos el verlo sufrir de esta forma hace no mucho?" Lucyna ni respondió, solo atisbó a negar, débil, con la cabeza. La madre vírica chasqueó la lengua, se concentró en fragmentar la voluntad del pelirrojo.
Los brazos en cruz. En la construcción virtualizada, la columna se abría por la fuerza desmedida, la espalda del joven comenzaba a desprenderse. Extractos de luz y oscuridad pixelados salían a borbotones cuando la imagen digitalizada se encontraba siendo martirizada. El carmesí aullaba en eterna penitencia de su calvario: el dolor.
La figura del niño siendo fragmentada, vapuleada. Su dolor alimentaba su resentimiento. Su dolor era inabarcable. El resentimiento tocó un ponto llano en profundidades espirituales, atendiendo al llamado de su sino. La ascensión, y la evolución conseguida por parte de ésta, era para la supervivencia un factor imprescindible.
El mártir calló.
~~o~~
Un principesco ente contemplaba acontecimientos desde la cúspide de la creación y la destrucción. El templo que lo supo contener y preservar, ensimismado en otro plano de irrealidad. En anonimato, no decidía ni imponía nada. Solo deseaba. Simplemente amaba y derrochaba sus suspiros anhelantes a la singular figura de su mayor obsesión.
"Kagura."
Un viento huracanado ululaba, alzaba y azoraba a la marea en iracunda rebeldía. Rompían olas contra las inmensas estructuras metálicas que sufrían la furia del mar embravecido. La luz de una luna blanca, acobijada por brumosos nubarrones negros, apenas perceptible en los cielos rojizos. Un tormentoso ambiente que, en contra de su orden primordial, desafiaban a los escritos sellos que contenían su brava lucha por la liberación. Liberación por el bien mayor, por el bien del individuo en su conjunto, o en su subconjunto. Terribles las olas purpureas aclamaban a los cielos añorando su tan temida disrupción. Pero es que, realmente, no había alternativa. Sin embargo, no existía modo en que un antiquísimo sellado de Uzumaki, ni mucho menos uno diseñado y trabajado por el gran Yukimaryu, sea violado. Un imposible, aun con la voluntad del espíritu de su lado. Lo que encerrado está, encerrado se queda por toda la eternidad. ¿No?
No.
Un exoplaneta perdido en el espacio y en el tiempo. Un vasto ponto llano. Pero ya no tan ponto, ya no tan llano. Seguía siendo una masa de energía inagotable, eso sí. Y esa era la energía del último príncipe Uzumaki. El exiliado y maltratado vástago que en soledad pervivía entre la vida y la muerte sempiternamente. El destinado a la grandeza de la infinita ignorancia. La paz. La paz antes de la tormenta desencadenadora del insomnio sereno del hijo de aquel que todo lo alcanza y aquella que todo lo ve.
Rojo como la sangre es su destino.
En medio del cataclismo celestial, una figura inconsciente sin forma y sin vida puesta estaba para dictar sentencia. La esperanza de un vivo moribundo. Su inquebrantable voluntad de luchar. Proseguir pese a que la tormenta no cese, no desiste en su tremebundo avance hacia el fin de los tiempos. El predestinado hecho que trajo consigo al nacimiento, el deceso masivo. Porque la vida y la muerte no son sino un divino ciclo impermutable que siempre se respeta así mismo. Sin vida, no hay muerte; sin muerte, no hay vida que valga. El Maisou de la última danza lo predijo así.
Blanca como la nieve es su voluntad.
Y la señal fue dada, arrobada por la blanca voluntad de la amada. Y de sus impacientes mares las cadenas emergieron y ascendieron en rápidas sucesiones, quebrando el viento y doblando el sonido. La superficie violácea interrumpida por las torres monolíticas de piedras ennegrecidas se separaba para dar lugar a la ininterrumpida miríada de adamantinas brillosas y encandiladoras. Su luz inclusive calentaba al frío metal. Su luz apañaba a la desesperanza, la desintegraba a la vez que le insuflaba de su tremendísima potencia al pródigo niño.
La luna pálida ha de ser conquistada.
Las cadenas inmaculadas de un níveo resplandecer se infundieron en el recóndito negro de los kanjis reflejados en el oscurecido firmamento. Una encrucijada allá donde el ego del sujeto, o subsujeto, aguardaba. Una singularidad imprevista se perpetraba según lo planeado. Por fin, el individuo estaba en completa conexión y armonía con su alma, con su espíritu. Con su todo, con su elemento. La esencia primordial que otorgaba la insignia a cada ser viviente en el plano existente y el escudo protector que impedía la disgregación de ésta.
La tempestad roja ha despertado.
El subsujeto se ha convertido en dueño de su destino. La luna se reflejó sobre el ponto llano como nunca antes.
