Capítulo 3 - El traidor
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Año 750 - Reino de Everglen
Festival de la cosecha
Las calles estaban decoradas con guirnaldas de flores y banderas de colores ondeando en el viento. Las casas de entramado de madera se engalanaban con flores frescas y telas vibrantes que colgaban de las ventanas y balcones. Las antorchas y lámparas de aceite se encendían, arrojando destellos dorados sobre las casas y las calles empedradas. El cielo estrellado se extendía sobre ellos, como un vasto lienzo negro punteado de diamantes centelleantes.
La música llenaba el aire con melodías alegres mientras músicos locales tocaban flautas y tambores bajo la luz parpadeante de las antorchas. Las sombras se movían al ritmo de la música, mientras los aldeanos compartían risas y conversaciones animadas en las mesas largas dispuestas en la plaza.
—Debo decir, Lyra, este pueblo sabe cómo celebrar. ¿Siempre se festeja la cosecha con tanta pasión? O tal vez solo lo hacen cuando llegan forasteros atractivos como yo. —preguntó Hipo, mientras trataba de mantener el ritmo de la danza.
Lyra se rió, sus ojos brillando con diversión.
—Oh, sin duda, solo cuando llegan forasteros tan encantadores como tú. Pero en realidad, es una tradición importante para nosotros. La cosecha representa la gran labor que realizamos todo el año. Es simplemente fantástico.
—Me pregunto si tienen festivales para celebrar incluso las cosas más mundanas, como, digamos, afilar espadas o forjar hierro de Gronckle.
Lyra rió suavemente, sin dejar de moverse al ritmo de la música.
—En esta región celebramos todo tipo de actividades, pero jamás había escuchado sobre festivales de afilar espadas o hierro de Gronquel.
—De hecho, es Gronckle. Pero, en serio, ¿qué hace que este festival sea tan especial?
—¿Siempre eres tan sarcástico? —Hipo le guiñó un ojo con una sonrisa traviesa.
Lyra se tomó un momento para responder, luego miró a su alrededor, hacia las luces titilantes y la gente feliz.
—Es una tradición que nos une como comunidad. Celebramos la abundancia de la tierra y la generosidad de la naturaleza —explicó Lyra con una sonrisa, antes de inclinarse ligeramente hacia Hipo—. Y además... —susurro dulcemente al oído del vikingo— es una oportunidad para conocer a forasteros tan atractivos como tú.
Hipo sonrió con un toque de picardía.
—Entiendo, así que soy una parte esencial de esta noche. Qué suerte tienen.
—Bailar con el hombre de dos pies izquierdos ¡Que afortunada soy! —se mofó ella.
—Miren quién es la sarcástica ahora. No deberías juzgarme así, por lo que oí, a ustedes les enseñan a bailar desde niños.
—De hecho, aquí en Everglen aprendemos a bailar incluso antes de aprender a caminar. Pero parece que no eres tan malo, eres muy… peculiar. —ella lo miró con ternura.
—¿Peculiar? Me halagas, Lyra. En mi tierra natal, me consideran simplemente... inolvidable.
Hipo, con su lengua afilada y sonrisa traviesa, tomó la mano de Lyra y la hizo girar con elegancia antes de acercarla nuevamente.
—Tienes razón, Lyra, este baile es una verdadera maravilla. Pero, ¿alguna vez han intentado añadir un giro mortal? Eso sería emocionante.
Lyra, sin perder el compás, respondió:
—No, Hipo, los giros mortales no son parte de nuestro baile. Pero quizás puedas "enseñarme" uno más tarde.
Hipo sonrió de oreja a oreja mientras apreciaba el cabello oscuro de Lyra, que caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando un rostro delicado y expresivo; ojos color avellana que parecían brillar con la luz de la luna. Su sonrisa era encantadora y sus mejillas se coloreaban ligeramente cuando reía, lo cual hacía que pareciera aún más radiante para Hipo.
