Aquella mirada
Sesshomaru y Kikyo
La nieve caía lentamente, sin embargo, el suelo blanco poco a poco se teñía del color rojo. Rojo, como la sangre de aquel yokai con el que el demonio estaba batallando.
Sus ojos dorados estaban fijos sobre la criatura, la cual no representaba ninguna amenaza, como casi todos los oponentes con los que se encontraba. Sólo segundos después, aquel ser yacía sin vida en el suelo mientras el peliplata se posicionaba a su lado.
- ¡Amo bonito! - gritó Jaken, acercándose. - Usted si que es grandioso, amo Sesshomaru, ni siquiera tuvo que hacer mucho esfuerzo para deshacerse de este demonio.
- Qué patético. - pronunció, sin quitar los ojos del cuerpo inerte.
En ese momento, entrecerró su mirada al percatarse de aquella nueva presencia. Volteó, encontrándose con la figura de aquella mujer, la cual lo observaba desde la cima de aquella roca.
Sus ojos se fijaron en los castaños de ella e, instantáneamente, algo llamó su atención: Aquella mirada no era normal. Entrecerró sus orbes dorados, esperando a que aquella misteriosa mujer pronunciara una palabra, sin embargo, no lo hizo.
Su rostro, al igual que el de él, no mostraba ningún tipo de expresión, algo poco frecuente en los humanos, o al menos así siempre lo había percibido. Y, de un momento a otro, tan sigilosa como había llegado, se marchó, bajo el atento seguimiento del yokai.
- Amo bonito. - se acercó Jaken. - Creo que se trataba de una sacerdotisa.
- Lo se. - respondió, sorprendiendo al pequeño demonio, ya que, en pocas ocasiones, él solía responderle. - Pude notarlo por su vestimenta.
Además, sus poderes espirituales son intensos. ¿Qué hace una mujer como ella en este lugar?
Pensó, a sabiendas de que se encontraban un poco alejados de la aldea más cercana.
- Vámonos Jaken. - volteó y continuó su camino.
- Si, amo. - lo siguió sin más.
Los días corrieron y el demonio se encontraba demasiado lejos de la zona en la que había destruido a aquel yokai, sin embargo, su mente se había quedado en aquel lugar, en aquella mujer, en aquella mirada.
¿Quién es? ¿Por qué llegó hasta ese lugar? ¿Acaso sabía que yo me encontraba allí?
Cerró sus ojos, rememorando el dulce aroma que ella poseía, uno que también se había impregnado en sus fosas nasales. Amén de su belleza, la cuál lo había impresionado, aunque no fuese capaz de admitirlo.
- Jaken. - pronunció, decidido.
- Dígame, amo Sesshomaru.
- Quédate aquí.
- ¿Qué? - se sorprendió notablemente. - ¿A donde va?
No respondió, sólo se limitó a elevarse y volar en la dirección contraria a la que él se dirigía. El viento azotaba suavemente su rostro, el cual se encontraba erguido hacia el frente, al igual que su mirada. Sin embargo, su mente sólo estaba concentrado en encontrar a esa mujer y despejar sus dudas. Sus sentidos se agudizaron en el mismo instante en el que percibió su aroma y, por alguna razón, aceleró su velocidad. Segundos después, la vio y no lo dudó.
La mujer se encontraba sobre una especie de acantilado, observando el horizonte. Su largo y lacio cabello negro, ondeaba al compás de la brisa matutina y, a unos metros de donde se encontraba, su gran arco descansaba en el suelo.
Como si ningún tipo de peligro la estuviera acechando.
El peliplata descendió bruscamente, bajando la velocidad a medida que se acercaba a ella. Apoyó sus pies a sólo un metro de distancia y fijó sus ojos en los de ella.
En aquella mirada que lo perseguía desde que la había visto semanas atrás.
Nuevamente estaban frente a frente, pero la distancia era considerablemente menor. Nuevamente sus miradas se entrelazaban, musicalizadas por el silencio. Sesshomaru, quien estaba acostumbrado a ser quién no emitía palabra, se sentía demasiado intrigado como para mantenerse callado.
- ¿Quién eres? - preguntó al fin.
Ella sonrió, sorprendiéndolo levemente. Sorpresa que no se vio reflejada en su rostro, pero si caló profundo en su pecho.
- ¿Te presentas frente a alguien del que no tienes idea? - respondió con tranquilidad. - No eres el tipo de demonio que realiza actos al azar.
- Hm... hablas como si conocieras.
- Sesshomaru Taisho, el hijo mayor de Inu No Taisho, el gran perro demonio. - se quedó en silencio. - Te preguntas cómo tengo esta información, ¿verdad?
- ¿Debería preocuparme por ello?
- Como la sacerdotisa de esta aldea, es mi deber conocer las historias de los clanes demoniacos que pueden ser una amenaza para nosotros. - volteó, caminando en dirección de su arco. - Y eso incluye al clan Taisho.
- ¿Realmente creen que alguien como tú puede protegerlos de alguien como yo?