~~o~~
Explotó. Una señal eléctrica traducida al electromagnetismo que a su vez se traduce en veraces ases bajo la piel que explotan al arribo protector de su anfitrión. En terrible expansión, el fuego sagrado se reconvirtió, evolucionó. Y en su evolución halló el modo de planos ininteligibles para sus orígenes y originadores. El chakra furioso y en estado puro se fusionó a niveles metafísicamente improbables. El fuego se tradujo a datos.
Las lenguas ensalzadas en el sufrimiento de su juguete no previeron el advenimiento de la singularidad sin precedentes. Una hecatombe desapasionada surgida del dolor del último príncipe de los remolinos. Una pasión ardiente que persistía, atravesando sesgos y montañas, se hizo oír con un eco estrangulante.
La xyston clavada en el vientre de Uzumaki salió disparada para atrás, casi dislocándole los miembros superiores a la madre vírica. Una concatenación de cadenas vivas y serpenteantes salió disparada de donde el Uzumaki estaba, desde su espalda maltratada y en rápida recuperación. La bestia de indomables extremidades aulló de dolor cuando decenas, centenas de ardientes y vengativas cadenas del color de la nieve se alimentaban de sus huesos, de su piel, cortando, despedazando, comprimiendo y volviendo a cortar. Las cadenas silbaban con sus filos finales, enfilados como flechas muy puntiagudas y punzantes. Sus lenguas fueron cercenadas hasta el hartazgo. El indómito ejército de alabastro no pudo ni pestañear cuando la brutalidad de la adamantina los atravesó y los desvaneció sin esfuerzo.
La niña albina de los ojos lavanda contempló todo sin comprender. El ejército de antes se desmoronaba en segundos, atravesados y destrozados en miles de fragmentos por las cadenas brillosas. Más brillantes que cualquier neón que Lucyna Kushinada haya visto en su corto y movedizo existir. Unas cuantas la rodearon y la protegieron celosamente cuando los decrépitos soldados la asaltaron, intentando recapturarla al menos a ella. Las cadenas siempre ganaron, invictas, indestructibles.
La madre vírica tomó su distancia, viendo horrorizada el caer de sus soldados y sintiendo la reprimenda del dolor provocado. Sus colas hicieron un ruido retumbante cuando chocaron contra el plano ciberespacial físico. La miríada de níveas cadenas se revolvía sin cesar, puede que hasta que destruyeran a todas las amenazas pertinentes. Ella vio impotente. El miedo y la furia hirvieron en ella.
Mientras tanto, el Príncipe, en su forma crucificada, descendía. Su rostro ensombrecido, los ojos cerrados. Los soldados blancos rompiéndose cual maniquíes de cristal, pedazos y pedazos saltando y volando de aquí para allá. Todas las níveas cadenas compartían su origen del mártir demoníaco de carmesíes cabellos, que todavía recibía al mundo de brazos abiertos.
Tal como se manifestaron, las cadenas níveas se esfumaron, dejando solo la fantasmagórica brillantez de donde previamente surcaron en su arribo genocida. El avatar del Carmesí tocó tierra con una de sus piernas, la otra se mantenía doblada. Allí, Lucyna percibió que el que estaba delante de ella, alto y erguido como un noble príncipe y recubierto por un manto negro, no era Naruto. Se trataba de la figura de un joven con el pelo escarlata alborotado por el viento, y en una de sus manos blandía una espada que silbaba con el sepulcral silencio de la muerte venidera. Acto seguido, la lucífera muchacha se desvaneció en una semiinconsciencia por el extremado agotamiento. Consideró la última imagen vista una alucinación, o su mayor ilusión.
No obstante, este sujeto semejante a un dios no era otra cosa que un Príncipe Carmesí. Enigmático como él solo; aguerrido y valiente como cien leones. La nobleza exudaba de su figura inmaculadamente feroz, amenazadora y real.
La madre vírica, consternada, se preparó para el asalto. Sin embargo, el Príncipe solamente contrajo su brazo armado hacia sí en una postura defensiva. Un ademán de diversión en sus labios delgados. Ella lo comprendió de inmediato como una provocación, y, enardecida, se tiró al ataque frontal buscando clavar hondamente su xyston en el pecho de tan altivo y petulante Príncipe. El golpe parecía asestársele de lleno, pero, a último momento, realizó un gran salto que le permitió esquivar su lanza por los pelos, aunque al Príncipe esto, aparentemente, no le contrarió en demasía. En el aire, la madre vírica se propuso golpear al Príncipe que ahora no podría esquivarla estando sin apoyo posible para balancearse como antes; hizo un tajo horizontal, aprovechando la desventaja que le supuso al Príncipe estar flotando en el ciberespacio; y él, en respuesta, con un donaire excelsamente principesco, rotó sobre sí mismo eludiendo el tajo efectivo, que podría haberlo partido por la mitad, por poco. Ofuscada y temblando de cólera y rencor, la madre vírica ni pensó su próximo movimiento y simplemente apuntó y pinchó al Príncipe; y éste, fácilmente, esquivó el reflexivo ataque realizado a partir de la exasperación y la ira, parándose en la parte plana del filo de la xyston de la matriz del neurovirus. A continuación, el Príncipe corrió el cuerpo de la enastada arma, con la misión de acercarse lo suficiente a la madre vírica para otorgarle un contundente contraataque.