Finalmente, al terminar una elegante vuelta, Lyra se acercó a Hipo y, con una sonrisa traviesa, le dio un suave beso en la mejilla. Era un gesto lleno de complicidad que sellaba una noche mágica en aquel recóndito pueblo.
Pronto, la chispa de complicidad entre ambos detonó sensaciones íntimas y pasionales que más tarde buscarían satisfacer. Aquella predilección entusiasta llevó a Hipo a beber más de lo debido y a Lyra a comportarse con más delirio erótico.
Sintiendo la necesidad de compartir un momento más íntimo con Hipo, Lyra lo miró a los ojos y le tomó la mano con dulzura. Sin decir una palabra, lo condujo fuera de la plaza principal, hacia un rincón apartado del pueblo. El suave resplandor de las antorchas iluminaba el camino mientras se adentraban en la penumbra de las chozas.
—Ah, veo que estamos tomando un camino menos transitado, Lyra. ¿Estás segura de que no estamos siguiendo a un grupo de dragones hasta su escondite secreto?.
—Encontrarás algo mejor que un escondite de ladrones. —susurró con picardía.
—Estoy de acuerdo con eso.
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La luz del amanecer se filtró a través de las cortinas entreabiertas de la posada. Con un gemido cansado, Hipo se revolvió en su cama, sintiéndose más parecido a un dragón resacoso que a un hombre.
Se frotó los ojos y bostezó mientras luchaba por recordar los eventos de la noche anterior. Las risas, la danza, los comentarios que había compartido con Lyra, todo parecía un borrón difuso en su mente. Pero cuando sintió la figura lozana de una mujer por debajo del relieve de las sábanas, el sentimiento ufano de dicha y triunfo lo envolvió, llevándolo a sonreír. Sin embargo, un rayo de sol en su cabeza bastó para arrebatarle aquella sonrisa y punzar con un dolor martilleante con cada latido
"¿Qué demonios fue lo que bebí anoche?", se preguntó a sí mismo mientras se levantaba con torpeza. Miró en busca de su ropa, que estaba esparcida por la habitación como si hubiera estallado una tormenta. Después de recoger sus prendas, apreció una vez más la efigie desnuda de su acompañante que no daba indicios de despertar pronto.
El aroma de la piel ajena aún flota en el aire, recordándole la efímera conexión que compartieron. La cama, desordenada y testigo mudo de sus deseos desenfrenados, ahora se presentaba como un altar de arrepentimientos. Hipo desvaneció su sonrisa y una mirada de arrepentimiento conquistó su semblante. Sintió el eco de la pasión desvaneciéndose, dejando en su lugar una sensación amarga.
Hipo se confrontó con la extrañeza de su propio desconcierto. La habitación, que antes vibraba con gemidos de la pasión, ahora resonaba con el silencio incómodo de la soledad compartida. Las sábanas, desalineadas, mudos testigos de un placer que se desvaneció tan rápido como llegó.
Hipo, perdido en sus pensamientos, no pudo evitar odiar ese vacío. No comprendía por qué, pero la falta de autenticidad en esos momentos efímeros lo agobiaba.
La necesidad de algo más profundo, algo más real, se apoderó de él mientras se debatía entre el deseo temporal y la búsqueda de una conexión real. En la penumbra de la habitación, la desilusión se cernía sobre Hipo, marcando la paradoja de haber buscado placer y encontrarse, en cambio, con un vacío otra vez.
—Supongo que fue un triunfo después de todo. —se dijo con una sonrisa forzada.
Cuando finalmente estuvo listo para enfrentar el día, salió de la habitación y descendió las escaleras de la posada. Salió del recinto y se dirigió al mercado. El aroma del desayuno llenaba el aire, pero el pensamiento de comida le hizo sentir náuseas, por lo que optó por tomar una taza de té de hierbas para calmar su estómago.
Hipo sacó una libreta de su bolsillo. A pesar del dolor de cabeza persistente, no podía evitar sentir una emoción palpable al pensar en su invento. Con cuidado, abrió la libreta y comenzó a trazar esquemas y anotaciones en las páginas en blanco. La pluma raspaba sobre el papel mientras daba forma a su proyecto, una máquina que había estado ideando durante años y que por fin estaba por concluir.
