Querido Terry:

Espero que esta carta te encuentre bien y con buena salud. Créeme cuando te digo que me aflige mucho el no poder aceptar tu invitación a unirme a la celebración que hará tu madre.

En el hogar de Ponny el invierno ha sido largo y frío, y el pensamiento de tu próximo cumpleaños me deja con un sabor agridulce al no poder estar ahí a tu lado. Imagino cómo será verte de nuevo, escuchar tu voz y sentir tu abrazo. Me aferro a esos pensamientos para mantenerme fuerte y paciente.

Te envío mis mejores deseos para tu cumpleaños. Que este nuevo año te traiga felicidad, salud y éxito en todo lo que emprendas. Y que, muy pronto, podamos celebrar juntos y crear nuevos recuerdos.

Con todo mi amor y anhelo,

Candice W. Ardley

El gran salón de la mansión Backer nunca había lucido tan encantador. Las brillantes luces de la excelsa lámpara de araña que colgaba del techo, arrojaban un resplandor dorado sobre el piso pulido. El aire estaba perfumado con el dulce aroma de ramos de rosas y narcisos cuidadosamente dispuestos alrededor del salón. Era una escena digna de las primeras planas de los tabloides, pero para Terry todo le era indiferente; después de haberse atrevido a enviar aquella carta en la que le expresó a su amada pecosa sus sentimientos, hubo un incontable intercambio de misivas en las cuales era claro el anhelo de verse pero debido a los múltiples compromisos de Terry así como la indispensable ayuda de Candy en el hogar de Ponny y la clínica del pueblo, ese encuentro se hacía imposible.

Terry había invitado a Candy a la fiesta de cumpleaños que su madre se encargaba de celebrarle a pesar de sus múltiples quejas y de que Terry año con año lograba escabullirse a temprana hora de dichas celebraciones. Hacía tres años que debido a la delicada salud de Susana y su posterior muerte, dicha celebración se había visto suspendida, así que a propios y extraños les causó una gran conmoción al recibir una invitación a dicho evento.

Terry se encontraba en la orilla de la habitación dejando espacio para bailar a aquellas parejas que se encontraban disfrutando de la música, escuchando el monologo de Robert Hathaway respondiendo educadamente cuando así era necesario.

Repentinamente, una figura conocida para él, entró a la habitación provocando extrañeza entre los invitados. Su elegante traje de color carbón oscuro estaba confeccionado a la perfección y el suave resplandor de las luces resaltaba las líneas definidas de su rostro, suavizadas solo por la forma en que sus ojos azules como el mar en tormenta se detuvieron en ella. No habló. No necesitaba hacerlo. La forma en que su mano se extendió hacia ella fue suficiente. Candy dió un paso adelante, sus tacones repiqueteando suavemente contra el suelo. Su vestido era una impresionante creación de seda y encaje que captaba la luz de una manera que la hacía parecer etérea. Sus rizos rubios, elegantemente fijados con peinetas incrustadas de diamantes, enmarcaban su rostro mientras respiraba para tranquilizarse, sus dedos se deslizaron en los de él, cálidos y familiares, y por un momento, la habitación desapareció. La banda comenzó a tocar una melodía lenta y cautivadora que resonó en el aire, envolviéndolos como un hechizo.

La mano de Terry encontró su cintura, firme y segura, mientras la guiaba hacia el primer paso de aquella melodía. Sus cuerpos se movían como si hubieran estado haciendo esto desde siempre. El silencio entre ellos estaba vivo, ardiendo con palabras no dichas y recuerdos compartidos.

Sus ojos se encontraron con los de él, y por un momento, sintió como si el mundo entero se hubiera reducido a solo ellos dos. El leve aroma de su colonia con un toque de cedro y algo único de él, se mezcló con el suve aroma que envolvía la habitación, creando una mezcla embriagadora. Candy cerró los ojos inhalado aquella cautivadora fragancia.

Terry la hizo girar sin esfuerzo, su mano nunca vaciló mientras la atraía hacia sus brazos. El movimiento hizo que la falda del vestido revoloteara, y ella rió suavemente, un sonido que hizo que los labios de Terry se curvaran en una rara y genuina sonrisa.

No había necesidad de palabras, cada paso, cada giro, era una conversación en sí misma, una declaración de amor y confianza que las palabras nunca podrían capturar.

Los movimientos de Terry eran precisos pero fluidos, sus pasos la guiaban con una confianza que hablaba tanto de habilidad como de comprensión de su ritmo.