Con el Príncipe corriendo por la superficie herrumbrosa, la madre vírica movió el arma de un lado a otro para que el Carmesí cayera. No lo hizo y, pese a los movimientos erráticos y continuados de la madre, adhirió sus pies con demasiada fuerza como para caerse; sus piernas atléticas y bien construidas no tuvieron problemas para contrarrestar el estrés de tanto meneo y supo aguantar hasta la siguiente contramedida de la madre que, desesperada, abalanzó sus lenguas serpenteantes junto con las extremidades que las concebían. Y esto era lo que el Príncipe deseaba que hiciera, pues, con el estilo de una danza acuática de remolinos, concluyó cortes y bloqueos perfectos, despedazando e hiriendo severamente los tentáculos y sus lenguas, tinta negra despidiéndose de sus heridas en largos y copiosos chorros neonizados por el entorno; la madre clamó de dolor. De vez en cuando, una cadena nívea se formulaba de la nada y defendía a su Príncipe con un veloz y dañino coletazo o puntillazo con su parte punzante.
Trasladado al torso que sobresalía del octópodo, el Príncipe Carmesí enfiló su acero y, en una esquiva perfecta del último desesperado golpe de la madre, hizo un corte horizontal sobresaliente, luego de un falso envaine y desenvaine, que separó la cabeza de largos rizos verdosos del cuerpo, los pechos voluptuosos y anormales, parecidos a sandías mutadas, balanceándose rítmicamente cuando recibió la cortada de gracia. La decapitación resultó inmejorable en cuanto a la técnica, irreal. La horizontalidad del corte se tanteaba imposible para los mejores espadachines de todo el planeta. Sin dudas, el Príncipe fue un ilustre experto en el arte de la espada. El cráneo dio sus varias vueltas, con los ojos abiertos de la incredulidad y el amedrentamiento, y se escurrió en el charco de sangre negra que se acumulaba debajo de su ignominioso ser. Los apéndices se seguían quejando, indispuestos, dando sus coleadas finales antes de acabar compartiendo destino con su madre. El Príncipe se impulsó utilizando el cuerpo de la decapitada como plataforma, y en el aire el pensamiento de una aterciopelada blanquitud invocó su as protector hacia aquello que más amaba en el universo. Devuelta, las cadenas níveas salieron disparadas, pero esta vez con una precisión quirúrgica descuartizaron a los tentáculos y el cuerpo en sí, convirtiendo la forma de lo que supo ser una temible madre vírica, y dispuesta a todo con tal de extender su reinado, en una plasta irreconocible y ennegrecida que se extendía inofensiva y asquerosa. Un charco negro, del tamaño de una laguna, es lo que terminó dejando su «cadáver». El Príncipe pisó el charco y, sorprendentemente, se quedó a flote, caminando sobre líquido. Se retiró de allí, procurando obtener un último vistazo vívido de ella.
Lucyna dormitaba, incapaz de conciliar el sueño pues se suponía que ya estaba durmiendo. Su visión borroneada lo único que recibió fueron los fulgurantes destellos de aquellas cadenas blancas como un día nevado, estallando todas en rápidas sucesiones de aquí para allá. Luego, rememoraba una figura difusa de cabellos carmesíes. Y, entonces, el apagón. No recordó más. Aunque ahora recobraba algo de sus sentidos. Amodorrados, pero ahí se dignaban a volver.
Primero escuchó lo que se asimilaba a un chorro, múltiples de ellos, junto a quejidos y aullidos, para después, un poco más alerta, otear una especie de figura humana acercándose a ella. Sus pasos sosegados iban, se dirigían a ella. El cuerpo abrazado por una capa negra. Hincó una rodilla y, con una delicadeza devota, le acarició una mejilla. Su visión se traducía como por una ventana de vidrio esmerilado, por lo que apenas distinguió sus rasgos; solamente destacó su melena carmesí. Pasó un rato, la capa ya no ondeaba. Era un niño. Volvió Naruto.
Cuando despertó otra vez, Naruto se hallaba al lado suyo mirando una formación líquida de oscura sangre. Al verla despertar, le saludó con su clásica sonrisa, contento de que ella regresara en sí, al menos de este lado.
"Me alegro que despiertes." Dijo él. "Espero que estés bien, Lucy." La voz de Naruto, suave y contenida, expresaba una dulzura muy especial, diferente a la que se percibía de su personaje de idiota inmaduro e insolente. Su compasión, su emoción, era verdadera.
"Aún no has vuelto a tu cuerpo." Notó Lucyna, no sabiendo qué hacer o cómo recibir esta inédita faceta del Uzumaki. Ella se levantó con dificultad. Él la ayudó, ella no rehusó su apoyo y, para asombro del bermejo, lo aceptó sin dar cabida a dudas. Una vez parada y con la fuerza para mantenerse sola, se separaron.