—Así que aquí estabas ocultándote. Vas a matarme de un infarto, niño. —regañó Bocón mientras tomaba aire.
—¡Oh, Bocón! Perdón, me perdí en mis pensamientos y en este… ¿proyecto?. El tiempo voló.
—¡Sí, cómo no! —Bocón suspiró, pero su mirada seguía siendo de preocupación mientras se sentaba en la silla frente a Hipo—. Tal vez para ti sea fácil, pero… ¡Si vuelves a Berk con una esposa e hijo, mi cabeza será la primera en rodar!
Hipo asintió con distracción, su mente aún inmersa en su proyecto.
—Ajá, lo tomaré en cuenta.
Bocón dejó escapar un suspiro más profundo y continuó con su regaño.
—Se supone que eras la generación que nos liberaría hacia el futuro, pero solo te la pasas de festival en festival. La responsabilidad de liderar recae en ti, y no puedes dejar que tus… vicios te aparten de tu deber.
—Claro, claro, lo tengo en cuenta. —murmuró Hipo de manera ausente, sin mirar directamente a su mentor.
Bocón frunció el ceño, frustrado por la falta de atención de su aprendiz, pero sabía que a veces era inútil discutir con él cuando estaba tan absorto en su libreta.
—Dime que al menos has pensado en regresar a Berk. Tu padre… —Hipo torció la mirada con evidente incomodidad, como si preferiera evitar ese tema a toda costa. Antes de que Bocón pudiera continuar, Hipo lo interrumpió con una oferta.
—Ayer Lyra me dijo que habrá otro festival en la isla de Gales dentro de unos días. ¡Habrá extensiones para tu garfio también! ¿Sabes lo que significa?
—¿Quién es Lyra? ¡Ajá, lo sabía! ¡Te enredaste con otra mujerzuela! ¡Nunca me escuchas!
Hipo rodó los ojos.
—Oye, ella no es ninguna mujerzuela. Es dulce, inteligente y encantadora. —ni Hipo se creía eso, de hecho, ni siquiera recordaba si había dicho algo inteligente en su velada.
—¿Dulce, inteligente y encantadora? Siempre usas palabras para describir a las mujeres con las que duermes.
Hipo se sintió incómodo ante la acusación de Bocón, quien no parecía dispuesto a dejar que el tema pasara desapercibido.
—No siempre uso esas palabras para describir a las mujeres con las que... Bueno, ya sabes —murmuró Hipo, sintiéndose atrapado en una conversación que preferiría evitar.
Bocón arqueó una ceja y continuó presionando.
—¿Ah, no? Entonces, ¿puedes recordarme el nombre de la chica del mes pasado?
Hipo se rascó la cabeza, tratando de recordar.
—¿La rubia de cabello rizado?
La mirada de Bocón se volvió un tanto acusatoria.
—¿Rubia de cabello rizado? ¡Lo sabía, te metiste con la hija del patrón de la granja! ¡Y yo creí en tus mentiras! —Bocón golpeó la mesa con su puño.
Hipo suspiró, sintiéndose atrapado entre la molestia de su amigo y su propia incapacidad para resistir a las seducciones femeninas, especialmente cuando se trataba de rubias.
—¡Ella me sedujo! Además… sabes que las rubias son mi debilidad.
Bocón se recostó en su silla, visiblemente agotado por las excusas repetitivas de Hipo. Sin embargo, su tono cambió repentinamente, tomando a Hipo por sorpresa.
—Hipo, tal vez aún no lo entiendas, pero estoy muriendo. Como última voluntad, quiero que te conviertas en monje. ¿La cumplirás?
La perspectiva de convertirse en monje era una idea inesperada.
—Para empezar, no estás muriendo. Y sobre tu petición, lo pensaré —respondió Hipo, tratando de esquivar la solemnidad de la conversación.