Tomó su arco, girando su rostro y regalándole la sonrisa más dulce, melancólica y hermosa, que había conocido en toda su vida.
- No te confundas conmigo, Sesshomaru. Quizás sea humana, pero puedo destruirte con sólo una flecha.
- Quisiera ver eso. - la mujer comenzó a caminar, dándole la espalda sin más. - Aún no me has dicho tu nombre.
Volvió sus ojos, sin perder la sonrisa.
- Soy Kikyo. - y se marchó.
Kikyo.
Se quedó contemplando la figura de la joven, quien en ningún momento volteó a verlo, hasta que se perdió en la inmensidad del bosque. Giró, quedando de frente al acantilado, dejando que la brisa ahora acariciara su rostro. No comprendía lo que sentía ni el porqué. No entendía porque la forma en la que le respondió, tan llena de seguridad y calidez, pero, al mismo tiempo, con un toque de frialdad y desinterés, había logrado atraparlo por completo.
Mientras él pensaba, la joven regresaba a la aldea a pasó lento, recordando el primer encuentro con el demonio.
Inicio del flashback.
La nieve cubría su cuerpo al mismo tiempo en que se encaminaba a la zona en la que había percibido la energía de aquel demonio, el mismo que venía amenazando la aldea hacía tiempo. Y, ese mismo día, estaba decidida a eliminarlo para siempre.
- ¿Qué?
Murmuró al escuchar aquel grito de dolor. Comenzó a correr, sosteniendo su arco para que no cayera y, al llegar, se sorprendió notablemente frente a la escena que se elevó ante sus ojos: El demonio estaba batallando con otro yokai, uno que poseía una forma humanoide que reconoció de inmediato.
Sesshomaru Taisho.
Pensó, quedándose a sólo unos metros mientras la pequeña guerra finalizaba, dando por ganador indiscutible al peliplata. En lugar de regresar sobre sus pasos y retirarse, comenzó a caminar, acercándose al demonio, como si estuviese atraída por algún tipo de energía.
Llegó casi al límite de aquella roca en el momento en el que el demonio volteó, encontrando sus ojos dorados con los de ella. Su respiración se detuvo en ese mismo instante, sintiendo como una sensación intensa atravesaba su pecho, erizando su piel. No pudo pronunciar una palabra y, al parecer, él tampoco tenía intenciones de hablar.
Conocía al demonio y su historia, sabía que se trataba de uno de los seres más peligrosos en su especie, más no sintió miedo, mucho menos una sensación de peligro inminente. Quizás, por aquello fue que se retiró amenamente, casi como sabiendo que él no iba a atacarla. Sin embargo, al marcharse, también se llevó su rostro enmarcado en sus pensamientos, casi como si aquella pequeña acción, hubiese sido suficiente para que, de alguna manera, él se grabara en ella.
Fin del flashback.
- Sesshomaru Taisho. - sonrió al pronunciar su nombre. - ¿Por qué regresaste a este lugar?
Las semanas transcurrieron con aparente normalidad, pero ella sabía que algo había cambiado, y ese algo, era su presencia.
La sacerdotisa se encontraba recorriendo el bosque, luego de haber recolectado las hierbas medicinales que repartiría entre los aldeanos. Sonrió al percibir su presencia y decidió que era el momento de intercambiar unas nuevas palabras, por lo que llegó a donde se encontraba su árbol favorito y se sentó, dejando su cesta a su lado.
- ¿Por qué te escondes? - preguntó con aquella dulzura que la caracterizaba. - Sabes que ambos percibimos la presencia del otro.
- ¿Quién te dijo que me estoy escondiendo? - caminó hacía donde ella se encontraba.
- La segunda vez que nos vimos, viniste a mi encuentro.
- No te estaba buscando a ti. - mintió. - Tampoco me interesa interactuar contigo.
- Lo entiendo. - sonrió. - Puedes irte si lo deseas.
No respondió, tampoco se marchó.
- ¿Tu vida siempre es así de aburrida? - preguntó, luego de unos segundos de silencio.
- Me gusta mi vida. - fijó su mirada castaña en la nada. - Me siento tranquila con ella, a pesar de que mi vida esté en riesgo alguna que otra vez.
- No eres una mujer débil. - lo miró, sorprendiéndose con sus palabras. - La energía que emanan tus poderes, puede ser percibido por cualquier demonio, incluso para aquellos cuyos instintos no están desarrollados.
- ¿Eso es un cumplido? - nuevamente se quedó en silencio. - Gracias. - volvió sus ojos al frente. - ¿Sabes algo? Estoy acostumbrada a realizar mis tareas sola, pero, debo admitir, que me agrada tu compañía. - pudo sentir como sus mejillas se sonrojaban levemente. - Puedes quedarte todo el tiempo que desees. - se puso de pie, tomando sus cosas.
- ¿Ya te vas?
- Tengo que seguir con mis labores. - pasó por su lado. - Pero... si quieres verme... puedes venir aquí esta noche.