"Ya. El problema es que no tengo idea de cómo retirarme a mi cuerpo nuevamente. No lo sé hacer. Esto ni siquiera se supone que es posible." Naruto dijo rascándose la nuca, avergonzado. "Al menos ella ya no dominará tu mente para hacerte quién sabe qué. La defensa connatural actuó, y esas cadenas la mataron."
En la distancia, la madre vírica quedó reducida a un mar de tinta pegajoso, aplanada en el suelo. Su lanza tirada y desfigurada en haces de luz parpadeantes. No quedó ni rastro de sus tentáculos, de sus lenguas ni del torso con los senos inflados como melones. En la memoria de Lucyna se manifestó lo que acabó con la bestia octópoda. Tenía que preguntarle a Naruto para saber si recordaba lo sucedido, aunque sea si él vio a la figura principesca de carmesí o si fue cosa suya, de su imaginación y sugestión al darse tal concatenación de sucesos anormales.
"Acaso tú… La figura que apareció antes. ¿La viste, sabes quién es?"
"¿Figura? Realmente no sé de qué…" Se cortó a media frase, empujándola de la nada, haciéndole caer a unos metros de él. Lucyna estuvo por quejarse y reclamarle que rayos le pasaba cuando, con un miedo insano, vio el aparente apéndice sombreado de su enemigo supuestamente derrotado que agarraba una lanza semidestrozada; y en la posición que ella hace instantes ocupó, los restos de la madre vírica clavó la xyston en el avatar de Naruto, casi arrancándole la cabeza, el arma se dispersó en descargas eléctricas que, en su mayor parte, se concentraron en el pelirrojo tras caer inmóvil. Lucyna vio que desde el charco negro un montículo le enviaba una mueca malévola; se había encargado de hacer realidad un último objetivo, su ultimísimo deseo. Naruto se desvaneció.
Un algo latió furioso en su pecho con un eco imperdonable. No podía estar pasándole devuelta.
~~o~~
Volvió al plano físico por la carga traumática que llevó a su cuerpo y mente a límites insospechados. La luz tenue del baño del G59. El sabor cobrizo en su lengua, los labios resecos. El dolor patente en la parte posterior de su cráneo. Las penumbras pareciendo querer indicarle que la precedente tragedia la perseguía de manera inevitable. Hoy no había sitio para finales felices. La penumbra no auguraba lo contrario. Envió un mensaje de auxilio a su único contacto fiable: Kristina. Después a Hellman.
Se incorporó sentada, y ahí sintió el cable que salía de la muñeca de Uzumaki e iba a la parte posterior de su oreja. Dudó, pero, sin dudas, Naruto ya no estaba en su espacio mental. Lo desconectó, se arrodilló a un lado del inconsciente… No. No estaba inconsciente. ¡No!
Rápidamente sacó su propio enlace y lo encastró, leyendo los datos biométricos del bermejo moribundo… o algo peor que simplemente moribundo. No hubo retícula que parpadeara frente a sus ojos lavanda que despedían un propio brillo azul. No respondía, no había señal cerebral de ningún tipo. Buscó si su ciberware poseía baterías, pero, si las había, se encontraban en cero absoluto. Su ciberware, no respondía. Su cerebro, sin expresar el más ínfimo de los impulsos eléctricos. Tembló, se atragantó con su saliva y respiración, tosió, escupiendo salivaciones, no pudiendo gestionar ni un mecanismo básico automatizado de su cuerpo por el pánico. El nudo en su garganta se rompió. Llovía a cántaros, afuera.
Él estaba muerto. Sus signos vitales sencillamente no existían. Naruto Uzumaki estaba muerto. Él, su pupilo. Aquel que la arrastró hasta el otro lado del Muro Negro, y que allí puso en peligro sus vidas tontamente para verse como alguien importante. Aquel que la defendió hasta la muerte. Aquel que dijo que era inmortal, pero, sin embargo, lo habían matado por la causa más absurda. Lo asesinaron con tal de darle sus esperanzas a otro, a ella.
Con los pensamientos insidiosamente destructivos gobernando sobre su psique descarriada, Lucyna recurrió a la vieja usanza de querer oír sus latidos. Medrosamente acostó la cabeza contra el pecho de Uzumaki. Quizás, y solo quizás, su ciberware estaba tan dañado que ni la réplica básica de todo implante podía dar. Tal vez alguna parte central de la conexión neuronal-ciberware fue quemada, lo que en la mayoría de los casos significaba la muerte del usuario.
Lucyna sintió su propio ritmo cardíaco en un estado trepidante, aumentado durante el temblor errático de sus sollozos. Sus ojos abiertos como platos; sus párpados temblando. Goteaban. Su oído pegado al pecho de Uzumaki, queriendo que sonara el latido avivador y renovador de esperanzas, que le avisara que el niño caído delante de ella no murió. Él no podía morir. Si él moría sus sueños se iban con él, en interminable viaje a senderos oscuros de perenne desolación. Se suponía que ella lo protegería y lo adiestraría para ganarse, a pulso de su increíble talento, un puesto en la megacorporación más grande y poderosa del mundo. Su deseo, su máximo deseo. Lo único que le quedaba para luchar. Lo único que tenía en el mundo.