—¿En serio?
Hipo no pudo contener una sonrisa traviesa.
—Por supuesto. Además, cuando visitamos la parroquia en el reino de Lagoazul, vi muchas monjitas lindas. No hay nada mejor que corromper un alma noble. —dijo con picardía, vislumbrando su triunfo.
La mirada de Bocón se volvió melancólica y ligeramente reprochadora.
—¡Por Thor, en qué momento te convertiste en… esto! —lo señaló por completo—. Tu madre estaría decepcionada…
Hipo soltó una carcajada ante el intento de manipulación de su amigo.
—¡Acabas de señalarme completo! ¡Ah, y estoy seguro de que mi madre está absolutamente encantada con mi trayectoria de conquistador, Bocón! Aunque jamás la conocí, estoy seguro que es lo que siempre quiso para su niño —se burló Hipo, mientras terminaba su taza de té—. Retomando lo otro, ¿vendrás conmigo o no? —Hipo tomó la mano mecánica de Bocón y empezó a agitarla con entusiasmo—. Herramientas para tu garfio. —intentó tentarlo con voz chillona.
—Un día, te vas a topar con una mujer que no podrás conquistar. —golpeó el pecho de Hipo con su dedo.
Hipo se encogió de hombros con una sonrisa confiada.
—¿Una mujer que pueda resistirse a mis encantos? Eso sería un verdadero enigma. Lo siento, pero el asesino del Furia Nocturna no está destinado al rechazo. —Hipo se levantó de la mesa, dejando una moneda de oro como pago por su desayuno, y se dirigió hacia la salida.
Bocón suspiró, consciente de que no podía cambiar la mente de Hipo ya con veintiún años. Cada intento de guiarlo hacia un camino más equilibrado parecía chocar con la determinación y el sarcasmo de su aprendiz.
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El sol de la tarde arrojaba destellos dorados sobre el bullicioso mercado, donde coloridos toldos ondeaban al viento y el aroma de especias y pescado fresco flotaba en el aire. En el centro de la plaza se había levantado un estrado improvisado para el tan esperado concurso de pesca.
Hipo, con su altura desafiante, caminó hacia la plataforma, su figura delgada destacando entre la multitud. Su mirada sarcástica se posó en el estrado, donde un anciano con barba gris anunciaba las reglas del concurso con entusiasmo.
—¡Bienvenidos, damas y caballeros, al Gran Concurso de Pesca! —exclamó el anciano con voz atronadora—. El pescado más grande y asombroso será premiado con una bolsa de monedas de oro y, por supuesto, el título de Maestro Pescador del Reino.
Hipo levantó una ceja, murmurando:
—Oh, una bolsa de oro. Eso sí que cambiará mi vida.
La multitud rió ante la insolencia de Hipo, pero él simplemente sonrió con confianza mientras se acercaba al borde del muelle designado para la competición.
—¡Y, por supuesto, el ganador obtendrá un saco entero de peces espejo!
Hipo levantó la ceja, esta vez, mostrando interés en ese saco galardonado.
Mientras sus competidores se afanaban con cañas de pescar y redes, Hipo se apoyó contra un poste cercano, observando con desdén.
Un joven apasionado se le acercó, su rostro ansioso.
—¿No vas a pescar, señor?"
Hipo alzó una ceja y respondió con tono burlón:
—Oh, claro que sí. Pero primero, estoy esperando a que los peces pidan permiso para ser atrapados. Soy un caballero, después de todo."
Las risas resonaron nuevamente entre la multitud, mientras Hipo desenvolvía una caña de pescar con un gesto teatral. En lugar de cebo convencional, amarró una pequeña bolsa con harina de maíz a su anzuelo.
—¿Qué tipo de pez come harina de maíz?—preguntó otro participante con incredulidad.
Hipo respondió con una sonrisa maliciosa:
—El tipo de pez que tiene buen gusto, mi amigo.