Mientras se movían, los recuerdos de su pasado parecían ondear en el aire, no expresados pero tangibles. Ella pensó en sus días en el San Pablo, las acaloradas discusiones y las miradas penetrantes que habían definido sus encuentros. Lo lejos que habían llegado desde aquellos tiempos. El Terrence Granchester del presente, su Terry, era un hombre que había luchado por desaprender el odio, por forjarse un lugar en el mundo alejado del ilustre apellido de su padre y de la fama de su madre.

La nota final permaneció en el aire cuando Terry la inclinó hacia abajo, su rostro tan cerca del de ella que podía apreciar cada peca que salpicaba aquel amado rostro. El tiempo pareció detenerse, el peso de todo lo que habían pasado colgando entre ellos como un hilo frágil. Luego, lentamente, la levantó, sus manos se demoraron en las de ella mientras la sala estallaba en aplausos.

Ninguno de los dos se movió mientras los aplausos resonaban a su alrededor. La respiración de Candy se entrecortó cuando el pulgar de Terry rozó sus nudillos, un roce apenas perceptible que le provocó un escalofrío en la columna vertebral. Su mirada nunca se apartó de la de ella.

Otras parejas comenzaron a llegar a la pista de baile mientras la banda tocaba una melodía más animada, pero Candy y Terry se quedaron clavados en el lugar. El ruido de la sala regresó en oleadas, rompiendo el hechizo, pero la conexión entre ellos permaneció intacta.

Finalmente, Terry se inclinó y dijo en voz baja: -¿Vamos?

Candy asintió y dejó que él la sacara de la pista de baile. Se dirigieron hacia el borde del salón, los dedos de Candy se apretaron alrededor de los de él por un momento, aferrándose a la sensación de su toque.

Pasaron junto a grupos de invitados sonrientes e interrogantes, preguntándose quién era aquella bella dama que había logrado lo que Susana nunca había conseguido: arrancar una sonrisa genuina por parte de Terry.

Eleanor estaba de pie cerca del otro lado del salón, con una expresión de felicidad difícil de ocultar mientras los seguía con la mirada.

-Has llamado la atención de muchas personas esta noche -murmuró Terry, su voz interrumpiendo sus pensamientos. Había un leve rastro de diversión en su tono mientras la guiaba hacia un rincón más tranquilo, iluminado por el resplandor de la luna que se colaba por el gran ventanal.

Los labios de Candy se curvaron en una pequeña sonrisa, aunque no respondió. En cambio, giró su rostro hacia él, estudiando la forma en que la luz de la luna bailaba sobre sus rasgos. Él extendió la mano y le apartó un rizo de la mejilla. Sus dedos se demoraron, su toque fue suave. Había algo vulnerable en su expresión ahora, una suavidad que rara vez mostraba a nadie más que a ella.

-¿Estas bien?-preguntó en voz baja.

Ella asintió, con la garganta apretada por una emoción que no podía identificar. En lugar de hablar, se inclinó hacia él, apoyando la cabeza contra su pecho. Sus brazos la rodearon al instante, abrazándola fuerte mientras el murmullo de las conversaciones y la música se desvanecían en el fondo. Por un rato, simplemente se quedaron allí, envueltos en el calor del otro. Candy podía sentir el constante subir y bajar de su pecho, ambos corazones latiendo al unísono. Era como si el mundo se hubiera frenado, otorgándoles este momento robado de paz.

A lo lejos, podían escuchar una nueva melodía, esta vez, la música era más lenta, más suave, una melodía que los envolvía como un cálido abrazo. Se balanceaban juntos, sus movimientos eran pausados, su mundo se reducía una vez más a sólo ellos dos. La mano de Terry en su cintura la guiaba suavemente, sus pasos pequeños y deliberados. Candy podía sentir la fuerza en sus brazos, la seguridad de su toque, mientras la hacía girar una vez más, su vestido se desplegaba a su alrededor. Los rayos de luna se reflejaban en sus ojos, convirtiéndolos en brillantes esmeraldas, y se encontró incapaz de apartar la mirada.

-¿Estás feliz? -preguntó Candy en voz baja.

Terry la miró, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas. -Más de lo que jamás pensé que podría ser -susurró, rozando su oreja con sus labios mientras bailaban.

La expresión de Candy se suavizó -Feliz cumpleaños-dijo mientras se ponía de puntillas dejando un suave beso en su mejilla.

Terry sonrió, con el corazón tan lleno que parecía que iba a estallar.

Y mientras continuaban bailando, el mundo a su alrededor se desvaneció una vez más, dejando sólo el ritmo de sus corazones y el amor que los unía, más fuerte que cualquier promesa hecha en el pasado.

Finally, you and me aré the Lucky ones this Time...

Fin

Notas de la autora: muchas gracias hermosas por su apoyo, espero les haya gustado esta pequeña historia que escribí con mucho cariño para ustedes. Gracias, gracias, gracias