Latido.
Un respiro, lento y fútil.
Un hilo de esperanza fino cual cabello se afianzó en ella. Latía. El corazón de Naruto latía, a un ritmo muy, demasiado, sosegado, pero lo hacía. También respiraba con una dificultad aberrante. Continuaba con un poco de fuelle en su interminable tanque vital. Eso la conmovió, pero no perdió el quid del asunto. Ella tenía que ayudarle de algún modo hasta que llegasen los refuerzos pertinentes. ¿Y sí Naruto se moría, entretanto venía la asistencia médica y militar, y ella aguardando como una doncella en apuros que nada puede pensar ni nada puede hacer? No, no lo permitiría. Ella lo ayudaría porque él, desinteresadamente, lo hizo, y a cambio de su integridad física. Desconocía la mayoría de los métodos de reanimación, y a su mente llegó uno que tampoco requería de demasiadas complicaciones desde su prisma obnubilado por la ignorancia.
Ella fue demasiado ignorante sobre el tema en cuestión, pero mayores alternativas que surtieran mejores expectativas no estaban al alcance de su mano. Iba a hacerlo: lo reanimaría. Usaría el RCP. Alguna cosa vio en un BD o en una propaganda. Seguramente lo haría mal, no obstante, bastante mejor eso que nada.
Comenzaría con el masaje cardíaco, aunque no sabía con certeza si era lo correcto. Colocó los brazos rectos y las manos en encimadas, dedos entrelazados, presionando el esternón de Uzumaki; bombeó con tanta fuerza que ella creyera que fuere necesaria, sus apéndices débiles tras el atareado día. Hizo veinte compresiones (no sabía cuántas se hacían normalmente).
Naruto no reaccionó en demasía. Y sus labios entreabiertos, con sangre seca pintando una desprolija línea, la llamaron a la próxima acción. Lucyna solamente esperaba que, si el bermejo sobrevivía, jamás se enterara de lo que pasaría a continuación. Ella misma no podría vivir con ello. Le tapó la nariz y, tras unos segundos dubitativos donde ella desgranó cada onza de pudor y apocamiento, finalmente se acercó, inspiró hondo y entrecerró sus labios en la boca del bermejo, conectando y cerrando sus labios herméticamente y espirándole todo el oxígeno que consiguió abarcar en sus pequeños pulmones. Naruto olía a perfume de lavanda, ¿o es que se despeñó a la locura sin paradas intermedias? Sea como fuere, lo pasó de largo y cargó los pulmones del bermejo nuevamente; su miembro siniestro le agarraba con suavidad de la barbilla para mantener el canal de respiración despejado.
En otro momento, en otro lugar, en un contexto totalmente desemejante al trágico actual, el gesto podría ser bonito e, inclusive, tierno. Aquí solo fue un símbolo de desesperación, de culpa. Ella degustó el cobrizo de la sangre de ambos. Resistió el reflejo vomitivo. Algo salado se presentía cuando las lágrimas desprendidas, por puro azar y gravedad, desembocaron y convergieron en el punto exacto de conjunción de los labios. La gotera no paraba. Llovía sin parar. Su maquillaje a esta altura serían largas estrías coloradas que bajaban tristemente hasta su mentón.
Mientras le practicaba una burda reanimación cardiopulmonar, lo que ella entendió como las fuerzas de seguridad de Arasaka entraron por la puerta principal. Lucyna los oyó, pero, aun así, seguía bombeando el pecho y cargando de oxígeno los pulmones de Uzumaki, ignorando cualquier distracción. Cuando iba por el tercer bombeo del cuarto ciclo de reanimación, uniformados de Arasaka irrumpieron en el baño. Le apartaron los brazos de su desesperada acción. Ella gritó y trató, miserablemente, de liberarse para seguir la reanimación, quedándose encandilada por sus linternas asidas a sus rifles de altos calibres. Estaba fuera de sí.
El grupo de agentes se metió y revisaron al bermejo caído, afirmando que su pulso era muy bajo. Lucyna quiso decir que justamente de eso se estaba encargando hasta que la interrumpieron, pero no la oyeron. Un guarda la sostenía y le revisaba su estado conectándose a su puerto. Lucyna lloraba, la pintura rojo coral se despintaba y escurría de un modo lamentable, pidiendo que la dejaran continuar, perdida y sin ningún tipo raciocinio campando por el llano destartalado de su casi siempre eminente intelecto.
Entonces a la habitación ingresó Anders Hellman, ataviado con su traje, y ella saltó contra él para reclamarle que le dejara secundar al equipo médico, le dijo ella era útil, que ella fue la más capaz de todas, que no la soltaran devuelta a las calles como a un perro sarnoso. Las lágrimas amargas cubrían su rostro, su gélida máscara derretida por los acontecimientos vinculados a un pequeño sol carmesí, un sol que arde y que, sin quererlo, quema a quienes lo rodean.