Nuevamente, sus ojos dorados se quedaron fijos en ella hasta que se perdió entre los árboles.
Esa misma noche.
Salir a esa hora era peligroso y ella lo sabía, más también tenía aquella sensación de que ningún peligro sería capaz de alcanzarla si él estaba presente. Porque no, él no representaba ningún peligro y de eso ya podía dar fe, sobre todo rememorando el momento en el que había sido salvada por el yokai.
Inicio del flashback.
Regresaba a la aldea luego de haber hecho aquel pequeño viaje hacía la aldea vecina, en donde una joven mujer necesitaba su ayuda. El atardecer se entremezclaba con el castaño de sus ojos, creando un color difícil de describir, pero hermoso de ver.
Estaba inmersa en sus propios pensamientos, sin embargo, logró darse cuenta de aquella energía demoníaca que se acercaba a toda velocidad hacía donde se encontraba. Tomó su arco, empuñándolo y volteando rápidamente.
- No la toques. - logró escuchar en el mismo momento en que las garras del peliplata atravesaban a aquel Oni de gran tamaño, arrancándole la cabeza.
- Sesshomaru. - murmuró, sorprendiéndose al verlo aterrizar a unos metros de distancia. - ¿Acabas de protegerme?
- Si vas a proteger una aldea, comienza por protegerte mejor a ti misma.
- No olvides con quien estas hablando. - sonrió. - Pero te agradezco por salvarme en esta ocasión. - regresó sobre sus pasos, continuando su camino.
Fin del flashback.
Se adentró en el bosque sin muchas expectativas, después de todo, Sesshomaru se caracterizaba por ser alguien impredecible para cualquiera. Sin embargo, mientras ella se acercaba, el yokai ya se encontraba en aquel lugar, esperándola.
- Emmm, ¿Amo Sesshomaru? - preguntó Jaken.
- ¿Qué quieres?
- ¿De verdad le importa esa mujer?
Miró al frente, respondiendo aquella pregunta en su mente. Por supuesto que le importaba, aunque siguiera sin saber el porqué de tanta cercanía con alguien como ella. ¿Acaso era por la manera en la que habían interactuado? ¿O el hecho de que ambos se sintieran cómodos en la compañía del otro sin siquiera estar demasiado cerca? No lo sabía, pero la única certeza que poseía, y la más importante, era que, cuando no estaba cerca de ella, no podía dejar de pensarla.
- Kikyo. - murmuró, sintiendo como su aroma se acercaba poco a poco.
- Con permiso. - pronunció el pequeño yokai, escondiéndose a pesar de que ella ya sabía de su existencia y la aceptaba.
Poco a poco, la estilizada figura de la sacerdotisa emergió de entre las sombras, fijando sus ojos en los de él.
Nuevamente aquella mirada presente, la misma que tanto le gustaba observar.
- Viniste. - sonrió. - Pensé que no lo harías.
- ¿Por qué?
- Porque eso implica que, verdaderamente, significo algo para ti.
- Nunca dije lo contrario.
Sus ojos se abrieron ligeramente ante su respuesta, lo que le dio el valor de dar un par de pasos en su dirección, quedando frente a frente, a escasos centímetros.
- ¿Lo dices enserio? - un poco temerosa, elevó sus manos, colocándolas a la altura de sus mejillas, entrando en contacto con su piel, por primera vez.
Aquella ligera caricia se sintió demasiado bien para él, sobre todo teniendo en cuenta que era la primera vez que se acercaba a una humana de esta manera. Sus orbes dorados se perdieron en sus castaños, permaneciendo inmóvil mientras ella acercaba su rostro con la suficiente lentitud como para que él se alejara, en caso de no estar en la misma sintonía. Y por supuesto que se mantuvo en su lugar.
Cerró su mirada al sentir el suave y dulce contacto de aquellos suaves labios sobre los suyos. Si alguien le hubiese dicho, tiempo atrás, que en algún momento de su vida, besaría a una mujer humana y sacerdotisa, probablemente se hubiese reído antes de asesinarlo por tal insolencia. Sin embargo, ella había llegado, de la nada a cambiarlo todo, a dar vuelta su mundo y un giro de ciento ochenta a su destino, convirtiéndose en la persona a la que quería proteger por el resto de sus días.
En un acto reflejo, quizás por todas las emociones nuevas que lo atravesaban, colocó sus manos en su cintura, tocándola con suavidad y delicadeza, cualidades que contrastaban enormemente con lo que él era.
Se apartaron levemente, mirándose fijamente, entregándose el alma a través de aquella mirada. Ninguno de los dijo nada, después de todo, sus ojos podían expresarse mucho mejor que sus voces. Sesshomaru colocó su mano sobre su mejilla, acariciándola con la misma delicadeza con la que ella lo había hecho. Kikyo sonrió, dejándose llevar por su caricia. Una promesa silenciosa cuyos únicos testigos fueron la luna y aquel pequeño sirviente, quien los observaba a la distancia, sintiéndose tranquilo al ver que su amo, había encontrado a la mujer de su vida.