Lanzó su línea con habilidad y, para sorpresa de todos, atrapó un pez dorado reluciente en cuestión de segundos. La multitud estalló en vítores y aplausos.
—¡El Maestro Pescador!—gritó alguien desde la multitud.
Hipo hizo una reverencia perezosa mientras sostenía su premio. Le gustaba ser el centro de atención y ser elogiado.
"¿Acaso la grandeza se mide por el número de admiradores? " pensó internamente Hipo.
Para el vikingo fue clara la respuesta. Necesitaba ser admirado para validar su existencia.
—Gracias, gracias. No sé cómo sobreviviré con tanto honor y gloria. —dijo con encanto..
El murmullo en la multitud se intensificó cuando uno de los competidores, un pescador fornido y expresión desafiante, se acercó a Hipo con el ceño fruncido.
—¡Espera un momento! —exclamó, señalando hacia el saco de peces de Hipo— ¿Cómo sabías que usar harina de maíz funcionaría? ¿Estás haciendo trampa, acaso?
Hipo, manteniendo su expresión, respondió con calma:
—Trampa, mi buen amigo, es solo otra palabra para creatividad. A veces, la vida te da harina de maíz, y tú haces pescado frito.
—¡Eso no es justo! Los demás estamos aquí pescando con métodos tradicionales, y tú... tú solo estás burlándote de todos nosotros.
Hipo sonrió, disfrutando del espectáculo.
—Querido amigo, ¿qué puedo decir? La vida es demasiado corta para pescar aburrido. Pero si te sientes tan ofendido, ¿por qué no intentas algo más emocionante? Tal vez tu caña de pescar esté necesitada de un poco de chispa.
Con estas palabras, Hipo lanzó un guiño a la multitud mientras señalaba hacia el lago. El competidor, irritado pero dispuesto a demostrar su valía, se unió al desafío.
Tomó prestada la caña de pescar de Hipo y, en lugar de cebo convencional, optó por usar queso en la punta del anzuelo. Para sorpresa de todos, atrapó una trucha de tamaño considerable.
La multitud estalló en vítores y aplausos, mientras el competidor, con una sonrisa de triunfo, devolvía la caña a Hipo. Este, con su característica ironía, comentó:
—Ve, no es tan difícil ser creativo. Tal vez deberías considerar cambiar tu nombre a 'Pescador Creativo'.
El competidor aceptó la burla con una risa amistosa.
El anciano en el estrado, después de una ronda final de aplausos, entregó a Hipo su merecido premio. Con una sonrisa, le extendió la bolsa de monedas de oro, la cual Hipo recibió con una reverencia exagerada.
— ¡Y ahora, el premio adicional! —anunció el anciano, sosteniendo el saco de pescado espejo con entusiasmo— Un saco lleno de los peces más singulares del reino, ¡directamente para el Maestro Pescador!
Hipo aceptó el saco con una expresión de pura diversión, examinando los peces relucientes que se asomaban por la abertura. La multitud, aún riendo por sus ocurrencias, vitoreó nuevamente.
— ¡Gracias, gracias! Ahora, si me disculpan, tengo una cita con una sartén y un poco de aceite caliente. ¡Que la pesca continúe, queridos concursantes!
La noche descendió sobre Everglen, envolviendo el pintoresco pueblo en un manto de oscuridad salpicado por la luz titilante de faroles y antorchas. Calles adoquinadas serpenteadas por la sombra, y edificaciones antiguas se alzaban como testigos silenciosos de innumerables secretos. A lo lejos, en la profundidad del bosque, el bullicio del mercado nocturno comenzaba a surgir, llenando el aire con aromas embriagadores y murmullos oscuros.
El mercado negro.
Hipo se adentró en los árboles, su figura castaña y alta destacándose en la penumbra. Everglen, conocido por sus festivales y eventos alegres durante el día, revelaba su otro rostro cuando la noche caía.
Las luces de las tiendas parpadeaban; chicas semi desnudas atraían a sus clientes con cortejos y desfiles sugestivos.