Por primera vez desde que la adoptó bajo su ala, Hellman observó a una verdadera niña en Lucyna: temblorosa, lloriqueante y asustada, muy asustada e insegura; muy sola y descarriada, tal y como dijo Naruto en algún momento para describirse a sí mismo.
Un impulso fraternal, o quizá paternalista, le llevó a posarle la mano en el hombro, con seguridad y en busca de transmitirle algo de serenidad a la histérica niña. Ella lo inquirió con sus medrosos lagos de lavanda ahogados en la pena y en la enajenación que provoca el dolor, el verdadero dolor. El dolor de la soledad, desesperación, desesperanza.
"Tranquila." Dijo Hellman, sonriendo, atisbando lo que transcurriría con positividad. "Él estará bien, muy bien. No sé cómo lo hace, pero siempre se sale con la suya."
No se le ocurrió otro modo de alivianar y templar la tormenta emocional que era la niña de siete años que yacía delante de él. Porque eso eran: niños jugando a ser adultos. Él incluido. Todo mundo, en realidad. Muy niños todos. Incapaces de comunicarse, hablar sinceramente, con el corazón en la palma y la mente en calma.
Kristina llegó y abrazó a la niña, consolándola dulcemente. Quizás la única adulta a kilómetros a la redonda.
~~o~~
El techo era del blanco pálido y desabrido de un hospital, o una clínica privada. Lo mismo daba. El olor aséptico era igual en ambos. Las sábanas lo tapaban hasta el vientre, blancas y celestes. Lo ataviaron con el típico camisón largo y holgado de paciente, un tanto sobrio y aburrido. El ambiente fue templado, tibio, no advirtió ni frío ni calor. Las ventilaciones de la sala musitaban silenciosamente. El pitido de las máquinas conseguía una regularidad bastante calma, significaba que el daño se alejaba de lo considerable peligroso. Al menos para él, claro está. Porque obviamente Kristina lo degollaría con las uñas, Hellman negaría decepcionado con un cigarro perezoso fumándose y esfumándose en su boca y Lucy lo menospreciaría y le diría que no requería de su protección o socorro, insultándolo de una manera hiriente y brusca por ser tan entrometido y arrogante. Sí, volvería a su hábitat cotidiano de desprecio y autodesprecio. Fuera, a través de los cristales, llovía mortecinamente.
Pero bueno, seguía vivo y se sentía más fuerte que nunca. No lo sabía, pero sus intuiciones se lo referían: la salvó. Una sonrisa diminuta se plasmó en su cansada faz. Qué días complejos que tuvo que vivir últimamente. No recordó demasiado, sin embargo, tenía la certeza de haber peleado como un enfermo, como un animal desquiciado que solamente quiere descoser a sus enemigos a embestidas y golpes, para después deshilvanarse en un mar ininteligible de pensamientos inconclusos. Y volvió a la consciencia completa para estar junto a Lucy, y entonces la mórbida bestia lo hincaba con su lanza, moribunda, ejecutando de este modo su última voluntad. O eso pensó ella, pues él prologaba su existencia, gracias a la resistencia connatural, y continuaba vivo y coleando como si nada hubiere acaecido. Qué suerte extraña la suya. Sufría las mil penurias, pero nunca sucumbía al filo ávido de la muerte.
Un pitido audible, más largo que los demás, a su lado. Momentos después, llegó el hombre trajeado. Hellman lo miró, sin desagrado, sin mucha animosidad. No lo recompensó ni lo fustigó por sus actos. Simplemente lo examinó con sus ojos cerúleos. Parecía estar inmiscuido en un análisis interminable o reflexión profunda. Naruto, como el hiperactivo que era, quiso el informe de la situación de inmediato. Quería conocer su desempeño, y muy probablemente Lucy ya le haya contado todo. Quería saber qué pasó con ella.
Pero Hellman no habló. Naruto se incorporó, sentado. Y pensó, y decidió tomar la delantera. No obstante, cuando abrió la boca el rubio por fin habló.
"Ocho colas." Dijo Hellman, que casi aparentaba estar perdido. Miraba las sábanas, las máquinas que arrojaban resultados anómalamente positivos. No fumaba. Naruto no entendió a lo que hacía referencia. "Ocho colas, pero no ocho cabezas."
Las amatistas se tiñeron confusas, y, a posterioridad, una comprensión atropelladora como un Shinkansen a velocidades no permitidas para la circulación se reflejaron en ellos. La mirada cómplice que compartieron fue el contacto más íntimo que posiblemente hayan tenido entre ambos hasta ese entonces. La exuberante felicidad de Uzumaki, la sosegada parsimonia de Hellman decorada por su propia y minúscula sonrisa.
"¿Esto también era parte de tu plan?" Le preguntó el rubio.