Hipo caminó por los sinuosos caminos, su paso ágil . Los puestos ofrecían un espectáculo grotesco de lo prohibido y lo misterioso. Algunos comerciantes exhibían amuletos oscuros, libros encuadernados en piel de criaturas míticas y pociones con etiquetas ilegibles. En un rincón, un vendedor de sombreros ofrecía cabezas de dragones para los mayores cazadores coleccionistas.
Hipo, acostumbrado a este submundo, se deslizó entre la multitud como un espectador. Los murmuros de los comerciantes, la mezcla de perfumes embriagadores y el tintineo de monedas robadas creaban una sinfonía macabra.
Un hombre de aspecto descuidado, ofrecía esclavos para su comercialización. A su lado, una anciana vendía muñecas vudú con promesas de venganza y amor oscuro. Hipo sintió compasión por aquellos que buscaban soluciones rápidas y fáciles a sus problemas.
Hipo no se inmutó, simplemente continuó su camino hacia el punto de encuentro, como si este grotesco espectáculo fuera una parte cotidiana de su vida. Pero aún así no podía evitar preguntarse hasta dónde estaban dispuestas a llegar las personas para ganar unos centavos.
¿De verdad las personas encontraban satisfacción en vender esclavos? ¿En vender su brujería para hacerle daño a alguien más?
"No hay honor ni grandeza en la explotación y el sufrimiento de los demás", pensó Hipo.
Finalmente, llegó al punto de encuentro con el misterioso mercader, quien emergió de su tienda con una sonrisa astuta.
—Veo que no te perdiste en el camino de las tentaciones. ¿Tienes lo que ofreces? —el mercader, con su capucha baja, habló en tono suave pero cargado de expectación.
Hipo respondió con una sonrisa corta.
—¿Perderme? Si hay algo que nunca he perdido, es el rumbo. Ahora, hablemos de tu preciada mercancía.
—Conseguí lo que buscas. Pero, ¿tienes lo que te dije?
Hipo abrió el saco de peces espejo, revelando los destellos mágicos que emanaban de las criaturas.
—Fue sencillo conseguir tus peces. ¿Es suficiente para tu apetito?
El mercader asintió, sus ojos brillando con avaricia.
—Un trabajo interesante. Pero recuerda, la información que posees podría ser tan peligrosa como valiosa. ¿Estás dispuesto a asumir las consecuencias?
Hipo lanzó una mirada penetrante.
—Consecuencias son solo otro nombre para historias más emocionantes. Ahora, dame la mercancía.
El mercader entregó un paquete envuelto en un paño oscuro, e Hipo lo guardó con cuidado.
—Aquí está, tu pasaje hacia la perdición. Que los secretos que descubras te lleven a lugares que nunca soñaste. Frase de la casa.
—Si hay algo que sé, es cómo encontrar los lugares más oscuros. Gracias por la entrega, mercader. —Hipo se despidió con una sonrisa antes de perderse nuevamente en las sombras del mercado.
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La puerta de la posada se abrió con un chirrido suave, revelando a Hipo, cuya figura delgada se recortaba contra la luz parpadeante de las velas. Con cautela, se deslizó hacia una mesa apartada, su mente llena de curiosidad y anticipación.
Con manos temblorosas, Hipo desató el paquete envuelto que había adquirido. Su expresión pasiva dio paso a una mezcla de asombro y descreimiento cuando, en lugar de lo que esperaba, encontró un conjunto de escritos cuidadosamente doblados.
Los ojos de Hipo se ampliaron mientras recorría las palabras escritas en el papel. Un silencio se apoderó de la habitación, roto solo por el susurro de la pluma que había trazado aquellas líneas intrigantes. Su mirada se encontró con el contenido del papel, y su rostro mostró una gama de emociones que iban desde la sorpresa hasta la ira.
La sorpresa y la confusión se transformaron rápidamente en furia reprimida. En un arrebato de ira, Hipo lanzó el paquete al suelo, donde los escritos se esparcieron como hojas secas en el viento.