"Por favor… No soy tan maniático como tú." Dijo el pelirrojo. "Ya te lo he dicho. Nunca podré alcanzarte con esa retorcida mente que tienes en cuanto a frialdad técnica."
"Eso puede ser cierto. Ciertamente te mueves más por lo emocional e inmediato. Aunque todos los hombres cambian con la necesaria calma o tragedia." Las manos en sus bolsillos, la costumbre cuando no fumaba los cigarrillos de la marca Yeheyuan, sus favoritos.
Se quedaron en un silencio acogedor, el típico luego de una gran tormenta. Cada uno discutiendo con sus cavilaciones en el fuero de debate interno.
"Ahora que has derrotado a la bestia, ¿pedirás su mano?"
El bermejo casi salta de su cama y cae al piso liso y límpido al escuchar las sandeces de su tutor.
"Si ese es el caso, creo que me gustaría ser el padrino de la boda." Se seguía burlando el rubio de Arasaka.
"Definitivamente le metes cosas raras a tus cigarros, Hellman. ¿Sí sabes que la coca sintética, no correctamente purificada, desforesta tus neuronas?" Uzumaki era un excelente desviador de los temas que lo avergonzaban o no le interesaban comentar.
"También sé de un niño enamoradizo que no necesita de estupefacientes para cometer locuras, dignas de un deforestado neuronal, por su hime."
"No estoy enamorado." Se defendió hirsutamente el niño cautivado por una luna estival. Naruto se arrepentía de contarle cualquier relato mitológico a Hellman y se repitió a sí mismo que no lo volvería a hacer. No lo dejaría en paz.
"Como sea." El rubio se separó un tanto de la cama. "Ella quiere verte." Dijo dándose la vuelta para partir. "Quiere preguntar ciertas cosas."
Eso sorprendió al Uzumaki, y cayó al raudo olvido las mofas recientes del rubio. Naruto no pudo ni refutar cuando el rubio se despidió veloz y frívolamente. Y llegó ella. Que no tenía los ojos pintados del color tan cotidiano, tan curioso y a la vez tan precioso. Y aun así seguía siendo una criatura hermosa a sus ojos. Se maldijo por hacia donde descarriló el tren de sus reflexiones.
El perfil de Lucyna, más allá de lo estético, cambió, y mucho. Las dudas afloraban en ella como una segunda piel, y ni se molestaba en esconderlo, quizás ni reparaba en ello. Sus ojos contenían una emoción indescriptible de dolor acomodado y guardado a fondo en el baúl de su corazón, pero los ventanales del alma nunca mentían, y en las lavandas gemelas se divisaba todo lo que él quería comprender de sus sentimientos expresados tan vívida y abiertamente. Lo que predominaba allí fue la confusión y… ¿la culpa? ¿Por qué Lucy sentiría culpa después de lo que pasó?
"Te ves bastante bien." Dijo ella, con su característica inexpresividad. No muy particular.
"Sí, creo que me he recuperado con rapidez."
"Hace unas horas apenas tenías pulso. Tus implantes neuronales se quemaron. Te trasplantaron unos nuevos en tiempo récord."
"Sí, son cosas que pasan, en definitiva." Ni le sorprendió el hecho.
"Eres extraño, Uzumaki, extraño a más no poder."
"Así soy. Qué se le va a hacer." Se encogió de brazos.
"Te abalanzas a la vida de los demás y, sin miramientos, los rescatas sin preservar la tuya." El tono de Lucyna era mordaz. Cosas profundas se removían dentro de ella, Naruto desencriptaba lo que podía mientras, ágil, repasaba sus palabras y preparaba su respuesta irreprochable, sagaz.
Ella habló con Hellman, Naruto lo supo ahí. No hay manera de que adivinara aquello con sus pobres y recatadas interacciones.
"Sí." Dijo él tras unos instantes de contemplación. "Soy esa clase de persona, o más bien, idiota, que no contempla sus pormenores y procura a toda costa salvaguardar la entereza y las situaciones de los habitan a mi derredor. Me sale instintivamente, sin pensar, por cualquiera que yo aprecie o crea que está viviendo una situación injusta. Un sesgo natural. Así es como me he criado, así es como me muevo por la vida."
"Pero, ¿por qué?"
"Sé perfectamente que otros no tuvieron mi suerte y perecieron. Qué menos que hacer lo máximo posible porque la mayoría tenga un futuro admisible."
Lucyna pareció perder el velo de impavidez, se unió al océano interminable de facetas destrozadas y desechadas por la guerra y la tragedia. Hoy fue un poco de las dos, la verdad. Ella retuvo un temblor, apretó los puños.
"¿Por qué?" Repreguntó, casi inaudible. Lo desentrañaba con las lavandas inconmensurablemente sensibles, divinas y desnudas.
"¿Por qué el qué, Lucy?"
"¿Por qué me salvaste?" Ella desvió la mirada al suelo liso y pulcro del hospital o clínica.
"Porque eres mi tutora, Lucy."