—¡Maldición! —exclamó Hipo, sus ojos verdes destellando de frustración mientras la calma sarcástica que lo caracterizaba se desvanecía— ¿Otro mensaje abstracto? ¿Me ha engañado ese infeliz? —aludió al mercader.
Sus manos temblaban mientras agarraba los papeles, intentando descifrar el enigma que se presentaba ante él. La habitación se convirtió en un campo de batalla improvisado. Hipo, dejando de lado su habitual serenidad, lanzó libros y muebles al suelo con un rugido de frustración.
—¡¿Dónde más tengo que buscar?! —gritó Hipo, sus palabras resonando en la habitación— ¡Tres años buscando respuestas y solo me encuentro con más preguntas!
Después del frenesí de destrucción en la habitación, Hipo se dejó caer al suelo, exhausto y con la respiración agitada. Su mirada cayó sobre los escritos esparcidos, y un destello de comprensión iluminó sus ojos verdes. Lentamente, comenzó a recoger los papeles, murmurando para sí mismo mientras examinaba cada fragmento.
¡Eso era! ¡Lo había logrado deducir!
—Esto... encaja con lo que encontré en aquella biblioteca en las Tierras del Norte. Y estas líneas coinciden con las inscripciones en las Ruinas Antiguas de Ember.
Meticulosamente, Hipo organizó los escritos en el suelo, formando un intrincado rompecabezas que representaba su búsqueda a lo largo de los años. Entonces, con una expresión de revelación, extrajo de su morral un mapa desgastado, un tesoro de información cartográfica que había acumulado en sus viajes.
—Quizás no sea un engaño. Quizás todas estas pistas han estado aquí todo el tiempo. —Hipo murmuró para sí mismo mientras conectaba las piezas del rompecabezas y señalaba ubicaciones específicas en su mapa.
Con cada descubrimiento, su rostro pasó de la frustración a la incredulidad.
—Estas coordenadas...esto es... No puede ser.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió, y Bocón entró, su expresión de preocupación transformándose en curiosidad ante la escena ante él.
—¿Hipo? ¿Qué está pasando aquí?
Hipo levantó la mirada hacia su mentor, sus ojos brillando con una mezcla de emoción y asombro.
—Bocón, la propuesta para regresar a Berk sigue en pie, ¿verdad?"
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El aire, una vez templado y salado, comenzaba a tornarse más fresco y crujiente.
El paisaje marino se transformaba gradualmente ante sus ojos. La brisa nocturna les azotaba el rostro, recordándoles que el invierno en el Archipiélago no era precisamente un día en la playa. La luna llena se alzaba majestuosa en el cielo, arrojando su luz plateada sobre las aguas, que comenzaban a agitarse y chocar en olas espumosas.
—Seguro que el viaje sería aburrido si todo fuera cálido y soleado. —comentó Hipo.
A medida que se adentraban aún más en el Archipiélago, las temperaturas descendían de manera notable. Hipo y Bocón se abrigaron ante el viento cortante que les hacía tiritar. Las aguas, antes tranquilas, ahora tomaban un aspecto oscuro, con trozos de hielo flotante que crujían bajo la quilla del barco.
El viento invernal parecía cortar como una cuchilla mientras avanzaban por aguas cada vez más frías. Cada respiración se convertía en pequeñas nubes de vapor en el aire helado. El cambio en el paisaje y el clima era asombroso, pero también una cruda advertencia de que estaban regresando a casa después de tres largos años.
Las islas que se perfilaban en la distancia estaban cubiertas de un espeso manto de nieve y hielo, y las majestuosas montañas se erguían con sus picos nevados que brillaban bajo la luz de la luna.
Mientras Hipo y Bocón se preparaban para descansar en sus literas, Bocón se hallaba inquieto. Se revolcó en su litera, incapaz de encontrar una posición cómoda para dormir.
—Las camas de la granja de Lago Azul eran horribles —mencionó Bocón, luchando por acomodar su espalda contra la cama—, pero estas camas son peores.