"Acabas de contradecirte." Ella atacó con ferocidad, en negación. "Mientes. Igual que antes, igual que siempre. Me mostraste una cara de ti que no era real desde que nos conocimos. Fingiste dolor y luego dijiste que no había peligros si te tendía de la mano."
"En cuanto a eso último, sí, quería tener una muy buena excusa para sostenerte de la mano durante un rato largo. Es muy cálida."
"No hace gracia. Casi morimos. Y deja de evadirte del tema principal."
"Nadie dijo que hablara en chiste. Ni que me evadiera."
"Pero aun así no eres capaz de soltar la verdad."
"La verdad."
"Sí. La verdad. Lo que realmente te llevó a salvarme. Dices que lo haces porque soy tu tutora, pero, sin embargo, lo harías por cualquier otro. Dime cuál de las dos es ciertas y te dejaré en paz."
"Ninguna." Ella le plantó la vista incrédula. "Ninguna de las dos es la razón por la que decidí dar mi vida por la tuya, aunque finalmente me salvara. La razón es más simple y mucho más compleja. ¿De verdad quieres saberlo?"
"Por favor." Contra todo pronóstico, Lucyna le suplicó la respuesta. Le suplicó. Y si era lo que ella deseaba, oír la verdad, él no se podía resistir. Algo espiritual lo movía a decírselo.
"Porque eres importante para mí, Lucy." Los ojos de la niña se abrieron en shock; las palabras resultaron reconocibles. Él ni se lo pensó, le salió del alma. Naruto continuó: "No sé exactamente por qué, ni sé cuándo surgió, pero sé que eres una persona valiosa con la cual comparto mucho más de lo que me gustaría admitirme. Eres como yo, y eso te hace única y especial a mis ojos. Un ser digno de merecer misericordia o, si vamos al caso, de ser salvado. Solos y descarriados nacimos, vivimos y, con demasiada mala suerte, así también moriremos. Tú y yo, mal que nos pese, estamos maldecidos por la misma maldición, estamos afligidos por la misma enfermedad. Somos hermanos que nacimos separados y que nos unimos por puro azar del destino. Desafortunados sin futuro, y con un pasado plagado de oscuridades del cual solamente queremos huir hasta la eternidad. Y para esta mortificación imperecedera, lo único que nos queda es acompañarnos y ayudarnos entre nosotros en este mundo abominablemente cruel y despiadado. Entonces, lo hice no porque crea que eres débil y merezcas mi complacencia por eso, ni porque seas mi tutora ni porque sea un imbécil cándido que ayuda a todos, sino porque me reflejo en ti y reveo a un igual. Somos iguales, Lucy. Y eso te hace una persona muy importante para mí y, sobre todo, digna de ser salvada."
Naruto se retiró la sábana, sacó las piernas por el borde de la camilla.
"Ven, Lucy." Le hizo una seña con el dedo. La invitó a acercarse. Ella aún muy cohibida, no supo qué o cómo responder, se la veía conmovida por su discurso. "Me gustaría contarte un secreto que no se lo he dicho a nadie. Una cosa de la que solamente yo soy el sabedor. Una verdad absoluta como la materialidad de las cosas." Dijo él un tanto cabizbajo, casi en un susurro lanzado por el viento o arrastrado en una ensordecedora tormenta de éste. La seriedad en sus palabras y en su voz hizo que Lucy le creyera y lo mirara atenta y expectante. Realmente curiosa, ella se acercó y se quedó a una escasa distancia. Él todavía sentado, le sacaba cierta altura a la niña. Ella no vio venir su siguiente ademán.
Él le tocó la frente con dos dedos, el medio y el índice, y le sonrió con profusa alegría. Un golpecito. Esa sonrisa tonta que ella comenzaba a detestar con amargura. "Me gusta cuando te sonrojas" Dijo.
Ella, asaltada por la vergüenza, respondió: "Yo no me estaba…"
"Ahora sí. Lo estás. Ahora lo estás de verdad."
~~o~~
Un vasto ponto llano entró en calma. Y en su templanza, la icónica figura de dos individuos viajantes en continuo conflicto se hizo presente. Uno era amor. Uno era odio.
Pero sol o luna ya da igual. Es un hecho que el amor guiará los ignominiosos senderos de Uzumaki Naruto. Porque el fuego ya existe, y quema. Arde en él. Porque las pasiones que duran edades no se extinguen fácilmente.
No se extinguen.
…Continuará…
~~x~~
Anotaciones Finales:
Perdón por la tardanza. Se suponía que este capítulo iba a ser mucho más corto (10k palabras a lo sumo) de lo que finalmente terminó siendo. Además, el episodio en sí es puro diálogo, que es, con diferencia, lo que más me cuesta escribir. Aun así, espero que haya sido de su disfrute.
Quiero aprovechar y agradecer a aquellos que hacen notar su apoyo (en especial a Addllax).
Muchísimas, muchísimas gracias. De verdad.
Espero que nos veamos pronto. ;)