Hipo rodó los ojos mientras también se acomodaba en la litera de abajo.
Una cama, tres raciones de comida durante el día y un escritorio para sus dibujos. Esta habitación lo tenía todo para Hipo.
Después de varios intentos fallidos de conciliar el sueño, Hipo finalmente se rindió. Se levantó con cuidado para no despertar a Bocón, quien parecía estar en un profundo sueño. El interior del barco estaba oscuro y silencioso, solo iluminado por la luz tenue de la luna que se filtraba por las ventanas.
Hipo caminó silenciosamente por el pasillo del barco, tratando de no hacer ruido. El sonido de sus pasos sobre la madera crujía apenas, pero era suficiente para romper el silencio de la noche. Se detuvo en la cubierta, observando el cielo y el mar helado que se extendía ante él.
—No hay nada como un paseo nocturno en un barco congelado para relajarse.
Se pasó una mano por el cabello y suspiró. Se sentía abrumado por la responsabilidad que había asumido. Se sentía como si todos los ojos estuvieran puestos en él, como hace seis años cuando fue vanagloriado por su pueblo. En ese entonces, apenas tenía quince años.
No pudo negarlo por más tiempo, tenía miedo de afrontar su pecado.
Miró fijamente la medalla que colgaba de su cuello. Era una medalla especial, un recordatorio de un logro que había alcanzado hacía seis años: la caza de un Furia Nocturna. Aquella hazaña había sido un hito en su vida y en la historia de Berk. Recordaba cómo había sentido la responsabilidad de salvar a su pueblo en ese momento.
Se acercó al borde de la cubierta y miró al horizonte. El viento frío le azotaba el rostro, pero no le importaba.
—Sí, claro, maté al Furia Nocturna solo para demostrar que no soy solo el tipo flaco y torpe de Berk. Ahora soy el tipo flaco y torpe con una medalla. Eso hace toda la diferencia, ¿verdad?
Hipo esbozó una sonrisa, sintiendo un renovado sentido de coraje. Agarró la medalla con fuerza y la besó antes de guardarla nuevamente alrededor de su cuello. Sí, esa medalla le recordaba el peso de sus crímenes.
Observó el agua mientras su reflejo se mezclaba con las tenues luces de las estrellas que se reflejaban en la superficie. Su mano aún sostenía la medalla. Mientras miraba su reflejo, comenzó a ver la imagen del Furia Nocturna que había derrotado hace años.
Ojos verdes, escamas oscuras…
Los detalles del recuerdo se volvieron más nítidos en su mente. Recordó la intensidad de la batalla, el sonido atronador del rugido del dragón en la oscuridad de la noche. Sin embargo, a medida que su mente se adentraba en los recuerdos, algo extraño comenzó a suceder.
Cuando llegó al punto en que la batalla culminaba, su memoria se volvía borrosa y fragmentada, como si estuviera mirando a través de un vidrio empañado. No podía recordar con claridad cómo había terminado la pelea, cómo había derrotado al Furia Nocturna.
Frustración e inquietud se apoderaron de él mientras luchaba por recuperar esos momentos perdidos. Intentó una y otra vez, pero cada vez que llegaba al clímax de la batalla, su mente parecía bloquear esos recuerdos. Era como si hubiera un agujero negro en su memoria, una parte de su pasado que no podía alcanzar. Apretó más la medalla de su cuello, aferrándose a aquel premio que lo posicionó como un campeón.
—Sí, claro, vamos a jugar al juego de "recordemos cómo vencimos al Furia Nocturna y luego no recordemos nada —pensó Hipo, sintiendo autoreproche—. ¿Por qué tiene que ser tan malditamente complicado?" —murmuró, golpeándose suavemente la cabeza en un intento de despejar su mente.
Empezó a sentir mareos y se sintió atrapado en una pesadilla en la que la respuesta a su pregunta se le escapaba constantemente. La sensación de impotencia y confusión lo invadió mientras se daba cuenta de que había algo en esa batalla que su mente se negaba a recordar.
